Lo Que Queda de Nosotros-Adaptación 2
Lo Que Queda de Nosotros-Adaptación 2
Personajes:
TOTO
NATA
PSICOANALISTA
VECINO
VETERINARIO
DIEGO
PAPÁ
TÍA AURORA
CRISPÍN
HUMANO GORDOñ
HUMANO CON BIGOTE
POLICÍA
ANCIANO
HUMANO FLACO
-|CAPÍTULO UNO|-
TOTO- A menudo pienso en ese día. En cuanto puse una pata debajo de la banqueta supe
que algo, en definitiva, estaba mal. Que estaba a punto ocurrirme una calamidad. Nata
decía todo el tiempo “calamidad”. Cuando se levantaba en la mañana y salía del cuarto
tallándose los ojos y me ponía la correa, decía: “calamidad, calamidad”. Nata me llevaba al
parque que está cruzando la calle para hacer popó, pero luego tomaba la popó, la
guardaba en una bolsa y la traía de regreso a casa para recolectarla en un depósito. La vida
es misteriosa. Una vez hice popó en el departamento. Busqué a Nata y le dije: “mira, cagué
en el departamento, no tenemos que ir hasta el parque”. (Pausa) No voy a contarles en
qué acabó el asunto. (Pausa) El parque está al cruzar la calle. Y yo jamás había cruzado esa
calle solo. Necesito que Nata tire de la correa y me diga: “sentado”, después dice: “vamos”
y cruzo la calle hasta llegar al parque y orino todo lo que puedo y hago la popó que Nata
necesita para fines que desconozco. (Pausa) Un día Nata llegó llorando. Precisamente el
día que el hombre alto no volvió más a la casa. Se metió al cuarto y pegó la cara contra la
cama hasta que se quedó dormida. A la mañana siguiente, cuando despertó, volvió a llorar.
Y no fuimos al parque. Tampoco al día siguiente. Sólo lloraba y a veces comía,
contemplando la pared de enfrente. Ya no le importaba si me hacía popó en el
departamento. Hasta que una tarde volvió a ponerme la correa y me subió al carro y
condujo varias horas hasta un parque al que no habíamos ido nunca. Jugamos un rato y
luego comenzó a llorar. Se arrodilló delante mí y me quitó la correa. Quise rodearla con los
brazos pero, naturalmente, yo no tengo brazos y sólo pude lamerle la cara y ella, llorando,
sólo pudo decirme:
TOTO- Regresó al auto y se fue. Sólo así: se fue. Y yo me quedé sentado en el mismo
punto, esperando a que volviera, pero ella no volvió. Oscureció. Corrí hasta llegar a una
calle. Hasta el borde de una banqueta. Y Nata no estuvo ahí para decirme “sentado”. Supe,
cuando puse una pata debajo, que algo, en definitiva, estaba mal. No recuerdo mucho
después de eso. (Pausa). Desperté en una habitación blanca, sobre una pequeña plancha
metálica y me faltaba una pata. Sólo tenía un muñón con una gasa. Ahora sé que tengo
que echar un vistazo antes de cruzar una calle. Porque los perros tenemos memoria. Los
perros tenemos que recordar para sobrevivir.
-|CAPÍTULO DOS|-
PSICOANALISTA- No es sano que sólo lo quieras a él. Debes aprender a relacionarte con
otras personas.
PSICOANALISTA- Quiero decir… Me refiero a que mi hermana tiene una perra que acaba de
tener cachorros. ¿Te gustaría tener un perro?
NATA- Me lo dio con un lacito rojo, atado al cuello en forma de moño, que le quité en
cuanto salí del consultorio.
La primera vez que lo cargué escondió su cabeza bajo mi axila.
“Allá tú”, le dije.
No tenía cinco minutos de haber cruzado la puerta, cuando ya había olido, meado y
mordido todo nuestro departamento.
Después se comió la mitad del trapeador
Después lo vomitó
Después se comió su vómito
Y finalmente se quedó dormido sobre mis pantuflas que, desde ese momento, se volvieron
su cama.
Le puse Toto porque el perro del vecino se llamaba así y no quise perder tiempo buscando
otro nombre.
Un día el vecino vino y golpeó a mi puerta.
NATA- ¿Confundir?
VECINO- Si un día regañas a tu perro y el mío escucha se puede sentir culpable sin haber
hecho nada.
NATA- En el edificio hay tres Josés. ¿Crees que el del 6 sienta culpa cada vez que la mujer
del 4 le grita porque no consigue trabajo?
No volvió a molestarme con el asunto y, desde entonces, el vecino trata al José del 4 con
cierto tacto.
