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Juan Gil

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Z)S CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Volumen I

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Sevilla, 2000

Universidad
Fundación
de SEVILLA EL MONTE
Editan:
Universidad de Sevilla
Fundación El Monte

Textos:
Juan Gil

Diseño y cuidado de la edición:


Pedro Bazán

Fotos:
Emilio Sáenz (pp. 52. 61. 69. 75. 151. 15-4. 173, 207. 211, 259. 251, 260, 262, 278. 281, 290, 292, 541. 545. 584. 588y 590)
A.C.S. (P. 58)
Musco del Prado (P. 64)

Cubierta:
Pedro de Campaña, Retrato De Diego Caballero g oti familia
Retablo de la Capilla del Mariscal, Catedral de Sevilla
(Foto: Arenas. Fotografía Artística)

© Sevilla 2000, Universidad de Sevilla

© Sevilla 2000, Fundación El Monte

© Sevilla 2000, Juan Gil

ISBN
De la obra completa: 84-89777-94-2
Del presente volumen: 84-89777-95-0

Depósito Legal: SE-3 51-2000 (I)

Impresión: PINELO Talleres Gráficos

Rde libro se edita en el marco del convenio de colaboración entre la Universidad de Sevilla g la Fundación El Monte

k
PRESENTACIÓN

N la edad de oro de Sevilla, aquella que se asentó en el último ter­


cio del s. XV y que cabalgó por el XVI y primeros decenios del
XVII, muchas cosas tuvieron lugar y cabida. Unas venturosas, la
•queza que por la ciudad circuló al socaire de la arribada de los barcos de Indias;
oúras no tanto, como que aquellos dineros viajasen casi sin detenerse en sus calles
y habitantes; otras duras y, en muchos casos, crueles: la actividad implacable
desarrollada por la Santa Inquisición, en nombre de la salvaguarda de las fes. No
solo la religiosa acaparó los afanes inquisitoriales, también tuvo sitio la económi­
ca —los negocios—, la del pensamiento, la social, la racial y la política. Quizás, en
el fondo, todo se resumía en este extremo: la salvaguarda de la fe política en un
proyecto de Estado no consentidor de opositores porque se quería omnipresente.
Este afán de limpieza por pura lógica tenía que incidir de forma más ejem­
plar y visible en los grupos sociales con más capacidad de oponerse a los deseos
de sometimiento y uniformidad al poder establecido. Como ese grupo era, y así
todos lo reconocen unánimemente, el judío, es lógico que tuviera que soportar los
embates de la intolerancia frontalmente.
El poder, por naturaleza desconfiado, tendría bajo vigilancia estrecha a todo
el grupo en su conjunto, incluidos aquellos que, de forma sincera, por la fuerza o
por pura protección, ¿legítima defensa?, adoptaron la fe religiosa y política ofi­
cial: los conversos.
De éstos, de los conversos sevillanos y de la Inquisición, su vigilante ojo,
trata este meticuloso, ilustrativo, doloroso, sarcástico, a veces un punto divertido,
libro que nos ofrece Juan Gil.
El autor confirma ahora su fama de incansable erudito, para esclarecimien­
to de una parte oscura de nuestra historia, también ésta es nuestra historia, y
enseñanza universal de los males que se derivan de la vieja intransigencia.

LOS EDITORES
PRÓLOGO

E los comienzos de la Inquisición en Sevilla se sabe bastante


poco. La documentación al respecto que se guarda en el Archivo
Histórico Nacional, la Meca de todo estudioso del tema, es ver­
daderamente mísera si se la compara con las copiosísimas noticias que deparan
los registros respectivos de los tribunales de Toledo, Valencia o Cuenca. Quizá
sea ésta una situación que remonte a tiempos muy antiguos. A finales del s. XVI
Luis de Páramo pudo trazar la historia de las Inquisiciones —y de los oficiales— de
Toledo, Aragón, Valencia, Córcega y otras muchas más, hasta la de Goa; sobre la
de Sevilla, en cambio, corrió un sorprendente velo, tal vez porque los legajos que
contenían tan indiscreta información habían sido sustraídos ya a la curiosidad
pública, incluso a la diligencia de un inquisidor influyente como él, que contaba
para realizar su obra con el alto patronazgo de Felipe II.
Las noticias del Archivo Histórico Nacional (los cedularios sobre todo) han
sido debidamente aprovechadas hace mucho tiempo, pero siempre para trazar la
historia de la Inquisición en general (Llórente, Lea), y no de la Inquisición de
Sevilla en particular. La materia parecía más cerrada que agotada, cuando cuatro
beneméritos historiadores descubrieron y dieron a conocer documentos inéditos
que abrieron vías insospechadas de estudio. Claudio Guillén dio a conocer en
1963 con sabia introducción y un comentario riquísimo el padrón de los habilita­
dos en 1510 (París, BN Ms. Esp. 333). En 1964 Tarsicio Azcona utilizó por vez
primera el padrón de los penitenciados y habilitados por la Inquisición de Sevilla
en 1491 (Archivo General de Simancas, Contaduría, 100). En 1973 Klaus
Wagner, con su infinita paciencia y sabiduría, rastreó y editó las notas margina­
les con que los escribanos apuntaban la celebración de autos de fe u otras inci­
dencias del día. José Antonio Ollero, por fin, halló felizmente en el Archivo de la
12 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Catedral de Sevilla jugosísimas noticias sobre la familia Benadeva, que le permi­


tieron ilustrar con mano maestra en 1988 puntos oscuros del establecimiento de
la Inquisición en Sevilla. Dos años antes, en 1986, el inteligente y agudo librito
de A. Cáscales había estudiado también el momento transcendental de la 'a pía li­
tación del Santo Oficio hispalense. A pesar de estas publicaciones, quedaba ,
hacer una síntesis general, prosiguiendo la investigación en los archivos s
estudiosos citados habían comenzado a desbrozar. Éste es el propósito
sente libro, que está dedicado, como indica su título, sólo a los convers
Sevilla: que nadie se llame a engaño.
Para lograrlo no he regateado esfuerzos. Por un lado, he vuelto a e;
el material conservado en Simancas, .Madrid y París. Por otro, he revisa io i
documentación que conservan en Sevilla el Archivo de la Catedral (hoy
Institución Colombina), el antiguo Archivo de Protocolos (hoy Archivo Histórico
Provincial), el Archivo Municipal y algunos archivos conventuales (concreta­
mente, el de Santa Paula y el de Santa María de Jesús). Buena parte de las noti­
cias nuevas aquí recogidas y utilizadas proceden del Archivo de Protocolos, fuen­
te riquísima que proporciona tanta diversión como aburrimiento, permitiendo
avanzar con cierta celeridad y abrumando por su inmensidad inagotable.
Rastrear noticias de la Inquisición en las escrituras escribaniles (ventas, hipote­
cas, protestos, testamentos, donaciones y otra amena literatura de este jaez) es
como buscar una aguja en un pajar; sin embargo, la labor acuciosa acaba por reci­
bir siempre alguna recompensa. En cualquier caso, perdida hoy la "genealogía”
establecida por los notarios de la Inquisición sevillana, los protocolos notariales
son el único clavo a que agarrarse para establecer los vínculos de parentesco, fun­
damentales en trabajos de este tipo. En un último volumen, que aparecerá en breve,
estudiaré las familias conversas desde un punto de vista diacrónico, siempre dentro
de los límites que imponen la documentación, por un lado, y la edad, por otro. En
efecto, tengo plena conciencia de que este libro es deficiente en muchos aspectos;
pero para completarlo me hubieran hecho falta varias vidas más, y —desgraciada o
afortunadamente— no tengo tantas como el gato de la canción. Si algún mérito tiene
mi trabajo es que, con todos sus defectos, ha tratado de romper una secular conju­
ra de silencio sobre una etapa fundamental en la historia de Sevilla.
Otra consecuencia del paso del tiempo: han transcurrido muchos años desde
que comencé a tomar notas para este libro, por lo que puede suceder que los lega­
jos de Protocolos estén citados aquí por la numeración antigua, acá por la moderna
PRÓLOGO 13

y acullá por la ultimísima remodelación, de suerte que entra dentro de lo posible


que hasta un mismo legajo reciba dos signaturas diferentes (así, p.e., A.P.S., IX
1559, 3-b [= 19789] = A.P.S., IX 1559, 3 [= 17548]); pido disculpas por estas irre-
j edades, que yo soy el primero en lamentar. En cambio, he uniformado desde
• mcipio la grafía de los nombres propios para facilitar mis búsquedas: así se
siempre Antonio (y no Antón), Fernando (y no Hernán o Hernando),
ández (y no Hernández), Alonso (y no Alfonso), Pedro (y no Pero), Bárbara
!ío Bárbola). Pido otra vez perdón si a alguien le choca toparse en estas pági-
. ..s coa Fernando (y no Hernán) Cortés.
Dejemos la melancolía del tiempo ¿perdido? y pasemos a un capítulo más
reconfortante. En primer lugar, quiero expresar mi agradecimiento a los miem­
bros de mi Departamento, que me permitieron gozar durante el curso 1997-98 de
un permiso que en la jerga administrativa al uso recibe el nombre de "licencia sep-
tenal (desde luego, no a tomar en sentido etimológico); gracias a la vacación de
clases tan generosamente concedida por mis colegas conseguí dar el último avan­
ce al estudio y ordenar los datos para la revisión final.
No menos grato es el deber de expresar mi reconocimiento a los directores
y facultativos de cuantos Archivos me acogieron y me ayudaron en mi trabajo: a
Da Maribel Simó, Directora del Archivo Histórico Provincial, que desde hace
años es para mí como una segunda casa; a Da María Dolores Alonso, Directora
de la Sección de Inquisición en el Archivo Histórico Nacional; a Da Eulalia de la
Cruz, Directora del Archivo Municipal, y a su sucesor, D. Marcos Fernández; a
todos los miembros del Archivo General de Indias y del Archivo General de
Simancas y muy especialmente a Da Isabel Aguirre, que ha sabido despejar mis
dudas con la mayor prontitud y solvencia; al eficientísimo personal de la
Institución Colombina y a los bibliotecarios de la Biblioteca Nacional de Madrid,
de la Bibliothéque Nationale de París y de la Newberiy Library de Chicago.
Leyeron mi original y le hicieron oportunas correcciones y mejoras
Consuelo Vareta, Ma Victoria Catalina, Luis Gil, K. Wagner y Daniel López-
Cañete. J. Valdeón y Alfredo Moreno me procuraron generosamente bibliogra­
fía sobre el tema. Por su parte, Pedro Bazán soportó con profesionalidad y buen
humor mis apremios e impaciencias durante la corrección de pruebas. A todos

ellos, mis más sinceras gracias.


Hace ya algunos años -creo que fue en 1993- D. José Villa, gerente de la
Fundación de El Monte, se enteró no sé cómo de que yo llevaba mucho tiempo
14 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

recogiendo datos sobre los conversos sevillanos y me animó a publicar el íuturo


libro entre sus colecciones. Accedí encantado, tanto por los lazos de amistad que
me unían —y me unen— con D. Manuel del Valle y D. José Villa como por mi
identificación personal con la obra cultural que estaban —y felizmente están— rea­
lizando. No sé si D. José Villa era bien consciente de lo que se le venía encima.
Ahora la cosa ya no tiene remedio: el tocho está encima de la mesa y, pa^ -'.o,
se acerca inexorable el tercer milenio. In re incerta amiciid certiid cenútiir. el o
de Publicaciones de mi Universidad, gracias a los buenos oficios del Vi-.. c.ior
de Extensión Universitaria, D. Adolfo González, ha decidido participar a
en la aventura. Vaya, pues, mi más sincero agradecimiento a la Funde J
Monte y a la Universidad de Sevilla por su generoso patrocinio así como s
las personas, nombradas o por nombrar, que hicieron y han hecho posible la
publicación de este largo, fatigoso y a veces desesperante trabajo.
SIGLAS Y BIBLIOGRAFÍA

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1 Algunos errores debidos a desconocimiento de la realidad sevillana alean la meritoria traducción. Así,
Castrillo llama "fuerte” o "alcázar” al castillo de San Jorge (p. 189, 232), "hospital... llamado El Cardenal al
Hospital del Cardenal (p. 299), "oidores" a los jueces de los Grados, "prorrey al asistente o corregidor (p. 315)
y "clerizonte" al capellán {sacellanus [p. 444]); asimismo se le escapa que a los personajes públicos se les hacen
juicios de residencias (residentüs), y no "audiencias" (p. 166). La jerga eclesiástica le juega una mala pasada en
p. 444: contienes... secunda quaque feria alteráis a redilu sito quadragesima se debe traducir los sermones todos los
lunes en la segunda cuaresma después de su regreso”, y no "los sermones de la segunda cuaresma... cada dos
días de fiesta” {secunda feria es la 'segunda feira* del portugués: así se decía ya en el latín visigodo). Señalo otros
posibles errores, achacables esta vez al estilo no muy puro de Montano: p. 162 ab ulnsqiu sil (más bien. /</), p.
232 concessum patrum (más bien consessiun patrum, cf. p. 320 consessu frequentissánó).
SIGLAS Y BIBLIOGRAFÍA 17

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2 La historia de la investigación -y aun el destino de los documentos, algunos de ellos robados, al pare-
cer, por el profesor judío Jac Nachbín— es tan rocambolesca como el propio asunto que trata.
J
I. LOS CONVERSOS EN UNA SOCIEDAD SEÑORIAL

NTES de dar comienzo a nuestra historia parece oportuno remon­


tarnos unos años atrás para encarar los problemas que aquejaron a
Sevilla —y muy especialmente a los conversos que en ella habitaban—
en las vísperas del establecimiento de la Inquisición.

1. Sevilla, ciudad de mercaderes

En las postrimerías de la Edad Media la Sevilla cristiana había recuperado


su rango de gran emporio comercial, si es que éste había declinado tras la
Reconquista. El humanista Alonso de Falencia, narrando al arcediano de Carrión
las maravillas de la ciudad, riquísima, estimó su población en 150.000 habitantes;
y deslizándose ya por la hipérbole, tras referir que abastecía a tres opulentas ciu­
dades de Italia, concluyó: “Hay aquí tan gran afluencia de mercaderes que, si se
considera la variedad de sus lenguas, puede parecer y no sin razón una segunda
Babel”1. Prescindiendo de las exageraciones del humanista, y siempre a ojo de
buen cubero, pues las estimaciones demográficas hay que recibirlas con cierto
escepticismo (hoy, en la era de la precisión estadística, se pelean por el censo de
Sevilla o de Andalucía las distintas administraciones, la central y la autonómica),
bien puede calcularse que a finales del s. XV la ciudad tendría una población de
unos 40.000 habitantes 2. Ahora bien, el padrón de los habilitados en 1494 reseña
unas 2.000 personas3; aun suponiendo que no todas tuvieran sangre hebrea, lo
cierto es que al menos un cuatro por ciento del censo total de la ciudad se com­
ponía de judíos convertidos o descendientes de judíos, en su mayoría artesanos,
comerciantes y hombres de letras (médicos y abogados): como es lógico, su
número había aumentado de manera espectacular tras las matanzas de lo91.
22 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEV1LLAN/X

¿Quiénes eran y a qué se dedicaban los conversos? Para conocerlos más a


fondo, nada mejor que presentar a continuación un elenco de los oficios de las
personas rehabilitadas en esa lista inquisitorial, añadiendo entre paréntesis la
suma total de los profesionales de referencia*1. De esta suerte el lector se podrá
hacer una idea rápida de los principales quehaceres en los que se vertía L- ii' -
dad de esta minoría urbana: que los conversos fueron ante todo y sob.
moradores de la ciudad.
El corte y confección de vestidos fue uno de sus menesteres tradic:
aparte del más genérico de ‘sastres’ (96)5, hubo varios oficios especializa^
dieron nombre a multitud de calles de Sevilla, apiñadas todas ellas en to;
la catedral (doy la equivalencia moderna de las mismas, si con el correr del • ¡en
po cambió la denominación antigua): los ‘tejedores’, subdivididos en tejedores de
sedas, de terciopelos, de paños, etc. (20); los orilleros , estos es, los que tejían las
orillas o pasamanos del vestido (7); los ‘bancaleros’ o tejedores de bancales, los
paños que se ponían sobre los bancos (3); los ‘harpadores’, verosímilmente los
que cortaban la tela en “harpas”, esto es, en ángulos entrantes y salientes (7)°;
los tundidores’ (2)~; los ‘remendones’ (2); los toqueros’ o fabricantes de tocas
(59 = Conde de Ibarra); los ‘tejilleros’, o sea, los fabricantes de ‘tejillos’ o ceñi­
dores (6); los ‘boneteros’ (5 = García de Vinuesa); los ‘jubeteros’ (23); los ‘cal­
ceteros’ o fabricantes de calzas (8); los 'sombrereros' (3 = Álvarez Quintero); los
‘agujeteros’, es decir, los que hacían “agujetas” o cintas (9), los ‘cordoneros’ (2)
y los ‘colcheros’ (7 = Tetuán). Al comercio de las telas se entregaron los ‘trape­
ros’ (35 = Hernando Colón), los 'sederos' (en la alcaicería = cerca de Hernando
Colón), gremio en el que se incluyen los 'maestros de seda’, hiladores de seda’,
'caireleros’ o ‘cameladores’, ‘zurcidores de seda’ y 'torcedores de seda' (78), los
'lenceros’ (17; en la alcaicería; hay también una pintora de lienzos), los 'fustane-
ros’ (5), los ‘roperos’ (51; en la alcaicería) y los 'aljabibes' o ropavejeros (1).
Como es natural, también fueron buenos ‘tintores’y ‘tintoreros’ (56 = Joaquín
Guichot).
El tratamiento del cuero y su comercialización estuvieron casi por comple­
to en sus manos8. Los cristianos nuevos fueron ‘zurradores’ (4) y curtidores
(32), con sus tiendas emplazadas en las plazas que hoy llevan su nombre, pero
también fabricantes: ‘zapateros’ (30 = Sor Ángela de la Cruz), borceguineros
(39 = Mateos Gago), ‘chicarreros’ (siempre 'chiquerreros en las escrituras) ' o
fabricantes de calzado para niños (7), ‘chapineros’ (6) o fabricantes de calzado
LOS CONVERSOS EN UNA SOCIEDAD SEÑORIAL 23

para mujeres, ‘servilleros’ o fabricantes de zapatillas (2), ‘guadamecileros’ que


repujaban el cuero (5), ‘silleros’ (2) y ‘albarderos’ o fabricantes de albardas (8 =
Quintana).
Otro oficio en el que descolló la diligencia conversa fue la platería. Su cono-
. miento de los metales preciosos los convirtió en ‘afinadores’ (3 = Refinadores)
ensayadores’ (1), por lo que se supieron hacerse imprescindibles en la Casa de
.Moneda. Además de lucirse en calidad de ‘plateros’ (59 = Cabo Noval) y
-a ¡ i hojas’ (4 = Cabo Noval), entendieron de piedras preciosas como ‘joyeros’
í -I? y lapidarios’ (1). También sobresalieron en otras técnicas: fueron 'esmalta-
’ores’ (7), ‘herreros’ (19 = Siete Revueltas)10, ‘cerrajeros’ (4 = Cerrajería), ‘arque­
ros’ o fabricantes de aros para las dovelas (l)11, ‘espaderos’ (4 = Sierpes), ‘arme­
ros’ (1), ‘hebilleros’ (1), ‘candeleros’ (2) y ‘latoneros’ (8 = Álvarez Quintero).
Otros fueron ‘torneros’ (3 = Álvarez Quintero), ‘malleros’ o fabricantes de mallas
(5), ‘esparteros’ (1), ‘alfombreros’ (3) y ‘olleros’ (2). En cambio, no parece que
les interesara la carpintería.
No pocos se dedicaron al comercio, especialmente a la venta y exportación
de los productos de la tierra: ‘aceiteros’, 'tratantes en aceite’y ‘sacadores de acei­
te’ (13); ‘vinateros’ (2), ‘mesoneros de vino’ (3) y ‘taberneros’ (11); ‘carniceros’ (6)
y ‘menuderos’ (3). Hubo muchos ‘corredores’ en general (24): y más en concre­
to, ‘corredores de lonja’ (6), ‘corredores de bestias’ (3), ‘de caballos' (1), 'de pes­
cado’ (2) y ‘de zumaque’, empleado en las curtidurías (1).
Su conocimiento de las plantas y de las “drogas” los hizo ‘perfumeros ’ (2),
‘especieros’ (13) y ‘boticarios’ (11). También destacaron como ‘barberos’ (7),
‘cirujanos’ (3) y ‘físicos’ o médicos (1). Fueron asimismo 'naiperos' (3) y ‘libreros’
(1), así como ‘pintores’ (6) y 'talladores’ o 'entalladores', esto es, escultores (4).
Su destreza con la pluma los convirtió en ‘escribanos’, públicos o municipa­
les (36), y en ‘maestros de enseñar mozos’ (2). Por su habilidad contable entra­
ron al servicio del rey o de los nobles como secretarios (1), mayordomos (7),
‘receptores’ (1), ‘recaudadores ’ (1) y ‘contadores’ (1). Es lógico que brillaran asi­
mismo como cambiadores' (9) y arrendadores’ (10).
También lograron ocupar muchos cargos municipales como ‘almojarifes’ (1),
alguaciles’ (3), ‘fieles ejecutores’ (2), ‘jurados’ (20), ‘sotajurados’ (1) y ‘veinti­
cuatros’ (2). A su cargo tuvieron las ‘guardas’ en general (4) y más en concreto:
las ‘del aceite’ (2), ‘de la carnicería’ (2), 'de la carnicería de Triana’ (1), ‘de la
madera’ (2), ‘de la ribera’ (1), 'del pescado’ (5), 'del pescado salado’ (1), ‘de las
2-4 LOS CONVERSOS Y L/\ INQUISICIÓN SEVILLANA

coles’ (1), ‘del vino’ (2), 'de los almojarifes’ (1), ‘de la aduana’ (1), ‘del campo’ (1)
y de las puertas: ‘del Aceite’ (2), ‘Macarena’ (2) y 'de Carmena’ (1). Bien cabe
cerrar esta enfadosa lista con una oportuna indicación de Andrés Bernal: "Nunca
quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los canpos criando ganados,
ni lo enseñavan a sus fijos, salvo oficios de poblado e de estar asentados, ganan­
do de comer con poco trabajo”12. Ahora se calibra el daño que se pretendió .-fe-
rir a los conversos toledanos al prohibirles en 1486 "que no fuesen cambia
ni boticarios, ni especieros, ni toviesen oficio 7)e dOdpecha ninguno”15.
El peso y la importancia de los conversos en la contaduría se aprec
manera muy clara en el seno de las grandes casas nobles. Por los libros de ¡j
del duque de Medina Sidonia aparece con mucha frecuencia un Francisco ck* :....
Casas, criado y contador del aristócrata, que por este motivo residió con alguna
frecuencia en Sanlúcar de Barrameda, de donde llegó a ser vecino; fue mayordo-
mo del duque Alonso Díaz (SL 1494 n° 17) y secretario Juan de Écija (S 1494 n°
485)14. A su vez, ese aparente martillo de conversos que fue el manqués y luego
duque de Cádiz no tuvo empacho alguno en dejar ar las riendas de sus finanzas en
manos de Andrés de León (m. 1492), casado con Beatriz Maldonado, o en las de
Diego García el Franco (S 1494 n° 295). El contador de D. Pedro Puertocarrero
fue Fernando de la Palma, vecino de Moguer; los inquisidores Ramo y Belorado
le impusieron una exorbitante penitencia pecuniaria de 72.000 mrs. A su vez, la
marquesa de Montemayor empleó a su servicio como mayordomo a Gómez de
Córdoba (S 1494 n° 6), otro reconciliado. Y de conversos de fe más o menos pura
echaron mano una y otra vez tanto el cabildo secular como el eclesiástico, según
tendremos ocasión de ver a lo largo del presente estudio.
La práctica de la abogacía y la medicina quedó por lo común en manos de
los cristianos nuevos, pues en la Sevilla del s. XV muy pocos tenían dinero sufi­
ciente para costear las carreras de los hijos durante varios años en una
Universidad lejana, normalmente Salamanca (la de Alcalá todavía no existía). Un
ejemplo: el doctor Pedro de Vique, hijo de Gonzalo de Vique y de Beatriz
González de Segura (emparentada probablemente con el converso Diego
González de Segura [S 1494 n° 79]), se doctoró él mismo por Salamanca y en esa
Universidad quiso que se formara su hijo; pues bien, los estudios del bachiller
Gonzalo de Vique, presumiblemente un mal estudiante que se pasó siete u ocho
años tumbado a la bartola en las aulas, le costaron al padre entre mantenimiento
y libros la friolera de 100.000 mrs15. Evidentemente, la educación de un hijo no
LOS CONVERSOS EN UNA SOCIEDAD SEÑORIAL 25

estaba al alcance de todas las fortunas, pero todos los conversos, a poco dinero
que tuvieran, se esforzaron por dar a sus hijos estudios superiores.
De esta manera, los cristianos nuevos, odiados y temidos, pero imprescindi-
. supieron hacerse pronto con buena parte de los resortes del poder. De sus
• •. se nutrió en su mayor parte la alta y baja burguesía de Sevilla. Un hecho da
• ba de su enorme ascendiente social, amparado por la casa de Medina
nia. Un jurado converso cuya descendencia va a aparecer más adelante por
s páginas, Garci Sánchez, narró un intento de asonada contra los cristianos
jevos. El tumulto empezó en 1465 en la calle de Genova a la voz de “¡Estúñiga!”
¡Estúñiga!", grito que fue contestado por los atacados apellidando “¡Niebla!”
"¡Niebla!”. El resultado fue que, sofocado el alboroto, en el que les fueron roba­
dos jubones y otras cosas de menor cuantía, “quedaron los conversos con su
honra, que no les osan decir sola una palabra que no la vengan bien”16. Pero estas
convulsiones periódicas de carácter anticonverso se encuadraron poco después
en un marco más amplio: la atroz contienda que estalló a partir de 1471 entre D.
Enrique de Guzmán, duque de Medina Sidonia, y D. Rodrigo Ponce de León,
marqués de Cádiz.

2. Guzmanes contra Ponces. La guerra civil y sus consecuencias económicas

No es cuestión de referir aquí, por ser de todos conocida, esta pugna dura­
dera que sumió en negras desventuras y ensangrentó con mil combates y algara­
das la Baja Andalucía17. Sí, en cambio, y por entrar directamente en nuestro tema,
nos interesa aquilatar las secuelas que estas rencillas y banderías tuvieron en la
economía sevillana, pues su alcance fue realmente inmenso. Los ciudadanos se
vieron obligados a costear una prolongada guerra, con toda la tremenda carga de
hombres, caballos, abastecimientos y pertrechos que acarreaba la contienda, sin
contar las revueltas propias de una discordia civil; y este “servicio del rey”, como
no sin cierto cinismo fue llamado por ambas partes, hizo que sobre las espaldas
de los sufridos pecheros llovieran repartimientos e imposiciones perentorias, que
en sus fines y exigencias recuerdan muy de cerca las medidas que se habían de
tomar años después en la tala de Granada. Toda la tierra se vio sacudida por la
guerra, de suerte que fue inevitable que algunas villas y plazas fuertes de Sevilla
cayeran en manos de D. Rodrigo Ponce de León, con desastrosas consecuencias
para las arcas de la ciudad, como bien pronto pusieron de relieve los arrendadores
26 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

de las rentas respectivas, que elevaron quejumbrosos memoriales con la mira


puesta en conseguir una justa rebaja en sus obligaciones monetarias. Los ejem­
plos, que entresaco de los papeles del mayordomazgo 18, hablan por sí mismos.

Alanís y portazgo de Cazalla. Al haber sido tomado el castillo de Alanís oor los
hombres del marqués de Cádiz, el 17 de marzo de 1473 hubo de descontar •.' 0
mrs. al arrendador Ángel Rodríguez por el menoscabo que había recibido e»
tas del portazgo de Cazalla y de Alanís.
Alcalá de Guadaira. 1 ambién Alcalá de Guadaira se entregó al marqués. 1
la pérdida de "rentas menudas de la villa de Alcalá de Guadaira, que está ak
tra la dicha <pbdad e las tomó el dicho marqués", montó una suma de 18.t
según se anotó en la nómina de 1473; mayor fue el quebranto que se recibió .. falta
de las 1.500 arrobas de harina por las que estaba arrendado el molino de Alcalá a
precio de 60 mrs. la arroba, lo que supuso un daño total de 90.000 mrs.
Caños de Carmona. Otra no chica consecuencia de la enemiga de Alcalá fue que los
molinos de los caños de Carmona "no molieron, ni vino a ellos agua ni a esta dicha
«jibdad por la guerra del señor duque e marqués a respeto del año pasado de seten­
ta e dos", con una pérdida de 116.890 mrs., según se anotó en la nómina citada19.
Constantina. Constantina engrosó también la lista de las villas rebeladas; por la
renta no cobrada de su almojarifazgo se esfumaron 14.280 mrs., y otros 3.000 mrs.
se fueron por la del almotacenazgo.
Puente de barcas de Triana. El alzamiento de Constantina tuvo otra secuela ines­
perada. El famoso puente de Triana estaba a punto de anegarse por ser muy viejas
las barcas que lo sostenían; pero cuando su tenedor, Lope de Ayala (S 1494 n° 20),
trató de cortar madera y ligazón para construir otras nuevas, los de Constantina no
le dejaron ni siquiera entrar en sus montes a efectuar el corte; y así Ayala tuvo que
contentarse con poner en el puente un ballener, sustitución que trató de justificar
mediante una información hecha el 26 de noviembre de 1472.

Los únicos que sepamos que ganaron algo, además de los señores de la gue­
rra, fueron los maestros cordoneros, a quienes el 22 de enero de 1473 se dieron
8.400 mrs. en pago de 800 hondas de cáñamo que fueron menester para recobrar
el castillo y fortaleza de Alanís.
De todas estas estrecheces, padecimientos y miserias me interesa resaltar ahora
los resultados económicos de la especie de bloqueo a que fue sometida Sevilla, pues el
comercio de importación y exportación y los derechos de portazgos y almojarifazgos
LOS CONVERSOS EN UNA SOCIEDAD SEÑORIAL 27

sufrieron asimismo un tremendo quebranto. Fueron desastrosos los efectos que se


derivaron de haber quedado casi cortado por completo el tráfico por tierra.

Barca del Borrego. Fue el primero en protestar de las secuelas que habían tenido
los movimientos e escándalos” acaecidos en la comarca Alonso García Répilo,
rrendador de la barca del Borrego, que entraba en el almojarifazgo de Coria, ya
que los mercaderes y viandantes, que antes iban y venían con seguridad a Lebrijay
Sanlúcar de Barrameda, no tomaban ya el camino de Los Palacios ni el del Bodegón
del Rubio; el 3 de agosto de 1472 se le hizo un descuento de 2.000 mrs.
Barca de Alcalá del Río. Después pidió ser socorrido Juan García Girón, arrendador de
las barcas de Alcalá del Río; y vista su solicitud, el licenciado Juan Fernández de Sevilla y
el bachiller Lope Ruiz de la Puebla sentenciaron el 14 de setiembre de 1472 que se le debía
hacer una reducción de 6.000 mrs., que luego fue aumentada a 8.000 atendiendo a su mise­
ria y pobreza, dado que los del marqués "robavan a los que venían por los caminos, en
especial en el camino que va d’esta $ibdad a Alcalá”, y así los viandantes se desviaban para
pasar por la barca de La Algabay hasta algunos se iban por el puente de Sevilla.
Barca de Villanueva. Pero la seguridad de los caminos no había mejorado años después,
ni siquiera después de acordada la tregua entre los dos proceres, sin duda por su carác­
ter pasajero. Oigamos las estremecedoras palabras que escribió García de Medina, arren­
dador de la barca de Villanueva, en la petición presentada al cabildo el 28 de enero de
1474: "Después que las guerras se comentaron en esta tierra, como a todos es notorio, los
caminos han seído robados e todas las presonas o las más d'ellas que por ellos ivan e
venían, e aun resgatados como si fuese en guerra de moros; e por las disensiones pasadas,
como es notorio, los de la conpañía del mayordomo Godoy han tomado e robado a las
presonas e ganados e bestias que por los dichos caminos ivan e venían, como quiera que
heran puestas treguas, diziendo que fazían represarías por «jiertas cosas que por parte
d’esta tibdad les era tomado, e en especial desde qu’el pendón salió d’esta cjibdad para ir
a Alanís, que luego fue tomada la barca e traída a esta «jibdad por vuestro mandado”. Ya
en el año de 1472 se hizo a Medina un descuento de 12.000 mrs.; pero la renta de la barca
de Villanueva no se arrendó después, con pérdida para la ciudad de 21.000 mrs.

La ciudad, en suma, se halló incomunicada durante mucho tiempo, de suer­


te que ni siquiera llegaban a noticia de los sevillanos, “envueltos en los horrores
de la guerra civil”, como apunta Alonso de Falencia20, los importantes sucesos que
acaecían por aquel entonces en Cataluña. Y si por tierra imperaba el desorden,

no menor era el caos por mar.


28 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Impuestos relativos a la sardina. Alonso Martínez de Santillana, arrendador de la impo­


sición de la saca de los pescados y sardina, logró un descuento de 38.953 mrs. por el
menoscabo sufrido, pues "por cabsa de las dichas guerras por la mar fueron tomados e
robados por la flota contraria muchos barcos de sardina e pescados que venían cargados
a esta cjibdad”, como expuso en un memorial presentado el 15 de enero de 1472 Pero
oigamos las razones expuestas el 17 de enero de 1472 por los arrendadores del •
la sardina, que se quejaron muy amargamente de los daños que les habían iní.
nanos e galea de armada que andovo por la mar tomando, como es $ierto q<
ron, muchos barcos cargados de sardina que venían de Gibraltar e de otr<
para esta dicha (Jbdad, e los llevaron a Xerez e a Rota e a otras partes; e as-
tomaron otros muchos barcos con pescadas e cagones e otros muchos barcos ..
queros vezinos d esta dicha tpbdad que asimesmo andavan al tráfago de las sardinas,
por manera que durante el tienpo que la dicha armada andovo por la mar no bino a
esta dicha «jibdad ningunos ni algunos barcos con sardina ni otros pescados, ni osa­
ron ir otros barcos, según acostunbravan ir, a las playas onde se pescan las sardinas
para traer a esta <jibdad por themor de ser robados e tomados". El memorial y la pro­
testa les valió un descuento de 20.000 mrs.; no es poco.

3. El duque de Medina Sidonia, árbitro de la economía hispalense

bas descripciones de los cronistas y los papeles del mayordomo de Sevilla,


coincidentes, nos permiten perfilar los matices de lo que fue una contienda sin
cuartel entre las dos banderías nobiliarias, que peleaban entre sí “como en guerra
de moros", como dijo gráficamente García de Medina y repitió Diego de Valera21.
De hecho, el duque y el marqués, que con tanta terquedad porfiaban por alzarse
con el control de la Baja Andalucía, se disputaron la hegemonía de la tierra como
si fuesen ellos mismos los gobernantes de un estado soberano. El poder del
Medina Sidonia en Sevilla, donde era el primero de los cinco alcaldes mayores,
venía a ser casi omnímodo. Los barcos de sardina que son atacados por la flota del
marqués vienen de diversas partes, pero ante todo de Gibraltar, esto es, de pescar
en aguas del duque. Contra las naves de Ponce de León, entre las que por cierto
figuraba una galera portuguesa que, al mando de Juan de Silva, subió por el
Guadalquivir causando mil estragos, Sevilla aprestó en Sanlúcar de Barrameda,
señorío del Medina Sidonia, una armada cuyo costo causa escalofríos: para su sub­
vención hubieron de obtenerse 2.431.909 mrs. de las imposiciones del cornado de
LOS CONVERSOS EN UNA SOCIEDAD SEÑORIAL 29

la carne y de los cinco mrs. por ciento en el cuerpo de la ciudad, y otros 307.597
mrs. de las mismas imposiciones en la tierra de Sevilla22, todo ello sin permiso ni
aun consulta al rey, títere desdichado a quien nadie hacía caso y a quien, como es
;-cc, no se pagó en medio de tantos alborotos el pedido de 2.372.066 mrs. que le
an concedido en las tierras de Sevilla los procuradores en las Cortes de 147323.
¿aves de la flota sanluqueña están algunas a cargo de maestres vascongados,
Miguel de Aranivia o Juan Pérez de Urresti24; pero el capitán de la nao del
ae es Luis Rodríguez de la Mezquita, un trianero de apellido ilustre en la his-
.. ■ ia de los descubrimientos, que el 27 de noviembre de 1-471 hizo alarde de sus
■ robres en Sanlúcar de Barrameda25. Después, en el cerco a que el duque some­
tió ía villa de Alcalá de Guadaira a partir del 19 de abril de 1474, se gastó la aún
más estremecedora cantidad de 3.-426.801 mrs.; y al asedio, de resultados poco glo­
riosos por cierto26, no sólo acudieron los sevillanos e incluso los hombres del conde
de Cabra, muy amigado con el Medina Sidonia, sino que hasta se pagaron al maes­
tre Mahomad Recio 5.920 mrs. por haber enrolado treinta y tres musulmanes, die­
ciseis ballesteros y diecisiete lanceros: para luchar contra el enemigo valía todo,
hasta una compañía de moros; no podía llegar a más la vesania fratricida.
En definitiva, la situación política y económica de Sevilla, en la segunda
mitad del Cuatrocientos, se asemeja en cierto modo a la de una Señoría italiana,
como ya advirtió Ortiz de Zúñiga, al escribir que el duque y el marqués se hicie­
ron la guerra "qual pudieran poderosos príncipes libres..., y sólo parecían vasa­
llos en las quejas que acudían al rey”27. En 1-47-4 la victoria parecía haberse decan­
tado de manera clara por los partidarios de D. Enrique de Guzmán, incluso en el
supuesto de que éste fuera el hombre apático, cobarde y voluble que nos pinta
Alonso de Palencia; y el hecho es que entre estos partidarios se encontraban unas
personas que pertenecían a una casta muy determinada.

4. El poder económico de los conversos sevillanos

Ha llegado la hora que de las alturas nobiliarias descendamos a un suelo más


plebeyo, a fin de examinar de cerca la personalidad de los mercaderes y comer­
ciantes de la Sevilla de entonces. Resulta, en efecto, que la causa del Medina
Sidonia logró aglutinar a un grupo social muy compacto, pues al abrigo del duque
estaban acogidos los conversos y los judíos, como quedó de manifiesto en la aso­
nada callejera de 1-465. Así se explican algunos episodios de los disturbios civiles,
50 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

como p.e., que, cuando Fernandarias de Saavedra entregó la villa de Alcalá de


Guadaira a D. Rodrigo Ponce de León, el primer acto del alguacil Gonzalo de
Vega fuese arrebatar a D. Sulemán Abenzemerro el 2 de marzo de 1472 las dos
tercias partes del aceite de Alcalá, por una cuantía de 27.500 mrs., correspon­
diente a la primera paga de la dicha renta, y de paso procediera a meter preso
D. Sulemán en la cárcel del castillo28. Y así también parece natural que, er
compensación, los cristianos nuevos se volcaran en apoyo del duque, que s
se vio acompañado, por usar palabras de Andrés Bernal29, de "grand muí',
confessos que le amavan e querían en demasiada manera". Los ejempk
incontables. En la terrible turbulencia que zarandeó Sevilla en 1471, según
A. de Falencia00, las mujeres judías, "que rara vez traspasaban los umbrales; i -
casas, salieron aquel día al saqueo, como si quisiesen secundar al partido del
duque . Después, declarada ya la guerra, para acelerar los preparativos de la
armada contra el marqués acudió a Sanlúcar de Barrameda en la barca de Juan
Ponce el doctor Juan Rodríguez, criado del duque; con él bajaron el 1 de noviem­
bre de 1471 Juan Beltrán, Martín de Salcedo y Pedro Fernández Benadeva, es
de suponer que en la nao “muy grande” que por su dueño se llamaba la
"Benadeva"31. Pues bien, consta que tanto el doctor Rodríguez como Benadeva,
cuando menos, pertenecían a la crema de los conversos sevillanos; y el escribano
público de la villa de Sanlúcar de Barrameda no era otro a la sazón que Antonio
Caballero, pariente —quizá hermano— de Juan Caballero, padre a su vez de Diego
Caballero de la Rosa: el futuro escribano de la Audiencia de Santo Domingo. Más
tarde, tras las matanzas de Córdoba, el duque ofreció refugio a los cristianos nue­
vos en su plaza fuerte de Gibraltar, dejando en sus manos hasta 1476 la llave de
Andalucía32. En la lucha del duque contra el marqués hubo, en definitiva, un fac­
tor socio-económico muy marcado: de haber vencido D. Rodrigo, pocas dotes de
zahori se necesitan para adivinar que los conversos se habrían visto despojados
de su situación de privilegio en el concejo sevillano; por el momento, claro está,
porque después la habrían recuperado sin duda alguna.
Veamos ya quiénes eran estos hombres. Gracias a una tremenda carestía de
trigo -que he manejado ya con otros fines en otro trabajo33— conocemos los nom-
bres de los mercaderes que traficaban( en la Sevilla de la época, pues a partir de
abril de 1473 propios y extraños compitieron por abastecer de pan a la ciudad,
seducidos por el aliciente que se les
1 concedía de vender a como mejor pudieran y

encima sin pagar derecho alguno>. Pues bien, si repasamos con atención la lista de
LOS CONVERSOS EN UNA SOCIEDAD SEÑORIAL 31

los vecinos de Sevilla que se obligaron al aprovisionamiento, salta a la vista el muy


elevado número de judíos y conversos que disponían de caudal y de la red comercial
suficiente como para asegurar la compra y el trasporte de trigo. He aquí algunos
.ombres, de los más conocidos, ordenados alfabéticamente por apellidos:

Hombres obligados cahíces

an Alemán, vecino en Placentines (S 1494 n° 246)........................................................ 60


rancisco el Alvo................................................................................................................................... 75
. : bachiller Francisco de la Barrera............................................................................................ 60
’onic Boniel, por su padre Francisco González (S 1494 n° 706)............................ 25
¡colas de Cazalla (S 1494 n° 1074) ........................................................................................... 15
Fernando Alonso, Pedro Alonso y Juan Alonso Condecil (S 1494 n° 75)
75) .............. 15
Luis Alonso Condecil..............................................................................................................................5
Diego Alonso de Córdoba (S 1494 n° 252), que moraba en casa de Villalobos ...20
Gonzalo de Córdoba, hijo de Andrés Fernández (S 1494 n° 292)............................... 40
Juan de Córdoba, hijo del trapero Andrés Fernández......................................................... 5
Pedro Fernández Benadeva (S 1494 n° 109).......................................................................... 50
Pedro Fernández Cansino (S 1494 n° 683).............................................................................. 75
Lope Francés............................................................................................................................................ 10
Alvaro González, tintor (S 1494 n° 215)................................................................................... 10
Gonzalo González Bazo y su yerno, Alonso Pichón............................................................ 10
El jurado Pedro González de la Sal (S 1494 n° 105).......................................................... 30
Alonso de Jaén, criado de Pedro Fernández Benadeva.................................................... 30
Luis de Jaén, hermano de Tomás Sánchez.............................................................................. 50
Diego de Jerez, sedero (S 1494 n° 65)......................................................................................... 5
Diego Jiménez Faraz (S 1494 n° 228)....................................................................................... 10
Diego López, veinticuatro (S 1494 n° 478).............................................................................. 75
Francisco Martínez, jurado (S 1494 n° 425).......................................................................... 40
El jurado Pedro ejecutor (S 1494 n° 478)............................................................................... 60
Alonso Pinto (S 1494 n° 1096)........................................................................................................ 30
Francisco Ruiz del Alcázar, jurado (S 1494 n° 148)............................................................ 25
Tomás Sánchez de Jaén.................................................................................................................. 100
Manuel Saunín........................................................................................................................................50
El mayordomo Juan de Sevilla.................................................................................................... 100
Diego de Susán, además de 10 por Villalobos...................................................................... 100
El mayordomo Benito de Torralba (S 1494 n° 865)............................................................. 15
52 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Hay otras personas que por su nombre u oficio parecen asimismo de ascendencia
judaica: los jurados Pedro López el Mozo (25) y Manuel de Sevilla (75); el ensayador
Alvaro González (75), los traperos Sancho González (10) y Alonso Rodríguez de Jerez
(10), el cambiador Fernando Rafaya (10) y Rodrigo Gambax (10). Por último, conviene
anotar que el duque de Medina Sidonia se obligó tanto por Francisco Ruiz del Lear
(25) como por Pedro González Boniel (25) y Gómez de Sevilla, hermano del ¡o
Juan Fernández (25), este último, como los dos anteriores, presumiblemente <

5. La implantación del orden y el robustecimiento del poder re.

En 1474 subieron al trono Isabel y Fernando. Huelga ponderar las. .'¡m- li­
sas dificultades que hubieron de superar los nuevos_monarcas, que no sólo tuvie-
ron que hacer frente a las pretensiones portuguesas, sino que encima se vieron
obligados a refrenar la ambición desatada de unos nobles díscolos en exceso.
Veamos cómo procedieron en Sevilla, donde realmente su tacto fue exquisito,
pues lograron sofocar la discordia civil sin recurrir a medidas drásticas, evitando
a toda costa el derramamiento de sangre: la triste solución que había de elegir
Juan II en Portugal. Para parar los pies al duque —y de paso al marqués— cuen­
tan los anales que en 1478 los reyes entregaron el gobierno de la ciudad a un asis­
tente, Diego de Merlo55. No fue exactamente así como tuvieron lugar los aconte­
cimientos, dado que ya en 1475 recibió tal nombramiento el conde de Tendilla, D.
Iñigo López de Mendoza, que fue recibido por la ciudad como asistente el 2 de
junio; y bien que le agradeció el concejo sus servicios, pues el 24 de julio le mandó
librar, además de su sueldo de 1.300 mrs. diarios, otros 300.000 mrs,

en equivalencia de las costas e gastos que ha fecho en la venida


ven que vino a traer la
paz e concordia entre los señores duques de Medina e marqués de Cáliz, la cual el
fizó e asentó entr'ellos, de que Dios Nuestro Señor e el rey fueron servidos e toda
esta tierra alcanzó gran beneficio56.

