Omplementos de Formación Disciplinar
Omplementos de Formación Disciplinar
FORMACIÓN DEL PROFESORADO. EDUCACIÓN SECUNDARIA 2 FORMACIÓN DEL PROFESORADO. EDUCACIÓN SECUNDARIA
I
VOLÚMENES COMPLEMENTARIOS Esta colección tiene por objetivo principal contribuir a la formación del Pedro Cañal (coord.)
profesorado y reflejar una visión coherente de la educación secundaria Universidad de Sevilla
Vol. II. Didáctica de la Biología (obligatoria y bachillerato), tanto en lo que concierne a las finalidades
y la Geología Pedro Alfaro
BIOLOGÍA
Y GEOLOGÍA
Universidad de Valencia
mismos, que puede ser útil tanto para el futuro profesor (Máster de
VOLÚMENES CORRESPONDIENTES AL Secundaria) como para el docente en ejercicio que desee potenciar su David Brusi
MÓDULO GENÉRICO Y AL PRÁCTICUM desarrollo profesional. Universidad de Girona
Cristina Sendra
Vol. III. Orientación educativa. Procesos
Universidad de Valencia
de innovación y mejora de la enseñanza
Amparo Vilches
Universidad de Valencia
2 Vol. I
Formación del Profesorado. Educación Secundaria
Serie: Didáctica de las Ciencias experimentales (Biología y Geología)/Formación y Desarrollo Profesional
del Profesorado
Director de la colección: César Coll
Coeditan
MINISTERIO DE EDUCACIÓN
Secretaría de Estado de Educación y Formación Profesional
Instituto de Formación del Profesorado. Investigación e Innovación Educativa
© Secretaría General Técnica
Catálogo de publicaciones del Ministerio: educacion.es
Catálogo general de publicaciones oficiales: 060.es
© Pedro Cañal (coord.), Pedro Alfaro, Óscar Barberá, David Brusi, Concha Gil, Daniel Gil, André Giordan,
María Aránzazu Hueto, Pedro Membiela, Emilio Pedrinaci, Ana Rivero, Cristina Sendra, Amparo Vilches,
Ana María Wamba
© De esta edición: Editorial GRAÓ, de IRIF, S.L.
Editorial GRAÓ, de IRIF, S.L.
Ministerio de Educación, Secretaría General Técnica
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transmisión de la misma por cualquiera de sus medios tanto si es eléctrico, como químico, mecánico,
óptico, de grabación o bien de fotocopia, sin la autorización escrita de los titulares del copyright.
ÍNDICE
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5
INTRODUCCIÓN
Pedro Cañal
Coordinador
La profesión docente, como otras muchas, exige una dedicación constante al estudio y ac-
tualización de los conocimientos. Los profesores de ciencias necesitamos estar al corriente
de las nuevas interpretaciones y hallazgos sobre la realidad material que genera la ciencia,
saberes que también llegan en alguna medida el alumnado a través de los medios de comu-
nicación y que deben incorporarse, necesariamente, al discurso del aula.
Por otra parte, como la docencia por desarrollar no se circunscribe al ámbito de las titulacio-
nes iniciales de la licenciatura o grado cursado, es necesario acumular otros conocimientos
complementarios, relativos a los ámbitos curriculares que el biólogo o el geólogo deberán
atender en las aulas de ecuación secundaria.
Por todo ello, aunque sin duda la magnitud de las necesidades de formación en este sentido
desbordan las posibilidades de un libro, en este volumen se ofrece un «mirador» hacia temas
y campos del conocimiento con los que hemos de irnos familiarizando de forma progresiva,
1. Los otros dos libros son Didáctica de la Biología y la Geología y Biología y Geología. Investigación, innovación y
buenas prácticas.
como parte de la cultura profesional que necesitamos para desenvolvernos con éxito en la
enseñanza de la Biología y la Geología.
