Curso de Escatología 2022
Curso de Escatología 2022
I: LA NOVEDAD EN CRISTO
En Jesucristo se cumplen las antiguas promesas que Dios hizo a los profetas de Israel
Y sin embargo, en la predicación del Señor hay, sin duda, un aire nuevo, liberador. Por
una parte, la doctrina de Jesús desarrolla elementos ya presentes en el Antiguo
Testamento, como son la rectitud de intención, el perdón, o la necesidad de amar a todos
los hombres sin restricción, en particular a los pobres y a los pecadores. En Cristo se da
cumplimiento a las antiguas promesas que Dios hizo a los profetas. Por otra parte, la
llamada del Señor se dirige de modo radical y perentorio no a un pueblo, sino a todos los
hombres, a los que llama uno por uno.
Pero Dios fue fiel a su promesa, y la potencia del mal no pudo apagar la entrega divina de
Jesús, como manifestó la Resurrección. La fuerza salvífica que Dios introdujo en el
mundo por la encarnación de su Hijo, y sobre todo por su Resurrección, es la novedad
absoluta, universal y permanente. Esto es percibido desde el inicio de la predicación
apostólica: con alegría desbordante, los apóstoles proclamaron por toda Judá, por el
Imperio Romano y por el mundo entero que Jesús había resucitado; que el mundo podía
cambiar, que cada mujer, cada hombre podían cambiar; que ya no estábamos sometidos
a la ley del pecado y de la muerte eterna. Cristo, asentado a la derecha del Padre, dice:
«mira, hago nuevas todas las cosas» ( Ap 21,5). En Cristo, Dios ha tomado de un modo
nuevo las riendas del mundo y de la historia humana, sumidos en el pecado, para
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llevarlos a su realización plena. A pesar de todas las dificultades que los cristianos de la
primera hora tuvieron, miraban al futuro con esperanza y optimismo. Y contagiaban sin
cesar su fe entre todas las personas que tenían alrededor.
En el mundo pagano era común considerar el futuro como una simple réplica del pasado.
El cosmos existía desde siempre y, dentro de grandes mutaciones cíclicas, perduraría
para siempre. Según el mito del eterno retorno, todo lo que tuvo lugar ayer, volvería en el
futuro. En este contexto antropológico-religioso, el hombre sólo podía salvarse escapando
de la materia, en una especie de éxtasis espiritual separado de la carne; o viviendo en
este mundo, como decía san Pablo, sin miedo ni esperanza (cfr. 1 Ts 4,13; Ef 2,12). En
los primeros siglos del cristianismo, los paganos siguen una ética más o menos recta;
creen en Dios o en los dioses y les dirigen un culto asiduo, en búsqueda de protección y
consuelo; pero les falta la esperanza cierta de un futuro feliz. La muerte era un puro
truncamiento, un sin sentido.
Por otra parte, la voluntad de vivir para siempre es profunda en el hombre, como
manifiestan los filósofos, los literatos, los artistas, los poetas y, de modo eminente, los
que se aman. El hombre ansía perdurar; y tal deseo se manifiesta de múltiples modos: en
los proyectos humanos, en la voluntad de tener hijos, en el deseo de influir sobre la vida
de otras personas, de ser reconocido y recordado; en todo ello, se puede adivinar la
tensión humana hacia la eternidad. Hay quien piensa en la inmortalidad del alma; hay
quien entiende la inmortalidad como reencarnación; hay, en fin, quien ante el hecho cierto
de la muerte decide poner todos los medios por conseguir el bienestar material o el
reconocimiento social: bienes que nunca serán suficientes, porque no sacian, porque no
dependen sólo de la propia voluntad. En esto el cristiano es realista, pues sabe que la
muerte es el término de todos los sueños vanos del hombre.
Aunque es cierto que la novedad cristiana se refiere principalmente a la otra vida, al más
allá, la Iglesia enseña cómo la novedad de la Resurrección de Cristo ya está presente, de
algún modo, en la tierra. Por más que dure el universo tal como lo conocemos, estamos
ya “en los últimos tiempos”, seguros de que el mundo ha sido redimido, pues Cristo ha
derrotado el pecado, la muerte, el demonio.
Como decía el Señor, «el Reino de Dios está ya en medio de vosotros» ( Lc 17,21); “en
medio” no sólo como una presencia externa, sino también como “dentro” del creyente, en
el alma en gracia, con una presencia real, actual, eficaz, aunque todavía no del todo
visible y completa. «La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, hasta nosotros (cfr. 1
Cor 10,11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y empieza a
realizarse en cierto modo en el siglo presente, ya que la Iglesia, aun en la tierra, se
reviste de una verdadera, si bien imperfecta, santidad (…); somos llamados hijos de Dios
y lo somos de verdad (cfr. 1 Jn 3,1); pero todavía no hemos sido manifestados con Cristo
en aquella gloria (cfr. Col 3,4), en la que seremos semejantes a Dios, porque lo veremos
tal cual es (cfr. 1 Jn 3,2)»[ 2].
En efecto, la Iglesia en la tierra es depositaria de esa presencia por adelantado del Reino
de Dios; camina como peregrina en la tierra, pero todo el poder salvífico de Dios actúa ya
de algún modo en el siglo presente, por medio de la palabra de Dios y de los
sacramentos, especialmente la Eucaristía; poder salvífico que se manifiesta también en la
vida santa de los cristianos, que viven en el mundo, sin ser del mundo (cfr. Jn 17,14). El
cristiano es, ante el mundo y en el mundo, alter Christus, ipse Christus, “otro Cristo, el
mismo Cristo”: se establece así una cierta polaridad en la vida de la Iglesia y de cada
creyente entre el “ya” y el “todavía no”, entre el momento presente, ocasión de acoger la
gracia y la plenitud final; tensión que tiene muchas consecuencias para la vida del
cristiano y para la comprensión del mundo.
Esta realidad confirma, de una parte, la distinción que existe entre el orden natural y el
orden sobrenatural . En efecto, la vida sobrenatural, basada en la fe y en la gracia de
Dios, se inserta en el alma del cristiano, aunque no haya informado plenamente todos los
aspectos de su vida. El cristiano vive metido en Dios y para Dios, y se esfuerza por
comunicar los bienes divinos a los demás hombres. En la otra vida, la gracia, o vida
sobrenatural, se convertirá en gloria, y el hombre alcanzará una inmortalidad completa,
de cuerpo y alma, en la resurrección de los muertos. La vida natural, por el contrario,
aunque perfeccionada por la vida de la gracia, tiene sus propias leyes, físicas y morales,
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y sirve como base para la vida familiar, social y política. La vida sobrenatural acoge y
perfecciona la naturaleza, la lleva a plenitud, pero no queda como reducida por ella.
También Dios ha querido contar con la respuesta inteligente y libre de los hombres, con
las oraciones de los santos y las buenas acciones de muchos, para influir en el curso de
los eventos. Como imagen suya, los hombres influyen en el curso de la historia: en unos
casos para mal, como ocurrió con el pecado de Adán y Eva; pero sobre todo de un modo
positivo, participando activamente en la realización del designio divino, precisamente
porque el evento más relevante y eficaz, el que dio a la historia del mundo el viraje más
radical, fue la encarnación del Hijo de Dios. Por eso, la colaboración humana más
profunda y duradera en los planes divinos para cambiar el curso de la historia ha sido
llevada a cabo por la Virgen, cuando acogió con un decidido fiat! al Hijo de Dios en su
seno.
Los cristianos viven en el mundo conscientes de los pecados propios y ajenos, pero
convencidos de que el mejor modo de aprovechar el tiempo es servir a Dios, para mejorar
el mundo que nos ha confiado. De algún modo, el tiempo es plasmado por el hombre, es
humanizado. La tensión escatológica se hace patente en la providencia divina, siempre
presente en la vida de la Iglesia y de cada cristiano. «La creación tiene su bondad y su
perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue
creada ‘en estado de vía’, hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios
la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la
obra de su creación hacia esta perfección»[ 3]. En efecto, Dios no ha hecho todo, hasta el
último detalle, desde el inicio. Poco a poco, contando con la inteligente y perseverante
colaboración de las criaturas, va acercando todas y cada una de ellas hacia su fin. Como
hemos visto, el poder salvífico de Dios normalmente se hace presente en la vida del
hombre de forma escondida e interior; similarmente, la providencia divina obra suave y
ordinariamente, no sólo en los grandes eventos, sino también en los que, en apariencia,
son más pequeños. Por ello el Señor invita a la plena confianza: «Así pues, no andéis
preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a
vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial
que de todo eso estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y
todas estas cosas se os añadirán» ( Mt 6, 31-33). «Dios, que es la hermosura, la
grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido escogidos como
término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de fe para no desvirtuar esta
maravilla, que la Providencia divina pone en nuestras manos. Fe como la de los Reyes
Magos: la convicción de que ni el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los
oasis nos impedirán llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva con Dios»[ 4].
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Desde el inicio de su existencia terrena, Dios llenó a la que sería la Madre de su Hijo con
una extraordinaria abundancia de dones, humanos y sobrenaturales. Concebida sin
pecado original, Ella era la «llena de gracia» ( Lc 1,28). Durante su vida, en medio de un
sinfín de pruebas y oscuridades, vivió heroicamente la fe y la contagió a los primeros
discípulos de Cristo. Al final de su vida, exenta de cualquier pecado, fue asunta al cielo en
cuerpo y alma, participando para siempre, como Reina de los Ángeles y de toda la
creación, en la gloria del Señor. En Ella la promesa de Dios de llevar a los hombres a la
gloria se ha verificado plenamente. Por ello, la Virgen es para cada hombre spes nostra,
faro que nos ilumina y causa nuestra esperanza.
