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Un Cafe en Helsinki - Grace Grant

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UN CAFÉ EN HELSINKI

Grace Grant
Copyright © 2024 Grace Grant

© Edición: Lucía Guerrero Becerra.


© Corrección y maquetación: Estefanía Carmona Sánchez.
© Diseño de cubierta e interiores: Realizado con Canva utilizando elementos adquiridos en su banco
de imágenes (algunos puestos a disposición por parte de CreativeValuations y otros diseñados por
Polina Shapovalova, Sartika Hadinata y Oldin de hunsearenity's designs).

Todos los derechos reservados. Queda prohibida su reproducción total o parcial. Asimismo, se
restringe su incorporación a cualquier sistema informático y su transmisión por cualquier medio sin
el permiso expreso y por escrito de los titulares del copyright. Queda igualmente prohibido su uso
para alimentar las bases de datos y entrenar los algoritmos de las inteligencias artificiales. Todo ello,
salvo las excepciones y bajo las sanciones establecidas por las leyes.
A los que dan rienda suelta a la creatividad en momentos de
procrastinación.
NOTA DE LA AUTORA
Esta historia está narrada en español, pero hay gran cantidad de
conversaciones en inglés por parte de personajes que, si bien no lo tienen
como lengua materna ni puede decirse que sean bilingües, lo utilizan día a
día para comunicarse entre ellos.
La versión de la novela que tienes en tus manos contiene las traducciones
de estos diálogos, las cuales aparecen en letra cursiva para poder
identificarlas con facilidad.
En cualquier caso, si alguien quisiera leer la historia tal y como fue escrita
originalmente, al final del libro encontrará un código QR a través del cual
podrá descargarla de forma gratuita en PDF.
¡Disfruta de la lectura!
1

S
i unos días atrás le hubiesen dicho que ese fin de semana estaría en
Londres atendiendo un puesto dentro de una convención de baristas
europeos en lugar de sirviendo capuchinos y frapés en la cafetería para
la que trabajaba en Madrid, Carla habría pensado que le estaban tomando el
pelo.
De hecho, eso fue precisamente lo que ocurrió. Cuando su jefa se lo
comunicó aquel mismo lunes, de primeras pensó que se estaba
cachondeando de ella. Pero, como no llegó a reírse en ningún momento e
incluso parecía fastidiada de verdad por no poder asistir ella misma, acabó
aceptando que aquello no era asunto de broma.
Así pues, dando por hecho que Carla no tenía nada que hacer aparte de
estar a su completa disposición, su jefa ya había tramitado el cambio de
nombre en el billete de la aerolínea y los datos de alojamiento del hotel.
Tampoco se habría negado si le hubiera preguntado si le apetecía ir. Al
fin y al cabo, no iba a rechazar un viaje gratis. Sí, tendría que pasarse las
mañanas y las tardes allí parada tras la barra de su stand promocionando el
negocio, sirviendo cafés y repartiendo cupones de descuento para
potenciales clientes que viajaran a la capital española en el futuro, pero, una
vez que se cerraran las puertas del pabellón, podría usar su tiempo libre
para hacer turismo o lo que le apeteciera.


Aquel era el primer día de la convención. El objetivo de esta era,
supuestamente, poner en valor la cultura del café en Europa a la vez que le
daban la oportunidad de promocionarse a pequeñas cafeterías de distintos
puntos del continente. Esa misma mañana, en cuanto fue inaugurada, había
tenido que estar varias horas seguidas de pie, mostrando su mejor sonrisa
para las autoridades y los representantes de los patrocinadores que se
paseaban por los pasillos saludando a los dueños de algunos de los puestos
frente a las cámaras de los medios de prensa que cubrían el evento, y
atendiendo a los primeros asistentes que iban llegando. Por suerte, ningún
periodista se acercó para entrevistarla.
En aquel momento, sin embargo, el ambiente estaba más relajado. Eran
las tres de la tarde de un jueves de mediados de marzo y el pabellón se
encontraba bastante vacío. Un influencer gastronómico estaba dando una
charla en uno de los auditorios principales y casi todos los asistentes se
habían congregado allí. En su zona, que era exclusiva para negocios que
solo ofertaban bebidas en la convención, algunos de los baristas habían
salido para comer algo y otros aprovechaban para limpiar sus stands o,
simplemente, pasar el tiempo mirando sus teléfonos. Las chicas belgas del
puesto de al lado habían ido un paso más allá al sacar una Nintendo y
ponerse a echar una partida al Mario Kart. Hasta sus oídos llegaba con
nitidez el grito de Yoshi cada vez que lograba derribar a alguien con un
caparazón de tortuga.
Carla estaba sentada en una silla, con su pequeño cuaderno de bocetos
sobre las piernas y un bolígrafo en la mano, intentando distraerse. En
cuanto dejaba que su mente vagara a sus anchas acababa sucumbiendo a la
tentación de coger el móvil para comprobar por enésima vez si tenía alguna
notificación de Martín, y entonces la decepción la envolvía al ver que no
había recibido nada. Después, claro, esa decepción acababa dando paso al
enfado, pero al poco rato volvía a sentir la necesidad de echar otro vistazo
para ver si le había escrito algún mensaje o mandado algo, cualquier cosa,
aunque fuese un mísero «me gusta» a la foto que había subido aquella
mañana a las historias de Instagram, iniciando así de nuevo el bucle
decepción-enfado en el que llevaba sumida desde que le había dicho que se
iba sola unos días al extranjero y eso, por alguna razón, le había molestado.
Al parecer, su forma de gestionar el asunto había sido empezar a hacerle el
vacío desde el mismo momento en el que Carla se negó a decirle a su jefa
que mandara a otra de sus compañeras en su lugar, tal y como él le había
sugerido.
Ni siquiera sabía por qué estaba tan ansiosa. Tan solo llevaba dos
meses conociendo a aquel tipo. Si era incapaz de aceptar que era una
persona independiente y que tenía una vida más allá de esa relación, si es
que se le podía llamar así a lo que fuese que había entre ellos, que volviera
a descargarse Tinder y empezara a buscarse a otra que aguantase sus
tonterías. Aunque, viendo el panorama, quizá lo mejor sería que no
intentara salir en serio con nadie, directamente.
Llevaba un rato garabateando una serie de figuras sin mucha
coherencia entre sí por toda la página cuando escuchó una voz frente a ella.
—Hola, ¿te interrumpo?
Carla alzó la mirada. Se trataba de una mujer que rondaría su edad.
—¡Hola! No, qué va —le dijo a la vez que se levantaba de la silla y
dejaba el cuaderno y el boli a un lado, pensando que se trataría de alguna
joven que, como tantos otros, se habría ido de su país intentando buscar un
mejor futuro en las islas británicas. Sin embargo, ahora que la miraba mejor,
a Carla se le encendió la bombilla—. Eres la chica del stand de enfrente,
¿verdad?
—Sí. Mi hermano y yo tenemos una cafetería en Helsinki.
Perfectamente podría ser una muchacha española que se había
marchado a buscarse la vida en el país nórdico, sí, pero su aspecto era más
propio de la región del Báltico: alta, delgada, con el pelo rubio y liso atado
en una coleta de caballo. Tenía un aro plateado en el septum, llevaba unas
gafas de pasta bastante anchas con la montura transparente y, gracias al polo
negro de mangas cortas que vestía, lucía los brazos llenos de tatuajes con
motivos florales en su mayoría, aunque Carla pudo distinguir también
algunos trazos con formas de animales.
—¿Puedo preguntarte cómo es que hablas mi idioma mejor que yo?
La mujer mostró una sonrisa de lado, probablemente satisfecha con el
halago.
—Me fui un año de Erasmus a Valencia cuando estudiaba en la
universidad. Además, mi abuela es española.
—Eso lo explica bastante bien, sí.
—¿Has venido sola? No te he visto acompañada en todo el día.
—Sí. En realidad es mi jefa la que tendría que haber venido, no yo,
pero se apuntó para la convención sin acordarse de que este mismo fin de
semana se casaba un familiar. No le iban a devolver lo que había pagado
por colocar el puesto, así que me ha mandado a mí.
—¿Y tu jefa puede manejar bien un negocio con esa cabeza?
—Mientras me pague a final de mes… —se encogió de hombros— que
lo maneje como quiera.
—Bueno, me he acercado porque llevo viendo tu cartel desde esta
mañana y no me creía del todo lo que leía… —Arqueó las cejas, mirando la
pizarra con el nombre de las bebidas que ofrecía—. ¿Café con zumo de
naranja?
La organización del evento había pedido encarecidamente que cada
negocio se limitara a ofrecer una pequeña selección de sus productos para
que los asistentes no se vieran abrumados entre tantas opciones. Para llamar
la atención y destacar, su jefa había elegido incluir en la selección una de
sus bebidas más… controvertidas.
Carla no pudo evitar reírse.
—Lo sé, suena asqueroso, pero está sorprendentemente bueno.
¿Quieres probarlo?
—Por supuesto —le contestó—. ¿Puedo preguntar cómo se prepara?
Carla se puso manos a la obra cogiendo un par de naranjas y
metiéndolas en el exprimidor. La organización era quien había
proporcionado todos los electrodomésticos que cada negocio había
solicitado para su puesto, pero ellos tenían que surtirse con los ingredientes
que necesitaran. Por eso, antes de que abriera el pabellón, había tenido que
dar unos cuantos viajes a un supermercado cercano para comprar varios
kilos de naranjas, sacos de hielo y cartones de leche animal y vegetal, entre
otras cosas. El café se lo había podido traer desde Madrid en la maleta.
—Primero exprimes el zumo, luego le pones hielo picado, después un
poco de tónica y por último echas el café expreso por encima —le explicó,
apagando el exprimidor. Abrió la nevera para coger el refresco con gas—.
Si se prepara bien, el zumo se queda abajo y el café arriba, sin mezclarse.
—¿Y a quién se le ocurrió la idea?
—Imagino que mi jefa le copió la receta a alguien. Se pasa el día en
YouTube mirando canales culinarios cuando está en la oficina.
Carla terminó de echar el café por encima y le dio el vaso a la chica
junto con una pajita de cartón por si quería usarla. Ella le tendió entonces su
tarjeta de crédito.
—No te preocupes, invita la casa.
—¿Seguro? Bueno, te lo pagaré con uno de nuestros cafés.
—Trato hecho.
—Puedo traértelo si quieres. Así no tienes que dejar el puesto
desatendido.
—Vale, ¿qué tenéis?
—Nada tan original como lo que ofreces tú, desde luego. Tenemos café
moka con chocolate blanco o negro, capuchino con avellana y cualquier
variación del típico café: con leche, expreso, americano…
—El moka blanco suena bien.
La mujer metió entonces la pajita en el vaso y le dio un pequeño sorbo
a la bebida a través de ella. Hizo un gesto de sorpresa y aprobación a partes
iguales.
—Interesante. La naranja es lo que se nota primero, pero después se
queda en la boca el sabor a café. —Le dio un nuevo sorbo, esta vez más
largo—. Bueno, voy a decirle a mi hermano que prepare tu moka blanco y
ahora te lo traigo.
—Tranquila, no hay prisa.
Se marchó y Carla se puso a atender a un par de muchachas que se
habían acercado para pedir café con hielo y leche de coco. Cuando terminó
de servirlos, la chica ya estaba de vuelta. Le dejó el vaso sobre la barra de
madera y, junto a él, un papel con algo escrito a mano.
—Es mi número de teléfono. Si necesitas salir al baño o a estirar las
piernas, háblame y vengo a vigilar tu puesto. No sabré preparar nada, claro,
pero puedo hablar a los clientes de las maravillas del café con naranja
mientras me quedo pendiente de que no te roben.
—No te preocupes. Llevo en una riñonera el poco dinero en efectivo
con el que me han pagado y, sinceramente, me da igual que me quiten una
pieza de fruta o un cartón de leche. Pero muchas gracias, de verdad.
Entonces, ¿te ha gustado el café?
—Estaba genial, te lo prometo. Lo que pasa es que he cometido el error
de dárselo a probar a mi hermano y no me lo quiere devolver.
Carla sonrió.
—No pasa nada, te prepararé otro.
—No hace falta. Dentro de un rato me voy a ir a dar una vuelta por la
zona de los puestos de comida y no quiero tener el estómago lleno. —La
chica se colocó mejor las gafas sobre el puente de la nariz y le hizo un gesto
de despedida con la mano—. Bueno, ya nos veremos. Avísame si necesitas
cualquier cosa. Me llamo Leena, por cierto.
—Yo, Carla.
Cuando Leena se dirigía de nuevo hacia su puesto, Carla echó un
vistazo a su hermano, quien terminaba de atender a un cliente en esos
momentos. Como si supiese que alguien le estaba observando desde el otro
lado del pasillo, el tipo le devolvió la mirada. Carla sonrió entonces y
levantó el vaso que Leena le había dejado encima de la barra, haciendo a la
vez un pequeño gesto con la cabeza a modo de agradecimiento. Como
respuesta, él levantó del mismo modo el vaso que le había quitado a su
hermana, ya prácticamente sin contenido, y alzó el dedo pulgar de la otra
mano para indicarle que le había encantado. También le regaló una amplia
sonrisa.
Una señora con una pinta inconfundiblemente británica llegó entonces
hasta su puesto, dando por acabada aquella conversación no verbal.
—Hola, ¿me podrías poner un café con zumo de naranja, por favor?
—Mientras empezaba a prepararlo, la mujer siguió diciendo—: Suena
asqueroso, ¿no te parece? Pero algo me dice que la combinación debe de
estar bastante buena; si no, no lo estarías ofreciendo, ¿verdad que no,
querida?
Lo que la intuición le decía a Carla era que tendría que salir corriendo
al supermercado para comprar más naranjas antes de que acabase el día.
2

A
la mañana siguiente, en cuanto sonó la alarma del móvil, Carla alargó
la mano hasta la mesita de noche para cogerlo y apagarlo. Ya llevaba
un buen rato dando vueltas en la cama.
Instintivamente, lo primero que hizo fue comprobar las notificaciones.
Tenía un par de «me gusta» nuevos en una historia que había subido el día
anterior a su cuenta personal de Instagram y también un mensaje de su
hermana pidiéndole que, si tenía tiempo de ir al Museo Británico, le
comprara unos pendientes con la forma de la piedra de Roseta en la tienda
de souvenirs. Le había mandado una captura de pantalla de la página web
de la tienda del museo con los pendientes en cuestión.
Sin embargo, Carla seguía sin tener noticias de Martín.
Suspiró y buscó en el navegador los horarios del Museo Británico.
Volvió a abrir la conversación con su hermana y le contestó:
[17/3, 7:31] Carla: Julia, el museo cierra un par de horas antes de que yo pueda salir de la
convención. Hoy parece que cierra un poco más tarde al ser viernes, pero me pilla en la otra punta de
la ciudad y dudo que llegara a tiempo. No los puedes pedir desde esa misma web?

Se levantó, descorrió las cortinas de la ventana y comprobó que el cielo


estaba nublado y amenazaba con lluvia. No es que le importara: se iba a
pasar la mayor parte del día bajo el techo del pabellón.
Fue hasta el baño para lavarse la cara y se aplicó una crema hidratante
para que el frío no le resecara la piel. Se vistió con mallas, sudadera ancha y
sus queridísimos botines forrados de pelito, que siempre le daban la
sensación de ir andando sobre una nube, y se recogió la melena de cualquier
manera con una pinza; después, cogió la tarjeta que servía como llave de la
habitación y procedió a bajar hasta la primera planta del hotel en el
ascensor. Puso entonces rumbo hacia la sala donde se servía el bufé del
desayuno y se colocó en la cola para entrar.
No tardó en reconocer a las dos personas que estaban esperando justo
delante de ella manteniendo una conversación en lo que supuso que sería
finlandés.
Carla ya estaba abriendo la boca para saludarles, pero justo en ese
momento su propio móvil timbró con una nueva notificación (la
contestación de Julia, imaginó) y Leena se giró por acto reflejo. Por la
expresión de su rostro, supo que la había reconocido al instante.
—Anda, ¿tú también te estás quedando en este hotel? —la saludó. Sin
esperar respuesta se dirigió a su hermano, que se había dado la vuelta para
ver a quién le estaba hablando—: Markus, ella es Carla, la del café con
naranja.
El chico sonrió.
—Lo sé. Hola, ¿cómo estás?
A diferencia del de su hermana, el acento de Markus era bastante
fuerte. Le tendió la mano y Carla se la estrechó.
—Os parecéis un montón, ahora que os veo de cerca. No podéis negar
que sois familia.
—Ni que somos mellizos —comentó ella.
Pues no, no podían negarlo. Las similitudes eran demasiado evidentes.
Ambos tenían el iris de un tono azul grisáceo, nariz recta de tamaño
mediano y labios no muy finos, pero tampoco gruesos. El pelo de Markus,
tanto el de la cabeza como el de la perilla y el bigote, era exactamente del
mismo tono castaño claro que se vislumbraba en las raíces de Leena, quien
era probable que se aclarara la melena con tinte o algún baño de color. Y, si
las suelas de sus zapatos no engañaban, parecían tener la misma estatura.
Pero también había diferencias notables para cualquiera que no se
limitara a echarles un vistazo rápido: los ojos de ella eran ligeramente más
rasgados, mientras que él tenía los párpados un poco caídos, sin que
llegaran a entristecerle la mirada. Además, ella tenía los pómulos bastante
pronunciados con respecto a las mejillas, así como la línea de la mandíbula
definida y angulosa, y los rasgos del rostro de su hermano eran más
redondeados, lo que le daba un aspecto algo más juvenil en comparación.
Los dos parecían compartir un gusto similar por los piercings: si bien
ella tenía un aro en el septum, él lo lucía en el cartílago de una de sus fosas
nasales. Se preguntó si su piel también estaría llena de tatuajes, aunque con
la sudadera que llevaba puesta era difícil averiguarlo.
Llegó el turno de los hermanos en la cola. Antes de que los atendieran,
Leena se volvió a girar para preguntarle:
—¿Te quieres sentar con nosotros?
—Claro, por qué no.
Le indicaron al jefe de sala el número de sus respectivas habitaciones y
este les condujo hasta una mesa al fondo. Un camarero llegó justo después
y, una vez que estuvieron sentados, les preguntó si iban a beber té o café.
Carla se dirigió entonces a Markus para ir rompiendo un poco el hielo:
—Bueno, dime, ¿es verdad que le robaste a Leena la bebida que le
preparé o te lo dio porque en realidad no le gustó nada y no quería
decírmelo para no hacerme sentir mal?
—No, ella… Ella sí gustó el café.
—Ay, perdona. He dado por hecho que tú también hablabas español —
le dijo, aunque sintiéndose estúpida al pedirle disculpas, justamente, en ese
mismo idioma.
—Sí que lo habla, aunque no con fluidez, como puedes ver —intervino
Leena—. Lo que pasa es que preferiría pegarse un tiro en el pie antes que
mantener una conversación en español, para disgusto de nuestra abuela.
—Hablo un poco —empezó a defenderse él, con claras dificultades. Se
pasó la mano por el flequillo, alborotándolo—. Entiendo lo que dicen, pero
no puedo… —se detuvo, frunciendo el ceño al buscar en su mente la
palabra que quería utilizar, y finalmente dijo con tan poca seguridad que
acabó sonando a pregunta—: ¿conversar? No hablo… rápido.
—Podemos hablar en inglés, si eso facilita las cosas —propuso Carla,
dando por cierto aquel tópico de que en el norte de Europa todo el mundo lo
hablaba a la perfección.
Al chico se le iluminó la cara al oír aquello, como si sus palabras
hubiesen sido campanas celestiales en lugar de una simple sugerencia.
—Si a ti no te importa, te lo agradecería un montón —se apresuró a
decir, aliviado. Su acento nórdico estaba mucho más diluido, aunque
todavía presente.
Carla vio que Leena ponía los ojos en blanco, pero no dijo nada.
—Claro —respondió Carla—. Aunque debo decir que mi inglés está
un poco oxidado. Solo lo hablo cuando tengo que atender a clientes
extranjeros en la cafetería, así que el vocabulario que uso a diario es…
Bueno, está relacionado con la comida, mayormente.
Y era cierto. No era capaz de recordar la última vez que había
mantenido una conversación (mucho menos, una conversación larga y
tendida) en aquel idioma con alguien fuera del trabajo hasta que había
llegado a Londres hacía dos días, y por el momento solo había tenido que
utilizarlo para pedir indicaciones a un trabajador del metro, para pagar en la
caja de un par de tiendas y para intercambiar algunas palabras con los
baristas de los puestos adyacentes al suyo. Poco más. Ni siquiera había
tenido que hablarlo para hacer check-in en la recepción del hotel: la chica
que la había atendido era de Cáceres. Carla tenía el oído y la comprensión
lectora entrenados gracias a todo el contenido anglosajón que consumía a
diario por Internet, pero lo oral… En fin, esperaba no cometer muchos
gambazos gramaticales y que lo único reprochable fuese su acento
profundamente ibérico.
—Seguro que tu inglés está genial —le dijo Markus—. Mi español,
por el contrario…, te aseguro que no quieres volver a escucharlo.
El camarero llegó entonces con un termo grande de café y una jarra de
leche que dejó sobre la mesa para que fueran sirviéndose a su antojo, y los
tres se levantaron por fin para llenar sus platos. Tras darse una vuelta por el
bufé, Carla optó por coger una rebanada de pan con cereales, huevos
revueltos, unas rodajas de tomate asado con orégano y algo de fruta.
Una vez que estuvieron los tres sentados de nuevo, los hermanos le
contaron que la cafetería que regentaban había sido de sus padres, quienes
se habían jubilado hacía unos seis meses y los habían dejado al mando del
barco. Markus ya trabajaba allí desde hacía años, pero Leena había
abandonado su puesto en una gestoría para dedicarse de lleno a la empresa
familiar.
—Ella se encarga del trabajo de oficina mientras yo preparo los cafés
y atiendo a los clientes, básicamente —le explicó Markus, echando todo el
contenido de un sobre de azúcar en su taza de café y removiéndolo con la
cucharilla. Tras darle un sorbo, se llevó un minicruasán a la boca. Había
llenado un plato con alimentos salados y otro con dulces, pero por alguna
razón había empezado por el segundo.
—Eh, que yo también atiendo a los clientes, y ayudo a Aleksi en la
cocina cuando hace falta —se quejó Leena, fingiendo (o eso le pareció a
Carla) indignación.
—Sí, claro que lo haces…, cuando estamos con el agua tan hasta el
cuello que no tenemos otra opción que suplicarte para que nos eches una
mano —dijo Markus, escondiendo una sonrisa pícara detrás de la taza al
llevársela de nuevo a los labios.
—¿Quién es Aleksi? —preguntó entonces Carla, interrumpiendo aquel
tira y afloja entre hermanos.
—Nuestro chef.
—Anda, ¿también servís comidas?
Markus asintió.
—Abrimos durante las horas del desayuno y el almuerzo, así que en la
carta tenemos sándwiches, ensaladas, pasta, huevos cocinados de cualquier
manera que nos pidan… Ya sabes, ese tipo de cosas. —Se encogió de
hombros, como restándole importancia, y procedió a coger de su plato una
caracola rellena de crema. Antes de hincarle el diente, añadió—: Tartas y
dulces caseros también.
—Qué bien. Nosotros solo ofrecemos galletas y magdalenas
industriales al estilo Starbucks. El logo de la empresa es una sirena griega
que sujeta una taza con el pico porque poner a una sirena de las normales
llevando dos tazas habría sido ya demasiado sospechoso. No creo que mi
jefa tenga fortuna suficiente para enfrentarse a ellos si la demandan.
—¿Te gusta trabajar ahí? Si no te importa que te lo pregunte —le dijo
Leena tras darle un bocado a su tostada de mantequilla y mermelada.
Carla se encogió de hombros.
—No lo odio. No es el trabajo de mis sueños, pero no es muy tedioso y
paga las facturas.
Leena bebió entonces de su taza de café solo y le preguntó:
—¿Y cuál sería el trabajo de tus sueños?
Carla extendió la mano para coger la jarra con leche y echarse un poco
más.
—Poder vivir de mi arte, supongo.
—¿Eres artista? ¿Qué tipo de arte haces? —se interesó Markus, que
ya había vaciado su plato de dulces y estaba troceando un par de salchichas
y unas tiras de bacon con el cuchillo y el tenedor.
—Ilustraciones. Estudié Arte y diseño en Madrid, pero acabé tan
quemada que ni siquiera intenté dedicarme a ello en serio al graduarme.
Ahora hago ilustraciones cuando me apetece, como con cualquier otra
afición. Aunque a veces me llegan encargos por Instagram. Un poco de
dinero extra nunca viene mal.
—¿Podemos ver algunas?
—Claro.
Cogió su móvil, seleccionó su cuenta de ilustradora en la aplicación y
deslizó el teléfono por la superficie del mantel hasta ellos.
—La mayoría son fanarts, pero también hay originales —les explicó,
sintiéndose de repente un poco cohibida al verles observando sus trabajos
—. Las últimas que he subido son un encargo que me llegó hace poco para
ilustrar las cubiertas de una serie de libros de un autor que autopublica
todo lo que escribe.
—Están muy pero que muy bien —le aseguró Markus, que había
sacado su propio móvil una vez que leyó el nombre de usuario para ojear
así su perfil tranquilamente. El móvil de Carla vibró entonces y, aún viendo
la pantalla del revés desde el otro lado de la mesa, pudo comprobar que era
una notificación de la propia aplicación.
—Mi hermano te acaba de empezar a seguir —le informó Leena, que
continuaba bajando despacio por su perfil—. Carla, tus ilustraciones están
geniales. ¿Las haces en digital o…?
—Sí, por lo general trabajo con la tablet. Solo utilizo lápiz y papel
para hacer bocetos y dibujos en sucio.
—Tendremos que encargarte un par. Podemos colgarlas en las paredes
de nuestra cafetería. Si al final decides dedicarte en serio al arte y te
vuelves famosa de repente, podremos venderlas por un buen pellizco —le
dijo Leena.
—Ya, bueno. Uno puede soñar, pero por si acaso no os hagáis muchas
ilusiones.
Leena le devolvió entonces el móvil. Cogió el suyo y procedió a
seguirla también.
—Os seguiré a ambos desde mi cuenta personal —les informó Carla.
Al acabar de desayunar, subieron a sus respectivas habitaciones para
terminar de prepararse y quedaron en verse en recepción en diez minutos
para ir juntos hacia el pabellón, que estaba a menos de quinientos metros
del hotel. Cuando atravesaban la puerta giratoria del vestíbulo, Leena le
preguntó:
—¿Tienes planes para esta noche? Estábamos pensando en salir a
cenar. ¿Te apetece venir con nosotros?
Carla se subió la cremallera del abrigo hasta el cuello para protegerse
del frío londinense y contestó:
—Sí, me encantaría.

La jornada de aquel segundo día de convención transcurrió sin que
ocurriera nada reseñable. Hubo más afluencia de visitantes que el primer
día, probablemente por la cercanía del fin de semana, por lo que Carla
estuvo más ocupada y no tuvo tiempo de aburrirse… ni de mirar mucho el
móvil. A eso de las dos de la tarde, Leena se escapó un momento de su
stand para comprar algo de comer para ella y su hermano y se acercó para
preguntarle si quería que le trajera alguna cosa. Carla le dijo que tenía tanta
hambre que se comería cualquier cosa que tuviera buena pinta, así que
Leena le llevó un wrap con pollo a la brasa, queso y guacamole que se fue
comiendo entre cliente y cliente y que le supo a gloria. Cuando acabaron
por aquel día e iban de camino al hotel, Carla le aseguró que estaría en
deuda con ella para toda la eternidad.
Subieron a sus habitaciones para ducharse y descansar un rato y
quedaron en verse más tarde en el vestíbulo del hotel. No tenían muy claro
a dónde ir, así que al final decidieron hacer lo más típicamente turístico que
se les ocurrió: pillar el metro hasta el área del Parlamento y el Big Ben,
comprar unos cucuruchos de fish and chips en un puesto de comida para
llevar y comérselos dando un paseo junto al Támesis. Después, buscarían
un pub para sentarse a tomar algo.
Conforme iba tratando con los hermanos, empezó a notar otras
diferencias entre ellos que iban más allá del aspecto físico. Mientras que
Leena parecía indiscutiblemente más extrovertida que Markus, era él quien
mostraba una personalidad más alegre. La manera de expresarse de Leena,
que recurría mucho al sarcasmo y la ironía (casi más que ella misma,
aunque de una forma distinta), así como su poca tendencia a sonreír, podían
llegar a causar la impresión de que se trataba de alguien borde, pero nada
más lejos de la realidad: ambos eran muy agradables y Carla se sentía
genial en su compañía.
Cuando estaban sentados en un banco terminando de comer, Leena
recibió una llamada y se apartó un poco de ellos. Lógicamente, Carla no
entendía nada de lo que hablaba la chica, pero, por el tono de voz que
estaba utilizando, le dio la impresión de que al otro lado del teléfono había
un niño.
Markus la sacó de dudas:
—Está hablando con mi sobrina.
—Oh, ¿cuántos años tiene?
Él levantó una ceja, hizo un rápido cálculo mental y respondió:
—Casi cinco.
—Aún son adorables a esa edad. Los niños, quiero decir. ¿Cómo se
llama?
—Nina.
Carla se terminó las últimas patatas que le quedaban y arrugó el
cucurucho de papel de periódico para tirarlo en cuanto encontrara una
papelera.
—¿Y tú qué? ¿También eres padre? —le preguntó entonces, en parte
por generar algo de conversación intrascendente y en parte porque
realmente sentía curiosidad.
—No, qué va. —Carla tuvo la sensación de que su semblante se había
nublado un poco, pero decidió que debía habérselo imaginado, porque
acto seguido le preguntó con el mismo tono animado que había estado
utilizando—: ¿Y tú?
—¡Nop! —contestó, quizá exagerando un poco la negativa con la
propia voz y la mueca que le acompañó.
Aquella reacción pareció divertir a Markus.
—¿Qué pasa, no te gustan los niños?
Ella se encogió de hombros y respondió:
—No es eso, sí que me gustan. Es solo que, ahora mismo, ser madre ni
siquiera es una decisión que me pueda permitir tomar.
3

C
arla se acababa de duchar y estaba tirada en la cama de su habitación
del hotel con la toalla enrollada alrededor del cuerpo. La tercera
jornada de la convención de baristas había concluido hacía ya un rato
y al día siguiente, domingo, sería finalmente clausurada.
Cogió el móvil y empezó a redactar un mensaje para su jefa, que
aquella tarde le había mandado un audio para preguntarle cómo estaba
yendo todo.
«A buenas horas se interesa», pensó.
Envió su contestación y dejó el teléfono sobre la cama, tras lo cual
procedió a levantarse para empezar a vestirse. Al igual que el día anterior,
había quedado con Leena y Markus para salir a cenar. Pero, justo en aquel
momento, el móvil volvió a vibrar con otra notificación. Lo cogió de nuevo
y comprobó que se trataba de un mensaje procedente de un número
desconocido:
[18/3, 19:24] Markus: ey, soy markus
[18/3, 19:24] Markus: leena me ha dado tu número
[18/3, 19:24] Markus: no se encuentra muy bien
[18/3, 19:25] Markus: algo de lo que ha comido hoy le ha sentado mal

Lo cierto es que no le extrañó. Desde el primer día, su nueva amiga se


había paseado por los diversos puestos en cuanto tenía un rato libre para
probar todo lo que le llamaba la atención. Era cuestión de tiempo que algo
le acabara sentando mal, ya no porque la comida estuviese en mal estado,
sino por la bomba a la que podía dar lugar aquella mezcla de alimentos
dentro del estómago.
[18/3, 19:26] Carla: Oh, vaya
[18/3, 19:26] Carla: Necesitáis llamar a un médico o algo?
[18/3, 19:27] Markus: no, no creo que haga falta
[18/3, 19:27] Markus: dice que ya se encuentra mejor, pero se quiere quedar aquí esta noche
[18/3, 19:27] Carla: Es comprensible
[18/3, 19:28] Markus: yo sigo dispuesto a salir por ahí, si no te importa que solo vayamos a ir los
dos

Carla leyó un par de veces eso último, sopesando la invitación mientras


el cursor parpadeaba en el cajetín esperando a que escribiera algo. Antes de
contestar, cerró el chat y, en la lista de conversaciones recientes, pulsó el
nombre de Martín. Se quedó mirando la lista de mensajes que ella le había
enviado y que él seguía sin responder desde hacía días.
Cerró el chat, volvió a abrir la conversación con Markus y le dijo:
[18/3, 19:30] Carla: Perfecto
[18/3, 19:31] Carla: Entonces, te veo en el vestíbulo en quince minutos?
[18/3, 19:31] Markus: sí. allí nos vemos x


Cuando Carla bajó al vestíbulo del hotel, llevando uno de sus vestidos
favoritos (uno de punto con estampado de rayas gruesas en diferentes
tonalidades de gris, informal pero lo bastante elegante para salir a cenar) y
su abrigo negro, Markus ya se encontraba allí, esperándola. Estaba sentado
en uno de los sillones y consultaba distraídamente su teléfono móvil.
Se había puesto una camisa blanca y unos vaqueros grises, y llevaba
una chaqueta de cuero negra colgada del brazo. Al igual que ella, se había
calzado zapatillas deportivas.
Por alguna razón le sorprendió ver que se había echado el flequillo
hacia atrás con gomina, lo que revelaba el pico de viuda que tenía en el
nacimiento del pelo.
Al verla, sonrió y se puso en pie, guardando el teléfono en el bolsillo
del pantalón.
—Ey —le saludó al acercarse a él—. ¿Se encuentra mejor tu hermana?
—Se está tomando una manzanilla mientras ve la tele. Seguro que
mañana ya estará bien.
—Esperemos —le dijo—. Bueno, ¿dónde quieres ir?
—¿Te apetece comida india? He visto un restaurante cuando veníamos
de camino al hotel. Justo ahora estaba leyendo en Google algunas reseñas
de clientes y todas dicen que es un buen sitio.
—Sí, vale. Suena bien.
Al llegar al restaurante, que estaba a dos o tres minutos andando desde
el hotel, justo en la acera de enfrente pero un poco más abajo, no tuvieron
que esperar para conseguir sitio, pues el camarero les sentó enseguida en
una mesa para dos. En el local solo había otras tres o cuatro mesas ocupadas
además de la suya (una de ellas, con lo que parecía ser la celebración de un
cumpleaños).
Tras pedir unas copas de vino y echarle un vistazo a la carta,
decidieron compartir unas samosas, un plato de pollo estilo korma con arroz
basmati y pan de coco.
Después de haber estado hablando un poco de todo y de nada,
comentando en su mayoría anécdotas de aquellos días de convención, Carla
le preguntó, con la intención de conocerlo mejor:
—¿A qué te habrías dedicado si no tuvieras la cafetería?
Markus se lo pensó durante un par de segundos, pero no tardó en darle
una contestación:
—No sé qué decirte. Siempre he sabido que iba a trabajar en el
negocio familiar, así que nunca me planteé en serio ninguna otra profesión.
—Pero ¿hay alguna cosa que te gustaría haber probado, o estudiado
incluso?
Se llevó a la boca el tenedor con arroz impregnado en salsa y lo meditó
un momento mientras masticaba. Una vez que bajó la comida con la ayuda
de un trago de vino, dijo:
—Cuando era adolescente, la posibilidad de estudiar arquitectura se
me pasó momentáneamente por la cabeza después de tirarme todo un
verano encerrado en mi habitación jugando a Los Sims. ¿Eso cuenta?
Carla sonrió con nostalgia.
—Sí que cuenta, pero no me sorprende para nada. Todos los niños de
los noventa tienen un pequeño arquitecto en su interior gracias a ese juego,
incluida yo. O un interiorista.
—O un psicópata —añadió Markus, con una sonrisa pícara—. ¿Alguna
vez has mandado a tus sims a la piscina y quitado las escaleras justo
después para ver qué les pasa? Que conste que no estoy diciendo que yo lo
haya hecho.
Carla alzó las cejas, haciendo ver que no creía en su falsa inocencia.
—Pues claro que lo has hecho, igual que todo el que lo ha jugado —
replicó.
Markus se echó a reír y levantó las manos en señal de rendición.
—Vale, confieso: soy culpable de ahogar a mis sims hasta llevarlos a
la muerte. Quizá más de una vez.


Cuando terminaron de cenar, volvieron al hotel y decidieron tomar una copa
en el bar que había en la primera planta, junto a la sala donde se servía el
bufé del desayuno. Ninguno de los dos había estado antes, pero no tenía
mucha pérdida: era el único sitio desde el que procedía música.
Entraron y comprobaron que solo había una mesa ocupada en el lugar,
con tres personas que en aquellos momentos se reían a carcajada limpia por
algo que acababa de comentar uno de ellos. Habían acumulado varios vasos
y botellines de cerveza vacíos, por lo que Carla supuso que, en aquel punto
de la noche, todo les resultaba especialmente gracioso.
Se sentaron en la mesa localizada en una de las esquinas, que tenía un
sofá mullido y estaba iluminada por una luz tenue. Soltaron los abrigos en
un extremo del sofá y Markus se acercó a la barra para pedir.
—Bueno —empezó a decir Carla una vez que su acompañante volvió
con las bebidas (un gin tonic para ella y un roncola para él, ambos bien
cargados de hielo)—, ayer me dijiste que no tienes niños, pero se me olvidó
preguntarte por tu… estado sentimental. ¿Estás soltero o…?
Markus le dio un trago a su bebida antes de responder. Al alzar el vaso
y volver a dejarlo sobre la mesa, los cubitos de hielo chocaron contra las
paredes del cristal.
—Sí, estoy soltero. Tuve… Tuve una relación larga que terminó hace
casi un año y no he salido con nadie en serio desde entonces.
—¿Puedo preguntar qué es lo que pasó?
—Pues pasó lo que pasa casi siempre: que había una tercera persona.
—Ah.
No profundizó más en el tema y Carla no quiso presionar.
—¿Y tú qué? ¿Tienes novio? —le preguntó él, apoyándose en el
respaldo del sofá. Acto seguido, añadió, como si hubiese metido la pata—:
¿O novia? No pretendo asumir las preferencias de nadie.
Carla rio.
—¿Te digo la verdad? Ni siquiera lo sé.
Markus frunció el ceño, confundido por su respuesta a la vez que
intrigado. A lo largo de la noche, ella se había dado cuenta de que buena
parte de la expresividad de su rostro provenía de sus cejas, que se movían
ampliamente con cada nueva emoción.
—Perdona, pero ¿cómo es posible que no sepas si estás saliendo con
alguien?
Carla le quitó la rodaja de limón a su vaso y la tiró dentro del cenicero
que había sobre la mesa. Le dio un buen trago a su bebida antes de proceder
a explicarse.
—Estaba viéndome con un tipo que conocí en Tinder hace unos meses,
pero aparentemente ahora me está ignorando.
—¿En serio?
—No quería que viniese a Londres. Le dije que iba a venir de todos
modos y no me habla desde entonces; ni siquiera me manda un mísero
mensaje de WhatsApp, así que supongo que ya no estamos juntos, si es que
lo estuvimos alguna vez. No llegamos a ponerle nombre a lo que había
entre nosotros, la verdad.
Markus no hizo ningún comentario durante un rato y Carla pensaba
que ya no iba a decir nada más sobre el tema, pero finalmente expuso su
opinión al respecto en una sencilla frase:
—Bueno, no es asunto mío, pero yo diría que has esquivado una bala.


