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La Historia Del Eit La Revista de La Universidad Católica

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ANNAL YDA ALV AREZ-CALDERON GERBOLINI

JOSEPH DAGER ALV A • ANTONIO ESPINOZA RUIZ


ROSA MARIA MACERA ZEV ALLOS • SUSIE MINCHIN LEME
SOLEDAD OLAECHEA PARDO
NATHALIE DE TRAZEGNIES THORNE
- COMPILADORES -

La Historia del Perú


eit la Revista
de la Universidad Católica

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~
PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATOLICA DEL PERU
FONDO EDITORIAL 1993
Edición preparada por:

Annalyda Alvarez-Calderón Gerbolini


Joseph Dager Alva
Antonio Espinoza Ruiz
Rosa María Macera Zevallos
S usie Minchin Leme
Soledad Olaechea Pardo
Nathalie de Trazegnies Thorne

Dirigida por:
Franklin Pease G. Y.

La Historia del Perú en la Revista de la Universidad Católica

Cubierta: Instituto Riva-Agüero


1966
Foto por José Gushiken
Archivo de la Pontificia Universidad
Católica del Perú.

© 1993, por Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del


Perú, Av. Universitaria, cuadra 18, San Miguel. Apartado 1761, Lima,
Perú. Tefs. 626390 y 622540, anexo 220.

ISBN 84-89309-62-0

Derechos Reservados

Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o


parcialmente, sin permiso expreso de los editores.

Impreso en el Perú - Printed in Peru


Tomo 17
1960

GUILLERMO PRESCOTI YSU OBRA HISTORICA


Por JOSÉ ANTONIO DEL BUSTO
Discurso pronunciado en el Instituto Riva
Agüero, el 3 de diciembre de 1959, en el Acto
Académico en homenaje a Guillermo Prescott
en el primer centenario de su muerte.

Al conmemorarse este año una centuria del fallecimiento de


Guillermo Prescott, la Universidad Católica me ha encomendado la
misión de rendir homenaje a su memoria, y aquí, gustoso lo hago, no
sólo por haber sido un historiador brillante, sino por ser el más brillante
de los historiadores extranjeros del Romanticismo que estudiara la
Historia del Perú. Muerto en Boston un 28 de enero de 1859, vemos hoy
llegado el momento de recordarlo. Al hacerlo reconocemos en él a uno
de aquellos historiadores no peruanos que más no ayudaron a conocer,
edificar y difundir nuestro pasado. Este homenaje, pues, no es sólo un
homenaje laudatorio, es también un homenaje agradecido.
Salero, ciudad del condado de Essex y primera capital de Massa-
chusetss -una de las poblaciones más antiguas de la Nueva Inglaterra-
fue la cuna de Guillermo Hickling Prescott, quien vio allí la primera luz
el 4 de mayo de 1796. Fue su padre el coronel Guillermo Prescott
llamado "Guillermo el Bravo", que se había distinguido en la Guerra de
la Independencia asi como en la judicatura y la abogacía; y su madre,
Catalina Green, perteneciente como su esposo, a una familia de raíz
conservadora y aristócrata radicada en los alrededores de Boston. El
futuro historiador, pues, pertenecía a un mundo social que nada tenía que
ver con la clase humilde pero sí con el ambiente militar. Acaso ello lo
induciría más tarde a escribir sobre Reyes de la Reconquista y soldados
Conquistadores.
Su infancia no ha dejado huella alguna. Debió de transcurrir en
medio del severo clima familiar, alternando con los atildados niños de la
sociedad bostoniana o asistiendo con los viejos de su credo a la iglesia
177
parroquial, donde puritanas señoras de sombrero y traje largo gustaban
de cantar los salmos en los oficios religiosos. Ningún recuerdo, pues, ha
quedado de esta infancia y por ello, la siguiente vez que nos topamos con
Guillermo Prescott es cuando cumplió los 14 años de edad, en vísperas
de abandonar la escuela para seguir una carrera que le permitiera
proseguir con estabilidad en la vida. A juzgar por lo que sigue, parece
que el muchacho dudaba entonces entre el bufete y la milicia.
Su padre, sin embargo, a pesar de los muchos laureles que ganara
con la guerra era poco amigo de que su hijo ingresara a la carrera militar.
Estaba ya muy influído por la judicial, profesión que ejerció luego de
vestir el uniforme y la reposada vida del hogar -así como el respeto de
los ciudadanos- acabaron por aficionado más a la toga que a la espada.
Con tal mentalidad matriculó al joven Guillermo en la Universidad de
Harvard, donde en 1811 inició sus estudios de Derecho con intención de
graduarse de abogado. Todo marchó muy bien hasta poco antes de
concluir su carrera, pero entonces, un golpe recibido en el rostro lo privó
de un ojo para siempre, comprometiéndole también el que tenía sano.
Durante un tiempo quedó casi ciego y habiéndose visto forzado a
abandonar sus trabajos, comenzó a instarle la idea de viajar a Europa y
someterse al tratamiento de eminentes oculistas. En efecto, así lo hizo,
pero los tratamientos no lo aliviaron mayor cosa. Sus ilusiones de volver
pronto a leer se vinieron por el suelo. Se vió obligado entonces a que
otra persona lo hiciera por él y la primera en presentarse para ello fue su
madre, convertida a partir de este momento en su abnegada colaboradora.
Sin embargo, ¡cosas del destino! cuando Catalina Green cerró sus ojos
para siempre, los del joven Guillermo se fueron abriendo poco a poco a
la par que experimentaba un alivio inesperado. Al volver a identificar a
los objetos tomaba la esperanza a su corazón. Mas no por ello abusó de
sus órganos visuales, sino que sirviéndose siempre de secretarios y
amanuenses prosiguió escuchando sus lecturas y dictándoles notas que
reunía luego. Así pudo publicar sus primeros trabajos en la North
American Review, trabajos que alcanzaron pronto éxito.
En eso conoció a Jorge Ticknar, otro bostoniano destinado a ser
famoso, que como historiador y crítico le comunicó sus impresiones
sobre la literatura española. Prescott se apasionó tanto con el nuevo
panorama que se dedicó con ahinco a estudiar el castellano. Para 1824 ya
lo hablaba y lo leía con soltura, dándose además el lujo de incursionar
por la literatura francesa y también por la italiana. De este modo fue
como descubrió a los latinos.

