Evidencias de la Palabra de Dios
Evidencias de la Palabra de Dios
El que Dios nos haya dado la Biblia es una prueba de Su amor por nosotros. Dios le
comunicó a la humanidad cómo es Él y cómo podemos tener una relación correcta con
Él. Estas son cosas que no podríamos haber sabido si Dios no nos las hubiera revelado
divinamente en la Biblia. La Biblia contiene todo lo que la humanidad necesita saber
sobre Dios para tener una relación correcta con Él.
¿Cómo podemos saber que la Biblia es la Palabra de Dios y no sólo un buen libro? ¿Qué
tiene la Biblia que la distingue de todos los demás libros que se han escrito? ¿Existe
alguna prueba de que la Biblia es realmente la Palabra de Dios? Este tipo de preguntas
hay que examinarlas detenidamente. No cabe duda de que la Biblia afirma ser la
Palabra de Dios. Esto se ve en el elogio de Pablo a Timoteo: "y que desde la niñez has
sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por
la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para
enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el
hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra" (2
Timoteo 3:15-17).
Otra evidencia interna que indica que la Biblia es verdaderamente la Palabra de Dios
es la profecía. La Biblia contiene cientos de profecías detalladas relacionadas con el
futuro de varias naciones, ciertas ciudades y toda la humanidad. Otras profecías se
refieren a la venida del Mesías, el Salvador de todos los que creerían en Él. A
diferencia de las profecías de otros libros religiosos o de hombres como
Nostradamus, las profecías bíblicas son extraordinariamente detalladas. Hay más de
trescientas profecías relativas a Jesucristo en el Antiguo Testamento. No sólo se
profetizó Su descendencia y dónde nacería, sino también cómo moriría y que
resucitaría. Sencillamente, no hay otra forma lógica de explicar el cumplimiento de las
profecías de la Biblia que no sea citando su origen divino. No hay ningún otro libro
religioso que contenga la cantidad de profecías detalladas y predictivas que contiene
la Biblia.
Una tercera prueba interna del origen divino de la Biblia es su autoridad y poder sin
igual. Aunque esta prueba es más subjetiva que las dos primeras, no deja de ser un
poderoso testimonio de que la Biblia es la Palabra de Dios. La autoridad de la Biblia no
se parece a la de ningún otro libro que se haya escrito jamás. Este poder se ve en la
forma en la que innumerables vidas han sido transformadas de forma sobrenatural.
Drogadictos han sido completamente curados por ella, homosexuales han sido
liberados por ella, vagabundos y vividores han sido transformados por ella, criminales
endurecidos han sido reformados por ella, pecadores han sido reprendidos por ella, y
el odio se ha convertido en amor por la Biblia. Efectivamente, la Biblia tiene un poder
dinámico y transformador que sólo es posible gracias a que es realmente la Palabra de
Dios.
A lo largo de la historia, los escépticos han considerado que la Biblia era mitológica,
pero la arqueología ha confirmado que es histórica. Los detractores han considerado
sus enseñanzas primitivas y anticuadas, pero sus conceptos morales y jurídicos han
influido positivamente en las sociedades de todo el mundo. Sigue siendo atacada por la
pseudociencia, la psicología y los movimientos políticos, pero sigue siendo tan
verdadera y relevante hoy como lo fue cuando se escribió por primera vez. Esto no
debería sorprendernos. Después de todo, Jesús dijo: "El cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasarán" (Marcos 13:31).
DOCTRINA DE DIOS
El ser infinito, Dios, se describe solamente con palabras que hablan acerca de lo
infinito: Sus dominios son inmensurables, su sabiduría es insondable, sus riquezas
son inescrutables, sus caminos son inescudriñables su grandeza sobrepasa toda
comparación. No podemos comprender a Dios; sólo podemos exclamar como el
salmista: “Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios”.
Este Dios único y eterno se ha revelado al hombre. Y es sólo por medio de la revelación
de este Dios infinito que el hombre finito puede entender el propósito del universo y
de su propia existencia. El incrédulo, que no conoce a Dios, y que, por tanto, se
enorgullece de sus teorías, está enredado en su propia ignorancia, misticismo y
superstición. El Hijo de Dios es el único que puede entender al Dios viviente y sus
obras maravillosas.
Hay muchas evidencias que demuestran que existe un ser supremo. La creación
muestra claramente que hay un ser infinito que todo lo sabe y todo lo puede. Él es
sobrenatural, sobrehumano, sin principio y sin fin; es un Creador muy amoroso que no
tiene las limitaciones que tienen las criaturas que él mismo creó. La existencia de la
naturaleza es un milagro que demuestra que en realidad existe un Hacedor de
milagros. El hombre puede entender el origen de todo esto sólo por medio de lo que ha
dicho el que creó todas las cosas y tiene todo poder. A este ser le llamamos “Dios”.
El conocimiento de Dios
Dios es un ser real tal y como lo es el hombre. Nosotros podemos afirmar esto porque
sabemos que el hombre fue creado a la imagen de Dios. Dios tiene una personalidad,
así como la tiene el hombre.
Nombres de Dios
Dios se manifiesta por medio de varios nombres. Los dos nombres más comunes en las
escrituras hebreas son Elohim (generalmente traducido “Dios”) y Jehová. El
nombre Elohim denota su posición como Creador y expresa la idea de poder, dominio y
autoridad suprema. El nombre Jehová significa “él que es”. Dios dio este nombre a su
pueblo escogido y en su relación con ellos siguió revelando el significado del mismo. Él
se manifestó como el sanador (Éxodo 15.26) y Jehová-salom, o sea, el que es paz
(Jueces 6.24). En verdad él se manifestó como el que es todo lo que a mi pueblo me
hace falta (lea Salmo 62.5–8).
Según los historiadores cuando el nombre Jehová fue dado entre los judíos, ellos se
sintieron tan impresionados por su santidad que lo usaban con muy poca frecuencia por
lo que su pronunciación fue olvidada. En la actualidad los que temen a Dios siempre
pronuncian cualquiera de sus nombres con reverencia y adoración. Tomar el nombre de
Dios en vano es completamente desconocido en los labios del verdadero hijo de Dios.