Ana Rivero y Ana Wamba aportan fundamentos para dar respuesta a unas cuestiones que
no podemos dejar de plantearnos: ¿qué es la ciencia?, ¿cómo se construye el conocimiento
científico? y, ¿cómo formar al alumnado en temas tales como la naturaleza de la ciencia, el
trabajo de los científicos y la elaboración de sus conocimientos? El segundo capítulo incide
también en algunas de estas cuestiones, sobre todo cuando su autor, André Giordan, se
refiere al papel de la historia de las ciencias en la comprensión del carácter histórico, so-
cial, y siempre mejorable, de las ideas científicas. Y en cómo la reflexión que se plantee el
alumnado, sobre los difíciles procesos de elaboración del saber y acerca del debate histórico-
social de las nuevas ideas, le ayudará a comprender mejor la naturaleza del conocimiento
científico.
Los capítulos 3 y 4 aportan panorámicas actuales sobre el saber geológico y biológico que
se está generando o vislumbrando en la actualidad. David Brusi y Pedro Alfaro, nos acercan
a las fronteras de la geología actual: la exploración planetaria, los terremotos, los modelos
sobre la «tierra profunda» y la tectónica de placas, la investigación biogeológica sobre la
historia de nuestra especie, el futuro de los recursos energéticos y, por último, el cambio cli-
mático y sus consecuencias. Por su parte, Óscar Barberá y Cristina Sendra se adentran en el
territorio de la bioingeniería y sus aplicaciones sanitarias en aspectos, por ejemplo, como la
nanotecnología aplicada en las retinas artificiales. Y siguen con referencias al desarrollo de la
medicina evolutiva, una nueva y prometedora mirada a los temas de salud humana. También
abordan los nuevos planteamientos de las ciencias biológicas que pueden contribuir a los
avances industriales, desde la producción energética a la descontaminación o la producción
de nuevos materiales biológicos o inspirados en seres y procesos biológicos. Por último,
revisan aspectos novedosos de biología básica: los nuevos enfoques sistémicos, los avances
hacia el logro de vida sintética, el universo que se abre ante el conocimiento en profundidad
de aspectos como la arquitectura y fisiología del cerebro, la genómica, la proteómica y otros
muchos aspectos de esta ciencia del siglo XXI.
En el capítulo 5, Daniel Gil y Amparo Vilches aportan un material didáctico por contextua-
lizar sobre los problemas ambientales y la sostenibilidad. Un capítulo imprescindible para
entender la situación de crisis ambiental que ya empieza a protagonizar la actualidad y el
futuro de las sociedades humanas en la Tierra. En este escenario de crisis, los enfoques de
la enseñanza de las ciencias como alfabetización científica para todos los ciudadanos y,
concretamente, los enfoques Ciencia, Técnica y Sociedad (CTS) y Ciencia, Técnica, Sociedad
y Ambiente (CTSA) adquieren gran importancia, que son presentados en el capítulo 6 por
Pedro Membiela.
CONTENIDO DE CAPÍTULO
Ana Rivero
Universidad de Sevilla
Empecemos por una obviedad: la ciencia tiene una importante presencia e importancia en
nuestra vida cotidiana. En el siglo XXI ya nadie lo pone en duda. Está presente en aconteci-
mientos y conversaciones, y es un elemento básico para nuestro desarrollo y bienestar. No
es extraño, por ejemplo, que vayamos a comprar y la etiqueta de un determinado alimento
nos informe de que se trata de un transgénico, que su calidad ha sido comprobada «cientí-
ficamente» y que tengamos que tomar la decisión de si comprarlo o no. O que nos veamos
involucrados en un debate sobre qué tipo de energía debemos priorizar en la situación ac-
tual –donde parece cada vez más claro que el petróleo no va a poder satisfacer por mucho
tiempo las demandas de las sociedades desarrolladas–, si la nuclear o las llamadas energías
alternativas (solar, eólica, etc.). O que, yendo más allá, tengamos que valorar si queremos
buscar energías para mantener el mundo desarrollado, tal como lo conocemos actualmente,
o queremos cambiar el modelo de desarrollo de nuestro mundo.