Tras un par de rondas, ambos decidieron que era momento de poner fin a la
cita, si es que lo de esa noche se podía considerar como tal. No querían
arriesgarse a seguir bebiendo y pasar su último día de la convención con
resaca. Sin embargo, Carla llevaba un rato notando los efectos del alcohol
en su cuerpo, que se acentuaron al ponerse de pie. Tuvo la sensación de que
sus movimientos no estaban tan coordinados como debían de camino al
ascensor y al buscar en el bolso la tarjeta para poder entrar a la habitación.
Por la forma de caminar de Markus, supuso que él también había
bebido algo más de la cuenta.
El chico insistió en acompañarla hasta la puerta de su habitación y ella
no se opuso.
Cuando llegaron al piso correspondiente y Carla estaba a punto de
desearle las buenas noches, este le soltó de repente:
—¿Te he dicho ya que eres guapísima?
Aquello la pilló completamente desprevenida. Abrió mucho los ojos
por la sorpresa y no pudo aguantar una carcajada que se vio obligada a
ahogar de inmediato poniendo ambas manos sobre la boca por miedo a
despertar a los huéspedes de las habitaciones contiguas.
—Vaya, gracias. Tú tampoco estás mal —le respondió una vez
repuesta, bajando la voz, pero riendo aún. Si Markus había decidido que el
colofón de la noche venía acompañado de un poco de coqueteo, no veía por
qué no podía seguirle la corriente.
Él parecía algo avergonzado por su atrevimiento y la reacción de ella.
Había fijado la vista en la moqueta del pasillo entre risas y tenía las manos
metidas en los bolsillos, pero eso no le impidió volver a mirarla a los ojos
unos segundos después e, intentando que sus palabras tomaran un cariz más
serio, preguntarle:
—¿Puedo besarte?
Carla asintió sin pensarlo dos veces, animada sin lugar a duda por el
vino de la cena y los gin tonics.
El corazón empezó a latirle a mil por hora en el pecho cuando notó una
de las manos de Markus en su cintura. Este depositó la otra mano en la
parte baja de su espalda y la acercó a él. El olor de su colonia amaderada y
cítrica se acentuó al pegarse a su camisa. Carla colocó ambas manos en su
cuello y cerró los ojos.
Al principio se trató de un suave roce de labios tentativo, pero este fue
avivándose en cuestión de milésimas de segundo. Carla atrapó el labio
inferior de Markus entre los suyos, pasando la lengua por encima, abriendo
así la veda para poder explorar la boca del otro con libertad. Los besos de
Markus sabían a refresco de cola y ron, y ella pensó que no le importaría
soportar las cosquillas que le provocaban su tupido bigote y su barba si ello
significaba que podría pasarse la noche entera besando aquellos labios tan
dulces.
Antes de que la cosa pasara a mayores, Markus se retiró levemente.
—¿Quieres que entre a tu habitación? —le preguntó en un susurro,
con la boca a un par de milímetros de la suya y los ojos aún cerrados. Ella
se fijó entonces en que sus pestañas eran larguísimas. Preciosas.
Carla suspiró, esforzándose por volver a la realidad. Retiró las manos
del cuello del chico y las colocó sobre su pecho, separándose un poco de él,
pero sin brusquedad. Markus abrió los ojos.
—Me encantaría. Pero… no sé cómo me sentiría mañana al respecto.
Sé que suena estúpido, pero me gustaría tener una conversación con este
tipo antes de… Ya sabes.
Él asintió, haciendo ver que lo comprendía.
—Antes de acostarte con otra persona. No pasa nada. Lo entiendo.
—Lo siento mucho. Me gustas un montón, ¿sabes?
—No te disculpes. Lo entiendo, de verdad —le aseguró. Tras un par de
segundos, añadió—: Te diré lo que vamos a hacer: nos diremos buenas
noches y olvidaremos lo que acabo de preguntar.
—Vale. Pero no quiero olvidarme del beso. Ha sido de los buenos.
Markus sonrió al oír aquello.
—No nos olvidaremos de eso, entonces.
Se inclinó de nuevo hasta ella y le dio otro beso, esta vez en la mejilla.
—Buenas noches, Carla. Te veo mañana.
—Buenas noches, Markus.


El domingo transcurrió en un abrir y cerrar de ojos.
Carla se notó más cansada que en los días previos cuando sonó la
alarma, pero agradeció no haberse despertado con un dolor punzante en la
cabeza por haber bebido la noche anterior.
Bajó a desayunar con Leena, quien, aunque le aseguró que ya se
encontraba mucho mejor, solo se atrevió a comer una manzana, un par de
galletas y una taza de té verde. Según le explicó, Markus se había
despertado tarde y le había dicho que la vería directamente en el pabellón.
El flujo de visitantes fue disminuyendo progresivamente a lo largo del
día y, aunque por la mañana hubo bastante ajetreo, a primera hora de la
tarde los pasillos estaban tan vacíos que muchos puestos empezaron a
recoger varias horas antes de lo previsto.
A las cinco de la tarde, Leena se acercó para despedirse de ella
mientras Markus iba a dejar los cartones de leche y algunos otros
ingredientes que les habían sobrado en el punto de recogida de una ONG,
que al parecer se iba a encargar de entregar todo lo que nadie quería llevarse
de vuelta a un comedor social. A ella no le había sobrado gran cosa aparte
de un par de cartones de leche de coco, unos paquetes de café molido de los
que se había traído desde España y una caja de sobrecitos de azúcar, pero
iría a donarlos también en breve.
—¿Ya os vais? —le preguntó.
—Nuestro vuelo sale esta noche y vamos a intentar descansar un rato
en los sillones del lobby del hotel antes de ir al aeropuerto. Hemos dejado la
habitación esta mañana, pero la chica de recepción nos ha hecho el favor de
guardarnos las maletas. ¿Tú cuándo vuelves a casa?
—Tengo el vuelo mañana a mediodía.
—Bueno, al menos no tienes que madrugar mucho —le dijo—. En fin,
Carla, ha sido un placer conocerte. Seguiremos en contacto, ¿no?
—Claro.
Leena extendió los brazos en su dirección para estrecharla en un
abrazo.
—Y ven a vernos cuando quieras.
—Lo haré en cuanto pueda cogerme unos días libres —le aseguró
Carla—. Hace tiempo que me apetece visitar el norte de Europa.
En esas llegó Markus. En todo el día, su única interacción con él había
consistido en un gesto de cabeza desde el otro lado del pasillo a modo de
saludo.
—Le estaba diciendo a Carla que puede venir a visitarnos cuando
quiera —le explicó Leena.
—Ah, pues claro —comentó, rascándose distraídamente detrás de la
oreja. A Carla le dio la impresión de que se sentía un poco incómodo, pero
la miró entonces y le dijo, animado—: Ven a vernos cuando te apetezca.
Incómodo o no, también se acercó a ella y le dio un abrazo con total
naturalidad, al igual que había hecho su hermana hacía tan solo un
momento. El tenerle así de cerca hizo que Carla pensara inevitablemente en
cómo había terminado la noche anterior y, sobre todo, en cómo podría haber
acabado.
—Os digo lo mismo. Avisadme si alguna vez venís a España —les dijo,
separándose de él.
Al verlos marchar rumbo a la salida principal del pabellón, Carla se
preguntó si aquellas promesas de seguir en contacto y visitarse en un futuro
próximo acabarían cayendo en saco roto. Siempre le había causado mucha
pena pensar en esas amistades que nacían en un momento y lugar
determinados, pues, la mayoría de las veces, una vez dejaban de darse las
circunstancias concretas que las habían originado, cada persona tiraba por
su lado y sus caminos no volvían a cruzarse jamás.
No podía negar que esas relaciones efímeras, a su manera, también
tenían su encanto.


Aquella noche, tirada en la cama con la televisión encendida, ya estaba a
punto de quedarse dormida cuando su teléfono se iluminó con un par de
notificaciones nuevas y la espabiló.
[19/3, 23:14] Markus: ey
[19/3, 23:14] Markus: hoy no hemos hablado mucho. supongo que me sentía un poco avergonzado
por lo de anoche, pero quiero que sepas que me lo he pasado muy bien contigo
[19/3, 23:15] Markus: te decíamos completamente en serio lo de que esperamos verte pronto otra
vez, y no quisiera que la situación entre nosotros sea incómoda cuando eso pase
[19/3, 23:15] Carla: Yo también me lo he pasado genial! Al final ha sido un gran fin de semana. Y no
te preocupes, que todo está bien entre nosotros :)
[19/3, 23:16] Markus: sabes qué? yo ni siquiera quería venir a esta convención, fue leena la que
insistió en que debíamos apuntarnos, pero tengo que admitir que no ha estado mal. no esperaba
hacer amigos ni besar a una chica española guapísima, eso te lo puedo asegurar

Carla sonrió para sí misma. En su quiniela para aquel fin de semana


tampoco estaba el darse el lote con un tipo finlandés, la verdad.
Empezó a escribir una contestación, pero le salió el aviso de que
Markus estaba escribiendo otro mensaje, así que borró lo que había escrito
y esperó.
[19/3, 23:17] Markus: bueno, el avión está a punto de despegar. avísanos mañana cuando aterrices
tú en casa sana y salva, vale?
[19/3, 23:17] Carla: Claro, cuenta con ello. Que tengáis un buen vuelo! x
4

E
ra alucinante la cantidad de sorpresas que traía cada nuevo día sin que
uno se las viera venir.
El día anterior, por ejemplo, Carla se había despertado con los
rayos de sol de una soleada mañana de mediados de mayo y la seguridad de
tener un trabajo estable. Monótono y tal vez no muy gratificante, pero
estable al fin y al cabo. No obstante, se había ido a dormir sabiendo que, en
cuanto acabara el mes, estaría haciendo cola en la oficina del paro.
Su jefa había reunido a los trabajadores del turno de mañana para
avisarles de que se veía obligada a cerrar el negocio porque, según les dijo,
«últimamente no estaba siendo rentable». A Carla le pareció una excusa
muy pobre, aparte de una burda mentira, ya que ella era una de las
encargadas de cuadrar la caja y conocía las cantidades que se estaban
facturando. Sin embargo, en cuanto salieron de la oficina, una de sus
compañeras la llevó hasta el almacén y le contó en petit comité que lo que
ocurría era que estaba ganando el triple arrendando pisos por precios
estratosféricos. Desconocía cómo se había enterado o si sería verdad, pero,
de serlo, estaba claro que ahí se encontraba la explicación: la comodidad de
cruzarse de brazos y vivir de la renta en una de las ciudades donde el precio
de los alquileres más había subido durante los últimos años no podía
compararse a lo sacrificado que podía llegar a ser dirigir un negocio de
hostelería.
Quitando el desconcierto inicial, en realidad no se lo había tomado
muy mal. Tenía algo de dinero ahorrado como para poder seguir pagando el
alquiler unos meses más mientras buscaba otro curro; pero, de vuelta a casa
por la tarde, al salir de la bulliciosa boca del metro, se había puesto a pensar
que igual aquella podría ser la oportunidad perfecta para dejar la ajetreada
vida de la ciudad e irse a vivir a cualquier pueblo de las afueras donde todo
fuese más barato, más tranquilo, menos contaminante y donde las garras de
la especulación inmobiliaria aún no hubiesen dejado su marca. Lo único
que necesitaba era que el lugar estuviera bien comunicado para poder
buscar trabajo en los centros urbanos… y para poder seguir viéndose con
Martín.
Una semana después de su vuelta de la convención, Martín le había
mandado un mensaje de audio para pedirle perdón. En él le decía que
ninguna de sus parejas anteriores se había ido nunca de viaje sin él y que no
se había sentido cómodo con la idea, pero que finalmente había entendido
que había tenido que ir sola a Londres por trabajo; también le pedía quedar
en persona para hablar con tranquilidad y arreglar las cosas.
La reacción de Carla fue indignarse aún más si cabe y empezar a
redactar un mensaje que decía algo así como «Y si en lugar de por trabajo
me hubiese surgido la posibilidad de viajar sola por puro ocio, también me
hubiese pirado para hacer turismo»; aunque, tras respirar hondo un par de
veces, decidió que lo mejor que podía hacer era ignorarlo y aplicarle la
misma ley del silencio que él había utilizado con ella. Sin embargo, a las
pocas horas, conforme su enfado iba disminuyendo, acabó sucumbiendo a
la tentación de responderle y aceptar su oferta. A fin de cuentas, para bien o
para mal, sabía que tenía una conversación pendiente con él.
Así pues, había ido a verle a su piso (un pequeño estudio en pleno
centro que, según le dijo la primera vez que la llevó allí, había heredado de
una tía suya) con la intención de acabar con aquella relación (o lo que fuera
que tuvieran) en los mejores términos posibles. Pero, como en tantos otros
aspectos en la vida, lo que pretendía hacer y lo que acabó haciendo
acabaron siendo cosas muy diferentes. Bastaron un par de cafés en su
terraza, una conversación larga y pausada y una disculpa que parecía
realmente sincera para que la actitud de Carla hacia él se suavizara y se
diera cuenta de que, en realidad, le había echado de menos más de lo que se
había permitido reconocer. Acabó pasando la noche con él y, a la mañana
siguiente, no volvió a hablarse más de aquel tema, así que todo siguió como
si nada hubiese ocurrido entre ellos.
Había ciertas actitudes que tenían que pulir si iban a seguir juntos, por
supuesto, pero ¿acaso no necesitaban la mayoría de las parejas hacer un
trabajo constante para disfrutar de relaciones sanas?

Por todo lo vivido últimamente, en especial tras la noticia recibida el día
anterior sobre su inminente situación de desempleo, no pudo evitar
preguntarse qué le depararía el día cuando sonó su despertador a la mañana
siguiente.
No tardó en descubrirlo.
Era su día de descanso y acababa de prepararse para salir a almorzar
con Martín. Estaba sentada en el sofá del salón, haciendo tiempo mientras
veía la reposición de un concurso a bajo volumen. Una de sus compañeras
de piso, Nuria, estaba trabajando en el otro sofá con su ordenador portátil
sobre las piernas y necesitaba algo de ruido de fondo para poder
concentrarse, así que siempre tenía la televisión encendida. Su otra
compañera, Lara, trabajaba de teleoperadora con turno de madrugada en
una centralita donde recibían llamadas de emergencia y aún estaba
durmiendo.
—¿Cómo llevas la tesis? —le preguntó, al ver que levantaba la cabeza
de la pantalla y la escuchó suspirar. La muchacha era bióloga y estaba
haciendo su tesis doctoral sobre… unas bacterias que comían plástico o
algo por el estilo. Cuando no estaba trabajando en el laboratorio de la
universidad, se pasaba las horas sentada en aquel sofá redactando los
resultados de sus investigaciones.
—No la llevo —respondió. Se quitó las gafas y dejó el portátil encima
de la mesa que tenía delante—. Más bien, ella me lleva a mí... al
cementerio.
—Bueno, me ocuparé personalmente de que tu tumba tenga siempre
flores bonitas.
—Vaya, acabas de terminar con mi principal preocupación. Gracias por
tu apoyo.
—De nada. No te olvides de poner mi nombre en los agradecimientos
—le dijo, señalando el ordenador portátil de Nuria.
El timbre de la puerta sonó en aquel momento, sorprendiéndolas.
—Seguramente sea un paquete que estoy esperando —le dijo Nuria—.
¿Puedes recogerlo tú, que estás vestida? Me da vergüenza abrir con estas
pintas.
—Claro.
Pero, cuando abrió la puerta, Carla comprobó que no se trataba de
ningún repartidor. En el rellano de la escalera esperaba una mujer de
aspecto elegante, con camisa blanca, pantalones negros, tacones y labios
rojos. La melena, perfectamente ondulada, le caía por los hombros.
—¿Eres Carla?
—Sí, soy yo.
—Me gustaría hablar un momento contigo.
—Si es para venderme algo o intentar convertirme a alguna religión,
no me interesa.
No veía que llevase consigo ninguna carpeta con folletos de
predicadora ni de vendedora, pero no se le ocurría que pudiera tratarse de
otra cosa. En su enorme bolso bien podría caber hasta una lavadora; aunque
no le pasó desapercibido el logo de una firma de alta costura, y dudaba de
que alguien que podía permitirse semejante producto dedicara sus ratos
libres a vender algo puerta a puerta.
—No he venido a nada de eso —respondió—. Necesito hablar contigo
de un asunto.
—Perdona, pero ¿te conozco de algo?
—No.
—Entonces, ¿de qué...?
La mujer suspiró, impaciente pero sin perder la compostura, como si
fuese Carla la que le estuviese haciendo perder el tiempo y no al revés.
Fue entonces cuando decidió dejarse de rodeos:
—Soy la esposa del hombre que te estás tirando.
En ese momento, hizo algo que en cualquier otra situación le hubiese
resultado cómico: de su carísimo bolso sacó una fotografía bastante grande
con su correspondiente marco de madera, la típica que las familias tenían
sobre la superficie de algún mueble del comedor bien visible. Se la tendió.
Se trataba de un retrato en el que aparecían cuatro personas: la mujer que
tenía delante, dos niños pequeños… y Martín. Era la perfecta imagen de
una familia feliz.
Carla alzó la vista de la fotografía que tenía entre las manos, pero, en
lugar de mirar a la mujer, por alguna razón (quizá en busca de apoyo, o a lo
mejor intentando encontrar en su expresión algo que le indicara que aquello
era todo una broma por su parte) contempló a Nuria. Esta había apagado la
televisión y tenía los ojos abiertos como platos al ser testigo de aquella
escena más propia de una telenovela mala de sobremesa que de la vida real.
—Te espero en la cafetería que hay junto al portal —le dijo la mujer
con toda la tranquilidad del mundo justo antes de coger la fotografía, volver
a guardarla y proceder a bajar las escaleras con porte digno.


Cuando se atrevió a bajar, la encontró sentada en una de las únicas dos
mesas diminutas de la cafetería que cabían en la estrecha acera. Se había
colocado un cigarrillo entre los labios y lo estaba encendiendo con un
mechero que acababa de sacar del bolso.
Carla alzó la mirada hacia la fachada del edificio justo al salir del
portal. Nuria había ido a despertar a Lara y las dos estaban asomadas al
balcón. Saber que estaban ahí, aunque fuese por enterarse del cotilleo más
que por apoyarla moralmente en la distancia, le aportó el coraje que
necesitaba para acercarse y sentarse frente a la mujer.
El camarero no tardó en llegar.
—¿Qué os pongo?
—Un americano —pidió la susodicha.
El chico la miró entonces a ella, esperando una respuesta.
—Una tila, por favor. Ponle dos bolsas —consiguió articular. Su voz
sonó algo patética. ¿Debería haber pedido mejor un carajillo?
La mujer se la quedó mirando mientras daba una larga calada y dejaba
salir el humo lentamente.
—Siento si he sido muy brusca antes —le dijo, sacudiendo el cigarrillo
con el dedo pulgar para dejar caer la ceniza sobre la acera—. Creo que no
me he presentado. Soy Mónica.
—Perdona, pero no estoy entendiendo nada.
—Pues es bastante sencillo —comentó con mucha tranquilidad, y dio
otra calada—. Pero entiendo que estés en shock. Yo también necesité mi
tiempo para procesarlo la primera vez.
—¿La primera vez? ¿A qué te refieres?
Dejó salir el humo antes de contestar.
—Esta es la segunda vez que tiene una aventura, que yo sepa. No me
extrañaría que hubiera habido más, la verdad.
Carla se frotó los ojos, luchando internamente contra la frustración.
—¿Puedes explicarme desde el principio de qué va todo esto? Prometo
que en circunstancias normales no soy tan lerda, pero me está costando
seguir el hilo.
Mónica se colocó mejor en la silla, apoyando la barbilla en la mano
con la que no sostenía el cigarrillo, y explicó:
—Martín y yo llevamos tres años casados. Hace un año lo pillé
teniendo una aventura. Nos separamos, pero me pidió otra oportunidad y se
la di, pensando en los niños más que nada. —Hizo una pausa cuando el
camarero vino a traer las tazas y retomó el relato en cuanto se marchó—.
No sé cuánto tiempo llevaréis viendoos, pero hace unas semanas empecé a
notar un comportamiento extraño. Me ponía unas excusas rarísimas… y
tuve una corazonada. Así que un día decidí seguirlo cuando me dijo que
había quedado con un cliente y lo vi entrar en tu portal. A los pocos
minutos, os vi salir juntos. —Le dio una última calada al cigarro y lo
aplastó en el cenicero. Después abrió un sobre de azúcar y, mientras echaba
en la taza la mitad del contenido, terminó de relatar—: Esa noche, en cuanto
volvió a casa y entró a ducharse, le cogí el móvil y estuve leyendo algunas
de vuestras conversaciones. Y ahí salí de dudas.
Mónica cogió la cucharilla y removió el café un par de veces antes de
darle un trago.
La tila de Carla seguía intacta, humeando.
—Madre mía —susurró. Se llevó las manos a la cara, lo que hizo que
su voz sonara ahogada—. Te prometo que no sabía nada.
—Lo sé. La primera chica tampoco. La pobre se echó a llorar cuando
se enteró. —Carla no supo si utilizó ese apelativo de forma despectiva o si
de verdad había sentido empatía por ella—. En fin, se ve que mi marido
tiene fascinación por inventarse vidas paralelas.
—Me siento imbécil.
La mujer soltó una risa sarcástica.
—No más que yo, te lo aseguro.
—Es que ni siquiera he sospechado nunca nada raro. Me ha llevado a
su piso y…
—Ah, sí. El estudio en El Viso, ¿no?
Carla asintió.
—Hace un mes le pedí las llaves para que un familiar se quedara en él
un par de días y me dijo que no podía porque lo tenía alquilado. Me resultó
raro que no me lo hubiese comentado hasta ese momento, y fue entonces
cuando empecé a sospechar.
Carla no dijo nada durante un rato y la mujer tampoco habló, dedicada
como estaba a terminarse su café. Supuso que estaba dejándole tiempo para
que asimilara toda aquella nueva información.
—Estuvo días sin hablarme porque tuve que hacer un viaje por trabajo
—mencionó finalmente, aunque más para ella misma que para Mónica—.
Intentó convencerme para que no fuese. Quiso hacerme pensar que estaba
haciendo algo mal al viajar sola cuando él estaba engañando a su mujer.
Increíble.
—¿Cuándo fue eso?
—A mediados de marzo.
Mónica sonrió, como si en su cabeza todo tuviera sentido.
—Estábamos de viaje en las Maldivas. Pronto iba a ser nuestro
aniversario y se me ocurrió sorprenderle con un viaje de última hora. Te
hizo el vacío porque, sencillamente, no le convenía tenerte disponible
durante esos días.
Viajes improvisados a islas paradisíacas. Segundas (¿terceras?,
¿cuartas?) residencias en barrios pudientes. Bolsos caros hasta rozar lo
absurdo.
Había tardado en ver el patrón.
A Carla solo le quedaba una última pregunta por hacer.
—Me dijo que era el gerente de una pequeña tienda de telefonía.
También me mintió en eso, ¿no?
Mónica se echó a reír, como si le hubiese contado un chiste
especialmente gracioso.
—Y tanto. Qué imaginación.
Pero no le dijo a qué se dedicaba en realidad y, sinceramente, tampoco
le importaba.
Ya había escuchado bastante.
Carla se bebió la tila de un trago. Le quemó la garganta y el esófago,
pero eso también le dio igual.
Sacó un billete de cinco euros, lo dejó sobre la mesa y, entonces, se
puso en pie.
—Siento mucho todo esto. Gracias por venir a contármelo.
La mujer se la quedó mirando. Hasta entonces no se había dado cuenta,
pero, detrás de ese porte elegante e impoluto, parecía arrastrar cansancio.
—No te conozco, pero ahora mismo a lo mejor piensas que se te viene
el mundo encima, sobre todo si habías empezado a sentir algo por él…
Míralo así: dentro de un tiempo, recordarás esto como si fuese una anécdota
graciosa más. Yo no podré hacer lo mismo: es el padre de mis hijos.
También se puso en pie. Cogió el billete que Carla había puesto sobre
la mesa y se lo devolvió.
—Ya pago yo —se ofreció—. Por el mal rato que te he hecho pasar.
Entró en la cafetería sin decir nada más y ella se giró para volver a
casa.
Al abrir la puerta del piso, Nuria y Lara la acribillaron a preguntas.
Carla les dijo que no le apetecía hablar, que ya se lo contaría todo más
tarde, y la dejaron tranquila.
Se encerró en su habitación y se tumbó en la cama. Cogió su móvil y
vio que tenía varias llamadas perdidas de Martín, así como un montón de
mensajes suyos impacientándose:
[14/5, 13:35] Martín: Dónde estás?? Se suponía que habíamos quedado a las y media. Vamos a perder
la reserva
[14/5, 13:39] Martín: Holaaaaaa?
[14/5, 13:42] Martín: Se puede saber dónde andas?? Por qué no me coges el teléfono?? Te ha pasado
algo??

El corazón le palpitaba en el pecho con muchísima fuerza. No


recordaba haber sentido tanta rabia en mucho mucho tiempo y se obligó a
respirar hondo un par de veces hasta que se vio capaz de contestar:
[14/5, 13:50] Carla: Pues resulta que he estado tomando café con tu mujer y hemos tenido una
conversación interesantísima
[14/5, 13:51] Carla: Solo voy a decirte una única cosa antes de bloquear tu número y no volver a
saber nada de ti:
[14/5, 13:51] Carla: PÚDRETE


Eran las dos de la mañana y no podía pegar ojo.
En algún momento de la tarde había conseguido quedarse dormida,
pero, a eso de las nueve, Nuria y Lara habían llamado a la puerta de su
habitación y la habían despertado. Le habían llevado un tazón de sopa de
sobre. No tenía hambre, pero agradeció el gesto y se lo tomó mientras les
contaba por encima la conversación que había tenido con aquella mujer. Al
terminar su relato, ambas se ofrecieron a cortarle las pelotas a Martín;
cuando Carla les dijo que no era necesario mutilar a nadie para animarla,
quisieron organizar una especie de fiesta de pijamas improvisada en el salón
para aquella misma noche. Lara estaba ya con el teléfono en la mano con la
intención de llamar a su trabajo y decir que estaba enferma, pero a Carla lo
único que le apetecía era estar sola, así que volvieron a dejarla tranquila tras
darle un abrazo y hacerle prometer que las avisaría si necesitaba algo.
Llevaba desde entonces con la mirada fija en el techo, escuchando con
los auriculares un episodio tras otro de uno de sus pódcasts favoritos, pero
sin prestarles mucha atención. No podía dejar de pensar en cómo se había
tambaleado su vida en el transcurso de dos únicos días. Dos.
Hastiada, cogió el móvil de la mesita de noche, pausó el episodio que
estaba escuchando en esos momentos y entró en Instagram, dispuesta a
entretenerse en la sección de reels. Sabía a ciencia cierta que podía pasarse
ahí horas sin pensar en absolutamente nada hasta que volviera a entrarle
sueño, viendo un video tras otro.
Lo primero que le apareció al abrir la app fue una publicación reciente
de Leena y Markus que llamó su atención. Habían subido una foto conjunta,
de esas que aparecen en ambos perfiles. En la imagen estaban los dos
delante de una tarta con dos velas que componían el número treinta y dos.
Markus sonreía de forma exagerada con los ojos cerrados, mostrando a la
cámara su dentadura casi perfecta (uno de sus colmillos sobresalía
ligeramente entre los demás dientes). Leena, sin embargo, salía haciendo un
mohín nada favorecedor, intentando evitar que su hija, Nina, que se había
colado de refilón en la foto y aparecía borrosa, apagara las velas antes de
tiempo.
Estaba claro quién de los dos había subido la publicación. Carla le dio
al corazón de «me gusta» y comentó, en español, un «Feliz cumpleaños a
los dos!!», seguido del emoji que tiene el gorro de fiesta y sopla una
matasuegra.
Así era como mantenía el contacto con los hermanos finlandeses: a
base de likes y comentarios en aquella red social. Ellos le escribían sobre
todo en las nuevas publicaciones que subía a su cuenta de artista, llegando a
compartir incluso algunas de sus creaciones en sus propias historias, lo que
le había hecho ganar seguidores internacionales. Leena también se había
acordado de ella el mes pasado, cuando le mandó una foto al pasar por
delante de un bar de comida española situado en Helsinki y le dijo: «Los
valencianos le meterían fuego a este restaurante si vieran lo que sirven
como paella».
Carla cambió de parecer. Ya no le apetecía hacer scroll como a todo
buen zombi digital del siglo veintiuno, así que cerró Instagram y abrió
YouTube. De pronto había recordado que, hacía ya algún tiempo, uno de
sus canales de viajes favoritos había subido una pequeña serie de vídeos por
Finlandia, y quería revisionarlos.
A las cuatro de la mañana, cuando volvió a dejar el móvil sobre la
mesita de noche, estaba casi segura de que iba a poder dormir a pierna
suelta el par de horas que quedaban hasta que sonara la alarma para ir a
trabajar.
Tenía un plan para su futuro a corto y medio plazo, y eso la
reconfortaba.
5

A
la mañana siguiente, cuando iba de camino al trabajo, Carla le mandó
un mensaje de audio a Leena que decía lo siguiente:
—Hola, Leena, qué tal. Ya vi anoche que fue vuestro cumple
hace poco. ¿Cómo sienta tener otro año más encima? A mí me queda poco
para entrar en la treintena, así que ya me darás algún consejo para
sobrellevar la inevitable crisis.
»Bueno, en realidad te mando este audio para pedirte ayuda. Resulta
que me he quedado sin trabajo, ¿qué te parece? Mi jefa ha decidido que ya
no le interesa el negocio de las cafeterías, así que nos vamos todos a la calle
en cuanto acabe el mes. Total, que eso me ha hecho pensar… que no sé si
me apetece seguir viviendo en Madrid. Y anoche, al ver vuestra última foto,
me acordé de la promesa que os hice de haceros una visita pronto, y se me
ocurrió que igual podía aprovechar para pasar un tiempo allí con vosotros,
en plan desconexión, ¿sabes?
»Tengo algo de dinero ahorrado y planeo darle caña al tema de la
ilustración al menos hasta que me vea obligada a buscar otra cosa que me
dé de comer, y eso puedo hacerlo desde cualquier sitio.
»La cuestión es que no sé absolutamente nada de vuestra ciudad,
entonces ¿podrías indicarme qué zonas recomendarías o cuáles son las
mejores para alquilar algo durante, digamos, un par de meses? Con
«mejores» me refiero a que no sean barrios donde corra el riesgo de que me
den un navajazo cuando baje a tirar la basura, y a ser posible que no tenga
que vender un riñón para poder permitírmelo. Aunque, estando el verano a
la vuelta de la esquina y con tan poca antelación, tampoco espero milagros.
En fin, cualquier información que puedas darme para que yo pueda empezar
a mirar, te lo agradeceré infinitamente.
»Pero dime: ¿Cómo os va a vosotros?
El chute de adrenalina que le dio el tener la mente ocupada pensando
en estos nuevos planes de futuro fue lo que hizo que no se cayera de sueño
a pesar de las pocas horas que había dormido la noche anterior. Ni siquiera
se implicó mucho en el único tema de conversación de sus compañeros
aquella mañana, que giraba, como no podía ser de otra forma, en torno al
cierre de la cafetería. Sin embargo, se alegró al escuchar que un par de
ellos ya habían conseguido que los llamaran para hacerles algunas
entrevistas de trabajo en los próximos días.
Cuando llegó el relevo del turno de tarde y salió a la calle, sacó el
teléfono del bolso y vio que Leena ya le había contestado. Con el corazón
latiendo un poco más rápido de lo normal, producto de la emoción, se
colocó los auriculares, puso rumbo a la estación de metro y procedió a
escucharla:
—Lo siento por lo de tu trabajo, Carla. Pero si eso significa que te
vienes a pasar un tiempo con nosotros, pues me parece estupendo, no te voy
a mentir. Tampoco es que se te viera muy contenta trabajando ahí.
»A nosotros nos va bien. Ahora que empieza a hacer buen tiempo por
aquí hemos sacado mesas a la calle y tenemos el doble de trabajo, pero es lo
que toca.
»En cuanto a lo del alojamiento, tengo buenas noticias para ti: el
compañero de piso de mi hermano se fue a vivir con su novia hace unas
semanas y todavía no ha buscado a nadie que alquile la habitación, ¿la
quieres? Es un piso diminuto en uno de los distritos de las afueras de la
ciudad, y la habitación es pequeña, pero el precio no está mal teniendo en
cuenta lo que cuesta todo ahora mismo. Serían trescientos euros, gastos
aparte. Markus tiene el dormitorio principal y paga quinientos. El muy
idiota va a tener que pagar este mes el alquiler completo él solo por no
haberse dado prisa en buscar a alguien.
»En fin, ya me dices si te interesa. Ahora te mando fotos del piso. La
habitación no tiene escritorio, que seguramente te hará falta, pero en el
salón hay una mesa grande y mi hermano se pasa casi todo el día fuera, así
que podrás trabajar tranquila.
»Y no: nadie te va a dar un navajazo cuando salgas a tirar la basura.
En cuanto terminó de escuchar el mensaje, amplió las imágenes que le
había mandado Leena justo después. Tal y como le había adelantado, estas
mostraban un piso bastante sencillo. La habitación era tan pequeña que en
ella solo cabían una cama, una mesita de noche y un armario no muy
grande; pero, en realidad, Carla no necesitaba mucho más. Sin duda, lo más
interesante era el salón, con un par de ventanas enormes que dejaban entrar
muchísima luz (así como una puerta acristalada que parecía dar a un balcón
o terraza) y en el que estaba segura de que podría pasarse horas trabajando
sin problemas.
No es que Carla fuese muy creyente en el destino ni nada de eso, pero,
sentada en el vagón perdida en sus pensamientos, se autoconvenció de que,
si las cosas iban a ser así de fáciles, igual era porque algo estaba intentando
decirle que aquella decisión de poner rumbo a latitudes nórdicas era la
adecuada.
Era cierto que la idea de irse a vivir con Markus le daba cierto reparo
después de lo ocurrido entre ellos durante su penúltima noche en Londres,
pero sabía que no iba a encontrar ninguna otra opción que fuese tan buena,
económicamente hablando. Además, debía reconocer que compartir piso
con alguien que ya conocía en una ciudad y un país nuevos para ella era
una oportunidad que no podía dejar pasar. Era mucho mejor que convivir
con desconocidos, desde luego. Y la posibilidad de encontrar un piso para
ella sola a un precio decente era algo que, directamente, no contemplaba.
Había otra razón de peso por la que sabía que tenía que aceptar la
oferta: le había prometido a Markus que la situación entre ellos no se
tornaría incómoda cuando se volvieran a ver, por lo que sería extraño
rechazarla si el único punto en contra que había hallado era, precisamente,
que no quería que hubiese una tensión rara en el ambiente.
Al llegar a casa lo tenía bastante claro, así que soltó su bolso encima de
la cama y, antes de entrar al baño para ducharse, le mandó a Leena su
contestación:
[15/5, 16:07] Carla: Dile a tu hermano que no empiece a buscar compañero de piso todavía. Me
quedo con la habitación.


Los últimos días de mayo fueron una completa locura. Cuando no estaba en
la cafetería vaciando el almacén, limpiando y quitando cosas de en medio
para el gran cierre, Carla se dedicaba a empaquetar sus pertenencias. Había
estado varios años viviendo en aquel piso e, inevitablemente, había
acumulado bastantes cosas. Ya había mandado algunos paquetes con
dirección a la casa de su padre y su hermana en Granada, pero, cuando solo
le quedaban veinticuatro horas para entregar las llaves, aún estaba
desbordada con varios montones de objetos que no tenía claro si quedarse o
donar.
Pero el treinta y uno de mayo, al entregar a una tienda de segunda
mano unas últimas bolsas de ropa, zapatos, libros y varios objetos a los que
se había aferrado inútilmente hasta el último momento y despedirse al fin
de Nuria y Lara (y de Madrid) para poner rumbo a la estación de tren, se
sorprendió al darse cuenta de que no recordaba haberse sentido tan ligera en
mucho, mucho tiempo.
Había echado de menos aquella sensación.


Pasó los primeros días de junio en el sur con su hermana y su padre. Ya les
había explicado un poco por encima en una llamada de teléfono lo que
había pasado con su trabajo y su deseo de irse de la capital y estaban
encantados de tenerla de vuelta en casa; pero, cuando se quedó a solas con
Julia, tuvo oportunidad de contarle con todo detalle la otra razón por la que
había decidido salir por patas de allí. Esta no dio crédito a lo que estaba
oyendo.
Para ser sincera consigo misma, a Carla todavía le costaba asimilarlo.
Había procurado no pensar mucho en aquello desde entonces, y mantenerse
ocupada con la mudanza y los preparativos para el viaje inminente a
Helsinki la habían ayudado a poner el foco en otros lares. Además, si algo
bueno podía decir de Martín era que había respetado su deseo de que la
dejara en paz, lo que había facilitado aún más las cosas a la hora de pasar
página.
Lo que no les había adelantado a ninguno de los dos era su plan de
pasar el verano en Finlandia. No obstante, cuando finalmente les contó que
planeaba ausentarse durante aquellos meses para visitar a unos amigos en
dicho país, no le pusieron ninguna objeción. El único comentario que hizo
su padre al respecto fue: «Pues ya me contarás a qué sabe la carne de reno.
Hace tiempo vi en un documental de La 2 que allí se los comen». Julia, por
su parte, le hizo prometer que le mandaría muchas fotos y la mantendría
informada de todo lo que hiciera durante su estancia.
Había comprado los billetes de avión hacía algunas semanas (en
realidad, justo después de haber hablado con Leena) y solo le quedaba
ponerse a hacer la maleta. Procuró informarse bien sobre cómo era allí el
clima durante la temporada estival y, finalmente, un par de días antes de
marcharse, empezó a guardar toda la ropa que pensó que necesitaría, así
como también todos sus materiales de dibujo y diseño gráfico.
Aún no había ideado ningún plan para conseguir más clientes, pero era
lo primero en lo que pensaba trabajar y centrar sus esfuerzos en cuanto
llegara a su destino. Bueno, quizá lo primero fuese conocer un poco la
ciudad y pasar algo de tiempo con Leena y Markus, pero sí que pretendía
darle prioridad a desarrollar el que esperaba que fuese su medio de vida (al
menos, de momento).
La noche anterior a tomar el vuelo, mientras se lavaba los dientes antes
de irse a dormir, empezó a notar el inconfundible cosquilleo de la emoción
en el estómago. Volvió a leer entonces la breve conversación que había
tenido con Markus hacía algunos días, pensando que aquello podía calmarle
los nervios:
[26/5, 21:12] Markus: parece que vamos a ser compañeros de piso :)
[26/5, 21:14] Carla: Eso parece, sí!
[26/5, 21:14] Carla: No te importa que vaya a vivir contigo, no?
[26/5, 21:15] Markus: pues claro que no me importa; fui yo el que lo sugirió cuando leena me contó
tus planes de venir aquí
[26/5, 21:15] Markus: me hace mucha ilusión que nos vayas a visitar, de verdad
[26/5, 21:15] Markus: además, va a ser estupendo no tener que pagar yo solo el alquiler durante un
par de meses
[26/5, 21:16] Markus: es broma
[26/5, 21:16] Markus: bueno, en realidad no es broma. los alquileres están j*didamente caros por
aquí
[26/5, 21:16] Carla: Me temo que están caros en todos lados
[26/5, 21:17] Carla: Bueno, muchas gracias por ofrecerme la habitación que tienes libre. Aprecio un
montón el gesto :)
[26/5, 21:17] Markus: ni te rayes. nos vemos pronto, entonces! que tengas un buen viaje x
6

S
e había pasado todo el vuelo con un libro entre las manos, pero, siendo
optimista, habría conseguido leer tres o cuatro párrafos a lo sumo. No
lograba concentrarse en la lectura así que, tras la primera hora de viaje,
optó por dejarlo olvidado sobre sus piernas y ponerse a mirar a través de la
ventana, pensando en todo y en nada al mismo tiempo.
La mayor parte del trayecto habían ido sobrevolando las nubes, pero,
una vez que el avión comenzó a descender, Carla puso toda su atención en
observar cada nuevo pedacito de tierra que iba apareciendo ante ella,
deseosa de saber cómo sería ese primer vistazo al país que la iba a acoger
durante los próximos meses.
Lo primero que captaron sus ojos fue vegetación verde por todos lados
y unos cuantos lagos diminutos (¿o quizá debería llamarlos lagunas?)
esparcidos aquí y allá. También empezó a ver algunos núcleos
poblacionales conforme se iban acercando más.
Cuando aterrizó finalmente en el aeropuerto de Helsinki y quitó el
modo avión de su teléfono, recibió un mensaje que Leena le había enviado
hacía escasos minutos.
[7/6, 12:25] Leena: Ya he llegado al aeropuerto. Te espero con Nina al salir de la zona de recogida de
equipajes. Llámame si no nos encuentras, pero no tiene pérdida.
[7/6, 12:34] Carla: Vale! Acabamos de aterrizar. A ver si no hay mucha cola en el control de
pasaportes y la maleta no tarda en salir.

