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Consagración del Crisma

32. En seguida, a no ser que se hubiera preparado de antemano, el obispo procede a preparar el
crisma. Derrama el perfume en el óleo sin decir nada. Hecho esto, el obispo sin mitra, exhorta al
pueblo a orar, diciendo :

Hermanos: pidamos a Dios todopoderoso, que se digne bendecir y santificar


este ungüento, para que, aquellos cuyos cuerpos van a ser ungidos con él,
sientan interiormente la unión de la bondad divina y sean dignos de los frutos
de la redención.
33. Entonces el obispo, si lo cree oportuno sopla sobre el ánfora del crisma. Luego, con las manos
extendidas, dice una de las oraciones de consagración:

1.
Señor Dios,
autor de todo crecimiento y de todo progreso espiritual:
recibe complacido la acción de gracias
que gozosamente, por nuestro medio,
te dirige la Iglesia.
Al principio del mundo, tú mandaste
que de la tierra brotasen árboles que dieran fruto,
y entre ellos el olivo, que ahora nos suministra el aceite
con el que hemos preparado el santo crisma.
Ya David, en tiempos antiguos,
previendo con espíritu profético
los sacramentos que tu amor instituiría en favor de los hombres,
nos invitaba a ungir nuestros rostros con óleo en señal de alegría.
También cuando en los días del diluvio
las aguas purificaron la tierra del pecado,
una paloma, signo de la gracia futura,
anunció con un ramo de olivo
la restauración de la paz entre los hombres.
Y en los últimos tiempos,
el símbolo de la unción alcanzó su plenitud:
después que el agua bautismal lava los pecados,
el óleo santo consagra nuestros cuerpos
y da paz y alegría a nuestros rostros.
Por eso, Señor, tu mandaste a tu siervo Moisés,
que tras purificar en el agua a su hermano Aarón,
lo consagrase sacerdote con la unción de este óleo.
Todavía alcanzó la unción mayor grandeza
cuando tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
después de ser bautizado por Juan en el Jordán,
recibió el Espíritu Santo en forma de paloma
y se oyó tu voz declarando que él era tu Hijo, el Amado,
en quien te complacías plenamente.
De este modo se hizo manifiesto
que David ya hablaba de Cristo cuando dijo:
«El Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.»
Todos los concelebrantes, en silencio, extienden la mano derecha hacia el crisma, y la mantienen así
hasta el final de la oración. El obispo continúa:

A la vista de tantas maravillas, te pedimos, Señor,


que te dignes santificar con tu bendición este óleo
y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo,
de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de crisma,
infundas en él la fuerza del Espíritu Santo
con la que ungiste a sacerdotes, reyes, profetas y mártires,
y hagas que este crisma
sea sacramento de la plenitud de la vida cristiana
para todos los que van a ser renovados
por el baño espiritual del bautismo;
haz que los consagrados por esta unción,
libres del pecado en que nacieron,
y convertidos en templo de tu divina presencia,
exhalen el perfume de una vida santa;
que, fieles al sentido de la unción,
vivan según su condición de reyes, sacerdotes y profetas
y que este óleo sea
para cuantos renazcan del agua y del Espíritu Santo,
crisma de salvación,
les haga partícipes de la vida eterna
y herederos de la gloria celestial.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.
CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA
SOBRE EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

PABLO OBISPO
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
PARA PERPETUA MEMORIA

La participación de la naturaleza divina, otorgada a los hombres mediante la gracia de


Cristo, comporta cierta analogía con el origen, desarrollo y sustento de la vida natural.
Nacidos a una vida nueva por el bautismo, los fieles son fortificados por el sacramento de
la confirmación y, finalmente, son alimentados en la eucaristía con el pan de la vida eterna..
Así, por estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez más las riquezas de la
vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad. Con toda razón se han escrito estas
palabras: «La carne es lavada para que el alma sea purificada; la carne es ungida para que el
alma sea consagrada; se hace una señal en la carne para que el alma sea robustecida; con la
imposición de las manos se protege la carne para que el alma sea iluminada por el Espíritu;
la carne es alimentada con el cuerpo y la sangre de Cristo para que también el alma pueda
nutrirse de Dios»1

El Concilio Ecuménico Vaticano II, consciente de su finalidad pastoral, estudió


cuidadosamente los sacramentos de la iniciación y prescribió revisar sus ritos y adaptarlos
mejor a la mentalidad de los fieles. Así, habiendo entrado ya en vigor la «Ordenación del
bautismo de los niños», con la nueva forma preparada según el deseo de la asamblea
conciliar y promulgada por nuestra autoridad, se ha creído conveniente publicar ahora el
rito de la confirmación, con el fin de hacer resaltar debidamente la unidad de la iniciación
cristiana.