He aquí, pues, el primer intento de mediación, al parecer fructuoso, entre el


duque y el marqués; la gestión de Tendilla hubo de estar apoyada por Gómez
Suárez de Figueroa, quien había sido enviado a Sevilla y Cádiz para poner paz0'.
A lo largo de 1477 hicieron su entrada en Sevilla primero la reina y meses
más tarde el rey, en cuyo honor se celebró un juego de cañas. La estancia fue pro­
longada, y durante este tiempo (casi año y medio) la ciudad volvió a engalanarse
LOS CONVERSOS EN UNA SOCIEDAD SEÑORIAL 33

para festejar el nacimiento del príncipe D. Juan, sin que ni antes ni después falta­
ran mil fiestas y alegrías, unas veces para celebrar el cumpleaños de la reina, otras
para honrar la primera misa de parida, el bautismo y ciertas fiestas solemnes, como
la de San Juan (el santo del niño), o la de Santiago; no se paró, en suma, de poner
talar-jueras para lidiar toros "en el su alcá£ar real"58. La ciudad, jubilosa con el pri­
me.--- : -ó a Da Isabel las mantillas, y la reina, en un rasgo de coquetería
: de sedas y lienzos sólo quiso recibir paños de brocados y encima
come;único proveedor, el mercader florentino Nicolás del Ñero, que se
aprov situación exigiendo el pago al contado de 400.000 mrs59. Asimismo
el caí ;ó una suma de 9.229 mrs. para costear

.* .: 'O e fruta que fizo dar por nuestro mando en la bevida e almuerzo que se
dio el día que fue bateado el muy ilustre señor príncipe de Castilla a toda la gente
que quiso venir a la casa de nuestro cabildo a beber el dicho día, con la juncia que
se echó desde el alcázar real fasta la Yglesia mayor.

A fin de poner digno colofón a tantos gozos, el 11 de setiembre de 1478 se cele­


bró una liza en el arenal, enfrente de las atarazanas, en la que rompieron lanzas los
caballeros aragoneses mosén Margarita (muy probablemente el Pedro Margarit del
segundo viaje colombino) y mosén Semenant, justa que contemplaron los reyes desde
un cadalso de madera adornado de paramentos. Pero no todo en Sevilla fueron fies­
tas. Los monarcas, durante esta larga permanencia en la ciudad, pulsaron la opinión
de los diferentes estamentos y prestaron oído muy atento a las múltiples quejas que
les presentaban unos y otros, quejas que no eran fáciles de contentar. Muy dura en
verdad les resultó a los soberanos la estancia en Sevilla, dividida entre los cortesanos
y los "jaboneros"; llovieron además sobre su actuación críticas de todos los bandos,
tanto de los partidarios de drásticas reformas —así un Alonso de Palencia, que vio ape­
sadumbrado cómo eran mantenidos en sus puestos hombres de la administración
anterior—, como de los nobles, que tampoco se fiaban de los nuevos vientos que corrían.
Había que contemporizar; y los reyes, convencidos de que la precipitación es siem­
pre mala consejera, tuvieron la virtud de ser flexibles cuando ello fue preciso.
Pronto se vio el resultado de la experiencia acumulada a fuerza de paciente
tacto. En primer lugar, los monarcas recordaron el vigor de viejas prohibiciones,
como la de que los oficiales del cabildo dependieran de los nobles, proclamando
antes una amnistía de los excesos habidos en "los grandes alborotos e guerras” de
otros tiempos40. Los éxitos diplomáticos del conde de Tendilla hicieron asimismo
54 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

aconsejable la creación de una asistencia fija, que empezó a desempeñar el 3 de


agosto de 1478 Diego de Merlo, con salario de 400.000 mrs. "por tienpo de un
año”41, asistencia que se reveló como un puesto tan necesario y eficaz que lo que
estaba pensado para un año se perpetuó sin interrupción a lo largo de toda la
Edad Moderna. Con objeto de realzar el nuevo cargo se procedió a concc... en
él los máximos poderes posibles. Y así, aunque en la turbulencia de los . )S
tiempos los monarcas habían concedido la tenencia de los alcázares al < le
Medina Sidonia42, recayó en Diego de Merlo, tras una breve tenencia . O

de Silva45, la alcaidía tanto de los alcázares como de las atarazanas, q s,


incluso en 1477, habían solido desempeñar personas diferentes44. Despuc ¿i
despejar cualquier duda sobre el rumbo de su política futura, los reyes ce . :e-
ron asimismo la una y la otra a su hijo, Juan de Merlo, el 20 de junio de 1482,
poco antes de la muerte del asistente45. Y no está de más recordar que a Diego de
Merlo se debe la introducción de un cambio radical en la política marítima que,
aunque recibió muy duras críticas por parte de Alonso de Palencia46, demuestra
su certera visión de futuro: la sustitución de las antiguas galeras por las nuevas
carabelas en la armada de Sevilla.
Vino muy pronto la pacificación de la tierra alborotada, primero por la inme­
diata amenaza bélica de Portugal, que obligó a mantener tropas en la frontera
(Aroche, Encinasola); y en segundo término se restableció la seguridad en los
caminos gracias a la creación de la Hermandad (19 de abril de 1476), aun a costa
de impuestos elevadísimos que provocaron quejas incesantes entre los nobles y la
facción afecta47, hasta el punto de que se rumoreó a finales de 1476 que el Medina
Sidonia estaba a punto de tomar o había tomado el alcázar, metiendo en él cerca
de cuatrocientos conversos48. La verdad es que no era para menos: a partir de
1479 el mantenimiento de la gente de la Hermandad le valió a Sevilla la suma
astronómica de 2.900.000 mrs. anuales, de los que 1.300.000 mrs. correspondie­
ron al cuerpo de la ciudad y 1.600.000 a su tierra; de todas formas, y si bien se
piensa, se trataba de cantidades no tan exorbitantes para unos ciudadanos acos­
tumbrados al costo todavía más elevado de las parcialidades y banderías, de esas
"rentas que tiránicamente y durante largos años había estado usurpando 49 el
Medina Sidonia. Y hay que advertir asimismo que, para evitar en lo posible el
descontento, el 4 de agosto de 1484 los reyes decidieron que los pagos de la
Hermandad se efectuaran por repartimientos, siempre más justos, y no por impo­
siciones, como se había hecho al principio.
LOS CONVERSOS EN UNA SOCIEDAD SEÑORIAL 35

Después, el objetivo principal fue convertir la guerra de cristianos en guerra


de moros, anulando en consecuencia las rencillas aristocráticas: en 1482 tenía ya
lugar aquella toma de Alhama tan cantada y celebrada por los juglares cortesa-
La última baza se jugó mucho más tarde, en 1502, cuando los monarcas se
< ron a reclamar al duque de Medina Sidonia la plaza de Gibraltar, que éste
sin rechistar, por mucho que le pesase. La nueva frontera, en definitiva,
a estar por entero en manos de los reyes, sin más ingerencias ni pretensio-
lobiliarias. El triunfo de una política inteligente y tenaz había sido completo,
...izando éxitos en el terreno político y militar que sólo unos años antes hubie-
? . n parecido un sueño.
56 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Notas

1 Tate-Alemany, Alfonso de Patencia. Epístolas latinas, II, p. 39.


2 Es la cifra que da M. A. Ladero, Historia de Sevilla. La ciudad medieval (12J8-1-Í92). Sevilla. 1989,
p. 68; cf. asimismo A. Collantes de Terán, Sevilla en la Baja Edad Atedia. La ciudad y ■obres,
Sevilla, 1984, p. 157ss.
3 A.G.S., Contaduría, 100.
4 Ma Valentina Gómez Mampaso hizo un estudio general basado en un total de 185 peí ■ -lega
a resultados coincidentes, con oficios menos variados ("Profesiones de los judaízan ño-
les en tiempo de los Reyes Católicos, según los legajos del Archivo Histórico Nac . J.
Pérez Villanueva, La Inquisición, p. 671 ss.).
5 Cf. sobre estos oficios S. Montoto, Sevilla en el imperio, p. 131ss., 138ss. Las Ordenanzas r. has
por el rey e la reina, nuestros señores, sobre los paños, impresas en tetras de molde en la ciudad de Sevilla por
Niculoso de Atonardis ginoves (utiliza la edición de Granada, 15 de setiembre de 1500), conciernen
sobre todo a los tejedores, perailes, tintoreros, tundidores: no podían tener más de un oficio y
antes de desempeñarlo habían de pasar un examen.
6 Tomo la definición de Corominas-Pascual (DCECH, I, p. 317 b 19), que la citan para ex pilcar el
portugués farpar.
‘ Uno de estos tundidores, Pedro González de Gibraleón, fue desterrado de Sevilla por tundir en
día de fiesta. Se le alzó el destierro el 8 de febrero de 1478 (Sello, II, n° 276 [p. 37]).
8 Era lógico si se piensa que los conversos tenían que sacrificar reses a hurtadillas para obtener
carne kasher, no iban a desperdiciar la piel..El de curtidor "era oficio, por su naturaleza, no muy
bien mirado” (Montoto, Sevilla en el imperio, p. 124). La ley nonagésima de las Leyes del quaderno
nuevo de las rentas de las alcavalas efranquezas fecho en la vega de Granada (10 de noviembre de 1491),
por la que los reyes mandaban "que persona alguna no mate carne alguna para vender salvo en
la dicha carnicería pública [la de Minjoar]... e que no meta a la dicha cibdad carne muerta ni
viva para vender salvo por la dicha puerta de Minjoar e non por otras partes ni puertas no era
sólo una medida económica: tenía, además, un alcance policíaco de vigilancia religiosa.
9 ‘Chicarreros’ es la forma que recogen el Vocabulario andaluz de Alcalá Vcnceslada (1933) y
Corominas-Pascual, DCECH, II, s.v. ‘chico’, p. 351 b 19. Dieron nombre a una calle de Sevilla
(DHCS, I, p. 208), cf. S. Montoto, Sevilla en el imperio, p. 127.
10 Recuérdese que el incidente que dio origen a la matanza de los conversos cordobeses en 14/5
ocurrió precisamente en la calle de la Herrería. ¿No pudo ser un converso el incitador, el herre­
ro Alonso Rodríguez?
II Obsérvese que la antigua calle de Arqueros pasó a llamarse Cerrajería en el s. XVI (DHCS, I, p.

202).
12 Memorias, XLIII (p. 98). Compárese esta lista con la que da, pero de los judíos expulsos, A.
Berna!: "Todos eran mercaderes c vendedores e arrendadores de alcabalas c rentas de achaques,
e fazedores de señores, e oficiales tondidores, sastres, zapateros, e cortidores, e zurradores, texe-
dores, especieros, bohoneros, sederos, herreros, plateros e de otros semejantes oficios; que nen-
guno ronpfa la tierra ni era labrador ni carpintero ni albañí, sino todos buscavan oficios holgados
e de modos de ganar con poco trabajo" (Memoria.,, CXII [p. 257]). Como se ve, los conversos
LOS CONVERSOS EN UNA SOCIEDAD SEÑORIAL 37

pudieron cambiar de religión, pero no de oficio. No convencen los esfuerzos de B. Netanyahu


{The Origina aj the Inquiaitian, p. 1 137ss.) por igualar las profesiones de conversos y cristianos vie­
jos, borrando todas las diferencias entre unos y otros; desgraciadamente, no fue así.
H. Kamen, La Inquisición, p. 204.
C • Tumba, I, p. 145.
lo reconoció Pedro de Vique en su testamento, otorgado el 2 de febrero de 1522 (A.C.S.,
i ndo Gestoso, XXXI, f. 43 lv).
J. de M. Carriazo, “Los Anales de Garci Sánchez, jurado de Sevilla", Anales De la Universidad
palenee, XIV (1953) 53.
¿•obre lo que llamó "pacificación de Andalucía” escribió excelentes páginas el mejor conocedor
!c la época, L. Suárez Fernández, La España de las Reyes Católicas (1)7-1-1516), ¡Madrid, 1969, I,
• >. 268ss. (vol. XVII de la Mistaría de España dirigida por R. Menéndez Pidal). Cf. asimismo M.
A. Ladero, Andalucía en el sigla A'V, Madrid, 1974, p. 129ss. y en general Lea, Mistaría, I, p. 20ss.
Expuse por primera vez algunas de estas ideas en "Sevilla: De 'feudo’ nobiliario a puerto de las
Indias’, G. Airaldi-S. Fossati Raiteri, La Spagna neU’eta di Calomba, Genova, 1995, pp. 65-101.
Algunos documentos del Archivo de Protocolos de Sevilla se refieren a las turbulencias de aque­
lla época. Así, el 12 de octubre de 1471 Luis Sánchez, escribano de obra, hijo del bachiller
Francisco Sánchez, difunto, se concertó con Pedro García, pescador, a "servir por él en qual-
quiera de las galeas que Sevilla e el señor don Enrique de Guzmán, duque de ¡Medina, agora
armava e avía de armar contra las gentes del marqués de Cádiz, que faze guerra a esta dicha
9¡bdad c su tierra" desde el 13 de octubre por un mes por 600 mrs. (A.P.S., IX [= 17415]). A
los efectos devastadores de la guerra se sumó la sequía (cf. la anotación del escribano en A.P.S.,
IX [= 17415], p. 1 f. 9r martes, 15 de octubre de 1471).
18 A.M.S. La documentación está ordenada por los años respectivos, mientras no se indique lo contrario.
19 En 1473, después de una fugaz tregua, volvieron los nobles a las hostilidades, de modo que el 20
de julio de 1473 el concejo tuvo que descontar a Alonso de la Fuente 1.111 mrs. que se había
gastado en reparar el molino; y el 20 de mayo de 1474 se encomendó a los vecinos de Alcalá
Juan de Guzmán y Alonso Sánchez Zorro que guardasen el agua de los caños en Alcalá. Pero
los molinos tardaron tiempo en reponerse del todo, como demuestran una y otra vez los pape­
les del mayordomo de Sevilla.
20 Crónica de Enrique IV, Década 1,8 5 {BAE 258, p. 258 b). Allí cuenta el historiador los peligros
que acechaban en los caminos a los viandantes.
21 Aíemarialde diversas hazañas, cap. LXIV {BAE 70, p. 64 a).
22 Para que un término comparativo arroje luz sobre el valor de estas cantidades, conviene reseñar
que el mayordomo arrendaba entonces las rentas de los propios de Sevilla por una suma anual
de 1.141.449 mrs., que subió a partir de 1476, con el mayordomazgo de Jaén y Pocasangre, a
I. 341.550 mrs. anuales.
23 Las imposiciones del duque fueron aprobadas políticamente por la reina el 10 de mayo de 1477,
como echadas para cosas cumplideras a su servicio {Tumba, II, pp. 22-23). En cuando al pedi­
do, lo reclamó la reina el 20 de noviembre de 1477 {Tumba, II, p. 12/ss.).
24 Y por cierto, un Miguel de Urresti era maestre de una nao, fondeada en 1471 en el Puerto de
Santa María, procedente de Africa (de ahí que en su cargamento figurara la "manegueta”y dátiles),
que fue robada por la armada de Sevilla {Tumba, II, p. 168ss.). La nave de Juan Pérez de
58 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Urresti se llamaba la ''Trinidad’’; quizá no esté de más recordar que una "Trinidad”, propiedad
de Juan Fernández del Alcoba, se dirigió cargada de mercaderías a las islas de Cabo Verde en
1499 (cf. mi trabajo “De Sevilla a Lisboa: aspectos de una relación secular”, Portugucoe StuDieo,
VIH [1992] 48-49): ¿será la misma?
25 Algunas escrituras relativas a esta armada en Bono-Ungueti, Protocolad, pp. 170-71. /.Ion- » de
Palencia {Crónica De Enrique IV, Década II, 8 3 [B/LE 258, p. 97]) hace sucinta kisto * * ’«_• ios
combates marítimos, alabando mucho la valentía del alcalde de Sanlúcar Diego de \ : ;ue
copó a los del marqués en las actuales Oreadas (y no Furcadas, como traduce Paz ;
26 Relata las peripecias del asedio A. de Palencia, Crónica De Enrique IV, Década II, 9 .>8,
p. I21ss.).
2/ Analco, III, p. 55.
28 En 1480 un Guzmán atentó contra la vida del alguacil de Alcalá Diego Martínez de L .a,
apostándose en casa de un judío {Tumbo, III, p. 266).
29 Aíemoriao, cap. IV (p. 16 Gómez Moreno-Carriazo).
30 Crónica De Enrique, IV 5 {RAE 258, p. 39 a).
31 Diego Valera, Memorial De Diverdad bazanao, cap. LXIV {RAE 70, p. 64 a).
32 De ello se queja amargamente A. de Palencia, Crónica De Enrique IV, Década II, 9 8 {RAE 258, p.
128ss.); III, 2 2 (p. 185 b). Sobre el despojo que se les hizo después cf. Década III, 27 5 (p.
309ss.).
33 "Los genoveses y Sevilla a fines del siglo XV”, El libro De loo privilegiad conceDíDod a loo mercaDered
genoveoeo eotableciDoo en Sevilla (digloo XIII-XVI), Madrid, 1992, p. 34ss.
3-1 Recojo en esta nota los nombres de los restantes mercaderes y el número de cahíces que se com­
prometieron a dar: "el señor” Alonso de Velasco (100); Diego Moreno (50); Martín de Sevilla
(15); el mercader Alonso González (60); Pedro Díaz de Ocaña (20); Diego González de Lebrija
y su hermano Francisco González (10); el candelero (escrito "gendalero”) Lope Ortiz (10); el
"tendalero” Tomás, vecino en calle de Francos (10); Andrés de Toledo (20); Rodrigo de Palma
(20); Gonzalo González de Carmona (10); Gonzalo Martínez, hijo de Ruy Martínez de los
Cueros (25); Manuel González de Plasencia (20); Juan de Marchena (10); Fernando García de
Córdoba (40). Muchos de ellos llevan apellido judío, pero me falta la comprobación definitiva.
35 Así p.e. Ortiz de Zúñiga, Analco, III, p. 99.
36 Bien es verdad que muy pronto D. íñigo dejó por su teniente al doctor Fernando González de
Monzón, a quien la ciudad libró 50.000 mrs. el 4 de julio de 1474. El sueldo se pagó de imposi­
ciones extraordinarias, aprobadas por la reina el 10 de mayo de 1477 {Tumbo, II, pp. 22-23).
Sobre Tendilla, el mecenas de Pedro Mártir de Angleria, habla de pasada A. de Palencia,
Crónica De Enrique IV, Década II, 9 3 {RAE 258, p. 122).
37 Se le dio el poder el 26 de abril de 1475 {Tumbo, I, p. 19ss.).
58 Txis procuran noticias sobre el coste de la lidia con los siguientes resultados:
pagos nrocuran
Los nairos
Proveedor mrs. toros día
Diego de Trigueros 15.300 6 San Jorge
Alonso Fernández 15.000 6 Santiago
Pedro Díaz de Gibraleón 20.000 8 Bautismo
20.000 8 Misa de parida
Juan Ruiz
14.900 6 San Juan
Pedro de Llerena
LOS CONVERSOS EN UNA SOCIEDAD SEÑORIAL 39

A título comparativo, y para nuestra sorpresa, bueno es señalar que doce toros en los desposo­
rios de la infanta Isabel costaron 22.200 mrs., según libramiento hecho el 17 de mayo de 1-490.
39 Por esta razón Sancho Díaz de Medina, almojarife, no pudo cumplir con esa cantidad y “la «jib-

dad e el dicho mayordomo ovo de los buscar e baratar, en que se perdieron” 32.000 mrs., que
>.• reclamaron al almojarife. Pidió éste descuento, y los diputados de la ciudad se lo concedie-
el 31 de marzo de 1-479 por una suma de 20.000 mrs.
ta del 7 de febrero de 1-478 (Tumbo, II, p. 184ss.).
lombramiento data de un día antes, del 2 de agosto (Tumbo, II, p. 230).
’ ambo, I, p. 51ss.
nombrado el 27 de setiembre de 1-478 (Tumbo, II, p. 250 y 277, cf. Sello, II, n° 1158 [p. 163],
i 728 [p. 243], 2304 [p. 325], 2471 [p. 349]).
• ’ue nombrado ese año alcaide de los alcázares Brionesy de las atarazanas Francisco de Madrid
(cf. Alonso de Palencia, Crónica De Enrique IV, Década III, 29 9 [BAE 267, pp. 49-50]).
Cf. Tumbo, III, p. 237ss.
Guerra De Granada, Libro II (BAE 267, p. 89 a).
Cf. A. de Palencia, Crónica De Enrique IV, Década III, 27 1 (BAE 258, p. 302ss.). No deja de ser
curioso que el mismo Palencia, conocedor de la turbulencia desatada por la creación de la
Hermandad, diera a los reyes informes optimistas (Tumbo, II, p. 30). En Sevilla y su tierra la
Hermandad no estaba constituida plenamente todavía en mayo de 1477 (Tumbo, II, p. 40). Cf.
Tumbo, III, p. 19ss.
■*8 Así lo dice un testigo presencial tan bien informado como Alonso de Palencia, en su Crónica De
Enrique IV, Década III, 28 6 (BAE 267. p. 21).
-19 Son palabras de una persona tan afecta en principio al duque como Alonso de Palencia, Crónica

De Enrique IV, Década III, 27 1 (BAE 258, p. 302 b).


II. LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA

A solapada guerra de los reyes contra la nobleza de Sevilla, no obs-


tante, se libró en varios frentes, y en uno de ellos, el económico, la
victoria resultó muy costosa. Desde el punto de vista de los monar­
cas, el programa a seguir no podía estar más claro: no sólo había que vaciar de
contenido real el inmenso poderío de los magnates, sino que era menester cerce­
nar en lo posible su pujanza económica, todo ello dentro de un orden y respetan­
do los privilegios, como es lógico, pues no se trataba ni mucho menos de hacer
una revolución, sino de implantar la ley, evidentemente la ley de la Corona. Pues
bien, desde tiempo inmemorial judíos y conversos habían buscado cobijo al socai­
re de los nobles, recelando del poder real absoluto y prefiriendo en lo posible la
dispersión a la unidad: que no en vano las grandes exaltaciones nacionalistas se
han celebrado siempre a costa del sufrimiento de las minorías religiosas, tanto en
la Cristiandad como en el Islam1.
En las medidas anticonversas, que habían de encontrar muy favorable aco-
gid.a en la plebe, influyeron asimismo otras razones de peso. No cabe descartar
que una consideración populista pesara en el ánimo de los soberanos, necesitados
de apoyo frente a una aristocracia indómita y al tiempo menesterosos de dinero,
que provenía de unos pecheros poco amigos de la Sinagoga y de sus hijos, por
muy bautizados que estuviesen. Tampoco cabe negar que los acuciara la idea de
afianzar la unidad religiosa en todos sus reinos2, ni se debe olvidar que ambos —y
sobrje todo la reina- eran profundamente cristianos y pudieron sentirse escanda­
lizados y hasta heridos ante el verdadero alcance de la apostasía judaizante. La
creación de la Inquisición halagó por añadidura los sentimientos racistas que
pudiera tener el pueblo llano, aspecto éste en el que ha insistido mucho B.
Netanyahu3; y racismo existió sin duda, si bien conviene reconocer que a lo largo
42 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

de la historia los judíos no fueron precisamente unos ciudadanos cómodos para


los pueblos con los que les tocó convivir, empezando por griegos y romanos; y
más incómodos todavía resultaron los judaizantes por disponer de una coartada
religiosa que los exoneraba de culpas ante la mayoría. Estas causas son obvias;
mas tampoco hay duda de que, cuando se decidieron a sentar la mane •; ris-
tianos nuevos, el objetivo de los reyes fue también político y económi la
tan sutil como difícil tarea de contrarrestar la prepotencia de los noble de
empezar por socavar el sostén que les prestaban judíos y conversos . ién
bajo este aspecto las medidas antijudaizantes encontraron favor popula. nar
la supuesta soberbia de una pudiente burguesía que se ganaba con su i re­
sunción el odio de la clase más desheredada: la que pensaba que trabajar con el
intelecto y ganarse la vida comerciando no suponía esfuerzo alguno, ya que no se
veía correr el sudor de la frente. En este momento hemos de volver al hilo de
nuestra historia.
Nada más llegado a Sevilla, el flamante asistente Diego de Merlo'1 puso
manos a la obra que le había sido encomendada, llevándola a cabo con una efica­
cia pasmosa que se vio redoblada por la presencia de los reyes en la ciudad. En
1478, cuando tomó posesión de su cargo, ocupaban el mayordomazgo de la ciu­
dad dos cristianos nuevos, Tomás de Jaén y Alemán Pocasangre, los dos poco
populares —pero, ¿cuándo son gratos los ministros de Hacienda?—y quizá ya cri­
ticados por sus prácticas judaizantes. En un corto espacio de tiempo Merlo se las
arregló para que el 30 de junio de 1479 el cabildo secular decidiera romper todos
sus compromisos legales con los titulares y sacara a nueva puja el mayordomaz­
go, que esta vez se remató en Juan de Sevilla, otro converso, pero quizá más reca­
tado y desde luego más sumiso que los anteriores6. Quejas y protestas de poco sir­
vieron a Jaén y Pocasangre, que pronto hubieron de encarar otro problema
mucho más grave todavía: el establecimiento de la Inquisición en 1480.
Dista mucho de ser un azar que el primer tribunal del Santo Oficio tuviera
su sede en Sevilla, ciudad donde pululaba la pravidad herética, sí, pero también
donde tantas cabezas altaneras había que humillar, empezando por la del sempi­
terno protector de los cristianos nuevos, el Medina Sidonia. En efecto, no es de
creer que en la ribera del Betis el peligro de herejía o apostasía fuera mayor o más
alarmante que en Toledo o en Burgos; lo que entrañaba más riesgo era su repre­
sión, precisamente por encontrarse los conversos hispalenses en una nebulosa
periferia y muy validos del duque. El establecimiento del Santo Oficio obedeció
LA LLEGADA DE L/\ INQUISICIÓN A SEVILLA 43

a causas religiosas que nadie pone en duda, pero el lugar de ensayo se eligió por
otros motivos políticos no menos evidentes.

1. Los judaizantes, en entredicho

durante la primera estancia regia en Sevilla (1477-1478), en la que se cele-


•’.n importante sínodo para reformar una vez más las poco santas costumbres
. Iglesia, un dominico del convento de San Pablo, fray Alonso de Hojeda,
en noticia de los monarcas las mil tropelías cometidas a su juicio por los con-
■i sos, entre ellas las blasfemias sacrilegas proferidas en la noche del Jueves
Santo . Sus lamentaciones y exigencias se vieron secundadas por otras personas;
parece indudable que también el cardenal D. Pedro González de Mendoza, arzo­
bispo de Sevilla (14/4-1482), hombre vividor y acomodaticio —una pacienta suya
se había casado con un hijo o sobrino del famoso converso Diego Arias (el padre
del obispo de Segovia Pedro Arias)8—, se quedó muy impresionado al oír los ale­
gatos del fraile y cargó las tintas al trasladar a los monarcas su propia preocupa­
ción: los cristianos nuevos ni eran cristianos ni judíos, sino 'ereges e sin ley’*,
luego, como herejes que eran, bien merecían un castigo ejemplar. El Cura de los
Palacios resumió a la perfección los reproches que se les hacían:

Nunca dexaron el comer a costunbre judaica de manjarejos e olletas de adefinas e man-


jarejos de cebollas e ajos refritos con aceite; e la carne guisavan con aceite, e lo echavan
en lugar de tocino e de grosura, por escusar el tocino. E el aceite con la carne e cosas
que guisan hace oler muy mal el resuello, e así sus casas e puertas hedían muy mal a
aquellos manjarejos; e ellos esomismo tenían el olor de los judíos, por causa de los man­
jares e de no ser baptizados... No comían puerco sino en lugar forzoso; comían carne
en las cuaresmas e vigilias e quatro ténporas en secreto. Guardavan las pascuas e
sábados como mejor podían; enbiavan aceite a las sinagogas para las lánparas. Tenían
judíos que les predicasen en sus casas de secreto, especialmente a las mugeres.
Tenían judíos rabíes que les degollavan las reses e aves para sus negocios; comían pan
cenceño al tienpo de los judíos, carnes tájeles, haciendo todas las ceremonias judaicas
de secreto, en cuanto podían, asi los honbres como las mugeres^.

El Libro del alboraujue, que circuló profusamente en copias manuscritas (una


se hizo en Sevilla el 15 de diciembre de 1489)10 e impresas (como la aparecida
recientemente en Barcarrota), hizo una disección despiadada del converso,

k__
44 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

tachándolo de hipócrita, pseudoprofeta, cruel, inhumano, engañador, traicionero,


pomposo, soberbio y mil cosas más, hasta lanzar la acusación de que “la sodomía
es venida de judíos : como que la había practicado el ya mentado Diego Arias,
cifra de todos los vicios. El autor —quizás él mismo un cristiano nuevo— se atrevió
a más, sosteniendo que entre los conversos de Castilla apenas se encon < ¡ un
hereje, mientras que “en el reino de Toledo, Murcia, Andalucía y Est” mac ira
apenas hallaredes de ellos christianos fieles”. Era una falsa doctrina q ¡a
haber suscrito Torquemaday que hubo de ser muy común en aquel tiern; ;, .es
el mismo rechazo a la sospechosa fe del hombre meridional rezuma el 7h 'n-
tra la carta del protonotario del canónigo toledano Alonso Ortiz: “No es de ¡nar .vi-
llar que sin razón e discreción el pueblo blasfeme, viendo la multitud tan grande
de los malos en el Andaluzía”11. V encima este gatuperio se arropaba en el caso
del Libro del alboraique con negras pesadillas apocalípticas, que auguraban un pró-
ximo fin del mundo y, como aperitivo, una nueva destrucción de España a causa
de los pecados de sus habitantes (es decir, de los conversos).
La odiosidad del judaizante se acrecentó al trazar los escritores cortesanos un
cuadro repulsivo de las costumbres de los hebreos, a los que para atraer inquina acu­
mulada sobre sí ya les bastaba con ser publicanos y usureros, sin contar con los
horrendos crímenes rituales que se les achacaban. Lucio Marineo Sículo, un antise­
mita tan furibundo como su compatriota Cataldo, se regodeó al contar varias veces
una anécdota que encarecía la asquerosidad repugnante, la turpitudo ludaeoram: ¿qué
se podía esperar de unos hombres a los que en el sábado, el día de descanso total, el
único acto que les estaba permitido hacer era limpiarse el trasero con el dedo?12.
Para colmo, algunos judíos, por miedo, adulación, servilismo o abyección moral, se
habían encargado de denigrar a su propio pueblo, enlodándolo con los más soeces
insultos y denuestos: los decires e invectivas que se leen en el Cancionero de Baena (las
de Alfonso Álvarez de Villasandino contra Danihuelo o Alfonso Álvarez Semuel,
p.e.) y en otras colecciones de poemas, por no hablar de las Copiad de Mingo Recaigo1 y.
Algunas noticias sobre la vida y prácticas religiosas de estos conversos sevi­
llanos pueden entresacarse de los testimonios que dieron al verse citados ante el
Santo Oficio de otras diócesis. Valga por todos un ejemplo14. El sedero Juan Álva­
rez de Sevilla, hijo del toquero sevillano Alonso Álvarez, confesó en 1486 ante la
Inquisición de Toledo que, antes de establecerse en esa ciudad, había sido apren­
diz en Sevilla de un platero judío, D. Mair Abenbilla, y que después había vivido
Sevilla de
hacia 1464 en casa de dos toqueros, Juan Peón15 y Alonso López (S 1494 n° 77);
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 45

ambas familias seguían la ley de Moisés y tenían un mozo judío que las proveía
de carne kajher16. La misma observancia guardaban en su propia casa los padres
de Juan, Alonso Álvarez y Beatriz Álvarez, que emigraron con cuatro de sus
¡. Toledo hacia 1481, al parecer huyendo —vano empeño— de la Inquisición.
~ cíe la familia del sedero sufrió, por tanto, prisión en Toledo. Otra parte
■ • en Sevilla: allí fueron reconciliados sus tres hermanos (el colchero Pedro
. . Jo, marido de Isabel Rodríguez [S 1494 n° 663]; Isabel Álvarez, mujer del
■ :..dor Francisco de Carmena [S 1494 n° 764], y María Álvarez, mujer del
. . c- Diego González [S 1494 n° 1004]). Excusado es decir que las puertas
dcí sedero estuvieron siempre abiertas a los conversos sevillanos que visitaban
i oledo: Leonor, una hija de Andrés Fernández (muy probablemente el huido
Andrés Fernández de Córdoba), fue a cenar a su casa “un día del ayuno mayor”.
Otras veces dio cobijo a perseguidos judíos, a los que hacía salir después por un
postigo para encubrir sus personas. Juan declaró haber pecado contra la fe cris­
tiana encendiendo los candiles el viernes por la noche, poniéndose camisa limpia
los sábados, ayunando el Yom Kippur, comiendo pan cenceño y absteniéndose de
probar carne y pescado prohibido.

2. Los primeros tanteos. La pre-inquisición de fray Femando de Talaveray


su impugnación

En 1478 el cardenal Mendoza encomendó la evangelización de tanto con­


verso recalcitrante como pululaba en su diócesis a una persona de su entera con­
fianza: el jerónimo fray Fernando de Talavera, a la sazón prior del monasterio de
Santa María de Prado, que contó para realizar su labor con la ayuda y consejo de
D. Pedro Fernández de Soiís, obispo de Cádiz y provisor del cardenal en la
Iglesia de Sevilla17. Fray Fernando era él mismo converso, por lo que se suponía
que su predicación surtiría mayor efecto sobre los relapsos en el judaismo. Los
argumentos persuasivos que esgrimió el jeronimo salieron del arsenal de la apo­
logética antijudía. Una vez más se recordó que todas las profecías se habían cum­
plido en Jesús, luego no había lugar ya para la Ley Vieja, que había quedado des­
provista de fundamento mesiánico'». Y una vez más se insistió en que el pueblo
de Israel había pasado a ser el pueblo cristiano, por lo que a éste le correspondían
en exclusiva las bienaventuranzas prometidas al pueblo elegido en el Antiguo

Testamento19.


46 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Aparte del debate doctrinal, los sermones de Talavera tocaron otros temas
más pedestres, pero de mayor actualidad y quizá por ello más interesantes para
nosotros. Los judíos, siguiendo una costumbre inveterada, enterraban a sus
muertos fuera de la ciudad. Ésta era la razón por la que muchos cristianos sólo
de’nombre elegían como lugar de sepultura los corrales de los monasteri s que se
alzaban en los arrabales de Sevilla, como los de San Agustín o San ’ El
Jerónimo, sabedor de la causa última de tal preferencia, no llegó a pro­ es
enterramientos suburbanos, pero sí instó a que se dejara de guardar es
bre, usándose en adelante como sepultura las iglesias parroquiales20. L se
verá el triste fin que tuvieron estos cementerios.
En su lucha por desarraigar estay otras costumbres contrarias a la i•' .<?- -ón
cristiana, fray Fernando no perdió ocasión de afear pública y privadamente su
yerro y apostasía a los judaizantes, poniéndoles de manifiesto la magnitud de las
penas que les esperaban si salían a relucir sus delitos21. Es más: con el refrendo
del provisor y del cabildo eclesiástico, Talavera elaboró unas ordenanzas “para
que la religión y vida cristiana creciese y luciese en aquella muy noble ciudad y
en sus monarcas"22. Dos de ellas nos son conocidas en su tenor literal. La prime­
ra ordenaba que en todas las casas cristianas hubiese alguna imagen de la Cruz u
otra pintura de la Virgen o de los santos, para incitar a devoción a sus morado­
res25. La segunda prohibía lavar a los muertos, como preconizaba el ritual
hebreo2*1. Aún sabemos de otra disposición, que vedaba comer carne degollada
según el ceremonial judío25. El cardenal Mendoza aprobó estas ordenanzas y, a
modo de institución de la doctrina cristiana —"la forma que el christiano deve
tener desde el día que na$e"—, las mandó poner en tablas en todas las puertas de
las iglesias con edictos que amenazaban con severas penas a los desobedientes; al
mismo tiempo se encargó a los sacerdotes que instruyesen en la fe católica a su
variopinta feligresía26.
Todas estas medidas conducentes a la extirpación del criptojudaísmo culmi­
naron en la sanción y establecimiento del Santo Oficio. Los trámites seguidos son
oscuros27. A nuestro objeto basta con decir que el 1 de noviembre de 1478 Sixto
IV concedió licencia a los Reyes Católicos para nombrar inquisidores a presbíte­
ros o religiosos que fueran mayores de 40 años de edad: se achacaba la culpa de
guerras, matanzas y demás calamidades a los conversos, chivos expiatorios de la
anarquía general en que se habían sumido los reinos. Y aquí surge la pregunta: ¿se
aprovechó de inmediato esta licencia para desarraigar por la fuerza la herejía ?
L/\ LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 47

Algún conato hubo de haber, sin duda ninguna, aunque por medio de la predica­
ción se tratara de evitar la adopción de medidas draconianas. El propio Talavera
declaró sin ambages que los relapsos “en algunos casos deben morir’’; y es más,
añadió que se le reprochaba que “esto [la relajación al brazo secular] se fizo
agora", ;■< i ¡riéndose acto seguido a la “inquisición que entonces hicieron en
Se , . erendo obispo de Cádiz [Solís] y el prior de Prado”28. En este caso
equivale a “pesquisa”; pero las palabras empleadas indican que en
es: . se empleó la fuerza y que hasta se amenazó a los recalcitrantes con
k ; . •erte; de todas formas, no queda claro si por este “agora” se entien-
G. • ■ ¡478 o el de 1481, cuando ya había comenzado a funcionar el Santo
Oí :<.
Sea • orno fuere, en noviembre de 1479 el escribano de Sevilla Luis García
de Celada empezó a estampar en el registro de su oficio fervorosas jaculatorias al
inicio del trabajo diario29. Esta febril manía cayó muy pronto en el olvido más
absoluto, incluso cuando le llegó al escribano la hora triste de asistir al entierro
de su mujer. Tanta piedad efímera revela, a mi juicio, el desasosiego de Celada
ante la amenaza que se cernía sobre su casta. El miedo al castigo hizo que algu­
nos conversos, como Gonzalo de Córdoba —que tenía el significativo apodo de
Malosdomingos porque sin duda se le atragantaba la observancia dominical—, se
apartaran algún tanto de las ceremonias judaicas y no permitieran que su familia
las celebrara tan en público. La intranquilidad y el pavor se apoderó de otras
familias, induciéndolas a emigrar en 1480 “al regno de Granada e a otras partes...,
por bivir más libremente en su infidelidad’’50.
Las medidas coercitivas de Talavera, cuyo verdadero alcance se nos escapa,
levantaron grandes ampollas en la sociedad conversa. En 1480 apareció en Sevilla
un libelo anónimo, escrito por un eclesiástico cristiano por los cuatro costados
—como él decía— o más bien por un “obstinado y malicioso judío’’ —como sospe­
chaba Talavera—51, en defensa de los conversos, calificados de “gente sabia e de
gentil ingenio’’52. El librito arrancaba en forma profética, remedo de Jeremías 31,
26. Una voz oída en sueños despertaba al autor despavorido, instándolo a tomar
la causa de los amenazados55. La inspiración, pues, venía de Dios. No es de extra­
ñar que, encauzado por tan buen guía, el alegato entonase a continuación un ver­
dadero canto a la religiosidad de los conversos, a pesar de lo rebuscado a veces
de su argumentación, a la que no le faltaba ingenio ni desparpajo. El primer con­
verso había sido Jesucristo, que no innovó ley alguna, sino que vino a cumplir la
■48 LOS CONVERSOS Y LA ¡INQUISICIÓN SEVILLANA

ley de Moisés (Mateo, 5 17ss.), identificada con la ley del Padre (el Antiguo
Testamento): esto es, los principios verdaderos °sin los cuales ninguna criatura se
puede alumbrar y que todavía tenían vigencia (p.e., los diez mandamientos), como
aún seguían en vigor otros preceptos hebraicos que guardaba fielmente la Iglesia
(p.e., los diezmos y primicias, la confesión). Qu,enes como Talavera predi?‘bar con­
tra la ley de Moisés lo hacían “por sustentar las honréis”, por simple os- ny
vanagloria. En efecto, los conversos del judaismo eran los verdaderos c. s, y
esto se apoyaba con tres pasajes del Nuevo Testamento (Mateo, 15, 24, c! 22,
14; Juan, 10, 16), mientras que los conversos del paganismo (esto es, lo nos
viejos) conservaban adherida la costra de su gentilidad: pagana era 1 ría,
fomentada por la ordenanza de Talavera (toque iconoclasta que preludia y ! ero;
el autor se atrevió a llamar a las iglesias “casas de ídolos y osarios de muertos ), paga­
no el culto al mismo santo en diversos lugares, pagana la afición a comer carne de
cerdo; tampoco los conversos del paganismo creían bien en la Trinidad, pues Dios era
una sola persona y no tres (Marcos, 12, 29); pero es que ni siquiera el Papa y los car­
denales observaban la doctrina evangélica como era debido. Después venía la traca
final: las profecías de Joel (3, 2) y de Ezequiel (34) daban pie para esperar en breve
plazo “el tiempo en que será una ley y un corral y un pastor”, es decir, el reinado del
último emperador (el Rey Católico); lo cual, mirado desde la perspectiva judía, equi­
valía a decir que estaba a punto de dar jubiloso comienzo la era mesiánica.
El libelo mereció una refutación inmediata por parte de fray Fernando de
Talavera, escrita en 1481 e impresa tardíamente en Salamanca en 1487. Los judai­
zantes habían comenzado a arder en el brasero: habían recibido su merecido,
como apostilló Talavera34. Pero el autor, a quien Talavera no ahorró expresiones
de desprecio —“malvado parlero”, “necio malicioso”, “neciarrón”, “maldito here­
je”, “raposo malicioso”, “buznarro”—, había ido demasiado lejos en sus afirmacio­
nes, algunas de las cuales sonaban ya descaradamente a doctrina herética: era
como si resucitasen las ideas de Cerinto o de Ebión, propugnando una extraña
amalgama de judaismo y cristianismo. Por otra parte, la distinción entre conver­
sos de judíos y conversos de gentiles volvía a establecer —pero a la inversa— una
escala de valores ajena al espíritu cristiano. La osadía de tales planteamientos sig­
nificó el final de la inquisición blanda. A. Bernal sentenció lapidariamente que de
nada había valido el celo del cardenal Mendoza, “pues mudar costunbre es a par
de muerte”. La predicación de Talavera “dañó más que provecho”, observó no sin
cierta alegría otro polemista anónimo hacia 1481 ó 148233. Sin embargo, los reyes
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 49

apreciaron grandemente el método doctrinal y el esfuerzo misionero de Talavera;


tanto fue así, que lo nombraron arzobispo de Granada en 1492 para que prosiguie­
ra su labor evangelizadora esta vez en tierra de moros. Pero también cundió el con­
vencimiento de que, si se quería extirpar el cáncer de la “herejía”, había que pasar a
aplic- -s más duros. La escocedura de su frustración probablemente hizo
denv: . Talavera hacia posturas más rígidas. El fracaso del Jerónimo y la
desve bertad del defensor de los conversos fueron otra de las causas que
acarrea ¡plantación de una inquisición mucho más estricta e implacable.