Carla guardó el libro en su bolso, emocionada y también un poco


nerviosa, por qué no admitirlo. Pero sabía que había una cara amiga
esperándola al otro lado de las paredes del avión y eso la tranquilizaba, así
que se preparó para salir y pisar tierra por fin.
La cola para mostrar la documentación fue sorprendentemente ágil y
no estuvo más de diez minutos esperando, y tuvo la suerte de que la maleta
que había facturado fuese de las primeras en salir por la cinta
transportadora. La recogió y, siguiendo las indicaciones de los letreros, se
dirigió hacia la zona que le había mencionado Leena.
No tardó mucho en encontrarla. Se había sentado en uno de los
asientos centrales, más visibles. Llevaba una cazadora vaquera, mallas de
cuero negro y la larguísima melena rubia trenzada hacia un lado que le caía
sobre un hombro. En esos momentos estaba escuchando con atención algo
que le estaba diciendo su hija, pero sin dejar de echar vistazos a la gente
que iba saliendo por las puertas marcadas con el letrero
«Arrivals/Saapuvat»[1].
En cuanto la vio aparecer entre la corriente de viajeros recién llegados,
interrumpió la narración de la niña. Probablemente debió de decirle que
Carla ya estaba allí, pues esta se puso a buscarla con la mirada.
Leena se levantó, cogió a Nina de la mano y fue a su encuentro.
—¿Qué tal ha ido el viaje? —le preguntó mientras la estrechaba en un
fuerte abrazo.
—Sin turbulencias ni pasajeros tocapelotas, así que no tengo quejas.
Aunque me duele el culo de estar tanto tiempo sentada.
—Es lo que tiene viajar en low-cost.
Carla miró entonces a Nina, que no se despegaba de la pierna de su
madre. Llevaba el pelo recogido en dos colitas amarradas con gomillas de
pompones amarillos y un peto vaquero que hacía juego con la cazadora de
Leena.
No sabía muy bien en qué idioma debía dirigirse a ella. Sin embargo,
mientras tenía un debate interno consigo misma al respecto, la niña se le
adelantó y le dijo un tímido pero adorable:
—Hola.
Carla se agachó para ponerse a su altura, sorprendida por lo que
acababa de oír.
—Hola, Nina. Soy Carla —comenzó a decirle de forma amigable,
aunque sin tener idea de si la estaba entendiendo—. He oído hablar mucho
de ti.
La niña sonrió, escondiéndose tras la pierna de Leena, aunque no dijo
nada más. Tenía los ojos del mismo tono azul grisáceo que su madre, pero
el cabello, castaño oscuro, lo había heredado de su padre. Lo sabía por las
fotos que Leena subía a veces con su pareja a Instagram.
—Es un poco tímida al principio, pero ya irá cogiendo confianza, no te
preocupes —le aseguró Leena.
—¿Le estás enseñando español? —se interesó.
—Qué va. Ya tiene bastante con el inglés por ahora. Pero cuando
veníamos de camino me ha preguntado cómo se saludaba en tu idioma —le
explicó conforme andaban hacia la salida. Por el camino pasaron por
delante de una tienda de merchandising de los Moomin y a Carla le vino el
vago recuerdo de haber visto por televisión una serie de dibujos animados
sobre ellos cuando era muy pequeña—. Aunque tengo la sospecha de que
mi abuela está intentando enseñarle. El otro día la dejé un rato en casa de
mis padres mientras yo iba a hacer unas cosas, y ella estaba allí. Al día
siguiente escuché a Nina contar del uno al diez en español conforme iba
guardando sus juguetes uno a uno en su baúl.
—Los niños son esponjas. Lo próximo serán los colores, después los
días de la semana y finalmente la «Macarena», ya verás.
En el exterior, la brisa era fresca, pero no podía decirse que hiciera frío.
De hecho, el sol estaba fuera y era agradable sentir sus rayos. En su
opinión, se trataba de un perfecto día de finales de primavera. Nada que
ver con el calor sofocante que ya hacía en muchos puntos de España.
Se subieron al coche en el aparcamiento del aeropuerto y pusieron
rumbo a la ciudad. En la radio estaba sonando una canción de pop finés
cantada por una mujer.
—¿Te parece bien si dejamos tus cosas en el maletero y vamos a
almorzar a la cafetería, o prefieres descansar? —quiso saber Leena—. Te
puedo llevar directamente al piso de mi hermano. Tengo aquí tu copia de las
llaves.
—No, vamos a comer algo. Estoy hambrienta.
Por el camino fueron poniéndose al día. Carla tuvo entonces
oportunidad de explicarle mejor lo que había pasado con su trabajo y su
idea de enfocarse en su faceta de ilustradora hasta que pensara qué hacer a
continuación con su vida.
—Ya se te ocurrirá algo —le aseguró Leena, y añadió—: Aquí es muy
normal que la gente cambie de profesión varias veces durante su vida, así
que igual encuentras algo de inspiración en ese sentido. No sé si te lo llegué
a contar, pero yo era profesora de ballet antes de ponerme a estudiar
Económicas.
—¿De verdad? No me lo habías dicho. ¿Por qué lo dejaste?
Leena suspiró. Se acercó a la guantera para bajar el volumen de la
radio y le explicó:
—Me hice un esguince en el tobillo y estuve un par de meses dando las
clases sentada sin poder moverme. Eso me hizo darme cuenta de que,
conforme fuera envejeciendo, lo más seguro era que llegara un momento en
el que ya no pudiera enseñarles a mis alumnos cada paso yo misma, y no
quería convertirme en el tipo de profesora que se queda en una esquina del
aula dando instrucciones de brazos cruzados, exactamente como lo tuve que
hacer durante el tiempo que tuve el pie escayolado. Fue muy frustrante.
—Me lo imagino.
Leena se encogió de hombros, como quitándole importancia.
—Además, sabía que Markus y yo acabaríamos quedándonos con la
cafetería de mis padres cuando ellos se jubilaran, así que decidí formarme
en esa parte de tener un negocio que a nadie le gusta.
—¿Hacer cuentas? —preguntó Carla, sonriendo.
—Hacer cuentas, sí —confirmó Leena—. Entre otras cosas. Pero me
gusta lo que hago. Y, si en algún momento deja de gustarme, no tendré
problema en empezar a considerar otros caminos.
Los edificios fueron apareciendo conforme se iban adentrando en la
ciudad. Leena volvió a subir entonces el volumen de la radio. Nina se
entretenía jugando con un peluche en el asiento trasero. Carla, por su parte,
aprovechó para ir mirando todas las calles que iban recorriendo.
Finalmente dejaron el coche en un aparcamiento y, mientras Leena
sacaba a Nina de su sillita, Carla decidió que no podía seguir callándose lo
que llevaba pensando un buen rato:
—¿Sabes qué? —empezó a comentarle—. No digo que me hayas
mentido, pero me cuesta horrores imaginarte con tutú.


—Ya hemos llegado. Esa es, la que tiene la fachada de ladrillo —le indicó
Leena. Acto seguido, se volvió y le preguntó, dudosa—: Se le llama
fachada, ¿no?
—Leena, te prometo que manejas más vocabulario español que yo.
La cafetería de los hermanos estaba localizada en una calle bastante
concurrida. La acera era relativamente ancha y habían colocado algunas
mesas en el exterior. Todas estaban ocupadas en esos momentos por gente
que parecía querer absorber cada rayo de sol, aunque la mayoría tenían ya
los platos vacíos o estaban a punto de terminarlos.
Pasaron al interior. Se trataba de un local más bien pequeño, con
muebles de estilo industrial que combinaban superficies de madera clara
con metales oscuros. Estos contrastaban muy bien con las paredes, donde el
ladrillo había sido cubierto por una capa de pintura blanca. En ellas habían
colgado cajas a modo de estanterías que contenían cafeteras antiguas y otros
objetos decorativos. Un par de plantas de interior aquí y allá y algunas
hileras de lucecitas por el techo terminaban de aportar el toque acogedor.
Tras el mostrador había tres pizarras negras colgadas con la carta
escrita a mano en tiza tanto en finlandés como en inglés: una para las
bebidas, otra para las comidas que servían durante el desayuno y el
almuerzo y otra para los dulces caseros del día. Junto a la caja registradora
había un refrigerador donde estos últimos estaban en exposición: aquel día
tenían tarta de plátano, muffins de arándanos y una especie de bizcocho
trenzado cubierto de almendras laminadas que, al parecer, se llamaba pulla.
Sobre el refrigerador también había varias tarteras de cristal llenas de
cruasanes, galletas con pepitas de chocolate y rosquillas.
Las mesas del interior estaban alineadas junto a los ventanales. A un
lado de la puerta, los asientos estaban conformados por sillones de tela
marrón, dispuestos un poco al estilo de los diners americanos. Al otro lado,
sin embargo, lo que había era una barra de madera que cruzaba de una
punta a otra, con varios taburetes altos para sentarse, los cuales estaban
tapizados del mismo modo que los sillones.
No había clientes en el interior del local salvo por un chico que
trabajaba con su ordenador portátil en uno de esos taburetes, y Nina fue
corriendo a sentarse en la mesa de la esquina. De su mochilita sacó una
pequeña libreta y un estuche con colores y se puso a dibujar como si
estuviera en el sofá de su casa (probablemente porque sentía aquel lugar
como tal).
—Te iba a decir que eligieras la mesa que quisieras, pero Nina se nos
ha adelantado.
—Aquella está bien, no te preocupes.
Los únicos sonidos que llenaban la estancia, aparte de la música estilo
lo-fi que sonaba por los altavoces y de las teclas del ordenador del chico,
procedían de una puerta que supuso que daba a la cocina.
Sus suposiciones fueron acertadas, pues Markus salió entonces de
dicha puerta llevando un plato con una hamburguesa y patatas fritas. Al
principio, al verlas ahí paradas, debió de pensar que se trataban de unos
nuevos clientes que acababan de entrar buscando mesa (y no estaba
equivocado), pero la típica sonrisa cordial que está casi siempre presente en
los rostros de aquellos que trabajan de cara al público acabó siendo
sustituida por una de reconocimiento en cuestión de milésimas de segundo.
—No os esperaba tan pronto.
—Había poco tráfico en el camino de vuelta —le explicó Leena.
Markus le llevó el plato al chico del ordenador y entonces fue a su
encuentro. Se quitó el delantal marrón que tenía puesto y le dio un abrazo a
Carla.
—Me alegro mucho de volver a verte —le dijo ella—. ¿Cómo te va?
—Muy bien, ¿y a ti? Leena me contó que el sitio en el que trabajabas
ha chapado.
—Sí, ahora mismo estoy sin trabajo. Soy una vergüenza para la
sociedad.
Markus rio ante aquella respuesta.
—Diría que hay peores cosas de las que avergonzarse que de no estar
contribuyendo momentáneamente al sistema capitalista —le respondió,
bromeando—. ¿Tienes hambre?
—Bastante, sí.
—Pues id tomando asiento —les instó volviendo a colocarse el
delantal. Carla vio que este tenía un par de manchitas oscuras con toda la
pinta de ser salpicaduras de café, aunque parecían ya medio secas y dudaba
que realmente hubiese llegado a mancharla de habérselo dejado puesto.
Como mucho, se le habría pegado el olor en la ropa, y había pocos olores
que le gustasen más que ese—. Estoy con vosotras en un segundo.
Se sentaron en la mesa que Nina había elegido y Markus volvió con
una carta en papel.
Nina se puso entonces en pie sobre el sillón para que su tío la cogiera
en brazos. Leena la regañó, Carla supuso que por poner los zapatos sucios
encima del asiento, pero Markus dijo algo en tono burlón y, cuando la alzó
en el aire, Nina rompió a reír. Carla aprovechó aquel intercambio en
finlandés para leer la carta; no era muy extensa, pero a ella le pareció más
que suficiente para tratarse de una cafetería y no de un restaurante
propiamente dicho.
Al final eligió una ensalada de hojas verdes, frutos rojos, nueces y
queso feta aliñada con una vinagreta de miel, y Leena pidió una pasta
cremosa con salmón para ella y unas delicias de pollo con patatas para
Nina.
En el exterior, las mesas se fueron vaciando, y Markus se dedicó a
recoger los platos sucios y limpiarlas. Tres o cuatro personas entraron
también a por unos cafés para llevar y no tardó en atenderlas.
En un momento dado, un chico que rondaría los veinticinco años salió
de la cocina y les llevó la comida hasta la mesa. Leena se lo presentó:
—Y este de aquí es el tercer pilar de nuestro negocio, Aleksi.
—Anda, hola. Tú eres Carla, ¿no? Encantado de conocerte por fin —
la saludó, animado. A Carla no le pasó desapercibida su sonrisa enigmática.
Por la forma en la que Leena arqueó las cejas, a ella tampoco—. Markus me
dijo que una chica que conoció en Londres iba a venir a pasar el verano
aquí.
Charlaron un par de minutos con él, hasta que les informó de que tenía
que recluirse otra vez en la cocina para empezar a preparar una masa de
hojaldre que necesitaba para el día siguiente.
Markus terminó de limpiar la última mesa que quedaba en la terraza.
Llevó los platos sucios a la cocina y volvió a salir de ella al cabo de unos
minutos con una hamburguesa que rebosaba kétchup y mostaza por los
lados. Se sentó entonces a comer con ellas.
Cuando este quiso saber qué era lo que más ganas tenía de conocer de
la ciudad y Carla les preguntó qué creían que debía ver primero, Markus le
pidió a Nina una hoja de su libreta y, entre los dos hermanos, empezaron a
elaborar una lista de los rincones de la ciudad que, a su juicio, merecía la
pena visitar. Al finalizarla, se la entregaron a Carla.
Una vez que terminaron de comer y las tres chicas se levantaron para
irse, Markus le dijo:
—Bueno, pues te veo luego en casa.


De camino al coche, Leena le soltó de repente:
—No me contestes si no quieres, pero tengo la teoría de que hubo algo
entre mi hermano y tú aquella noche en la que salisteis a cenar sin mí. —Le
echó un vistazo a Carla para ver su reacción, aunque sin dejar de hablar—.
Se lo pregunté cuando nos marchamos de la convención porque os noté
muy incómodos al despediros, y de alguna manera supo esquivar la
pregunta. —Hizo una breve pausa antes de añadir—: Por la forma en la que
te ha saludado Aleksi, creo que a él sí le ha contado… algo.
Lena la miraba de reojo mientras seguían andando, esperando a ver si
Carla decidía confirmarlo o negarlo.
No creía que aquel beso fuese algo que hubiera que ocultar, pero, si
Markus no le había querido decir nada, tendría que respetar su decisión, así
que optó por responder lo siguiente:
—Pues lamento decirte que no hay nada que contar.
Leena arqueó tanto una ceja que se le marcó una arruga enorme en la
frente.
—Ya, claro. —Una vez que llegaron al coche, Leena colocó a Nina en
su silla para niños y siguió insistiendo—: Markus fue muy rápido al
ofrecer su piso cuando le dije que venías. Curioso, ¿no?
Carla abrió la puerta del asiento del copiloto y respondió con toda la
naturalidad que pudo fingir mientras se sentaba y se abrochaba el cinturón:
—No le veo nada de curioso a querer ayudar a una amiga a la vez que
se ahorra parte del alquiler.
Leena se subió en el asiento del conductor, colocó la llave en el
contacto y arrancó el coche. Igual se lo había imaginado, pero a Carla le dio
la impresión de que estaba intentando esconder la sonrisa.
—Ya. Eso será.


El apartamento de Markus se encontraba en un barrio residencial a las
afueras de la ciudad, conformado en su mayoría por edificios de pequeño y
mediano tamaño, de cuatro o cinco pisos de altura como mucho. Aquí y
allá vio algunas zonas verdes para pasear y parques con columpios para los
niños.
Leena aparcó el coche frente al portal y la ayudó a cargar con sus
cosas, pues no había ascensor. Nina se empeñó en colaborar llevando algo
ella también, así que Carla le tendió su chaqueta (que, por otro lado, llevaba
colgada del brazo y no hacía más que estorbarle) y la niña procedió a subir
las escaleras alegremente.
Cuando llegaron al rellano de la tercera planta, Leena dijo:
—Aquí es.
Abrieron la puerta y pasaron dentro. Carla ya se había hecho una
imagen mental del interior por las fotos que le envió el mes pasado, y dicha
imagen no difería mucho de la realidad. Se trataba de un apartamento
pequeño ideado para estudiantes, parejas o gente que, por la razón que
fuera, no iba a pasar mucho tiempo en casa.
A pesar de todo, a ella le pareció acogedor.
—En el sótano hay una sala comunitaria para hacer la colada —le
explicó Leena—. Creo que cuesta un par de euros poner la lavadora y la
secadora. Te vas a hartar de subir y bajar escaleras, pero sale más barato que
cualquiera de las lavanderías que hay por la ciudad.
—No pasa nada. Lo consideraré mi sesión de cardio semanal.
Leena le hizo prometer que la avisaría si necesitaba cualquier cosa y
madre e hija se marcharon para que pudiera ir instalándose con
tranquilidad.
Carla se sentía un poco asquerosa tras el viaje, así que lo primero que
hizo fue darse una ducha y ponerse ropa limpia. Después, empezó a
deshacer las maletas.
Cuando terminó, se sentó en la cama y abrió la aplicación de Google
Maps para ver dónde estaba localizado el supermercado más cercano y
prepararse para hacer su primera incursión solitaria por el barrio.
Se encontraba en la cocina inspeccionando la nevera (comprobó que su
nuevo compañero de piso le había dejado un par de baldas libres) cuando
escuchó unas llaves en la cerradura. Markus apareció inmediatamente
después.
—Hola.
—Hola.
Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos, pero Markus se
encargó de romper el hielo antes de que la situación llegara a volverse
incómoda:
—Ehm, ¿qué te parece el piso? —le preguntó, rascándose
distraídamente detrás de la oreja—. ¿Has empezado a instalarte?
—Sí. Comprobaba el espacio que tenemos en la nevera, porque estaba
pensando en ir al supermercado para comprar algunas cosas.
—¿Qué supermercado?
Carla se lo mostró en el móvil y Markus le dijo:
—Hay uno mejor un poco más lejos. Déjame tu teléfono.
Lo buscó en el mapa y ella guardó la ubicación en favoritos.
Markus cogió una botella de refresco de la puerta de la nevera y Carla
se sentó en una de las dos sillas que había junto a la diminuta mesa,
apoyando la espalda en la pared. Le preguntó si le apetecía un vaso o
cualquier otra cosa, pero ella le dijo que no. Procedió entonces a llenarse
uno hasta arriba para sí mismo y se sentó en la otra silla.
Aunque suponía que su hermana ya debía de habérselo contado, Carla
aprovechó para explicarle sus planes de dedicarse más en serio a la
ilustración para así poder trabajar desde cualquier parte y no estar ligada
obligatoriamente a una ciudad. Markus la escuchaba sin decir nada,
asintiendo de vez en cuando.
—¿Y qué pasa con ese tipo con el que estabas saliendo? ¿No le
importa que vayas a estar fuera tanto tiempo? —le preguntó después de
acabarse su refresco de un largo trago. Supuso que era la forma más
indirecta que encontró de averiguar si al final había decidido mandarlo a la
mierda tras volver del viaje a Londres.
—Lo que le importe o deje de importarle ya no es asunto mío —le
confirmó. Markus la miró alzando ambas cejas, como pidiendo que
elaborara más aquello, así que añadió—: Seguimos viéndonos durante un
tiempo, pero acabó siendo un puñetero mentiroso después de todo. No era
la persona que decía ser.
—Ah. —Se quedó callado un momento y le dijo—: Siento oír eso.
Carla tuvo la sensación de que, en realidad, no lo sentía en absoluto.
—Gracias. Como comprenderás, esa es otra de las razones por las
que…, bueno, por las que quería irme de casa durante un par de meses y
aclararme las ideas.
Él asintió una vez, haciendo ver que lo entendía.
—Así que decidiste salir del país y viajar al norte.
—Exactamente. —Y, como quería quitarle un poco de hierro al asunto,
comentó—: Además, no creo que hubiese sobrevivido a otro verano en
Madrid.
Markus sonrió y le preguntó con curiosidad:
—¿Y eso?
—Bueno, sufrimos temperaturas de casi cuarenta grados todos los
días y el aire acondicionado es la única forma de combatirlas si no tienes
acceso a una piscina, y eso si tienes suerte y puedes permitirte uno. Todo el
mundo se marcha de la ciudad y se va a las costas tan pronto como pueden;
no es que la temperatura allí sea más fresca, pero al menos uno puede
meterse debajo del agua y huir del calor.
—Qué divertido —dijo, con evidente tono sarcástico—. Debería
visitar España tan pronto como pueda.
—Oh, pues sí que deberías —respondió ella, y en su voz, por el
contrario, no había rastro de sarcasmo—: Es un país muy bonito. Lo que
pasa es que se parece bastante al mismísimo infierno durante estos meses.
Estoy segura de que tu hermana te lo puede confirmar.
—Si lo que buscas es un verano fresco, has venido al lugar indicado.
El termómetro no marcará nada por encima de los veinticinco grados en el
día más caluroso. —Entonces, se levantó y dejó el vaso vacío en el
fregadero—. Voy a darme una ducha. Si puedes esperarme unos, no sé,
cinco o diez minutos, te acompañaré al supermercado.
—Claro. Te espero.
Su compañero de piso se detuvo un segundo en el marco de la puerta y
se dio la vuelta para añadir, con todo el buen humor del mundo:
—Bienvenida a Finlandia, por cierto.
Aunque lo conocía desde hacía poco tiempo, Carla tenía muy claro que
la simpatía y el entusiasmo eran innatos en la personalidad de Markus. Sin
embargo, en aquel momento habría jurado que se le veía particularmente
alegre.
7

C
arla decidió emplear su primera semana allí en ir creando la que iba a
ser su rutina.
Aprovechaba las mañanas para trabajar dentro del piso,
intentando dedicarle tiempo tanto a la ilustración propiamente dicha como a
aumentar su actividad en las redes sociales. Sabía que era una tarea difícil
pero quería ver si, esforzándose al máximo, podía vencer al todopoderoso
algoritmo, hacer que su trabajo llegara a más gente y, quizá así, conseguir
más encargos.
Aunque, con la irrupción de las inteligencias artificiales en los campos
artísticos, cada vez eran más los que preferían que una máquina les generara
una imagen de forma inmediata después de indicarle unas cuantas pautas
que contratar a artesanos de carne y hueso. Era un escenario, cuando menos,
desalentador; y un poco irónico también, pues las bases de datos de dichas
máquinas se habían alimentado ni más ni menos que con miles y miles de
creaciones humanas obtenidas de forma ilícita en la mayoría de los casos.
Pero era un problema contra el que no podía hacer gran cosa de forma
individual, así que no le quedaba otra que seguir trabajando y confiar en
que había personas que seguían apostando por los artistas de verdad.
Las tardes, sin embargo, las reservaba para conocer la ciudad.
El día siguiente a su llegada se le ocurrió hacer lo que cualquier turista
prototípico haría para tener una primera toma de contacto con su nuevo
destino: apuntarse a un free tour. Después de aquello había ido visitando
distintos rincones, moviéndose según su criterio, siempre siguiendo las
recomendaciones que los hermanos le habían dado. Si las obligaciones se lo
permitían, Leena se escapaba para recorrer la ciudad con ella. La última vez
habían ido a disfrutar de una de las actividades favoritas de los finlandeses:
meterse en una sauna; seguidamente, se habían bañado en la laguna que
había justo al lado.
—No se compara con el contraste tan grande que hay en invierno
cuando el agua está helada —le había dicho Leena—, pero así por lo menos
te puedes hacer una idea.
La aventura turística finalizaba todos los días haciendo una parada en
la cafetería, un rato antes de que esta echara el cierre, para ir probando los
diferentes dulces que preparaba Aleksi (si es que los clientes no habían
arrasado ya con ellos) y tomarse el último café de la tarde. Además, a
Markus se le había ocurrido empezar a servir algunos cafés cold brew
durante los meses de verano y quería conocer la opinión de Carla antes de
ponerlos a la venta. Por el momento, había degustado uno con sabor a
menta, otro con una rodaja de naranja (inspirado en el café que ella había
llevado a la convención de baristas, según le confirmó él mismo) y otro con
crema de vainilla. Todos estaban deliciosos.
Una vez que la jornada concluía, volvía con Markus a casa. Allí solían
preparar la cena entre los dos (él se estaba tomando muy en serio el tema de
su inmersión en la cultura finlandesa, así que cada noche cocinaban algún
plato típico del país) y relajarse viendo alguna película o echando unas
partidas al Overcooked (o al FIFA, si Carla se sentía generosa) en la
PlayStation de él.
Había temido que la convivencia fuese incómoda a pesar de los
esfuerzos de ambos, pero, después de aquella primera semana, la alivió
enormemente el comprobar que sus temores habían sido infundados.


El quinto cumpleaños de Nina cayó en martes, que era precisamente el día
entre semana que los hermanos tenían de descanso y podían cerrar la
cafetería. Leena le mandó unos días antes un mensaje para informarla de
que estaba invitada a la barbacoa familiar. Como a Carla no se le ocurría
qué podía llevar para contribuir al festín y Markus no paraba de repetirle
que no era necesario que llevase nada, al final le salió la vena andaluza y se
pasó la tarde anterior preparando varias jarras de gazpacho. Cuando su
compañero llegó a casa, entró a la cocina y la pilló en plena faena, le
preguntó si en España era costumbre agotar las reservas de tomate de los
supermercados cada vez que un niño cumplía cinco años y obligarle a beber
aquella sopa fría hasta que perdiera la consciencia, rollo ritual de pasaje de
la infancia a la niñez.
La barbacoa se celebraba en la orilla de un lago, dentro de un parque
nacional llamado Nuuksio, que estaba a una media hora en coche de la
ciudad. Cuando Markus y Carla llegaron al lugar, Leena no tardó en ir a su
encuentro; la agarró del brazo nada más salir del coche y la llevó consigo
para presentarle por fin a su pareja, Joel. Ya lo había visto en fotos, pero, en
persona, el padre de Nina tenía aspecto de portero de discoteca mazado que
te podía partir en dos de un soplido si lo pillabas en un mal día; no obstante,
en cuanto intercambió algunas palabras con él, comprobó que no había que
fiarse de las primeras impresiones, pues el tipo parecía todo un bonachón.
Llevaba dilataciones en ambas orejas y, al igual que su novia, era aficionado
a los tatuajes.
Leena también aprovechó la ocasión para presentarle a sus padres. La
madre de los mellizos saludó a Carla cordialmente en español, le preguntó
qué le estaba pareciendo Finlandia y después siguió a lo suyo, terminando
de preparar unas ensaladas. El padre no hizo mucho más que dedicarle una
sonrisa amigable y darle un apretón de manos, ya que ninguno hablaba el
idioma del otro y el hombre no era muy experimentado en el inglés.
Markus apareció en aquel momento, dejó sobre una mesa la nevera
portátil donde Carla había metido el gazpacho y se puso a charlar con sus
progenitores.
Leena volvió a tomarla del brazo.
—Mi abuela también está deseando conocerte —le informó—. No para
de preguntarme cuándo le voy a presentar a mi amiga española. Se ha
alegrado mucho cuando le he dicho que ibas a venir hoy.
La llevó entonces hacia una mesa de picnic donde estaba sentada una
mujer mayor haciendo croché, resguardada bajo la sombra de los árboles.
Al escucharlas llegar, apartó la mirada del tejido que tenía entre las manos.
—Carla, esta es mi abuela Gloria.
—Por fin te conozco, niña —le dijo, soltando la cesta de labor donde
tenía varios ovillos de lana y lo que parecía un jersey a medio hacer.
—Yo también tenía muchas ganas de conocerla. ¿Cómo está?
—Mayor y cada vez más torpe. Pero ven; siéntate conmigo y háblame
de ti.
Leena se marchó para seguir haciendo de anfitriona con los demás
invitados y Carla se sentó junto a su abuela. Respondió a todas las
preguntas que la señora le iba haciendo, pero finalmente pudo reconducir la
conversación para que le explicara cómo había acabado en Finlandia y
Gloria le contó su historia de muy buen grado:
—Verás, mi padre era un médico afín a la República —empezó a narrar
—. Unos meses antes de que el bando sublevado se levantara en armas,
estando mi madre embarazada y viendo que las cosas se podían poner muy
feas, mis padres aceptaron una oferta para irse a vivir con unos amigos a
Marsella. Allí fue donde nacimos mi hermana gemela y yo. —Hizo una
pausa para beber un poco de agua—. Unos años después de que acabara la
Segunda Guerra Mundial, nos instalamos en un pueblo costero al norte del
país. Allí atracaban muchos barcos mercantes y, cuando tenía dieciséis
años, conocí a un marinero finlandés muy apuesto en las fiestas locales.
Nos pasamos una noche entera bailando y riendo. —Se le dibujó una
sonrisa en la cara al rememorar aquello—. No nos entendíamos, claro, pero
con ayuda de otros marineros del mismo barco consiguió pedirme que le
esperara. No supo decirme por cuánto tiempo, pero acepté. Al verano
siguiente, su barco volvió a atracar en el puerto del pueblo y me buscó.
Traía un anillo para pedirme matrimonio. De alguna manera, había estado
aprendiendo francés durante ese tiempo para poder hacerlo. Le dije que sí,
por supuesto. Mis padres pensaron que había perdido la razón, pero me
vieron tan decidida que no tuvieron más remedio que aceptar. Henrik se
quedó a vivir en el pueblo, empezó a trabajar en una fábrica de conservas y
nos casamos unos meses después. Nos vinimos a Finlandia al cabo de un
año y él se enroló en otro barco mercante. Y yo…, pues bueno, fui
aprendiendo el idioma con mucho esfuerzo y al final conseguí trabajo de
enfermera en un hospital. Pasamos juntos tres décadas maravillosas.
Se quedó callada un momento y dio un profundo suspiro antes de
añadir:
—Desapareció al caer por la borda en alta mar, en medio de una
tormenta.
—Vaya, lo siento mucho.
—El mar lo trajo hasta mí y el mar me lo arrebató —dijo, resignada—.
Pero en el fondo sé que no podía haber sucedido de otra forma. Mi Henrik
no iba a morir postrado en una cama consumido por la vejez.
Entonces volvió a coger su cesta para seguir tejiendo.
—Podría escribir un libro sobre su vida, ¿sabe?
Aquello pareció hacerle gracia a la anciana.
—¿Tú crees? Tampoco es tan interesante.
—Sí que lo es. La gente haría cola en las librerías para leer una historia
de amor como la suya.
—¿Incluso si el final es trágico?
—Especialmente si es trágico. Pero siempre puede añadir algo de
ficción y cambiar lo que quiera.
Volvió a reírse y le contestó, con un suspiro:
—Ya estoy muy mayor para sentarme a escribir una novela. Pero
gracias por la idea.
—¿Puedo preguntarle otra cosa? —empezó a decir Carla, cambiando
de tema—. ¿Cómo es que no olvidó el español al venir aquí? Mucha gente
se olvida de los idiomas que hablan si no los usan a menudo, incluso si se
trata de su lengua materna. Una vez vi en un programa de televisión de
viajes a una mujer de Galicia que llevaba tantos años en Turquía sin utilizar
otro idioma que no fuera el turco que prácticamente se le habían olvidado
tanto el gallego como el español.
—Bueno, eso tiene una explicación muy sencilla. Para mis padres era
muy importante que nos mantuviéramos fieles a nuestras raíces, así que en
casa siempre lo hablábamos. Cuando me vine a Finlandia, me aseguré de
mandarles cartas a mi familia a menudo y de seguir leyendo libros en
español. Y, al quedarme embarazada, me empeñé en que mi hija
aprendiera mi idioma natal. Con esfuerzo he conseguido que mis nietos lo
hablen también…, más o menos. —Echó una mirada desaprobatoria en
dirección a Markus, que en esos momentos estaba con una cerveza en la
mano, charlando con Joel y otras personas junto a la barbacoa, donde unas
hamburguesas estaban empezando a chamuscarse—. Pero ¿quieres saber
qué es lo más curioso? No pisé España por primera vez hasta hace veinte
años, cuando mi hermana y yo decidimos apuntarnos a un viaje para
recorrer toda la península. Ella se casó con un profesor de literatura francés
un par de años después que yo y llevaba viviendo en París desde entonces.
La pobre falleció hace tres años, durante la pandemia.
Por segunda vez desde que la conociera, le dio el pésame:
—Lo siento mucho.
—Es ley de vida, hija.


Habían juntado varias mesas de madera tipo picnic en la zona, pero casi
todo el mundo acabó comiendo de pie, charlando en grupos mientras se
iban llenando los platos colocados sobre estas como si de un bufé se tratara.
Carla se había quedado en la mesa de Gloria, y luego llegaron Leena y su
madre para comer con ellas. Después, Nina apagó las velas de la tarta y, tras
repartir ella misma los trozos que su padre iba cortando, abrió los regalos
que le habían hecho y se fue a seguir jugando con sus primos (unos
sobrinos de Joel poco mayores que ella), haciendo volar por turnos una
cometa que le había regalado Markus.
Este se había pasado casi todo el día de aquí para allá charlando con la
gente, pero también se acercaba de vez en cuando a Carla para asegurarse
de que no se sentía incómoda entre tanto desconocido. Ella no tardó en
darse cuenta de que aprovechaba los ratos en los que su abuela se ausentaba
para hacerlo.
Más tarde, en uno de los momentos en los que la señora se había
levantado para estirar las piernas, ir al baño y llenarse otro vaso de
gazpacho (que, según le aseguró, le había quedado estupendo), le vio venir
llevando a su sobrina en brazos. Parecía que la niña había estado llorando,
pues tenía los ojos y las pestañas brillantes, y con una mano se estaba
secando la mejilla; con la otra, sujetaba el libro de colorear y los rotuladores
que Carla le había regalado.
Se sentaron junto a ella sin decir nada. Cuando Carla le miró con
expresión interrogante, él le explicó en voz baja:
—Se ha peleado con los otros chavales.
—Oh, vaya.
Markus había venido con el bañador puesto de casa y se había metido
en el lago para refrescarse poco después de llegar, pero no se había
molestado en volver a ponerse la camiseta. El resultado de aquella decisión
era una piel (completamente libre de tinta hasta donde alcanzaba la vista,
según pudo comprobar por fin aquel día) que se iba acercando al mismo
tono que el gazpacho de Carla por momentos, aunque a él no parecía
importarle. O quizá no se hubiera dado cuenta.
Nina fue pasando las hojas del cuaderno en busca de un dibujo que le
gustara. Al final, eligió uno de un paisaje de montaña con animalitos y
empezó a colorear el tronco de un árbol de color marrón. Sin embargo, al
cabo de un minuto cogió un rotulador verde y se lo dio a su tío, diciéndole
algo. A continuación eligió otro de color azul celeste y se lo tendió a ella,
indicándole alguna cosa que, como era de esperar, tampoco entendió.
—Quiere que pintes el cielo de azul —le tradujo Markus.
No sabía que su abuela estaba cerca y podía escucharle perfectamente,
así que pegó un respingo que asustó incluso a Nina (y, para ser justos, a ella
misma también) cuando Gloria le regañó:
—¡No me puedo creer que no le hables a la pobre muchacha en su
propio idioma!
Su tono indicaba que estaba verdaderamente indignada. Para la señora,
aquello no era asunto de broma.
—Abuela, sabes que solo hablo español contigo —empezó a protestar,
lentamente y con bastante esfuerzo—. Es mucho… difícil.
—Más difícil es el finés y tu abuelo nunca me escuchó quejarme.
Markus puso los ojos en blanco y, mirándola, le repitió con las mejillas
un poco sonrosadas, aunque Carla no estaba segura de si era debido a la
vergüenza o a la exposición al sol:
—Nina quiere que tú… que tú pintas el cielo de azul.
La niña miraba de uno a otro con cara de no entender nada y con algo
de impaciencia. Carla le regaló una sonrisa para que supiera que todo estaba
bien y tomó el lápiz que le tendía, diciéndole un amable «Kiitos»[2] con la
mejor pronunciación de la que fue capaz, esperando que la señora no la
regañara a ella por no hablarle en español a su bisnieta. Comenzó a colorear
entonces la esquina superior del libro que tenía más cerca.
Cuando volvió a levantar la mirada del papel, comprobó que la señora
se había marchado de nuevo, dejándolos a los tres solos. Markus alzó
también la vista en aquel momento e intercambió una sonrisa cómplice con
ella por encima de la cabeza de la niña, que seguía centrada en colorear el
árbol y la ardilla que estaba posada en una de sus ramas. No obstante,
ninguno de los dos se atrevió a comentar nada en voz alta.
En lo que restó de tarde, siempre que Markus quería decirle algo y
sospechaba que su abuela andaba cerca, optó por acercarse, poner una mano
en su cintura y hablarle en inglés disimuladamente al oído. Y la verdad es
que Carla hubiese mentido si decía que volver a sentirle tan cerca le había
incomodado de alguna manera.
8

C
uando Markus y Carla iniciaron el camino de vuelta a casa en coche,
ya bien entrada la tarde, con el sol trazando lentamente su recorrido
hasta que se escondiera tras el borde del horizonte en un par de horas,
ella le comentó que su abuela parecía haber tenido una vida muy
interesante.
Markus estuvo de acuerdo:
—Sí, tiene varias historias que contar sobre su vida. —Hizo una pausa
para mirar a ambos lados antes de salir del camino de tierra e incorporarse a
la carretera principal que les llevaría hasta la ciudad y continuó—: Como
has podido ver, siempre me hace hablar con ella en español. Cuando era
niño, me ignoraba si le decía algo en finlandés. Dejé de ir tan a menudo a
su casa conforme me fui haciendo mayor. Ahora me siento un poco
culpable, la verdad.
Carla pensó un momento en ello y finalmente le dijo:
—Bueno, no sé si esa es la mejor manera de enseñar un idioma, pero
parece que funciona. Quiero decir, mira a tu hermana.
—Ya, pero a mi hermana le encantan los idiomas, y a mí no se me dan
muy bien. Aprender inglés fue una auténtica pesadilla, pero sabía que tenía
que hacerlo porque me sería útil para…, en fin, para todo, básicamente. Me
fui a vivir a Brighton durante casi dos años después de acabar el instituto,
a ver si así lo mejoraba. Conseguí trabajo en un pub y empecé a salir con
una chica británica que conocí allí poco después.
—Ah, por supuesto. Salir con un extranjero es la mejor manera de
aprender un idioma, si quieres saber mi opinión.
Él sonrió ante aquel comentario sin dejar de mirar la carretera y se
encogió levemente de hombros.
—No sé si es la mejor manera o no, pero funcionó. Supongo que jamás
encontré una razón para aprender bien español, aparte de para
comunicarme con mi abuela. Mi madre nunca nos obligó a utilizarlo en
casa, aunque ella y Leena a veces lo usaban para hablar entre sí. Por
alguna razón, a ellas les salía de forma más natural.
—Puedes aprenderlo ahora para hablar conmigo. ¿Has visto alguna
vez Modern Family? —Él asintió, así que continuó diciendo—: ¿Recuerdas
cuando el personaje de Sofía Vergara dice algo así como «¿¡Sabes lo
inteligente que soy en español!?»? Bueno, yo no sé si soy más inteligente en
español, pero al menos no luzco boba buscando en mi mente el vocabulario
que necesito durante las veinticuatro horas del día, eso te lo garantizo.
Nunca había hablado inglés tanto tiempo seguido; mi cerebro debe de
parecer una uva pasa a estas alturas. —Markus seguía con la sonrisa en la
cara, pero no comentó nada al respecto, así que ella añadió, bromeando—:
Quizá debería empezar a practicar la técnica de tu abuela, ¿no te parece?
Él apartó un segundo la vista de la carretera y la miró con seriedad
fingida por encima de sus gafas de sol de pasta negra y cristales opacos.
—No, por favor.
—No lo haré, pero solo porque me da miedo que algún día necesite
que me traduzcas algo en finlandés y no me quieras ayudar en venganza.


