¿PUEDEN MORIR LOS DIOSES?
ALGUNAS RESPUESTAS, DESDE
LUCIANO HASTA TORRENTE BALLESTEE
María Guadalupe Barandica de Yaya
Cuando se interna uno en la lectura de “El hostal de los dioses amables”
de Gonzalo Torrente Ballester resulta inevitable la referencia a dos autores
postclásicos ávidos de clasicismo: Luciano de Samósata y el emperador Juliano
llamado el Apóstata. La relación entre los autores proviene del interés que
muestran por un tema que ha inquietado y aun angustiado a los hombres desde
la antigüedad: la existencia de los dioses y su relación con la existencia de los
seres humanos.
Nos referiremos en especial a tres obras: Zeus trágico, de Luciano;
Himno a Helios, de Juliano y “El hostal de los dioses amables”. No obstante, se
multiplican en la literatura universal las referencias a otros textos y autores que
desarrollan contenidos similares, como Las ruinas circulares de J. L. Borges,
en que el autor argentino plasma la noción gnóstica del pequeño dios creador de
mundos imperfectos que se repiten cíclicamente.
Comentaremos estos textos considerando su posible intertextualidad,
tomando a Luciano y Torrente Ballester como exponentes situados en los
extremos de una línea del tiempo, muy afines en el modo de presentar este tema
en el marco de la ficción literaria, a la manera de una broma que le resta
importancia a una realidad inquietante. Ambos autores presentan la relación
entre hombres y dioses como si tuvieran conciencia de ser meros espectadores,
sin riesgo de involucrarse emocionalmente con esa enmarañada materia, lo cual
les permite un tratamiento cómico de los personajes y las situaciones en que se
encuentran.
Desde una perspectiva diferente considera Juliano el problema de la
existencia de los dioses antiguos. Él es un creyente que intenta restaurar la
devoción de sus mayores en una época en que otra religión, el cristianismo, ya
había sido reconocida por el gobierno imperial.
14 María Guadalupe Barandica de Yaya
El Hostal de los Dioses Amables: el proselitismo como medio de
supervivencia
Cuando fue publicada esta obra, en 1979, el autor explicó que se trataba
de un conjunto de relatos que solía contar a sus amigos, historias recreadas una
y otra vez en sucesivas reuniones frente a una taza de café, transformadas,
reconstruidas, divertidas y siempre solicitadas por sus oyentes. De la insistencia
de esos oyentes para que no se perdieran en el olvido surgió la decisión de poner
estos cuentos por escrito y publicarlos. Sin embargo, las expectativas de
Torrente Ballester respecto de la calidad de los textos no parecen elevadas; ello
se desprende en primer lugar de las palabras del mismo autor en el prólogo de
su obra:
De lo que hubieran sido, con un poco de acierto literario, a lo
que han llegado a ser hoy media una gran distancia: como que me he
limitado a escribirlos sólo para que no se pierdan sus argumentos, como
quien dice, sin intención de hacer con ellos obra mayor*.
En verdad, en el texto parece predominar la intención del registro escrito
por encima del deseo de lograr una cuidadosa elaboración literaria. Los
personajes son planos, tanto como permite imaginarlos un pobre manual de
mitología. De este modo, tanto el parentesco que existe entre los dioses
olímpicos como sus atributos individualizadores aparecen alterados respecto de
lo que los autores antiguos han señalado acerca de ellos: cada dios se define por
un rasgo predominante que parece congelarlo con fatalidad estatuaria2.
El texto se inicia con el planteo del problema de la existencia divina:
Sí, el primero que se enteró fue Zeus, aunque bastante tarde,
cuando ya no era tiempo de poner un remedio. Sabido es que solía
distraerse en aventuras y en otras ocupaciones íntimas que, si
contribuían a complicar y a enriquecer de episodios secretos su
particular biografía, le apartaban la atención del gobierno del mundo,
y, sobre todo, de lo que pudiésemos llamar los intereses específicos de
clase (siempre que se entienda como tal la de los dioses), de modo que
a estos descuidos y a estos entretenimientos cabe atribuir la condición
de causa de q u e , más tarde y poco a poco, amén de subrepticiamente,
¿Pueden morir los dioses? Algunas respuestas, 15
desde Luciano hasta Torrente Ballester
fuesen apareciendo dioses y diosecillos con los que no contaba, los
cuales, como se sabe, en un principio no parecían molestarle, pero que,
a la larga, se interpusieron en su camino, y aun en su destino, y le
causaron abundantes sinsabores, como quizá llegue a verse ( o a leerse).