-|CAPÍTULO TRES|-
TOTO- Una corriente de aire entreabrió la puerta de la habitación. Afuera, por la pequeña
rendija, se veían dos panzas, una con bata blanca y la otra con una camisa a cuadros,
chocando entre sí.
DIEGO- Diego.
DIEGO- No sé.
DIEGO- ¿No?
DIEGO- Un perro muy popular. Pero un perro sin casa. Nadie se ha ofrecido a llevarte.
-|CAPÍTULO CUATRO|-
NATA- Papá trabajaba para la planta eléctrica. Tenía el peor trabajo del mundo.
Si ponías en Wikipedia “el peor trabajo del mundo”, aparecía la foto de papá, en lo alto de
un poste, reparando algún transformador.
Un domingo llamaron a las seis de la mañana.
Me asomé por la puerta del cuarto.
Papá sostenía el auricular entre el hombro y la oreja mientras anotaba algo en su libreta.
Se interrumpió de pronto.
NATA- Un loco con mucho dinero y sin mucho que hacer había traído una pareja de
cigüeñas desde Europa para tenerla en su casa. La hembra había escapado y había ido a
construir su nido en el tope de una torre de alta tensión y papá debía retirarlo antes de
que provocara un corto circuito que dejara sin luz a toda la ciudad.
Nos llevamos a Toto.
En el auto pegué la frente contra la ventana empañada por la brisa del amanecer y veía las
torres sucediéndose una tras otra. El cielo se teñía de tonos ámbar.
Tenía un mal presentimiento.
PAPÁ- Hay que distinguir el miedo de los malos presentimientos, Nata. ¿Sabes por qué
nunca me ha pasado nada? Porque no tengo miedo. Mi cabeza está clara todo el tiempo y
tomo las precauciones que tengo que tomar. Los accidentes ocurren cuando la gente tiene
miedo.
Pausa
Pero cuando no oí caer nada volteé hacia arriba y lo descubrí colgando, aferrado al arnés
que seguía sujeto a la estructura de la torre.
Me miraba aterrado. Toto estaba al lado mío, ladrando.
Papá volvió a trepar la torre, se colocó el arnés y luego bajó poco a poco, temblando.
Yo estaba paralizada.
Caminó hasta mí y puso una rodilla en el piso.
Pausa
NATA- ¿Gripa?
NATA- Un dolor en la pierna que había subido a su cadera, luego a su espalda y para
cuando los médicos se dieron cuenta, la enfermedad había invadido todo su cuerpo y
estaba muriendo.
PAPÁ- Cuando vi esos huevos allá arriba, Nata, solos, supe que tenía que decírtelo. Tengo
mucho miedo, Nata. Tengo miedo de dejarte sola.
NATA- Pero somos inmortales.
PAPÁ- Nada. No está obstruyendo ningún cable. Les diré que no hay peligro.
Pausa
NATA- Construye un nido. Un nido donde no nos encuentre la muerte. Donde puedas
protegerme siempre.
Mi papá también murió un domingo.
Silencio
Todos morimos.
Si nos sentamos en el comedor de una plaza y contemplamos a toda esa gente comiendo
tranquilamente, sólo podemos estar seguros de una cosa:
Todos morirán
Algunos habrán amado
Algunos no
Algunos coleccionarán insectos
Algunos viajarán por el mundo
Pero al final, la pequeña bomba de sangre que los habrá hecho amar y perseguir insectos y
recorrer el mundo se detendrá en el pecho de cada uno de ellos
Y los que estén cerca pensarán que la muerte es injusta
Y llorarán como si fueran los primeros en perder a alguien
Como si nadie, en la historia de la humanidad, hubiera muerto nunca.
Mi tía Aurora dice que la muerte viene a recordarnos que estamos vivos
Pero la muerte de papá sólo vino a abrirme un hueco en el estómago que se llenó de
miedo.
Miedo de cerrar los ojos en la noche y no volver a despertar, como le pasó a mamá.
De no ser inmortal, como le pasó a papá.
De descubrir que soy frágil, como todas esas personas en el comedor.
Toto movía la cola dibujando circulitos
Pero ya no era suficiente.
No era suficiente para nada.
-|CAPÍTULO CINCO|-
-|CAPÍTULO SEIS|-
NATA-… Piraña.
Mi tía Aurora puso su mano sobre mi hombro.
NATA- ¿Sabías que nueve millones de niños mueren al año antes de cumplir los cinco?
Nueve. Por enfermedad. Por accidentes. Por un desastre natural. Si Dios no impide que
esto suceda es un Dios impotente. O es un Dios malvado. No puedo creer en un Dios
malvado.
