INTRODUCCION
La extradición es un procedimiento legal de gran importancia en el Perú, que permite la
entrega de personas buscadas por la justicia de otros países para que sean juzgadas o cumplan
condenas por delitos cometidos fuera de las fronteras peruanas. Este proceso constituye un
pilar esencial de la cooperación internacional en la lucha contra la delincuencia transnacional y
refleja el compromiso del país con el cumplimiento de sus obligaciones legales a nivel global.
En esta introducción, exploraremos los aspectos fundamentales de la extradición en el Perú,
incluyendo las bases legales que la sustentan, los procedimientos involucrados y las
consideraciones clave que las autoridades peruanas tienen en cuenta al evaluar las solicitudes
de extradición. Además, examinaremos la importancia de este mecanismo en el contexto de la
justicia internacional y la cooperación entre naciones en la persecución de delitos graves.
2.CONCEPTO Y NATURALEZA
Es el procedimiento de cooperación judicial internacional en materia penal de mayor tradición
histórica. Sus orígenes se remontan a la antigüedad y el antecedente formal más remoto lo
constituye un acuerdo asirio- egipcio. Como en todo acto de cooperación internacional en la
extradición intervienen, cuando menos, dos Estados. Uno al que se denomina requirente y
otro que es designado como requerido. En la extradición el Estado requirente solicita al Estado
requerido la entrega de una persona que se encuentra sometido a proceso o que ha sido
condenada como autor o participe de un hecho punible. A esta persona requerida se le suele
identificar como el sujeto extraditable o el extraditurus. El extraditable es solicitado en
extradición por haber sido ubicado o capturado en territorio del Estado requerido. Tratándose
de un procedimiento de cooperación judicial internacional en materia penal que genera una
afectación directa sobre la libertad física y ambulatoria del sujeto extraditable, la extradición
es considerada como un procedimiento de tercer grado. En la actualidad la extradición viene
siendo objeto de sustentables críticas en torno a su excesiva formalidad, a su costosa
tramitación, a su mediatización política, y a su relativa eficiencia para la sanción o
procesamiento oportuno de los delincuentes. En relación a su excesiva formalidad, el
procedimiento extradicional se caracteriza por incorporar sucesivos pasos o estaciones en las
cuales se deben observar rigurosos requisitos y trámites, a la vez que formalizar y adicionar
copiosa documentación muchas veces innecesaria para la decisión del caso. Su tramitación es
costosa, sobre todo para el Estado requirente, en la medida en que se debe iniciar una acción
judicial en el extranjero lo que implica desplazamientos de control, de habilitación de
documentación y, claro está, de contratación de un abogado para el patrocino de la pretensión
extradicional.
En torno a su mediatización política, debido a su arraigo histórico la extradición sigue
percibiéndose como acto de soberanía estatal antes que como un apoyo a la justicia penal de
un país extranjero. En tal sentido, los procedimientos extradicionales, sobre todo aquellos que
diligencia el Estado requerido, otorgan al Poder Ejecutivo un rol decisivo en la entrega del
extraditable, esto es, aún en contra de lo opinado por su agencia judicial en el sentido de
declarar procedente la extradición. El gobierno del Estado requerido conserva, pues, un
derecho de veto sobre la entrega efectiva del delincuente. Finalmente, la relativa eficacia que
deriva de la lentitud y excesiva duración de los procedimientos extradicionales, afecta la
oportunidad de los juzgamientos y crea opciones de extinción de la acción penal o de la pena
al vencerse los plazos de prescripción. Todo ello da a este procedimiento una imagen de
ineficiencia y fracaso que daña la confianza en la utilidad de la cooperación judicial en materia
penal. De allí, pues, que, para muchos, como el profesor
MIGUEL LA? \:"G0!\1 CVNARRO, la extradición es en el presente una pieza de arqueología
jurídica, y no una vía de realización de la justicia penal.
