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Revisión fenomenológica del concepto de empatía

para el Trabajo Social

Phenomenological review of the concept of empathy


for Social Work

José Antonio López Rodríguez, Toni Sangà Boladeres y Silvia Iannitelli


Muscolo

Universidad de Barcelona

Resumen: El Trabajo Social del siglo XXI tiene el desafío de consolidar, con su
propio lenguaje, su objeto de conocimiento. En esta reflexión se indaga en el
concepto de empatía, atendiendo a aportaciones afines al Trabajo Social, a la
Teoría del Arte, de la Psicología, del Psicoanálisis, de la Filosofía y de la
Neurociencia; que tejen su significado escogiendo una mirada
epistemológica del concepto. El propósito de este artículo es esclarecer el
significado asignado al concepto de empatía en el Trabajo Social. Se observa
que no es posible caracterizar dicho concepto sin evocar sus fundamentos
fenomenológicos. Se pretende considerar posibles atribuciones del concepto
que podrían contribuir a comprender situaciones iatrogénicas derivadas de
praxis profesional. Para la elaboración de la propuesta, se desarrolla un
análisis crítico del concepto de empatía y se relaciona con el de
intersubjetividad, llevando a cabo una revisión bibliográfica a partir de las
disciplinas mencionadas, que transita por un periodo comprendido de 1909 al
2018. Como conclusión, se propone la posición de la “empatía cognitiva”,
como estrategia para la comprensión del proceso intersubjetivo.

Palabras clave: Trabajo social, Empatía, Intersubjetividad, Creación de


significados, Fenomenología.

Abstract: In the 21st century, social work faces the challenge to establish,
using its own language, its object of knowledge. In this work, we delve into the
concept of empathy by looking into contributions from the fields of Social
Work, Aesthetics, Psychology, Psychoanalysis, Philosophy and the
Neurosciences. The purpose of this article is to clarify the meaning assigned
to the concept of empathy in Social Work. It is not possible to characterize
this concept without evoking its phenomenological foundations. We consider
possible attributions of the concept that could contribute to understand
iatrogenic situations derived from professional praxis. For the elaboration of
the proposal, we developed a critical analysis of the concept of empathy,
related to that of intersubjectivity, by carrying out a bibliographic review
based on the aforementioned disciplines, covering a period from 1909 to
2018. Lastly, the position of "cognitive empathy" is proposed as a strategy for
understanding the intersubjective process.

Ehquidad International Welfare Policies and Social Work Journal Nº 19 /January 2023 e- ISSN 2386-4915

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José Antonio López Rodríguez, Toni Sangá Boladeres y Silvia Iannitelli Muscolo

Keywords: Social Work, Empathy, Intersubjectivity, Creation of Meaning;


Phenomenology.

Recibido: 20/08/2022 Revisado: 31/10/2022 Aceptado: 01/11/2022 Publicado:


15/01/2023

Referencia normalizada: López Rodríguez, J.A., Sangà Boladeres, T. y Iannitelli Muscolo, S.


(2023). Revisión fenomenológica del concepto de empatía para el Trabajo Social. Ehquidad.
International Welfare Policies and Social Work Journal, 19, 145-166.
https://doi.org/10.15257/ehquidad.2023.0006

Correspondencia: José Antonio López Rodríguez. Universidad de Barcelona. Correo


electrónico: [email protected]

1. INTRODUCCIÓN
En la literatura referente al Trabajo Social, se alude de forma recurrente al
concepto de empatía como uno de los elementos nucleares para ejercer la
profesión, encuadrada con frecuencia como una profesión de ayuda. En este
marco profesional, dicha literatura suele partir de alguna definición del
concepto de empatía en el que se hace hincapié a su importancia para
generar un vínculo emocional con el cliente. Sólo por citar a modo de ejemplo
algunas de las publicaciones recientes de Trabajo social que centran el
concepto de empatía en las emociones, pueden ser el artículo de M. Elena
Cuartero (2018) titulado Desgaste por empatía: cómo ser un profesional del
trabajo social y no desfallecer en el intento, o la tesis doctoral de la profesora
Aurora Castillo (2016) sobre La enseñanza y aprendizaje de la empatía para el
Trabajo Social. Encontramos así un prolífico recorrido por diferentes autores
sobre el concepto de la empatía, y aunque podríamos citar a más autores nos
remitimos a la tesis de Castillo si se precisan de más referencias.

Se observa que, en Trabajo Social, el concepto de empatía se ha sustentado


desde posturas psicológicas y filosóficas adscritas a las características del
realismo epistemológico. En su estela, el uso del concepto en el terreno
académico y profesional tiende a simbolizarse y reproducirse en base a un
imaginario centrado en el tratamiento asistencial.

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Revisión fenomenológica del concepto de empatía para el Trabajo Social

Esta orientación de lo empático nos interpela a (re)interpretar en otros


términos epistemológicos el concepto de empatía en Trabajo Social. Este
marco que planteamos, en el que la intersubjetividad centra la descripción y
el análisis fenomenológico, el presente artículo reflexiona sobre el concepto
de la empatía en Trabajo Social revisando sus significados en base a la
bibliografía científica.