Para la persona que quiere recibir la verdad, y medita en ella, las evidencias de la
existencia de Dios son muchas. Aquí les presentamos algunas:
La hoja de un árbol brota de la rama, la rama del tronco, el tronco de la raíz y la raíz
de la semilla. Entonces, ¿de dónde procede la semilla? La misma procede de otra
planta. Cuando buscamos el origen de la semilla al final llegamos a la primera semilla y
nos preguntamos: ¿De dónde vino la primera semilla? De la misma manera, cuando nos
fijamos en los cielos estrellados, la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay, surge la
pregunta inevitable: ¿Quién lo hizo? ¿Qué originó la materia, la vida, las especies y el
hombre? Indudablemente tuvo que haber un Creador. Este Creador es Dios. Él es sin
principio y sin fin, y por el aliento de su boca y su poder infinito creó todas las cosas
visibles e invisibles. Es más razonable creer esto que creer que todas estas cosas
existen por mera casualidad. “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y
deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas
por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1.20).
Existen muchas preguntas acerca de la naturaleza que ningún ateo jamás ha podido
contestar. Por ejemplo, hay una ley natural que hace que los cuerpos se dilaten por el
calor y se contraigan por el frío. Una excepción a esta ley se puede observar en el
agua. Cuando el agua se congela, se dilata. De modo que el hielo se forma en la
superficie de las aguas en lugar de sumergirse al fondo. De esta forma los ríos y lagos
no llegan a ser una masa sólida de hielo que no podría derretirse en un solo verano.
¿Quién diseñó esta excepción? ¿Será capricho de la naturaleza? ¿Cómo uno puede
explicarse por qué la tierra abunda de provisiones para los hombres y los animales?
¿Quién nos ha podido explicar alguna vez el origen de órganos tan delicados como el
cerebro, la circulación, el sentido de la vista, del oído, del olfato y del gusto? Y ¿qué
de sus propias localizaciones en el cuerpo y la manera en que se relacionan unos con
otros? Esto no se pudiera explicar a menos que reconozcamos la existencia de un
Diseñador omnisciente, quien los formó según su entendimiento infinito. Hay muchas
otras preguntas que incluso el hombre más educado y sabio no ha podido contestar
razonablemente sin suponer la existencia de un ser supremo.
A cualquier parte de este mundo donde vaya un misionero, aun a las tierras más
lejanas y paganas, se encontrará con personas que reconocen la existencia de un ser
supremo. ¿Qué son los ídolos sino falsificaciones del Dios vivo? Los mahometanos, los
indostanos, los budistas y muchos otros que adoran en varias formas son todos
adoradores de algún ser que consideran sobrehumano. Para todos es conocido que aun
los ateos en tiempos de conflictos y peligros invocan el nombre de Dios. Aquel hombre
que introdujo su argumento diciendo: “Doy gracias a Dios que soy ateo” es sólo un
ejemplo.
Volviendo nuevamente a Romanos 1.20, vemos que la causa de esto radica en que Dios
ha fijado la verdad de su existencia en las mentes y las conciencias de todo ser
humano. Existe algo en lo más profundo de nuestros corazones a lo cual Dios apela y
muchas veces logra alcanzar en nosotros. Es por ello que Dios toca al corazón del impío
para convencerlo de su condición y salvarlo.
En nuestro capítulo sobre la Biblia hemos tratado este tema de una forma más
extensa.
La experiencia incluye cosas tales como el disfrute pleno de vidas limpias de pecado,
las transformaciones en la personalidad, el gozo del Señor en el alma y las oraciones
contestadas. El hijo de Dios que ha experimentado estas cosas puede citar
acontecimientos de su propia vida y decir positivamente: “Yo estoy convencido de que
Dios existe”. Usted no tiene que desanimarse si no conoce todos los elementos y
evidencias que demuestran la existencia de Dios. Simplemente por medio de las
evidencias de la salvación, efectuada en su alma por el Dios verdadero, usted puede
demostrarles a los incrédulos que Dios sí existe.
Este ser maravilloso, cuya influencia se ve en todas partes y en todos los aspectos de
sus obras, llega a ser más precioso para nosotros cuando estudiamos sus atributos en
su palabra.
1. Dios es eterno
Este atributo lo vemos en expresiones tales como: “el eterno Dios” (Deuteronomio
33.27); “Jehová Dios eterno” (Génesis 21.33); “desde la eternidad y hasta la
eternidad” (Salmo 103.17); y, “por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11.15). Además,
vemos esto en Génesis 1.1 donde Dios se muestra como un ser activo y creativo “en el
principio”. Dios no es gobernado por el tiempo como sus criaturas.
2. Dios es inmutable
3. Dios es omnipotente
Es decir, Dios es todopoderoso. El mismo Dios que en el principio dijo las palabras y
fueron creados los cielos y la tierra ahora extiende su brazo fuerte y hace temblar la
tierra por medio de huracanes, terremotos y volcanes. Este mismo Dios enviará desde
los cielos a su Hijo, y un nuevo orden aparecerá (2 Pedro 3.10–13). La majestad y la
grandeza de su poder son anunciadas elocuentemente por boca del profeta (Isaías
40.12–17). (Lea Génesis 17.1; Apocalipsis 19.6.) El mismo Dios que creó los cielos y la
tierra es quien sostiene todas las cosas en la palma de su mano y hasta las naciones
más poderosas son nada en comparación con su poder.
4. Dios es omnisciente
Para Dios no hay límite en sabiduría y conocimiento porque él sabe todas las cosas.
“Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos”
(Proverbios 15.3). Dios sabía, incluso desde antes de la creación del mundo, que el
hombre iba a pecar. Por eso él concibió el plan divino de la salvación y preparó un reino
para la gloria eterna de su pueblo. La Biblia está llena de evidencias que demuestran
que su Autor sabe todas las cosas: el pasado, el presente y el futuro (1 Reyes 8.39;
Ezequiel 11.5; Mateo 10.30).
5. Dios es omnipresente
6. Dios es justo
“Los juicios de Jehová son verdad, todos justos” (Salmo 19.9). “Justo eres tú, oh
Jehová, y rectos tus juicios” (Salmo 119.137). Nadie debe temer que no va a recibir
justicia de parte de Dios porque él es perfecto en justicia, así como lo es en sus
misericordias. Su palabra enseña su justicia y la misma está presente en todas sus
obras.
7. Dios es fiel
“Fiel es Dios” (1 Corintios 10.13). Éste es sólo uno de los pasajes bíblicos que afirma la
fidelidad de Dios. Él ha hecho miles de promesas y nunca ha dejado de cumplirlas. Sus
pactos con el hombre pecaminoso son una evidencia incuestionable de la fidelidad de
Dios. Damos gracias a Dios que en cualquier tiempo podemos acercarnos a él con
confianza y sentirnos seguros de que “[su] palabra es verdad” (Juan 17.17).
