Psicología del Desarrollo y del Aprendizaje
Facultad de Filosofía y Letras - UNT
Dpto. de Formación Pedagógica
FICHA DE CÁTEDRA: EL SENTIMIENTO DE IDENTIDAD
La noción de identidad implica la idea de ser una entidad separada y diferente de los
otros: “Yo soy”, se obtiene cuando se logra un conocimiento de sí mismo y se es capaz de
insertarse en lo social y laboral.
El ¿qué quiero ser? (Identidad Personal) es básico para plantearse ¿qué quiero hacer?
(identidad vocacional).
La identidad es compleja y paradójica. Designa lo que distingue y diferencia de los otros a
la vez que cualifica lo que es idéntico, es decir, lo que es tanto parecido como distinto a otra
cosa. Esta ambigüedad semántica implica que la identidad oscila entre la similitud y la
diferencia, entre lo que nos hace singulares y lo que nos hace parecidos a otros. La psicología
muestra que la identidad se construye en un doble movimiento de asimilación y diferenciación,
de identificación con los otros y de distinción con relación a ellos. (Rother Hornstein, 2015)
El adolescente reconoce que no es lo que era e ignora lo que será. Y ante esta situación
emprende una ansiosa búsqueda de su identidad personal. Quiere saber quién es y hacia dónde
va. Dos son las principales doctrinas explicativas de este fenómeno transicional adolescente: la
psicoanalítica y la sociopsicológica. La primera, centrada en el desarrollo psicosexual del
individuo, ha tenido particularmente en cuenta los factores psicológicos por los que el
adolescente se aparta del comportamiento y de los modos emocionales infantiles que le unen a
los padres desde la infancia. Considera que el brote pulsional de la pubertad altera el equilibrio
psíquico alcanzado a finales de la infancia, ocasionando una conmoción interna, que unida al
despertar de la sexualidad, le lleva a buscar objetos amorosos fuera del medio familiar,
rompiendo los lazos emocionales familiares. Será un segundo proceso de individuación en el
que, mediante la desvinculación, pasará de la dependencia del niño a la independencia del
adulto (Bloss, 1981). La corriente sociopsicológica, por el contrario, piensa que la crisis tiene
su causa en la sociedad y en los acontecimientos que están fuera del individuo. El adolescente
se encuentra sometido a presiones conflictivas del exterior y a las expectativas que sobre él
tienen las personas de su entorno inmediato. Tiene que aceptar el mundo tal como es y no como
le gustaría que fuera. Y si desde niño ha ido aprendiendo los diversos papeles sociales que la
sociedad le ha ido adjudicando, ahora, en cambio, tiene la oportunidad de elegirlos y de escoger
el modo de interpretarlos. Pero esta adopción de papeles resulta más problemática que en
cualquier otro período de la vida. La independencia propia de esta edad y los cambios a los que
se ve sometido son una fuente de dificultad y hacen de la adolescencia una fase de la vida
generadora de tensión.
La construcción de la identidad personal tiene relación con diversos aspectos: autoestima
del sujeto, la elaboración de los duelos y la integración de diferentes vínculos.
● Autoestima del sujeto: que puede definirse como la valoración que uno tiene
de sí mismo; el ser humano tiene necesidades básicas de afecto, de estima y reconocimiento;
en la niñez, el sujeto tiene conductas en búsqueda de la valoración de los otros y comienza
a definir su autoestima. El desarrollo de la autoestima es condición favorable para que el
sujeto estructure su identidad personal porque este proceso tiene como base el concepto de
“sí mismo”, que se forja en función de la opinión de los “otros significativos”, en especial,
en los primeros años de vida. La autoestima entonces se construye a través de las
experiencias con los otros, adquiriendo relevancia el espacio familiar y, con el inicio de la
escolaridad, los vínculos que se desarrollan con maestros/as, profesores/as y los pares. A
través de estos vínculos se hace posible el autoconocimiento, descubrir las capacidades
personales físicas afectivas, cognitivas, intelectuales y sociales, así como poder valorarlas,
condición fundamental para la construcción de la identidad.
Si el psiquismo es una organización abierta, activa y auto organizante desde el
nacimiento, la identidad, por lo tanto, es proceso, búsqueda, proyecto, trayectoria y
construcción. El capital identificatorio deviene y se enriquece a partir del aporte simbólico
que los padres y el entorno proveen.
● Elaboración de los duelos: en un punto anterior hicimos referencia a los tres
duelos que debe elaborar el adolescente entre los cuales está el de la pérdida de la identidad
infantil.
