Angustia Eterna
Escribo esto como el último vestigio que pueda quedar de mi cordura en este
mundo, como una carta al vacío que me habita y también a la inmensidad de la nada
que me rodea, esperando que solo el viento o el mar encuentren nostalgia en mis
últimas palabras, para ser disueltas en la inclemencia del tiempo. Palabras que no
son más que susurros en mi cabeza, ecos que se han vuelto insoportables, más
ruidosos que las fuertes y heladas ventiscas que no consiguen más que acariciar mis
ya congeladas extremidades; pensamientos que me atormentan y que no pueden ser
superados por ningún sollozo, alarido o grito de angustia que pueda proferir,
imágenes cuyo horror solo pueda ser sutilmente disminuido al plasmarlas en este
manuscrito salido desde el fondo de mi desesperación.
Hace un par de días encontré una libreta vieja con pergaminos, un tintero y su
pluma, junto con un mapa, elementos de navegación y objetos personales de uno de
los tripulantes de la embarcación en la que vi por última vez a Víctor. Cuando salía
por la ventana del camarote del capitán, vi cómo este marinero aprovechaba la
situación para preparar una balsa y escapar lejos de los gélidos témpanos
circundantes. Él también notó mi presencia, y no pude evitar ver, tras el vaho de sus
agitadas respiraciones, como cada uno de sus músculos parecían congelarse con la
inclemencia del clima. No fue sino hasta que detallé el terror en su mirada, fija sobre
mí, que no era el frío lo que lo paralizaba sino mi horrible aspecto. Debió ser tal su
estupor que el viento lo hizo caer de costado sobre la nave, y aún al verme alejarme,
tembloroso desestimó su deserción y se reintegró de inmediato a la tripulación. Una
vez estuve seguro de que el capitán me perdiera de vista entre la oscuridad y la
distancia, aproveché para acercarme a aquella balsa abandonada, en donde ahora me
encuentro.
No había tomado la resolución de escribir nada, ni me molesté en siquiera hurgar
más el pequeño gavetín bajo el asiento central donde encontré los elementos de
aquel marinero en búsqueda de comida o abrigo, pues estaba seguro de que pronto el
destino me daría el agridulce regalo de la muerte. Me dispuse pues a recibirla en
calma, con la tranquilidad de que pronto acabaría el sufrimiento de mi existencia,
con la paz que solo el pensamiento de mi muerte me daba. Acá, lejos de cualquier
rastro de presencia humana, dispuesto a sumirme en el arrullo del olvido, tuve la
sensación de estar flotando sobre mí mismo, elevándome sobre la barca, viéndome
cada vez más insignificante dentro de la inconmensurable extensión del océano y el
cielo. Recapitulé cada uno de los episodios y eventos que tuve la fortuna de
experimentar o la desgracia de soportar, y pensé que cada uno de ellos, por más
significativos que fuesen para mí, eran totalmente irrelevantes en comparación con
el universo; que toda la amarga agonía que padecí e hice padecer eran
insignificantes para el paso inclemente del tiempo y que al final, mi horrible
existencia se fundiría en el arroyo del destino tal como un diminuto copo de nieve se
desvanece al tocar el mar.
Había pasado un día más y el dulce consuelo de la muerte aún no me alcanzaba. La
serenidad de la noche siempre me causó fascinación; su oscuridad y silencio
absolutos simulan el vacío de la inexistencia, y su paz solo puede ser igualada con la
expresión de la muerte a flor de piel en los rostros de los difuntos. Esperaba que en
algún momento dentro de la penumbra algún intempestivo accidente contra alguno
de los témpanos acelerara el proceso, pero lo único que lograba era comenzar ya a
sentir de nuevo atisbos de desesperación ansiando mi fallecimiento. La barca ha
estado en constante movimiento desde que me subí a ella, como si una fuerza
inexplicable y desconocida la moviera a donde quisiera; cosa que no me importaba,
pues me era indiferente mi paradero siempre y cuando muriera. Al siguiente día,
comenzó a crecer muy lentamente una desagradable sensación en el fondo de mi
mente que me perturbaba, como una lúgubre sombra acechándome incesantemente
entre los glaciares, pero que nunca atacaba. Siempre la sentía detrás de mí,
torturándome al no poder verla. A veces trataba de dar un pequeño vistazo para ver
qué era, pero solo discernía imágenes borrosas de mis desgracias, siempre
precedidas por la imagen del difunto cuerpo de Víctor en el camarote del capitán.
