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Espiritualidad de La Esperanza

Este documento describe la biografía y enseñanzas espirituales del Cardenal Francois-Xavier Nguyen Van Thuan. Pasó 13 años en prisión bajo el gobierno comunista de Vietnam, donde mantuvo viva su fe y esperanza a través de la oración y escritura. Enseñó que la esperanza se basa en la relación con Dios, no en circunstancias, y requiere compromiso activo.
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Espiritualidad de La Esperanza

Este documento describe la biografía y enseñanzas espirituales del Cardenal Francois-Xavier Nguyen Van Thuan. Pasó 13 años en prisión bajo el gobierno comunista de Vietnam, donde mantuvo viva su fe y esperanza a través de la oración y escritura. Enseñó que la esperanza se basa en la relación con Dios, no en circunstancias, y requiere compromiso activo.
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UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE SALAMANCA

CENTRO TEOLÓGICO SAN AGUSTÍN

“Dios y solo Dios”.


Espiritualidad de la Esperanza en el Testimonio de
vida del Venerable Siervo de Dios, Cardenal
Francois-Xavier Nguyen Van Thuan.

Asignatura
Teología e Historia de la Espiritualidad.

Profesor
José María Herranz Maté, OSA
Estudiante
Kevin Alexander Alvarado Dávila, OSA

San Lorenzo de El Escorial, 16 de mayo de 2024

1
INTRODUCCIÓN
En el vibrante tapiz de la vida espiritual, la esperanza emerge como un hilo dorado que
teje la trama de la fe y la caridad. En esta investigación, hemos explorado la espiritualidad de
la esperanza a través del testimonio de vida del cardenal Nguyen Van Thuan, cuya existencia
resplandece como un faro de luz en medio de la oscuridad y la incertidumbre. El cardenal Van
Thuan, nos ofrece un testimonio vivo de cómo la esperanza puede florecer incluso en los
momentos más oscuros y desafiantes de la vida. A través de sus escritos y enseñanzas, nos guía
hacia una comprensión más profunda de la esperanza como un ancla firme en medio de las
tormentas de la vida, una virtud que nos sostiene y nos impulsa a perseverar en la fe y el amor
incluso cuando todo parece perdido.
La vida del cardenal Van Thuan es un testimonio conmovedor de la capacidad humana
de aferrarse a la esperanza en medio de la adversidad. Después de ser arrestado por el gobierno
comunista de Vietnam en 1975, Van Thuan pasó trece años en prisión, nueve de los cuales en
confinamiento solitario y condiciones extremadamente precarias. A pesar de estas duras
circunstancias, nunca perdió la esperanza ni la fe en Dios. En lugar de dejarse consumir por la
desesperación, encontró consuelo en la oración, la meditación y la comunión espiritual con
Dios. Su capacidad para mantener viva la llama de la esperanza en medio de la oscuridad es un
recordatorio poderoso de la fortaleza y la resiliencia del espíritu humano.
Una de las principales enseñanzas de Van Thuan sobre la esperanza es su comprensión
de que esta virtud no se basa en circunstancias externas, sino en una relación personal con Dios.
Para él, la esperanza va más allá de la mera optimismo o expectativa de un resultado favorable;
es una confianza profunda en la bondad y la fidelidad de Dios, incluso en medio de la aparente
desolación. En sus escritos.
Además, Van Thuan nos recuerda que la esperanza es una virtud activa que requiere un
compromiso constante y una disposición para seguir adelante incluso en los momentos más
difíciles. Su testimonio nos desafía a buscar la esperanza no solo para nuestro propio beneficio,
sino también para el bien de los demás, especialmente aquellos que sufren y están en necesidad.
La espiritualidad de la esperanza según Van Thuan también destaca la importancia de
la confianza en la providencia divina. A pesar de las circunstancias aparentemente
desfavorables, él confió en que Dios estaba obrando en su vida de maneras misteriosas pero
significativas. Esta confianza en la providencia divina le permitió encontrar consuelo y paz en
medio de la incertidumbre, y le dio la fuerza para seguir adelante incluso cuando todo parecía
perdido. Su ejemplo nos desafía a confiar en el plan de Dios para nuestras vidas, incluso cuando
no entendemos completamente sus caminos.
Su vida nos recuerda que la esperanza no es simplemente una emoción pasajera, sino
una virtud sólida arraigada en una relación profunda con Dios y manifestada a través del
compromiso activo y la confianza en su providencia. En un mundo lleno de desafíos y
dificultades, el testimonio de Van Thuan sigue siendo una fuente de inspiración y fortaleza para
todos los que buscan mantener viva la llama de la esperanza en sus propias vidas.

