Golo
Autor: Elena Aldunate
La nave estelar descansa sobre la superficie yerma de la Luna. El silencio puebla de miedo un
horizonte azulino. Un vacío transparente marca nítidos los contornos del cohete.
El hombre ha logrado su fantástica hazaña.
Lejos, Golo espera. Hace horas, humanas horas, que, silencioso, observa al extraño vehículo
espacial.
Golo es un ser único, sus rasgos indescriptibles sugieren algo entre la verdad escueta y el cansancio
total. Nada está de más en él. Golo es impávido, sereno, penetrante, solitario habitante del planeta
muerto, último resultado de una generación superevolucionada.
De pronto decide. Sus líneas seguras y rápidas se mueven en dirección al intruso. Golo no es ni
malo ni bueno. Ya no tiene para qué serlo. Pero algo lo impulsa hacia el objeto desconocido; algo
en su cerebro le dice que esto tenía que suceder.
Ya cerca, nada se mueve, nada se percibe. Poco a poco, al poyarse en el metal fundido, su oído
perfecto escucha la débil respiración jadeante y un "no sé qué" remoto, eliminado, doloroso, se en
él. Allí hay vida, valor, necesidad.
En rápido deslizamiento sus dedos, si así pudieran llamarse, encuentran sencilla la inviolable
cerradura. La puerta se abre rechinando.
Primero lo golpea el olor, el denso olor de allí dentro, y luego la tibieza que emana de la sangre
caliente. Su mirada sin párpados, en la total oscuridad, ve, entre amarras metálicas, un cuerpo
pequeño y peludo que se agita convulso y desde el cual dos ojos velados lo miran.
El animal comprende: la salvación está ahi. Gime suavemente. Los años de cautiverio de su
especie, los siglos de domesticidad de su raza, le dicen que debe ser humilde. Débilmente estira sus
patas, débilmente agita su cola. La lengua oscura y seca cuelga temblorosa de su hocico
implorante.
Agua, piensa Golo, oxígeno. Se yergue, como un rayo, desparece para luego volver llevando algo así
como un recipiente luminoso.
Sin miedo se acerca al animal y, con sus extrañas manos, le ayuda a beber agua, mientras ajusta a
esa nariz seca y rugosa el oxígeno.
El animalito está demasiado exhausto para incorporarse, pero con supremo esfuerzo lame
sorpresivamente la piel fría de Golo para darle las gracias, infinitas gracias.
Entonces, desgarrante, de lo profundo del recuerdo, de la raíz del ancestro suprimido, el amor
comienza a germinar penetrando a través de esa estructura cerrada y Golo sonríe. Con sus ojos sin
párpados, Golo llora mientras sus brazos estremecidos estrechan la hirsuta cabeza canina.