IV. Principios y reglas que regulan la extradición
Como se mencionó anteriormente, la extradición es un proceso sumamente formal y de tercer
grado. Es por ello que en torno a ella se ha construido un complejo sistema de principios y
reglas que regulan su utilidad y aplicación. La configuración de estas normas rectoras del
procedimiento extradicional ha evolucionado a lo largo de la historia. Su vía de formalización
han sido los tratados internacionales y las prácticas asumidas por los Estados al momento de
resolver o plantear casos de extradición. En sus inicios, los principios y reglas se orientaron a
fortalecer las facultades evaluativas y resolutivas que la extradición pasiva otorgaba al Estado
IV. Principios y reglas que regulan la extradición Como se mencionó anteriormente, la
extradición es un proceso sumamente formal y de tercer grado. Es por ello que en torno a ella
se ha construido un complejo sistema de principios y reglas que regulan su utilidad y
aplicación. La configuración de estas normas rectoras del procedimiento extradicional ha
evolucionado a lo largo de la historia. Su vía de formalización han sido los tratados
internacionales y las prácticas asumidas por los Estados al momento de resolver o plantear
casos de extradición. En sus inicios, los principios y reglas se orientaron a fortalecer las
facultades evaluativas y resolutivas que la extradición pasiva otorgaba al Estado requerido. En
ese contexto, los principios de la tipicidad paralela o doble incriminación, así como de la
defensa de los intereses nacionales y la seguridad interna, aportaron significativamente para
potenciar el control sobre la extradición del Estado receptor de la solicitud. En una segunda
etapa, la preocupación de las reglas giró hacia la condición procesal y humana de la persona
extraditable. A ella debería de asegurársele un trato imparcial y un juicio justo; además, se le
debería preservar y sustraer a toda acción persecutoria que no respondiera a los fines
materiales de la justicia penal. Las prohibiciones de usar la extradición para encubrir la
segregación racial, religiosa o la represión de la disidencia política, responden a esa intención.
Asimismo, el evitar la doble sanción y el asegurar una defensa activa durante las etapas de
evaluación de los pedidos extradicionales reflejan la influencia del control garantista en la
extradición. Sin embargo, el desarrollo de nuevas normas de criminalidad con estructuras
operativas organizadas, de proyección internacional y de agresividad innominada, han
generado, en los últimos diez años, que los principios y reglas acuñados tradicionalmente
flexibilicen su lectura normativa y sus alcances prácticos. En efecto, la presencia del
terrorismo, del tráfico drogas, de la corrupción o de los delitos contra los derechos humanos,
ha generado cambios importantes en la regulación bilateral o multilateral de los tratados
extradicionales. El rasgo específico de estas reformas lo iremos abordando al analizar,
seguidamente, cada uno de los principios y reglas de la extradición. l. Existencia de un marco
formal vinculante La cooperación judicial internacional en materia penal "Se propone, no se
impone". Este viejo criterio rector se refleja con claridad en el diseño formal de la extradición.
T\'o hay extradición sin acuerdo previo. Los Estados involucrados en un procedimiento
extradicional condicionan sus pretensiones y decisiones a un marco normativo regulador.
Ordinariamente esa estructura legal se plasma en un tratado o convenio de alcance bilateral o
multilateral; de cobertura sub-regional o global; y de materia general o específica. Ahora bien,
en caso de inexistencia del tratado, los Estados pueden recurrir al"principio de reciprocidad".
