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Orígenes de la Filosofía Occidental

Este documento describe los orígenes de la filosofía occidental en Grecia en el siglo VI a.C., mencionando a los primeros filósofos como Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes y sus ideas sobre el principio de todas las cosas (arché), como el agua, lo infinito y el aire respectivamente.
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Orígenes de la Filosofía Occidental

Este documento describe los orígenes de la filosofía occidental en Grecia en el siglo VI a.C., mencionando a los primeros filósofos como Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes y sus ideas sobre el principio de todas las cosas (arché), como el agua, lo infinito y el aire respectivamente.
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LEYENDO HISTORIA DE LA FILOSOFÍA en bachillerato1 (1).


___

Los orígenes de la filosofía occidental


Se puede decir, como afirma el profesor César Tejedor Campomanes en su manual Historia de la filosofía en
su marco cultural (a nuestro juicio el mejor manual de filosofía para Bachillerato que se ha escrito nunca
y el cual vamos a ir siguiendo y resumiendo aquí) que la Historia de la filosofía es una narración de la
lucha contra la irracionalidad. Tras más de veintiséis siglos de historia parece que todavía no
podemos proclamar el fin de esta historia: hoy, nuevas formas de irracionalidad nos amenazan
(guerras, noticias falsas, explotación del hombre por el hombre, alienación, cientos de millones de
personas pasan hambre mientras pocos viven en la opulencia…); parece claro que debemos seguir
haciendo historia hacia adelante. Aunque para ello se hace necesario también comprender lo que
ocurrió en el pasado: eso nos permitirá entender nuestro presente y, así, poder abrir las posibilidades
del futuro.

Se suele situar el comienzo de la filosofía en Grecia, en el siglo VI antes de Cristo, aunque lo cierto es
que hoy reconocemos que, al menos, tanto en la India como en China ya existió un pensamiento
filosófico desde muy antiguo, pero con unas características muy diferentes del pensamiento
occidental. Nosotros apenas trataremos aquí esas otras filosofías y nos centraremos en la occidental.

¿Por qué surgió la filosofía occidental en Grecia y no en otro lugar? Se suelen señalar determinados
antecedentes de la filosofía griega: la religión, los sabios y poetas de los siglos VII y VI a.
C. y la probable relación de la filosofía con la ciencia egipcia y babilónica.

La religión griega, tal y como puede leerse en los poemas de Homero y Hesíodo, era fuertemente
antropomórfica (formada por dioses que tenían aspecto humano) y era expresada mediante mitos
(narraciones fantásticas llenas de símbolos que cuentan la “historia” de los dioses y los orígenes del
cosmos y la cultura). Aunque el origen de la filosofía se ha resumido con la expresión “el paso del mito
al logos” (logos entendido como explicación racional y científica de las cosas) lo cierto es que ya en los
poemas de Homero y Hesíodo aparecen realidades que no tienen forma humana (que no son
antropomórficas) en las que se puede ver un antecedente de las afirmaciones de los primeros
filósofos. El poeta Hesíodo (siglo VIII a. C.), por ejemplo, en su obra Teogonía (sobre el origen de los
dioses) explica el origen del cosmos mediante elementos abstractos, partiendo de un estado inicial de
indistinción:

Antes que nada nació Caos, después Gea (la Tierra), de ancho seno, asiento firme de todas las cosas
para siempre… y Eros, que es el más hermoso entre los dioses inmortales.

1
Texto de referencia: César Tejedor Campomanes, Historia de la filosofía en su marco cultural, Ediciones SM,
Madrid, 1993

1
Se cita a los poetas y a los llamados “sabios” de los siglos VII y VI como antecedentes de
los primeros filósofos. Tales de Mileto, uno de los siete “sabios” griegos (entre los que estaban, por
ejemplo, Solón o Pítaco de Mitilene) es, también, el primero de los filósofos. Por otro lado, entre los
primeros filósofos también hay poetas (por ejemplo, Parménides o Empédocles), por lo cual no es fácil
distinguir claramente entre unos y otros.