[..JZeus se enteró un buen día, por confidencia de Hermes, y estuvo a
punto de no darle importancia3.
Así, pues, los dioses están amenazados desde el comienzo, y el relato
muestra el proceso de deterioro paulatino de la comunidad olímpica en general
y de los últimos dioses sobrevivientes en particular, reducidos a sombras de lo
que solían ser.
Esta impresión de pobreza en la definición de los personajes se refuerza
por el hecho que da origen al desarrollo de la historia y justifica su título: en un
tiempo que podemos identificar con la actualidad, la existencia de unos pocos
dioses (Zeus, Hera, Ares, Atenea, Afrodita, Artemisa, Dioniso y Hermes)
depende de la evocación que haga de ellos el último creyente sobre la Tierra, un
hombre llamado Patricio. Este hombre ha creado un espacio para alojar a los
dioses, el “Hostal de los Dioses Amables”, terrestre Olimpo donde vivir con
ellos los últimos veinte años de su existencia. Los dioses, que han consultado el
Libro del Destino, saben que el plazo ha de cumplirse inexorablemente y que
deben utilizar ese tiempo para encontrar a otros hombres que crean en ellos y les
permitan continuar existiendo. Sin embargo, se pierden en el tiempo humano y,
cuando se cumplen los veinte años, el improvisado intento por convencer a una
pareja desesperanzada fracasa y los dioses se desvanecen casi al mismo tiempo
que mueren los fallidos conversos. Buena parte de la ineficacia de estos seres
divinos parece provenir del conocimiento libresco, incompleto e inflexible que
Patricio tiene de ellos, lo cual los priva de armas para garantizar su subsistencia.
De todos, sólo Dioniso y Hermes no intentan ganar adeptos:
Sentado, un poco lejos, Diónisos canturreaba: “Ditirambo,
Zagreo, Basareo... Ariadna, Alzaia, Erígone... Tracia, Frigia, Egipto...”
Pat le trajo de la cocina un grog caliente de ron haitiano y se le arrodilló
delante, a escucharle: había amor en su mirada, y en su actitud un
sentimiento contenido, como si algo que se escapaba a su voluntad
quisiera rebelarse contra lo que sabía próximo. Pero no hay que
alarmarse: a lo mejor se trata de una interpretación errónea del que
16 María Guadalupe Barandica de Yaya
contempla4.
Dioniso permanece al margen de lo que sucede, aparentemente
ignorante de su próxima desaparición, aunque al mismo tiempo parece formular
un conjuro contra el olvido creando un mundo paralelo con las palabras que
evocan su historia.
En cuanto a Hermes, dice el narrador:
De todos los dioses amables, el que no conoció tropiezos fue
Hermes, a quien se le ocurrió inventar una sociedad anónima sin nada
que vender, ni nada que comprar, ni nada que fabricar; una sociedad
anónima que consistía en palabras escritas en papeles, pero de la que
pronto se empezó a hablar en la bolsa de la ciudad, y después en
muchas bolsas de muchas otras ciudades, y finalmente en todas las del
mundo: crecía, multiplicaba las oficinas y los empleados, llegó a
constituir una especie de red como de meridianos y paralelos, aunque
bastante más tupida, con que enjaulaba al mundo y lo regía, y, a veces,
lo oprimía: pero seguía siendo de palabras escritas en papeles, muchas
palabras, siempre las mismas, en papeles distintos: como un castillo de
naipes inmenso, que cubriese la tierra y que llegase hasta el cielo [...].
Seguía, sin embargo, viviendo en el Hostal de los Dioses Amables y
haciendo los recados, aunque a veces, de atareado que estaba, los
confiase a cuidado de terceros5.
La única razón por la que Hermes organiza esa red planetaria es la
necesidad de tener acceso a niveles de poder que le permitan demorar la salida
de la cárcel del hombre que ha de asesinar a Patricio. Las palabras son el recurso
para lograr este propósito, ahora que se ha desvanecido en esta última etapa
humana la omnipotencia de Zeus.
