Espacio curricular: Literatura
Curso: 4to
Fecha: 22/04/24
Docentes: Gómez María del Milagro
Guía de actividades Nº1: Literatura
Los trabajos de Heracles (fragmento)
Heracles, a quien los romanos llamarían Hércules, era hijo de Zeus y de
Alcmena, una princesa de Tebas. Hera, enojada porque Zeus había llevado a
cabo otro de sus casamientos con mujeres mortales, envió dos horrorosas
serpientes para que mataran a Heracles cuando aún era un bebé. Heracles y
su hermano gemelo Ificles dormían en un escudo que les servía de cuna,
cuando las serpientes reptaron hacia ellos. Ificles gritó y rodó fuera del escudo.
Pero Heracles, un niño inmensamente fuerte, cogió las serpientes por el cuello,
una en cada mano, y las estranguló. Cuando era un muchacho, Heracles se
interesaba más por la lucha que por la lectura, la escritura o la música.
También prefería la carne asada y el pan de cebada a los pasteles de miel o de
frutas. Pronto, se convirtió en el mejor arquero, el mejor luchador y el mejor
boxeador que existía. Cuando Lino, su profesor de música, le pegó por no
prestar atención a las escalas, Heracles le golpeó con una lira hasta matarlo.
Acusado de asesinato, Heracles dijo sencillamente: —Lino me pegó primero.
Sólo me defendí. Y los jueces lo absolvieron. Euristeo, el gran rey de Grecia,
quería desterrar a Anfitrión, rey de Tebas y, ahora, padrastro de Heracles. Pero
éste, noblemente, se ofreció a Euristeo para ser su esclavo durante noventa y
nueve meses, si permitía que Anfitrión se quedase y conservara el trono. Hera
advirtió a Euristeo: —Acepta, pero encarga a Heracles los diez trabajos más
peligrosos que puedas elegir, y que los cumpla todos dentro de los noventa y
nueve meses. Lo quiero muerto. El primer trabajo que Euristeo ordenó a
Heracles fue matar al león de Nemea, una enorme bestia, cuya piel era
resistente a la piedra, al cobre y al hierro. Aquel monstruo vivía en una cueva
en las montañas. […] Aunque el animal le arrancó el dedo corazón de la mano
izquierda de un mordisco, Heracles consiguió meter la cabeza del león bajo el
brazo derecho y aplastarla hasta que la bestia murió. Heracles despellejó al
león usando una de las garras del mismo animal como cuchillo y luego se
cubrió con la piel. Después, se fabricó una nueva maza de madera de olivo y
se presentó ante Euristeo. El segundo trabajo era mucho más peligroso: matar
a la monstruosa hidra de los pantanos de Lerna. Esta bestia tenía el cuerpo
grande, como el de un perro, y ocho cabezas de serpiente con largos cuellos.
Heracles le disparó flechas ardiendo cuando salía de su agujero bajo las
arenas de un pantano. Luego, corrió hacia ella y le golpeó las ocho cabezas.
Pero conforme las aplastaba, iban apareciendo otras en su lugar. Un escorpión,
enviado por Hera, se le acercó rápidamente y le mordió el pie: Heracles lo
aplastó de un pisotón. Al mismo tiempo, desenvainó su afilada espada de
empuñadura de oro y llamó a Yolao, el conductor de su carro. Yolao trajo
inmediatamente una antorcha y, cuando Heracles cortaba una cabeza, sellaba
el cuello con fuego para evitar que surgiera una nueva. Fue el final de la hidra.
