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¿Yo declaro?

Una reseña del libro de Joel


Osteen
Posted By José Luis Montás on 18 abril, 2015

Es muy probable que usted haya escuchado a varias personas que profesan ser cristianas
decir “Yo declaro”, una expresión muy común en ciertos círculos pentecostales. Joel
Osteen publicó un libro titulado de esta manera, y en las próximas líneas haremos una
reseña de “Yo declaro: 31 promesas para proclamar sobre su vida”.

Este libro está compuesto por 31 capítulos, donde cada uno es el desarrollo de una de las 31
promesas que el autor invita al lector a declarar sobre su vida, para así poder cumplir sus
sueños y tener éxito. En la introducción, Osteen dice que “nuestras palabras tienen poder
creativo. Cuando declaramos algo, ya sea bueno o malo, damos vida a lo que estamos
diciendo” (v). Él dice que las personas no se dan cuenta de que cuando hablan de ellas
mismas están profetizando su futuro. “

Si yo profetizo mi futuro, quiero profetizar algo bueno” (vii). El autor desea que las
personas usen “este libro como su guía para declarar su victoria cada día. Declare salud.
Declare favor. Declare abundancia” (ix). Un ejemplo de ese ejercicio de declaración es
pararse frente al espejo y decir: “Buenos días, guapa. Buenos días, bendito, próspero,
exitoso, fuerte, talentoso, creativo, confiado, seguro, disciplinado, enfocado y muy
favorecido hijo del Dios Altísimo” (xii). Los 31 capítulos son el desarrollo de estos
adjetivos y sueños.

Cualquier lector curioso se preguntaría dónde da Dios esas 31 promesas, cosa que Osteen
no menciona. Mi intención en lo que resta es analizar algunos puntos importantes que pude
notar durante la lectura del libro, y las enseñanzas que están detrás.

El origen de “Yo declaro”

No creo que la expresión “yo declaro” sea original de Osteen, ya que el libro no tiene un
año de ser publicado, y hace años que hemos escuchado esta expresión. Lo que sí tengo
claro que no es original de Osteen es la idea de que “nuestras palabras crean realidades”. En
Estados Unidos y América Latina es común escuchar a líderes religiosos, regularmente
asociados al llamado “evangelio de la prosperidad”, afirmar que nuestra mente y nuestras
palabras tienen el poder de crear cosas materiales y hacer que los sucesos ocurran. Esa es la
tesis de este libro. Este concepto tiene su origen en una corriente filosófica denominada
“Nuevo Pensamiento” (“New Thought”, en inglés). El Nuevo Pensamiento comenzó en el
siglo XIX, y ganó mucha popularidad en los Estados Unidos en las primeras décadas de
1900.

También se le conocía como “Mente Sanadora” o “Armonialismo”. Aunque el movimiento


nace en el siglo XIX, sus orígenes se encuentran en las ideas del inventor sueco Emanuel
Swedenborg, que en su búsqueda del alma humana dijo que Dios se le reveló y lo declaró
“Revelador de Dios”. Swedenborg decía hablar con el apóstol Pablo, Martín Lutero, y en
ocasiones con Moisés. Negó las verdades del cristianismo y enseñaba que el mundo físico
era una extensión de la mente, y que por lo tanto la mente podía formar y dictar cosas
materiales. Estas ideas fueron desarrolladas en Estados Unidos por Phineas Quimby, quien
se conoce como el padre del Nuevo Pensamiento. Quimby decía que lo que alguien cree es
realidad, incluyendo las enfermedades. Los proponentes de este movimiento tomaron ideas
de diferentes religiones, especialmente del cristianismo.

