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Fábulas de Esopo para Niños

El cuento trata sobre un niño goloso que se atrapa la mano dentro de un tarro de caramelos mientras intenta comérselos todos. Un amigo le aconseja soltar parte de los dulces para poder sacar la mano. El niño sigue el consejo y logra liberarse.

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Temas abordados

  • adaptación,
  • sabiduría popular,
  • ayuda,
  • interacción,
  • deseo,
  • conflicto,
  • consecuencias,
  • niñez,
  • empatía,
  • estrategia
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Fábulas de Esopo para Niños

El cuento trata sobre un niño goloso que se atrapa la mano dentro de un tarro de caramelos mientras intenta comérselos todos. Un amigo le aconseja soltar parte de los dulces para poder sacar la mano. El niño sigue el consejo y logra liberarse.

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  • estrategia

Cuento El niño y los dulces: adaptación de la fábula de Esopo.

Había un niño muy goloso que siempre estaba deseando comer dulces. Su madre guardaba
un recipiente repleto de caramelos en lo alto de una estantería de la cocina y de vez en
cuando le daba uno, pero los dosificaba porque sabía que no eran muy saludables para sus
dientes.

El niño se moría de ganas de hacerse con el recipiente, así que un día que su mamá no
estaba en casa, arrimó una silla a la pared y se subió a ella para intentar alcanzarlo. Se
puso de puntillas y manteniendo el equilibrio sobre los dedos de los pies, agarró el tarro de
dulces que tanto ansiaba.

¡Objetivo conseguido! Bajó con mucho cuidado y se relamió pensando en lo ricos que
estarían deshaciéndose en su boca. Colocó el tarro sobre la mesa y metió con facilidad la
mano en el agujero ¡Quería agarrar todos los caramelos posibles y darse un buen panzazo!
Agarró un gran puñado, pero cuando intentó sacar la mano, se le quedó trancada en el
cuello del recipiente.No podía sacar su mano!

– ¡Oh, no puede ser! ¡Mi mano se ha quedado atrapada dentro del tarro de los dulces!

Hizo tanta fuerza hacia afuera que la mano se le puso roja como un tomate. Nada, era
imposible. Probó a girarla hacia la derecha y hacia la izquierda, pero tampoco resultó.

Sacudió el tarro con cuidado para no romperlo, pero la manita seguía sin querer salir de allí.
Por último, intentó sujetarlo entre las piernas para inmovilizarlo y tirar del brazo, pero ni con
esas.

Desesperado, se tiró al suelo y empezó a llorar amargamente. La mano seguía dentro del
tarro y por si fuera poco, su madre estaba a punto de regresar y se temía que le iba a echar
una bronca de campeonato ¡Menudo genio tenía su mamá cuando se enfadaba!

Un amigo que paseaba cerca de la casa, escuchó los llantos del chico a través de la
ventana. Como la puerta estaba abierta, entró sin ser invitado. Lo encontró pataleando de
rabia y fuera de control.

– ¡Hola! ¿Qué te pasa? Te he oído desde la calle.

– ¡Mira qué desgracia! ¡No puedo sacar la mano del tarro de los caramelos y yo me los
quiero comer todos!

El amigo sonrió y tuvo muy claro qué decirle en ese momento de frustración.

– La solución es más fácil de lo que tú te piensas. Suelta algunos caramelos del puño y
confórmate sólo con la mitad. Tendrás caramelos de sobra y podrás sacar la mano del
cuello del recipiente.
El niño así lo hizo. Se desprendió de la mitad de ellos y su manita salió con facilidad. Se
secó las lágrimas y cuando se le pasó el disgusto, compartió los dulces con su amigo.

EL VIENTO Y EL SOL

Una mañana coincidieron al amanecer el Sol que asomaba y el Viento, que soplaba con
fuerza llevándose todo cuanto no estuviera anclado al suelo.

-¡Con qué ánimo te veo hoy amigo viento!- dijo el Sol nada más asomar por el horizonte.

-Aquí me tienes amigo Sol, lleno de vigor y de fortaleza. No existe nada que pueda resistirse
a mi voluntad.

Y como queriendo demostrarle al Sol, que sus palabras no eran meras bravuconadas, sopló
con tanta fuerza que incluso algunos tejados de las casas se despegaron de las paredes y
los arboles fueron arrancados del suelo para ir a parar lejos de donde estaban plantados.

-Bien me demuestras tus fuerzas- dijo el Sol.

-Pues aun podría hacer más-se ufanaba el Viento -, Agito a las aguas y los humanos me
temen, las tierras arraso y no hay otro elemento de la naturaleza que pueda emularme.

El Sol observaba al viento que todo lo agitaba y revolvía.

-Y dime Viento-Dijo el Sol-, veo que efectivamente tu capacidad para crear destrucción es
grande, pero no significa que por ello tu poder sea mayor al poder de otros.

-No me hagas reír-contestó orgulloso el Viento-, ¿Acaso tu podrías superarme?

-Hagamos una prueba si te atreves-dio el Sol.

-Eligela tú mismo- le contestó el viento desafiante.

-Mientras hemos estado hablando-dijo el Sol-, un campesino ha salido de su casa y va por


aquel camino. ¿Lo ves?

-Lo veo.

-¿Serias capaz de arrancarle la manta con la que se cubre?

-He arrancado tejados y arboles-rió el Viento-, eso me resultará fácil, amigo Sol, debieras de
haber elegido otra prueba.