Notas
Con un amor fiel, Dios insiste en auxiliar a la humanidad caída. Como parte de su
proyecto salvífico, constituye un pueblo que sea como germen de la humanidad
recuperada. Este pueblo queda estrechamente vinculado a Él por la Alianza: es su
pueblo, y Él su Dios[ 2]. La característica que distingue a Israel es precisamente la
proximidad del Señor: «¿qué nación hay tan grande que tenga dioses tan cercanos, como
lo está el Señor, nuestro Dios, cuantas veces le invocamos?»[ 3].
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La situación privilegiada de Israel no siempre lleva a que sus miembros sean fieles al
Dios de la Alianza. Una y otra vez caen en el pecado: faltas de fe y de obediencia,
idolatría, inmoralidad... Los profetas, hombres inspirados, procuran hacer recapacitar al
pueblo. Predican un día futuro de retribución: «¡ay de los que anhelan el día del Señor!
¿Qué será el día del Señor para vosotros? Será tinieblas y no luz»[ 4]. El acoso de las
naciones vecinas sirve también como un recordatorio providencial del juicio divino.
Paulatinamente crece la expectación del pueblo de ser rescatado de su mediocre e
insatisfactoria historia de desamores, cuando llegue el “día del Señor”. Al principio la
esperanza de salvación aparece formulada en términos más bien terrenos: la longevidad
de vida y una descendencia abundante, la victoria sobre los enemigos o el
restablecimiento de la nación después del exilio en Babilonia.
Sin embargo, gracias a la palabra de los profetas, se aprecia cada vez mejor el verdadero
alcance del amor y poder divinos: Dios es capaz de otorgar toda suerte de bienes y de
traer la liberación de todos los males, no tanto los físicos, sino sobre todo los morales. El
día del Señor concederá a los hombres la santidad y la comunión definitiva con Él.
«Pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos
serán mi pueblo»[ 5]; «os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo,
quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi
espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y
practiquéis mis mandatos»[ 6].
Una figura misteriosa aparece en los vaticinios sobre el último día: el Mesías o Ungido de
Dios. Según diversas profecías, será el responsable de inaugurar el definitivo Reino de
los Cielos sobre la humanidad y el mundo. Vendrá del linaje de David[7], nacerá de una
virgen[8], y —según la visión de Daniel— llegará sobre las nubes, como hijo del hombre,
para recibir del Anciano la soberanía universal y eterna[9].
La esperanza cristiana
Que Dios realmente «se ha puesto al lado de su criatura»[ 12] lo demuestra Jesús con
palabras, hechos, y con su propia persona. «Yo os digo que hay aquí algo mayor que el
Templo»[ 13]. «Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a
vosotros el Reino de Dios»[ 14]. «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido
hoy»[ 15]. Jesús porta consigo los elementos de purificación y santificación, para acercar
a los hombres al misterio de un Amor que quiere nuestra salvación. Pero obra según la
ley de la humildad, desconcertando e incluso escandalizando a algunos: ¿por qué
prescinde de la grandeza exterior? ¿por qué no ejerce su poder para aplastar a sus
enemigos? Jesús se deja contradecir y perseguir, hasta ser apresado, condenado, y
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Cumplida su misión terrenal, Jesús sube a los cielos, dejando una profunda nostalgia en
el corazón de los suyos, como sello distintivo del espíritu cristiano. «Hombres de Galilea»,
preguntan los ángeles, «¿qué hacéis mirando al cielo?»; y añaden: «este mismo Jesús,
que de entre vosotros ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera a como le habéis
visto subir al cielo»[ 17].
Consolados por tal promesa, los cristianos emplean la palabra griega parusía —que
literalmente significa presencia o venida— para expresar su fe en el retorno del Señor.
También hablan con ilusión de “aquel día”, o —con su mirada puesta en la Persona del
Verbo que se hizo carne, víctima, y vencedor del pecado para rescatar a la humanidad—
del «día del Señor» o del «día de Jesucristo»[ 18]; saben que en el Cielo está ya la
Humanidad Santísima de Jesucristo glorificada como primicia de nuestra gloria, cuando
Cristo «transformará nuestro cuerpo de bajeza en cuerpo glorioso como el suyo»[ 19], y
que Él les espera allí: una espera esperanzada porque, desde su ingreso en el cielo,
Jesucristo de algún modo hace ya presente la finalidad de la historia y la transformación
del hombre y del universo. «Desde la Ascensión, el designio de Dios ha entrado en su
consumación. Estamos ya en la “última hora” 1( Jn 2,18). “El final de la historia ha llegado
ya a nosotros y la renovación del mundo está decidida de una manera irrevocable e
incluso de alguna manera real está ya por anticipado en este mundo” ( Lumen Gentium,
n. 48)»[ 20].
Así, el tiempo presente «es el tiempo del Espíritu y el testimonio, pero es también un
tiempo marcado por la “tribulación” (cfr.1 Cor 7, 26) y la prueba del mal»[ 21]; «el Reino
de Cristo, presente ya en su Iglesia, no está todavía acabado “con gran poder y gloria”Lc(
21, 27) con el advenimiento del Rey a la tierra (…). Por esta razón los cristianos piden,
sobre todo en la Eucaristía (1 Cor 11, 26), que se apresure el retorno de Cristo cuando
suplican: “Ven, Señor Jesús” Ap( 22, 20)»[ 22].
Tal vez el paso del tiempo y el hecho de que el esposo tarde en llegar[23] haya llevado a
algunos a imaginar en un futuro muy lejano “aquél día” prometido: han relegado a un
segundo plano la expectación de la Parusía. En algunas mentes, además, parece haber
menguado algo central de la esperanza mesiánica cristiana: el aspecto gozoso de la
segunda venida de Jesucristo en majestad, poder y gloria, de modo que consideran el
último día como un momento catastrófico, desprovisto de aspectos salvíficos. Por
añadidura, la atención de algunos creyentes ha tendido a concentrarse en las “señales
del fin”, con la pretensión de conocer su fecha exacta. A este estado de cosas puede
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Puede decirse que en nuestros días existe el reto de recuperar la auténtica disposición
cristiana ante la segunda venida del Señor: actitud de esperanza y alegría. El retorno del
Señor es el momento en que el Hijo de Dios, encarnado, muerto y glorificado, se acercará
a nosotros, los hombres, para incorporarnos plenamente a su Vida. Será el acto final de
la historia de la salvación, cuando Cristo derramará en plenitud su Espíritu para
resucitarnos a imagen suya y otorgarnos la plena participación en su victoria sobre el
pecado y la muerte. Unidos a Él —la Cabeza— la comunidad de los santos completará el
número de los elegidos que integrarán el «Cristo total»[
24]. Y tal Cuerpo Místico se presentará entonces ante Dios Padre, como el proyecto
consumado de filiación divina: hijos del Padre en el Hijo, y con el Hijo, por el Espíritu
Santo. Dios será «todo en todos»[ 25]; la distancia entre Dios y las criaturas quedará
superada, pero sin panteísmo, porque Él siempre es trascendente.
Para que la humanidad y el cosmos alcancen su estado definitivo de gloria, han de sufrir
una transformación: pasar de su estado actual caduco e imperfecto a un estado definitivo.
Al igual que Cristo, el «primogénito»[ 26], la creación debe vivir su Pascua. Y en este
sentido han de entenderse los pasajes bíblicos que hablan de una disolución cósmica[ 27]
y la creación de «nuevos cielos y nueva tierra»[ 28]: no se trata de una aniquilación del
mundo actual (creado por Dios), sino más bien de su purificación de las manchas del
pecado y de su transformación por la acción divina.
La fe nos indica que, en la nueva creación, reencontraremos de algún modo las cosas
buenas que el hombre ha realizado en esta tierra. De manera análoga a como Cristo
mudó de un estado mortal a un estado glorioso, el universo cederá paso a un mundo
renovado. Su perfección será tal, que es difícil ahora imaginarla: «las cosas pasadas no
serán recordadas, ni vendrán a la memoria»[ 29]; y al mismo tiempo, parte de esa gloria
será el fruto del trabajo por el Reino de los Cielos de muchas generaciones de cristianos.
«La divinización redunda en todo el hombre como un anticipo de la resurrección
gloriosa»[ 30], pues por medio de esa gracia podemos santificar las realidades nobles de
este mundo, como prenda del mundo futuro que esperamos[31]. San Josemaría exultaba
al considerar este aspecto de la Parusía, que anima la virtud cristiana de la esperanza:
«“et regni ejus non erit finis”. —¡Su Reino no tendrá fin! ¿No te da alegría trabajar por un
reinado así?»[ 32].
¿Qué decir de los eventos que, según las Escrituras, precederán el fin de los tiempos? La
predicación del Evangelio por todo el mundo, las persecuciones, los falsos profetas, la
gran apostasía, el Anticristo[33]… En primer lugar, esos signos trasmiten un mensaje
válido para todos los tiempos: la música de la aproximación de Cristo encontrará su
contrapunto en la resistencia de voluntades pecadoras. Mientras dure la historia habrá
siempre una fuerza de oposición enfrentada al oleaje divino de salvación. Dios ha creado
un universo de libertades, capaces de entregarse a Él: el designio divino precisa la
libertad humana. Para eso ha dotado a las criaturas de la capacidad de responderle
Amen o Non serviam.
