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Lo Que Queda de Nosotros-Adaptación 2

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LO QUE QUEDA DE NOSOTROS

Alejandro Ricaño y Sara Pinet


Adaptación: Valeria Figueroa

Personajes:
TOTO
NATA
PSICOANALISTA
VECINO
VETERINARIO
DIEGO
PAPÁ
TÍA AURORA
CRISPÍN
HUMANO GORDOñ
HUMANO CON BIGOTE
POLICÍA
ANCIANO
HUMANO FLACO
-|CAPÍTULO UNO|-

TOTO- A menudo pienso en ese día. En cuanto puse una pata debajo de la banqueta supe
que algo, en definitiva, estaba mal. Que estaba a punto ocurrirme una calamidad. Nata
decía todo el tiempo “calamidad”. Cuando se levantaba en la mañana y salía del cuarto
tallándose los ojos y me ponía la correa, decía: “calamidad, calamidad”. Nata me llevaba al
parque que está cruzando la calle para hacer popó, pero luego tomaba la popó, la
guardaba en una bolsa y la traía de regreso a casa para recolectarla en un depósito. La vida
es misteriosa. Una vez hice popó en el departamento. Busqué a Nata y le dije: “mira, cagué
en el departamento, no tenemos que ir hasta el parque”. (Pausa) No voy a contarles en
qué acabó el asunto. (Pausa) El parque está al cruzar la calle. Y yo jamás había cruzado esa
calle solo. Necesito que Nata tire de la correa y me diga: “sentado”, después dice: “vamos”
y cruzo la calle hasta llegar al parque y orino todo lo que puedo y hago la popó que Nata
necesita para fines que desconozco. (Pausa) Un día Nata llegó llorando. Precisamente el
día que el hombre alto no volvió más a la casa. Se metió al cuarto y pegó la cara contra la
cama hasta que se quedó dormida. A la mañana siguiente, cuando despertó, volvió a llorar.
Y no fuimos al parque. Tampoco al día siguiente. Sólo lloraba y a veces comía,
contemplando la pared de enfrente. Ya no le importaba si me hacía popó en el
departamento. Hasta que una tarde volvió a ponerme la correa y me subió al carro y
condujo varias horas hasta un parque al que no habíamos ido nunca. Jugamos un rato y
luego comenzó a llorar. Se arrodilló delante mí y me quitó la correa. Quise rodearla con los
brazos pero, naturalmente, yo no tengo brazos y sólo pude lamerle la cara y ella, llorando,
sólo pudo decirme:

NATA- No me hagas sentir culpable.

TOTO- Regresó al auto y se fue. Sólo así: se fue. Y yo me quedé sentado en el mismo
punto, esperando a que volviera, pero ella no volvió. Oscureció. Corrí hasta llegar a una
calle. Hasta el borde de una banqueta. Y Nata no estuvo ahí para decirme “sentado”. Supe,
cuando puse una pata debajo, que algo, en definitiva, estaba mal. No recuerdo mucho
después de eso. (Pausa). Desperté en una habitación blanca, sobre una pequeña plancha
metálica y me faltaba una pata. Sólo tenía un muñón con una gasa. Ahora sé que tengo
que echar un vistazo antes de cruzar una calle. Porque los perros tenemos memoria. Los
perros tenemos que recordar para sobrevivir.

-|CAPÍTULO DOS|-

NATA- Tengo una familia.


Tengo una pequeña familia.
Una tía gorda
Otra tía más gorda
Un tío alcohólico
Y un primo que nunca despega la vista del teléfono.
Cuando mis tíos quieren que baje a comer le envían un mensaje.
“¿Quieres comer?”, le preguntan.
Y él responde: “más tarde”. Con un mensaje.
En el funeral de papá me envió un mensaje desde el otro extremo de la sala.
“¿Quieres un abraso?”, me preguntó.
“Abrazo se escribe con z”, le respondí.
Y ya no insistió.
No me gustan los abrazos ni los pequeños afectos.
Porque uno se encariña
Y todos se van, tarde o temprano se van.
Y hay que despedirse
Y hacer promesas
Y las promesas son difíciles de cumplir
Y las promesas no cumplidas son muy tristes
Por eso es mejor no prometer nada
Ni despedirse
Ni encariñarse con la gente.
A mi madre la conocí poco
Murió cuando tenía nueve.
La recuerdo hundida en su cama, pálida y ojerosa, diciéndome: “No debes quererme
tanto, a la gente débil no hay que tomarle mucho aprecio, mueren pronto”.
Y yo qué iba a saber que me estaba protegiendo
Que me protegía de los pequeños afectos
Yo sólo pensé que mi madre era débil y que no debía encariñarme de ella
Esas cosas marcan.
Rociamos sus cenizas en su pueblo, entre ramas secas y remolinos de polvo
Donde no había crecido nada además de mi madre.
Abracé a papá y le dije: “Tú no eres débil y yo tampoco. Quizá seamos inmortales”.
Desde entonces somos él y yo.
Nadie más.
Mi psicoanalista dice que eso está mal.

PSICOANALISTA- No es sano que sólo lo quieras a él. Debes aprender a relacionarte con
otras personas.