8. Dios es incompresible
Los hombres más sabios, más cultos, más eruditos y los más hábiles se enfrentan a
muchas situaciones en la vida en las que tienen que confesar: “Yo no sé”. Zofar, por
ejemplo, hizo una pregunta muy apropiada cuando preguntó: “¿Descubrirás tú los
secretos de Dios?” (Job 11.7). Nos rodean muchos misterios que la mente humana no
puede comprender. Muchos hombres que han pasado toda su vida escudriñando la
palabra de Dios han confesado que apenas han empezado. No es difícil llegar a conocer
a Dios. Sin embargo, es imposible que el hombre alcance el límite del conocimiento
acerca de todo lo que Dios es, dice o hace. El apóstol Pablo, quien quizá escudriñó las
cosas de Dios más que cualquier otro hombre, aun después que fue “arrebatado hasta
el tercer cielo” y oyó cosas “que no le es dado al hombre expresar”, dio este
testimonio: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!
¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11.33).
9. Dios es sencillo
11.Dios es misericordioso
Pensamos tanto en el amor de Dios que algunas veces se nos olvida que una
manifestación de su amor es el odio con que él aborrece lo malo. Él aborrécelo malo
con la misma intensidad que ama lo bueno. Él se manifiesta como un Dios celoso, que
visita “la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de
los que [lo] aborrecen” (Éxodo 20.5). En Proverbios 6.16–19 notamos siete cosas
específicas que el Señor aborrece. Él aborrece todos los malos caminos y todas las
formas de iniquidad. Para poder amar apasionadamente todo lo que es bueno, justo y
santo se tiene que aborrecer ardientemente la iniquidad.
14.Dios es santo
El serafín que se le apareció a Isaías dio voces, diciendo: “Santo, santo, santo, Jehová
de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6.3). Diecinueve veces
este mismo profeta se refiere al Dios de los cielos y de la tierra como “el Santo”.
Cuando tenemos en cuenta su justicia, amor, pureza, fidelidad, bondad, gracia y gloria
maravillosa, esto nos prepara para recibir su amonestación: “Sed santos, porque yo soy
santo” (1 Pedro 1.16). La santidad de Dios debe ser buscada y procurada por todos sus
hijos.
Aquí concluimos, no por haber nombrado todos los atributos de Dios, sino porque
hemos nombrado lo suficiente para recordarnos de su grandeza infinita, su bondad, su
poder y su gloria majestuosa. Bendito, para siempre bendito, sea su santo nombre.
Ninguna de las criaturas de Dios puede poseer los atributos de Dios que pertenecen a
su infinidad, como su omnipotencia, omnipresencia y omnisciencia. Dios es el único que
las posee. Sin embargo, los atributos morales, como la santidad, la benignidad, la
justicia y la pureza él los ha encargado a todo su pueblo para que por medio de los
mismos nosotros podamos resplandecer a la imagen de Dios. De modo que para sus
hijos uno de los pensamientos más consoladores es que en el futuro seremos “como él
es”.
¿Qué dice la Biblia sobre los ángeles? Los ángeles son un orden de seres totalmente
diferente de los seres humanos. Los seres humanos no se hacen ángeles después de
morir. Los ángeles nunca llegarán a ser, y nunca fueron, seres humanos. Dios creó a los
ángeles, tal como creó a la humanidad.
¿Tenemos ángeles de la guarda? No cabe duda de que los ángeles buenos ayudan a
proteger a los creyentes, revelan información, guían a la gente y, en general, ministran
a los hijos de Dios. La pregunta difícil es si cada persona, o cada creyente, tiene un
ángel asignado.
¿Quién / Qué es el Ángel del Señor? La identidad exacta del "Ángel del Señor" no se
da en la Biblia. Sin embargo, hay muchas "pistas" importantes sobre su identidad.
¿Qué son los querubines? ¿Son ángeles los querubines? Los querubines son seres
angélicos involucrados en la adoración y alabanza a Dios. Además de cantar las
alabanzas de Dios, también sirven como un recordatorio visible de la majestad y la
gloria de Dios, y Su presencia permanente con Su pueblo.
¿Qué son los serafines? ¿Son ángeles los serafines? Isaías capítulo 6 es el único lugar
en la Biblia que menciona específicamente a los serafines. La palabra serafines
significa “seres de fuego, quemando”, son seres angelicales asociados con la visión del
profeta Isaías de Dios en el templo.
La angelología nos da la perspectiva de Dios sobre los ángeles. Los ángeles son seres
personales que adoran y obedecen a Dios. A veces, Dios envía a ángeles a "interferir"
en el curso de la humanidad. La angelología nos ayuda a reconocer la guerra que existe
entre los ángeles de Dios, y Satanás y sus demonios. Una comprensión adecuada de la
angelología es muy importante. Cuando entendemos que los ángeles son seres creados,
tal como nosotros, nos damos cuenta que adorar u orar a los ángeles, roba a Dios de la
gloria que le pertenece solo a Él. Fue Dios, no los ángeles, quién envió a su Hijo a morir
por nosotros, quien nos ama y cuida, y quien es el único digno de nuestra adoración.
Un versículo clave sobre la angelología es Hebreos 1:14, “¿No son todos espíritus
ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la
salvación?".
El hombre tiene una doble naturaleza, pues él es carne y espíritu. Por una parte, él es
semejante a Dios; y por otra, es como los animales. El hombre tiene una voluntad al
igual que Dios. Él también tiene un espíritu que goza de compañerismo espiritual y
posee un alma que tiene una existencia eterna. Sin embargo, así como el cuerpo de los
animales se enferma y muere también el cuerpo del hombre.
Cuando comparamos al hombre con Dios nos damos cuenta que el hombre es inferior a
Dios en todo. Podemos expresar la diferencia de la siguiente manera: El hombre es
finito; Dios es infinito. Aunque una persona se convierta al Señor siendo muy joven y
le siga fielmente durante toda su vida esto no quiere decir que alcanzará la perfección
de Dios en esta vida. No importa cuanto haya crecido espiritualmente, todavía puede
seguir creciendo.
Cuando comparamos al hombre con los animales entonces vemos que él es superior a
ellos en inteligencia, dominio y poder. Su capacidad, sea para el bien o para el mal,
sobrepasa la de ellos. Mientras que los animales son gobernados por el instinto, el
hombre puede razonar, lo cual le proporciona una esfera muy superior. Cuando un
animal muere sólo queda un montón de estructuras óseas que vuelve al polvo. Cuando
muere una persona su cuerpo vuelve al polvo mientras que el alma continúa existiendo
para siempre. No obstante, cuando el hombre se somete al dominio de la carne
entonces él cae en una profundidad de depravación desconocida aun entre los
animales.