La ciencia, por tanto, ha dejado de ser un asunto que compete exclusivamente a los especia-
listas para convertirse en patrimonio y responsabilidad de todos. El conocimiento científico
debe ser en la actualidad parte esencial de la cultura personal, que permita a los ciuda-
danos interpretar la realidad con racionalidad y libertad, y disponer de argumentos para
tomar decisiones (Castaño y otros, 2006). Para ello, es necesario conocer qué es la ciencia,
cuáles son sus principales resultados y la metodología empleada, y además, cuáles son las
consecuencias de sus descubrimientos y aplicaciones, a qué intereses sirven, qué proyecto
humano subyace en ellas, por qué cauces deberían discurrir en el futuro y otras cuestiones
vinculadas a las necesidades e intereses de los sistemas sociales y culturales. Como plantean
Godin y Gingras (2004; citado en López Cerezo y Cámara, 2005, p. 35):
No podemos considerar científicamente culto a un individuo cuyo receptáculo cerebral reservado
a la ciencia sólo albergue un inventario de datos, a modo de registro enciclopédico de preguntas y
respuestas. Es necesaria la reflexión, la integración y la explotación crítica de esa información, formar
juicios independientes sobre asuntos controvertidos relacionados con la ciencia, ser conscientes
de los interrogantes éticos y desafíos ambientales que plantean las nuevas fronteras de la ciencia y
tecnología, hacer frente con éxito a la superstición, etc.
Es decir, hay que formarse en ciencia y sobre la ciencia. Es imprescindible abordar as-
pectos epistemológicos, históricos, ideológicos, etc. en la formación científica. Son numerosos
los contextos en los que se puede desarrollar una cultura científica de los ciudadanos del tipo
que estamos defendiendo, pero es el ámbito educativo, sin lugar a dudas, el que no puede
eludir este reto. Y no se trata de un reto sencillo. Partimos de cierto desinterés de los estudiantes
por la ciencia, puesto de manifiesto en el descenso en el número de ellos que escogen en el
bachillerato opciones científicas. Además, nos encontramos que, según la Segunda Encuesta
Nacional sobre Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología de la Fundación Española
para la Ciencia y la Tecnología (FECYT, 2005), la mayor parte de los españoles valora ne-
gativamente la formación científica y tecnológica recibida en la escuela: sólo un 10% de
las personas entrevistadas reconoce haber recibido en los centros de enseñanza un nivel
de conocimientos científicos que califica de alto o muy alto, frente a un 65,5% que declara
haber recibido una educación científica que califica de baja o muy baja.
y actualizar dicha imagen. Somos conscientes de que abordamos un asunto complejo, pues
no existe consenso entre los especialistas acerca de qué es ciencia y qué no lo es, y cómo
se construye este conocimiento, lo que no desmerece el interés que puede tener para el
profesorado conocer los debates y el desarrollo que se están produciendo en este campo.
Muchos autores y numerosas investigaciones han puesto de manifiesto que la imagen sobre
la ciencia que se fomenta en la escuela es ajena totalmente a estos debates. Predomina, en
cambio, una visión unidimensional y coincidente con planteamientos propios del conoci-
miento común o cotidiano y bastante alejada de las aportaciones más actuales de la filosofía
y la epistemología de la ciencia.
Como plantean Fernández y otros (2005), si se quiere cambiar lo que los profesores y los
alumnos hacemos en las clases de ciencias, es preciso previamente modificar la epistemolo-
gía de los profesores. Y aunque poseer concepciones válidas acerca de la ciencia no garan-
tiza que el comportamiento docente sea coherente con dichas concepciones, constituye, al
menos, un requisito indispensable.
En este capítulo vamos a presentar pues, las aportaciones que consideramos más relevantes
para caracterizar la naturaleza del conocimiento científico, y dado que nos dirigimos a futu-
ros profesores, lo haremos en relación a las concepciones más habituales que se transmiten
en la escuela y que creemos imprescindible mejorar, siguiendo, en parte, las señaladas por
Fernández y otros (2005).
