4591-Texto Del Artículo-17399-1-10-20191114
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In memoriam
Gonzalo Portocarrero
INTRODUCCIÓN
Las formas de la memoria colectiva son de variable consistencia y nitidez. Para mucho(a)s
esta dura actualmente apenas un poco más de lo que permanecen los acontecimientos
en las páginas de los diarios o en las pantallas de teléfonos y televisores. Aunque se
trata de un fenómeno mundial, quiero referirme particularmente aquí a Lima, más que
al Perú. La inmensidad de la ciudad, su anomia, su heterogeneidad e intensa movi-
lidad han recortado la vieja conciencia de pertenencia a barrios o distritos longevos,
cimentada por la tradición local. Y a escala de su conjunto, la metrópolis dista en
mucho de contar con una memoria histórica mínimamente unitaria que permita a sus
ciudadanos reconocer su identidad en ella, salvo por acontecimientos extraordinarios.
Si quienes nos interesamos en estos asuntos miramos hacia atrás, percibimos que en
nuestra historia urbana hay etapas de luz y de oscuridad. Algunas fueron iluminadas
por ciertas obras u acontecimientos cuya narración, aunque borroneada, sobrevivió y
llegó al presente. Otras pasaron al olvido y pese a que sus huellas subsisten, siguen
inadvertidas. Me propongo en este ensayo una revisión crítica de algunos aspectos de
la Lima del segundo cuarto del siglo pasado, quizá el único y corto momento en que la
capital peruana parece vencer sus dificultades para representarse a sí misma como un
conjunto, el de alcanzar la ilusión de ser la metrópoli criolla. Ese periodo hoy soslayado
cimentó un proyecto de tránsito (nunca acabado) de una ciudad encapsulada en su crio-
llismo que se convertía en metrópoli nacional, anfitriona obligada de ‘todas las sangres’
llegadas en los procesos de migración interna. La realidad social de un país pobre y
centralista puso en crisis aquel proyecto culturalmente hegemónico.
Me estoy refiriendo más a lo urbano que a la ciudad, distinguiendo las prácticas
materiales y simbólicas de los usuarios de los volúmenes edificados y los espacios
físicos habilitados para circular, según lo ha hecho Armando Silva (1992). Huelga deta-
llar que toda construcción arquitectónica es al mismo tiempo un trabajo funcional de
ingeniería y una elaboración simbólica, aunque de esto último muchos no sean cons-
cientes. Y tanto más si la ciudad que se moderniza se caracteriza antes por un cambio
en la ‘vida mental’ de sus habitantes, tomando la expresión de Simmel (2003 [1902]) que
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por su superficie y población aumentadas per se. He compuesto este ensayo basándome
en una variedad de textos que me propuse vincular entre sí, así como en mis propias
observaciones y estudios previamente realizados.
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La nostalgia de José Gálvez en Una Lima que se va (1921) fue seguramente tomando el
cuerpo de un fenómeno social a medida que la urbe se expandía y la gente acomodada
se codeaba menos con los pobres. Como ocurre en las sociedades que se enriquecen,
las figuras del pasado se achicaron, luciendo modestas y afectuosas. Progresivamente
apareció una utopía retrospectiva (noción que le debo a Julio Ortega) en el imaginario
urbano, plasmado en obras como la de Gálvez, quien vivió la pobreza y la ruina de la
posguerra, sin que eso le impidiera escribir que
la lamentable conciencia de los cambios sufridos, de las ilusiones que no retoñarán jamás,
comprende fríamente que al vibrar de las mismas canciones el corazón no palpitará como la vez
primera, que ya se cree de otro modo, que se ríe de manera diferente, y, aunque parezca mentira,
hasta se llora diversamente de lo que se lloraba antaño. (Gálvez, 1921, p. 125)
Me interesa resaltar que en el discurso del criollismo se asocian tres elementos: una
remembranza bien idealizada, una necesidad de preservar lo ‘auténtico’, y cierto popu-
lismo que acerca a las élites y a la plebe en torno a prácticas simbólicas y creencias, pero
subordinándola. El retroceso de esa mentalidad localista conservadora convivió con la
nueva en las etapas de mayor innovación en la vida urbana, los once años de la presi-
dencia de Leguía (1919-1930). Los tres ejes viales tendidos en ese régimen —avenidas
Leguía (rebautizada Arequipa)1, Brasil y Progreso (llamada Colonial posteriormente)—
alentaban el éxodo hacia las nuevas urbanizaciones, aunque el que llevaba a Miraflores
y Barranco vía la mesocrática Santa Beatriz y San Isidro resultó ser el más notable y
publicitado al marcar la principal ruta de la gente adinerada. A lo largo de la avenida
Arequipa aparecieron construcciones de diversos tamaños y estilos que variaban
conforme uno se aproximaba al sur.