Esta práctica, cada vez menos frecuente, posibilita que la extradición se materialice por un
acuerdo ad- hoc entre los Estados que se comprometen a apoyarse a futuro en análogos
pedidos y decisiones. El fin central de la realización de la justicia penal y de la lucha contra la
impunidad hacen funcional la vigencia de esta práctica in te resta tal. Por último, es importante
señalar que la operativización de los procedimientos extradicionales, sobre todo en su etapa
pasiva, encuentran en el derecho interno de los Estados normas subsidiarias y
complementarias, que adecuan la generalidad de las normas procedimentales de los tratados
a las prácticas y retos procesales del Estado requerido. En este dominio los códigos procesales
o leyes especiales de los países definen normas particulares para la tramitación de la
extradición. requerido. En ese contexto, los principios de la tipicidad paralela o doble
incriminación, así como de la defensa de los intereses nacionales y la seguridad interna,
aportaron significativamente para potenciar el control sobre la extradición del Estado receptor
de la solicitud. En una segunda etapa, la preocupación de las reglas giró hacia la condición
procesal y humana de la persona extraditable. A ella debería de asegurársele un trato
imparcial y un juicio justo; además, se le debería preservar y sustraer a toda acción
persecutoria que no respondiera a los fines materiales de la justicia penal. Las prohibiciones de
usar la extradición para encubrir la segregación racial, religiosa o la represión de la disidencia
política, responden a esa intención. Asimismo, el evitar la doble sanción y el asegurar una
defensa activa durante las etapas de evaluación de los pedidos extradicionales reflejan la
influencia del control garantista en la extradición. Sin embargo, el desarrollo de nuevas normas
de criminalidad con estructuras operativas organizadas, de proyección internacional y de
agresividad innominada, han generado, en los últimos diez años, que los principios y reglas
acuñados tradicionalmente flexibilicen su lectura normativa y sus alcances prácticos. En efecto,
la presencia del terrorismo, del tráfico drogas, de la corrupción o de los delitos contra los
derechos humanos, ha generado cambios importantes en la regulación bilateral o multilateral
de los tratados extradicionales. El rasgo específico de estas reformas lo iremos abordando al
analizar, seguidamente, cada uno de los principios y reglas de la extradición.
l. Existencia de un marco formal vinculante
La cooperación judicial internacional en materia penal "Se propone, no se impone". Este viejo
criterio rector se refleja con claridad en el diseño formal de la extradición. T\'o hay extradición
sin acuerdo previo. Los Estados involucrados en un procedimiento extradicionalcondicionan
sus pretensiones ydecisiones a un marco normativo regulador. Ordinariamente esa estructura
legal se plasma en un tratado o convenio de alcance bilateral o multilateral; de cobertura sub-
regional o global; y de materia general o específica. Ahora bien, en caso de inexistencia del
tratado, los Estados pueden recurrir al"principio de reciprocidad". Esta práctica, cada vez
menos frecuente, posibilita que la extradición se materialice por un acuerdo ad- hoc entre los
Estados que se comprometen a apoyarse a futuro en análogos pedidos y decisiones. El fin
central de la
realización de la justicia penal y de la lucha contra la impunidad hacen funcional la vigencia de
esta práctica in te resta tal. Por último, es importante señalar que la operativización de los
procedimientos extradicionales, sobre todo en su etapa pasiva, encuentran en el derecho
interno de los Estados normas subsidiarias y complementarias, que adecuan la generalidad de
las normas procedimentales de los tratados a las prácticas y retos procesales del Estado
requerido. En este dominio los códigos procesales o leyes especiales de los países definen
normas particulares para la tramitación de la extradición.
2. Obligación de Extraditar
El principio esencial que rige la extradición es el compromiso implícito o formal de los Estados
de extraditar a los delincuentes y viabilizar la realización de la justicia penal del Estado
requirente. De allí que verificados los requisitos formales y eliminada toda posibilidad de un
uso subalterno de la vía extradicional, el Estado requerido debe conceder la extradición y
entregar al extraditable. Como excepción a esta regla general aparecen las denominadas
cláusulas de exclusión o reglas de denegatoria. La presencia o invocación de una de ellas
autoriza al Estado requerido a no conceder la extradición. En los tratados y leyes sobre
extradición es frecuente consignar como cláusulas de exclusión o reglas de denegatoria a las
siguientes: Que la extradición se utilice para activar la persecución por razones políticas,