5.1. uisidores, en Sevilla

El 27 de setiembre de 1480, malograda la prueba misional y más sujeta ya


Sevilla gracias a la energía del asistente, los monarcas se decidieron a aplicar la
bula papal no sin antes haber reestructurado la administración de los reinos en
las Cortes de Toledo, celebradas en enero36. Cautamente, en vez de nombrar
inquisidores a dos sevillanos, la elección regia recayó en hombres de fuera, como
más libres de herejía y más sueltos de movimientos: el maestro Miguel de Morillo
y el bachiller Juan de San Martín37. El primero, valenciano, “varón bueno y
amante de la paz y la quietud” amén de “docto, honesto y de esclarecidas cos­
tumbres”38, era provincial de la Orden de predicadores39; el segundo, burgalés,
vicario de los conventos de reformados de la provincia de Castilla y prior de San
Pablo de Valladolid40. Poco se sabe sobre su llegada a Sevilla, una ciudad que
nunca había recibido a tan incómodos huéspedes; sólo cabe presumir que hubo
de tener lugar a finales de noviembre de 1480: el 9 de noviembre los monarcas
dieron orden de que, allí por donde pasase la comitiva, se diese buena acogida y
posada gratuita tanto a ellos como a sus escuderos —luego llevaban escolta arma­
da*11—y a sus criados*12. Dícese, quizá con alguna exageración, que parte de la noble­
za salió a recibir a los inquisidores hasta una legua de la ciudad e incluso hasta
Carmona. Entrados en Sevilla, Morillo y San Martín presentaron al cabildo ecle­
siástico sus bulas y provisiones reales. A la salida de la catedral los cumplimentó el
regimiento, que junto con la nobleza y los prebendados los condujo a su cabildo. El
domingo siguiente se celebró una procesión general, a la que asistieron la clerecía y
las Órdenes religiosas43. No tengo más datos sobre la personalidad de los dos pri­
meros jueces dominicos, que se alojaron en el convento de su Orden, en San
Pablo; pero parece que alguna rama de los Morillo estaba ya asentada en Sevilla:
50 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

de esta familia salieron prebendados44, mercaderes (Pedro de Morillo)45 y corre­


dores de lonja (Cristóbal de Morillo). Con ellos llegó, para ayudarles como ase­
sor en las tareas inquisitoriales, el doctor Juan Ruiz de Medina, natural de
Medina de Rioseco, que después había de ser racionero (1488) y canónigo (1503)
de la Iglesia de Sevilla antes de alcanzar la mitra de Astorga, Badajoz, Cartagena
y Segovia (+ 1507)46. El 27 de setiembre de 1480 una cédula ordenó a' nte,
justicias y alcaldes de Sevilla y su tierra que prestasen a los inquisich . da la
ayuda que éstos requiriesen, dándoles las cárceles “para tener e guar- ore-
sos , si es que no querían tener prisión aparte, así como “cadenas e ge¡ odos
los aparejos que ovieren menester para la guarda de los dichos pres< . Otra
carta del 9 de octubre dispuso que las autoridades civiles no consintieran Litigio
ni alboroto ni escándalo alg'uno” y que, si alguien se desmandaba, se embargasen
sus bienes hasta nueva orden48. No puede decirse que Morillo, San Martín y Ruiz
hubiesen llegado a su destino desprovistos de cartas de presentación. Poco des­
pués de su entrada en Sevilla —no queda constancia de la fecha exacta— publica­
ron el primer edicto de gracia, exhortando a cuantos hubiesen cometido algún
delito de herejía a presentarse voluntariamente para confesar su crimen.

4. La “conjura” de los conversos

La llegada de los inquisidores causó natural inquietud y alarma a la minoría


conversa. Una antigua tradición49 relata que los cristianos nuevos más conspicuos se
reunieron a deliberar en la casa de uno de ellos50, sita en la colación de San Juan de
la Palma; según se cuenta, asistieron a la asamblea los siguientes notables:

—Diego de Susán, "padre de la Susana, la Hermosa Hembra y dama de Sevilla .


—Pedro Fernández Benadeva, "padre del canónigo Benadeva y sus hermanos .
—Abolafia el Perfumado, "que tenía las aduanas en cambio de el rey .
—Alemán Pocasangre, mayordomo de Sevilla, "el de los muchos fijos Alemanes .
—Pedro Fernández Cansino, veinticuatro, jurado de San Salvador51.
—Alonso52 Fernández de Lorca.
—Gabriel de Zamora, veinticuatro, "el de calle de Francos .
—Afilón.
-Pedrote, “el de las Salinas”53.
-Medina “el Barbado, hermano de los Baenas, obligado de dar carne a Sevilla 54.
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 51

—Sepúlveda y Cordobilla, "hermanos, que tenían la casa del pescado salado de


Portugal", y su sobrino el bachiller Rodilla55.
-Pedro Ortiz Mallite, "el cambiador de Santa María a cal de la Mar”.
-Pedro de Jaén, veinticuatro, el Manco, y su hijo Juan de Almonte56.
Los Aldafes de Triana, hermanos, que vivían en el castillo de San Jorge.
Alvaro de Sepúlveda el Viejo, padre de Juan de Jerez de Loya.
Cristóbal Pérez Mondad ¡na57, "el de San Salvador".

Juntados éstos y otros muchos "ricachos", dio comienzo un vivo debate


■ ■ "c una situación que se presentaba preñada de amenazas. La conciencia de su
poderío económico y de su propio número fue devolviendo poco a poco a los reu­
nidos ¡a confianza en sí mismos. Con los ánimos ya caldeados y las mentes un
tanto turbias se oyeron palabras jactanciosas: "¿Qué os parece cómo han venido
contra nosotros? ¿No somos nosotros los más acaudalados de la ciudad y estamos
bienquistos del pueblo? Reunamos gente. Vos, Fulano, tened a punto a tantos
hombres, y vos a tantos, etc. Y si nos vinieren a prender, con la gente y con el pue­
blo meteremos la cosa a baraja”. Entonces se dice que intervino Foronda, uno de
los admitidos a consejo, para sentenciar con ironía y amargura: "Bien me parece
reunir gente. Pero los corazones que tenéis, ¿dónde están? ¡Dadme corazones!".
En este relato puede que haya algo de exageración. Concretamente, suena a
fábula la observación de Foronda, que viene a recalcar uno de los defectos atri­
buidos desde tiempo inmemorial a los judíos: la cobardía. Sin embargo, no deja
de ser muy comprensible que los conversos celebraran una asamblea para con­
trastar opiniones y, en su caso, tomar una decisión. Evidentemente, se acordó
mantenerse en un compás de espera, pues la más elemental prudencia aconseja­
ba tantear primero al enemigo; tiempo habría después de empuñar las armas, si
así lo exigían las circunstancias, tal y como ya se había hecho en otras ocasiones.
La existencia de esta reunión, quizás a través de la propia hija de Diego de Susán,
fue denunciada al prior de San Pablo, el maestro fray Alonso de Hojeda, quien
consideró la asamblea como una peligrosa conjura contra los cristianos58.

5. Los primeros presos

A pesar de todo, los inquisidores no consideraron prudente proceder por las


bravas, temeridad impropia de la Orden y que, de haber sido cometida, quizá
52 LOS CONVERSOS Y L/\ INQUISICIÓN SEVILL/XNA

hubiera dado pie a una revuelta ciudadana. Era preciso actuar taimadamente, sin
levantar sospechas ni escándalos, sorprendiendo a los cabecillas uno por uno. Sus
nombres ya eran sabidos, sin duda gracias a Talavera. Los piques religiosos
recrudecieron la represión. En efecto, la comunidad dominica de Sevilla, azuza­
da por la intransigencia de fray Alonso de Hojeda, cobró especial pro :or-: ;mo
en aquellos momentos y sublimó su papel, sintiéndose llamada a defi a fe
como en los lejanos y gloriosos tiempos de la represión de la herejía i e a
sangre y fuego: la Orden volvía así a sus santos orígenes por la volunte 'OS,

con el orgullo de poder contar en su seno con los frailes destinados a pu. una
religión mancillada por la perversidad judaica. En cierto modo, Mol.: San
Martín fueron los precursores de Savonarola, el reformador iluminado <; ue diez
años después intentó cristianizar el brillante paganismo florentino con métodos,
eso sí, algo más suaves.

wj??; 5

’ ’ f
■ •{

Convento de San Pablo. Dibujo de van den Wyngaerde (FOCUS, I, p. /6)


LA LLEGADA DE L/\ INQUISICIÓN A SEVILL/X. 53

Aunque sólo cabe imaginar en sus líneas generales el tremendo drama que
se desarrolló a continuación en Sevilla, de un caso en particular se conocen cier­
tos pormenores gracias al testimonio del clérigo Francisco Martínez Arroya, que
o;, antar a su tío Antonio Martínez, el primer notario de la Inquisición, cómo
■ •) el prendimiento de uno de los “conjurados ”, Pedro Fernández
••va’9. Fue el caso que, haciendo caso omiso del edicto de gracia, los padres
.-idores mandaron llamar a Benadeva al convento de San Pablo, so capa de
■! rey D. Fernando quería llegar a un concierto con los judíos de Sevilla; era
excusa plausible y se podía adobar la mentira con la justicia de la causa: tam­
ben con trampas y engaños cogió el Santo Oficio en sus redes a Da Ana de Deza
un 1557. Por su parte, un hombre como el mayordomo del cabildo eclesiástico no
podía dejar de acudir a la cita que se hacía en nombre del rey para tratar de finan­
zas, esto es, de la suerte de la minoría conversa. Benadeva, sin embargo, no las
tenía todas consigo y se hizo acompañar por gente de a caballo60. Su séquito no
tuvo tiempo de intervenir. El portero hizo entrar a Benadeva por el postigo "en el
res$ibimiento o corral”, impidiendo el paso a la escolta. Llegado ante los inquisi­
dores, que esperaban en la puerta principal, les preguntó el mayordomo: “¿Qué
mandan vuestras paternidades?”. Entonces, a una señal de los reverendos padres
acudió gente por ambos lados que lo hizo prisionero61. Su suerte estaba echada.
La Orden dominica, jugándose su prestigio y tratando por todos los medios de
aventajar a su más próxima e inalcanzable rival, la Orden franciscana, no tuvo
empacho en convertir su convento en cárcel pasajera de los hombres y mujeres
“más culpados” de herejía62: al menos, de los seis que inauguraron el quemadero63.
El convento de San Pablo se rodeó así de lúgubre fama, acrecentada con el
paso de los años. Según afirmó en 1612 el abad Gordillo, los inquisidores “cele­
braban en su convento... los autos y exemplares castigos que en los herejes y tor­
nadizos convenían que se hiciesen, y en su iglesia ponían los sanbenitos, y aun es
fama constante que dentro de la cerca del mesmo convento hicieron sus cárceles
y executaban las penas de fuego que se imponían”64. Hoy se hace duro de creer
que parte del recinto dominico se hubiera convertido en mazmorra inquisitorial;
la tradición, descabellada a primera vista, queda avalada por las fuentes anterior­
mente citadas, aunque ya se le atragantó a Ortiz de Zúñiga65, que procuró maqui­
llar en lo posible una crueldad inaceptable ya para la sensibilidad de su tiempo.
En otros casos fue el asistente, según nos cuenta Andrés Bernal°6, quien hizo
prender a “algunos de los más honrados e de los más ricos veinticuatros e jurados
54 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

e bachilleres e letrados e honbres de mucho favor”, sin duda para evitar los
“bolli^ios y escándalos” que recelaban los reyes. No sorprende la fogosidad de
Diego de Merlo, pero sí choca la pasividad del Medina Sidonia, que no supo o no
pudo poner remedio a la tremenda aflicción de unos hombres a los que siempre
había defendido; es probable que en este caso se ganara por la cruz i batalla
que se había perdido siempre por la espada, y que D. Enrique de Gu. vis­
tiera impotente a la ruina de sus allegados. Sólo quedó vivo en los cor el
odio e enemistad que despertaron los encarcelamientos y las hogueras, jue
temían con razón los oficiales del asistente en 1482, tras la tempran¿¡ de
Merlo6/, por haber hecho "munchas justicias así «jeviles como crin. . • ’68.
Durante mucho tiempo se incubaron venganzas: en las escrituras de la époc i se
siente latir el miedo a la revancha69. Un recelo angustioso anidó no sólo en los
delatores y en los esbirros de la Inquisición70, sino también en los nuevos propie­
tarios que, aprovechándose de las confiscaciones, habían hecho un suculento
negocio a costa de los condenados. Es verosímil que la propia inseguridad del
represor hiciera la represión todavía más dura y encarnizada, no dejando resqui­
cio para el perdón o la magnanimidad.
En los juicios que tuvieron lugar ante el tribunal de los primeros inquisidores,
ayudados por el provisor, desempeñó Juan López del Barco el oficio de fiscal. Hubo
de ser fácil obtener declaración de unos testigos que debían de estar la mayoría ate­
rrados. Tampoco importaba gran cosa. La causa de la fe, como gustaba de procla­
mar fray Alonso de Hojeda, tuvo por valedores a los muertos si faltaban los vivos:
un hombre que llevaba sepultado doce años se levantó de su sepulcro para dar tes­
timonio contra uno de los acusados; huelga decir que, atendiendo a la rara calidad
de este testigo de ultratumba, la pena impuesta al reo no fue otra que la hoguera71.
El portento, tan necesario como imaginado, vino de perlas a los verdugos
para aplacar el gusanillo de la conciencia y asegurar a todos que el tribunal del
Santo Oficio contaba con la aprobación de Dios. Igual sanción, pero a mayor
escala, tuvo lugar en Guadalupe: los inquisidores, después de la escabechina de
1485, quisieron recibir un refrendo celestial, y la Virgen, complaciente, hizo a su
petición nada menos que sesenta milagros, que por su número fatigaron la pluma
del cronista, el padre Jerónimo Francisco Sánchez de la Fuente'2. En los relatos
hagiográficos los prodigios venían a proclamar la santidad del mártir; ahora vení­
an a certificar la santidad de la causa inquisitorial. No cabía sino exclamar, como
en tiempo de las Cruzadas: ¡Dios lo quiere!
L/\ LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 55

Gracias a la pesquisa se averiguó que muchos ancianos no estaban bautiza­


dos; para reconciliarlos a la Iglesia, los inquisidores los hicieron bautizar75, extra­
limitándose en sus funciones, pues no les asistía ningún derecho a imponer la reli-
L: cristiana por la fuerza a quien no la había recibido nunca.

Los conversos y la nobleza

La aristocracia intentó prestar apoyo a sus criados, contadores y mayordo-


’tíS en estos momentos de supremo apuro, ofreciéndoles acogida en sus señoríos,
como si la Inquisición sólo valiera en las tierras realengas. Desgraciadamente, el
brazo del Santo Oficio era demasiado largo. El 2 de enero de 1481 se trató de ata­
jar la desbandanda: los inquisidores, blandiendo la pena de excomunión mayor,
apremiaron a los nobles, empezando por el más lejano, D. Rodrigo Ponce de
León, señor de Marchenay marqués de Cádiz, a que en un plazo de 15 días pren­
dieran a los conversos que se habían escapado de Sevilla y refugiado en sus tie­
rras, los mandaran a la cárcel inquisitorial y embargaran sus bienes, so pena de
incurrir en excomunión y en los castigos impuestos a los favorecedores de here­
jes7*4. Sin embargo, en ese mismo año huyeron más de 8.000 personas a las tierras
del marqués de Cádiz, quien "los mandó acoger a facer mucha honra"75; entre
ellos figuraba Isabel Suárez, la mujer del quemado Benadeva. Otros buscaron
amparo cerca del duque de Medina Sidonia: Rodrigo de Segura se acogió a
Trigueros (S 1494 n° 746). Los Susán se repartieron por diversos señoríos: Juan
Gómez de Susán y Pedro de Susán se retiraron a Marchena, Alvaro de Susán fue
a parar a Sanlúcar de Barrameda (SL 1494 n° 24). Esta última villa recibió tam­
bién a Iseoy Leonor, las hijas del doctor Alonso Rodríguez (SL 1494 n° 176). En
su testamento, otorgado en Écija el 16 de marzo de 1483, declaró Fernando
Puertocarrero: "que dé al rey catorze mili y CC mrs. que devía [Puertocarrero]
<a> algunos conversos"76; sin duda se trataba de deudas que pertenecían al rey
por haber sido confiscados los bienes de los acreedores. En la villa de Palma, con
Puertocarrero, se refugió Luis Sánchez de Ribera (S 1494 n° 311).
Salvaguardar a sus súbditos no resultó tarea fácil, dado que el rey trató de
comprar la complicidad de los nobles ofreciéndoles participación en los benefi­
cios: curiosamente, la misma recompensa que se entregaba al delator. Al duque
de Medina Sidonia, p.e., le fue concedida la tercera parte de los bienes confisca­
dos en sus territorios77. También D. Pedro Puertocarrero recibió el tercio de los
56 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

bienes confiscados en Moguer, una vez pagados con los mismos los salarios de los
al duque
oficiales de la Inquisición78. Otro tanto se dio en 1491 al duq de Segorbe79y al
duque de Alba80. Se nos escapa, en consecuencia, el sentido último de un poder
como el otorgado el 18 de junio de 1501 por Da Teresa de Guzmán a su criado
Pedro de Ávila, facultándole para comparecer en su nombre ante el r-.qi -idor
Beloradoy sacar de su poder o de las personas que fuesen, dando rec ¡las,
las escrituras que pasaron e se fizieron por el muy reverendo sen» de
Santa Cruz [Torquemada] o por otras presonas qualesquier tocan! nto
Oficio de la Ynquisi^ión sobre razón de las sus villas de Lepe e Aya; e la
Redondela e de los vezinos e moradores d’ellas"81. En efecto, no sabe:
sabe con
ello Da Teresa trataba de proteger o de fiscalizar a sus vasallos: quizá la. vosas
a la vez. Al mismo tiempo, la Corona apretó las tuercas a los “cavalleros con san­
ciones económicas. Las Pre-indtrucc‘ümej de 1484 dictaminaron que, si algún noble
reclamaba el pago de una suma que le debiese un hereje preso en su tierra, * el
recebtor no les pague las debdas ya dichas fasta que los dichos cavalleros restitu­
yan todo lo que los dichos confesos que cogieron en sus tierras llevaron consigo,
pues es cierto que aquello pertenesce e pertenescía a Sus Altezas"82.
Es indudable que los conversos hubieron de proponer a su vez capitulacio­
nes monetarias a los nobles en un intento desesperado de salvar su pellejo, aun­
que no conozco ningún documento señorial que se corresponda con las composi­
ciones ajustadas con la Corona. Las cuitas de la minoría hacían al aristócrata
dueño de la situación, permitiéndole exprimir a unos o a otros según más le con­
viniese. De cualquier forma, los conversos prefirieron siempre vivir bajo la pro­
tección de los grandes nobles, que en no pocas ocasiones les dieron prueba mani­
fiesta de su apoyo. Los ejemplos abundan. La Inquisición confiscó en Sanlúcar de
Barrameda los bienes de Juan y Pedro Cerfati y los de Beatriz Fernández, la
mujer de Fernando de Sanlúcar. Como los afectados eran tributarios del duque
de Medina Sidonia, no hubo quien tasara sus propiedades ni quien quisiera pujar
por ellas. Los reyes tuvieron que ordenar el 15 de setiembre de 1501 que los apre­
ciaran dos personas, una nombrada por el receptor de Cádiz Riba Martín y otra
por los condenados83.
En 1514 Fernando Ruiz, por encargo de los inquisidores y de Villacís, fue
a hacer ejecución en bienes de algunos conversos de Sanlúcar de Barrameda,
que no habían satisfecho el dinero de su composición. Había dado inicio a su
tarea con el embargo de algunos esclavos y otras propiedades, cuando el alcalde,
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 57

obedeciendo órdenes de los duques, mandó dar suelta a los siervos e impidió a
Ruiz proseguir su cometido. Tal comportamiento irritó a Fernando el Católico,
q I 12 de marzo de 1514 ordenó a los inquisidores de Sevilla investigar el
• d y remitirle la información y al tiempo despachó una desabrida carta a la
-'• mostrándose maravillado por su audacia en “querer vos entremeter en
ocantes al Santo Oficio de la YnquisÍ£Íón”84. Es lástima que la carta silen-
iüS nombres de los conversos cuyo valimiento ante los duq ues fue causa del
/oto; podemos imaginar que entre ellos se hallaba la familia de los
Caballero.
/Aprovechando quizá la muerte de Fernando el Católico, ni el conde de
Cabra ni el marqués de Priego dejaron entrar en sus tierras a los factores de
Villacís que iban a cobrar la composición de los 55.000 ducados. Lo mismo ocu­
rrió en Sanlúcar de Barrameda y en Trigueros, tierra del duque de Medina
Sidonia. La cancillería regia se tuvo que emplear a fondo para reducir los des­
plantes de la díscola aristocracia, enviando cartas a los nobles y a los inquisidores
de Sevilla el 17 y el 21 de mayo de 151685. Pero volvamos a los comienzos del
Santo Oficio.

7. Comienzan a arder hogueras

Ni siquiera la probada eficacia de los conversos como administradores y


hacendistas, los “mercaderes e vendedores e arrendadores de alcabalas e ren­
tas de achaques e fazedores de señores” de que nos habla Andrés Bernal, logró
salvar a muy encopetados personajes de la Sevilla de aquel entonces. El 6 de
febrero de 1481 fueron quemados en Tablada seis hombres y mujeres en los lla­
mados “cuatro profetas”, “cuatro grandes estatuas huecas de yeso... dentro de
las cuales metían vivos a los impenitentes para que muriesen a fuego lento”86.
En el auto predicó fray Alonso, “celoso de la fee de Jesucristo e el que más
procuró en Sevilla esta Inquisición”. El dominico no alcanzó a ver los frutos de
su obra pues falleció de la peste a los pocos días, muerte que hubo de ser inter­
pretada por muchos como un castigo de Dios. A éste siguieron otros autos de
fe; el segundo tuvo lugar a finales de abril de 1481. De las sentencias dictadas
entonces por los inquisidores solo conozco una, la que alcanzo a Pedro
Fernández Benadeva el 21 de abril, que por su singularidad merece ser publi­

cada íntegra:
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i
4
Sentencia de los inquisidores contra Pedro Fernández Benadeva (A.C.S., Sección I, libro 14, f. 127r)
L/\ LLEGADA DE L/\ INQUISICIÓN A SEVILLA 59

Visto otrosí otro proceso e pleito que pende ante nos por vía e modo de acusación
entre el dicho Juan López, fiscal e promotor de la una parte, e Pedro Fernández
knadeva, vezino d’esta dicha (jibdad de la otra, por la qual en efeto el dicho fiscal
: o e recontó qu’el dicho Pedro Fernández Benadeva avía sido e era infiel chris-
:io e hereje, faziendo e consintiendo fazer en su casa muchos ritos judaicos, así en
•u ardar los sábados e comer carne de la carnegería de los judíos e comiendo pan
enseño e consintiendo venir a su casa judíos de señal a leer e enseñar las cosas de
i lev mosaica e contrarias a la nuestra santa fe cathólica; e otrosí creyendo e sin­
tiendo mal de los artículos de la dicha nuestra santa fe, e señaladamente del artícu­
lo de la resurreción de los difuntos e de la vida perdurable que esperamos, diziendo
e profiriendo públicamente que no avía ni ay otra vida sino la presente e nas<jer e
morir, ni avía otro paraíso sino pasarlo bien en este mundo, e avía dicho e dixo otras
muchas palabras sacrilegas e contrarias a la nuestra santa fe cathólica e a la santa
madre Yglesia, según que esto e otras cosas más largamente en la dicha acusación
por el dicho fiscal fecha se contiene, sobre lo qual ambas las dichas partes dixeron
e alegaron ante nos todo lo que quisieron e por bien tuvieron fasta que concluyeron
e nos ovimos el dicho pleito por concluso e recibimos ambas las dichas partes con­
juntamente a la prueva en devida forma; — e vistos los testigos por ambas las dichas
partes ante nos produzidos e presentados e sus dichos e deposiciones d’ellos e todo
lo otro processado con gran deliberación e acuerdo e consejo de ombres letrados e
personas católicas e entendidas e scientes así en la Sacra Teología como en los
Sacros Cánones e leyes civiles, según que en tal caso los Sacros Cánones disponen
e mandan; — e visto otrosí cómo el dicho Pedro Fernández Benadeva por nosotros
fue amonestado una e dos e tres vezes que dixese e confesase la verdad e nunca
quiso conoscer los dichos errores ni pidió ser reconciliado a la nuestra santa Madre
Yglesia en tienpo ni en forma como de derecho se requería e requiere, como quiera
que por palabra se dixese ser fiel christiano, e teniendo a Dios ante nuestros ojos
siguiendo la verdad, según que en tal caso se debe seguir, fallamos qu’el dicho pro­
motor fiscal provó bien e cunplidamente su acusación e denunciación que nos fizo
contra el dicho Pedro Fernández Benadeva, quanto devía e en tal caso de derecho
se requiere provar, e otrosí qu el dicho Pedro Fernandez Benadeva no provo cosa
alguna en provar que le escuse ni pueda relevar ni escusar de lo sobredicho, e damos
e pronunciamos la intención del dicho fiscal por bien provada, bien e conphdamen-
te, e la del dicho Pedro Fernández Benadeva por no provada; e porque los que el
temor de Dios no aparta de los errores la corretón e disciplina e temor de las penas
60 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

los aparta e deve apartar, pronunciamos e declaramos el dicho Pedro Fernández


Benadeva aver sido e ser infiel chnstiano, apóstata e hereje e por consiguiente aver
caído e incurrido en sentencia de excomunión mayor e en las otras penas en derecho
establecidas contra las tales personas e contra sus descendientes, e declaramos los bie­
nes del dicho Pedro Fernández aver sido e ser confiscados e pertenescer a la cámara e
fisco de los dichos señores reyes e que se los devemos adjudicar e adjudica emi­
timos e relaxamos87 al dicho Pedro Fernández Benadeva a la justicia e ; glar
d'esta dicha cibdad, para que fagan d el lo que por derecho fallaren, eco: mos
más al dicho Pedro Fernández Benadeva e a los dichos sus bienes en las c has
deste processo, la tasación de las quales reservamos en nos. E por esta i. sen­
tencia definitiva así lo declaramos e mandamos en estos escriptos e por ; rater
Michael inquisitor. Frater Johannes de Sancto Marti no inquisitor. Johannes doctor.
Frater ¿Sanctius? Fernandos donatus. Alfonsus bachalarius88.

Por agosto de 1481 ya se hallaba ante el tribunal del Santo Oficio el bachi-
11er Fernando Díaz el Ganso; su propio hijo Diego Fernández depuso contra él,
envolviendo en la “herejía” a otras personas (como el impresor Juan de Lucena,
a quien había tratado en Montalbán)89.

8. Los protagonistas a la fuerza

Es hora de prestar alguna atención a los personajes de la Sevilla finisecular


que acabaron en la hoguera durante esta primera actuación del Santo Oficio.
Ofrezco un elenco en orden alfabético de los principales condenados, sobre los
que he podido allegar algunos datos:

—Alemán Pocasangre (S 1494 n° 303, 1091). Fue confirmado por los reyes como
guarda de la Casa de la Moneda el 10 de abril de 1478 {Sello, II, n° 448 [p. 63],
1055 [p. 149]). Desempeñó la mayordomía de la ciudad desde 1475, según queda
dicho {Tumbo, I, p. 102; 111, p. 82). El 18 de noviembre de 14/9 Alemán
Pocasangre y Juana Díaz, su mujer, y Bartolomé Segura y su mujer, Juana
Rodríguez de Alfaro, hicieron partición entre ellos de unas suertes de tierra que
tenían en Tablada (A.P.S., IX 1479 [= 17415]). El racionero Alonso Martínez de
San Vicente, fiador de Alemán Pocasangre, traspasó el 5 de julio de 1486 una casa
del cabildo que tenía el condenado en el Marmolejo a Diego Alemán, poi 1.605
mrs. (A.C.S., Sección I, libro 4, f. 60v). A. Cáscales, La Inquisición, p. 46ss.
Tablada. Quemadero A, en II grabado de Hoefnagel (FOCUS, I. p. 65)

—Juan Alonso Condecil (S 1494 n° 75, 271). Como su familia, fue mercader: más en
concreto, trapero.
—Fernando Díaz, bachiller, apellidado el Ganso, remoquete de una familia (cf. Alonso
González el Ganso, mando de María Fernández en S 1494 n°409y A.P.S., XV 1501
[= 9101], f. 107r; Fernando de Córdoba el Ganso en A.P.S., XXIII 1472 (= 15963),
f. 186r, cf. 294v). Las islas de Cabo Verde "se solía dezir... de otros Ganso"90.
-Juan Fernández Abolafia (S 1494 n° 35, 1018), "alcalde de la justicia e gran letra­
do” (A. Bernal, Alemoriaj, XLIV [p. 100]).
-Pedro Fernández Benadeva (S 1494 n° 109), hijo del canónigo Alonso Fernández
Benadeva, receptor del cabildo eclesiástico, marido de Isabel Suárez. En la infor­
mación sobre el alguacilazgo de Tejada fue el primer testigo (A.C.S., Sección IX,
c. 179, n° 54). El 4 de marzo de 1478 el cabildo eclesiástico votó que Pedro
Fernández continuase desempeñando su oficio de receptor. El o de abril de 14/8
sus hijos Lope Suárez y Fernando Benadeva dieron de mancomún Fianzas por la
receptoría de su padre, obligando sus bienes (A.C.S., Sección 1, libio 1,1. 1 lv, 12v,
16r). El 28 de abril de 1480 el cabildo le prolongó la receptoría por dos años más,
62 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

a condición de que la avalase con sus bienes (en especial el cortijo de Cantillana) y
de que con él se comprometiesen todos sus hijos de mancomún, incluyendo a los
beneficiados de la Iglesia, hasta las nueras (exigencia esta última que se pidió el 19
de junio). Así lo hicieron el 1 de julio de 1480 en el Corral de los Olmos Lope
Suárez, Alvaro Benadeva91 y Fernando Benadeva; el 5 de julio se obligó la mujer,

Isabel Suárez (A.C.S., Sección I, libro 2, f. 46v, 41r, 45r). Sobre la ¿ n de


Pedro Fernández en el cabildo eclesiástico antes de su ruina cf. A.C.S >n I,
libro 1, f, 2v, 3v, 9r, 9v, lOv, 12r, 13v, 15v, 20r, 21 v, 22r, 26r, 26v, 2' 32r,
34v, 35v, 38r, 40r, 42r; libro 2, f. 3v, 5r, 8r, 9r, lOv, llr, llv, llv, 1¿ 16v,
50\
18v, 19v, 20r, 26v, 27r, 31r, 31v, 32v, 34r, 38r, 38v, 44r, 47v, 48v, 49- L- 52v,
53r, 57r, 59v, 60r, 63v. Cf. asimismo A.P.S., IV (= 2154), f. 408v. Con . ier. ;>o la
casa de Benadeva pasó a pertenecer al conde de Gelves (Pacheco, Catálogo, í . 139v).
—Pedro Fernández Cansino (S 1494 n° 683), jurado y veinticuatro. Cf. Sello, ¡I, n° 258
(p. 35), 1866 (p. 263); Tumbo, III, p. 13; A.P.S., XV 9098, f. 365r. El 17 de octubre
de 1482 su juradería pasó por orden regia a manos de Fernando de Medina92. Entre
las fincas más preciadas de Sevilla figuró la heredad de Quintos, que en las postrime­
rías del s. XV valió a la ciudad un largo pleito con Alemán Pocasangre y Pedro
Fernández Cansino, según indican los papeles de mayordomazgo; y es de advertir que
los inquisidores se mostraron remisos a la hora de mostrar a los letrados de la ciudad
las probanzas hechas ante su escribano93. La heredad, que tuvo Alemán Pocasangre
(A.C.S., Sección I, libro 1, f. 15r), fue dada después a D. Pedro Enríquez el Viejo
(Pacheco, Catálogo, f. 131v). A. Cáscales, La Inquisición, p. 53ss.
—Francisco González Boniel, emparentado con el ensayador de la Casa de la Moneda
Alvaro González Boniel (S 1494 n° 149; Tumbo, I, p. 175) y Antonio Boniel (S 1494
n° 706), ambos también condenados94. Una casa de Francisco le fue dada a María el
30 de setiembre de 1483 (¿Tumbo, III, p. 401). El agujetero Fernando García y
Femando de Arana tuvieron pleito por la casa que había sido del mayordomo Pedro
González Boniel, condenado (S 1494 n° 111, 562; Sello, II, n° 441 [p. 62], 478 [p.
67]), situada en la calle de Francos; García presentó el 31 de marzo de 1488 una
carta del rey (otorgada el 20 de marzo de 1488), que falló a lo que parece a su favor
—Manuel Sauní(n), mercader. El apellido aparece también bajo la forma Saulí (quizá
por influjo de los banqueros Sauli italianos) y hasta Saoní, como lo llamaron los reyes
al confirmarle el 18 de julio de 1478 la franquicia y exención de tributos {Tumbo, II,
p. 354ss.; cf. Sollo, II, n° 123 [p. 17], 247 [p. 34]; 613 [p. 86]). A esta familia ha de per­
tenecer también el mercader Femando Samín (i.e., Saunín) de Bono-Ungueri,
L/\ LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 63

Protocolos, p. 61 n. 12. El 31 de julio de 1489 el receptor Diego García de Medina ven­


dió la casa que tenía Manuel Saunín en el Salvador, la mitad al chapinero Francisco
García, y la otra mitad al mayordomo de las monjas de Santa Clara, por 10.100 mrs.
(A.P.S., 1496 bis, parte 2, f. 138r). Otra casa de Saunín le Fue vendida a Ana de Deza
en 149796. La lista de tributos concedida en 1498 a Miguel Pérez de Almazán97 deja
ver la importancia de la fortuna de Manuel Sauní. Al converso pertenecían nada
menos que diez censos: 1.000 mrs. sobre unas casas que tenía Cristóbal Fernández de
Goles (Inés del Peso). - 400 mrs. sobre unas viñas en la Almunia (Gaspar de Herrera,
hacinador de San Lázaro). - 280 mrs. sobre un pedazo de tierra (Juan Sánchez
Roche). - 750 mrs. y dos gallinas sobre viñas y berras cerca del Membrillar (Gonzalo
Martín, marinero). - 480 mrs. sobre unas casas en Triana (Inés Fernández). - 600
mrs. sobre unas casas en San Gil (Pedro Bernal, correo, o Antonio García del
Toruño). - 1.000 mrs. y dos gallinas sobre unas casas en Santiago (Lope de Teba). -
335 mrs. y dos gallinas sobre unas tierras calmas en la Vereda (Antonio de Saavedra).
- 210 mrs. sobre una tierra calma solar en Triana, que tuvo antes Antonio Ruiz de
Manzanilla, al cabo de Triana, cerca del ensalmador (Leonor Díaz, vecina de Triana).
- 250 mrs. sobre una viña en Lebreña (Antonio Sánchez de Carmona, en San Gil).
—Diego de Susán, veinticuatro. Durante la estancia de los reyes en Sevilla, Susán
fue confirmado en su cargo el 14 de abril de 1478 (Tumbo, II, p. 201; Sello, II, n°
462 [p. 65], 1183 [p. 167]). En 1478 fue uno de los diez veinticuatros que llevaron
las varas del palio en el bautismo del príncipe D. Juan según Ortiz de Zúñiga
(Anales, III, p. 97; pero cf. A. Cáscales, La Inquisición, p. 118). Sobre su apellido
cuenta una curiosa leyenda Pero Tafur (Andanzas e viajes, edición de M. Jiménez
de la Espada, reimpr. Barcelona, 1982, p. 98): "De allí [de la costa del Mar Rojo]
pares^e una isla que se llama Susán, donde dizen que vienen los judíos que en
Castilla llaman Abenssusenes"). "Decían que valía lo suyo diez cuentos e era gran
rabí” (A. Bernal, Memorias, XLIV [p. 100]). Cáscales, La Inquisición, p. 43ss.
-Benito de Torralba (S 1494 n° 865). Fue mayordomo del alguacil mayor D. Alvaro
Pérez de Guzmán, cf. A.P.S., XXIII 1472 (= 15962), f. 15v (lo era ya en 1465, cf.
Bono-Ungueti, Protocolos, p. 300 n. 3); por este motivo le libró la ciudad, todavía el 20
de setiembre de 1480, 15.000 mrs. por el alquiler de la posada, propiedad de D. Alvaro,
en la que por ironías del destino residía nada menos que el asistente Diego de Merlo
(A.M.S., Mayordomazgo). También fue arrendador por su cuenta. En Torralba se
remató en 1470 la imposición del pescado salado en 320.000 mrs., y en 1471 la impo­
sición de cueros a pelo en 50.000 mrs. Dio poder a Femando de Guzmán, marido de
6*1 LOS CONVERSOS Y L/\ INQUISICIÓN SEVILLANA

i ■ •

Pedro Berruguete. Auto defe (Museo del Prado, Catálogo n 618)


Lr\ LLEGADzX DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 65

D* Constanza de Cabrera, para cobrar en Robaina, villa de la Orden de San Juan, las
rentas que allí tenía, cf. A.P.S., IX (= 17415), 1471 p. 1, f. 9r; IX (= 17415), 1479 f.
18r. Otra documentación notarial: A.P.S., IV 1450-1494 (= 2154), f. 296r. Los docu­
mentos nos permiten restituir en el texto de Andrés Bernal la variante Benito, sin
duda la correcta (cf. asimismo Sello, II, n° 1078 [p. 152]), en vez de Bartolomé de
forralba, la preferida por todos los editores y por Lea {Historia, I, p. 189).

Por no salimos de los mercaderes citados en la nómina de 1473, también tro-


jron con el Santo Oficio los Bazo y sus parientes los Pichón, según veremos.
En defensa de los presos y huidos salieron algunos caballeros y otras perso­
nas, que tomaron y encubrieron “muchas e grandes contías de maravedíes e joyas
de oro e plata e otros muchos bienes, así muebles como raízes, e libros de cuen­
tas e escripturas de las debdas”. Para poner remedio a tales desafueros fue envia-
do a Sevilla el contino Pedro de Benavides, a quien los monarcas encargaron el
1/ de octubre de 1482 que dejara en poder de la Cartuja de las Cuevas, como
banco de depósitos, los bienes que consiguiera recuperar98. Por este motivo,
según creo, quedó en manos de la Cartuja la tenencia de las casas de los prime­
ros condenados o huidos: Alonso González de Sevilla, Juan de Sevilla Tapón,
Diego González Campoverde (las tres en la colación de San Bartolomé), Benito
de Torralba y Miguel Marroquí; y cuando el receptor Juan Gutiérrez Egas trató
de recobrar esas casas para el fisco, se movió hábilmente la comunidad covitana,
que logró que los reyes le ratificasen la donación de estos inmuebles el 24 de
febrero de 150299. También se ocuparon del cobro de los bienes confiscados Juan
de Lugo, Diego de Hormicedo y otras personas, al parecer con poco éxito. En
efecto, cuando los reyes nombraron receptor del fisco a Luis de Mesa el 22 de
diciembre de 1482, se quejaron amargamente de la infinidad de fraudes que se
habían cometido bien por la dispersión de las haciendas, bien por la negligencia
de los recaudadores; y hasta algunos “secuestradores” se habían quedado con el
depósito; por ello le encomendaron a Mesa hacer una pesquisa de los bienes de
los condenados y de cómo se había llevado a cabo el embargo para proceder a su
inmediata recuperación, con penas muy severas para los transgresores; asimismo
le concedieron poder para vender en pública almoneda los bienes confiscados.
Parecidos poderes le fueron reiterados el 6 de mayo de 1483 y el 15 de setiembre
de 1484, dando a los encubridores, fueran del rango que fuesen, un plazo de 20
días desde el pregón para declarar y manifestar lo que mantuviesen en oculto100:
66 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

prueba de la desesperación e impotencia del fisco ante las mañas, argucias y tri­
quiñuelas de los conversos y de sus poderosos valedores. En cuanto a Juan de
Lugo, siguió siendo tenedor” de los bienes confiscados, pues con ese dinero ade­
lantó a la Hermandad 200.000 mrs. que debía pagar el concejo de Sevilla101.
Por otra parte, los reyes consideraron que los oficios que ocupaban ios incul­
pados, si eran municipales, revertían a la Corona, esto es, que a ellos nom­
brar de nuevo las veinticuatrías y juraderías: si el titular había sido i por
muerte; si se hallaba encarcelado en espera de juicio, "en secrestado . ecir,
en depósito, en sustitución del titular mientras no hubiese sentencia í Los
jurados sustituidos —o depuestos temporalmente— fueron los siguientes

—Pedro Ejecutor (4 de noviembre de 1481), sustituido en su fieldad y ju.adcn» por


el licenciado Pedro Sánchez del Alcázar (Tumbo, III, p. 182 y 189).
—Luis de Sevilla Abenhín, de San Vicente (28 de setiembre de 1482), sustituido por
Antonio Bernal (Tumbo, III, p. 297).
—Tomás de Jaén, de San Juan (29 de setiembre de 1482), sustituido por Pedro de
Villegas (Tumbo, III, p. 260 y 304).
—Pedro Fernández Cansino, del Barrio Nuevo (17 de octubre de 1482), sustituido
por Fernando de Medina, vecino de Medina del Campo, sobrino del asesor, el doc­
tor Ruiz de Medina (Tumbo, III, p. 279), y poco después (22 de diciembre de 1482)
por Fernando Puertocarrero (Tumbo, III, p. 299).
—Pedro de Illescas, de Santiago (10 de diciembre de 1483), sustituido por el conti-
no Francisco Pásete (Tumbo III, p. 526).
—Pedro Díaz Rafaya, de San Esteban (11 de marzo de 1484), sustituido por el escri­
bano de cámara Suero de Gangas (Tumbo, III, p. 442 y 443).
—Fernando Gómez de Córdoba (4 de enero de 1485), sustituido por Juan
Rodríguez de Vallecillo (Tumbo, III, p. 573).
—Francisco de Olivares, de Santa María la Blanca (20 de febrero de 1486), sustitui­
do por el cantor de capilla Gonzalo de Mena (Tumbo, IV, p. 99).