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Por esta razón, el Señor aludía a un doble misterio que habrá de realizarse hasta su
retorno: la difusión del Evangelio en el mundo, por un lado, y la resistencia de las fuerzas
del mal, por otro. Ha inaugurado el Reino de Dios en la historia, ciertamente; pero no ha
erradicado completamente el pecado en el estado actual de viatores: está previsto en los
planes del Padre un periodo —más o menos dilatado— para que crezcan juntos el trigo y
la cizaña, una etapa de prueba y de fidelidad. En los últimos tiempos se recrudecerá el
conflicto, ya que las fuerzas del mal aumentarán su resistencia en la medida que vayan
cumpliéndose los plazos salvíficos establecidos por Dios. «Cuando venga el Hijo del
Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?»[ 34].
Las referencias bíblicas a esta fuerza de oposición utilizan términos variados, como
«Hombre impío», «Hijo de perdición», «Adversario», o «Anticristo»[ 35]. Describen su
naturaleza y actividad con un lenguaje gráfico a la vez que enigmático: son
particularmente impresionantes las visiones del dragón y las dos bestias narradas en los
capítulos 12 y 13 del libro del Apocalipsis. En el fondo, se trata siempre del gran misterio:
el del “anti-evangelio”, la libertad rebelde que grita y difunde el Non serviam desde los
albores de la historia de los ángeles y de los hombres, y se erige como estandarte
opuesto a la paternidad de Dios. La Biblia no pretende dar una descripción exhaustiva de
la forma en que se desarrollarán los acontecimientos de los últimos días, ni afirmar su
fecha exacta.
Y así, el cristiano vive sus días en la tierra con un estilo peculiar: sabedor de que el Señor
no ha querido contarnos “todo” sobre el fin, pero convencido de que nos ha revelado lo
suficiente para que podamos caminar por la senda de la salvación y la santidad aquí y
ahora, con la certeza del triunfo final de Dios y los suyos. Una certeza que mira con
nuevos ojos este mundo que pasa, pues «en esta tierra, la contemplación de las
realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo
como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación
destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos
una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras
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acciones. Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo (Flp 3, 20) siendo
plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de
incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el
saberse hijo amado de Dios. Perseveremos en el servicio de nuestro Dios, y veremos
cómo aumenta en número y en santidad este ejército cristiano de paz, este pueblo de
corredención»[ 40].
Notas
[1] Gn 3, 9.
[3] Dt 4, 7.
[4] Am 5, 18.
[7] Cfr. Is 11, 1-16; Jr 23, 1-5; 33, 15; Ez 32, 23.
[10] Ga 4, 4.
[11] Is 7, 14.
[13] Mt 12, 6.
[15] Lc 4, 21.
[24] Cfr. S. Agustín, Sermo CCCXLI, 11; In epistulam Ioannis ad Parthos tractatus, X, 3.
[29] Is 65 17.
[34] Lc 18, 8.
[36] Hch 1, 7.
La íntima correspondencia entre la intervención decisiva de Dios —el “Día del Señor”— y
la retribución universal al final de los tiempos, aparece ya en el Antiguo Testamento.
Venir, regir y juzgar son, en las profecías sobre el Día del Señor, acciones divinas
inseparables, y sirven para recordar a los hombres la responsabilidad que tienen sobre su
vida y la de los demás, porque Dios premia la fidelidad y castiga la maldad[1].
La revelación sobre el Juicio contiene, por tanto, un doble aspecto. Por un lado, hallamos
la certeza de que el Dios que viene para clausurar la historia desea, por encima de todo,
salvar a los hombres. «¿Acaso me agrada la muerte del impío, oráculo del Señor Dios, y
no que se convierta de sus caminos y viva?»[ 2]. Por eso los profetas hablan con
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frecuencia de la acción divina como un fuego que purifica[3], para dejar finalmente un
resto santo y fiel[4]. Por otro lado, este mensaje transmite una advertencia seria: Dios no
es indiferente ante el mal; cuando juzga, salva, pero puede también condenar y
castigar[5].
Dios es representado por el anciano que se sienta en su trono celeste rodeado de gloria.
El Juicio comienza con la apertura de los libros, acción simbólica que indica que Dios
conoce todas las obras de los hombres. Las naciones hostiles a su soberanía son
condenadas, mientras que uno como hijo de hombre recibe todo poder y autoridad, para
regir un reino eterno.
El tema del Juicio final también ocupa un lugar relevante en la predicación de Jesús. Es
particularmente memorable la descripción del Juicio en el llamado discurso escatológico
del Señor[ 7]. En ese cuadro grandioso, el Hijo del Hombre «separará a los unos de los
otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha,
los cabritos en cambio a su izquierda»[ 8]. Bajo el imperio de Cristo, la humanidad entera
quedará segregada en dos grupos al término de la historia; unos permanecerán unidos a
Él mientras que los otros serán apartados.
El tema del destino final de cada hombre, vuelve a aparecer en correspondencia con sus
obras buenas o malas. Es interesante advertir que Jesús, para dibujar este cuadro, utiliza
elementos de la visión de Daniel, a la vez que introduce colores nuevos: el anciano pasa
a un segundo plano, después de otorgar toda potestad y autoridad al Hijo del hombre; es
Éste quien protagoniza el Juicio, quien pronuncia sentencia, quien declara cómo la
responsabilidad de las acciones —sobre todo, en lo referente al mandamiento de la
caridad— determinan la condición de salvado o condenado.
Las primeras generaciones cristianas supieron profundizar en el misterio del Juicio final;
comprendieron que formaba parte del misterio de un Dios infinitamente bueno y justo, que
no es indiferente al comportamiento de los hombres. Es un Dios que penetra con su
espada tajante de doble filo[13], discierne los corazones y retribuye según las conductas.
«Dios es fiel a sus promesas y justo en sus Juicios»[ 14]. Tal convicción nutre desde las
primeras generaciones de creyentes una saludable actitud, mezcla de anhelo amoroso y
temor reverente con respecto al regreso del Señor.
Los cristianos siempre meditaron la parábola del trigo y la cizaña, que describe la división
de la humanidad en dos categorías fundamentales. Entendieron que esta colocación de
los hombres en dos situaciones radicalmente diferentes —salvación o condenación
eterna— no será el resultado de un capricho de un Dios que obraría según su antojo, sino
de un reparto acorde con la opción madurada por las criaturas libres a través de su
existencia, de modo que cada uno se encontrará allá donde le han llevado sus
elecciones. Como dice Orígenes: «Así como no hay consorcio entre la justicia y la
iniquidad, ni comunidad entre la luz y las tinieblas, ni concordia entre Cristo y Belial,
tampoco puede coexistir el Reino de Dios con el reino del pecado»[ 15]. Con el Dios
santo sólo estarán los santos; los pecadores quedarán lejos de la faz divina.
Los Padres vieron también la conveniencia del Juicio final en cuanto trance en el que el
verdadero valor de las personas y de los acontecimientos serán desvelados: «Conoced
que llega ya el día del Juicio, como un horno encendido (...) y entonces aparecerán las
obras de los hombres, las ocultas y las manifiestas»[ 16]. Al quedar patentes a los ojos de
todos la santidad o impiedad de cada persona así como su retribución eterna, brillarán
con meridiana claridad la justicia y santidad de Dios[17]. Hace falta esta revelación final
para desenmascarar las fachadas, haciendo evidente la diferencia entre salvados y
condenados, entre los que aman a Dios y los que se aman a sí mismos[18].
Conviene entender el misterio del Juicio desde esta perspectiva dinámica, liberándolo de
imágenes derivadas de los pleitos humanos. En estos, el juez indaga lo que ha ocurrido, y
va vislumbrando poco a poco la verdad; sólo al final está en condiciones de emitir una
sentencia, de absolución o de condena. En ocasiones, además, el veredicto no alcanza la
certeza absoluta, ni el juez es capaz de emitir un parecer sobre las intenciones de los
distintos actores.
En cambio, Dios sabe en todo momento la calidad de la respuesta que cada persona da a
su oferta de amor, porque todos nos hallamos constantemente bajo su mirada; para
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muchos, este considerar la mirada amorosa de Dios, que espera nuestra respuesta, se
convierte a su vez en motor de amor: «Verdaderamente, si esta realidad de que Dios nos
ve estuviese bien grabada en nuestras conciencias, y nos diéramos cuenta de que toda
nuestra labor, absolutamente toda —nada hay que escape a su mirada—, se desarrolla
en su presencia, ¡con qué cuidado terminaríamos las cosas o qué distintas serían
nuestras reacciones!»[19].
Así, el misterio del Juicio no se refiere sólo a un acto puntual, realizado en el último día.
La realidad del Juicio de algún modo se cumple ya durante el despliegue de la historia de
las libertades, que es nuestra existencia: Dios, con su acercamiento amoroso, exige de
cada persona una respuesta personal: cada uno responde Amen o Non serviam. La
parusía será el momento culminante de esta realidad, de modo parecido a como con la
muerte finaliza la etapa en que cada persona dispone de su libertad: es decir, cerrará y
sellará la historia. El resultado final será la división de la humanidad en su totalidad.
Podemos así entender que el Juicio es un misterio indisolublemente ligado al misterio de
un “Dios-que-se-nos-acerca”.
Como causa de separación entre justos e impíos, el Juicio Final constituirá una
revelación: se hará pública declaración del peso real de la vida y obra de individuos,
comunidades, e instituciones en la historia. Mostrará la concordancia o discordancia de
afanes, trabajos, esfuerzos y aspiraciones de los hombres con los designios divinos. En
este sentido, el misterio del Juicio guarda estrecha relación con la verdad. «Entonces, se
pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones»[ 20].