La existencia de los dioses amables depende de encontrar a quien crea
en ellos y los ame, haciendo gala de la cualidad que enuncia el nombre de la
posada: ‘amables’. Sin embargo, aquellos que se relacionan con los humanos
para conseguir nuevos fíeles omiten revelarles su divina condición, cada cual
por sus propias razones. Así por ejemplo, Ares dice:
El hecho de que haya ganado a mis amigos varios cientos de
¿Pueden morir los dioses? Algunas respuestas, 17
desde Luciano basta Torrente Ballester
partidas de ajedrez no me parece razón para exigirles, o, al menos, para
esperar de ellos que me tengan por un dios. Cualquier campeón
soviético ha ganado tantas partidas como yo6.
Y Zeus agrega:
Y cualquier hombre moderno se ha acostado en su vida con
tantas chicas como este viejo dios cansado, y no por eso hay que pensar
que son dioses7.
Por último reflexiona Atenea:
[...]que todo me hace sospechar que nuestro fin se acerca y que
no tiene remedio. Esperemos como dioses que somos, si lo somos de
veras, que algunas veces lo dudo, que como aquellos condenados a
quienes fue dado hacerlo, vivamos hasta el final lo que nos falta vivir
con serenidad y con claridad de espíritu. Yo, por mi parte, confieso que
en el tiempo que queda me gustaría alcanzar el secreto de los hombres.
¿Qué son, por qué están aquí, por qué son como son? ¿Y qué somos los
dioses, ya no te preocupa? Quizá si respondieras, averiguaríamos el
secreto de lo que nos aguarda8.
La historia se desenvuelve en el plano humano, y esto explica también
la simplificación en la forma que adoptan los dioses. Su compleja naturaleza se
adecúa a la humana y se parecen a esos divinidades antropomórficas que
criticaba Jenófanes. Se han invertido los polos: son los dioses quienes se
preguntan por la esencia de esos efímeros mortales. En su búsqueda de
creyentes, cuando ya el asesino de Patricio se acerca al hostal para cumplir con
el destino, Hermes localiza en un parque a dos personas desesperadas: él, un
fugitivo de la justicia; ella, una prostituta sin porvenir. Los lleva al Hostal y los
dioses les cambian los nombres y la memoria a fin de que el dolor no les impida
creer. Los recuerdos que les infunden les aseguran un porvenir gozoso pues les
han otorgado el amor del uno por el otro. Apremiados por el tiempo humano que
les acerca la muerte, los dioses deciden manifestarles su propósito para que los
enamorados crean en su existencia. Habla Heimes:
18 M aría Guadalupe Barandica de Yaya
Os hemos traído a nuestro lado para invitaros a creer, y seguir
así viviendo, o como sea el nombre de lo que hacemos. Os hémos
mostrado ya unos cuantos prodigios que bastan para que cualquiera nos
tome por lo que somos y no por unos señores divertidos. Claro que bien
podéis no hacerles caso, como si cosa fueran de magia o de
prestidigitación, pero algo es indudable: que antes no os conocíais, y
que ahora os hemos juntado; que antes no os amabais, y que ahora os
amáis merced al amor que os hemos infundido9.
Los jóvenes no les creen. En su corazón y en su memoria está la certeza
de que se han conocido desde niños y se han amado desde entonces. Para
demostrarles el prodigio que han obrado en ellos, los dioses borran los nuevos
recuerdos y hacen añorar el doloroso pasado. En ese momento se cumplen el
plazo y el destino:
[...] Patricio había atravesado la habitación y abría. Lo último
que los dioses vieron fue el resplandor de un fogonazo: el estampido ya
no les llegó a tiempo10.
Desde su perspectiva humana, los dioses han tratado de comprender el
mundo y comprenderse, pero el alcance de su comprensión es limitado y el
misterio para ellos queda sin respuesta. No así para los lectores de la historia.
Cuando los dioses desaparecen, la última pareja de posibles creyentes se
despierta en el mismo parque donde los había localizado Hermes. Tienen sus
nombres originales. Cada uno recuerda que esperaba la muerte cuando llegó a
ese lugar, pero además, con extrañeza, sienten que se conocen desde antes.
Hablan y descubren que han tenido el mismo sueño. Se abrazan y en esa unión
cumplen con el legado único que queda de los dioses amables. Después, como
una secuencia que repite los actos de sus bienhechores, se preparan para morir:
Ya cantaban los jilgueros, ya correteaban las ardillas, ya llegaba
de la calle el comienzo del tráfago. Ella le preguntó: “¿Por qué en el
sueño nos llamábamos Elisabeth y Freddy? ¿Quién nos puso esos
nombres? ” Pero él no le quiso contestar: le había pasado el arrebato, y
únicamente sabía que a la salida del parque se le echarían encima las
armas y los perros11.