2
I. BIOGRAFÍA
Francois Xavier Nguyen Van Thuan nació el 17 de abril de 1928, en Phu Cam, en la
diócesis de Hue (provincia de Thua Tien), en la región central de Vietnam. Provenía de una
familia de mártires: en 1885 todos los habitantes de la aldea de su madre habían sido quemados
vivos en la parroquia. Sólo su abuelo se había salvado. A su vez, los antepasados paternos
habían sido víctimas de numerosas persecuciones entre 1698 y 1885.
Su madre, Elizabeth, lo había educado cristianamente desde que tiene memoria. Cada
noche le narraba las historias de la Biblia y el testimonio de los mártires. El día que su hijo fue
arrestado siguió rezando para que permaneciera fiel a la Iglesia, perdonando a los verdugos.
Van Thuan fue ordenado sacerdote el 11 de junio de 1953. Después de los estudios en
Roma, volvió a Vietnam como profesor y luego fue rector del seminario, vicario general y,
finalmente, desde el 3 de abril de 1967, obispo de Nha Trang. Muy activo, fue también muy
amado: en apenas ocho años los seminaristas mayores pasaron de 42 a 147, y los menores de
200 a 500. La médula de su acción era la enseñanza del Vaticano II, tanto que eligió como lema
episcopal “Gaudium et spes”, el testimonio cristiano en el mundo contemporáneo. De allí que
se dedicara con todas sus fuerzas a reforzar la presencia de los laicos y los jóvenes en la Iglesia.
El 24 de abril de 1975, pocos días antes de que el régimen comunista se hiciera con el
poder, el Papa Pablo VI lo nombró arzobispo coadjutor de Saigón (Hochiminh). Pocas semanas
después era arrestado y luego encarcelado. Una larguísima noche que duró trece años, sin juicio
ni sentencia, nueve de los cuales los pasó incomunicado.
Apenas el régimen comunista llegó a Saigón se lo acusó de que su nombramiento
formaba parte de un “complot entre el Vaticano y los imperialistas”. Después de tres meses de
escaramuzas y tensiones, fue convocado al palacio presidencial, de donde salió con las manos
esposadas. Eran las dos de la tarde del 15 de agosto de 1975: vestía la sotana y tenía un rosario
en el bolsillo. A pesar de la situación de extrema precariedad en que se encontró, no se dejó
vencer por la resignación ni el desaliento. Es más, trató de vivir la prisión “colmándola de
amor”, como contaría más tarde. Fue así como, en octubre de 1975, comenzó a redactar una
serie de mensajes para la comunidad cristiana, gracias a un católico muy joven, niño de 7 años,
Quang, que a su pedido le llevaba a escondidas recortes de papel. El obispo se los devolvía
escritos y en casa los hermanos y hermanas se encargaban de copiar y distribuir. De estos breves
mensajes nació un libro, “El camino de la esperanza”. Algo semejante ocurrió en 1980, cuando
vivió en reclusión domiciliaria en la residencia obligatoria en Giangxá: siempre de noche, y en
secreto, escribió “La esperanza no defrauda”, y luego un tercer libro: “Los peregrinos del
camino de la esperanza”.
Más adelante le tocó vivir momentos dramáticos, como un viaje en barco con 1.500
prisioneros famélicos y desesperados. Por el testimonio eficaz en toda situación, desde
entonces quedaría incomunicado y vigilado día y noche por dos guardias. Juntando cualquier
trozo de papel que llegara a sus manos, se creó una minúscula Biblia personal, en la que
transcribió más de 300 frases del Evangelio que recordaba de memoria. Fue su tesoro más
preciado. Pero el momento central de su jornada era la celebración de la eucaristía: con tres
gotas de vino y una de agua en la palma de la mano... Antes de ese período de aislamiento,
aunque estuviese bajo arresto, había logrado crear pequeñas comunidades cristianas que se

3
encontraban para orar y celebrar la eucaristía y, cuando era posible, organizar noches de
adoración ante el Santísimo, guardado en el papel de los envoltorios de los cigarrillos.
Su insólita actitud de respeto y atención ante los guardias encargados de controlarlo
creó con ellos una relación tal que llegaron a pedirle lecciones de idiomas extranjeros. Cuando
más tarde, en la cárcel de Vinh Quang, quiso recortar una madera en forma de cruz, el guardia
asumió el grave riesgo de concedérselo. En otra cárcel, siempre por su actitud de amor, obtuvo
que le permitieran hacerse una cadenita para el crucifijo con trozos de cable, y ponérsela al
cuello bajo la ropa. Esa cruz fue la que siguió llevando una vez nombrado cardenal.
La libertad llegó de improviso. Cuando el ministro del Interior le preguntó si quería
expresar algún deseo, contestó: “Ya he estado preso el tiempo suficiente, bajo tres pontífices,
Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, y bajo cuatro secretarios generales del partido comunista
soviético, Breznev, Andropov, Chernenko y Gorbachov. Déjenme libre ya mismo”. Salió el 21
de noviembre de 1988. Llegaron entonces los años de libertad en Occidente, pero exiliado de
su país. En el Vaticano se advirtió enseguida su presencia, tan discreta como evidente.
En 1992 era nombrado miembro de la Comisión católica internacional para las
migraciones. En 1992 se lo designaba vicepresidente del Consejo Pontificio de Justicia y Paz,
del cual fue presidente a partir de 1998. Fue nombrado Cardenal en el Consistorio del 21 de
febrero de 2001, fue miembro de otras congregaciones y consejos.
En el 2000 llega un momento conmovedor, llamado a predicar los ejercicios espirituales
de Cuaresma a Juan Pablo II y la curia romana, el Papa, que lo había invitado a dar su
testimonio, al concluir comentó: “Él mismo ha sido testigo de la cruz en los largos años de
cárcel en Vietnam, nos ha contado frecuentemente hechos y episodios de su sufrido
encarcelamiento. Nos ha confirmado en la certeza de que, cuando todo se derrumba a nuestro
alrededor, y quizás también dentro de nosotros, Cristo sigue siendo indefectiblemente nuestro
sostén”.
En junio de 2002, a primeros de mes, su salud empeora y recibe tratamiento en el
Hospital Gemelli. Posteriormente, es trasladado al Hospital Pío XI para ulterior tratamiento. El
16 de septiembre de 2002, tras años de sufrir un fuerte cáncer, François Xavier Nguyen Van
Thuan dio su paso definitivo a la vida eterna, al gozo de la luz eterna y retornó a la casa del
padre.
El 8 de abril de 2007: Mons. Giampaolo Crepaldi, secretario del Pontificio Consejo
para la Justicia y Paz, anuncia la apertura de la causa de beatificación del cardenal François-
Xavier Nguyên Văn Thuận.
El 8 de junio de 2012: el cuerpo del Siervo de Dios Cardenal Van Thuân (que se
encontraba en el Cementerio de Verano) es trasladado y enterrado en la iglesia de Santa Maria
da Scala, en Roma.
El 4 de mayo de 2017: El Papa Francisco firma el Decreto sobre el reconocimiento de
las virtudes heroicas del cardenal Van Thuân, que fue declarado venerable.
El 23 Mayo 2023: el Papa Francisco crea la Fundación Van Thuân ante la supresión de
la “Fundación El Buen Samaritano” y de la “Fundación Justicia y Paz”.