Partiendo de una mirada fenomenológica de la noción de empatía, en la


revisión bibliográfica llevada a cabo, se ha detectado como aspecto clave y
que en pocas ocasiones se cuestiona, es la misma existencia de la empatía.
¿Realmente, es posible ser empático? En el caso de que sea posible, ¿cuáles
son los límites, restricciones a contemplar para la elaboración del concepto?,
¿a qué hace referencia el concepto de empatía en Trabajo Social?, ¿la
empatía se tendría que contemplar como una cualidad para práctica del
Trabajo Social?

Cuestiones como las presentadas resultan imprescindibles para no dejarnos


guiar ingenuamente por nuestros a prioris.

El siguiente trabajo presenta diferentes cuestiones que deberían tenerse en


cuenta antes de plantearse la posibilidad de ser empático, de su aplicación
(si fuese posible) como elemento a desarrollar para el ejercicio del Trabajo
Social u otras disciplinas afines, y de las posibles implicaciones de explicitar
nuestros (pre)juicios o ticket think en el ejercicio profesional. De este modo,
el texto se estructura en tres partes y las conclusiones. En la primera, se
abordan los significados del concepto de empatía acercándonos a sus
orígenes, que como veremos difieren sensiblemente del significado que se le
otorga en la actualidad. En la segunda parte, se dilucida y analizan algunas
definiciones e ideas que se han ido planteando a lo largo de su “trayectoria
vital”; en la tercera parte, se propone, a la luz del análisis previo, una
propuesta para el Trabajo Social en torno a la intersubjetividad, y finalmente
en las conclusiones ultimamos la reflexión sobre la capacidad epistémica del
Trabajo Social, para resignificar el concepto de empatía desde una posición
ético-política del Trabajo Social.
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José Antonio López Rodríguez, Toni Sangá Boladeres y Silvia Iannitelli Muscolo

2. METODOLOGÍA
Para la elaboración de la propuesta del análisis crítico del concepto de
empatía y la relación con el de intersubjetividad, se ha utilizado el proceso de
reducción fenomenológica, para cuestionar los límites o alcance del
concepto e incluso su existencia.

Se ha llevado a cabo una revisión bibliográfica que transita por un periodo


comprendido de 1909 al 2018. En las fuentes secundarias en las que se basa
el artículo, encontramos bibliografía que hace referencia a diferentes
disciplinas, como es el Trabajo Social, la Filosofía, la Psicología, Teoría del
Arte y de la Neurociencia.

Para intentar ofrecer un prisma amplio sobre el significado que se le ha ido


otorgando al concepto de empatía, se ha tenido en cuenta las
recomendaciones de la declaración PRISMA. Como fuentes secundarias, se
han utilizado como criterios de selección de la bibliografía revisada: (1)
bibliografía publicada en el intervalo de años definido, (2) obras bibliográficas
que hacen referencia al concepto a analizar, encontrando que se hace
referencia a éste de forma directa o indirecta, (3) bibliografía que aporta
datos teóricos mediante la revisión narrativa y de forma sistemática, (4)
resultados de investigaciones empíricas originales en las que se ha utilizado
metodología cualitativa cuantitativa y/o mixta.

Tras la identificación de la bibliografía a revisar, se ha expuesto los


elementos que componen las diferentes propuestas bibliográficas referentes
al concepto de la empatía, para facilitar el análisis en relación a las posibles
implicaciones en la práctica profesional de dicho concepto.

3. RESULTADOS Y DISCUSIÓN
3.1. Empatía: estado de la cuestión
Si hacemos referencia al término identificado como empatía, se considera
que se trata de una traducción del vocablo alemán «Einfühlung», que se le
suele atribuir a Titchener (1909). Autores como Edgard Wind (1963), ubican
el concepto primogénito en el entorno del arte, concretamente referencia a
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Revisión fenomenológica del concepto de empatía para el Trabajo Social

Robert Vischer en 1873 en su tratado de psicología de la estética y de la


perfección formal, en el que introduce la concepción de la empatía. Parece
ser que Vischer incorpora el concepto «Einfühlung» entre sus
contemporáneos, comprendido como psicología de la estética, en el que
incluía una proyección del sí mismo en el producto artístico.

Para autores como Lipps (1903), el significado de «Einfühlung», en el


contexto artístico, comprende aspectos como el espectador del gesto del
orgullo, también experimenta a su vez dicha emoción. Lo que comporta que
los observadores se proyecten ellos mismos en los objetos que perciben. De
otra manera sería difícil comprender la crítica estética. Lipps, en la ubicación
de dichas sensaciones, considera que son experimentadas por el
observador, el objeto más que a cerca del objeto. Los objetos son sentidos a
la vez que percibidos.

Según un grupo de investigadores de la Universidad de Oxford (Batson,


2011), si hacemos un recorrido por diferentes definiciones de empatía,
podemos encontrar nueve significados diferentes. Algunas lo asocian con el
bostezo de los perros, otras con el sufrimiento de los pollos o actitudes
centradas en pacientes en la medicina, etc. (Decety y Cowell, 2014).
Posiblemente, la que aglutina una mayor confluencia, sea la propuesta por
Adam Smith, (1982), que contempla que tenemos la capacidad de pensar en
otras personas:

Colocarnos en su situación […] y en alguna medida convertirnos en una


misma persona con él, y por consiguiente, formarnos alguna idea de sus
sentimientos, e incluso sentir algo que, aunque más débil en cierto grado, no
es totalmente diferente a lo que ellos sienten (p.9).