1"'7Q
Este hallazgo fue todo un acontecimiento en la vida intelectual de
Prescott. Inhábiles para compenetrarse del espíritu y de la mentalidad de
los latinos, los anglosajones se habían acostumbrado a mirarlos por
encima del hombro y a reconocerlos como la "canalla mestiza medi-
terránea". La convicción de superioridad del hombre nórdico olvidaba
que toda su cultura, pero absolutamente toda, la debía a los medi-
terráneos y que hasta el día de hoy los arquetipos del genio latino están
esperando un anglosajón que los supere. Ingratos a ta par que olvi-
dadizos, se habían acostumbrado a despreciar a sus vecinos del sur,
utilizando para ello un idioma en el que -por ser latinas o helenas-
más de la mitad de sus palabras procedían del "Mare Nostrum". En
razones como éstas se basaba la tirante realidad que vivían nórdicos y
meridionales. Prescott, pues, no entendía aún todo esto, pero estaba
empezando a comprenderlo. El mismo se daba cuenta de su situación y
se admiraba de lo que le estaba sucediendo.
No hay que olvidar que esa primera mitad del XIX fue el apogeo
del Romanticismo y que, aunque nacido en el Siglo de las Luces,
Prescott era un romántico de verdad. Sus lecturas y sus trabajos así lo
demostraban. Cervantes, Lope, Tirso y Calderón ya le eran personajes
dominados. El Medioevo y el Renacimiento sus épocas preferidas. Pero
más que su manifestaciones artísticas le fueron interesando los aconte-
cimientos a que dieron pie, sobre todo, porque muchos de estos acon-
tecimientos no estaban estudiados ampliamente. Fue entonces que se
operó en él un nuevo cambio y dejando atrás las buenas letras decidió
enfrascarse a las veraces. Entre lo bello y lo cierto. Guillermo Prescott se
definió por la Historia.
Romántico, al fin y al cabo, se echó a buscar la Tradición. Pero su
patria resultaba demasiado joven para proporcionársela en la historia
vieja. Por eso fue que buscó refugio en los cronicones reales de la
España medieval. Y así como a través de su literatura había llegado a
descubrir a los latinos, las crónicas con su lenguaje rudo, apasionado y
belicista le hicieron conocer a los españoles. Prescott iba de hallazgo en
hallazgo sin saber donde pararía todo ello. Los españoles, sí los espa-
fioles, los de la Armada Invencible y las Guerras de Religión, aquellos
latinos paradójicos que apesar de ser los hombres mas individualistas de
la tierra, eran incapaces de usar el albedrío para la interpretación de lo
celeste. A ello se estaba aficionando, nada menos. Aún no había
comenzado su primer trabajo y ya el mundo anglosajón parecía gritarle
desd0 lejos: "Guillermo Prescott, D10s te peraone".

