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Vida y legado de San Odilón y San Basilio

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SANTORAL

Vidas al servicio del


Reino de Dios
P. Ariel Cattaneo c.ss.r
1 de enero
San Odilón (961/962-1040)

Hoy se conmemora la Solemnidad


de Santa María, Madre de Dios
Odilón nació en Mercoeur, región de Au-
vernia, Francia, entre 961 y 962. Sus padres,
Beraldo y Gerberge, pertenecían a la noble-
za de Alvernia. Odilón fue el tercero de diez
hijos. Enfermedades precoces en su infancia
pusieron en riesgo su vida. Le aquejaban los
dolores y una parálisis impedía la movilidad
de sus piernas. En cierta ocasión en que toda
la familia viajaba, hicieron un alto en el ca-
mino para descansar. En un determinado
momento, la niñera de Odilón lo dejó solo en la puerta de una ermita de la Virgen,
mientras iba a comprar víveres a la aldea cercana. Viéndose solo, el niño penetró en
la iglesia y, valiéndose como pudo de sus manos y piernas, llegó hasta el altar, donde
se sintió repentinamente curado. Unos años más tarde, volvía nuevamente a aquella
ermita para consagrarse a la Virgen María y entregarle a ella su vida.
Ingresó al seminario de san Julián en Brioude y luego, en 991, como novicio al
monasterio de Cluny, localidad ubicada en la región de Borgoña, en el centro este de
Francia. En 910 el duque Guillermo el Piadoso le había obsequiado a san Bernón un
terreno para iniciar allí una comunidad monástica bajo la regla de san Benito. El mo-
nasterio de Cluny tendría un papel preponderante en la reforma religiosa de su época.
Finalizado su noviciado y realizada su profesión religiosa, el abad Mayolo lo designó
como su vicario. Tres años después, el abad, al enfermar de gravedad, con la aprobación
unánime de los monjes, nombró a Odilón como su sucesor.
Ordenado sacerdote, asumió como abad del monasterio. Sus biógrafos lo describen
como excepcionalmente amable con todos, criterioso, humilde, de palabras dulces,
pero a la vez fuertes y penetrantes; hombre culto, comprensivo y de corazón leal. Fue
un líder y organizador inigualable. Poseía una gran sensibilidad hacia los más pobres
y necesitados. Fue criticado por no pocos debido a su solícita caridad durante una
época de hambruna que se extendió por toda Francia durante tres años, a partir de
1029. Odilón no tuvo reparo en mandar a fundir los vasos y los adornos sagrados, ni
en vender la corona de oro que san Enrique había obsequiado a la abadía para socorrer
a los necesitados por el hambre. Los papas Juan XIX y Benedicto IX le ofrecieron el
obispado de Lyon, pero los rehusó. El servicio de acompañamiento y de animación a
la reforma aportada por Odilón hizo que fuera llamado el Arcángel de los monjes. El
número de monasterios adheridos a la reforma de Cluny creció en pocos años de 37
a 65, siendo cinco de ellos nuevas fundaciones. Odilón mantuvo una cercana relación
con papas, obispos y reyes. Viajó nueve veces a Italia donde participó en varios sínodos.
A partir del año 998, mantuvo cordiales relaciones con el Emperador Otto III al
igual que con Enrique II, quien le ayudó en la reforma de los monasterios. Eran co-
munes, en esa época conturbada, las matanzas y devastaciones debido a que cada señor

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feudal reclamaba los derechos de vengar por mano propia las discordias y ofensas
recibidas, robando y asesinando sin impunidad ninguna. Ante esta realidad, “la paz de
Dios” o “tregua de Dios” fue una iniciativa eclesiástica que surgió en el siglo X para
intentar contener la violencia que ejercían los señores feudales contra los más débiles.
En ella se estipulaba, entre otras cosas, que las iglesias podían servir de refugio a todos
los hombres, excepto a quienes hubiesen violado la tregua, y que, desde la tarde del
miércoles hasta la mañana del lunes, ninguno atacaría a sus enemigos y cesarían las
hostilidades. La excomunión era una de los medios con que la iglesia intentó presio-
nar a los violentos. El pacto encontró gran oposición por parte de la casa de Neustria,
pero, gracias a los buenos oficios y exhortaciones de Odilón y de Ricardo, abad de
Saint-Vanne, que se encargaron de las negociaciones, la mayoría de las provincias de
Francia acabaron por aceptar la “tregua de Dios”.
Odilón instituyó en los monasterios que se encontraban bajo su jurisdicción la con-
memoración de todos los fieles difuntos el 2 de noviembre, y esto se extendió luego
para toda la iglesia. Fomentó el estudio y el trabajo intelectual de los monjes que se
afanaban en la copia de manuscritos buscando preservar la cultura antigua. Cargado
de méritos, falleció el 1 de enero de 1040 en la abadía de Souvigny, región de Borgoña,
donde fue enterrado, luego de presidir como superior de la Orden Cluniacense duran-
te 56 años. Sus milagros en vida favorecieron su veneración. En la segunda mitad del
siglo XIII, se rehicieron las tumbas de los abades Mayolo y Odilón con un monumen-
to funerario doble situado en medio de la nave en la iglesia rogatorial de Souvigny,
hasta que la revolución de 1789 lo destruyó. Posteriormente se restauró.