4
II. LA ESPIRITUALIDAD DE LA ESPERANZA DEL CARDENAL VAN THUAN
“Un punto sigue a otro punto y miles de puntos forman una línea. Un minuto sigue a
otro minuto y millones de ellos forma una vida. Dibuja cuidadosamente cada punto y la línea
será hermosa. Vive con perfección cada minuto y tu vida será Santa. El camino de la esperanza
está formado por cada uno de tus pasos. Es esperando cada minuto como la esperanza se hace
una vida”1.
Van Thuan presenta la esperanza como un componente fundamental de la vida humana,
que surge del encuentro con Cristo y se manifiesta en la acción y la oración perseverante.
Destaca la importancia de cada momento en la construcción de una vida plena y santa
y enfatiza que vivir con perfección cada minuto es esencial para que la esperanza se haga
realidad en la vida de cada individuo. “El cristiano es la luz que brilla en las tinieblas, la sal de
la vida en medio de la descomposición del mundo, la esperanza en el seno de una humanidad
desesperada”2. Esta visión de la esperanza como un proceso continuo, formado por cada paso
dado en el camino de la vida, establece una conexión directa entre la fe cristiana y la experiencia
diaria de cada persona.
Recurre continuamente a pasajes bíblicos y a las enseñanzas de San Pablo para ilustrar
la naturaleza y el significado de la esperanza en el contexto cristiano, destacando la importancia
de ser testigos de la esperanza en un mundo marcado por la desesperación y la falta de sentido.
Insta a los cristianos a no vivir como los que carecen de esperanza, sino a mantener viva la
llama de la esperanza incluso en medio de las dificultades. “Los cristianos son los que
aguardan, en esperanza, que venga el Señor. Muchos cristianos dejan al Señor el cuidado de
rescatar al mundo. Olvidan que El les ha confiado esta tarea para que ellos colaboren en ella”3.
En los Ejercicios dictados en Roma, en su inicio, el cardenal reflexiona sobre el misterio
de la esperanza, destacando su importancia como desafío ante el nuevo milenio. Se presenta a
sí mismo como un testigo de la esperanza, agradeciendo al Papa Juan Pablo II por guiar a la
Iglesia en este camino, “atravesando junto a los hermanos de las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales la Puerta Santa, el umbral del futuro, ha manifestado que toda la humanidad continúa
su peregrinación al encuentro de Jesús, que es la única esperanza”4.
Inspirado en una antigua tradición asiática que relata la redacción anual de la historia
del reino (imperial), donde se contrastan los aspectos positivos y negativos, Van Thuan nos
invita a enfrentar la realidad con valentía y esperanza.
La metáfora del balance anual nos lleva a considerar la necesidad de examinar nuestra
vida personal y comunitaria con honestidad y sinceridad. En este sentido, la Iglesia, como
cuerpo de creyentes, se encuentra en constante búsqueda de la verdad y la conversión. Este
llamado a la conversión se fundamenta en la solicitud del Señor mismo, quien nos insta a rendir
cuentas de nuestra administración y a abandonar las falsas esperanzas para poner nuestra

1
F., Van Thuan, Mil y un pasos en camino de la Esperanza, 36.
2
Ibid., 36, 950.
3
Ibid., 36, 952-953.
4
F., Van Thuan, Testigos de Esperanza, 8.

5
confianza en Cristo. Por tanto, “estamos invitados a ser buscadores y testigos de la verdad en
la esperanza, ante el Señor y ante el mundo, por el bien de la Iglesia”5.
A través de su propia experiencia, el cardenal comparte sus luchas y miedos, revelando
cómo el temor a las exigencias del Evangelio y a la santidad misma ha sido una constante en
su vida. Sin embargo, reconoce que el camino hacia la santidad es inseparable del encuentro
personal con Cristo y de la aceptación de su voluntad, incluso en medio de las pruebas y
sufrimientos.
“¿Con qué finalidad he venido aquí en estos días? La respuesta es sencilla: he venido
para nuestra santificación, que es lo más urgente que el Señor nos pide a los sacerdotes para el
nuevo milenio: “La voluntad de Dios es que sean santos” (1 Tes 4, 3). Como saben, la carta de
la que está tomada esta frase, dirigida a los cristianos de Tesalónica, es el escrito cristiano más
antiguo. El apóstol Pablo quiso decir desde el principio lo más importante y necesario, y sigue
repitiéndolo hoy. ¿Cómo voy a articular este encuentro con ustedes?
Quisiera meditar con ustedes sobre los gozos de los testigos de la esperanza”6.
A. La esperanza como espiritualidad en su pensamiento.
La espiritualidad de la esperanza en Van Thuan se manifiesta a través de una profunda
reflexión sobre la condición humana en el mundo contemporáneo, así como en una visión
esperanzadora del papel de la Iglesia y del individuo en medio de las luces y sombras de la
realidad actual. Encuentra esperanza en la figura de Jesucristo y en la misión de la Iglesia.
Destaca la necesidad de una renovación espiritual profunda, impulsada por la gracia de un
nuevo Pentecostés. Sueña con una Iglesia que sea puerta abierta para todos, comprometida con
la justicia social y la solidaridad, y que lleve el mensaje de esperanza y amor a todos los
rincones del mundo.
Así lo dice él: “Sueño con una Iglesia que es testigo de esperanza y de amor, con hechos
concretos, como cuando se ve al Papa abrazar a todos: ortodoxos, anglicanos, calvinistas,
luteranos... en la gracia de Jesucristo, en el amor del Padre y en la comunión del Espíritu,
vividos en la oración y en la unidad ¡Qué alegría, qué esperanza!”7.
La figura del patriarca Abraham, es de crucial importancia en la comprensión del
significado que da el cardenal a la esperanza, él, ante la llamada del Señor, elige a Dios sin
titubeos, confiando en sus promesas incluso en medio de la incertidumbre. Esta elección radical
de Dios sobre cualquier otra cosa se convierte en el fundamento de la vida cristiana, como lo
demuestra la experiencia personal de Van Thuan durante su aislamiento en prisión. Allí,
confrontado con la posible pérdida de todas sus obras pastorales, una voz interior le recuerda
la distinción crucial entre Dios y las obras de Dios, llevándolo a una paz renovada basada en la
confianza absoluta en el Señor.
Esta elección de Dios sobre las obras de Dios se manifiesta en la vida cotidiana a través
de una continua conversión y renovación del "fiat", como el ejemplo de María, quien
constantemente renueva su aceptación del plan divino.