Adam Smith se refiere con el término “simpatía”, como se comprendía en la


Ilustración escocesa de la época.

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Como denominador común o elemento nuclear en las diferentes propuestas,


se va repitiendo la idea de compartir afecto, más allá del papel que se le
atribuya al conocimiento del proceso afectivo o de su idiosincrasia.
Destacamos algunas de las definiciones concebidas por diversos autores, ya
que no podemos hacer referencia a una única definición de forma unívoca
para aproximarnos al concepto de empatía. Otro aspecto al que también se
hace referencia, de forma más sucinta, pero no por ello carente de
importancia, es el uso que se le otorgó en un período determinado al
concepto de empatía versus al de simpatía, en un contexto de sufrimiento. La
simpatía para algunos autores como Wispé (1986) se refiere a sentir por
alguien, por su sufrimiento. Lo que incluye en muchas ocasiones un
sentimiento de preocupación consciente. La confusión radica en esta espiral
en la que la simpatía es la consecuencia de la empatía, si bien nos podemos
encontrar en que la simpatía no deje de ser un proceso de toma de
conciencia de lo percibido. En esta tesitura nos podríamos topar con
cuestiones sin resolver, como puede ser, si la simpatía siempre precede a la
empatía.

En las definiciones como la de Hoffman y Levine (1976), el concepto de


empatía implica compartir la emoción percibida que proviene de los otros,
“sentir con el otro”. Lo que no deja de ser una respuesta emocional reactiva,
que emana del estado emocional de otro, a la vez que es congruente con ese
estado emocional, lo que deja un gran margen a simpatizar con un gran
prisma de sentimientos.

En el caso de Freud (1949, p. 70), como el concepto estaba llevando a la


empatía a su limitación, su interés se centra en la identificación más que en el
concepto. Él considera que la empatía nos instruye “para adoptar cualquier
actitud frente a la vida mental de otra persona”.

También encontramos otras definiciones, que a nuestro juicio resultan más


difíciles de sostener, como puede ser la que nos brinda Murphy (1947, p.
414), para él la empatía consiste en: situarse uno mismo en el lugar de un
objeto viviente o de uno no viviente. Exactamente igual que un individuo se
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Revisión fenomenológica del concepto de empatía para el Trabajo Social

coloca en el lugar de otro, asume su posición espacial y sus partencias, brilla


como con orgullo y sufre en su desconcierto, de igual manera se coloca en el
lugar de una columna que es demasiado delgada para sostener el fuste y la
considera inadecuada...

Rogers (1959, pp. 210-211) ofrece principalmente dos definiciones con


sesgos diametralmente diferentes. En la primera definición de empatía
“significa percibir el marco de referencia interior de otra persona con
precisión y con los componentes emocionales que le pertenece, como si uno
mismo fuera esa persona, pero sin perder nunca la condición de «como si»”.
Décadas más tarde, presenta una concepción de la empatía centrada en el
proceso, que implica: penetrar en el mundo perceptual privado de la otra
persona y familiarizarse completamente con él. (...) Significa vivir
temporalmente en la vida del otro, moviéndose por ella con delicadeza, sin
perjudicar, ajustando detalles en los que el otro apenas tiene conciencia. (...)
Significa, a menudo, verificar con el otro la corrección de tales percepciones
y sentirse guiado por las respuestas que recibe de él... (Rogers, 1975, p.4).

Autores más recientes siguen habitando en la afectividad como un elemento


clave en la empatía. Eisenberg (2000) considera que se trata de una
respuesta afectiva como mecanismo para la comprensión del estado
emocional de otra persona. En este sentido resulta interesante distinguir
entre lo que algunos autores han denominado como “empatía cognitiva” que
haría referencia a la capacidad de sentir o aproximarse al sentimiento del
otro, pero sin compartir el posible sufrimiento; este sería opuesto la “empatía
emocional”, que hace referencia a sentir lo que el otro sienten (Bloom, 2018).

3.2. Diálogo en torno a las definiciones


Las diversas definiciones o aproximaciones de los autores que se han
presentado hasta el momento, suscitan una cuestión esencial a la hora de
discriminar lo que podría llegar a considerarse o pudiese identificarse como
empatía; bajo esta premisa nos acercaremos al concepto de empatía
mediante el enfoque de la reducción fenomenológica. La fenomenología
pretende esclarecer, explicitar la base última de todo conocimiento. En ese
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camino acaba desterrando todo lo que puede llegar a ser dudoso, y se puede
eliminar. Otra cuestión esencial que nos preguntamos es si lo que percibimos
existe o si hay posibilidad de engaño. En caso de que haya esta posibilidad,
debemos eliminar la afirmación de su existencia, pero no se puede eliminar,
aquello de lo que no dudamos, que no deja de ser la experiencia unívoca de
cada uno en relación al hecho, cosa u objeto, la aprehensión percibida, que
se recuerda o de otra clase (Stein, 1995).