Llegaron a la ciudad. Markus aparcó el coche en una calle del vecindario y
subieron a casa.
Lo primero que hizo Carla fue ir hasta el frigorífico para guardar
algunas sobras que Leena les había dado; sin embargo, se dio cuenta de que
la luz de este no se había encendido al abrir la puerta, así que dejó la
comida sobre la encimera y fue hasta el interruptor del fluorescente del
techo de la cocina. Lo accionó, pero fue como si no hubiese hecho
absolutamente nada.
—Markus, me parece que nos hemos quedado sin luz.
Él probó a hacer lo mismo con el interruptor de la lámpara del salón.
—Pues tienes razón —le contestó cuando este tampoco funcionó. Se
pellizcó con suavidad el lóbulo de la oreja, pensativo, y le dijo—: Espera
aquí. Voy a preguntarle a los vecinos de al lado si tienen el mismo
problema.
Markus salió del piso y volvió al cabo de unos minutos.
—Dicen que no hay corriente desde el mediodía —le informó—. Al
parecer, todos los edificios de esta zona están igual. Alguien ha llamado al
ayuntamiento y han dicho que debería estar arreglado para esta noche… o
para mañana por la mañana.
—Genial —exclamó Carla con ironía—. ¿Deberíamos preocuparnos
de que la comida que tenemos en la nevera y el congelador se eche a
perder?
—Nah, no creo. Pero podemos encargarnos mañana de eso si la luz no
ha vuelto para entonces.
—Vale.
Se quedaron un momento en silencio, hasta que él le preguntó, como si
no hubiese ningún problema en el mundo que pudiera importunarle en
aquella preciosa tarde de junio:
—¿Te apetece compartir una pizza para cenar?
—¿Pretendes encender una hoguera en mitad del comedor para
cocinarla? Te recuerdo que el horno no funciona.
—No, pretendo llamar a un restaurante y pedir una —respondió
animadamente.
—Venga, vale, por qué no —aceptó Carla haciendo un gesto con la
mano, como si no le quedase más remedio que rendirse a las circunstancias.
No es que tuviera mucha hambre después de la barbacoa, pero su filosofía
de vida le impedía rechazar una pizza cuando se la ofrecían.
—¿Qué pizza quieres? —quiso saber Markus.
—La que elijas me parece bien.
—¿Hay algún ingrediente que no te guste?
—Hmm, bueno, no me apasionan las anchoas ni las alcachofas.
—Tomo nota.
Carla fue a darse una ducha rápida en tanto él llamaba por teléfono a la
pizzería. No tardó en salir del baño y Markus entró justo después de ella.
Fue entonces en busca de su tablet para ver si tenía batería. Le quedaba
un quince por ciento. «Suficiente para ver algún video en YouTube o un
capítulo de alguna serie mientras comemos», pensó. Se la llevó hasta el
pequeño balcón (en él solo cabía un diminuto sofá exterior pegado a la
pared y una mesita redonda frente a él, pero era el lugar en el que solían
cenar para charlar tranquilamente y disfrutar de las puestas de sol) y se
sentó a esperar a su compañero de piso a la vez que abría la plataforma de
streaming de turno en busca de algo interesante.
Unos minutos después, escuchó a Markus llamándola desde el marco
de la puerta del salón. Carla pasó al interior y lo encontró con la toalla liada
alrededor de las caderas, con el pelo aún mojado goteándole sobre los
hombros.
—¿Por casualidad tienes alguna crema para después del sol o algo
así? —le preguntó—. Creo que me he quemado.
Carla se acercó hasta quedar frente a él. Le tocó el brazo con el dedo
índice y apretó levemente. La forma de este se quedó marcada: un óvalo
blanco en medio de toda la piel rosada. Markus podía dar gracias de que la
cosa no tuviera peor pinta.
—Pues sí, te has quemado —le confirmó—. Aunque no tiene muy mal
aspecto. Déjame ver si tengo algo que te pueda servir en mi cuarto.
Carla fue hasta su habitación y Markus la siguió. Buscó en el interior
de los neceseres que tenía en la mesita de noche y finalmente dio con lo que
estaba buscando: un pequeño bote de crema regenerante para aplicar
después de la exposición solar.
Se lo tendió a Markus.
—Gracias.
Lo abrió, se aplicó una pequeña cantidad en la cara y se lo devolvió a
Carla diciendo:
—¿Te importaría echarme un poco en la espalda?
—No, claro. Date la vuelta.
Carla se echó una buena cantidad de crema en la palma de la mano y
empezó a untársela con suavidad por la zona de los omóplatos mientras él
hacía lo propio por su pecho; después, fue bajando por la parte media y baja
de la espalda hasta llegar a la altura de la cintura y acabar en las caderas,
justo al borde de la toalla. La extendió también con cuidado por los
hombros y la nuca, dándole un masaje con gentileza en aquel punto para
que se terminara de absorber.
Al mismo tiempo, Carla intentaba devolver un pensamiento intrusivo
al lugar de su mente del que había emergido y que no paraba de decirle:
«Vuelve a bajar las manos y quítale la toalla».
—¿Te duele? —le preguntó, obligándose a enfocar su atención en
cualquier otra cosa que la distrajera, como una conversación.
—Qué va —le respondió él. Su tono de voz sonaba más grave de lo
habitual, como si se hubiese quedado completamente relajado. Al cabo de
un segundo, añadió—: Son muy suaves. Tus manos, digo.
Carla agradeció que Markus no pudiera ver lo rápido que había subido
la sangre a sus mejillas.
No había tratado de propiciar ningún acercamiento desde que
comenzaran a vivir juntos, pero a veces le soltaba algunos comentarios de
ese estilo que la hacían sospechar que estaba tanteando el terreno con ella.
O puede que sacarle los colores a la gente fuese otra más de sus formas de
comunicarse con los demás una vez que empezaba a haber confianza.
Markus giró levemente la cabeza hacia un lado y Carla vio que estaba
sonriendo, quizá esperando a que le siguiera el juego. Ella sonrió también
para sí misma, continuando con lo que hacía sin perder la compostura.
Terminó con su tarea medio minuto después y lo único que le dijo fue:
—Bueno, pues ya está. Tu piel debería estar recuperada en un par de
días. Quédate con el bote por si…
Pero no terminó la frase, porque el teléfono de Markus empezó a
sonar en la mesa del salón. Él fue a atender la llamada y, tras intercambiar
un par de palabras con quien estuviera al otro lado, volvió a colgar.
Entonces, le informó:
—El repartidor está aquí. Se me había olvidado que el porterillo
tampoco funciona.
—Bajaré a por la pizza mientras tú terminas de vestirte.
—Espera, que te doy el dinero.
—No te preocupes, pago yo. Es lo mínimo que puedo hacer: me estás
dando café gratis casi todos los días.
Markus se pasó una mano por el pelo aún húmedo, evidentemente sin
estar convencido, pero debió de darse cuenta de que no podían hacer perder
tiempo al repartidor, así que cedió:
—Vale, pero yo invito la próxima vez.
—¡Hecho!
Carla bajó al portal, pagó, recogió la pizza, le dio una propina al
repartidor y volvió a subir. Markus se había puesto un pantalón de chándal
gris y una camiseta blanca y estaba sacando una botella de vino tinto y dos
copas de un armario de la cocina.
Salieron entonces al balcón.
A Markus se le antojó ver un capítulo cualquiera de Modern Family
después de que Carla la hubiese mencionado en el coche, así que lo dejaron
reproduciéndose en la tablet sobre la mesita, se sentaron en el sofá y
colocaron la caja de pizza encima de sus piernas.
Cuando iban por la mitad de un segundo capítulo, con la pizza ya
acabada y la caja tirada momentáneamente en el suelo hasta que volvieran a
entrar y la metieran en el cubo de la basura, el dispositivo se quedó sin
batería y se apagó.
—Pues parece que tendremos que pasar el resto de la noche como
solía hacer la gente antes de Thomas Edison —bromeó Carla, mirando la
pantalla negra.
—¿Y qué es lo que hacían?
—¿Contar historias y escribir largas cartas a amigos y conocidos a la
luz de las velas? —se aventuró a elucubrar—. No tengo ni idea.
—De acuerdo. ¿Quieres empezar tú con una historia? —le preguntó
él, rellenando las copas de vino de ambos—. Aunque no tengo velas.
Tras pensarlo durante unos segundos, dado que no le apetecía hablar
del único tema que se le había venido a la mente y que estaba relacionado
con cierto… tipejo, contestó, bajando la voz:
—No sé si tengo alguna historia que contar.
—Ya. Yo tampoco —dijo Markus en el mismo tono alicaído tras beber
de su copa.
Probablemente fuera cansancio.
Se quedaron callados un rato, disfrutando de la compañía del otro y de
la temperatura tan agradable que había en el ambiente. En el cielo, las nubes
estaban empezando a teñirse de diferentes tonos de naranja, amarillo, rosa y
morado.
Carla fue la que rompió el silencio:
—Tienes una familia estupenda.
—Lo sé. Tengo mucha suerte de tenerles —respondió él para después
volver a quedarse callado, perdido en sus pensamientos. Pero salió pronto
de su ensimismamiento, como quien acaba de caer en la cuenta de algo, y le
preguntó—: ¿Y qué me cuentas de tu familia? Creo que nunca me has
hablado de ellos.
Carla se encogió de hombros.
—Supongo que no se ha dado la ocasión —contestó ella, quitándole
importancia.
—Ahora tenemos tiempo de sobra —le dijo Markus para animarla a
hablar.
—¿Qué quieres saber? Pregunta lo que quieras.
—No sé. Cualquier cosa que me quieras contar, en realidad.
Ella se incorporó un poco mejor en el diminuto sofá mientras debatía
consigo misma por dónde debería empezar.
—Ehmm, a ver, tengo una hermana, Julia. Es cinco años más pequeña
que yo. Nuestros padres se divorciaron cuando yo tenía doce y ella siete, y
nos quedamos viviendo con nuestro padre en Granada. Nuestra madre…
Bueno, ella decidió que quería viajar por el mundo, hasta que al final se
acabó instalando en Menorca, donde abrió una sala de yoga.
—¿Dónde está Menorca? ¿Es una ciudad o…?
—Es una isla del Mediterráneo que está cerca de la costa occidental
de la península —le indicó—. En fin, eso, que solíamos ir a visitarla
durante un mes cada verano y una semana en Navidad. Todavía vive allí y,
hasta donde sé, le va divinamente con el yoga.
—Entiendo. —Tras una pausa, le preguntó—: ¿Fue duro? Me refiero
al divorcio y tal.
—En realidad, no. Bueno, no voy a decirte que fue sencillo porque
estaría mintiendo, pero no fue una experiencia traumática ni nada. Antes
de irse, se aseguró de que comprendiéramos que no pasaba nada malo con
nosotras y que tenía sus propias razones para largarse…, aunque nunca
nos explicó cuáles eran. Años después me di cuenta de que, simplemente,
no estaba hecha para ser madre. Pero nos llamaba cada día, así que no fue
como si desapareciera por completo de nuestras vidas. Y, como ya he dicho,
Julia y yo íbamos a verla durante las vacaciones. Supongo que nos quería a
su propia manera. —Le dio un trago a la copa, saboreando el vino, y
continuó—: Ya no mantenemos tanto el contacto, pero todavía nos
llamamos por teléfono una o dos veces al mes, y a veces nos hacemos
alguna visita, aunque debo decir que no es algo que se dé muy a menudo.
Me parece que la última vez que nos vimos fue hace un año.
Markus asintió, muestra de que estaba prestando atención. Alcanzó la
botella de vino, a la que ya no le quedaba mucho contenido. Hizo un gesto
con ella hacia Carla para preguntarle si quería más, pero ella negó con la
cabeza. Entonces, procedió a vaciarla por completo en su propia copa.
—¿Y qué me dices de tu padre y tu hermana? ¿Tienes una buena
relación con ellos?
—La verdad es que sí. Al cumplir dieciocho me fui a Madrid a estudiar
mi grado, pero Julia se quedó en casa y, cuando acabó el instituto, decidió
ir a la universidad local para estudiar la carrera de Turismo. —Le dio un
último trago a la copa y se incorporó para dejarla sobre la mesa. Cuando
volvió a apoyar la espalda en el sofá, siguió diciéndole—: Ella y mi padre
viven juntos ahora. Él estuvo trabajando para un banco hasta que se jubiló
y, hace unos años, compró una casa en el campo, a media hora de la
ciudad; un cortijo, así le dicen a ese tipo de casas. Julia trabaja como
recepcionista en un hotel y estaba viviendo en Granada hasta no hace
mucho, pero rompió con su pareja y se fue a vivir con él. Así fue como se
dio cuenta de que le encanta la vida campestre y ahora está ahorrando
todo lo que puede para comprarse su propio cortijo. Si te digo la verdad,
creo que su sueño es renunciar al trabajo que tiene y vivir de vender huevos
orgánicos y tomates.
Markus se empezó a reír al oír eso último.
—Eso está bien. Sabe lo que quiere y va con todas a por ello. —Hizo
una breve pausa, con la sonrisa aún presente en la cara, y añadió—: Por
como hablas de ella, parece una gran persona.
—Lo es. En realidad, es mi mejor amiga.
—¿Tienes alguna foto para que la vea?
Carla sacó el móvil, abrió la galería y bajó hasta encontrar unas fotos
que se había hecho con su hermana en una tarde de aburrimiento durante
aquellos primeros días de junio, mientras esperaban en el sofá del comedor
viendo la televisión a que dejara de hacer tanto calor para poder bajar al
pueblo más cercano a dar un paseo y comerse un helado al caer la tarde.
Entonces, le pasó el móvil a Markus.
—Nos hicimos algunas fotos ese día. Ve deslizando para verlas.
Cuando iba por la tercera foto, hizo la siguiente observación:
—Os parecéis bastante.
—Eso es lo que dice todo el mundo, pero yo no veo que el parecido sea
tan grande.
Claro que había una semejanza física lógica, pues ambas tenían el pelo
castaño oscuro y los rasgos de la cara similares: ojos marrones, cejas
gruesas, cara ovalada, nariz pequeña aunque respingona y labios más o
menos carnosos. Sin embargo, Julia le sacaba un palmo de altura y su
figura, en general, era más esbelta. Además, su hermana había conseguido
mantener sus rizos naturales a base de cuidarlos concienzudamente,
mientras que a Carla, después de toda la adolescencia y buena parte de su
juventud haciéndose alisados super agresivos y maltratando su cabello con
tintes, los únicos vestigios que le quedaban de su pelo rizado eran unas
suaves ondas que, por lo general, ni se molestaba en domar. Llevaba años
sin sacar la plancha de su estuche, eso sí.
—¿Tenéis un perro? —preguntó entonces Markus.
En la foto que estaba mirando en ese momento salía un golden
retriever panza arriba sobre la alfombra del vestíbulo, esperando a que le
rascaran la barriga. Carla había capturado aquella escena justo al llegar a
casa de su padre después de abandonar Madrid.
—Esa es Nala. Julia la adoptó el año pasado en un refugio de
animales.
—Leena y yo también tuvimos un perro cuando éramos niños —le
comentó él a la vez que le devolvía el teléfono móvil—. Lo encontramos un
día que estábamos jugando en el parque que había cerca de nuestra casa.
Markus ya le había contado días atrás que se había criado en un barrio
suburbano a medio camino entre Helsinki y una ciudad metropolitana
llamada Vantaa, que era precisamente donde estaba ubicado el aeropuerto
en el que la había recogido Leena hacía ya dos semanas. Sus padres aún
vivían allí: se habían pasado todos aquellos años trabajando en la cafetería
yendo y viniendo, haciendo el mismo trayecto en coche cada día. No habían
querido sacrificar la vida más tranquila de la que disfrutaban en aquel barrio
por el ajetreo del centro de la ciudad, aunque ello supusiera un gasto extra
en tiempo y gasolina.
—Estaba muy asustado —le siguió contando—, pero tenía tanta
hambre que confió en nosotros cuando lo recogimos. No había ninguna
identificación en su collar. Mis padres preguntaron por el vecindario si
alguien había perdido un perro, e incluso pegaron algunos carteles, pero
nadie vino a buscarlo, así que se quedó con nosotros.
—Estoy segura de que encontró en vuestro hogar todo el cariño que
necesitaba.
En el parque que había en la calle, frente al edificio, tres niños se
turnaban para tirarse por el tobogán bajo la atenta mirada de un padre. Un
poco más allá, en uno de los bancos más lejanos, un pequeño grupo de
adolescentes compartía un canuto mientras charlaban y se reían. No eran
sonidos muy diferentes a los que se podían escuchar en cualquier punto de
España en una tarde de principios de verano.
Carla se volvió a mover en su lado del sofá, sentándose sobre sus
propias piernas. Puso el brazo en lo alto del respaldo y apoyó la barbilla
encima de su mano. Entonces, observó a Markus. Este tenía la mirada
perdida en el horizonte al tiempo que se llevaba la copa a los labios. Los
pómulos y la punta de la nariz le brillaban ligeramente por la hidratación
que le había aportado la loción que le había dejado antes. Los últimos
retazos de luz del atardecer se reflejaban en sus pupilas y en el metal
plateado del aro de su nariz, y la suave brisa mecía los mechones de pelo
que componían su flequillo, que en ese momento parecían más rubios que
castaños.
—Y… ¿has estado saliendo con alguien últimamente?
Markus se tomó su tiempo para terminar con el último trago de vino
que quedaba en su copa y dejarla también vacía sobre la mesa, al lado de
la tablet sin batería.
Si le sorprendió la pregunta, no lo mostró.
—No, qué va —respondió en un tono bastante tranquilo—. No de
forma seria, al menos. ¿Por qué?
Carla se encogió de hombros, intentando hacerse la inocente. El teatro
nunca se le había dado muy bien.
Animada sin lugar a duda por el alcohol que recorría su organismo (al
igual que había sucedido meses atrás, en una ciudad y un país distintos), se
acercó un poco más a él.
—Porque estos últimos días he estado dándole vueltas a esa pregunta
que me hiciste aquella noche, en Londres, en la puerta de mi habitación del
hotel en el que nos estábamos alojando.
Markus decidió participar también en el juego de la falsa inocencia.
—No la recuerdo. ¿Me podrías refrescar la memoria?
Carla extendió el brazo y empezó a acariciar el cuello de su camiseta,
fijando la vista en el trazo de sus propios dedos sobre la tela.
—Me preguntaste si quería pasar la noche contigo. Y, uhm, tengo
mucha curiosidad por saber qué habría pasado si yo hubiese accedido.
Porque, ¿sabes qué? Ahora casi que me arrepiento de haberme negado
en aquel momento.
Entonces, alzó la vista para mirarle directamente a los ojos. Parecían
más oscuros de lo que eran en realidad.
La nuez de Markus se movió de forma visible en su garganta al tragar
saliva.
—Ya veo. ¿Y qué crees que habría pasado si hubieses dicho que sí?
—Bueno, no hay forma de que pueda saberlo con seguridad, pero
tengo la sensación de que nos lo habríamos pasado genial.
En algún punto del barrio, dos perros empezaron a ladrar. Abajo, el
padre llamó a los niños y estos fueron tras él hacia la salida del parque. Aún
no había anochecido del todo, pero el sol ya había desaparecido por
completo en el horizonte. Si no arreglaban pronto la avería en el suministro
de electricidad, toda la calle se quedaría a oscuras en cuestión de minutos.
Aunque, en realidad, ese problema había pasado al final de la lista en su
escala de preocupaciones.
Markus colocó entonces una mano en la cintura de Carla para acercar
ligeramente su cuerpo más al suyo y, con la otra, empezó a acariciarle la
mejilla, trazando su labio inferior con el pulgar.
—Una lástima que nunca lo vayamos a saber, ¿no?
Olía a una mezcla compuesta por el coco del aftersun y por la esencia
de algún desodorante masculino. Carla cerró los ojos, aspirando todo lo
disimuladamente que pudo aquel aroma por la nariz y llegando a la
conclusión de que, si no sucedía algo ya mismo, acabaría perdiendo el
juicio.
—Lo es —se lamentó ella en un susurro a un par de centímetros de sus
labios. Y añadió, justo antes de que él eliminara cualquier distancia entre
ellos—: Es casi insoportable.
Cuando sus bocas volvieron a unirse después de aquellos meses, por
unos breves instantes Carla casi creyó haberse transportado atrás en el
tiempo, a aquella noche en el pasillo del hotel londinense. Pero no, no
estaban en Londres. Estaban en Helsinki, y ella ya no tendría que rendirle
cuentas a nadie cuando regresara a casa, porque ni siquiera tenía una propia
a la que regresar.
Pero ese asunto no le podía importar menos en aquel momento.
Markus la acarició por debajo de la sudadera. Sus manos estaban algo
ásperas y sus palmas no eran las más suaves del mundo, pero la tocaban con
cariño y deseo y la invitaban a acercarse más a él, si es que eso era posible.
Sin embargo, hizo el esfuerzo de separarse de ella para decirle algo
importante:
—Estaba… Estaba a punto de repetir la pregunta que te hice entonces,
pero como la cama que tienes ahora no es muy grande que digamos, la voy
a modificar un poco si no te importa. —Y, finalmente, formuló la cuestión
que Carla estaba deseando oír de nuevo (o una versión distinta que venía a
significar lo mismo)—: ¿Quieres que vayamos a mi habitación?
—Sí —contestó ella con absoluta seguridad al instante. Volvió a besarle
y, poniéndose de pie antes de que los dos perdieran el sentido de la lógica (y
la ropa) allí mismo, le extendió la mano, apremiándole, mientras el
anochecer se cernía sobre los edificios de aquel barrio sin electricidad—:
Vamos dentro.


A la mañana siguiente, cuando sonó el despertador de Markus a las cinco y
él exclamó «Voi kyrpä!»[3] a la vez que extendía el brazo para alcanzar el
móvil y apagarlo, Carla le preguntó, soñolienta, mientras se estiraba bajo
las sábanas e intentaba acomodar su vista a la luz del nuevo día que
atravesaba la tela de las cortinas que tapaban la ventana:
—¿En serio te levantas todos los días tan pronto para ir a trabajar?
Y él respondió con voz ronca, frotándose los ojos con ambas manos
para quitarse las lagañas de encima:
—Normalmente me paso por el gimnasio antes de tirar para la
cafetería. No tenía pensado ir hoy, pero anoche se me olvidó desactivar la
alarma.
Segundos después, una vez que se habían desperezado y ambos estaban
tumbados de lado para quedar frente a frente, las manos de uno buscando el
cuerpo del otro, el rostro y los hombros de Markus perdiendo el tono
sonrosado que habían tenido la noche anterior para ir dejando paso a un
bronceado casi imperceptible para cualquiera que no lo tuviese a esa corta
distancia, las diminutas pecas de su nariz más acentuadas, Carla le comentó
con algo de picardía:
—Demasiado cansado para entrenar hoy, ¿eh?
Y, después de apartarle un mechón de pelo de la cara, de acariciar la
curva entre su cadera y cintura y de bajar la mano por la nalga y el muslo, él
contestó, atrayendo la pierna de Carla hacia sí para colocarla sobre su
costado, con una sonrisa que solo podía augurar lo que venía a
continuación:
—Para nada, pero esta mañana prefiero otro tipo de entrenamiento.
Aquel día, por primera vez desde hacía mucho tiempo, Markus acabó
llegando tarde al trabajo.
9

E
n vista de que quedaba poco para que terminase el mes de agosto y no
tenía planeado marcharse pronto, Carla había decidido dejar de ser una
turista y pasar a convertirse en una habitante más de aquella ciudad.
Unas semanas atrás, con ayuda de Leena, había comenzado a informarse
sobre cómo solicitar una tarjeta de residente y empezar a cotizar allí como
autónoma.
Se había preparado (armándose con grandes dosis de paciencia) para
enfrentarse a un procedimiento largo y tedioso, aunque sin dejar de
agradecer que tanto España como Finlandia formaran parte del espacio
Schengen y no tuviese que marcharse pasados los noventa días de estancia
de corta duración que permitían a los extranjeros y, por tanto, no se hubiese
visto obligada a terminar de tramitarlo todo desde la península; pero, para
su sorpresa, el asunto acabó resultando bastante más sencillo de lo
esperado.
Ya era, oficialmente, una residente y trabajadora de aquel país.
Solo le quedaba una cosa por hacer: apuntarse a una academia para
emprender el arduo camino de estudiar finés. Se había descargado una
famosa aplicación para aprender idiomas y todos los días intentaba usarla
un rato; era una buena herramienta para hacer una primera toma de contacto
con aquella lengua, pero dudaba que memorizar frases tan aleatorias como
«Suomalainen on velho ja ruotsalainen on viikinki»[4] le fuese a ser de
mucha utilidad en su día a día.
Después de haber recopilado información sobre qué centros ofertaban
cursos de finés para extranjeros, acabó mandándole un correo electrónico a
la que tenía un mayor número de reseñas positivas en Google. Le habían
contestado con bastante rapidez y diligencia, indicándole que comenzaría
un curso de nivel inicial a principios de septiembre, y la invitaban a ir
presencialmente para formalizar la matrícula cuando quisiera. No quería
posponerlo mucho más así que aquel mismo lunes por la tarde se acercó
para presentarse y hacer el pago.


Acababa de salir de la academia con una carpeta que contenía los materiales
que iba a necesitar en las clases e iba rumbo a la parada de bus para ir a la
cafetería cuando su teléfono móvil empezó a vibrar en el bolsillo del
pantalón con una llamada entrante. Lo cogió, miró la pantalla y vio que se
trataba de su madre.
—Hola, mamá —la saludó al descolgar.
—¿Cuándo pensabas decirme que te has ido a vivir a Finlandia?
Su tono mostraba más curiosidad que enfado, así que no le dio mucha
importancia y siguió andando mientras hablaba.
—¿Cómo te has enterado?
—Me lo acaba de decir Julia. Ella creía que ya me lo habías dicho.
—Te lo iba a contar la próxima vez que habláramos —le aseguró.
En los últimos meses habían charlado un par de veces a través de
mensajes de texto para contarse cosas insustanciales, pero la última vez que
tuvieron una conversación real por teléfono fue en primavera, cuando aún
estaba en Madrid y se acababa de enterar de que estaba a punto de quedarse
sin trabajo. En aquella ocasión, su madre incluso le había ofrecido irse a
vivir con ella y buscar trabajo en Menorca.
—Este es el tipo de cosas que se cuentan al momento. No es una
anécdota sin importancia sobre tus nuevos cereales del desayuno.
—Es que no vine con intención de quedarme. Solo iba a pasar el
verano con unos amigos que conocí en Londres; pero, ya ves: una cosa ha
llevado a la otra.
—Sí, ya veo —repitió—. ¿Y esa cosa que ha llevado a la otra no será
por casualidad un hombre?
Carla llegó a la marquesina de la parada de autobús y se apoyó en la
estructura. Entonces, preguntó:
—¿Qué te ha contado Julia exactamente?
—Que te llevas muy bien con tu nuevo compañero de piso.
—Yo me llevo bien con todo el mundo.
Consiguió desviar la conversación de tal manera que acabaron
conversando sobre el retiro espiritual que su madre estaba preparando para
sus clientes. Carla la dejó hablando a sus anchas durante un buen rato y, al
ver que el bus se acercaba por fin, la cortó para decirle que tenía que dejarla
y que ya la llamaría en otra ocasión.
—Vale, pero a ver si no tardas mucho en hacerlo. Últimamente
hablamos muy poco. —le dijo antes de colgar. No le faltaba razón, lo que la
hizo sentir un poco culpable.
Cuando se bajó en la parada más cercana a la cafetería y llegó andando
hasta el local, comprobó que esta ya había cerrado, aunque aún había luz en
el interior. Llamó a la puerta y Aleksi no tardó más de cinco segundos en
salir de la cocina. Al ver a través del cristal que se trataba de ella, fue a
abrirla para dejarla pasar.
—Ey, ¿cómo te va? —la saludó el muchacho. Tenía manchas de
diversos colores en el delantal y Carla supuso que estaría terminando de
hacer algunas de sus elaboraciones.
—Bastante bien —contestó y, enseñándole la carpeta que traía, con el
logo de la academia estampado, le informó de sus planes—: Parece que voy
a empezar a aprender tu idioma la semana que viene.
—¡Pues ánimo con ello! La gente opina que es muy difícil. Yo no
sabría qué decirte porque, bueno, supongo que esa es la cosa de las
lenguas maternas: que no recuerdas haberlas aprendido.
Ella sonrió ante aquella observación.
—Nunca lo había pensado, pero imagino que tienes razón. ¿Dónde
está Markus?
—Si ha conseguido no quedarse dormido sobre el suelo, debería estar
arriba haciendo el inventario.
—Iré a ver cómo va.
Carla subió las escaleras hasta el almacén. Markus estaba de pie frente
a una estantería, apuntando algo en la libreta que tenía entre las manos,
cabizbajo.
—Hola.
Él se giró. Su voz sonaba pastosa cuando le devolvió el saludo:
—Hola. Me parecía haber oído tu voz, pero no estaba seguro. Creo
que voy a empezar a tener alucinaciones en cualquier momento.
Carla se acercó y le tomó el rostro entre las manos. Tenía los ojos
enrojecidos y las ojeras terriblemente pronunciadas.
La tarde anterior, en cuanto Markus salió de trabajar, este la recogió en
casa y se fueron con unos amigos suyos a un festival de música para
celebrar el final del verano. Habían regresado cuando ya estaba
amaneciendo, con lo cual solo había hecho una parada rápida en el piso
para ducharse, cambiarse de ropa y volver al trabajo. Carla, por su parte, se
había ido directamente a la cama y no se había levantado hasta el mediodía.
Durante las últimas semanas habían estado haciendo más planes juntos
fuera de casa: algunas tardes iban al cine, otras a la bolera o a algún pub
para tomar algo con sus amigos, y un día él incluso la llevó a un estadio
para que viese un partido de hockey sobre hielo en vivo (en el que se
enfrentó un equipo finlandés contra uno sueco y, aunque era amistoso
porque la liga no empezaba realmente hasta después del verano, faltó poco
para que rodaran cabezas tanto en la pista como en las gradas), pero hasta
entonces siempre habían vuelto a casa a horas decentes si Markus tenía que
trabajar al día siguiente.
—Prométeme que no me dejarás hacer algo así nunca más —se quejó,
abrazándola por la cintura y apoyando la cabeza en su hombro, agotado—.
Soy muy mayor para esto. ¿Por qué no me recordaste anoche que soy un
anciano que necesita dormir para poder rendir bien al día siguiente?
Carla se rio. Acababa de descubrir que el cansancio lo convertía en una
persona completamente dramática. Hasta aquel momento, no había
conocido esa faceta suya.
—Fuiste tú el que quiso quedarse hasta el final del festival —le
recordó. Con una mano empezó a acariciarle la espalda y con la otra la nuca
y el pelo, a riesgo de que se quedara dormido en esa misma posición.
—Porque nos lo estábamos pasando muy bien —se defendió. Su voz le
hacía cosquillas en el cuello al hablar—. Y tenía muchas ganas de que
vieses la actuación de ese último grupo.
—Mereció la pena, sí —concedió ella.
Era una banda de rock alternativo con tintes metaleros que había
escuchado desde que era adolescente. Carla no tenía ni idea de lo que
trataban las letras de las canciones, pero no pudo negar que sonaban genial.
Aunque el concierto con el que más había disfrutado ella era el del tipo que
había quedado en segundo lugar en Eurovisión ese mismo año, aquel que
tenía un corte de pelo que parecía haber sido trazado con un bol de
ensaladas encajado en la cabeza y actuaba siempre con el torso al
descubierto y un inconfundible bolero verde; desprendía pura energía sobre
el escenario y, teniendo en cuenta las carcajadas del público, dedujo que
sabía meterse a la gente en el bolsillo con los comentarios que hacía entre
canción y canción. Según le contó Markus más tarde, el chaval había ido a
su mismo colegio de secundaria, pero unos cursos por debajo del suyo.
—Vamos —le apremió entonces—. Acaba con lo que estés haciendo
aquí y podrás dormir hasta el miércoles si te apetece. He hecho lasaña esta
tarde, así que no tenemos que ponernos a cocinar cuando lleguemos a casa.
Puedes comértela e irte directamente a la cama.
Markus se incorporó, feliz al oír aquello. Le estampó un beso en los
labios y le dijo, poniendo una mano sobre su corazón, fingiendo seriedad:
—Ahora tengo una deuda pendiente que no sé si seré capaz de pagarle
algún día, mi señora.
Carla volvió a reírse.
—¡Deja de decir chorradas! Que la última vez que miré un calendario
no estábamos en el medievo.
Escucharon que Aleksi llamaba a Carla desde la planta de abajo, así
que esta bajó las escaleras y fue hasta la cocina para ver qué necesitaba.
Markus bajó también unos minutos después y se puso a contar el dinero de
la caja registradora.
El cocinero le pidió a Carla que probara una especie de cremas
pasteleras que había terminado de elaborar y le dijera qué opinaba; según le
explicó, su intención era meterlas en el congelador e ir sacándolas para
utilizarlas como relleno y cobertura en la repostería que hiciera durante la
semana, y así ahorrar tiempo. Una de las cremas era de pistacho, otra de
frambuesa y otra de café. Tenían una pinta estupenda.
Carla acababa de llevarse una cucharadita de este último sabor a la
boca cuando oyeron que alguien llamaba a la puerta principal. Aleksi se
asomó y dijo en voz baja para sí algo que ella no entendió, pero que sonó
sin lugar a duda a una maldición.
Afuera, escuchó que Markus suspiraba tras la barra. Carla se echó un
poco hacia atrás, apoyándose sobre un mueble, para poder tener una visión
más directa del interior del local. Vio a Markus ir hacia la entrada. Carla
supuso que se trataría de alguien desesperado por un chute de cafeína y que
se marcharía al informarle de que habían cerrado por hoy.
Sin embargo, Markus abrió la puerta y una chica pasó dentro. Solo la
veía de refilón al tener a Aleksi delante, pero pudo echarle un vistazo. Se
trataba de una mujer alta, de pelo moreno y piel muy blanca. Tenía los
labios de un rojo intenso que hacía contraste con su tez, y por alguna razón
Carla pensó que podría ser la candidata perfecta para interpretar a
Blancanieves en un live-action del cuento de hadas.
Aquella persona y Markus empezaron a tener una conversación que fue
subiendo de tono de forma progresiva hasta que llegó un punto en el que
prácticamente se estaban gritando el uno al otro. Carla estaba
desconcertada, sin la más mínima idea de qué iba todo aquello. Cuando
estaba por preguntarle a Aleksi si no sería conveniente intervenir de alguna
manera, la chica soltó un grito ahogado de frustración, dio media vuelta y se
piró dando un portazo.
El local se quedó en completo silencio. Fue Aleksi quien se encargó de
romperlo soltando entre dientes algo en finlandés (que a todas luces debía
de tratarse de un insulto u otra maldición) para después regresar a la cocina,
cerrar las bolsas de basura, agarrar una con cada mano y salir por la puerta
de atrás al callejón para tirarlas en el contenedor.
Markus, que seguía en mitad de la cafetería frotándose las sienes con
los dedos, fue hasta la puerta y la cerró con llave otra vez. Entonces, regresó
a la barra y reanudó su tarea.
Carla seguía parada en el mismo sitio, con la cuchara aún en la mano,
sin saber qué cojones acababa de presenciar. Se propuso averiguarlo, así
que dejó el utensilio en el fregadero, salió de la cocina y se colocó a su
lado.
—Eh, ¿estás bien? —quiso saber—. ¿De qué iba eso?
—Sí, estoy bien. Siento que hayas tenido que presenciarlo.
—Tranquilo. Todavía tengo que completar esa lección de Duolingo en
la que te enseñan a discutir en finés, así que no me he enterado de nada.
Markus hizo un amago de sonrisa, cabizbajo, pero no dijo nada.
Terminó de contar el dinero, lo guardó en un sobre y procedió a apuntar la
cantidad en el mismo con un bolígrafo.
Dándose cuenta de que tenía que insistir un poco más y ser más
directa, le puso una mano en el brazo para que dejara lo que estaba
haciendo. Entonces, le preguntó:
—Markus, ¿quién era esa chica?
Él cogió aire, dejando a un lado el bolígrafo que estaba usando.
Finalmente, alzó la cabeza y, mirándola a los ojos, soltó la bomba:
—Mi exmujer.

Hicieron el camino a casa en completo silencio.
Cuando subieron las escaleras del edificio, pasaron al interior del piso
y dejaron los zapatos y las chaquetas en el vestíbulo, Carla le preguntó si
quería que le calentara un trozo de lasaña. Markus le dijo que no tenía
hambre, que ya la probaría mañana, y que se iba directamente a dormir. Le
dio un beso en la mejilla y echó a andar pasillo adelante para encerrarse en
su habitación.
Carla tampoco tenía hambre. Como no sabía qué hacer, le imitó y fue
hasta su propio cuarto. A decir verdad, no es que sintiera aquel dormitorio
como «suyo», pues ya solo entraba en él para cambiarse de ropa. Desde
aquella noche que pasaron juntos tras la barbacoa familiar, había empezado
a dormir todos los días con él; al fin y al cabo, la habitación de Markus era
la que tenía la cama más amplia.
Sin embargo, no estaba segura de si aquella noche le apetecía
compañía, así que pensó que lo más prudente sería dormir allí. Sacó su
tablet, se metió en la cama, encendió la lámpara de la mesita de noche y
procedió a terminar de trazar un primer boceto para el encargo que le había
llegado hacía un par de días (un retrato a su estilo de una chica y su gato
que la pareja de la susodicha le iba a regalar por su aniversario). Se puso los
auriculares para escuchar música mientras se embarcaba en aquella tarea;
eso la ayudaría a concentrarse en el dibujo y no pensar.
No supo decir cuántas horas había estado trabajando pero, cuando
soltó la tablet y apagó la luz para irse a dormir, afuera estaba totalmente
oscuro.