Señor Jesús, Vos que hiciste de san Odilón abad un maestro de oración y una
referencia de santidad para tu Iglesia, te pedimos que, conservando el don de la
fe, recorramos con un corazón lleno de amor el camino señalado. Amén.

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2 de enero
San Basilio Magno y
Gregorio de Nacianzo

San Basilio Magno (329-379)


Basilio nació en Cesarea a fines del año
329. Su padre era abogado y profesor, des-
cendiente de una rica estirpe de propietarios
rurales en la zona del Ponto en el nordeste de
Asia Menor, actual Turquía. Su madre era de
familia noble de Capadocia. De niño creció
bajo el cuidado de su abuela Macrina (poste-
riormente santa Macrina la mayor). Su abue-
lo materno había muerto mártir.
Basilio inicialmente estudió con su padre y después lo hizo en Constantinopla y
Atenas donde tuvo como compañeros a Gregorio Nacianceno (posteriormente san
Gregorio Nacianceno) que se convirtió en su amigo inseparable y a Juliano (que más
tarde sería emperador apóstata). Finalizado el tiempo de formación académica en
Atenas, regresó a Cesárea donde enseñó retórica algunos años. Es en este período
cuando, motivado por el testimonio de vida cristiana de su hermana Macrina (poste-
riormente santa Macrina la joven), se produjo en él un proceso de conversión. Luego
de recibir el bautismo, decidió vender sus bienes para entregar lo obtenido a los más
pobres y se hizo monje. Visitó, a partir del año 357, los principales monasterios de
Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia con el propósito de observar y estudiar la vida
religiosa. Al regresar de su viaje, se estableció en un paraje agreste en la región del
Ponto y en aquel retiro se dedicó a la oración y al estudio.
No tardaron en llegar otros que, movidos por el mismo ideal de Basilio, se agrupa-
ron en torno a él. Estaban entre los llegados sus hermanos Pedro de Sebaste, Gregorio
de Nisa y su amigo Gregorio Nacianceno (luego santos). Con ellos organizó el primer
monasterio en Asia Menor, al que dirigió durante cuatro años, surgiendo a partir de
este acompañamiento espiritual su obra “Reglas monásticas largas y Reglas monásti-
cas cortas”: una catequesis indispensable para el desarrollo de la vida monástica. Basi-
lio fue un promotor del monacato cenobítico, a través del cual los monjes llevaban vida
en común, se encontraban para recitar los salmos, difundían la Palabra de Dios y con
su trabajo manual ayudaban a los necesitados. Gracias a él, la vida en comunidad se
afirmará finalmente en el cristianismo, dando comienzo al movimiento monacal que
más tarde forjó la Edad Media.
En el año 370, al quedar vacante la diócesis de Cesarea por la muerte de su obispo
Eusebio, el pueblo lo designó para ocuparla. Se comenzaron a apreciar y valorar sus
grandes dotes. Cesarea de Capadocia era una diócesis importante y su obispo era ex
officio exarca de la gran diócesis del Ponto. Circulaba allí la dotrina del arrianismo,
que se caracterizaba por negar que Jesús tuviera la misma condición divina que Dios
Padre. Basilio se negó abrir las comunidades eclesiales y los templos a quienes ad-
herían a esta doctrina, haciendo caso omiso al emperador arriano Valente, quien se