NATA- Tengo un tío alcohólico.

PSICOANALISTA- Vamos a hacer esto. La perra de mi hermana…

NATA- No creo que deba llamar así a alguien de la familia.

PSICOANALISTA- Quiero decir… Me refiero a que mi hermana tiene una perra que acaba de
tener cachorros. ¿Te gustaría tener un perro?

NATA- ¿Para qué?


PSICOANALISTA- Para que aprendas a establecer vínculos.

NATA- (Pausa) ¿Cuánto tiempo tengo que tenerlo?

PSICOANALISTA- El tiempo que tú quieras. No tienes que forzar nada.

NATA- Tengo que consultarlo con papá.

PSICOANALISTA- Él está de acuerdo.

NATA- Me lo dio con un lacito rojo, atado al cuello en forma de moño, que le quité en
cuanto salí del consultorio.
La primera vez que lo cargué escondió su cabeza bajo mi axila.
“Allá tú”, le dije.
No tenía cinco minutos de haber cruzado la puerta, cuando ya había olido, meado y
mordido todo nuestro departamento.
Después se comió la mitad del trapeador
Después lo vomitó
Después se comió su vómito
Y finalmente se quedó dormido sobre mis pantuflas que, desde ese momento, se volvieron
su cama.
Le puse Toto porque el perro del vecino se llamaba así y no quise perder tiempo buscando
otro nombre.
Un día el vecino vino y golpeó a mi puerta.

VECINO- Oye, no puedes ponerle Toto a tu perro.

NATA- ¿Por qué no?

VECINO- Porque mi perro ya se llama Toto, se pueden confundir.

NATA- ¿Confundir?

VECINO- Si un día regañas a tu perro y el mío escucha se puede sentir culpable sin haber
hecho nada.

NATA- En el edificio hay tres Josés. ¿Crees que el del 6 sienta culpa cada vez que la mujer
del 4 le grita porque no consigue trabajo?
No volvió a molestarme con el asunto y, desde entonces, el vecino trata al José del 4 con
cierto tacto.
-|CAPÍTULO TRES|-

TOTO- Una corriente de aire entreabrió la puerta de la habitación. Afuera, por la pequeña
rendija, se veían dos panzas, una con bata blanca y la otra con una camisa a cuadros,
chocando entre sí.

VETERINARIO- ¿Cómo se llama?

DIEGO- Diego.

VETERINARIO- ¿Tu perro se llama Diego?

DIEGO- No, yo me llamo Diego, pensé que me hablaba de usted.

VETERINARIO- ¿Cómo se llama el perro?

DIEGO- No sé.

VETERINARIO- ¿No eres el dueño?

DIEGO- No. Sólo lo atropellé. No podía dejarlo ahí.

VETERINARIO- Tampoco puedes dejarlo aquí.

DIEGO- ¿No?

TOTO- Panza a cuadros me llevó a su casa en la batea empolvada de su camioneta.


Pegué mi hocico contra el cristal cuarteado.
Y él me observó por el espejo retrovisor.
Y sacó su brazo por la ventana y me dio una palmadita en la cabeza.
Cuando llegamos a su casa tomó su teléfono, lo puso frente a mi hocico y disparó una luz
que me hizo ir a estrellarme contra un bote de basura. Luego puso mi fotografía en la
computadora con un letrerito que decía: “Perro con tres patas busca casa”.
Pero yo no buscaba casa. Yo buscaba a Nata.
Por la mañana se hincó frente a mí y volvió a darme una palmadita en la cabeza.
“Eres muy popular en Facebook”, me dijo.
“¿Sí?”, le pregunté. Pero supongo que no entendió.

DIEGO- Un perro muy popular. Pero un perro sin casa. Nadie se ha ofrecido a llevarte.

TOTO- Pregunta por Nata, quise decirle, pero no supe cómo.

DIEGO- No puedes quedarte aquí.


TOTO- Me cargó, volvió a subirme a la batea de su camioneta y condujo de regreso al
parque.

-|CAPÍTULO CUATRO|-

NATA- Papá trabajaba para la planta eléctrica. Tenía el peor trabajo del mundo.
Si ponías en Wikipedia “el peor trabajo del mundo”, aparecía la foto de papá, en lo alto de
un poste, reparando algún transformador.
Un domingo llamaron a las seis de la mañana.
Me asomé por la puerta del cuarto.
Papá sostenía el auricular entre el hombro y la oreja mientras anotaba algo en su libreta.
Se interrumpió de pronto.

PAPÁ- ¿Un qué…?

NATA- Luego sonrió y cerró la libreta.

PAPÁ- Vamos para allá.

NATA- Sin dejar de sonreír, volteó a verme.

PAPÁ- ¿Quieres ver una cigüeña?

NATA- Un loco con mucho dinero y sin mucho que hacer había traído una pareja de
cigüeñas desde Europa para tenerla en su casa. La hembra había escapado y había ido a
construir su nido en el tope de una torre de alta tensión y papá debía retirarlo antes de
que provocara un corto circuito que dejara sin luz a toda la ciudad.
Nos llevamos a Toto.
En el auto pegué la frente contra la ventana empañada por la brisa del amanecer y veía las
torres sucediéndose una tras otra. El cielo se teñía de tonos ámbar.
Tenía un mal presentimiento.