Estos últimos años, la revisión del modo de celebración de este sacramento ha sido objeto
de prolongados y arduos estudios; la intención era aclarar la íntima conexión de este
sacramento con toda la iniciación cristiana 2. Ahora bien, el vínculo que une la confirmación
con los demás sacramentos de dicha iniciación no se pone sólo de manifiesto por la
coordinación de los diferentes ritos, sino también por los gestos y las palabras que
acompañan la administración de la confirmación. Por tanto, es necesario que los textos y
los ritos de este sacramento se ordenen de manera que expresen con mayor claridad las
cosas santas que significan y que el pueblo cristiano, en lo posible, pueda comprenderlas
fácilmente y participar en ellas mediante una celebración plena, activa y comunitaria 3.

Con este fin, hemos querido incluir en esta revisión aquellos elementos que pertenecen a la
esencia misma del rito de la confirmación, por el cual los cristianos reciben la
comunicación del Espíritu Santo.

El Nuevo Testamento muestra claramente cómo el Espíritu Santo asistía a Cristo en el


cumplimiento de su función mesiánica. Jesús, después de haber recibido el bautismo de

1
TERTULIANO, Sobre la resurrección de los muertos, 8, 3: CCL 2, p. 931.
2
Cf. CONCILIO VATICANO II. Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, número 71.
3
Cf. íbid., número 21.
Juan, vio al Espíritu descender sobre él4 y permanecer sobre él5. Fortificado por la presencia
y la ayuda del mismo Espíritu, fue impulsado por él a iniciar públicamente su ministerio
mesiánico. Al anunciar la salvación al pueblo de Nazaret, comenzó afirmando que la
profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí» se refería a sí mismo 6. Después,
prometió a sus discípulos que el Espíritu Santo los ayudaría también a ellos, para hacerlos
capaces de atestiguar valientemente su fe, aun ante los perseguidores 7. La víspera de su
pasión aseguró a sus apóstoles que les enviaría el Espíritu de la verdad 8, el cual
permanecería con ellos para siempre 9 y los ayudaría a dar testimonio de él 10. Finalmente,
después de su resurrección, Cristo prometió la venida inminente del Espíritu Santo:
«Recibiréis una fuerza, el Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros, para ser testigos
míos»11.

El día de Pentecostés, en efecto, el Espíritu Santo descendió de modo admirable sobre los
apóstoles, reunidos con María, la madre de Jesús, y con los demás discípulos; fueron llenos
del Espíritu Santo12 e impulsados por el soplo divino comenzaron a proclamar las
maravillas de Dios. Pedro declaró entonces que el Espíritu que había descendido sobre los
apóstoles era el don propio de la era mesiánica 13. Entonces, fueron bautizados los que
creyeron en la predicación apostólica y recibieron también ellos el don del Espíritu Santo 14.
Desde aquel tiempo, los apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaron
a los neófitos, por la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a
completar la gracia del bautismo15. Esto explica por qué en la carta a los Hebreos se
recuerda, entre los elementos de la primera formación cristiana, la doctrina del bautismo y
de la imposición de las manos 16. Esta imposición de las manos es reconocida con razón por
la tradición católica como el origen del sacramento de la confirmación, que en cierto modo
perpetúa en la Iglesia la gracia de Pentecostés.

