ELOGIO DEL ENSAYO*
(1990)
Horacio González
Defensas del ensayo como género apropiado para las ciencias
sociales conocemos muchas. Algunas de ellas constituyen
también grandes ensayos. Es lógico. Este género muestra su
validez hablando en primer lugar de sí mismo. Desde luego, este
«autismo» incomoda a los espíritus que juzgan que el
conocimiento es un «lanzarse al exterior». Es precisamente en el
ensayo donde lo que predomina es la actitud de volcarse hacia
adentro: no escribir sobre ningún problema, si ese escribir no se
constituye también en problema.
Volcarse hacia adentro. Ocurre que el ensayismo es una
pócima que une conocimiento y escritura, en la línea que recoge
aquel aullido clásico, el conócete a ti mismo.
Demás está decir (aunque siempre hay que buscar un decir
que sobre, que sea además) que las carreras universitarias
vinculadas a las ciencias sociales han proscripto el conocimiento
de sí. No sólo las de ciencias sociales, sino también las de
filosofía y las de letras. Ellas son ámbitos donde ha triunfado la
escisión entre conocimiento y escritura, lo que es decir entre
escritura y autoinspección del sujeto.
Muy otra fue la actitud de Michel Foucault. Esto es
necesario resaltarlo, porque también es Foucault el que deja la
impresión, demasiadas veces, de que estamos ante una suerte de
director de diario que nos amonesta: «En cada párrafo una
información». Y bien, en Foucault el dominio del dato adquiere
una inocencia terrible, pues era necesario que no perdiera
extrañeza sin que eso evitara familiarizarnos con él. El dato, de
este modo, invita a perderse. El investigador querría recortar con
rigor un «trozo de realidad» para «separarse de sí mismo». ¿Pero
qué es ese separarse? ¿Acaso la verdadera garantía de
*
Publicado en Babel, revista de libros N° 18. Dossier: La escritura de las ciencias sociales.
Últimas funciones del ensayo. Buenos Aires, 1990, p. 29.
comunicación y texto, garantía —entiéndase— de que el escribir,
el pensar o el comunicar están allí para frustrar el asalto de un Yo
que renegaría de la necesaria neutralidad de la lengua?
Debemos decir que, en Foucault, «separar» el mundo de
los datos del mundo ensimismado sólo debería servir para
responder una pregunta crucial, para la cual el dato es el yo. La
pregunta es, entonces, para qué hago lo que hago. O, recogiendo
la expresión del propio Foucault, que sitúa esta pregunta como
fatalidad de «algún momento de la vida», la cuestión es «saber si
se puede pensar diferente de lo que se piensa y percibir diferente
de lo que se ve». Sin internarnos en esa pregunta, no podríamos
contener al mismo tiempo la realidad exterior de la vida y la
insatisfacción del sí mismo. El ensayo es un «escribir para
conocer» y «un conocimiento de sí», porque nunca nadie le hará
confesar, como género, que busca constituir una lengua
comunicante al margen de la crítica situación del escritor
respecto de lo que escribe. ¿Pero es eso solamente?
Todo esto lo estamos leyendo en El uso de los placeres.
Puede no tener gracia recordarlo nuevamente, pero allí Foucault
propone una idea sobre el ensayo que nos viene como anillo al
dedo. El ensayo, dice, y pone esa palabra entre comillas (no es
nuestro caso), el ensayo es necesario entenderlo como
experiencia modificadora de sí. Quiere decir que el ensayo tiene
su punto de partida en lo que alguien puede sentir cuando está en
situación aseverativa. Afirmo porque creo y creo cuando elaboro
un esquivo espejo con escrituras mías. En ellas trato de
observarme sin ilusiones. Siento lo frágil y lo inevitable que es
afirmarme en esos párrafos que recubro de «informaciones».
Pero nadie puede sacarme el sentimiento de que ese ejercicio no
está hecho para homologarme al «lector, mi semejante», sino
para poner frente a él un abismo. Quiero la verdad y la escribo. Y
como la escribo, nunca sabré si la tengo.