PAPÁ- ¿Estás bien?

NATA- No quiero que te subas a esa torre.

PAPÁ- Tengo que hacerlo. Es mi trabajo.

NATA- Tengo un mal presentimiento.

PAPÁ- Hay que distinguir el miedo de los malos presentimientos, Nata. ¿Sabes por qué
nunca me ha pasado nada? Porque no tengo miedo. Mi cabeza está clara todo el tiempo y
tomo las precauciones que tengo que tomar. Los accidentes ocurren cuando la gente tiene
miedo.

NATA- Estacionamos el auto.


Toto se fue a correr por el campo.
En lo alto de la torre había un nido enorme, solo. La cigüeña no estaba ahí.
Papá se colocó el arnés y comenzó a subir, me empezaron a sudar las manos.
Debo distinguir el miedo de los malos presentimientos.
Al llegar al tope de la torre, papá se detuvo y estuvo varios segundos contemplando el
nido.
¡¿Estás bien?! Le grité cuando comencé a desesperarme.
Entonces papá volteó a verme y resbaló y el arnés se soltó de su cintura.
Me cubrí la cara con las manos porque no quería ver morir a papá.

Pausa

Pero cuando no oí caer nada volteé hacia arriba y lo descubrí colgando, aferrado al arnés
que seguía sujeto a la estructura de la torre.
Me miraba aterrado. Toto estaba al lado mío, ladrando.
Papá volvió a trepar la torre, se colocó el arnés y luego bajó poco a poco, temblando.
Yo estaba paralizada.
Caminó hasta mí y puso una rodilla en el piso.

PAPÁ- Nata, voy a morir.

NATA- Con este maldito trabajo, sí.

PAPÁ- No, Nata. Estoy enfermo.

Pausa

NATA- ¿Gripa?

PAPÁ- Un poquito peor.

NATA- Un dolor en la pierna que había subido a su cadera, luego a su espalda y para
cuando los médicos se dieron cuenta, la enfermedad había invadido todo su cuerpo y
estaba muriendo.

NATA- ¿Por qué me lo dices ahorita?

PAPÁ- Cuando vi esos huevos allá arriba, Nata, solos, supe que tenía que decírtelo. Tengo
mucho miedo, Nata. Tengo miedo de dejarte sola.
NATA- Pero somos inmortales.

PAPÁ- No, Nata. No lo somos.

NATA- La sombra de un ave se dibujó delante de nosotros. Levantamos la mirada.


¿Qué va a pasar con el nido?

PAPÁ- Nada. No está obstruyendo ningún cable. Les diré que no hay peligro.

Pausa

NATA- Construye un nido. Un nido donde no nos encuentre la muerte. Donde puedas
protegerme siempre.
Mi papá también murió un domingo.

Silencio

Todos morimos.
Si nos sentamos en el comedor de una plaza y contemplamos a toda esa gente comiendo
tranquilamente, sólo podemos estar seguros de una cosa:
Todos morirán
Algunos habrán amado
Algunos no
Algunos coleccionarán insectos
Algunos viajarán por el mundo
Pero al final, la pequeña bomba de sangre que los habrá hecho amar y perseguir insectos y
recorrer el mundo se detendrá en el pecho de cada uno de ellos
Y los que estén cerca pensarán que la muerte es injusta
Y llorarán como si fueran los primeros en perder a alguien
Como si nadie, en la historia de la humanidad, hubiera muerto nunca.
Mi tía Aurora dice que la muerte viene a recordarnos que estamos vivos
Pero la muerte de papá sólo vino a abrirme un hueco en el estómago que se llenó de
miedo.
Miedo de cerrar los ojos en la noche y no volver a despertar, como le pasó a mamá.
De no ser inmortal, como le pasó a papá.
De descubrir que soy frágil, como todas esas personas en el comedor.
Toto movía la cola dibujando circulitos
Pero ya no era suficiente.
No era suficiente para nada.

-|CAPÍTULO CINCO|-

TOTO- Los ojos de panza a cuadros


Sus cejas torcidas hacia arriba
En el pequeño espejo retrovisor que acomoda para verme en el parque mientras se aleja
El viento mece ligeramente los columpios oxidados y encorva las ramas de los árboles de
este parque al que no ha venido nadie desde hace quién sabe cuánto.
Echo a andar sin rumbo
Porque no logro oler a Nata ni a nadie.
Y el crujir de los arbustos en medio de esta oscuridad me asusta mucho.
Camino siguiendo las luces que salen de las casas y los negocios.
El olor de una panadería me lleva hasta una puerta medio abierta que termino de empujar
con el hocico
Hasta que una señora me golpea con una escoba y me grita con rabia algo que no
entiendo
Así es que me alejo
Un poco a la deriva
Y otro poco triste porque extraño mucho a Nata
Y a mi platito rojo con agua y con croquetas
Y en medio de todo y de la nada
Una niña pasa sus pequeños dedos por mi cabeza
Y como no la he visto venir
Y como no he tenido tiempo de reconocer su rostro
Cierro los ojos e imagino que es Nata
Hasta que el padre la tira del brazo y le dice que no me toque porque estoy sucio
Y yo me encuentro nuevamente solo en medio de la calle.
Me refugio detrás de un basurero a esperar que pase la noche
Que pase lo más rápido posible.

