Poder Político y Evolución del Estado
Poder Político y Evolución del Estado
EL ESTADO
El Estado no es algo que haya existido siempre, sino que se trata de una creación histórica,
una organización que aparece en un momento determinado de la larga marcha de la civilización.
El estado de naturaleza, para quienes sostienen esta doctrina, era aquel en que se hallaba el
hombre antes de entrar al estado de sociedad.
Las hordas
Quizá los grupos humanos más antiguos sean los conocidos con este nombre. Eran conjuntos
de hombres nómadas que no tenían un lugar fijo para vivir. La caza y la pesca constituían su principal
medio de subsistencia, y tan pronto como en una región determinada, donde moraban de paso,
comenzaban a escasear la una y la otra, emigraban a nuevas tierras en busca de mejores condiciones
de vida. Lo más probable es que en estos grupos errantes no haya existido la propiedad privada, con
excepción, tal vez, de la de algunos objetos estrictamente personales. Los individuos de las hordas
vivirían en un régimen de promiscuidad: [...la organización social tendría, pues, un carácter precario,
inestable.]
El derecho en esta época, como en las épocas más antiguas de la humanidad, se manifestaba
seguramente en las rudimentarias prácticas religiosas y morales, no diferenciadas entonces; se
encontraba inmerso, por así decirlo, en los diversos usos y costumbres tradicionales.
obtenidos, sin haber participado en los trabajos de cultivo o domesticación. La posesión, pues, que
antes era comunal, porque comunal era también la producción, se convierte en privada.
Una vez que los grupos humanos dejan de ser errabundos y el hombre se establece en un
lugar fijo, los lazos familiares se estrechan, y de la promiscuidad en que antes se encontraba la familia
surgen vínculos consanguíneos más firmes y estables. El padre, quizá, ya no abandona fácilmente a
la mujer con quien ha engendrado un hijo, sino que con ella forma un hogar. Empero, los lazos
consanguíneos mejor perceptibles son tal vez los que unen a la madre con el vástago. (Mater semper
certa est.) De todos modos, lo que importa hacer notar es que con la radicación de los grupos
humanos se consolida la familia por medio de los vínculos de sangre. Esta consolidación se perpetúa
en los descendientes, y la unidad de los lazos consanguíneos está simbolizada frecuentemente por
un tótem, que no es otra cosa que un animal, una planta o cualquier otro objeto, que recibe veneración
y respeto por parte de la descendencia común.
A la familia constituida por individuos de una misma sangre fueron uniéndose otros extraños
por medio de la adopción; ésta se llevaba a cabo mediante ciertas ceremonias establecidas
previamente. Una descendencia ficticia (la de la adopción) se unía, pues, a la descendencia natural
(la de la sangre), y era considerada por ésta como de la misma estirpe. Se originaron así las gens,
los clanes o, como la llama DEL VECCHIO, los grupos gentilicios.
En estos grupos las costumbres alcanzan una fuerza preponderante, que se acentúa con las
creencias religiosas. Es deber de todo miembro del grupo un respeto absoluto para los primevos, de
quienes se debe seguir el ejemplo de los buenos hábitos y los correctos procederes. El más anciano
es el que gobierna y pone el buen orden en la familia o en el clan; y aún después de su muerte se le
tiene en gran veneración y estima. Las costumbres por él instauradas son difíciles de cambiar, por el
temor que desde ultratumba venga a castigar a los que intenten hacerlo. Dentro de estas costumbres
podemos encontrar también, como ya hemos dicho, una mezcla de preceptos morales, jurídicos y
religiosos.
En este periodo, el individuo tiene valor en tanto pertenece al grupo; una ofensa inferida a él
es como si se hubiera inferido a toda la colectividad, y es ésta la que reaccionaba en contra de la
agrupación a la que pertenecía el ofensor. Mas cuando el individuo cometía alguna falta u ofensa en
contra de otro individuo del mismo grupo al cual pertenecía, era entonces expulsado de éste y
quedaba en completo desamparo, sin derechos y expuesto al ataque de todos.
En esta época, pues, pudiera decirse que el único derecho que existía era el de la venganza
colectiva. Pero esta venganza tenía en cuenta cierta igualdad. De otro modo, el daño causado por
ella podría ser muy superior al daño que se trataba de compensar. La medida que servía para
establecer la relativa proporción entre la falta y el castigo era la llamada Ley del talión, que
encontramos enunciada en la Biblia: "Oculum pro oculo, dentem pro dente...”.
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Mas las luchas mortíferas originadas por las venganzas colectivas debilitaban a los grupos.
Así, se optó por sustituir la venganza privada y el talión, por una composición. (…La ofensa, en vez
de ser vengada, es resarcida...) Para ello, las partes nombraban un árbitro entre los más ancianos, o
bien se sometían a las tarifas previamente establecidas. Es de advertirse, sin embargo, que, en sus
comienzos, la composición no era obligatoria, sino facultativa.
Poco a poco fueron unificándose diversos grupos gentilicios, para hacer frente a una amenaza
común o para adquirir mayor fuerza ante un enemigo de superior poderío. A la cabeza de cada una
de estas unificaciones se ponía un jefe que era, por lo regular, el más fuerte, el más valiente, el más
audaz de los guerreros y el que más conquistas había obtenido en las campañas bélicas. En torno a
él se fue formando una casta sacerdotal que lo apoyaba en el poder, otorgándole origen divino. El
mismo caudillo desempeñaba las funciones de jefe político, juez y legislador. Muchas veces su
autoridad se prolongaba más allá de su muerte, y dice Del Vecchio que en algunas ocasiones era
más poderosa desde ultratumba, por el culto que se rendía a los muertos.