Esto último no lo dice Foucault ni lo sugiere, pero parece
necesario extremar la situación del escritor con su texto. Lo
vemos entonces haciendo sus abluciones. Queremos decir: no
soportando sus propios pensamientos. Sería éste un intento
radical de burlar toda comunicabilidad. ¿Esta extremación que
inhibe lo comunicable puede ser seriamente defendida desde la
escritura? Resulta sorprendente tener que responder una pregunta
de este tipo, hecha por un interlocutor que en este caso
imaginamos indignado. ¿Si no es para comunicar, para qué se
investiga o se escribe? Es que el autor de la pregunta no ha tenido
en cuenta el simple requisito de separar comunicabilidad de
inteligibilidad. Con la primera, aceptamos fácilmente las
sonoridades ya preparadas. Nuestras escrituras serán adaptativas,
adosadoras, repitientes. No se crea que no hay placer en ello.
Pero generalmente no es al que aspiran sus cultores. Con la
segunda, aceptamos que lo que se entiende de un texto no es lo
que éste ofrece en su primera lectura, en su primera estribación,
en sus morisquetas didácticas, o en sus trazos autoevidentes. Las
ciencias sociales han privilegiado la comunicabilidad suponiendo
que era sinónimo de inteligibilidad. Como resultado de ello, las
ciencias sociales que se escriben en nuestras sucintas
universidades e instituciones de récherche, comunican. Eso es
cierto, pero también lo es que, en la última napa movilizadora del
entendimiento, ellas realmente no se entienden. Se lo impide su
«claridad ya calculada». Cientos de «investigaciones» están
haciéndose en este mismo momento bajo la norma de la espera.
Es la espera de una estructura lingüística respecto del dato que
camina hacia ella. En la confianza de esa reunión de las
categorías con la empiria, prepara el tribunal de las ciencias su
apología de la paciencia.
Pero, en vez de una comunicación sin comprensión,
preferimos nosotros una inteligibilidad sin comunicación. Esto
último significa que lo que hay que «construir» no es
necesariamente el dato, sino nuestra propia comprensión
impaciente de un texto que se complace en atravesar sus propios
obstáculos.
Obstáculos legítimos, agrego, obstáculos que le pertenecen
como resultado de un modo de escribir que debe dejar el resuello
del pensamiento sobre el lenguaje.
No hay por qué festejar el skotéinos, el texto oscuro a la
espera de su dorado cabalista. Además, es necesario siempre
distinguir la frontera entre lo oscuro y lo mal resuelto. Eso no
siempre es fácil. Por otra parte, la tesis del último Foucault, de
tintineo tan argentino, —«escribo para aclararme las cosas a mí
mismo»— dio como resultado un estilo que podríamos llamar
moralista. Quien se «aclara a sí mismo» no tiene por qué evitar
un tejido de afirmaciones que formarían parte de un catecismo.
Involuntariamente, recomienda conductas con arreglo al canon
de la «vida buena». Si no teme quedar como un pastor
prejuicioso, lo mejor que debe hacer un ensayista que trabaja «en
el esclarecimiento exclusivo de sí» es empeñarse en ese tipo de
enunciados concluyentes. Mueras generalizaciones de un ingenuo
que no acudió a los «casos» validadores sino a la propia
verosimilitud de su argumento escrito, babosamente extendido
sobre los renglones del papel. ¿No dijimos que se trataba de un
moralista?
Ahora bien, ese moralista tiene en el ensayo su aliado
principal. Porque es justamente el ensayo lo que convierte
legítimamente una actitud del tipo «cuidado de sí» en un texto
público socialmente legible. El ensayo de esa tenue membrana
que hay que escribir para sí, en aptitud precomunicativa.
Entonces, el resultado será una inteligibilidad pública. No es una
simple paradoja. Es el hilo de sentido que une la imposible
omisión de quién escribe, con un sistema de lecturas
públicamente disponible. Si puedo terminar con una fórmula,
debería decir que ni el placer del texto ni la ansiedad por la
comunicación son estaciones atractivas para un posible nuevo
recorrido del ensayo, de entonación socialmente crítica. Quizás
pueda afirmarse ahora que no hay placer en escribir lo que
parecen confesiones. Si ellas se convierten en prosa de ensayo es
porque en algún lugar es necesario declarar la soberanía del
pudor. El ensayo social es un género de pasaje. Del «escribo para
mí» al pudor trascendental. En algún lugar está el límite entre el
placer yoísta y un texto que busca ávidamente lectores que lo
adoptarán o lo abandonarán. Sólo entonces comprenderemos la
suprema ironía. Quien escribió para sí será realmente entendido
en el anonimato de esos días sin autor ni tiempo. Y si se siente
moralista, tendrá derecho a realizar el justo reclamo de que
suspendan esa palabra dos hermosos pares de comillas.