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esforzaba por introducir el arrianismo en su diócesis, y quien quiso desterrarlo en tres
ocasiones, aunque no lo concretó. La herejía del arrianismo fue finalmente condenada
en el Primer Concilio Ecuménico de Nicea en el año 325 y corroborada en Concilio
de Constantinopla en el año 381. El Concilio de Nicea ayudó a clarificar la doctrina
de la Iglesia en el sentido de que Dios y Jesucristo son considerados “consustanciales”,
es decir de la misma sustancia, naturaleza y esencia.
Basilio fue un celebre predicador: se han conservado muchas de sus homilías, en
muchas de las cuales hablaba acerca de las desigualdades sociales. Elaboró fórmulas
conciliadoras del dogma de la Santísima Trinidad para superar las divisiones provoca-
das por el arrianismo. Además de sus trabajos teológicos, muchas de sus cartas escritas
a sus amigos y funcionarios han llegado a nuestros días y aportan un conocimiento
valioso e incalculable de la historia del período que le tocó vivir. Como obispo tuvo
una dedicación especial hacia los más pobres, encauzando diversos proyectos de pro-
moción humana. Fue padre de la liturgia que lleva su nombre, vigente aún, con ciertas
modificaciones, en el culto griego. Sufrió una enfermedad del hígado que le produjo
una muerte prematura el 1 de enero del año 379 a la edad de 49 años. Toda Cesarea
quedó enlutada y sus habitantes lo lloraron como a un padre y a un protector; los pa-
ganos, judíos y cristianos se unieron en el duelo.
Setenta y dos años después de su muerte, el Concilio de Calcedonia (451) le rindió
homenaje con estas palabras: “El gran Basilio, el ministro de la gracia, quien expuso la
verdad al mundo entero, indudablemente que fue uno de los más elocuentes oradores,
entre los mejores que la Iglesia haya tenido; sus escritos le han colocado en lugar de
privilegio entre sus doctores”. Fue Basilio un intrépido y audaz defensor de la fe contra
los errores de su tiempo y es considerado como uno de los fundadores de la Iglesia
ortodoxa griega.

San Gregorio de Nacianzo (329-389)


Gregorio nació en Arianzo, cerca de Nacianzo, en el suroeste de Capadocia -hoy
Turquía- el año 329, el mismo año en que nació su amigo Basilio (posteriormente san
Basilio). Su padre fue un judío converso, obispo de Nacianzo por 45 años, su madre
Nonna y sus hermanos, Cesario y Gorgonia.
Gregorio realizó junto a su hermano Cesario sus estudios, primero en casa de su tío
Anfilocio y luego partió a estudiar filosofía y retórica en Alejandría y Atenas. Estando
allí trabó fuerte amistad con su compañero de estudios, Basilio de Cesarea y conoció
a Juliano, quien se convertiría en emperador y pasaría a ser conocido como Juliano el
apóstata. Acabada su formación académica, Gregorio enseñó retórica en Atenas por
unos años. Tenía cerca de 30 años cuando volvió a Nacianzo y anheló para sí la vida
monástica. Se unió a Basilio en la región del Ponto, donde permanecieron juntos dos
o tres años. Allí editaron juntos algunos trabajos exegéticos de Orígenes.
Al regresar a su casa, siendo su padre de edad avanzada y deseando la presencia de su
hijo en el acompañamiento de la iglesia local, le exigió aceptar la ordenación sacerdotal
recibida probablemente para la Navidad del año 361. Afligido y humanamente en cri-
sis, buscó el silencio y la soledad en compañía de su amigo. Tras la reflexión de algunas
semanas y acompañado en el discernimiento por Basilio, decidió regresar a Nacianzo
donde escribió y predicó su primer sermón el domingo de Pascua. El mismo resultó ser
un tratado acerca del servicio sacerdotal, y el fundamento del escrito “El sacerdocio” de