Por parte de Dios tal conocimiento es eterno y perfecto. A ello apuntan las imágenes
bíblicas de un juez que reúne a vivos y muertos, o de la apertura de los libros. Ante Dios
están presentes todos nuestros pensamientos, deseos, obras y omisiones, notorios o
escondidos, así como sus consecuencias a lo largo de los siglos. Respecto a nosotros —
criaturas que vivimos en el tiempo— pueden aducirse razones de conveniencia para
pensar por qué el Señor hará esta revelación al final de la historia. Con el Reino definitivo,
la creación recuperará —transfigurado— el orden diáfano del principio, y cada criatura
ocupará su puesto definitivo —visible ante todos— dentro del conjunto. Nadie estará
donde no haya querido estar, aunque el misterio de iniquidad que supone el rechazo
definitivo de Dios —a pesar del sufrimiento— escape a la inteligencia humana. La
posición definitiva y patente de todos los hombres —en cuanto unidos o alejados de Dios
— servirá a la vez como revelación de la verdad completa de su ser y obrar.
Quedarán de esta manera rectificados todos los Juicios humanos acerca de personas y
eventos. El mundo entero podrá apreciar la auténtica relevancia de cada persona y de su
contribución al drama de la salvación. Seguramente, habrá sorpresas: «muchos primeros
serán últimos y muchos últimos serán primeros»[ 21], pues en ocasiones lo que a los ojos
humanos parece importante o loable puede resultar insignificante o carente de valor ante
Dios; y lo que pasa inadvertido o incluso es despreciado puede ser pieza clave de los
planes divinos. La idea del Juicio que manifestará la verdad al completo nos impulsa, en
el tiempo presente, a mantener actual un hondo espíritu de examen y sinceridad. Nos
ayuda a vivir según la vida divina que transmite el Espíritu Santo, Espíritu de Verdad que
nos guiará hacia la verdad toda entera[22], y a ser transparentes ante los hombres.
15
En esta línea, Santo Tomás de Aquino añade una consideración relevante: desde la
perspectiva de las criaturas, para evaluar cada acto al completo, hace falta esperar a que
se hayan cumplido todas sus consecuencias. «No es posible dar un fallo definitivo sobre
una cosa mudable antes de su consumación. Así, el Juicio sobre una acción cualquiera
no puede darse antes de que perfectamente se haya consumado en sí misma y en sus
efectos. Importa saber que, si bien con la muerte se acaba la vida temporal del hombre
en sí misma, queda algo que depende del futuro. Perduran los hombres en sus obras»[
23].
Hay otra razón de conveniencia para un desvelamiento completo del proyecto divino al
final de los tiempos. Los hombres podrán reconocer la perfecta coherencia de los planes
divinos, ahora perceptibles sólo de modo parcial. Como dice San Agustín, conviene que
un Juicio final muestre a todos la bondad y la justicia de Dios, atributos que pasan un
tanto ocultos a los ojos humanos durante la etapa actual[26]. Dios podrá entonces
reivindicar su propio Nombre, mostrando un maravilloso tapiz que su amor ha tejido con
los hilos aparentemente caóticos de nuestra historia; debajo del sufrimiento y dolor de los
inocentes, detrás de tantas calamidades e injusticias, brillarán la santidad y la sabiduría
divinas, tan frecuentemente puestas en entredicho. Dios será reconocido por todos como
verdadero Señor de la historia , y se desvelará ante toda la humanidad como el Señor
saca bien de todo, hasta del mal; porque Él «ha juzgado que es mayor perfección sacar
bien del mal, que impedir que el mal exista»[ 27].
Conviene, finalmente, meditar el papel central que ocupa Jesús en el Juicio final. Este
protagonismo no significa sólo que Cristo ejercerá su plena autoridad sobre los hombres
como Dios y Redentor, o que retribuirá a cada uno según hayan cumplido sus mandatos y
seguido su ejemplo. Remite a algo más profundo todavía: recuerda la forma específica en
que Dios opera la salvación; es decir, lo hace mediante Cristo que nos configura consigo
mismo, con su Persona, enviándonos su Espíritu modelador y presentándonos ante el
Padre. La admisión a la vida eterna dependerá de la respuesta al encuentro con Jesús y
de la unión vital que tengamos con Él.
Desde este punto de vista, Cristo no será sólo el Juez, sino el mismo criterio del Juicio.
Ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, «rezamos en el Credo. —Ojalá no me
pierdas de vista ese Juicio y esa justicia y... a ese Juez»[ 28]. Ojalá no perdamos de vista
a ese Juez, porque Él es el espejo en el que cada hombre mirará su propio rostro: ¿he
llegado a identificarme suficientemente con Él?, ¿habita plenamente en mí su santo
16
Espíritu?, ¿me puede reconocer su Padre celestial como hijo amado? La última pregunta
con que se enfrentará cada persona será cristólogica y, por tanto, trinitaria: ¿he llegado a
ser uno con Cristo — ipse Christus, en palabras de San Josemaría— para ser admitido
con Él y en Él, al consorcio íntimo de la Trinidad? A esta pregunta empezamos a
responder ya en nuestra vida terrena con nuestros pensamientos, deseos y acciones.
Elaboramos ya, aquí y ahora, el signo de nuestra eternidad.
Notas
[18] Cfr. San Agustín, Enarratio in Psalmum 6, 2; De civitate Dei, XV, 1-6.
[24] Cfr. 1 Tm 2, 4.
Considerar las realidades últimas lleva también a apreciar más el valor de la actividad
humana sobre la tierra
«Así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero
cada uno en su propio orden: como primer fruto, Cristo; luego, con su venida, los que son
de Cristo (...). Y cuando le hayan sido sometidas todas las cosas, entonces también el
mismo Hijo se someterá a quien a él sometió todo, para que Dios sea todo en todas las
cosas»[ 1]. San Pablo resume de este modo un aspecto esencial de la fe y la esperanza
cristianas: Dios llegará a ser, finalmente, todo en todas las cosas; culminará su amorosa
aproximación a las criaturas con un encuentro pleno y transformador, obrándose la
resurrección de la carne y la renovación del cosmos.
los segundos, que sobrevaloraban el alma a costa del cuerpo, los cristianos defendieron
la profunda unidad del hombre y subrayaron que la Trinidad ha destinado a la persona
entera a participar en su vida íntima: «¡Qué indigno sería de Dios llevar medio hombre a
la salvación!»[9].
En la actualidad, se encuentran ideas acerca del cuerpo que recuerdan los errores
afrontados por los primeros cristianos. Así, no es raro que la corporalidad se considere
casi como un accidente que acaece al hombre, que no le configura como ser personal y
libre, de modo que es fácil que acabe siendo reducido a mera fuente de placer. El cuerpo
humano aparece como un elemento secundario a la persona, olvidándose que Dios ha
amado y llamado a participar en la vida divina a unas hombres y mujeres determinados,
con su alma y su cuerpo, y no a otros; y es a ellos a quienes busca, en sus condiciones y
circunstancias concretas.
Creer en la resurrección es creer que nuestro cuerpo, algún día, manifestará cómo hemos
correspondido a la gracia divina, cómo es nuestra comunión con Él; este misterio también
nos recuerda que la perfecta integridad a la que está destinado el hombre y que Dios le
concederá al final de los tiempos, puede de algún modo ya anticiparse en esta tierra con
su gracia, pues « Cristo vive en el cristiano. La fe nos dice que el hombre, en estado de
gracia, está endiosado. (...) La divinización redunda en todo el hombre como un anticipo
de la resurrección gloriosa»[ 14]. Es la pureza del corazón la que permite ver a quienes
nos rodean según Dios, y considerar el cuerpo humano —el nuestro y el del prójimo—
como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina[ 15]. La
limpieza del corazón lleva a ajustar inteligencia y voluntad a las exigencias de la santidad
divina, principalmente en la caridad, la castidad, el amor a la verdad y la fe. Existe un
vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe[16].
Comprender la dignidad del propio cuerpo, mirar según Dios mira a uno mismo y a los
demás, lleva al cristiano a purificar su corazón, y a poner lo que está en su mano para
purificar el clima social. Hoy se hace especialmente necesaria una cruzada de virilidad,
integridad, y pureza[17] que revalorice las virtudes de la modestia y el pudor, la
delicadeza en el trato, en los gestos, en el vestir.
Son virtudes pequeñas, pero fundamentales, pues se ordenan a respetar el misterio de la
persona humana, mostrando su dignidad. Por eso, «educar en el pudor a niños y
adolescentes es despertar en ellos el respeto a la persona humana»[ 18].
Transmitir el valor de estas virtudes obliga, en primer lugar, a esforzarse por vivirlas con
fortaleza. No cabe transigir con la espontaneidad chabacana, con el reclamo morboso,
con la impureza que frecuentemente aparece en los medios de comunicación o en la
industria del ocio. Frente a ellos, el cristiano debe buscar –¡y promover!– alternativas
válidas, para él y para quienes le rodean; y no dejarse llevar, mientras tanto, por un
ambiente permisivo que, aunque no incite directamente al pecado, sí fomenta una falta de
tono sobrenatural y humano que enrarece el ambiente y dificulta que el alma se dirija a
Dios. La pureza, en cambio, ayuda a que se viva una auténtica caridad, la que busca el
bien del otro y sostiene la constancia e incisividad del apostolado.
Considerar la resurrección de los muertos no sólo permite apreciar la dignidad del cuerpo:
también ayuda a apreciar mejor el valor salvífico de la actividad humana sobre la tierra.
En el pasado, ha sido común acusar al cristianismo de desentenderse de la vida
presente, por poner la esperanza en un mundo futuro espiritual y desencarnado, ajeno al
empeño por transformar el mundo actual. Tales críticas, si algo tuvieran de cierto, no son
aplicables a la fe católica cuando se considera qué sucederá en el Último Día.