El vínculo que entonces prevalecía en esta reunión de grupos gentilicios era, ya no de tipo
consanguíneo, sino de carácter político. Comienza de este modo a surgir la embrionaria organización
política que más tarde llegó a desembocar en la formación del Estado moderno.
Según Herbert SPENCER, antes de toda organización social el temor a las represalias y a la
reprobación de la opinión pública servía de freno para la buena conducta del individuo. Una vez
establecida la autoridad política por el jefe vencedor en la guerra, la amenaza de las penas legales y
de los severos castigos ultraterrenales que impondría el rey ya muerto al que violase los mandatos
que dio en vida, considerados como sagrados o divinos, se unió a los anteriores medios de coerción.
Puede decirse que Derecho y poder son anverso y reverso de una misma realidad: no puede
existir Derecho sin poder, como no puede haber poder sin Derecho. El primero depende del segundo
para su aprobación y aplicación, mientras que el segundo necesita del primero para dotarse de
organización, fines y medios. En efecto, para que haya normas jurídicas es preciso que alguien las
produzca y las cumpla y haga cumplir. El poder resulta entonces elemento imprescindible. A la
inversa, si el poder quiere ser real y dominar la vida social conforme a un fin o fines determinados, le
es necesario imponer sus mandatos, para lo que necesita de las normas jurídicas. Además, tampoco
el poder podría satisfacer sus propósitos si no estuviese mínimamente organizado, esto es, sin que
se estableciese quién, cómo y cuándo podría dictar esas normas, y para eso también necesita de la
intervención ordenadora del Derecho.
Pero si el poder es consustancial a toda sociedad, no ocurre lo mismo con el Estado. Éste es
una forma del poder, un tipo de poder caracterizado por su especial organización y medios, que nace
en un momento determinado de la historia. De este modo, el poder es el género, mientras que el
Estado es la especie. Adelantándonos a lo que después se comenta, puede decirse que el Estado es
la forma de organización del poder que alumbra la edad moderna y que caracteriza a las sociedades
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Antes del Estado se han dado otras formas de poder político. Algunas de ellas, posibles en
su momento histórico, se hicieron inviables al cambiar las circunstancias económicas, sociales y
políticas, abriendo así el paso a fórmulas nuevas, más evolucionadas. Otras han aportado elementos
que luego incorporaría el Estado moderno.
a) Una de las formas más antiguas del poder es la de los grandes imperios de la antigüedad,
como el asirio, el babilonio, el persa y el de Alejandro Magno. Hasta cierto punto podrían incluirse
dentro de este tipo a los imperios azteca e inca existentes en la América precolombina.
En estos imperios el individuo permanece sujeto al arbitrio ilimitado del poder y carece de
toda relevancia jurídica. Asimismo, tiene una importancia destacada el esclavismo, merced a la
existencia de numerosos esclavos procedentes de los ejércitos o pueblos derrotados y sometidos al
poder del emperador. Estos esclavos son utilizados como fuerza laboral o como instrumentos al
servicio del poder.
Como expresión de esta primacía de lo público, puede recordarse que Platón defendía la
división de la polis en tres clases (la de los guardianes, de los guerreros y el pueblo restante). Cada
una tenía una misión específica y, en concreto, los guardianes eran los llamados a ejercer el poder.
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Guardianes y guerreros debían reclutarse entre los individuos más idóneos para la función respectiva,
en la consideración de que lo importante no era el beneficio del grupo, sino la grandeza de la polis. El
ejercicio del poder se fundamenta así, no en la fuerza o en la herencia, sino en la capacidad o mérito
de los gobernantes.
El gran aporte de Roma a la historia occidental ha sido su Derecho. Y esta realidad se refleja
cumplidamente en el tema que nos ocupa.
Pues se desarrolla la idea de que el poder tiene que ejercerse jurídicamente, que la sociedad
se rige por una ley objetiva. Durante la república esta ley se presenta con un origen democrático y así
Gayo la define como quod populus iubet atque constituit (ley es lo que el pueblo manda y establece).
El Senado, como representación de los ciudadanos, será el centro de ese poder. Más, posteriormente,
con el principado y el imperio, la titularidad del poder se sitúa en el príncipe o emperador, bien que
teóricamente se presume su previa delegación o transmisión por el pueblo. En consecuencia, muda
el significado de la ley. Para Ulpiano, quod principi placuit, legis haber vigorem (lo que el príncipe
quiso tiene fuerza de ley). A pesar del cambio tan significativo, que lleva al reconocimiento del
emperador por encima de la ley (legibus solutus), lo relevante es que la ley sigue ocupando un lugar
fundamental en la vida romana: las relaciones sociales se rigen por un Derecho objetivado.
El crecimiento del Derecho va a traer consigo la distinción entre un ius publicum y un ius
civile, un derecho público y uno privado, lo que supone reconocer un ámbito de libertad y autonomía
individual. Las relaciones inter privatos se consideran regidas por criterios objetivos, paritarios,
distintos de la mera sumisión al poder que rige en el campo estrictamente político. En el plano público,
el individuo apenas es objeto de derechos, especialmente desde que se afirma la autoridad imperial.