Me di cuenta de que esta sombra de mi pasado siempre me perseguiría, y que estaría
condenado a esta fuga sin fin hasta mi último segundo de vida. Todas estas visiones
no me hacían más que desear más rápido mi muerte, pues la ansiedad y la angustia
crecían lenta pero constantemente.
La siguiente noche transcurrió de manera solemne. La constante ventisca del
invierno había dado paso a una brisa cálida y arrulladora. La densidad del hielo y la
frecuencia con la que los témpanos aparecían disminuían paulatinamente. Más allá
de lo que la ya cesante neblina dejaba observar, a mi izquierda no muy por encima
del horizonte las nubes desvelaban muy lentamente la delgada, torcida y coqueta
sonrisa de la siempre vigilante luna, única compañera en medio de mi fría soledad.
La amigable luz de aquella sonrisa, si bien opacaba el tenue brillo de sus pequeñas
hermanas estrellas circundantes, no podía disminuir la intensidad del imponente
júpiter, quien parecía cortejarla con su valiente resplandor y atrevida cercanía. Tan
fijamente los observaba que podía imaginar como mis dilatadas pupilas reflejaban
tan grácil escenario, solo interrumpido por los efímeros destellos de intrusas estrellas
que rasgaban el firmamento justo antes de volver a perderse en la oscuridad.
No puedo definir cuanto tiempo me quedé contemplándolos; los minutos bien
podían ser horas mientras los segundos se dilataban a su antojo. Estaba inmerso en
una suerte de hipnosis que solo fue interrumpida cuando percibí en la distancia un
leve pero cálido resplandor, que pude ver entre los ya pocos glaciares. Usando mis
manos como remos me fui acercando a dicha luz, cada vez más intensa. No tardé
mucho en descubrir que se trataba de un ballenero en llamas, cuyo casco
posiblemente se había agrietado con algún glaciar. Ya estando cerca del incidente se
me hizo curioso oír, o más bien no oír ningún grito de ayuda. Quizá ya toda la
tripulación había fallecido. Efectivamente; ya estando muy cerca de las llamas vi
varios cuerpos calcinados sobre las ruinas de la embarcación, mientras había otros
congelados alrededor, un poco distantes de la misma. En ese instante tuve una
revelación: ¡Acá podría encontrar por fin mi muerte! Mucho del aceite de ballena
que transportaba la embarcación estaba disperso por la superficie del mar, así como
uno que otro barril flotando cerca. ¡Al fin el destino se apiadaba de mí y me daba
herramientas para acabar con mi sufrimiento! Rápidamente maniobré hacia el barril
más cercano y lo subí al bote, luego me acerqué a una llama que se alimentaba de
una tabla enaceitada cerca de un cadáver a medio quemar. Ansioso, rompí la tapa del
barril y, al verificar que efectivamente fuera aceite lo que estaba en su interior, vertí
su contenido sobre todo mi cuerpo, como si fuera una suerte de sagrada unción que
purificaría mi alma. Una vez estuve todo cubierto de aceite -que incluso ingerí un
poco-, observé detenidamente la flama, y muy lentamente fui acercando mi mano
hacia ella. Una ráfaga de emociones y entusiasmo recorrieron mi ser, casi satisfecho
por lograr mi cometido, ya saboreando la dulce paz eterna que tanto añoraba.
¡Ah! Las llamas no dieron tregua y cubrieron velozmente todo mi ser… ¡Que dolor
tan insoportable padecí! En medio de tal suplicio abrí mi boca para gritar, pero las
inclementes llamas entraron por mi garganta persiguiendo los rastros de aceite que
había ingerido. Ningún ser sobre la faz de la tierra, en ninguno de sus largos años
podrá describir la agonía que el fuego infligía en mí… Pero en medio de toda esa
tortura tenía fijo en mi mente el anhelado y merecido descanso que vendría al final.
Sin embargo, la desesperación tuvo lugar en mí de nuevo al notar que a pesar de tal
padecimiento yo seguía plenamente consciente, sintiendo todo el dolor en su
máxima expresión. ¿Tal era mi maldición, tan horrible y siniestra, que tenía que ser
consciente y sentir como cada uno de mis músculos, huesos y órganos se quemaban?