-|CAPÍTULO SEIS|-

NATA- Me da miedo estar sola.


Pero me estresa estar con la gente.
Odio su cuchicheo
Sus pláticas sobre el clima
Y sus hijos
Y lo ridículamente felices que son.
Inventé un juego para cuando estoy rodeada de personas.
Veo a todos, detenidamente, y decido qué animal es cada uno.
Los gordos son morsas o hipopótamos
Los flacos serpientes o lombrices
Los guapos son arañas
Y así y así
A eso estaba jugando en el velorio de papá:
Morsa. Morsa. Jirafa. Morsa embarazada. Araña. Hiena. Pez globo. Hipopótamo. Caballo
con Brackets.
TÍA AURORA- ¡Shhhh!

NATA-… Piraña.
Mi tía Aurora puso su mano sobre mi hombro.

TÍA AURORA- Vamos a rezar por tu papá.


NATA- Hoy no quiero creer en Dios.

TÍA AURORA- ¿Qué dices?

NATA- ¿Sabías que nueve millones de niños mueren al año antes de cumplir los cinco?
Nueve. Por enfermedad. Por accidentes. Por un desastre natural. Si Dios no impide que
esto suceda es un Dios impotente. O es un Dios malvado. No puedo creer en un Dios
malvado.

TÍA AURORA- Son pruebas, Nata. El señor necesita ponernos a prueba constantemente.

NATA- Podría buscar formas menos violentas para probar nuestra fe.

Pausa.

TÍA AURORA- Podría…

NATA- Podría, se repitió sin saber a dónde mirar. Cuando no vio a Toto me preguntó:

TÍA AURORA- ¿No tenías un perro?

Pausa.

NATA- Se escapó. Puedes rezar por él si gustas.


Toto era más bien feo y lo oía roncar hasta mi cama, lo cual, si puedo ser del todo franca,
me hacía sentir segura por las noches después de que murió papá.
Después de los días en el hospital y en la funeraria pasé varios días más encerrada en mi
cuarto.
Cuando finalmente salí, encontré a Toto delante de la puerta, rodeado de montoncitos de
excremento, moviendo la cola.
Lo subí al auto de papá.
Y conduje hasta el parque más lejano que encontré.
Y me hinqué delante de Toto.
Y le arranqué su placa de identificación para que nadie fuera a llamarme después de que
lo dejara ahí.
Porque no pensaba volver a establecer ningún maldito vínculo con nadie.
-|CAPÍTULO SIETE|-

CRISPÍN- Te van a llevar a la jaula, negro. Te lo digo.

TOTO- ¿La jaula?

CRISPÍN- El hoyo. La perrera. Te van a llevar, negro.

TOTO- Hubiera jurado que el Crispín era una rata. Me despertó el crujir de un hueso de
pollo que estaba rumiando al lado mío.

CRISPÍN- Ellos van a venir por ti como hicieron con el gordo. Te lo digo. Cuando menos lo
esperes, te van a echar el lazo encima. No tienen corazón, negro. No lo tienen.

TOTO- Rumiaba el hueso con los tres o cuatro dientes que conservaba agitando los pelos
tiesos y amarillos que le quedaban en las partes del cuerpo que no se había comido la
sarna.

CRISPÍN- El gordo no era cualquier perro. El gordo era de tienda. ¿Tú eres de tienda,
negro?

TOTO- No lo sé.

CRISPÍN- Los de tienda tienen suerte. Siempre los escogen. Antes de que los lleven “al
cuarto” alguien va y se los lleva.

TOTO- ¿El cuarto?

CRISPÍN- No quieres saber qué es “el cuarto”, negro, te lo digo. No quieres. Pero ellos
tienen que deshacerse de ti. Para eso te llevan a “el cuarto”.

TOTO- ¿Por qué quieren deshacerse de mí?

CRISPÍN- ¿Qué quieres que te diga, negro? Ellos sólo lo hacen. Te llevan a “el cuarto” y te
meten corriente. Hasta que quedas frito. A veces falla. Conmigo falló. No me entraban
bien los fierros. Y lo intentaron, ellos lo intentaron. Hasta que el tipo dijo “el Señor no
quiere que este perro muera”. Y me soltaron. (Pausa) El gordo no tuvo tanta suerte.

TOTO- ¿Era tu amigo?