En cambio, se afirma la existencia de una esfera privada, regida por normas objetivas y justas, que
además se extienden a todos los que habitan bajo el poder de Roma. Y esto sitúa a la persona en un
plano distinto y superior que el existente en otras sociedades.
Por debajo de esos elementos universalistas aparece una sociedad de perfil piramidal, en la
que la cúspide resulta ocupada por unos reyes más bien débiles, y de la que descienden
escalonadamente diversos titulares de un poder cada vez más localizado en su ámbito territorial: esos
reyes, faltos de recursos, se ven forzados a delegar su poder en la alta nobleza, que se encarga de
realizar diversas funciones públicas (guerra y orden interior, recaudación de tributos, administración
de justicia, etcétera). El rey transmite el ejercicio del poder unido a beneficios privados, como el
usufructo del territorio encomendado. Y a cambio recibe la fidelidad personal del beneficiario, que se
compromete a ayudarle en las guerras contra sus enemigos y en otras circunstancias (vasallaje). Pero
a su vez, estos grandes señores, no pudiendo ejecutar directamente y por sí mismos todas estas
funciones, recurren a otras personas de rango inferior para que las hagan valer en una parte concreta
del territorio que tienen encomendado. Y es así como se desarrolla esa sociedad feudal,
esencialmente jerárquizada.
El engarce entre los diversos niveles se hace por medio de pactos, de acuerdos entre las
autoridades superiores y las inferiores. Como consecuencia suya, se produce una confusión entre lo
privado y lo público. Al revés que en Roma, los títulos por los que se ejercen el poder proceden, no
de una ley previa, sino de ese acuerdo de voluntades. No hay por tanto una ley general ni un título
general, como la antigua condición de cives, que explique la sujeción al poder. El estatuto de cada
gobernante varía en función de lo previsto en ese pacto.
La atomización del poder va unida a un intenso particularismo jurídico: cada comarca y hasta
cada villa poseen un derecho peculiar. Aunque en España el feudalismo no se dio con la pureza de
otros lugares, como en el imperio carolingio, sí aparecen manifestaciones de este fenómeno, como
es el caso de los fueros propios de cada villa o ciudad.
Los reyes, antes débiles, van consolidando su poder, afirmando sucesivamente su influencia
sobre la población y el territorio. Y lo hacen en pugna con todo ese universo político que había
caracterizado a la fase anterior. Por un lado, se contraponen y ganan independencia frente al imperio
y al papado. Por otro, en el plano interno, se enfrentan y van arrinconando a la nobleza territorial, que
progresivamente pierde su poder político.
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De este modo, lo que caracteriza a esta fase preestatal es el proceso de centralización del
poder. Se implanta una nueva unidad política, progresivamente organizada, que da lugar a un orden
jurídico homogéneo. Frente al particularismo anterior, emerge un único centro de poder y unas
mismas leyes para cada territorio, proceso en el que el descubrimiento del Derecho romano
desempeña un papel relevante. Su idea de imperium brinda a los nuevos monarcas un medio de
reforzar su poder.
Lo que llamamos Estado moderno o Estado en sentido estricto nace con el Renacimiento y se
consolida en los siglos XVI y XVII. Son varios los factores, económicos, sociales, políticos e
intelectuales, que influyen en este fenómeno, algunos de los cuales se habían incubado tiempo atrás.
Por un lado, el capitalismo triunfa como modo de producción, y con ello plantea nuevas
demandas, como la apertura de nuevos mercados y rutas comerciales que sólo se pueden satisfacer
por unidades políticamente fuertes, esto es, por los reinos nacionales. Solamente los reinos, y no los
poderes feudales, son capaces de mantener ejércitos apropiados a los nuevos retos y circunstancias.
Desde el punto de vista intelectual, son tres los elementos que influyen en esta nueva
realidad. Por un lado, el protestantismo, que con su doctrina del servo arbitrio o libre interpretación de
las escrituras, supone una quiebra de la autoridad universal del papa. También, la aparición de
iglesias protestantes, separadas de Roma, refuerzan el poder de los reinos que las adoptan como
iglesia oficial. En segundo lugar, el humanismo, con su desarrollado sentido del individuo, pone las
bases de lo que habrá de ser la misión básica del Estado: la defensa de la seguridad individual. Diluye
también la fe religiosa como el vínculo que explica la sujeción al poder. Finalmente, el racionalismo,
el primado de la razón para conocer y gobernar la realidad, separa a los individuos del mundo de
creencias medievales atrayéndoles hacia un nuevo orden intelectual y político.
Tres teóricos deben citarse en este momento. Primero, Maquiavelo, que es el que acuña el
nuevo término de Estado, en el sentido de organización política estable y superior. Aunque asociado
a la doctrina de la razón de Estado o a lo que se llamaría el maquiavelismo político (o doctrina que
justifica cualquier medida que pueda adoptar el gobernante para triunfar frente a sus oponentes), lo
significativo del pensador florentino es su actitud racional, que busca la exposición objetiva de la
realidad política, y no su enjuiciamiento desde la perspectiva moral, y la satisfacción de las
necesidades propias del Estado.