Esta transformación final del mundo puede ser, como la misma muerte, una llamada a la
vigilancia y un acicate para buscar la santidad con urgencia; pero sobre todo, es un
motivo de esperanza. Ningún esfuerzo realizado por construir un mundo a la medida del
corazón de Cristo se manifestará como superfluo o innecesario. Ciertamente, los nuevos
cielos y la nueva tierra se realizarán por el poder de Dios, serán un don, y no un logro
humano, pero la renovación del mundo tiene de algún modo su arranque en la historia: el
que «está en Cristo, es una nueva criatura»[ 21]. El hombre renacido en las aguas
bautismales adquiere la capacidad de convertir el mundo actual en un trasunto del mundo
escatológico; su actividad terrena prepara misteriosamente el Reinado de Dios, y
continua el misterio de Cristo, renovador del universo.
Por eso, si bien la misión del cristiano no consiste en crear un paraíso terrenal, sí forma
parte de su vocación ordenar el mundo según la voluntad divina, la justicia, la paz, el
amor, la santidad, la belleza; Dios creó al hombre para que trabajara, para que cooperara
con Él en el perfeccionamiento de la creación visible, para que de algún modo participara
de su poder creador. El pecado original rompió la armonía original, haciendo penoso el
trabajo; pero éste siguió perteneciendo a la más profunda realidad del hombre.
«El auténtico sentido cristiano —que profesa la resurrección de toda carne— se enfrentó
siempre, como es lógico, con la desencarnación , sin temor a ser juzgado de
materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone
audazmente a los materialismos cerrados al espíritu»[22]. Un materialismo, por tanto, que
no consiente que la persona sea sólo materia, ni que el cuerpo sea un elemento
secundario de la persona; una concepción íntegra del hombre, que revaloriza cualquier
trabajo humano honrado, reconociéndole un lugar en el plan salvador de Dios y
garantizando de algún modo su pervivencia por toda la eternidad.
Con la resurrección de los muertos y la venida del mundo futuro, Dios nos dará no sólo la
plenitud de su ser material: también nos devolverá, perfeccionado, todo nuestro obrar, sin
las sombras que el pecado propio o ajeno hubieran podido introducir[23]. Por eso, «la
espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de
perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede
de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo»[ 24]. En esta tierra, nuestra
labor a veces no alcanza todo el bien que desearíamos; nuestras limitaciones y las de los
demás hacen que, a pesar de los buenos deseos, los resultados puedan parecer pobres.
Cuando el mundo sea transfigurado, Dios llevará, por así decir, nuestra labor a su
cumplimiento; reencontraremos los frutos de nuestro esfuerzo y apreciaremos
plenamente su valor en el plan divino de redención.
Notas
[2] Dn 12, 2.
[5] Jn 21, 6.
[8] Cfr. Taciano, Oratio ad graecos, 6; Tertuliano, De carnis resurrectione, 11; San Gregorio Magno, Homiliae
in Evangelia, 2, 26, 12.
[9] Tertuliano, De carnis resurrectione, 34; cfr. también Atenágoras, De resurrectione, 18; San Agustín, De
civitate Dei, 13, 20.
[20] Is 11, 9.
La existencia del cielo y del infierno son para el cristiano una invitación a la vigilancia y al
apostolado
Narra el libro del Deuteronomio que, acampando Israel en las llanuras de Moab a punto
de entrar en la Tierra Prometida, Moisés recordó al pueblo los mandamientos de la
Alianza. Puso ante quienes le escuchaban una ley que no era como la de los demás
pueblos, pues seguirla era acoger la voz de Dios, convertirse de corazón a Él[ 1]. Así, los
mandamientos aparecían como manifestación de una relación personal con Yahvé; y al
contrario, no seguirlos era algo más que no cumplir una serie de preceptos legales:
suponía renunciar al amor de predilección del que había sido objeto. Una renuncia que
hubiera llevado a Israel a quedar solo con sus nuevos ídolos, con sus miserias; a intentar
22
construir –a imitación de los pueblos que le rodeaban– una orientación para su vida, que,
sin embargo, habría perdido su auténtico sentido pues, como dice el Papa, los paganos,
«a pesar de los dioses, estaban “sin Dios” y, por consiguiente, se hallaban en un mundo
oscuro, ante un futuro sombrío»[2].
La vida eterna
En la Biblia, Vida se refiere a la unión con Dios. Unión que, de hecho, en el Nuevo
Testamento, significa incorporación a Jesucristo. El Verbo encarnado invita a participar
del Reino de los Cielos a todos los hombres, para que puedan estar ante «vuestro Padre
que está en los cielos»[ 6]. En cuanto Hijo divino, nos abre un camino filial que lleva a
vivir en la intimidad del Padre, a entrar en su morada. «En la casa de mi Padre hay
muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando
haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde
esté yo estéis también vosotros»[ 7]. Cristo viene a la tierra precisamente como «el
camino, la verdad y la vida»[ 8], y nos ofrece mucho más que el mero perfeccionamiento
de la naturaleza humana. Jesús trae, en su Persona de Hijo, la cercanía y la amistad
divina: «“sabed que fuisteis rescatados de vuestra vana conducta..., no con plata u oro,
que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pe 1,18-19). No
nos pertenecemos. Jesucristo nos ha comprado con su Pasión y con su Muerte. Somos
vida suya»[ 9]. Con Él, la vida divina ya es nuestra. Nos pertenece en la medida en que
somos suyos.
La misma idea de comunión con Dios late bajo otra expresión bíblica, la de ver a Dios.
Podemos captar mejor el sentido que tal término transmite si recordamos que, en el
contexto cultural en que era usado, el soberano resultaba poco asequible a los súbditos.
La expresión encierra, por tanto, un matiz de revelación y de asombro: las criaturas
humanas estamos invitadas a acceder –sin antecámaras– a la presencia de Dios. Es
precisamente la inmediatez de lo divino lo que viene a traer el Verbo, quien, desde su
lugar «junto a Dios»[ 10] se encarna para ofrecer la posibilidad de participar en su
misterio y hacernos hijos adoptivos del Padre.
La Revelación indica un destino final que está marcado por el misterio de la Trinidad; un
destino ya incoado en esta tierra, donde el Espíritu Santo configura a los hombres con
Cristo, ligándolos al Padre. La vida eterna, para la persona, es comunión interpersonal
con Dios y con las demás criaturas. Como resume el Catecismo de la Iglesia Católica ,
«esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella,
con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama “el cielo”»[12]. Un
Cielo que no puede entenderse como un monótono pasar del tiempo: se trata de
sumergirse en un inmenso océano de amor, sin antes ni después; de entrar en una
alegría que nada ni nadie podrá quitar[13].
Ciertamente, el hombre no puede alcanzar este destino por sus propias fuerzas. Parte de
la paradoja a la que se hacía referencia al inicio está en que, para la Sagrada Escritura, la
santidad es también tarea de cada una y de cada uno, y no sólo atributo de Dios o puro
don a la criatura. El hombre ha de elegir a Dios, pero Él no lo dejará solo. Es el mismo
Dios en Cristo, por la acción de su Espíritu, el que siempre se adelanta, saliendo a
nuestro encuentro, allanándonos el camino, ayudándonos a cumplir sus preceptos,
poniendo, en definitiva, su mismo amor en nuestras almas.
Dios ofrece una ayuda que no anula la libertad. Como dice San Agustín, «quien te creó
sin ti no te salvará sin ti»[ 14]; en este sentido, somos coartífices de nuestro destino
eterno. A lo largo de la vida terrena nuestras elecciones y acciones, acompasadas por la
gracia, modelan en nuestra persona una forma de ser, una manera de pensar, querer,
sentir y actuar, acorde –o, en su caso, disonante– con la vida personal de la Trinidad;
vida que es Amor, donación recíproca, en su esencia más íntima. Por eso, saber que
estamos llamados a participar de esa intimidad debe constituir para el cristiano un acicate
para corresponder a Dios y servir al prójimo con más urgencia.
La muerte eterna
Con su libertad, el hombre puede acoger o rechazar la oferta de amistad divina, y por
tanto salvarse o perderse. Sobre esta segunda posibilidad existen también abundantes
menciones en la Biblia[15], y el mismo Jesús se refiere a este destino, por ejemplo en su
discurso escatológico: «dirá el Rey a los que estén a la izquierda: “Apartaos de mí,
malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles: porque tuve hambre y
no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era peregrino y no me
acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me
visitasteis”»[ 16].
«El infierno, más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y
definitivamente se aleja de Dios»[ 17]. Una situación que conlleva penas y sufrimientos,
descritos de modos muy variados en la Biblia: fuego inextinguible, gusano que no muere,
llanto y rechinar de dientes, tinieblas[18] … Ese es el destino al que lleva el evadirse de la
criatura frente a Dios-Amor que se aproxima, el “no” ante el don que Dios hace de Sí
mismo. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «la pena principal del infierno
consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la
vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira»[ 19].
La perdición eterna constituye el culmen del « mysterium iniquitatis»[ 23], hasta el punto
que puede ser difícil de aceptar que un Dios todopoderoso y amoroso permita que una
sola criatura acabe para siempre desterrada de su faz. Tal vez por eso, no faltan quienes
han negado la realidad –o la eternidad– del infierno. Sin embargo, al valorar estas
posturas conviene tener en cuenta un dato de fe: hay ángeles caídos. Sería incorrecto,
por tanto, afirmar que el infierno –entendido como estado perdurable de separación de las
criaturas con respecto a Dios– no existe, ya que hay demonios. «La fe cristiana enseña
que, en el riesgo del ‘sí’ y del ‘no’ que caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ha
dicho ya ‘no’»[ 24]. Además, el Magisterio y la Tradición han sido muy claros respecto a la
realidad y eternidad del infierno[25].
