¿Qué fueron las Trece Colonias británicas?
Las Trece Colonias británicas (también conocidas como las Trece Colonias) fueron el
conjunto de las colonias británicas en la costa este del actual territorio
estadounidense, fundadas entre los siglos XVII y XVIII. Su proclamación de
independencia en 1776 dio nacimiento a los Estados Unidos de América. La primera
bandera estadounidense llevó trece estrellas y trece bandas rojas y blancas, en alusión a las
Trece Colonias emancipadas.
Estas colonias formaron en su momento parte de los territorios británicos en América. Eran
enclaves agrícolas de habla inglesa, religión protestante y leyes muy similares entre sí. Se
vinculaban con la metrópoli europea a través de un sistema mercantilista, en el que el
gobierno central administraba rigurosamente los bienes de las colonias en beneficio de la
población residente en Gran Bretaña.
Sin embargo, a partir de la década de 1750 las distintas colonias comenzaron a
relacionarse y colaborar entre sí, hasta el punto de que consideraron que podían
prescindir de Gran Bretaña. Así se allanó el camino para la revolución estadounidense y la
independencia.
Además de las Trece Colonias, Gran Bretaña controlaba otros territorios en el llamado Nuevo
Mundo, como las Indias Occidentales Británicas, Terranova, la provincia de Quebec, Nueva
Escocia, Isla del Príncipe Eduardo, y el este y oeste de Florida.
Puntos clave
Las Trece Colonias fueron asentamientos coloniales británicos establecidos en la costa
este de América del Norte entre los siglos XVII y XVIII.
Se dedicaban a diversas actividades económicas, como la agricultura y el comercio, y
tenían un cierto grado de autonomía local.
A lo largo del siglo XVIII los colonos manifestaron su descontento con las restricciones
comerciales que les imponía el gobierno británico.
En 1776, las Trece Colonias declararon su independencia en el contexto de la guerra de
Independencia (1775-1783) y consiguieron su emancipación con el nombre de Estados
Unidos.
La guerra de Independencia de los Estados Unidos fue un conflicto bélico que
enfrentó a las Trece Colonias británicas originales en América del Norte contra
el Reino de Gran Bretaña. Ocurrió entre 1775 y 1783, finalizando con la derrota
británica en la batalla de Yorktown y la firma del Tratado de París.
Durante esta guerra, Francia ayudó a los revolucionarios estadounidenses con
tropas terrestres comandadas por Rochambeau y por el Marqués de La Fayette y
por flotas bajo el comando de marinos como Guichen, de
Grasse y d'Estaing. España, por su parte, contribuyó inicialmente y de forma
clandestina con la revolución, desde la primavera y verano de 1776, gracias a Luis
de Unzaga y Amézaga, luego de su cuñado Bernardo de Gálvez y de forma
abierta a partir de la batalla de Saratoga, mediante las armas y los suministros
proporcionados por los navíos del comerciante Diego de Gardoqui, familiar del
gobernador Unzaga, y abriendo un frente en el flanco sur.
Las colonias británicas que se independizaron de Gran Bretaña edificaron el
primer sistema político liberal y democrático, alumbrando una nueva nación,
los Estados Unidos de América, incorporando las nuevas ideas revolucionarias
que propugnaban la igualdad y la libertad. Esta sociedad colonial se formó a partir
de oleadas de colonos inmigrados y no existían en ella los rasgos característicos
del rígido sistema estamental europeo.
En las colonias del sur (Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia) se
había organizado un sistema esclavista (con unos 500 000 esclavos negros) que
explotaban plantaciones de tabaco, algodón y azúcar. De este modo, la población
estaba compuesta por grandes y pequeños propietarios, así como esclavos.
Los antecedentes a la guerra de la Independencia de los Estados Unidos se
remontan a la rivalidad franco-británica en Norteamérica y a las consecuencias de
la guerra de los Siete Años, que terminó en 1763.