Por su parte, Bodino aportará un concepto central en la teoría del Estado, como es el de
soberanía o poder supremo y perpetuo de una república. Visto que en la Francia de su tiempo había
desaparecido la posibilidad de aglutinar a los súbditos sobre la base de una misma fe religiosa,
construye el concepto de soberanía, que somete a todos a una obediencia por igual ante el rey que
encarna el Estado. Se objetiva así el vínculo de pertenencia al Estado y se reconoce su condición de
organización a la que se sujetan y de la que dependen las demás.
Finalmente, es importante la contribución del inglés Hobbes. El autor del Leviatán defiende
una renuncia de todos los individuos a los derechos que podían tener en el estado de la naturaleza y
su transferencia incondicional a un monarca, que, por lo mismo, aparece como un monarca absoluto,
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de poder ilimitado. Pues sólo así puede evitarse la guerra de todos contra todos y asegurar la vida y
patrimonio de cada cual. Con ello no solo contribuye al afianzamiento del poder monárquico. Lo más
significativo es que sienta un nuevo fundamento del Estado, cual es el de estar al servicio no de un
fin trascendente sino de bienes esencialmente individuales.
Como resultado de todos estos factores, se consolida el Estado moderno, caracterizado por
su condición de poder centralizado y supremo dentro de una sociedad, dotado de un orden jurídico
unitario.
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Podemos definir al Estado como una agrupación humana, establecida sobre un territorio,
organizada por un poder supremo. Sin perjuicio de lo que más adelante se comenta, aparecen aquí
recogidos sus elementos básicos: es una organización de poder, dirigida al gobierno de los hombres
asentados en un territorio.
La necesidad del Estado se explica también por el hecho de que todo el territorio mundial está
dividido en Estados.
Esta característica sirve para diferenciarle de otras organizaciones o poderes, como los
sociales y económicos (compañías, corporaciones, iglesias, sindicatos, grupos de presión, etcétera)
y políticos (municipios, provincias, regiones). Unos y otros cuentan con una estructura de hombres y
unos recursos con los que se pretende lograr ciertos fines. Unos y otros suponen que unos individuos
mandan y otros obedecen. En eso se asemejan al Estado. Pero, lo que diferencia a ese vasto
conglomerado de poderes frente al Estado es que este último se presenta como un poder superior,
de tal modo que la existencia de los primeros sólo es posible en la medida que él mismo lo consiente.
Por eso se califica a su poder de supremo. Y esto, a su vez, está relacionado con la condición esencial
de los fines perseguidos por el Estado, pues sólo su satisfacción permite que esas otras
organizaciones o poderes satisfagan los suyos.
También esta nota sufre algunas excepciones, a valorar como tales excepciones. En el plano
interno, está el caso de legítima defensa, que habilita al individuo para realizar actos violentos.
Mientras que en el internacional puede citarse la previsión contenida en el capítulo VII de la Carta de
las Naciones Unidas para que este organismo autorice el empleo de la fuerza contra algún Estado o
miembro de la comunidad internacional. Pero esto último debe situarse dentro de sus justos límites,
pues las Naciones Unidas, en cuanto organización internacional, carecen de capacidad coactiva, y
tienen que recurrir a la de los Estados miembros si quieren imponer de esta forma sus mandatos.
Cuando nos interrogamos por la justificación del Estado, lo que queremos saber es el
fundamento último del poder político organizado de una sociedad. Se trata de conocer la razón del
sometimiento de unos individuos a otros, de explicar este fenómeno que implica que unos mandan y
otros obedecen, siendo así que el hombre no acepta fácilmente el hecho de verse dominado. El poder
del Estado puede ser despótico o democrático, limitado o ilimitado, pero siempre conlleva un ámbito
mayor o menor en que se da esa relación de supremacía y dependencia.
Las doctrinas que han aparecido en la filosofía política al respecto son muy variadas. En aras
de la simplicidad las resumiremos agrupadas en la forma siguiente.
a) Teorías anarquistas. Son precisamente las que niegan que el Estado tenga justificación y,
por tanto, abogan por su supresión. Aunque el pensamiento anarquista se presenta en ocasiones
como asociado a movimientos violentos, no deja de ser lo anterior una inexactitud. El anarquismo
considera que todo poder y, en especial, el estatal es malo porque pervierte al individuo y le hace
perder su libertad originaria. Cree que es posible construir un orden pacífico en que esté ausente la
coacción y la dominación de unos individuos sobre otros. Sólo una parte de este movimiento defiende
la destrucción violenta del Estado.
Aunque estas teorías tuvieron relativa aceptación en los siglos XIX y XX, la verdad es que
nunca se han podido poner en práctica. Encierran un utopismo un tanto ingenuo sobre la condición
humana, al considerar que el hombre es bueno por naturaleza y que sólo es un tipo de sociedad lo
que le corrompe, acabado el cual volvería a resplandecer esa bondad originaria. Ignoran que la
naturaleza humana es un conglomerado de humores positivos y negativos, de tendencias sociales y
antisociales, y que, por consiguiente, no basta el convencimiento individual o la aceptación de las
normas para que éstas se cumplan.
b) Doctrinas religiosas. Según estas concepciones el poder estatal existiría por ser una
creación divina. El Estado sería un resultado de la voluntad superior de Dios y los hombres no podrían
hacer otra cosa que acatarlo.
Un sucedáneo de estas teorías se puede encontrar hoy día en las teocracias implantadas o
defendidas por el fundamentalismo islámico.
