INSTITUTO SUPERIOR DE FORMACION Y CAPACITACION DOCENTE N°1
Profesorado: HISTORIA Cátedra: HISTORIA ARGENTINA SIGLO XIX
HISTORIA E HISTORIADORES
En la Argentina de los añ os siguientes al Centenario la historia dejaba de ser una
actividad intelectual practicada libremente, para transformarse en una disciplina
profesionalizada, el Estado tenía un papel decisivo en la vocació n de consolidar la
llamada conciencia nacional. Los integrantes de la Nueva Escuela Histórica, entre los
que se encontraban Emilio Ravignani, Ricardo Levene, Ró mulo Carbia, Diego Molinari
y Luis María Torre, quienes organizaron la versió n local de la historia profesional.
En 1930, los á mbitos de los historiadores profesionales se vieron afectados por dos
procesos. Por una parte, tuvo lugar la consolidació n de sus redes e instituciones y por
otra, una mayor aproximació n al Estado, que adoptó muchas formas. La estructura
estatal se hacía má s compleja y los cuerpos administrativos se ampliaban, en un
contexto general de extensió n de las funciones del Estado.
La ampliació n no afectó só lo al Estado nacional, sino también a muchos estados
provinciales, que manejaban parte de los canales de inserció n profesional para los
historiadores. Al mismo tiempo, los historiadores supieron abrir nuevas alternativas
profesionales, que favorecieron la consolidació n de los circuitos académicos: las
comisiones para la instalació n…… de monumentos, o para la definició n de cuestiones
tales como el “verdadero” color de la bandera, eran algunos de ellas.
Entre los historiadores, el grupo que parecía dominante era el de la Nueva Escuela
Histó rica, que sugiere una unidad que era solo relativa. La N.E se hallaba atravesada
por una disputa institucional entre la Junta de Historia y Numismá tica transformada
en 1938 en Academia Nacional de la Historia, cuyo personaje central era Ricardo
Levene, y el Instituto de Investigaciones Histó rica, radicado en la Facultad de Filosofía
y Letras de la Universidad de Bs. As. , y dirigido en la época por Emilio Ravignani.
Un conjunto de entidades se dedicaban a la investigació n, a la publicació n de libros,
recopilaciones documentales, boletines, y a establecer relaciones con el Estado por
caminos muy diversos. Muchas eran instituciones historiográ ficas de viejo tipo. Sus
publicaciones lograban a veces sostenerse, y algunas de esas entidades fueron
incorporadas a la estructura de la Academia Nacional de la Historia.
La Sociedad de Historia Argentina, fundada en 1931, con una organizació n similar a la
Academia publicó una colecció n de libros de historia y un Anuario. Contaba entre sus
miembros a historiadores destacados, como Juan Terá n, Ró mulo Carbia, Ricardo
Rojas, Ricardo Zorraquin Becu, Carlos Ibarguren, entre ellos había integrantes del
Instituto de Investigaciones Histó ricas transformada en Academia, y aun del
revisionismo de fines del década. En 1934, Levene obtuvo para la Junta un subsidio
del congreso, destinado a la publicació n de la Historia de la Nació n Argentina y un
decreto del Poder Ejecutivo transformó a la Junta en Academia Nacional de la Historia.
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El Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Histó ricas fue creado en 1938,
cierto es que, hacia 1934, Julio y Rodolfo Irazusta habían publicado Argentina y el
imperialismo britá nico y se organizaba la Comisió n por la Repatriació n de los Restos
de Rosas. Se considera que, en 1930, Carlos Ibarguren publicaba y vendía con éxito
su Juan Manuel de Rosas. El propio Instituto reconocía la existencia de una “derecha y
una izquierda rosista, e intentaba tomar distanciar de ambas. Insistía en la defensa de
la soberanía nacional frente a las pretensiones extranjeras y a los que planteaban la
consolidació n de la unidad nacional (acció n de Rosas) estaban muy extendidos.
El ejemplo de la Historia de la Nació n Argentina dirigida por Levene, cuyos primeros
tomos aparecieron en 1936 y que fue convertida por el revisionismo en el monumento
de la historia oficial, es evidente. Los convocados incluían a miembros de muchas
instituciones, los argumentos expuestos sobre algunos asuntos eran abiertamente
contradictorios y hasta la misma concepció n de la obra impedía por extensió n y
fragmentació n la existencia de un lector de conjunto.