Heracles mojó sus flechas en su sangre venenosa. Quien fuera herido con ellas
moriría dolorosamente. El tercer trabajo fue capturar la cierva de Cerinia, una
cierva blanca con pezuñas de bronce y cuernos de oro, que pertenecía a la
princesa Artemisa. Heracles tardó un año entero en encontrarla. La persiguió
por montañas y valles de toda Grecia, hasta que al final le disparó una flecha
sin veneno, cuando pasó corriendo cerca de él. La flecha se clavó entre el
tendón y el hueso de sus patas delanteras, que quedaron ensartadas, sin
derramar una sola gota de sangre. Cuando tropezó y cayó, Heracles la apresó,
le extrajo la flecha y se la llevó a Euristeo sobre los hombros. Artemisa se
habría enfurecido si Heracles hubiera dañado a su cierva y, además, lo
perdonó por su certero flechazo. Después, Euristeo liberó a la cierva. El cuarto
trabajo fue apresar al jabalí de Erimanto, una enorme criatura con unos
colmillos como los de un elefante y una piel resistente a las flechas. Heracles lo
persiguió por las montañas de aquí para allá, en invierno, hasta que quedó
atrapado en un gran montículo de nieve. Allí, saltó sobre él y le ató las patas
delanteras a las traseras. Cuando Euristeo vio a Heracles cargando el jabalí a
su espalda por la avenida de palacio, huyó y se escondió en una gran vasija de
bronce. El quinto trabajo fue limpiar el inmundo establo del rey Augías en un
solo día. Augías tenía muchos millares de animales y nunca se había
preocupado de eliminar sus excrementos. Euristeo le encargó esta tarea a
Heracles sólo para molestarlo, esperando que se cubriera de inmundicia,
cuando cargara el estiércol en las cestas para llevárselo. Augías sonrió a
Heracles con desprecio: —Te apuesto veinte vacas contra una, a que no
puedes limpiar el establo en un solo día. —De acuerdo —dijo Heracles. Blandió
su maza, derribó la pared del establo, cogió un pico y cavó rápidamente unos
canales profundos desde dos ríos cercanos. El agua de los ríos atravesó el
establo y lo dejó limpio en un momento. Como sexto trabajo, Euristeo le dijo a
Heracles que expulsara ciertas aves caníbales con plumas de bronce del lago
Estínfalo. Estos animales parecían grullas, pero tenían picos capaces de hacer
pedazos una coraza de hierro. Heracles no podía nadar en los pantanos,
porque el agua estaba turbia, y tampoco podía cruzarlos caminando, porque el
barro no aguantaría su peso. Cuando disparó a los pájaros, las flechas
rebotaron en sus plumas. La diosa Atenea se le apareció entonces y le dio un
unos címbalos de bronce. —¡Agítalos! —le ordenó. Heracles lo hizo y las aves
levantaron el vuelo, aterrorizadas. Disparó, mató a docenas de ellas, ya que en
la parte inferior de sus cuerpos no tenían plumas de bronce, y las obligó a huir
en dirección al mar Negro. Ninguna volvió jamás. El séptimo trabajo fue
capturar un toro que aterrorizaba Creta. Perseguía granjeros y soldados,
destruía cabañas y almacenes, arrasaba campos de maíz, y asustaba a
mujeres y niños. Este animal había aparecido cuando el hijo de Europa, Minos,
dijo a los cretenses: —¡Soy el rey de esta isla! ¡Dejemos que los dioses me
envíen una señal para probarlo! Mientras hablaba, los cretenses vieron cómo
un toro muy blanco de cuernos dorados salió nadando del mar. Pero en lugar
de sacrificar el hermoso animal a los dioses, como era su deber, Minos lo
conservó y sacrificó otro. Así que Zeus lo castigó, permitiendo que el toro
escapara y causara desgracias en toda Creta. Heracles siguió al toro hasta un
bosque. Allí, se subió a un árbol, esperó que el animal pasara y saltó sobre su
lomo. Tras un difícil forcejeo, consiguió clavarle una anilla en la nariz y,
cruzando el mar con unas riendas atadas a su morro, se lo llevó a Euristeo. El
octavo trabajo fue capturar las cuatro yeguas salvajes del rey Diomedes de
Tracia. Diomedes alimentaba a estas yeguas con la carne de los extranjeros
que visitaban su reino. Heracles viajó hasta Tracia y se acercó al palacio real;
fue directo a las cuadras de Diomedes, echó a los mozos y condujo a las
yeguas, que se caían y coceaban, hasta la costa. Alertado por el ruido,
Diomedes llamó a los guardias de palacio y salió en su persecución. Heracles
dejó las yeguas a cargo de su mozo Abdero y volvió para luchar. La batalla fue
corta. Dejó sin sentido a Diomedes con su maza e hizo que las yeguas se lo
comieran vivo, como venganza por la muerte de Abdero que, poco antes, al no
haber podido controlar a las yeguas, había sido devorado por las mismas.