Pasados ya muchos minutos de agonía, me di cuenta como el aceite que había
vertido sobre mí y sobre la barca poco a poco se agotaba, dejando tras una leve nube
de humo y cenizas. ¡Pero ninguna de estas cenizas provenían de alguna parte de mi
cuerpo! El ardor en mi piel y en mi interior significaba mucho dolor, tan fuerte que
me distrajo de darme cuenta de que en realidad no me estaba consumiendo, solo
padecía los implacables latigazos del fuego. En medio de la confusión, metí mi
mano en un charco de aceite cerca a la barca y la puse de nuevo en la llama… Si
bien había dolor, pude observar cómo poco a poco el aceite se consumía sobre mi
piel, pero dejando ésta casi intacta.
¡Ah, que desdicha la mía! ¡Que cruel el destino engañarme tan vilmente! ¿Por qué es
tan grande mi desgracia que no puedo morir, ni siquiera por la potencia del fuego?
Largas y amargas horas transcurrieron entre sollozos, gritos y angustias maldiciendo
a la vida por tan cruel y triste fortuna. Desnudo allí sobre la medio calcinada barca,
observando la luna a través de las últimas llamas del ya casi extinto ballenero, tuve
que forzosamente aceptar mi destino: vivir eternamente y, así como la luna,
contemplar la existencia de la vida mientras pasa por la tierra; entender que yo
tendría que cargar con la maldición de la inmortalidad, pues si bien Víctor me dio
vida, me creó a partir de la muerte, regalo que se le otorga a cualquier ser vivo una
sola vez, y al cual yo no podría acceder por el simple hecho de venir de ella.
Así pues, resignado a mi destino, aún con los fantasmas de mi pasado
atormentándome y con el peso de mi horrible e inagotable existencia sobre mis
hombros, decidí escribir estas líneas con la esperanza de que quede algún registro de
mi desgracia, antes de que el tiempo me haga merced del olvido, los siglos borren de
mi mente mi origen, y el millar infinito de experiencias que viviré me hagan su
desmemoriado esclavo.
Diario Oculto de Mina Harker
31 de octubre. Ahora que el grupo se ha al fin dividido, me siento con la libertad de
escribir un diario al que solo yo pueda acceder. Por lo menos hasta que, si la vida
así lo desea, encuentre a alguien que no tome a mal lo consignado acá, alguien de
quien yo esté totalmente segura de que va a comprender mi perspectiva, de lo
contrario me veré obligada a llevar estas páginas conmigo hasta mi tumba. Debo
ser muy cautelosa, pues quiero evitar a toda costa cualquier perturbación que le
pueda ocasionar a mi amado Jonathan, y preferiría no tener ningún malentendido
con el buen y amable profesor Van Helsing, quien se encarga de vigilarme y
cuidarme mientras vamos tras el rastro de Drácula. Justamente aproveché que el
profesor ha salido a comprar un coche y caballos para poder escribir este diario
fuera de su custodia, pues prefiero hacerlo en secreto. Paralelamente seguiré
escribiendo mi diario normal, cosa que puedo hacer con o sin la presencia del
profesor, para no levantar sospechas. ¡Ahí viene!
5 de noviembre. No había tenido la oportunidad de escribir sino hasta este
instante, pues el profesor ha estado en constante vigilancia y buena parte del
tiempo me la he pasado durmiendo. Me he despertado dentro del círculo sagrado
que ha hecho Van Helsing, notando su ausencia. Al parecer se ha ido temprano al
castillo de Drácula a cumplir con su parte de la misión.
Hace muy poco más de un mes sufrí el ataque del conde, y la conexión psíquica con
él ha sido constante, así como los esfuerzos del profesor para revelar pistas a
través de la hipnosis, que se ha dificultado mucho con el paso de los días. Debo
confesar que gracias a esta conexión he podido observar y analizar aspectos del
conde que de otra manera me serían totalmente imposible percibir.