5
Ibid., 14.
6
F., Van Thuan, El Gozo de la Esperanza, 7.
7
F., Van Thuan, Testigos de Esperanza, 21.

6
“María eligió a Dios, abandonando sus proyectos, sin comprender plenamente el
misterio que se estaba realizando en su cuerpo y en su destino. Desde ese momento su vida es
un fiat siempre renovado, hasta la cueva de Belén, hasta el exilio a Egipto, hasta el taller de
carpintero en Nazaret, hasta el Calvario. Cada vez se actualiza una misma elección: «Dios, y
no las obras de Dios». Y justamente así, María ve cumplirse todas las promesas: ve resucitar al
Hijo que ha llevado exangüe entre sus brazos; ve recomponerse el grupo de discípulos y llevar
el anuncio del Evangelio a todas las naciones; ve que es proclamada bienaventurada y «Madre
de Dios» por todas las generaciones, ella que, al pie de la cruz, vio que le cambiaban a su Hijo
divino por uno de nosotros, un simple hombre”8.
Esta espiritualidad de la esperanza en Van Thuan se fundamenta en la importancia del
momento presente como el lugar donde comienza la aventura de la esperanza. Para él, el
presente es el único tiempo que poseemos realmente en nuestras manos, mientras que el pasado
ya ha pasado y el futuro es incierto. “En el ritmo frenético de nuestra época, es necesario
detenerse en el momento presente como única ocasión para «vivir» de verdad e introducir desde
ahora nuestra vida terrena en el curso de la vida eterna”9.
B. La palabra de Dios, fuente de esperanza.
Para Van Thuan, es importante llevar siempre consigo el Evangelio. La Palabra de Dios
se convierte en una luz que guía y fortalece en momentos difíciles, como la cárcel, esta
experiencia en la prisión le lleva a reconstruir un vademécum de más de 300 frases de la
Sagrada Escritura, que se convierte en su fuente diaria de fortaleza y alimento espiritual.
“Las palabras de Jesús poseen una densidad y una profundidad que las demás palabras
no tienen, sean de filósofos, de políticos o de poetas. Las palabras de Jesús son, como a menudo
se definen en el Nuevo Testamento, espíritu y vida. Contienen, expresan, comunican una vida,
la plenitud de la vida. Me gusta mucho lo que narra el capítulo sexto del Evangelio de san Juan.
Con la revelación del pan de vida, el camino se hace duro, y desde aquel momento muchos de
sus discípulos abandonan a Jesús. Entonces él pregunta a los Doce: «¿También vosotros queréis
marcharos?». Y Pedro le responde: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida
eterna» (cf. Jn 6, 67-68). Toda la fuerza y la fragilidad de nuestra esperanza dependen de estas
palabras.”10
Para él, la importancia de acoger y vivir la Palabra de Dios se destaca como un mandato
fundamental para los creyentes. No basta con simplemente escucharla, sino que se debe
obedecer y aplicar en la vida diaria. La verdadera escucha de la Palabra se traduce en una
transformación de vida, donde la Palabra de Dios informa todas las acciones y decisiones.
Para Van Thuan, es una necesidad el poder compartir la Palabra de Dios con los demás,
no solo en forma de enseñanza, sino también a través de testimonio vivo. La Palabra de Dios
sembrada en la vida del creyente debe dar frutos que puedan ser compartidos con otros,
extendiendo así el Reino de Dios.
Cuenta el cardenal esta cortísima anécdota, sobre lo que significa la Palabra en su
experiencia de vida: “Cuando el Santo Padre atravesó la Puerta Santa únicamente con el