Primaba la idea de una ciudad de edificaciones rodeadas por amplias zonas
verdes, con servicios de transporte público a distancias mayores dispuestos sobre vías
extensas. El modelo de la ciudad radial era reemplazado por uno expansivo y de origen
anglosajón, el de la Garden City2 suburbana para clases altas y medias cuya estela llegó
hasta fines de la década de 1950. La adopción de costumbres y deportes de origen britá-
nico (ciclismo, fútbol, regatas, tenis) marcó un cambio en las élites de la generación de
posguerra. En Nuestra pequeña historia [1930] es el mismo Gálvez quien relata haber sido
en 1894 “uno de los trece muchachos [que] con parlamentaria seriedad en el atrio del
viejo templo de San Pedro” (1966, p. 220) fundó el club Union Football, el primero en
usar esa palabra.
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3 Véase [Link]
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Enrique Polanco. Paisaje urbano (Noe) de la serie Camina el autor (homenaje a Huamán Poma) (2016). Óleo sobre tela
y collage, 1 m x 70 cm
años 1940 esto afectó a las clases medias posleguiistas debido a la disminución de
su poder adquisitivo respecto a los obreros y artesanos de las inferiores. Las empujó
hacia estrategias simbólicas más difíciles, fijadas en lo cultural como indicador de
‘decencia’: educación, vestimenta, acento en el habla; en general, poder aparentar
gracias al incipiente mercado de bienes de consumo importados, de publicidad y
cine. Subyacía un elemento discriminador en ese afán por introducirse en redes de
interacción social más altas, un racismo inter pares en una sociedad de creciente mesti-
zaje biológico, entre distintos matices jerarquizados de tez facial. Así, se reeditaba en
versión poscolonial la antigua práctica del virreinato del “blanqueamiento” interge-
neracional (Portocarrero, 2013).
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4 Véase [Link]
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5 La casi totalidad de las ilustraciones fotográficas y croquis que ilustran Espacio en el tiempo son de obras
ajenas no realizadas en el Perú a lo largo de distintas épocas. El propósito de Luis Miró Quesada ha sido
probablemente deliberado para significar el rebasamiento de tiempos y espacios por el arte.
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6 En agosto de 1936 se creó por Ley el Seguro Social Obrero Obligatorio, administrado por una Caja Nacional.
Dos años después se construyó el Hospital Obrero, inaugurado en 1941. Su nombre actual es Guillermo
Almenara Yrigoyen, su primer director (Essalud, 2016, pp. 4-5; Tauro del Pino, 2001, p. 100).
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y en sus sucesivos avatares hasta la quinta década del siglo pasado fue identificado con
lo ‘peruano’. Al menos entre los costeños, pues los intelectuales limeñistas nostálgicos
—Palma, Gamarra, Gálvez, Porras— reticentes hacia las modas extranjeras veían disol-
verse en el aire las sólidas tradiciones que defendieron. Los pobres, los jaranistas, los
habitantes de los callejones se convierten en los ‘verdaderos’ depositarios de las aguas
empozadas del pasado. El habla, el clima de fiesta y molicie, los espacios de encuentro,
la culinaria, la música lo criollo se opone a lo foráneo. Irónicamente, lo criollo se esencia-
lizó a medida que su substancia se reciclaba conforme algunos de sus componentes se
hundían en el olvido y otros le eran incorporados. Según se le mire, lo criollo es entonces
un constructo discursivo, un estado de ánimo o una posición ideológica con respecto
a determinados bienes simbólicos. Así, de los años 1930 a 1950 lo criollo se sedimenta
al calor de las luchas políticas para identificársele con el mestizaje, una peruanidad
distinta a la indígena (Gómez Acuña, 2012, pp. 146-154) y alterna a la propuesta por
Mariátegui en su prólogo a Tempestad en los Andes (1927). Una vuelta de tuerca más a la
utopía retrospectiva de Una Lima que se va, de Gálvez (1921), que no conseguía evitar la
pérdida de algunos rasgos viejos del criollismo en el túnel del olvido. No obstante, en las
tres décadas que van de Leguía a Odría la fisonomía de barrios antiguos como Rímac,
Malambito, Monserrate, Barrios Altos resultó mucho menos afectada. Se mantuvo el
trazado secular en cuadrícula con calles estrechas de nombre virreinal (Pilitriki, Siete
Jeringas, Matajudíos, Faltriquera del Diablo, Polvos Azules, Yaparió, etcétera) hasta la
segunda mitad del siglo XX, denominaciones arcaicas indicadoras de una recorda-
ción transmitida mediante una rica comunicación oral. Luis Millones (1978, p. 44) nos
recuerda que “durante siglos los nichos urbanos de miseria estuvieron informados de
valores serviles coloniales, [lo cual] ha determinado que se desarrollen formas cultu-
rales propias en este extremo de la escala social”. Esa especificidad fue el caldo de cultivo
en el que los rasgos de la picaresca española de muchos peninsulares que vivían de la
ingenuidad de los otros (¿origen de la ‘viveza’ criolla?) renuentes al trabajo manual por
no ser ‘de caballeros’ (siendo desclasados), se combinaron con las burlas a la ley de los
cimarrones y libertos confundidos entre la gente ociosa de la ciudad. Algunos aspectos
de este fenómeno intercultural generado en el mundo popular lograron cierto grado de
cristalización y durabilidad en una ciudad cuya población había crecido relativamente
poco hasta entrado el siglo XX y devenir en un conjunto compartido de representa-
ciones colectivas (Millones, 1978, pp. 45-46). ¿Subyace a estos rasgos una estructuración
que permita hablar del criollismo como de una ‘cultura’? Si nos ponemos en el tiempo
de las mentalidades de larga duración sin ninguna duda, siempre y cuando se le perciba
en tanto repertorio simbólico fragmentado y de bordes variables según la época y el
espacio social. Más precisamente, se puede ser criollo por momentos, no todo el tiempo;
el criollismo es un actuar, una sociabilidad particular.