TÍA AURORA- Son pruebas, Nata. El señor necesita ponernos a prueba constantemente.
NATA- Podría buscar formas menos violentas para probar nuestra fe.
Pausa.
NATA- Podría, se repitió sin saber a dónde mirar. Cuando no vio a Toto me preguntó:
Pausa.
TOTO- Hubiera jurado que el Crispín era una rata. Me despertó el crujir de un hueso de
pollo que estaba rumiando al lado mío.
CRISPÍN- Ellos van a venir por ti como hicieron con el gordo. Te lo digo. Cuando menos lo
esperes, te van a echar el lazo encima. No tienen corazón, negro. No lo tienen.
TOTO- Rumiaba el hueso con los tres o cuatro dientes que conservaba agitando los pelos
tiesos y amarillos que le quedaban en las partes del cuerpo que no se había comido la
sarna.
CRISPÍN- El gordo no era cualquier perro. El gordo era de tienda. ¿Tú eres de tienda,
negro?
TOTO- No lo sé.
CRISPÍN- Los de tienda tienen suerte. Siempre los escogen. Antes de que los lleven “al
cuarto” alguien va y se los lleva.
CRISPÍN- No quieres saber qué es “el cuarto”, negro, te lo digo. No quieres. Pero ellos
tienen que deshacerse de ti. Para eso te llevan a “el cuarto”.
CRISPÍN- ¿Qué quieres que te diga, negro? Ellos sólo lo hacen. Te llevan a “el cuarto” y te
meten corriente. Hasta que quedas frito. A veces falla. Conmigo falló. No me entraban
bien los fierros. Y lo intentaron, ellos lo intentaron. Hasta que el tipo dijo “el Señor no
quiere que este perro muera”. Y me soltaron. (Pausa) El gordo no tuvo tanta suerte.
CRISPÍN- ¿Mi amigo? Era mi hermano. El gordo era mi hermano, te lo digo. Llegó aquí un
día, como tú. (Pausa) No nos metíamos con nadie. Robábamos un poco aquí, otro poco
allá, lo que los demás ya no querían. Nada más. Pero ellos vinieron y nos llevaron.
Tienes dos o tres días una vez que llegas ahí. Y te lo digo, negro, son los peores días de tu
vida.
Te meten con quince o veinte en una jaula. A veces te dan de comer. A veces sólo te dan
un manguerazo. Hasta que alguien entra y te vuelve a poner el lazo. El gordo pensaba que
lo llevaban a pasear. El tipo estaba feliz. Estas jaulas te estresan, negro. Que un tipo venga
y te ponga la correa es algo bueno. Excepto si te llevan a “el cuarto”. Pero algo debió oler.
Algo debió ver en ese sitio cuando entró. Todos lo saben, negro, lo he visto. Apenas ponen
una pata en ese sitio, entran en pánico y aúllan, lo he visto.
Esos tipos no tienen corazón, negro, te lo digo.
Quería despedirme del gordo. (Pausa) Vi cómo le metieron corriente, negro. Lo vi todo.
Hubiera querido no ver nada. Lo sacaron arrastrando y lo apilaron con otro montón de
perros. Es el infierno, negro. No quieres caer en la jaula. Pero tienes tres patas. Qué
quieres que te diga. Tres patas.
-|CAPÍTULO OCHO|-
NATA- Se supone que mi tío alcohólico se haría cargo de mí. Vino un día, se sentó en el
sillón de mi papá y se bebió dos botellas delante de la televisión.
Después se llevó la televisión y no volví a saber de él.
Tomé el auto de papá para ir a la escuela.
Hacía frío.
En el salón hay una niña enclenque que es idiota.
No es que sea su culpa, pero es idiota. Y todos la molestan. A mí me da igual. Cuando la
molestan no la defiendo, pero tampoco me uno a ellos. Me río poquito, pero lo hago en
silencio.
Mi maestra de química que estaba por cumplir cuarenta
Estaba triste porque la había dejado su esposo y las últimas dos semanas había llegado
tarde, con los ojos rojos, abultados, hinchados de llorar.
La estábamos esperando cuando todos empezaron con Corina.
“Oye, Corina, ¿cómo supieron que no eras un tumor?”
Y antes de que pudiera darme cuenta, solté una carcajada haciendo un ruido espantoso
con mis fosas nasales, como un cerdo asmático.
Comencé a reír como no lo había hecho en toda mi vida.
Pero yo estaba triste. Más triste que nunca.
Y los demás en silencio.