El duelo por el cuerpo infantil que se impone al adolescente, quien sufre cambios rápidos
e importantes en su cuerpo que llega a veces a sentir como ajenos, externos y que lo ubican en
un rol de observador, más que de actor de esos cambios. El duelo por el rol y la identidad infantil
que lo obliga a una renuncia de la dependencia y a una aceptación de responsabilidades que
muchas veces desconoce. La pérdida de la identidad infantil debe reemplazarse por una
identidad adulta y en ese transcurso surgirá la angustia que supone la falta de una identidad
clara. El duelo por los padres de la infancia que lo lleva a renunciar a su protección, a sus figuras
idealizadas e ilusorias, a aceptar sus debilidades y su envejecimiento.
Desde una perspectiva diferente, Urribarri plantea una crítica al centramiento de la
adolescencia en torno a los duelos, caracterizando este período vital esencialmente como de
ganancias y progresos y no sólo de pérdidas y duelos. “El duelo implica pérdida, pero el
adolescente no pierde, sino que se transforma. Si bien le cuesta dejar lo conocido (infantil),
desea fervientemente lo nuevo y puja por lograrlo y ejercitarlo, tanto más que lo apena alejarse
de su pasado, que sobredimensiona e idealiza a partir de las dificultades y angustias que le
apareja lo nuevo. Lo infantil se modifica, complejiza y organiza bajo una nueva forma. La
relación con los padres, la identidad, el rol y el cuerpo infantil, si bien dejan de existir como
tales, no constituyen propiamente una pérdida, sino que cambian, y este cambio a lo nuevo de
alguna manera se basa, incluye y modifica el pasado infantil, por lo tanto, el mismo no se pierde
y consecuentemente no es motivo de duelo” (Urribarri, 1989) (Casullo, 2012)
Integración de vínculos: este último aspecto que contribuye a la elaboración de la
identidad es más complejo que los anteriores.
“El adolescente es el actor del drama humano por excelencia: la búsqueda de identidad
adulta, de equilibrio entre lo que cambia y lo que permanece, de integración entre lo que
pretende como ideal de vida para sí mismo y el de la sociedad en la que vive; el actor de esa
lucha donde lo individual entra en conflicto con lo social, lo infantil con el presente y el viejo
esquema corporal con el nuevo físico” (Fernández Mouján, 1986)
Identidad significa, capacidad del Yo de mantener la unidad, la mismidad y la
continuidad en la movilidad que supone el vivir; es justamente en la adolescencia y frente a
esa tarea básica de integración y reconfiguración donde los cambios y las rupturas, las pérdidas
y los desencuentros cobran una fuerza decisiva, configurando una situación de conmoción y
confusión.
El logro de identidad aparece como resultante de un arduo proceso de interacción continua
y paulatina de esfuerzos integrativos de tres vínculos: espacial, temporal y social. La identidad
involucra entonces la capacidad de descubrirse, reconocerse y aceptarse a sí mismo, con las
transformaciones propias de la adolescencia, a lo largo del tiempo, y de proyectarse a futuro
desde las propias elecciones, intereses y valores.
Vínculos de integración espacial.
Se refiere al reconocimiento del sí mismo corporal, que permita la comparación y
diferenciación con los demás, el logro de este vínculo permite vivenciar el sentimiento de
unidad.
Todos nos experimentamos ligados a un cuerpo, el propio, y nos sentimos vivos y nos
reconocemos por él; los demás también nos identifican por él; es así que el Yo o esquema
corporal es crucial en la consolidación de la identidad.
A lo largo de la adolescencia, las transformaciones somáticas y fisiológicas irrumpen como
un acontecimiento decisivo y desconcertante; en corto tiempo, se producen los cambios más
sustanciales de la historia vital. El esquema corporal, esa imagen que cada uno tiene de sí mismo
se transforma bruscamente; los rasgos, dimensiones, movimientos, fuerza; las sensaciones e
impulsos se modifican con tanta premura que el adolescente se siente sorprendido e invadido
por un cambio que no puede controlar, se siente manejado; siente a su cuerpo extraño y se siente
extranjero en él. Siente que pierde su cuerpo de niño irremediablemente al mismo tiempo que
otro se le ofrece y en ese simultáneo duelo por el que se va y la apropiación del que se adquiere,
surgen innumerables preocupaciones, temores y expectativas.
¿Soy normal? El retraso o la precocidad, las diferencias respecto a normas culturales
generan inseguridad, disconformidad, despersonalización.