Las leyes de Toledo, sin embargo, ordenaban que estos oficios, de pertene­
cer a los "acrecentados”, debían de consumirse. Los reyes, advertidos de su des­
liz jurídico, revocaron las mercedes el 30 de julio de 1484103. En otro caso tampo­
co lograron imponer su voluntad. Uno de los cargos que había ocupado Juan
Fernández de Sevilla, el antiguo mayordomo huido, fue el de ballestero de maza
de la casa del cabildo de los caballeros de Sevilla"*. El 3 de diciembre de 1483 los
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 67

reyes nombraron en su lugar a su criado y cantor Bartolomé de Castro105. Cuando


Castro quiso hacer valer su derecho se resistió el cabildo, arguyendo el 5 de mayo de
1484 que hacía más de diez años que no tenía dicho oficio Juan de Sevilla, sino su
segó de la Torre, quien también se había escapado con su padre, razón por lo
cabildo había nombrado ya a Pedro de Padilla en la vacante. El 17 de agosto
volvieron a expedir los reyes otra carta apremiando al cabildo a obedecer su
; los cabildantes, sin embargo, decidieron de nuevo sobreseer su cumpli-
• acabaron por salirse con la suya: el puesto quedó en Padilla107.
Los primeros autos dieron origen a mil anécdotas. Aunque la mayoría de los
j.ices se perdió con el paso de los años, pervivió en la memoria popular el
recuerdo de la trágica figura de Diego de Susán. Cuando salió al quemadero, le
arrastraba la soga. Y “como él presumía de gracioso”, dijo a uno que iba allí:
"Alzad ese almaizal ’ o “esa toca tunecí” (efectivamente, el almaizal era un tocado
musulmán muy de moda entonces, con un cabo colgando, y los más preciados
solían venir de Túnez). Jamás se le perdonó al veinticuatro su firmeza en la fe
judaica, aunque otros pretendieran que "murió como cristiano”108. Según
Sebastián Pinelo, "quando llevaron a quemar a Susán en esta $ibdad, si la justicia
no le defendiera, solas las mugeresy muchachos lo despedazaran, porque dezían
que entrava en la iglesia de Santa María soterraña de esta zibdad en Sant
Niculás, y hazía una oración en que dezía: "Aquí me veo entre estos mis enemi­
gos: ¡quemados los vea, los muertos y los bivos! Esta oración offrezco a la reina
Hester para que la offrezca al Santo Abrahán”109.
La juventud, como siempre, fue presa fácil de la propaganda político-reli­
giosa orquestada por sus mayores. La chiquillería obedeció las consignas dadas y
se divirtió de lo lindo haciendo víctimas de chanzonetas a los condenados. Siendo
muchacho, Sebastián Pinelo (que tenía 75 años en 1569) oyó cantar todavía:

Benadeva, dezí el Credo.


"¡Ax, que me quemo!''110

Hechos los primeros y ejemplares escarmientos111, los inquisidores, que ya se


habían trasladado ante el creciente número de prisioneros al castillo de Triana,
promulgaron un nuevo edicto de gracia, dando un plazo de 60 días112 a los arre­
pentidos para confesar sus culpas y denunciar las del prójimo, plazo que expiraba
a mediados de julio de 1482. Mientras tanto, la torre del castillo se volvió a hen­
chir de presos, otra vez la flor y nata de la aristocracia conversa. El martes 9 de
68 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLAN/X

julio de 1482, unos días antes de que acabara el término del edicto, el doctor Juan
Ruiz de Medina fue a amonestar a los cautivos, exhortándolos a confesar la verdad
y alcanzar misericordia. Sus palabras hicieron mella en el ánimo de algunas perso­
nas débiles, aterradas ante los castigos impuestos a sus amigos y parientes v poco
acostumbradas a sufrir los sinsabores de la cárcel. Uno de los que sintic . . qiuear
su corazón fue un vecino de Hinojos, el trapero Gonzalo de Córdob. 94 n°
292), consuegro de Pedro Fernández Benadeva (ya quemado para en . por
tanto, ejemplo a no seguir). Una y otra vez lo había reconvenido Me -na y
otra vez el trapero había permanecido sordo a sus amonestaciones. A! : ebró
su resistencia. Decidido a confesar sus yerros, quiso tener compañía en • ación
y mandó traer a su mujer ante su presencia para animarla a seguir . inplo.
Cuando el arrepentido trapero anunció el propósito que albergaba a los demás con­
versos presos en la torre, se armó un gran revuelo. Tomás de Jaén, Alemán
Pocasangre, Alvaro Abrabanely Martín Abrabanel, todos a una intentaron disuadir
a su deudo de su loca intención con palabras entreveradas de aliento y de reproche:
"¡Oh, pese a Dios con vos, y qué seso tenéis! ¿Avéis de confesar por que vos pon­
gan una coroga en la cabegay os quemen a vos y a vuestra mujer, y tomaros vuestra
hazienda? ¡Morir, pese a Dios, como buenos, y nunca tal confesar!’’ Y la cólera
reventaba en Alemán Pocasangre y Tomás de Jaén, que con sus ademanes parecían
querer comerse a su apocado pariente. Gonzalo, viendo que todos ellos preferían
perder la vida antes que sincerarse ante los inquisidores, para evitar riñas los tran­
quilizó aparentando un valor que no tenía: "Os prometo no confesar la verdad, antes
sabré morir". No fue así: el pánico cerval, que no lo abandonaba ni por un momen­
to, se convirtió en obsesión por declarar su pecado y error a Dios y a los inquisido­
res antes de que transcurriera el término fijado en el edicto.
Los reverendos padres no quisieron oír de inmediato su confesión, sino que la
aplazaron por algunos días a fin de que el reo, más turbado todavía, se acordara con
detenimiento de todos sus pecados y denunciara a los demás judaizantes. En la
segunda comparecencia ante el tribunal, que tuvo lugar el 11 de julio de 1482,
Gonzalo proclamó que, puesto que Dios y la Virgen María habían tenido a bien
alumbrar su entendimiento, estaba dispuesto a hacer confesión general. Los jueces
le indicaron que se apartase a declarar con el notario Antonio Martínez. Una vez ter­
minada y puesta por escrito, la confesión fue leída a los inquisidores en presencia del
reo. El doctor Medina apretó entonces a Gonzalo de Córdoba, reprochándole su
anterior sordera a sus evangélicos consejos y afeándole que los pregones puestos por
L/\ LLEGADA DE L/X INQUISICIÓN /X SEVILLA 69

el cardenal, en vez de extirpar la herejía, la hubiesen fortalecido. Gonzalo, acorrala­


do, reconoció mohíno que, aunque se hubiese apartado de la observancia durante
esos dos años, aún le quedaba algo de la "roña”115 judaica en el corazón.
i- conlesión de Gonzalo de Córdoba puede servir de paradigma de tantas
Aclaraciones hoy perdidas. Lo había instruido en la ley judaica su padre.
..o habían perdido ocasión de adoctrinarlo cuando viajaba de Hinojos a
• sus hermanos Juan, Francisco y Manuel de Córdoba, así como sus cuñados
co el Alvo114, Juan Alonso Condecily Diego de Palma, trapero, o sus socios,
■ ,uis de Jaén, hermano de Tomás de Jaén. Dado que su casa era “de gran trato
\ . o n versaron de muchas personas, de altos y baxos estados”, Gonzalo de Córdoba
disimulaba por lo general sus creencias religiosas “por que no fuese sentido de las
gentes”, aunque gustoso permitía que su mujer observase las ceremonias judías, limi­
tándose él a guardar los sábados y otros ayunos115. El trapero logró su objetivo: la
reconciliación salvó su vida, aunque fue condenado a cárcel perpetua en 1-484; tam-
bién escapó su mujer, Mayor González, que cayó sin embargo en las garras de la
Inquisición en 1505, como habrá ocasión de referir. Así y todo, los bienes de
Córdoba fueron confiscados: una casa suya le dieron los reyes a Cristóbal de
Damián116, otra, según veremos, a Diego López de Cortegana;y por una heredad de
Gonzalo de Córdoba disputaron Antonio Ruiz de Vilchesy Alonso Carrillo117.
Poco después, en una nota marginal apuntó el escribano:

1483. Viernes, 16 de mayo. "En este día quemaron quarentay siete erejes entre omnes
y mujeres e reconciliaron veinte y tres e los sentenciaron para cárcel perpetua’’118.

fj;' V^***!,
¡ ■

Auto del 16 de mayo de 1583 (A.P.S., V 1483 [- 3212], f. 38r)


70 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

No consta ningún nombre, y en otra escritura pública hasta se silencia el de


una mujer quemada: señal quizá de vergüenza o de silenciosa protesta. En efec­
to, el 20 de octubre de 1483 el mayordomo del monasterio de San Pablo, Juan
Bautista, pidió poner por inventario unos bienes que estaban en una casa de la
calle Placentines, que habían sido de una mujer —su nombre se deja .... neo—,
casada con el sastre Pedro Álvarez, "la qual fue quemada por el deliit
delile- here-
gía . Así se hizo para proceder a la confiscación o a la almoneda; eni
eni- jmil-
des propiedades llaman sólo la atención "ciertos papeles e pañezue1 iertas
escrituras de pergamino”119.
En el mismo año anotó un escribano:

1483. 12 de noviembre: En este día bautizaron en la eglesia mayor quarent¿¡ e ocho


personas e ninnos e mugeres mayores que non avían sido batizados en faz de mucha
gente que y estavan presentes a vello’’120.

Otra vez se imponía un bautismo forzoso que, en una sociedad menos convul­
sa, no hubiese debido tener validez canónica. Por otra parte, el Santo Oficio decidió
acabar por la tremenda con los cementerios de los judaizantes; y así "quemaron infi­
nitos huesos de los corrales de la Trinidad e San Agustín e San Bernardo, de los con-
fessos que allí se avían enterrado, cada uno sobre sí, al modo judaico’’121.

9. El clero, ante el tribunal de la Inquisición

El Santo Oficio se cebó en los familiares de los primeros condenados, sin


mostrar compasión o respeto ni siquiera con los miembros del cabildo eclesiásti­
co. Todo aquel que resultase sospechoso por su linaje pasó ante el tribunal de los
inquisidores. En estos primeros años fueron quemados "tres clérigos de misa e
tres o cuatro frailes, todos de este linaje de los confessos”. El único que A.
Bernal122 citó por su nombre fue el doctor Savariego, fraile de la Trinidad, "gran
predicador e gran falsario”, aunque según F. de Talavera, todos los frailes y sacer­
dotes murieron “cognosciendo su yerro y arrepintiéndose mucho de ello ,23: afir­
mación quizá debida a exigencias del guión. Hubo, sin embargo, otros condena­
dos más, entre ellos algunos prebendados de la Iglesia.
Estaba cantado quiénes habían de ser las primeras víctimas entre la clerecía.
Pedro Fernández Benadeva, hijo él mismo de un canónigo, había logrado colocar
parte de su descendencia en la Iglesia de Sevilla: Alonso Benadeva era ya canónigo1-
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILL/K 71

y Juan Benadeva beneficiado 125, mientras que García de Gibraleón estudiaba


todavía en París126. El 16 de abril de 1480 Benadeva, feliz y ufano, presentó las
bulas que proveían a otro hijo, Gonzalo de Gibraleón, de la media ración vacan­
te por :• >erte de Antonio de León127. De repente vino la tragedia. La numerosa
. :• lo vio las orejas al lobo, tomó las de Villadiego, en parte para poner
. Ivo, en parte para defender con toda su alma la justicia de su causa
< de Roma. También se las vieron casi de inmediato con la Inquisición
de Jerez, D. Juan de Góngora128, y dos canónigos, el doctor Ñuño
j Cepeda129 y Rodrigo de Jaén150.
\ casa información disponible sobre casos tan tristes como escandalosos
versa casi exclusivamente sobre las disputas legales que surgieron, tras las con­
fiscaciones, entre los posibles beneficiarios de las mismas. En efecto, a falta de
doctrina legal cada cual fue a su avío, y así se produjeron los choques. Cuando los
inquisidores dieron orden a su alguacil de proceder al embargo de los bienes de
Góngora, Cepeda y otros beneficiados de la Iglesia de Sevilla, el cabildo eclesiás­
tico salió a defender al menos lo que creyó que le pertenecía por derecho: las pro­
piedades de los acusados. Por tanto, el 5 de noviembre de 1481 dispusieron los
capitulares que los bienes de Góngora y de Cepeda quedasen depositados en
poder del canónigo Juan de Saavedra, de Juan de Lugo, su mayordomo, y del
racionero Diego de Capilla, notario, en presencia de los racioneros Fernando
Sánchez de Cazalla y Alonso Martínez de San Vicente151. El 10 de diciembre se
acordó que Juan de Saavedra vendiera el pan de la capilla de Góngora y lo que
pertenecía a su pontifical de Mairena para saldar las deudas del condenado a la
fábrica de la Iglesia152. En cuando al doctor Cepeda, se aprovecharon sus libros,
prestados como fueron el 4 de enero de 1488 al doctor Alonso Ponce, así como su
casa, que se arrendó el 18 de abril de 1488 por 500 mrs. al mes155.
Ese mismo año Sevilla asistió a la estrepitosa caída de otro canónigo, Gabriel
Martínez. El 7 de enero de 1482 el cabildo eclesiástico delegó poderes en Gonzalo
González de Moguer, vecino de Aznalcázar, para tomar posesión en su nombre
de los bienes que Martínez pudiera tener en Sevilla, en Aznalcázar y en otros cua-
lesquier lugares y que debiesen ser confiscados "en razón de giertos crímenes de
eregía por el dicho Gabriel Martínez cometidos e perpetrados"154. A ruegos del
cardenal, el 27 de febrero de 1482 los bienes sujetos a embargo se entregaron para
su administración y salvaguarda al protonotario D. Nicolás Martínez (hermano
probablemente del reo)155; entre ellos figuraban una heredad en Aznalcázar y el
72 LOS CONVERSOS Y L/\ INQUISICIÓN SEVILLANA

donadío del Silvar en Carmona136. Su nombre figura en la lista negra del estatu­
to Quantum m vinea; pero en ese mismo momento, en 1515, había curiosamente un
Gabriel Martínez en el cabildo, probablemente un sobrino.
Más tarde, a finales de 1484 o principios de 1485, fue condenado y quema­
do el canónigo Diego Alonso de Jaén, quizá pariente de Rodrigo de •. .<? : ”. Sus
bienes pasaron también al cabildo eclesiástico, que el 23 de febrero ’5 ven­
dió por la muy respetable suma de 115.000 mrs. la casa que Jaén te; calle
de Placentines a los hermanos Francisco, Diego y Rodrigo de Sanó nóni-
gos de la Iglesia de Sevilla108; para asegurar en el futuro el derecho nuni­
dad de los compradores, el 5 de mayo de 1486 el cabildo en pleno, ce ;ítimo
propietario, confirmó la venta del inmueble como de cosa suya, ’ por quaruo apov-
tataverat a fide catbolica” el anterior dueño159. El 12 de mayo de 1485 se acordó
apreciar las demás casas del condenado, tasación que se llevó al cabildo del 51 de
mayo. El registro y su tasación dieron el siguiente resultado:

1) una casa en la Xamardala con otra pequeña pegada a ella, estimada en 25.000
mrs140.
2) una casa pequeña, convertida en taberna, en el barrio de D. Alvaro de Estúñiga,
tasada en 10.000 mrs.
3) una casa, morada de un barbero, en la carnicería de los Catalanes, apreciada en
10.000 mrs.

El cabildo decidió dar las tres fincas a la fábrica de la Iglesia en pago de


50.000 mrs. que le debía el condenado141. Otros bienes, según decisión del 25 de
febrero de 1485, se repartieron entre todos los beneficiados de la Iglesia142; lo
mismo se hizo con los libros de Jaén: un Breviario y una Biblia "de pergamino
escripia de mano”. El 2 de marzo de 1485 se vendió al jurado Luis de Lugo el pan
que se le debía a Jaén del año pasado de 1484143. Cuando el fisco reclamó su
parte, el cabildo eclesiástico, "por evitar questiones”, acordó dar el 19 de abril de
1485 a los inquisidores 1.000 reales de la deuda que el monasterio de San
Jerónimo de Buena Vista tenía con Jaén144. En efecto, el condenado había hecho
una donación al monasterio Jerónimo de 1.000 reales y diez capellanías, que ahora
se desvanecían en el aire con el humo de la hoguera. La comunidad jerónima, muy
incómoda, trató de salvar algunas cosillas de la quema y llegó a concertarse con
el cabildo por un total de 11.000 mrs.; pero su avaricia rompió el saco y la iguala

se deshizo145.
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILL/X 73

¡ &

Calle de Jamerdana (Barrio de Santa Cruz)


74 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

El puesto de Jaén en la Iglesia de Sevilla fue ocupado de inmediato. El 21


de mayo de 1484 el Papa concedió a Francisco de Cabañas la canonjía y la pre­
benda vacantes per receooiim cumodam Didad de Jahen ab ortodoxa fide el converoioneni
ad rituo ac mareo Judeorunv, pero de nada le valió a Cabañas madrugar en Roma: el
cabildo contestó el 7 de marzo de 1485 que ya había sido admitido ■ esa plaza
por virtud de otra carta apostólica Pedro de Fuentes146.
Otro canónigo más fue huésped involuntario del castillo de Tria' .ando
Gómez. Un tanto a regañadientes atendió el cabildo a la petición de a su
manutención que habían formulado los inquisidores, concediéndole abril
de 1486 10.000 mrs. y seis fanegas de trigo para sus> gastos y los de ->□ casa147,
Parece que el acusado logró capear el temporal; al imenos no fue execrado su
nombre en el estatuto Quantum in vinca.
Para acendrar la fe cristiana en estos momentos de profunda tribulación no
vino mal un oportunísimo suceso. El Papa había dado al rey Enrique IV un
Liignum Crudo que había escapado al saqueo de Constantinopla; el rey a su vez lo
donó al arzobispo hispalense D. Alonso de Fonseca. Decidido a saber si la reli­
quia era o no falsa, el prelado la arrojó al fuego: y —maravilla de las maravillas-
la madera salió ilesa y resplandeciente de la prueba. El arzobispo dejó el Lignuni
Crudo a la Iglesia de Sevilla en su testamento, y su sucesor, D. Pedro González de
Mendoza, procedió a ponerlo en el relicario de la catedral justo en 1482, no sin
que antes una solemne procesión hubiera salido a recibir tan preciada joya hasta
la ermita de San Bernardo148. El venerable madero, evocando a los cristianos la
Pasión salvífica, pareció justificar el castigo infligido a quienes habían crucifica­
do de nuevo a Jesús renegando de la fe. Fruto asimismo de las tensiones religio­
sas de aquellos tiempos hubo de ser la fundación de la Cofradía de San Miguel en
1481 —bajo el patronazgo del arcángel puso años después Alonso de Lugo la isla
de Tenerife—y la erección del humilladero de la Cruz del Campo en 1482, las dos
obras pías propiciadas por el asistente Diego de Merlo149.

10. La polémica anti-inquisitorial: Fernando del Pulgar y el protonotario


Juan Ramírez de Lucena

Las primeras condenas a muerte hubieron de ser recibidas con anonadada


estupefacción o jubilosa alegría, según los casos. Pero al menos una voz clamó en el
deyerto cuando aún humeaba el brasero: aunque ya no fuera posible cantar las
L/\ LLECAD/X DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 75

excelencias del converso, como en 1480, sí cabía mostrar compasión. En una fogo­
sa carta dirigida al cardenal y arzobispo de Sevilla D. Pedro González de Mendoza
y escrita a finales de 1481 o principios de 1482150, el humanista Fernando del
Pulgar. iar..h‘«cn él converso, señaló con toda justicia que los métodos empleados
por ición no eran los que requerían las circunstancias. Para atraer a los
jud. _onvencerlos de su ciega ignorancia, a su juicio, valían más que cien
hog .. ripio de buenos sacerdotes y su predicación, la senda que habían
mee. ?ispos burgaleses Pablo de Santa María y Alonso de Cartagena.
PuL • ’ió a parangonar los resultados de unos y otros con atroz y mordien-
te i’ ndo en cuenta que Juan de San Martín era también húrgales151:

Buenos son, por cierto, Diego de Merlo y el doctor de Medina [el asesor]; pero yo
sé bien que no harán ellos tam buenos christianos con su fuego como hizieron los
obispos Don Paulo [de Santa María] y Don Alonso [de Cartagena] con su agua. E
no sin causa: porque a éstos escogió Nuestro Redemptor Jesuchristo para aquello,
y a éstos otros escogió el li^entjiado nuestro chanciller para esto otro152.

La audacia del cronista llegó a más. La lenidad preconizada en su misiva


había de quedar arropada con el nombre de algún santo. Pulgar, quizá agobiado
por las prisas, no dudó en traer a colación aparatosamente un texto de San
Agustín: "una carta que escrive al emperador Marciano sobre el relapso de los
donatistas, amonestándole que los perdone y no cansen de los reducir”. La ver­
dad, sin embargo, es que San Agustín no escribió jamás la carta en cuestión, ni
hubo donatistas relapsos: más bien los "lapsos", los ‘apóstatas’, fueron propios del
tiempo de San Cipriano, en cuyas obras se pueden encontrar pasajes que guar­
dan cierta semejanza con las ideas que aquí se propugnan153. En cambio, no fue
desde luego tan suave la doctrina de San Agustín, que se mostró partidario de
emplear la fuerza para convertir a los herejes, recordando el famoso Compelle
intrare, el "Obliga a entrar", de San Lucas (14, 21-23)154; el mismo pasaje de los
Evangelios que fue aducido después por Juan Ginés de Sepúlveda para justificar
los justos títulos que tenían los españoles para ejercer una tutela —el dominio mili­
tar— sobre los indios del Nuevo Mundo. Menos aún brilló por su dulzura San
Jerónimo155, que acuñó la tremenda sentencia: non eot crudelitad pro Deo ptetad, "no
es crueldad la piedad en defensa de Dios". La Iglesia triunfante del final de la
Antigüedad se sir ' con derecho a coercer la disidencia por la fuerza; y así le fue
a Prisciliano.
76 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Esta dificultad no arredró a nuestro buen cronista, que tampoco hubo de


temer que alguien desenmascarara su bienintencionada impostura. En definitiva,
¿quién iba a descubrir que la cita era una superchería? ¿qué biblioteca de enton­
ces contenía las obras completas de un sabio tan prolífico como el hiponense? Por
una vez Pulgar, como fray Antonio de Guevara, se sacó una autcick-c’ de la
manga, mas no por alardear de falsa erudición156, sino en defensa g causa
justa y avalada además por otros textos de la Biblia.
Un impugnador anónimo, de quien sólo se sabe que era un “ver. varón
de este Santo Oficio (por tanto, muy probablemente, y por alusi lina),
trató de refutar al embolvedor de sentencias” (Pulgar), reventando • i pero
aun así afectando un estilo latinizante y oscuro157. Tres fueron los puntos tocados
en su contestación: el modo de hacer justicia, la causa del castigo y la defensa de
los inquisidores. En cuanto al primero, “es dotrina de Christo castigar y no dar
puerta de perdón a pocos ni a muchos, pues es mejor entrar en Paraíso con un ojo
que con dos pades^er el infierno”; en cuanto al segundo, “la ignorancia... de fee...
a ninguna persona escusa”; en cuanto al tercero, Cristo vino “a poner fuego para
encender la tierra fría en charidad”, luego también sus ministros, según parece
deducirse: tremenda aplicación literal de Lucas 12, 49. No se ahorraron otros
insultos ni a Pulgar, acusado de “bautizarse” en licor (“el agua ardiente con que
solían christianar en vuestra posada”), ni a los conversos: ellos habrían sido los
culpables de la muerte del canciller (¿Fernando Núñez?), “martirizado con
poncoña”, crimen tan imaginario como el que después se pondrá en su cuenta: el
envenenamiento del príncipe D. Juan (1498).
Pulgar se vio obligado a contestar al “encubierto” en otra carta que figura
entre las impresas en 1486, y que es una obra maestra de ironía y de elegancia.
En ella reiteró sus argumentos, aclarando más su fuente: “palabras de Sant
Agustín, epístola ciento e quarenta e nueve, sobre el relaxo de los hereges dona-
tistas”. Y, como si tal cosa, mentó la posibilidad de que la reina y los inquisidores
se hubieran equivocado en su determinación: “no es maravilla que Su Alteza aya
errado en la comisión que hizo, pensando que cometía bien, y ellos en los proces-
sos, pensando que no se informan mal”. Carriazo ha pensado que esta réplica le
valió al futuro cronista áulico un momentáneo distanciamento de la Corte, mas
nada puede afirmarse con certeza. Lo que sí consta, en cambio, es que ni Pulgar
ni su familia perdieron las relaciones con Sevilla. El historiador mantuvo exce­
lente amistad con el anterior cronista regio, Alonso de Palencia, que le escribió
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 77

varias cartas llenas de gracia sobre su incapacidad para abrirse paso en la socie­
dad hispalense de su tiempo, cuando los nobles cifraban la suprema sabiduría no
en tener libros ni en saber latín, sino en allegar dinero en abundancia158. Un hijo
de Pulgar, ? ■mando Pérez del Pulgar, que fue regidor de Loja, entregó en 1512
al impreso. íácome Cromberger “un libro que se llama Lucano, conplido, en
roir :< < ■.ladernado"159; se casó este Fernando con Da María de Robles, hija
de mercader toledano —también converso — que se afincó en Sevilla,
Fer-. ez Jarada.
lentos de Pulgar, corregidos y aumentados, volvieron a sonar poco
desp ?s e . pluma de otro personaje importante, el protonotario Juan Ramírez
de L . ■ cn¿ . . humanista educado en Roma, el autor de la Vita Beata, que acaba­
ba de volver de una prolongada misión diplomática en Inglaterra y Borgoña,
donde había cosechado éxitos tan importantes como la firma del tratado de
Abbéville (1471)160; el triunfante embajador podía permitirse, pues, ciertas licen­
cias. De todas formas, parece que Lucena presentó sus reparos a la Inquisición
de manera paulatina. Su objeción primera y principal llevó la polémica a otro
terreno, más teológico: el bautismo forzoso dado a los judíos en las matanzas de
1391 no podía ser tenido por válido, luego a los conversos judaizantes se los debía
de tratar como a infieles, y no como a herejes, “pues nunca fueron christianos, ca
la tal disimulación ni dolosa fue ni decisoria, mas medrosa”161; ésta era, por otra
parte, según hacía notar el protonotario, la doctrina que había defendido un teó­
logo del peso de Escoto. A esta razón realmente formidable Lucena fue añadien­
do otras consideraciones, que por fin reunió y ensambló en una carta perdida que
dirigió a los reyes hacia 1-490 ó 1491. En ella volvía a exponer su argumento
Aquiles con su intrincado y conceptuoso estilo latinizante, no sin acusar de paso
a los inquisidores de haber procedido contra los herejes “por avaricia e cobdicia
más de ganar muchos cuentos que las ánimas de los próximos..., sin autoridad de
la Yglesia e con precipitación de consejo”162. Desde un punto de vista político,
trajo a colación el protonotario una sentencia de San Agustín: "Sin venganza
suele quedar el pecado de los muchos, porque muchos pecados más de clemencia
piden que de crueza un solo pecado demanda. Sacrilega, cruel e superba es la dis­
ciplina que muchos hostiga e castiga pocos”163.
El clero de la sede primada había manifestado una y otra vez su adhesión a
la causa del Santo Oficio: un canónigo, el maestro Pedro Jiménez de Préjano,
había encomiado en 1486 la cruda guerra que los reyes hacían tanto a los moros
78 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

de Granada como a los infieles herejes dispersos por sus reinos16"1. Ahora le tocó el
turno de tomar la defensa de la Inquisición a su concanónigo el doctor Alonso
Ortiz, que ya había tenido ocasión de corregir una vez " fraternalmente” los "erro­
res de Lucena165. Pero este primer toque de atención no había sido suficiente. A
la vista de la sutileza —y terquedad— de su adversario, Ortiz compuso antes de 1492
una voluminosa réplica que enderezó asimismo a los monarcas: el Tratado contra la
se centró sobre iodo en el
carta del protbonotario de Lacena166. Su argumentación se
error decimocuarto del protonotario (dividido a su vez en tres grandes aparta­
dos): esto es, en dilucidar si los judaizantes eran herejes o infieles, decisión que
dependía a su vez de si el bautismo que se les había administrado era válido o no.
Aunque Ortiz ya le había hecho notar su error a Lucena, no tuvo más remedio que
volver a exponer con toda prolijidad la doctrina comúnmente aceptada entonces
por la Iglesia: basta la intención del ministro para que el bautizado reciba el sacra­
mento, aunque sin fe no reciba la gracia y último efecto del mismo. La propia doc­
trina de Escoto en este punto se presta a distingos, observó agudamente Ortiz:
según Escoto, no recibe el bautismo quien disiente dünpliciter ueldecunduni quid’, sí lo
recibe, en cambio, quien consiente dimpliciter. Cabe apostillar por nuestra parte: en
un caso concreto puede funcionar la regla; pero, ¿cómo aplicar estos distingos y
logomaquias al drama general y pavoroso de una conversión en masa? Ortiz, exce­
lente escolástico, se agarró como tabla de salvación a la tradición venerable de los
padres toledanos: si el IV Concilio de Toledo había dado por válido el bautismo
administrado a los judíos tras el insensato edicto de Sisebuto, era evidente que se
debía aplicar la misma doctrina al caso actual167. Por mucho que Ortiz descollase
como teólogo y polemista, la solución que proponía no era brillante; pero casaba
bien con el espíritu de aquellos tiempos. La doctrina de Lucena, más cristiana, vol­
vió a ser defendida por el gran Suárez, muy probablemente sin saber que, de
haberse estimado un siglo antes, se hubiesen salvado muchas vidas168. En conclu­
sión: según el canónigo, “los príncipes más han de ser justicieros que clementes 169.
La réplica de Ortiz fue publicada en un volumen junto con otros tratados de
ocasión, que se enmarcan cronológicamente entre la consolación por la muerte del
príncipe D. Miguel (13 de julio de 1491) y la acción de gracias por la salvación de
O. Fernando, escapado con vida del atentado sufrido en Barcelona (/ de diciembre
de 1492). El cabildo toledano andaba muy preocupado a la sazón por que los reyes
pudieran dejar preterida su sede en favor de la recién tomada Granada1'0, de suerte
que es comprensible que Ortiz, delegado de la Iglesia primada171, buscara halagar a
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 79

los monarcas con este ramillete de obras pensadas y escritas ad luían Catholicorum
reguni. Más curioso es que su publicación se hiciera en Sevilla, en 1493, y ello cuan­
do, como se explícita al final del tratado, había tenido lugar ya la condena pública de
Lucena: "En Córdova ante muchos prelados e maestros en Theología se reconcilió a
la Yglesia [Lucena] y fue condenada su carta e tratado públicamente’’172. Da la
impresión de que no todos se habían quedado convencidos de la falsedad de los
argumentos del protonotario: el Santo Oficio había puesto un sello en la boca de
Lucena, pero su doctrina seguía viva, sobre todo en las ciudades donde con mayor
intensidad lv/nía descargado la violencia inquisitorial. De ahí el interés en la difusión
del Tratado de Ortiz y la oportunidad de su impresión en Sevilla.
Pero hay más. Un ejemplar de la Biblioteca Nacional de Madrid (1/1905) trae
en el colofón una nota manuscrita, redactada en castellano o latín macarrónico:
"Revistos per nos F M Gorricios ”. La nota indica que los "mercaderes de libros’’
Francisco y Melchor Gorricio, hermanos del cartujo covitano Gaspar Gorricio (el
amigo de Cristóbal Colón) y residentes a la sazón en Sevilla, tuvieron algo que ver
en su edición, quizá corrigiendo el texto175. No es de extrañar: en 1494 salió a la
luz otra vez en Sevilla el Manuale de la Iglesia de Toledo expendio providoruni vira­
rían Franeioeiet Melcbiorio de Gurritiif17-1, volumen que había sido preparado por tres
canónigos de Toledo, uno de ellos Alonso Ortiz, estudioso de antiguallas y gran
patrono y restaurador del rito mozárabe: como que fue Ortiz quien por encargo
de Cisneros y también impendió nobilio Melcbiorio Goricii Novarienoio —¡qué casuali­
dad!— publicó en 1502 en Toledo el Breviariuni jecundiun regulara Sancti loidori, pie­
dra angular de la liturgia mozárabe. Se atisba, pues, la existencia de un grupo de
presión favorable por convencimiento o por interés al Santo Oficio, que comen­
zó a bullir insistentemente en Sevilla y en Toledo hacia 1493, si no antes.
80 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Notas

1 Así, ya en las postrimerías de la guerra de Granada se comenzó a vislumbrar el sesgo que iba a tomar
a este respecto la política de los reyes: poco antes de la expulsión de los judíos se promulgó el 15 de
marzo de 1-491 una disposición ordenando que los moros viviesen “apartados por sí", sin andar mez­
clados con los cristianos; se proyectaba de esta suerte un ghetto musulm¿ín creado al uso y manera de
la judería, manteniendo al pueblo cristiano a salvo de las salpicaduras e impurezas de los infieles.
Repárase en el caso aleccionador de Bizancio: tres emperadores (Heraclio, León 111 y Basilio el
Macedonio) ordenaron conversiones forzosas de judíos al cristianismo. Los tres inauguraron
una dinastía, los tres pusieron orden en un imperio caótico y los tres tuvieron un carácter recio.
Por consiguiente, el motivo principal de la persecución —hubo otros, desde luego— es claro: al
procurar consolidar la autoridad regia, se intenta acabar de raíz con las minorías religiosas, que
siempre plantean problemas irritantes a la mayoría.
3 The Origino of tbe Inquisition, p. 925ss.
4 A juicio de H. Kamen (La Inquisición, p. 19), sin embargo, la expulsión —y el establecimiento de
la Inquisición— fueron “una tentativa de la nobleza feudal para eliminar aquella parte de la clase
media (los judíos) que amenazaba su predominio en el Estado" (pero en p. 133 se señala cómo
los conversos se habían introducido entre la nobleza). De la misma manera, según la sugestiva
hipótesis de A. Cáscales (La Inquisición, p. 35ss.), la implantación del Santo Oficio se debió a un
conflicto entre los arrendadores judeoconversos y la nobleza. El rey Fernando, sin embargo,
tuvo muy claro con quiénes se enfrentaba: en 1506 se quejó de la enemistad que ponían entre
él y su hijo Carlos los grandes y los conversos (cf. J. Suberbiola, Real Patronato, p. 253).
5 En la primera edición latina del De rebus Hispaniae memorabilibuo (XIX 21) de Lucio Marineo
Sículo se achacó el establecimiento de la Inquisición exclusivamente al prior de Santa Cruz
(Torquemada) y al secretario real Pedro Martínez Camañas (quizá Pedro Camañas, que perte­
nece sin embargo a la cancillería aragonesa, cf. Sello, II, n° 219 [p. 30], 881 [p. 12-4]; Doc. relac.
intern., I, p. 4-49; Tumbo, II, p. 279); es notable que en la traducción de 1530 se añadiese: "y D.
Diego de Merlo, asistente de la ciudad de Sevilla". También A. Bcrnal recordó a Merlo como
encargado de sofocar la herejía judaizante (Memorias, XLIII [p. 98]). Es fama que en el séqui­
to de Merlo fue Diego de Deza, el futuro arzobispo (cf. A. Cotarelo, Fray Diego de Deza, p. 46ss.).
6 En efecto, el cabildo había arrendado la renta de los propios con el mayordomazgo a Tomás de
Jaén y a Alemán Pocasangre por plazo de diez años, que corrían desde el 1 de julio de 1475 al
1 de julio de 1485; mas el 30 de junio de 1479 Diego de Merlo, el asistente, y el cabildo senten­
ciaron que se hiciera nueva puja por el mayordomazgo y se les diese por recibida a Tomás de
Jaén y a Alemán Pocasangre la cuarta parte (= 335.375 mrs) de las rentas por los seis años que
quedaban de arrendamiento, que montaba 135.3/5 mrs. anuales, quedando netas de puja
200.000 mrs.; y el 16 de enero de 1480 les tomaron las cuentas Diego de Merlo, el licenciado
Pedro de Santillán, Roelas y Francisco Fernández de Sevilla. Jaén y Pocasangre pusieron pleito
al cabildo, alegando que en la ley del cuaderno por el que arrendaban las rentas se decía que, una
vez rematadas, no se podía recibir puja ni mayor ni menor; se replicó que no había tal condición
en la obligación que se había firmado con Jaén y Pocasangre. Por tanto, el rey confirmó el 22 de
setiembre de 1480 a Juan de Sevilla, el cual arrendó la mitad de las rentas de los propios con el
LA LLEGADA DE L/\ INQUISICIÓN A SEVILLA 81

cargo de mayordomo por tiempo de cinco años, que comenzaron a correr desde el 1 de julio de
1-480. Su puja, presentada el 2 de agosto de 1480 fue de un cuarto líquido, simple y verdadero,
sin condición alguna, en cada uno de los cinco años, sobre los 1.541.500 mrs. en que tenían las
dichas rentas Alemán Pocasangre y Tomás de Jaén, esto es, 1.926.937 mrs. anuales, unos
400.000 mrs. más. El 24 de agosto dio por fiador a Alonso Núñez de Toledo, vecino en la cola­
ción de Santa Alaría, por cuantía de 1.000.000 mrs. La otra mitad fue traspasada a Tomás de
Jaén, obligándose éste el 14 de setiembre de 1480 (A.M.S., Mayordomazgo, 1480). Cf. A.
Cascajes, Zxz inquisición, p. 46ss., quien sin embargo identifica al jurado Juan de Sevilla {Tumbo,
III, p. 97) cor el veinticuatro Juan (Fernández) de Sevilla, el contador del duque de Medina
Sidonia (/A?. p. 60), que a la primera de cambio huyó de la ciudad y se refugió en Sanlúcar
de Bai ramed;.’. Los reyes confirmaron la mayordomía al jurado Juan de Sevilla el 30 de julio de
1487y el 20 de julio de 1489 {Tumbo, IV, p. 219; V, p. 8).
Cuenta al respecto una curiosa leyenda Páramo {De origine, II, tit. 2, cap. 3, pp. 134-35): cómo
un Guzmán oyó todo escondido, por haber ido a requebrar a una mujer, e informó a Hojeda,
que inmediatamente se encaminó a Córdoba a dar cuenta de los hechos a los monarcas. Si la
historia es cierta, el itinerario regio sólo admite la posibilidad de que el encuentro del fraile con
los soberanos hubiese tenido lugar en noviembre-diciembre de 1478 (así lo hace Ortiz de
Zúñiga, Anales, III, p. 103). Prefiero, por tanto, acogerme a la versión dada arriba.
8 Para tal ocasión hizo un burlesco epitalamio Rodrigo de Cota (R. Foulché-Delbosc, Cancionero
castellano del siglo XV, n°967, Madrid, 1915, II, p. 588).
9 Andrés Bcrnal, Aiemorias, XLIII (p. 96-97).
10 Lo editó N. López Martínez, Zxmjudaizantes, p. 391ss. Parece que fue impreso también por J.
Crombergcr (Escudero, Tipografía, n° 462 [p. 211]). No sé por qué T. Azcona tilda a su autor
de "rabioso cristiano viejo” {Isabel la Católica, p. 369); más bien parece lo contrario.
11 Tratados, f. 55r.