179
El norteamericano superó pronto el momento de la elección de
tema, porque si bien es cierto que desde un comienzo se inclinó por las
crónicas realengas, fueron los monarcas anteriores a los Austrias lo que
más llamaron su atención. Esos reyes españoles parecían escapados de un
mundo colorista y muy guerrero, como el pintado por Sir Walter Scott, el
cantor romántico de los ingleses y escoceses medievales. Sí, era eso,
banderolas y armaduras en torno a monarcas que gustaban de luchar
contra la Media Luna. Con ellos se podía ensayar la visión sintética y
global de un gran período, especialmente con los Trastamaras, de
actuación severa y enervante, o con los príncipes e infantes de Aragón,
siempre astutos, movedizos y políticos ... Prescott concibió entonces un
proyecto muy osado: estudiar a Femando e Isabel.
Para un historiador español el proyecto resultaba pretencioso, pero
para un anglosajón parecía más difícil todavía. Sin embargo, esta
aparente dificultad fue un estímulo para el norteamericano. Ningún inglés
se había atrevido a tanto y eso fue lo que lo aferró más a su idea.
Y así comenzó a escribir capítulos que hablaban de las murallas de
A vila y el Alcázar de Segovia, de las calles de Toledo y del castillo de
Burgos, deteniéndose con especial deleite en la vega de Granada para ver
mejor a Boabdil, el agareno rendido, entregar las llaves de la plaza a
Femando e Isabel. A través de todo el libro la pareja real se desplaza por
España con naturalidad y acierto. La obra ceñida al:

Tanto monta, monta tanto


Isabel como Femando

y no deja de nombrar en ella a los hídalgos de la Reconquista como


soldados de una guerra santa, aunque instigados por la Iglesia y sus
famosas bulas de Cruzada. Animados por su ideal y reforzados por un
torrente de indulgencias. Prescott los descubre valientes, bizarros y
guerreros, pero con mucho de fanáticos. Así vistas las cosas ellos luchan
no sólo por su país sino también por la Cristiandad, Cristiandad que era
la de Roma, pero no la de Guillermo Prescott.
El autor se contagia del momento y aplaude la expulsión de los
muslimes, pero no ocurre lo mismo cuando les llega el tumo a los hijos
de Israel. Entonces, como ocurrirá más adelante al hablar de la Inqui-
sición, tampoco puede despojarse de prejuicios, aunque todo lo disculpa
a los monarcas por su fe desmedida en Torquemada. A pesar de esto,
valgan verdades, su crítica no ofende y el austero dominico no pasa de

180
ser un personaje intransigente y enfermizo que deambula por la Corte
asustando a los judíos. Bien se nota que Prescott tiene presente el antiguo
lema de los historiadores: "no llorar, no reir, comprender", pero es to
último, aunque quiere hacerlo, no lo logra. En cambio, tiene acierto y
aún fortuna cuando estudia a Gonzalo Fernández de Córdoba, al que
reconoce "Gran Capitán", y lo mismo a Cristó~al Colón, ese mercader de
libros de estampa al que llama "el más feliz navegante de todos los
siglos". Aquí parece notarse alguna influencia del cronista Andrés
Bernáldez, el cura de los Palacios. Para los demás de la corte muestra
imparcialidad. El Condestable, el Almirante Medina Sidonia y la
Bobadilla son trazados con equilibrio. Con ellos sabe frenar a tiempo el
escándalo frente a los excesos y el exceso de alabanza frente a la virtud.
Lo desmedido nunca fue característica de su pluma como tampoco lo era
de la Crónica de D. Juan II, la del Halconero o los libros de Hernando
del Pulgar, fuentes en las que bebía Prescott. A pesar de sus cualidades
de equilibrio el historiador se inclina finalmente hacia Isabel. La escuela
de Gracián y los iluministas que hacían de Femando cabeza y puño de la
Unidad española, estaba llegando a su fin. Los románticos mataron esta
idea y el Rey consorte de Castilla cedió su sitio para siempre a la Reina
consorte de Aragón. Prescott fue uno de los forjadores de esta primacía y
no repara en llamar a la Soberana "uno de los personajes más intere-
santes que presenta la historia", pues aunque Femando, "príncipe político
y artificioso, puede ser considerado como representante del genio
peculiar de aquellos tiempos ... Isabel fue muy superior a su siglo". Esta
es, en síntesis, nuestra visión de Guillermo Prescott a través de su
Historia de los Reyes Católicos.
Satisfecho, muy seguro y hasta envidiado por sus colegas de habla
inglesa y española, Prescott se dedicó a saborear el triunfo. Había llegado
a esa etapa peligrosa en que el historiador ve agotados sus ideales y
siente la imperiosa necesidad de crearse otros que superen en intensidad
a los primeros. De otro modo la embriaguez de la gloria acaba con el
investigador. Pero el acicate de su vocación pudo más que la vanidad
satisfecha. Entonces fue que volvió la mirada a su nativa América y posó
los ojos en la meseta del Anahuac.
Allí, a la sombra de volcanes apagados y en un país sembrado de
.tunales verdes, había encontrado el equilibrio de sus aguas el gran lago
de Tezcoco y en medio de él, a manera de una dorada y acuática
Venecia, estaba Tenochtitlán, la imponente capital de los aztecas.
Sus puentes, calles, palacios y escalonados templos lo hacían