Las ciencias egipcia y la babilónica probablemente influyeron en los primeros filósofos


griegos, algunos de los cuales realizaron viajes en los que tomaron contacto y aprendieron de estas
culturas. Aunque también hay autores que niegan que podamos hablar propiamente de “ciencia” en
Egipto y Babilonia (a lo sumo de “técnicas concretas”), pues el surgimiento de la ciencia se asocia con
el surgimiento de la filosofía en Grecia.

condiciones que hicieron posible el surgimiento de la


Con respecto a las
filosofía occidental en Grecia (y no en otro lugar) cabe señalar determinadas condiciones
socioeconómicas: la existencia de ciudadanos “libres” (que disfrutan de “ocio”, esencial para filosofar
según Aristóteles, gracias al trabajo de los esclavos); de ciudades prósperas y abiertas a otras culturas
(en Jonia especialmente, pueden recibir influencias científicas y religiosas de Asia Menor y Egipto); o el
carácter abierto de la religión griega, formada por mitos que no eran coherentes entre sí y de los que
existían diferentes versiones. La filosofía no podía surgir en las civilizaciones rurales ni, tampoco, en
los grandes imperios asiáticos, en los que dominaba la arbitrariedad de un soberano: la filosofía
necesita de la libertad para nacer y crecer.

Los primeros filósofos


De los primeros filósofos apenas tenemos fragmentos y noticias que nos dan autores posteriores, pues
sus obras se han perdido. Esto es algo a lamentar, aunque la parte positiva es que este hecho nos
permite jugar a interpretar nosotros mismos lo que quisieron decirnos estos hombres. La tradición nos
dice que el primero en llamarse a sí mismo “filósofo” fue Pitágoras, al señalar que “ninguno de los
hombres es sabio, sólo Dios lo es”; los hombres deben conformarse con ser filó-sofos, esto es,
“amantes de la sabiduría”. En realidad, los llamados primeros filósofos eran conocidos por ser sabios,
personas que disponían de conocimientos de todo tipo: técnicos, científicos, políticos… incluso, en
ocasiones, mágicos. Todos estos primeros pensadores intentan en sus obras dar respuesta a la
pregunta por el origen y la constitución del cosmos. Buscan determinar el “principio”
(arché) último y eterno del cual todo procede y del que todo está compuesto. Y ya no van a buscar
explicaciones en las realidades antropomórficas (en los dioses) sino en la “naturaleza” (la physis).

2
LOS FILÓSOFOS DE JONIA (siglo VI a. C.)

Tales de Mileto (siglo VII-VI antes de Cristo) fue un hombre inquieto, viajero, uno de los siete
“sabios” de la antigua Grecia. Era matemático, astrónomo, político… Tenemos anécdotas de su vida
en las que se le describe como un sabio distraído solo preocupado por la búsqueda del conocimiento
y la investigación de la verdad. De su obra no sabemos casi nada, aunque Aristóteles nos dice que
Tales pensaba que el principio de todas las cosas (el arché) es el agua. Tales pudo haber tomado
esta idea de las mitologías egipcia y babilónica, además de haberse guiado por la observación: Mileto
era un puerto de mar y Tales solía navegar; por otro lado, es claro que el agua es necesaria para la vida
y que el agua cambia de estado sólido a líquido y gaseoso de una manera fácilmente perceptible por
los sentidos. También cuentan que dijo que “todo está lleno de dioses”; es decir: que todo tiene vida,
que todo está animado (hilozoísmo).

