MISS AMNESIA
Mario Bendetti
LA MUCHACHA ABRIÓ los ojos y se sintió apabullada por su
propio desconcierto. No recordaba nada. Ni su nombre, ni su
edad, ni sus señas. Vio que su falda era marrón y que la blusa
era crema. No tenía cartera. Su reloj pulsera marcaba las
cuatro y cuarto. Sintió que su lengua estaba pastosa y que las
sienes le palpitaban. Miró sus manos y vio que las uñas tenían
un esmalte transparente. Estaba sentada en el banco de una
plaza con arboles, una plaza que en el centro tenía una fuente
vieja, con angelitos, y algo así como tres platos paralelos. Le
pareció horrible. Desde su banco veía comercios, grandes
letreros. Pudo leer: Nogaró, Cine Club, Porley Muebles,
Marcha, Partido Nacional. Junto a su pie izquierdo vio un trozo
de espejo, en forma de triángulo. Lo recogió. Fue consciente do
una enfermiza curiosidad cuando se enfrentó a aquel rostro
que era el suyo. Fue como si lo viera por primera vez. No le
trajo ningún recuerdo. Trató de calcular su edad. Tendré
dieciséis o diecisiete años, pensó. Curiosamente, recordaba los
nombres de las cosas (sabía que esto era un banco, eso una
columna, aquello una fuente, aquello otro un letrero), pero no
podía situarse a sí misma en un lugar y en un tiempo. Volvió a
pensar, esta vez en voz alta: “Sí debo tener dieciséis o
diecisiete”, sólo para confirmar que era una frase en español.
Se preguntó si además hablaría otro idioma. Nada. No
recordaba nada. Sin embargo, experimentaba una sensación
de alivio, de serenidad, casi de inocencia. Estaba asombrada,
claro, pero el asombre no le producía desagrado. Tenía la
confusa impresión de que esto era mejor que cualquier otra
cosa, corno si a sus espaldas quedara algo abyecto, algo
horrible. Sobre su cabeza el verde de los árboles tenía dos
tonos, y el ciclo casi no se veía. Las palomas se acercaron a
ella, pero en seguida se retiraron, defraudadas. En realidad, no
tenía nada para darles. Un mundo de gente pasaba junto al
banco, sin prestarle atención. Sólo algún muchacho la miraba.
Ella estaba dispuesta a dialogar, incluso lo deseaba, pero
aquellos volubles con templadores siempre terminaban por
vencer su vacilación y seguían su camino. Entonces alguien se
separó de la corriente. Era un hombre cincuentón, bien vestido,
peinado impecablemente, con alfiler de corbata y portafolio
negro. Ella intuyó que le iba a hablar. ¿Me habrá reconocido?
pensó. Y tuvo miedo de que aquel individuo la introdujera
nuevamente en su pasado. Se sentía tan feliz en su confortable
olvido. Pero el hombre simplemente vino y preguntó: “¿Le
sucede algo, señorita?” Ella lo contempló largamente. La cara
del tipo le ínspiró confianza. En realidad, todo le inspiraba con-
fianza. “Hace un rato abrí los ojos en esta plaza y no recuerdo
nada, nada de lo de antes.” Tuvo la impresión de que no eran
necesarias más palabras. Se dio cuenta de su propia sonrisa
cuando vio que el hombre también sonreía. Él le tendió la
mano. Dijo: “Mi nombre es Roldán, Félix Roldán”. “Yo no sé mi
nombre”, dijo ella, pero estrechó la mano. “No importa. Usted
no puede quedarse aquí. Venga conmigo. ¿Quiere?” Claro que
quería. Cuando se incorporó, miró hacia las palomas que otra
vez la rodeaban, y reflexionó: Qué suerte, soy alta. El hombre
llamado Roldán la tomó suavemente del codo, y le propuso un
rumbo. “Es cerca”, dijo. ¿Qué sería lo cerca? No importaba. La
muchacha se sentía como una turista. Nada le era extraño y sin
embargo no podía reconocer ningún detalle. Espontáneamente,
enlazó su brazo débil con aquel brazo fuerte. El traje era suave,
de una tela peinada, seguramente costosa. Miró hacia arriba (el
hombre era alto) y le sonrió. Él también sonrió, aunque esta
vez separó un poco los labios. La muchacha alcanzó a ver un
diente de oro. No preguntó por el nombre de la ciudad. Fue él
quien le instruyó: “Montevideo”. La palabra cayó en un hondo
vacío. Nada. Absolutamente nada. Ahora iban por una calle
angosta, con baldosas levantadas y obras en construcción. Los
autobuses pasaban junto al cordón y a veces provocaban
salpicaduras de un agua barrosa. Ella pasó la mano por sus
piernas para limpiarse unas gotas oscuras. Entonces vio que
no tenía medías. Se acordó de la palabra medias. Miró hacia
arriba y encontró unos balcones viejos, con ropa tendida y un
hombre en pijama. Decidió que le gustaba la ciudad.