“Vida” y “muerte” aparecen ante nuestros ojos como dos caras –antagónicas– de un único
misterio: la libertad creatural que responde a un Dios que ofrece amor; la grandeza de un
Creador que nos ama tanto que toma realmente en serio nuestras decisiones libres.
Salvación y condenación no son dos posibilidades queridas igualmente por el Señor. Él
quiere que todos los hombres «se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»[ 26].
“Perderse” significa la cosa más contraria a los planes divinos; quien elige ese camino,
acabará oyendo del Señor aquel «no te conozco»[ 27]: no reconozco en ti, en tus obras,
la imagen mía que Yo creé, no has realizado la vocación para la que habías sido llamado.
Por el contrario, leemos en el Apocalipsis cómo el Señor promete a quien persevere «una
piedrecita blanca, y, grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce sino el
que lo recibe»[ 28]. Un lenguaje lleno de simbolismo y resonancias: por una parte el
nombre, en la tradición bíblica, fija el destino y la misión de quien lo lleva. En la unión
definitiva del hombre con Dios, la persona es renovada; y la misión y el sentido de su
vida, plenamente desvelados. También con una piedra marcada del modo adecuado se
invitaba a los banquetes; y así, cuando «toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad
y el amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana,
y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva»[ 29], el hombre
participará de los bienes divinos de un modo personalísimo, como ningún otro podrá
25
hacerlo. Quien persevere, descubrirá la grandeza con que ha sido amado, y cómo el
Amor lo ha esperado a lo largo de toda su vida[30].
¿Somos pecadores? Nuestras ansias de eternidad van unidas al bien que, con la gracia
de Dios, a pesar de nuestras miserias, podemos hacer a los demás. ¡Cuánta paz nos dan
esas palabras del primer obispo de Jerusalén acerca del apostolado!: «Quien convierte a
un pecador de su extravío salvará su alma de la muerte y cubrirá sus muchos pecados»[
31]. Entendemos que, por misericordia divina, sea así, pues el que ejerce un verdadero
apostolado hace una obra de caridad. Le mueve la amistad con Dios y con los demás: ha
aprendido a amar. A quien ha amado mucho, el Señor perdona más todavía: «la caridad
cubre la multitud de los pecados»[ 32].
De este modo, el cristiano debe considerar la existencia del cielo y el infierno no sólo
como invitación a la vigilancia, sino más bien como fuente de esperanza. Dios es la
justicia, y crea la justicia de modos que no podemos ni imaginar. Respeta la libertad del
hombre y no le regatea su gracia, pero no borra todo lo que éste ha hecho. La justicia y la
misericordia de Dios son inseparables e infinitas, pero de esta verdad no se puede
concluir que cualquier acción humana tenga el mismo valor: eso sí, Él nos asegura que,
al final de los tiempos, no permitirá que la maldad tenga la última palabra[33]. Por eso, la
consideración de las verdades eternas nos impulsa a hacer un hondo y extenso
apostolado, aprovechando todas las oportunidades que se presenten, también mediante
encuentros ocasionales en la calle, en un medio de transporte, en una tienda… ¡Cuántas
veces estas oportunidades, sólo aparentemente fortuitas, han supuesto para una persona
acercarse a la fe y a los sacramentos, a la vida eterna!
Es lógico que acudamos con alegría a Nuestra Madre, poniendo bajo su manto nuestro
deseo de estar por siempre con Ella y su Hijo en el Cielo. «Ella es la seguridad, Ella es el
principio y el asiento de la sabiduría; y Ella, la Virgen Madre, medianera de todas las
gracias, es la que nos llevará de la mano hasta su Hijo, Jesús»[ 34]. La Virgen nos
enseñará a saber responder con generosidad, en todas las circunstancias, a lo que el
Señor espera de nosotros; así, cuando llegue el momento del Juicio, no encontraremos a
un Juez en el sentido austero de la palabra, sino simplemente a Jesús[35].
Notas
[4] Cfr. Benedicto XVI, Car. enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 11.
[6] Mt 5, 16.
[8] Jn 14, 6.
26
[10] Jn 1, 1.
[11] Cfr. Benedicto XVI, Car. enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 25-26.
[13] Cfr. Benedicto XVI, Car. enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 12.
[15] Cfr. Mt 5, 22; 11, 23; Mc 9, 43-48; vid. también Is 14, 15; Ez 32, 21-24; Sb 4, 19.
[18] Cfr. Is 66, 24; Mc 9, 42ss.; Mt 5, 22; 13, 42; 18, 8; 25, 30-41; Lc 13, 28; 24, 51; 25, 30; Ap 14, 10-11.
[23] 2 Ts 2, 7.
[26] 1 Tm 2, 4.
[28] Ap 2, 17.
[31] St 5, 20.
[32] 1 Pe 4, 8.
[33] Cfr. Benedicto XVI, Car. enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 43-44.
[34] San Josemaría, La Virgen del Pilar, en Libro de Aragón , CAMP de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1976, §
13.
El ser humano puede estar seguro de que su anhelo de vida tiene respuesta en la
providencia amorosa del Padre
«El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la
disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la
desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la
perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo»[ 1]. A la inquietud del hombre por su
propia fragilidad y finitud la revelación responde con luces profundas. Afirma, en primer
lugar, que el origen del enigma ?la muerte tal como la conocemos, penosa y trágica? está
íntimamente vinculado con la entrada del pecado en la historia humana: «por medio de un
solo hombre entró el pecado en el mundo» ?dice S.
Pablo en alusión a la caída original? «y a través del pecado la muerte»[ 2]. Sin embargo,
la revelación enseña también ?y esto es más importante aún? que ni la muerte ni el
pecado tienen la última palabra sobre el hombre. El ser humano no está condenado,
pues, a vivir «sin esperanza y sin Dios»[ 3]; puede estar seguro de que su anhelo de vida
tiene respuesta en la providencia amorosa del Padre.
La esperanza veterotestamentaria
En el Antiguo Testamento, los primeros indicios que hallamos de una vida después de la
muerte consisten en dos términos: sheol y refaim; el sheol es el “lugar” donde habitan
losrefaim, las sombras de los hombres difuntos[4]. Este primer esbozo, tenue, del eterno
destino humano, adquiere con el tiempo mayor relieve y color: así, en algunos Salmos, el
hombre justo expresa la confianza de que Dios le libere del sheol: «No abandonarás mi
alma en el sheol»[ 5]; «Dios rescatará mi alma, me arrancará de las manos del sheol»[
6] . La esperanza veterotestamentaria de un triunfo sobre la muerte cristaliza finalmente
en dos líneas: la de la inmortalidad del alma y la de la resurrección de la carne en el
último día. Por un lado, el libro de la Sabiduría afirma que el núcleo de la persona ?el
alma (psykhé ) ? es imperecedero, y capaz de recibir una recompensa al término de la
vida mortal. Asegura que las almas de los justos difuntos están en la paz, en las manos
de Dios[7], mientras advierte a los impíos que tras su muerte «irán temblando a dar
cuenta de sus pecados, y sus iniquidades les acusarán cara a cara»[ 8]. Por otra parte,
otros libros del Antiguo Testamento ?2 Macabeos y Daniel? anuncian firmemente la
resurrección en el último día: los justos y los que padecen martirio por mantenerse fieles
a Dios ?dicen? pueden esperar una resurrección para la “vida”, mientras que los impíos
sólo pueden aguardar una resurrección para el «oprobio»[ 9]. Estas dos líneas bíblicas
son complementarias: las alusiones al alma inmortal se pueden entender como referidas
al estado en que queda la persona enseguida después de morir, y las menciones de la
resurrección corporal como referidas al estado definitivo ?reconstituido? del hombre al
final de la historia.
La esperanza cristiana
El Nuevo Testamento derrama una luz más completa sobre el misterio de la muerte. Por
un lado, confirma su conexión primigenia con el mysterium iniquitatis; la muerte es, en
palabras de San Pablo, el «salario del pecado»[ 10]: consecuencia, señal y recordatorio
de la pecaminosidad humana. Pero por otra parte, la revelación neotestamentaria anuncia
la Buena Nueva de la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. El Hijo de Dios,
28
Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica , la muerte puede ser contemplada desde la
fe como «la última Pascua del cristiano» [18
]: punto de tránsito de la vida terrena a la vida eterna junto al
Señor, con la gozosa perspectiva de resucitar con Él en el último día.
Meditatio mortis
Puede afirmarse, por tanto, que la retribución ?premio o castigo? del individuo, por lo que
se refiere a su contenido fundamental de unión o separación respecto a Dios, empieza
justo tras la muerte. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica , «la muerte pone fin a
la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina
manifestada en Cristo (cfr. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio
principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida;
pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de
la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre
29
Lázaro (cfr. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cfr. Lc 23, 43), así
como otros textos del Nuevo Testamento (cfr. 2 Co 5, 8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23)
hablan de un último destino del alma (cfr. Mt 16, 26) que puede ser diferente para unos y
para otros» [21]. La doctrina del juicio particular aparece aquí como corolario de una verdad
fundamental: que los hombres, en el momento de su defunción, se sitúan ya en estados
de salvación o no-salvación. «Cada hombre, después de morir, recibe en su alma
inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a
través de una purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del
cielo, bien para condenarse inmediatamente para siempre» [22].
El hecho de que con la vida mortal termina el tiempo disponible para dar respuesta a Dios
?sí o no?, constituye para el creyente un reclamo a la responsabilidad. «A la tarde te
examinarán en el amor» [23]; no nos esperan más vidas, ni una segunda oportunidad, como
propugnan las teorías sobre la reencarnación[24]. Saber esto ?vislumbrar en el horizonte la
llegada irrevocable de la muerte? nos mueve a trabajar con santa urgencia: «Los que
andan en negocios humanos dicen que el tiempo es oro. ?Me parece poco: para los que
andamos en negocios de almas el tiempo es ¡gloria!»[25].