Estas ideas fueron popularizadas por el gurú Ralph Waldo Trine, quien publicó un libro en
1897 que vendió millones de copias. Trine decía que lo que uno afirmaba con la mente y
con palabras ocurría; que las razones de las enfermedades en las personas eran porque
hablaban o pensaban en ellas. Pero las enseñanzas no llegaron a las iglesias de mano de
Trine, quien negaba la Biblia y la deidad de Cristo, sino a través del pastor E. W. Kenyon.
Kenyon fue compañero de estudio de Trine en la escuela de oratoria Emerson College en
Massachusetts. El predicador Kenyon es conocido por su idea del “pensamiento positivo”.
Él enseñó que las confesiones positivas eran la clave para una vida próspera. También se le
conoce como el padre del evangelio de la prosperidad. Kenyon influenció a personas como
Oral Roberts, fundador de la universidad que lleva su nombre, donde estudió Joel Osteen.

En resumen, la idea del “yo declaro” no es más que la representación de las ideas paganas
originalmente conocidas como “Nuevo Pensamiento”, que luego popularizaron algunos
pastores con el término “pensamiento positivo y próspero”.

El “yoísmo” de “Yo declaro”

El cristianismo bíblico es cristocéntrico. La Biblia enseña que Cristo es el centro de la


Biblia, y que el Antiguo Testamento atestigua de Él (Lc. 24:44). La Palabra de Dios nos
enseña que Jesucristo es Dios encarnado, el Hijo obediente, el postrer Adán, el verdadero
Israel, y el heredero del trono de David (cf. Jn. 1:14; Mt. 1:1; 2:15; Ro. 5:12-21; 1 Co.
15:20-28; Fil. 2:6-11); y que al mismo tiempo es Yahweh, el Señor (Jn. 8:58; Hch. 2:36).
Cristo vino a vivir la vida que nosotros no pudimos vivir, a recibir la muerte que nosotros
merecemos, y resucitó al tercer día declarando victoria sobre la muerte, para que todo aquel
que se arrepienta de sus pecados y ponga su fe en Él como Señor y Salvador sea salvo y
tenga vida eterna.

El Cordero de Dios murió como sustituto de todos los que en Él crean. Por su parte, este
libro de “Yo declaro” es estrictamente antropocéntrico, centrado en el hombre. Todo es
acerca de mí, y nada acerca de Cristo y lo que Él hizo en la cruz. Expresiones como estas
son comunes: “yo declaro que las personas serán buenas conmigo” (59), “éste es mi tiempo
de brillar” (141). Y llega al punto de decir que el hombre está en control: “Yo tengo el
control” (166).

La hermenéutica de “Yo declaro”


Es evidente en las páginas de “Yo declaro” la pobre hermenéutica del autor. Osteen trata la
Biblia como si fuera un libro mágico de la novela Harry Potter, y, en los mejores casos, la
moraliza de una forma triste. Por ejemplo, cita Salmos 2:8, donde Dios dice: “pídeme, y te
daré por herencia las naciones”. Osteen aplica este versículo a su lector, diciéndole: pídele a
Dios y te dará tus sueños (148). Cualquiera que haya leído con detenimiento su Biblia sabe
que el Salmo 2 es un texto mesiánico. El libro de Hechos aplica este Salmo a Jesús (Hch.
4:23-27).

El versículo que Osteen usa en realidad habla sobre la soberanía de Cristo sobre las
naciones. Dios Padre le dio a su Hijo las naciones como herencia. Esto habla del alcance
del evangelio a los gentiles. Es un versículo que los misioneros han usado por años. Osteen
hace algo similar conJob 3:25 (139), usando ese versículo para decir que las calamidades de
Job le llegaron porque él las llamó con su mente, ignorando totalmente el contexto y todo lo
que enseña el capítulo 1. Lo mismo hace con otros versículos del Nuevo Testamento, donde
solo cita la mitad de un versículo para decir algo diferente a lo que el texto enseña. Por
ejemplo, después de narrar la historia del milagro donde Jesús convirtió el agua en vino en
Juan 2, Osteen concluye lo siguiente: Este vino era excelente. Un buen vino toma entre
veinte y treinta años. Jesús aceleró el proceso del vino. Y luego añade: “Quizás
normalmente le costaría veinte años pagar su casa, pero la buena noticia es que a Dios le
gusta acelerar los procesos (56-57)”. En fin, el uso de la Biblia en este libro es un
recordatorio de la popular expresión de que “todo texto usado fuera de contexto es un
pretexto”.