CRISPÍN- ¿Mi amigo? Era mi hermano. El gordo era mi hermano, te lo digo. Llegó aquí un
día, como tú. (Pausa) No nos metíamos con nadie. Robábamos un poco aquí, otro poco
allá, lo que los demás ya no querían. Nada más. Pero ellos vinieron y nos llevaron.
Tienes dos o tres días una vez que llegas ahí. Y te lo digo, negro, son los peores días de tu
vida.
Te meten con quince o veinte en una jaula. A veces te dan de comer. A veces sólo te dan
un manguerazo. Hasta que alguien entra y te vuelve a poner el lazo. El gordo pensaba que
lo llevaban a pasear. El tipo estaba feliz. Estas jaulas te estresan, negro. Que un tipo venga
y te ponga la correa es algo bueno. Excepto si te llevan a “el cuarto”. Pero algo debió oler.
Algo debió ver en ese sitio cuando entró. Todos lo saben, negro, lo he visto. Apenas ponen
una pata en ese sitio, entran en pánico y aúllan, lo he visto.
Esos tipos no tienen corazón, negro, te lo digo.
Quería despedirme del gordo. (Pausa) Vi cómo le metieron corriente, negro. Lo vi todo.
Hubiera querido no ver nada. Lo sacaron arrastrando y lo apilaron con otro montón de
perros. Es el infierno, negro. No quieres caer en la jaula. Pero tienes tres patas. Qué
quieres que te diga. Tres patas.

TOTO- El Crispín siguió hablando un rato, caminando en círculos, pero yo ya no lo


escuchaba. Estaba asustado. Estaba más asustado que nunca. Sólo de cuando en cuando
seguí escuchando “el gordo era un tipo con clase, con clase”.

-|CAPÍTULO OCHO|-

NATA- Se supone que mi tío alcohólico se haría cargo de mí. Vino un día, se sentó en el
sillón de mi papá y se bebió dos botellas delante de la televisión.
Después se llevó la televisión y no volví a saber de él.
Tomé el auto de papá para ir a la escuela.
Hacía frío.
En el salón hay una niña enclenque que es idiota.
No es que sea su culpa, pero es idiota. Y todos la molestan. A mí me da igual. Cuando la
molestan no la defiendo, pero tampoco me uno a ellos. Me río poquito, pero lo hago en
silencio.
Mi maestra de química que estaba por cumplir cuarenta
Estaba triste porque la había dejado su esposo y las últimas dos semanas había llegado
tarde, con los ojos rojos, abultados, hinchados de llorar.
La estábamos esperando cuando todos empezaron con Corina.
“Oye, Corina, ¿cómo supieron que no eras un tumor?”
Y antes de que pudiera darme cuenta, solté una carcajada haciendo un ruido espantoso
con mis fosas nasales, como un cerdo asmático.
Comencé a reír como no lo había hecho en toda mi vida.
Pero yo estaba triste. Más triste que nunca.
Y los demás en silencio.
Mirándome desconcertados
Y yo sin saber de qué me reía.
“¿¡Tú de qué te ríes, idiota!?”
Gritó Corina con toda la rabia que podía acumular en su flaquito metro con cuarenta
centímetros.
Me quedé muda.
Y todos me miraban
Quise decirle que no sabía
Que en verdad no lo sabía
Porque para ser francos yo estaba muy triste.
Y me dieron ganas de golpearla.
Corrí hacia ella abriéndome paso entre todos
Pero supongo que años de hostigamiento tenían que llegar a su fin.
Y antes de que pudiera acercarme siquiera
Corina me reventó la nariz con un puñetazo.
Cuando abrí los ojos, Lalo, que es un cretino, lo había grabado todo en su celular.
Sabía que el video pronto estaría en YouTube con uno de esos encabezados
“Abusador recibe su merecido”
Y serviría como ejemplo para envalentonar a todos los niños enclenques que son abusados
por imbéciles como yo.
Todos se burlaban de mí tirada en el piso.
Y yo sólo quería irme a dormir, quería cerrar los ojos y dormir.
Me abrí paso, conteniendo la hemorragia de mi nariz y salí de ahí.
Me subí al auto y manejé a casa.
Con la música a todo volumen
Comencé a cantar con todas mis fuerzas
Hasta que vi de reojo una mancha negra que cruzó la calle
Y fue a estrellarse contra la parrilla del carro
Y salió disparada varios metros adelante.
Frené de golpe.
La música seguía a todo volumen.
En medio de la calle, inmóvil, lleno de tierra y sangre, estaba tirado un perro negro.
Y se me ocurrió que podía ser Toto
Que por una desafortunada casualidad
Por una prueba de ese Dios salvaje en el que creía mi tía Aurora
Había atropellado a Toto.
Bajé del auto y me acerqué lentamente

Pausa

No era él.
Era un perro cualquiera, asustado, respirando con dificultad.
Suspiré aliviada.
Quise volver al auto pero algo me detuvo.
No podía dejarlo ahí, en agonía.
¡No fue mi culpa! Grité
Lo cargué, lo subí al auto y comencé a buscar un veterinario.
Vas a estar bien, Mancha, murmuré.
Veía sus ojos llorosos, fijos en mí, tratando de entender lo que estaba pasando.
Pasa que cruzaste sin voltear, Mancha, eso pasa.
Pasa que somos frágiles. Y nos rompemos. Y hoy te tocó a ti. Como le tocó a mi papá. Y no
hay nada que podamos hacer, Mancha.
Yo no quería que sufriera, no quería que muriera, quería salvarlo.
Yo quería una tregua. Para tanto enojo. Quería una tregua.
Ya estamos cerca, Mancha, tranquilo.
Pero no estábamos cerca de nada.
Mancha dejó de moverse.
Me detuve.
¿Mancha?
Entreabrió los ojos para verme.
No había ningún reproche, pero yo me sentía culpable.
Allí afuera no había ningún Dios salvaje poniéndonos a prueba.
No había nadie a quién culpar.
No había nadie que viniera a salvarnos.
No había nadie además de nosotros.
Apagué el motor porque no íbamos a llegar al veterinario.
Cambié la canción que estaba sonando y recosté mi cabeza junto a la suya.
Movió la cola, en circulitos, débilmente.
A pesar de todo él movió la cola, en señal de gratitud.
A mí también me gusta esa canción, le dije mientras pasaba mis dedos sobre su cabecita
negra.
Estuvimos así hasta que se extinguió la voz en la radio.
Aún después de que él hubiera cerrado los ojos.
Aún cuando había dejado de respirar.