Días después de mi encuentro con el conde, tuve un sueño muy extraño; no tanto
por lo que veía o sentía sino, además de la lucidez con la que recuerdo cada detalle,
también porque era demasiado vívido, como si mi mente se transportara al cuerpo
del conde y estuviera en primera persona viendo y sintiendo cada una de las cosas
que él experimentaba. Lo primero que percibí fue estar encerrada en una caja llena
de tierra; había un profundo olor a muerte y sangre. A pesar de no haber ninguna
luz podía sentir cada uno de los objetos a mi alrededor al exterior de la caja. Pude
percibir dentro de los escombros una araña enredando con su tela a una mosca
recién capturada. Oía como sus patas entretejían aquella mortaja, justo antes de
ser atacada por una rata, de la cual sentía su calidez, el flujo de su sangre y sus
acelerados pálpitos. Escuché el chasquido de sus dientes al mascar a su víctima, así
como el chirrido de otras ratas cercanas. De pronto sentí como mi cuerpo se
desvanecía y se volvía niebla dentro de la caja, solo para salir de ella a través de sus
grietas. Una vez afuera y aún etérea, sentí como la niebla al densificarse se
materializaba en una suerte de murciélago gigante colgado de una viga superior a
mi posición. ¡Ah, qué sensación tan indescriptible! Pero no puedo decir que fuera
mala, solo era totalmente desconocida y desconcertante. Yo, Mina Harker, ¡era un
murciélago gigante! Y mayor fue mi impresión al extender mis alas y echar vuelo a
través de la noche. Estuve realmente maravillada de cómo, sin la más remota luz,
podía percibir los más insignificantes detalles, incluso más de los que vería con mis
propios ojos a plena luz del día. Aun soñando, tuve la vaga sensación de estar
acompañada, de no estar sola. Era como si el conde supiera de mi intrusión y
quisiera darme una pequeña demostración de su poder. Pues bien, a pesar de estar
totalmente abrumada por todo lo que estaba sintiendo, también estaba realmente
maravillada. Volé muy por encima de la superficie, y quedé deslumbrada al mirar
hacia el firmamento; pude ver los millares de estrellas e increíbles formas de los
tantos cuerpos celestes que nunca imaginé que existieran. Noté como una lluvia de
meteoros irrumpía entre las constelaciones y atravesaba el cielo. ¡Oh, Jonathan,
ojalá pudiera compartirte un poco de la maravilla de la que fui testigo! Pero sé que
nadie, por ahora, podría percibir esto de la misma manera como yo lo veo.
Tuve durante varias noches sueños muy parecidos, cada uno revelando una nueva
maravilla. Quizá por obra del destino el profesor no me ha interrogado sobre lo que
sueño mientras duermo, y al parecer tampoco ha inquirido en el tema cuando logra
hipnotizarme; está totalmente enfocado en encontrar y matar a Drácula. Lo cierto
es que desde ese primer sueño había crecido en mi la duda de por qué el conde me
mostraba tantas maravillas. Aparte de todas las cosas que percibía en mis sueños,
también percibía cierto desespero y angustia, lo cual me estremeció pues esto me
daba a entender que el conde podía sentir. ¡Vaya sorpresa! Considerar a estas
alturas del juego que aquel ser malvado y cruel que ha hecho tanto daño a tantas
personas pueda tener el más ínfimo sentimiento me llena de curiosidad y cierta
extrañeza…
5 de noviembre, más tarde. Acabo de despertar de lo que pareciera una suerte de
hipnosis, pero muy diferente a las que lleva a cabo el profesor Van Helsing. Hace un
rato estaba terminando de escribir este diario, cuando de repente mi visión se hizo
oscura y quedé totalmente inmóvil, casi como quedar dormida solo que esta vez
estaba totalmente consciente. Esperaba que el conde me mostrara de nuevo
alguno de sus increíbles dones, pero lo único que pude percibir fue el galopar de
unos caballos que, impulsados por una furia sobrenatural, halaban ferozmente de
un carruaje que iba siendo perseguido a la distancia por un carruaje similar. De
pronto, aún con el sonido de las ruedas contra la carretera y el rechinar de los
caballos, mi visión se fue aclarando, dejando ver lo que frente de mi se encontraba.
Noté que, justo fuera del círculo sagrado donde me encontraba, una pequeña nube
de neblina se iba materializando frente a mí, dibujando muy tenuemente la silueta
de un hombre alto y delgado, con una tez muy pálida y facciones de lo que
pareciera un príncipe que en antaño hubiera gobernado estas tierras. Alargué mi
mano para tratar de tocar aquel ser.
– ¡No! – dijo ferozmente aquella figura, haciéndome retroceder. – No trate de
tocarme; podría lastimarse por aquel círculo sagrado en el que se encuentra.
Además, no podría tocarme, pues lo que ve no es más que una proyección mía en
su mente.
Al oír aquella voz entendí de inmediato de quién se trataba.