181
parecer escapado de los libros de caballerías, acaso también porque el
gemir de los cautivos destinados al sacrificio reclamaba desde sus celdas
en Amadís o un Esplandián que acudiera a liberarlos. Pero mientras
esperaban al caballero redentor los dioses seguían exigiendo víctimas y el
tambor sagrado de la gran pirámide, lejos de amainar en sus sonoros
golpes, los aumentaba peligrosamente como los latidos de un gigantesco
corazón al que toda cantidad de sangre resultaba poca.
Esta era la visión que de Méjico tenía el mundo gracias a la galana
pluma de Antonio de Solís, dramaturgo de nota y estilista de pulida prosa
que, aunque nacido en el XVII, sirvió de fuente principal, por no decir de
única, a· los románticos del XIX. En él habían hallado su inspiración
artistas como Maurín, que pintara a Hernán Cortés impecablemente
vestido y con chambergo en el máximo fragor de la batalla o también
rodeado por princesas redimidas que más tenían de campesinas europeas
que de mujeres aborígenes. Pero así fue esa época romántica, buscadora
del encanto perfeccionista y del guerrero heroico. Citar su música es
emprender su espíritu, leer su poesía es descubrir su mundo y contemplar
su arquitectura es alcanzar su ideal plástico de belleza. Por tanto, no debe
de extrañar que naciera en ese tiempo la leyenda de un Cortés incen-
diario de naves, basada en cierta comparación del extremeño con
Agatocles de Siracusa, caudillo que realizó un hecho parecido. La
comparación provenía de Solís, pero la afirmación era de los románticos,
que querían poner al Conquistador de Méjico a la altura de Timarco,
Quinto Fabio y Juliano el Apóstata, sus predecesores en el incendio de
armadas.
Prescott empezó entonces a desconfiar de Solís y sus adeptos
porque su versión no era la exacta. Ella además aplaudía demasiado a la
tropa cortesiana, al extremo que más parecía ufla expedición de misio-
neros que una hueste de soldados. Tampoco admitió la tesis del puritano
Robertson, que basándose tan sólo en libros y despreciando los docu-
mentos, lejos de ver una tropa de soldados creía descubrir una legión de
pecadores. No, los españoles eran hombres y nada más que hombres,
como hombres también eran los aztecas a pesar de quienes los consi-
deraban bestias feroces o idílicos salvajes de factura roussoniana. La
verdad era otra y él, Guillermo Prescott, se sentía con fuerzas para darla
a conocer al mundo.
Por ello fue que marchó un día al Archivo de Indias de Sevilla y
expuso su plan al cuerpo directivo. La opinión de Robertson era de que
iüs españoles sólo ayudaban a los españoles. La realidad fue otra. El

182
Archivo de Indias no sólo le franqueó la entrada sino le brindó los
servicios de un traductor alemán para que lo ayudara en su deficiencia
visual frente a la paleografía del castellano arcaico en que estaban
escritos los papeles. Pocos días después iniciaba la investigación.
Pero estando, precisamente, en sus indagaciones una noticia, al
parecer tal, llegó a Prescott. Washington Irving, el newyorkino enamorado
de la Granada moruna y que también había llegado acomprender a los
españoles, se aprestaba a describir la conquista de Méjico. Prescott vio
desmoronarse uno a uno sus proyectos. Washington Irving con aquel
encanto peculiar con que solía describir las noches agarenas de la
Alhambra pintaría el desarrollo apocalíptico de la Noche Triste y él,
Guillermo Prescott, con la poca vista que le quedaba, leería y releería
aquellas páginas de guerreros cubiertos de hierro que luchaban contra
aquellos otros cubiertos de plumas. La vida no siempre deparaba sorpresas
agradables. También las regalaba ingratas. Y Prescott interrumpió el
trabajo. Pero Irving no estaba señalado por la Providencia para escribir
aquella obra. La Historia de la Conquista de Méjico no era para
redactarse con estilo armónico, puro y lleno de gracia, aunque este estilo
proviniera del primer escritor nacional de los Estados Unidos y el más
ameno y castizo de la literatura inglesa. Prescott no se había dado cuenta
de ello, pero sí Washington Irving.
Y de esta forma fue como el de Nueva York cedió amigable el
paso al de Salem. No había duda de que ambos estaban viviendo el Siglo
y generación de los románticos y que con la hidalguía bebida a la sombra
de esa Granada de los Reyes Católicos, la divergencia tuvo un final de
caballeros. En lo que se refiere a literatura acaso Irving lo podría pintar
todo muy bien, pero era el hecho que Prescott, como historiador, sabía
distinguir más los colores. Y así empezó a redactar su conquista del
Imperio Azteca "raza extraordinaria" -según su propia expresión- que
habitó en las Indias del Mar Océano.
La obra apareció en 1838. En el prólogo de ella (luego de agra-
decer su gesto a Irving) expuso los propósitos de su investigación,
entrando luego a ella con imparcialidad, minucia y un raro talento
descriptivo. Todo lo que entonces se podía saber sobre la Nueva España
lo consignó allí en un estudio sobre la civilización de los vencidos hasta
surgir los días de la decadencia. Entonces es que hace su aparición
Cortés, el que no quemó las naves, quien lejos de ser el caballero
cruzado o el pescador empedernido implora a Dios su ayuda en la
oscuridad sangrante de la Noche Triste para repartir luego mujeres entre