Con reparos podría incluirse también dentro de esta tendencia genérica a Hobbes, en cuanto
defiende que en el estado de la naturaleza reina la guerra de todos contra todos y que en él se
imponen los fuertes a los débiles.
En tiempos más recientes se presentan las doctrinas anarquistas ya citadas y las marxistas,
que defienden que el Estado es un instrumento de dominación de unas clases sociales sobre otras.
En concreto, el Estado burgués del siglo XIX serviría para defender los intereses de los propietarios
de los medios de producción frente al proletariado. Se aboga por la liberación de las clases explotadas
a través de una sociedad sin clases y sin Estado, bien que para su consecución se admite la fase de
dictadura del proletariado.
De signo opuesto a las anteriores, pero también partidarias del fundamento violento del
Estado, figuran las teorías de un Nietzsche, defensor del superhombre y del dominio de los fuertes
sobre los débiles.
Kelsen afirmó que estas teorías se limitan a describir un hecho que acaso ha podido tener
plasmación en algunos momentos. Pero que no dan una explicación coherente del fenómeno aquí
estudiado, pues no aclaran el porqué de los que mandan y dominan a los demás. Esto es, que
permanece sin dilucidar el sentido de esa voluntad de dominación, de apropiación interesada del
poder.
Acaso fue Hobbes el pensador que más énfasis puso en esta idea del pacto. Parte Hobbes
del estado de naturaleza, anterior al Estado, en el que el hombre es libre. Pero en ese mismo estado
natural reina simultáneamente una inseguridad extrema, pues ese mismo hombre sabe que, al estar
todos movidos por el egoísmo, cada cual atiende ilimitadamente a su propio interés, con lo que se
desemboca en una guerra de todos contra todos. Conscientes de que esta situación es contraria a su
bien, los individuos deciden crear una sociedad política, un Estado, al que transfieren todos sus
derechos a cambio de que ese Estado les garantice su seguridad y propiedad. Se aboga así por la
instauración de un monarca absoluto, pero con la particularidad de que su interés se debe
exclusivamente a la voluntad e interés de los hombres.
Otro pensador que participa de esta concepción fue Pufendorf. Este alemán del siglo XVII
defendió la existencia de un doble pacto: por un lado, el que se establece entre los individuos para
constituir un pueblo y un Estado; por otro, el que permite traspasar al soberano el poder de gobernar.
Pero fue Rousseau el que, en su conocida obra El contrato social, llevó más lejos esta postura
al asociarla a la idea de democracia. Parte este autor de la libertad que poseía el hombre en el estado
de la naturaleza como algo irrenunciable. La comunidad política surgiría mediante un contrato social,
pero con la particularidad de que este contrato no supondría la pérdida de la libertad originaria, pues
la comunidad debe gobernarse por la voluntad general o, lo que es lo mismo, a través de la
participación individual en la decisión de los asuntos públicos. Mediante esta participación en el
gobierno de la comunidad el individuo mantendría su libertad originaria; pues no haría otra cosa que
obedecerse a sí mismo. El punto central de esta teoría pactista es la defensa de la voluntad general
en el gobierno de las sociedades. esto es, el derecho de todos los individuos de concurrir en la
decisión de los asuntos públicos. y como la voluntad popular no puede delegarse, porque hacerla
equivaldría a enajenarla, la consecuencia es la defensa de la democracia directa, sin representantes.
Más, a pesar del interés de estas teorías, la verdad es que no llegan a convencer. Pues en
modo alguno puede demostrarse que el Estado haya surgido históricamente a través de un pacto de
los individuos sometidos. Antes bien, hay numerosos ejemplos de Estados nacidos y mantenidos por
actos de fuerza. Bien es verdad que los partidarios de esta concepción alegan que el pacto es algo
que debe entenderse desde una perspectiva lógica, algo que debe suponerse, independientemente
de los hechos. Pero entonces tampoco se da razón de las numerosas normas y obligaciones que los
hombres soportan cada día sin haberlas aceptado. Pues, aunque hay Estados democráticos, en los
que el poder procede de la voluntad popular, esto es sólo una realidad en una concreta forma de
Estado. e incluso dentro de estos Estados, son numerosas las normas establecidas sin atisbo de
consentimiento ciudadano. Como se ve, la idea del pacto y del consentimiento se desvanece como
para aceptada como explicación completa.
e) El último grupo de teorías son las llamadas éticas, las que descansan en un deber moral.
La sumisión al Estado sería una consecuencia de la moral. Así Kant defendía a la ley, creada por el
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Estado, como un imperativo categórico, moral. En parecido sentido, Hegel llegó a considerar al Estado
como la realización de la idea moral objetiva, como el estadio superior de la razón.
El problema de estas teorías es básicamente la variabilidad de esa moral o idea, según los
individuos y pueblos. Esto es, que la fijación de cuál es la moral o idea a la que se debe el Estado
puede ser y, de hecho, es una cuestión de fuerte controversia, consecuencia de las distintas
interpretaciones al respecto.
f) Acaso por todo lo anterior pueda darse la razón a Kelsen, cuando señalaba que la cuestión
del fundamento último del Estado no es susceptible de planteamiento científico, al estar en estrecha
dependencia de creencias subjetivas.