El 10 de febrero de ese año, el Tratado de París puso fin al imperio colonial
francés en América del Norte y consolidó a Gran Bretaña como la potencia
hegemónica. En oposición solo tenía a España, que controlaba Nueva Orleans, la
ciudad más importante, con unos 10 000 habitantes. Respecto a Francia, la
pérdida territorial no fue sentida como algo catastrófico. Se conservaban los
derechos pesqueros en Terranova y la población católica francófona recibiría un
trato de respeto. Por otro lado, en la zona del Caribe las pérdidas podían ser
compensadas, pues la colonia principal francesa Saint-Domingue (La Española)
con capital en Puerto Príncipe, producía la mitad del azúcar consumido en todo el
mundo y su comercio con África y las Antillas estaba en pleno apogeo.
Respecto a los colonos estadounidenses, la guerra modificó radicalmente el
panorama anterior. Los francófonos católicos de Quebec, tradicionales enemigos
de los colonos ingleses de las trece colonias, recibieron un trato respetuoso por
parte de las autoridades británicas, que se confirmó en 1774 cuando se dotó a
Canadá de un estatuto particular dentro de las colonias británicas en
Norteamérica, llevándose sus fronteras hasta la confluencia del Ohio y el Misisipi.
Asimismo su población conservó un derecho civil propio y la Iglesia católica fue
reconocida. Todos estos movimientos fueron mal aceptados por la población de
las Trece colonias.
Contexto
Gran Bretaña obtuvo el triunfo parcial sobre Francia en la guerra de los Siete
Años (1756-1763) recibiendo gran ayuda económica y militar de las colonias, al
igual que estas de la metrópoli, aunque dicha colaboración no les fue
recompensada. Aunque la guerra de los siete años acabó con la victoria británica,
dejó endeudada a la corona. Ante esto se subieron los impuestos, sobre todo a las
trece colonias, y es ahí donde encontramos el principal causante del inicio de la
guerra de la independencia, en la medidas que impuso la corona británica tras la
guerra de los siete años.
El descontento se extendió por las Trece Colonias y se organizó una
manifestación en Boston en contra de los impuestos que debían pagar por
artículos indispensables como el papel, el vidrio o la pintura. En esta manifestación
no hubo ningún altercado y el gobierno británico hizo oídos sordos a las peticiones
de los colonos, pero estos no iban a consentir que la situación continuara así, con
lo que se reunieron junto con varios miembros de otras poblaciones para urdir una
acción más propagandística que la manifestación. En 1773 los colonos se
reunieron en Boston. De Gran Bretaña llegaban tres naves cargadas de cajas que
contenían té. Varios miembros de la sociedad secreta se disfrazaron de indios y
fueron nadando hasta alcanzar los tres barcos. Una vez allí capturaron a sus
tripulantes y tiraron la mercancía por la borda. Fue la primera acción contra la
represión de impuestos, lo que intranquilizó a los británicos.
En 1774 se reunió por primera vez el Congreso de los colonos en contra de la
servidumbre a Londres y a favor de una patria independiente, el Primer Congreso
Continental. Ya se discuten unas hipotéticas leyes. Pese al clima de enemistad
contra los británicos metropolitanos en las colonias, todavía había algunos colonos
que apoyaban al rey Jorge III de Gran Bretaña, siendo llamados Kings
Friends (cerca de 500 000 leales, alrededor del 19 % de la población de las trece
colonias).
La guerra de independencia
Los primeros combates[editar]
El 19 de abril del año 1775, soldados británicos salieron de Boston para impedir la
rebelión de los colonos mediante la toma de un depósito de armas de estos
últimos en la vecina ciudad de Concord. En el poblado de Lexington se
enfrentaron a 70 milicianos. Nadie sabe quién abrió fuego y dio comienzo de este
modo la guerra de independencia. Los británicos tomaron Lexington y Concord,
pero en su regreso hacia Boston fueron hostigados por cientos de voluntarios
de Massachusetts, Lexington y Concord. Se producen las primeras bajas de la
contienda, ocho soldados colonos. Para junio, 10 000 soldados coloniales sitiaron
Boston.
En mayo de 1775, un Segundo Congreso Continental se reunió en Filadelfia y
empezó a asumir las funciones de gobierno nacional. Nombró catorce generales,
autorizó la invasión de Canadá y organizó un ejército de campaña bajo el mando
de George Washington, un hacendado virginiano y veterano de la guerra franco-
india. Consciente de que las colonias sureñas desconfiaban del fanatismo de
Massachusetts, John Adams presionó para que se eligiera a este coronel de la
milicia virginiana, que tenía cuarenta y tres años, como comandante en jefe. Fue
una elección inspirada. Washington, que asistía al Congreso de uniforme, tenía el
aspecto adecuado: era alto y sereno, con un digno aire militar que inspiraba
confianza. Como dijo un congresista: «No era un tipo que actuara alocadamente,
que despotricara y jurara, sino un hombre sobrio, firme y calmado».