Se ve, entonces, la importancia peculiar de la confirmación respecto de la iniciación


sacramental, por la cual los fieles, como miembros de Cristo viviente, son incorporados y
configurados con él por el bautismo, la confirmación y la eucaristía 17.En el bautismo, los
neófitos reciben el perdón de los pecados, la adopción de hijos de Dios y el «carácter» de
Cristo, por el cual quedan agregados a la Iglesia y comienzan a participar del sacerdocio de
su Salvador18. Por el sacramento de la confirmación, los que han nacido a una vida nueva
por el bautismo, reciben el don inefable, el mismo Espíritu Santo, por el cual son
4
Cf. Mc 1, 10.
5
Cf, Jn 1, 32.
6
Cf. Lc 4, 17-21.
7
Cf. Lc 12, 12.
8
Cf. Jn 15, 26.
9
Cf. Jn 14, 16.
10
Cf. Jn 15, 26.
11
Hch 1, 8; cf. Lc 24, 49.
12
Hch 2, 4.
13
Cf. Hch 2, 17-18.
14
Hch 2, 38.
15
Cf. Hch 8, 15-17; 19, 5a.
16
Cf. Hb 6, 2.
17
Cf. CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, núm. 36.
18
Cf. I Pe 2, 5-9.
enriquecidos con una fuerza especial19 y, marcados con el carácter de este sacramento,
quedan vinculados más perfectamente a la Iglesia20 y están más estrictamente obligados a
difundir y defender la fe con la palabra y con las obras, como auténticos testigos de
Cristo21. La confirmación, por fin, está tan vinculada con la eucaristía 22, que los fieles,
sellados ya por el bautismo y la confirmación, se insertan plenamente en el cuerpo de Cristo
mediante la participación de la eucaristía23.

Ya desde los primeros tiempos, el don del Espíritu Santo era conferido con diversidad de
ritos. Tanto en Oriente como en Occidente, estos ritos sufrieron diversos cambios, pero
conservaron siempre el mismo significado: la comunicación del Espíritu Santo. En muchos
ritos de Oriente parece que, ya desde la antigüedad, prevaleció para la comunicación del
Espíritu Santo el rito de la crismación, sin que aún se lo distinguiera claramente del
bautismo24. Este rito continúa hoy vigente en la mayoría de las Iglesias orientales.

En Occidente se encuentran testimonios muy antiguos sobre aquella parte de la iniciación


cristiana en la que, más tarde, se ha reconocido claramente el sacramento de la
confirmación. En efecto, después de la ablución bautismal y antes de la cena eucarística, se
indican otros gestos rituales, como la unción, la imposición de la mano y la consignación 25,
los cuales se encuentran mencionados tanto en los documentos litúrgicos 26 como en muchos
testimonios de los Padres. Desde entonces y a lo largo de los siglos, surgieron discusiones y
dudas acerca de los elementos que pertenecen a la esencia del rito de la confirmación. Es
oportuno recordar, por lo menos, algunos de los testimonios que, desde el siglo XIII, en los
concilios ecuménicos y en los documentos de los sumos pontífices, contribuyeron a ilustrar
la importancia de la crismación, sin olvidar por eso la imposición de las manos.

Inocencio III, nuestro predecesor, escribió: «Por la crismación en la frente se designa la


imposición de la mano, llamada también confirmación, porque por ella se da el Espíritu