-|CAPÍTULO NUEVE|-

TOTO- El viento me enchueca las orejas mientras camino sin rumbo.


No sé cuánto tiempo llevo así.
No entiendo bien eso del tiempo.
Lo único que sé es que mis tres patas están cansadas.
Que tengo la lengua seca
Y que mi panza hace unos ruidos espantosos que me asustan por las noches.
Estoy a punto de echarme a descansar un poco cuando escucho a lo lejos los ladridos de
varios perros.
Un montón de perros jugando con sus dueños en el parque.
Corro hacia ellos feliz porque quiero jugar y decirles, con mi mala pronunciación del
idioma humano: ¡Me perdí, ayúdenme a encontrar a Nata!
Porque ellos seguramente entenderán
Porque ellos tienen perros y seguro conocen nuestro idioma
Estoy feliz
Estoy impaciente por contarles mi historia
Y que me ayuden a reunirme con Nata
Pero me estoy muriendo de hambre y se me ocurre que quizá no les importe si primero les
robo un poquito de croquetas
Así que me paso de largo y me abalanzo sobre los platos
Me atraganto todas las croquetas que puedo y me bebo toda el agua
Y cuando volteo
Descubro a todos observándome
Asustados
Llenos de asco
Sujetando a sus perros para que no se me acerquen
“¿Todo bien?”, pregunto
Pero mi ladrido sólo los asusta más
No muerdo, intento explicarles, ni tengo rabia, sólo es baba, miren.
De pronto alguien detrás de mí me toma por el cuello y me coloca un lazo
Me arrastra hasta un auto y me sube a empujones al asiento trasero
Y él, con dos niñas y un perro enorme y peludo
Suben al asiento de enfrente
Todos apretujados allí adelante con tal de no tocarme
Todos viéndome con miedo aun cuando no les he hecho nada malo
No entiendo nada.
Nos detenemos.
El humano con bigote baja del auto y me jala afuera
Y yo lo sigo porque soy obediente y no quiero problemas
Sólo quiero volver con Nata
Caminamos un par de cuadras hasta llegar a un portón viejo, metálico
Que el humano golpea con el puño
Alguien abre el portón
Un humano chaparrito y gordo que parece estar enojado.

HUMANO GORDO- ¿Sí?

HUMANO CON BIGOTE- Lo encontré en el parque. Es violento y quizá tenga rabia. No es


seguro que un perro así ande solo por las calles.

TOTO- ¡Claro que no es seguro! Un coche casi me mata. Una señora me golpeó con una
escoba. Y éste de aquí me amarró con un lazo que no me deja respirar. Sin contar que
debo cuidarme todo el tiempo para no caer en la perrera.

HUMANO GORDO- Hizo bien al traerlo a la perrera.

TOTO- ¿Perrera?
HUMANO GORDO- Aquí nos hacemos cargo.

-|CAPÍTULO DIEZ|-

NATA- El viento mece lo que queda de la cortina deshilachada que Toto deshizo tratando
de atrapar una mosca.
Sus pantuflas de garrita descansan junto al sofá
Las hormigas se comen las croquetas viejas en su platito
La ventana está cubierta de cartones y periódicos
Y pienso que de un tiempo a esta parte no soy feliz
Porque extraño más cosas de las que quedan aquí
Y estoy triste y enojada
Porque todos me dejaron
Y al único que no lo hizo lo dejé tirado en un parque.
Y lo único que sé es que me gustaría que Toto estuviera aquí
Que estuviera bien
Y aquí
Hace mucho que no deseaba algo con tantas fuerzas
Así que me limpio la cara con la manga de mi suéter
Me levanto del rincón donde llevo una hora hecha bolita
Y salgo a buscarlo.
Subo al coche y manejo hasta el parque donde lo dejé
“Si algún día llegas a perderte”
Me dijo un día mi padre
“Regresa al último lugar donde estuvimos juntos”
Pero el parque está vacío
Lo recorro gritando su nombre
Nada
Con cada ruido volteo emocionada esperando que sea él
Pero él no está ahí
Y me odio por eso
Pero quiero arreglarlo
Corro hasta una caseta de policía
Abro la puerta
Estoy buscando a mi perro, se llama Toto. Es negro, mediano, peludo, de orejas chiqui-

POLICÍA- ¿Ves algún perro aquí adentro?

NATA- Me dice el policía regando moronas de torta por las comisuras de la boca
No…

POLICÍA- Pues ya está.


NATA- ¿Ya está qué?