133
sus soldados a manera de medallas. Se descubre acción y animosidad
encuadradas dentro del vivir de unos soldados que sabían reir en las
noches de orgía y llorar en las de desgracia. No, los indios no eran
bestias ni los españoles dioses, todos eran hombres y nada más que
hombres con sus virtudes y defectos. Y al salir el sol de Otumba luego
de la Noche Triste los españoles regresan sobre Tenochtitlán enarbolando
pendones de guerra. Y la ciudad es sitiada y obligada a rendirse por el
hambre. Los perros aullaron esa noche a la luna y, otro imperio se
precipitó al vacío, mientras el tambor mayor de la pirámide sagrada
distanciaba más y más sus golpes, como el corazón gigante de un pueblo
que estaba a punto de cesar en su latir.
La edición significó todo un éxito de librería. Dos semanas después
de ponerse a la venta, el libro se dio por agotado y los curiosos tuvieron
que leerlo de segunda mano. Hasta cuentan que el editor se hizo
millonario. Pero, en fin, esto resultaba habladurías y nada más que
habladurías. Lo interesante es que el libro gustó a todos, es decir, a todos
menos a los protestantes. Estos esperaban del autor una crítica severa
hacia los conquistadores españoles. Y como Prescott conocía sus
prejuicios ya se había cuidado de escribir en el prólogo: "el lector inglés
y el norteamericano que profesan principios de moral tan diversos de los
del siglo XVI, me creerán demasiado indulgente con los errores de los
conquistadores; mientras que al lector español, habituado al incesante
elogio de Solís le parecerá que he tratado a aquellos con demasiada
severidad. A unos y a otros responderé que si por una parte he pintado
los excesos de los conquistadores con los colores más sombríos, por la
otra he disculpado su conducta haciendo todas las reflexiones atenuantes
que sugieren la época y las circunstancias". Los protestantes respon-.
dieron a esta aclaración llamándolo "gazmoño" y amigo de sus ene-
migos.
Pero no todos se comportaron igual. También halló entre sus
correligionarios hombres que lo supieron entender. Brancoft y Carlisle al
hacer su crítica lo reconocieron autor excepcional y Mary Edgeworth
llamó a su obra "el libro de nuestro siglo". Tomás Greville, en un
arrebato de entusiasmo clásico, proclamó que la Historia de la Conquista
de Méjico no sólo era comparable sino incluso superior al Anábasis de
J enofente o Expedición de los Diez Mil. El juicio tendía a perfilarse
exagerado, pero todos estaban de acuerdo en que el avance de los
españoles hacia la capital azteca, sobrepasaba en emoción al paso de las
legiones griegas por el Helesponto. La comparación era pomposa y muy