Desde principios del siglo XX hemos tenido a nuestra disposición un concepto de cien-
cia conocido como concepción heredada (Hempel, 1973), según el cual la ciencia
es un conocimiento teórico que se obtiene básicamente mediante el método científico
hipotético-deductivo a partir de la experimentación (Izquierdo, 2000). De esta forma, es
«el método» (en el que destaca el papel de la experimentación) el elemento que da esta-
tus al conocimiento elaborado. Un ejemplo que ilustra esta afirmación es la declaración
de Pearson:
La unidad de toda ciencia consiste sólo en su método, no en su contenido. El hombre que clasifica
hechos, sean del tipo que sean, que observa su relación mutua y describe sus secuencias, está apli-
cando el método científico y es un hombre de ciencia. (Pearson, 1900, p. 12)
Esta idea, que todavía podemos detectar de manera explícita o implícita en numerosas situa-
ciones educativas, ha ido cambiando profundamente a lo largo de los últimos cien años en
el campo epistemológico, a partir de diversas aportaciones realizadas desde la sociología de
la ciencia, la historia de la ciencia, el lenguaje, las ciencias de la comunicación y la propia
epistemología. Por ejemplo, Sommerville (1941) ridiculizaba tal concepción de ciencia con
su brillante ejemplo de la Paraguología, en el marco del cual llegó a enunciar varias leyes
utilizando «el método científico»:
• Ley de Variación del Color según Propiedad por Sexo (los paraguas pertenecientes a
mujeres tienden a ser de una gran variedad de colores, mientras que los pertenecientes
a hombres son casi siempre negros).
• Leyes de la Propiedad Individual de una Pluralidad de Paraguas y de la Propiedad Plu-
ral de Paraguas Individuales (la interrelación se presenta, en la primera ley, en razón
casi directa con el ingreso anual, y en el segundo, en una relación inversa casi perfecta
con dicho ingreso).
• Ley de la Tendencia a la Adquisición de Paraguas en Tiempos Lluviosos.
En efecto, como señalan Castaño y otros (2006), son numerosas las definiciones que pode-
mos encontrar, algunas caracterizadas por su amplitud, otras mucho más restringidas. Al pri-
mer grupo pertenecen, entre otras, la propuesta por Collinwood (2007) (ciencia es cualquier
conocimiento sistemático de la realidad), en la que tienen perfecta cabida tanto las ciencias
formales (matemáticas y lógica) y naturales (física, química, biología…), como las sociales (eco-
nomía, sociología, antropología, historia…), y las denominadas por Dilthey (1986) ciencias
del espíritu (filosofía, arte…).
En definitiva, planteamos que es necesario modificar la visión tan restringida que a veces
transmitimos de la ciencia como aquel conocimiento de carácter teórico que se ela-
bora utilizando «el» método científico de carácter experimental, para tener en cuenta, al
menos: las relaciones indisolubles entre ciencia y tecnología y la dimensión práctica de
los modelos teóricos, la diversidad y complejidad de las prácticas científicas y, por tanto,
de los métodos utilizados, las relaciones entre la ciencia y los contextos e instituciones
sociales en que se elaborara y aplica, y el sistema de valores en el que se inserta la acti-
vidad científica.
La concepción inductivista
La ciencia nació bajo la premisa de que el universo está regido por leyes universales que se
pueden encontrar y formular. Así como los antiguos filósofos (entre los que debemos destacar
a Aristóteles) intentaron conocer el mundo mediante su pensamiento racional, Bacon, al que
seguramente podemos considerar el primer filósofo que teorizó sobre la ciencia experimen-
tal, puso el énfasis en la necesidad de observar la naturaleza como forma de acceder a las
leyes que la gobiernan. Este énfasis en la observación, como contraposición a la posición
anterior, condujo a la visión positivista del conocimiento y del método científico, basado en
el razonamiento inductivo.
Aunque las visiones inductivistas sobre la ciencia han sido abandonadas por los especialistas,
es seguramente esta perspectiva la que con mayor frecuencia nos podemos encontrar en
situaciones escolares, tanto en el pensamiento del profesorado, como en el del alumnado,
e incluso en los mismos libros de texto. Por ejemplo, no es extraño encontrar en un
libro de texto simplificaciones reduccionistas que presenten el trabajo científico como
siguiendo un método únsico, cerrado, específico para las ciencias de la naturaleza, ob-
jetivo y exacto, basado en la observación, la formulación de hipótesis, la experimentación y
la extracción de conclusiones, y que «permiten a los científicos ir descubriendo los secretos
de la naturaleza» (AA.VV., 2000, p. 9).
E.P.: —En cierto modo, pues, cuando obtenemos imágenes de los objetos del exterior, el cerebro
elabora una hipótesis sobre qué es ese objeto y entonces se pone a prueba, contrastándola
con los sentidos, ¿verdad?