12 De rebus Hispaniae memorabilibus, XIX 21. Repitió la observación en Carmina II, 2 69-70: Sunt quibus
assiotitfurtim qui Sabbala serval /el pronas digito qui sibipurgat anum ("a algunos les sirve a hurtadillas
quien guarda el sábado y se limpia agachándose el culo con el dedo”; no era ése, en cambio, el caso
del alabado "cisne”, es decir, de Cisneros).
13 En el Cancioneiro de Resende hay algunas poesías de Alvaro de Brito feroces contra los judíos (I,
pp. 249-50, cf. p. 227, 259):
Soes huüm bruto animal
belfa casi tartaruga,
soes huüm coruo carniza!,
soes huüm demo infernal,
nom sej' quem de vos nao fuga.
Soes dañado lobisomem,
primo d'Ysaque Nafú,
soes por quem dise Jhesu
'Pésame ter feito omem’.
Véase también lo que dicen Fernando de Silveira (II, p. 16) y Luis Enríquez (III, p. 114ss.).
14 Publicado por N. López Martínez, £<v Judaizantes, p. 407ss. Corrijo el "Andrea Fernandes” en
Andrés Fernández.
82 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

15 Vivía en la colación de San Román (cf. A.P.S., IX 1503 [= 17429], al 8 de mayo). Una Teresa
Sánchez, reconciliada (S 1494 n° 810), estaba casada con Antonio Sánchez Peón de Santa
Alaría. Diego Peón fue marido de Juana de Segarra.
16 Publicó el testimonio N. López Martínez, Zxvjudaizantes, p. 407ss.
l' A. Bcrnal recordó sólo a D. Pedro (Aíemorias, XL1II [p. 98]).
F. de Talavera, Católica impugnación, cap. 18 (p. 118): "dije y prediqué muy abiertamente y por
muchas veces en Sevilla que la ley mosaica ya no tiene obligación". Alude a sus sermones en la
carta prólogo (p. 68) los sermones... que en el año de 1478 hice en la dicha ciudad’, en cap. 24
(p. 135): cuanto los predicadores dicen... y yo decía en Sevilla" y en cap. 75 íp. 257). Cf. A.
Castro, De la edad conflictiva, Madrid, 1972°, p. 145; Escudero, Tipografía, n' 98 (p. 117). La
Católica impugnación fue prohibida después por el índice de Valdés (cf. Lloren-, Historia, II, p.
ID- La edición de F. Martín Hernández (Barcelona, 1961) resulta a veces defectuosa. Doy
algunos ejemplos de malas lecturas: en cap. 3 (p. 76) se dice: "toma la hoz del pleito” ("hoz” en
vez de boz ); en cap. 19 (p. 120) se lee "milagrosamente ya oyó de muchos" ("ya oyó” en vez
de "y a ojo"); en cap. 21 (p. 126) se lee "se coge de los mismos libros” (en vez de "se colige"),
cf. cap. 27 (p. 139); en cap. 33 (p. 151) se lee "y zún" ("zún" en vez de "aun"); en cap. 59 (p.
203) se lee: "no se debían enterrar en ciertos cimiterios, que tenían su era de la ciudad" ("su era”
en vez de "fuera").
19 F. de Talavera, Católica impugnación, cap. 31ss. (p. 147ss.).
20 F. de Talavera, Católica impugnación, cap. 59 (p. 203); 63 (p. 210).
21 Católica impugnación, cap. 75 (p. 237).
22 F. de Talavera, Católica impugnación,carta a los reyes (p. 69).
25 F. de Talavera, Católica impugnación, cap. 53 (p. 186).
24 F. de Talavera, Católica impugnación, cap. 66 (p. 218).
2o F. de Talavera, Católica impugnación, cap. 70 (p. 222).
26 De todo ello dio noticia Femando del Pulgar {Crónica de loo Reyes Católicos, II 67 \BAE 111, p. 331

b]). Hubo de publicarse la amonestación hacia finales de 1479, pues en 1482 Gonzalo de
Córdoba confesó que gracias a ella hacía dos años que no observaba la ley de Moisés (A.C.S.,
Sección I, libro 14, f. 130r). Cf. Escudero, Tipografía, n° 95 (p. 1 16), quien supone erróneamente
que se publicó un catecismo; Lea, Historia, I, p. 183. Según dice el abad Gordillo en lo que pare­
ce una reconstrucción de los hechos a posteriori, el cardenal Mendoza fue “el que más procuró
que la Inquisición se pusiese en España” (A.C.S., ms. 59-2-18, f. 109r); "su mejor apoyo lo con­
sidera N. López Martínez {Loojudaizantes, p. 249ss.).
La evangelización de los conversos obligó a mejorar el nivel doctrinal de los sacerdotes. A ello
se dedicó con especial ahinco Rodrigo de Santaella, que escribió una Sacerdotahs instructio circo
missam, dedicada al arcediano de Sevilla D. Francisco de Mendoza, y un Manualde doctrina neceo-
saña al visitador e a los clérigos, dedicado a D. Diego Hurtado de Mendoza, publicados los dos en
1499 (J. Hazañas, Aíaese Rodrigo, p. 196y 197ss.; Vindel, Arte, n° 120 [p. 323ss.] y 131 [p. 358]).
27 Los contemporáneos atribuyeron a la devoción de Isabel el establecimiento del Tribunal. Puedo
presentar dos testimonios más, poco conocidos. Inghirami, en el discurso fúnebre pronunciado
en la curia romana para honrar la memoria del príncipe D. Juan, enumeró las virtudes del infan­
te muerto y señaló que, mientras su padre lo había instruido en las artes marciales, su madre
había sido su maestra en las virtudes políticas, enseñándole "no sólo a curar las enfermedades del
Lr\ LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 83

reino, sino a extirpar las cabezas y las sedes de las úlceras, una vez descubiertas” {non aolum regni
nwrbaa curare, aed el ulcerum invenía capita aedeaque exatirpare). La metáfora médica revela, si ello hicie­
ra falta, que se alude a la Inquisición (T. Phaedrus Ingheramius, Orafia de abita ilhiatriaaimi loannia
Hiapaniae principia ad Senatum apoatolicum ora lia, 1-497. Fue publicado el discurso a ruego del emba­
jador regio Garcilaso Mendoza de la Vega, a quien va dedicado). La misma alabanza dedicó a la
reina, en su discurso fúnebre de 1505, Ludovico Bruni: Hereaim quidem repetitam Ebionia el Cherinti
aerean! uim circumciaioneni cum bapt¡amate, que a novellia ebriatianio nuper aub beata Vincentio ordinia
Predicatorum e ludaiamo cancérala in provincia ana plurimum creverat, aeveriaoime extinxit, aupra quinquagin-
la niillia bominum prapterea ¿gni damnatorum, multiaque deportaría el carceribua mancipatia {Reverendiaaimi
cc-mini ¡ 'Covici Bruni epiacopi Aquén. aereniaaimidontiniRomanarían regia apud S. D. N. lulium Papani .ij.
.■ratón. abita aereniaaime ac catbalice domine Heliaabetb Hiapaniarum et ulriuaque Sicilie ac Hieruaalem
repine > a río XXVI Februarij anuo domini A¡.cecee. »».).
28 Católica impugnación, cap. 9 (p. 83).
29 A.P.S.. IX 1479 (= 17415 parte 4), f. 22r “María mater Dei memento mei, ca pecador soy”; f.
24v y 25r "mater Dei memento mei ca pecauit tivi”; f. 25v “Ihesus Christus rex vin^it. María
mater Doy”; f. 27v "Ihesus Christus iuua"; f. 30 “Ihesus Christus rex ludeorum, María mater
Christi”. A.P.S., IX 1479 (= 17415 parte 5), f. 4v, 5v "Ihesus Christus prouidebit”.
30 Así dijo la reina el 9 de noviembre de 1480, temiendo que se repitiera la escena, como así fue, a
la llegada de los inquisidores {Tumba, III, p. 129).
3* Católica impugnación, cap. 1 (p. 74 y 75).
32 F. de Talavera, Católica impugnación, cap. 33 (p. 150).
33 F. de Talavera, Católica impugnación, cap. 3 (p. 76).
54 A la muerte de los herejes en la hoguera aludió claramente Talavera en Católica impugnación, cap.
3 (p. 77); cap. 8 (p. 83); cap. 9 (p. 84); cap. 75 (p. 237).
35 F. Cantera, "Fernando de Pulgar”, p. 319.
36 Cf. P. Gan Giménez, El Conaejo real de Carina V, p. 36ss.
3/ Tumbo, III, p. 1 13 (fechada la carta en diciembre, y no setiembre).
38 Así lo llamó Fernando el Católico cuando pidió el 27 de julio de 1479 al general de la Orden de
los Predicadores que confirmara en el puesto de provincial a “Miquel de Moriello” en vez de
dárselo a otro (A. de la Torre, Doc. relac. intern., I, n° 40 [p. 30] y 41 [p. 31]). El origen de los
dos inquisidores los conocemos gracias a Pulgar (F. Cantera, "Fernando de Pulgar”, p. 337).
Según Llórente (Hiatoria, I, p. 128), Morillo fue inquisidor en el Rosellón.
39 Una cédula regia ordenó el 15 de febrero de 1480 a las justicias de Castilla y Aragón que deja­
sen pasar a fray Miguel o a quien tuviese su poder, sin pedirle derechos por los libros que iba
a buscar a Aragón {Sella, II n° 2554 [p. 362]). Intriga saber qué libros eran ésos que debía traer
Morillo (en este caso, evidentemente, su poderdatario).
**° Azcona, laabel la Católica, p. 396. Como prior lo presentó una cédula regia del 27 de diciembre
de 1480 {Tumba, III, p. 113, cf. Lea, Hiatoria, I, p. 187, que por error convierte Valladolid en
Sevilla). Quizá fuera pariente suyo —¿sobrino?— el fray Juan de San Martín, dominico, resi­
dente en el convento de San Ildefonso de Toro, que apareció el 9 de marzo de 1536 por Sevilla
con un encargo de su comunidad (A.P.S., V 1536, 2 [= 3315]).
También iba protegido Torquemada, que llevaba como séquito 200 familiares del Santo Oficio
y 50 jinetes (así dice Páramo, De origine, II tit. 2, cap. 5, p. 157).
84 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

42 Tumbo, III, p. 112.


45 A.C.S., ms. 85-4-13, f. 129r (y ms. 84-47, f. 208r).
44 Alonso García de Morillo, conpañero , fue enterrado en la nave mayor de la catedral "yerca del
postrimero pilar de la parte de la capilla de los Reyes” (A.C.S., Sección II, ms. 1477, Libro
Blanco, I. n° 73, f. 1 Iv).
45 A partir de 148o hay abundante documentación en Sello sobre el pleito que Pedro de .Morillo y
su sobrino Pedro Díaz de Villalobos tenían contra Isabel Ruiz, mujer del jurado Bartolomé de
Villalobos (sobre esta Isabel cf. A.P.S., IX 1497 [= 17423 parte 2], f. 64r). Morillo fu • curador
asimismo de Pedro de Fuentes.
d. Hazañas, Alaese Rodrigo, p. 288; T. Azcona, La elección y reforma, p. 213. Se¿.;ún Bernal
(Memorias, XLIV [p. 99]) fue clérigo de la parroquia de San Pedro. Ortiz de Zúñiga (/1/mZ<v,
III, p. 109) lo hizo primer juez del fisco: en realidad, lo fue Fernando Yáñez de i-obón Las cre­
denciales de Medina, acompañadas de órdenes muy concretas de los reyes, en Tumbo, ! 11, p. 129
y 131.
4z Tumbo, III, pp. 1 14-15. Otra vez está fechada en diciembre, y no en setiembre.
48 Tumbo, III, p. 131.
■’9 Pacheco, Catálogo, f. 133r. Lo extractó Juan de Torres y Alarcón de las Cosas notables de
Cristóbal Núñez, manuscrito que le prestó el licenciado Cristóbal de Aybar, canónigo de la
Catedral y secretario del arzobispo D. Pedro de Castro y Quiñones, el 25 de diciembre de 1616.
Otra versión muy semejante da un ms. del s. XVII: la Relación de la junta y conjuración que hicieron
en Sevilla loo judíos conversos contra los inquisidores que vinieron a fundar y establecer el Santo Oficio de la
Ynquisición (A.C.S., ms. 85-4-13, f. 129r; otra copia más tardía es ms. 85-4-7, f. 208ss.; una ver­
sión, sobre A.C.S., ms. 34-85-4, publicó A. Cáscales, La Inquisición, p. 39ss.), que a su vez dice
basarse en un libro manuscrito que tenía el oidor de la Casa de la Contratación D. Juan Suárez
de Mendoza. Dio crédito a la "conjura” H. Kamen (La Inquisición, pp. 19-20). El texto fue edi­
tado según códices de la Academia de la Historia por F. Fita (Boletín de la Real Academia de la
Historia, XVI [1890] 453). Un estudio de las diversas versiones se encuentra en B. Netanyahu,
The Origins of the Inquisition, p. 1149ss.
50 En la iglesia del Salvador, según Lea (Historia, I, p. 188).
51 Percibió sueldo como veinticuatro en las nóminas de mayordomazgo al menos desde 1471.
52 Quizá haya que leer mejor Pedro: seria entonces el agujetero (S 1494 n° 297, 339, 860).
33 Separo en dos lo que los mss. presentan como un solo hombre. Este Pedrote el de las Salinas ha
de ser Pedro González de Sevilla, jurado de Sevilla, llamado algunas veces de la Sal: Fernando
de Santillán le hizo traspaso de unas salinas a él y a su hermano Fernando de Sevilla (cf. Sello,
II, n° 3522 [p. 507]). Recibió 5.000 mrs. "por estar en el alfóndiga” en 1471 (A.M.S.,
Mayordomazgo, 1471). Fue reconciliado y habilitado en 1494 (S 1494 n° 105). El jurado, que
vivió solo en la colación del Salvador, en la calle de Francos, hizo un primer testamento el 25
de abril de 1489. Su primera cláusula demuestra el bienestar económico del testador, pasado el
bache de la Inquisición: "Confiesa que le deven muchas presonas, así vezinos d esta ^ibdad
como fuera d’ella, muchas contías de mrs. así de sal como de otras cosas, lo qual tiene escripto
en su libro de su mano; el qual jura por el nonbre de Dios etc. qu’cs bueno e verdadero etc.
Manda que las dichas debdas se cobren non por vía de pleito ni contienda, salvo que lo dexa en
cargo de sus conciencias de los tales debdores con juramento
Juramento aue fagan”. Deió
que faaan Dejó al arbitrio de sus
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 85

albaceas el lugar de su enterramiento, así como el aparato a desplegar en sus honras fúnebres;
despreocupado por la religión, se limitó a encargarles las mandas pías acostumbradas. Mandó
a su hermano Ruy González una parte de las 4/6 partes que poseía en la casa de su morada, para
que con las 2/6 que ya tenía fuera Ruy propietario de la mitad de dicha casa, así como la mitad
de un tributo perpetuo de 1.405 mrs. situado en una huerta del señorío del Copero que Pedro
tenía arrendada al alcalde del Copero Fernando Álvarez. Nombró heredero en el resto de sus
bienes a su sobrino Juan de San Martín, hijo de su hermana Beatriz Fernández y García
Fernándvz. Fueron sus albaceas Isabel Fernández la Beata y Juan de San Martín. Debió de
pelearse con su hermano, pues el 2 de julio del mismo año revocó la manda a Ruy González
(A.P.S.. 11 í [= 1496 bis antes, ahora 19725], parte 2, f. 48ry 113r).
A. Cáscales (Zzz Inquisición, p. 50) no sin muchas dudas propone identificarlo con el tesorero Luis
de Medina; pero hay demasiados Medinas para llegar a una certeza: ¿es el veinticuatro
Fernando de Medina el Viejo (Tumbo, II, p. 240)?
’ Quizá sea .Martín de Sepúlveda, que se pasó al rey de Portugal y ya en 1480 fue restituido en su
oficio de veinticuatro y en la tenencia de Encinasola (Tumbo, III, p. 58, 60); cobró por tanto en
la nómina de 1483 (A.M.S., Mayordomazgo, 1483); antes participó en la tenencia del castillo
de Matrera (A.M.S., Mayordomazgo, 1471). Otro veinticuatro, Fernando García de Córdoba,
era alcalde de las alcabalas, pedidos y monedas de Sevilla en 1477 (Tumbo, p. 59).
56 Pedro de Jaén (de las Roelas) percibió sueldo como veinticuatro en la nómina de mayordomaz­

go al menos desde 1471.


Algunos mss. dan "Mondadura”. El personaje hubo de estar emparentado con el cómitre
Cristóbal Fernández Mondadina, pero no ha de ser identificado con él, como hice en "Los fran­
ciscanos y Colón”, Actas Del I Congreso Internacional sobre losfranciscanos y el Nuevo /Mundo, Madrid,
1987, p. 83.
58 La misma conspiración se quiso encontrar en otros lugares, para hacer más odiosos a los cristia­
nos nuevos. También corrió el rumor de que en tiempo de ios Reyes Católicos el alcalde mayor de
Toledo, el converso Bernardo de la Torre, había maquinado hacer una matanza general de cris­
tianos viejos e inquisidores en el día del Corpus de 1485, en el que los cristianos andaban más des­
cuidados (A.C.S., ms. 83-4-15, s.f.; cf. Lea, Historia, I, p. 193, quien, sin embargo, prestó dema­
siado crédito, a mi juicio, a la historia de la conjura de Susán [ibidem, I, pp. 188-89]).
39 Sobre esta cuestión es fundamental el artículo de J. Ollero, “Una familia de conversos sevilla­
nos en los orígenes de la Inquisición: ios Benadeva”, Híspanla Sacra, XL (1988) 45ss. Cf. asi­
mismo otro no menos fundamental artículo de K. Wagner, “La Inquisición en Sevilla” (1481-
1524)”, Homenaje a Carriazo, Sevilla, 1973, III, p. 441ss.
60 No es extraño esta guardia armada, pues el mayordomo tenía un arsenal en su casa, nada menos
que "para armar cien honbres” (A. Bernal, /Memorias, XLIV, p. 100), que fue convenientemen­
te requisado. El 7 de diciembre de 1481 el cabildo eclesiástico diputó "para el aprecio de las
armas de Benadeva que tiene el asistente” a Alonso Moreno, su concanónigo (A.C.S., Sección
I, libro 3, f. 64r).
61 A.C.S., Sección I, G.I.bis, s.f.
62 A. Bernal, /Memorias, XLIV (p. 99).
63 Así lo aseguró Páramo: «v.v illius societatis impurissimi collegae adinventi et in dicto sancti Pauli cocnobio
in vincula detrusi (De origine, II, tit. 2, cap., p. 135).
86 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

64 A.C.S., ms. 59-2-18, f. 11 Ir; ms. 57-2-1, f. 199v.


Anales, V, p. 12.
Memorias, cap. XLIV (p. 99 Gómez Moreno-Carriazo). Cf. asimismo Tumbo, III, p. 112ss.,
129ss., 131ss., p. 159ss.
b/ El 26 de agosto de 1482 se dieron las horas a todos los beneficiados que fueron al entierro de
Diego de Merlo (A.C.S., Sección I, libro 3, f. 108r).
68 Tumbo, III, p. 245ss. (5 de setiembre de 1482), p. 249ss. (19 de octubre de 1482).
b9 A una confrontación de grupos atribuye A. Cáscales (Zxz Inquisición, p. 55ss.) la muerte alevosa
del físico real Alonso Núñez, por la noche, a manos de Juan Alemán, muerte- que disgustó
mucho a los monarcas en 1479 (cf. Tumbo, III, p. 157).
z0 Recuérdese que, según Páramo, Torquemada temía que alguna persona se tomase la venganza
por su mano y prendiese fuego a su fundación, el convento de Santo Tomás en Avila; por eso
logró que se prohibiese la admisión en él a quien tuviese sangre judía o mora (De origine, II, tit.
2, cap. 5, p. 158). Un caso de represalias puede haber sido el intento de asesinato que sufrió el
alguacil Diego Martínez en Alcalá de Guadaira en 1480 (Tumbo, III, p. 265).
71 Pacheco, Catálogo, f. 133r. Es el milagro que da nombre a la parroquia de San Juan de la Palma,

narrado por Ortiz de Zúñiga (Anales, III, pp. 256-57; transcribió el pasaje Gestoso, Sevilla, I, p.
220 n. 1); según Ortiz, eran ochenta, y no doce, los años que llevaba muerto el denunciante,
sepultado al pie de la palma del cementerio, y el fraile era franciscano, y no dominico. Cada cual
contaba la historia según las simpatías que profesara a una u otra Orden.
Cf. Páramo, De origine, II, tit. 2, cap. 3, p. 139. Los reyes regalaron los bienes confiscados al
Hospital guadalupano.
,3 A. Bernal, Aíemorias, XLIII (p. 96).
,A El éxodo había comenzado un mes antes poco más o menos.
75 A. Bernal, Aíemorias, XLIV, p. 101.
76 A.P.S., XV (= 9100), f. 71r.
" Cédula al receptor Egas, dada en Medina del Campo el 16 de mayo de 150-4 (A.H.N., Inquisic.,
libro 243, f. 141r).
78 Cédula del rey a Villacís del 19 de setiembre de 1514 (A.H.N., Inquisic., libro 244, f. 390v).
/9 Cf. Lea, Historia, II, p. 193; H. Kamen, La Inquisición, p. 166; García Cárcel, p. 162 (que lo estu­
dia como un caso aislado).
80 Lea, Historia, I, p. 209; Martínez Millán, La Hacienda, p. 69.
81 A.P.S., XV 1501 (= 9101), f. 316v. Era Da Teresa la viuda de D. Pedro de Guzmán, señor de las
villas de Lepe, Ayamonte y la Redondela.
82 J. Meseguer, "Instrucciones", p. 210.
85 A.H.N., Inquisic., libro 572, f. 68v.
84 A.H.N., Inquisic., libro 244, f. 367ry 367v; cf. Lea, Historia, II, p. 232.
85 A.H.N., Inquisic., libro 244, f. 449v, 450r, 450v, 451v; cf. Lea, Historia, II, p. 233. Recuerda
Guillén ("Un padrón", p. 60) que el contador del marqués de Priego era a la sazón era el con­
verso e iluminista Pedro Ruiz de Alcaraz.
88 Es la explicación dada por J. A. Llórente (Historia, I, p. 138) a "los quatro profetas de yeso
mencionados por A. Bernal (Aíemorias, XLIV [p. 102]).
87 Escrito "dexamos".
L/\ LLECAD/\ DE LA INQUISICIÓN A SEVILL/X 87

88 A.C.S., Sección I, libro 14, f. 127r. Cf. J. A. Ollero, "Una familia", p. 90ss.
89 Cf. M. Serrano y Sanz, "Noticias biográficas de Fernando de Rojas, autor de la Celestina, y del
impresor Juan de Lucena", Revista de archivos, bibliotecas y museos, VI (1902) 257, 282., extracta­
do por S. Mitrani Samarían, "Un typographe juif en Espagne avant 1482", Róvue des Études
Juives, LIV (1907) 247 y 250.
90 C. Varela-J. Gil, Cristóbal Colón. Textos, doc. XXX (p. 376).
91 Sobre este Alvaro cf. A.P.S., IV (= 2154), f. 355v.
92 Tumbo, II!. p. 279. El 6 de febrero de 1478 los reyes le habían permitido a Pedro Fernández
Cansino renunciar la veinticuatría en su hijo Juan (Tumbo, III, p. 13).
95 A.M.S., .Mayordomazgo, año de 1499, cuentas de Juan de Pineda:
-En treinta e un días de abril del dicho año [1499] di al dicho escrivano siento e treinta e nueve
mrs. c medio por una carta conpulsoria que se enbió para los inquisidores, para que fiziesen
dar a su escrivano los dichos e dipusi^iones que contra Alimán Pocasangre e Pedro Fernández
Cansino fueron dichos ante los padres, para el pleito de Quintos.
—Este dicho día [24 de julio] di al dicho escrivano siento e treinta e nueve mrs. e medio por una
sobrecarta que se enbió para los inquisidores, para que diesen los dichos que contra Alimán
e contra el Cansino dixeron, porque la primera carta que para esto se dio pusieron s¡erto
inpcdimento.
94 Cf. A.P.S., IV 1480, f. 398r. Alvaro González Boniel fue nombrado el 9 de mayo de 1476 recep­
tor de los impuestos pedidos para la guerra contra Portugal (Tumbo, I, p. 175ss.).
95 A.P.S., XV 9100, f. 3776v. Poco después Arana pidió a Diego Jiménez, hojero, que no hablase
en el pleito, y Jiménez dio su consentimiento (ibidem, f. 378r).
96 A.P.S., III 1497 (= 1497), f. 164r.
97 A.C.S., Fondo Gestoso, XXXI, f. 336v.
98 Tumbo, I, p. 273.
99 Transcribí este documento para el Catálogo Arle y cultura en Ionio a 1192, Sevilla, 1992, n° 29, p.
115.
100 Tumbo, III, p. 321 y 326, 357, 515.
101 El 26 de julio de 1483 el rey ordenó a Sevilla que se los devolviese (Tumbo, III, p. 375).
102 Sobre este aspecto llamó la atención muy oportunamente A. Cáscales (La Inquisición, p. 58ss.).
103 Tumbo, III, p. 493.
104 La ciudad le pagaba por ello 1.000 mrs. al menos desde 1471, cf. A.M.S., Mayordomazgo, 1471.
105 Tumbo, III, p. 438.
106 Tumbo, III, p. 528.
107 A.P.S., XXI 1561, 1 (= 14234), f. 404r.
108 A. Bernal, Memorias, XLIIV (p. 100).
A.C.S., Sección I, G.I.bis.
110 A.C.S., Sección I, G.I.bis, s.f.
1,1 Según Llórente (Historia, I, p. 136), tuvieron lugar el 6 de enero, 26 de marzo, 21 de abril y 4 de
noviembre de 1481.
112 Quizá fuera un plazo de 30 días, prorrogado por otros 30, como se hizo en 1483 y 1484 en
Ciudad Real (Lea, Historia, I, p. 192; II, p. 350, 775; Beinart, Los conversos, p. 107); por razones
obvias, he supuesto que hubo de haber un edicto anterior. En Valencia también fueron prorrogado

I
88 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

los edictos de gracia (García Cárcel, Orígenes, pp. 73-74). Debo decir, sin em bargo, que Páramo
conoció asimismo un plazo de 40 días (De origine, II, tit. 2, cap. 3, p. 136).
1,0 En el ms. se lee "rronia”; "irrónea” interpretó un copista posterior (A.C.S., Sección I, G.I.bis,
s.f.).
114 En 1480 uno de sus parientes, Juan Sánchez el Alvo, era cambiador en Sevilla (A.P.S., IV 1480
[=2154], f. 419v).
115 A.C.S., Sección I, libro 14, f. 128v. J. A. Ollero, "Una familia", p. 92ss.
Sello, XIII, n° 2656 (p. 422).
Sello. XIV, n° 761 (p. 112).
1.8 A.P.S., V 1483 (= 3212), f. 38r (Bono-Ungueti, Protocolos, p. 121 n° 13; Wagner, La Ini/uióción,
p. 444).
1.9 A.P.S., V 1483 (= 3212), f. 14r.
120 Bono-Ungueti, Protocoloj, p. 61 n. 2. El documento actualmente carece de signatura. Bono-
Ungueti leyeron “a [San Pa]blo” en vez de “a vello”.
121 A. Bernal, Aíemoriao, XLIV (p. 101).
Memorias, XLIV (p. 101).
123 Católica impugnación, cap. 1 (p. 74).
124 El 2 de marzo de 1480 se discutió si se habían de dar al canónigo Alonso Benadeva las horas, como
se habían dado a otros estudiantes. Se sometió el asunto a votación y prevaleció la negativa, “por­
que se provó qu’el dicho Alfonso Benadeva no cstudiava” (A.C.S., Sección I, libro 2, f. 35v).
125 Aparece varias veces en las actas capitulares como arrendador del trigo del cabildo. En él se
remató el trigo de Gandul y Marchenilla, la cilla de Marchena, Santaolalla, Real, Cala,
Almadén, Pedroso, etc. (20 de setiembre, 12, 19 y 22 de noviembre de 1479, cf A.C.S., Sección
I, libro 2, f. 17v, 23v, 24v, cf. asimismo ibidem, f. 42v, 45v; A.P.S., IV [= 2154], f. 318r).
126 El cabildo no se portó mal con el estudiante, incluso después de la ruina de su padre. El 17 de
abril de 1482 se acordó conceder para su mantenimiento a García de Gibraleón, todavía en
París, los frutos del beneficio de Cazalla, "no obstante la fianza de su padre Pedro Fernández
del año pasado d’este presente año” (A.C.S., Sección I, libro 3, f. 88r).
127 Se le dio posesión inmediata (A.C.S., Sección I, libro 2, f. 39v).
128 El 4 Je noviembre de 1479 D. Juan de Góngora fue nombrado procurador y síndico en corte
romana (A.C.S., Sección I, libro 2, f. 22r). El arcediano dejó una Biblia y un Talmud escrito en
hebreo, que se entregaron el 4 de julio de 1480 al bachiller de Logroño a fin de que depositara
los manuscritos en un arca en el Sagrario, para facilitar su consulta cuando fuese menester
(A.C.S., Sección I, libro 2, f. 47v).
129 pue procurador de Diego González, beneficiado del Puerto de Santa María, y de Diego
González el 9 y el 14 de enero de 1478 (A.C.S., Sección I, libro 1, f. 3r, 4r).
130 Dos únicas noticias referentes a Jaén he encontrado en las actas capitulares. El 1 7 de setiembre
de 1481 el cabildo ordenó a su mayordomo que no le pagase al canónigo lo que se le debía de
sus tercias (A.C.S., Sección I, libro 3, f. 44v). El 7 de mayo de 1479 se remató en Jaén trigo del
molino de Guadairay del Minjoar, a 180 y 183 mrs. la fanega (A.C.S., Sección I, libro 2).
131 A.C.S., Sección I, libro 3, f. 55v. El 27 de marzo de 1482 el cabildo acordó sacar a la venta los
bienes de Benadeva y del arcediano de Jerez que estaban depositados en Juan de Saavedra y
Juan de Lugo (A.C.S., Sección I, libro 3, f. 86v).
LA LLEGAD/X DE L/X INQUISICIÓN A SEVILLA 89

132 A.C.S., Sección I, libro 3, f. 64v.


133 A.C.S., Sección I, libro 4, f. 98r, lOlv.
134 A.C.S., Sección I, libro 5, f. 72r.
135 A.C.S., Sección I, libro 3, f. 80r.
156 Para la heredad de Aznalcázar cf. A.C.S., Sección I, libro 4, f. 82v (23 de febrero de 1481; el 25

de lebrero decidió el cabildo que Alonso Moreno diese cuenta de lo recibido y gastado de los
bienes de Martínez, cf. A.C.S., Sección I, libro 4, f. 83v). Del donadío de Carmona se ocupó el
cabildo mucho más tarde, el 24 de abril de 1504, cuando se acordó de su diezmo (A.C.S.,
Sección I, libro 6, f. 72v, cf. f. 98r, 99v).
I,'/ Quedan pocas noticias de este personaje en las actas capitulares. El 31 de agosto de 1478 die­
ron la horas por 20 días al bachiller Diego Alonso de Jaén, racionero, para que solicitara en
Córdob; ’ pleito del comendador de Hcliche (A.C.S., Sección I, libro 1, f. 3Ir; cf. todavía libro
2, í. 55\ El 2 de mayo de 1479 el cabildo lo nombró hacedor de la vicaría de Constantina
(A.C.S.. Sección I, libro 2, f. 13v). Fue diputado para entender en el pleito con Da Inés de
Ribera (A.C.S., Sección I, libro 3, f. 71r). Permutó una ración con Andrés Gómez, arcipreste
de Peñafiel, quien tomó posesión de la suya el 21 de agosto de 1481 (A.C.S., Sección I, libro 3,
f. 40v). Tomó posesión de la canonjía el 1 de setiembre de 1481 (A.C.S., Sección I, libro 3, f.
42v-43r). Cf. asimismo A.C.S., Sección I, libro 3, f. 119r; J. Hazañas, Aía&fe Rodrigo, p. 266; J.
A. Ollero, "Una familia", p. 67.
13f* A.C.S., Sección I, libro 3, f. lOv.
139 A.C.S., Sección I, libro 4, f. 52r. Tomaron posesión los nuevos propietarios el 18 de mayo (cf.
A.C.S., Sección I, libro 4, f. 55r).
140 Quizá las casas "a la Xamardala” rematadas el 25 de febrero de 1488 en Periáñez y Leonor de
Medina (A.C.S., Sección I, libro 4, f. 83r). Cf. asimismo A.C.S., Sección I, libro 5, f. 353r. De
una casa en la Xamardala hizo dejación la viuda Leonor de Porras en 1546 (A.C.S., Sección I,
libro 18, f. 61v). La Xamardala (cf. asimismo A.C.S., Sección I, libro 17, f. 80v, 85v, 89r) per­
vive en la actual calle Jamerdana, "cuyo nombre da mucho que discurrir a la erudición”, según
decía Ortiz de Zúñiga (Analeo, V, p. 72).
141 A.C.S., Sección I, libro 4, f. 53r, 55v.
142 A.C.S., Sección I, libro 3, f. llr.
143 A.C.S., Sección I, libro 3, f. 14r.
144 A.C.S., Sección I, libro 3, f. 22v.
145 Un sobrino de Jaén había dejado al monasterio de San Jerónimo diez castellanos. Los frailes
pidieron gracia de ellos. El cabildo replicó el 10 de febrero de 1486 que se contentasen con la
limosna de 11.000 mrs. que les había hecho (A.C.S., Sección I, libro 4, f. 29r). El 24 de julio de
1486 el cabildo acordó denegar al monasterio de San Jerónimo los 1.000 reales y diez capella­
nías de Jaén, “pues que avía inpetrado bienes después de la concordia y gracia fecha”. Y el 28
de julio encargó al arcediano de Jerez que cobrase al prior aquellos diez castellanos y los pri­
meros 10.000 mrs., y que por los otros 10.000 recibiese las prendas de plata que ofreciese, a qui­
tar la próxima Navidad (A.C.S., Sección I, libro 4, f. 68v). Sevilla también tuvo que pechar con
deudas: el 25 de enero de 1486 pagó a la Iglesia de Toledo una deuda de 5.000 mrs. que le debía
Diego Alonso de Jaén (A.C.S., Sección I, libro 4, f. 29r).
146 A.C.S., Sección 1, libro 3, f. 15r.
90 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

,"1' A.C.S., Sección I, libro 4, f. 50r y 51; J. A. Ollero, “Una familia", p. 69. Ha de ser Fernando
Gómez de Cazalla (cf. J. Hazañas, Alaeoe Rodrigo, p. 256).
14S p Pacheco, Catálogo, f. 90; Ortiz de Zúñiga, Analeo, III, p. 59; Gestoso, Sevilla, II, p. 424. Quiso
quemar la reliquia el doctor Egidio, según Reginaldo Montano (p. 430).
149 Ortiz de Zúñiga, Analeo, III, pp. 114-15, 1 16ss. Otra eclosión de piedad tuvo lugar por las mis­
mas fechas: el 12 de febrero de 1481 Diego Fernández Marmolejo, movido por la devoción que
tenía a los oficios de vísperas de Cuaresma que se celebraban antes de mediodía, y vi ndo que
la falta de concurrencia deslucía la procesión, dotó las vísperas con las rentas de un mesón de
vino arrendado a Inés González de la Fuente, a repartir entre los asistentes a los oficios (A.C.S.,
Sección II, ms. 14//, Libro Blanco, I, f. 134r). Diego fundó la capellanía de su hermano Nicolás
el 20 de octubre de 1486 [A.C.S., Sección II, ms. 1477, Libro Blanco, I, f. 159r]).
ISO Efectivamente, hay que fecharla cuando todavía D. Pedro —el destinatario de la carra— seguía sien­
do arzobispo de Sevilla y estaba con vida Diego de Merlo. La dedicatoria a D. Diego Hurtado de
Mendoza es, en consecuencia, falsa, como ya vio Carriazo. Por tanto, se complica innecesariamen­
te la vida H. Beinart, haciendo entrar en juego a los dos Mendozas (Zxa» converooo, p. 52ss.).
Por ello se sulfuró el refinador de quien se hablará más tarde, como si Pulgar hubiese llamado
judíos a todos los burgaleses: "ni la nación de Burgos es tal qual vos dais a entender ni qual es
verdaderamente la que vos queréis defender" {ibídem, p. 320).
152 F. Cantera, "Fernando de Pulgar", pp. 309-10. Sobre la polémica cf. asimismo H. Bcinart,
converooo, p. 47ss.
Cf. p.e. De loo apJotalad 36 (B AC 241, p. 198), De loo bieneo de la paciencia, 16 (p. 308). La cita bíbli­
ca (Mateo, 18, 22) que alega Pulgar para refrendar su doctrina recibió el mismo comentario -no
podía ser menos- por parte de otros muchos padres de la Iglesia: Filastrio, Sobre lao berejíao, CVII
{PL 12, c. 1221); Paciano, Epíotolao {PL 13, c. 1071); San Ambrosio, Sobre Jacob y la vida dichooa
{PL 14, c. 624), Enarracioneo a loo Salnioo {PL 14, c. 991), Expooición oobre el evangelio de San Lacao
{PL 15, c. 1771-72), Cartao, LXIII 103 {PL 16, c. 1216-17); autor anónimo, Sobre la pendencia,
XXIV {PL 17, c. 997); autor anónimo. Sobre la lucha de loo vicioo y lao virtudeo {PL 17, c. 1063); y
el propio San Agustín, Sermoneo, LXXXIII {PL 38, c. 515).
154 Así lo expresó a Donato {Carta 173, 10 [BAC 99 a, p. 380]); otro tanto defendió en su carta a
Bonifacio {Carta 185, 21 [BAC 99 a, p. 467]) y en su tratado Contra la caria deldonaluta Pettliano,
II 73, 184ss. {PL 43, c. 315ss.). Citó los pasajes de San Agustín a Bonifacio y Petiliano el doc­
tor Ortiz (¿Tratado, f. 57v, 59r), trayendo a colación otros textos de San Jerónimo: "donde se
concluye que la tal piedad que éste para sus próximos desea sería más crueldad para las ánimas
d’ellos mesmos".
La superchería salta a la vista. San Agustín no escribió "Sobre el relapso de los donatistas , sino
"Sobre el bautismo contra los donatistas" {PL 43, c. 107ss.). Tampoco aconsejó sobre este tema
al emperador Marciano (450-57); pero así se llama el destinatario de la carta 258 de San
Agustín (BAC 99 b, p. 452).
155 Carta 109, 3. La sentencia fue muy citada por los partidarios de un integrismo religioso, como
Álbaro de Córdoba {Ind. luni., 11 [p. 284 Gil]). Asimismo salió a relucir cuando se implantó la
Inquisición medieval en el s. XIII, y más tarde, cuando se estableció el nuevo Tribunal en 1480
(A. Ortiz, Tratados del doctor Alonjo Ortiz, Sevilla, 1493, f. 97r; L. Páramo, De origine, II, tit. 3, cap.
3, p. 286).
LA LLEGADA DE LA INQUISICIÓN A SEVILLA 91

l.->6 ¡\jo fuc pulgar el único en inventarse autoridades. Alonso Ortiz citó de Platón un libro llamado
Telas, en el que se hablaba de la brevedad de la vida (Los tratados del doctor Alonso Ortiz, Sevilla,
1-495, f. 26v): ¡como si el filósofo hubiese escrito un DefinibusX
15/ Editó el texto corrigiendo no pocos errores de Carriazo el mismo F. Cantera (ibidem, p. 312);
otras faltas quedan por subsanar (así, p.e., en p. 315 se debe leer "puede hordenar sobreseer en
la execu^ión de la pena", y no "horbe sobre seir”).
158 Una de ellas editaron Tate-Alemany, Alfonso de Palencia. Epístolas latinas, V, p. 45ss. En ese círcu­
lo lo único que se conocía de Palencia eran los tejedores, no el historiador. Palencia vivía enton­
ces -debía de ser verano— en Castilleja. Los desprecios sufridos por Alonso de Palencia los vol­
vieron a .'udecer otros humanistas. Pedro Mártir de Angleria compuso un poema contra un
noble ¡nto'ente. En el prefacio a tales versos Antonio de Lebrija exhortó a los petimetres de su
tiempo a escarmentar de una vez con ese ejemplo: Quare, optimates quicumque uoJ fatemini, quam
vobis expediat invigilare ne sublimegenus el ornatos fortune vestre ¿Ilécebras viciis inherentes deturpetis, alie­
na.' exemplo adscribe, ne de vabis posteritas mate sentiens in sannam el nauseam contra vestros mores revi­
starat (Pedro Mártir, Opera, Sevilla, 1511).
159 A.P.S., I 1512, 2 f. 884v (cf. C. Griffin, Los Cromberger, p. 83).
160 por c] tratacJo prometió ayuda en nombre de los príncipes al duque de Borgoña si le declaraba la gue­
rra el rey de Francia Luis XI (Suárez, Política, I, p. 282 [y antes p. 59ss.]). En 1479 los reyes le envia­
ron a él y a Lope de Valdivieso, embajadores en Inglaterra, 200.000 mrs. (de esa embajada deben
datar los libramientos no pagados en 1495 y 1496 todavía a los mercaderes que los habían hecho
efectivos en Flandes, cf. Doc. relac. inlern., V, p. 113, 351); en 1479 le volvieron a confirmar sus bene­
ficios y cargos, ya que por su larga ausencia había sido dado por muerto (Sello, II, n° 2039 [p. 287]).
Capellán real y consejero regio, Lucena tuvo como abad de Covarrubias un pleito en 1491 con el
cabildo de dicha villa (Sello, VIII, n° 2305 [p. 340], 2342 [p. 344]; otros asuntos en Sello, IX, n° 2850-
52 [p. 462]); se le permitió renunciar a la abadía o permutarla en 1492 (Sello, IX, n° 3034 [p. 497]).
Su padre homónimo, Juan Ramírez de Lucena, fue admitido al linaje de los chancelleres de
Soria; pero éstos no quisieron guardarle los derechos a sus hijos (cf. Sello, II, n° 2220 [p. 312]).
Ello indica procedencia soriana, patente también en la merced de maravedíes y pan que tenía
en esa ciudad (Sello, VIII, n° 2273 [p. 336], 2632 [p. 390]).
161 Conocemos el texto de Lucena por la réplica de A. Ortiz, Tralados del doctor Alonso Ortiz, Sevilla,
1493, f. 74r.
162 A. Ortiz, Tratados, f. 65v.
A. Ortiz, Tratados, f. 68v.
16-4 Así se imprimió en el colofón del Confutatorium errorum contra claues recles¿e nuper editorum, dedi­
cado al cardenal .Alfonso Carrillo, primado de España, e impreso en Toledo el 31 de julio de
1486 per venerabilem virum lobannem Vasqui: los Reyes Católicos inconcuso ac immobili animo etfer-
ventissbno zelo fidei accensifortissimo ac copiosissimo bellatorum exercitu contra expurciosbnos etferocissbnos
Sarracenos regni Granate et contra infideles heréticos per regna et dominio sua dispersos ingentissima acflo-
ridissima regna gerentes et catholicam fidem defendentes et exaltantes ac nomen Christi laudantes divinum
cultum gloriase in dies augent etfidelium corda in Christi amore ardentía redunt.
165 Tratados, f. 61r, 74r, 8Ir. Ortiz se permitió asimismo dar un palmetazo a Lucena, quizá no muy
ducho en latines, afeándole su imposible interpretación de ¿ponte, que el protonotario derivaba
de spondeo para forzar su significado en un texto pontificio (Tratados, f. 9Ir).
92 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

166 “Pocos días ha que vino a mis manos una carta prolixa dirigida a vuestras excelencias por el
prothonotario Juan de Lucena, donde ingeniosamente, con autoridades de la Sacra Escriptura
entendidas según su propósito, exorta a vuestras Reales Altezas a clemencia y en algunos luga­
res reprehende e daña los autos e processos que por los inquisidores de la infidelidad e aposta-
sía en vuestros reinos son fechos” (Tratados, f. 53r). El término ante guem de la composición de
la obra lo da el propio Tratado: todavía no se había decretado la expulsión de los judíos
(Tratados, f. 87r).
lt>z En la oratio a los reyes Ortiz volvió a referirse al problema converso en términos muy duros:
Serperat siguídem per omnes Hispanias Judaicé prau¿latís vetusta perfidia el leíales su raili peni tiiostssimis
incrementé pullulaverant; ad guos erradicandos vigili studio solertigue cura animal i latibula be insidio-
si omni spurcitia Judaicé pravitatis expiare curaslis el remediis congruenlibus tante cecilatis vestro lamine
clantalem proposuistis, veterum radicum ac surculorum guorundam supputalione, ande ramorum perfidia
laxarían véa est; ac interdum cauleriis supposila medicina est surcalis insitione improbé, nonnullé aero
frondium excussa rubigine relictis (Tratados, f. 4Ir).
168 Afaior ergo videtur cose infamia, si violenter trabanlur paires adulli; hace namgue violen lia videtur nocere
Ecclesiae, guia baptizati invite non recipiunt sacramenlum nec cbaracterem baptémalem, sed remanen! infi­
deles occulti nec ullum vere recipiunt sacramenlum (In tertiam partan Diui Thomae, disp. 25, tom. 2,
sess. 3 De origine'). Es una opinión que no aceptó, como era lógico, Páramo (De origine, II, tit. 2,
cap. 6, p. 165).
169 A. Ortiz, Tratados, f. 67r.
1/0 Cf. Tratados, f. 49r. Concluía Ortiz: "Contémplenlo bien Vuestras Altezas, no turben la orden
antigua de vuestros reinos los consejos súbitos” (Tratados, f. 49v).
171 Así lo declaró el propio Ortiz: ecclesie noslre Tolelane, cuius legatione fungimur (Tratados, f. 40r).
172 Tratados, f. lOOv.
*7^ “Por comissión de... Melchor de Gurrizo” se imprimieron en 1491 en Sevilla Las Siete Parí¿das
(Vindel, Arle, n° 28 [p. 104]) y en 1494 el Regimiento de príncipes (Escudero, Tipografía, n° 42 [p.
88]; Vindel, Arle, n° 69 [p. 185]). Después Melchor se estableció en Toledo y Francisco en
Salamanca. Hubo otro Francisco Gorricio, sobrino de los anteriores, que vivió asimismo en
Sevilla, muriendo allí en 1515 (cf. C. Varela, "Fray Gaspar Gorricio, monje cartujo al servicio
de la familia Colón”, Historia de la Cartuja de Sevilla, Sevilla, 1989, p. 111 y 127, que prefiere no
desdoblar a Francisco).
174 Vindel, Arte n° 72 (p. 194). Vaga noticia en Escudero, Tipografía, n° 40 (p. 87).
III. EL ÉXODO

L entrar la Cuaresma (marzo) de 1481 un tropel de cristianos nue­


vos salió despavorido de Sevilla, buscando su salvación en la
huida1. El asistente mandó castigar con pena de muerte cualquier
intento de fuga y mandó apostar guardias a las puertas de la ciudad para impedir
la desbandada. Sin embargo, su celo se estrelló contra una catástrofe imprevista: a
finales de 1481 se desencadenó en Sevilla una tremenda peste, que segó la vida de
más de 15.000 personas. Como era costumbre en esas circunstancias, los notables
abandonaron el recinto urbano en busca de aires más puros. Los inquisidores se
refugiaron en Aracena, “donde fallaron qué hacer e prendieron e quemaron vein­
te e tres personas’’2, haciendo suyo el precepto de Apeles: ni un día sin una línea.