¿Pueden morir los dioses? Algunas respuestas, 19
desde Luciano hasta Torrente Ballester
Zeus trágico : la supervivencia m ediante el triunfo en la argum entación
Este diálogo, que desarrolla un tema similar al tratado en Zeus
Confundido, presenta con él varios puntos de contacto. La explicación de esas
notables coincidencias estaría en el hecho de que ftieron escritos para ser leídos
en diferentes ocasiones y lugares, quizás Atenas y Antioquía, lo que justificaría
en parte las expresiones reiterativas. Por otra parte, las repeticiones caracterizan
también el estilo de otros escritos de este autor.
A semejanza de lo que sucede en “El hostal de los dioses amables**, en
Zeus trágico es el dios supremo quien convoca a la asamblea de dioses alarmado
por el incierto porvenir de la vida olímpica. Zeus explica por qué desea convocar
a reunión:
TipoKA/ífe, & "Hpa, ó ZxcoiKÓq Kai Aápiq ó
’ EiuKoúpevoq x^éq, oúk cÍ8a Ó0ev cnpícrtv áp^apévov
Too A.óyou, rcpovoíaq rcépi SisXeyéaGitv napóvxcov
poda cru^vcov Kai SoKÍpcov áv8p6rccov, orcep pákiaxa
fjviaoé pe* Kai ó pév Aápiq ob8' eTvai Beobq
E<paoKev, oi¡% Srccoq xót yivópeva erciaKoneiv
Siaxccxxeiv, ó TipoK^fiq 8é ó (5éA,xiaxoq érceipaxo
auvaycoví^eoBai fiptv- eTxcx óx^ ou íioXAou
éicipp'uévxoq obSév rcépaq éyévexo xfiq ouvouoíaq-
SieXuGrioav yótp Eiaab0iq éniOKÉ\)/eoéai xóc Xoiná
cruvGépEvoi, Kai vuv pExécopoi tcávxEq Eiaív, órcóxepoq
xpaxTioei Kai ¿c^qQéaxepa Só^ei Aiyeiv. ópaxe xóv
kívóuvov , cbq ¿v oxEvcp Travxárcaoi xá fipéxepa, év eví
ócv8pi Kivó'UVE'üópeva; Kai Suoiv BáxEpov
7tapEcoa0at áváyKrj, óvópaxa póvov sívai Só^avxaq, tí
xipaaGai mcfcep rcpó xou, flv ó TipoK^fiq bicépoxxi
Xsycov.
(Ayer Timocles, el estoico, Hera, y Damis el epicúreo - no sé
a partir de qué se originó la discusión- discutieron acerca de la
providencia estando presentes una gran cantidad de hombres;
precisamente esto fue lo que más m e molestó. Damis aseveraba que los
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dioses ni existen, ni prevén u ordenan lo que sucede; por su parte el
excelente Timocles intentaba defendemos. Después una gran multitud
se reunió y no pudieron terminar. Se dispersaron después de acordar que
terminarían la discusión otro día, y ahora todos están expectantes por
saber cuál de los dos vencerá y parecerá decir más verdades. ¿Ven
ustedes el peligro, que estamos en una situación angustiosa, pues
dependemos de un solo hombre? Y necesariamente ha de ocurrir una de
dos cosas: que seamos empujados a un lado si concluyen que somos
solo nombres, o seamos honrados como antes si Timocles domina con
su argumento)12.
No se plantea la muerte o desaparición de los dioses como alternativa
posible, pero sí una existencia en sombras, semejante a la de los muertos que
vagan por el reino de Hades ya que, sin contar con los honores que los hombres
les solían brindar, los inmortales parecerán no existir realmente. £1
debilitamiento en el lazo ritual entre hombres y dioses ya se está cumpliendo,
según lo testimonia Zeus cuando refiere la conducta mezquina de Mnesiteo,
quien en honor de dieciséis dioses ha sacrificado un solo gallo, viejo y enfermo,
y cuatro granos de incienso enmohecidos13.