R.G.: —Sí, yo creo que la percepción es una hipótesis. El problema es que la percepción debe trabajar
de forma muy rápida, en una décima de segundo, por lo que la comprobación no es muy
exhaustiva. (Punset, 2004, p. 465)
Como nos hace notar este autor, Popper cayó en la trampa de utilizar nuevamente la obser-
vación y la experimentación como base fundamental para la aceptación o no de las teorías
científicas, cuestión que se había criticado duramente en el positivismo previo.
Quizás el autor más importante que hizo tambalearse en primer lugar a la perspectiva de
Popper, fue Thomas Kuhn. Este autor publicó en 1962 su polémica obra The Structure of
Scientific Revolutions que, valga la redundancia, revolucionó la filosofía tradicional de las
ciencias. Kuhn aporta el concepto de paradigma, que concibe como un conjunto de creencias,
valores y técnicas compartidos por una comunidad científica (Campanario, 2002), de manera
que la ciencia se caracterizaría más por los paradigmas de la comunidad científica que
por su unidad metodológica (Porlán, 1995). Es, por tanto, la primera vez que claramente
se cuestiona la observación y la experimentación como mecanismos comunes y básicos de la
producción científica.
También Lakatos (1978) pone en entredicho las propuestas de Popper, argumentando que las
teorías científicas no se someten a falsación, sino que se protegen de ella. Para este autor, las
En definitiva, no hay una única opción que cuente con el consenso de filósofos y epis-
temólogos acerca de cómo se produce el conocimiento científico, sino que se reconoce
la existencia de diversos enfoques y estrategias. Quizás el papel de los problemas como
motor de la investigación sea el único aspecto que goce de mayor aceptación entre las
distintas tendencias, pero la importancia de la observación, la experimentación, las hipó-
tesis, el diseño de experiencias, las teorías previas, la deducción lógica, la creatividad, la
invención, la comunicación de las investigaciones y sus resultados, etc., es un asunto más
controvertido.
La visión descontextualizada
Con frecuencia nos referimos a contenidos científicos sin establecer ninguna relación con
el contexto en el que fueron elaborados: los problemas a los que se intentaba responder,
los medios técnicos de los que se disponía, las preocupaciones de la época, etc. A
veces lo hacemos así porque creemos que la ciencia es independiente del medio en el
que se desarrolla.
Cuando esto ocurre en el ámbito educativo, provoca que los contenidos aparezcan como
arbitrarios y, por tanto, con muy poco sentido para los estudiantes. En efecto, a los estu-
diantes les puede ocurrir algo parecido a lo que les ocurrió a las respectivas comunidades
científicas de la época cuando Newton, Wegener o Mendel expusieron sus teorías. Fue
necesario que transcurrieran siete u ocho décadas para que se aceptara la teoría de Newton
sobre la gravitación universal, o medio siglo para que se admitiese la teoría de Wegener de
la deriva continental, o más de treinta años hasta que se redescubrieron las leyes de Mendel
sobre la herencia.
En definitiva, es necesario adoptar una visión más contextualizada de la ciencia, que nos
permita comprender mejor cómo se ha elaborado el conocimiento, en respuesta a qué pro-
blemas, enfrentándose a qué dificultades, etc., y también, por supuesto, que nos permita
reconocer las limitaciones del conocimiento científico actual y las perspectivas futuras. Y,
por último, comprender a nuestros estudiantes y sus dificultades.
Ésta es otra visión bastante presente en el ámbito educativo. Se trata de presentar o fomentar
la idea de que el conocimiento científico crece por acumulación sucesiva de nuevas teorías,
sin tener en cuenta los complejos procesos de cambio que han tenido lugar en el desarrollo
del conocimiento científico (Estany, 1990).