Aún era de noche cuando se despertó sobresaltada por una pesadilla, y el
reloj de su teléfono la informó de que eran las dos de la mañana. Tenía
mucha sed, así que se levantó para ir a la cocina a por un vaso de agua.
Al abrir la puerta de su cuarto y pasar por delante del salón, vio que
Markus estaba sentado en el sofá, a oscuras, viendo la televisión con el
volumen al mínimo y con un botellín de cerveza en la mano.
Carla entró y se sentó a su lado.
—Espero no haberte despertado —le dijo él.
—No, qué va. No podía dormir.
—Yo tampoco.
No hablaron más durante unos minutos. En la tele estaban echando lo
que tenía pinta de ser la versión finlandesa de Masterchef. Supuso que sería
una reposición del programa, porque dudaba que aquella fuese la hora de
máxima audiencia en el país.
La luz de la pantalla se reflejaba en los muebles y en sus propios
rostros mientras los concursantes intentaban preparar lo que parecía un
pastel de marisco a toda velocidad.
—¿Quieres una cerveza? —le preguntó Markus, alzando su propio
botellín y señalándolo con la mano que tenía libre.
—No, gracias.
Transcurrieron algunos minutos más, hasta que la impaciencia pudo
con ella y rompió el hielo, dispuesta a sacarle las palabras a como diera
lugar:
—Nunca me habías mencionado que has estado casado.
—En realidad, aún lo estoy —puntualizó él con desgana.
Tardó un par de segundos en procesar aquella nueva información, pero
preguntó, en caso de que hubiese entendido mal y solo fuera una mala
pasada de su cerebro:
—¿Cómo dices?
Markus le dio un trago a la cerveza.
—Antes te dije que era mi exmujer, aunque técnicamente sigue siendo
mi mujer dado que aún no nos hemos divorciado —explicó.
—Entiendo. —Carla tragó saliva—. ¿Quieres contarme qué es lo que
pasó entre vosotros?
Markus tomó aire. Cogió su móvil, que estaba junto a él en el sofá, y se
puso a buscar algo en la galería. Cuando encontró lo que buscaba, le tendió
el teléfono. En la pantalla, Markus posaba con un traje negro junto a la
chica que había visto aquella tarde, vestida entera de blanco. Él la sostenía
de la cintura. Ambos sonreían mirándose a los ojos.
Entonces, comenzó a relatar:
—En resumen, nos conocimos hace seis años a través de unos amigos
que teníamos en común y empezamos a salir. Después de tres años saliendo,
le pedí que se casara conmigo y dijo que sí. Queríamos formar una familia
así que, tras un año o así intentándolo, ella se quedó embarazada. Una
mañana en la que se suponía que yo estaba en el trabajo, justo cuando
faltaba un mes para que ella saliera de cuentas, pasé por casa antes de lo
que ella esperaba porque Aleksi me había tirado sin querer un café encima
y tenía que cambiarme de ropa, y adivina qué. —Hizo una pausa dramática,
alzando los brazos, para finalmente revelar—: La pillé follándose al novio
de su mejor amiga en nuestra cama.
—Joder.
—Sí. Joder —repitió.
—¿Y qué hiciste?
—Nada. Me marché de casa sin decir una palabra. Era como si…
como si mi mente no pudiera comprender lo que mis ojos acababan de ver.
Regresé a la cafetería sin cambiarme y me fui a casa de mi hermana
cuando cerramos aquella tarde. Le dije que nos habíamos peleado y me
dejó quedarme a dormir allí sin hacer más preguntas. La batería de mi
teléfono se fundió esa noche por todas las llamadas y los mensajes de mi
mujer, aunque no contesté a ninguno y ni me molesté en volverlo a cargar.
Al día siguiente, fui a donde trabajaba su mejor amiga y esperé fuera,
dentro del coche. Ni siquiera estaba seguro de si estaba en turno aquel día,
pero esperé de todos modos. Finalmente la vi salir, así que me apeé y le
expliqué que tenía que hablar con ella. Supongo que le pareció un poco
extraño, pero no dijo nada y me siguió de vuelta al coche, y conduje hasta
un aparcamiento vacío que había cerca. Entonces, le conté todo lo que vi el
día anterior y me puse a llorar como un crío. Creo que empecé a
procesarlo todo en el momento en el que hablé de ello. —Le dio otro trago
a la cerveza y continuó—: Mi teoría es que ella sospechaba que su novio se
estaba tirando a otra persona, porque no me dio la impresión de que
estuviera sorprendida. Solo estaba… triste. En fin, nos consolamos el uno
al otro… y acabamos acostándonos en el asiento trasero. Supongo que era
nuestra forma de vengarnos, o de animarnos, o de todo eso a la vez. —
Detuvo la narración un momento, se pasó la mano por la barbilla
distraídamente y le dio un último trago a la cerveza antes de añadir, en un
tono menos amargo—: Esa muchacha es un encanto. Me la encontré por la
calle hace unos meses y me contó que estaba viviendo en Alemania con el
tío con el que está saliendo ahora. Parecía feliz. Me alegro de que haya
podido dejar todo eso atrás.
Llegados a ese punto, Carla no sabía ni qué decir. Pero, al cabo de unos
segundos, le instó a seguir:
—¿Qué pasó después?
Markus se inclinó hacia delante para dejar el botellín vacío encima de
la mesa. Volvió a apoyar la espalda en el respaldo del sofá, se rascó una ceja
con el pulgar y continuó:
—Al final le confesé a mi hermana y a Joel lo que había pasado en
realidad y dejaron que me quedara en su casa todo el tiempo que quisiera.
Unos días después, llamé a Erika (ese es su nombre, por cierto) y le dije
con toda la calma que pude que ya hablaríamos después de que diera a luz,
y a ella le pareció bien. Una vez que el bebé nació, me mandó un mensaje y
fui al hospital. En cuanto llegué, me fui directamente para el mostrador y
pedí una prueba de paternidad. Al principio Erika se negó cuando los
médicos se lo contaron, y ellos tampoco querían realizarla; me intentaron
convencer de que tenía que ir a una clínica privada para ese tipo de cosas,
pero yo les garanticé que pagaría la prueba y que incluso estaba dispuesto
a pagar el doble de lo que costaba siempre y cuando me dieran los
resultados lo más pronto posible, y a final fueron los propios doctores los
que acabaron convenciéndola. —Hizo una pausa para soltar una risa
amarga por lo irónico del hecho que acababa de contar y continuó—: Me
hice el test, esperé un par de horas… y salió negativo: yo no era el padre. Y
entonces, leyendo el documento que me confirmaba lo que yo ya
sospechaba, llegué a la conclusión de que, en realidad, no tenía nada de lo
que hablar con mi mujer, así que me fui del hospital sin verla a ella ni al
niño. Al día siguiente contraté a una abogada y rellené los papeles para
empezar los trámites del divorcio. Pero, un año después, ella sigue
negándose a firmarlos.
Carla se apoyó en el respaldo del sofá junto a él para procesar aquel
desenlace y exclamó, desde lo más profundo de su ser, un inevitable:
—Hostia puta.
Markus se empezó a reír, a pesar de todo. Y se trataba de una risa
genuina.
—Eso suena bastante más fuerte que «joder». ¿Qué significa? Aunque
creo que sé lo que es «puta».
—Ni siquiera sé cómo traducirlo —admitió—. ¿Por qué no quiere
firmarlos?
Él suspiró antes de responder, cansado.
—Ella insiste en que no se estaba acostando con nadie aparte de mí
cuando se quedó embarazada. No va a firmar hasta que consiga lo que
quiere.
—¿Que es…?
—Que reconozca que el niño es mío —confesó por fin, aunque ya era
bastante evidente por dónde iba la cosa—. Mi abogada dice que está
intentando… No sé muy bien cómo explicarlo… Demostrar de alguna
forma que, dado que el bebé nació dentro de nuestro matrimonio, yo tengo
que ser el padre por ley o alguna estupidez así. Resumiéndolo mucho:
quiere conseguir una pensión alimenticia para su hijo. Así que ahora
estamos esperando a que sea el juicio y estoy bastante seguro de que voy a
ganarlo, pero todo esto es agotador, mental y monetariamente.
Cerró los ojos y se frotó el entrecejo, hundiéndose un poco más en el
sofá.
—¿Qué era lo que quería hoy cuando fue a la cafetería? —le preguntó
entonces.
—Volverme loco, supongo. A veces viene para discutir. Quiere que me
haga otro test de paternidad. —Se rascó la mejilla—. Al menos siempre
tiene la decencia de esperar hasta que todos los clientes se hayan ido.
Se quedaron unos minutos en silencio, hasta que Carla extendió la
mano para tomar la de él y, entrelazando los dedos con los suyos, le dijo
con total sinceridad:
—Siento que hayas tenido que pasar por algo así.
Markus bajó un poco más el tono de voz, casi rozando el susurro, y
confesó:
—Estuve muy mal durante un tiempo. Pero muy muy mal. Empecé…
Empecé a sentirme como si toda mi vida se hubiera hecho añicos. La
persona a la que quería me había traicionado y había perdido a mi familia
incluso antes de tener la oportunidad de formarla. La verdad, me costaba
encontrar razones para seguir. Ni siquiera era capaz de levantarme de la
cama. Perdí un montón de peso. No veía a mis amigos, no iba a trabajar…
y empecé a beber bastante. —Hizo una pausa, echó una mirada de soslayo
al botellín de cerveza vacío que se acababa de terminar hacía escasos
momentos y añadió—: Pero mis padres y Leena decidieron que ya me
había auto compadecido suficiente y me obligaron a ir a ver a un
psiquiatra. Es gracias a ellos que ya estoy mucho mejor.
El programa de cocina se había terminado hacía rato y en ese momento
estaban emitiendo videoclips musicales de artistas nacionales. Al cabo de
unos minutos, dado que él se había sincerado con ella y le había contado su
historia, Carla decidió que debía pagarle de la misma manera.
—Cuando llegué aquí me preguntaste qué había pasado con el tipo
con el que estaba saliendo —comenzó. Él la miró al rostro y asintió,
prestando atención, con su mano aún entrelazada con la de ella. En esos
momentos, estaba acariciándole el dorso con el pulgar—. Bueno, pues
resulta que yo era «la otra». —Markus abrió mucho los ojos, sorprendido,
por lo que Carla procedió a explicarse antes de que se hiciera una idea
equivocada—: Estaba casado y tenía dos hijos, y yo no tenía ni pajolera
idea. Si me enteré fue porque su mujer empezó a sospechar algo, así que lo
siguió una vez que vino a recogerme a casa y volvió unos días después para
hablar conmigo a solas. También le había cogido el móvil para leer
algunos mensajes que nos habíamos mandado, y así confirmó su teoría.
—Oh, mierda —exclamó, impresionado, como si aquello no fuese una
nimiedad en comparación con el relato que él acababa de contar—. ¿Estaba
cabreada contigo?
—Sorprendentemente, no. A ver, yo no hice nada malo, pero,
poniéndome en su lugar, hubiese entendido que quisiera gritarme o algo.
Imagino que estaba harta. Me dijo que no era la primera vez que él hacía
algo así.
—Qué cabrón.
—Pues sí. Qué cabrón.
El silencio se había vuelto a instaurar en la habitación, hasta que él
preguntó:
—¿Le querías?
—No, supongo que no. Cuando me enteré de toda la vaina, me sentí
furiosa y avergonzada, pero nada más.
—Es él el que tendría que sentirse avergonzado, no tú.
—Ya, lo sé. Pero incluso ahora me siento estúpida al recordarlo, como
si debiera haberlo sabido de alguna manera.
Markus asintió y, dirigiendo la mirada hacia la pantalla, comentó, más
para sí mismo que para ella:
—Conozco muy bien ese sentimiento.
Ninguno dijo nada más y ambos supieron que las confesiones
trascendentales habían terminado por aquella noche. Carla se acomodó
mejor a su lado, apoyando la cabeza en el hombro de Markus, y él la rodeó
con un brazo. Fuera, el cielo comenzaba a clarear ligeramente, señal de que
amanecería en pocas horas.
Vieron un par de videoclips más y, justo cuando estaba empezando a
quedarse dormida, Markus notó su respiración acompasada, le acarició la
mejilla y le dijo con dulzura:
—Venga, vamos a la cama.
Apagó la tele con el mando a distancia y la ayudó a incorporarse. Ella
se dejó llevar de la mano por el pasillo, completamente a oscuras, hasta la
habitación y la cama que compartían desde hacía semanas.
10

E
l verano había dado paso al otoño en un abrir y cerrar de ojos y, casi
sin darse cuenta, los primeros retazos de la temporada invernal
empezaban a hacerse notar.
A finales de agosto ya se percató en sus salidas por el barrio y por el
centro de la ciudad de que las primeras hojas de los árboles comenzaban a
tornarse amarillas y nunca se olvidaba de salir de casa con una chaqueta
para protegerse de las bajadas de temperatura al caer la tarde. Para
septiembre, esas hojas amarillas se habían secado y comenzaron a
desprenderse de las ramas y a teñir los suelos de marrón; entonces, siempre
salía a la calle con una sudadera con forro de terciopelo. Pero ya estaban en
la última semana de octubre, los árboles de hoja caduca se encontraban ya
casi desnudos, y, con noviembre a la vuelta de la esquina, Carla no cruzaba
la puerta de casa sin un anorak bien mullido.
Se preguntaba si, para cuando llegara definitivamente el invierno,
habría terminado de evolucionar en una cebolla humana cubierta de
innumerables capas de ropa que la mantuvieran calentita.
Como solo se había traído a Helsinki una maleta con prendas de
verano, su hermana se encargó de hacerle llegar desde España una caja con
varios jerséis, bufandas y calzado apropiado, aunque Carla también se había
comprado prendas de abrigo en algunas de las numerosas tiendas de
segunda mano que había repartidas por la capital finlandesa.
Sin embargo, lo cierto era que no le preocupaba demasiado la llegada
del frío. Siempre lo había tolerado bien, tanto viviendo en Granada como en
Madrid, así que sabía que las bajas temperaturas no iban a poder con ella.
Su teoría era que no había invierno que no pudiera superarse con el atuendo
adecuado y una taza de café recién hecho entre las manos.
Lo que se le estaba haciendo cuesta arriba era la disminución
progresiva de las horas de luz. Cuando llegó al país a mediados de junio,
amanecía en torno a las cuatro de la mañana y el sol se ponía a eso de las
diez y media de la noche; en ese momento, el astro rey comenzaba a salir
sobre las ocho y se ocultaba antes de las seis de la tarde. Era un gran
contraste y la cosa no iba a hacer más que empeorar a partir de entonces. Le
habían dicho que en unos días retrasarían el reloj, al igual que hacían en
España, por lo que amanecería una hora más temprano, lo cual habría
estado genial… si no fuera porque también empezaría a anochecer a las
cuatro de la tarde. Y no sabía si estaba preparada para vivir en la penumbra.
—Es un poco deprimente al principio, pero no te preocupes: te
acabarás acostumbrando —le había dicho Markus un día que llegó a casa
después de trabajar y la encontró tumbada en el sofá, con la manta
cubriéndola hasta la nariz, viendo un episodio tras otro de una serie que ya
había revisionado mil veces y el ánimo tan decaído que no había
conseguido hacer nada de provecho en todo el día, así que no había tenido
más remedio que explicarle a qué se debía su humor taciturno. Aunque,
justo después, él se acurrucó a su lado, la llenó de besos y caricias y el
mundo dejó de parecerle tan hostil durante un rato.
Todo era cuestión de acostumbrarse, sí. Solo esperaba no tardar mucho
en hacerlo.


Esa mañana tenía programada una videollamada a tres con aquel autor que
siempre le encargaba las cubiertas de sus novelas y con la editorial con la
que iba a empezar a publicar. Según le explicó el hombre en un correo
electrónico, dicha editorial (de bastante renombre) se había puesto en
contacto con él tras ver el éxito nada desdeñable que estaba teniendo la
última trilogía que había autopublicado; le habían comunicado que estaban
interesados en leer lo próximo que escribiera y él había decidido mandarles
el manuscrito recién acabado de su próxima novela en un salto de fe. Al
parecer, le habían respondido que encajaba muy bien en uno de los sellos de
la editorial y él había accedido a que le publicaran siempre y cuando Carla
fuese la que siguiera ilustrándole las cubiertas, pues su estilo era
inconfundible y sus lectores consolidados sabrían reconocerlas de un solo
vistazo. No habían puesto inconveniente a su petición, así que allí estaba
ella, sentada en la mesa del salón delante de su tableta mientras esperaba a
que la reunión comenzase.
Todas las partes fueron puntuales y, cuando la llamada finalizó tres
cuartos de hora después, Carla tenía oficialmente un nuevo encargo. Le
explicaron que la novela era el inicio de una serie policiaca con elementos
de ciencia ficción escrita en un tono humorístico que, en principio, iba a
constar de cinco libros, y la editorial se había comprometido a publicarlos
todos si el primero tenía buena acogida. Eso significaba que existían
posibilidades reales de que siguiera trabajando para ellos y cobrando una
cantidad bastante aceptable por esos trabajos. Por lo pronto, le habían
encargado que diseñara la cubierta y una ilustración adicional que
regalarían a modo de lámina y marcapáginas junto con la primera impresión
del libro.
Se puso a cocinar el almuerzo con el ánimo renovado. Aún estaba
acostumbrándose a la dura vida del trabajador autónomo y, aunque era
consciente de que conseguir una afluencia de ingresos constantes podía
llevar algo de tiempo, la falta de estabilidad hacía que a veces se sintiera
como si aquello no fuese un trabajo en toda regla. Por eso era importante
celebrar los pequeños logros.
Una vez que terminó de comer y de fregar los platos, cogió el bolso, se
puso su anorak y sus botas y salió a la calle para dar un paseo hasta la
cafetería de Markus y Leena. Estaba un poco lejos para ir caminando, pero
le apetecía moverse, respirar aire fresco e intentar hacerse con toda la
vitamina D y la serotonina que los últimos rayos de luz del día pudieran
aportar.
Cuando llegó, encontró a Leena barriendo el suelo y a Aleksi
terminando de aplicar cobertura de glaseado de limón a un par de bizcochos
de semillas de amapola que iba a poner a la venta al día siguiente; de todos
los que había probado Carla durante aquellos meses, ese era uno de sus
favoritos.
Ya no quedaban clientes. Con el invierno cada vez más cerca, la gente
prefería meterse en los pubs a beber alcohol en lugar de en las cafeterías
para tomar café, así que los hermanos habían dejado atrás el horario de
verano y empezado a cerrar un poco antes. Tampoco ponían ya las mesas en
la calle a no ser que hiciera un día espectacular. Como cualquier otro buen
negocio, se iban adaptando a las circunstancias.
—¿Markus no ha llegado todavía? —le preguntó Carla a Leena,
quitándose el abrigo. Ella normalmente trabajaba solo por las mañanas para
poder estar con Nina después del colegio, pero ese día había tenido que
quedarse también por la tarde.
Aunque casi no habían vuelto a hablar de aquel tema, Markus le
explicó unas semanas atrás que había accedido a la petición de su exmujer
después de tener una charla con su abogada. Así pues, hacía algunos días
que había ido a una clínica privada para someterse a un nuevo test de
paternidad. La clínica en cuestión había sido elegida por el propio Markus a
insistencia de Erika para que, según ella, fuese un proceso transparente.
Esta también le había prometido que, si salía negativo, firmaría los papeles
del divorcio y lo dejaría tranquilo.
Según le dijo Markus aquella mañana antes de salir de casa, esa tarde
tenía que ir a recoger los resultados. Carla lo había notado un poco alicaído,
así que le preguntó si se encontraba bien; él le prometió que solo se trataba
de cansancio acumulado y que lo único que quería era dejar atrás aquel
capítulo de su vida de una vez por todas.
—Se ha marchado hace un buen rato. Ya tiene que estar a punto de
llegar.
—No queda otra que esperar.
Carla se ofreció a pasar la fregona por ser de utilidad y Leena se fue
detrás de la barra para preparar un café solo para ella, otro con leche para
Carla y un chocolate caliente para Aleksi. Este se había obligado a dejar
de beber cafeína porque, según él, a veces se ponía tan irritable que le
daban ganas de arrancarle la piel a tiras a los clientes cuando le faltaban al
respeto. Carla nunca lo había visto enfadado y le costaba imaginárselo. Lo
de que algunos clientes estuviesen faltos de buena educación sí que se lo
podía imaginar perfectamente, porque lo había vivido en sus propias carnes
hasta no hacía tanto.
Las chicas se sentaron en una de las mesas con sus tazas. Aleksi se
quedó en la cocina, terminando de fregar a conciencia el interior del horno
con un estropajo.
Carla le estaba contando a Leena los detalles acerca del nuevo encargo
que le había llegado cuando Markus abrió la puerta. Las dos se quedaron
entonces en silencio. Él se sentó con ellas y puso el sobre encima de la
mesa.
—¿Aún no lo has abierto? —le preguntó Carla, aunque la respuesta
era evidente.
Markus se apoyó en el respaldo del sillón.
—¿Para qué voy a darme prisa? Si ya sé lo que dice.
—Pues léelo ya y acaba con todo esto de una vez —le dijo Leena con
el particular tono de quien no tiene paciencia para lidiar con tonterías a
pesar de que aquel fuese un asunto, cuando menos, delicado.
Markus suspiró. Volvió a coger el sobre, lo sostuvo un segundo entre
sus manos sin hacer nada con él aparte de mirarlo y entonces procedió a
abrir la solapa. Sacó el informe y se puso a leerlo con, aparentemente, la
misma despreocupación y desgana con la que habría leído la sección
cultural de un periódico dominical en el que no anuncian nada de su interés.
Carla, sin embargo y por razones que no comprendía, sentía el latido
de su corazón en la mismísima garganta.
La expresión tranquila de Markus se fue nublando conforme sus ojos
se movían bajando por el documento línea a línea hasta que exclamó:
—Mitä vittuu!?[5]
Leena le dijo algo que, a oídos de Carla, sonó a pregunta; y
probablemente fuese una similar a la que a Carla le hubiese gustado hacer:
«¿Qué ocurre?». Sin embargo, Leena no esperó a que su hermano
respondiera, sino que le quitó el informe de las manos y empezó a leerlo por
sí misma.
Markus estaba blanco, mirando a su hermana como si aguardara su
veredicto, confiando en que le aclararía de un momento a otro lo que
acababa de leer.
Tras un minuto que se hizo eterno, Leena habló. No tenía ni idea de lo
que le estaba diciendo a su hermano, pero Carla notó por el tono que
utilizaba que estaba intentando tranquilizarlo.
Markus no dijo nada. Al ver su cara, cualquiera habría apostado por
que estaba a punto de desmayarse o de vomitar. Entonces, se levantó de
golpe y se dirigió hacia la cocina. Carla escuchó cómo se abría la puerta que
daba al callejón de atrás.
—Leena, ¿qué pasa? —preguntó al fin Carla, bastante alarmada. A
parte de la interjección de Markus, no había entendido nada de aquel breve
intercambio de palabras.
Leena le tendió el informe, quizá olvidándose del pequeño detalle de
que su nivel de finés era ínfimo, por no decir inexistente. Ella se levantó
también; cogió sus cosas y se disculpó con un:
—Perdona, tengo que ir tras él.
La rubia desapareció por la misma puerta y le dijo algo a Aleksi al
pasar por la cocina. Este apareció pocos segundos después en su campo de
visión con las llaves del local en la mano y el bigote lleno de chocolate,
totalmente confundido.
—Ey, ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué han salido estos dos pitando
como alma que lleva el diablo?
—No estoy segura.
Carla bajó la mirada hasta los papeles que tenía entre las manos. Lo
único que entendió de lo que había impreso fue un número: 99,99%. Sin
embargo, ese dato fue suficiente para hacerse una idea de lo que significaba
todo lo demás.
Afuera, en la calle, las luces de las farolas se encendieron de golpe
justo en aquel momento. Ya quedaba poco para que anocheciera.


Carla se quedó con Aleksi y le ayudó a cerrar el local. Después, este le
regaló un trozo del bizcocho que había estado preparando envuelto en papel
de aluminio y se ofreció a acercarla en coche hasta su piso. No le apetecía
hacer el camino de vuelta a pie ni meterse en un autobús lleno de gente, así
que aceptó. El cocinero le dijo que no se preocupara por nada y se pasó
todo el camino contándole anécdotas de su época de estudiante en la
escuela de hostelería para entretenerla, haciendo mención especial a todas
las veces que la había pifiado aprendiendo la elaboración de las recetas.
Ya en el piso, se vio tentada de escribirle a Leena más de una vez, pero
se dijo que era mejor no molestar y se convenció de que la acabarían
llamando de un momento a otro. Quizá incluso Markus volviera a casa
antes de lo que ella se imaginaba.
Como no sabía qué hacer hasta que tuviera noticias, decidió bajar al
sótano del edificio para hacer la colada y mantenerse ocupada con algo de
provecho. Estaba subiendo las escaleras y poniendo una alarma en el móvil
para volver después a pasar la ropa de la lavadora a la secadora cuando
recibió un mensaje de Leena:
[22/10, 20:14] Leena: Carla, perdona por haberte dejado tirada
[22/10, 20:14] Leena: He traído a Markus a casa de mis padres y se va a quedar a dormir aquí. Me ha
pedido que te escribiera para decírtelo.
[22/10, 20:15] Carla: Vale, no pasa nada. Él está bien?
[22/10, 20:15] Leena: Le ha dado un ataque de pánico, pero ya está más calmado. Se ha tomado un
tranquilizante y se acaba de ir a la cama.
[22/10, 20:16] Carla: Joder… No sé ni qué decir.

Abrió la puerta de casa y se metió dentro. Después, le pidió a Leena la


confirmación de lo que ya se imaginaba:
[22/10, 20:17] Carla: El test ha dado positivo, no?
[22/10, 20:17] Leena: Sí

Empezó a redactar un nuevo mensaje, pero todo lo que escribía le


parecía inapropiado. Al final, borró todo y lo único que dijo, para dar por
finalizada la conversación, fue:
[22/10, 20:18] Carla: Avisadme si necesitáis cualquier cosa x


Habían pasado tres días desde que Markus recogiera los resultados de la
clínica y Carla seguía sin tener noticias de él. Como su paciencia tenía un
límite, esa mañana decidió pasarse por la cafetería para ver cómo iban las
cosas sin necesidad de molestar más de lo necesario.
Allí, se encontró a Leena haciendo las labores que normalmente hacía
su hermano. Aleksi, por su parte, estaba con sus tareas habituales. Lo que le
sorprendió fue encontrar al padre de los mellizos ayudando en la cocina y
sirviendo mesas. Al verla, se acercó a ella y le dio un apretón amistoso en el
brazo; Carla lo saludó con una pequeña sonrisa y un «Hyvää päivää»[6] nada
convincente. El señor se rio y, tras darle una palmadita en el hombro,
continuó con lo que estaba haciendo. Un intercambio más que decente
teniendo en cuenta que ninguno hablaba el idioma del otro.
Carla se acercó a la barra, donde su amiga estaba preparando un par de
capuchinos con nata montada y canela. No tenía tanta soltura como su
hermano, pero sabía lo que se hacía.
—¿Necesitáis que me ponga un delantal y os ayude?
Leena levantó la cabeza y se percató de su presencia.
—Ah, hola. Estamos bien, no te preocupes. ¿Te pongo algo?
—Un café de esos con sabor a avellana y… —echó un vistazo rápido a
la pizarra de los desayunos— un bol de gachas de avena con frutos del
bosque.
—Muy bien. Siéntate y ahora te lo llevo.
Carla se hizo con uno de los taburetes altos y se puso a responder un
mensaje que le habían mandado la noche anterior para saber si vendía
láminas de sus ilustraciones. Contestó que por el momento no, pero que
probablemente lo haría muy pronto. No era la primera vez que se lo
preguntaban y lo cierto era que llevaba tiempo informándose sobre dónde
mandar a imprimir sus trabajos y cómo montar una web con plataforma de
pago. Si conseguía concentrarse después de la locura de aquellos últimos
días, tendría que retomar de nuevo su investigación.
Leena llegó cinco minutos después con su desayuno y se sentó en el
taburete que había justo al lado. Carla guardó el teléfono.
—Supongo que has venido a preguntar cómo está mi hermano y no
porque se te haya antojado de verdad un bol de avena para desayunar.
—Por ambas cosas. Pero sí, fundamentalmente por Markus —confirmó
—. No sé nada de él, pero no me atrevo a llamarle y ya no me quedan uñas
que comerme por la incertidumbre.
—Está mejor —afirmó—. Le pidió cita al psiquiatra que le estuvo
viendo la otra vez y consiguió hacerle un hueco para empezar a verle ya.
—Eso es bueno, ¿no?
Leena asintió.
—También ha estado conversando con su abogada y con Erika. —
Hizo entonces una pausa y entrelazó los dedos sobre la mesa, se pegó un
poco más a Carla y bajó ligeramente la voz, como si existiese la mínima
posibilidad de que hubiese alguien más en aquel local que hablara un
español fluido además de ellas y al que pudiera interesarle el chisme—.
Volvió a la clínica para repetirse el test, solo por estar seguro, y…, en fin,
ha dado el mismo resultado.
Ambas se quedaron en silencio, asimilando lo que aquello significaba.
—Entonces… —empezó a decir Carla, pero lo cierto era que no sabía
cómo finalizar la frase.
Leena se puso de pie. Acababan de entrar más clientes al local.
—Entonces —continuó Leena en su lugar, antes de regresar tras la
barra—, Erika ha estado diciendo la verdad todo este tiempo.

Al terminar de desayunar, en lugar de volver a casa para ponerse a trabajar,
Carla optó por ir a dar un pequeño paseo. Llevaba los últimos días
encerrada entre las cuatro paredes del piso. Después, se sentó en el banco
de un parque, se colocó mejor la bufanda alrededor del cuello y decidió
escribirle por fin a Markus:
[25/10, 11:31] Carla: Hola
[25/10, 11:31] Carla: He estado en la cafetería esta mañana y tu hermana me ha dicho que estás
mejor. Es un alivio saberlo
[25/10, 11:33] Carla: La razón por la cual no te he escrito hasta ahora es que no sabía qué decir…
pero no lo he hecho principalmente porque sé que estás en buenas manos en casa de tus padres si
necesitas alguien con quien hablar o que te hagan compañía
[25/10, 11:34] Carla: Pero, si puedo hacer algo, sea lo que sea, no dudes en decírmelo, vale?
[25/10, 11:34] Carla: Estoy aquí pase lo que pase y espero de verdad que esto no sea nada nuevo
para ti, sino un recordatorio de algo que tú ya sabes


No recibió una contestación hasta que llegó a casa y, al rato, escuchó que su
móvil vibraba varias veces seguidas encima de la mesa. Carla supo al
instante que se trataba de Markus porque, por lo general, solía escribir
frases cortas y mandarlas inmediatamente una después de otra.
[25/10, 13:22] Markus: ey
[25/10, 13:23] Markus: sí, ya estoy mejor
[25/10, 13:23] Markus: volveré a casa esta noche
[25/10, 13:23] Markus: siento haberme ido el otro día sin decirte nada
[25/10, 13:24] Markus: pero luego nos vemos, vale? entonces hablamos
[25/10, 13:24] Markus: y gracias, de verdad
[25/10, 13:24] Markus: por hacerme saber que estás ahí
[25/10, 13:25] Carla: Pues claro. Esta noche nos vemos <3

No le había dicho a qué hora llegaría, así que Carla volvió a prepararse
para salir. En esa ocasión, iría al supermercado con un claro objetivo, que
era comprar los ingredientes para preparar uno de sus platos reconfortantes
preferidos. Además, la bolsa en la que iban echando las latas y botellas
vacías estaba empezando a desbordarse, por lo que aprovecharía el viaje
para meter los envases en esas máquinas de reciclaje que eran tan populares
allí y llevarse unas monedillas que siempre eran bienvenidas (y que
normalmente destinaban a las máquinas del edificio donde hacían la colada,
ya que solo aceptaban efectivo).
De vuelta en casa, sacó de la bolsa de tela lo que había comprado, puso
una olla en la vitrocerámica y comenzó la elaboración. Veinte minutos
después, tras hacer un rápido sofrito, tenía todas las verduras hirviendo a
fuego lento. Estaba quitando con una espumadera la capa de impurezas
que se iba formando cuando escuchó que la puerta de casa se abría y volvía
a cerrarse. Segundos después, Markus apareció en su campo de visión. Sus
labios se curvaron en una pequeña sonrisa al verla.
—Huele que alimenta —comentó, entrando en la cocina. Su voz
sonaba un poco ronca—. ¿Qué estás cocinando?
—Sopa de verduras con ravioli. Supuse que te gustaría.
—Supusiste bien.
Fue hasta donde estaba ella, frente a la placa. Tenía un aspecto cansado
que, sin embargo, no se parecía en nada al de aquella vez que se fue a
trabajar de empalme.
Se mordió los labios y le dijo:
—Perdona por haberte preocupado.
Carla dejó la espumadera sobre la encimera y cogió una de las manos
de Markus entre las suyas.
—No pasa nada —le aseguró, dándole un apretón—. Necesitabas
tiempo para estar solo. Lo entiendo.
Markus miró distraídamente hacia la sopa burbujeando en la olla y
preguntó:
—Imagino que ya sabes todo lo que hay que saber, ¿no?
—Leena me ha contado casi todo. Y… también he leído el primer
informe que te dieron en la clínica. Tu hermana me lo pasó cuando os
fuisteis el otro día. Espero que no te importe.
—No, no me importa. —Tras un momento en silencio, la miró
directamente y, entornando los ojos y subiendo una ceja de forma
exagerada, le preguntó, incrédulo—: ¿Has podido leerlo tú sola?
A Carla le tranquilizó que, a pesar de todo, se esforzara por encontrar
la parte divertida de aquella situación.
—Pues claro que no. He usado el traductor de Google, obviamente.
Si apenas soy capaz de leer el menú en finés de vuestra cafetería, no
hablemos ya de un informe médico.
Markus sonrió y, acto seguido, la envolvió en un fuerte abrazo que
duró varios minutos, el caldo burbujeante como único sonido de fondo.
Carla le preguntó en voz baja, aún pegada a él:
—¿Qué vas a hacer ahora?
Él se separó por fin de ella y, decidido, respondió:
—Intentaré hacer las cosas bien.
11

C
arla iba a clases de finés dos tardes a la semana. Tal y como había
supuesto, el idioma no tenía nada de sencillo, pero la profesora era
enrollada y les proponía muchos ejercicios prácticos para ir
asimilando la teoría. En total eran unos quince alumnos y, como casi todos
estaban en una situación parecida (recién llegados al país, bien para
estudiar, buscar trabajo desde cero, o trasladados por sus empresas a
sucursales finlandesas, aún sin amigos ni conocidos en aquella tierra
extraña), no habían tardado en hacer piña.
A veces, al terminar, iba con algunos de ellos a un pub cercano para
tomar algo y socializar un rato. A pesar de que hubiese días en los que el
plan no le apeteciera mucho y solo pensara en volver a la comodidad del
piso, se obligaba a acompañarlos si se lo proponían. La semana anterior
incluso se animó a ir con un pequeño grupo a visitar Porvoo, un pueblo que
estaba a tiro de piedra en autobús desde la capital; aunque al principio le
había costado decir que sí, tenía que reconocer que aquel cambio de aires
por un día le había sentado estupendamente. Ya estaban organizando otro
viaje para ese fin de semana y todo indicaba que más gente de la clase se
iba a unir, aunque aún no habían decidido si ir a Lahti o a Turku. Carla ya
había estado en ambas ciudades en verano, en un par de visitas exprés que
pudo hacer con Markus aprovechando su día libre semanal, pero no le
importaba volver para comprobar si, al igual que Helsinki, se veían
diferentes ahora que el invierno se les empezaba a echar encima.
Su estado de ánimo no había hecho más que empeorar conforme
pasaban las semanas, pero se estaba esforzando al máximo para combatirlo.
Y no era una tarea sencilla, pues las horas de luz se iban acortando de forma
progresiva, la temperatura en el exterior cada vez llegaba a cotas más
bajas… y había días en los que prácticamente no interactuaba con nadie.
No hacía mucho que se había topado con un artículo en Internet que
hablaba sobre el trastorno depresivo estacional y, leyendo los síntomas, no
pudo evitar preguntarse si no sería eso lo que estaba experimentando en sus
propias carnes. Aunque, dado los recientes acontecimientos acaecidos en el
que había sido su pequeñísimo círculo social durante los últimos meses,
igual tenía que dejar de echarle las culpas al curso natural de la climatología
y aceptar que su estado mental estaba pendiendo de un hilo por cuestiones
humanas.