Ante tan oscuro porvenir y sin hallar una solución satisfactoria, Zeus
decide convocar a asamblea de dioses. Para ello requiere la actuación de
Hermes, su mensajero. Dos dificultades se le presentan al ilustre heraldo: cómo
hacerse entender por toda la comunidad divina, considerando que se han
incorporado numerosos dioses forasteros de extraños lenguajes, y cómo
ubicarlos para que participen de la reunión, por sus méritos o por el valor del
material con que han sido hechas las imágenes de culto. Hermes debe recurrir
a su ingenio para poder resolver ambas dificultades: ubica a las divinidades
según su valor material pero no su mérito o devoción por parte de los creyentes-
las imágenes de los extranjeros están hechas de oro y marfil, las de los griegos
son de madera- y para que lo puedan entender todos -hay tracios, frigios, celtas,
escitas- recurre a gestos y ademanes14.
Una clave para la comprensión de esta obra es la ironía, que nos sale al
encuentro desde el mismo título. En efecto, el diálogo todo constituye la parodia
de una representación dramática cuyos actores son los hombres, Damis y
Timocles, y sus espectadores, los dioses. El autor de la obra es supuestamente
Zeus trágico (xpaycpóog)- Curiosamente, y allí reside la ironía, los actores no
se ajustarán a un plan que Zeus haya ideado, con lo que el argumento en contra
¿Pueden morir los dioses? Algunas respuestas, 21
desde Luciano hasta Torrente Ballester
de su providencia queda demostrado, aunque los hombres que participan en la
discusión lo ignoren. Los dioses, por su parte, quedan excluidos de toda
intervención pues están fuera del escenario. De los dos planos involucrados en
el desarrollo de este diálogo, es el humano el que determina la suerte del divino.
En este caso, la existencia que los dioses han conocido hasta entonces
depende de un argumento, de convencer al auditorio de que los dioses existen
y además pueden actuar y afectar la vida de los hombres. Es una muestra del
poder de la palabra creadora, que instala la realidad que predica.
Damis finalmente vence a Timocles. Si ha ganado con un argumento
basta con no admitirlo para restarle fuerza. Por ello, Hermes hace suyas las
palabras de Menandro:
O ú ó é v n é rc o v 0 a $ d e iv ó v , a v p q rcpooicoifj
(Nada terrible has padecido a menos que lo admitas)15
Juliano: la supervivencia divina mediante la política
Juliano fue el equivalente histórico del personaje de Patricio. Él se
propuso restituir a los dioses antiguos su perdido esplendor, recuperar para ellos
la piedad masiva que en esos días se había volcado ya hacia una nueva religión,
el cristianismo, que contaba además con el reconocimiento oficial de los
emperadores precedentes. Para lograr su propósito Juliano ideó un vasto
programa político que incluía modificaciones no sólo en el área específica del
culto asociado a la práctica en los templos, sino en la educación, pues estaba
convencido de que la formación clásica, nutrida durante siglos con los textos
homéricos como punto de partida, permitía al hombre alcanzar la excelencia.
$úoeo)g óé kosi xa? éKxoóxov TtpooAax&v
Tcatóeías ¿ctexvüx; y í v e t « 1 twv Ge&v xoi<; áv0p<Ó7coi?
6¿>pov.
(Pero cuando alguien bueno por naturaleza experimenta la
22 M aría Guadalupe Barandica de Yaya
educación a partir de estos textos clásicos se convierte naturalmente en
un regalo de los dioses para los hombres)16
Por ello ideó un vasto programa que se centraba en la paideia. Así,
además de continuar con medidas que provenían de los tiempos de Marco
Aurelio, como los concursos a que debían someterse los aspirantes a ejercer la
docencia pública, inició otras que tendrían aplicación con ligeras variaciones
hasta nuestros días. Tal es el caso de la ley del año 362. Dice al respecto
Marrou:
El texto mismo de la ley hablaba simplemente de someter el
ejercicio de la profesión pedagógica a la autorización previa de los
municipios y a la sanción imperial, so pretexto de asegurar la
competencia y la moralidad del personal docente. Pero lo cierto es que,
por una circular anexa, Juliano precisaba qué debía entenderse por
moralidad. A los cristianos que explican a Homero o a Hesíodo sin
creer en los dioses que estos poetas colocan en la escena, se los acusa
de falta de franqueza y honestidad, pues están enseñando algo en que
no creen. Se los conmina a que apostaten, o que abandonen la
enseñanza.
Puede afirmarse, sin paradoja, que Juliano creó con esta
disposición la primera escuela confesional, investida de una misión de
propaganda religiosa17.
