HORA SANTA: Corpus Christi
CANTO EUCARÍSTICO.
EXPOSICIÓN SANTÍSIMO.
ORACIÓN PREPARATORIA.
CANTO: De acuerdo al tema.
LECTURAS BÍBLICAS. Las de este día jueves.
REFLEXIÓN:
En la sinagoga de Cafarnaúm el Señor Jesús hace una afirmación tremenda: «Yo soy el pan
vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo
daré es mi carne, y lo daré para la vida del mundo. Jn.6,51. La primera lectura recuerda la
Antigua Alianza, que Dios estableció con Israel mediante «sangre de machos cabríos y de
toros» (Heb 9, 13). Con la sangre de los novillos Moisés «roció al pueblo, diciendo: “Ésta es
la sangre de la alianza que hace el Señor con ustedes”» (Ex 24, 8).
Durante la última Cena, el Señor «tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo
dio, diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo”. Y, tomando en sus manos una copa, pronunció
la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la
alianza, derramada por todos”» (Mc 14, 2224).
De este modo el Señor Jesús concluyó la tradición de aquellos sacrificios «de machos
cabríos y de novillos» (Heb 9, 12), ofreciéndose Él mismo como víctima sacrificial y su
sangre purificadora como signo de una nueva y definitiva Alianza, que llevaría a su
plenitud la antigua Alianza. En efecto, durante la primera Alianza la sangre de los machos
cabríos y de los toros significaba la reconciliación entre Dios y su pueblo, pero no podía
realizarla verdaderamente. Es por ello que el Hijo del Padre se encarnó de María Virgen,
por obra del Espíritu Santo: «es imposible que sangre de toros y machos cabríos borre
pecados. Por eso, al entrar en este mundo, dice (el Hijo): Sacrificio y oblación no quisiste;
pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron.
Entonces dije: ¡He aquí que vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— a hacer,
oh Dios, tu voluntad!» (Heb 10, 4-7; ver 10, 11).
El Señor Jesús llevó a su cumplimiento aquello que el antiguo sacerdocio y continuos
sacrificios no hacían sino prefigurar y preparar (ver Heb 9, 9): la Alianza eterna con Dios
realizada mediante el sacrificio redentor supremo (ver Heb 9, 12), ofrecido por el único
Mediador entre Dios y los hombres (Ver Heb 9, 15; Rom 5, 15-19; 1 Tim 2, 5). El Señor
Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de
reconciliación «de una vez para siempre» (Heb 10, 10). Él ha «ofrecido por los pecados un
solo sacrificio» (Heb 10, 12), cuyo valor es infinito, que permanece inmutable y perenne en
el centro de la economía de la salvación (ver Heb 7, 24-28).
Es durante la última Cena cuando el Señor Jesús preparó a los Apóstoles y discípulos para
el momento de este sacrificio redentor. Por eso habló de su cuerpo que sería entregado,
de su sangre que sellaría una Nueva Alianza, sangre derramada para el perdón de los
pecados, para la reconciliación de todos los hombres con Dios. En aquella Cena estaba ya
contenida la realidad del sacrificio que estaba próximo a ofrecer en el Altar de la Cruz.
Aquella Cena y cada Eucaristía celebrada desde entonces como memorial de la Pascua del
Señor es sacramento de aquél sacrificio cruento realizado en el Altar de la Cruz el Viernes
de Pasión. En cada Eucaristía se actualiza, de modo incruento, el mismo sacrificio que el
Señor Jesús inauguró la noche de la Última Cena y realizó en el Altar de la Cruz. En cada
Misa asistimos a un inaudito milagro del Amor divino: cuando el sacerdote “en persona de
Cristo” pronuncia las mismas palabras que Él pronunció la noche de la Última Cena, el pan
en sus manos se transforma por virtud del Espíritu Santo en su Cuerpo, y el vino, en su
Sangre. Entonces, aunque de modo invisible o imperceptible a los sentidos, el Señor Jesús
se hace verdadera y realmente presente bajo el velo de las especies eucarísticas. Es decir,
la apariencia sigue siendo la de pan y vino, mas por la fe sabemos que ahora son
«verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, junto con el alma y la divinidad
de nuestro Señor Jesucristo» (Concilio de Trento, 13-1).
Gracias a este magno Sacramento es como desde entonces el Señor Jesús, en su Cuerpo y
Sangre, bajo las especies del pan y del vino, se entrega a todo hombre, como alimento y
bebida de salvación. De este modo llegó a cumplir aquello que, aun a riesgo de ser causa
de escándalo para muchos, había anunciado en la sinagoga de Cafarnaúm: «Yo soy el pan
vivo que ha bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51).
Y aunque este milagro de Amor se realiza en cada Eucaristía, existe un día al año en el que
la Iglesia invita a celebrar la presencia real del Señor en la Eucaristía con expresa y pública
adoración y veneración. Esto sucede precisamente en la fiesta del Corpus Christi.
MEDITACIÓN PERSONAL.
CANTO: De acuerdo al tema.
ORACION UNIVERSAL. Sea libre.
CANTO: Acción de gracias.
PADRE NUESTRO.
CANTO EUCARÍSTICO.
BENDICIÓN o RESERVA.
CANTO. Se cierra el Sagrario.