1
EL ASNO Y EL CERDO
Envidiando la suerte del cochino
el asno maldecía su destino.
“Yo, decía, trabajo y como paja;
él come harina, berza, y no trabaja;
a mí me dan palos cada día;
A él le rascan y halagan a porfía.”
Así se lamentaba de su suerte
Pero luego que advierte
que a la pocilga alguna gente avanza
en guisa de matanza
y que son maña fiera
dan al gordo cochino un fin armada de cuchillo y de caldera
sangriento dijo entre sí el
jumento: Si en esto paran, el
ocio y los regalos
al trabajo me atengo, y a
los palos.
2
LA HORMIGA Y LA CIGARRA
Un día brillante en otoño una familia de hormigas bullían
sobre el cálido sol, secando el grano que habían almacenado
durante el verano, cuando una cigarra hambrienta con un
violín bajo el brazo, se acercó y le rogó humildemente un
bocado para comer.
"¿Qué?" -gritó una hormiga
sorprendida, "No has
almacenado alimento para el
invierno? ¿Qué estabas
haciendo todo el verano
pasado?"
"Yo no tenía tiempo para
almacenar alimentos", se quejó
la cigarra, "Estaba tan ocupada haciendo música que antes
de que me diera cuenta el verano se había ido."
Las hormigas se encogieron de hombros con disgusto.
"Haciendo música, ¿verdad?" - exclamó la hormiga. "¡Muy
bien, ahora ve a bailar!" Y le dieron la espalda a la cigarra y
continuaron con su trabajo.
Cantó la cigarra durante todo el verano, retozó y descansó, y
se ufanó de su arte, y al llegar el invierno se encontró sin
nada: ni una mosca, ni un gusano.
3
Fue entonces a llorar su hambre a la hormiga vecina,
pidiéndole que le prestara de su grano hasta la llegada de la
próxima estación.
-- Te pagaré la deuda con sus intereses; -- le dijo --antes de
la cosecha, te doy mi palabra.
Mas la hormiga no es nada generosa, y este es su menor
defecto. Y le preguntó a la cigarra:
-- ¿Qué hacías tú cuando el tiempo era cálido y bello?
-- Cantaba noche y día
libremente -- respondió la
despreocupada cigarra.
-- ¿Con qué cantabas? ¡Me
gusta tu frescura! Pues
entonces ponte ahora a
bailar, amiga mía.
No pases tu tiempo dedicado sólo al placer. Trabaja, y
guarda de tu cosecha para los momentos de escasez.
4
EL LEÓN Y EL RATÓN
Dormía tranquilamente un león, cuando un ratón empezó a
juguetear encima de su
cuerpo. Despertó el león y
rápidamente atrapó al ratón;
y a punto de ser devorado, le
pidió éste que le perdonara,
prometiéndole pagarle
cumplidamente llegado el
momento oportuno. El león
echó a reír y lo dejó marchar.
Pocos días después
unos cazadores
apresaron al rey de la
selva y le ataron con
una cuerda a un
frondoso árbol. Pasó
por ahí el ratoncillo,
quien al oír los
lamentos del león, corrió al lugar y royó y royó la cuerda,
dejándolo libre.
— Días atrás — le dijo –, te burlaste de mí pensando que
nada podría hacer por tí en agradecimiento. Ahora es bueno
que sepas que los pequeños ratones somos agradecidos y
cumplidos.
Nunca desprecies las promesas de los pequeños honestos. Cuando llegue
el momento las cumplirán.
5
LA LIEBRE Y LA TORUTUGA
En el mundo de los animales vivía una liebre muy orgullosa, porque ante
todos decía que era la más veloz. Por eso, constantemente se reía de la
lenta tortuga.
-¡Miren la tortuga! ¡Eh, tortuga, no corras tanto que te vas a cansar de
ir tan de prisa! -decía la liebre riéndose de la tortuga.
Un día, conversando entre ellas, a la tortuga se le ocurrió de pronto
hacerle una rara apuesta a la liebre.
-Estoy segura de poder ganarte una carrera -le dijo.
-¿A mí? -preguntó, asombrada, la liebre.
-Pues sí, a ti. Pongamos nuestra apuesta en aquella piedra y veamos
quién gana la carrera.
La liebre, muy divertida, aceptó. Todos los animales se reunieron para
presenciar la carrera. Se
señaló cuál iba a ser el
camino y la llegada. Una
vez estuvo listo, comenzó
la carrera entre grandes
aplausos.
Confiada en su ligereza, la
liebre dejó partir a la
tortuga y se quedó
remoloneando. ¡Vaya si le
sobraba el tiempo para ganarle a tan lerda criatura!
Luego, empezó a correr, corría veloz como el viento mientras la
tortuga iba despacio, pero, eso sí, sin parar. Enseguida, la liebre se
adelantó muchísimo. Se detuvo al lado del camino y se sentó a
descansar.
6
Cuando la tortuga pasó por su lado, la liebre aprovechó para burlarse
de ella una vez más. Le dejó ventaja y nuevamente emprendió su veloz
marcha. Varias veces repitió lo mismo, pero, a pesar de sus risas, la
tortuga siguió caminando sin detenerse. Confiada en su velocidad, la
liebre se tumbó bajo un árbol y ahí se quedó dormida.
Mientras tanto, pasito a
pasito, y tan ligero como
pudo, la tortuga siguió su
camino hasta llegar a la
meta. Cuando la liebre se
despertó, corrió con todas
sus fuerzas, pero ya era
demasiado tarde, la tortuga
había ganado la carrera.
Aquel día fue muy triste para la liebre y aprendió una lección que no
olvidaría jamás: No hay que burlarse jamás de los demás. También de
esto debemos aprender que la pereza y el exceso de confianza
pueden hacernos no alcanzar nuestros objetivos.
LA PALOMA Y LA ABEJA
Viendo que estaba ahogándose Una abejita, Una paloma tierna Se
precipita, Y en una rosa Que le lleva en
el pico Sálvala airosa. Poco después la
abeja Vio que en la loma Un cazador
apúntale A la paloma. Vuela: en la mano
Pícalo atroz, y el tiro Tuércese vano.
No hay ser tan miserable. Que nunca
pueda Pagarnos un servicio
Que en su alma queda; No hay mayor goce
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Que el de probar que el alma Lo reconoce.
RAFAEL POMBO