-En tal caso empieza tu mismo-le contestó el Sol.

El viento comenzó a soplar y la manta parecía una bandera, el campesino entonces la


sujetó con fuerza y se la enrolló alrededor de su cuerpo.
El viento entonces sopló con más intensidad, pero cuanto más fuerte era el viento más más
se aferraba aquel hombre a su manta.
El viento enfadado arreció su fuerza y el campesino cayó al suelo, y fue arrastrado hasta
que tropezó con un árbol, el campesino, dolorido y cansado, no cesaba de aferrarse a su
manta, y abrazando el tronco del árbol conseguía mantener en su poder la manta con la
que pretendía abrigarse del frío de la mañana.

-¿Todavía no lo has conseguido amigo Viento?

-¡Derribaré el árbol y lo arrastraré hasta que suelte esa estúpida manta!-gritó el Viento
irritado.

Sopló y derribó el árbol, pero el campesino sujetaba la manta enrollada en uno de sus
brazos.

-Creo que no podrás y que ha llegado ya el momento de intentarlo yo-dijo el Sol.

-Si yo no he podido, no creo que tu puedas, pero venga, inténtalo a ver de qué eres capaz.

El Viento se apartó para dejar que el Sol pudiera intervenir.


El campesino había quedado tumbado en el suelo, pero volvió a levantarse y seguir su
camino, poniéndose de nuevo la manta sobre su espalda y el pecho.
El Sol comenzó a irradiar su calor, y el campesino, cansado por la experiencia con el Viento
y acalorado, decisión detenerse bajo un árbol, sentándose al amparo de la sombra de sus
ramas.
Poco a poco, el Sol fue aumentando su calor, y el hombre dejó de sentir frío, hasta que
llegado un momento se quitó su manta y enrollándola la dejó junto a él.

-¿Y bien amigo Viento, qué tienes que decirme al respecto?

El viento no contestó. Por tanto, puede hacerlo el lector. ¿Con qué se pueden conseguir
más cosas en la vida? ¿Con furia y fuerza o con suavidad y una sonrisa?

EL VIENTO Y EL SOL

El Viento del Norte y el Sol tuvieron una discusión sobre cuál de los dos era el más
fuerte y poderoso. Mientras discutían vieron a un caminante que llevaba puesto un
abrigo.
—Esta es la oportunidad de probar nuestro poder y fortaleza —dijo el Viento del
Norte—. Veamos quién de nosotros es lo suficientemente fuerte como para hacer
que este caminante se quite el abrigo. Quien lo logre será reconocido como el más
poderoso.
—De acuerdo —dijo el Sol—. Comienza tú.
Entonces, el Viento comenzó a soplar y resoplar. Con la primera ráfaga de viento,
los extremos del abrigo se agitaron sobre el cuerpo del caminante. Pero cuanto más
soplaba el Viento, más fuerte el hombre sujetaba su abrigo.
Ahora, era el turno del Sol y él comenzó a brillar. Al principio sus rayos eran suaves;
sintiendo el agradable calor después del amargo frío del Viento del Norte, el
caminante se desabrochó el abrigo. Los rayos del Sol se volvieron más y más
cálidos. El hombre se quitó la gorra y enjugó su frente. Se sintió tan acalorado que
también se quitó el abrigo y para escapar del ardiente sol, se arrojó en la acogedora
sombra de un árbol al borde del camino. ¡El Sol había ganado!
EL LEON Y EL RATON

Después de un largo día de caza, un león se echó a descansar debajo de

un árbol. Cuando se estaba quedando dormido, unos ratones se atrevieron

a salir de su madriguera y se pusieron a jugar a su alrededor. De pronto, el

más travieso tuvo la ocurrencia de esconderse entre la melena del león,

con tan mala suerte que lo despertó. Muy malhumorado por ver su siesta

interrumpida, el león atrapó al ratón entre sus garras y dijo dando un

rugido:

- ¿Cómo te atreves a perturbar mi sueño, insignificante ratón? ¡Voy a

comerte para que aprendáis la lección!

El ratón, que estaba tan asustado que no podía moverse, le dijo

temblando:

- Por favor no me mates, león. Yo no quería molestarte. Si me dejas te

estaré eternamente agradecido. Déjame marchar, porque puede que algún

día me necesites –

- ¡Ja, ja, ja! – se rió el león mirándole - Un ser tan diminuto como tú, ¿de

qué forma va a ayudarme? ¡No me hagas reír!.

Pero el ratón insistió una y otra vez, hasta que el león, conmovido por su

tamaño y su valentía, le dejó marchar.


Unos días después, mientras el ratón paseaba por el bosque, oyó unos

terribles rugidos que hacían temblar las hojas de los árboles.

Rápidamente corrió hacia lugar de dónde provenía el sonido, y se encontró

allí al león, que había quedado atrapado en una robusta red. El ratón,

decidido a pagar su deuda, le dijo:

- No te preocupes, yo te salvaré.

Y el león, sin pensarlo le contestó:

- Pero cómo, si eres tan pequeño para tanto esfuerzo.

El ratón empezó entonces a roer la cuerda de la red donde estaba

atrapado el león, y el león pudo salvarse. El ratón le dijo:

- Días atrás, te burlaste de mí pensando que nada podría hacer por ti en

agradecimiento. Ahora es bueno que sepas que los pequeños ratones

somos agradecidos y cumplidos.

El león no tuvo palabras para agradecer al pequeño ratón. Desde este día,

los dos fueron amigos para siempre.

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