1. La escapada

Aprovechando la ocasión, otros conversos pidieron a su vez licencia para


ausentarse. El asistente accedió a dársela, a condición de que no se llevaran la
hacienda y presentaran las cédulas de permiso a los guardianes de las puertas. Ni
que decir tiene que no todos los que abandonaron la ciudad volvieron a ella. Así
lograron escabullirse antes o después, llevando sus tesoros a cuestas o dejándolos
ocultos en escondrijos, muy importantes personajes, de los que doy a continua­
ción un breve elenco; muchos otros, especialmente los arrendadores, saldrán a
colación después:

-el doctor Juan Rodríguez, físico de la ciudad, con sueldo de 2.000 mrs. al año.
—el licenciado Francisco de la Barrera, primo de Juan Alemán. El 5 de marzo de
1480 Francisco de la Barrera y Tomás de Jaén vendieron a la ciudad la lonja de
9-4 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

los placentines y milaneses, frontera a las Gradas de la catedral (S. Montoto, Laj
calleo de Sevilla, pp. 366-67). Fue mensajero de la ciudad a los reyes en 1480 (Tumbo,
III, p. 86, 90, 157, 254). Cf. A. Cáscales, La Inquisición, p. 56.
—Sancho Díaz de Medina, almojarife en 1478 (los reyes le encargaron cobrar la
imposición del uno por ciento sobre la dicha renta el 9 de mayo de 1478, cf. Tumbo,
II, p. 204ss.) y veinticuatro (A.P.S., XXIII 1472 [= 15963], f. 272v), cf. Sello, II n°
3473 (p. 499). En las labores de la ciudad se cita en 1496 los caños de la calle de
las casas que fueron de Sancho Díaz. El convento de Santa María de Jesús (de
monjas clarisas) se levantó en una casa señorial en la colación de San Esteban que
había pertenecido a Sancho Díaz de Medina, según se desprende de un documen­
to del cardenal Cisneros del 4 de agosto de 1502 (Sevilla, Archivo del convento de
Santa María de Jesús).
-el jurado Pedro de Illescas. Falleció en el exilio antes de 1483 (Tumbo, III, p. 526).
Cf. A. Cáscales, La Inquisición, p. 58.
—los hermanos Manuel y Bartolomé Cisbón. En 1391 Juan Rodríguez era el nom­
bre cristiano de David aben Cisbón (cf. A. Collantes, Sevilla en la Baja Edad Aleóla,
Sevilla, 1984, p. 374). Las casas del mariscal Diego Caballero en calle de Francos
fueron de Cisbón (Pacheco, Catálogo, f. 13 Iv).
—Juan (Fernández) de Sevilla y su mujer Leonor Fernández. Juan, contador del
duque de Medina Sidonia, fue nombrado veinticuatro el 21 de julio de 1476
(Tumbo. I, p. 195; II, p. 187, 257; S 1494 n° 172, 288, 289). Recibió del concejo en
1476 el alto de la pescadería en la plaza de San Francisco (Tumbo, II, p. 258).
Ocupó una casa del cabildo eclesiástico en la calle de Abades; fue su fiador el canó­
nigo Gonzalo de Saavedra (cf. el cabildo del 13 de mayo de 1482 [A.C.S., Sección
I, libro 3, f. 91v]).
—Juan (Fernández) de Sevilla y su mujer Juana Fernández (S 1494 n° 1089).
Desempeñó la mayordomía de la ciudad en 1471-1474. Fue ballestero de maza
del cabildo, oficio que, como queda dicho heredó su hijo Diego de la Torre, tam­
bién huido. La ciudad le dio en 1471 “doze varas de paño de Bruja e «jinco cafi-
zes de ^ebada” y le pagó 21.600 mrs. de los derechos de las imposiciones
(A.M.S., Mayordomazgo). Su casa, según veremos, fue dada a Alonso Carrillo

de Castilla.
-Juan de Sevilla y su mujer Beatriz Sánchez. Fue pagador. Su hija Catalina López,
mujer de Pedro López (hijo del veinticuatro Diego López), fue a reunirse con sus

padres a Portugal.
EL ÉXODO 95

-Isabel Suárez, la mujer de Pedro Fernández Benadeva. "Absentóse e fue condena­


da en estatua” (declaración de Francisco Suárez sobre su genealogía [A.C.S.,
Sección I, libro 14, £ 178r]).
—Andrés Fernández Malos Domingos, el consuegro de Benadeva. "Absentado. No
sé si fue condenado” (así dijo Francisco Suárez en 1502, reconociendo que no
sabía el nombre de la abuela paterna ni de los abuelos maternos de su mujer
[A.C.S., Sección I, libro 14, f. 178r]).
—Pedí ' López, fiel ejecutor (el Pedro Ejecutor por antonomasia), a quien los inqui-
sidorc - hallaron "culpante, tañido e alcanzado” en el crimen de herejía. En su jura-
den'.-, nombraron los reyes el 4 de noviembre de 1481 a Pedro Sánchez del Alcázar
(Tambo, III, p. 182)- Confiscados sus bienes, el 27 de setiembre de 1483 el recep­
tor Luis de Mesa vendió la casa señorial de Pedro Ejecutor, situada en la colación
de San Esteban, al adelantado de Andalucía, D. Pedro Enríquez, por la respetabi­
lísima suma de 320.000 mrs.: es la mansión que andando el tiempo se hizo famosa
bajo el exótico nombre de Casa de Pilatos (V. Lleó, La Cada (k Pilatod, Madrid,
1998, p. 15 y 101). El 4 de noviembre de 1481 los reyes nombraron fiel ejecutor en
su lugar al licenciado Pedro Sánchez del Alcázar (Tambo, III, p. 182ss., 189ss.).

E1 15 de febrero de 1483 fue condenado en estatua Andrés Fernández (el sue­


gro de Pedro Fernández Benadeva), junto con su mujer, Beatriz González. El 1 de
noviembre de 1483 los inquisidores volvieron a pronunciar sentencia contra otros
ausentes y huidos, declarándolos por confesos y convictos del delito de la herejía y
apostasía, de suerte que, como incursos en pena de excomunión mayor, los relajaron
al brazo secular: afortunadamente para ellos, fueron condenados en estatua5.
La inmoderada actuación del Santo Oficio levantó un sinfín de agraviadas que­
jas así como un maremágnum de litigios; otros muchos ciudadanos se acogieron a un
destierro voluntario, pero sin desistir en sus derechos. Como refiere F. del Pulgar4,

algunos parientes de los presos e condemnados reclamaron, diciendo que aquella


inquisición y execución era rigurosa allende de lo que debía ser; e que en la manera
que se tenía en el fazer de los procesos y en la execución de las sentencias, los minis­
tros y executores mostraban tener odio a aquellas gentes. Sobre lo qual el rey e la
reina cometieron a ciertos prelados, homes de consciencia, que lo viesen e remedia­
sen con justicia. Falláronse especialmente en Sevilla e Córdova y en las cibdades e
villas del Andalucía en aquel tiempo quatro mili casas e más5, do moraban muchos
de los de aquel linage; los quales se absentaron de la tierra con sus mugeres e fijos.

i
96 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

E como quiera que la ausencia d’esta gente despobló gran parte de la ^ibdad, e fue
notificado a la reina que el gran trato que en ella avía se deminuía e sus rentas por
esta causa se abaxavan en gran cantidat, pero ella estimava en muy poco la dimi­
nución de sus rentas e decía que, todo interese pospuesto, quería alinpiar su reino
de aquel pecado de eregía, porque entendía que aquello era servicio de Dios e suyo.

Hora es ya de ver el alcance y repercusión de estas protestas.

2. Los conversos en Roma. Quejas y apelaciones ante la cu; i a

El derecho conculcado de los conversos —algunos de ellos pertenecientes a


la alta jerarquía eclesiástica— llenó de turbación a la Santa Sede cuando un puña­
do de dañados en sus fortunas, en sus carreras o en las vidas de sus padres y her­
manos, logrando huir, se presentó en Roma clamando al cielo: los hijos de Pedro
Fernández Benadeva (el canónigo Alonso Fernández Benadeva, el racionero Juan
Benadevay García de Gibraleón), el canónigo doctor Cepeda, el racionero Rodrigo
de Jaén. Era el Papa quien debía decidir sobre la culpabilidad o inocencia de los
eclesiásticos imputados de herejía; pero la Inquisición había invadido el terreno
pontificio, arrogándose tiránicamente todos los derechos y anulando en la práctica
la apelación al supremo juez que era el Santo Padre.
A finales de 1481 una nutrida representación de los fugitivos hostigados por
la Inquisición decidió desde la Península Ibérica reiterar sus quejas ante el vica­
rio de Cristo por las iniquidades que habían sufrido6. El quemadero y la peste ya
habían comenzado a hacer estragos; pero los peticionarios -hombres y mujeres-
protestaban ante todo de los desafueros perpetrados por los oficiales del Santo
Oficio: los inquisidores y Juan de Medina, su asociado y asesor, habían ordena­
do dar pregones citándolos a presentarse en el castillo de Triana, los habían con­
denado en ausencia y les habían confiscado los bienes, muebles e inmuebles; algu­
nos de ellos habían sido vendidos ya por el fiscal Juan López del Barco. Aunque
los reos habían apelado a la Santa Sede, los inquisidores habían hecho oídos sor­
dos a sus reclamaciones. En consecuencia, los agraviados suplicaban que su causa
fuese cometida en Roma al reverendo padre Juan Francisco de Pauniis, doctor
en Teología y en ambos Derechos, canónigo de Padua, capellán del Papa y oidor
de la Rota, y que el nuevo juez anulara las sentencias y obligara a los inquisido-
res y al procurador fiscal a devolverles los bienes confiscados o a entregarles su
EL ÉXODO 97

precio equivalente en un plazo determinado de tiempo. El memorial daba al prin-


cipio una larga lista de nombres: y aun había más perjudicados, de modo que
—según decía— el Papa bien podía considerar q ue el número total de reclamantes
llegaba a doscientas personas. Era la crema y nata de la minoría conversa huida,
que presento ordenada alfabéticamente por sus ajpellidos:

zl. Homi Martín de Alcalá. Juan Alemán, jurado (S 1494 n° 246). Fernando del
Algaba . S 1494 n° 1122?). Alonso Álvarez, boticario (¿S 1494 n° 205?). Juan
Ai zarcz. I mercader?). Francisco el Alvo. Gonzalo de Arcos (¿SL 1494 n° 98?).
Fernán' de la Barrera. Juan de Bivary su hermano Francisco. Manuel de Campo.
Juan de Caso, secretario. Fernando de Cazalla (¿S 1494 n° 22, 511?). Juan de
Cazalla (probablemente el marido de María Fernández, hija del licenciado Diego).
Fernando Cisbón (jurado). Francisco Cisbón. Diego de Córdoba, trapero (¿S 1494
n° 164 ó 759?). Diego de Coria (¿S 1494 n° 1218?). Diego, licenciado. Diego
Fernández, mercader (¿S 1494 n° 788?), y su hermano Pedro Fernández. Juan
Fernández, escribano (del Consistorio). Alonso Fernández Cemendar (S 1494 n°
51). Maestre Gabriel. Pedro de Gibraleón (jurado, S 1494 n°72). Gonzalo González
de Sevilla (S 1494 n° 258). Juan Gutiérrez, licenciado. Fernando Gutiérrez de
Écija. Gómez de Herrera. Luis de Jaén (a Luis de Jaén y a Fernando del Algaba el
mayordomo Juan Fernández de Sevilla les descontó 54.000 mrs. de la imposición
de las heredades en 1471 [A.M.S., Mayordomazgo]). Francisco Jiménez, bachiller.
Juan Jiménez (Abenbono), alguacil (¿S 1494 n° 1040?). Diego de León, doctor.
Luis ¿Juan? de León. Gonzalo López (¿S 1494 n° 288?). Pedro López (Ejecutor),
jurado. Fernando de Marchena (S 1494 n° 585). Juan de iMarchena. Francisco
Martín, jurado (S 1494 n° 425). Fernando Martín de Toledo. Juan Moreno.
Rodrigo de Palma (el cendalero a quien se le confiscaron los bienes, cf. Sello, XV, n° í
866 [p. 154]). Alvaro Pérez de Écija, Juan Rodríguez, doctor en Artes y Medicina i

(el médico del concejo). Gómez de Sevilla (Abolafia), jurado. Juan de Sevilla, paga­
dor. Juan de Sevilla Nieto. Juan de Soria.
B. Adujered) Las esposas de los anteriores. Inés Martínez, viuda de Pedro Cansino (el
veinticuatro). Isabel Fernández, viuda de Diego de Arcos. Juana Díaz, mujer de
García Alemán. Isabel González, viuda del jurado Juan López. Isabel Gutiérrez,
hija del doctor Juan Rodríguez.

Sixto IV no pudo dejar de conmoverse y aun de alarmarse ante los excesos y


crueldades que había cometido el Santo Oficio. El 29 de enero de 1482 emitió una

1,
98 LOS CONVERSOS Y L/\ INQUISICIÓN SEVILLANA

bula en la que pedía disculpas por su error anterior, echando la culpa del desaguisa­
do al solicitador de los reyes —no a los reyes, por supuesto—y condenando sin paliati­
vos la actuación de los dos dominicos en Sevilla; en el Futuro los inquisidores habrían
de dictar sentencia juntamente con el obispo de la diócesis, a quien hasta el momen­
to se había marginado contra los cánones". Así escribió el Pontífice a los monarcas:

Por culpa de quien entonces pedía en vuestro nombre el despacho de esa carta [la
bula creando la Inquisición] sucedió sin embargo que, por haber c puesto la solici­
tud no de una manera plena y específica, sino general y confusa, la carta . n cuestión
fue expedida contra los decretos de los Santos Padres y nuestros predecesores y la
observancia común. De ahí vino que se levantaran muchas quejas y lamentos tanto
contra Nos, por haber despachado una bula de este tenor, como contra Vuestras
Majestades y contra nuestros queridos hijos el maestro Miguel de Morillo y el bachi­
ller en Teología Juan de San Martín, profesos de la Orden de los Predicadores, a
quienes nombrasteis por virtud de la susodicha carta inquisidores en vuestra ciudad
de Sevilla, ya que, según se dice, procediendo de modo desconsiderado y sin guardar
ningún orden de derecho encarcelaron injustamente a muchos, los sometieron a terri­
bles tormentos, los declararon herejes contra justicia y los despojaron de sus bienes,
castigándolos con la pena capital, de modo que otros muchos, presas de miedo com­
prensible, se dieron a la huida y se dispersaron acá y acullá. La mayoría de ellos, con­
fesando ser cristianos y verdaderos católicos, se refugió en la susodicha Sede
[Roma], amparo segurísimo de los oprimidos, para librarse de tales opresiones y nos
presentó apelaciones, con el tenor de tales quejas, de los varios y diversos agravios
que les habían inferido los dichos inquisidores, pidiéndonos, no sin derramar muchas
lágrimas, que se viera la causa de sus apelaciones y se conociera de su inocencia. Nos,
tras madura deliberación con nuestros hermanos los venerables cardenales de la
Santa Romana Iglesiay con su consejo, hemos decidido, para zanjar en el futuro tales
quejas, que en este asunto, según manda el derecho, se proceda conjuntamente por
parte de los inquisidores y de los obispos de la diócesis8.

Por las disposiciones emanadas el 18 de abril de 1482 para la Corona de


Aragón9, y aunque no conste que se dictara nada semejante para la Corona de
Castilla, parece que el Papa concedió —o se disponía a conceder— en ambos reinos
una especie de perdón general a los conversos, ordenando que se hicieran públi­
cos los nombres de los denunciantes y recordando el inalienable derecho de ape­
lación a la Santa Sede que asistía a los acusados.


EL ÉXODO 99

No hay mal que por bien no venga: si en la creación del Santo Oficio podía
haberse cometido un error subsanable, preciso es reconocer que la inesperada
afluencia de reclamaciones se convirtió en un buen negocio para la curia romana,
"sumidero voraz” donde campaban por sus respetos "los piratas, es decir, los car­
denales”, desde los ya lejanos tiempos de Gualtero de Chátillony su Propter Syon
non ¡acebo. Todo se compraba y se vendía, incluso el perdón de los muertos. “Del
oro se haz t’.esoro”, escribió Colón en 150310, “y llega a que hecha las almas del
Pui yatoiT . Esta fue la propaganda con que vendió Tetzel las bulas de indul­
gencia -er. ‘ SÍ7 por Maguncia y Magdeburgo y uno de los acicates que espolea­
ron la reacción indignada de Lutero. Si por dinero se rescataban las penas de los
difuntos, por dinero se podrían redimir con mucha mayor facilidad las culpas de
los vivos. La Penitenciaría comenzó a hacer su agosto gracias a la urgente nece­
sidad que tenían los inculpados de obtener una carta exculpatoria que los librase
de las garras del Santo Oficio, encomendando la absolución de sus yerros a un
sacerdote elegido libremente por cada uno de los afectados.
Uno de los conversos que obtuvieron una bula de este jaez fue Francisco
Fernández de Sevilla junto con su madre Flora Martín y su mujer Blanca
Fernández. El 4 de diciembre de 1481 Julián, obispo Sabinense y penitenciario
papal, por la autoridad y expresa indicación verbal del Pontífice les concedió
libertad para elegir un presbítero, seglar o regular, que tras oír su confesión los
absolviese del anatema y de las sentencias promulgadas por los inquisidores, sus
asesores o el arzobispo, les quitase toda mancha de infamia y les remitiese las
penas, incluso las corporales, admitiéndolos de nuevo en el cuerpo de la Iglesia.
Los casos dispensados eran muchos y graves: haber pecado una vez oídas las
amonestaciones de los inquisidores o del arzobispo, haber callado los nombres de
sus cómplices en tales crímenes, haber sufrido por un año o más tiempo la cen­
sura eclesiástica o un proceso por tales razones, haber guardado y enseñado ritos
judíos y haber recaído en la herejíay la apostasía11. El negocio pareció tan sucu­
lento a la curia —y a los intermediarios— que en las prisas por expedir bulas algunas
veces hasta se dejó
■ en blanco el nombre de la persona beneficiada y la indicación
. la que pertenecía, para que el interesado pudiera rellenar a su
de la diócesis a
satisfacción tales extremos en Roma o en Castilla12.
Muy felices se las prometieron quienes compraron tal salvoconducto espiritual y
se confiaron a la protección de los nobles para reintegrarse con normalidad a la rutina
de la vida cotidiana. En esta ilusionada esperanza sucedieron escenas como la siguiente.
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Bula del Papa Sixto IV a Juan Fernández de Sevilla (A.G.S., Patronato Real, c. 28, n 1)

J
EL ÉXODO 101

El notario Antonio Peláez, llamado a Sanlúcar de Barrameda por el duque de


Medina Sidonia, se encontró el 20 de abril de 1482 con una insólita encerrona: en
presencia de los duques, de fray Tomás, prior de la Orden de Santa María de
Sanlúcar de Barrameda, y de otros testigos compareció el contador ducal, Juan
Fernández de Sevilla, y pidió a Peláez que leyese al prior una bula de Sixto IV,
como así hizo el notario a pesar de sus recelos, plegándose tembloroso a la insis­
tencia del duque: el Papa ordenaba examinar la pureza de la fe del matrimonio y,
de ser aprobada, darlo por libre de herejía. Acabada la lectura, se negó fray Tomás
a acatar su . ontenido, alegando estar inhibido por los inquisidores. La duquesa se
marchó furiosa, pero el contador, sin inmutarse, hizo venir entonces a Fernando
de Trujillo, prior de la Universidad de Jerez. Trujillo, habiendo besado la bula,
ordenó a Juan Mateos, vicario de Sanlúcar, dar la absolución a Juan Fernández
y a su mujer Leonor de cualquier sentencia de excomunión, entredicho o suspen­
sión que hubiesen pronunciado los inquisidores; por la buena conducta del conta­
dor salieron garantes Gonzalo Ferráez, Ruy Ferráezy Fernando Riquel15. Pero el
contador, triunfante en esta primera escaramuza, no logró la rehabilitación ante los
inquisidores, aunque siguió ejerciendo como veinticuatro hasta 1483.
El 28 noviembre de 1482 Juan Francisco de Pauniis, el hombre de confian­
za de los conversos en la curia, dio comisión a los vicarios de Sevilla y Córdoba
y al prior de Santa María de León para absolver al licenciado Diego, a Elvira de
Montoya, su mujer, a Juana Fernández, mujer del mayordomo Juan Fernández
de Sevilla, y a María Fernández, su hija, mujer de Juan de Cazalla, de las censu­
ras que habían dado contra ellos los inquisidores de Sevilla14. Tampoco esta bula
surtió efecto: Nicolás de Sevilla, hijo del mayordomo y de Juana Fernández,
"condempnados”, se habilitó por 1.240 mrs. en 1494 (S 1494 n° 1089).
Las protestas elevadas en Roma parecieron dar su fruto también en la Iglesia
de Sevilla, donde se sucedieron en cascada las reclamaciones. El 26 de julio de
1482 Alvaro Muñoz, procurador del doctor Cepeda, presentó un monitorio penal
en forma de citación que había expedido el obispo de Terracina, decretando la res­
titución a Cepeda de las rentas de su prebenda. Consecuentemente, el cabildo
eclesiástico le alzó al canónigo huido el embargo, ordenando el pago de todas las
rentas que se le adeudasen, pero sólo hasta el día en que lúe excomulgado por los
inquisidores ob jujpicionem baeredid15. Segundo caso. El 30 de setiembre de 1482
Pedro Sánchez de Alburquerque hizo presentación de una bula de Sixto IV con­
cediendo una ración a Pedro Sánchez de Sanlúcar y a continuación tomó posesión
102 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

de la misma en su nombre. En el mismo día Alonso de la Fuente mostró el decre­


to por el que Juan Francisco, auditor del Sacro Palacio, levantaba el embargo de
las rentas que le correspondían a Pedro Sánchez. Así lo hizo el cabildo que,
siguiendo la pauta anterior, dispuso que se diesen al procurador de Sanlúcar
todos los frutos y rentas de su prebenda hasta el día de la excomunión fulminada
por los inquisidores 16. Tercer caso. El 2 de octubre de 1-482 el canónigo Luis
Sánchez en nombre de Rodrigo de Jaén presentó las bulas tanto c ■ ■ su ¿-.solución
por Juan, obispo de Nocera, como del alzamiento del embargo por Guillermo de
Perreriis, auditor del Sacro Palacio. El cabildo lo dió asimismo por absuelto y res­
tituido hasta el día de su excomunión17.
Las bulas y absoluciones, sin embargo, fueron consideradas papel mojado
por los inquisidores, hasta el punto de que Sixto IV se enojó y dirigió un breve el
4 de julio de 1484 a Morillo y San Martín, declarando nulos los procesos incoa­
dos desde su orden inhibitoria y avocando las causas a Roma18. Tampoco enton­
ces su autoridad fue escuchada, y el dinero empleado en la obtención de las bulas
se gastó en balde.
Otras veces el asunto se enredó en otras complicaciones laterales. El racionero
Juan Benadeva sostuvo en Roma un pleito con el clérigo sevillano Diego Núñez,
pleito que fue determinado por Juan, obispo Cotronense, a favor de este último. El
5 de marzo de 1485 el correero Pedro Fernández, en nombre de Diego Núñez, instó
al cabildo a dar a su representado posesión de la ración que le correspondía en la
Iglesia sevillana. Sin embargo, a Núñez le salió un adversario imprevisto: al día
siguiente el licenciado en Cánones Juan de Marquina presentó un requerimiento,
alegando que la bula de marras estaba raída en el año, mes y era, lo que hacía con­
cebir fuertes sospechas de su falsedad, y apeló al Papa ante el juez de las suplicacio­
nes, el canónigo Juan Ruiz de Porras. El cabildo decidió remitir la causa a Roma,
para que allí decidiese la curia a quién pertenecía de derecho la prebenda19.
La más prudente actitud del Papa y sus velados reproches fueron prontamen­
te acallados. Durante su estancia en Córdoba, el 13 de mayo de 1482 Fernando el
Católico redactó una contestación durísima a la bula pontificia20, de modo que,
como anonadado ante tan enérgica protesta, Sixto IV anuló el 10 de octubre de
1482 las disposiciones emanadas de su cancillería el 18 de abril21. Por su parte, la
reina siguió pidiendo con su tenacidad característica el fortalecimiento del Santo
Oficio, reclamando exclusiva competencia para los inquisidores en los asuntos
tocantes a la extirpación de la herejía. Su demanda encontró una comprensible
EL ÉXODO 103

resistencia en el Pontífice, sumido todavía en un mar de dudas: el 23 de febrero


de 1483, aun encomiando la carta de la soberana, "llena de piedad y singular
devoción a Dios”, el Santo Padre eludió dar una respuesta definitiva, so capa de
que tenía que deliberar al respecto con los cardenales22.
Sin embargo, no era posible diferir la decisión. Las apelaciones a Roma,
cada vez más numerosas, causaban ya gravísimos problemas25. De hecho, la
admisión de la apelación por parte de los oidores de la Santa Sede interrumpía la
causa, y la notificación de esta interrupción a los inquisidores afectados y, en caso
de q*. _• éstos se negaran a aceptarla, el pleito subsiguiente, retrasaba todo el pro­
ceso, prov< l. ndo la irritación de los reyes24. Para dar solución a estos conflictos,
el 25 de mayo de 1483 el Papa dio un paso gravísimo: nombró juez de apelación
al recién nombrado arzobispo de Sevilla D. Iñigo Manrique de Lara (1483-
1485)25, concediéndole plenos poderes para resolver por sí o por persona delega­
da todas las causas, interpuestas o por interponer, que estuviesen pendientes en
la curia romana o fuera de ella26. Tal vez la medida no estuviera mal pensada. De
hecho, sin embargo, provocó un desastre, pues fue interpretada como una deja­
ción de derechos; y la catástrofe se consumó poco después, cuando en una sola
persona se concentraron los poderes de inquisidor general y de juez de apelacio­
nes, vulnerando la separación de juez y parte.
Acto seguido, muy titubeante y como angustiado por sus decisiones, el 2 de
agosto de 1483 Sixto IV dio marcha atrás en favor de los acusados. Las contun­
dentes denuncias presentadas por los sevillanos, cada vez más agraviados de la
destemplanza incivil del rigor inquisitorial, llevaron al Papa a avocar de nuevo las
causas de apelación a la curia, que habría de tomar las causas pendientes en el
estado en que se hallaban; además, concedió a las personas de alcurnia, que por
su notoriedad preferían morir en pecado antes que vivir con deshonor, la posibi­
lidad de acogerse a una penitencia secreta ante el arzobispo de Sevilla (o ante los
demás prelados de la curia o de cualquier reino), acto de contrición que anulaba
los procesos que hubiesen incoado contra ellas los inquisidores; éstos, por su
parte, no deberían entrometerse de ningún modo en los procesos que se viesen en
la curia: antes bien, habrían de tratar y considerar a los procesados como verda­
deros católicos. Para terminar, el Pontífice exhortó a los reyes a la clemencia, la
única virtud que iguala a los hombres con Dios, a fin de que a los sevillanos que
hubiesen confesado su error se les permitiese vivir en sus hogares, conservando
sus bienes y hacienda como antes de haber sido acusados de herejía27.

L
1W LOS CONVERSOS Y L/\ INQUISICIÓN SEVILLANA

La bula abrió la puerta a una cómoda reconciliación a la Iglesia, pues la con­


fesión secreta se podía hacer a placer, donde y como se quisiese. Va veremos más
adelante cómo fue aprovechada por algunos principales fugitivos para pedir la
reconciliación ante prelados amigos en Portugal.
Estos triunfos aparentes de la causa conversa fueron efímeros. A los pocos
días de haber apuntado una plausible vía de solución al pavoroso conflicto de
competencias el Papa se retractó, temeroso de la reacción de los P-.•ye- Católicos.
La carta de rectificación fue expedida el 13 de agosto de 1483. Las n chas que­
jas que le habían llegado contra la Inquisición de Sevilla, de la que los afectados
contaban mil crueldades, lo habían movido —confesó el Pontífice— a redactar una
nueva bula (la del 2 de agosto de 1483). Pero inmediatamente lo habían asaltado
las dudas; por tanto, como todavía quería madurar más su decisión, ordenó la
retención de dicha bula y su devolución a la Santa Sede28. El súbito viraje hacia
la intolerancia se tradujo también en la promulgación de varias disposiciones con­
tra los judíos, que anulaban los privilegios que antes les había dispensado la Santa
Sede. El 31 de mayo de 1484 Sixto IV les prohibió vivir mezclados con los cris­
tianos, usar el mismo traje, ser sus médicos, tener siervos cristianos, dar a sus
hijos nodrices cristianas, procurar ungüentos o medicinas a los fieles, venderles
mercaderías y arrendar las rentas, incluso de los beneficios eclesiásticos, entre
otras cosas29.
En estos vaivenes de la diplomacia pontificia y en el progresivo endureci­
miento de su actitud algo hubieron de influir las confesiones que hicieron en
Roma algunos de los eclesiásticos sevillanos encartados por los auditores del
Sacro Palacio. De resultas del proceso a que fue sometido, según parece, Rodrigo
de Jaén se vio obligado a hacer resignación de su canonjía en manos del Papa
Sixto IV, que la concedió el 10 de enero de 1483 a Juan Mexía, arcediano de
Villamuriel en la Iglesia de León30. Es posible que su probable condena y el
desenlace similar de otros pleitos debilitara la causa conversa. En cualquier caso,
los reyes, que en previsión de reclamaciones habían ordenado que no se obede­
ciesen las bulas apostólicas sin que antes se presentaran ante el Consejo real,
revocaron la pragmática el 30 de marzo de 148431. Poco después, el 12 de agosto,
la muerte puso fin a las congojas de Sixto IV, un Papa demasiado débil para plan­
tarse frente a las exigencias de los Reyes Católicos, los únicos soberanos de la
Cristiandad que estaban llevando a cabo una cruzada contra el Islam, como en los

buenos tiempos.
EL ÉXODO 105

No todos los conversos que huyeron a Roma fueron eclesiásticos. Juan de


Lucena, quien de Córdoba y Toledo pasó a la Ciudad Eterna, donde murió, fue
impresor de libros32. La misma senda parece que siguió en su trayectoria vital
Aldonza, la avispada protagonista de la Lozana Andaluza. Y en Roma estaba en 1494
Juan de Jaén (S 1494 n° 939), buscando probablemente su plena rehabilitación.

5. j'J asilo portugalés

J ¡492 los judíos portugueses animaron a sus deudos castellanos a


• :npre¡ - el duro camino del exilio para reunirse con ellos: maestre Enrique,
físico de D. Juan II, invitó al librero Luis García, vecino de Talavera, a refugiar­
se en su casa; pero el converso desoyó las recomendaciones de su pariente y per­
maneció en Castilla, para su desgracia53. Eso fue lo que sucedió también once años
antes, en 1481, cuando muchos sevillanos, incluso sin esperar el consejo, busca­
ron amparo allende la frontera3^. Isabel Suárez, la viuda de Benadeva, “falles$ió
en Portugal” antes de 150255. Alonso batihoja se estableció en Lisboa (S 1494 n°
904). La mujer de Alemán Pocasangre, Juana Díaz, huyó al Algarbe; allí, desde
Faro, dio poder el 12 de noviembre de 1493 al barbero Pedro Gutiérrez para que
recogiera a su hija Isabel Suárez, que ella misma le había dado a criar36; la deste­
rrada, sin duda, trataba de reunirse con su familia. A su vez, Rodrigo de Morón
(S 1494 n° 396) se estableció en Tavira.
Otra ruta de escape conducía a Évora, refugio óptimo por su equidistancia
de Lisboa y de Badajoz. Una razón poderosísima hacía más atractiva todavía la
ciudad para los conversos: en ella tenía una mansión el duque de Braganza, y aun
después del ajusticiamiento de D. Fernando la camarilla del duque seguía gozan­
do de enorme poder en la ciudad. En Évora, pues, fijó su residencia Fernando del
Arahal (S 1494 n° 1057), y allí también dirigieron sus pasos conversos de tanta
importancia como el pagador Juan de Sevilla37, el jurado Pedro Ejecutor y su
mujer Francisca de Herrera, tanto él como ella hijos de personajes ilustres: del
condenado Alonso Fernández (S 1494 n° 172, 479) el marido y del veinticuatro
Diego López de Sevilla (S 1494 n° 478)58 la esposa. El primero, Juan de Sevilla,
había sido sentenciado ya en ausencia por hereje y condenado a confiscación de
bienes; lo acompañaba en el destierro^u su mujer Beatriz Sánchez; y es más, su
hija Catalina López, casada con Pedro López (hijo del veinticuatro Diego López), a
pesar de haberse reconciliado en Sevilla decidió abandonar a su marido y “se fue a

I,
106 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Portogal a poder de los dichos sus padres condenados e comunicó y estuvo con
ellos y con otras presonas condenadas” (entre ellas, según se ve, con su cuñada
Francisca). Al igual que Juan y Beatriz, Pedro y Francisca habían huido de su
ciudad natal al ser acusados de apostasía y no haber comparecido ni por pienso
cuando por mandado de los inquisidores el pregonero público de Sevilla los citó
a lavar sus culpas. A todos ellos los aguardaba un largo exilio en el extranjero. La
estancia en Portugal de Pedro Ejecutor dejó al menos una huella b-.eraría. En el
Cancioneiro geral de García de Resende aparece una poesía castellana baje a auto­
ría de Pero Secutor”; no hay duda de que se trata de nuestro personaje Es una
melancólica cantiga, que está teñida de pesimismo con ciertos ecos manriqueños
y que mereció ser glosada por el conde de Vimioso; reza así:

Voluntad, n’os trabajéis


Por alcanzar buena vida,
Que la mejor escogida
Que fue, ni será, ni es,
Cuidado es para después.
C’acordaros del passado
Dulce tiempo en que os folguastes,
Ya sabéis qu’este cuidado
Más os mata que gozastes.
Por tanto no os congoxéis,
Voluntad, por buena vida,
Pues es cosa conocida
Que su gloria muerta es
Con la memoria después39.

Figura clave en estos sombríos momentos de turbulencia política y religiosa


fue el obispo de Évora, García de Meneses, ante quien se presentaron los huidos
sevillanos en demanda de protección. El primero en recurrir a su apoyo fue Juan
de Sevilla; el 7 de enero de 1484 pidió humilde al obispo que autorizase con su fe
una copia de la bula que había dado Sixto IV en favor de los conversos el 2 de
agosto de 1483. La intención del converso no podía estar más clara: pretendía
hacer uso de la bula pontificia para lograr la casación canónica de los actos de la
Inquisición; y quien podía cumplir la orden papal no era evidentemente un pre­
lado de Castilla -menudos eran los reyes para tolerar veleidades episcopales-,
EL ÉXODO 107

sino un obispo portugués. Pronto se vieron en la práctica los resultados de la aplica­


ción del decreto pontificio. En efecto, aunque no consta que Juan de Sevilla se bene­
ficiase de sus efectos, cuando menos D. García concedió la absolución a Pedro
Ejecutor y a su mujer. Libres aparentemente de la pena de excomunión y de las sen­
tencias en que habían incurrido, Pedro y Francisca se consideraron exentos de la
jurisdicción inquisitorial —otro juez de superior rango los había absuelto canónica­
mente—y trat ¿ron incluso de incoar un proceso contra el Santo Oficio, muy proba­
blemente anr¿ la curia romana, el único tribunal que podía considerarse entonces
más o menos .mparcialy libre de prejuiciosy presiones40. Los inquisidores de Sevilla,
sin embargo, continuaron impasibles su labor, los condenaron a ambos, los quema­
ron en efigie \ les confiscaron sus bienes. Reclamaron la hacienda sus herederos, y
la causa llegó hasta la Santa Sede. Desgraciadamente para los conversos, ocupaba
entonces la cátedra de San Pedro un Pontífice muy unido y por muchas razones a
los Católicos monarcas. Alejandro VI, sin condenar el contenido de la bula de Sixto
IV, consideró ilegal la forma en que los conversos la habían obtenido (íjuaddani litte-
rao preterformani iurij impetraran?) y el 12 de agosto de 1493 permitió a los inquisido­
res proceder jurídicamente contra ellos41; a mayor abundamiento, por una bula del
12 de marzo de 1494 el Papa Borja revocó la bula de Sixto IV, ya puesta en entredi­
cho por Inocencio VIII, e impuso perpetuo silencio a los herederos sobre la conde­
na de Pedro y Francisca y la confiscación de sus bienes42. Mas para entonces, según
veremos, se había llegado ya a un acuerdo entre la Corona y la familia.
Los conversos, pues, encontraron en Portugal un asilo y protección del que
habían carecido en su patria. Pero no todo se debió a compasión y buenas entra­
ñas; en esta cordial acogida es probable que influyeran otras e importantes razo­
nes de carácter político. En torno a D. Diego, duque de Viseo, estaba fraguán­
dose por aquel entonces la segunda conspiración contra el rey D. Juan II, y uno
de los cabecillas era precisamente el obispo de Évora, secundado por su herma­
no D. Fernando de Meneses y otros nobles tan importantes como Fernando de
Silveira, D. Gutierre Coutinho, comendador de Sesimbra, y D. Pedro y D.
Alvaro de Ataíde. Ahora bien, entre los promotores de la conjura se hallaban asi­
mismo D. Isaac Abrabanel, "muy grande servidor y amigo” de los Braganza, y su
sobrino D. Yucé Abrabanel. En 1484 los dos judíos se vieron en Moura a Pin de
allegar dinero para atizar la rebelión, llegando a reunir hasta 20.000 cruzados,
que Yucé entregó a D. Diego y a Fernando de Silveira, y prometiendo 100.000
más para cuando triunfara la conjura43. En una ocasión D. Fernando de Meneses dio
IOS LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

a Yucé Abrabanel 500 ducados atados en una toalla, diciéndole que eran un regalo
del duque de Viseo para Pedro de Albuquerque, el hermano del conde de
Penamacor44. No hace falta ser muy sagaz para adivinar que alguna conexión hubo
de haber entre la buena disposición de los Abrabanel hacia el partido de los
Braganzay la benevolencia del obispo eborense para con los conversos, así como no
fue una casualidad que los Reyes Católicos encomendaran el 11 de octubre de 1484
a Juan Margarit, cardenal de Gerona, que tratara de favorecer ante i nuevo Papa
al prelado luso, si el monarca portugués se revolvía contra él45. La conspiración ter­
minó en un baño de sangre: D. Juan mató con sus propias manos al d :que de Viseo,
y el 9 de setiembre de 1484 fueron degollados D. Fernando de Menesesy D. Pedro
de Ataíde; en cuanto a D. Gutierre Coutinho, fue condenado a prisión perpetua en
atención a ser hermano de Vasco Coutinho, quien descubrió la traición. Por fin, el
30 de mayo de 1485 fueron condenados a la horca D. Isaac y D. Yucé Abrabanel46.
Ni que decir tiene que los judíos no habían esperado a oír la sentencia: en ese mismo
año de 1485 E). Isaac, refugiado en Castilla, arrendó las rentéis y alcabalas que per­
tenecían al cardenal de España en el obispado de Sigüenza47, sin duda con el con­
curso de los Braganza exiliados; y en Castilla permaneció hasta el fatídico 1492.
La protección dispensada por algunos nobles portugueses a los conversos
huidos desagradó profundamente a los Reyes Católicos. Plegándose a su deman­
da, el 2 de abril de 1487 el Papa exhortó a los reyes, principes y potentados de los
reinos vecinos (entiéndase: de Portugal) a que en un plazo de treinta días hicie­
sen prender a los herejes que se hubiesen refugiado en sus dominios y los devol-
viesen a su lugar de origen, so pena de excomunión48.
D. Juan II supo después beneficiarse económicamente del exilio de los
"judeus castelhanos", pues los desterrados le pagaron por su acogida en Portugal
un total de 3.610.618 reales y medio, a razón de 8 cruzados por cabeza49. Ignoro
si también los huidos de 1481 fueron sometidos a una alcabala especial; se trata­
ba tal vez de un grupo demasiado reducido para que el rey les impusiera condi­
ciones, obligándoles a una capitación.
A la muerte de Juan II (1495) los conversos establecidos en Portugal que habían
conseguido una bula absolutoria del Pontífice, como Pedro Ejecutor o Juan de
Sevilla, elevaron a la Corona una propuesta de conciliación: las 150 familias que
cumplían ese requisito se comprometieron a pagar a los reyes 7.000 ducados
(2.625.000 mrs.), si éstos los volvían a admitir en sus reinos; hasta se mostraban dis­
puestos a recibir una penitencia "saludable" de manos de los inquisidores, por más
EL ÉXODO 109

que se considerasen exonerados de culpa gracias a la absolución papal. Un capellán,


Pineda, trasladó la solicitud a los monarcas50. Ignoro la reacción de los soberanos. En
última instancia, la súplica de los cristianos nuevos acogidos en Portugal indica el
profundo cambio que se estaba operando en el país vecino, que se encaminaba tam­
bién él a pasos agigantados hacia el fanatismo religioso. El vendaval de intransigen­
cia alentado en 1 *493 por D. Juan 11 culminó en 1496 cuando D. Manuel dio la orden
de expulsar d' su reino a todos los judíos: no podía esperarse otra cosa de una nueva
dinastía tan I . ertemente influida por los Reyes Católicos, a los que debía el trono.

4. Noticias de conversos sevillanos en Portugal

Durante algunos decenios, antes de que se estableciera en su suelo el Santo


Oficio, Portugal siguió siendo el reino a donde huyeron con preferencia los conver­
sos castellanos acosados por la Inquisición. Allí se refugiaron Isabel del Aguila,
mujer de Benito de Herrera, vecina de Atienza51, y el doctor Ordás, vecino de León,
que en 1528 se escapó del alguacil del Santo Oficio52. Los protocolos sevillanos —y
los papeles de la Inquisición55—procuran varia información sobre otros habitantes de
Portugal de origen sevillano y probablemente de ascendencia conversa:

-Catalina Gil, mujer primero de Juan Serrano y después de Juan López, al redactar
su testamento el 15 de junio de 1491 consignó entre sus deudas: "que le deve más 000
su agüela, vezina de la villa de Lisboa del reino de Portogal, todos los bienes mue­
bles e raízes que a ella pertenes^ió aver e heredar de Fernand Pérez e de Guiomar
Gil, su padre e madre, difuntos, que Dios aya, los quales bienes puede aver veinte
años poco más o menos e los frutos e alogueres d’ellos manda que sean cobrados”5’4.
—Alvaro Fernández, hijo de Pedro de Cuenca55, bien establecido en Lisboa se casó con
Eugenia Dias y fue caballero del rey de Portugal56. Fernández siguió teniendo propie­
dades en Sevilla; disfrutó, p.e., junto con su hermano Francisco de un tributo de 1.200
mrs. situado en una casa de Santa Cruz que era propiedad de Juan de Ocaña57. El 29
de julio de 1528 dio poder en Lisboa a Leonor de Mesa, viuda del sombrerero Cristóbal
Vaca, para enajenar una casa que tenía en Sevilla que había sido de Francisco López,
su abuelo, y que había heredado de Pedro de Cuenca, su padre, marido de Isabel López;
el tributo fue vendido el 13 de octubre a Gonzalo de Toledo por 15.000 mrs58.
—Beatriz Fernández, hija de Gómez García (San Lorenzo), dio poder el 4 de marzo
al mercader Francisco de Castro, estante en Lisboa, para recibir la herencia que le
110 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

correspondiese por fallecimiento del clérigo Alonso García, su hermano’9. Y este


Francisco de Castro, ya avecindado en Lisboa, dejó en su testamento unos bienes
a Juana Rodríguez, vecina de Sevilla; el 5 de agosto de 1529 Juana dio poder a
Gaspar Díaz para cobrar la herencia60.
—Cristóbal de Ocaña, mercader lisboeta, era hermano de Fernando de Ocaña, corre­
dor de lonja sevillano61. Otro Alonso de Ocaña vivía también en ! isbor 2. Ocañas
reconciliados aparecen en S 1494 n° 272, 290, 379, 520, 689, 111-4.
—Leonor de Fez, que fallestjió en la «jibdad de Lisboa”, dejó .'' une? bienes a
Catalina de Fez, mujer de Fernando Corredor; es la familia que aparece en S 149-4
n 91, 354, 1063, 1173. A su vez, Rodrigo de Fez, toquero (ha de ser el hijo de Juan
de Fez, reconciliado, cf. S 1494 n° 91), marido de Isabel Gutiérrez, reconoció
deber el 14 de agosto de 1503 al marinero Alonso de las Cuevas 720 mrs. de cier­
ta mercancía que le había comprado, a pagar en Lisboa63.
—Diego de Sevilla, cambiador, huyó de Sevilla a Portugal , no sé por qué causas. El
19 de mayo de 1503 Pedro de Escobar dio poder a su sobrino, Pedro de Godoy,
para perseguirlo judicialmente64.
—Juan de Porras, “mercader castellano”, y su mujer Catalina Fernández se estable­
cieron en Funchal; el 15 de mayo de 1534 dieron poder a Juan de Espinosa para
hacer compras en Sevilla65.
—Diego de Torres es otro posible lisboeta de origen sevillano:¿el hijo del mayordo­
mo Juan de Sevilla? En 1528 hizo compañía con Gonzalo de Baeza, hermano de
Luis de Herrera, para comerciar con el pastel de Azores, poniendo él dos tercios
del capital (90.344 reales)66.
—Juan Pardo (¿S 1494 n° 1236?), estante en Lisboa, corresponsal del mercader
sevillano Fernando de la Fuente67, dio poder a Alonso Pardo el 25 de mayo de
1532 para vender una casa que tenía en Sanlúcar de Barrameda68. A la misma
familia pertenece Pedro Pardo, primo del burgalés Jerónimo de Miranda (hijo del
regidor de Burgos Pedro Sáez de Miranda), que el 24 de mayo de 1535 otorgó tes­
tamento en Sevilla antes de embarcar para Indias69.