Anaximandro de Mileto pudo ser discípulo de Tales. Escribió, al parecer, un libro “sobre la
naturaleza” y se dedicó a multitud de investigaciones. Es posible que fuera el primero en usar la
palabra arché y que pensara que éste era el ápeiron (lo infinito, lo indeterminado). Esto supone un
cierto avance con respecto a Tales: se trataría de un elemento que no es empírico y que, al ser
indefinido, permite explicar mejor la derivación de todas las cosas que un elemento concreto como el
agua. Este ápeiron tiene las características de los dioses de la mitología griega: inmortal,
indestructible, eterno. Se conserva un solo fragmento, enigmático, de Anaximandro, el cual es
considerado el primer texto filosófico:

El principio de todas las cosas es el ápeiron. Ahora bien, a partir de donde hay generación de las cosas,
hacia allí también se produce su destrucción, según la necesidad; pues, en efecto, pagan las culpas unas
a otras y la reparación de la injusticia, según el orden del tiempo.

Realmente no es fácil saber qué quiso expresar Anaximandro en este texto, pero podríamos
interpretarlo como sigue: según un ciclo necesario, todo sale y vuelve al ápeiron. Por otro lado, toda
existencia individual consiste en separarse de la unidad primitiva; esa separación es considerada como
una “injusticia” que debe ser pagada con la muerte. Esta interpretación acerca a Anaximandro a las
doctrinas budistas.

Parece ser que Anaximandro también esbozó una descripción de la formación del cosmos sin recurrir
a las representaciones de los mitos (del ápeiron se separan lo frío y lo caliente, elementos que van
transformándose y haciendo surgir los elementos que forman nuestro mundo). Incluso intentó
explicar el origen del ser humano mediante una teoría que es considerada un anticipo de la teoría de
la evolución de las especies (nuestra especie descendería de los peces).

Anaxímenes de Mileto fue discípulo de Anaximandro y afirmó, como él, que el principio de todas
las cosas era un elemento infinito. Pero, al contrario que su maestro, lo concibió como un elemento
determinado: el aire. Del aire procede todo mediante un doble proceso que nos explica así Teofrasto
(un filósofo posterior):

3
El aire se convierte en fuego por rarefacción; si se condensa, en cambio, se transforma en viento, después
en nube y, más condensado aún, en agua, en tierra y, al final, en piedra.

De Heráclito de Éfeso casi no tenemos información de su vida, pero conocemos que venía de una
familia aristocrática, que escribió un libro del que apenas nos quedan pocos y enigmáticos fragmentos
y que fue apodado “el oscuro” por lo difícil de su pensamiento. Parece que el arché fue para Heráclito
el fuego, pues escribe:

Este mundo, para todos los seres el mismo, no fue creado por ningún dios ni ningún hombre, sino que
siempre fue, es y será fuego eternamente vivo, que se enciende según medida y según medida se apaga.

Todo, el mundo entero, muere en el fuego y luego vuelve a renacer en una suerte de ciclo cósmico, de
eterno retorno. También aparece en Heráclito la idea de un “juicio universal” al final del “ciclo
cósmico”: Llegará el fuego y juzgará y condenará todas las cosas.

Lo más importante quizás del pensamiento de Heráclito (y lo que hace que suela ser expuesto en
contraposición con el de Parménides) es su doctrina acerca del flujo permanente de las cosas: No es
posible bañarse dos veces en el mismo río, dice en un resto de sus fragmentos. Además, la realidad
parece presentar una estructura contradictoria: Dios es día y noche, invierno y verano, guerra y paz,
hartura y hambre. Se transforma como el fuego. En otro fragmento se señala que la guerra es el padre y
el rey de todas las cosas; y que la guerra es común a todas las cosas. Pero esa contradicción, esa guerra,
termina generando una armonía: lo contrario llega a concordar, y de las contradicciones surge la más
hermosa armonía”. Es una armonía oculta, que la mayoría de hombres no es capaz de comprender:

Los hombres no entienden cómo aquello que difiere está de acuerdo consigo mismo. Y es que la armonía
consiste en tensiones opuestas, como las que se dan en el arco o la lira.