Antes de marcharse, Heracles también instituyó unos juegos fúnebres anuales,
en memoria de Abdero. Ya de regreso, cuando Heracles vio que su barco era
demasiado pequeño para que cupieran las cuatro yeguas, las enjaezó al carro
de Diomedes, abandonó el barco y volvió, de este modo, a casa, cruzando
Macedonia. El noveno trabajo fue conseguir el famoso cinturón de oro de
Hipólita, la reina de las amazonas que vivía en la costa sur del mar Negro, y
regalárselo a la hija de Euristeo. Heracles llegó a Amazonia sin novedad. Allí, la
reina Hipólita se enamoró de él y podría haber conseguido el cinturón como un
simple regalo. Sin embargo, la diosa Hera, con rencor, se disfrazó de amazona
y esparció el rumor de que Heracles había venido para secuestrar a Hipólita y
llevársela a Grecia. Las amazonas, indignadas, montaron en sus caballos y
fueron a rescatarla, lanzando flechas contra Heracles, mientras se acercaban.
Aunque Heracles rechazó el ataque, Hipólita resultó muerta en la confusión de
la batalla. Así que Heracles cogió el cinturón de su cadáver y se fue apenado.
Le hubiera gustado casarse con Hipólita y le molestó mucho tener que darle el
cinturón a la hija de Euristeo. El décimo trabajo de Heracles fue robar un
rebaño de bueyes del rey Geríones, que vivía en una isla cerca de la corriente
de Océano. Geríones tenía tres troncos con sus respectivas cabezas, pero un
solo par de extremidades. […] Cuando llegó a la isla de Geríones, Heracles fue
atacado por un perro bicéfalo y por un pastor de Geríones, a los que abatió de
un mazazo. Finalmente, Geríones salió corriendo de su palacio, como si se
tratase de una fila formada por tres hombres. La diosa Hera, entonces, intentó
ayudar a Geríones deslumbrando con un espejo a Heracles, pero éste esquivó
el destello y mató a Geríones con una flecha, que atravesó a la vez los tres
troncos. Luego, disparó también contra Heray la hirió en un hombro. La diosa
se fue entonces volando a suplicar a Apolo y a Artemisa que le extrajeran la
flecha y la curaran. […] Ahora, Heracles debía ser liberado pero, aconsejado
por Hera, Euristeo le dijo: —No has cumplido correctamente mi segundo
trabajo, porque pediste ayuda a Yolao, para matar la hidra. Y tampoco hiciste
bien el quinto trabajo, porque Augías te pagó por limpiar su establo. […] Debes
hacer dos más, pero puedes dedicarles el tiempo que necesites. —De acuerdo
—dijo Heracles—. Y si vivo para cumplirlos, le sucederá lo peor a tu familia.
Euristeo había planeado dos nuevos trabajos muy peligrosos. El primero era
conseguir las manzanas de oro de las hespérides, ninfas que vivían en el
Lejano Occidente. Estas manzanas eran el fruto de un árbol que la Madre
Tierra le ofreció a Hera como regalo de boda. Las Hespérides, hijas del titán
Atlas, cuidaban del árbol, y Ladón, un dragón que nunca dormía, lo vigilaba
dando vueltas a su alrededor. […] Heracles partió por mar hacia Marruecos y,
al llegar a Tánger, caminó tierra adentro hasta el lugar donde Atlas, el titán
rebelde, sostenía la bóveda celeste. Heracles le preguntó: —Si me hago cargo
de tu trabajo durante una hora, ¿querrías recoger para mí tres manzanas del
árbol de tus hijas? —Claro —dijo Atlas—, si tú matas antes al dragón que
nunca duerme. Heracles apuntó con su arco por encima del muro del jardín y
mató al dragón. Luego, se puso de pie detrás de Atlas y, separando las
piernas, se colocó todo el peso de la bóveda celeste sobre la cabeza y los
hombros. Atlas trepó por el muro, saludó a sus hijas, robó las manzanas y le
gritó a Heracles: —Hazme el favor de quedarte aquí un poco más, mientras le
llevo estas tres manzanas a Euristeo. Con mis enormes piernas, estaré de
vuelta dentro de una hora. Heracles, que sabía que Atlas nunca entregaría las