Otras veces los conversos no buscaron asilo en los países más vecinos como
Portugal, Italia o Marruecos, sino que emprendieron largo viaje, llegando hasta la India:
una sevillana huida del Santo Oficio sacrificó su vida en 1501, tras haber sido cautivada
por la armada lusa al parecer cerca de Cranganor70. La misma solución última, el suici­
dio, eligieron algunos judíos portugueses ante el decreto de expulsión de 1496' >.
EL ÉXODO 111

5. Portugal y el Santo Oficio hispalense

La Inquisición sevillana intervino en una serie de notables casos relaciona-


dos con Portugal; pero antes será bueno traer a colación un drama cuyo acto final
transcurrió en Sevilla. El 16 de agosto de 1500 Fernando el Católico puso en
conocimiento de su yerno, el rey D. Manuel, la terrible tragedia que acababa de
suceder en Badajoz; vale la pena transcribir su sucinta versión de los hechos:

E¡: días ■ ados Juan López Fojero y su muger, vezinos de la ciudad de Vadajoz,
por dc > zo de sus conciencias testificaron en la Ynquisición contra un Juan de
Caira, he rege reconciliado, vezino de la dicha cibdad; e que agora a esta cabsa el
dicho Juan de Qafra e un yerno suyo, llamado Francisco de Nissa [otras veces escri­
to "Missa”], salieron a matar al dicho Joan López, el qual se les metió en una casa;
e como no lo pudieron aver, fueron a la casa del dicho Joan López e fallaron a la
dicha su muger, que estava preñada de seis meses, e diéronle tantas feridas fasta que
la mataron, e acuchillaron a un moco fijo del dicho Joan López, que está a la muer­
te; e pasáronse luego a ese vuestro reino de Portogal.

Era comprensible el tremendo estallido de cólera por parte del converso, que no
fue el único en tomar venganza72; mas no podía quedar impune. Como los inquisidores
habían enviado un alguacil a Portugal, un hombre llamado al parecer Martín del
Castillo, el rey pedía a D. Manuel en esa carta que mandase prender a los homicidas
para que, una vez traídos a España, los juzgara la Inquisición73. Así sucedió. Juan de
Zafra y Francisco de Misa fueron detenidos y llevados a Sevilla7-*, donde ya a princi­
pios de 1501 el alguacil Hontañón de Angulo los tenía puestos a buen recaudo en el
castillo de Triana. Por orden del rey fue el alguacil quien instruyó el proceso juntamente
con Mateo Vázquez Dávila, el juez de los bienes confiscados, y quien ejecutó justicia
"atenta la calidat del delito"75. No hace falta imaginar el desenlace de la historia.

6. Castigo de conversos fugitivos apresados en Andalucía

En 1498 unos judíos se hallaban presos en el castillo de Triana por manda­


do del inquisidor Pedro de Belorado. El 24 de diciembre de 1498 el rey ordenó al
asistente D. Juan de Silva que los vendiese a las personas que quisiesen com­
prarlos, entregando a continuación el dinero de su venta al receptor "para ayuda
a pagar las deudas e necesidades qu’el dicho Officio de la Inquisición tiene"76.
112 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLAN/K

La misma escena se repitió dos años después, si bien se endureció la pena,


que no fue ya la esclavitud, sino la horca. La mayor locuacidad de los documen­
tos permite reconstruir esta vez el hilo de la historia. Algunos conversos sevilla­
nos de los que se habían refugiado en Portugal acariciaron la idea de huir a Italia
y quizá de allí pasar a Turquía en búsqueda de más seguro cobijo. Dado su ori­
gen, no les resultó difícil entrar en tratos con un navegante de 1 liana, Diego de
la Mezquita, emparentado con Luis de la Mezquita, el cómitre que íu *.? tenedor
por algún tiempo del puente de barcas77. Mucha amistad hubo de : icr J 3iego con
los conversos fugados para atreverse a desafiar el edicto que prohibía a ¡os patro­
nes de barco admitir a bordo a cristianos nuevos, so pena de pérdida de la nave
y de todos sus bienes, muebles y raíces78. Por si acaso, se propaló intencionada­
mente el rumor de que la intención de los pasajeros no era otra que ganar el jubi­
leo en Roma. Todo salió bien hasta Málaga: allí una indiscreción o una denuncia
puso al descubierto la identidad de los falsos peregrinos, de quienes se dijo “que
se ivan allende para tornarse judíos”. Ocurría todo ello a finales de octubre o
principios de diciembre de 1499. El 23 de mayo de 1500 el Consejo General de la
Inquisición, que se hallaba entonces con la corte en Sevilla, ordenó a Fonseca,
obispo de Córdoba, que le enviase a todos los cristianos nuevos, 300 o más, para
ser informado de la verdad y hacer justicia79.
Así pues, los infelices, debidamente aherrojados, fueron remitidos a Sevilla,
donde los inquisidores decretaron su encarcelamiento en el castillo de Triana. Al
principio los presos trataron de excusarse. Sin embargo, visto que su condición
de conversos agravaba su castigo, cambiaron de defensa, alegando que ellos eran
judíos y que siempre lo habían sido: su único pecado consistía en haber recibido
el bautismo por la fuerza en Portugal (sin duda en 1496). Era preciso verificar
todos estos puntos, de suerte que los inquisidores despacharon emisarios al país
vecino a fin de hacer las averiguaciones oportunas. Con este motivo D. Fernando
escribió el 7 de noviembre de 1500 a D. Manuel pidiéndole que dispensase favor

y buen trato a los enviados80.


Poco halagüeño era el porvenir de los presos. Una cédula del 22 de diciem­
bre de 1500 dio orden al asistente D. Juan de Silva de aplicarles las penas que la
pragmática regia imponía a los hebreos, si el Santo Oficio se los remitía como
"judíos de señal”81. El mandato no fue obedecido en el acto. Alguien -quizá los
mismos cautivos, temerosos por su suerte— puso trabas a su cumplimiento, dado
que el monarca tuvo que indicar el 14 de marzo de 1501 a Hontañón de Angulo
EL ÉXODO 113

que entregase los judíos que tenía presos al asistente para que se hiciese en ellos
justicia82. El trágico desenlace —horca como a delincuentes y no hoguera como a
herejes— vino poco después, según indica la lacónica apostilla de un escribano:

1501. Miércoles, 22 de marzo: "En este día aforcaron en la forca de Tablada ocho
judías e un judío porque entraron en el reino de Castilla sin li^en^ia"83.

El patrón que se había arriesgado a sufrir pena de confiscación de bienes


salió mejor parado del trance gracias a sus amigos e influencias. El 8 de noviem­
bre de 1501 el soberano le hizo gracia y donación de la carabela y del resto de su
hacienda en atención a los muchos servicios que le había prestado en la guerra de
Ñapóles y en otras partes84. En cuanto a Luis Rodríguez de la Mezquita, el dueño
de la carabela Su/ieti Spirituj, fue uno de los armadores que hicieron posible el
viaje de Vélez de Mendoza a la costa meridional de América en 1500.
El triste sino de estos desdichados no impidió que siguieran su ejemplo
muchos cristianos nuevos, tropezando de nuevo en la misma piedra. En 1506 el
arzobispo de Mesina tomó una nave apresando también a ‘los que ivan a fazerse
judíos a Costantinopla” y se habían embarcado en Portugal85, escarmentados sin
duda de la terrible matanza de conversos que había tenido lugar en Lisboa en
abril de 150686; la sentencia que dictó Fernando el Católico en Nápoles el 6 de
diciembre de 1506 fue terrible: "Todos los hombres que sean de sesenta y $inco
años abaxo servirán para las galeras de Jhesuchristo, los quales sean assignados
por carmel perpetua; faréis que entretanto estén a buen recaudo por manera que
ninguno no se vaya ni d estos ni de los que antes teníades presos por la ciudad.
De los otros y de las mugeres proveheréis lo que fuere justicia conforme a dere­
cho’’87. En 1508 "la nao que se iva cargada de cristianos nuevos a tornar judíos en
Turquía" fue capturada por la armada de Pedro Navarro; el 7 de diciembre de
1508 se decidió condenar a todos los cautivos a confiscación de bienes y esclavi­
tud, siendo entregadas sus personas a Pedro Navarro88.
Un último caso. El 17 de junio de 1517 se presentaron en la casa del escri­
bano Juan de la Cuadra, en la calle de Bayona, tres vecinos de Lisboa que tenían su
morada en el barrio de Santa María Magdalena: Gómez de Toledo, marido de
Inés Gómez, Juan de Toledo, marido de Mari Ramírez, y Diego López, marido
de Blanca Pérez. Los tres venían cariacontecidos por la terrible experiencia por
la que acababan de pasar. Iban "en la caravela de que hera maestre Periáñez
Obispo, portogués,’’ cuando fueron hechos prisioneros en el Puerto de Santa

L
114 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

María. Después las cosas fueron de mal en peor: “han estado presos en el castillo
de Triana por mandado de los muy reverendos señores inquisidores... e Ies fueron
tomados en la dicha caravela giertos bienes e mercaderías, lo qual todo fue apli­
cado a la cámara y fisco”. Sin embargo, y aquí les favorecía la ley, la mitad de
dichos bienes correspondía a sus mujeres en concepto de gananciales.
Agarrándose a esta triquiñuela, los tres mercaderes dieron poder a sus esposas
respectivas para que ellas, por virtud de esa licencia, pudiesen zncornendar a
Juan de Castellón la defensa de sus intereses89. Y así, sin duda, lo ici- on.

I’
EL ÉXODO 115

Notas

1 J. Meseguer, en su excelente visión de conjunto (“El período fundacional", pp. 291-92 y 297),
piensa que hubo una primera huida de judaizantes sevillanos en 1477. No hallo documentos en
qué sustentarlala: "los que han ido a Portogal", en quienes la reina ordenó hacer pesquisa en
1478 (Tumbo, II, p. 217), eran los que habían apoyado al rey D. Alonso en sus pretensiones al
trono castellano. El motivo era político, no religioso.
2 A. BernaJ, Alentarías, XLIV, p. 101.
■’ A.C.S., Scc-Jón I, libro 14, f. 127v. H. Beinart (Zxv conversos, p. 112) señala tres etapas en los
procesos de la Inquisición de Ciudad Real: a) contra los presentes (1483) b) contra los ausen­
tes (1484) c) contra los muertos (1485). La fragmentaria documentación impide comprobar si
también hubo esta secuencia en Sevilla, aunque parece muy lógica.
4 Crónica de los Reyes Católicos, II 77 (BAE 1 11, p. 332 a).
5 Esta cifra pasó después a las crónicas de A. de Lebrija (4.000 casas deshabitadas) y de Garibay
(3.000), los dos autores citados por Páramo (De origine, II, tit. 2, cap. 3, p. 140).
6 Esta carra capital ha pasado desapercibida. Publico la parte narrativa de la súplica: Beatissime
pater. Poslquam Jevoli omnes vestri Jobannes Alemán, iuratus, el Jobannes RuJerici, Ardían Aledicineque
doctor, el Jobannes Je Sevilla, pagaJor, el bacballarius Franciscas Ximenes el FerJinanJus Guterij Je Erija
el Peírao Lupi, iuratus, el DiJacus León Je, doctor, et Jobannes Je Casa, secretarias, et Alfonsus Alvari, apot-
becarius, et Aíanuel Je Campo et Jobannes Guteri, licencialus, RoJericus Je Palma, Alartinus Je Aléala et
Jobannes Aloreno et Franciscas el Alvo et DiJacus licencialus et FerJinanJus Je Capaila, DiJacus Je
Cazalia, Jobannes Je Alarcbena, GunJisalvus Je Arcos, Petras Je Gibraleon, FerJinanJus Je Alarcbena,
mapisler Gabriel, Alfonsus FerJinanJi Cemen Jar, Jobannes Je Bivar et Franciscas eius frater, Jobannes Je
Sevilla Nielo, Gomecius Je Ferrera, Jobannes Je Capaila, GunJisalvus Lupi, DiJacus Je Coria, FerJinanJus
Alarlin Je Toldo, DiJacus Je CorJova trapero, Jobannes FerJinanJi notarios, FerJinanJus Je la Barrera,
GunJisalvus GunJisalvi Je Sevilla, FerJinanJus Jet Alpava, Alvaros Petri Je Erija, Jobannes Ximenes pre­
tor, Gomecius Je Sevilla, iuratus, LuJovicus Jobannes ¿J<e>? León, Jobannes Je Soria, Jobannes Alvari,
FerJinanJus Cisbon, DiJacus FerJinanJi, mercator, Petras FerJinanJi, siius frater, Franciscas Alarían,
iuratus, Franciscas Cisbon, LuJovicus Je Jaben el eorum uxores et Isvel Gutierii, filia Jicti Jobannis Jocto-
ris, <el> Isvel FerJinanJi, uxor quondam DiJaci Je Arcos, Aqnes Martini, uxor quondam Petri Cansino,
Jobanna Diaz, uxor Alemán Garsie, Elisabeth GunJisalvi, uxor quodam Joannis Lupi, iurati, cuncti
Ispalensis civitalis et diócesis el alii quam plores lilis consortes appellamus ab infinitis pravaminibus, quo­
rum nomina el copnomina Sanctilas Vestra Jipnetur habere pro sufficienter expressa eliam si aJ numerum
Jucenlarum personarían aseenJeret, que in decreto presenlium vipore firmo, quotiens opus sit, exprimí pos-
senl. Ipsorum aliquipropter inminentem pestem in dicta civitate et diócesi et aliis de causis a dicta civitate et
diócesi recesserunt. Nonnullis eorum absentibus, ut premittitur, el non iure citalis ñeque vocatis et aliquibus
vocatis quídam frater Alicbael de Morillo etfrater Jobannes de Alartino Soneto asserti inquisitores heretice
pravilatis per serenissimos principes dominas Ferdinandum et Elizabetb, Castelie et Lepionis et Araponum
etc. repem et repinam vipore propriarum litterarum apostolicarum per eandem Sanctitatem Vestram facúl­
tate nominandi et deputandi inquisitores sibi concessarum, ut dicitur, nominati una cum quodam Jobanne
de Medina, Decretarían doctore, eorum ut dicitur assessore et associato, ipsis ómnibus a dicta civitate et dió­
cesi absentibus, ipsi inquisitores defacto dona omnium prefatorum mobilia et inmobilia que tam in dicta civi-
116 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

tote quani diócesi babebant sequestrarunl el arrestaran! sea seques!rari el arrestarifecerunt el alia fecerunt
el fien mandarunt el multa baña de supradidis vendiderunl. Et etiam post ipsi inquisitores ad ¿nstantiam
Jobannis Lupi del Barca, dictarían assertorum inquisitoriim procuratoris fiscalis, ipsos omnes per preconem
el edictum publicum citarunt el monuerunt ac citan et moneri mandarunt quatenus sub excommunicationis
pena camparerent coram eisdem Ahcbaele de Alonllo, Jobanne de Sancto Aíartino ac dicta Jobanne de
Aíedina doctore in quodam castra de Triaría extra el prope civitatem Ispalensem existente, ubi, ul asserue-
runl, eral locus deputatus per cas ad causas predictas audiendas, ad respondendum accusationi contra eos ins-
truendae et ponendae per dictum Johannem procuratorem fiscalem supra certis criminibus el testimomis
hercsum et alus delictis fidem concernentibus, de quibus dixerunl fuisse et esse eos infámalos . comminando
quod, si non camparerent, pracederent contra eos ad declarationem et celera. Et omnes ¿pe i, habita noticia de
premtssis, sent¿entes propter ea indebite exinde segravari assignatis nonnullis gravaminibus, ’uit pro eorum
parte a tempore noticie de predichs citatione, momtione et aliis ad Sanctitatem Vestram Sandamque Sedem
Apostolicam appellatum et apostoh testimoniales desuper petiti. Et licet, Beatissime Pater, fuisset ut prenul-
titur appellatum, lamen ipsi frater Aíicbael el Jobannes de Sánelo Aíartino asserli inquisitores una cum
dicto Jobanne de Aíedina doctore tn dicta causa de fado procedentes post dictam appellalionem ipsos omnes
dictam excommunicationis sententiam tncurnsse et incidióse licet de fado declararunl titterasque declarato­
rias et denuntiatorias contra eos decreverunt cosque tamquam tales et ul tales publicarunl el publice denun-
han mandarunt et pro talibus denuntiati et publica ti fuerunt el etiam contra eos sententias aggravarunt el
reaggravaverunt et alia fecerunt, licet defacto (A.G.S., Patronato real, caja 28, n° 12).
La anticanonicidad de Morillo y San Martín estaría justificada "porque la bula [de creación del
Santo Oficio] daba lugar a semejante interpretación" (J. Mcscguer, "El período fundacional ,
p. 303).
8 El texto de la bula en Llorca, p. 60ss. (cf. especialmente pp. 61-62), Doc. relac. intern., I, p. 216ss.
Cuando el 11 de febrero de 1482 el Papa nombró inquisidores a los dominicos Pedro de Ocaña,
Pedro de San Martín, Alonso de San Ciprián, Juan de Santo Domingo, Juan de Santo
Espíritu, maestros; al licenciado Rodrigo de Segarra, al bachiller Tomás de Torquemada y al
presentado Bernardo de Santa María, repitió las mismas salvedades expresadas en la bula ante­
rior (Llorca, p. 63; Doc. relac. intern., 1, p. 390). El 18 de abril de 1482 el Pontífice volvió a hacer
las mismas advertencias a los inquisidores de Aragón (Llorca, p. 67ss.).
9 Para Beinart (Los conversos, p. 55), la bula del 18 de abril de 1482 se refiere no a Aragón, sino "a
Andalucía en general y a Sevilla en concreto".
19 C. Varelay J. Gil, Cristóbal Colón. Textos y documentos completos, Madrid, 1992, p. 497.
11 A.G.S., Patronato Real, caja 28, n° 17. Publicó el texto Lea, Historia, I, pp. 894-95. Su tenor es
el siguiente: Julianas, miseratione divina episcopus Sabinensis, dHedió in Chnsto Francisco Ferdinandi de
Sevilla et Blanco Ferdinandi, eius uxori, ac Flore Aíartini, eiusdem Francisci matn, civibus Ispalensibus
salutem. Sedes apostólica, pia mater et aliorum Christifidelium salute solhcita, libenter vobis illa concedit
per que conscientie paceni et anime salutem Deo propitio consequi valeatis. Nos igitur auctoritate domim
Pape, cuius penitentiarie curam gerimus, el de eius spiritali mandato super hoc vive vocis oráculo nobis fado,
devot 'iani vestre concedimus quatenus Uceat vobis ydoneum et discretum presbiterum secularem uel cuiusvis
ordinis regularem in confessoreni eligere, qui vos et quenlibet vestrum, deleslatís pnus in eius manibus secre­
te apostasie secta, superstitionibus et heresis reatibus ac ómnibus bereticis ritibus, etiam si de prenussis dif-
famali, suspecti, convidi, probationibus superad aut per heretice pravitalis inquisitores sen loci ordmanum
vocali el apprebensiac post eorum moniliones deliqueritis aut ex eo quod alios huiusmodi cnminum cómplices
EL ÉXODO 117

non manifedtaveritid cendurid ecclediadticid ¿llaqueati et ut taled publicati ac in eiddem cendurid per annum el
ultra pernianoeritio vel til berelici declarati per denlenliam fuiddetid a til aliad contra vod premiddorum occa-
dione quomodolibet dit proceddum, a dictid decía, duperdtitionibud, reatibud el cendurid ac exceddibud buiud-
modi, etiam di ritud el cerimoniad ludaicad obdervando el ¿liad uel ¿liad aliad docendo et ab orlbodoxefidei cre-
duhlale recedendo alteriiid heredid et apodtatie notam incurreritid, etiam a dententiid excommunionid,
analbcmatizationid ac maledictionid cierne cendurid etpenid in taled lam per proceddud apodtolicod guaní aliid
a aire cham peí inquiditored predictod et dtiod adociatod et ordinariod vel aliid quomodolibet latid et promulga-
lid proptcrprcmidda incurdid abdolvat in forma eccledie conduela et iniungat vobid pro modo culpe penitenciara
dalutarem et. ecrelam ac a vobid omnem infamie maculam omnedque aliad iurid penad, etiam corporid afflie-
tica.-, abolea! et tolaliter remillat ac vod ad communionem Cbridtifidelimn et dáñele matrid Eccledie necnon
umtalem Cal balice eccledie ac in pridtinum et eum dlatum in quo eratid, antequam in predictod exceddud pro-
lapdiJuiddcl'.e. aucloritate et mandatopredictid reponat, reintegret, redlituat el reducat, contradictoredper cen-
durad ecelediadticad auclorilale et mandato predictid compedcat et omnibud iurid remediid oportunid vobid
addidlal. Datum Rome apud Sanctum Pelrum dub digilla officii penilentiarie II Nanad Decembrid
Panlifieatud domini SixtiPape lili anua duodécimo (A.G.S., Patronato real, caja 28, n° 17).
12 El 12 del de 148-4 los reyes ordenaron recoger dichas bulas y devolverlas a Roma para su exa­
men por el Papa, "pues es de creer no aver procedido de la mente de Su Beatitud” tamaño desa­
guisado (J)oc. relac. inlern., II, p. 121).
1,5 A.G., Patronato Real, caja 28, n° 1; cf. Lea, Hidtaria, I, pp. 723-2-4; J. Meseguer, "El período fun­
dacional”, p. 299. El texto de la bula, que no se ha publicado nunca, que yo sepa, es el siguien­
te: Sixtud epidcapud, derviid dcrvorum Dei, dilecti* filiid manadterii Beale Alarie de Barrameda per priared
doliligubernari ac deolarid (escrito dcclarid: ¡decularidT) et collegiate eccledie Sancti Salvatorid de Xericia
Idpalendid diacedid prioribud dalutem el apodtolicam benedictionem. Humilibiid dupplicium votid libenter
annuimiid caque favoribud prodequimur opportunid. Exibita diquidem nobid nuper pro parte dilecti filii
Jobannid de Sevilla, laici, et dilecte in Cbridta filie Elionore Fernandi, eiud uxarid, mulierid Idpalendid, peli­
llo continebat quod, licet ipdi coniuged Catbalici Cbridtiani dint ac credant omnia el dingula que quilibet f¿de­
lid Cbridtianiid credere tenetar et debel el nunquam ad ritum el duperdticianed Ebreorum declinaveri<n>t,
lamen nuper ad eorum noliciam pervenit quod nonnulli qui de in partibud illid pro beretice pravitatid inqut-
ditoribud gedderunt et gerunt in civitate Idpalendi cammaranted ac minad aera {ofciter prolendented eodde/n
conjuged ab orlbodoxe fidei ueritale declinadde et rilad ac duperdticianed Ebraicad abdervodde el in beredim
relapdOd fuiddc, contra eod diiper boc ad inquiditianem dcdcenderunl eadque abdented per editum citatod dub
excommunicalionid late dententie pena ac indeffendod ad indtanciam dilectifilii Jobannid del Barco, laici, pro
procuratore fi<d>ci el fidei de gerentid, berelicikf, relapdOd et excommúnicatod fare per eorum difinitivam den-
tenliam decíararunt, ipdOd deculari curie puniendod relinquented, prout in proceddibud et dententia ipoorum
laliiid dicitur contineri. Cum autem, dicut eadem petitia dubjungebat, conjuged prefatiparad dint coramJudi-
ce non dudpecto de predentare el Judicio acJudticie illiud de dubicere et propter metum ac dcveritatem et crude-
lilatem dictorum ¿nquiditorum coram cid non conparuerinl et a dententia predicta appellare omidderint
(escrito -runt), pro parle dicli Jobannid, adderentid quod ipde computatar redituum dilectifilij nobilid viri
Enrici ducid de Aledina exidtit, nobid fuit bumiliter diipplicatum ut de vita el moribiid ipoorum conjugum et
an ipdi alicuitid beredid labe re<d>perdi (escrito -de) dint vel ne et ad ritud et mored Ebraicod nunquam decli-
naverinl et berelicipredertim relapdi exidtant ac aliad de contentid in proceddu habito contra ei\i et lata dedu-
per condempnalione predicta veritatem inquirí; et di veri ac fideleo et Catbalici Cbridtiani et a veritale ortbo-
doxe fidei minime deviadde et deviare ac nunquam ritud et mored perfidorum Ebreorum dectad<d>e aut declare
118 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

conperti fuerint, eos fideles esse decerni et processum ac condempnationem buiusmodi aboleri mandare añasque i/i
premiosis opportune pnoviden de benignitate apostólica dignareniur, /Va» igilur ipsos coningés a quibusvis excom-
mumcatioms, suspensioms et interdicto atasque ecclesiasticis sentenciis, censuris et penis a ñire velab bonune qua-
i'is alia quam premissorum occasione vel causa latís, quibus forsam quo<modo>libet innodati exislunt, ad presen-
cium dumtaxat consequendum effectum barum serie absolventes et absolutos fore cénsenles, buiusmodi supplica-
tion¿bus indinati discretioni vestre per apostólica scripta mandamos quatenus pa» uel altor vestrum, vocalis dictis
inquisitoribus et Jobanne del Barco ac aliis qui fuerint evocandi, eosdem coniuges, prestita proís per eos caplione
idónea super eo quo excommunicato babentur quod, <si> vobis constiterit buiusmodi exconimunicationis senten-
tiam in eosfore inste latam, vestrio et ecclesie mandatis parebunt, a quacumque exeommtmicalionio sententia(ni}
per eosdem inqu¿sitares contra eos lata ad cautelam, si ut prout iustum fueril, absolvalis ac causam ¿nnocentie dic-
torum conjugum auloritate nostra audiatis et apellatione remota fine debito termine!¿s el decida tic, facientes quod
decreveritL per censurani ecclesiasticamfirmiler observan, non obstantibus premiosis sententia et obnussione appe-
Uationio ab ea necnon constitutionihus et ordinationibus apostolicis ceterisque contradi’ quibuocumque, aut si
inquisitoribus et Jobanni del Barco predictis uel quibusvis aliis communiter uel divisim a Sede Apostólica indul-
lum existat quod interdici, suspendí vel excommunicari non possunt per Hileras apostólicas non facientes plenam
et expressam ac de verbo ad verbum de indulto buiusmodi mentionem. Datum Borne apiló Sanctum Pelrtim anno
incamalionis dominico millesimo quadringentesimo ocloagesimo primo, quinto Ydus Febroaris, pontificalus nos-
ir* anno undécimo. Sorprende no poco lo temprano de la bula: 9 de febrero de 1481.
14 A.G.S., Patronato real, caja 28, n° 12.
15 A.C.S., Sección I, libro 3, f. 103r.
16 A.C.S., Sección I, libro 3, f. 115ry 115v.
17 A.C.S., Sección I, libro 3, f. 116r.
18 Lea, Historia, I, p. 727.
19 A.C.S., Sección I, libro 4, f. 15ry 15v.
20 Llorca, p. 73ss.; Lea, Historia, I, p. 268ss.
21 Llorca, p. 76ss.
22 Llorca, p. 84.
23 Al problema de la apelación dedicó un capítulo Lea {Historia, I, p. 721ss.).

I 24 Así lo reconoció Sixto IV el 2 de agosto de 1483 (Llorca, p. 95).


25 Sixto IV pensaba nombrar arzobispo de Sevilla al cardenal de San Jorge. Finalmente, movido
por las acuciantes súplicas de los reyes, se decidió por Manrique: como escribió el Papa a O.
Pedro González de Mendoza el 4 de noviembre de 1482, el candidato era "tío paterno del
monarca, grave por su edad y buenas costumbres”; al cardenal se le dio en compensación el
obispado de Osma (T. Azcona, La elección y reforma, p. 334). El Pontífice no tuvo suerte con
Sevilla, pues tampoco logró imponer en 1484 su siguiente candidato: Rodrigo de Borja (el futu­
ro Alejandro VI). Sobre la apelación reservada por la Santa Sede al inquisidor general cf.
Páramo, De origine, II, tit. 2, cap. 4, p. 151.
26 Llorca, p. 86ss. Le instaba el Papa a que los reyes consintieran en la destitución de Gálvez. El
25 de mayo de 1483 el Pontífice comunicó el nombramiento de Manrique a los Reyes Católicos
(Llorca, p. 87ss.).
27 Llorca, p. 92ss.; García Cárcel, Orígenes, p. 53.
28 Llorca, p. 103ss. Llorca no se enteró del contenido de la bula: a su juicio, va dirigida contra el
arzobispo de Sevilla ["que habiendo nombrado a Iñigo de Sevilla juez de apelaciones y habiendo
EL ÉXODO 119

tenido quejas bien fundadas contra él, ha redactado cierta bula”']). Reproduzco el texto latino
para que todos lo puedan consultar a placer: Nuperrime vero, cum nonulliex huiiunwdi inquisitis hic
apud nos multa crudelia exponerent que in eis ficri dicebant et suppliciter a nobis ut ele aliquo remedio provi-
deretur postularent, moti misericordia ordinavimus quandam bullam ad futuram rei memoriam, quam dili-
genter examinandam nonnullis commiseramus. Cum autem indigeat adhuc acuratioriexaminatione et non-
dum sccundum mentem riostra ni digesta sit, ordinavimus et mandavimus illam retineri et ad nos stalini
remití i, ut maturáis etiam possit consultan. De quo voluimus maiestatem tuam certiorem /acere, ut quid
arca boc acta s er deliberatum per nos sil intelligeret. Acertó Lea, como solía {Historia, I, pp. 725-26).
29 Llorca, p. 106ss.
50 Tomó posesión el 31 de agosto de 1485 (A.C.S., Sección I, libro 3, f. 37r).
31 A.C.S., Sección IX, c. 179, n° 18.
32 Cf. S. Mitr?.n; Samarían, “Un typographe juif en Espagne avant 1482 ”, Róvue des Études Jueves,
LIV (1907) 246ss.
33 Cf. P. León Tollo, Judíos de Toledo, I, p. 275.
34 Señala F. del Pulgar {Crónica de los Reyes Católicos, II 77 [BAE 111, p. 332 a]; y, siguiéndolo, como
acostumbra, Lucio Marineo Sículo, pero añadiendo el reino de Navarra [De rebus Hispaniae
memorabilibus, XIX 21]), que muchos conversos huyeron a Portugal, otros a Italia, a Francia y
a otros reinos. Desde Sevilla, sólo cabían dos salidas rápidas: Portugal o el mar (África o Italia).
35 A.C.S., Sección I, libro 14, f. 178r.
36 A.P.S., V 3214, f. 2r.
37 La identificación de Juan de Sevilla entre sus muchos homónimos la hace posible, a mi juicio, la
cédula dada por los reyes el 3 de febrero de 1495 a Diego López, el marido de Catalina López,
hija de Juan de Sevilla y de Beatriz Sánchez (A.G.S., Sello, II, 1495, n° 15): en ella se narran las
peripecias de Catalina que expongo en el texto.
38 Sobre Diego López de Sevilla cf. Sello, II, n° 348 (p. 48); Tumbo, II, p. 196.
39 García de Rcsende, Cancioneiro geral, Lisboa, 1516, f. LXXXIIIr (corrijo el lusimo "pera” por
para en el v. 5); edición de Lisboa, 1973, II, p. 296.
40 Verosímilmente Pedro; el texto dice alter eorum, no los dos.
41 Llorca, p. 170ss.; cf. Llórente, Historia, I, p. 192.
42 Llorca, p. 175ss.
43 Cf. el texto de las sentencias de Isaac y Yo^é Abrabanel, huidos, publicadas por A. Braancamp
Freire en Archivo histórico portuguez, II (1904) 31ss., 346ss.
44 Sentencia contra D. Fernando, publicada por A. Braancamp Freire, Archivo históricoportuguez, III
(1904) 444ss.
45 A. de la Torre, Doc. relac. intern., II, n° 130 (p. 116).
46 Cf. A. Braancamp Freire, Archivo históricoportuguez, VI p. 31ss.
47 P. León Tello, Judíos de Toledo, II, n° 1397 (p. 502), cf. I, p. 509ss. Abrabanel, el padre de León
Hebreo, residió en Castilla hasta 1492 {ibidem, n° 1590 [p. 569]; 1611 [p. 575]; I, p. 354, n. 28).
48 Llorca, p. 132; Llórente, Historia, I, p. 204. Según Lea {Historia, I, p. 286), la bula se expidió
como consecuencia del asesinato del inquisidor Arbúes (1485).
49 Archivo históricoportuguez, III, p. 315 (año 1497); 472 (año 1496). Juan Brandáo (m.ya en 1501),
"contador de fazenda” en Oporto, fue nombrado “recebedor no Porto do dinheiro dos Judeus
castelhanos das seiscentas casas e oito cruzados” (A. Braamcamp Freire, "María Brandoa, a do

I
120 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Crisfal , Archivo históricoportugués, VI [1908] 297-98). Samuel Cisque (Consolaban!, 1908, III 27,
citada por Braancamp), recuerda cómo "a moor parte [de los judíos castellanos] se veo a
Portugal acordándose seiscentas casas com elrey dom Joáo segundo daquellc nome em dous
cruzados cada pessoa que no reino entrasse”.
La brevedad del texto y su interés me animan a publicarlo íntegro: “Por razón de la Inquisición salie­
ron algunas personas d estos reinos al reino de Portugal, los quales siguieron en Roma sus causas
e dizen que ovieron absolución del Santo Padre. Desean benir a estos reinos a su naturaleza, y
dizen que, si Sus Altezas son d’ello serbidos mobidos a misericordia et, aunque tengan las dichas
sentencias, los quieren admitir para que los padres de la Inquisición los resciban e les den peni­
tencias saludables, e con esto dándoles Sus Altezas seguro para que libremente puedan venir e
entrar e tratar e estar de bivienda en estos sus reinos, que ellos serbirían a Sus Altezas con siete mil
ducados ciento c cinquenta casas que han quedado en Portugal porque tenían esta dicha absolución
del Santo Padre; que los que no la tenían todos fueron echados del dicho reino por mandado del
rey de Portugal que agora murió ”. En las espaldas del documento se lee: “El capellán Pineda sobre
los conversos que están en Portugal" (A.G.S., Patronato real, caja 28, n° 4). Sobre las medidas de
D. Juan II contra los judíos castellanos cf. J. Lúcio de Azevedo, H'istória, p. 23ss.
51 A.H.N., Inquisic., libro 574, 8v; cf. para otras personas más f. 17v, 66v.
52 A.H.N., Inquisic., libro 245, f. 15r; con este motivo Carlos I envió el 23 de mayo de 1528 una
carta a D. Juan III, pidiéndole que entregara Ordás a la persona que enviasen a tal electo los
inquisidores (publicada en As gavetas da Torre do Tombo, Lisboa, 1974, X, p. 616). Otras veces los
presos fueron portugueses: el 12 de febrero de 1529 se escribió al rey de Portugal, pidiéndole
que devolviera a Gonzalo Rodrigues, vecino de Évora y de Moncaraz, y a Jorge Dias, vecino
de Lisboa, que estaban presos en la cárcel de la Inquisición por el delito de la herejía y que se
habían escapado de la cárcel (A.H.N., Inquisic., libro 245, f. 13v).
00 No me resisto a presentar como paradigmático el caso de Fernando Núñez, que salió en el auto cele­
brado en Sevilla el 14 de noviembre de 1574. Fernando, hijo de Enrique Fernández, Papatocinos,
mercader, natural de Lisboa, de 21 años, "descendiente de judíos de todas partes, fue testificado por
un testigo de que, aviendo sus padres huido de Portugal porque judaizavan, aportaron con todos
sus hijos a Ferrara, adonde bivio con los dichos sus padres judaizando y guardando la ley de
Moisén. Y siendo preso, en la primera audiencia que con él se tubo lo confesó ansí; y que allí sien­
do mochacho de diez años le retajaron y pusieron por nombre de judío David, y guardava las
Pascuas, fiestas y ayunos de los judíos y vestía camisa limpia y vestidos mejorados las fiestas que
ellos, y esperava la venida del Mesías; y que creía y tenía todo lo que los demás judíos, como su
padre se lo avía enseñado. Fue admitido a reconciliación en forma de confiscación de bienes y hábi­
to y cárcel por tiempo de tres años en la parte y lugar que le fuere señalada para que allí sea ins­
truido en las cosas de nuestra santa fee cathólica” (A.H.N., Inquisic., legajo 2075, n 5 ff. 2-3).
54 A.P.S., IX 1491 (= 17417 parte 3), f. 6r. Catalina dejó por heredera a Guiomar Gil.
55 A identificar tal vez con S 1494 n° 588, 735, muerto ya en 1494; pero este Pedro de Cuenca esta­
ba casado con Catalina Sánchez.
56 Vivía en la calle lisboeta de Matapuercos, en la casa de María Dias, probablemente su suegra o
su cuñada.
57 A.P.S., III 1508, 2 (= 1507), f. 984r. El 23 de setiembre de 1508 le pagó 2.000 mrs., mujer del

mercader Diego López (quizá un pariente).


EL ÉXODO 121

•’S A.P.S., I 1528, 5 (= 33), f. 989r y 993v. Como su tío Diego López, su tutor en Sevilla, había
muerto hacía poco, le dio asimismo poder a Leonor de Mesa para pedir el testamento y ver si le
había dejado alguna manda. Leonor era vecina de Sevilla en la colación de San Vicente, pero
residía en Lisboa.
59 A.P.S., XX 1521 (= 13452), f. 192.
60 A.P.S., I 1529 (= 36), f. 144v.
61 A.P.S., I 1527, 2 (= 30), f. 942r.
62 A.P.S., I 1528 (= 33). f. 590r.
65 A.P.S.. IX 1503 (= 17429), s.f.
64 A.P.S.. IX 1503 (= 17429), s.f.
65 A.P.S., I 1534 (= 46), al 15 de mayo.
66 A.P.S.. 1 1528, 4 (= 34), f. 108v. Otros comerciantes tuvieron factores en las islas de los /Yzores.
Así Francisco de Herrera, vecino de la isla de San Miguel, enviaba pastel a su hermano Alonso
de Hcrrcr: . vecino de Baeza (A.P.S., I 1528, 4 [= 34], f. 225r).
67 Fernando de la Fuente, que acostumbró a fletar naves a Lisboa, tuvo frecuente trato comercial
con Portugal. Francisco Núñcz, mercader de Lisboa, le envió corambre y mercadería en el
navio San Vicente el 13 de enero de 1529 (A.P.S., I 1529, al 29 de enero).
68A.P.S., I 1532 (= 41), s.f.
69 Había formado compañía con /Xlonso de Nebreda y Juan de Haro, en la que los primeros habían

metido 5.000 ducados, él 1.000, yendo todos a tercias. En caso de fallecimiento, la herencia
habría de ir a Pedro Pardo (A.P.S., I 1535 [= 49], s.f.).
70 P. Peragallo, "Carta de El-Rei D. Manuel ao Rey Catholico narrando-lhe as viagens portugue­
sas á India desde 1500 até 1505", con un apéndice con la "Rela^áo analoga de Lunardo Cha
Mcsscr c dos documentos de Cantino e Pasqualigo”, Centenario do Dejcobrimcnto de America,
Aíemoriao da Commmioodo Portuguesa, Lisboa, 1892, p. 68.
71 Así lo indica Cataldo Sículo en su carta tremenda al judío Próspero, en que tachó a los suicidas
de “mártires de Satanás": "muchos valientes y magnánimos circuncisos, a fin de no alcanzar la
gloria eterna... degollaban primero a su mujer y a sus hijos y, una vez degollados, para que no
partiesen sin compañía, se anudaban al cuello una soga y se colgaban de una viga: bellísimo
espectáculo" (Cataldo Parióio Siculo. Epistolar et orationeo, edición facsímil, Coimbra, 1988; es la
penúltima carta del libro primero). La propuesta de Cataldo era drástica: despellejar a los rabíes y
clavar su piel, montada en paja, en las almenas de las torres más altas. Otra crítica a los judíos,
sin que viniera a cuento, le salió en una carta al padre Martín, su confesor. Y en su alabanza de
D. Manuel, puesta en boca del conde de Alcoutim Pedro de Meneses, volvió a insistir en la pie­
dad regia: lo primero que hizo el monarca al subir al trono fue expulsar a los judíos (“¿dije
‘expulsar? No los expulsó, sino que les permitió marchar").
72 Un crimen semejante tuvo lugar en Fregenal: un hijo de Catalina la Bogaza, condenada por la
Inquisición, mató a dos beatas a las que culpaba de la sentencia dada contra su madre y huyó tam­
bién a Portugal (A.H.N., Inquisic., libro 243, f. 128v, 128-130, 149v). Antes, en 1489, se había refu­
giado en Portugal el jurado de Fregenal Ruy García, también acusado de herejía (Tumbo, V, p. 124).
73 A.H.N., Inquisic., libro 242, f. 216v; cf. Lea, Historia, II, p. 450.
7A En otros casos los reos fueron devueltos a la Inquisición de origen. Así ocurrió en un escándalo
sucedido en Córdoba que motivó otra carta de D. Fernando a D. Manuel (Sevilla, 31 de enero
122 LOS CONVERSOS Y L/\ INQUISICIÓN SEVILLANA

de 1502): "De pocos días aquá se han descubierto en la ciudat de Córdova muchas hercgías... e
procediendo los inquisidores [especialmente Lucero] en aquella ciudat contra los culpados, diz
que se fuyeron a esse vuestro reino Alfonso Fernández, herrero, y Fernando de Córdova, bor-
zeguincro, e su mujer Elvira; e por ser éstos personas muy notadas e infamadas del dicho deli­
to, e que induzían a otros a judaizar e en especial la dicha Elvira, los dichos inquisidores enbia-
ron hun alguazil en pos d ellos; e diz que los prendió estando ya en esse vuestro reino, c que
posieron esta diligencia porque fuera mucho daño e escándalo si se escondieran e luyeran sin
venir a poder de los dichos inquisidores; e que, a esta causa, ni el alguazil tovo ticnpo de llevar
carta nuestra ni de ir a vos antes de prender las dichas tres personas para ha cer licencia vues­
tra para ello, con confianza que, siendo vos príncipe tan cathólico, no se daría inp- limento en
cosa que tocare al exerip^io d’este Santo Offi^io. E porque los dichos inquisidores nos han escri­
to que, antes de otorgar la ligen^ia para traher los dichos presos, queréis que se nos cnbíen las
informaciones que tienen contra ellos, y esto sería grande inconviniente c daría mucho inpedi-
mento al dicho Santo Offi^io, e tanbién quedando ellos en su error e pertinacia sin punición e
castigo sería Dios muy deservido, por ende a Vuestra Serenidat affettuosamcnte rogamos que,
por haver esto respecto a la honra de Dios, vos plega proveer e mandar que los dichos presos...
sean entregados a la persona que los dichos inquisidores enbían para que los buelva a Córdova,
donde cometieron los delitos” (A.H.N., Inquisic., libro 242, f. 255v).
'5 Cédula dada en Granada el 22 de enero de 1501 (A.H.N., Inquisic., libro 242, f. 251r). Cf. J.
Meseguer, "El período fundacional", p. 391 n. 276.
'6 A.H.N., Inquisic., libro 242, f. 89r, cf. Lea, Historia, II, p. 213.
" No sé si es el hijo o el sobrino. Sobre esta familia cf. lo que dije en "Marinos y mercaderes en
Indias (1499-1504)", p. 341ss., 353.
78 En efecto, el 8 de noviembre de 1499 el Consejo General de la Inquisición decretó confiscación
de bienes para los patrones, mercaderes y capitanes que pasaran conversos allende el mar
(A.H.N., Inquisic., libro 572, f. 42r; cf. Lea, Historia, I, pp. 205-06).
/9 A.H.N., Inquisic., libro 572, f. 56v. Editó la cédula J. Meseguer, "Fernando de Talavera,
Cisneros y la Inquisición en Granada" en J. Pérez Villanueva, La InijuÚHcúín, pp. 390-91.
80 A.H.N., Inquisic., libro 242, f. 236v.
81 A.H.N., Inquisic., libro 242, f. 252r.
82 A.H.N., Inquisic., libro 242, f. 266v.
83 A.P.S., XV 9101, f. 168r.
84 A.H.N., Inquisic., libro 242, f. 239r.
85 Carta dada en Nápoles el 6 de diciembre de 1506 (A.H.N., Inquisic., libro 243, f. 412v, 420r).
En 1542 se prendió a otros portugueses en Alicante que huían a Roma (A.H.N., Inquisic., libro
574, f. 104r).
86 Una notable relación ofrece Andrés Bernal, Memorias, 206 (p. 503ss.): su informante fue un
dominico testigo de la tragedia, el maestro Miguel de Nájera.
87 A.H.N., Inquisic., libro 243, f. 412v.
88 A.H.N., Inquisic., libro 243, f. 328r.
89 A.P.S., I 1517, 2 (= 17), f. 579v. Firmó sólo "Gómez de Toledo, mercador", que parece estar
emparentado con S 1494 n° 276. Los otros dos también parecen conversos sevillanos.
IV. CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DEL ESTABLECIMIENTO
DE LA INQUISICIÓN

L establecimiento del Santo Oficio tuvo secuelas muy negativas


para la economía de Sevilla y su tierra, como las tuvo para el reino
de Valencia, según se desprende de losy/r/zyéj susc ritos por los tres
brazos y presentados al rey en 14841. Conviene pasar revista a los principales
damnificados, aparte claro está de los propios conversos.