8
Ibid., 23.
9
Ibid., 26.
10
Ibid., 30.

7
Evangelio, se me dio una gran lección: he ahí el camino, he ahí la imagen de la Curia Romana
para el tercer milenio: una Iglesia que acoge, vive, comparte y anuncia el Evangelio de la
esperanza”11.
La vivencia del abandono, tanto por parte de los hombres como en la sensación de
separación de Dios, es una experiencia común a la humanidad. Van Thuan nos recuerda que
estos momentos de abandono son parte de la condición humana, donde nos enfrentamos a la
insuficiencia de nuestras fuerzas y la soledad ante misiones que parecen abrumadoras. Sin
embargo, a pesar de estas pruebas, el testimonio del Cardenal nos lleva a descubrir que el Padre
siempre está presente, incluso cuando su presencia parece oculta.
C. En Cristo está puesta toda esperanza.
“«En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon. Pero el
Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el
mensaje» (2 Tm 4, 16-17).
En estas palabras de Pablo se refleja mi experiencia durante los duros años de
cautiverio. No es que mis fieles y mis sacerdotes me hubieran abandonado, pero nadie podía
hacer nada por mí. Me quedé completamente aislado y experimenté el abandono. Pero «el
Señor me asistió»; así que el Padre, incluso cuando se oculta, no nos abandona”12.
Van Thuan destaca en su pensamiento, la importancia de conocer a Cristo en
profundidad, superando las limitaciones de comprensión que podrían surgir al intentar describir
sus cualidades divinas. A través de una peculiar enumeración de "defectos" de Jesús, el cardenal
invita a una reflexión sobre la naturaleza divina del amor, que trasciende la lógica humana y se
manifiesta en la acogida de los pecadores, la misericordia y el desinterés por las posesiones
materiales. Esta visión novedosa de la figura de Jesús como el amante sin condiciones revela
una teología de la esperanza fundamentada en la confianza en el amor incondicional de Dios.
“Un menú dulce: los defectos de Jesús.
(14 estaciones de un vía crucis que me lleva a la esperanza)
1. Jesús no tiene buena memoria;
2. Jesús no sabe matemáticas;
3. Jesús no sabe lógica;
4. Jesús parece ser un aventurero;
5. Jesús no sabe de economía y finanzas;
6. Jesús es amigo de publicanos y pecadores;
7. Jesús es un comilón y un bebedor;
8. Jesús parece loco;
9. A Jesús le gustan los números pequeños;
10. Jesús es un continuo fracaso;
11. Jesús es un profesor que ha revelado el tema del examen final;
12. Jesús confía demasiado en los demás;
13. Jesús es muy imprudente;
14. Jesús es pobre.
11
Ibid., 33.
12
Ibid., 43.

8
¡Jesús tiene estos defectos porque es Amor!”13.
a. La Cruz de Cristo
La crucifixión de Jesús se convierte en el paradigma máximo de la espera. En su grito
de "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", vemos la plenitud del sufrimiento
humano y la aparente ausencia de Dios. Pero incluso en este momento de aparente abandono,
encontramos la máxima expresión de amor: Jesús se entrega por completo al Padre, confiando
en su voluntad divina. “En la cruz, Jesús es absolutamente pobre. A Jesús crucificado le pedirás
sólo una cosa: el amor con sufrimiento y una esperanza que no desfallezca”14.
La vivencia del abandono, tanto por parte de los hombres como en la sensación de
separación de Dios, es una experiencia común a la humanidad. Van Thuan nos recuerda que
estos momentos de abandono son parte de la condición humana, donde nos enfrentamos a la
insuficiencia de nuestras fuerzas y la soledad ante misiones que parecen abrumadoras. Sin
embargo, a pesar de estas pruebas, su testimonio nos lleva a descubrir que el Padre siempre
está presente, incluso cuando su presencia parece oculta.
Este misterio de la cruz nos lleva a comprender que el sufrimiento no es en vano. A
través del sacrificio de Cristo, se abre la posibilidad de una nueva vida, de una reconciliación
con Dios. Es en la unión con el sufrimiento de Cristo que encontramos consuelo y esperanza
para nuestras propias tribulaciones. El misterio de la cruz, “Es la ley del Evangelio: «Si el grano
de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). Y
es la ley que Jesús vivió en primera persona: su muerte fue real, pero aún más real es la vida
en abundancia que brotó de aquella muerte”15.
b. Vida de esperanza.
“Cree en una única fuerza: la Eucaristía, el cuerpo y la sangre de Cristo que te darán la
vida: «...Para que el mundo tenga vida y la tenga en abundancia». El maná alimentó al pueblo
judío en el camino a la tierra prometida. La Eucaristía te alimentará en el Camino de la
Esperanza”16.
La esperanza está arraigada en la Eucaristía. Ella, es el "pan de vida" que alimenta y
sostiene a los creyentes. En tiempos de persecución y encarcelamiento, la Eucaristía se
convierte en un ancla de esperanza, recordando a los fieles la presencia viva de Cristo entre
ellos. La celebración clandestina de la Eucaristía en campos de concentración muestra cómo,
incluso en la oscuridad y el sufrimiento, la fe en la presencia real de Cristo persiste como una
fuente de fuerza y consuelo.
“Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día
siguiente me permitieron escribir a los míos para pedir lo más necesario: ropa, pasta de
dientes... Les puse: «Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de
estómago». Los fieles comprendieron enseguida.

13
F., Van Thuan, El Gozo de la Esperanza, 11.
14
F:, Van Thuan, Mil y un pasos en camino de la Esperanza, 36, 956.
15
F., Van Thuan, Testigos de Esperanza, 43-44.
16
F., Van Thuan, Mil y un pasos en camino de la Esperanza, 36, 983.