raciales o religiosas. Que la extradición se solicite en base a un delito sobre el cual ya ha
recaído sentencia firme; o cuya acción penal o pena hayan prescrito; o hubiere sido objeto de
amnistía o indulto. Que la extradición se requiere para hacer comparecer al extraditable ante
un "Tribunal de excepción" Que la extradición se base en la imputación de un delito político
puro u objetivo; o que se trate de un delito pummente militar o de carácter tributario; o
punibles con penas privativas de libertad de corta duración Que la extradición pueda
comprometer la seguridad interna o los intereses nacionales del país requerido. Que se trate
de la extradición de un nacional del Estado requerido. Es de señalar que los tratados sobre
extradición que se vienen negociando y suscribiendo a partir del año 2000, tienden a
flexibilizar el alcance tradicional de tales supuestos de denegatoria. En efecto, cada vez es
menos frecuente, por ejemplo, encontrar cláusulas de exclusión que se basen en la
nacionalidad, afín al país requerido, del extraditable. Esta tendencia tiene como base
ideológica y política la noción de nación global y la configuración de espacios comunes de
lucha contra la delincuencia organizada. Sobre todo en contextos de integración regional como
el estructurado en el marco de la Unión Europea o la Comunidad Andina de ='Jaciones esta
tendencia normativa resulta en todo nivel pertinente y funcional. Otra muestra de la
relativización de las causales de denegatoria extradicional guarda relación con la vigencia de la
doble incriminación y el cómputo de los plazos de prescripción. Al respecto, lo que se viene
asumiendo es la prevalencia del derecho interno del Estado requirente y no las previsiones de
la legislación del Estado requerido. Asimismo, la carencia de significado, para efectos
extradicionales, de los marcos de penalidad conminada para el delito y que pueden coincidir o
no en la legislación nacional de ambos Estados cooperantes. Asociando la etapa pasiva de la
extradición, a un procedimiento de cotejo y de legitimidad de la solicitud, resulta coherente
que lo trascendente gire en torno al marco legal vigente en el país requirente que será quien
llevará a cabo el juzgamiento del extraditable. También es importante precisar que la
naturaleza de la infracción ha generado otras flexibilizaciones. Por ejemplo, la restricción del
carácter político del delito a los típicos actos de rebelión o sedición, posibilitando la extradición
en los casos de delitos de terrorismo, magnicidio o atentados contra los derecho humanos
(torturas, ejecuciones extrajudiciales y desaparición forzada de personas). En ese mismo
sentido, el tratamiento denegatorio otorgado únicamente a los delitos típicamente militares
(deserción, abandono de destino, insulto al superior) excluye de él los discutibles "delitos de
función" o "con ocasión de un acto de servicio". Estos últimos por su naturaleza y calificación
de delitos comunes, deben dar lugar a la extradición, más aún si afectan a civiles. Algo similar
ha ocurrido con la exclusión extradicional de los delitos tributarios. En la actualidad dicha
posibilidad no alcanza a Jos ilícitos realizados a través del fraude como la evasión o
defraudación tributaria. Por lo demás, la absurda cláusula denegatoria bajo argumentos de
seguridad o intereses nacionales ha sido proscrita de Jos tratados modernos por su
inconsistencia. Es contrario a la razón asumir que un procedimiento ideado para la realización
de la justicia y contra la impunidad, pueda alterar o amenazar la seguridad de un Estado.
3. Administración de justicia por representación
Este principio es el correlato de la operatividad de algunas cláusulas de exclusión como la no
extradición de nacionales. El evitar la impunidad de los delitos, así como el desprestigio de la
cooperación judicial internacional en materia penal, determinan que el Estado requerido que
denegó la extradición asuma la obligación subsidiaria de someter a juicio al no extraditado. Al
respecto es común encontrar en los tratados y leyes de la materia formulas que habilitan la
competencia del Estado requerido, así como el reconocimiento de un "legítimo interés" del
Estado requirente para intervenir en el proceso a que se someta al no extraditado. En ese
sentido, es posible que aquél designe un abogado y que remita las pruebas que pudiera
aportar al caso. Cabe anotar que la competencia para juzgar a un nacional cuya extradición es
rechazada por el Estado requerido, surge no solo de la denegatoria sino de la propia
configuración de la competencia penal de los Estados frente a delitos cometidos fuera de su
territorio. La llamada extraterritorialidad de la ley penal nacional aporta a la solución del
problema y a la proscripción de la impunidad, los efectos del principio de personalidad activa.