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Crisóstomo (posteriormente san Crisóstomo), “Del cuidado de los pastores” de Gregorio
Magno (posteriormente san Gregorio Magno) y de incontables escritos subsiguientes.
Alrededor del año 372, fue nombrado obispo de Sasima. Se trataba de una sede
recién creada por Basilio para fortalecer su postura contra Antino, obispo de Tiana,
en su disputa por el arrianismo. Nunca llegó a tomar posesión; esta decisión causó
una crisis en la relación entre Basilio y Gregorio, superada tiempo después. A finales
del año 372, regresó a Nacianzo para ayudar a su padre en el acompañamiento de la
diócesis y encontró a la comunidad local dividida por diferencias teológicas. Con su
combinación de diplomacia, formación teológica y oratoria, ayudó a reconciliar las
divisiones existentes.
A principios del 374 falleció su padre, ya anciano, y seguidamente su madre Nonna.
Ya sin vínculos familiares, dedicó a los pobres la vasta fortuna heredada y conservó para
sí un lote de tierra en Arianzo. Administró la diócesis durante dos años, rehusando re-
cibir la ordenación episcopal, mientras urgía la designación de un sucesor para su padre.
En 375, se retiró al monasterio de santa Tecla en Seleuci, vivió en soledad durante tres
años y se preparó, sin saberlo, para lo que la providencia le tenía previsto. En el final de
este período murió Basilio. Su propio estado de salud no le permitió estar presente ni en
su lecho de muerte ni en su funeral, pero sí escribió una carta de condolencias al herma-
no de Basilio y compuso doce poemas menores o epitafios a su difunto amigo.
En el año 379, el arzobispo Melecio y el consejo local de la iglesia de Antioquía
le pidieron que acudiera a Constantinopla para liderar la campaña teológica a desa-
rrollar, buscando recuperar la cuidad para la ortodoxia del Concilio de Nicea, a fin
de superar la herejía del arrianismo. Luego de muchas dudas, Gregorio aceptó. Su
prima Teodosia le ofreció una casa amplia como residencia fija y transformó parte de
la misma en una iglesia. Desde este predio, compuso cinco discursos sobresalientes
sobre la doctrina nicena explicando la naturaleza de la Trinidad y la unidad de Dios.
Las tensiones y conflictos entre las facciones favorables a la definición doctrinal de
Nicea y al arrianismo continuaron en pugna. En la vigilia de Pascua del año 379, un
grupo identificado con la facción arriana entró en la iglesia durante la liturgia, hirió a
Gregorio y asesinó a otro obispo concelebrante. Al asumir Teodosio como emperador,
siendo un firme partidario de la doctrina cristiana nicena y un oponente del arrianis-
mo, decidió confirmar la primera como ortodoxa y la segunda, como hereje. Expulsó al
obispo Demófilo y designó a Gregorio como obispo de Constantinopla. El Concilio
de Constantinopla que convocó en el año 381 confirmó la doctrina ortodoxa nicena.
Renunció al obispado y se retiró a su tierra natal en Capadocia, donde retomó su
servicio como obispo de Nacianzo. A finales del año 383, al verse debilitado por su
salud, instaló a Eulalio como su sucesor y se retiró a la soledad de Arianzo. Falleció en
el 25 de enero del año 389. Fue enterrado en Nacianzo. Sus reliquias fueron traslada-
das a Constantinopla en el año 950, a la iglesia de los santos Apóstoles. Actualmente
descansan en la catedral patriarcal de San Jorge en Estambul, Turquía.

Señor Jesús, Vos que has querido iluminar tu Iglesia con las vidas y enseñanzas
de san Basilio Magno y san Gregorio de Nacianzo, concedenos por su intercesión,
la gracia de conocer tu verdad y vivirla con fidelidad en la caridad. Amén.