184
romática. En realidad eran dos cosas muy distintas, sólo que a Greville
pareció prudente compararlas.
Por lo demás, Guillermo Prescott siguió igual. Ya no corría riesgo
de que lo embriagara el triunfo. Ya se sabía defender de la vanidad
satisfecha pero todavía no sabía hacerlo ante la ambición. Y ahora, al
hispanófilo que había escrito de los Reyes Católicos y de la Conquista
del Imperio Azteca sólo restaba ya una meta: EL PERU.
La Historia de la Conquista del Perú apareció en 1847. Constaba de
cinco libros y el primero estaba dedicado al Imperio quechua y a sus
Incas. El segundo trataba del arribo de Pizarra con los españoles y de la
prisión de Atahualpa; el tercero de la consolidación castellana en el país,
y los restantes de las Guerras Civiles de los conquistadores. Prescott
había incursionado por la ruda prosa de los cronistas y extractado del
desorden de sus líneas no sólo lo que consideró útil sino también
necesario. Sarmiento de Gamboa, el licenciado Polo y el Inca Garcilaso
sobresalían en la primera hilera; en la segunda militaban Cieza, Gómara,
Zárate, el Palentino, los jesuitas Acosta y Cobo, el Visitador Montesinos
y cerraba filas el fantasioso Padre Velasco. Estas crónicas configuraron
el esqueleto de su obra y al hacerlo, su trabajo fue muy grande, porque
aún no habían aparecido las colecciones documentales ni sus prolijos
índices.
Al terminar la Historia de la Conquista del Perú, el autor escribió
al historiógrafo español Pascual de Gayangos una carta comunicándole
algunas de sus impresiones. En ella, era curioso, una de sus frases
terminaba así: "Me encuentro ahora con las manos chorreando con la
sangre de Pizarra". -¿Qué significaba esto?- Mas adelante confesaba
que de tanto tratar a los castellanos quinientistas su apego al pasado lo
hacía sentirse poco menos que español, pero no como un español
cualquiera, sino como un español de la décima sexta centuria, "de los
buenos tiempos de la Inquisición", ¿Se había cerrado el proceso de la
españolización de Prescott? - Nada de eso, sólo que el norteamericano
se sentía de buen humor y así lo hacía constar a su amigo Gayangos. Lo
interesante es que su buen humor provenía de estar totalmente satisfecho.
Pero, en realidad, ¿cómo había salido esa Historia de la Conquista
del Perú? La respuesta no es sencilla, pero tampoco imposible.
Su obra la podemos dividir en dos grandes partes, si bien cuantita-
tivamente, esta división deja mucho que desear, la primera es la que trata
del Perú antiguo y de sus Incas, la segunda de Pizarra y sus españoles.
Comentando la primera parte, el lector es gratamente sorprendido

185
por el aporte que tal estudio representa. El público de la nueva gene-
ración romántica descubrió en la nieve de los Andes un brote de cultura
que apenas conocía. Nunca nadie había reunido tan gran número de
fuentes para escribir nuestra historia india. Razón tenían los europeos
para considerar esta visión del Tahuantinsuyo como revolucionaria y
completa. Allí estaba el Inca con sus orejas horadadas después de
perfilarse vencedor en la ceremonia del Huarachico: allí también lo
vemos en medio de la grita y el fragor de la batalla arengando a los
suyos con sus hechos, para luego regresar al sagrado Cuzco al frente de
una legión de prisioneros y escoltado por sus tropas victoriosas. Es la
crónica de Sarmiento la que se deja sentir a estas alturas, para seguirla a
corto trecho la de Polo y Garcilaso, de las cuales extrae Prescott varios
cuadros que recuerdan, aunque lejos, la Utopía de Tomás Moro y la
Ciudad del Sol de Campanella.
La familia real y la nobleza, los sacerdotes y las vírgenes solares
son los que luego ocupan el primer plano en esta parte de la Historia. Se
les describe vestidos de atuendo multicolor y con planchas de oro sobre
el pecho que refulgen en los recintos abovedados que iluminan las
antorchas. A su lado están los amautas o depositarios de la sabiduría
quechua, los haravicus o encargados de cantar los grandes hechos y los
quipucamayos o anudadores de cordeles que venían a ser propiamente
una escritura. El reparto de la tierra se hacía cada año y lo mismo el de
las llamas. Los dioses tenían su parte en estas donaciones y sus templos
trapezoidales se llenaban de ropa fina y plumería que se quemaba luego
con hojas de coca. Esta era la hoguera sagrada y a su resplandor se
apreciaba un Imperio que avanzaba en las cuatro direcciones buscando el
fin de la tierra. Sus grandes caminos oficiaban de arterias, la cordillera de
cuerpo gigante, el Cuzco de corazón y el Inca soberano de cerebro. Esto
último fue lo único que disgustó a Prescott dentro del bello cuadro que
pintara. Sus ideas democráticas basadas en el gobierno representativo
definido por Locke, le hicieron ver la forma gubernamental peruana
como "muy poco satisfactoria para la dignidad de la naturaleza humana".
Más tarde sería mas explícito con relación al despotismo dictatorial y
escribiría: "Si es el mejor gobierno aquel que menos se siente, el que
usurpa menor parte de la libertad natural del súbdito, la parte esencial a
la conservación de la subordinación civil, entonces, de todas las clases de
gobierno inventadas por el hombre, la de los peruanos es la que menos
derecho tiene a nuestra admiración".
La otra parte, la que se refiere o hemos hecho referir a los con-