Pero ¿cómo cambia el conocimiento científico? Según Kuhn (1962), el desarrollo de una
disciplina dada se caracteriza por períodos de ciencia normal y períodos de revolución
científica. Durante los primeros, los científicos resuelven problemas en sus respectivas áreas
mejorando la articulación y coherencia interna del paradigma. En estos casos, pueden pre-
dominar los cambios de tipo acumulativo. Pero, a veces, no es posible resolver algunos
problemas dentro del paradigma dominante, lo que da lugar a anomalías o datos que no en-
cajan. Por ejemplo, es una anomalía para la teoría del Big Bang sobre el origen del universo,
el dato publicado con carácter divulgativo por Cayetano López en El País (López, 1994),
acerca de que el uso de mediciones nuevas de la constante de Hubble sugiere la hipótesis
de que el universo tiene entre 7.000 y 11.000 millones de años, demasiado pocos para la
teoría establecida. Pues bien, si estas anomalías se acumulan y llegan a afectar a los aspec-
tos fundamentales del paradigma, surge un período de crisis. Si, además, en este proceso se
gesta progresivamente un paradigma rival, es decir, otro punto de vista general alternativo al
existente, se da una revolución científica.
Por su parte, Lakatos, como ya señalamos en el apartado anterior, explica que los programas
de investigación se resisten al cambio. Ahora queremos añadir que eso no significa que
Lakatos no admita que el cambio realmente se produce, pero sólo si se cumplen tres criterios:
1. La nueva teoría debe explicar todo lo que explicaba la teoría anterior.
2. La nueva teoría debe tener un exceso de contenido empírico con respecto a la teoría
anterior, es decir, la nueva teoría debe predecir hechos nuevos que la teoría anterior
no predecía.
3. La nueva teoría debe ser capaz de orientar a los científicos para que puedan com-
probar empíricamente una parte al menos del nuevo contenido que ha sido capaz de
predecir (Campanario, 2002).
En términos de Lakatos, explicaríamos que la teoría del Big Bang sigue vigente porque no
existe otro programa de investigación que explique lo mismo que el Big Bang, que prediga
hechos nuevos que ésta no puede (quizás, por ejemplo, si el universo se va a contraer o con-
tinuará expandiéndose) y que oriente el trabajo científico en otra dirección más productiva.
Nos parece muy relevante, por último, la propuesta de Toulmin (1977) acerca de cómo
cambia el conocimiento. Para este autor, en cualquier momento hay suficiente cantidad de
personas creativas que mantienen un conjunto de innovaciones que entran en competencia
intelectual con otras ya establecidas. Algunas variantes resultarán elegidas y se incorporarán
al acervo de conocimientos, y otras serán olvidadas (Porlán, 1995). En este punto, Toulmin
discrepa de Kuhn, pues, para el primero, en la elección de unos conocimientos u otros sí
se pueden detectar criterios racionales, con el fin de encontrar las mejores soluciones a los
problemas teóricos o prácticos de cada población conceptual. Es decir, el desarrollo de una
disciplina tendría su origen en problemas no resueltos que plantean unas exigencias intelec-
tuales o prácticas no satisfechas. La aparición de nuevos conceptos por procesos de selección
es ejercido por la propia comunidad científica afectada, en aras de un mejor servicio a la
disciplina en cuestión (Campanario, 2002).
Según la perspectiva de Toulmin, los cambios pueden ser rápidos o lentos, de mayor o de
menor calado, pero siempre son parciales y sometidos a la selección crítica de la comuni-
dad intelectual. Se trata, por tanto, de una perspectiva gradualista respecto al cambio de las
teorías científicas.
En coherencia con creencias expuestas anteriormente, nos encontramos esta otra, de impor-
tante presencia en el ámbito educativo: el conocimiento científico es objetivo y verdadero.
Efectivamente, si el conocimiento científico es el que se elabora siguiendo detalladamente
los pasos de «el» método científico, en el que predominan la observación «pura» y la expe-
rimentación, el resultado debe ser objetivo y verdadero.