Esto explica las conductas exploratorias y comparatorias y las puestas a prueba del propio
cuerpo y los de sus pares, las pruebas de esfuerzo y resistencia de sus sentidos y movimientos
(bailes, deportes, intensidad de la música, etc.); también el cuidado excesivo o el abandono total
(prolongado a las pertenencias), el ocultamiento o el exhibicionismo desenfadado, la
hiperactividad o la fatiga.
Como lugar de apoyo en la confusión, surgen los códigos adolescentes: gestos, modas,
adornos seleccionados entre los culturalmente disponibles por llamativos, a modo de
identificación y diferenciación.
El adolescente enfrenta así la pérdida de la bisexualidad y de fantasías infantiles y se
enfrenta a nuevas fantasías, sensaciones e impulsos que le desconciertan, atraen y atemorizan
y además, a los significados que su cultura asigna al género.
Más tarde o más temprano deberá expresar su genitalidad pero mientras tanto ¿cómo
manejar la irrupción del deseo?, ¿cómo controlar sensaciones y fantasías?
Cualquiera sea la alternativa amorosa que finalmente elija, el adolescente debe luchar para
no retornar a los modos infantiles de ser amado y enfrentar sus anhelos de expresar su
sexualidad.
El adolescente va seleccionando modos que proyecten su imagen, inicia la exploración,
juegos amorosos; va desplazando sus impulsos amorosos de los primeros destinatarios, figuras
familiares, a otros ajenos a ella y para protegerse de las ansiedades que provoca esto puede
realizar conductas extrañas o rebeldes que son usadas como estrategias defensivas: el ascetismo
corporal (no comer, no dormir) con períodos de abstinencia y claudicación, la masturbación
(modo omnipotente de negar la pérdida de la bisexualidad y también de adueñarse del nuevo
cuerpo y familiarizarse con su funcionamiento), las “fugas” reales o fantaseadas que terminan
en enamoramientos precipitados, absorbentes relaciones amistosas del mismo sexo; la negación
del deseo, la conducta hermitaña, la promiscuidad sexual.
Vínculos de integración temporal.
La idea eje es la vivencia de continuidad entre el que fue, es y será; es básico el
reconocimiento de la continuidad entre las distintas representaciones de sí mismo en el tiempo.
En condiciones normales, la capacidad de recordarse en el pasado e imaginarse en el futuro
hace que el individuo sepa quién es hoy.
En los adolescentes, la relativa estabilidad lograda en la niñez que le permitía saber qué era
externo y qué interno, quién era niño y quién adulto, qué era bueno y qué era malo, entra en
crisis por el desarrollo acelerado, el surgimiento de una nueva forma de pensar y la necesidad
de lograr la integración de sí mismo. La identidad infantil entra en crisis por las
transformaciones profundas que se inician con la pubertad y siguen su curso durante la
adolescencia en todas las áreas de desarrollo; y con la adquisición progresiva del pensamiento
lógico formal, la capacidad de análisis, crítica y reflexión conduce a la exploración, búsqueda
y cuestionamiento de la realidad, de los otros y de sí mismo, que generan la necesidad de
“redescubrirse y encontrarse” como sujeto singular distinto del que “fue” y que puede proyectar
el que “será”.
Un rasgo característico de este proceso es la desubicación temporal adolescente, la
indiscriminación donde el pasado y el futuro coexisten en el presente; se niega el pasaje del
tiempo con la idea de que éste puede detenerse para que nada quede atrás y para postergar el
planeamiento futuro. Con el inicio de los cambios y la inestabilidad que provocan, el
adolescente tiende o busca permanecer en el mundo infantil, con la asistencia continua del
adulto que afronta y resuelve las diferentes situaciones de la vida cotidiana; al mismo tiempo,
van surgiendo otros intereses por las nuevas experiencias en la familia, en la escuela y con los
pares, que traen aparejada una autonomía creciente. Este proceso de transición entre la infancia
y la adolescencia genera confusión, duda, incertidumbre. Asistimos desconcertados a sus
urgencias enormes, a las postergaciones o a las inmovilizaciones totales; a esos períodos de
retracción y ensimismamiento solitario o de exaltada actuación y agitación; son modos de
paralizar el tiempo y los cambios y poder manejarlos.
La noción de tiempo está unida a la vivencia de placer en la actividad que se realiza y así
se relativiza el tiempo real o cronológico, por lo que se dificulta anticipar, planificar y resolver
actividades vinculadas especialmente al mundo de la escuela, ya que el adolescente tiende a
transitar el día a día sujetándose a las situaciones que producen placer y/o satisfacción personal,
mitigando la sensación de desorientación, duda y confusión que producen los cambios.