19
CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 11.
20
Ibid.
21
Cf. CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, núm. 11.
22
Cf. CONCILIO VATICANO II, Decreto Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio y la vida de los
presbíteros, núm. 5.
23
Cf. Ibid.
24
Cf. ORIGENES, Sobre los principios, 1, 3, 2: GCS 22, pp.49s.; Comentario a la carta a los Romanos,
5, 8: PG 14, 1038; S. CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis 16, 26; PG 33, 956; 21, 1-7: PG 33, 1088-1093.
25
Cf.TERTULIANO, Sobre el bautismo, 7-8: CCL 1, pp. 282s.; B. BOTTE, La «Tradition apostolique» de
saint Hippolyte («Liturgiewissenschaftliche Quellen und Forschungen», 39), Munster 1963, páginas 52-54; S.
AMBROSIO, Sobre los sacramentos, II, 24: CSEL 73, p. 36; III, 2, 8: p. 42; VI 2, 9: pp. 74-75; Sobre los
misterios, VII, 42: CSEL 73, p. 106.
26
Liber sacramentorum romanæ Æclesiæ ordinis anni circuli, edición L. C. Mohlberg («Rerum
ecclesiasticarum documenta, fontes», 4), Roma 1960, p. 75; Das «Sacramentarium gregorianum» nach den
Aachener Urexemplar, edición H. Lietzmann («Liturgiegeschichitliche Quellen», 3), Munster 1921, pp. 53s.;
Liber ordinum, edición M. Férotin («Monumenta Ecclesiæ liturgica, n. 5), París, 1904, pp. 33s.; Missale
galicanum vetus, edición L. C. Mohlberg («Rerum ecclesiasticarum documenta, fontes», 3), Roma 1958, p.
42; Missale gothicum, edición L. C. Mohlberg («Rerum ecclesiasticarum documenta, fontes», 5), Roma 1961,
p. 67; C. VOGEL – R. ELZE, Le Pontifical romano-germanique du dixiéme siécle, II: Le texte («Studi e testi,
227), Ciudad del Vaticano 1963, página 109; M ANDRIEU, Le Pontifical Romain au moyen-áge, I: Le
pontifical romain du XIIe siécle (Studi e testi, 86), ciudad del Vaticano, 1938, pp. 247s. 289; Le Pontifical de
la Curie romaine au XIIIe siécle («Studi e testi», 87), Ciudad del Vaticano 1940, pp. 452s.
Santo para el crecimiento y la fuerza» 27. Otro predecesor nuestro, Inocencio IV, recuerda
que los apóstoles comunicaban el Espíritu Santo mediante la imposición de la mano, que
representa la confirmación o la crismación en la frente 28. En la profesión de fe del
emperador Miguel Paleólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, se hace mención del
sacramento de la confirmación, que los obispos confieren mediante la imposición de las
manos, ungiendo con el crisma a los bautizados 29. El Decreto para los armenios, del
Concilio de Florencia, afirma que la materia del sacramento de la confirmación es el
crisma, confeccionado con aceite y bálsamo 30, y, citando las palabras de los Hechos de los
apóstoles que se refieren a Pedro y Juan, los cuales confirieron el Espíritu Santo con la
imposición de las manos31, añade: «En lugar de esta imposición de la mano, en la Iglesia se
da la confirmación»32. El Concilio de Trento, aunque en modo alguno intenta definir el rito
esencial de la confirmación, sin embargo, lo designa únicamente con el nombre de
«sagrado crisma de la confirmación»33. Benedicto XIV declaró: «Esto está fuera de
discusión: en la Iglesia latina, el sacramento de la confirmación se confiere usando el
sagrado crisma, o sea, aceite de oliva mezclado con bálsamo y bendecido por el obispo, y
haciendo el ministro la señal de la cruz en la frente del confirmando, mientras el mismo
ministro pronuncia las palabras de la forma»34.

Muchos teólogos, teniendo en cuenta estas declaraciones y tradiciones, sostuvieron que


para la administración válida de la confirmación se requería únicamente la unción con el
crisma hecha en la frente por la imposición de la mano; sin embargo, en los ritos de la
Iglesia latina se prescribía siempre la imposición de las manos antes de la unción de los
confirmandos.

En lo que se refiere a las palabras del rito con que se comunica el Espíritu Santo, hay que
advertir que, ya en la Iglesia naciente, Pedro y Juan, al terminar la iniciación de los
bautizados en Samaría, oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo, y después
impusieron las manos sobre ellos35. En Oriente, durante los siglos IV y V, aparecen en el
rito de la crismación los primeros indicios de las palabras: «La señal del don del Espíritu
Santo»36. Muy pronto, estas palabras fueron recibidas por la Iglesia de Constantinopla y son
empleadas todavía por las Iglesias de rito bizantino.

27
Carta Cum venisset: PL 215, 285. La profesión de fe impuesta a los valdenses por el mismo pontífice
contiene la siguiente afirmación: «La confirmación hecha por el obispo, es decir, la imposición de las manos,
la tenemos por santa y ha de ser recibida con veneración»: PL 215, 1511.
28
Carta Sub catholicæ professione: MANSI, Sacrorum Conciliorum collectio, 23, 579.
29
MANSI, Sacrorum Conciliorum collectio, 24, 71.
30
G. HOFMANN, Concilium Florentinum, serie A: Documenta et scriptores, I: Epistolæ pontificiæ ad
Concilium Florentinum spectantes, parte II. Roma 1944, p. 128.
31
Cf. Hch 8, 17.
32
G. HOFMANN, Ibid, p. 129.
33
S. EHSES, Concilium Tridentinum, V, actas 2: Concilii Tridentini actorum pars altera, Friburgo de
Brisgovia 1911, p. 996.
34
Carta Ex quo primum tempore, 52: Benedicti XIV ... Bullarium, III. Prato 1847, p. 320.
35
Cf. Hch 8, 15-17.
36
Cf. S. CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis 18, 33: PG 33, 1056; ASTERIO, obispo de Amasea, La parábola
del hijo pródigo, en la «Biblioteca» de Focio, códice 271: PG 104, 213. Cf. también la Carta de un patriarca
de Constantinopla a Martirio, obispo de Antioquía: PG 119, 900.
En Occidente, por el contrario, las palabras del rito que completa el bautismo no fueron
determinadas claramente hasta los siglos XII y XIII. En el Pontifical romano del siglo XII
aparece por primera vez la fórmula que después se hizo común: «Yo te marco con el signo
de la cruz y te confirmo con el crisma de la salvación. En el hombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo»37.