Si bien no podemos considerar que la empatía tenga el carácter de la


percepción externa, paradójicamente tiene alguna cosa en común con ella.
Lo que comparten es que su objeto se encuentra aquí y ahora. En este
sentido la percepción externa no deja de ser un acto originario oferente. La
empatía no sería la percepción externa, pero no por ello se encuentra carente
de “originalidad”, se trata de una aprehensión como lo expresa la locución
latina ente hic et nunc.

Siguiendo con la filósofa Edith Stein, originalidad son todas las vivencias
propias presentes como tales, en este sentido, ¿qué se nos presenta más
originario que la vivencia misma?: Se trata de un acto que es originario como
una vivencia presente, pero no originario según su contenido. Y este
contenido es una vivencia que, de nuevo, puede actuar de distintas formas,
como recuerdo, expectativas, fantasía. Cuando surge de mi repentinamente,
está frente a mí como un objeto, (por ejemplo, la tristeza que percibo en el
otro desde su rostro); pero mientras me vuelvo hacia las tendencias
implícitas, ya no es el objeto en el propio sentido, puesto que me han
arrastrado dentro de él y estoy junto a su objeto, en su lugar; y sólo después
de la claridad en su ejecución, la vivencia retorna a mi como objeto ( Stein,
1995, pp.31-32).

¿Quiere decir esto que se parte del solipsismo? Si compartimos la idea de


que todos somos prisioneros de nuestro “predicamento egocéntrico”, ya que
estamos condenados a percibir el mundo a través de nuestros sentidos, lo
que no deja de ser una creación individual a partir de nuestras experiencias
(identificado por algunos autores como el “mundo fenoménico”). Podemos
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experimentar aquello que puede ser experimentado, y percibir aquello que


puede ser percibido. Charles S. Peirce (1962) recurría al neologismo del
“fanerón” para hacer referencia a este mundo fenoménico. Más allá de este
aspecto, no se comparte nada más con el solipsismo. No creemos que sólo
exista uno mismo y que el resto de mis percepciones sean ficciones
insustanciales de la mente, que en realidad no existen más allá de la del
sujeto que la percibe. “Una vez, en una de las clases de filosofía de Morris
Cohen, un estudiante levantó la mano para preguntar: ¿Cómo sé que existo?
A la que el profesor Cohen replicó: ¿Quién ha preguntado?” (Gardner y Llosa,
2001, p.14). Lo que nos lleva a cuestionarnos si algo puede existir sin una
mente que la perciba; o como lo expresa Berkeley (1989), que considera que
la materia no percibida es un algo estúpido y sin sentido; o como nos
interpela Unamuno (1993) en su obra Del sentido de la vida, en la que nos
pregunta “¿Qué sería un Universo sin conciencia alguna que lo reflejase y lo
conociese?” (p.106).

Si las percepciones del mundo exterior sólo cobran sentido en el momento


que las interpreta el mundo interior del sujeto, ¿no nos podrían calificar de
«realistas ingenuos» si suponemos que somos capaces de sentir y
comprender los sentimientos del otro? Para Searle (2006, p.14), “la realidad
del observador implica una subjetividad ontológica, pero la subjetividad
ontológica no excluye la objetividad epistémica”. Esta afirmación implica que
la creencia de que alguna cosa existe no desvirtúa a esa cosa como hecho
objetivo. Un claro ejemplo es la creencia de la existencia del dinero, el hecho
de que se trate de una creencia, no desvirtúa que sea una verdad objetiva. En
este sentido, nos vemos abocados a interpretar nuestras experiencias
cotidianas como si de un mundo estable e inmutable se tratase, lo que
algunos autores han denominado como «proceso de objetivación» (Maturana,
1990; y Berger y Luckmann, 1993). Posiblemente Kant lo expresa de una
manera más elocuente, al afirmar que no se trata de que nuestros sentidos
nos permitan comprender la naturaleza del mundo exterior de una forma
confusa, es que no podemos comprenderla en absoluto. Kant (1928) nos
pregunta, ¿qué sucedería si eliminamos nuestra construcción subjetiva del
objeto representado, con las cualidades que le atribuyen nuestra intuición
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sensible? Sencillamente, que ni existe ni puede existir, ya que sólo a través de


la construcción subjetiva podemos determinar su forma y apariencia. Un
ejemplo práctico lo encontramos en la obra Social Diagnosis de Mary
Richmond de 1917, cuando aborda los riesgos y potencialidades derivados
del estado de ánimo de quien reflexiona. El Trabajador Social, como toda
persona contingente, no es ajeno a esas predisposiciones personales,
hábitos de su vida cotidiana, las inclinaciones o predisposiciones con las que
se encara las diferentes situaciones, por lo que se ha de mantener en alerta
en su práctica profesional. En este exceso de celo por acercase a la supuesta
“objetividad” y que los informes sociales del Trabajo Social de casos no se
viesen afectados por la percepción subjetiva, le dijeron que eliminaran de
éstos sus percepciones personales y se ciñeran a los hechos. El siguiente
fragmento es un claro ejemplo a lo que hace referencia Kant: …cuándo las
entidades de trabajo social de casos se dieron cuenta por vez primera de
que, en sus informes, se confundían hechos y opiniones, trataron de resolver
este problema indicando a sus empleados que omitieran impresiones,
opiniones e inferencias personales y que sólo incluyeran en los informes de
casos "exclusivamente los hechos", plasmando cada hecho sin añadiduras,
sino "tal como sucedió". Los trabajadores sociales que trataron de atenerse a
esta regla elaboraron informes semejantes a eslabones aislados de una
cadena; al intentar eliminar todo prejuicio, eliminaron el juicio y
discernimiento que la investigación necesitaba para adquirir unidad y
significado (Richmond, 2005, pp.144-145).