Una respuesta objetiva sólo puede darse si nos limitamos a interrogarnos por la justificación
más inmediata, por lo que de modo más directo hace explicable al Estado. En este sentido, el Estado
se apoya en una experiencia psicológica, consistente en que los individuos conocen la amenaza de
coacción estatal, siendo esto lo que les lleva normalmente a observar la conducta prescrita; haciendo
las más de las veces innecesaria la aplicación de esa coacción. En definitiva, y como también escribió
Jellinek, su justificación es la misma que la del Derecho: mantener el orden social y evitar la guerra
de todos contra todos. A pesar de sus inconvenientes y limitaciones, los individuos reconocerían que
es mejor vivir sometidos a un poder que establece pautas de conducta y vela por su observancia, que
permanecer cada uno abandonado a sí mismo y sin saber cuál es la conducta que podemos pretender
de los demás.
La cuestión de los fines del Estado, o lo que éste debe perseguir, es una materia muy
compleja, difícil de objetivar por su cercanía al reino de la estimativa personal. Las respuestas que se
han dado han incurrido en no pocas ocasiones en valoraciones subjetivas.
Entre todas estas teorías, y como escribió Jellinek, pueden distinguirse dos grandes grupos:
la de los fines expansivos y la de los fines limitados.
a) Teorías de fines expansivos. Unas afirman que el Estado tiene como fin la realización de
la moral o de la justicia entre los miembros de una comunidad, como fue el caso de Platón y la
escolástica medieval. Otras ponen el énfasis en la consecución del bien común, de la utilidad o
bienestar general, conjunto muy heterogéneo en que se incluyen desde la monarquía absoluta hasta
el marxismo.
Como puede verse, no se limitan a uno o varios fines adecuadamente delimitados, sino que
utilizan conceptos abiertos. En cuanto tales, pocos los rechazarían, pues sin duda sería difícil
defender que el Estado deba buscar la injusticia o el bien de unos pocos y el mal de muchos o de la
mayoría. El problema de estas teorías surge en cuanto se trata de pasar de esas referencias genéricas
a fines concretos e históricos, siendo aquí donde aparecen graves y, en ocasiones, insuperables
discrepancias, en función de las diversas ideologías existentes. Todo puede deducirse de ellas y en
realidad todo se ha deducido a lo largo de la historia. Con la agravante de que apelaciones tan ideales
han sido empleadas en no pocas ocasiones por gobiernos absolutos o totalitarios, que no han vacilado
en sacrificar bienes y derechos de muchos invocando las exigencias de un bien común superior.
En definitiva, a estas teorías les ocurre lo mismo que a las que explican el Derecho con
apelaciones a la justicia o la paz social: la cuestión es quién y cómo define estos conceptos. Lo que
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b) Teorías de fines limitados. El segundo grupo consiste en teorías que defienden que el
Estado debe perseguir sólo un fin o varios fines específicamente determinados. Así, Locke y el
liberalismo inicial abogaban por la consecución de bienes estrictamente individuales, como la libertad
y la propiedad. La misión del Estado era garantizar estos bienes y poco más. Lo demás pertenecía al
reino de la sociedad y quedaba a la libre iniciativa individual. Todo ello dio lugar a un Estado
abstencionista, según el modelo propugnado por Adam Smith: un Estado que debía desentenderse
de los problemas económicos y sociales y dejar que los individuos los afrontasen valiéndose de sus
propias fuerzas, pues ello era el mejor camino para el pleno empleo y la creación de riqueza.
Este segundo grupo posee algo en común con el anterior: refleja concepciones políticas,
respetables pero siempre subjetivas. A cambio, adolece de los defectos opuestos. Así como las
teorías expansivas llevaban a la subordinación del individuo al Estado y favorecían la instauración de
gobiernos tiránicos, las ahora comentadas suponen subordinar el Estado y, lo que es lo mismo, la
colectividad, a exigencias estrictamente individuales. El Estado que resulta es una organización
reducida y débil, no apta para conseguir ciertas metas de solidaridad y justicia. De hecho, la historia
se ha encargado de refutar teorías tan prosaicas y ha llevado a la instauración de Estados con amplias
competencias, que redundan no sólo en beneficio de fines individuales sino también de fines
colectivos.
c) A nuestro juicio, una respuesta universalmente aceptada sobre los fines estatales es
prácticamente imposible, al depender de creencias personales o de grupo. En muy buena parte, los
fines que ha perseguido el Estado a lo largo de su ya dilatada historia han sido muy variables en
función de la ideología imperante en cada sociedad y tiempo. Por eso, no puede decirse que el Estado
posea un fin propio y característico, inherente e inmutable.
Por otro lado, debe tenerse en mente que los individuos no son algo separable de la sociedad,
pues la satisfacción plena de sus necesidades pasa por la vida social. Con lo cual, lo colectivo se alza
como una realidad, no por ideal menos real. La colectividad está formada por una densa red de
relaciones interindividuales de muy diverso tipo, no visible pero no por ello inexistente. En cuanto tal,
lo colectivo implica unas exigencias y unos valores que también el Estado puede y debe atender.
Incluso, puede haber casos en que el bien colectivo exija el sacrificio individual, como la vida corriente
da suficientes testimonios (pago de tributos, prestaciones personales, expropiaciones de bienes).
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Estudiados el fundamento y el fin de los Estados, queda por ilustrar el modo de aparecer y
desaparecer de los mismos.
b) Formas derivativas. Suponen que un Estado surge a partir de otro, procediendo con la
voluntad o contra la voluntad de este último. Desde hace siglos, han sido las únicas formas posibles,
consecuencia de estar todo el orbe dividido en Estados. Aquí caben diversas posibilidades, que
resumimos a continuación.