De modo que, la pregunta práctica con la cual nos enfrentamos a menudo es: ¿Nos
arrastraremos como los animales en el polvo o moraremos, como Dios, en lugares
celestiales?
El hombre
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los
creó” (Génesis 1.27).
¿Qué es el hombre?
Después que Dios creó todas las plantas y todos los animales todavía no existía una
criatura que llevara su propia imagen. Por tanto, Dios dijo: “Hagamos al hombre a
nuestra imagen” (Génesis1.26). El hombre, al igual que su Creador cuya imagen él lleva,
es un ser compuesto. Cuando Dios dijo, “hagamos”, él se refirió a la trinidad: Padre,
Hijo y Espíritu Santo. El hombre también es trino, pues tiene “espíritu, alma y cuerpo”
(1 Tesalonicenses 5.23). Dios le dio al hombre una mente que lo capacita para dominar
la tierra. Todos los atributos morales de Dios (véase el capítulo 1), los cuales Dios
posee a la perfección, los dio al hombre hasta cierto punto. El hombre, aunque lleva la
imagen de Dios, nunca puede ser igual a él porque Dios es perfecto e infinito en todo,
mientras que el hombre es imperfecto y finito.
Dios creó el mundo a fin de proveer un hogar para el hombre (Isaías 45.18). Dios le dio
poder al hombre para enseñorearse de todos los animales y las plantas, y con el
objetivo de que los utilice para sus necesidades físicas. Solamente el hombre posee un
espíritu y puede comunicarse con su Creador. Dios va a rescatar solamente al hombre
de esta tierra para vivir con él en la eternidad.
Las bestias del campo, las aves del cielo y los peces del mar están cumpliendo el
propósito de Dios. Sólo el hombre ha traicionado a su Creador. En lugar de llevar la
imagen de Dios, el hombre, por medio del pecado, llega a pensar y a comportarse peor
que los animales. El hombre, en su estado caído, rechaza a Dios, blasfema de él, lo
aborrece y se deleita en lo que Dios prohíbe. Debido a su desobediencia, el hombre se
convierte en un hijo del diablo. (Lea Jeremías 17.9; Romanos 1.18–2.2.)
Cuando pensamos en el estado depravado del hombre caído, y luego en lo que Dios ha
hecho y está haciendo para su bien, nos maravillamos con el salmista, diciendo: “¿Qué
es el hombre, para que tengas de él memoria?” En esto se manifiestan la gracia, la
bondad maravillosa y la infalible sabiduría de Dios. El hombre, aunque es depravado,
posee un alma que Dios quiere salvar. Dios proveyó esta salvación al enviar a su Hijo al
mundo. El amor del padre al hijo pródigo (Lucas 15) al velar y anhelar el regreso de su
hijo rebelde es una pequeña ilustración del amor del Padre celestial hacia sus
criaturas caídas. Él entregó a su Hijo unigénito como un sacrificio para lograr la
redención y la restauración del hombre. Aquellos que son sensibles a esa gracia
maravillosa verdaderamente pueden decir: “Le amamos a él, porque él nos amó
primero” (1 Juan 4.19). (Lea también Juan 3.16–17; Romanos 5.1–8; 1 Juan 3.)
En el principio Dios puso al hombre “en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo
guardase” (Génesis 2.15). Aunque hay muchos hombres infieles que son siervos
voluntarios del pecado, y no de Dios, hasta cierto punto todos los hombres son siervos
de Dios. Los justos son siervos de Dios de forma voluntaria. En cambio, los injustos se
convierten en siervos involuntarios de Dios cuando a él le agrada usarlos para cumplir
sus planes. Existen varios ejemplos en la Biblia que demuestran lo anteriormente
expuesto: Faraón, a quien Dios levantó para cumplir su promesa a los hijos de Israel;
Nabucodonosor, a quien Dios usó para castigar al pueblo rebelde de Israel; Ciro, a
quien Dios usó como su siervo para restaurar a Judá a la tierra prometida; y los
hombres que tuvieron parte en la crucifixión de Cristo “por el determinado consejo y
anticipado conocimiento de Dios” (Hechos 2.23). Todos estos hombres fueron siervos
involuntarios de Dios. Ya sea voluntaria e involuntariamente, constante e
inconstantemente, todo hombre es siervo de Dios. Sin embargo, el hombre impío que
sirve involuntariamente no tiene recompensa. Lea Hechos 1.18–25 en cuanto al fin de
Judas. Con relación a los obedientes, lea Romanos 6.16.
Dios le dio al hombre el dominio sobre toda la tierra cuando dijo: “Fructificad y
multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves
de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Génesis 1.28). Este
mandamiento obliga al hombre a:
“Fructificad y multiplicaos”: Desde el principio ha sido el plan perfecto de Dios que
los humanos se casen y críen hijos. El hombre no tenía que pecar para cumplir este
mandamiento. Dios instituyó el matrimonio con el objetivo que los hijos pudieran ser
criados bajo la protección y la bendición de un hogar piadoso.
“Llenad la tierra, y sojuzgadla”: Es evidente que en la tierra había algún trabajo que
hacer y algún territorio que ocupar. Recuerde que solamente existía una familia y un
solo huerto donde habitar. ¡Cuán hermoso habría sido si todo el género humano
hubiera permanecido fiel a Dios! Entonces toda la tierra con el tiempo hubiera sido un
maravilloso paraíso de Dios; un lugar donde el hombre hubiera vivido en perfecta
felicidad y todo hubiera estado sujeto a él. Pero como Satanás engañó al hombre esta
sujeción nunca se ha llevado a cabo completamente.
“Señoread en los peces (…), en las aves (…), y en todas las bestias”: Dios entregó
a los animales al dominio del hombre. Adán les puso nombre a todos. El dominio trae
consigo la responsabilidad de la mayordomía. Dios quiere que el hombre haga uso de la
creación para suplir sus necesidades físicas, pero no quiere que él abuse de la misma.
La idea que el hombre debe tratar a los animales de igual a igual contradice este
mandamiento.
Por tanto, Dios hizo provisiones para la felicidad y el bienestar del hombre en la
creación. “Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”
(Génesis 1.31). Así fue hasta el día en que el tentador engañó al hombre, y éste pecó.
La vida del hombre cambió completamente al no permanecer fiel al plan de Dios para
su vida.
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la
muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos
5.12).