Estudios recientes, como el llevado a cabo por la Universidad de California,


en el cual, utilizando la resonancia magnética, elaboran un mapa del cerebro
con los significados de las palabras, han evidenciado que las estructuras del
cerebro en las cuales se representa los significados semánticos de las
palabras son únicas para cada individuo. Esto ofrece una idiosincrasia a cada
cerebro, cada individuo, a la hora de representar los significados semánticos,
por lo que cada persona realiza su evaluación de cada palabra y esas
diferencias físicas pueden contribuir a que difieran los significados (Smart,
2018).

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Revisión fenomenológica del concepto de empatía para el Trabajo Social

Con lo expuesto hasta el momento, ¿qué limitaciones, restricciones y


consideraciones se tendrían que contemplar a la hora de acotar el concepto
de la empatía? Resultan significativos los resultados del estudio que busca
realizar el mapa semántico del cerebro humano. Dicho estudio, utiliza la
resonancia magnética para observar las estructuras físicas del cerebro, ha
mostrado que cada individuo realiza la representación de los significados
semánticos sutilmente diferente, lo que contribuye también a
interpretaciones diferentes de estos. El estudio especula con la posibilidad
de que las diferencias de la representación semántica en las estructuras del
cerebro se vean afectadas por la cultura y las vivencias de los sujetos. Este
estudio refuerza las afirmaciones de Kant, en las que plantea que la
naturaleza interpretativa de cada individuo se ve abocado a ofrecerle un
sentido al erróneamente llamado “mundo exterior”. Porque, si el significado
que le otorgamos a ese “mundo exterior”, su forma, su apariencia, las
emociones…; sólo es posible gracias a nuestro “mundo interior”, a nuestro
constructo subjetivo que otorga un significado. Gergen (2006, p.61), desde su
posición construccionista, considera que: …cada uno de nosotros vive en el
mundo íntimo de sus propias experiencias, en un mundo espiritual que,
distinto de la naturaleza, diferente a su propósito: un estado subjetivo que
refleja de diversas maneras las condiciones del mundo objetivo. En este
sentido, las palabras que pronunciamos son tenidas por la expresión exterior
del mundo interior...

Resulta interesante también la propuesta de Searle en la que sostiene que, si


bien la interpretación del observador implica una subjetividad ontológica,
este hecho no excluye la objetividad epistémica, en la medida que tiene
consecuencias en las interacciones con los demás. Posiblemente esta idea la
exprese de forma más ejemplificadora Stein, con el atributo que ella
denomina “originalidad”, haciendo referencia a las vivencias las cuales cada
uno interpreta genuinamente y las vive como reales (la aprehensión
percibida).

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Para William I. Thomas, los agentes se comportan siempre «como si» la


situación fuera tal como él la define, por el que la definición de la situación
pasa a ser el elemento más fiable para las predicciones de la conducta. El
individuo actúa hacia las cosas según el significado que estas poseen para él
a través del contacto personal de la socialización. De aquí el conocido como
«teorema de Thomas» que propone, que lo que los hombres definen como
real es real en sus consecuencias y efectos, con independencia de su
realidad objetiva (Thomas, 1932, p.572).

De las definiciones a las que hemos hecho referencia, no contemplarían las


premisas anteriores, y por lo tanto las tendríamos que descartar por no
contener en sus categorías el alcance y limitaciones que el concepto de
empatía implica, sería la definición propuesta por Hoffman y Levine. Según
estos autores habría que compartir la emoción que proviene de los otros,
cuando de si de algún sitio proviene es de uno mismo y no son transferibles.
También habría que excluir, analíticamente, la definición de Murphy, en la que
sustenta que es posible situarse uno mismo en el lugar del otro, cuando no es
el lugar del otro, es el lugar de uno mismo.

¿Cuáles de las definiciones contemplan, parcialmente o en su totalidad, las


limitaciones entorno al concepto de empatía explicitada anteriormente? De
forma cronológica Lipps, en el ámbito del arte, considera que las emociones,
las sensaciones que pretende expresar la obra de arte que empatice con lo
que sugiere el artista; en última instancia son experimentadas por el
observador, que es el que le da sentido a la crítica estética. Solo a través de
la interpretación de las vivencias genuinas podemos otorgar un significado.