13
3 de enero
Santa Genoveva
(419/422-511)
Nació Genoveva entre los años 419 y 422
en la localidad de Manterre, un pequeño
pueblo ubicado a ocho kilómetros de París.
Fueron sus padres Severo y Geroncia. Su
padre poseía una pequeña casa de campo y
un rebaño de ovejas. Genoveva, de pequeña,
apacentaba las ovejas del rebaño a las orillas
del río Sena o en las vertientes del monte
Valerio. Escuchando las historias de vida de
los santos que sus padres le contaban decidió
consagrarse a Dios.
En el año 429, dos obispos de las Galias
-Germán, obispo de Auxerre y Lupo, obispo de Troyes (posteriormente san Germán
y san Lupo)- al dirigirse a la Bretania francesa por pedido del papa Celestino para
evangelizar y contrarrestar la herejía pelagiana, que negaba el pecado original, se detu-
vieron en Manterre. Fueron recibidos por sus habitantes, a quienes el obispo Germán
les predicó. Le llamó la atención la actitud de una joven, por su piedad y su escucha
reflexiva. Pidió hablar con sus padres y conversó con la joven Genoveva. Ella le confió
que se había consagrado a Dios a quien amaba. Fue animada por el obispo Germán a
continuar consagrando su vida a Jesucristo y al evangelio, profundizando en su camino
de santidad. A la mañana siguiente, Genoveva se dirigió con sus padres a la iglesia
dedicada al mártir san Mauricio, antes de que partiera san Germán, donde renovó su
consagración a Jesucristo. El obispo le entregó una medalla grabada con una cruz y la
invitó a usarla en lugar de sus alhajas y adornos personales.
Cuando Genoveva cumplió quince años, fue a París con el deseo de integrarse a
una comunidad religiosa femenina y realizar ahí su consagración. El obispo Flaviano,
quien conocía a la joven, la consagró, pero al no haber conventos en aquella región, ella
se dispuso a llevar su consagración religiosa en la casa de sus padres, quienes murieron
poco tiempo después. La herencia que recibió de ellos la repartió entre los más pobres
y se fue a vivir a casa de su madrina, que residía en París. Allí comenzó a profundizar
su camino de espiritualidad, intensificando su oración, sus prácticas penitenciales, su
vocación de servicio y dialogando con personas consagradas como ella para alentarse
mutuamente. Junto a otras jóvenes, realizó varias peregrinaciones al santuario de san
Martín de Tours, visitó hospitales, cárceles y era solícita con los desamparados. La rica
vivencia de su fe, sus muchos talentos y su don de profecía, despertaron celos, envidias
y difamaciones de muchos vecinos que la acorralaron y la trataron como impostora. La
intervención del obispo Germán de Auxerre hizo posible superar la animosidad con-
tra ella. Él le encomendó acompañar a las jóvenes consagradas que habían dedicado su
vida a Dios y, por su instrucción y testimonio, animarlas en el camino de la santidad.
En el año 451, Atila, llamado el azote de Dios y sus Hunos, arrasó las Galias y los
habitantes de París se preparaban para huir. Genoveva los alentó a esperar en Dios, in-
vitándolos a orar con fe y confianza. Sus palabras fueron persuasivas y los ciudadanos
recobraron la calma. Atila y sus tropas finalmente se dirigieron hacia Orleans, donde

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fueron derrotados por el general romano Ezio. Cinco años después, Genoveva y todos
los parisinos se enfrentaron a otra seria amenaza: el asedio del rey franco Meroveo
y luego, el de sus hijos. Genoveva se opuso con valentía, hasta la llegada al trono de
Quilderico I -el futuro fundador de la dinastía merovingia- pues ella presagiaba que
esa dinastía ayudaría en un futuro a difundir la fe cristiana entre los pueblos bárbaros.
Muchos eran los muertos y los heridos que cuidar. El hambre se apoderó de la cuidad.
En una noche sin luna, Genoveva, al frente de un grupo de once barcas a lo largo del
río Sena, viajó hasta Troyes, de donde las trajo cargadas de granos y comestibles. Du-
rante su trayecto realizó milagros, como la curación de la esposa de un oficial romano
paralizada durante cuatro años, y a la vez sanó a muchos ciegos.
A su regreso a París, coordinó la distribución de los alimentos, preparando ella mis-
ma el pan para los pobres. Poco después fundó, junto a otras jóvenes, el primer con-
vento femenino en París, del cual fue nombrada priora. Una de sus prácticas piadosas
fue visitar las tumbas de los obispos de las Galias, especialmente las de san Dionisio,
san Ireneo de Lyon y san Martín de Tours. Se dice que por las aldeas donde pasaba
Genoveva se iban realizando milagros y que vio abrazar el cristianismo a Clodoveo,
hijo de Chilperico, fundador de la dinastía merovingia.
Genoveva murió en el año 511 y fue canonizada por los votos del pueblo de París.
Al finalizarse la construcción de la iglesia de Pedro y Pablo en París, deseo suyo, fue
enterrada allí. Este hecho y los numerosos milagros obrados en su tumba hicieron que
se le pusiera el nombre de santa Genoveva. Reyes, príncipes y el pueblo la enriquecie-
ron con sus obsequios. Su veneración se inició en el siglo VI con peregrinaciones a su
tumba y aumentó aún más desde 1130 cuando, con sus restos llevados en procesión,
se conjuró una peste. El Papa Inocencio II aceptó su culto y fiesta el día 3 de enero.

Señor Jesús, Vos que llamaste a santa Genoveva para que manifestara a todos
el camino de tu misericordia, concedenos al igual que a ella, un gran amor a
nuestro próximo y al suelo en el que habitamos y vivimos. Amén.

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