POLICÍA- Que aquí no está tu perro Tonto.

NATA- Toto.

POLICÍA- ¿Qué?

NATA- Se llama Toto.

POLICÍA- Se llame como se llame AQUÍ-NO-HAY-NINGÚN-MALDITO-PERRO.

NATA- Lo observo fijamente.


Arquea las cejas asustado y abraza la torta contra su pecho.
¡Mira, Gorgory- le digo arrebatándole la torta con un movimiento de samurái que no
alcanza a ver siquiera-, o me ayudas a encontrar a mi perro o te juro que esta torta va a
acabar en el suelo, aplastada y partida por la mitad como tu asqueroso y peludo trasero!
Una gota de sudor recorre su frente y queda pendiendo de su ceja temblorosa.

POLICÍA- No hagas ninguna tontería niña. Estoy seguro de que podemos arreglar lo de tu
perro Tonto.

NATA- ¡Toto!

POLICÍA- ¡Eso, Toto! Mira, a todos los perros que encuentran en la calle, los llevan a la
perrera, ¡seguramente está ahí, a salvo y calientito, haciendo un montón de amiguitos!

NATA- ¿Perrera? Dame la dirección.


La apuntó en una servilleta grasosa que me intercambió por la torta.
Salí corriendo de ahí.
Apretando la servilleta con todas mis fuerzas mientras él abrazaba su torta con la emoción
de alguien que recupera a un hijo perdido.

TOTO- El humano me echa el lazo encima sin voltear a verme.


Y, aún cuando sé que no vamos de paseo, no me resisto
Porque el lazo en el cuello me recuerda a Nata
Y nuestro parque
Y el pasto mojado
Y las sombras de los árboles bailando con el viento
Cierro los ojos
Hasta que alguien mete una esponja mojada en mi hocico
Y abro lo ojos
Y me encuentro en el rincón de una habitación pequeña, oscura y fría
Me tiemblan las tres patas que me quedan.
Porque tengo miedo.

NATA- ¡Toto!
Grito al entrar a la perrera
Un pasillo encharcado
Una fila de jaulas oxidadas
Un montón de perros azotándose contra las jaulas
¡Toto!
Un anciano sale por la puerta del fondo.

ANCIANO- ¿Sí?

NATA- ¡Estoy buscando a mi perro! Yo lo abandoné, pero lo quiero de vuelta. Lo quiero de


vuelta para siempre.

ANCIANO- ¿Ya revisaste las jaulas?

NATA- No está en las jaulas.

ANCIANO- ¿Qué raza es?

NATA- No es de ninguna raza. Es una cruza de…


Es negro, mediano, tiene un ojo más grande que el otro.
Pausa.

ANCIANO- Acaban de llevar a un perro negro al cuarto.

NATA- ¿Al cuarto?

ANCIANO- Donde los sacrificamos.

NATA- ¿En dónde está?

ANCIANO- Al fondo. La puerta del fondo.

NATA- Corro por el pasillo.

TOTO- Alguien empuja la puerta del cuarto

NATA- Abro la puerta.


Arrinconado
Con los ojos hundidos, llenos de sangre y miedo
Encuentro a un perro negro
Que no es Toto… no se parece nada a Toto.
TOTO- Un humano alto y flaco, con lentes rotos, entra.

HUMANO FLACO- ¿Necesitas ayuda?

HUMANO GORDO- No mucho. Si quieres agárralo en lo que prendo la máquina.

NATA- ¿Es tu perro?, me pregunta el anciano.


No respondo.

ANCIANO- ¿Señorita?

NATA- ¿Perdón?

ANCIANO- ¿Es su perro?


Pausa.

NATA- No. No es mi perro.

ANCIANO- ¿Ya fue a la otra perrera?


Pausa.

NATA- ¿La otra perrera?

ANCIANO- Hay otra perrera. No muy lejos de aquí realmente. Unas quince cuadras hacia el
sur.

TOTO- El humano alto y flaco, de lentes rotos, me toma del cuello.


Dejo de luchar
Me quedo quieto, muy quieto
El humano gordo me mete los fierros al hocico y me amarra otra tira de cuero alrededor
de la cabeza
No hay nada que hacer
El otro se hace a un lado, cruzado de brazos
Luego el gordo, arrastrando los pies, va hasta una maquinita arrinconada
Oxidada y polvosa
Y golpea un botón con el puño cerrado
Todo se oscurece
De golpe.
Todo se oscurece.

-|CAPÍTULO ONCE|-
NATA- La cigüeña, con sus alas extendidas, planeaba hasta su nido cuando una corriente
de viento alteró su curso y la proyectó contra los cables de electricidad.
En medio de ese espeso cielo gris, se encendió un resplandor que dejó frita a la cigüeña,
calcinada hasta lo más profundo de sus huesos.
Y la ciudad, en el momento en que Toto y yo necesitábamos un milagro, se quedó sin
electricidad.
Salí a tientas de la habitación
Y cuando finalmente me encontré en la calle
Las farolas
Los anuncios luminosos
Las luces de las casas
Estaban apagados
Sólo la luna, asomada entre las nubes, dejaba adivinar el contorno de las cosas
Subí al auto
Y marché hacia el sur.