9
Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: «medicina contra el dolor
de estómago», y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.
La policía me preguntó:
-¿Le duele el estómago?
-Sí.
-Aquí tiene una medicina para usted.
Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota
de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era
la verdadera medicina del alma y del cuerpo: «Medicina de inmortalidad, remedio para no
morir, sino para vivir siempre en Jesucristo», como dice Ignacio de Antioquía.
A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de
beber con él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración,
confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús
y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi
vida!”17.
La idea de que la Iglesia es la fuente de esperanza para los creyentes es central en la
comprensión de esta espiritualidad. A través de su reflexión, el obispo expresa su profundo
amor y devoción por la Iglesia como comunidad de fe, comunión y misión. Van Thuan describe
la catolicidad de la Iglesia como un misterio de comunión que trasciende fronteras geográficas
y culturales, uniendo a los fieles en todo el mundo alrededor de la Eucaristía y el amor mutuo.
“Veo dilatarse los espacios de esta capilla y siento palpitar la Iglesia en los puntos más diversos
de la tierra. La siento vivir en torno a los sagrarios de aldeas perdidas de la Amazonia y del
África ecuatorial, donde, alrededor de Jesús Eucaristía, vive su Cuerpo místico. La siento
palpitar en el corazón de las grandes metrópolis de Estados Unidos y de Europa: bastan pocos
fieles unidos en la fe y en el amor mutuo para hacer presente y viva la Iglesia”18.
De su vivencia de la Eucaristía, el testimonio de Van Thuan es abundante y
esperanzador. “Cuando celebraba misa y daba la comunión, enjuagábamos el papel de los
paquetes de cigarrillos de los prisioneros y, con arroz, los pegábamos para hacer un saquito y
meter en él al Santísimo.
Todos los viernes teníamos una sesión de adoctrinamiento sobre marxismo, a la cual
debían asistir todos los prisioneros. Le seguía un breve descanso, durante el cual los cinco
católicos llevaban al Santísimo a otros grupos. Yo también lo llevaba en un saquito en el
bolsillo, y la presencia de Jesús me ayudaba a ser valiente, generoso, amable y a testimoniar la
fe y el amor a los demás… Así es como fuimos testigos en la cárcel. La semilla había sido
enterrada. ¿Cómo germinaría? No lo sabíamos. Pero poco a poco, uno tras otro, los budistas y
los de otras religiones que a veces son fundamentalistas y muy hostiles a los católicos,
expresaban su deseo de hacerse católicos. Entonces, en los momentos libres, enseñaba
catecismo, y bauticé y fui padrino”19.

17
Ibid., 61-62.
18
Ibid., 69.
19
F., Van Thuan, El Gozo de la Esperanza, 13.

10
Para Van Thuan, la verdadera esperanza solo se encuentra en Cristo y en su mensaje de
vida abundante y eterna. A través de una vida arraigada en la fe y la oración, los cristianos
pueden mantener viva la esperanza y ser agentes de transformación en el mundo. Para él, “el
hombre que espera es un hombre que ora. El objeto de su oración es también el de la esperanza.
El que espera es un colaborador de Dios. El Señor espera de nosotros que terminemos su obra:
la creación y la redención”20.
c. Gozo y Esperanza
La espiritualidad de la esperanza vista a través del relato de los discípulos de Emaús,
nos sumerge en una profunda reflexión sobre el sentido de la tristeza y la transformación que
la esperanza puede traer. En este viaje, los dos discípulos caminan desanimados y
desilusionados, reflejando el sentir de una Iglesia que también puede experimentar fatiga y
desaliento ante las dificultades del mundo contemporáneo. Sin embargo, la presencia de Jesús,
aunque inicialmente no reconocida, trae consigo una revelación crucial: la comprensión del
misterio de la cruz y la resurrección como clave para interpretar las Escrituras y la vida de la
Iglesia. Aquí radica la base fundamental de la esperanza cristiana: en la muerte y resurrección
de Cristo, que no solo ofrece redención, sino también un modelo para comprender y enfrentar
el sufrimiento humano.
“El episodio de Emaús nos recuerda a todos nosotros una realidad alegre de la
experiencia cristiana: la presencia perenne, en la Iglesia, de Cristo Resucitado. Presencia viva
y real, en la Palabra, en los sacramentos, en la Eucaristía. Pero también en las personas y entre
las personas, en los ministros de la Iglesia, en los pobres, en cada hermano”21.
La esperanza cristiana, según el relato de los discípulos de Emaús, es una esperanza
que trasciende las circunstancias presentes y se arraiga en la promesa de la resurrección y la
comunión eterna con Dios. Esta esperanza es una fuente de alegría inquebrantable, incluso en
medio del sufrimiento y la adversidad, porque está fundamentada en la fidelidad de Dios y en
su promesa de vida eterna.
“Nuestra esperanza es Jesús, el único Salvador, que nos espera en la alegría eterna del
banquete, en el que también el pobre Lázaro está en el seno de Abrahán. Día tras día avanzamos
por el camino, sembramos las semillas de esperanza para una nueva primavera de la Iglesia
una, santa, católica, apostólica y gozosa”22.
III. LA ESPERANZA, CAMINO HACIA DIOS
El cardenal Nguyen Van Thuan ofrece una guía práctica para vivir una vida centrada en
la esperanza, basada en principios cristianos arraigados en la caridad, la oración y la entrega a
Dios. Destaca la importancia de la caridad como el distintivo del discípulo de Cristo, que
trasciende las barreras lingüísticas y culturales para unificar a la humanidad en el amor.
Propone normas simples pero poderosas para cultivar la esperanza en la vida diaria. Desde
comprometerse en la misión de hacer felices a todos los hombres hasta mantener una línea de
conducta de entrega total por los demás, Van Thuan destaca la importancia de vivir el Evangelio
en todas las situaciones.

20
F., Van Thuan, Mil y un pasos en camino de la Esperanza, 36, 964.
21
F., Van Thuan, Testigos de Esperanza, 102.
22
Ibid., 103.