Hay una misma ley que gobierna el universo: el lógos, la razón, que todo lo unifica y ordena. Esta ley se
encuentra oculta para la mayoría. Y este lógos o razón universal se encuentra también en el ser
humano: es una misma ley la que gobierna el mundo y la mente humana. La misión de nuestra alma
es conocer el lógos universal, además de penetrar en nosotros mismos, lo cual es lo mismo en el
fondo: los límites del alma no podrás hallarlos aunque camines todos los caminos. Y Heráclito se
lamenta de que la mayoría de los seres humanos no atienden a la razón, sino que viven como
dormidos…

Aunque el lógos es común, la mayoría de hombres vive como si tuviese su propia inteligencia. Y aunque
escuchan, no entienden. Los que están despiertos tienen un cosmos único y común; los que están
dormidos, en cambio, vuelven al suyo propio y particular.

4
LOS FILÓSOFOS DE ITALIA MERIDIONAL (siglo VI a. C.)

Pitágoras de Samos fue un personaje de leyenda. Se dice que conoció a Anaximandro de


Mileto y que viajó por Egipto, Babilonia e, incluso, la India. Fundó una secta filosófico-religiosa de tipo
aristocrático en la que hombres, mujeres y niños vivían compartiendo posesiones y guardando
secreto acerca de las doctrinas que se enseñaban. Es casi imposible determinar qué enseñanzas se
deben a Pitágoras o a sus discípulos, pues era costumbre atribuir todas al maestro.

El contenido del pitagorismo es, en primer lugar, de tipo místico-religioso (por ejemplo, se creía en la
doctrina de la transmigración de las almas y en el parentesco de todos los seres vivos, incluidos
animales y plantas; se creía también en la existencia de ciclos cerrados de un eterno retorno según el
cual siempre ocurren los mismos acontecimientos; por otro lado, se promovía la abstinencia de
ciertos alimentos como la carne; etc.). La ciencia estaba unida a la mística en la secta pitagórica. El
filósofo griego Aristóteles nos deja el siguiente testimonio en su obra Metafísica:

Los llamados pitagóricos se dedicaron a las matemáticas y fueron los primeros en hacerlas progresar;
estaban tan absortos en sus estudios, que pensaron que los principios de las matemáticas eran también
los principios (arché, en plural) de todas las cosas. Y en los números creyeron contemplar muchas
semejanzas con los seres existentes. Por ejemplo, veían que las relaciones de las escalas musicales eran
expresables en números y que parecía que el resto de cosas se asemejaban a los números. Y los cielos
todos eran armonía y número. Por otro lado, creían que los elementos del número son lo par y lo impar.

Así, lo más esencial de las doctrinas pitagóricas sería lo siguiente: los números son los principios de
todas las cosas (todo en el mundo puede expresarse numéricamente, podríamos entender hoy); “los
elementos del número” son los par y lo impar (un dualismo que permite elaborar una artificiosa
lista de pares opuestos: impar/par, límite/ilimitado, uno/múltiple, derecho/izquierdo,
masculino/femenino…); en cuanto a la descripción del mundo, se anticipan a las doctrinas de
Copérnico: el cosmos es una esfera y en su centro está un fuego originario, tras el cual están los
cuerpos celestes (la “Anti-Tierra”, la Tierra, la Luna, el Sol, los cinco planetas y el cielo de las estrellas
fijas); estas esferas se mueven y su movimiento produce una hermosa música que no podemos oír
ahora por estar acostumbrados a ella desde que nacimos.

5
Parménides de Elea fundó probablemente una escuela en esta ciudad tras haber formado
parte de los grupos pitagóricos. De su obra conservamos amplias partes de un poema. El núcleo de
este poema se divide en dos partes, llamadas “vía de la verdad” y “vía de la opinión”. En la llamada
“vía de la opinión (de los mortales)” Parménides expone una cosmología (una explicación sobre el
origen y la evolución del cosmos) que retoma elementos de los pitagóricos y que es considerada falsa
y engañosa por el autor, a pesar de ser la opinión de la mayoría. En la primera parte (“vía de la
verdad”), en cambio, es donde reside la verdadera aportación de Parménides a la historia de la
filosofía.