186
quistadores, es interesante por demás. Aunque Prescott no se sienta muy
seguro, la verdad es que sigue siendo anglosajón. Todavía funcionan en
él complejos racistas de superioridad, antipatía frente a la Iglesia de
Roma, prejuicios ante el Imperio Español. Por esa razón nunca llegó a
explicarse el fanatismo de los conquistadores españoles del siglo XVI
aunque en su Historia de la Conquista de Méjico estuvo a punto de
lograrlo. En el fondo y sin que él se diera cuenta había casi aversión
hacia los soldados españoles. Le gustaba compararlos con el ~vanzar
pacífico de los puritanos del "May Flower" y se regocijaba pensando en
ese barco que logró tantas conquistas sin cañones. Su planteamiento
hacia los conquistadores se podía resumir en diez palabras: "así fue, pero
es que así no debiera haber sido". No se lamenta ni ofende, sólo trata de
comprender y se convence de que comprende todo. Se siente orgulloso
de sus ideas y cree ser útil a sus lectores.
Es por esto que a través de su Conquista del Perú los personajes
principales son descritos en forma muy curiosa y la probada impar-
cialidad de Prescott se doblega misteriosamente. Así las cosas, Remando
de Luque, el cura de Panamá y maestre escuela del Darien, aunque no
deja de ser pudiente para llevar sotana, es "hombre de singular prudencia
y conocimiento de mundo". Almagro, soldado de mucho nervio y de
carácter franco y generoso, sólo cometió dos desatinos en su vida: tomar
el Cuzco por armas y confiar en sus enemigos. Pero Pizarro, el por-
querizo de Extramadura, ese sí que es el responsable de toda la
desgracia del Perú. Prescott comienza por pintarlo "de aspecto no
desagradable", pero usando unos zapatos blancos para imitar la figura del
Gran Capitán. Dice que aunque avaro para gastar no atesoraba, pero que,
en cambio su pasión por el juego era invencible, hallándole por disculpa
a este vicio el que "su alma tosca no había jamás saboreado recreos más
puros e intelectuales". En esto se reafirma para decir que era analfabeto,
que su secretario firmaba por él y que suya no venía a ser sino la rúbrica,
rúbrica que era tan burda que parecía "hecha por mano de un cavador".
A más de valiente era constante pero sobre todo pérfido, tanto que "el
nombre de Pizarro llegó a ser sinónimo de perfidia" en el Perú. Cavilante
y taciturno, su prisión del Inca fue un golpe de suerte calcado (en lo que
tuvo de político) en la captura de Monctezuma. Su mérito ante la
Conquista del Perú visto de este modo resulta relativo y cuando muere
asesinado por los almagristas en su Palacio de Lima, el autor pretende
hacer el balance de su obra diciendo que sólo fue "un aventurero, un
caballero andante afortunado".

187
No, hispanistas no somos, pero Pizarro tanpoco fue un pobre
hombre. No es el momento de decir lo que haya sido sino más bien de
preguntar: "¿Qué fue del equilibrio proverbial de William Prescott?" Más
. aún, ¿es el mismo autor que escribiera la Historia de los Reyes Católicos
o la Historia de la Conquista de Méjico? Sí, es el mismo, absolutamente
el mismo sino que en una situación muy especial: Prescott estaba
obsesionado por la figura de Miguel Cortés.
De haber escrito en el siglo XVI Prescott ocuparía hoy el lugar de
Francisco López de Gómara, aunque sin pensar sobre él la sospecha de
haber sido estipendiado. Había descubierto en Cortés al culto bachiller de
Salamanca que se transforma en político y luego en el personaje único y
central de una conquista espectacular y exótica. El héroe que llora en la
oscuridad sangrante de la Noche Triste y que vuelve a Tenochtitlán por
la victoria, tenía en sí el dorado encanto de un semidios mancebo
vencedor en la contienda luminosa. Pizarro, en cambio, era viejo,
taciturno y mal geniado. Es decidido pero no animoso y comienza su
descubrimiento en la aburrida tierra de manglares donde no impera sino
el hambre y la verruga. Pizarro se desplaza seguro pero con lentitud,
Cortés era fogoso y se mueve en un fondo novelesco. Además, el
trujillano no es el jefe único, pues admite parangón con Almagro,
ignorante pero caballero, en todo caso analfabeto como él; y la familiar
presencia de tres hermanos en la dirección de su Conquista también le
restan unidad, sin duda, a la dirección del porquerizo. Por último aparece
Cajamarca, acontecimiento después del cual la Conquista se termina por
no haber una Noche Triste, y así el interés por la jornada se diluye entre
capitanes más o menos secundarios que se llamarán: Soto, Belalcázar,
Orellana o Petantúrez. Por eso es que Prescott tuvo que echar mano de
sucesos que escapaban a la Conquista del Perú y que encuadraban mejor
en la etapa de Pacificación. Porque muerto Pizarro en 1541 prosigue el
vendaval sus tropicios y el final del incauto Núñez Vela demanda en el
Perú la presencia de un La Gasea, personaje que si exige simpatía. Por
esta razón Prescott rehuye a los Pizarros y la revuelta de Gonzalo no
pasa de ser eso, una revuelta, pero sin ninguna explicación. Para qué
hacerla. Gonzalo es un Pizarro, además está rebelde, luego es un
culpable. Y con esta extraña lógica funciona Prescott a través de todo el
libro. ¿Qué extraño, verdad? No, no resulta nada extraño. ¿Es que
habíamos olvidado que Prescott era un hombre?
A Prescott se le han hecho muchas acusaciones unas veces con
fundamento y otras sin él. Guillermo Lohmann, en un minucioso estudio,