Por todo lo que hemos recordado, aparece manifiestamente que, en la administración de la


confirmación en Oriente y en Occidente, aunque de diverso modo, el primer puesto lo
ocupó la crismación, que en cierta manera representa la imposición de las manos hecha por
los apóstoles. Como esta unción con el santo crisma significa convenientemente la unción
espiritual del Espíritu Santo que se da a los fieles, Nos queremos confirmar la existencia y
la importancia de la misma.

En lo que se refiere a las palabras que se pronuncian en el acto de la crismación, hemos


estimado en su justo valor la dignidad de la venerable fórmula usada en la Iglesia latina; sin
embargo, creemos que a ésta se debe preferir la antiquísima fórmula propia del rito
bizantino, con la que se expresa el don del Espíritu Santo y se recuerda la efusión del
Espíritu el día de Pentecostés38. Por lo cual, hemos adoptado esta fórmula, traducida casi
literalmente.

Por lo tanto, a fin de que la revisión del rito de la confirmación corresponda oportunamente
a la esencia misa del rito sacramental, con nuestra suprema autoridad apostólica decretamos
y establecemos que en adelante se observe en la Iglesia latina lo siguiente:

El sacramento de la confirmación se confiere mediante la unción con el crisma en la frente,


que se hace con la imposición de la mano, y mediante las palabras: Recibe por esta señal el
don del Espíritu santo («Accipe signaculum doni Spiritus Sancti»).

La imposición de las manos sobre los elegidos, que se realiza, con la oración prescrita,
antes de la crismación, si bien no pertenece a la esencia del rito sacramental, debe ser tenida
en gran consideración, en cuanto que sirve para comunicar al rito toda su perfección y para
favorecer una mejor comprensión del sacramento. Es evidente que esta primera imposición
de las manos, que precede a la crismación, se diferencia de la imposición de la mano con la
que se realiza la unción en la frente.

Una vez establecidos y declarados todos estos elementos referentes al rito esencial del
sacramento de la confirmación, aprobamos también, con nuestra autoridad apostólica, la
Ordenación de este sacramento revisada por la Sagrada Congregación para el Culto divino,
después de consultar a las Sagradas Congregaciones para la Doctrina de la fe, para la
Disciplina de los sacramentos y para la Evangelización de los pueblos, en todo lo que atañe
a su competencia. La edición latina de esta Ordenación, que contiene la nueva forma,
entrará en vigor apenas sea publicada; mientras que las ediciones en lengua vulgar,
preparadas por las Conferencias episcopales y confirmadas por la santa Sede, entrarán en
vigor a partir del día que será establecido por cada Conferencia; la antigua Ordenación
37
M. ANDRIEU, Le Pontifical romain au moyen-áge, I: Le Pontifical romain du XIIe siécle («Studi e texti»,
86), Ciudad del Vaticano 1938, p. 247.
38
Cf. Hch 2, 14. 38.
podrá usarse hasta finalizare el año 1972. Sin embargo, a partir del día 1 de enero de 1973
deberá usarse solamente la nueva Ordenación.

Todo lo que hemos establecido y prescrito queremos que tenga, ahora y en el futuro, plena
eficacia en la Iglesia latina, no obstante las Constituciones y Ordenaciones apostólicas de
nuestros predecesores y cualquier otra prescripción, incluso las dignas de especial mención.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la


Santísima Virgen María, del año 1971, noveno de nuestro pontificado.

PABLO Papa VI

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