El poema de Parménides comienza con un proemio de aspecto mítico, el cual da a entender que lo que
sigue en el poema debe entenderse como una “revelación” filosófica que hace una diosa a
Parménides. Y cuando ya llegamos a la “vía de la verdad” nos encontramos este enigmático párrafo
que vamos a intentar interpretar:

Pues bien, te diré, y escucha con atención mi palabra, cuáles son los dos únicos caminos posibles de
investigación que pueden ser pensados; uno de ellos: que es y que no es posible no ser (ese es el
camino de la persuasión y acompaña a la verdad); el otro de los caminos: que no es, y que es necesario
que no sea (este último camino te demostraré que es inescrutable, ya que tú no conocerás nunca lo que
no es -pues es inaccesible-, ni tampoco lo mostrarás). Pues lo mismo es el pensar y el ser pensado.

Parece que en este difícil texto Parménides quiere decir algo relativamente sencillo: solo es lo que es,
y no lo que no es. Solo “lo que es” (el ser), es y es pensable; “lo que no es” (la nada), ni es ni puede ser
pensada. Imaginemos una nada… ¿es posible imaginarse la nada? Si no podemos imaginarla, es que
no está, no existe, solo hay ser, no hay “la nada”.

A partir de esto, Parménides construye la “vía de la verdad”, que trata de la realidad, de lo que
realmente hay, que es el ser. ¿Y qué características tiene el ser? El ser (“lo que es”) es ingénito e
imperecedero; finito, continuo y único; indivisible e inmóvil.

Y sí: el ser es ingénito e imperecedero, porque en caso de que hubiera nacido o fuera a morir, habría
que suponer que procede del no-ser (de la nada) y vuelve otra vez allí; pero ya hemos dicho que el
no-ser no es pensable ni tampoco es. Aún más: el ser es único, pues si no fuera único, si hubiera algo
más además del ser, estaríamos diciendo que habría otra cosa además del ser, la cual sería el no-ser;
pero ya hemos dicho que el no-ser ni existe ni es pensable. También es inmóvil, porque cualquier
movimiento que hiciera sería hacia el no-ser. Y es indivisible, pues el vacío que separaría las partes
sería equivalente al no-ser. Etcétera.

Parménides introduce de un modo claro la distinción verdad/apariencia (u opinión), otorgando


primacía a la razón (aquello que puede ser pensado) frente a las apariencias engañosas que nos
ofrecen nuestros sentidos.

6
LOS ÚLTIMOS “PRESOCRÁTICOS” (siglos V y IV a. C.): los filósofos pluralistas

Empédocles de Agrigento fue un personaje de leyenda: mago, profeta, autor de milagros…


hay distintas versiones sobre su muerte: en una, se arrojó al volcán Etna para purificarse; en otra, fue
elevado al cielo y convertido en dios.

Su doctrina afirma que la realidad es una “Esfera”: “es igual a sí misma por todas partes y no tiene fin”.
Y en esto parece que estuvo influido por Parménides. Pero Empédocles no niega la realidad del
movimiento, como hace Parménides: en verdad, sí que existe el movimiento y hay una pluralidad de
seres. Por eso, en la “Esfera” se encuentran mezclados cuatro elementos (cuatro “raíces”): fuego,
aire, tierra y agua. Cada uno de estos elementos es eterno e imperecedero. Al mezclarse, van dando
lugar a los distintos seres que hay en el mundo. La mezcla de estos elementos se produce por dos
fuerzas cósmicas: el Amor y el Odio:

Los elementos nunca paran de cambiar continuamente. En ocasiones, se unen bajo la influencia del
Amor, por lo que todo deviene lo Uno; otras veces, se separan por la hostil fuerza de Odio.