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sostiene que el punto vulnerable en Prescott es su ausencia de profun-
didad filosófica. En efecto, como bien apuntó Gooch, "le atraían más los
aspectos concretos de la vida que las ideas". Carecía de habilidad para el
estudio de la política, de la cultura·y del mundo de las ideas en general.
Para él lo acontecido debía de correr por el cauce de la historia narrativa.
En esto era gran seguidor de Quintiliano, retórico latino del siglo I que le
legó su lema de combate: "Historia scribitur ad narrandum, non ad
probandum". La Historia se narra, no se demuestra. En realidad era un
error, pero en ese tiempo el aforismo del retórico tenía pie de postulado.
Prescott pensó usarlo como escudo de guerra pero vino a resultar su talón
de Aquiles. Sin embargo a mediados del XIX la disyuntiva era clara: o
filósofo o historiador, pero ningún historiador debía ser filósofo. Y
también lo pensaron así más cerca de nosotros Barros Arana en Chile,
Fermín Cevallos en Ecuador, Alamán y García Icazbalceta en México,
Mendiburu y Paz Soldán en el Perú. Historiadores, nada más que
historiadores, pero -añade Lohmann- a sus obras cuando se las
recuerda no es para dispensarles una sonrisa compasiva por la ingenuidad
de sus tópicos.
Prescott usa en cambio un lenguaje arrebatador. El lector sufre un
desarme en las primeras líneas y sin querer se entrega en forma incon-
dicional. Sus personajes y descripciones guardan el clima espíritual del
pretérito y con ello sorprende aplicando nuevas fórmulas a técnicas
antiguas. Su fuente primera fue la historia clásica de los griegos y es por
eso que los caudillos adoptan tono declamatorio, algunas veces, como
sucede a Pizarra en la Isla del Gallo. Pero a la parquedad y elegancia de
su estilo supo añadir una buena proporción de belleza. Y así escribió sus
libros, porque se diga lo que se quiera, Prescott fue un gran historiador,
un añorador incorregible, un enamorado del pasado. Prescott era un
hombre, pero no un hombre cualquiera, con Brancoft y Carlisle tenemos
que decir: fue un hombre excepcional.
Pero para nosotros los peruanos fue eso y algo más. No sólo es el
cantor de un encuentro entre dos razas destinadas a luchar y confundirse.
Narró la conquista española, es verdad, y le dio un cuerpo porque ya
tenía alma; pero lo que supo pintar con alma y cuerpo fue el pasado
indio del Perú. El dio a la apreciación de los occidentales de su tiempo
una idea muy exacta de lo que fue el Tahuantinsuyo.
Lo hizo con errores - nadie lo niega- , no llegó a comprender
muchas instituciones - también es cierto- pero aparte de esto y otras
tachas más endebles, Prescott mató la idea iluminista de un Imperio

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tropical brotado en medio de la Selva. Pintó un Imperio andino, mandado
no por reyezuelos semidesnudos sino por monarcas de verdad. Les trazó
una línea de conducta y señorío, y los hizo gobernar un pueblo amante
del trabajo, de la justicia y de la moralidad. Indios, sí, más no selvícolas;
tiranos, que mas da, pero señores.
Esto es lo que más debe el Perú al autor que hoy recordamos: la
visión de un Imperio que fue el único del hemisferio sur y que acaso por
estar en las cumbres de los Andes resultaba más cerca del cielo que
cualquier otro del mundo. Con relación a esto - y usando una metáfora
que puede pecar de prosaica y anacrónica- puede decirse que Guillermo
Prescott fue ·el primer norteamericano que alcanzó el Sol de los Incas
cien años antes que sus compatriotas se lanzaran a la conquista de las
estrellas.

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