Según este principio, cuya regulación se ha estandarizado en el derecho penal comparado, los
Estados someten a su jurisdicción penal a sus nacionales que hayan delinquido en el
extranjero; que se encuentren en su territorio; que no hayan sido juzgados por el delito
cometido, y que no hayan sido entregados en extradición a las autoridades del país donde
realizaron el hecho punible. En el Perú, por ejemplo, se alude de manera expresa a los dos
principios mencionados en el artículo 8º de la recientemente derogada Ley 24710, y en el
inciso 4º del artículo 2º del Código Penal. 4. Designación de una autoridad central Como en
todo procedimiento de cooperación judicial internacional en materia penal, la extradición
requiere de entes habilitados para gestionar y tramitar las solicitudes extradicionales conforme
a las normas que definen los convenios internacionales. Esa actividad de procuración de las
solicitudes es ejercida por la
denominada autoridad central, pos1c1on que suele recaer en el Ministerio Público (Fiscalía de
la Nación, Fiscal General o Procuraduría General) del Estado suscriptor del Convenio. Sin
embargo, en el caso de la extradición su naturaleza jurisdiccional y coercitiva hace que los
entes llamados a dinamizar las solicitudes extradicionales sean órganos jurisdiccionales,
generalmente los tribunales de mayor jerarquía (Corte Suprema de Justicia). Estos órganos son
asistidos, cuando no mediatizados, por los agentes diplomáticos de los Estados (Ministerio de
Relaciones Exteriores, Embajadas), los cuales se encargan de la remisión de las comunicaciones
e incluso de la recepción formal de las personas extraditadas. Tratándose de extradiciones en
fase pasiva es común, también, la intervención de órganos del Poder Ejecutivo luego de la
participación de las instancias judiciales. Es más, en estos casos el gobierno, como se había
adelantado, puede contradecir la opinión de la autoridad judicial o rechazar el trámite seguido.
De allí, pues, que los nuevos tratados sobre extradición o similares (orden europea de
detención) busquen excluir el canal diplomático y el control político de la decisión. Es decir
judicial izar todo el procedimiento extradicional desde la solicitud hasta la entrega. Se
fomenta, pues, el trato directo de la extradición, esto es, lo que es coherente con su propia
naturaleza y función, cual es la de ser un acto de cooperación judicial (no política) en materia
penal entre las autoridades competentes del Estado (Poder Judicial).
5. Especialidad de la solicitud
En su evolución histórica el principio de especialidad ha cumplido un rol selectivo y de
concreción del acto extradicional. Esto es, el resultado del procedimiento extradicional debe
gravitar no sólo en la entrega física del extraditable, sino en el futuro procesal que este tendrá
como sujeto de imputación, juzgamiento y sanción. Según la eficacia de este principio el
Estado requirente sólo podrá procesar al extraditado por aquellos delitos a los que se refiere la
resolución de entrega. Por consiguiente cualquier otra imputación contemplada en la solicitud
extradicional y que no fue acogida por la decisión del Estado requerido quedará excluida
definitivamente del proceso que se instaure al extraditado. Tampoco se le podrán formular
nuevos cargos por Jos hechos que no se plantearon en el pedido original de extradición. No
obstante, la extradición concedida puede ser ampliada. Generalmente se exige en los tratados
que se trate de nuevos delitos pero conexos a aquellos que lograron la entrega del
extraditurus. El trámite del pedido de ampliación posee, en rigor, los mismos requisitos que el
procedimiento extradicional inicial. Cabe anotar, que algunos instrumentos internacionales
establecen que el allanamiento del extraditado a nuevos cargos libera al Estado requirente del
trámite de la comunicación y anuencia previas del país requerido que concedió la extradición.
La garantía derivada del principio de especialidad, más que una exigencia de protocolo o
cortesía internacional para con el país requerido, convierte a este en un ente de control y
seguridad del destino procesal del extraditado y del respeto a las formas de la cooperación
internacional entre Estados.
6. Exigencia de un debido proceso legal
El extraditado tiene derecho a exigir que se le someta a un proceso justo e imparcial. Por
consiguiente, el Estado requerido al evaluar una solicitud de extradición debe desarrollar dos
actos esenciales. En primer lugar, verificar que la pretensión extradicional posea legitimidad.