La clase acababa de terminar por aquel día. Carla estaba a punto de
marcharse con sus compañeros a su pub de confianza (aunque le pareció
escuchar que debatían sobre la posibilidad de ir a un bar con karaoke por
hacer algo distinto), pero sacó su teléfono del bolso tras guardar sus apuntes
de finés y vio que tenía un mensaje de Leena. Se lo había enviado hacía casi
una hora y en él le preguntaba si podía ir a su casa para quedarse un rato al
cuidado de Nina, porque ella tenía una jaqueca bastante fuerte y Joel estaba
trabajando en el taller.
[27/11, 17:32] Carla: Ostras, perdona, que estaba en clase y acabo de leer tu mensaje
[27/11, 17:32] Carla: Voy para allá

Se despidió de sus compañeros diciendo que le había surgido un


imprevisto y fue hasta la parada de autobús que había a un par de manzanas.
Estando apoyada en la marquesina, con el autobús acercándose, le llegó
otro mensaje de Leena:
[27/11, 17:43] Leena: No te preocupes. Ya estoy mejor, pero ven si tienes ganas y te invito a un té o
lo que quieras


Aquel día hacía un frío especialmente gélido y, cuando por fin llegó al
barrio de Leena y estaba esperando en la calle a que esta le diera acceso al
edificio después de haber llamado al porterillo, comprobó en la aplicación
del tiempo que tenía instalada en su teléfono que la temperatura rozaba los
cero grados.
Leena abrió la puerta del piso en cuanto llamó al timbre. Tras echarle
un vistazo, Carla le soltó sin ningún tipo de filtro el siguiente comentario:
—Tienes una pinta horrible.
En realidad, quitando el hecho de que se la veía agotada por lidiar con
el dolor de cabeza, tenía el mismo aspecto que cualquier persona que pasara
la tarde descansando en casa: cara lavada, pelo recogido de cualquier
manera en un moño y ropa cómoda. Era solo que no estaba acostumbrada a
verla sin lucir impecable, con su maquillaje sencillo pero perfecto y ni un
pelo fuera de su sitio.
—Vaya, gracias. Tú tampoco luces particularmente espectacular hoy.
Ni en las últimas semanas, si te digo la verdad.
—«Particularmente espectacular» —repitió Carla, quitándose el abrigo
y colocándolo en el perchero para después desprenderse de los zapatos y
dejarlos a un lado del vestíbulo—. Hasta a mí me cuesta pronunciarlo. Si
aún no tienes el C2 de español, te lo acabas de ganar. Llamaré al Instituto
Cervantes para que vayan imprimiendo el diploma.
Nina apareció entonces en el pasillo y, al verla, fue corriendo a darle un
abrazo. Carla la alzó y le dio un sonoro beso en la mejilla.
—¿Juegas conmigo?
Con el paso de los meses, la niña había comprendido que Carla no
entendía nada de lo que le decía en finlandés y había optado por poner en
práctica el inglés que estaba aprendiendo en la escuela y en la academia de
idiomas donde sus padres la tenían apuntada.
Carla admitía que aquello le producía bastante vergüenza.
—Totta kai[7] —le respondió, con poca seguridad. Nina sonrió, así que
supuso que no había dicho ninguna barbaridad.
Leena le contó entonces que se había tomado un analgésico y ya se
encontraba bastante mejor. Carla insistió en que se fuera a dormir un rato,
pero Leena le aseguró que no hacía falta, así que preparó un par de tazas de
té negro en la cocina y las tres pasaron al salón.
—Creo que es porque me he pasado toda la mañana forzando la vista
con la contabilidad de la cafetería. Aunque a lo mejor es porque va a caer la
primera nevada.
—¿Cómo dices? —preguntó Carla, sin haber entendido muy bien esa
última frase.
—No te puedo decir qué ciencia hay detrás porque no lo sé, pero desde
que era niña me dan dolores fuertes de cabeza cuando está a punto de nevar
por primera vez.
—¿En serio? Igual puedes postular para un trabajo en una estación
meteorológica.
—Búrlate si quieres, pero es la verdad.
Carla y Nina se tiraron sobre la alfombra para jugar con piezas de
construcción mientras que Leena se sentaba en un sillón frente a ellas y
dejaba la bandeja de té encima de la mesa.
—Échate un rato y descansa tranquila —insistió Carla al verla llevarse
una mano a la frente y cerrar los ojos, como si le acabara de dar una
punzada fuerte en esa zona—. Nina estará bien. Nos comunicaremos en
inglés o con las pocas palabras en finés que recuerde. Y, si no, siempre
podemos recurrir al lenguaje internacional de las señas.
—Te prometo que ahora estoy bien. ¿Cómo te va en las clases, por
cierto?
Su amiga era tozuda y sabía que aquella era una batalla perdida, así
que no insistió más y respondió a su pregunta:
—No muy mal, supongo. El tema de la pronunciación no me parece
complicado porque todavía no me he encontrado con ningún sonido que se
aleje mucho del español. El problema es que no consigo retener vocabulario
y no puedo formar muchas frases por muy básicas que sean. Pero los demás
están igual o peor que yo, así que…
—Bueno, no te agobies. Si necesitas ayuda…
El ofrecimiento que seguramente estaba por hacer quedó en el aire
porque el teléfono de Leena vibró entonces sobre la mesa,
interrumpiéndola. Se inclinó para hacerse con él y lo desbloqueó. Se le
dibujó una sonrisa en la cara al mirar la pantalla.
—Markus ha enviado una foto que se ha hecho con Niko al grupo que
tenemos con mis padres.
Así era como se llamaba el niño. Niko. A Carla le pareció un nombre
bonito la primera vez que lo escuchó de boca de Markus, semanas atrás.
Quizá lo lógico en aquel momento hubiese sido exclamar un alegre
«¿Sí? ¿Puedo verla?», pero lo que dijo fue un simple:
—Ah.
Tras una pausa, añadió:
—¿Cómo… Cómo le va? Con todo ese asunto, me refiero.
Se sintió un poco estúpida al referirse a un infante como «asunto»,
aunque al fin y al cabo su pregunta no englobaba solo al niño, sino a todo lo
demás.
—Yo diría que bien. Con altibajos emocionales, claro, pero es normal.
Según cuenta, Erika está siendo comprensiva y facilitando las cosas todo lo
que puede. No le pone impedimentos para ir a verlo siempre que quiera. —
Volvió a dejar el móvil sobre la mesa y añadió—: Aunque supongo que no
es nada que no sepas ya.
—En realidad no sé mucho. Markus… casi no habla de eso. Ni de eso
ni de nada. No hablamos mucho últimamente, en general.
Las cosas entre ellos habían cambiado bastante durante el otoño.
Markus había empezado a negociar con Erika desde el mismo instante
en el que se confirmaron los resultados del test de paternidad; habían
llegado a un acuerdo y el proceso judicial en el que estaban envueltos se
había paralizado.
Carla ya solo lo veía un rato por las noches. Unas veces él se iba
directamente a dormir después de cenar y otras, si se encontraba de mejor
ánimo, accedía a pasar un rato con ella viendo alguna película o echando
una partida en la videoconsola.
Markus solía interesarse por cómo le había ido el día mientras cenaban,
pero, cuando ella le dirigía la misma pregunta a él, la información que salía
por su boca era, en el mejor de los casos, escueta; se limitaba a hablar casi
siempre del trabajo. Carla sabía que iba varias tardes a la semana a casa de
su exmujer para pasar tiempo con Niko después de cerrar la cafetería, así
como buena parte de su día de descanso; quería ir conociéndolo y que el
niño se familiarizara con él.
Aquel día, por ejemplo, Markus se había marchado por la mañana bien
temprano tras darle un beso fugaz, llevándose con él la bolsa del
gimnasio, donde pasaba también bastante tiempo. Suponía que el deporte
le ayudaba a evadirse. Del mismo modo, tenía entendido que iba al
psicólogo un día a la semana, al acabar la jornada en la cafetería; si le
estaba ayudando o no en aquel proceso, eso ella no lo sabía, ya que nunca
hablaba de ello.
Hacía un par de noches, Carla se había despertado en plena madrugada
y lo había encontrado encogido en el filo de su lado de la cama, llorando en
la más absoluta soledad. Lo único que lo delató fue el ruido que hacía al
sorberse la nariz de vez en cuando. Sin saber qué hacer, al final extendió la
mano para tocarle y que supiera que estaba ahí para él. Markus se había
quedado en silencio en ese mismo instante, quieto, tenso, como si le diera
vergüenza que le hubiese pillado en su estado más vulnerable. «Ven aquí»,
le había dicho ella en voz baja; y, tras unos segundos que parecieron
minutos, Markus volvió a acercarse a ella, dejándose abrazar. «Todo irá
bien», le aseguró entonces Carla, en un susurro. Él no dijo nada, pero lo
notó asentir, con el rostro escondido en la curva entre su pecho y su cuello,
y sintió que se iba relajando poco a poco hasta, finalmente, quedarse
dormido.
No volvió a soltar una lágrima aquella noche y Carla se preguntó si no
hubiese sido mejor hacer como que seguía dormida y dejarlo llorar a sus
anchas para que se desahogara por completo. También se cuestionó si esa
misma escena se habría repetido en noches anteriores sin que se percatara
de nada.
Deseaba que se abriera más con ella, pero no quería forzarlo a hablar si
no le apetecía. Al fin y al cabo, no era capaz de imaginarse cómo habría
llevado aquella situación si se hubiese encontrado en su lugar. Aunque,
claro, ella poseía un útero, así que tenía la certeza de que cualquier bebé
que saliese de su cuerpo iba a ser, efectivamente, de su sangre.
—A veces hay que sacarle las palabras con saca… sacacorchos —
afirmó Leena—. ¿Se dice así?
—Sí, está bien dicho.
—Pues eso, que tengas paciencia con él. Se encierra mucho en sí
mismo cuando está mal, y ahora se siente muy culpable por… En fin, por
no haber creído a Erika y haberse perdido el primer año de Niko.
—Tenía un documento del hospital donde nació en el que ponía que él
no era el padre. Cualquiera hubiese hecho lo mismo en su lugar.
Bueno, quizá existiese alguna persona sobre la faz del planeta que,
encontrándose en una tesitura similar, hubiese optado por seguir siendo la
figura paterna de la criatura a pesar de todo. En cualquier caso, Carla no
estaba en posición de juzgar a Markus por las decisiones tomadas con la
información que poseía en aquel entonces.
—Eso mismo es lo que le decimos —respondió Leena—. Además,
Niko no va a recordar nada cuando sea mayor. Nadie se acuerda de su época
gateando en pañales.
El puente de Lego que Nina y Carla estaban intentando construir se
acababa de ir a pique, desparramando las piezas por la alfombra.
Comenzaron a levantar los cimientos de nuevo.
—¿Se sabe qué es lo que pudo pasar? Con el primer test de paternidad,
quiero decir.
—En la clínica le han explicado que probablemente mezclaron las
muestras que tomaron con las de otra persona o se contaminaron de alguna
manera en el laboratorio.
—¿Va a poner una denuncia al hospital por negligencia?
—No lo sé, pero no creo que quiera perder tiempo en eso. Tampoco
tengo claro que se pueda considerar «negligencia».
El puente volvió a caerse. Nina exclamó algo, frustrada. Empezó a
juntar las piezas en un montón y a meterlas en su caja, así que Carla la
ayudó a recoger.
—A mi hermano le importas mucho, lo sabes, ¿no? —le dijo entonces.
Leena nunca había mencionado nada acerca de la relación que tenía
con Markus, a excepción de un «Me alegra saber que habéis dejado de
tomarme por tonta» una tarde de verano en la que salieron a dar una vuelta
por el centro comercial y él le había pasado el brazo despreocupadamente
por los hombros mientras miraban escaparates. Carla se preguntó si el
comentario que le acababa de hacer nacía de algo que le había dicho su
hermano o de una deducción que ella misma había sacado al observarles
durante aquellos meses. Aunque, sabiendo lo reservado que era él, se
decantaba más por la segunda opción.
—Ya —le respondió ella al fin—. Él también me importa a mí.
Nina decidió entonces que quería jugar a otra cosa, así que se fue
corriendo hasta su habitación en busca de lo que fuera que necesitaba.
Cuando la niña se perdió de vista, Carla preguntó:
—¿Le habéis dicho ya que tiene un primo pequeño?
Leena suspiró.
—Todavía no. Fue bastante confuso explicarle que el primo que iba a
tener y por el que se moría de ilusión al final no era su primo. No sé cómo
decirle ahora lo contrario.
—Le resultará raro, pero igual acepta la información sin más y no hace
muchas preguntas. Ya se lo explicaréis mejor cuando crezca.
Nina llegó entonces con un tocador de juguete; lo colocó entre ambas y
empezó a hacer como que la maquillaba. Después, sacó un pintauñas de
purpurina morada de uno de los cajoncitos del tocador, se lo dio y le dijo
«¿Pintas?», extendiendo las manos hacia ella, así que Carla procedió a
pintárselas después de pedir permiso a Leena con la mirada y que esta
hiciera un gesto afirmativo.
—Bueno, ¿y tú qué? ¿Te gustaría tener hijos?
Aquella pregunta la pilló por sorpresa y notó que se tensaba un poco
sobre la alfombra. Se demoró un par de segundos en contestar, que fueron
los que tardó en agitar el bote de laca de uñas para que la purpurina, que
estaba asentada en el fondo, volviera a distribuirse por todo el líquido.
—Pues… no sé.
No es que nunca se lo hubiera planteado como un escenario hipotético,
pero, sinceramente, no veía qué sentido tenía pensar en ello en aquel punto
de su vida. Apenas ganaba dinero suficiente para mantenerse a sí misma, así
que no era una cuestión que tuviera el privilegio de decidir.
Además, aunque fuese consciente de que el ser humano siempre había
tenido retos a los que enfrentarse en todas las épocas a lo largo de la
Historia, se preguntaba si era ético traer más personas a un mundo cada vez
más polarizado, más contaminado, con unas desigualdades sociales cada
vez más notables y donde el rumbo de la humanidad parecía estar trazado
por los intereses y la fortuna de unos pocos individuos mientras que los
demás no podían hacer otra cosa que limitarse a ser meros espectadores y,
para bien o para mal, simples peones sin capacidad de acción.
O quizá lo que no era ético era dejar que el ser humano se extinguiera.
Qué sabía ella. No era socióloga ni filósofa.
Todas aquellas eran, no obstante, preocupaciones superficiales. Había
otra cuestión más personal que debía tener en cuenta.
Carla no pensaba elaborar más su respuesta, pero, por alguna razón,
confesó:
—Me da miedo traer niños al mundo y después darme cuenta de que
no valgo para criarlos.
A Leena se le escapó una risa ahogada, como si aquel temor fuese la
mayor chorrada que hubiese oído en su vida.
—Por eso no te preocupes, porque nadie tiene ni idea. Se va
aprendiendo sobre la marcha.
—Ya, pero está la gente que se esfuerza por hacerlo lo mejor posible y
luego están los que deciden posteriormente que es una tarea para la que no
están preparados. No quiero darme cuenta de que pertenezco al segundo
grupo.
Leena no volvió a reírse, pero se tomó un par de segundos antes de
contestar.
—Eso no te va a pasar. El abandono de menores es un delito y dudo
que quieras ir a la cárcel.
—Quién sabe. No sé cómo serán aquí, pero he oído que las cárceles
españolas son bastante decentes. Igual me veo tentada de abandonar a mis
hipotéticos retoños en cualquier esquina si lo de ser una artista de éxito sale
mal y no tengo donde caerme muerta.
Oyeron cómo se abría la puerta de casa y unas llaves al ser depositadas
en el mueble de la entrada. Joel apareció entonces en el umbral de la puerta
del salón con un par de cajas de pizza.
Carla agradeció la interrupción, porque no le apetecía seguir hablando
de aquel tema y no estaba segura de cuánto tiempo podría desviar la
conversación diciendo gilipolleces y utilizando patéticamente el sarcasmo.
Nina salió corriendo para darle un abrazo a su padre. Carla rezó para
que el pintauñas fuese de secado rápido y la niña no dejara un reguero de
purpurina en todo lo que tocara. Joel alzó a su hija con el brazo que tenía
libre, entró en la estancia para dejar las cajas sobre la mesa y volvió a
depositar a Nina en el suelo para poder quitarse el abrigo. Traía la ropa llena
de grasa de los motores y los engranajes con los que había estado
trabajando.
—Hola, Carla, ¿cómo te va? ¿Te quedas a cenar? —la saludó al
reparar en ella.
—Oh, no, gracias. Debería irme ya —contestó, poniéndose en pie.
—No seas tonta. Quédate —intervino Leena, aunque su intento de
convencerla sonaba más a orden que a insistencia cortés—. Invitarte a
cenar es lo mínimo que puedo hacer después de hacerte venir para jugar
con Nina.
—Si insistes… Es difícil decirle que no a una pizza, la verdad. Pero he
venido encantada, así que no me debes nada. Jugar con este encanto de
niña es divertidísimo.
Nina sonrió, enseñando su dentadura mellada. Hacía unos días que se
le había caído su primer diente de leche y el definitivo aún no asomaba en
la encía.
—Me voy a dar una ducha rápida —anunció Joel—. Id comiendo
vosotras. —Pero, justo cuando estaba a punto de desaparecer por el pasillo,
comentó—: Está empezando a nevar, por cierto. Aunque los copos se
derriten antes de llegar al suelo así que no creo que vayan a cuajar.
Las tres se acercaron entonces a la ventana. Descorrieron las cortinas,
abrieron el cristal, dejando entrar el aire gélido de la calle en la estancia
aclimatada, y Nina sacó la mano a través de los barrotes de hierro. Un copo
de nieve diminuto se derritió en su mano.
—Leena, eres como la pava de Chicas malas que podía predecir el
tiempo con las tetas. —La susodicha puso los ojos en blanco, pero Carla
había descubierto que le divertía burlarse de ella y en aquellos días se
aferraba a cualquier resquicio de diversión que pudiera obtener, así que
continuó diciendo, con una seriedad fingida—: Deberías plantearte un
cambio de rumbo profesional. Claramente, el mundo de la meteorología te
necesita.
12

A
quella tarde de mediados de diciembre, cuando Markus llegó a casa,
la encontró delante del espejo del baño, a punto de desmaquillarse.
Con solo verlo, antes de que llegara a decir nada, Carla supo que ese
día volvía más animado que de costumbre.
Se acercó a ella y la abrazó desde atrás, pegando el torso a su espalda.
En el reflejo, ambos tenían amplios círculos oscuros debajo de los ojos: él
por el agotamiento que arrastraba; ella, por haber pasado la tarde llorando y
habérsele corrido la máscara de pestañas. Aunque, con el algodón en una
mano y el bote de aceite desmaquillante en la otra, su aspecto no era
sospechoso para Markus.
—¿Has pasado un buen día? —le preguntó ella, fijando la mirada en
el reflejo.
—Sí —contestó él, acariciando la cintura de Carla con una mano y
colocando la otra sobre su abdomen. Y después de unos segundos, añadió,
con los párpados cerrados y la mejilla apoyada en su cuello, la barba
haciéndole cosquillas en la piel y la expresión serena—: He estado todo el
día en casa de mis padres. Por fin he… Por fin he llevado a Niko conmigo
para que la familia lo conozca. Leena y Nina vinieron también después del
colegio.
Carla supo disimular bastante bien el pinchazo que le atravesó el pecho
al sentirse… ¿excluida? Acto seguido se enfadó consigo misma porque
¿acaso tenía algún derecho a sentirse así? ¿Y qué hubiese pintado allí, de
todos modos? Aquella no era su familia. La cosa no tenía nada que ver con
ella.
Con esfuerzo, por él, dibujó una sonrisa en el rostro para comentar
animadamente:
—Nina debe de estar como loca de contenta con su primito.
Markus también sonrió. A pesar del cansancio presente en sus
facciones, se trataba de una sonrisa sincera, de esas que ya no se veían con
tanta frecuencia en su rostro. Entonces, afirmó:
—Lo está. Se han pasado toda la tarde jugando.
Como parecía que esa era toda la información que estaba dispuesto a
compartir, y sintiéndose agradecida de que, por lo menos, hubiese decidido
contarle algo aquel día (siendo ese «algo» un suceso importante para él,
además), Carla colocó una mano sobre la que Markus tenía en su abdomen
y le dio un apretón suave al decir:
—Me alegra saber que las cosas están yendo bien. De verdad.
Markus depositó entonces un beso en su cuello y le dijo, mirándola
ahora a los ojos por medio del espejo:
—Estaba pensando en darme una ducha. ¿Te apetecería
acompañarme?
Carla acentuó la sonrisa por toda respuesta.


Más tarde, tumbados en la cama aún desnudos, con el preservativo que
acababan de usar tirado de cualquier manera en el suelo de la habitación
junto a las toallas del baño, la única luz que les iluminaba era la procedente
de las farolas de la calle. Llevaba todo el día nevando y la ciudad entera
estaba cubierta por una capa blanca, lo que creaba el escenario más invernal
que Carla hubiese contemplado en su vida.
Estuvieron así, acariciándose en silencio en semipenumbra y con el
cabello todavía húmedo, disfrutando de la quietud en la que parecía haberse
sumido el mundo, durante un tiempo que no supieron precisar.
Ninguno tenía intención de moverse, pero el cuerpo humano tiene sus
necesidades y el estómago de alguno de los dos empezó a rugir. Entonces,
Carla dijo con parsimonia:
—Deberíamos levantarnos y comer algo.
—Sí, supongo que sí.
Pero no se movieron hasta pasados algunos minutos más, cuando
Markus se incorporó finalmente y apoyó la espalda sobre el cabecero de la
cama.
—Ah, antes de que se me olvide: mis padres han insistido mucho en
que te comentara que vamos a celebrar la Nochebuena en su casa. Esa es
su forma de hacerte saber que estás invitada, en caso de que necesites una
invitación formal. Estos días no han parado de recordarme una y otra vez
que te lo dijera. No sé cómo sentirme al respecto, ¿de verdad creían que mi
intención era dejarte aquí tirada para que cenases tú sola? Pues claro que
estás invitada, tú eso ya lo sabías. —Al ver que ella no decía nada, añadió
—: ¿No?
Carla sintió que el pulso se le aceleraba.
Aquella misma tarde había tomado una decisión un poco precipitada
que, paradójicamente, sabía que llevaba tiempo posponiendo.
Después de almorzar, había cometido el error (o el acierto, según se
mirara) de meterse en Instagram y ponerse a investigar, pues llevaba tiempo
queriendo saber cómo era la ex de Markus. Ya la había visto en la cafetería,
pero sentía curiosidad por saber quién era. Así que hizo lo que toda persona
hija de aquellos tiempos haría: sucumbir a la tentación y buscar su cuenta
en la red social. No es que así fuese a saber cómo era realmente, pero sí se
haría una idea de la imagen que quería proyectar de cara al público, lo cual
también decía mucho de una persona.
Lo primero que hizo fue meterse en el perfil de Markus para echar un
vistazo a sus fotos antiguas, pero no encontró nada; a decir verdad, él era un
usuario bastante casual y, de todos modos, Carla suponía que debía de haber
archivado muchas de sus publicaciones de años atrás tras la ruptura.
Entonces, procedió a curiosear el perfil de Leena. Y, por fin, en una foto de
hacía tres años, encontró lo que buscaba: un comentario de alguien con un
usuario que incluía su nombre. Erika.
Descubrió que la chica era una modelo con un cuerpo a medio camino
entre lo normativo y lo curvy. No le extrañaba. Aquel día en la cafetería le
había parecido una mujer guapísima, y las fotografías que subía no hacían
más que acentuar su belleza. Se trataba de una cuenta perfectamente curada,
pues iba intercalando imágenes suyas (algunos photoshoots profesionales,
pero también selfies desenfadadas frente a un espejo, fotos caminando por
la calle como si la hubiesen pillado distraída, tomando el sol con otras
chicas, haciendo pilates y un largo etcétera) con capturas de atardeceres y
paisajes varios, tazas de café, helados, bolsos… En definitiva, era un
buenísimo ejemplo del tipo de perfil que se llevaba ahora entre las
influencers de estilo de vida: un escaparate donde, aunque pudiera parecer
poco cuidado, cada una de las imágenes que lo componían estaba pensada
para mostrar una estética e identidad específicas. Su contador de seguidores
alcanzaba las cinco cifras y el número de likes en cada foto era
considerable, por lo que no le extrañó ver también colaboraciones y
publicidad de algunas marcas de productos de maquillaje y cuidado de la
piel.
Pero lo que desestabilizó a Carla no fue nada de eso: ni su belleza, ni
su popularidad. No. Lo que hizo que se rompiera fue una fotografía en
concreto que se había publicado un mes atrás y que, en un primer vistazo
general a su perfil, le había pasado desapercibida. No fue hasta que empezó
a bajar por todas sus fotos una a una que le prestó atención. En ella, un
hombre de espaldas (Markus) sostenía a un infante (Niko) en brazos. La
fotografía había sido tomada en un bosque y, en ella, el niño, embutido en
un abrigo gordito y un gorro de lana, extendía la mano hasta la rama de un
árbol, donde había un pájaro posado.
Por alguna razón, al ver aquella foto sintió que se quedaba sin aire. El
corazón comenzó a latirle rapidísimo y, antes de que pudiera evitarlo, los
ojos se le anegaron de lágrimas que empezaron a deslizarse por sus mejillas
sin control.
Entonces, había cerrado la aplicación. Había abierto la agenda del
teléfono en su lugar y había pulsado el nombre Julia para iniciar una
llamada. Estuvo más de una hora hablando con ella, desahogándose largo y
tendido por primera vez en muchísimo tiempo, contándole con pelos y
señales cómo se sentía; y, cuando por fin se quedó en silencio, su hermana
le dijo, con preocupación evidente incluso a través del altavoz:
—Carla, igual va siendo hora de que vuelvas a casa.
Así que, en cuanto se despidió de ella, ya algo más tranquila, había
abierto la página web de un conocido buscador de vuelos para ver qué
disponibilidad había para los próximos días, consciente de que los precios
serían desorbitados por las fechas, pero dispuesta a gastarse lo que fuese
necesario para refugiarse en el calor del hogar (su verdadero hogar) cuando
más lo necesitaba.
Y ahora se daba cuenta de que tenía que contarle a Markus sus planes,
a pesar de que no había tenido tiempo de pensar en cómo iba a abordar el
tema.
Ella también se incorporó para sentarse frente a él. Se mordió el labio
inferior.
—Dile a tus padres que lo aprecio un montón, pero… no pasaré aquí
la Navidad. —Al ver cómo se le iba frunciendo el ceño, procedió a
explicarse—: Esta tarde he comprado un billete para ir a ver a mi padre y a
mi hermana. Ya estaba empezando a echarlos mucho de menos.
Markus suavizó el rostro al escuchar aquello y, colocándole un mechón
de pelo detrás de la oreja, le dijo:
—Pues claro que los echas de menos. Llevas ya una buena temporada
viviendo aquí. ¿Cuándo te marchas?
—Dentro de cinco días.
—Vale. —Markus se quedó callado entonces, Carla supo que
esperando a que le diera más información. Al ver que no decía nada,
preguntó—: ¿Y cuándo vuelves?
—Todavía no lo sé. —Y procedió a explicarle, de nuevo respondiendo
a su expresión llena de desconcierto—: Quería haberte dicho esto antes,
pero la verdad es que… —«En fin, de perdidos al río», se dijo a sí misma
antes de seguir—: Últimamente no me encuentro muy bien. A lo mejor la
oscuridad y lo crudo que es el invierno aquí tienen algo que ver, no lo sé. Y,
para serte sincera, también me he venido sintiendo… No sé si «sola» es la
palabra que estoy buscando, pero, bueno, supongo que te haces una idea.
Aunque no es solo eso. —Entonces añadió, después de tragar saliva—: Creo
que irme por un tiempo es lo mejor que puedo hacer por ti llegados a este
punto.
Markus se rascó la nuca, evidentemente confundido e incómodo. Abrió
la boca para hablar, pero al final optó por cerrarla otra vez, tensando la
mandíbula, y dirigió la mirada hacia la ventana a su izquierda, detrás de la
cual seguían cayendo copos de nieve cada vez más dispersos. En la calle,
todo estaba silencioso y cubierto por una capa de nieve virgen que, a la luz
cálida de las farolas, parecía amarillenta.
Entonces, sin llegar a mirarla, preguntó en voz baja pero algo cortante:
—¿Qué quieres decir? ¿Cómo va a ayudarme eso de ninguna manera?
Carla cogió aire. Tomó una de las manos de Markus entre las suyas
antes de seguir.
—Ahora mismo tienes un hijo al que conocer y con el que formar un
vínculo, y un futuro que esclarecer. Esas son tus prioridades actuales.
Nosotros solo llevamos conociéndonos medio año o así, y ni siquiera hemos
definido aún qué es lo que hay entre nosotros. Lo que intento decir es que
acepto que la situación ha cambiado desde que empezamos a salir y que ya
no tienes tiempo para estar con nadie de ese modo. En estos momentos,
casi que soy una carga aquí para ti. Algunos días, cuando llegas a casa, me
doy cuenta de que te sientes obligado a pasar tiempo conmigo a pesar de
que no estás… disponible emocionalmente, por decirlo de alguna manera.
—Carla esperaba que la estuviese entendiendo, porque le empezaba a doler
la cabeza por buscar la forma más adecuada de expresar cómo se sentía sin
que pareciera que le estaba recriminando algo. Irónicamente, estaba segura
de que la barrera del idioma no tenía nada que ver en esta ocasión y de que
su discurso habría sido igual de difícil de formular en su lengua materna.
Markus esperaba a que continuara atento, con los ojos claros ya no fijos en
el cristal de la ventana sino clavados en los suyos. Ella se concentró para
terminar lo que tenía que decir, porque la parte que quedaba era quizá la
más importante y la que quería que quedase clara—: Pero, cuando todas las
piezas del rompecabezas vayan encajando, empezarás a tener tiempo para
otras cosas de nuevo, y… y quizá entonces decidas que todavía me quieres
junto a ti, que hay espacio para mí en tu nueva vida. Y, si es así, yo volveré
encantada, porque quiero formar parte de ella. Y lo digo en serio.
—No eres ninguna carga; no digas eso —respondió Markus, tras unos
segundos procesando sus palabras. Su voz se había suavizado de nuevo.
Alzó la mano que tenía libre para acariciarle la mejilla y añadió, con
evidente turbación—: Mira, soy consciente de que no he andado mucho por
aquí últimamente y de que no te he prestado el cien por cien de mi atención
el poco tiempo que hemos pasado juntos. Pero no ha sido mi intención
pasar de ti estos meses, lo sabes, ¿verdad?
—No te preocupes. Sé que no ha sido a propósito —le tranquilizó—.
Entiendo que la situación es… complicada, como mínimo. Y, solo para que
quede claro: no pretendía que pasaras todos tus ratos libres conmigo. No es
eso. —Hizo una breve pausa para aclarar las ideas y siguió—: Es solo
que… que desearía que hubiésemos podido hablar más sobre todas las
cosas que han ido sucediendo. Que hubieses confiado en mí lo suficiente
como para dejarme apoyarte con ello.
—Y confío en ti, claro que sí —se apresuró a decir él. La nuez se le
pronunció en el cuello al tragar saliva con dificultad—. Imagino que ya te
has dado cuenta, pero hablar de mis sentimientos nunca ha sido uno de mis
puntos fuertes, y cuando las cosas se vuelven complicadas o se tuercen
siempre acabo… —Apoyó toda la espalda y la cabeza en el cabecero de la
cama, cerrando los ojos y pasándose las manos por la cara para apartarse el
flequillo de la frente, como si así pudiera quitarse también de encima el
atolladero mental, y entonces terminó la frase, bajando mucho la voz—: …
alejándome de todos los que me importan, supongo. —Medio minuto
después añadió, con la voz y los ojos llenos de cansancio, pero mirándola
directamente a pesar de todo—: Lo siento, Carla. De verdad.
Carla se inclinó sobre él y le dio un beso. Queriendo zanjar aquello,
propuso:
—Todavía tenemos algunos días hasta que me vaya. Vamos a
aprovecharlos al máximo, ¿vale?
Markus tardó unos segundos en contestar, pero finalmente pareció
aceptar las circunstancias:
—Vale.


Los dos decidieron vencer finalmente a la pereza, levantarse de la cama y
preparar la cena juntos, tal y como lo habían venido haciendo tantas otras
veces.
Markus estaba terminando de pelar unas patatas mientras ella troceaba
una cebolla y un par de pimientos para hacer una trucha al horno.
Escuchaban música de fondo procedente de una lista de reproducción
cualquiera que le había aparecido a Carla en la pantalla de sugerencias de su
aplicación de música de confianza. Se trataba de un mix de canciones de
antaño, rollo vintage. Casi se sentía como si estuviesen dentro de una
escena hogareña de La maravillosa señora Maisel.
Cada uno estaba centrado en su tarea. Pese a la conversación que
habían tenido hacía tan solo un rato en el dormitorio, y lejos de dejar que la
tensión se instaurase entre ellos, se encontraban cómodos en la familiaridad
de aquel silencio, una familiaridad que solo se daba al compartir espacio
con personas entre las que hay confianza y no necesitan llenar cada minuto
de convivencia con palabras.
—¿Sabes lo que deberíamos hacer después? —preguntó Carla cuando
una canción terminó y empezaban a sonar los primeros acordes de la
siguiente. Markus la miró con una expresión interrogante y entonces
declaró—: Decorar el piso para Navidad.
—Pues lamento informarte de que no tengo ningún adorno —contestó
él, apartándose del cubo de la basura y llevando las patatas al fregadero
para darles un último lavado antes de ponerlas sobre la tabla de cortar.
—¿Ni siquiera un arbolito pequeño? —intentó ella, esperanzada.
—Ni siquiera una guirnalda diminuta —declaró Markus.
—Oh, vaya. Qué chasco.
—El año pasado mi compañero de piso celebró la Navidad con su
familia y yo la celebré con la mía, así que no nos molestamos en decorar —
explicó, sacando el pescado de la nevera—. Pero podemos ir a pillar
algunas cosas después de cenar si quieres.
—¿Quedarán tiendas abiertas tan tarde?
—Sí, conozco un sitio en el que podemos comprar todo lo que nos
haga falta.
Así pues, tras cenar y recoger la cocina, se montaron en el coche de
Markus y fueron hasta una zona de la ciudad en la que Carla nunca había
estado, en una especie de polígono industrial. Aparcaron cerca de la puerta
de la tienda, donde había un cartel que indicaba que el establecimiento
estaba abierto hasta las doce de la noche.
Se trataba de un bazar gigantesco y, por lo que parecía, ellos eran los
únicos clientes a aquellas horas.
Se hicieron con un carrito y empezaron a inspeccionar las estanterías
de los pasillos dedicados en exclusiva a las decoraciones navideñas. Sin
embargo, no lograron encontrar árboles por ningún lado, así que Markus fue
a preguntarle al dependiente dónde los tenía expuestos.
Volvió al cabo de un par de minutos y le comunicó:
—Se han vendido todos los árboles.
—¿¡Todos!?
—Eso es lo que dice.
—Vaya mierda.
Markus se quedó pensativo, y pareció que una bombilla se había
encendido en alguna parte de su mente, pues le aseguró, sonriente:
—No pasa nada. Sé dónde podemos conseguir uno. Escoge aquí todo
lo que necesites: luces, guirnaldas, figuritas, lo que sea, e iremos a por el
árbol.
—¿Estás seguro? Solo dije lo de que deberíamos decorar para que
hiciéramos algo juntos, pero ya se nos ocurrirá cualquier otra cosa.
Siempre podemos probar en otra tienda mañana.
—Estoy seguro. Confía en mí.


Le había pedido que confiara en él y eso había hecho ella. Lo que no se
había planteado eran las implicaciones que aquella promesa iba a tener,
aunque igual debería haber empezado a sospechar algo cuando Markus
echó al carrito del bazar una sierra portátil estilo camping, de esas que se
parecen a las cadenas de una bicicleta pero con dientes para poder serrar la
madera, y la compró junto con todas las decoraciones que ella había
elegido.
Condujeron un buen rato hasta llegar a las afueras de la ciudad. Habían
dejado el coche aparcado en el arcén de la carretera y ahora se adentraban
con las linternas de los móviles en una parcela llena de árboles que, si no
eran abetos, seguramente pertenecían a la misma familia. La nieve virgen
crujía bajo sus pies con cada paso que daban.
—¿Vamos a pasar la noche en el calabozo? —preguntó ella,
ajustándose el gorro de su abrigo sobre la cabeza y tirando de los elásticos
que había a la altura del cuello para apretarlo. Hacía rato que no nevaba,
pero se le estaban congelando las orejas.
—No, si no nos pillan.
—Si hubiese sabido que me iban a deportar del país por entrar en una
propiedad privada sin permiso no habría comprado un billete de avión
supercaro para volver a casa.
—No te van a deportar de ningún lado.
—¿Y qué se supone que es este sitio?
—Una plantación de árboles de Navidad, claro.
Entonces, Markus se detuvo en seco delante de un árbol que mediría en
torno a un metro y medio y lo enfocó bien con su linterna.
—Bueno, ¿qué te parece este? ¿Crees que cabrá en nuestro salón?
—Así que vas en serio. Vamos a talar un árbol. De forma ilegal.
El vapor de las respiraciones de ambos se hacía visible cada vez que
hablaban.
—Yo creo que es perfecto. Podemos ponerlo en la esquina junto al
televisor —siguió diciendo él alegremente, ignorándola por completo.
—Muy bien, vale. Espero que esa abogada tuya sea buena de verdad.
Markus desenrolló la sierra manual y, diez minutos después, los dos
deshacían el camino hasta el coche portando el árbol, él sosteniéndolo del
tronco y ella de la copa. Antes de marcharse, Markus había sacado un
billete de veinte euros de la cartera y lo había dejado encima del tronco
recién cortado, sujeto con una piedra.
—Supongo que sabes que un árbol real de este tamaño cuesta bastante
más que veinte euros, ¿no?
—Lo sé, pero no lo hemos adquirido de la forma ordinaria así que
tampoco voy a pagar el precio habitual.
—¿Y que el billete se empapará y probablemente se desintegrará si
nieva antes de que lo vean?
—Correremos el riesgo.
—Tu forma de actuar y de razonar esta noche está empezando a
inquietarme —declaró Carla, aunque fingiendo (a medias) su preocupación.
Sin embargo, sí que estaba verdaderamente sorprendida, y así se lo hizo
saber—: Nunca me habías mostrado esta… parte temeraria de ti, por
llamarla de alguna forma.
—Esto no es nada. Tendrías que haberme visto en mi adolescencia y
mis veintipocos. —Pero, un par de segundos después, recapacitó—: Bueno,
pensándolo bien, menos mal que no me conocías entonces.
—Estoy tentada de preguntar qué tipo de cosas moralmente
cuestionables solías hacer, pero será mejor que no lo haga. Dejaré que la
incógnita viva para siempre en mi mente.
Markus no comentó nada más, pero Carla lo escuchó reír mientras
dirigía la marcha, y ella sonrió también para sus adentros. En el fondo,
aquella pequeña incursión nocturna le estaba resultando fascinante. Y lo
que era más importante: volver a presenciar ese buen humor tan suyo y que
a veces temía que hubiese perdido la había llenado de un alivio por el que
estaría dispuesta a pasar la noche en el calabozo sin rechistar.
Colocaron el árbol sobre el techo y lo aseguraron bien con varias
cuerdas y correas que Markus tenía en el maletero. Cuando lo dejaron listo,
él se le acercó, la empujó con suavidad hasta pegar su espalda al coche y,
sosteniéndola por detrás de la cabeza y por la cintura, le dio un buen beso
que casi la dejó sin aire. Volvió a reírse al separarse de Carla,
probablemente embriagado por la adrenalina que le había producido aquella
fechoría, con una risa que profundizaba sus marcas de expresión alrededor
de los ojos y dejaba ver su dentadura casi perfecta. Contagiada por esa
muestra de euforia repentina, Carla también rompió a reír.
A lo mejor se llevaban una sorpresa y terminaban encerrados en una
institución mental en lugar de en la cárcel.
Una vez que se tranquilizaron, y antes de que otro vehículo pudiera
pasar por allí y sus ocupantes descubrieran lo que acababan de hacer y
pusieran sobre aviso a los dueños de la finca o a la mismísima policía, se
montaron en el coche, arrancaron el motor e hicieron el camino de vuelta a
casa.


Al llegar y meter el abeto en el piso (Carla se apuntó mentalmente la tarea
de ponerse a barrer, en cuanto se levantara al día siguiente, todas las hojas
en forma de aguja que se habían ido cayendo al rozar las ramas con las
paredes conforme iban subiendo las escaleras de la comunidad) se dieron
cuenta de que no habían pensado en el pequeño detalle de cómo iban a
sostener el árbol para que se quedara de pie, así que estuvieron un buen rato
debatiendo qué podían utilizar a modo de base.
Cuando por fin consiguieron que se sostuviera por sí solo (cogiendo el
cubo de la fregona para usarlo como maceta rudimentaria, bajando al
parque frente el edificio y llenándolo con tierra del jardín comunitario una
vez que quitaron la capa de nieve de encima) ya era la una de la mañana. Se
tumbaron en el suelo, agotados, escuchando cómo una chimenea virtual que
habían encontrado en YouTube chisporroteaba en la pantalla de la televisión
para dar un toque más hogareño al salón mientras daban por concluida la
misión de conseguir un árbol de Navidad.
—No tuvimos problemas con la policía en la plantación, pero me
sorprende que nuestros vecinos no los hayan llamado por todo el ruido que
hemos estado haciendo.
Markus rio al escuchar su comentario y ella se giró para mirarlo. Él
había cerrado los ojos y contempló cómo sus largas pestañas se le curvaban
hacia arriba. Su semblante estaba tranquilo.
Sintió un cosquilleo agradable en la barriga y, para no indagar en el
verdadero significado de aquella sensación, Carla se dijo que solo era
debido a que le hacía feliz verle así, en paz.
Extendió la mano y trazó todo su perfil con el dedo índice, desde la
frente hasta la barbilla, pasando por la nariz, cuya punta había estado roja
por el frío hasta hacía escasos momentos, y los labios, que se abrieron
ligeramente al pasar por ellos.
Se acercó entonces para darle un beso en la mejilla y Markus
aprovechó para rodearla con los brazos.
—Deberíamos dejarlo por hoy y acabar mañana —le dijo él,
amodorrado, y ella estuvo de acuerdo.
No obstante, a pesar de la creciente somnolencia que también se iba
apoderando de ella, siguió besándole por el cuello y detrás de la oreja
durante algún tiempo más, hasta que le escuchó emitir un levísimo gemido
y se aventuró con la mano debajo de sus pantalones.
Acabaron acostándose por segunda vez aquel día. Sin embargo,
ninguno de los dos habría podido afirmar hasta ese momento que hubiesen
tenido sexo sobre una moqueta, escuchando el crepitar de una chimenea
falsa y junto a un árbol de Navidad medio robado aún sin decorar.
Había primeras veces para todo en la vida.
13

C
arla había terminado de hacer la maleta hacía ya un buen rato, pero no
paraba de pasearse de habitación en habitación abriendo cajones,
mirando en cada esquina del piso y comprobando que nada importante
se hubiese quedado fuera.
Lo único que había decidido dejar atrás era una pequeña caja con ropa
de verano; no le iba a hacer falta de inmediato y aquel simple gesto era una
demostración en sí misma de que tenía intención de volver. Aunque, si las
cosas finalmente no salían como esperaba, al dejar aquellas prendas ya
empaquetadas sería sencillo mandarlas de vuelta a España o donarlas a
cualquier tienda de segunda mano que Markus considerara.
En cualquier caso, aquel ir y venir por el piso era una buena forma de
dejar que el tiempo pasara sin detenerse a pensar por tan siquiera un
instante en si había tomado la decisión correcta.
En realidad sabía perfectamente que marcharse era lo que tenía que
hacer, pero esos últimos días con Markus le habían dado una falsa sensación
de estabilidad a la que su corazón quería aferrarse a toda costa.
Por suerte, su cabeza aún operaba usando la lógica.
Estaba echando un enésimo vistazo al interior del armario de la que
había sido, en teoría, su habitación (aunque podía contar con los dedos de
las manos las noches que había dormido en ella) cuando su móvil vibró en
el bolsillo del pantalón.
Era un audio de Leena.
—Hola, Carla. Mira, siento si ayer estuve un poco borde contigo. Sé
que te molestó lo que dije, pero entiende que quiero proteger a mi hermano,
¿vale? Bueno…, solo quería decirte eso. No busco malos rollos. Espero que
el vuelo vaya bien y que nos veamos pronto. Lo digo de verdad.
Justo antes de que terminara, Carla oyó a Nina hablando de fondo y,
segundos después, recibió un nuevo mensaje de voz:
—Nina quiere que te cuente que les está escribiendo una carta a los
Reyes Magos para ver si se pasan por aquí a dejarle algo a ella también. No
sé para qué le hablaste sobre ellos; ahora me tocará pensar en otro regalo y
dejar el árbol puesto en casa hasta enero.