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Pinglo, y escribe con ironía (2015, p. 75): “Si algo caracteriza a la Guardia Vieja es la
modernidad”, pues esta denominación genérica del repertorio de valses apareció para
diferenciar a la generación de músicos ingresada al mercado de la reproducción disco-
gráfica con respecto a la precedente, que en muchos casos fue pasando al anonimato
o al olvido. No fue una modernización uniforme; aunque el desarrollo de la radio
convergió con esa expansión, su acceso tardó en alcanzar un público mayoritario. La
primera emisora radial, la OAX (1925), terminó en un fiasco por falta de oyentes. Solo
el 43 % de los hogares capitalinos contaba con energía eléctrica según el censo de
1931, según detalla Emilio Bustamante (2012, p. 128). Por ello solo a partir de 1936
—irónicamente el año del deceso de Felipe Pinglo— se hace fuerte la música criolla,
particularmente a través de la flamante Radio Nacional (Bustamante, 2007, p. 171),
fundada un año después sobre la base de la antigua OAX, aunque el rechazo de las
clases altas hacia el vals se prolongó hasta los años 1950.
La canción criolla en la radio y el disco fueron el punto de inicio de un largo hilo
conductor del acervo musical popular que conduce hasta el presente siglo. Las adapta-
ciones y fusiones, así como la inclusión en el transcurso del tiempo de géneros musicales
populares extranjeros a través de otros medios —y hoy de nuevas plataformas— ha
esfumado ese origen, pese a que después se siguió traduciendo una lógica cultural
similar. Lo importante ha sido cómo por tres décadas se cristalizó un gusto artístico
propio y nuevo que condensó paulatinamente los sentidos comunes de casi toda la
ciudad. Cuando ya superaba el millón y medio de habitantes en los años 50, medio
Lima bailaba las composiciones de Chabuca Granda, gente de abajo y arriba. La urbe
ingresaba a su condición de metrópoli con una morfología moderna que fue quizá la
más ordenada del siglo. La violencia del conflicto interno, la frustración social y econó-
mica arrastrada desde mediados de la década de 1970 hasta la última del siglo contrastó
con tres décadas de urbanización postcolonial acompañadas de cierta ‘occidentaliza-
ción’ cultural. La mirada retrospectiva deja la sensación de haber vivido la ilusión de
una ‘modernidad periférica’, en un sentido semejante al que Beatriz Sarlo (2003) elabora
al caracterizar a Buenos Aires, “un periodo de incertidumbres, pero también de segu-
ridades muy fuertes, de relecturas del pasado y utopías, donde la representación del
futuro y del pasado chocan” (p. 29).
La sobreabundancia actual de imágenes del presente ha oscurecido ese pasado.
La iconografía y los testimonios escritos o sonoros al alcance del ciudadano promedio
son escasos. Escasearon los pintores notables de Lima de aquel periodo. Los más
recordados se volcaron hacia temas indigenistas, como ocurrió con Julia Codesido,
José Sabogal, Enrique Camino Brent, y en menor medida, Jorge Vinatea Reinoso.
Prácticamente no hubo expresionismo, salvo Sérvulo Gutiérrez, pero no dejó mucho
de la ciudad en su obra. Quizá Víctor Humareda haya sido tardíamente su cultor más
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Enrique Polanco. Pasacalle (El Buque) (2013). Óleo sobre tela, 1,20 m x 1 m. Después de su des-
trucción le debemos mucho a Polanco por haberlo conservado como muchos lo soñamos.
reconocido. Hoy los colores intensos de Enrique Polanco componen una escenifica-
ción única, mezcla del humor y del drama de esa Lima de hace más de medio siglo.
Casi no hay novela urbana. Habría que ir más atrás, hasta el Duque o la Suzy de José
Diez Canseco y la barranquina Casa de cartón de Martín Adán, quien a sus veinte años
ya sabía que “aquí, en este suelo fofo y duro, a manchas, yacen las casas futuras de la
ciudad, con sus azoteas entortadas, sus ventanas primorosas de yeso, con sus salas
con victrola y sus secretos de amor” (2006 [1928], p. 113) o quizá más adelante, al fin
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del periodo, y llegar a Julio Ramón Ribeyro, que empieza a escribir a principios de los
años 1950, o Enrique Congrains, figuras aisladas y ya de otra generación.
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