El individuo que muere como amigo de Dios, pero insuficientemente maduro en el Amor,
ha de pasar por una purificación. Tal individuo, seguro ya de su eterna salvación, sufre de
todos modos un proceso que perfecciona sus disposiciones. «Los que mueren en la
gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de
su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la
santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios»[ 26].
¿Qué nos dice la revelación acerca de este misterio? Hallamos indicios preciosos en la
Escritura, que sirven de base para la doctrina de la purificación postmortal[27]. Por una
parte, la Biblia habla de la santidad de Dios, que reclama del hombre una cierta
preparación para acceder a la presencia divina. La ley veterotestamentaria sobre la
pureza legal estaba encaminada a inculcar esta idea en el pueblo elegido[28], al estipular
a quienes debían participar en el culto ritos previos de purificación. En la predicación de
Jesús también encontramos la misma invitación fundamental: «sed perfectos como
vuestro Padre celestial es perfecto»[ 29]. Dios, tres veces santo, pide y facilita una
santidad correspondiente en el hombre. Es razonable pensar que, si una persona muere
libre de pecado mortal pero sin haber coronado su camino de santidad ?«la santificación,
sin la cual la cual nadie puede ver a Dios»[ 30]? su historia de perfeccionamiento prosiga
tras la muerte.
La doctrina del purgatorio nos recuerda que, para un sujeto en uso de su libertad, una
cierta preparación ?acompasada por la gracia? es necesaria para ser admitido al
consorcio trinitario. Hay un camino que recorrer que, si no llega a consumarse en esta
vida, debe terminarse luego. El misterio acerca de la maduración después de la muerte
es sumamente congruente con la santidad, justicia y amor de Dios. «El purgatorio es una
misericordia de Dios, para limpiar los defectos de los que desean identificarse con Él»
[34].
Así, el individuo que muere en gracia y a la vez con imperfecta santidad ya está salvado,
pero su plena comunión con la Trinidad queda retrasada mientras no posea la suficiente
sazón en el amor y la santidad (aunque la dilación no se puede medir con categorías
terrenas: segundos, minutos, meses, años, siglos...). El retraso implica, para el difunto,
una experiencia dolorosa y gozosa a la vez. Se ve a sí mismo unido a Cristo, pero todavía
no cabalmente cristificado. La plena comunión con el Señor, con el Padre y con el
Espíritu Santo, está ya casi al alcance, al no interponerse ningún obstáculo permanente;
sin embargo, uno mismo se percibe inmaduro para tal consorcio. Su amor se traduce
entonces en dolor, por la tardanza del encuentro con el Amado. Santa Catalina de
Génova (s. XV) afirma que el fuego que experimenta el alma en el purgatorio no es otro
que la pena que brota al comprobar, por una parte, que ningún pecado serio obstaculiza
la unión con Dios, y al descubrir, por otra, que el estado de santidad imperfecta no
permite acercarse plenamente a Él [35]. Se trata, pues, de una pena de retraso; del amor nace el dolor, y
el mismo dolor purifica y perfecciona el amor.
La Iglesia, en sus ritos y oraciones fúnebres, así como en el día en que conmemora a
todos los fieles difuntos, nos recuerda el valor de los sufragios por los que han fallecido.
Como miembros de la misma familia cristiana, podemos ayudarles, entre otras formas,
obteniendo para ellos indulgencias ?remisión ante Dios de la pena temporal por los
pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa?, de manera que se vean libres ?en parte o
totalmente, según que la indulgencia sea parcial o plenaria? de las penas temporales
debidas por sus pecados[36].
El Señor, desde su sede a la derecha del Padre, ora incesantemente por los vivos y
difuntos; y los que están incorporados a Él pueden pedir juntamente con Él: « Vox una,
quia caro una», la voz es una porque la carne es una, dice San Agustín[38]. Como parte del “Cristo
Total” ?según la terminología agustiniana[39
]?, los cristianos podemos rezar por los difuntos con la
seguridad de que el Padre nos escucha y es así como, en palabras de San Josemaría,
vivimos «sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte» [40].
31
Notas
[2] Rm 5, 12.
[3] Ef 2, 12; cfr. BENEDICTO XVI, Litt. enc. Spe salvi, 30-XI-2007, n. 2.
[4] Cfr. Jb 7, 9; 10, 21-22, Sal 88, 13; 89, 49; 139, 8; Is 7, 11.
[8] Sb 4, 19-20.
[12] 2 Co 5, 8.
[15] SAN FRANCISCO DE ASÍS, Cántico de las criaturas ; cfr. SAN JOSEMARÍA, Camino, n. 739.
[16
] SAN JOSEMARÍA, Surco, n. 885
[17
] SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Epistola ad Romanos, 5, 3.
[18
] Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1680.
[19
] Cfr. SAN AGUSTÍN, De civitate Dei, 13, 20; SANTO TOMÁS, S. Th. I, q. 118, a. 3.
[20
] BENEDICTO XII, Const. Benedictus Deus, 29-I-1336.
[21
] Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1021.
[22
] Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1022.
[23
] SAN JUAN DE LA CRUZ, Dichos, 64.
[24
] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica , n. 1013.
[25
] SAN JOSEMARÍA, Camino, n. 355.
[29] Mt 5, 48.
32
[30] Hb 12, 14. Cfr. 2 Co 13: el cristiano que se presenta ante Dios con obras imperfectas “quedará a salvo,
pero como quien pasa a través del fuego”.
¿Qué es lo que nos da la fe y nos permite esperar? San Pablo dice a los cristianos de
Efeso que antes de creer «no tenían en el mundo ni esperanza ni Dios»[ 4]. En efecto, el
cristiano cree en Dios y espera en Dios; sólo Él hace posible nuestro esperar: «llegar a
conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza»[ 5]. La
recibimos de Él, porque la esperanza es una virtud teologal que se nos infunde en el
Bautismo. Junto con la fe y la caridad, la esperanza adapta nuestras facultades a la
participación de la vida divina[6], nos
hace capaces de obrar como hijos de Dios porque realmente lo somos[7]. «La promesa de Cristo no
es solamente una realidad esperada sino una verdadera presencia»[ 8]. «La santa esperanza
es un anticipo del amor interminable en nuestra definitiva Patria»[ 9].
La esperanza tiene como objeto a Dios que se nos dona y que podremos poseer para
siempre; esta afirmación de fe y de esperanza se abre hacia varias cuestiones
importantes. La encíclica Spe Salvi plantea en primer lugar el sentido de una vida eterna,
pues «tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no
33
les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para
esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Seguir viviendo para
siempre –sin fin– parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar
la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas
aburrido y al final insoportable»[ 10]. A esta objeción, Benedicto XVI responde
reafirmando que la vida eterna es un don de Dios; no habrá en ella nada de monotonía, ni
de aburrimiento, porque será un sumergirse siempre de nuevo en el océano de su Amor
infinito, donde no habrá antes ni después[ 11]; el hombre sólo puede ser verdaderamente
feliz con la felicidad de Dios.
Esta primera respuesta nos abre a una segunda pregunta. Si la vida eterna consiste en
ese “sumergirse en el océano del amor infinito”, ¿cómo evitar que la esperanza en la vida
eterna no parezca una lucha por la propia salvación individual, sin considerar las propias
responsabilidades respecto al mundo y al hombre? Ciertamente, algunas veces los
cristianos han planteado de ese modo la esperanza; sin embargo, en realidad, esa unión
con Dios se ha de entender como un «estar unidos existencialmente en un “pueblo” y sólo
puede realizarse para cada persona dentro de este “nosotros”. Precisamente por eso
presupone dejar de estar encerrados en el propio “yo”, porque sólo la apertura a este
sujeto universal abre también la mirada hacia la fuente de la alegría, hacia el amor
mismo, hacia Dios»[ 12].
Por último, la encíclica Spe Salvi plantea una tercera cuestión: ¿por qué algunos
pensadores modernos han sostenido que la esperanza cristiana llevaría a desentenderse
de la construcción de la sociedad humana?[13]. La respuesta está en que esos autores
creen que la salvación no vendrá de la fe, sino de la capacidad humana de transformar el
mundo; de este modo, «no es que se niegue la fe; pero queda desplazada a otro nivel –el
de las realidades exclusivamente privadas y ultramundanas– al mismo tiempo que resulta
en cierto modo irrelevante para el mundo»[ 14]. Por este motivo, «la esperanza recibe
también una nueva forma. Ahora se llama: fe en el progreso». Se nos promete que de
una esperanza totalmente humana «surgirá un mundo totalmente nuevo, el reino del
hombre». Este progreso sería «la superación de todas las dependencias, es progreso
hacia la libertad perfecta… La razón y la libertad parecen garantizar de por sí, en virtud
de su bondad intrínseca, una nueva comunidad humana perfecta»[ 15].
Es interesante notar que el trabajo humano se estructura según una dinámica similar a la
de la esperanza. Y no sólo porque el trabajo implique el esfuerzo, la perseverancia y la
lucha que en definitiva son sostenidas en el creyente por la esperanza, sino también
porque cualquier labor precisa la confianza en lograr algo mejor a través del propio
34
Todo trabajo, pequeño o grande, intelectual o manual, se presenta como una idea por
realizar, o algo que se va a llevar a cabo y que se puede terminar. Antes de comenzarlo,
el hombre plantea, en base a la experiencia, mediante la imaginación y con la
colaboración con otras personas, un proyecto que todavía no tiene consistencia real, pero
que es practicable. Quizá se trata de la construcción de un edificio, del estudio de una
materia, de la limpieza del jardín, etc. En su origen, el plan es concebido en la mente
humana, y luego se aplica a la realidad para determinar los medios; éstos, a su vez, se
ponen en práctica superando los obstáculos previstos y no previstos. Poco a poco el
proyecto inicial va tomando forma, se hace realidad.