Por otro lado, como hemos visto en el apartado «La visión acumulativa y de crecimiento
lineal», no podemos tener seguridad de que no aparezcan nuevos datos o interpretaciones
que modifiquen lo que el conocimiento científico ha dado por válido en una época determi-
nada, por tanto, es difícil considerarlo verdadero. Por ejemplo, ¿es verdadero que el sistema
solar está compuesto por ocho planetas? ¿O era verdad cuando estaba establecido –hace
casi nada– que eran nueve los planetas del Sistema Solar? Además, ¿puede considerarse
«verdadero» algo en un mundo caótico, como el nuestro? Formamos parte de un universo
complejo, conformado por numerosos sistemas también complejos, con diferentes niveles
de organización imbricados entre sí y, según la teoría del caos:
Aquellos sistemas dinámicos que puedan ser descritos por ecuaciones cuyas variables se encuentran
en una relación no lineal atraviesan durante su evolución por fases de comportamiento caótico impre-
decible debido a la sensibilidad que poseen en las condiciones iniciales. (Luffiego y otros, 1994, p. 94)
Lo dicho anteriormente puede hacernos sentir un poco de vértigo: ¿No disponemos entonces
de ninguna certeza en el ámbito científico (y, por ende, muchas menos en el ámbito coti-
diano)? ¿Es todo relativo, como defendía Feyerabend? Recuperemos de nuevo la conversa-
ción de Punset y Gregory:
E.P.: —Sostienes que el cerebro no existe para hallar la verdad, sino para sobrevivir.
R.G.: —Sí. Las sociedades necesitan un acuerdo para trabajar colectivamente en la construcción de
una casa o en la fabricación de utensilios de cocina. Se necesitan ideas preconcebidas para
sobrevivir, creencias sociales que nos permitan llegar a una acción coordinada y pactada.
Pero nada de eso guarda relación con la verdad absoluta. (Punset, 2004, pp. 469-470)
Hecht (1987), es casi tan divertido desprestigiar una teoría como desarrollarla, los errores no
suelen pasar inadvertidos ni se pierde la oportunidad de confrontar unas opiniones con otras.
A menudo se entiende la ciencia como una actividad neutra, que no está influida por la sociedad
en la que se desarrolla, ni por intereses particulares, y cuyo máximo objetivo es la búsqueda de
«la verdad». Sin embargo, existen ejemplos que ponen de manifiesto una visión diferente, en la
que los criterios que guían la investigación están sesgados por estereotipos o arquetipos sociales.
Por ejemplo, según relatan Jiménez-Aleixandre y Otero (1990), durante la primera mitad del
siglo XX se consideraba que el número de cromosomas de la especie humana era de 48, puesto
que se identificaban 24 diferentes y se suponía que cada uno debía tener su homólogo. La
detección de 24 cromosomas diferentes no era un error. Provenía del hecho que las muestras
(tomadas por equipos diferentes en lugares distintos) se tomaban únicamente en hombres,
nunca en mujeres, bajo el supuesto implícito de que el varón era el arquetipo. Hubo que
superar este prejuicio para llegar a los actuales 23 pares de cromosomas homólogos, que son
así en las mujeres (donde los cromosomas sexuales son XX) y no exactamente en los hombres,
que poseen 22 pares más los sexuales (XY), aunque considerados también un par homólogo.
En el momento que aceptamos que la ciencia es una actividad humana (y, por tanto, some-
tida a condicionantes) y una construcción social (y, por tanto, determinada por la sociedad en
la que se desarrolla), tenemos que aceptar que es difícil que exista neutralidad en el desarro-
llo de la ciencia y que dicha neutralidad quizás no sea más que un mito (Quintanilla, 1978).
Además, hay que tener en cuenta que, aunque no fuese la comunidad científica misma la que
realizara los estudios o interpretara los resultados desde un punto de vista interesado, no es
posible evitar que otros agentes sociales lo hagan. Por ejemplo, la bomba atómica no se po-
dría haber construido sin conocimiento científico y tecnológico. De manera que seguramente
es mucho mejor reconocer la influencia ideológica en la actividad científica que mirar hacia
otro lado, pues sólo así estaremos en disposición de intentar controlarla. Una visión neutral
de la ciencia nos impide valorar la influencia de los intereses particulares o generales en las
investigaciones o las posibles consecuencias y repercusiones de los hallazgos científicos.
Para Quintanilla, esta valoración no es asunto exclusivo de los investigadores, quienes ac-
tualmente son trabajadores asalariados, insertos en el proceso productivo y, por tanto, sujetos
a presiones sociales. Por el contrario, la responsabilidad moral y política del científico y del
técnico en la actualidad tiene que ver con una toma de conciencia colectiva y política sobre
el carácter de la ciencia y de los científicos en el conjunto de la sociedad. Por eso es también
tan importante abordar este reduccionismo en la educación.