Esto es, que sus fundamentos y formas cumplan con las pautas y requisitos contemplados por
el tratado que la regula o por las normas internas que ayudan a su tramitación. En segundo
lugar, debe asegurarse que la entrega del extraditable al Estado requirente esté vinculada con
la realización de un juicio justo. Es decir, que el proceso que se instaure contra el extraditurus
este rodeado de todas las garantías que reconocen los estándares internacionales.
Por consiguiente, que se realice ante un órgano jurisdiccional ordinario y competente. Al
respecto, es frecuente encontrar en los instrumentos internacionales la prohibición expresa de
conceder la extradición cuando el juzgamiento se realizaría ante un "Tribunal de Excepción".
También debe garantizarse que el extraditado ejerza por sí o por su abogado una defensa
activa y que pueda impugnar las decisiones que estime agraviantes a su interés procesal. Sin
embargo, la exigencia de un debido proceso legal para el extraditable se proyecta también a
otros aspectos de carácter sustantivo o que se refieren a la ejecución penal. En ese nivel, por
ejemplo, los tratados suelen obligar al Estado requirente a asumir compromisos específicos de
no aplicar tratos degradantes al extraditado, ni imponerle penas inhumanas como la pena de
muerte o la mutilación. Sobre esto último, es interesante la postura asumida por algunos
Estados y convenios respecto a la aplicación de penas privativas de libertad de duración
indeterminada. En efecto, los tratados suscritos por el reino de España incluyen cláusulas
expresas que condicionan la entrega del extraditurus a la no aplicación de la cadena perpetua
o prisión de por vida. lJn aspecto controvertido en este dominio, es el de las condenas en
ausencia. Sobre el particular las posiciones asumidas por Estados y tratados no son
coincidentes. Es así que en algunos Estados se admite o tolera la extradición para el
cumplimiento de condenas impuestas contra procesados ausentes. Ello ocurre, por ejemplo,
en Italia. Pero, en cambio, otros Estado no admiten la extradición en tales casos, posición
asumida por España. Ahora bien, para superar estas discrepancias los Estados han optado por
prácticas consensuales orientadas a privilegiar el derecho de defensa del extraditable. De allí
que la extradición será procedente sólo si el Estados requirente asume la condición de volver a
someter a juicio al extraditable y, por ende, anular la condena y pena impuesta en su ausencia.
V. Las etapas del procedimiento extradicional Hemos sostenido que la extradición como
proceso es una unidad. Sin embargo, como procedimiento es una secuencia de etapas que
deberán cumplirse en el país requirente (extradición activa) y en el país requerido (extradición
pasiva). De manera esquemática el procedimiento extradicional comprende las siguientes
etapas: 1. Ubicación y captura de la persona extraditable. 2. Envío y recepción de la solicitud
de extradición. 3. Procedimiento judicial de evaluación de la solicitud de extradición. 4.
Decisión gubernamental y entrega del extraditable al Estado requirente. El desarrollo de cada
una de estas etapas involucra la intervención de diferentes agencias administrativas, judiciales,
diplomáticas o gubernamentales. Ellas interactúan de manera simultánea o sucesiva según el
avance del procedimiento y con arreglo a sus competencias funcionales específicas. Ahora
bien, la etapa resolutiva de la extradición, como ya se ha mencionado, no siempre es
competencia de la autoridad judicial. Es más, el iter histórico de la extradición muestra que
dicha fase del procedimiento ha tenido como actor preeminente al gobierno central del Estado
requerido. La condición, pues, del actor resolutivo de la extradición, ha promovido que el
procedimiento se identifique como puramente administrativo; puramente jurisdiccional; o
mixto. Esta última designación recae en los procedimientos donde la etapa resolutiva es
compartida por la autoridad judicial y gubernamental. Por lo demás en la actualidad la
preeminencia de los procedimientos mixtos viene cediendo a la preponderancia de los de
carácter jurisdiccional.