TOTO- Todo estaba oscuro


Y yo, francamente, pensé que estaba muerto.
Y me sentía aliviado de que no hubiera dolido siquiera un poco.
Cuando menos eso.
“¿Qué pasó?”, escuché preguntar al humano gordo.
“No lo sé”, respondió el flaco, “cortaron la luz”.

HUMANO GORDO- ¿No la pagaste?

HUMANO FLACO- Sí la pagué.

HUMANO GORDO- Seguro no la pagaste.

HUMANO FLACO- Te digo que la pagué.

HUMANO GORDO- Seguro estuviste bebiendo. Te gastaste el dinero.

TOTO- ¿Estaba vivo? Mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad y descubrí que
seguíamos ahí, en la pequeña habitación, y que los fierros seguían en mi hocico. Algo
había pasado.

HUMANO FLACO- ¿Acabas de decir que estuve bebiendo? ¿Eso es lo que acabas de decir?

HUMANO GORDO- Eso es lo que acabo de decir.

HUMANO FLACO- No puedes decir eso. No puedes venir y decir esas cosas, Jimmy. Sabes
que está siendo difícil para mí. Necesito que confíes en mí. No puedes venir y decir esas
cosas.
TOTO- El humano flaco comenzó a llorar.
En medio de la oscuridad, el humano gordo se acercó a él y lo abrazó.
“Tienes razón”, le dijo mientras el humano flaco lloraba contra su pecho.
“Lo siento”.
Mientras, yo empujaba la puerta entreabierta y corría a través del pasillo
Y me azotaba contra el portón metálico para abrirlo
Me azotaba una y otra vez hasta que lograba abrirlo poquito
Salí de ahí y corrí hacia la calle.
Me quité los fierros del hocico
Y justo cuando puse una pata debajo de la banqueta, recordé que debía echar un vistazo
siempre, antes de cruzar.
Cuando volteé, sólo vi las luces de un coche viniendo a toda prisa.

NATA- Apreté el freno más allá de mis fuerzas


Más allá de toda posibilidad humana
Y el auto se detuvo como si hubiera clavado mis uñas en el asfalto con tal de que el auto
de papá se detuviera a tiempo.
Y luego regresé de golpe al asiento.

Pausa.

Las luces del auto iluminaban a Toto


Apenas un metro delante
Veía el vaho de su respiración agitada
Suplicando por una tregua
Sólo entonces advertí que le faltaba una pata
Como si se sostuviera con la última esperanza de encontrarme
De encontrarme en el último momento.

Pausa.

Desprendí mis dedos aferrados al volante


Bajé del auto
Y fui a hincarme delante de sus tres patas
Llena de culpa
Y de vergüenza
Puse mis dedos sobre su muñón que no terminaba de cicatrizar
Quise explicarle que estaba triste
Y que una, cuando está triste, comete estupideces
Y que dejarlo en el parque había sido una estupidez que no volvería a cometer nunca
Nunca
Nunca
Pero antes de que pudiera decir cualquier cosa, me lamió como sólo los perros, incapaces
de guardar rencor, pueden lamer para decir:
“Qué feliz estoy de volver a verte”
Y yo lo rodeé con mis brazos
“Perdóname, Toto”,
Murmuré a su oreja
“Por favor perdóname”.

-|CAPÍTULO DOCE|-

TOTO- La ventana de la sala estaba cubierta con cartones y pedazos de periódico. Cuando
llegamos, Nata los quitó todos y luego arrastró el sillón y lo colocó delante de la ventana.
“Arriba”, dijo dando una palmada en el sillón y me senté a su lado. Estaba amaneciendo.
No entiendo eso del tiempo, pero supongo que estuvimos abrazados, en medio de esa
calle, casi toda la noche. Después regresamos a casa. Nata me echó el brazo encima y yo
quise hacer lo mismo, pero bueno, ahora sólo tenía una pata y la necesitaba para
sostenerme. Así es que sólo recargué mi hocico en su rodilla.

NATA- Hay gente que sonríe


Hay gente que camina en el parque
Bajo un sol radiante
Y sonríe
Hay familias que comen juntas
Hay papás que llegan del trabajo
Y abrazan a sus hijos
Y duermen en la habitación de al lado
Mientras nosotros soñamos
Y hay papás que se marchan
Hay papás que no debemos esperar
Ni siquiera para lo más mínimo
Como para decirnos buenas noches
En medio de esa oscuridad interminable.
Porque sólo estamos aquí un momento
Un pequeño momento que se extiende
Y mientras se extiende
Hay cigüeñas que encienden una llama para recordarnos que nadie se va del todo
Que algunos se quedan ahí
En algún lado
Cuidándonos.
Mientras se extiende
Hay perros con tres patas que perdonan a pesar de todo
Hay amigos que contemplan un muro a través de una ventana para imaginar que hay algo
más del otro lado.
Hay amigos que permanecen juntos en medio de esta oscuridad interminable.
Mis dedos recorren la cabeza de Toto
Y siento
Por primera vez
Que vamos a salir de ésta
Porque vivimos a pesar de lo que queda de nosotros.
Hasta que el momento termine
Hasta que este pequeño momento
Nuestro momento
Termine.

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