La tarde anterior, Markus y ella habían ido al mercado navideño de
Helsinki, donde habían quedado en verse con Leena, Joel y Nina.
Aquel mercado, conocido como Tuomann Markkinat, no era tan
popular como el que ponían en otras ciudades europeas, pero Carla pensaba
que, precisamente por ser más modesto, tenía un encanto propio. Además,
tampoco le pareció tan masificado en términos turísticos.
Se localizaba en una de las principales plazas de la capital finlandesa,
la cual había sido dividida en pasillos a cuyos lados se disponían los
diferentes puestos y casetas de madera en los que vendían comida, dulces y
una gran variedad de productos artesanales. En el centro, justo frente a las
escaleras que conducían a la catedral, habían colocado un árbol de Navidad
de varios metros de altura lleno de lucecitas y coronado por una estrella
reluciente.
También había una zona pensada específicamente para entretener a los
niños. Allí fue a donde se acercaron en primer lugar para que Nina pudiera
montarse en el tiovivo. Después, a su petición, Markus y Carla acabaron
subiendo con ella a la noria; no era muy grande, lo suficiente para obtener
unas buenas vistas de toda la plaza.
Al bajar de la atracción y reunirse otra vez con Leena y Joel, vieron a
lo lejos a un hombre vestido con el característico traje rojo de Papá Noel y
una barba blanca larguísima que estaba repartiendo bastones de caramelo
entre los niños. Nina se quedó mirándolo, pensativa. Carla pensó que lo que
le pasaba era que le daba vergüenza acercarse y estaba teniendo un debate
interno para ver si sus ganas de comer azúcar superaban a su timidez. No
obstante, lo que hizo fue decirle algo a su tío. Él sonrió y se dirigió a Carla,
sacándola de su error:
—Quiere saber si Joulupukki (Santa Claus) también le lleva regalos a
la gente de tu país.
—Pues a algunos niños sí que les trae regalos. Pero casi todo el
mundo los recibe de los tres Reyes Magos.
Carla le dio la mano a Nina y, conforme iban paseando por delante de
las casetas, le fue explicando quiénes eran esos hombres mientras Markus,
agarrando la otra mano enguantada de su sobrina, iba traduciendo lo que
decía. La chiquilla pareció encantada de conocer la existencia de aquellos
señores que repartían regalos en otros puntos del planeta durante la
madrugada del seis de enero en lugar de en Nochebuena.
La ilusión que desprendía la niña hacía bastante contraste con el humor
de su madre, quien llevaba toda la tarde con un temperamento irascible.
Aunque nunca había sido la alegría de la huerta, era evidente que aquel día
le pasaba algo. Sus contestaciones eran secas y cortantes para con todos,
pero, de alguna manera, Carla tuvo la sensación de que la causante de su
mal genio era ella.
Tras haber recorrido todo el mercado, Leena y Carla se sentaron en una
mesa de madera que se había quedado libre en una zona semitechada que
los organizadores del mercado navideño habían preparado para que la gente
pudiera comer o descansar sin temor a que les empezara a nevar encima y
Markus, Joel y Nina fueron en busca de algo para picar.
Carla resolvió pronto sus dudas con respecto a la actitud de su amiga,
pues, en cuanto se quedaron solas, esta no se molestó en andarse con rodeos
y le soltó de sopetón:
—¿Vas a dejar a mi hermano?
La pregunta parecía un ataque. Sin embargo, para ser justa, Carla no
podía considerarlo un ataque sin previo aviso, ya que su actitud durante
toda la tarde la había venido preparando para algo así.
—No voy a dejar a tu hermano —respondió, esforzándose por
permanecer tranquila.
—Bueno. Solo espero que, si no tienes intención de volver, se lo digas
cuanto antes y no le crees falsas esperanzas.
—Si él quiere que regrese, me subiré en el primer avión que venga
hasta aquí.
Leena mostró entonces una sonrisa sarcástica.
—Lo que él quiere es que no te vayas, pero eso no te lo va a decir,
claro.
A Carla se le empezó a formar un nudo en la garganta. Respiró hondo
y consiguió aflojarlo.
—Solo estoy haciendo lo que creo que es mejor ahora mismo, para él y
para mí. Además, echo de menos a mi familia.
—Eso lo entiendo —le dijo, ya no con tanta dureza. Colocó los brazos
sobre la mesa y se inclinó un poco hacia delante—. Mira, solo quiero
asegurarme de que mi hermano no sufre innecesariamente. Estos meses han
sido difíciles, pero ya está volviendo a ser el de siempre otra vez. Lo de
Niko ha sido una sorpresa para todos, e imagino que para ti tampoco habrá
sido fácil. No todo el mundo está dispuesto a iniciar una relación con
alguien que tiene hijos de parejas anteriores, y tú… —Hizo una breve
pausa, como si buscara las palabras más apropiadas, y continuó—: Bueno,
tú te encontraste con el pastel cuando ya estabas dentro.
Carla frunció el ceño al darse cuenta por fin de lo que estaba
insinuando. Se cruzó de brazos, sorprendida y ofendida a partes iguales,
aunque intentando mantenerse serena para no levantar la voz.
—¿Crees que me voy por eso y que soy tan cobarde que no soy capaz
de decírselo?
Leena se encogió de hombros.
—No lo descarto.
Joel apareció entonces portando un plato de cartón en cada mano y las
dos se callaron. Uno de ellos contenía dónuts de canela y el otro estaba
lleno de galletas de jengibre en forma de hombrecillo. Nina traía con mucho
cuidado su propia rosquilla, aunque envuelta en una servilleta para no
mancharse los guantes.
Markus llegó un minuto después con una bandeja con cuatro vasos
rebosantes de una sustancia desconocida y un chocolate caliente para Nina.
—¿Todo bien? —preguntó, dejando las bebidas sobre la mesa y
sentándose al lado de Carla. La expresión de ambas mujeres debió de
indicarle que algo no iba como debería, o quizá simplemente era que sentía
que podía cortar la tensión del ambiente con unas tijeras.
Carla se esforzó por tragarse el enfado.
—Sí, todo fenomenal —contestó, mostrando su mejor sonrisa. Dirigió
su atención entonces hacia el vaso que tenía justo delante, con un líquido
rojo humeante. Desprendía un olor dulce, como a frutas y especias—. ¿Qué
es esto?
No sabía si Markus se había tragado su mentira, pero, si no lo hizo, el
caso es que no insistió en ello y optó por responder a su pregunta:
—Glögi. Es la versión finlandesa del vino especiado. No te puedes ir
sin probarlo.
—Y la mejor versión que existe, no te olvides de mencionarlo —
puntualizó Joel mientras cogía un dónut bien cargado con una capa de
azúcar y canela y se lo zampaba de un único mordisco.
—¿Lleva alcohol?
—La mayoría se debe de haber evaporado al hervirse, pero sí, todavía
puede tener un poco.
—Vale, pues vamos a probarlo. —Se llevó el vaso a los labios y le dio
un sorbo bajo la atenta mirada de Markus. Por lo que podía alcanzar a ver
con la vista periférica sabía que Leena también la estaba observando pero
decidió ignorarla. Joel, sin embargo, estaba centrado en probar las galletas
ahora que ya había catado los dónuts—. No puedo confirmar si esta es la
mejor versión del vino especiado porque jamás he probado otra; lo que sí
puedo decir es que este sabe bastante… bien. De hecho, creo que es la
primera vez que pruebo una bebida alcohólica que se sirve caliente. Me
gusta. Está muy pero que muy dulce.
—Eso es porque lo han endulzado con miel —le explicó Markus,
orgulloso de que aquel producto de su tierra le hubiese gustado.
Al otro lado de la mesa, Nina exclamó algo que Carla no entendió. Se
volvió para mirarla y vio que estaba prácticamente tendida sobre la mesa,
alargándose, a punto de meter el pelo y el extremo de la bufanda en su
propio vaso e intentando alcanzar el de su padre. Leena la regañó mientras
cogía el chocolate caliente y Joel apartaba su vino especiado para evitar una
tragedia que solo podría haber solucionado el bicarbonato, un programa
largo de la lavadora y mucha paciencia.
Después de llenar un poco el estómago fueron a echar otro vistazo a los
puestos de artesanía. Carla aprovechó aquel último paseo para comprar
algunas figuritas de madera con la intención de añadirlas al abeto obtenido
de forma no del todo legal. También compró unos gorros de lana tejidos a
mano con bufandas a juego para regalárselos a Julia y a su padre.
Cuando terminaron de hacer las compras navideñas, abandonaron la
plaza y se metieron en un mercado interior cercano, donde pretendían
sentarse a cenar y terminar de reventar. Tras echar un vistazo general, cada
uno se compró lo que más se le antojó de todos los platos que ofertaban los
distintos puestos. Entre otras cosas, Markus se hizo con una especie de
empanadilla de carne de reno y otra de carne de oso para que Carla las
probara, aunque solo fue capaz de darles un bocado a cada una antes de
dejar que él se las terminara. Ambas sabían bien, como cualquier carne de
caza, en realidad, pero prefirió comer de otros alimentos que no le
supusieran un choque cultural tan grande.
«Al menos, ya le puedo contar a mi padre esta interesante experiencia
culinaria», pensó.
Más tarde, cuando llegó el momento de despedirse, Nina abrió los
brazos hacia ella y Carla se agachó para quedar a su altura y devolverle el
abrazo que le pedía. Después, la niña sacó del bolsillo de su abrigo una hoja
de papel que había sido doblada varias veces y se la dio diciéndole un
«Tämä on sinulle»[8] que logró entender a la perfección, aunque ella debió
de pensar que igual no la había comprendido del todo, así que añadió,
sonriente, solo para asegurarse: «Un regalo. Para ti». Nina lució la
dentadura mellada (en la que por fin parecía asomar el diente que le
faltaba), expectante por su reacción. Al abrirlo, Carla vio que se trataba de
un dibujo de un árbol de Navidad hecho por ella. Aquel gesto la emocionó
más de lo que habría esperado y, haciendo uso del poco finlandés que había
logrado aprender, le aseguró que era muy bonito. Nina siguió sonriendo,
satisfecha con su reacción ante su obra artística.
Carla se incorporó a la vez que guardaba el regalo de Nina en el
bolsillo de su propio abrigo, y entonces Joel le dio un par de palmaditas
cariñosas en el hombro mientras le decía: «Espero que pases una Navidad
estupenda con tu familia», a lo que ella respondió: «Muchas gracias, Joel.
Lo mismo te digo».
Por último, se giró hacia Leena, sin saber muy bien cómo proceder,
pero fue ella la que finalmente se acercó a darle un corto (y rígido) abrazo;
al alejarse, le dijo en su tono habitual:
—Bueno, supongo que ya nos veremos. Que tengas un buen viaje
mañana.
Si Markus llegó a darse cuenta de la tensión reinante entre ellas
durante la tarde, no dijo nada al respecto. De hecho, no hablaron mucho en
el corto trayecto en el tranvía que tomaron de vuelta (pues habían decidido
dejar el coche en casa por si tenían problemas aparcando en el centro), ni
tampoco en el paseo desde la parada en la que se bajaron hasta el piso. Se
limitaron a caminar despacio y en silencio, cada uno perdido en sus propios
pensamientos, con el brazo de él rodeándola por los hombros y el de ella
agarrándole por la cintura.
Cuando llegaron a casa, cansados y con frío, fueron directamente hacia
el dormitorio. Se quitaron las numerosas capas de ropa y corrieron a
refugiarse en la seguridad de la calefacción central y del peso del edredón
sobre ellos, en la familiaridad del colchón y en el calor humano que
emanaban sus propios cuerpos.
En cierto momento, cuando Carla ya creía que Markus estaba a punto
de quedarse dormido, este le preguntó en un susurro: «¿Te lo has pasado
bien?», a lo que ella respondió, en el mismo tono de voz: «Sí, ha estado
genial». En realidad, no estaba segura de si se estaba refiriendo a aquel día
en concreto o a su estancia de más de medio año en el país, pero la
respuesta era la misma en cualquiera de los dos casos. Markus comenzó a
acariciarle el pelo entonces y simplemente dijo: «Bien».
Era su última noche durmiendo con él, en aquella cama que habían
estado compartiendo desde poco después de su llegada y, una vez que
Markus sucumbió al sueño, escuchando su respiración acompasada y
notando los latidos regulares de su corazón con la mano que tenía apoyada
sobre su pecho, Carla tuvo la certeza de que, a pesar de la preocupación, la
incertidumbre y la soledad experimentada durante los últimos meses, las
noches venideras no serían tan reconfortantes sin aquella presencia
constante al lado.


En ese momento, mirando el cursor parpadeante en la conversación abierta
con Leena, se había dado cuenta de que el enfado de la tarde anterior había
dejado paso a algo bastante parecido a la decepción y la tristeza.
Comprendía hasta cierto punto que su marcha repentina pudiera
hacerle pensar mal de sus razones para irse, pero lo que no iba a hacer era
ponerse a darle explicaciones después de haber insinuado que se largaba por
pura cobardía. No. Las explicaciones ya se las había dado a quien se las
tenía que dar. Y, sinceramente, le estaba empezando a cansar un poco su
actitud de hermana sobreprotectora.
Como no le apetecía contestarle con otro audio, empezó a escribir una
respuesta en la pantalla táctil del móvil:
[21/12, 13:51] Carla: No pasa nada
[21/12, 13:51] Carla: Gracias por todo
[21/12, 13:52] Carla: Dile a Nina que yo también les escribiré a los Reyes Magos para que no se
olviden de llevarle un regalo de mi parte


Carla estaba colocando en las ramas del árbol las figuritas de madera que
había comprado la tarde anterior en el mercadillo navideño (y dejando a sus
pies una sudadera del equipo de hockey del que cierta persona era forofa,
doblada cuidadosamente y guardada en un envoltorio de regalo bastante
discreto) cuando Markus llegó a casa. El avión despegaba a las cuatro y
media de la tarde y le había prometido que saldría un poco antes de trabajar
para llevarla al aeropuerto con tiempo.
Traía consigo una bolsa de papel con el logo de la cafetería y, al
encontrarla en el salón, se acercó a ella para tendérsela.
—¿Qué es esto? —le preguntó, agarrándola por las asas.
—Un pequeño regalo de despedida de parte de Aleksi. Y un café, por
si todavía no te has tomado uno.
—Me bebí uno antes, pero me tomaré otro encantada.
Abrió entonces la bolsa y miró en el interior, donde encontró un trozo
de bizcocho de semillas de amapola con glaseado de crema de limón y un
café grande para llevar, encajado en un portavasos de cartón para que no se
volcara.
Emocionada por el detalle, le pidió:
—Dile que voy a echar de menos sus increíbles elaboraciones.
—Lo haré.
Sacó después el vaso y le dio un sorbo. Le había llevado café con moka
blanco, el mismo que le había preparado en el primer día de la convención
de baristas europeos, justo después de haber conocido a Leena. Se preguntó
si Markus se acordaba de eso o si la elección de llevarle esa bebida en
concreto había sido una completa casualidad.
Carla sonrió con algo de picardía mezclada con la nostalgia del
recuerdo y le dijo:
—También voy a extrañar las creaciones de mi barista favorito.
Él hizo un amago de sonrisa que desapareció rápidamente de su rostro
y Carla llegó a pensar que igual se lo había imaginado. Entonces, echó un
vistazo alrededor (por suerte, sin llegar a percatarse del regalo bajo el árbol)
y preguntó:
—¿Ya has metido todas tus cosas en las maletas?
—Sí, eso creo.
—Vale. —Se rascó la nuca, uno de los gestos que solía hacer por acto
reflejo cuando alguna situación le incomodaba (Carla había aprendido a
interpretar bastante bien sus movimientos durante aquellos meses juntos), y
le dijo—: Entonces… Supongo que nos podemos ir cuando estés lista.


Hicieron el trayecto hacia el aeropuerto en completo silencio.
El sol había comenzado a ponerse en el horizonte y Carla disfrutó de
las vistas a través del parabrisas y las ventanillas mientras terminaba de
beberse el café, contemplando las urbanizaciones y las casitas construidas
en el extrarradio, las cuales destacaban en medio de las extensiones de
terreno nevado.
Al llegar, dejaron el coche en la zona de aparcamiento y pasaron al
interior de la terminal con las maletas. Como habían llegado con un tiempo
de antelación bastante prudencial, se sentaron a esperar a que abrieran la
ventanilla de facturación.
Eligieron unos asientos frente a unas cristaleras enormes que daban al
exterior, alejados del trasiego de viajeros que iban y venían. Ya quedaba
poco para que anocheciera y el cielo les estaba regalando un paisaje
precioso de tonos azules, naranjas, rosas y lilas que se proyectaban en las
nubes. Nunca se cansaría de contemplar atardeceres y puestas de sol, y los
de aquel país eran de los que quitaban el habla.
Por los altavoces sonaban algunos villancicos nacionales tranquilos,
entrecortados de vez en cuando por los necesarios avisos de últimas
llamadas para embarcar dirigidos a viajeros despistados y anuncios con
información relativa a los próximos vuelos que iban a despegar.
—¿Quieres compartir el bizcocho? —le preguntó entonces Carla a
Markus. Se había llevado el dulce hasta el aeropuerto para degustarlo justo
antes de montarse en el avión y marcharse con la tripa llena. «Estómago
lleno, corazón feliz», o algo así decía el refrán. Y bien sabía ella que
necesitaba toda la felicidad de la que pudiera hacer acopio.
—No tengo hambre, pero gracias.
—¿Solo un poquito? ¿Porfa? —insistió. Partió un trocito con la mano
de la parte que tenía más cobertura de limón y se lo ofreció.
Markus se lo pensó durante un segundo, mirándolo. Después, agarró la
muñeca de Carla con suavidad y se lo acercó a la boca para comérselo
directamente de sus dedos. Le quedó una migaja en la comisura, en el
extremo del bigote, y ella se la quitó con el pulgar de una pasada.
No hablaron mucho más en todo el tiempo que estuvieron sentados
esperando. Él había apoyado su brazo encima del respaldo del asiento de
Carla y ella se reclinó levemente sobre él para contemplar cómo el sol
moría detrás de unas colinas bajas mientras terminaba de merendar.
Poco después comprobaron en una de las pantallas que había repartidas
por el aeropuerto que ya estaba disponible la facturación para su vuelo, así
que se levantaron y marcharon en dirección al mostrador indicado. Al pasar
por delante de una tienda de conveniencia en la que vendían alimentos, sus
ojos se toparon con varias filas de tetrabriks de una marca comercial de
glögi colocadas en una de las estanterías más visibles desde la puerta y,
llevada por un impulso, hizo una breve parada para comprar un par y
hacerles un hueco en el equipaje. Confiaba en que no reventaran y todas sus
cosas no acabaran teñidas de rojo, pero, por si acaso, antes de guardarlas las
metió en una bolsa de plástico que cerró con un nudo bien fuerte para paliar
los efectos del posible desastre.
Una vez se vio liberada de las maletas y se quedó únicamente con su
bolso de mano, se fueron acercando poco a poco hacia la zona del control
de seguridad. Por el camino pasaron junto a otros tantos comercios, todos
ellos decorados apropiadamente para Navidad de un modo que denotaba
sencillez y delicadeza. Por lo que había podido comprobar durante las
últimas semanas, aquella festividad se celebraba allí creando una atmósfera
que buscaba la reflexión y el recogimiento personal y familiar, en contraste
con el júbilo, los bullicios, el derroche y la jarana más propios de otros
países. No opinaba que una forma de vivirla fuese mejor o peor que otra,
pues cada una tenía sus particularidades; sin embargo, si una cosa tenía que
reconocerle a Finlandia era el no haber reproducido en ningún espacio
público el dichoso tema de Mariah Carey en bucle, y solo por eso ya le
estaría agradecida a aquella nación de por vida.
No obstante, al llegar al control de seguridad, se quedaron de pie a una
distancia prudencial. Carla aún no estaba preparada para ponerse en la cola.
—Imagino que aquí es donde nos despedimos —dijo ella cuando supo
que no podía alargar mucho más aquello, volviéndose para quedar frente a
él.
Markus no dijo nada. Simplemente asintió con la cabeza. Tenía la vista
gacha y las manos metidas en los bolsillos de los pantalones.
—Markus, ¿estás enfadado conmigo? —le preguntó ella al fin.
Durante toda la tarde había tenido la sensación de que estaba disgustado
con ella, y no podía soportar la idea de que se fueran a despedir en malos
términos. Podía soportar el enfado de Leena, pero no el de él.
Él la miró entonces directamente a la cara, clavando sus ojos claros en
los suyos. Parecía alarmado por su deducción.
—No, claro que no.
Los hombros de Carla se relajaron por el alivio instantáneo que sintió
al oír aquella respuesta y le preguntó:
—Entonces, ¿me das un abrazo?
La voz se le quebró un poco hacia el final; por suerte, no se lo tuvo que
pedir dos veces. Markus se acercó a ella y la estrechó entre sus brazos con
agarre firme. Ella le pasó ambos brazos por el cuello, de puntillas para
alcanzarle bien.
Cuando se separaron, los ojos de Markus estaban brillantes. No podía
afirmarlo con seguridad, pero Carla creía que los suyos mostraban un
aspecto similar.
—¿Me prometes una cosa? —quiso saber ella.
—Pues… depende. ¿De qué se trata?
—Que no te alejarás de la gente que te quiere. Que hablarás con ellos.
Y que les dejarás ayudarte si lo necesitas.
Markus volvió a agachar la cabeza mientras la escuchaba. Carla ya
estaba pensando que tendría que ponerle la mano en la barbilla para
obligarlo a mirarla a la cara y darle una respuesta, pero él se le adelantó y,
cogiéndo sus manos entre las suyas, le aseguró:
—Puedo prometerte que lo intentaré.
Carla sonrió.
—No era la respuesta que esperaba, pero supongo que al menos es
sincera.
Markus sonrió también entonces, a pesar de todo. Al cabo de unos
segundos, le preguntó:
—¿Me avisarás cuando hayas llegado?
—Sí, claro.
Él separó los labios como si estuviera a punto de decirle algo más, pero
debió de pensárselo mejor, porque volvió a cerrarlos sin decir nada. Lo que
sí hizo fue tomar su rostro entre ambas manos y besarla por última vez.
—Debería… Debería irme ya —le comunicó Carla al cabo de unos
minutos. Tenía las mejillas mojadas, pero no sabía si era por sus propias
lágrimas silenciosas o por las de él.
—Sí.
—Seguiremos en contacto, ¿no?
—Te llamaré en unos días para ver si te has instalado bien —le
garantizó, secándose la cara con la manga de la sudadera y
recomponiéndose rápidamente—. Y para desearte feliz Navidad.
—Vale. —No tenía sentido seguir retrasando lo inevitable, así que
Carla se apartó también las lágrimas con el dorso de la mano y le dijo, en
voz más baja de lo que había pretendido, muestra de que ella aún no había
recuperado todo el dominio de sí misma—: Hasta otra.
—Adiós.
Carla sacó el pasaporte y se dirigió al control de seguridad sin mirar
atrás.


No fue hasta una hora más tarde, cuando acababa de embarcar en el avión y,
ya sentada en su sitio, buscaba los auriculares en el interior de su bolso de
mano mientras el resto de pasajeros iba entrando y colocando sus equipajes
en los compartimentos superiores, que sus dedos se toparon con un objeto
desconocido. Lo sacó, extrañada. Se trataba de una cajita blanca envuelta
con un lazo negro y con una pequeña tarjeta escrita a mano que decía:
No lo abras hasta Navidad (o hasta el día de Reyes si lo prefieres, eso lo dejo a tu elección).
–M

Y estaba dispuesta a hacer caso a aquella indicación, por supuesto que


sí. Sin embargo, un rato después de haber despegado, al apagarse por fin los
avisos luminosos de mantener el cinturón abrochado, la curiosidad acabó
pesando más que su fuerza de voluntad, así que volvió a alcanzar su bolso
de debajo del asiento delantero, tomó la cajita entre sus manos, deshizo el
bonito lazo y la abrió: contenía una pulsera de plata y un colgante para esta
en forma de cafetera.
14

L
a vida en el entorno campestre sureño durante los meses de invierno
solía ser bastante tranquila, y la rutina de Carla había sido una buena
muestra de ello.
Sus días habían consistido en una sucesión de las mismas actividades:
madrugaba, bajaba al pueblo con el coche de su padre, compraba el pan en
un obrador de leña tradicional y el resto de cosas que hicieran falta en el
pequeño supermercado local y regresaba al cortijo para desayunar y ponerse
a trabajar en los encargos que tuviera. Después almorzaba con su padre
(excepto los fines de semana, en los que este salía con sus amigos a hacer
senderismo y paraban a comer en alguna venta), sacaba a pasear a Nala por
los campos de alrededor y pasaba la tarde al lado del brasero o la chimenea
esperando a que Julia volviera de trabajar. Más tarde, si su hermana no tenía
planes, ambas se ponían a ver un par de capítulos de la serie que hubiesen
decidido visionar de principio a fin, preparaban la comida, cenaban en
familia y cada uno se iba a su habitación para dar el día por concluido.
Lo único que cambiaba era que, a veces, si Julia tenía el día libre, iban
hasta la ciudad para echar la tarde en el centro comercial y meterse en el
cine con un cubo de palomitas. Esporádicamente, Carla también hacía
planes para tomar café o tapear con algunos de sus amigos de la infancia.
Además, Nuria y Lara habían bajado a conocer la provincia andaluza en
enero para celebrar que la primera había entregado por fin el primer
borrador completo de su tesis y estaba a la espera de que su tutor le diera
luz verde para presentarla ante el tribunal, así que Carla se había convertido
en guía turística durante algunos días.
De este modo habían transcurrido sus últimos meses, sin que hubiese
habido mucha variación entre un día y otro, si no tenía en cuenta aquellas
pequeñas excepciones. Y, a pesar de la monotonía, su ánimo había ido
yendo a mejor de forma progresiva.
Ya estaban a finales de marzo. La primavera por fin había llegado, cada
vez disponían de más horas de luz, la gente parecía despertarse del letargo
invernal y su rutina estaba comenzando a experimentar ligeros cambios.
Aquella mañana, sin ir más lejos, tenía cita en la peluquería del pueblo para
cortarse un poco las puntas y quizá volver a dejarse flequillo después de
varios años.
Mientras esperaba a que la peluquera terminase de peinar la melena de
otra clienta y llegara su turno, Carla se sentó en uno de los sillones y cogió
una revista del corazón del montón que había en un cesto de mimbre para
echarle una ojeada rápida.
Estaba llegando a las últimas páginas cuando se topó con una pequeña
fotografía de alguien que reconoció al instante. Se hallaba en una sección
dedicada a las noticias que, bien por no ser estas de mucha relevancia o no
estar protagonizadas por grandes nombres de la sociedad del momento, no
merecían estar mejor posicionadas en el interior. A dicha foto la
acompañaba un pequeño texto que decía así:
Martín Reyes fue detenido preventivamente el pasado lunes y
le fue tomada declaración con respecto a las investigaciones
por presuntas estafas a varios de sus clientes, quienes
habrían interpuesto una denuncia conjunta en los días
previos. El empresario, que se separó el año pasado de su
mujer, con la que tiene dos hijos, se podría enfrentar a una
pena de seis meses a tres años de cárcel y una multa que
podría ascender a los dos millones de euros.

Después de leerlo un par de veces (solo para estar segura de que no


alucinaba), se le escapó un simple y basto:
—¿Pero qué pollas…?
Y debió decirlo en voz bastante alta porque la peluquera apagó el
secador, cortó de golpe la conversación animada que había estado teniendo
con su clienta y, mientras las dos la miraban perplejas, le preguntó, confusa:
—¿Has dicho algo, guapa?
—Oh, nada, perdona. Estaba hablando sola.


De camino a la panadería con su nuevo corte de pelo, no paraba de darle
vueltas a lo que había leído en la revista. La noticia le había resultado tan
inverosímil que por un brevísimo instante se preguntó si no habría una
cámara oculta en aquella peluquería y alguien quería gastarle una broma a
base de Photoshop. Pero el Día de los Inocentes quedaba muy atrás y,
además, la teoría de la broma no tenía sentido porque ¿quién iba a colocar
una revista del corazón modificada en el cesto de la peluquería del pueblo
para que ella la cogiera casualmente? Eso era aún más ridículo.
Y, pensándolo mejor, ¿de verdad era una noticia tan absurda?
Entró en el obrador de leña y vio que detrás del mostrador había una
muchacha que no había visto nunca, bajita, con el pelo rubio cobrizo y la
cara llena de pecas.
—Hola, ¿qué te pongo?
—Una barra rústica y… —le echó un vistazo al mostrador con varias
clases de dulces envasados— una bandeja de napolitanas de chocolate.
—Marchando. —La chica agarró una barra de pan del expositor que
tenía detrás y la metió en una bolsa alargada de papel. Después, cogió una
de las bandejas de napolitanas y la puso sobre el mostrador.
—¿Qué te debo?
—Tres veinte —le dijo. Se la quedó mirando un momento y le
preguntó—: Tú eres la hermana de Julia, ¿no?
—Sí —afirmó, a la vez que sacaba un par de monedas de dos euros del
monedero y se las daba—, ¿os conocéis?
—Hemos salido un par de veces —comentó, abriendo la caja
registradora y sacando el cambio—. Me dijo que tenía una hermana. Os
parecéis bastante, así que he pensado que serías tú.
—Ah, no me ha dicho nada.
—No me sorprende. —Se encogió de hombros y le extendió las
monedas—. No me escribe desde hace algunas semanas, así que imagino
que ya no está interesada.
Carla no supo qué contestar a eso, por lo que se limitó a meter el
cambio en la cartera y dirigir la conversación hacia otro tema:
—¿Hace poco que trabajas aquí? No te había visto nunca.
—No, qué va. La panadería es de mi familia —le explicó—. Estoy
estudiando un máster de magisterio en Granada y a veces ayudo cuando
vuelvo los fines de semana. Lo que pasa es que normalmente estoy dentro,
haciendo la masa de los panes y horneando.
—Bueno, pues ya nos iremos viendo.
—Sí, supongo. En fin, hasta luego.
Carla caminó hasta la calle donde había aparcado mientras
mordisqueaba uno de los copetes que había partido de la barra de pan nada
más salir de la tienda y saludaba con un «buenos días» a la gente con la que
se iba cruzando aunque no los conociese de nada. Al fin y al cabo, aquel era
uno de los principios de buena conducta de cualquier pueblo pequeño.
Acababa de subirse en el coche y estaba a punto de arrancar para
volver al cortijo cuando recibió un mensaje de Markus:
[23/03, 12:07] Markus: ey
[23/03, 12:07] Markus: podemos hacer una videollamada luego?
[23/03, 12:07] Carla: A la hora de siempre?
[23/03, 12:07] Markus: sí, si te viene bien
[23/03, 12:07] Carla: Sí, claro. Después te llamo x