manzanas a Euristeo y que su idea era la de rescatar a los demás titanes para
empezar una nueva rebelión, simuló que le creía. —Encantado —contestó—,
pero antes sosténme un momento el peso, mientras doblo esta piel de león y
me hago un cojín para la cabeza. Atlas dejó las manzanas en el suelo e hizo lo
que le pedía Heracles. Éste entonces recogió las manzanas y, antes de irse, le
dijo: —Has intentado engañarme —le comentó, riéndose—, pero yo te he
engañado a ti. ¡Adiós! […] El último y peor de los trabajos fue capturar al can
Cerbero y arrastrarlo a la superficie desde el Tártaro. Al recibir esta orden,
Heracles fue a Eleusis para purificarse. Allí se celebraban los misterios de
Deméter. Limpio de todo pecado, Heracles bajó con valentía hasta el Tártaro,
pero Carente no quiso transportar a un mortal hasta la otra orilla de la laguna
Estigia. —Destruiré tu barca —le amenazó Heracles— y te cubriré de flechas
como un erizo está cubierto de púas. Caronte tembló de terror y lo llevó al otro
lado. Más tarde, Hades castigó a Caronte por su cobardía. Heracles vio a
Teseo y Pirítoo pegados al banco de Hades, mientras las furias los azotaban.
Tiró de Teseo con enorme fuerza y lo arrancó del asiento, pero Teseo perdió
un buen trozo de espalda. Luego, vio que era imposible liberar también a
Pirítoo, si no era con un hacha, así que lo dejó allí. Perséfone salió corriendo
del palacio y cogió a Heracles de las manos: —¿Puedo ayudarte, querido
Heracles? —preguntó. —Majestad, te ruego que me prestes a tu perro
guardián durante unos días. Podrá volver a casa enseguida, cuando se lo haya
enseñado a Euristeo. Perséfone dirigió sus ojos hacia Hades: —Por favor,
esposo, concede a Heracles lo que pide. Esta tarea le ha sido encomendada
por consejo de tu cuñada Hera. Él promete no quedarse con nuestro can
Cerbero. —Muy bien —respondió Hades—, y puede llevarse también a ese
loco de Teseo, ya que está aquí. Pero tiene la obligación de domar a Cerbero,
sin usar ni la maza ni las flechas. Hades creyó que esta condición haría
imposible el trabajo, pero la piel de león de Heracles era resistente a los
pinchazos de las púas del lomo de Cerbero, así que Heracles, con sus fuertes
manos, apretó el pescuezo del can, hasta que sus tres cabezas se
oscurecieron. Cerbero entonces se desmayó y Heracles pudo arrastrarlo con
facilidad. Por desgracia, el único túnel de vuelta a la Tierra lo bastante ancho
era uno que tenía la salida cerca de Mariandinia, junto al mar Negro, así que a
Heracles le esperaba un viaje largo y difícil. Antes de partir, Heracles cogió una
rama de laurel blanco como trofeo y se la colocó como si fuera una corona.
Cuando Heracles apareció arrastrando a Cerbero con una correa, Euristeo se
dio un susto de muerte. —Gracias, noble Heracles —dijo—; ahora, quedas
liberado de tus trabajos. Pero, por favor, devuelve esa bestia enseguida.
Heracles volvió a Tebas, donde su madre Alcmena lo recibió con alegría. […]
Graves, Robert. “Los trabajos de Heracles”, en: Dioses y héroes de la
Antigua Grecia. Madrid, El mundo, 1999.
1) ¿De quiénes es hijo Heracles? ¿Por qué les parece que este dato es
importante en el mito?
2) ¿Cómo está caracterizado el héroe? ¿Qué lo diferencia de los hombres
comunes?
3) Hacer un cuadro enumerando todas las hazañas de Heracles, que
contenga las siguientes entradas (pueden cortar y pegar pasajes del
texto que les sirvan para completarla y pueden hacerlo utilizando el
procesador de textos disponible en sus equipos portátiles):
o prueba a superar;
o lugar;
o persona, monstruo o animal que se opone a Heracles;
o cómo consigue superar la prueba.
4) ¿Qué tienen en común todos los trabajos ordenados por Euristeo? ¿Cuál
les parece el más difícil de todos?