“Aquí estamos”, dijo el hombre llamado Roldán junto a una
puerta de doble hoja. Ella pasó primero. En el ascensor, el
hombre marcó el piso quinto. No dijo una palabra, pero la miró
con ojos inquietos. Ella retribuyó con una mirada rebosante de
confianza. Cuando él sacó la llave para abrir la puerta del
apartamento, la muchacha vio que en la mano derecha él
llevaba una alianza y además otro anillo con una piedra roja.
No pudo recordar cómo se llamaban las piedras rojas. En el
apartamento no había nadie. Al abrirse la puerta, llegó de
adentro una bocanada de olor a encierro, a confinamiento. El
hombre llamado Roldán abrió una ventana y la invitó a sentarse
en uno de los sillones. Luego trajo copas, hielo, whisky. Ella
recordó las palabras hielo y copa. No la palabra whisky. El
primer trago de alcohol la bizo toser, pero le cayó bien. La
mirada de la muchacha recorrió los muebles, las paredes, los
cuadros. Decidió que el conjunto no era armónico, pero estaba
en la mejor disposición de ánimo y no se escandalizó. Miró otra
vez al hombre y se sintió cómoda, segura. Ojalá nunca
recuerde nada hacia atrás, pensó. Entonces el hombre soltó
una carcajada que la sobresaltó, “Ahora decime, mosquita
muerta. Ahora que estamos solos y tranquilos, eh, vas a
decirme quién sos.” Ella volvió a toser y abrió desmesura-
damente los ojos. “Ya le dije, no me acuerdo.” Le pareció que
el hombre estaba cambiando vertiginosamente, como si cada
vez estuviera menos elegante y más ramplón, como si por
debajo del alfiler de corbata o del traje de tela peinada, le
empezara a brotar una espesa vulgaridad, una inesperada anti-
patía. “¿Miss Amnesia? ¿Verdad?” Y eso ¿qué significaba?
Ella no entendía nada, pero sintió que empezaba a tener
miedo, casi tanto miedo de este absurdo presente como del
hermético pasado. “Che, miss Amnesia”, estalló el hombre en
otra risotada, “¿sabes que sos bastante original? Te juro que
es la primera vez que me pasa algo así. ¿Sos nueva ola o
qué?” La mano del hombre llamado Roldán se aproximó. Era la
mano del mismo brazo fuerte que ella había tomado
espontáneamente allá en la plaza. Pero en rigor era otra mano.