Un tercer caso lo constituye el Estado federal. Esto es, Estados hasta ese momento
independientes se unen para crear un Estado que los integra a todos. Sin que ahora deba examinarse
la cuestión de si el mismo hace desaparecer a los anteriores, lo cierto es que se produce un nuevo
Estado. Tal ha sido el caso de los Estados Unidos con su constitución de 1787 y de Suiza a partir de
1848.
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Finalmente, podemos citar el caso de la fusión o absorción. Dos Estados se unen para crear
uno nuevo y distinto, que hace desaparecer a los anteriores. Esto es lo que supuso el proceso de
unificación de Italia, cuyo surgimiento como reino en el siglo XIX implicó la desaparición de anteriores
reinos y principados independientes. Una variante es aquella en que un Estado absorbe a otro, que
de este modo desaparece. El primero, en cambio, se mantiene como tal. Ejemplo reciente ha sido la
incorporación de la antigua República Democrática Alemana a la República Federal Alemana, a raíz
del tratado :le unificación de 1989.
FORMAS DE ESTADO
Entendemos como formas de Estado las variantes que el mismo ha adoptado en función de
la configuración de los tres elementos esenciales y sus relaciones recíprocas. Según cuál sea el tipo
de poder instaurado y su relación con el territorio y la población tendremos una forma estatal u otra.
La primera clasificación de las formas de Estado se debe a Aristóteles, quien distinguía entre
tres formas puras y formas impuras. Las primeras se caracterizaban por encaminarse al bien común,
mientras que las segundas lo eran por perseguir fines privativos de los gobernantes. Las tres formas
puras venían determinadas por el número y calidad de los que ostentaban el poder: la monarquía o
gobierno de uno solo; la aristocracia o gobierno de los mejores dentro de la polis; y, finalmente, la
politeia, equivalente a la actual democracia, o gobierno de los ciudadanos. Pero estas formas tendían
a corromperse con el tiempo. Y así la monarquía se convertía en tiranía, la aristocracia en oligarquía
y la politeia en demagogia.
Dos siglos más tarde Polibio desarrollaría la visión aristotélica. Primero, defendió la existencia
de un ciclo (lógico, no natural) entre las formas de Estado. Este ciclo consistiría en que la monarquía
degeneraría en tiranía, viéndose sustituida entonces por el gobierno aristocrático. Mas luego éste se
transformaría en oligarquía. Esta última se vería reemplazada por la democracia, que con el tiempo
también acabaría degenerando hasta convertirse en demagogia. Luego se implantaría una nueva
monarquía, reiniciándose así el ciclo. En segundo lugar, Polibio ensalzaría una combinación de los
tres tipos como ideal de organización política. Se trataría de tomar lo mejor de cada una de las formas
para dar lugar a una organización equilibrada o gobierno mixto. Esta idea en cierto sentido estuvo
vigente en la Roma republicana, con unos cónsules que representarían el factor monárquico, un
senado representativo de los patricios y unos comicios a través del cual participaba el pueblo en el
gobierno de la res pública.
En el siglo XVI Maquiavelo introdujo una nueva clasificación, reduciendo las formas de Estado
a dos, la monarquía y la república. Esta nueva ordenación tuvo un amplio reconocimiento hasta casi
llegar al llegar a la edad contemporánea. Y es que su mayor simplicidad iluminaba sobre los rasgos
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básicos de los dos modelos de Estados que existieron a lo largo de ese largo período. Monarquía
significaba el gobierno de uno solo y se correspondía con las monarquías absolutas de la época.
Mientras que república se refería al gobierno de la ciudad por todos o una significativa de sus
miembros. Esto es, república aparecía como sinónimo de gobierno del pueblo o democracia. Se
caracterizaba así a dos tipos de Estado por el titular último del poder: la monarquía se daba allí donde
imperaba la voluntad del príncipe, mientras que república suponía que el poder procedía de la
voluntad del pueblo.
Pero esta clasificación dual comenzó a perder importancia cuando la evolución política hizo
que monarquía y república perdiesen ese significado unívoco que veía Maquiavelo. A partir del siglo
XIX las monarquías ven limitadas progresivamente sus facultades, pierden su poder absoluto hasta
convertirse en instituciones simbólicas. Se mantiene la figura del rey, pero el Estado se democratiza
al devenir el Parlamento elegido por sufragio universal la pieza fundamental del entramado político.
En paralelo, aparecen Estados titulados formalmente como repúblicas, pero donde el poder se
concentra en realidad en uno solo o en unos pocos que gobiernan con mano de hierro. En definitiva,
monarquía y república dejan de ser, respectivamente, sinónimos de gobierno absoluto y de democra-
cia. Pierden, por tanto, su capacidad diferenciadora de formas de Estado.
Se trata de una forma desaparecida del mundo occidental desde comienzos del siglo XIX
Pero, tanto por su persistencia en otros continentes, como para ilustrar lo que iba suponer su
superación mediante el nuevo Estado constitucional, conviene conocerla mínimamente.