Mirándome desconcertados
Y yo sin saber de qué me reía.
“¿¡Tú de qué te ríes, idiota!?”
Gritó Corina con toda la rabia que podía acumular en su flaquito metro con cuarenta
centímetros.
Me quedé muda.
Y todos me miraban
Quise decirle que no sabía
Que en verdad no lo sabía
Porque para ser francos yo estaba muy triste.
Y me dieron ganas de golpearla.
Corrí hacia ella abriéndome paso entre todos
Pero supongo que años de hostigamiento tenían que llegar a su fin.
Y antes de que pudiera acercarme siquiera
Corina me reventó la nariz con un puñetazo.
Cuando abrí los ojos, Lalo, que es un cretino, lo había grabado todo en su celular.
Sabía que el video pronto estaría en YouTube con uno de esos encabezados
“Abusador recibe su merecido”
Y serviría como ejemplo para envalentonar a todos los niños enclenques que son abusados
por imbéciles como yo.
Todos se burlaban de mí tirada en el piso.
Y yo sólo quería irme a dormir, quería cerrar los ojos y dormir.
Me abrí paso, conteniendo la hemorragia de mi nariz y salí de ahí.
Me subí al auto y manejé a casa.
Con la música a todo volumen
Comencé a cantar con todas mis fuerzas
Hasta que vi de reojo una mancha negra que cruzó la calle
Y fue a estrellarse contra la parrilla del carro
Y salió disparada varios metros adelante.
Frené de golpe.
La música seguía a todo volumen.
En medio de la calle, inmóvil, lleno de tierra y sangre, estaba tirado un perro negro.
Y se me ocurrió que podía ser Toto
Que por una desafortunada casualidad
Por una prueba de ese Dios salvaje en el que creía mi tía Aurora
Había atropellado a Toto.
Bajé del auto y me acerqué lentamente
Pausa
No era él.
Era un perro cualquiera, asustado, respirando con dificultad.
Suspiré aliviada.
Quise volver al auto pero algo me detuvo.
No podía dejarlo ahí, en agonía.
¡No fue mi culpa! Grité
Lo cargué, lo subí al auto y comencé a buscar un veterinario.
Vas a estar bien, Mancha, murmuré.
Veía sus ojos llorosos, fijos en mí, tratando de entender lo que estaba pasando.
Pasa que cruzaste sin voltear, Mancha, eso pasa.
Pasa que somos frágiles. Y nos rompemos. Y hoy te tocó a ti. Como le tocó a mi papá. Y no
hay nada que podamos hacer, Mancha.
Yo no quería que sufriera, no quería que muriera, quería salvarlo.
Yo quería una tregua. Para tanto enojo. Quería una tregua.
Ya estamos cerca, Mancha, tranquilo.
Pero no estábamos cerca de nada.
Mancha dejó de moverse.
Me detuve.
¿Mancha?
Entreabrió los ojos para verme.
No había ningún reproche, pero yo me sentía culpable.
Allí afuera no había ningún Dios salvaje poniéndonos a prueba.
No había nadie a quién culpar.
No había nadie que viniera a salvarnos.
No había nadie además de nosotros.
Apagué el motor porque no íbamos a llegar al veterinario.
Cambié la canción que estaba sonando y recosté mi cabeza junto a la suya.
Movió la cola, en circulitos, débilmente.
A pesar de todo él movió la cola, en señal de gratitud.
A mí también me gusta esa canción, le dije mientras pasaba mis dedos sobre su cabecita
negra.
Estuvimos así hasta que se extinguió la voz en la radio.
Aún después de que él hubiera cerrado los ojos.
Aún cuando había dejado de respirar.
-|CAPÍTULO NUEVE|-
TOTO- ¡Claro que no es seguro! Un coche casi me mata. Una señora me golpeó con una
escoba. Y éste de aquí me amarró con un lazo que no me deja respirar. Sin contar que
debo cuidarme todo el tiempo para no caer en la perrera.
TOTO- ¿Perrera?
HUMANO GORDO- Aquí nos hacemos cargo.
-|CAPÍTULO DIEZ|-
NATA- El viento mece lo que queda de la cortina deshilachada que Toto deshizo tratando
de atrapar una mosca.
Sus pantuflas de garrita descansan junto al sofá
Las hormigas se comen las croquetas viejas en su platito
La ventana está cubierta de cartones y periódicos
Y pienso que de un tiempo a esta parte no soy feliz
Porque extraño más cosas de las que quedan aquí
Y estoy triste y enojada
Porque todos me dejaron
Y al único que no lo hizo lo dejé tirado en un parque.