Velluda, ansiosa, casi cuadrada. Inmovilizada por el terror, ella
advirtió que no podía hacer nada. La mano llegó al escote y
trató de introducirse. Pero había cuatro botones que
dificultaban la operación. Entonces la mano tiró hacia abajo y
saltaron tres de los botones. Uno de ellos rodó largamente
hasta que se estrelló contra el zócalo. Mientras duró el ruidito,
ambos quedaron inmóviles. La muchacha aprovechó esa breve
espera involuntaria para incorporarse de un salto, con el vaso
todavía en la mano. El hombre llamado Roldán se le fue
encima. Ella sintió que el tipo la empujaba hacia un amplio sofá
tapizado de verde. Sólo decía: “Mosquita muerta, mosquita
muerta”. Se dio cuenta de que el horrible aliento del tipo se
detenía primero en su pescuezo, luego en su oreja, después en
sus labios. Advirtió que aquellas manos poderosas,
repugnantes, trataban de aflojarle la ropa. Sintió que se
asfixiaba, que ya no daba más. Entonces notó que sus dedos
apretaban aún el vaso que había tenido whisky. Hizo otro
esfuerzo sobrehumano, se incorporó a medias, y pegó con el
vaso, sin soltarlo, en el rostro de Roldán.
Éste se fue hacia atrás, se balanceó un poco y finalmente
resbaló junto al sofá verde. La muchacha asumió íntegramente
su pánico. Saltó sobre el cuerpo del hombre, aflojó al fin el
vaso (que cayó sobre una alfombrita, sin romperse), corrió
hacia la puerta, la abrió, salió al pasillo y bajó espantada los
cinco pisos. Por la escalera, claro. En la calle pudo
acomodarse el escote, gracias al único botón sobreviviente.
Empezó a caminar ligero, casi corriendo. Con espanto, con
angustia, también con tristeza y siempre pensando: Tengo que
olvidarme de esto, tengo que olvidarme de esto. Reconoció la
plaza y reconoció el banco en que había estado sentada. Ahora
estaba vacío. Así que se sentó. Una de las palomas pareció
examinarla, pero ella no estaba en condiciones de hacer
ningún gesto. Sólo tenía una idea obsesiva: Tengo que
olvidarme, Dios mío haz que me olvide también de esta
vergüenza. Echó la cabeza. hacia atrás y tuvo la sensación de
que se desmayaba.
Cuando la muchacha abrió los ojos, se sintió apabullada por su
desconcierto. No recordaba nada. Ni su nombre, ni su edad, ni
sus señas. Vio que su falda era marrón y que su blusa, en cuyo
escote faltaban tres botones, era de color crema. No tenía
cartera. Su reloj marcaba las siete y veinticinco. Estaba sen-
tada en el banco de una plaza con árboles, una plaza que en el
centró tenía una fuente vieja, con angelitos y algo así como tres
platos paralelos. Le pareció horrible. Desde el banco veía
comercios, grandes letreros. Pudo leer: Nogaró, Cine Club,
Porley Muebles, Marcha, Partido Nacional. Nada. No recordaba
nada. Sin embargo, experimentaba una sensación de alivio, de
serenidad, casi de inocencia. Tenía la confusa impresión de
que esto era mejor que cualquier otra cosa, como si a sus
espaldas quedara algo abyecto, algo terrible. La gente pasaba
junto al banco. Con niños, con portafolios, con paraguas.
Entonces alguien se separó de aquel desfile interminable. Era
un hombre cincuentón, bien vestido, peinado impecablemente,
con portafolio negro, alfiler de corbata y un parchecito blanco
sobre el ojo. ¿Será alguien que me conoce? pensó ella, y tuvo
miedo de que aquel individuo la introdujera nuevamente en su
pasado. Se sentía tan feliz en su confortable olvido. Pero el
hombre se acercó y preguntó simplemente: “¿Le sucede algo,
señorita?” Ella lo contempló largamente. La cara del tipo le
inspiró confianza. En realidad, todo le inspiraba confianza. Vio
que el hombre le tendía la mano y oyó que decía: “Mi nombre
es Roldán. Félix Roldán”. Después de todo, el nombre era lo de
menos. Así que se incorporó y espontáneamente enlazó su
brazo débil con aquel brazo fuerte.