Su padre se había ido a jugar a las cartas al bar del pueblo después de
almorzar y Julia llegó de trabajar un poco antes de las seis de la tarde. Su
hermana se quitó el uniforme del hotel, se enfundó en ropa cómoda y bajó
hasta el terreno para cosechar algunos rábanos y ver qué tal iban las
lechugas, las zanahorias y los plantones de tomate y pimientos que había
sacado del invernadero y trasplantado fuera después de las últimas heladas.
Nala se marchó tras ella, siguiéndole los pasos.
Carla, por su parte, había preparado una cafetera llena hasta arriba, se
había servido una taza, había cogido una de las napolitanas que había
comprado aquella mañana y había salido al patio delantero de la casa. En
cuanto Julia y Nala se perdieron de vista, apoyó el teléfono en una maceta
vacía que había sobre la mesa de forja (la planta que contenía había muerto
durante el invierno y había acabado en el contenedor de compostaje de
Julia) y llamó a Markus mientras daba un primer bocado a su merienda.
Este contestó al tercer toque.
—Hola.
—Hola —la saludó él desde el inconfundible sofá de tela gris del piso.
Llevaba puesta la sudadera que ella le había regalado por Navidad. A Carla
no le pasó desapercibida su ceja arqueada, muestra de que se había
percatado de que algo había cambiado en ella pero no conseguía averiguar
el qué. Un segundo después, relajó la expresión al darse cuenta de lo que
era y le dijo—: Anda, ahora tienes flequillo.
—En realidad lo tuve durante años, pero me acabé aburriendo y lo
dejé crecer.
—Pues te queda bien —declaró decidido—. Deberías mantenerlo
durante un tiempo, si te apetece.
—¡Gracias! Creo que lo haré.
Desde que había vuelto a España, Carla y Markus hablaban
prácticamente todos los días. Casi todas las noches se mandaban un par
de mensajes para ver qué tal estaban, pero también procuraban reservar un
día a la semana como mínimo para hacer una videollamada y poder hablar
largo y tendido.
Irónicamente, había tenido que poner tierra de por medio (casi la
completa extensión del continente europeo, ni más ni menos) para que
Markus se volviera más comunicador.
Este se había ido abriendo poco a poco y, en cada llamada, le contaba
cómo le había ido en los últimos días: en el trabajo, en terapia, en el
gimnasio, con su familia, en las esporádicas salidas con sus amigos y, sobre
todo, en sus avances como padre. Le exponía tanto lo bueno como lo malo,
sus planes y preocupaciones, sus propósitos y sus dudas, y Carla le
escuchaba con atención, interesándose por todo lo que quisiera compartir
con ella. Después, ella le contaba cómo había sido su semana hasta que, al
final, ambos se habían puesto al día.
Aquella tarde, Markus le dijo que Niko se iba a quedar a dormir por
primera vez con él esa noche, ya que Erika iba a estar un par de días fuera
de la ciudad por trabajo. Había comprado unas sábanas con estampado de
dinosaurios (al parecer, al niño le fascinaba todo lo que tuviera que ver con
ellos), colgado por las paredes algunos dibujos y pósteres de tiranosaurios
rex, plesiosaurios, triceratops, braquiosaurios y, en definitiva, convertido la
habitación más pequeña del piso en un cuarto infantil.
Se lo veía entusiasmado, y Carla no pudo más que sentirse feliz al ver
que, con el paso de los meses, Markus estaba volviendo a ser el mismo tipo
alegre, risueño y carismático que había conocido tan solo un año atrás en
aquella convención de baristas que, sin embargo, se le antojaba tan lejana.
Cuando ella terminó de informarle sobre los últimos encargos que
había recibido, y viendo que la conversación llegaba a un punto muerto, a
Carla se le ocurrió que podía contarle lo que había averiguado esa mañana
en la peluquería, más por compartir el chisme que porque lo considerara un
dato relevante, pero al final se abstuvo de hacerlo. No merecía la pena
gastar saliva en aquel ser insignificante y no quería que Markus se hiciera
una idea equivocada pensando que aún le importaba de alguna manera.
Optó por sacar otro tema completamente distinto en su lugar:
—En fin, ¿cómo le va a Leena? No hemos hablado en condiciones
desde… desde que volví a España, creo.
En realidad habían intercambiado algunos mensajes en enero para
desearse un feliz año con el pretexto de que Carla le había enviado por
correo un paquete para que Nina se lo encontrara debajo del árbol el Día de
Reyes y quería darle las gracias. Por un breve instante, Carla había barajado
la idea de mandar también un detalle para Niko, pero había desechado aquel
pensamiento tan pronto como se le había venido a la cabeza. Al fin y al
cabo, ni siquiera conocía al niño.
—Supongo que le va de lujo.
Aquella respuesta tan seca la pilló por sorpresa.
—¿Supones? —preguntó.
Markus suspiró.
—No nos hablamos mucho ahora mismo —confesó él, lo que acabó
por dejarla descolocada.
—Ostras. ¿Y eso?
Carla se dio cuenta de que Markus estaba debatiendo internamente si
ahondar en ello o no, pero finalmente decidió explicarle la situación:
—Hace poco me enteré de que… de que ella sabía que Erika había
estado viéndose con ese tipo a mis espaldas. Antes de que yo lo supiera,
quiero decir.
—¿¡Qué!?
—Sí. Erika y yo estábamos charlando de nada en particular mientras
tomábamos café el otro día, una tarde que fui a su casa a ver a Niko
después del trabajo, y entonces lo mencionó como si yo supiera de lo que
estaba hablando. No de forma malintencionada; simplemente estábamos
diciendo algo sobre Leena e hizo un comentario de pasada pensando que
mi hermana me lo habría contado después de la ruptura. Cuando se dio
cuenta de que no tenía ni idea, empezó a explicarme que Leena… Que ella
los había visto besándose en un callejón cercano a nuestra casa un día que
vino a traernos algunas cosas de cuando Nina era recién nacida por si
podíamos darles algún uso. Fue unas semanas antes de que yo me los
encontrara en la cama. —Markus hizo una breve pausa para coger aire y
continuó—: Al parecer, Erika le suplicó que no me dijera nada. Leena le
preguntó que si… que si el bebé era mío, y ella le aseguró que sí, así que mi
hermana le prometió que no me lo diría si dejaba de engañarme, cosa que
no hizo, o si no aún estaríamos casados porque nunca les hubiera pillado y
no me hubiese enterado de nada. Bueno, todavía seguimos casados, pero ya
sabes a lo que me refiero.
Según le había contado hacía unas semanas, por fin habían empezado
oficialmente los trámites del divorcio, pero era un proceso que llevaba su
tiempo.
—Es… una situación jodida —respondió Carla, porque no sabía muy
bien qué otra cosa podía decir.
—Exacto.
Ninguno de los dos mencionó nada más durante unos momentos.
Entonces, ella le dijo:
—Mira, no digo que fuera lo correcto, pero seguro que Leena decidió
no contarte nada porque pensó que no tenía sentido hacerlo. Quizá al
principio creyó que tu matrimonio todavía se podía salvar y no quería verte
sufrir, sobre todo porque estábais esperando un bebé que estaba a punto de
nacer; pero, cuando acabaste descubriendo la verdad y dejaste a tu mujer,
para entonces realmente no iba a haber ya ninguna diferencia entre
decírtelo y no decírtelo, porque el resultado iba a ser el mismo.
—Sí, lo sé, pero aún así me siento como un idiota. Si hubiese sido yo el
que hubiese visto a Joel con otra persona, le habría pegado un puñetazo en
la cara y después habría ido corriendo a contárselo.
—Apuesto a que sí, pero, Markus, ¿de verdad importa eso ahora? ¿El
que decidiera callárselo? Es algo del pasado y enterarte de ello ahora
realmente no cambia nada del presente.
—Sí, pero…
—Tienes derecho a enfadarte, claro que sí. Imagino que yo también
estaría cabreada si me encontrara en tu lugar. Pero creo que no lleva a
nada. —Se apoyó en el respaldo de la silla. Markus esperaba a que
continuara—. Mira, todo va bien en tu vida ahora mismo. Estás creando un
vínculo estupendo con tu hijo, él te está empezando a reconocer como su
padre y te llevas genial con tu ex. Los dos lo vais a criar para que sea un
niño feliz y eso es lo único que importa, ¿no crees? No ganas nada estando
peleado con tu hermana. Ella solo quiere lo mejor para ti y actuó así
porque pensó que de esa forma te estaba ahorrando sufrimiento. Eso no
significa que estuviese tomando necesariamente una buena decisión… o
una mala. Lo único que podía hacer era cruzar los dedos y esperar lo
mejor, que es ni más ni menos que lo que todos hacemos cada día de
nuestra vida, con cada elección a la que nos enfrentamos.
Markus se quedó callado, hasta que finalmente dijo:
—¿Sabes qué? Voy a dejar de pagar a mi terapeuta y empezar a
recibir asesoramiento psicológico de ti a partir de ahora. Me va a ahorrar
mucho dinero.
Carla sonrió.
—Oh, no te equivoques. La primera sesión es gratuita, pero te cobraré
para la próxima. —Bajó la voz, como si estuviera apunto de contarle un
secreto—: Y, para que lo sepas: no soy nada barata.
Markus se echó a reír.
—Te echo de menos, Carla.
Un nudo se le empezó a formar en el pecho, pero fue capaz de
responderle con toda sinceridad:
—Yo también a ti.
Parecía que Markus iba a decir algo más, pero entonces Carla escuchó
un ladrido y alzó la mirada del teléfono. Su hermana estaba haciendo el
camino de vuelta.
—Julia y Nala están volviendo del huerto —le comentó.
Cuando ya estaban cerca, la perra empezó a olisquear como loca por el
suelo y a correr hacia ella. Carla averiguó sus intenciones y quiso detenerla.
—Nononono, Nala, ¡para!
No sirvió de nada: la perra se le echó encima y acabó tirándola al
suelo.
—Hola, Markus —lo saludó Julia alegremente tras coger el móvil de
su hermana. Había dejado sobre la mesa la caja con los rábanos que
acababa de cosechar.
—Ey, Julia. ¿Qué es lo que acaba de pasar?
—Nala ha derribado a mi hermana. Seguramente haya comido algo
dulce y Nala haya olido las migajas que quedaban en su ropa.
—¡Me he comido una napolitana hace media hora, por Dios! —
exclamó Carla, incorporándose y recogiendo la silla del suelo. Se dirigió
entonces a Nala, que estaba a su lado moviendo la cola con alegría,
esperando que le diese algún premio azucarado—. Te voy a entregar a la
policía para que te enseñen a buscar fardos de coca en Algeciras con esa
misma efusividad, ¿sabes? El problema del narcotráfico en el Estrecho se
solucionaría en cuestión de semanas con ese olfato.
—Papá a veces le da a la perra chuches azucaradas y otras cosas que
no debe comer cuando nosotras no estamos porque no es capaz de resistir
sus ojillos suplicantes —le siguió explicando Julia a Markus mientras se
sentaba en la otra silla—. Intentamos mantener su dieta todo lo apropiada
para perros que podemos, pero Nala no se puede contener si cree que
llevamos algún dulce en los bolsillos.
Carla se miró la ropa. Tal y como imaginaba, se había puesto el jersey
y los pantalones hasta arriba de barro. El día anterior había estado lloviendo
y la tierra aún estaba húmeda. «Genial», se dijo.
—Voy a subir un segundo a cambiarme —le comunicó a su hermana.
Y repitió lo mismo en inglés—: Ahora vuelvo, Markus. Tengo que
cambiarme de ropa.
—Sí, lo he oído —le contestó, divertido por la situación. A veces se le
olvidaba que entendía español perfectamente. Cuando entraba al interior de
la casa, Carla lo escuchó preguntarle a Julia—: Bueno, cuéntame: ¿cómo va
ese plan de tener tu propia granja?
Nala entró en la casa tras ella con la cabeza gacha y fue directa a la
cocina para beber de su bol con agua, abandonando por completo la
perspectiva de comer algún manjar. Carla subió a la habitación que ocupaba
en la segunda planta. Se puso una sudadera y unos pantalones limpios,
recogió las prendas sucias del suelo y bajó de nuevo las escaleras. Al volver
del lavadero, donde había dejado la ropa sobre la pila con intención de
lavarla a mano en cuanto finalizara la llamada para que el barro no llegara a
penetrar en las fibras, alcanzó a oír algunos retazos de la conversación que
Julia y Markus estaban manteniendo fuera.
—No sé que hacer, la verdad —estaba diciendo él.
—Te estás agobiando por nada. No me conoces, pero yo sí la conozco
a ella, así que, por favor: confía en mí.
Carla pretendía quedarse escuchando el resto de la conversación; para
su desgracia, cometió el error de apoyarse en el marco de madera de la
puerta, que a veces crujía, y Julia se giró. Al verla allí plantada, consiguió
poner una cara de póker no muy convincente y se volvió hacia el teléfono.
—Bueno, Markus, mi hermana ya está aquí y yo tengo cosas que hacer
en la cocina. Como siempre, ha sido un placer hablar contigo.
Julia alzó su caja de rábanos recién cosechados con una mano, cogió el
móvil de Carla con la otra y se lo devolvió cuando pasaba por su lado de
camino a la casa sin pronunciar una palabra más.
—Eh, ¿de qué estabais hablando? —quiso saber Carla.
—De nada. Solo estábamos… charlando —le respondió él un poco
tenso—. Ehm, yo también me tengo que ir. Acabo de recordar que tengo
que pasarme por el supermercado a comprar unas cosas antes de recoger a
Niko.
Ella enarcó una ceja.
—Todos parecéis muy ocupados de repente.
Markus decidió ignorar aquel comentario y le dijo:
—Hablamos mañana, ¿vale?
—Sí, vale —contestó ella, resignada—. Hasta luego.
—Adiós.
Sin embargo, en cuanto colgó la llamada, volvió a meterse en casa y
buscó a su hermana en la cocina, dispuesta a sacarle la información. Julia
era mucho más paciente que ella, una virtud que sin duda había cultivado en
los últimos años junto con sus hortalizas, pero creía que, en cuanto
insistiera unas cuantas veces, acabaría cediendo.
—¿Vas a contarme de qué estabais hablando?
Julia estaba terminando de lavar los rábanos. Para su sorpresa, ni
siquiera tuvo que presionarla un poquitín, ya que su respuesta fue un
simple, llano y sincero:
—Pues de ti, de qué va a ser.
Sacó las raíces del fregadero y las colocó sobre la tabla de madera para
proceder a cortarlas en rodajas.
—¿Puedes ser un poco más concreta?
Julia se llevó a la boca un trozo de rábano crudo para probarlo. De
haberse tratado de otro alimento, Nala estaría a sus pies esperando a que se
le cayera algún trozo, pero las verduras no eran de su interés.
Carla sabía que su hermana no era una persona cruel. Sin embargo, en
ocasiones como aquella dudaba de que no la quisiera sacar de quicio a
propósito con su parsimonia.
Lo masticó lentamente y, tras tragarlo, le dijo:
—El otro día me habló por mensaje privado. Quería saber si me habías
comentado algo sobre volver a Helsinki.
—¿Y qué le dijiste?
—La verdad. Que no me has dicho nada, pero que estás frita por volver
con él.
—Estupendo. Ahora seguro que se piensa que voy como alma en pena
por la vida, toda taciturna, como una señora decimonónica que espera a que
su amado vuelva del frente. Solo que la que tiene que volver soy yo.
Julia puso los ojos en blanco. Normalmente le hacían gracia las bromas
sarcásticas de su hermana, pero otras veces no podía con ellas. Por un breve
instante, aquel gesto de exasperación hizo que se acordara de Leena.
—Tiene miedo de pedirte que regreses y que tú no quieras ir, así que
tuve que ser sincera e ir al grano —se defendió Julia—. El chaval hasta se
ha planteado pillar un avión para venir aquí y pedírtelo en persona. De eso
estábamos hablando ahora. Le he dicho que no sea tonto. Él tiene un
negocio y un niño del que hacerse cargo. Tú no tienes obligaciones y
puedes plantarte allí cuando quieras.
—No sé cómo tomarme que pienses que no tengo obligaciones.
—No te hagas la ofendida. Sabes muy bien lo que quiero decir: puedes
trabajar desde cualquier parte y en el horario que te venga mejor. Además,
aún sigues pagando la cuota de autónomos en Finlandia. Si no tuvieras
pensado ir, ya te habrías dado de baja y empezado a cotizar aquí. ¿O me
equivoco?
—Le dije que volvería si me lo pedía.
Julia terminó de cortar todos los rábanos y los echó en un tarro de
cristal. Después, vertió en él una mezcla de agua, vinagre, sal y miel que
había hervido previamente.
—Pues parece que el muchacho no lo tiene del todo claro, así que a ver
qué haces al respecto.
Carla se sentó en la mesa de la cocina y vio sobre el mantel lo que
quedaba de la barra de pan que había comprado aquella misma mañana.
Entonces, recordó la breve conversación que había tenido con la
dependienta del obrador.
—Hoy he hablado con alguien que te conoce.
—¿Sí? ¿Quién?
—No sé su nombre. Es la chica que trabaja en la panadería.
—Ah, ya.
—Parecía maja.
—Lo es.
—¿Cómo se llama?
—Irene.
—Y, si Irene es tan maja, ¿por qué pasas de ella?
Julia dejó los utensilios que había estado utilizando dentro del
fregadero y se apoyó en el borde de la encimera de la cocina.
—Pues no sé, Carla. No quiero acabar como la última vez.
Carla no tenía muy claro qué había pasado con su antigua pareja. Lo
único que sabía era que habían terminado como el rosario de la aurora y que
Julia lo había pasado francamente mal. Fue entonces cuando dejó el piso en
la ciudad (el que había sido su hogar de la infancia y que ahora tenían
alquilado) y se fue a vivir con su padre al campo.
—Pero esa chica no tiene la culpa de nada, así que háblale y sé sincera
con ella, ¿vale? No sé si alguna vez te han hecho ghosting, pero a mí sí y te
puedo confirmar que te sientes como una mierda.
Julia suspiró.
—Ya. Tienes razón. Esta noche le escribiré.
Carla se levantó y le dio un abrazo a su hermana. Cuando se separaron,
le dijo con una exagerada aura de misterio, acordándose una vez más de la
noticia estrella del día:
—Por cierto… No te vas a creer lo que he leído en una revista cuando
estaba en la peluquería.
15

C
arla había cogido un vuelo por la noche, bien entrada la madrugada.
Por eso, cuando aterrizó en Helsinki, la jornada laboral de los
finlandeses prácticamente acababa de empezar.
No había dormido nada en todo el trayecto. Le había tocado un asiento
junto a la ventanilla y se había pasado las horas mirando a través de esta,
contemplando el amanecer y acordándose de lo emocionada que había
estado la primera vez que voló al mismo destino; mientras lo hacía, no
paraba de juguetear con el colgante de su pulsera de plata entre los dedos,
como si aquella cafetera diminuta se tratase de una especie de amuleto
antiestrés. En esa ocasión también estaba nerviosa, pero de forma distinta.
Solo viajaba con una pequeña maleta de mano por lo que, en cuanto
bajó del avión y pasó por el control de pasaportes, salió de la terminal del
aeropuerto y pilló un autobús hasta el centro de la ciudad. En las calles, la
gente iba y venía, de camino al trabajo o a sus otros quehaceres en aquel
precioso día de abril.
No le había dicho a nadie que iba a volver. No aquel día concreto, al
menos.
Semanas atrás, en una de sus videollamadas con Markus, sabiendo ya
que este necesitaba un pequeño empujón tras la charla que había tenido con
Julia, Carla había tomado la iniciativa y, justo antes de colgar, le había
preguntado directamente si quería que volviese. Y él, con una expresión
llena de alivio, le había dicho que la estaba esperando con los brazos
abiertos.
Así que allí estaba.
Por alguna razón no le había contado que ya sabía la fecha exacta de su
vuelta en cuanto compró el billete de avión ni en ninguno de los días que
siguieron, así que, en vista de que su regreso era inminente, se dijo a sí
misma que no pasaba nada por darle una sorpresa. Pero, cuando se bajó del
transporte público e iba camino de la cafetería, se preguntó por qué había
hecho semejante estupidez. Quizá él tenía cosas importantes que hacer
aquel día y ella le iba a trastocar los planes con su aparición repentina.
Todos sus temores quedaron relegados a un rincón de su mente en
cuanto dobló la esquina y vio a lo lejos la fachada del negocio de los
hermanos.
En aquel momento, Leena estaba sacando al exterior algunas mesas.
Carla miró a ambos lados de la carretera para asegurarse de que no
viniese ningún coche y, con el corazón latiendo a mil por hora, cruzó la
calle por el paso de cebra.
Al principio, su amiga no reaccionó al verla ir hacia ella, pero, cuando
al fin la reconoció, dejó lo que estaba haciendo y le dedicó una de las pocas
sonrisas de oreja a oreja que había visto alguna vez en su cara.
Carla se paró junto a ella. Soltó la maleta y, sin mediar palabra, fue a
darle un abrazo que la otra correspondió de buena gana.
—No sabía que habías vuelto —le dijo ella, sorprendida, después de
separarse. Carla se fijó en que ya no llevaba sus típicas gafas enormes de
pasta transparente, sino unas algo más pequeñas cuya montura de color rosa
palo iba a juego con el tono del pintalabios y el colorete que solía llevar
siempre. Se preguntó qué otras cosas habrían cambiado en su ausencia—.
Mi hermano no me ha contado nada.
Carla se metió un mechón de pelo detrás de la oreja a la vez que dirigía
momentáneamente la mirada hacia el suelo, como si quisiera comprobar
que los cordones de sus botas seguían abrochados en un pobre intento de
disimular el rubor de su cara, y la puso al corriente de la situación:
—Eso es porque no lo sabe.
—Ah, vale, ya lo entiendo —declaró Leena. Su sonrisa se había
transformado en una de sus míticas muecas irónicas—. Has planeado un
reencuentro de esos de película.
—¿Está dentro? —le preguntó, ignorando su comentario.
—Está en el callejón de atrás atendiendo a un proveedor —explicó, y
le sugirió—: Deja la maleta en el almacén si quieres y ya después vas a
lanzarte a sus brazos o a comerle la boca o lo que sea. Voy a ir preparando
una canción romántica para que suene por los altavoces cuando te vea.
—Ni se te ocurra.
Leena la acompañó al interior de la cafetería, riéndose para sus
adentros.
En cuanto se abrió la puerta, la embriagó el olor familiar de los granos
de café tostados que acababan de ser molidos y la repostería recién
horneada de Aleksi. Aspiró aquel aroma con los ojos cerrados durante un
segundo y, por primera vez desde que había vuelto a poner un pie en el país,
sintió que por fin había regresado a casa.
Los únicos clientes en ese momento eran una pareja sentada al fondo,
charlando tranquilamente con amplias tazas de café entre sus manos y
compartiendo un plato de tortitas bañadas con sirope. Leena se acercó a su
mesa para dejarles una jarra con agua y un par de vasos.
Carla subió las escaleras, dejó sus cosas en el almacén y volvió a bajar
a la sala principal del local. Aleksi atravesó entonces las puertas de la
cocina con una bandeja de cruasanes. En cuanto la vio, abrió mucho los
ojos por la sorpresa y exclamó:
—¡Carla! ¿De verdad eres tú?
Ella sonrió y le dijo, haciendo un gesto hacia sí misma:
—Ah, no, qué va. Esto solo es un holograma de mi cuerpo.
El chico dejó la bandeja sobre la primera superficie que encontró libre,
salió de detrás del mostrador y le dio un abrazo.
—Te hemos echado de menos. ¿Cómo te ha ido?
—No muy mal. ¿Y a vosotros?
—Bueno, ya sabes. Igual que siempre.
Empezó a contarle entonces que había conseguido plaza en una escuela
japonesa de cocina para hacer un cursillo de un par de semanas sobre
repostería en la mismísima capital nipona durante sus próximas vacaciones.
Se le veía bastante emocionado por el viaje, contándole cada aspecto del
mismo al detalle, y Carla no tuvo corazón para interrumpirle.
Cuando llevaba varios minutos hablando, Leena se colocó a su lado y
le cortó en seco:
—Aleksi, Carla es muy educada y no te lo va a decir, así que lo haré
yo: ahora mismo no le podría interesar menos lo que le estás contando. Lo
único que quiere es ir a ver a mi hermano. Además, está empezando a oler
a quemado y deberías ir a echarle un vistazo a esos muffins que tienes en el
horno.
—Ah, sí, es verdad.
Aleksi volvió a entrar en la cocina y Leena se dirigió entonces a ella:
—¿A qué estás esperando? Venga, ve.
Carla se metió por la misma puerta por la que había entrado el
cocinero. Lo vio coger unas manoplas y abrir el horno. De este salió un
humo negro con tufillo a quemado y el chico exclamó:
—Perkele![9]
La puerta al fondo estaba abierta. Carla emprendió el camino hacia
ella, pero se detuvo al ver a Markus entrar cargando con varias cajas de
arándanos y frambuesas.
Éste arrugó la nariz y empezó a decirle algo a Aleksi. Aunque no fue
capaz de terminar, porque entonces la vio allí parada y la frase se quedó a
medias.
Markus soltó las cajas de fruta en una de las encimeras y se acercó a
ella, sin quitarle la mirada de encima en ningún momento.
Se lo veía incrédulo. No fue hasta que la tuvo a un par de centímetros
que sonrió y pareció convencerse de que no se trataba de ningún espejismo.
La tomó de la cintura con un brazo y con la otra mano le empezó a
acariciar la mejilla. Markus tenía el flequillo un poco más largo que de
costumbre y Carla se lo apartó con cuidado hacia un lado para verle bien los
ojos. Había echado de menos ese tono de azul, como el cielo de una tarde
nublada que, sin embargo, no amenazaba lluvia. La pantalla del móvil no
había sido capaz de hacerle justicia a aquel color durante esos meses de
separación.
—Has vuelto —le dijo él, finalmente.
—Te prometí que lo haría, ¿no?
—Sí —afirmó, y repitió, quizá para convencerse de que no estaba
soñando—: Sí que lo hiciste.
Empezó a inclinarse para besarla cuando, por los altavoces de la
cocina, dejó de oírse la música lo-fi de siempre y empezó a sonar «She
Loves You» de los Beatles a todo volumen.
Markus arqueó una ceja, confundido, y exclamó:
—¿Pero qué…?
Detrás de ella, Aleksi y Leena estaban intentando aguantarse la risa sin
mucho éxito.
Carla se puso roja como un tomate, se llevó una mano a la cara en
señal de vergüenza y le aseguró:
—Voy a matar a tu hermana.
EPÍLOGO

E
n los tres años que llevaba viviendo en Helsinki aproximadamente,
aquel había sido sin duda uno de los días primaverales más calurosos
que Carla había experimentado.
El termómetro había llegado a rozar los veinticinco grados al mediodía,
una temperatura agradable pero más propia de los meses centrales del
verano. Y, de alguna manera, un tanto alarmante por lo que ello implicaba.
En cualquier caso, todo el mundo prefería ignorar las señales de auxilio
del planeta y disfrutar del buen tiempo. Ella incluida. Al fin y al cabo, no
había mucho que estuviese en sus manos hacer para solucionarlo.
No quedaba otra que disfrutar del presente. Carpe diem y todo eso.
Se hallaban celebrando el octavo cumpleaños de Nina en el mismo
lugar en el que lo habían venido haciendo en otras ocasiones, en el parque
nacional que Carla había visitado durante su primera semana allí. Solo que,
esa vez, la fiesta se iba a alargar un par de días, puesto que los hermanos
habían decidido cerrar la cafetería algunas semanas para cogerse
vacaciones. Normalmente se las cogían un poco antes, en torno al mes de
mayo para hacerlas coincidir con su cumpleaños, pero ese año las habían
ido retrasando por una cosa u otra. Así pues, habían alquilado dos cabañas
en aquella zona del parque, con suficientes habitaciones para todo el que
quisiera quedarse a pasar la noche.
Ya era bien entrada la tarde, pero aún quedaban algunas horas de luz
por delante, así que Carla aprovechaba aquel rato para hacer bosquejos en
su cuaderno. No por trabajo, sino por puro placer. Era algo que,
lamentablemente, cada vez hacía menos.
A su lado, Gloria tejía dos pares de calcetines gruesos.
—Por si a los niños les entra frío esta noche —le había dicho.
La señora, que estaba a punto de cumplir los noventa años, no veía
demasiado bien incluso llevando puestas sus gafas de cerca, aunque sus
manos sabían manejar las agujas a la perfección tras décadas elaborando
innumerables tejidos.
Carla levantó los ojos del cuaderno. A unos metros de ella, Joel y uno
de sus hermanos intentaban colgar una piñata en la rama de un árbol,
aunque estaba tan alta que, por el momento, sus esfuerzos habían sido
infructuosos. En una de las mesas a su izquierda, algunos de los adultos
habían improvisado una timba de póker para entretenerse; habían
comenzado apostando un par de euros, pero Carla ya les estaba viendo
empezar a sacar billetes de la cartera. Otros, sin embargo, preferían tomar el
sol y charlar de forma distendida con una cerveza en la mano. Finalmente,
un reducido grupo se había marchado a hacer una ruta de senderismo
después de almorzar y habían avisado de que después se meterían en una de
las saunas públicas que había en la zona, así que volverían tarde.
El padre de los mellizos, por otro lado, estaba junto a la barbacoa,
comprobando que los rescoldos seguían encendidos y solo necesitaban ser
avivados, pues ya mismo iban a ponerse a preparar la cena (aunque Carla
dudaba de que a alguno de los presentes le quedara sitio en el estómago tras
el copioso almuerzo). A lo lejos, casi fuera de su vista, entre los árboles de
la linde del bosque, Leena, su madre y su suegra recogían leña, ya que
habían estado hablando de encender una hoguera cuando empezara a
anochecer.
Y, frente a ella, a orillas del lago, se encontraba Markus.
Le daba la mano a Niko, que, con sus cuatro años recién cumplidos, no
estaba muy convencido con la idea de meterse en el agua. Llevaba su
flotador puesto, pero este no parecía darle mucha confianza. Unos metros
hacia dentro, Nina intentaba animar a su primo para que entrase. El resto de
los críos, más mayores, jugaban a pasarse la pelota por encima de sus
cabezas, con el agua cubriéndoles hasta el cuello.
Carla cerró su cuaderno y se levantó para estirar las piernas. Había
empezado a refrescar a la sombra y estaba echando de menos su sudadera.
—Gloria, ¿le apetece un café?
—No le diría que no a un descafeinado con leche.
—Vale. Voy a prepararlo.
Se dirigió entonces a una de las cabañas que habían alquilado. Tras
colocarse su sudadera, fue a la cocina y rebuscó entre los armarios hasta dar
con una cafetera italiana. También encontró un termo, así que pensó en
hacer una primera tanda de café normal y verterlo en él por si a alguien le
apetecía servirse una taza, y después preparar la cafetera una segunda vez
para hacer el descafeinado.
Puso la cafetera al fuego y, mientras esperaba, contempló la escena que
tenía lugar en el exterior a través de la ventana que había sobre el hornillo.
Joel había conseguido colocar la piñata montándose encima de los hombros
de su hermano y ambos estaban ahora llamando a todos los chiquillos, que
salieron corriendo del agua para intentar derribarla con la rama gigante que
les ofrecían. Carla vio que Niko se quitaba el flotador, se lo daba a su padre
y se marchaba tras su prima y los demás, esforzándose por seguirles el
ritmo.
Resignado y dejando el flotador a un lado, Markus procedió a darse un
chapuzón él solo.


Poco después de que Carla hubiese regresado a Finlandia, hacía ya dos
años, Markus había vuelto al piso una tarde después de trabajar trayendo a
su hijo consigo, cargándolo en brazos. No le había contado que iba a pasar
la noche con ellos aquel día y, a pesar de la sorpresa inicial, en el fondo se
lo agradeció. Carla se había imaginado más de una vez cómo sería el
momento de conocerle, pero sabía con certeza que se habría pasado el día
entero subiéndose por las paredes y dejándose las uñas peladas debido a los
nervios si Markus la hubiese puesto sobre aviso.
Al principio, el niño tuvo una actitud bastante tímida e incluso arisca
hacia ella (según Markus, se había quedado dormido en el coche y tenía
muy mal despertar), pero, a lo largo de la tarde, fue cogiendo confianza
poco a poco hasta que, al final, acabaron jugando juntos sobre la moqueta
con sus figuritas de dinosaurios y, después, él mismo le acabó dando uno de
los cuentos que traía en su mochilita para que se lo leyera. Aquello sirvió
para que Carla se diera cuenta de que tenía que retomar el aprendizaje del
idioma lo antes posible, pues lo hizo de absoluta pena. A él, no obstante,
pareció divertirle su torpeza; quizá pensó que lo hacía a propósito para
entretenerle. Markus les observó interactuar desde el sofá, tranquilo,
dejando que se conocieran a su ritmo e interviniendo únicamente cuando lo
consideraba necesario.
La tarde transcurrió todo lo bien que podía haber ido, en definitiva.
Markus le dio un baño a Niko mientras ella preparaba la cena y luego
comieron los tres juntos. Más tarde, después de que se quedara dormido en
el sofá viendo un capítulo de una serie infantil de dibujitos sobre unos
perros de colorines que estaba de moda entre los infantes, lo llevaron a su
habitación y lo metieron en la cama.
Ellos se fueron a dormir también no mucho más tarde. Fue entonces,
en la quietud nocturna, una vez que Markus ya había sucumbido al sueño,
cuando a Carla le empezaron a surgir un ciento de preguntas en la mente,
una tras otra: ¿cuál sería su papel en la vida de Niko? Si alguna vez se
portaba mal, ¿tenía permiso para regañarle y corregir su comportamiento?
Si le entraba una rabieta, ¿sabría mantener la calma o perdería los papeles?
No obstante, todas ellas giraban en torno a una misma cuestión: ¿estaba
capacitada realmente para cuidar de un niño?
A la mañana siguiente, cuando Markus llevó a Niko a la guardería
antes de ir a trabajar y se quedó en el piso con la única compañía de las
bolsas que le habían salido debajo de los párpados inferiores al no pegar ojo
en toda la noche, se le ocurrió que igual sería buena idea buscar a alguien
que la ayudara a poner en perspectiva todas esas preocupaciones, así que
hizo una búsqueda por Internet y pidió cita para iniciar terapia online.


Dos o tres meses después de aquella primera toma de contacto, Markus le
comunicó que Erika quería conocerla. A Carla le pareció lógico que, como
madre, quisiera ponerle cara a una persona que iba a pasar bastante tiempo
con su hijo; así que, sin demorarlo mucho, un día quedaron en verse en la
propia cafetería de los hermanos, cogieron un par de cafés para llevar y se
fueron con Niko a un parque de columpios que había cerca.
Se sentaron en un banco desde el que le podían echar un ojo al
chiquillo mientras este jugaba con otros niños y empezaron a charlar
cordialmente de todo un poco. Se centraron en hablar acerca de sus
profesiones en particular, pues era un tema bastante seguro para romper el
hielo.
Cuando ya habían terminado de beberse los cafés y parecía que la
conversación no daba para más, Erika comentó:
—Mira, no sé qué te habrá contado Markus sobre mí. A lo mejor
piensas que soy una persona horrible.
—Hace tiempo me contó lo que ocurrió entre vosotros, nada más. Y
no, no pienso eso. No te conozco de nada, así que no sería muy justo,
¿verdad?
Erika sonrió entonces y le dijo con su fuerte acento nórdico:
—Markus no habla mierdas de nadie ni siquiera cuando tiene derecho
a hacerlo. Sí, tomé algunas malas decisiones en el pasado. Pero cada día
me levanto e intento ser la mejor versión de mí misma, por mi hijo. ¿Y
sabes qué? Creo que soy una madre maravillosa. Y sé que Markus también
será un gran padre. Ya lo es.
—Estoy segura de ello.


Hacía ya un año que Markus y Carla se habían mudado. Ya no vivían en
aquel piso diminuto, sino en una casita algo más espaciosa en una de las
zonas residenciales de las afueras de Helsinki. Al principio estuvieron un
tiempo sin muebles más allá de un sofá, una mesa y un par de sillas de Ikea,
y durmiendo en un colchón tirado en mitad del suelo; pero, con el paso de
los meses, habían ido comprando más cosas y poniéndola a su gusto.
Lo mejor de su nuevo hogar era que ella contaba con su propio estudio
para poder trabajar de forma apropiada. Tener una habitación a la que
entraba únicamente durante la jornada laboral que se había impuesto como
autónoma la había ayudado a hacer una división más efectiva de su propio
tiempo y, también, a creerse de una vez que aquello era un trabajo de
verdad.
Además de continuar con los encargos que recibía (en aquellos
momentos, el proyecto más grande que tenía entre manos era ilustrar una
serie de novelas gráficas enfocadas a un público joven-adulto, siendo la
historia de una autora jovencísima cuyo nombre cada vez era más conocido
en el ámbito literario español), Carla había abierto por fin una tienda online
para vender sus láminas, postales, pegatinas, blocs de notas, bolsas de
tela… y lo cierto es que no le iba muy mal. Aquella misma mañana le había
llegado un correo electrónico por parte de una marca de ropa sostenible en
el que le preguntaban si estaría interesada en colaborar con ellos, quizá
haciendo un par de ilustraciones para estampar unas camisetas, pero le
decían que estarían encantados de escuchar otras propuestas si aquello no le
interesaba.
Siempre le hacía mucha ilusión recibir proposiciones como aquella. De
vez en cuando también le llegaban mensajes y supuestas oportunidades
irrechazables de individuos y marcas que no se tomaban en serio su trabajo,
por supuesto, pero era algo con lo que contaba y no dejaba que le
amargasen la existencia. Y, si las inteligencias artificiales finalmente
acababan quitándole todo el trabajo y no le quedaba más remedio que
buscarse otra profesión, tampoco creía que eso se fuese a convertir en un
drama; tal y como Leena le había dicho una vez, aquel país contaba con que
el currículum de las personas fuese un collage conformado por elementos
de lo más variopinto.
Su nueva casa, al igual que el piso anterior, también era de alquiler,
aunque en la inmobiliaria les habían informado de que tenía opción a
compra si querían que fuese de su propiedad en un futuro. Aún no habían
decidido nada al respecto, pero iban ahorrando poco a poco. Por si acaso.
No obstante, sabían que era necesario buscar tiempo de ocio entre las
numerosas obligaciones del día a día, por lo que, aprovechando las
vacaciones de Markus, habían comprado billetes de avión para ir a Menorca
la semana siguiente, a pasar unos días en la playa, quedándose en una de las
habitaciones de invitados de la casa de su madre. Erika les había dado
permiso para que Niko viajase con ellos y Carla estaba segura de que el
niño se lo pasaría genial (aunque, ahora que lo había visto tan reticente a
entrar en el agua, igual tuviesen que comprar un buen kit de herramientas
infantiles para que se entretuviera cavando agujeros y construyendo
castillos de arena en lugar de flotadores, manguitos y colchonetas).
Además, Julia había conseguido unos días libres en el trabajo así que, si
lograba dejar aparcadas las numerosas remodelaciones del cortijo medio
derruido que se hallaba dentro del terreno que se acababa de comprar,
también se encontrarían allí con ella y con Irene.
En resumidas cuentas, Carla tenía la suerte de poder decir que, a sus
casi treinta y tres años, estaba bastante satisfecha con la vida que se había
ido forjando. No creía que su yo del pasado hubiese apostado jamás por que
acabaría echando raíces en el norte de Europa, pero así se habían dado las
cosas. Y, si volvía la vista atrás, no cambiaría ninguna de las decisiones que
la habían llevado hasta el momento y el lugar en el que se encontraba.

Markus entró entonces en la cabaña. Iba con una toalla en la mano, con la
que estaba terminando de secarse el cuerpo.
—Imaginaba que te encontraría aquí.
—Estoy haciendo algo de café en caso de que a alguien le apetezca
una taza, y un poco de descafeinado para tu abuela y para mí.
Markus se secó el pelo, alborotándoselo en todas direcciones.
Después, soltó la toalla en el respaldo de una silla y fue a la habitación en
la que iban a dormir en busca de su camiseta. Cuando volvió junto a ella,
Carla le comentó:
—No sabía que a Niko le daba miedo nadar.
—Eso no es lo que le da miedo, sino el monstruo que uno de los
sobrinos de Joel le ha dicho que vive en el lago.
—Oh, no.
—Esperemos que no se despierte en mitad de la noche con pesadillas.
La cafetera comenzó a hervir, así que la apartó del fuego. Vertió el
contenido dentro del termo y procedió a abrirla con ayuda de un paño para
no quemarse.
—Dile que solo es un dinosaurio acuático inofensivo —le sugirió,
alcanzando ahora el paquete de café descafeinado—. Así lo verá con otros
ojos.
—Sí, supongo que puedo decirle eso.
Se colocó detrás de ella y la abrazó, antes de darle un beso en el cuello
que le hizo cosquillas. Markus desprendía el olor del protector solar que se
había aplicado aquel día y del verano que estaba por llegar. Después le puso
ambas manos sobre el abdomen, acariciándolo con ternura por encima del
tejido de la sudadera.
—¿Cuándo se lo quieres anunciar? ¿Esta noche? —le preguntó ella,
mirando a través de la ventana a los miembros de la familia de su pareja.
Nina había conseguido romper la piñata y todos los chavales estaban
agachados por el suelo, repartiéndose el botín.
Carla se encontraba en su tercer mes de embarazo, pero aún no se lo
habían dicho a nadie. Bueno, a nadie a excepción de Julia. A ella se lo
contó en cuanto lo supo.
Aquella misma mañana, antes de tirar para el cumpleaños, había tenido
cita en el médico para hacerse una ecografía y comprobar que todo
marchaba bien. La sorpresa de ambos había sido mayúscula cuando les
dijeron que había dos corazones latiendo en su vientre en lugar de uno.
Aunque, teniendo en cuenta el historial de la familia de Markus, no
entendían por qué no habían previsto esa posibilidad.
Ella se agobió un poco (más bien bastante) al recibir la noticia, como si
todas las dudas y preocupaciones con las que había estado lidiando desde
que viera el signo positivo en el test de embarazo la atacaran ahora por
partida doble, pero a lo largo del día se había ido sintiendo más… cómoda
con la idea. La ilusión, igual que el miedo, también parecía haberse
duplicado.
Tras pensárselo durante unos segundos, Markus finalmente le contestó:
—Creo que prefiero mantenerlo entre nosotros un poco más, si te
parece bien.
—Pues claro. Se lo diremos cuando estés listo. O también podemos
esperar a que mi barriga crezca tanto y sea tan evidente que no haga falta
anunciarlo. ¿Tú qué dices?
Él curvó los labios en una sonrisa que parecía indicar que aquella
posibilidad no le disgustaba para nada. A ella tampoco es que le apeteciera
tener que dar la noticia por todo lo alto delante de un montón de gente y
convertirse en el centro de atención, así que agradeció que Markus quisiera
dejarlo para otro momento, quizá cuando solo estuviese reunida su familia
más cercana. Aunque, por la mirada que Leena le había lanzado la última
vez que estuvo de visita en su casa, con ceja alzada y sonrisa de medio
lado incluida, al quitarse la sudadera delante de ella y dejarse puesta la
camiseta que traía debajo y que le estaba empezando a quedar ligeramente
ajustada en el área de la barriga, se imaginaba que algunos podían estar
sospechando algo ya.
Carla apartó la cafetera por segunda vez del hornillo. Abrió a
continuación un cartón de leche, llenó una tetera y procedió a calentarla.
Markus, por otro lado, cogió una bandeja de uno de los armarios y fue
poniendo sobre ella varias tazas, cucharillas y un tarro con azúcar.
Mientras esperaban a que la leche se terminara de calentar y poder
llevarlo todo fuera, Carla le preguntó, ya dejando a un lado el tono de
broma por completo:
—¿Cómo te sientes? ¿Nervioso?
—Un poco. Pero mayormente emocionado. ¿Y tú?
—Yo estoy emocionada, preocupada, feliz, ansiosa…, todo a la vez.
Markus se rio. Cogió una de sus manos, depositó un beso en ella y le
dijo en español:
—Todo irá bien.
—Kyllä tiedän[10] —le contestó ella.
En esos dos últimos años, Carla y Markus habían añadido una nueva
actividad a su rutina. Siempre que sus obligaciones se lo permitían, se
servían alguna bebida y algo para picotear, escogían un tema de
conversación cualquiera y se sentaban a hablar en finés un rato; justo
después, charlaban de ese mismo tema durante el mismo tiempo en español.
Aunque pareciera increíble, Markus había ido superando su aversión a
aquel idioma; no obstante, seguía rehuyendo a su abuela en los eventos
familiares, y Carla supuso que algunas costumbres eran más difíciles de
cambiar que otras. Al principio, tanto los temas escogidos como el
vocabulario usado eran bastante sencillos, pero día a día se iban
aventurando en temas más complejos.
Eran perfectamente conscientes de que eran criaturas de la
globalización, de que el idioma en el que se había forjado su relación era el
inglés y de que sería imposible dejar de comunicarse en este; al fin y al
cabo, era lo más práctico y sencillo para su vida en común, y lo
fundamental era hacerse entender de la forma más efectiva posible.
¿No era ese el objetivo principal de la gran mayoría de las
interacciones humanas?
Pero habían decidido que, al menos, merecía la pena hacer el esfuerzo
por llegar a manejar con soltura el idioma materno del otro. Y, a Carla,
aquel propósito le parecía la muestra de amor más sólida que podía darse
entre ellos.
AGRADECIMIENTOS
Esta historia fue surgiendo en una época de bastante estrés e ir dándole
forma fue mi manera de evadirme durante mis ratos libres, así que no les
conté a muchas personas que me había metido en el fregado de escribir una
novelita; en resumidas cuentas, no me apetecía hablar demasiado de ella por
si finalmente no llegaba a nada (a nada más allá de entretenerme mientras la
escribía, que ya es una misión plenamente válida por sí sola). Pero, aunque
aún no haya llegado a creérmelo del todo, conseguí completarla, y
considero necesario hacer unas cuantas menciones especiales:
En primer lugar, quiero dar las gracias a mis amigas por mostrar su interés y
haber escuchado mis comentarios constantes con respecto a mis avances.
Leticia, Ana, Michelle, Belén..., muchas gracias por estar ahí. Y en especial
a Estefanía por sus consejos (sobre todo a la hora de elegir título, algo que
se me da de absoluta pena) y su increíble trabajo de corrección y
maquetación; yo no habría sabido ni por dónde empezar.
A Andrea, por haber sido la primera en leer los capítulos iniciales y darme
su opinión sincera. Sus palabras me dieron la motivación necesaria para
cruzar la línea de meta.
También a Juanito, por ofrecerme siempre su apoyo incondicional, cogerme
de la mano y acompañarme por el camino, sea el proyecto que sea.
Gracias a ti, que decidiste darle una oportunidad a esta historia. Si ha
conseguido entretenerte un rato (a lo mejor mientras te tomabas
tranquilamente el café del desayuno o el de la sobremesa), me doy por
satisfecha.
Y, a riesgo de parecer una ególatra, gracias también a mí misma por no
haberme rendido a mitad de camino. La frase «esta historia será una mierda,
pero es mi mierda y tiene derecho a existir como tantas otras» puede hacer
milagros en temporadas de autosabotaje. Aunque, en honor a la verdad,
creo que en el fondo siempre supe que no era tan terrible como me decía a
veces.
VERSIÓN ORIGINAL
Para descargar la versión original de la novela en PDF, escanea el código
QR de debajo (en caso de tener la edición física) o pincha sobre el siguiente
enlace (si tienes la edi-ción digital): [Link]
SOBRE LA AUTORA
Grace Grant nació en 1992 y vive en el sur de España. Le encanta leer y
escribir historias de ficción que retratan el realismo cotidiano y romantizan
el día a día. Un café en Helsinki es su primera novela autopublicada.

Vía de contacto para saludar, compartir impresiones so-bre la lectura o


cualquier cosa que se tercie:
gracegrantwrites@[Link]
Si has disfrutado de Un café en Helsinki, no dudes en dejar una reseña en
Goodreads y/o Amazon, o incluso hablar sobre ella en bookstagram,
booktok o tu comunidad literaria de confianza.

Cualquier forma de difusión es más que bienvenida ♥.

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