Y lo único que sé es que me gustaría que Toto estuviera aquí
Que estuviera bien
Y aquí
Hace mucho que no deseaba algo con tantas fuerzas
Así que me limpio la cara con la manga de mi suéter
Me levanto del rincón donde llevo una hora hecha bolita
Y salgo a buscarlo.
Subo al coche y manejo hasta el parque donde lo dejé
“Si algún día llegas a perderte”
Me dijo un día mi padre
“Regresa al último lugar donde estuvimos juntos”
Pero el parque está vacío
Lo recorro gritando su nombre
Nada
Con cada ruido volteo emocionada esperando que sea él
Pero él no está ahí
Y me odio por eso
Pero quiero arreglarlo
Corro hasta una caseta de policía
Abro la puerta
Estoy buscando a mi perro, se llama Toto. Es negro, mediano, peludo, de orejas chiqui-
NATA- Me dice el policía regando moronas de torta por las comisuras de la boca
No…
NATA- Toto.
POLICÍA- ¿Qué?
POLICÍA- No hagas ninguna tontería niña. Estoy seguro de que podemos arreglar lo de tu
perro Tonto.
NATA- ¡Toto!
POLICÍA- ¡Eso, Toto! Mira, a todos los perros que encuentran en la calle, los llevan a la
perrera, ¡seguramente está ahí, a salvo y calientito, haciendo un montón de amiguitos!
NATA- ¡Toto!
Grito al entrar a la perrera
Un pasillo encharcado
Una fila de jaulas oxidadas
Un montón de perros azotándose contra las jaulas
¡Toto!
Un anciano sale por la puerta del fondo.
ANCIANO- ¿Sí?
ANCIANO- ¿Señorita?
NATA- ¿Perdón?
ANCIANO- Hay otra perrera. No muy lejos de aquí realmente. Unas quince cuadras hacia el
sur.
-|CAPÍTULO ONCE|-
NATA- La cigüeña, con sus alas extendidas, planeaba hasta su nido cuando una corriente
de viento alteró su curso y la proyectó contra los cables de electricidad.
En medio de ese espeso cielo gris, se encendió un resplandor que dejó frita a la cigüeña,
calcinada hasta lo más profundo de sus huesos.
Y la ciudad, en el momento en que Toto y yo necesitábamos un milagro, se quedó sin
electricidad.
Salí a tientas de la habitación
Y cuando finalmente me encontré en la calle
Las farolas
Los anuncios luminosos
Las luces de las casas
Estaban apagados
Sólo la luna, asomada entre las nubes, dejaba adivinar el contorno de las cosas
Subí al auto
Y marché hacia el sur.
TOTO- ¿Estaba vivo? Mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad y descubrí que
seguíamos ahí, en la pequeña habitación, y que los fierros seguían en mi hocico. Algo
había pasado.
HUMANO FLACO- ¿Acabas de decir que estuve bebiendo? ¿Eso es lo que acabas de decir?
HUMANO FLACO- No puedes decir eso. No puedes venir y decir esas cosas, Jimmy. Sabes
que está siendo difícil para mí. Necesito que confíes en mí. No puedes venir y decir esas
cosas.
TOTO- El humano flaco comenzó a llorar.
En medio de la oscuridad, el humano gordo se acercó a él y lo abrazó.
“Tienes razón”, le dijo mientras el humano flaco lloraba contra su pecho.
“Lo siento”.
Mientras, yo empujaba la puerta entreabierta y corría a través del pasillo
Y me azotaba contra el portón metálico para abrirlo
Me azotaba una y otra vez hasta que lograba abrirlo poquito
Salí de ahí y corrí hacia la calle.
Me quité los fierros del hocico
Y justo cuando puse una pata debajo de la banqueta, recordé que debía echar un vistazo
siempre, antes de cruzar.
Cuando volteé, sólo vi las luces de un coche viniendo a toda prisa.
Pausa.
Pausa.
-|CAPÍTULO DOCE|-
TOTO- La ventana de la sala estaba cubierta con cartones y pedazos de periódico. Cuando
llegamos, Nata los quitó todos y luego arrastró el sillón y lo colocó delante de la ventana.
“Arriba”, dijo dando una palmada en el sillón y me senté a su lado. Estaba amaneciendo.
No entiendo eso del tiempo, pero supongo que estuvimos abrazados, en medio de esa
calle, casi toda la noche. Después regresamos a casa. Nata me echó el brazo encima y yo
quise hacer lo mismo, pero bueno, ahora sólo tenía una pata y la necesitaba para
sostenerme. Así es que sólo recargué mi hocico en su rodilla.