El relato del origen del pecado en el mundo se encuentra en Génesis 3.1–8. Antes de
que el pecado entrara en el mundo el hombre era puro y santo, vivía una vida muy feliz
y estaba contento con todo. Él llevaba la imagen de su Creador; no sabía nada de la
culpa ni de la muerte. El hombre estaba libre de toda condenación y gozaba de
comunión con Dios. Pero después que Satanás engañó a Eva apareció entonces la
primera transgresión del hombre, como dice en Romanos 5.12: “Por tanto, como el
pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó
a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. La naturaleza del hombre fue
cambiada. En vez de ser “bueno en gran manera” (Génesis 1.31) como lo hizo Dios,
ahora Dios tuvo que decir del hombre: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria
de Dios” (Romanos 3.23).
1. El pecado de Adán
Un solo pecado destruyó la pureza, perfección, santidad y la vida del hombre. Este
pecado no consistió solamente en extender la mano y tomar el fruto del árbol
prohibido; tomar el fruto fue sólo el resultado del hecho de dejar a Dios y seguir a
Satanás. El pecado, por lo tanto, fue la condición del alma y no sólo la acción de la
mano que cogió el fruto. El hombre perdió su relación con Dios y por eso llegó a ser
pecaminoso. Del pecado de Adán recibimos la corrupción de la naturaleza humana, la
mortalidad y la separación de Dios. Esta condición se ha trasmitido de generación en
generación y conduce a cada persona al pecado propio. Solamente la sangre de
Jesucristo puede quitar esta mancha. (Lea Salmo 51.5; Hechos 17.26; Romanos 3.9–23;
5.12–19; 2 Corintios 5.14 y Efesios 2.3.)
Esto es cuando no hacemos las cosas que sabemos que debemos hacer. Dios, por medio
de Santiago, nos dice: “Al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado”
(Santiago 4.17). Si sabemos que Dios quiere que hagamos algo, y no lo hacemos,
pecamos.
1. La muerte
El resultado del pecado se resume en esta advertencia a Adán: “Porque el día que de él
comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2.17). Y todas las citas que mostramos a
continuación testifican que la muerte corporal y espiritual son la paga del pecado: “El
alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18.4); “La paga del pecado es muerte” (Romanos
6.23); “La muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos
5.12); “El pecado (...) da a luz la muerte” (Santiago 1.15); “Muertos en (...) delitos y
pecados” (Efesios 2.l); “La que se entrega a los placeres, viviendo está muerta” (1
Timoteo 5.6).
2. La corrupción
El pecado es un proceso que corrompe la persona haciéndola vil ante los ojos de Dios y
vergonzosa a la luz de la justicia y santidad verdadera. Es algo que no se puede
eliminar ni por medio de la civilización, ni de las buenas costumbres, ni de la cultura.
Pues al fijarnos en los países que pretenden ser más civilizados también encontramos
que los mismos son parte de los medios más vergonzosos de inmundicia. ¿Adónde se
puede ir en este mundo sin que la corrupción sea tan evidente? En todas partes se
nota que los hombres son “amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios,
blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural,
implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2
Timoteo 3.2–4). El pecado es una enfermedad mortal que primero corrompe, y por
último destruye alma y cuerpo (Romanos 1.20–32).
3. La miseria
Hay muchos que se engañan con la idea de que la religión sólo vale a la hora de la
muerte; pero mientras viven prefieren la vida de pecado, suponiendo que sacan mayor
satisfacción y placer del pecado. Pero, “no os engañéis” (Gálatas 6.7). ¿Por qué hay
tanta miseria, pobreza, aflicción, dolor, enfermedades y plagas en el mundo? Es por
causa del pecado. ¿Por qué hay cárceles, penitenciarías y escuelas de reformación de
la conducta? ¿Por qué las peleas, las disputas, el asesinato, las persecuciones, las
guerras y los otros pesares de la vida? ¿Por qué existen esas chozas miserables de
prostitución en nuestras ciudades, el remordimiento de la conciencia, la angustia del
alma y las esperanzas arruinadas? A causa del pecado. “¿Para quién será el ay? ¿Para
quién el dolor? ¿Para quién las rencillas? ¿Para quién las quejas? ¿Para quién las
heridas en balde? ¿Para quién lo amoratado de los ojos? Para los que se detienen
mucho en el vino” (Proverbios 23.29–30). Esta lista de miserias y aflicciones es típica
de lo que produce cualquier pecado. ¡Las palabras no bastan para describir los
lamentos, los pesares y las desolaciones causadas por el pecado!
Es cierto que muchas veces el pecado trae lo que los hombres llaman placer. Como las
drogas, el pecado da una sensación de placer momentáneo. Los que están bajo la
influencia de este engañoso “jarabe que calma” miran con lástima o desprecio a los que
andan en pasos de justicia y santidad verdadera. Pero tales placeres sólo son
pasajeros. El que se toma un trago de vez en cuando corre el riesgo de llegar a ser el
borracho que tambalea por las calles. El joven que fuma cigarrillos finalmente llega a
convertirse en un esclavo enfermo. El jugador de suerte corre el riesgo de caer
bancarrota y un libertino entregado a los vicios llega a ser un destructor de hogares.
Como un “jarabe que calma” el pecado puede tranquilizar por un tiempo, pero sólo
adormece a la víctima y le asegura el terrible día de la ira y de la retribución.
4. La condenación eterna
¿Acaso no hay manera de escapar? ¿No hay alguna manera en que los perdidos y
encadenados por el pecado puedan librarse de su esclavitud y escapar del castigo del
fuego eterno (Judas 7)? Gracias a Dios, sí la hay. Hay perdón por los pecados
cometidos si cumplimos con los requisitos de Dios para tal perdón (Lucas 24.47).
“Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de
nuestro Señor Jesucristo” (1 Tesalonicenses 5.9). La gracia de Dios se extiende a
toda alma. A cada persona encadenada por los grilletes del pecado le llega la invitación
bondadosa y celestial: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra,
porque yo soy Dios” (Isaías 45.22). No obstante, esta promesa se basa en la siguiente:
“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el
cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”
(Isaías 55.7). “Si no os arrepentís”, el único resultado será que “todos pereceréis
igualmente” (Lucas 13.3).
La libertad del pecado sólo es posible cuando la persona se somete al poder de Dios y
a la dirección de su Espíritu. No hay poder, ni en la tierra ni en el infierno, que pueda
negar a cualquiera la victoria perfecta en nuestro Señor Jesucristo, con tal que la
persona cumpla con los requisitos de la palabra de Dios. Aunque se trate de los
hombres más fuertes y más inteligentes lo cierto es que: “separados de [Cristo] nada
podéis hacer” (Juan 15.5). Sin embargo, el más débil puede decir: “Todo lo puedo en
Cristo que me fortalece” (Filipenses 4.13). ¿Cómo, pues, venceremos?