Juliano nació en el 331 en Constantinopla18, hijo de Julio Constancio,
hermanastro de Constantino el Grande. Terna solo seis años cuando una intriga
de palacio terminó con los asesinatos de su padre, el hermano mayor y algunos
otros familiares. Constancio n, hijo de Constantino, se hizo cargo de la tutela
de Juliano, quien debió crecer en el exilio, acompañado sólo de sus pedagogos,
primero el eunuco Mardonio, quien lo educó en el conocimiento de las letras
griegas y latinas; y posteriormente, bajo la tutela de Jorge, futuro obispo de
Alejandría, quien lo instruyó en la teología cristiana.
A los 17 años le fue permitido retomar a la ciudad natal, donde estudió
con uno de los gramáticos más famosos, Nicocles, seguidor de la fe helénica
quien lo acercó al neoplatonismo. Tres años después el joven príncipe fue
enviado a Nicomedia, donde enseñaba Libanio, el campeón del helenismo.
Posteriormente se relacionó con seguidores de Jámblico y, en Éfeso, conoció
a Máximo, el filósofo experto en teurgia, al cual quedaría ligado toda la vida.
¿Pueden morir los dioses? Algunas respuestas, 23
desde Luciano hasta Torrente Ballester
En 355 por intercesión de la emperatriz Eusebia Juliano fue enviado a
Atenas, a la que él sentía como una patria añorada, donde frecuentó al rétor
cristiano Proeresio y al filósofo Prisco, pagano y neoplatónico. Allí encontró a
Gregorio Nacianceno y a Basilio.
Pocos meses después, llamado a Milán por el emperador, fue
inesperadamente proclamado César en reemplazo de su hermano Gallo,
asesinado por voluntad de Constancio, y le fue asignada una misión militar de
cierta importancia: restablecer en Galia el orden turbado por las invasiones
germánicas. El joven que hasta entonces sólo había dedicado sus energías a la
vida filosófica, demostró capacidad tanto en el campo militar como en el
político; Constancio, por su parte, le concedió la mano de su hermana para
cimentar su relación. En esas difíciles circunstancias fue fundamental para el
joven César la protección de Eusebia, con quien compartía el amor por las letras.
Al emperador y a su esposa están dirigidas los primeros escritos públicos de
Juliano en la forma de panegírico.
Por otra parte, la exitosa campaña de Juliano en la Galia causó celos en
Constancio quien, con la excusa de reforzar el frente persa en enero del 360,
ordenó al César enviarle una parte considerable de su ejército. La amarga
perspectiva de tener que abandonar su patria, así como la estima por su general,
llevó a los soldados a la rebelión y finalmente, a pesar de la resistencia de
Juliano, lo proclamaron emperador.
Era inevitable el enfrentamiento y Juliano se había puesto en marcha
contra el enemigo cuando repentinamente llegó la noticia de la muerte del
emperador en Cilicia en noviembre de 361.
De hecho, sin embargo, desde el comienzo de su reinado manifestó un
clamoroso gesto de ruptura con la tradición constantiniana, proclamándose
pagano y declarando oficialmente que quería restaurar el culto a los antiguos
dioses helénicos.
Con su muerte, ocurrida en el año 363 durante la campaña contra los
persas, se desvaneció el 'hostal* que intentaba construir para los dioses antiguos.
Curiosamente, aunque intentó imponer el culto de sus antepasados
helénicos, terminó demostrando que la vida de los dioses tiene que ver con la
devoción espontánea, no impuesta, de los creyentes. Es esa devoción popular lo
que da vida perdurable a los dioses. Un solo hombre poderoso puede crear un
culto e intentar que se extienda a lo largo de su vida, pero si quiere imponerlo
24 M aría Guadalupe Barandica de Yaya
a los demás, ese culto ha de morir con él19.
En el Himno a Helios había dicho Juliano:
aXX Euoiye toótoo jtapacrxaÍTi PorjOóq o te Xóyioq
'Eppfiq 4i>v ta % M oóaaiq ó te Mo'uaqyéTrig
’ AtcóXXcov, énei icai ocotco TrpoarpcEi t<ov Xóycov, icai
5otev $é e in e tv órcóaa xoí<; 6eoi£ cpíXa Xéyeotiaí te
Kai maTEbeoGai rcepl coítwv.