– ¡Conde Drácula! – dije en mi mente.
– Así es – me respondió, también en mi mente pues los labios de la figura frente a
mí nunca se movieron.
– No me queda mucho tiempo, pues tengo la certeza de que mis perseguidores me
alcanzarán pronto, muy seguramente mañana instantes antes del anochecer.
Una tranquilidad invadió mi cuerpo, pues muy en el fondo de mi mente, gracias a
una inexplicable sensación de certeza, pude sentir que el conde decía la verdad.
Pero también pude percibir la misma angustia que sentía en mis anteriores sueños.
– ¡Ah, sí Mina! – dijo notando mi serenidad– Puede estar tranquila pues ya sabe
que su amado Jonathan y sus muy queridos amigos triunfarán en su empresa.
– ¿C-Cómo es esto posible? – dije perpleja por aquella inusual escena – ¿Cómo
puede ser que el mismísimo conde Drácula, quien tanto sufrimiento nos ha hecho
padecer, venga ahora a mí a hacerme compañía? ¿Y cómo es que todas estas
noches haya yo tenido tan maravillosos sueños que ahora tengo la certeza son de
él?
– Sé que es difícil de asimilar, lo es incluso difícil para mí y temo no poder
responder parte de las tantas inquietudes que posee, pues también me
atormentan.
Qué complicado es poner en palabras la increíble escena que se desarrollaba ante
mí, pues ni siquiera podía discernir si era real o solo pasaba en mi mente.
– Le aseguro, Mina, que, si bien le pueda parecer una alucinación o una especie de
trastorno de los sueños, todo esto que ocurre en nuestras mentes es real y es
gracias a la fuerte conexión que hay entre ellas.
– Pero ¿Por qué existe esta conexión?
– Pues bien, para poder responderle tendré que darle a conocer lo más rápido
posible, pues el tiempo es corto, mi perspectiva y lo que he experimentado desde
aquel encuentro que tuvimos hace poco más de un mes.
– Me es desagradable recordar tan fatídica noche. Sin embargo, es más grande el
deseo que tengo por satisfacer mi curiosidad. Soy todo oídos.
– Perfecto. Recuerdo con claridad como usé a Renfield como anzuelo para distraer
a sus amigos y dejarla a usted sola, a mi merced. Esa noche tenía claras mis
intenciones de destruir a aquellos que pretendían cazarme, para lo cual debía
primero bajarles la moral y ponerles tantos obstáculos como fuera posible. Usted,
Mina, fue el instrumento que usé para este fin. Y para hacerles las cosas más
difíciles, le hice a usted beber un poco de mi sangre, para así poder tener un mayor
control sobre su mente, lo cual me podría ser muy útil.
– Aquellas gotas de amargo sabor a muerte, sí. Entiendo ahora la raíz de la
conexión entre usted y yo.
– Es usted muy perspicaz. Pues bien, mi plan marchaba a la perfección hasta que,
muy vagamente, empecé a notar como crecía lentamente en mi mente una
sensación tan extraña, pero al tiempo tan familiar que me dejó sumamente
confundido.
– ¿Tenía aquella sensación que ver con la reciente conexión que había establecido
conmigo? – le cuestioné al creer saber la razón de lo que el conde describía.
– Así es, pero no me di cuenta de ello sino más tarde. Debo confesar que aquella
sensación me produjo una angustia tal que me llevó a la desesperación por saber
su origen y tan repentina familiaridad. De las miles de conexiones que he
establecido de la misma forma con otros seres, no había ninguna que fuera
semejante a esta, pues en todas siempre había percibido el profundo odio y el
inmenso horror que sentían por mí. Durante los interminables siglos de mi
existencia, estos fueron los únicos sentimientos que pude percibir de cualquier ser
humano con el que tuve contacto. Nunca fui merecedor de nada más que el miedo,
el asco, la aversión y desprecio de todos quienes guiados por sus prejuicios
juzgaban mi única y peculiar naturaleza. No vi más remedio que aprender a
alimentarme de esos odiosos sentimientos, y tanto fue así que me convertí aquel
odio y la maldad que todos me profesaban. Fui poco a poco me fui hundiendo en la
decadencia y miseria hasta finalmente declararme el enemigo de la humanidad y
odiarlos de la misma manera con la que siempre me odiaron.
Luego de escuchar su confesión, rompí en llanto sumida en una gran tristeza y
compasión que sentía por esa desdichada alma, condenada a vivir con el odio de la
humanidad entera.