Se empezaron a reclutar soldados de entre todas las partes de las colonias.
Muchos de ellos eran agricultores o cazadores, bravucones y poco entrenados en
el combate. En las primeras luchas contra los británicos, George Washington llegó
a decir: «hemos reclutado un ejército de generales, no obedecen a nadie».
Al principio, la guerra fue desfavorable para los colonos. En junio de 1775 ambos
ejércitos se encontraron en Bunker Hill, frente a Boston. Los rebeldes se habían
atrincherado en la colina y, pese a que los británicos asaltaron las posiciones
continentales con violencia, los colonos consiguieron aguantar el ataque durante
bastante tiempo; cuando los últimos asaltantes logran llegar a la cima, las bajas
británicas son de 800 soldados. Es una victoria pírrica para los británicos. Los
insurgentes, además, hicieron circular su versión de los hechos, que no era otra
sino que se habían retirado simplemente por la falta de munición y no por el
empuje de los casacas rojas. Después de dejar la colina Bunker Hill, los colonos
se centraron en fortificar la otra colina, Dorchester Heights, lo que consiguieron
gracias a los cañones que capturaron en el fuerte Ticonderoga, y que trajo en una
compleja operación desde allí el joven coronel Henry Knox (esta operación de
transporte se conoce como «noble tren de artillería»). El general británico William
Howe, al ver esta fortificación, decidió rendirse y evacuar la ciudad de Boston el 17
de marzo de 1776 (día de la evacuación). Desde 1770 el gobernador de
Luisiana, Luis de Unzaga y Amézaga tenía conocimiento de los sucesos en
Boston y las restantes colonias británicas, desde finales de 1775 y en especial en
la primavera y verano de 1776 Luis de Unzaga y Amézaga ayudó a los colonos
norteamericanos con mercancías, atendiendo peticiones como las provenientes de
Patrick Henry o el general Charles Lee, Unzaga facilitó desde Nueva Orleans
toneladas de pólvora, harina, medicamentos, apoyo económico, apoyo militar y
apoyo de armas en varias embarcaciones río arriba, pasando por San Luis y
llegando hasta Fort Pitt (Pittsburg) a través del río Ohio; gracias a ello, Washington
logró sus primeras victorias.
El 2 de julio de 1776, el Congreso finalmente resolvió que: «estas Colonias Unidas
son, y por derecho deben ser, estados libres y soberanos». El 4 de julio de 1776
se reunieron 56 congresistas estadounidenses para aprobar la Declaración de
Independencia de los Estados Unidos, que Thomas Jefferson redactó con la
ayuda de otros ciudadanos de Virginia. Se imprimió papel moneda y se iniciaron
relaciones diplomáticas con potencias extranjeras. En el congreso se encontraban
cuatro de las principales figuras de la independencia: George
Washington, Thomas Jefferson, Benjamin Franklin y John Adams. De los 56
congresistas, 14 murieron durante la guerra. Benjamin Franklin se convierte en el
primer embajador y jefe de los servicios secretos.
La unidad se extendió entonces por las Trece Colonias para luchar contra los
británicos. La declaración presentó una defensa pública de la guerra de
Independencia, incluida una larga lista de quejas contra el soberano británico
Jorge III. Pero sobre todo, explicó la filosofía que sustentaba la independencia,
proclamando que todos los hombres nacen iguales y poseen ciertos derechos
inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que los
gobiernos pueden gobernar solo con el consentimiento de los gobernados; que
cualquier gobierno puede ser disuelto cuando deja de proteger los derechos del
pueblo. Esta teoría política tuvo su origen en el filósofo inglés John Locke, y ocupa
un lugar prominente en la tradición política anglosajona.
Estos hechos convencieron al gobierno británico de que no se enfrentaba
simplemente a una revuelta local de Nueva Inglaterra. Pronto se asumió que
el Reino Unido estaba envuelto en una guerra, y no en una simple rebelión, por lo
que se adoptaron decisiones de política militar dieciochesca convencional,
consistente en maniobras y batallas entre ejércitos organizados.