Este tipo de Estado fue el propio de la monarquía de derecho divino, la que derivaba su poder
de una supuesta transferencia divina. El rey aparece como un vicario de Dios para los asuntos
temporales. Su persona se sacraliza, como lo revela el tratamiento de majestad y soberano. Y su
poder, no necesitado de consentimiento ni de justificación ante los súbditos, se hace casi ilimitado,
hasta confundirse con el propio Estado: "el Estado soy yo", según la conocida expresión de Luis XIV
de Francia. Aunque podían existir otras instituciones, tales como las cortes o asambleas estamentales
o los consejos, los mismos eran claramente impotentes para contrarrestar el poder real. También se
le ha llamado Estado policía por tratarse de una organización limitada al mantenimiento de la paz
pública, fin para el cual el poder gozaba de plenas facultades.
Bien es verdad que se defendían algunas limitaciones, como las derivadas del Derecho divino
y del natural. Pero éstas eran tan imprecisas y vagas que apenas suponían una garantía para los
súbditos: su patrimonio y libertad quedaba a expensas del arbitrio del poder.
Ejemplo fueron Federico II de Prusia, Catalina de Rusia, María Teresa de Austria y Carlos III de
España, todos ellos en la segunda mitad del siglo XVIII. El Estado absoluto llega a su cenit y, al
tiempo, anuncia la instauración de un nuevo modelo. Fue precisamente el espíritu de la Ilustración,
con su inquietud por los derechos individuales, el que llevaría a su abolición y sustitución por el Estado
constitucional.
Los Estados vigentes en la actualidad puede clasificarse con arreglo a tres criterios: por el fin
del poder, por su origen y por su relación con el territorio. Pasemos a exponer esta clasificación sin
perjuicio del posterior estudio de los distintos tipos estatales.
a) Por el fin del poder distinguimos los Estados de Derecho o Estados constitucionales, de un
lado, y Estados autoritarios.
b) Por el origen del poder los Estados se dividen en democráticos y autocráticos.
e) Por la distribución territorial del poder, los Estados se dividen en centralizados y
descentralizados.
En esta parte y en la siguiente se analizan las mencionadas formas estatales.
El Estado autoritario suele darse como una fase de transición desde la monarquía absoluta
al Estado de Derecho o constitucional, o bien cuando se produce un retroceso de este último
consecuencia de una crisis política (golpe de Estado, guerra civil, etcétera). Corresponde a una fase
posterior a la monarquía absoluta y, en general, a sociedades más evolucionadas que las del antiguo
régimen.
Se caracteriza por la concentración del poder en un órgano, de tal modo que es ejercido sin
límites perceptibles. No hay distribución interna del poder y las libertades individuales o son ignoradas
o cuando están reconocidas lo son de modo tímido e insuficiente. Se parece en este punto a la antigua
monarquía absoluta. Pero, a diferencia de esta última, esta forma no implica un poder monárquico,
basado en leyes dinásticas. Puede darse en Estados constituidos como repúblicas e, incluso, esto
último puede ser la cobertura de ese perfil autoritario. Lo que le caracteriza es que está ausente de
todo lo que signifique consentimiento espontáneo y libre de los gobernados.
A diferencia del Estado totalitario, el modelo ahora considerado se contenta con monopolizar
el poder político, admitiendo que la sociedad y los grupos dispongan de una cierta autonomía mientras
no interfieran con la vida política. De hecho se reconocen unos derechos en la esfera privada, como
la familia y el patrimonio.
están reconocidos. Y cuando lo están es de modo parcial e hipotecados a todas las vicisitudes de un
poder incontrolado.
El Estado totalitario es en términos estrictos una realidad moderna si entendemos por tal la
que se desarrolla desde comienzos del siglo XX. Sus máximos exponentes han sido el totalitarismo
comunista implantado en Rusia tras la revolución bolchevique de 1917 y el nacional socialismo que
dio lugar al III Reich alemán. También puede incluirse el fascismo italiano, de donde procede
precisamente la idea del Estado total, y el franquismo de las primeras décadas.
El Estado totalitario constituye la máxima expresión del poder despótico y, por lo mismo, la
forma más peligrosa para la vida y libertad individual.
Se distingue básicamente del modelo autoritario por los siguientes rasgos: primero, porque
no se contenta con monopolizar la vida y el poder político, sino que pretende dominar toda la vida
social: la educación, la cultura, los medios de comunicación, la economía y otros aspectos están
sometidos estrictamente al Estado, tal y como lo dirige una minoría de gobernantes. Se denomina
Estado totalitario precisamente por abarcar toda la vida social. Segundo, este Estado está al servicio
de una ideología que refuerza su poder y elimina todo significado a los individuos y sus derechos: ora
es el triunfo de una nación o raza, ora la abolición de la sociedad de clases. Tercero, los derechos
individuales se quedan en la mínima expresión a la hora de la verdad. Pues hasta los de contenido
económico, en el caso de mantenerse, se subordinan a una economía autárquica y burocratizada. El
Estado dispone de un fuerte aparato policial para eliminar cualquier disentimiento individual. Cuarto,
el Estado cuenta con un líder o caudillo que lo exterioriza y asume el poder supremo. Todas las
instituciones están férreamente subordinadas. Pero, además, el Estado totalitario dispone de un
extenso partido único que permea y controla toda la sociedad. Su poder es precisamente más intenso
que el de cualquier dictador circunstancial porque tiene a su servicio esta poderosa maquinaria.
Gracias al partido único el Estado puede prolongarse indefinidamente en el tiempo.
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