– ¡Ahí está! ¡Esa es la sensación que me atormentó los primeros días luego de
nuestro encuentro! – dijo el conde, pues nuestra conexión a este punto era tan
fuerte que podíamos conocer los pensamientos del otro como si fueran propios.
– ¿Se refiere a mi tristeza? – le pregunté.
– ¡No, no! ¡De ninguna manera! La tristeza ha sido fiel compañera durante muchos
años… No, Mina, la sensación que trato de describir es su compasión y piedad.
Tantos siglos recibiendo odio y terror, había olvidado lo que se sentía ser
merecedor de esta inesperada bondad. Es gracias a usted, Mina Harker. ¡Gracias a
la infinita bondad y compasión que demostró a Jonathan y sus amigos aquel día en
el que usted consideró que en un ser tan malvado como yo, que he cometido actos
tan atroces, aún sobreviva una parte buena e inmortal! Y no satisfecha con esto,
intercedió por mí ante mis ahora perseguidores pidiendo compasión por mi alma.
Tan acostumbrado estaba yo al odio y a la negatividad humana, tanto me había
alimentado de estos, que al sentir su profunda compasión quedé aturdido al no
recordar de qué se trataba.
– Y fue por eso por lo que usted decidió introducirse en mis sueños y darme tan
espectaculares visiones – concluí.
– No precisamente – continuó el conde –. Inicialmente desconfié esta inusitada
compasión, y pensé que al manifestarle mi naturaleza a través de los sueños usted
finalmente desistiría de su bondad para conmigo y se sentiría abrumada y
horrorizada por aquellas visiones.
– Sin embargo, no fue así – interrumpí –. Ya usted sabrá que estaba realmente
maravillada ante dichas imágenes.
– Lo cual, si bien me dejó desconcertado, también me causó un atisbo de dicha–
prosiguió–. ¡Finalmente, después de tantos siglos, alguien en lugar de horrorizarse
se maravillaba con mis poderes, con mi naturaleza! Bendije el momento en el que
decidí darle de beber mi sangre, así como cada uno de los acontecimientos que me
llevaron a eso.
– Bien, bien –expliqué–. Resuelvo con esto gran parte de mis dudas. Y agradezco
que se haya tomado la molestia de aclarármelas. Si es cierto que sentí mucha
compasión por usted, pero ya debe saber bien que esta compasión está
condicionada…
– Y así estoy de acuerdo que debe ser – interrumpió–. Sé que debo fallecer en las
manos de mis perseguidores, pues solo ellos destruyendo la maldad que me habita
harán libre la parte buena que aún queda en mí y de la cual usted puede dar fe
escuchando mi relato. Es por eso que he venido en estos últimos momentos a
visitarla, además de hacer una suerte de despedida. Le pido que no se acongoje por
mi muerte, pues bien sabe que esta me traerá la paz que nunca busqué, pero
siempre necesité. Adiós, Mina, y gracias por ser esa luz que la humanidad me negó
por tanto tiempo, pero que usted me brindó sin ningún reparo.
En ese momento, la figura que tenía frente a mí se disolvió fugazmente en la sutil
brisa, como si fueran cenizas espaciadas al arrullo del viento. La vaga somnolencia
que sentía se fue disolviendo, dejando una agridulce melancolía. Me recostaré
meditando en lo que acababa de pasar, y con esta tierna nostalgia que siento con
suerte quedaré profundamente dormida…
20 junio. Han pasado ya siete meses desde la última vez que escribí en este diario.
¡Y llevo casi cinco de embarazo! Qué gran felicidad nos supuso esta gran noticia a
Jonathan y a mí… Hace un par de días que tuve un sueño muy peculiar. Me había
quedado dormida esperando que Jonathan llegara de su oficina para acompañarme
a comprar víveres en el mercado, pues desde la noticia de mi embarazo mi buen
esposo no es capaz de dejarme un segundo sola si no es estrictamente necesario.
En mi sueño, todo estaba oscuro, pero me percibía dentro de una sustancia muy
cálida y placentera, como dentro de una burbuja de algún liquido viscoso. Luego,
aun soñando escuché como la puerta principal de la casa se abría, y escuchaba los
pasos de un hombre acercarse a mi diciendo:
–Mina, querida, lamento la tardanza, unos persistentes clientes casi no me dejan
salir de mi oficina–. Reconocí la voz de Jonathan al instante, el cual continuaba:
–¡Oh! Te has quedado dormida–.