En la doctrina de Empédocles se encuentra una teoría acerca


de los ciclos del mundo, del Eterno Retorno: al comienzo
gobierna en soledad el Amor; así, la Esfera es el Uno eterno,
homogéneo e inmóvil (como el ser de Parménides), y en esa
esfera están los cuatro elementos mezclados. Después, surge
el Odio y, con él, la separación: en ese proceso de separación es
donde, mediante la acción del Amor y del Odio
conjuntamente, van apareciendo el cosmos y todos los seres
del mundo. Pero el Odio continúa su acción y va separando los
elementos totalmente, uniéndose lo semejante con lo
semejante: en el centro, la tierra; luego, en diferentes esferas
que tienen el mismo centro, el aire, el agua y el fuego. Después,
el Amor vuelve a mezclarlo y unirlo todo con su acción
unificadora, volviendo de nuevo a la Esfera. Y el ciclo vuelve a
comenzar de nuevo.

7
Anaxágoras de Clazomene nació en Clazomene (Jonia), pero se trasladó a Atenas y fue el
primer filósofo en establecerse allí, donde fue amigo y maestro del famoso político y orador ateniense
Pericles. Sócrates escuchó sus lecciones. Anaxágoras fue un filósofo entregado al pensamiento y la
investigación. Se cuenta que le preguntaron una vez que cuál era el sentido de su vida y respondió:
“vivo para contemplar el sol, la luna y el cielo”.

Su doctrina es similar a la de Empédocles; todo lo que existe es el resultado de la mezcla de


innumerables elementos: “Nada viene a la existencia ni nada es destruido, sino que todo es el resultado
de la mezcla y la división”.

Existen unos elementos llamados “semillas” (spérmata) que son distintas cualitativamente y
divisibles indefinidamente. En todas las cosas del mundo hay semillas de todas las cosas, de tal suerte
que “todo está en todo”. De esta manera se explica que cualquier cosa pueda llegar a ser otra cosa
distinta; y si una cosa es la que es, es porque en ella hay predominancia de las semillas
correspondientes. Por ejemplo: en el oro predominan las semillas del oro, pero también hay semillas
de todas las demás cosas.

Los cambios (la generación, la corrupción, la transformación), así como la pluralidad de las cosas, se
explican por la mezcla o la separación de las semillas. Todo comienza por un torbellino que realiza las
mezclas y las separaciones de manera progresiva. Y este torbellino comienza a girar gracias a un
“principio del movimiento” que tiene el nombre Nous (Inteligencia, Espíritu). Este “Espíritu” se
encuentra separado de la masa de semillas, por lo cual nada lo limita y, además, tiene el máximo
poder y conoce todas las cosas:

El Espíritu gobierna todas las cosas que tienen vida, tanto las grandes como las pequeñas. El Espíritu también
gobernó la rotación y comenzó a girar en el comienzo. La rotación hizo separarse las cosas: lo cálido de lo frío, lo
brillante de lo oscuro… Nada está separado completamente de las cosas salvo el Espíritu.

De Demócrito de Abdera apenas sabemos de su vida, salvo que fue, como Anaxágoras, una
persona dedicada al estudio y la reflexión. Según su doctrina (y la de su maestro, Leucipo) el mundo
está compuesto de infinitas partículas indivisibles (de ahí su nombre griego, “átomos”) que son
sólidas (llenas) e inmutables. Los átomos tienen las mismas características que el “ser” de
Parménides, pero son infinitos en número y poseen movimiento propio y espontáneo en todas las
direcciones. Los átomos tienen distinta figura y cuando se chocan entre sí pueden o rebotar (y
separarse) o quedarse “enganchados”. De este modo, se producen torbellinos de átomos que van
originando infinitos mundos que nacen y mueren.

Además de los átomos, existe el vacío, que permite el movimiento de los átomos. Solo hay, pues,
átomos y vacío. Los choques de los átomos son fortuitos, debidos al puro azar. No existe, pues, un
plan inteligente. Sólo hay movimiento y vacío.

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