Poniendo palabras en la boca de Dios

La Biblia es bastante clara en su prohibición de añadirle o quitarle palabras (Dt. 4:2; Ap.
22:19). Dios nos da eso como mandamiento; desobedecerle es condenatorio. Tristemente,
eso es lo que Osteen hace en su libro, cuando pone palabras en la boca de Dios cuando la
Biblia no las expresa (cf. 10, 52, 68, 84, 148, 156), trayendo condenación sobre su alma. Y
no es que use palabras a modo de ilustración, sino que cita usando comillas. Por ejemplo,
en la página 148, inmediatamente después de citar Salmos 2:8, Osteen añade: “Dios dice:
Pídeme cosas grandes, pídeme acerca de esos sueños ocultos que yo he puesto en tu
corazón, y pídeme por esas promesas que en lo natural parecen imposibles de cumplir”. En
ninguna parte la Biblia dice eso. Esto es herejía.

El panenteísmo de “Yo declaro”

El panenteísmo enseña que la creación es una extensión de lo divino. El término significa


“todo en dios”. Esto está ligado a la idea de que todo está cambiando, incluyendo “dios” y
los seres humanos, lo cual es totalmente opuesto a lo que la Biblia enseña.
Lamentablemente, entre los maestros del evangelio de la prosperidad es común encontrar
ideas panenteístas y panteístas (todo es dios). Por ejemplo, Paul Crouch ha dicho
públicamente: “yo soy un pequeño dios. Críticos, ¡aléjense!” Otro predicador de la
prosperidad, Kenneth Copeland, ha dicho: “Usted no tiene a Dios en usted, usted es uno”.
Osteen es un poco más sofisticado y sutil. Él usa el lenguaje de ADN. Dice que los
humanos tenemos el ADN de Dios, que nuestra sangre es real porque somos hijos del Rey
(118-120). Y ¡claro!, sí tenemos la sangre de realeza divina, debemos andar, vestir y hablar
como reyes, concluye Osteen (120). Yo me pregunto si el supuesto hecho de que los
humanos tengan el ADN de Dios es lo que le permite a Osteen igualar la Palabra de Dios a
la palabra humana. Esto es lo que hace cuando motiva a su lector a que crea en el poder de
su propia palabra y le diga al cáncer “te derrotaré”. Para ilustrar esto, él hace una analogía
con el poder de la Palabra de Dios en la creación cuando dijo “sea la luz” y la luz fue (170-
171).

Conclusión

Permítame ser claro en algo, este libro no es cristiano. Estas “promesas” son cosas que
cualquier libro espiritista, místico y de auto ayuda le dirían. Estamos ante un libro religioso
motivacional, pero no un libro cristiano. La motivación de hacer esta reseña es la cantidad
de personas que han creído estas distorsiones. Me preocupa que algunas personas entiendan
que son salvas por estar de acuerdo o por agradarle lo que leen en este libro, cuando quizás
no lo sean. “Yo declaro” es un libro con un carácter universal, que cualquier religioso o
pagano puede afirmar.

Aquí no hay evangelio, no hay cruz, no hay pecado, y mucho menos hay perdón y
reconciliación con el Dios trino y verdadero. El “dios” que se presenta en este libro se
parece más a la imagen de un abuelo tierno que está en la grada del estadio animando y
gritándole a su nieto que siga corriendo, que todo va bien en la carrera. No es el Dios santo,
omnipresente, omnisciente, verdadero, justo y misericordioso que se reveló en la Biblia, el
que “de tal manera amó al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que
en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

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