Hubo luego unos segundos de silencio cuando de repente, muy cerca de mí sobre
la burbuja donde me encontraba escuché que mi marido me decía, en susurros:
–¡Hola, Quincey Harker! Es tu padre acá afuera esperando ansiosamente tu
llegada–.
Sentí como una sombra con forma de mano cubrió el espacio sobre mí y se movía
de un lado a otro, como saludando. Con aquella sombra aun sobre mí, di una suave
patadita hacia ella, como empujando la burbuja en la que me encontraba. En ese
instante desperté, pues esa misma patadita la sentí en mi vientre, justo donde
Jonathan tenía puesta su mano. Ambos nos sobresaltamos y reímos con emoción,
pues era la primera vez que nuestro hijo nos daba estas señales de vida.
Luego de mucho meditar en este curioso pero agradable sueño, me di cuenta de
que era del mismo tipo de sueño que tenía cuando el Drácula me manifestó por
primera vez sus poderes. Se me hizo pues innegable e inequívoco: la sangre que el
conde me dio a beber aquella vez corre aun por mis venas, lo cual significa que su
sangre está ahora en mi hijo Quincey Harker. Esto me llena de tranquilidad pues
tengo la certeza de que, cuando el tiempo sea adecuado, podré compartirle a mi
hijo este diario, ya que sé en mi corazón que le servirá para entender su propia
naturaleza. Si bien Drácula no sobrevivió al cerco de sus perseguidores, sobrevivirá
a través de mí y de mi hijo. Curioso es además que, si mis cálculos no fallan, el
nacimiento de Quincey será exactamente en el aniversario de la muerte del
conde…
Museos mutantes
Hoy desperté particularmente más tarde de lo normal. Aunque, a estas alturas
hablar de horarios o rutinas es totalmente irrelevante, solo sirve como tema de
conversación al recordar épocas anteriores. Hice mucha roña en mi cama; no tenía
un motivo específico para salir de ella y simplemente estaba allí viendo lo que me
ofreciera internet hasta quedar de nuevo dormido. Solo fue cuando el hambre se
hizo insoportable que tomé el impulso de levantarme. 4:18 pm del 15 de octubre
de 2022 decía el reloj.
Sin el viejo remordimiento que antes la sociedad recalcaba por dormir en exceso,
fui a la cocina a preparar unos wafles con helado que hacía días tenía ganas de
hacer. Últimamente me he dado cuenta de que tengo grandes habilidades para
cocinar y en realidad disfruto hacerlo. Laura, mi mejor amiga con la que decidí que
viviéramos juntos hace unos meses para amortiguar gastos, siempre me alienta
para que cocinemos algún plato nuevo, aunque muy en el fondo ella prefiere lavar
los platos. Esta vez se me hizo raro que no se acercara a ayudarme. Estaba sentada
en el comedor viendo su computador, absorta en lo que sea que estuviera leyendo.
La ignoré mientras yo hacía mi desayuno de media tarde.
–¡Oh, hola! –Dijo al notar mi presencia. –No me di cuenta en qué momento
entraste a la cocina–
–¡Dah! Obviamente– Dije con un aire un poco petulante, el que uso en broma
cuando me gusta molestarla.
–Ash no empieces… Mira que he estado toda la tarde viendo los registros de toda
la cantidad de artículos que decomisaron ayer en una redada que armó la policía en
una casa no muy lejos de acá, por el Restrepo. Pensaban que estaban allanando el
cuartel general de un cartel de drogas, pero se encontraron con que en realidad lo
que hacían era contrabandear objetos saqueados de instituciones públicas y
universidades. Al parecer estaban destinadas a subastarse en la Deep web…
–Meh, no se me hace raro… Con tantos edificios y espacios públicos abandonados
tan recientemente lo natural es que por necesidad la gente haga ese tipo de cosas
para poder sobrevivir en medio de esta crisis. Al menos no le están haciendo daño
a nadie; al fin y al cabo, ahora son objetos de nadie y que casi a nadie le importan
más que para sacarles algún provecho económico.
–Jum. Hoy te levantaste como con más crisis existencial que de costumbre, ¿No?
–Quizás. O también debe ser el hambre. Hace muchas horas no como.