Los principales nombres del revisionismo, Ernesto Palacio y Julio Irazusta escribieron
en Sur, la revista de Victoria Ocampo. Irazusta lo hizo hasta 1938, avanzada ya la
guerra de Españ a, y ambos habían participado en 1936, junto a Ramó n Doll. Del
“Primer debate del Sur”, Palacio efectuó traducciones para la editorial e Irazusta
publico en 1937 su libro Actores y espectadores. Carlos Ibarguren era presidente de la
Academia Argentina de Letras. Había recibido el Premio Nacional de Literatura.
Los revisionistas, en tanto, mantenían su estima por el sistema de consagració n oficial
de los gobiernos herederos del golpe de Estado del 6 de setiembre. Resulta evidente
que los futuros miembros del revisionismo disponían de los instrumentos de
legitimació n en el campo intelectual. El revisionismo se organizó en torno a uno de los
nú cleos de la cultura admitida, que exhibía una muy clara vocació n conservadora.
Recurría a los mismos procedimientos que utilizaban los demá s grupos: fundaba un
instituto, publicaba una revista y libros, sostenía ciclos de conferencia. También
conmemoraba sus fechas y no despreciaba la invitació n a los poderes pú blicos. Así a la
hora de ofrecer un balance de la situació n de la historiografía, apuntaba que la N. Esc.
Histó rica albergaba tres corrientes con una definició n evidente. Entre las sedes de
estas tres corrientes figuraba el Instituto de Investigaciones Histó ricas J. M. de Rosas.
El revisionismo reconocía que era una empresa política, ya que aspiraba a reemplazar
una visió n del pasado por otra que creía má s ú til a los intereses colectivos. Insistía en
que la violació n de las reglas metodoló gicas había estado a cargo de quienes
“falsificaron” la historia nacional, ocultando y deformando los “documentos”. La
conclusió n del revisionismo era contundente: “La causa de Rosas está científicamente
ganada” y luego de la caída del peronismo: el revisionismo lograría alcanzar: La
conquista del pú blico.
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El revisionismo histórico
Mientras el paradigma de Argentina como país en sostenida marcha de progreso,
“granero del mundo de América Latina” y “el país má s culto y europeo en un contexto
mundial regido por el liberalismo econó mico y político, resultó altamente verosímil la
historiografía liberal reinó en forma indiscutida en nuestro país.
Con el golpe de 1930, y el corte institucional que significó , se abrieron paso corrientes
que asumían el fracaso del proyecto del rumbo seguido hasta ese momento. Tanto, en
materia econó mica, social y política. En adelante el campo de la historia académica
quedó marcado por el autoritarismo ideoló gico, el mayor control del estado sobre la
producció n historiográ fica, una discontinuidad en las carreras universitarias
investigativas y el desarrollo de las líneas de investigació n.
Parte de esas voces, defendían un nacionalismo emparentado con la reacció n de
sectores conservadores de la burguesía, ligada a la propiedad de la tierra, contra toda
modernidad. Ademá s, se sumaba el fuerte desagrado en los sectores conservadores
por el tipo de acció n política exitosa a partir de la Ley Sá enz Peñ a, encarnada en la
vertiente yrigoyenista. Pretendían buscar “la tradició n nacional” en un terreno
distinto que la corriente liberal y donde el vínculo ideoló gico se estableciera con el
pensamiento hispá nico y cató lico. Ademá s de antiliberal, esta corriente era, en su
versió n original, fuertemente antimarxista.
Desde esta visió n, la época de Rosas, epitome de todas las abominaciones para la
historiografía tradicional, se convertía en eje fundamental desde el cual revisar toda la
historia del país. Esta reivindicació n se unía a la del conjunto de los caudillos
federales. Otra visió n unificadora era la reivindicació n de la etapa colonial, unido a
una visió n má s que despectiva sobre las comunidades indígenas.
Durante varias décadas la interpretació n de la historia nacional se constituyó como un
campo de batalla político, en el que la presentació n de una visió n alternativa a la
oficial de la historia argentina se convirtió en un importante eje de un combate
ideoló gico orientado a la impugnació n del orden social, econó mico y político existente.
Impugnar la trayectoria histó rica seguida en el pasado, se volvía una herramienta
principal a la hora de trazar (e imponer) otro rumbo en el presente.
El resultado fue la constitució n de una corriente historiográ fica “revisionista” que se
convirtió en activa oposició n a la historiografía oficial, que pasó a ser conocida con el
mote de “liberal”. El revisionismo siempre estuvo signado por una fuerte
heterogeneidad, la que no hizo sino acentuarse, a medida que ideales políticos
progresivamente má s radicalizados se cobijaban bajo el paraguas “revisionista” sin
que dejara de tener vigencia los de línea má s conservadora.
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