11
“Observa una sola regla: el Evangelio. Es una ‘constitución’ que es necesario observar
por encima de todas las demás. Es la que el Señor dejó a los apóstoles. No tiene ninguna, de
las dificultades, de las complejidades y obligaciones que tienen las otras constituciones. Al
contrario, es viva, humana e incita a la generosidad. Fuera del Evangelio, sólo hay santos
inauténticos”23.
La caridad, la oración y la fidelidad al Evangelio emergen como pilares fundamentales
en el camino hacia la esperanza. Van Thuan enfatiza la necesidad de consagrar tiempo a la
oración diaria y a la contemplación de la cruz de Cristo como fuente de paz y sabiduría.
Además, insta a mantenerse unidos a Cristo y a la Iglesia, buscando la voluntad del Padre en
cada momento y en cada acción.
Hace especial énfasis en la importancia de vivir en el presente, aprovechando cada
minuto para manifestar el amor de Dios al mundo. Para él, la verdadera recompensa de una
vida centrada en la esperanza es la comunión con el Señor, como lo expresó Santo Tomás de
Aquino al desear solo a Dios como su recompensa.
“Una sola recompensa: el Señor. Dios, se dice, preguntó a Santo Tomás de Aquino:
-«Has escrito cosas muy exactas acerca de mí, ¿qué deseas como recompensa?”
-¡Señor, yo solo te quiero a Ti»”24.

23
F., Van Thuan, Mil y un pasos en camino de la Esperanza, 36, 986.
24
Ibid., 1001.

12
ANEXO
A. HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE EL FUNERAL
DEL CARDENAL FRANÇOIS-XAVIER NGUYÊN VAN THUÂN
Viernes 20 de septiembre de 2002
1. "Su esperanza estaba llena de inmortalidad" (Sb 3, 4).
Estas consoladoras palabras del libro de la Sabiduría nos invitan a elevar, a la luz de la
esperanza, nuestra oración de sufragio por el alma elegida del llorado cardenal François-Xavier
Nguyên Van Thuân, que puso toda su vida precisamente bajo el signo de la esperanza.
Ciertamente, su muerte entristece a cuantos lo han conocido y amado: a sus familiares,
en particular a su madre, a la que renuevo la expresión de mi afectuosa cercanía. Pienso también
en la amada Iglesia que está en Vietnam, que lo engendró a la fe; y pienso también en todo el
pueblo vietnamita, al que el venerado cardenal recordó expresamente en su testamento
espiritual, afirmando que lo amó siempre. Siente la muerte del cardenal Nguyên Van Thuân la
Santa Sede, a cuyo servicio dedicó sus últimos años, primero como vicepresidente y después
como presidente del Consejo pontificio Justicia y paz.
A todos, también en este momento, parece dirigir con afecto persuasivo la invitación a
la esperanza. Cuando, en el año 2000, le pedí que predicara las meditaciones para los ejercicios
espirituales de la Curia romana, eligió como tema: "Testigos de la esperanza". Ahora que el
Señor lo ha probado "como oro en el crisol" y lo ha aceptado "como holocausto", podemos
decir con verdad que "su esperanza estaba llena de inmortalidad" (cf. Sb 3, 4. 6). Estaba llena
de Cristo, vida y resurrección de cuantos confían en él.
2. ¡Espera en Dios! Con esta invitación a confiar en el Señor el querido purpurado inició
las meditaciones de los ejercicios espirituales. Sus exhortaciones se me han quedado grabadas
en la memoria por la profundidad de las reflexiones, enriquecidas por continuos recuerdos
personales, en gran parte relativos a los trece años pasados en la cárcel. Contaba que
precisamente en la cárcel había comprendido que el fundamento de la vida cristiana consiste
en "elegir a Dios solo", abandonándose totalmente en sus manos paternales.
Estamos llamados —afirmaba a la luz de su experiencia personal— a anunciar a todos
el "evangelio de la esperanza"; y precisaba: sólo con el radicalismo del sacrificio se puede
cumplir esta vocación, aun en medio de las pruebas más duras. "Valorar todo dolor —decía—
como uno de los innumerables rostros de Jesús crucificado y unirlo al suyo, significa entrar en
su misma dinámica de dolor-amor; significa participar de su luz, de su fuerza y de su paz;
significa volver a encontrar en nosotros una presencia nueva y más plena de Dios" (Testigos de
esperanza, Roma 2001, p. 124).
3. Podríamos preguntarnos de dónde sacaba la paciencia y la valentía que lo
caracterizaron siempre. A este propósito, explicaba que su vocación sacerdotal estaba vinculada
de modo misterioso, pero real, a la sangre de los mártires caídos durante el siglo pasado
mientras anunciaban el Evangelio en Vietnam. "Los mártires —decía— nos han enseñado a
decir sí: un sí sin condiciones ni límites al amor del Señor; pero también un no a los halagos,
a las componendas y a la injusticia, aunque fuera con la finalidad de salvar la propia vida" (ib.,
pp. 139-140). Y añadía que no se trataba de heroísmo, sino de fidelidad madurada