· Por medio de la sangre del Señor Jesucristo: “Y ellos le han vencido por medio de
la sangre del Cordero” (Apocalipsis 12.11).
· Por medio de la fe: “Y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1
Juan 5.4).
· Por medio de la palabra: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar
contra ti” (Salmo 119.11).
Nuestra lucha contra el pecado significa una batalla continua contra los poderes del
maligno. Pero tenemos que recordar que “las armas de nuestra milicia no son carnales,
sino poderosas en Dios” (2 Corintios 10.4). Confiemos en Dios; su poder es infinito, su
amor es infalible y él promete que nunca dejará ni abandonará a los suyos. Es nuestro
privilegio experimentar continua y diariamente lo descrito por Pablo: “Antes, en todas
estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos
8.37).
DOCTRINA DE CRISTO
La ocupación y la obra de nuestro Señor llena nuestros corazones con gozo, y nos
mueve a la gratitud y adoración. Pero si los aspectos de su persona y obra, como está
revelado en las Escrituras, se duda, esto es un deshonor a ÉL. Relacionado con esto es
el privilegio de cada creyente el reconocer que el Señor es eternamente Dios y aún
más que Él se hizo hombre. Él no pecó y el pecado no estaba en Él. Aunque Él no
conoció el pecado, Él fue juzgado por los pecados de otros durante tres horas de
oscuridad en la cruz del Calvario y como el pago del pecado, soportó la muerte por
nosotros. Pero Él no permaneció en la muerte. Él ascendió y entró en el cielo a
sentarse a la diestra de Dios, hasta que Dios ponga a sus enemigos por estrado de sus
pies. Si un creyente niega estos hechos importantes que conciernen a la persona del
Señor y obra (por ejemplo, su Hijo eterno), entonces él ha deshonrado a Dios y al
Señor Jesús, y se alejará de los fundamentos de su fe (por ejemplo 1 Cor.15). Es
triste que nosotros no siempre estemos con el suficiente discernimiento para
descubrir las raíces de un crecimiento así y como una consecuencia estas además se
desarrollan y se vuelven estables. Permítanos siempre recordar que el Espíritu Santo
mora en el creyente y puede preservarnos por la Palabra de Dios.
Solo el espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios (v.3).
2) El origen de la doctrina de Cristo es el cielo.
El espíritu que es del mundo y o que habla según los principios del mundo no es de Dios
(v. 4-5).
Estos tres puntos son tan simples que cada creyente puede usarlos e identificar a los
falsos maestros. Ellos corresponden exactamente con las tres labores fundamentales
del Consolador, el Espíritu de Dios, en referencia en el Evangelio de Juan, capítulos 14
hasta 16.
1) Él testificará del Señor Jesús (Juan 15:26) y le glorifica a Él (Juan 16:14).
Si este es el caso, ¿Cómo puede una doctrina que está basada sobre los principios y
espíritu de este mundo ser de Dios? ¡Imposible! Los razonamientos del espíritu de
este mundo son únicamente lógicos y filosóficos, y por esto es imposible reconocer que
el Señor Jesús es Dios y Hombre en una persona. Similar pensamiento guía las almas a
buscar salvación a través de sus propias obras en lugar de ser por la fe. ¡Cuán errado
se puede estar! Cuando Dios ya nos ha mostrado que la salvación solo puede ser
obtenida en Cristo.
Las doctrinas que son en carácter terrenal y en satisfacción de este mundo, como un
objetivo tal no puede venir de Dios. Todos los creyentes tienen el Espíritu Santo. A
través del nuevo nacimiento nosotros somos una nueva creación y no somos del mundo
(Juan 17:14). Por estas razones nosotros tenemos la capacidad de saber si una
doctrina es celestial o terrenal en origen. A veces nosotros no consideramos que este
peligro es muy grande, y pasamos por alto el hecho que los fundamentos de nuestras
vidas espirituales están siendo atacadas. En principio, los tres exámenes de 1 Juan 4
realmente nos muestran tres diferentes aspectos del mismo error. Quizás nosotros
conocemos la falsa doctrina concerniente a la Persona de Cristo, pero se piensa que la
doctrina que viene del mundo no es tan peligrosa. Sin embargo, por este último medio
mencionado, Satanás ataca exactamente el mismo fundamento, quizás en una manera
más sutil, pero precisamente más efectivo.
3) El Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad (Juan 16:13).
Esta declaración se hizo primero a los discípulos y apóstoles. Que el Espíritu les
enseñó para ser comunicado a nosotros a través de la enseñanza de los apóstoles, de lo
cual nosotros leemos en Hechos 2:42 y en términos de personificación de él, en los
primeros versos de 1 de Juan. Esta es precisamente esa doctrina que los falsos
maestros no traen. ¿En qué consiste esto? Esto íntegramente está contenido en el
volumen completo del Nuevo Testamento, pero uno puede encontrarlos especialmente
en las epístolas del apóstol Pablo. Esto está personificado en nuestro Señor
Jesucristo.
Él es el centro y la substancia de esta doctrina. Esto hace evidente que allí esta una
directa unión con las primeras dos pruebas. Después Juan escribió generalmente en
sus cartas en un absoluta y abstracta manera, este tercer aspecto no se refiere a una
parte especifica de la doctrina. Más bien el apóstol se refiere al fundamento de la fe
cristiana. Es absolutamente necesario para nosotros valorar cada particular aspecto
de la enseñanza de los apóstoles, pero en relación con las consecuencias que son
mencionadas aquí, el punto fundamental parece estar a la vista. Esto otra vez
concierne a la persona de nuestro Señor, en la enseñanza que Él es Dios y Hombre, y
esto era necesario si Él iba ser el Salvador.
DOCTRINA DE LA EXPIACION
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo,
mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no sólo esto, sino que
también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos
recibido ahora la reconciliación” (Romanos 5.10–11).
La expiación resumida
Una vez estuvimos muy lejos de Dios (Efesios 2.12–13). Cuando el hombre pecó, no
solamente llegó a ser un ser pecaminoso, sino que estaba también sin recurso o auxilio
para volver a Dios. Del hombre caído está escrito: “Todos nosotros nos descarriamos
como ovejas” (Isaías 53.6). “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”
(Romanos 3.23). “La muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”
(Romanos 5.12). Ningún hombre pudo redimirse de su pecado al hacer las obras de la
ley ni por su bondad humana (pues por naturaleza, no existe), ni por sus riquezas, ni
aun por la obediencia estricta de la ley. El hombre estaba perdido; esa palabra resume
toda la historia.