Lentamente, podrá realizar la discriminación, y el tiempo vivencial se convertirá en
cronológico; es decir, se producirá el desplazamiento del tiempo centrado en las vivencias
inmediatas, en búsqueda de placer, hacia el tiempo cronológico que se caracteriza por la
comprensión del presente, la aceptación de los cambios y la asunción de nuevas
responsabilidades siendo capaz de asumirlas como de resolver los problemas que se presentan
mediante un pensamiento estratégico (pensamiento que permite identificar, analizar,
implementar y evaluar respuestas y soluciones a problemas de la vida diaria y de situaciones y
actividades escolares mediante las cuales se aprende). Se reconocerá un pasado (cuando era
chico), se formularán proyectos futuros, con capacidad de espera en el presente. Esto es posible
gracias al desarrollo del pensamiento abstracto o lógico formal que se inicia en la pubertad y se
consolida paulatinamente durante la adolescencia, otorgando autonomía a través de la
capacidad de análisis y reflexión.
Vínculos de integración social.
La idea fundamental es la de mismidad (sí mismo); implica relaciones más discriminadas
y estables con los otros y el logro de una percepción coherente con la realidad social y su
inserción en ella que provocarán además el reconocimiento de su identidad por los otros,
fundamental para que pueda sentirse y reconocerse él mismo. El reconocimiento de la identidad
involucra la definición de un proyecto de vida personal a través del cual el sujeto desarrolla sus
capacidades y asume diferentes roles en la sociedad.
Este proceso cobra significación peculiar en la familia, donde crecer como adulto supone
transformar la asimetría de las relaciones en simetría, un desprendimiento progresivo de los
padres y cambios en su relación con ellos: algo debe morir (el hijo niño y sus padres) para que
otro pueda vivir (el hijo adulto y sus padres y él como padre).
El adolescente es una simultaneidad de identidades contradictorias, una combinación
inestable de diversos personajes; no puede todavía renunciar a aspectos infantiles de sí mismo,
ni organizar y usar los que va adquiriendo. Por eso al comienzo intenta negar esa pérdida de su
identidad, roles y condiciones infantiles y se refugia en el pasado con dificultad de aceptar las
condiciones más adultas que desde lo biológico, afectivo, intelectual y social se le van
imponiendo. Surgen así diferentes formas de identificación:
● identificación masiva con el grupo, se cae en la uniformidad que brinda
seguridad al evitar el riesgo de la diferenciación; el adolescente aún no es
autónomo en sus elecciones, necesita el reconocimiento y apoyo de sus pares
antes de poder diferenciarse y ser “el mismo”;
● identidades transitorias y circunstanciales, con personajes “de moda”, desde
ámbitos artísticos y deportivos, entre otros, que operan como referentes en la
búsqueda de sí mismo y momentáneamente intervienen como figuras que
otorgan seguridad;
● identidades negativas, se identifican con figuras con características rechazadas
por la familia y la sociedad. Es preferible ser alguien, aunque indeseable, a no
ser nadie.
La identidad se logrará cuando el adolescente supere las identificaciones parciales o
masivas y pueda realizar identificaciones selectivas que se integren en la idea de Yo Soy.
Pueda hacer sus propias elecciones, desde las cuales se diferencie de los otros y mediante las
cuales asuma quién quiere ser, desde el desarrollo personal y hacia el desarrollo y la integración
social.
Esto nos hace pensar en la importancia de la aceptación adulta de la “normal” inmadurez
adolescente, de su necesidad de tiempo, y de figuras adultas que ofrezcan modelos valorados
y deseables que no abdiquen de su condición de guías, ni les entreguen prerrogativas que
aún no pueden asumir, aunque ofreciéndoles oportunidades de luchar por ellas, con
aspiraciones creativas y renovadoras.
Bibliografía consultada:
-Casullo, G. L. (2012) Ser adolescente en el siglo XXI. Aportes a la evaluación psicológica del
autocontrol percibido frente al riesgo. Buenos Aires. Eudeba.
-Fernández Mouján, O (1986): “Abordaje teórico y clínico del adolescente”. Buenos Aires. Ed. Nueva
Visión
-Grinberg, L. y R. (1998), Identidad y cambio, Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica.
-Moreno, A. y del Barrio, C. (2006). La experiencia adolescente. A la búsqueda de un lugar en el mundo.
Buenos Aires: Ed. Aique.
-Rother Hornstein, M. C. (Comp.) (2015) Adolescencias contemporáneas. Un desafío para el
psicoanálisis. Buenos Aires. Psicolibro ediciones.
Documento elaborado para alumnos de la Cátedra Psicología del Desarrollo y del Aprendizaje. -