Las dos definiciones que ofrece Roger, posiblemente entre ambas,


encontremos la mayoría de los elementos mencionados. En la primera
definición considera que la esencia de la empatía es la percepción del marco
de referencia del otro, con los componentes emocionales que le pertenecen;
acaba remarcando que no hay que olvidar, que siempre se trata de un intento
de comprensión con la condición de «como si». Por mucho que nos
esforcemos, siempre estará el «como si». Años más tarde, el mismo autor,
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realiza otra definición que se centra más en el proceso, un proceso que nos
permite establecer una aproximación, de forma recursiva con el otro, con el
significado que el otro le otorga. Esta segunda definición se encuentra más
próxima a la que ofrece Freud, como mecanismo para la comprensión de la
vida mental del otro.

3.3. Fenomenología, intersubjetividad y el lugar del lenguaje en Trabajo


Social
En primer lugar, para ofrecer alguna luz sobre los vínculos entre
fenomenología e intersubjetividad, debemos aproximarnos a los dos términos
de este binomio que buscamos conjugar.

Podemos entender el concepto de fenómeno como una manifestación de la


naturaleza o de cualquier otra índole: psíquicos, sociales, culturales, etc.,
cuya percepción es posible por los sentidos y promueve una interpretación
de su causalidad y, también de su función. Los fenómenos astronómicos han
sido, en los albores de todas las culturas, un motivo de observación e
interpretación. Por una parte, suscitaron el desarrollo de técnicas de
observación y medición de gran precisión que aún hoy nos causan asombro y
admiración. Por otra parte, dieron lugar a interpretaciones que se plasmaron
en las cosmogonías que explicaban el mundo y daban respuestas a los
interrogantes humanos hasta en sus más íntimos acontecimientos, es decir,
suscitaban una explicación que no podía ser más que subjetiva. Esa
subjetividad compartida que daba cuenta de una causalidad es una de las
raíces de la intersubjetividad.
¿Qué entendemos, entonces, por subjetividad y, consecuentemente, por
intersubjetividad?

La subjetividad, antes de cualquier otra consideración, es necesario


entenderla como una posición del sujeto cuando se encuentra confrontado a
fenómenos que lo requieren como actor dentro de una realidad dada,
indexada.

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La construcción de la subjetividad no puede ser entendida sin apelar a la


presencia del otro en el que me apoyo para construirla. El niño de pecho
“sabe” por instinto de supervivencia que el pecho de la madre es lo que calma
el malestar que produce el hambre, pero la instrumentación subjetiva que
hace de ese fenómeno es lo que convierte al pecho en causa psíquica del
hambre. Vemos entonces que la subjetividad no es nunca sin el otro, es decir
que no hay subjetividad sin intersubjetividad. El juego intersubjetivo entre
madre y niño se desenvuelve en el encuentro de dos subjetividades que, si
bien tienen un objetivo común, la estrategia para llevarlo a cabo no siempre
es sin desencuentros y renuncias. El objetivo común a ambos actores es la
supervivencia, pero como decíamos antes, las estrategias no siempre son
coincidentes. En el humano, nunca las estrategias están exentas de
elementos subjetivos que hacen imposible que el plan se cumpla según las
necesidades. Una madre que no sabe alimentar a su hijo, un hijo que se
resiste a ser alimentado, son circunstancias que modifican de manera radical
el plan de la naturaleza.

Recurrimos a este ejemplo, porque consideramos que es el grado cero de la


construcción subjetiva y de la intersubjetividad. Hay otra razón que sostiene
este ejemplo en su valor demostrativo: la adquisición del lenguaje. En este
grado cero de la experiencia, adquirimos la herramienta fundamental con la
que nuestra subjetividad se pone en contacto con las otras subjetividades
creando el espacio común de la palabra que realiza el ámbito de la
intersubjetividad. Es impensable cualquier negocio intersubjetivo que se
desarrolle por fuera del marco de la palabra y el lenguaje. Intersubjetividad y
lenguaje son sinónimos en el sentido más estricto; el terreno de la
intersubjetividad es el terreno del lenguaje.

Podemos entender, la cuestión de la subjetividad como la construcción, en


términos de saber, de creencia, de verdad y conocimiento que tenemos de
las cosas desde una perspectiva propia; con ella construimos el lazo social
que nos posiciona dentro de la comunidad a la que pertenecemos. La
intersubjetividad es, el plano de interactuación con los otros, donde ponemos
a prueba nuestras creencias, saberes, conocimientos, verdades, etc.
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Revisión fenomenológica del concepto de empatía para el Trabajo Social

Siempre debemos tener en cuenta que ese plano no es sin conflictos, pero
también debemos saber que la resolución de conflictos es el ámbito donde
podemos encontrar la invención.

Para Schütz (1977): la cotidianeidad es el ámbito de la realidad en el cual el


hombre participa continuamente en formas que son, al mismo tiempo,
inevitables y pautadas. El mundo de la vida cotidiana es la región de la
realidad en que el hombre puede intervenir y que puede modificar mientras
opera en ella, (…) sólo dentro de este ámbito podemos ser comprendidos por
nuestros semejantes, y sólo en él podemos actuar junto con ellos (p. 25). Para
el autor, la problemática que suscita la vida cotidiana se manifiesta en las
relaciones de los actores sociales entre sí y en cómo entienden y fundan la
realidad social.