Pero Dios, quien creó al hombre a su propia semejanza, quiso que el hombre tuviera la
oportunidad de resplandecer a la imagen suya en la eternidad. Por eso Dios proveyó
para la expiación del pecado al enviar al mundo a su propio Hijo amado, Jesucristo.
Jesús era el unigénito del Padre y como el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo murió en la cruz para quitar el pecado del mundo (Juan 1.29). “Por su llaga
fuimos nosotros curados” (Isaías 53.5). También dice: “porque con una sola ofrenda
hizo perfectos para siempre a los santificados” (hebreos 10.14). Sólo por el poder de
la sangre que derramó Jesucristo podemos tener vida espiritual.
La expiación es lo que Dios provee para reparar el efecto (que es la muerte espiritual)
de nuestro pecado. Por medio de la misma él quita nuestra muerte y restaura su vida
en nosotros.
El día de la expiación
1. El antiguo pacto
Los judíos celebraban un día de humillación nacional, guardando el décimo día del mes
séptimo (Levítico 16; 23.26–27). En ese día confesaban sus pecados y ofrecían una
ofrenda para la expiación de los mismos. Preparaban dos machos cabríos; mataban uno
y sobre la cabeza del otro el sacerdote ponía los pecados del pueblo y lo enviaba al
desierto. De esa manera los pecados de la gente les eran quitados. El cabrío llevó el
pecado para lejos y los pecadores podían regresar a sus casas libertados del pecado.
La obra de estos animales expiaba el pecado porque era una sombra de la obra de
Cristo como el Cordero de Dios. Su sufrimiento y muerte por el pecado del pueblo
cumplieron todos los sacrificios judíos que jamás habían sido ofrecidos. “La ley,
teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca
puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer
perfectos a los que se acercan” (hebreos 10.l). (Lea también hebreos 9; 10.14).
2. El nuevo pacto
Como ya notamos, los sacrificios judíos sólo eran un símbolo del sacrificio perfecto,
Jesucristo. El sacrificio perfecto de Cristo cumplió el propósito de los sacrificios que
se ofrecieron bajo la ley, pues todos estos se cumplieron en él. Así la expiación del
antiguo pacto introduce la del nuevo pacto, y la expiación del nuevo pacto cumple el
símbolo (o sea, la sombra) del antiguo.
Nosotros hoy podemos pensar en nuestro día de expiación en dos sentidos: (1)
Podemos meditar en el día en que Jesucristo estuvo colgado, ensangrentado en la cruz,
donde “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (hebreos
10.14). (2) Esta nueva época es un “día de expiación”, porque tenemos acceso continuo
al altar de Cristo, nuestro gran sumo sacerdote. En cualquier momento podemos tomar
la sangre de ese sacrificio para librarnos de nuestros pecados y volver a Dios
regocijándonos, perdonados y sin pecado. La muerte de Cristo es nuestra esperanza
eterna.
La muerte de Cristo
1. Nuestra propiciación
Al Cristo morir llegó a ser “la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 2.2). Es
decir, la sangre de Jesucristo es la vida que conquista nuestra muerte. Jesús es el que
“Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Romanos 3.25). Hemos
sido reconciliados con Dios por la vida que hay en la sangre de Jesucristo. Por él la ira
de Dios ha sido calmada, y ahora podemos acercarnos a Dios confiando que la nueva
vida que él nos dio es suficiente para unirnos a Dios.
2. Nuestro Cordero
De la misma manera, Cristo, el Cordero de Dios inocente, murió a fin de proveer nueva
vida para los culpables. Jesús puso “su vida en expiación por el pecado” (Isaías 53.10).
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos
hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5.21).
3. Nuestro abogado
¿De qué somos salvos? En la doctrina cristiana de la salvación, somos salvos de la “ira”;
esto es, del juicio de Dios al pecado (Romanos 5:9; 1 Tesalonicenses 5:9). Nuestro
pecado nos ha separado de Dios, y la consecuencia del pecado es la muerte (Romanos
6:23). La salvación bíblica se refiere a nuestra liberación de las consecuencias del
pecado y, por lo tanto, implica la remisión del pecado.
¿Quién realiza la salvación? Sólo Dios puede quitar el pecado y liberarnos del castigo
del pecado (2 Timoteo 1:9; Tito 3:5).
¿Cómo recibimos la salvación? Somos salvos por la fe. Primero, debemos oír el
evangelio—las buenas nuevas sobre la muerte y resurrección de Jesucristo (Efesios
1:13). Después, debemos creer—confiando totalmente en el Señor Jesucristo
(Romanos 1:16). Esto incluye el arrepentimiento, un cambio de mentalidad acerca del
pecado y de Cristo (Hechos 3:19) y el confesar el Nombre del Señor (Romanos 10:9-
10).
La mayoría de las principales religiones del mundo creen en algún tipo de sanidad
sobrenatural. El islam usa la Ruqya (conjuros) para sanar enfermedades luchando
contra la magia negra y expulsando a Jinn. Los budistas del Tíbet utilizan el Gso-wa
Rig-pa, el cual incluye elementos de medicina, mantra y meditación. Los seguidores del
panteísmo moderno, como la filosofía de la Nueva Era o el humanismo cósmico, utilizan
una gran variedad de técnicas de las religiones antiguas y del ocultismo.
Lo que siempre se repite en todas estas ideas sobre la sanidad divina es la necesidad
de un ritual. La sanidad, desde el punto de vista de la religión no cristiana, exige un
ritual físico para obligar a una deidad a actuar o manipular una fuerza de sanidad
impersonal.
Casi una quinta parte del Evangelio habla del ministerio de sanidad de Jesús. Al
comenzar Su ministerio, Jesús recorrió "toda Galilea, enseñando en las sinagogas de
ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia
en el pueblo" (Mateo 4:23).
Más adelante, cuando Jesús envió a Sus doce discípulos a predicar el evangelio, les dio
autoridad para sanar a los enfermos (Lucas 9:1-2). Después de la resurrección y
ascensión de Jesús, los apóstoles siguieron sanando a muchos (Hechos 5:12-16). En los
Hechos se registran varias sanidades realizadas por Pedro, Juan y Pablo (19:12;28:8-
9).
Hoy en día, hay dos escuelas de pensamiento diferentes sobre la sanidad divina.
Algunos cristianos creen que el don de sanidad (1 Corintios 12:9) terminó al igual que el
don de lenguas. Esta postura se llama cesacionismo. Otros cristianos creen que todos
los dones de señales siguen estando presentes hoy en día.