13
contemplando a Jesús, modelo de todo testigo y de todo mártir. Una herencia que hay que
acoger cada día en una vida llena de amor y mansedumbre.
4. Al despedir a este heroico heraldo del Evangelio de Cristo, damos gracias al Señor
por habernos concedido en él un ejemplo luminoso de coherencia cristiana hasta el martirio.
Afirmó de sí con impresionante sencillez: "En el abismo de mis sufrimientos (...) jamás he
dejado de amar a todos; no he excluido a nadie de mi corazón" (ib., p. 124).
Su secreto era una inquebrantable confianza en Dios, alimentada con la oración y el
sufrimiento aceptado con amor. En la cárcel celebraba cada día la Eucaristía con tres gotas de
vino y una gota de agua en la palma de la mano. Este era su altar, su catedral. El cuerpo de
Cristo era su "medicina". Contaba con emoción: "Todos los días tenía la oportunidad de
extender mis manos y clavarme en la cruz con Cristo, de beber con él el cáliz más amargo.
Todos los días, al pronunciar las palabras de la consagración, confirmaba con todo mi corazón
y con toda mi alma una nueva alianza, una alianza eterna entre Jesús y yo, mediante su sangre
mezclada con la mía" (ib., p. 168).
5. "Mihi vivere Christus est" (Flp 1, 21). Fiel hasta la muerte, el cardenal Nguyên Van
Thuân hizo suya la expresión del apóstol san Pablo que acabamos de escuchar. Conservó la
serenidad e incluso la alegría también durante su larga y sufrida hospitalización. En los últimos
días, cuando ya no podía hablar, permanecía con la mirada fija en el crucifijo, que tenía delante
él. Rezaba en silencio, mientras culminaba su extremo sacrificio como coronamiento de una
existencia marcada por su heroica configuración con Cristo en la cruz. Se le aplican bien las
palabras pronunciadas por Jesús en vísperas de su Pascua: "Si el grano de trigo no cae en tierra
y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24).
Sólo con el sacrificio de sí mismo el cristiano contribuye a la salvación del mundo. Así
sucedió con nuestro venerado hermano cardenal. Nos deja, pero queda su ejemplo. La fe nos
asegura que no ha muerto, sino que ha entrado en el día eterno que no conoce ocaso.
6. "Santa María..., ruega por nosotros..., ahora y en la hora de nuestra muerte". En la
cárcel, cuando le era imposible rezar, recurría a María: "Madre, tú ves que estoy extenuado,
que no logro rezar ninguna oración. Entonces, ... poniendo todo en tus manos, repetiré
sencillamente: "Ave María"" (Testigos de esperanza, p. 253).
En su testamento espiritual, después de pedir perdón, el cardenal asegura que seguirá
amando a todos. "Parto serenamente —afirma—, y no tengo odio hacia nadie. Ofrezco todos
los sufrimientos que he soportado a María Inmaculada y a san José".
El testamento termina con una triple recomendación: "Amad a la Virgen santísima y
confiad en san José, sed fieles a la Iglesia, estad unidos y sed caritativos con todos". Aquí está,
en síntesis, su misma existencia.
Que Dios lo acoja ahora, junto a José y a María, para que contemple en la gloria del
paraíso el rostro glorioso de Cristo, a quien en la tierra buscó ardientemente como su única
esperanza. Amén.

14
B. ESCRITOS
- Mil y Un Pasos en el Camino de la Esperanza.
- Cinco panes y dos peces. Testimonio de fe de un obispo vietnamita en la cárcel.
- Testigos de Esperanza.
- Vivir las virtudes, a la luz de la Escritura y del Concilio Vaticano II.
- El Gozo de la Esperanza.
- Espera en Dios.

15
CONCLUSIÓN
Las enseñanzas del cardenal Nguyen Van Thuan sobre la esperanza son profundas y
llenas de sabiduría, y ofrecen valiosas lecciones para todos los que buscan cultivar esta virtud
en sus vidas. A través de su testimonio de vida y sus escritos, Van Thuan nos ofrece varias
conclusiones significativas:
1. La esperanza trasciende las circunstancias: Van Thuan nos enseña que la
verdadera esperanza no se basa en las condiciones externas, sino en una relación
personal con Dios. A pesar de enfrentar circunstancias extremadamente difíciles
durante su tiempo en prisión, él mantuvo viva la esperanza a través de su fe
inquebrantable en la bondad y la fidelidad de Dios.
2. La esperanza es una virtud activa: Para Van Thuan, la esperanza no es simplemente
una actitud pasiva de optimismo, sino una virtud activa que requiere un compromiso
constante y una disposición para seguir adelante incluso en los momentos más
oscuros. Él nos desafía a buscar la esperanza a través del servicio a los demás y el
compromiso con nuestra fe, incluso cuando todo parece perdido.
3. La confianza en la providencia divina es fundamental: A lo largo de su cautiverio,
Van Thuan confió en la providencia divina y encontró consuelo en la creencia de
que Dios estaba obrando en su vida de maneras misteriosas pero significativas. Su
confianza en el plan de Dios para su vida le dio la fuerza para seguir adelante incluso
en medio de la incertidumbre.
4. La esperanza está arraigada en la oración y la comunión con Dios: Van Thuan
nos recuerda que la oración es fundamental para cultivar la esperanza en nuestras
vidas. Durante su tiempo en prisión, encontró consuelo y fuerza en la oración y la
comunión espiritual con Dios. Nos desafía a dedicar tiempo a la oración diaria y a
confiar en que Dios escucha nuestras súplicas y nos sostiene en nuestros momentos
de necesidad.
En conclusión, las enseñanzas del cardenal Nguyen Van Thuan sobre la esperanza son
un testimonio inspirador de la capacidad humana para encontrar luz en medio de la oscuridad
y esperanza en medio de la desesperación. Su vida nos desafía a cultivar una fe profunda en
Dios, a comprometernos activamente con nuestra fe y a confiar en la providencia divina en
todas las circunstancias. En un mundo lleno de desafíos y dificultades, su ejemplo sigue siendo
una fuente de inspiración y fortaleza para todos los que buscan mantener viva la llama de la
esperanza en sus vidas.

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BIBLIOGRAFÍA
- WEB CATÓLICO DE JAVIER, FRANÇOIS XAVIER NGUYEN VAN THUAN, Biografía,
https://webcatolicodejavier.org/FrancoisXavierNguyenVanThuan.html#Indice
- VAN THUAN, F., Mil y un pasos en camino de la Esperanza, versión digital.
- VAN THUAN, F., Testigos deEesperanza, 15° ed., Madrid 2021.
- VAN THUAN, F., El Gozo de la Esperanza, 6° imp., Madrid 2023.
- La Santa Sede, Homilía del Santo Padre Juan Pablo II durante el funeral del cardenal
François-Xavier Nguyên Van Thuân, viernes 20 de septiembre de 2002, Ciudad del
vaticano 2002.

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