Estas interacciones, es decir, el ámbito de la intersubjetividad es el escenario


donde se construye el sentido. Es en el marco de las relaciones sociales
cotidianas, es decir, el entramado social con sus interacciones basadas en la
comunicación que se establece en el devenir del día a día y sus vicisitudes,
donde se generan las relaciones fenomenológicas que vinculan el mundo
privado y el mundo social según Schütz.

Berger y Luckmann (1996) dan a la subjetividad un lugar preferente como


referencia fundamental para cualquier análisis crítico de la vida cotidiana.
Comprendemos entonces, que la subjetividad es un fenómeno construido
colectivamente a partir de la interacción entre los actores de la trama social.
Es por esto, que estos autores, entienden en su obra “La construcción social
de la realidad” como la construcción, a partir de una negociación necesaria
por parte del actor social, con otra conciencia que va constituyendo el mundo
desde su propia perspectiva. La intersubjetividad no se reduce al encuentro
cara a cara, sino que se amplía a todas las dimensiones de la vida social.
Tanto Berger y Luckmann como Schütz, prescinden de la concepción de
intersubjetividad entendida como una salida de la conciencia interior, y la
entienden como un vivir humano en una comunidad social e histórica.

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José Antonio López Rodríguez, Toni Sangá Boladeres y Silvia Iannitelli Muscolo

Para la sociología fenomenológica, la persona es un actor social que expande


su contexto social a partir de sus interacciones cotidianas. La cuestión es
poner el acento en las relaciones intersubjetivas, bajo la mirada de la
interacción, y se concede un papel central a la negociación y la comunicación
en la construcción social de los contextos de sentido. Afrontar la interacción
desde la Sociología fenomenológica, significa entre otras cuestiones, hablar
de la relación entre el yo y el otro. Esta relación dialéctica se toma como
punto de partida para la construcción social de la realidad. Como afirma
Schütz: al vivir en el mundo, vivimos con otros y para otros, y orientamos
nuestras vidas hacia ellos. Al vivenciarlos como otros, como contemporáneos
y congéneres, como predecesores y sucesores, al unirnos con ellos en la
actividad y el trabajo común, influyendo sobre ellos y recibiendo a nuestra
vez su influencia, al hacer todas estas cosas, comprendemos la conducta de
los otros y suponemos que ellos comprenden la nuestra… (Berger y
Luckmann, 1996, p. 39).

Debemos destacar aquí que el término suposición empleado por Schütz, es


fundamental para comprender la intersubjetividad en términos
fenomenológicos. Sin esta suposición, que es una ficción necesaria, no
podríamos hablar de intersubjetividad y mucho menos hacer operativo este
concepto. Por lo tanto, la interacción que construye la realidad social se
despliega en el plano de la intersubjetividad. Tal como afirman Berger y
Luckmann (1996, pp. 40-41): no puedo existir en la vida cotidiana sin
interactuar y comunicarme continuamente con otros. Sé que otros también
aceptan las objetivaciones por las cuales este mundo se ordena, que también
ellos organizan este mundo en torno de aquí y ahora, de su estar en él, y se
proponen actuar en él. También sé que los otros tienen de ese mundo común
una perspectiva que no es idéntica a la mía. Mi aquí es su allí (…) A pesar de
eso, sé que vivo en un mundo que nos es común. Y, lo que es de suma
importancia, sé que hay una correspondencia entre mis significados y sus
significados en este mundo.

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Revisión fenomenológica del concepto de empatía para el Trabajo Social

El resultado de todas las interacciones posibles, en las que participan los


actores sociales, es la creación de un sentido compartido acerca de los
significados de la realidad social.

Todo lo dicho anteriormente permite afirmar que el núcleo de la propuesta


socio-fenomenológica es la construcción cotidiana y colectiva del mundo. Es
por ello que, además de la intersubjetividad se parte del concepto de la
reflexividad. Ambas constituyen el pivote central alrededor del cual se
declina la propuesta metodológica de la Etnometodología (Garfinkel, 1967).

4. CONCLUSIONES
¿Qué se puede hacer desde el Trabajo Social para no ser “realistas ingenuos”
al tratar el concepto de la empatía?

Ejercer como trabajador social, brinda la oportunidad de ser invitado a


adentrarte en aspectos vitales del otro, que con harta frecuencia no
comparte habitualmente con nadie, en ocasiones porque infringen dolor,
desesperanza, tristeza… Como invitados privilegiados a estas vivencias, en
algún momento también marcharemos, por lo que mejor que aprovechar esa
invitación y aprender todo lo que el otro quiera generosamente instruirnos
(Anderson, 1999).