A pesar de que adoptamos el punto de vista cesacionista, creemos que Dios es "quien
les da salud" (Éxodo 15:26). Él no ha perdido su capacidad de sanar, y no ha disminuido
Su amor por Su pueblo. La sanidad divina puede llegar a través de la medicina
tradicional o por intervención directa de Dios como respuesta de una oración. Y si Dios
quiere, puede que la sanidad no llegue sino hasta la sanidad final en el cielo. Dios es el
Gran Médico, y todas las sanidades, físicas, emocionales y espirituales, son de Él.
Muchas personas encuentran la doctrina del Espíritu Santo algo confusa. ¿Es el
Espíritu Santo una fuerza, una persona, o algo más? ¿Qué enseña la Biblia?
La Biblia nos brinda muchas formas de ayudarnos a comprender que el Espíritu Santo
es realmente una persona, es decir, Él es un ser personal, y no algo impersonal. En
primer lugar, cada pronombre que se usa en referencia al Espíritu es "él, como cuando
uno habla de una persona" y no "eso, como cuando se habla de una cosa". El idioma
original griego del Nuevo Testamento es explícito en confirmar la persona del Espíritu
Santo. La palabra que se usa para "Espíritu" (pneuma), es neutra y sería lógico usar
pronombres neutros para que haya un acuerdo a nivel gramatical. Sin embargo, en
muchos casos, se encuentran pronombres masculinos (por ejemplo, Juan 15:26; 16:13-
14). Gramaticalmente, no hay otra manera de entender los pronombres del Nuevo
Testamento relacionados con el Espíritu Santo, se hace referencia a "Él", como una
persona.
Mateo 28:19 nos enseña a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Esta es una referencia colectiva a un Dios trino. Además, estamos llamados a
no contristar al Espíritu Santo (Efesios 4:30). Se puede pecar en contra del Espíritu
Santo (Isaías 63:10) y mentirle (Hechos 5:3). Estamos llamados a obedecerle (Hechos
10:19-21) y a honrarle (Salmo 51:11).
La personalidad del Espíritu Santo también se confirma por Sus numerosas obras.
Participó personalmente en la creación (Génesis 1:2), empoderó al pueblo de Dios
(Zacarías 4:6), guía (Romanos 8:14), consuela (Juan 14:26), convence de pecado (Juan
16:8), enseña (Juan 16:13), frena el pecado (Isaías 59:19), y da órdenes (Hechos 8:29).
Cada una de estas obras requiere la participación de una persona en lugar de una
simple fuerza, cosa o idea.
Los atributos del Espíritu Santo también apuntan a Su personalidad. El Espíritu Santo
tiene vida (Romanos 8:2), tiene una voluntad (1 Corintios 12:11), es omnisciente (1
Corintios 2:10-11), es eterno (hebreos 9:14), y es omnipresente (Salmo 139:7). Si
fuera apenas una fuerza, no podría poseer todos estos atributos, pero el Espíritu
Santo los tiene.
Y la persona del Espíritu Santo es confirmada por Su función como la Tercera Persona
de la Divinidad. Sólo un ser que es igual a Dios (Mateo 28:19) y posee los atributos de
omnisciencia, omnipresencia y eternidad, podría ser definido como Dios.
En Hechos 5:3-4, Pedro se refirió al Espíritu Santo como a Dios, declarando: "Y dijo
Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu
Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y
vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido
a los hombres, sino a Dios". De igual manera Pablo se refiere al Espíritu Santo como a
Dios en 2 Corintios 3:17-18, afirmando: "Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el
Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara
descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en
gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor".
El Espíritu Santo es una persona, como la Escritura lo especifica. Como tal, debemos
reverenciarlo como a Dios y sirve en perfecta unidad con el Padre y el Hijo para
guiarnos en nuestra vida espiritual.
DOCTRINA DE LA IGLESIA
La doctrina de la iglesia, igual que todas las demás doctrinas de la Biblia, se manifiesta
en las escrituras con la claridad y plenitud que merece.
2. Las ordenanzas de la iglesia por las cuales los principios del evangelio se manifiestan
a los miembros.
Capítulo 33
La iglesia cristiana
“Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra
ella” (Mateo 16.18).
La palabra iglesia (del griego ekklesia) se deriva de dos palabras griegas que juntas
quieren decir “llamar fuera de”. La iglesia cristiana es un cuerpo de creyentes quienes
han sido llamados fuera del mundo y están bajo el dominio y la autoridad de
Jesucristo.
Conocer esto es muy importante. Dios no toma por hijo a aquél que no ha renunciado al
mundo y al pecado. Además, tampoco es hijo aquél que no obedece a Jesucristo, quien
es cabeza de la iglesia.
Hay tres términos muy simbólicos que la Biblia emplea para describir a la iglesia:
1. El cuerpo de Cristo
2. Un templo o edificio
Para ver cómo Dios edifica su templo, lea Efesios 2.20–22. Como un templo, la iglesia
es santa y hermosa, pues brilla con la santidad y la hermosura de Cristo.
3. La esposa de Cristo
Las escrituras representan a la iglesia como la esposa pura y amorosa de Cristo, la cual
espera su venida. El Espíritu Santo en este tiempo está llamando a la esposa del
Cordero de Dios. Mateo 25.1–11 es una descripción de la iglesia que está en espera de
su Señor. Cuando todas las cosas se hayan cumplido, el Señor vendrá por su esposa. Se
efectuará una unión inseparable entre Cristo y la iglesia (como entre una esposa y su
marido) “y así estaremos siempre con el Señor”. (Lea también Efesios 5.22–33;
Apocalipsis 21.9.)
El orden en la iglesia
1. Dios el Autor
Es evidente que Dios es el Autor del orden en la iglesia. Él provee los ancianos de la
iglesia (Efesios 4.11–16; Hechos 20.28) y dirige su administración (Mateo 18.15–18).
Con frecuencia Dios se refiere a Cristo como la cabeza, la puerta y el fundamento de
la iglesia. “Dios no es Dios de desorden” (1 Corintios 14.33).
Notemos los cuatro propósitos del orden en la iglesia que se mencionan en este pasaje:
1. “Perfeccionar a los santos para la obra del ministerio”
2. “La edificación del cuerpo”
3. “La unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios”
4. Llegar a “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”
¿Qué es la Segunda Venida y por qué es importante? ¿Por qué es tan importante que
Jesucristo regrese? ¿Cuándo regresará Cristo? ¿Cuáles serán las señales del regreso
de Cristo?
¿La generación que vio a Israel reformado como nación seguirá viva para la Segunda
Venida? No es bíblico enseñar que la generación que vea a Israel convertirse en una
nación también verá la Segunda Venida de Jesucristo. Este puede ser el caso, pero las
Escrituras no lo dicen específicamente.