Este cambio de estrategia forzó a los británicos a evacuar Boston en marzo de
1776 y transferir sus principales fuerzas a Nueva York, cuya población se
presumía más favorable a la Corona, con un puerto más amplio y una posición
central. En consecuencia, en el verano de 1776, sir William Howe, que sustituyó
a Gage como comandante en jefe del ejército británico en Norteamérica, llegó al
puerto de Nueva York con una fuerza de más de treinta mil hombres. Howe tenía
intención de aislar Nueva Inglaterra de los otros rebeldes y derrotar al ejército de
Washington en una batalla decisiva. Iba a pasar los dos años siguientes tratando
de llevar a cabo este plan.
Tropas alemanas que sirvieron con los británicos,
llamadas «hessianos» o «Hessians» en inglés (C. Ziegler,
tras Conrad Gessner, 1799).
Según todas las apariencias, un enfrentamiento militar parecía muy ventajoso para
Gran Bretaña, una de las potencias mundiales más poderosas, con una población
de unos once millones, frente a los dos millones y medio de colonos, un quinto de
los cuales eran esclavos negros. La armada británica era la mayor del mundo y
casi la mitad de sus buques participaron inicialmente en el conflicto con los
nacientes Estados Unidos. El ejército era una fuerza profesional bien entrenada;
en 1778, llegó a tener cerca de cincuenta mil soldados estacionados solo en
Norteamérica, a los cuales se añadieron más de treinta mil mercenarios
alemanes durante la contienda.
Para enfrentarse a ese poder militar, los rebeldes tenían que empezar de la nada.
El Ejército Continental contaba con menos de cinco mil efectivos permanentes,
complementados por unidades de las milicias estatales de diferentes tamaños. En
la mayoría de los casos estaban mandados por oficiales inexpertos y no
profesionales. George Washington, el comandante en jefe, por ejemplo, solo había
sido coronel de regimiento en la frontera virginiana y tenía poca experiencia en
combate. No sabía nada de mover grandes masas de soldados y nunca había
dirigido un asedio a una posición fortificada. Muchos de sus oficiales habían salido
de las capas medias de la sociedad: había posaderos convertidos en capitanes y
zapateros en coroneles, como exclamó, asombrado, un oficial francés. Es más,
«sucede con frecuencia que los colonos preguntan a los oficiales franceses qué
oficio tienen en Francia». No es de extrañar, pues, que la mayoría de los oficiales
británicos pensara que el ejército insurgente no era «más que una banda
despreciable de vagabundos, desertores y ladrones» incapaces de rivalizar con
los casacas rojas de Su Majestad. Un general británico llegó a alardear que con
mil granaderos podía «ir de un extremo a otro de Norteamérica y castrar a todos
los hombres, en parte por la fuerza y en parte con un poco de persuasión».
Sin embargo, estos contrastes eran engañosos, porque las desventajas británicas
eran inmensas desde el principio del conflicto. Gran Bretaña tenía que conducir la
guerra desde el otro lado del Atlántico, a cinco mil kilómetros de distancia, con los
consiguientes problemas de comunicaciones y logística; incluso alimentar
adecuadamente era un problema casi insalvable. Al mismo tiempo, tenía que
hacer una guerra absolutamente diferente a la que cualquier país hubiera librado
en el siglo XVIII. La propia Norteamérica era inconquistable. La enorme extensión
del territorio hacía que las maniobras y operaciones convencionales fueran
difíciles y engorrosas. El carácter local y fragmentario de la autoridad en
Norteamérica inhibía cualquier acción decisiva por parte de los británicos. No
había ningún centro neurálgico con cuya captura se pudiera lograr aplastar la
rebelión. Los generales británicos acabaron por decidir que su principal objetivo
debía ser enfrentarse al ejército de Washington en una batalla, pero, como dijo el
comandante en jefe británico, no sabían como hacerlo, «ya que el enemigo se
mueve con mucha más celeridad de la que nosotros somos capaces».
Uno de los principales problemas para los colonos era
la baja calidad de sus mosquetes, ya anticuados y que
solo podían disparar a pocos metros para obtener
precisión. Esto llevó a que se creara un nuevo tipo de
arma más eficaz, que fue el fusil modelo Pennsylvania,
de gran precisión desde más de 80 metros. Los colonos
en estos primeros combates lucharon en forma de
guerrillas.