Dentro de este proceso se aplican muchas virtudes. Pero entre ellas siempre ocupa un
lugar especial, un lugar “de presidencia” por así decir, algún tipo deesperanza. En efecto,
la esperanza dirige el entero proceso de la realización del trabajo, pues pone en marcha
las distintas etapas y capacidades, y permite superar las dificultades tanto objetivas (falta
de medios) cuanto subjetivas (desaliento); si faltara esa confianza en alcanzar el fin que
se busca, el hombre dejaría de implicarse en esa tarea. Decía San Josemaría: «me siento
siempre movido a respetar, e incluso a admirar la tenacidad de quien trabaja
decididamente por un ideal limpio»[ 18]. La esperanza de que un futuro mejor es realizable, lleva a
las almas magnánimas e empeñar todas sus fuerzas por conseguirlo, para sí y para los
demás; pero es importante recordar que la esperanza del reino de Dios no puede ser
reemplazada por la esperanza del reino del hombre[19].
Por eso, San Josemaría también afirmaba «considero una obligación mía recordar que
todo lo que iniciamos aquí, si es empresa exclusivamente nuestra, nace con el sello de la
caducidad»[20].
Una esperanza meramente humana puede frustrarse, a pesar de todos los esfuerzos,
porque siempre hay factores que escapan a nuestro control o porque lo que parecía un
hermoso ideal acaba convirtiéndose en una auténtica tiranía. Aún así, esta realidad, lejos
de llevar al desánimo, permite ver la riqueza que supone para el hombre y su trabajo la
esperanza teologal. Con ella, la razón y la libertad humanas descubren a Dios, y aquel
trabajo, siendo completamente humano, queda divinizado; es a la vez fuente de alegría
sobrenatural y de satisfacción humana.
La encíclica Spe Salvi nos ofrece el ejemplo de San Agustín, mostrándonos que un
aspecto central de su ministerio fue transmitir esperanza. «En la difícil situación del
imperio romano, que amenazaba también al África romana y que, al final de la vida de
Agustín, llegó a destruirla», observa, «quiso transmitir esperanza, la esperanza que le
venía de la fe y que, en total contraste con su carácter introvertido, le hizo capaz de
participar decididamente y con todas sus fuerzas en la edificación de la ciudad»[ 24]. Por
medio de la oración, dice en otro lugar, «se realizan en nosotros las purificaciones, a
través de las cuales llegamos a ser capaces de Dios e idóneos para servir a los hombres.
Así nos hacemos capaces de la gran esperanza y nos convertimos en ministros de la
esperanza para los demás: la esperanza en sentido cristiano es siempre esperanza para
los demás»[ 25].
Más que cualquier otra persona, la Virgen puede ser llamada spes nostra, nuestra
esperanza, porque vivió –junto con la caridad y la fe– una vida llena de esperanza, y nos
la contagia generosamente si nos acercamos a Ella con confianza y humildad. «Cuando
llena de santa alegría fuiste aprisa por los montes de Judea para visitar a tu pariente
Isabel, te convertiste en la imagen de la futura Iglesia que, en su seno, lleva la esperanza
del mundo por los montes de la historia»[ 27]. Además, las penas y dolores que
embargaron su alma a lo largo de su vida y especialmente al pie de la Cruz donde moría
su Hijo, no fueron capaces de apagar la esperanza. En esa situación, cabe preguntarse:
«¿Había muerto la esperanza?»[ 28]. «No», debe ser la respuesta, porque «junto a la
cruz, según las palabras de Jesús mismo, te convertiste en madre de los creyentes»[ 29].
«Pidamos a Santa María, Spes nostra», decía San Josemaría, «que nos encienda en el
afán santo de habitar todos juntos en la casa del Padre. Nada podrá preocuparnos, si
36
Notas
[5] Ibid., n. 3.
[7] Cfr. 1 Jn 3, 1.
[10] BENEDICTO XVI, Spe salvi, n. 10. . Por este motivo, «la esperanza recibe también una nueva forma. Ahora se llama:
fe en el progreso». Se nos promete que de una esperanza totalmente humana «surgirá un mundo totalmente nuevo, el
reino del hombre». Este progreso sería «la superación de todas las dependencias, es progreso hacia la libertad
[24] BENEDICTO XVI, Spe salvi, n. 29. . Además, las penas y dolores que embargaron su alma a lo largo de su vida y
especialmente al pie de la Cruz donde moría su Hijo, no fueron capaces de apagar la esperanza. En esa situación, cabe
37
El anhelo de la parusía
Las oraciones que reza la Iglesia por los moribundos y por los difuntos arrojan luces
importantes sobre el enigma de la muerte. Aluden al encuentro con un Dios cuya
misericordia y justicia determinan el destino del difunto, «bien a través de una
purificación, bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo, bien para
condenarse inmediatamente para siempre»[ 7]; expresan, además, la esperanza en la
resurrección al final de los tiempos.
Por ejemplo es común rezar esta bella oración por el moribundo: «marcha, alma cristiana,
de este mundo, en nombre de Dios Padre todopoderoso que te creó, en nombre de
Jesucristo el Hijo de Dios vivo que padeció por ti, en nombre del Espíritu Santo que fue
infundido en ti: esté hoy tu lugar en la paz y tu habitación junto a Dios en la Sión santa»[
8]. Y una de las plegarias posibles a la hora de disponer el cadáver del difunto en el
féretro es: «recibe, Señor, el alma de tu siervo, que te has dignado llamar de este mundo
a ti, para que liberada del vínculo de todos los pecados, se le conceda la felicidad del
descanso y de la luz eterna, de modo que merezca ser levantada entre tus santos y
elegidos en la gloria de la resurrección»[ 9].
Desde los primeros tiempos, los cristianos ?de modo parecido a los judíos? han
practicado la oración por los difuntos y ofrecido sufragios por su eterno descanso. Esta
tradición es indicativa no sólo de la fe en la pervivencia más allá de la muerte ? vita
mutatur, non tollitur (la vida no acaba, es transformada)[13]?, sino que expresa además la
confianza en Dios misericordioso y justo, y en la eficacia de las plegarias de la familia de
Dios. Comentando la tradición de rezar por los muertos, dice Benedicto XVI que «se
puede dar a las almas de los difuntos “consuelo y alivio” por medio de la Eucaristía, la
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oración y la limosna»; y agrega «que el amor pueda llegar hasta el más allá, que sea
posible un recíproco dar y recibir, en el que estamos unidos unos con otros con vínculos
de afecto más allá del confín de la muerte, ha sido una convicción fundamental del
cristianismo de todos los siglos y sigue siendo también hoy una experiencia consoladora.
¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se
fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón?»[ 14].
La convicción de que el difunto, habiendo traspasado el velo de la muerte, abre sus ojos
ante el Juez Misericordioso, y de Él recibe retribución, sirve para avivar en el creyente un
hondo sentido de solidaridad y responsabilidad. «Nadie vive solo. Ninguno peca solo.
Nadie se salva solo (…) Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro,
algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para
con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación (…)
Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo
mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven
y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el
máximo también por mi salvación personal»[ 15]. Así, pues, ¿ofrecemos sufragios
abundantes por nuestros familiares y amigos difuntos? ¿Rezamos con fe por todos los
difuntos?
Por designio divino, los misterios escatológicos son no sólo manifestados en la liturgia,
sino hechos actuales y presentes. «La belleza de la liturgia es parte del Misterio pascual:
es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse del Cielo
sobre la tierra»[ 16]. Así se comprende que las voces de los hijos e hijas de la Iglesia en
la tierra se unen en cada celebración al «clamor de muchos ángeles que rodeaban el
trono, a los seres vivos y a los ancianos»[ 17]. Una realidad que llevaba a san Josemaría
a vivir la liturgia con una especial conciencia de la comunión de toda la Iglesia, a
descubrirnos la grandiosidad de esa alabanza universal: «la tierra y el cielo se unen para
entonar con los Ángeles del Señor: Sanctus, Sanctus, Sanctus (...) Yo aplaudo y ensalzo
con los Ángeles: no me es difícil, porque me sé rodeado de ellos, cuando celebro la Santa
Misa. Están adorando a la Trinidad. Como sé también que, de algún modo, interviene la
Santísima Virgen, por la íntima unión que tiene con la Trinidad Beatísima y porque es
Madre de Cristo, de su Carne y de su Sangre»[18].
De un modo misterioso pero real, la celebración litúrgica pone a los fieles ?sujetos
inmersos en la historia, peregrinantes, pecadores? en comunicación con Cristo sentado
en gloria a la derecha del Padre, junto con los ángeles y santos «que gritaban con fuerte
voz: ?¡La salvación viene de nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y del Cordero!»[
40
20]. Realiza ya, aunque sólo de modo parcial, la vida con la Trinidad que esperamos
alcanzar al final de los tiempos: «en la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en
aquella liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos
dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como
ministro del santuario y del tabernáculo verdadero, cantamos al Señor el himno de gloria
con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos tener parte
con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, Nuestro Señor Jesucristo,
hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos también gloriosos
con El»[ 21].
Notas
[5] Hb 11, 1.
[10] Misal Romano, Oración colecta de la misa exequial fuera del tiempo pascual, B.
[11] Misal Romano, Oración sobre las ofrendas, Misa en el aniversario de un difunto, D.
[15] Ibid.
[16] Benedicto XVI, Exhort. apost. Sacramentum caritatis, 22 de febrero de 2007, n. 35.
[20] Ap 7, 10.