1. La Iglesia de Sevilla

El 14 de mayo de 1481 los reyes dieron poder en Calatayud al licenciado


Fernando Yáñez de Lobón, alcalde de su Casa y Corte y de su Consejo2, para
cobrar "todos e qualesquier bienes, así muebles como raízes e semovientes e oro
e plata e moneda amonedada e joyas e debdas e libros e escripturas e todas otras
qualesquier cosas" que hubiesen sido de los condenados a muerte o a otras penas
y a perdimiento de bienes por el delito de la herejía en Sevilla, Cádiz y Córdoba.
Además, la carta regia facultó a Lobón para embargar dichos bienes y, una vez
hecho su inventario, dejarlos provisionalmente en manos de los secuestradores
hasta que los monarcas decidieran el uso que querían hacer de los mismos.
Tampoco se salvaban los judaizantes, eclesiásticos o seglares, que hubiesen trata­
do de ocultar los bienes con contratos falsos: Lobón habría de embargar igual­
mente su hacienda y las rentas de sus dignidades u oficios, estando facultado a
entender en todos los pleitos y dudas que se presentasen5. En otro poder se impli­
có en la azarosa pesquisa de tales bienes al asistente Merlo, ya que los inquisido­
res "han condenado e se cree que condepnarán a algunas personas a pena de
muerte e a otras penas e a confiscación de todos sus bienes para nuestra
jstra cámara
e fisco"4.
124 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

La medida, por muy bien que casara con la política que se quería llevar a
cabo, levantó una oleada de quejas, y no precisamente entre los conversos. Una
de las primeras instituciones en protestar por el embargo fue la propia Iglesia
de Sevilla, acaudillada por el cardenal de España, su arzobispo, y el cabildo
eclesiástico. Los motivos de las reclamaciones saltan a la vista. El caso más san­
grante era el del propio receptor. Pedro Fernández Benadeva, antes de la con­
dena, había obligado e hipotecado todos sus bienes muebles y raíces a la mesa
arzobispal y capitular, en fianza de los muchos dineros que les debía a los pre­
bendados de sus rentas y beneficios; luego era ya el cabildo quien había toma­
do posesión de los mismos, constituyéndose, por tanto, en su legítimo propieta­
rio. No obstante, sin respetar su derecho, el licenciado Lobón embargó los bie­
nes de Benadeva y de otras muchas personas condenadas que se habían ausen­
tado de la ciudad. No paraban ahí las cosas. Para gran indignación y disgusto
de la Iglesia sevillana, Lobón, un hombre estricto que quería demostrar a los
reyes su eficacia, no permitió que el cabildo alquilase de nuevo las casas arren­
dadas a los huidos, alegando que antes las había de arrendar él por el tiempo
que las habían disfrutado los ausentados, sin duda para resarcir de la pérdida
al fisco regio. Resultado: "diz que las dichas casas están agora sin moradores e
que no rentan cosa alguna e se pierden e se destruyen, porque no ay quien las
repare".
La reclamación de la Iglesia hispalense —y sobre todo del cardenal de
España— no cayó en saco roto. El 22 de octubre de 1481 los reyes ordenaron a
Lobón que, tras averiguar las cuentas, pagase al cabildo eclesiástico y al arzobis­
po las sumas que les debían los condenados. Del febril papeleo que, para ganan­
cia de escribanos, se hubo de producir con motivo de esta devolución, apenas per­
viven míseras briznas. El único caso que conozco es la liquidación hecha al car­
denal de España D. Pedro González de Mendoza, representado por el canónigo
Pedro Espíndola en virtud de un poder dado en Barcelona el 1 de octubre de
1481. El 24 de abril5 de 1482 Lobón, ya en su calidad de receptor y pesquisidor
mayor de los bienes pertenecientes a la cámara y fisco por razón de la herética
pravedad, levantó el embargo sobre los bienes de algunos conversos para satisfa­
cer las cantidades que éstos debían al cardenal por el pan tomado tanto de villas
y lugares del arzobispado como de los alfolíes de la ciudad hasta el año de 1480.

La lista fue la siguiente:


CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DEL ESTABLECIMIENTO DE L/\ INQUISICIÓN 125

-Fernando Moreno (Santa María) ...1.200 mrs.


—Pedro de Rojas, cambiador (San Nicolás) ...6.060
—Pedro López, jurado (San Esteban) .10.800
-Juan Fernández del Consistorio ...5.220
-Diego de la Torre, hijo del mayordomo Juan de Sevilla (San Isidoro) ...2.040
—Rodrigo de Palma (Santa María) .17.760
-Manuel de Lova (San Nicolás). ...3.060
—Gómez de Sevsila Abolafia (San Bartolomé) ...1.020
—Juan Vergi, mercader6.................. 600
-Alvaro González Boniel............... 800
—Francisco de Cazalla, hijo de Ruy González Abenaex. ..... 600
—Juan de Soria (Aduana)............................................................ 600
—Pedro de Córdoba, cambiador (Santa Cruz) ...6.600
—Juan de Sevilla (Salvador) ...2.400
—Fernando de Sevilla, cambiador (San Ildefonso) ...4.975
-Fernando de Córdoba (San Ildefonso) .80.000
-Juan de Córdoba, lapidario (Santa Cruz) .33.110
-Rodrigo Jorge (Santa María) 14.780
—Juan Caro, cambiador 18.700

Plegándose a los deseos del cardenal, Lobón hizo otro alzamiento del embar­
go el mismo día 24 de abril de 1482. Entonces aparecieron nuevos nombres y otro
tipo de deudas, las producidas por las quiebras en las alcabalas de rentas:

-Rodrigo de Palma, cendalero, Alemán Pocasagre, Diego de Susán y Juan Fernández,


escribano del Consistorio, de mancomún (por la escribanía del Consistorio de 1481 y
por tres años de quiebra de la dicha escribanía) 275.299 mrs.
-Juan de Córdoba, maestro de la balanza, y Juan de Córdoba Barchilón (azije [i.e. ace­
che] de Zalamea en 1480) 17.869
-Sancho Díaz de Medina, el tesorero Fernando de León, Fernando Núñez de Trabudo,
Francisco de Cazalla y el mayordomo Benito de Torralba (almojarifazgo de la aduana,
pan de la mesa arzobispal y juro del contador Juan de Arévalo) 38.266
—Alvaro López de Lucena, Martín Alonso de Baena e Isabel de Jerez, su hija (alcabalas

de Cantillana) 32.640
—Juan de Barrasa (bienes de Brenes de 1480) 10.400
-Juan Álvarez, mercader (vino de Rianzuela de 1480) 2.250
126 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

—Francisco López, borceguinero (almojarifazgo de Zalamea de 1489")............................ 1954


-Diego de Susán (pan de abierto)......................................................................................................... 1.090
—Fernando de León, tesorero (obligación por Gonzalo García, escribano, arrendador de
las alcabalas de Cantillana de 1472)............................................................................................15.450
—Fernando Arias, caballerizo del duque de Medina (por obligación por Gonzalo García,
arrendador de los menudos y almojarifazgos de Villaverde de 1476)........................ 15.450
-Antonio Boniel (moler de la aceituna)............................................................................................. 7.149
—Pedro de Aguilar, Diego de Aguilar su hermano y el licenciado Flore. . de mancomún
(por la renta del aceite de Umbrete) 126 quintales y un¿i arroba de aceite

Por orden de Lobón, el bachiller Mateo de la Quadra y el notario Mateo


Sánchez pusieron en venta los bienes de las personas susodichas por las cuantías
declaradas, a fin de saldar de una vez las deudas con el cardenal; el dinero sobran­
te había de ser puesto en el cambio de Bautista y Francisco Pinelo, "depositarios
de las semejantes cosas . Por su mandado, se clavó en la puerta nueva del Perdón
de la catedral una carta de edicto que decía así:

Yo, el bachiller Matheo de la Quadra, e Matheo Sánchez, notario, juezes comisarios por
el honrado señor litjencpado Fernandiáñez de Lobón, regebtor de los bienes confiscados
a la cámara del rey e reina, nuestros señores, por razón de la herética pravidad, fazemos
saber a vos, el jurado Pero López e Juan Díaz de Qea e Ruy González de Solúcar e
Rodrigo de Palma, tendalero, e Rodrigo Jorje e Diego, aljofarero, e Diego de la Torre,
hijo del mayordomo Juan de Sevilla, e al jurado Fernando Qisbón e Femando de París
e Pedro de Mansilla e Gómez de Córdova e vuestra madre e Juan Fernández del
Consistorio e Femando de Córdova e Juan de Córdova de la Balanga e Gonzalo
Rodríguez de Guadalcanal e Juan de Sevilla, pagador, e Diego de Sevilla, yerno de
Benito de Torralva, et Femando Rodríguez Qisbón e Alemán Pocasangre e a cada uno
de vos que por parte del reverendísimo señor cardenal de España, arzobispo de Sevilla y
obispo de Qigüen^a, nos es mostrado e fecha relación en cómo vos e cada uno de vos avéis
e sois obligados a pagar pierias contías de mrs. de ciertas rentas e otras cosas, e nos pidie­
ron que de vuestros bienes le mandásemos dar e pagar lo que así es devido e vos pusié­
semos término en que pares^iédes ante nos a pagar los tales mrs. que así devéis aver rema-

tamiento de pierias casas e otras heredades vuestras que ante nos andan en el almoneda,
E nos, queriendo en ello proveer en la forma qu’el dicho quiere, mandamos dar e dimos
esta nuestra carta para vos e cada uno de vos, por el thenor de la qual vos requerimos e
llamamos que, del día e ora que esta nuestra carta vos fuere
amonestamos e pitamos e
CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DEL ESTABLECIMIENTO DE LA INQUISICIÓN 127

leída o entimada o fuere puesta e fixa a las puertas del Perdón d’esta Iglesia fasta tres
días8, los primeros siguientes, que vos damos por todos términos, parescades ante nos <a>
aver rematamiento de los dichos bienes e heredades que así andan en la dicha almoneda.
E non paresgiendo, vuestra absenta avida por presencia, mandaremos fazer remata­
miento de los dichos bienes e heredades e de su valor faremos pago al dicho reverendísi­
mo señor cardenal de sus debdas que así lo son devidas, e procederemos en la cabsa según
falláremos por derecho, e mandamos que esta nuestra carta sea puesta por edito a la puer­
ta de! Perdc.n d’esta Iglesia, porque venga a vuestra noticia e no podáis pretender ino­
rancia. Fe-cha a veinte e ocho días de enero de mili e quatrogientos e ochenta e dos años.

La avara documentación nos permite conocer sólo algunos pormenores de esta


subasta. El 18 de abril de 1482 el pregonero mayor del concejo Juan de la Roza hizo
apercibimiento para vender en almoneda, al primer toque de la campana del Ave
María que se tañía en la torre del Aceite de la catedral, unas casas que habían per­
tenecido al cendalero Rodrigo de Palma. Tras la consiguiente puja, las casas se rema­
taron por 61.000 mrs. en el mayordomo de las rentas del arzobispado, Juan de
Oviedo, aunque en realidad el comprador fue el protonotario D. Juan de León,
mayordomo mayor del cardenal, como corroboró D. Pedro González de Mendoza
el 30 de agosto de 1482 y declaró el propio Oviedo el 4 de noviembre del mismo año9.
El mismo día (18 de abril de 1482) salieron a subasta las casas de Pedro
Díaz Leví, sitas en la colación de Santa Cruz; se remataron por 42.000 mrs. otra
vez en Juan de Oviedo que, siguiendo la pauta anterior, se las traspasó el 29 de
abril por el mismo precio a Juan de Pedrosa, mayordomo de Alonso de Fonseca,
señor de Coca y Alaejos. Pero Pedrosa no las tenía todas consigo; temeroso de
sufrir un desalojo forzado u otra venganza, acudió ante Diego de Merlo para
pedir amparo y protección por parte de la justicia. El 9 de mayo el asistente orde­
nó a los alguaciles que defendiesen al nuevo poseedor y que no consintiesen que
fuese desapoderado de las mismas "sin que primeramente sea sobre ello llamado
a juizio e oído e vencido por fuero e por derecho ante quien e como deva"10.
Pero dejemos los ingresos del cardenal y veamos otro aspecto de la cuestión.
Cuando se hizo cargo del oficio de la mayordomía, Pedro Fernández Benadeva pre­
sentó como fiadores a sus hijos, varios de los cuales eran clérigos, como queda dicho:
Alonso Fernández Benadeva, Juan Benadeva, Gonzalo y García de Gibraleón. La
deuda paterna los hundió en la miseria, pues de manera inmediata fueron embarga­
dos sus bienes por el cabildo y sacados a subasta. Un Breviario de la regla de
128 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Salamanca que fue de los hijos de Benadeva se remató en el canónigo doctor de


Torres por 2.000 mrs11. También salieron en venta sus capas de coro el 29 de octubre
de 1-481: la de Gómez se remató por 2.011 mrs. en Juan de Ávila, la de Juan en el
canónigo Andrés Fernández por 3.000 mrs12. La pesquisa del cabildo, constituido en
acreedor implacable, se extendió a los frutos de los beneficios que tenían los susodi­
chos en Antequera, Santaolalla y Cañete de Córdoba15. El canónigo Alonso Moreno
fue quien se encargó de poner en almoneda la heredad que pertenecía a Fernando
Suárez y quien se enfrentó al maremágnum de cuentas dejadas por el mayordomo
(pan de los diezmos, dinero en metálico, etc.)1*4. Los bienes de Benadeva y sus hijos
fueron rematados o arrendados de la siguiente manera a lo largo de 1481 y 1-482:

—La heredad de Fernando Suárez en el asistente Merlo por 75.100 mrs. con cargo
de gallinas (7 de diciembre).
—las casas de Albaida en el deán Juan Arias por 15.008 mrs. (7 de diciembre).
—el esclavo Cristóbal en el mayordomo Juan de Lugo por 12.000 mrs. (14 de diciembre),
—cierto lienzoy un Breviario-, fueron pedidos al fiscal de la Inquisición (4 de enero de 1482).
—una casa en la Pajería; reparada, fue alquilada a Francisco Pérez (4 de enero).
—un negro por 10.000 mrs. en el arcediano de Écija (9 de enero).
—un tributo de 400 mrs. en tierras de Triana en Antón de Segovia por 4.010 mrs.
—dos aranzadas de viña en los caños de Carmena en Juan de Lugo por 14.027 mrs.
(18 de enero).
—el esclavo Cabrera (mandado sacar en venta el 18 de enero).
—un esclavillo en Juan de Lugo por 8.000 mrs. (21 de junio).
—el cortijo de Cantillana fue inspeccionado por los canónigos Agustín Espíndola y
Alonso Moreno a partir de mediados de agosto de 1482. Se hizo un acuerdo de venta,
que finalmente se deshizo el 27 de noviembre. Se dió finalmente a Pedro Fernández
de Córdoba (cabildo del 29 de noviembre y 4 de diciembre). Pedro del Alcázar y
socios le pusieron pleito al cabildo por el cobro de la alcabala de dicho cortijo; el 1 de
julio de 1485 el cabildo nombró procuradores al deán, D. Juan Arias, y al canónigo
Pedro de Toledo para llegar a una iguala con Pedro del Alcázar y sus compañeros 1‘>.

Con las prisas, salieron a subasta bienes de personas no inculpadas: el 11 de


diciembre de 1482 el cabildo acordó devolver 1.200 mrs. a Bartolomé, hermano de
Pedro Fernández Benadeva, por ciertas cosas suyas que habían sido vendidas junto
con las de su hermano condenado16. Las cuentas de Benadeva se prolongaron años
y años: como que el 15 de abril de 1485 se dio el finiquito de la mayordomía
CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DEL ESTABLECIMIENTO DE L/\ INQUISICIÓN 129

durante 1481-1483 a Juan de Lugo, excepto de las sobras de los beneficiados y I


la deuda de Benadeva17, que coleaba todavía en enero de 148818.
Por esos meses murió asimismo el racionero Gómez Suárez Benadeva. El 26
de octubre de 1481 el cabildo nombró diputados a D. Juan de León y al carde­
nal de España para dar posesión de la ración vacante a D. Francisco de Mendoza,
arcediano de Ped*'oche, hijo del conde de Cabra19.
Como la situación no acababa de normalizarse a causa de las huidas y las
incesantes confiscaciones, el cabildo eclesiástico expresó de nuevo sus temores al
impago de deudas, temores que trató de disipar la reina en un memorial sin fecha,
pero que ha de corresponder al año 1485, y más en concreto a los meses en que
se hallaba la sede vacante:

Quanto a lo que suplicastes a Su Alteza quiera mandar a Luis de Mesa que pague a
la dicha Santa Iglesia y fábrica e personas singulares d’ella las debdas que diz que
se les deven de las personas condempnadas e reconciliadas e absentadas por razón
de la Ynquisi^ión, diréis que a Su Alteza plaze de mandar proveer en ello por mane­
ra que lo que justamente se les deve pagar se les pague20.

Los roces entre el cabildo eclesiástico y la Inquisición continuaron en lo


sucesivo. Sin embargo, es notable el silencio que guardaron las actas capitulares
sobre el Santo Oficio'21, quizá porque su tribunal siempre fue mirado como una
institución ajena, que hacía y deshacía dentro de la diócesis sin rendir cuentas a
nadie, ni siquiera a las más altas dignidades eclesiásticas: un tremendo e incómo­
do quiste para todos, empezando por el mismísimo prelado.
En el seno de la propia Iglesia hubo conflictos —y no pequeños— por culpa
de los bienes confiscados a la clerecía: ¿a quien correspondía su propiedad: al
cabildo, al arzobispo, o al fisco? Ya sobre la jugosa hacienda del desdichado
Pedro Fernández Benadeva surgieron vehementes diferencias entre el cardenal
D. Pedro Hurtado de Mendoza y el cabildo eclesiástico. Los canónigos, sintién­
dose agraviados, enviaron a Barcelona al correo García de Tejada, portador de
una carta para los reyes, y después nombraron para dirimir la cuestión a diferen­
tes diputados22. No conocemos el parecer a que llegaron, pero su opinión hubo de
estar muy dividida, pues las dudas no se habían disipado todavía el 9 de junio de
1482 ya que, oída la petición de B. Bernal sobre los diezmos de los herejes que­
mados y ausentes que se debían pagar, mandó el cabildo ‘que los cogiese v fue­
sen depuestos en un beneficiado fasta que se viese quién los devía aver”23.
150 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Tampoco se había llegado a un dictamen satisfactorio para las partes cuan­


do el arzobispo D. Diego Hurtado de Mendoza reclamó para sí los bienes con­
fiscados a Juan de Góngora, Gabriel Martínez y Pedro Sánchez de Sanlúcar, que
según él le pertenecían en derecho. Vistos los alegatos presentados de su parte
por el doctor Alonso Ponce y el licenciado Imperial, el cabildo decidió que se
tomara posesión conjunta de los bienes en nombre del arzobispo y del cabildo, y
que después los letrados dictaminasen a quién correspondían. V efectivamente, el
7 de enero de 1488 se confió al saber de cuatro letrados (el licenciado Pedro Ruiz
de Porras, el doctor Pedro de León, el doctor Alonso Ponce y el licenciado
Antonio Imperial) la espinosa cuestión de dilucidar “si los bienes de los bene­
ficiados condenados en Roma por ereges pertenegen al arzobispo o al cabildo”. El
11 de enero de 1488 la mayor parte de los capitulares, “queriéndose conformar
con la voluntad del... arzobispo”, decidió que los bienes se diesen a la fábrica de
la Iglesia, aunque antes se había de declarar si su propiedad correspondía al cabil­
do o al arzobispo, para no perjudicar su derecho en el futuro24. El 4 de junio de
1488 se remató la casa que Pedro Sánchez de Sanlúcar tenía en las Siete
Revueltas en el racionero Juan de Morales por 1.600 mrs., aunque esta vez no se
aplicó a la fábrica de la Iglesia por no haberse dirimido todavía la cuestión25.
También aquí parece que la Corona trató de suavizar los roces llegando a
una solución salomónica. El 23 de mayo de 1511 el Consejo General decretó que,
de los bienes confiscados a Alonso de Godoy, vecino de Sanlúcar de Barrameda,
clérigo presbítero condenado por hereje, los inquisidores retuvieran la tercera
parte para la Inquisición hispalense, entregándola a Villacís, y diesen las dos ter­
ceras partes restantes al arzobispo de Sevilla26.
La estampida de los conversos repercutió asimismo en las finanzas de los con­
ventos y monasterios. Uno de los que se ausentaron de la ciudad "por razón de la
herética pravidad” fue, según se ha visto, el contador mayor del duque de Medina
Sidonia, Juan Fernández de Sevilla, en compañía de su mujer, Leonor Fernández2'.
Ahora bien, el 5 de marzo de 1479 el convento de Santa Paula le había vendido al con­
tador, libres y quitas de impuesto, una finca que Ana de Santillán, la priora, había
heredado de su padre y que consistía en 153 aranzadas de olivar, un molino de acei­
te, nueve casas para ‘cojederas’, siete silos, dos aranzadas de viña y cuatro aranzadas
de tierra calma con su monte y egido, todas ellas en término de Torre de las Arcas en
el Aljarafe; el precio de la venta era un tributo anual perpetuo de 46.000 mrs. y 26
cahíces de pan, situado en lugares realengos y a no más de seis leguas de la ciudad,
CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DEL ESTABLECIMIENTO DE LA INQUISICIÓN 131

del cual tributo el matrimonio había dado ya 11 cahíces de pan terciado en un dona­
dío en término de Gerenay 2.500 mrs. en una casa en la collación de San Miguel. Con
la venida de la Inquisición el matrimonio había volado. Y ahora, confiscados los bie­
nes de Juan Fernández y arrendada la heredad por parte de los reyes, ¿qué iba a ser
de la renta y, por tanto, del sustento de la comunidad? El 1 de agosto de 1482 expu­
so estas razones al receptor el muy reverendo padre fray Pedro de Córdoba, prior del
convento de San Jerónimo de Buena Vista y administrador de Santa Paula, pidien­
do el uso de ! heredad para las monjas así como el disfrute para siempre de aquel
adela. no de cahíces y 2.500 mrs. de tributo. Tras los dimes y diretes de rigor, el
licenciíido Locón pidió a fray Pedro de Córdoba y al licenciado Pedro Sánchez del
Alcázar, que asistía al prior, que tomasen el caso sobre sus conciencias y lo pusiesen
por escrito; y conseguido este papel, sin causar perjuicio al derecho de Juan de Sevilla
y su mujer, dejó a las monjas la heredad, desembargándola para que el convento
cobrara de sus frutos el censo y tributo que le correspondía; en efecto, no quiso car­
gar a los reyes con el pago de la renta anual y se negó a conceder además los dichos
11 cahíces y censo, cosa que le "pares^ía llevar camino de logro, en grande cargo de
consciencia para la dicha priora y monjas”. Vanas fueron las protestas del priorjeró-
nimo, muy temeroso de las negativas consecuencias que podría tener para el conven­
to una recesión económica: “por cuanto se esperava que en los años venideros la dicha
heredad valdría mucho menos de renta, por las turbaciones que en esta dicha gibdad
avían ocurrido así por la pestilencia como por la Santa Ynquisición”28.

2. La ciudad

Los libros de cuentas del cabildo secular permiten medir el profundo alcance que
tuvo en la economía municipal la primera desbandada de los cristianos nuevos29. Por la
Virgen de agosto de 1481 venció el plazo de pagar al tesorero de la Hermandad, García
del Castillo, una fuerte suma de 2.900.000 mrs. Para obtener ese dinero se habían fija­
do ciertas exacciones extraordinarias que teóricamente hubiesen estado encargados de
cobrar los mayordomos de la ciudad cesados. Se dio el caso, sin embargo, de que

algunos de los arrendadores, en quien los dichos mayordomos libraron al dicho teso­
rero de la Hermandad ciertas contías de mrs. en cuenta de los dichos dos cuentos e
nuevecientos mili mrs., fizieron quiebra en las rentas que tenían, en contía de noven­
ta mili e quinientos e sesenta e siete mrs.
152 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Por tanto, el cabildo decidió que sufragasen tal cantidad a medias los mayor­
domos de su bolsillo (esto es, 45.283 mrs. cada uno), por considerarlos culpables
en última instancia de la falta de pago, y ello “por no aver tomado las fianzas que
devían . Tampoco la suerte sonreía a los mayordomos anteriores, Alemán y Jaén,
que ya estaban presos en el castillo de Triana. Por esta razón se libró una carta
de pago a Pedro Núñez de Guzmán, teniente de alguacil mayor, para que diese
los dichos 45.283 mrs. de los dozientas mili mrs... enbargados d_ los bienes del
dicho Alemán Pocasangre , y otra al tesorero veinticuatro Luis de Medina, como
secuestrador de los bienes de Tomás de Jaén, para que hiciese !<> mismo con los
bienes retenidos a éste último. Las dos cartas de pago llevan fecha de 5 de junio
de 1482^0.
La quiebra alarmó profundamente al concejo que, imposibilitado de pagar
tan enorme suma a la Santa Hermandad, suplicó a los reyes que atemperaran el
rigor del licenciado Lobón, que no dejaba salir un maravedí de los bienes embar­
gados. Así lo hicieron el 16 de setiembre de 1482 los monarcas, ordenando a su
receptor que administrase a la ciudad “entero conplimiento de justicia”31. El 30 de
setiembre de 1482 fue enviado a Sevilla un vecino de Valladolid, Martín de Soria,
para hacer relación cumplida de las rentas y alcabalas que se habían dejado de
pagar en Sevilla y su tierra así como en el condado de Niebla y Écijay averiguar
quiénes habían sacado aceite en 1481 y 1482 del Aljarafe32.
El 5 de noviembre de 1482 los mayordomos Juan de Sevilla y Tomás de Jaén
consiguieron que se les tomaran en cuenta 126.070 mrs. resultantes de la quiebra de
Juan de Herrera, en quien se había rematado en 1481 la renta de las imposiciones
de la ciudad sin contar las seis villas —de ellas se hablará más abajo—, arrendador que
“se absentó e fue d’esta £Íbdad,,33y que, curiosamente, no figura en la lista de esca­
pados transcrita más abajo, como tampoco quedan registrados en ella otros perso­
najes que consta por otras escrituras que pusieron asimismo pies en polvorosa.
Para entonces la situación era ya crítica. El nuevo mayordomo Juan de
Sevilla se vio forzado a presentar por medio del escribano Alonso García de
Laredo una petición al cabildo secular el lunes 2 de setiembre. En ella exponía
cómo la última pestilencia de 1481 había causado graves daños a la ciudad, casti­
go evidente de Dios a los gravísimos pecados de sus moradores; pero a la mor­
tandad se unía otro serio motivo de preocupación, debido éste a otras razones más
humanas; en este punto conviene dejar la palabra al propio hacendista para que
nos explique que su preocupación provenía
CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DEL ESTABLECIMIENTO DE L/\ INQUISICIÓN 133

por cabsa del absentamiento que d'esta £Íbdad e de su tierra se fueron los conversos
por la Inquisición que en esta (Jbdad se fizo e faze contra ellos, los cuales dichos
conversos eran los principales arrendadores que arrendavan e acostunbravan arren­
dar las dichas rentas, en tal manera que a causa suya se saneava el cargo del dicho
mayordomazgo; pero después que ellos se fueron e absentaron, todas las más de las
dichas rentas se perdieron, especial en el cuerpo d’esta cibdad, segund a todos está
notorio. E no tan solamente perdiéronse54 las dichas rentas, mas de lo que me de vían
me nevaron grandes contías de mrs., en tanto grado que doy fe a vuestra merced [el
asistente de Sevilla] que más de ochocientas mili mrs. me levaron; e de más se pier­
de en cada un año más de quinientas mili mrs. en este dicho mayordomazgo.

Pedía por todo ello Juan de Sevilla que, usando de misericordia y piedad,
los regidores se comportasen con él como padres con sus hijos, prestándole la
ayuda que merecía por sus grandes servicios a la ciudad. Fueron encargados de
hacer información al respecto el alcalde mayor Martín Fernández Cerón y el
veinticuatro Diego de Fuentes, información que, acompañada de un escrito de
Juan de Sevilla, fue leída al cabildo, reunido el 20 de setiembre de 1482. En ella
el mayordomo volvía a presentar las mismas consideraciones. En primer lugar,

los arrendadores que arrendavan estas rentas heran conversos e ellos e sus padres las
solían arrendar e mantener en ellas, e porque los mayordomos les sobreseían las puja-
van; e así ivan de un año en otro e hera propio su ofici° e bevir. E agora ay pocos que
en ellas fablen, porque no son onbres en ello usados como los absentes heran.

En segundo término se presentaba una triste y desoladora realidad: Jos tra­


tos de la tierra han cesado”. A esta desgracia se unía en tercer lugar la huida de
los conversos, que se habían llevado más de 600.000 mrs. de los arrendamientos
sin remedio posible por parte del mayordomo, pues "comoquier que procuró de
aver recurso a los bienes de algunos d’ellos, le fue inpedido por debdas que los
tales devían al señor cardenal”, de cuyo pago se ha tratado arriba. Por fin, en
1481 las rentas se habían arrendado en menos que los años anteriores por causa
de la fuga de los conversos y de la pestilencia: en el año de 1480 el total había sido
de 2.072.800 mrs., frente a los 1.473.000 mrs. del año de 1481.
Como el mayordomo fue requerido a que efectuase una información, se pro­
cedió a hacer la probanza oportuna. Pues bien, todos los testigos presentados por
Juan de Sevilla, tras jurar en forma debida,
152 LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

Por tanto, el cabildo decidió que sufragasen tal cantidad a medias los mayor­
domos de su bolsillo (esto es, 45.283 mrs. cada uno), por considerarlos culpables
en última instancia de la falta de pago, y ello ‘ por no aver tomado las fianzas que
devían’. Tampoco la suerte sonreía a los mayordomos anteriores, Alemán y Jaén,
que ya estaban presos en el castillo de Triana. Por esta razón se libró una carta
de pago a Pedro Núñez de Guzmán, teniente de alguacil mayor, para que diese
los dichos 45.283 mrs. “de los dozientas mili mrs... enbargados de los bienes del
dicho Alemán Pocasangre”, y otra al tesorero veinticuatro Luis de M dina, como
secuestrador de los bienes de Tomás de Jaén, para que hiciese lo mismo con los
bienes retenidos a éste último. Las dos cartas de pago llevan fecha de 5 de junio
de 148230.
La quiebra alarmó profundamente al concejo que, imposibilitado de pagar
tan enorme suma a la Santa Hermandad, suplicó a los reyes que atemperaran el
rigor del licenciado Lobón, que no dejaba salir un maravedí de los bienes embar­
gados. Así lo hicieron el 16 de setiembre de 1482 los monarcas, ordenando a su
receptor que administrase a la ciudad “entero conplimiento de justicia”31. El 30 de
setiembre de 1482 fue enviado a Sevilla un vecino de Valladolid, Martín de Soria,
para hacer relación cumplida de las rentas y alcabalas que se habían dejado de
pagar en Sevilla y su tierra así como en el condado de Niebla y Écijay averiguar
quiénes habían sacado aceite en 1481 y 1482 del Aljarafe32.
El 5 de noviembre de 1482 los mayordomos Juan de Sevilla y Tomás de Jaén
consiguieron que se les tomaran en cuenta 126.070 mrs. resultantes de la quiebra de
Juan de Herrera, en quien se había rematado en 1481 la renta de las imposiciones
de la ciudad sin contar las seis villas —de ellas se hablará más abajo—, arrendador que
“se absentó e fue d'esta ^ibdad'^y que, curiosamente, no figura en la lista de esca­
pados transcrita más abajo, como tampoco quedan registrados en ella otros perso­
najes que consta por otras escrituras que pusieron asimismo pies en polvorosa.
Para entonces la situación era ya crítica. El nuevo mayordomo Juan de
Sevilla se vio forzado a presentar por medio del escribano Alonso García de
Laredo una petición al cabildo secular el lunes 2 de setiembre. En ella exponía
cómo la última pestilencia de 1481 había causado graves daños a la ciudad, casti­
go evidente de Dios a los gravísimos pecados de sus moradores; pero a la mor­
tandad se unía otro serio motivo de preocupación, debido éste a otras razones más
humanas; en este punto conviene dejar la palabra al propio hacendista para que
nos explique que su preocupación provenía
CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DEL ESTABLECIMIENTO DE LA INQUISICIÓN 133

por cabsa del absentamiento que d’esta $ibdad e de su tierra se fueron los conversos
por la Inquisición que en esta gibdad se fizo e faze contra ellos, los cuales dichos
conversos eran los principales arrendadores que arrendavan e acostunbravan arren­
dar las dichas rentas, en tal manera que a causa suya se saneava el cargo del dicho
mayordomazgo; pero después que ellos se fueron e absentaron, todas las más de las
dichas rentas se perdieron, especial en el cuerpo d’esta cibdad, segund a todos está
notorio. E no tan solamente perdiéronse*54 las dichas rentas, mas de lo que me devían
me llevaron grandes contías de mrs., en tanto grado que doy fe a vuestra merced [el
asistente de Sevilla] que más de ochocientas mili mrs. me levaron; e de más se pier­
de en cada un año más de quinientas mili mrs. en este dicho mayordomazgo.

Pedía por codo ello Juan de Sevilla que, usando de misericordia y piedad,
los regidores se comportasen con él como padres con sus hijos, prestándole la
ayuda que merecía por sus grandes servicios a la ciudad. Fueron encargados de
hacer información al respecto el alcalde mayor Martín Fernández Cerón y el
veinticuatro Diego de Fuentes, información que, acompañada de un escrito de
Juan de Sevilla, fue leída al cabildo, reunido el 20 de setiembre de 1482. En ella
el mayordomo volvía a presentar las mismas consideraciones. En primer lugar,

los arrendadores que arrendaran estas rentas heran conversos e ellos e sus padres las
solían arrendar e mantener en ellas, e porque los mayordomos les sobreseían las puja-
van; e así ivan de un año en otro e hera propio su oficio e bevir. E agora ay pocos que
en ellas fablen, porque no son onbres en ello usados como los absentes heran.

En segundo término se presentaba una triste y desoladora realidad: “los tra­


tos de la tierra han cesado”. A esta desgracia se unía en tercer lugar la huida de
los conversos, que se habían llevado más de 600.000 mrs. de los arrendamientos
sin remedio posible por parte del mayordomo, pues “comoquier que procuró de
aver recurso a los bienes de algunos d’ellos, le fue inpedido por debdas que los
tales devían al señor cardenal”, de cuyo pago se ha tratado arriba. Por fin, en
1481 las rentas se habían arrendado en menos que los años anteriores por causa
de la fuga de los conversos y de la pestilencia: en el año de 1480 el total había sido
de 2.072.800 mrs., frente a los 1.473.000 mrs. del año de 1481.
Como el mayordomo fue requerido a que efectuase una información, se pro­
cedió a hacer la probanza oportuna. Pues bien, todos los testigos presentados por
Juan de Sevilla, tras jurar en forma debida,
15*í LOS CONVERSOS Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

dixeron por sus dichos e depusigiones que, entrante Cuaresma del año de ochenta e
uno, algunos días poco más o menos, se fueron e se absentaron ciertos de los dichos
arrendadores, cuyos nonbres son éstos que se siguen:
—Alvar López de Lugena, arrendador del diezmo del azeite de Alcalá.
-Francisco de Cagalla, arrendador del almoxarifadgo de Salteras.
—Lope de Molina e Juan Élamo, arrendadores de las barcas de Villanueva.
—Manuel Guillen, arrendador de parte del peso de las mercadorías.
-Alfonso de la Barrera, arrendador del almoxarifadgo d’Escagena.
-El dotor Juan Rodríguez, arrendador de los exidos de Sevilla.
—Pero Mexía, escudero de Alonso de las Casas, arrendador del molino del Sohoril.
—Luis Bella, arrendador de las tavernerías e caga e freideras.
—Luis de Andújar, arrendador de las calupnias de leña e carbón.
-Ruy García Abarrox, arrendador de parte de la venta del peso.
—Gómez de Córdova, arrendador de alvaláes e gevada remojada.
-Juan de Rojas, arrendador de las calunias de teja e ladrillo.
-Pedro de Gibraleón, jurado, arrendador de las cargas.
—Luis Sánchez, canbiador, e Andrés Abarrox, arrrendadores del entrada del vino.
—Diego de Úbeda, arrendador de la guarda del albóndiga.
—Juan de Andújar, arrendador de gierta parte de la dicha renta.
-Juan de Caballa, arrendador de parte de la dicha renta del peso.
—Juan Ximénez Abenbono, arrendador de la renta de las varas.
—Femando de Egija, buticario, e Juan de Sevilla Tapón, arrendadores de las tierras vacadas.
—Rodrigo de Jahén e Bernabé González Quemado, arrendadores de parte de la
renta de las islas e marismas.
—Canpoverde e Juan Tapón, arrendadores de la mitad de la dicha renta.
—Ferrando de las Casas e su fijo, arrendadores de la mitad del entrada del vino.
Los cuales dichos arrendadores absentados dixo el señor mayordomo ante nos que
le devían e estavan por pagar las dichas seiscientas e veinte mili mrs.

El cabildo decidió que Juan de Sevilla procurase cobrar “lo más que ser
pudiere"' de los bienes de los ausentados. Fracasaron todos los intentos, así que el
30 de abril de 1483 volvió a reiterar sus súplicas el apurado mayordomo. Su apre­
mio tuvo por resultado que el bachiller Bartolomé de Herrera y el letrado de la
ciudad Luis Sánchez, después de entender en el negocio, expusiesen su parecer
en un escrito que fue leído a continuación al cabildo y en el que dieron una de cal
CONSECUENCIAS ECONÓMICAS DEL ESTABLECIMIENTO DE LA INQUISICIÓN 135

y otra de arena: por una parte argüían los leguleyos que el mayordomo no pedía
justicia, porque en su deber estaba el cuidado de arrendar las rentas a personas
abonadas e contiosas e resgebir d ellas buenas fianzas”; por otra parte concluían
que el caso de la inquisición era inopinado, por lo que
q procedía el descuento; para
su evaluación proponían que se hiciera

información qué tanto pueden montar e montan los intereses que ha ávido y pudo
aver de los dichos derechos en estos dos años [1481-1483] por razón del oficio de la
dicha mavordomía, e lo que montaren los derechos... se han de sacar del menosca­
bo que as dichas rentas ovo; porque d’ello se deve fazer cargo al dicho jurado
con lo otro que montaron las rentas de los dichos dos años. E esto descontado, déve-
se moderar el dicho descuento por manera que la ^ibdad del todo no pierda lo que
monta el daño que ha venido en las dichas rentas, pues qu’el dicho jurado pudiera
perder en estas rentas aunque no fuera por esta cabsa alguna cosa por otro caso for­
tuito..., y ni mesmo el dicho jurado aya de pagar tan grand suma de pérdida.

Encargó el cabildo que entendiesen en el negocio con el letrado el alguacil


Martín Cerón y Pedro de las Roelas. Así, el 27 de agosto se leyó otro escrito, fir­
mado por Luis Sánchez, en el que se sugería que al mayordomo se le hiciera des­
cuento de las dos terceras partes de lo que se hallase que montaba la pérdida del
año 1482, y que la otra tercera parte corriera a cargo de Juan de Sevilla. A este
parecer se conformaron los oficiales. Por fin, el 8 de abril de 1485 Pedro de
Rojas, el lugarteniente de asistente, y el veinticuatro Fernando de Medina de
Nuncibay fijaron el descuento en 385.385 mrs., argumentando: "que se le des­
cuente de lo que toca a la mitad de su parte del dicho mayordomadgo lo que
monta la puja que fizo en uno de los dichos $inco años”, es decir, la cantidad arri­
ba expresada.
Hay otro documento todavía que alude al susto tremendo de 1480-
1481, pues a la fuga y a los efectos de la Inquisición ha de atribuirse una
notabilísima apostilla que remata la nómina del mayordomo en 1480, en la
que tras la enumeración de salarios se da una lista de suspensos de sueldo
—y sin duda de empl