(Pero en cuanto a mí, que Hermes, el dios de la elocuencia
permanezca a mi lado y me ayude, y las Musas y Apolo, el que las guía,
pues también le son propios los discursos, me concedan decir cuanto se
deba decir y creer acerca de ellos.)20
A modo de conclusión .
Se han considerado tres modos de enfrentar la terrible experiencia de la
muerte de los dioses antiguos. Terrible, porque una condición que diferencia a
los dioses de los hombres es su inmortalidad. Si los dioses perecen, ¿qué queda
para los débiles mortales?
Hemos hablado de G. Torrente Ballester y Luciano, dos autores que
comparten una visión critica y mordaz acerca del mundo en que viven y que
eligen un acercamiento cómico al problema de la mortalidad de lo que no puede
morir, con la consecuente confinación del ser humano a un plano sin
trascendencia. La tercera perspectiva corresponde a Juliano, quien quiso revertir
desde su posición de gobernante un proceso que se estaba cumpliendo
inexorablemente.
Faltaba en los tres la única condición para que esas divinidades
siguieran formando parte de la vida de los hombres: el amor a los dioses. Por eso
los recursos empleados para mantenerlos con vida, conseguir nuevos fieles
mediante prodigios, convencerlos mediante argumentos o imponerles la antigua
devoción, son estériles y están condenados al fracaso.
¿Pueden morir los dioses? Algunas respuestas, 25
desde Luciano hasta Torrente Ballester
NOTAS
1 G. TORRENTE BALLESTER. “El hostal de los dioses amables”, en Las sombras
recobradas. Barcelona, Planeta, 1985, p.6. .
2 Zeus y Hera son los padres de los demás, forman un matrimonio burgués de cuyo
tedio escapan, uno seduciendo colegialas y la otra formando parte del Ejército de
Salvación; Afrodita se convierte en amante de un joven policía que se ufana de sus
conquistas ya que ella cambia de apariencia para complacerlo; Atenea es profesora en
un colegio de señoritas y con el tiempo llega a ser su directora; Artemisa es una
adolescente campeona en los deportes, perturbada por confusos recuerdos de Endymión;
Ares asume la personalidad de un militar retirado, invencible ajedrecista que destaca
también por sus conocimientos sobre estrategia y armas; Dioniso es un ebrio que repite
un monólogo en el que evoca a los antiguos dioses; Hermes es el que mantiene a los
otros informados, los asesora para que puedan funcionar en el mundo y el tiempo de los
hombres.
3 G. TORRENTE BALLESTER. [Link]., p. 279.
4 ídem. Op. cit., p. 322.
5 ídem. Op. cit., pp. 317-318.
6 ídem. Op. cit., p. 321.
7 ídem. Ibídem.
8 ídem. Ibídem.
9 ídem. Op. cit., p. 341.
10 ídem. Op. cit., p. 342.
11 ídem. Op. cit., p. 343.
12 LUCIANO. Zeus trágico, 4.
13 Esta referencia a la pobreza de los sacrificios recuerda también la que padecen los
dioses en Las Aves de Aristófanes después de la construcción de Nefelococigia.
26 M aría Guadalupe Barandica de Yaya
14 Es grotesco imaginar a Hermes, el mensajero de los dioses que obtuvo de Zeus el don
de la comunicación con los hombres, reducido a patético mimo que gesticula para
hacerse entender, en una negación absoluta de las ingeniosas argumentaciones que lo
han caracterizado a lo largo de su historia mítica. Esto muestra también el deterioro del
poder en el panteón olímpico.
15 LUCIANO. Op. cit., 53.
16 JULIANO. Contra los galileos, 229 E. En este texto Juliano llama a los cristianos
“galileos” con el fin de señalar su condición local y limitada. Contrapone el carácter
particular (pepixós), exclusivo, del dios de los hebreos al universal de los dioses
helénicos.
17 MARROU, H. Historia de la educación en la antigüedad. Madrid, Akal, 1985,p.
415.
18 Más datos biográficos y bibliográficos sobre Juliano en el capítulo de Dina Micalella
“Giuliano imperatore”, en: Storia della Civiltá Letteraria Greca e Latina, diretta da Italo
Lana ed Enrico V. Maltese. Volume Terzo. Torino, Utet, 1998, pp. 460-465.
19 Un ejemplo egipcio de este intento por imponer desde el poder la devoción está en
Amenhotep IV, conocido como Akenatón, quien reinó en el siglo XIV a. C.
20 JULIANO. Himno a Helios, 132 AB