Me senté a su lado y le pasé medio wafle que aceptó de inmediato. Mientras
comía, vi en su computador las numerosas imágenes de los objetos que ella
mencionaba. La mayoría eran objetos que a mi parecer pudieron haber estado en
museos y colecciones que antes estaban abiertas al público. Estaba aún
somnoliento mientras veía como en la pantalla se deslizaban una tras otra las
imágenes de los interminables objetos. De repente vi uno que se me hizo muy
familiar.
–Espera– dije. –Vuelve unas imágenes atrás por fa–
Laura hizo lo que le pedí hasta llegar a la imagen que me había llamado la atención.
–¡Ahí! – Exclamé. Fue tal mi asombro que solté el tenedor sobre el plato. Laura me
volteó a ver y con una voz de extrañeza me dijo:
–¿Qué? ¿No habías visto un viejo casco y oxidado antes? Estás pálido, parece que
hubieras visto un fantasma.
Pues casi que así lo era. Ese casco viejo y oxidado como le decía ella no era nada
más ni nada menos que el casco Adrián XIV que una vez hacía unos años había visto
en una materia en la universidad, cuando aún había clases presenciales. No tuve
más remedio que contarle a Laura al respecto para que comprendiera que este
objeto perteneció al profesor de dicha materia, quien lo había donado al uno de los
tantos museos que tiene la Universidad Nacional.
Hace más o un año que la pandemia tomó un giro inesperado para todo el mundo.
El virus adquirió una mutación demasiado agresiva y la vacuna que se estaba
empezando a distribuir resultó ineficiente. La tasa de mortalidad aumentó
drásticamente y los gobiernos decretaron que nadie podía estar en la calle en
ningún momento. La vida pública como se conocía antes fue totalmente
abandonada. Hubo muchos levantamientos por parte de la ciudadanía por su
derecho a salir a la calle, pero el gobierno decidió irse al extremo y decretar toque
de queda permanente, siendo muy severo con las personas que infringieran esta
norma. Así fue como se abandonaron todos los centros de estudio, todos los
lugares sociales y todo lo que en algún momento podría haber estado rebosante de
personas. Las calles estaban totalmente abandonadas y los establecimientos
comerciales empezaron a morir uno a uno. Todo el mundo empezó a hacer todo lo
que podía para sobrevivir. Al ver dicha desolación, muchos grupos influenciados
mayoritariamente por la necesidad decidieron dedicarse a realizar saqueos
clandestinos de aquellos lugares abandonados, para luego comercializar en el
mercado negro cualquier objeto que pudiera resultar valioso. Claramente los
primeros lugares víctimas de dichos saqueos fueron los museos por la cantidad de
objetos valiosos que poseen. Los museos de la Universidad Nacional no fueron la
excepción. Todos esos museos tan atesorados por tantas personas fueron vilmente
arrasados y despojados de su patrimonio.
Con el paso del tiempo, muchos de estos objetos se fueron acumulando en recintos
privados esperando ser vendidos. Pero sus poseedores se dieron cuenta que
muchos de estos objetos no tenían ningún valor económico para nadie, y
empezaron a sacar y a tratar como basura aquellos elementos que llevaban mucho
tiempo sin vender y lo único que hacían era ocupar espacio.
También se crearon grupos de personas que extrañaban los espacios museales y
trataron de recuperar un poco la esencia de lo que fueron los grandes museos no
mucho tiempo atrás. Es así como varios de ellos si podían compraban colecciones
completas a los contrabandistas para resguardarlos en lugares seguros, o
escarbaban en la basura para encontrar elementos que en algún momento
tuvieron valor cultural o patrimonial. Amasaron grandes cantidades de elementos y
trataron de darles un valor más allá del material y clandestinamente empezaron a
mostrar sus pequeños o grandes gabinetes de curiosidades a gente interesada que
también extrañaba como se sentía asistir a un museo.
Muchos podrían decir que los museos se extinguieron. Quizá de la manera como se
veían antes, sí. Pero en realidad no murieron, solo se transformaron de acuerdo
con las circunstancias que, si bien muy duras y extremas, dieron lugar a la
posibilidad de reinterpretar el significado de los objetos, colecciones y pequeñas
pero valientes exposiciones que se iban creando según el criterio de su autor. De
esta manera, la esencia misma de lo que significa un museo se mantuvo
prácticamente intacta gracias al interés, adaptabilidad y creatividad que muchos
tuvieron para conservarla.