George Washington, por su parte, comprendió desde el
principio que, por el lado estadounidense, la guerra
tenía que ser defensiva. «En todas las ocasiones
debemos evitar una acción general -dijo ante el
Congreso en septiembre de 1776- o arriesgar nada, a
menos que nos veamos obligados por una necesidad a
la cual no deberíamos vernos arrastrados». Aunque
nunca actuó como cabecilla guerrillero y se concentró
todo el tiempo en crear un ejército profesional, con el
cual pretendía batir a los británicos en una batalla
abierta, en realidad, sus tropas pasaban buena parte del
tiempo librando escaramuzas con el enemigo,
acosándolo y privándole de comida y avituallamiento
siempre que era posible (guerra de guerrillas). En esas
circunstancias, la dependencia de los estadounidenses
de unas fuerzas de la milicia no profesionales y la
debilidad de su ejército organizado los convertían,
como dijo un oficial suizo, en más peligrosos que «si
tuvieran un ejército regular». Los británicos no
comprendieron nunca a qué se enfrentaban; esto es, a
una verdadera revolución que contaba con un apoyo
generalizado de la población. Por ello, continuamente
subestimaron el aguante de los rebeldes y
sobreestimaron la fuerza de los colonos leales a la
Corona. Al final, la independencia acabó significando
más para los estadounidenses que la reconquista o
conservación de las Trece Colonias para los británicos.
La batalla de Saratoga
Artículos principales: Campaña de Saratoga y Batalla de Saratoga.
Las cosas empezaron a cambiar en octubre de 1777, cuando un ejército
británico bajo el mando del General John Burgoyne se rindió en Saratoga, en
el norte del estado de Nueva York. Este fue el golpe de gracia y
propagandístico que necesitaban los colonos para su independencia. Desde
Canadá llegaron indios (dirigidos por Joseph Brant) a favor de los británicos
porque los colonos les estaban invadiendo sus tierras cada vez más. La
expedición estaba mandada por el general John Burgoyne y pretendía llegar a
Albany. Sin embargo, fueron interceptados y tuvieron que presentar batalla
en Freeman, cerca del río Hudson. Aquí estaban los colonos al mando de
Benedict Arnold, Horatio Gates y Daniel Morgan. Este último comandaba a
fusileros vestidos con pieles, muchos de ellos antiguos cazadores.
El general Burgoyne contaba con 600 mercenarios alemanes (los británicos
llegaron a utilizar hasta 16 000 en toda la guerra) para tomar la granja. El 9 de
septiembre Morgan tiene a sus hombres bien escondidos en un bosque
contiguo a la granja y en los trigales de la misma. Una vez se acercan los
mercenarios alemanes, los fusileros salen de sus escondites y disparan a los
enemigos, produciendo gran sorpresa entre estos y provocando que caigan
decenas. Burgoyne entonces manda otros 600 más, que también caen. Los
británicos retroceden, pero Burgoyne resiste, aunque sin suministros ni
víveres, y consigue poco tiempo después tomar la granja.
Horatio Gates, aunque hombre pesimista, es convencido por Morgan y Arnold
para lanzar un ataque a los británicos. Con los cañones incautados a los
británicos bombardean la granja y consiguen la rendición de Burgoyne. Entre
el cañoneo de los colonos, un general británico, Simon Fraser, ordenó una
carga de caballería totalmente desesperada por lo difícil de la situación. Esta
carga fue rápidamente neutralizada por los hombres de Morgan, que
consiguieron acabar con el general. Este, antes de morir, pidió ser enterrado
en el campo de batalla, y para ello varios soldados británicos se reunieron, lo
que llegó a confundir a los colonos. Creyendo que los enemigos se estaban
reorganizando para otro ataque, empezaron a cañonear la zona en que
estaban enterrando a Simon Fraser, y aunque no dieron en el blanco, sí
produjeron que los que se esforzaban en la faena fueran salpicados por la
arena y el polvo. Al final se le pudo enterrar entre una lluvia de balas de
cañón. Este hecho produjo esta frase de un general alemán llamado Riedesel:
«¡qué gran entierro para un gran guerrero!»