Si bien partimos de la restricción de que nos enfrentamos al mundo e


interaccionamos con el otro desde nuestro “predicamento egocéntrico”, a
través del “mundo fenoménico”, proyectamos dicho “predicamento
egocéntrico” en lo que percibimos, en la interacción con el otro y le
otorgamos un sentido. Según Schopenhauer (2009) de este encuentro resulta
una reacción compasiva que adquiere un valor moral ante el dolor y el
sufrimiento del otro. En ello se manifiesta una ética y una estética basada en
la comprensión y (re)significación de las acciones de los sujetos que da
origen al principio de ayuda del Trabajo Social (Idareta-Goldaracena, 2010).
Esta (re)significación puede dar la sensación de tener el carácter de la
percepción externa, lo que no le invalida su “originalidad”, como
aprehensión, ente hic et nunc.
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Atendiéndonos a las sugerencias que hemos planteado desde la sociología


fenomenológica y la intersubjetividad, en el espacio compartido entre sujetos
la superación del egocentrismo, dado en el realismo epistemológico, insta al
sujeto a la reflexión de los significados construidos desde el yo. Esta
reflexión pone al descubierto la posibilidad que tienen los agentes de
contribuir al significado genuino que cada uno le va otorgando, gracias a la
mira subjetiva que le da forma y apariencia a la narración, sin olvidar que
acaba siendo una (re)significación de la narración que el otro ofrece, como si
uno mismo fuera esa persona, pero sin olvidar nunca la condición de «como
si».

Delors (1994), en Los cuatro pilares de la educación, afirma que “el


descubrimiento del otro pasa forzosamente por el descubrimiento de uno
mismo” (p.5). Si asumimos la empatía teniendo en cuenta las consideraciones
expuestas entorno a dicho concepto, nosotros tendríamos que asumir que
más que descubrir al otro nos emplaza a interrogarnos sobre nosotros
mismos. La intersubjetividad compartida desde la no-dominación, sin
servilismos, nos brinda la oportunidad de aproximarnos a nosotros mismos
desde nuestros “predicamentos egocéntricos”, gracias a compartir
significados que acaban siendo (re)significados de forma recursiva (Pettit,
1999; Barthes, 2003).

Para el Trabajo social no se trataría sólo de sostener lo empático en base a


criterios previamente conceptualizados o intelectualizados (Idareta-
Goldaracena, 2010); se trataría de situarlo en un contexto de colaboración
con el otro para conformar y comprender aquellos conocimientos que dan
significado a la complejidad del malestar humano. Esta comprensión, que
responde a una experiencia propia, interroga al sujeto social como tal para
que reconozca reflexivamente su representación, lejos de los arquetipos
estandarizados o posiciones condescendientes. En este fenómeno de
comprensión del dolor y el sufrimiento se reconoce la singularidad del sujeto
en el yo ajeno y se descubre una intersubjetividad radical que implica una
transformación. La propuesta, por tanto, se asienta en la indagación de la
posición de cada uno para repensarnos y comprendernos.
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Revisión fenomenológica del concepto de empatía para el Trabajo Social

Las Ciencias Sociales ponen a nuestro alcance múltiples herramientas con un


potencial para incidir en la vida cotidiana, propia y ajena. La multitud de
herramientas tiene un prisma enorme para la acción social, y se nos presenta
de forma aséptica. Los conceptos, no dejan de ser herramientas, que actúan
como piezas o elementos que nos sirven para modelar una posible
explicación de los fenómenos sociales o mundo que nos rodea, a la vez que
se pueden utilizar como herramientas para ejercer nuestra influencia a través
de la manipulación. En este punto recae la importancia de nuestras
herramientas de trabajo, por las implicaciones que estas comportan, en este
caso centrada en el concepto de la empatía.

El concepto no es bueno ni es malo, lo que sí proporciona es un enorme poder


a aquel que lo comprende, que entiende sus mecanismos, lo que se haga con
él no le compete al concepto. En algunas ocasiones, hemos podido escuchar
que las personas que hemos catalogado como “psicópatas”, hacen lo que
hacen porque no tienen empatía. En este punto, posiblemente en muchas
ocasiones, pueden hacer lo que hacen porque gozan de una gran empatía,
entendiendo la empatía como la capacidad de leer los sentimientos del otro,
lo que algunos autores lo han llamado “empatía cognitiva”. Pueden hacer lo
que hacen porque no comparten la “empatía emocional”, no sufren con el
otro, la “empatía emocional” puede favorecer no gozar con el sufrimiento del
otro, porque de alguna manera supone se acercarse al sufrimiento del otro.

Si desde el Trabajo Social se pretende acercarse a la comprensión que el


otro les otorga a sus experiencias, sin ser el otro, utilizando la empatía.
Recuperando la idea original de Lipps, desde la perspectiva del arte, los
observadores se proyectan ellos mismos en los objetos que perciben, los
objeto son sentidos a la vez que percibidos. La herramienta es la misma que
la utilizada por el “psicópata”, desde la posición de la “empatía cognitiva”,
desde la comprensión de la intersubjetividad, un acercamiento a su
comprensión de significados, sin llegar a sentir su dolor como propio,
“empatía emocional”. De otra manera la práctica terapéutica difícilmente
puede facilitar la acción, la (co)construcción facilitadora de narrativas con
(re)significados. Se propone un Trabajo Social consecuencialista, no
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José Antonio López Rodríguez, Toni Sangá Boladeres y Silvia Iannitelli Muscolo

deontológico (Rawls, 1995), en la que la evaluación de las posibles


consecuencias de la intervención o la acción o la inacción, contemplan una
evaluación y asumir sus consecuencias.

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