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El grano de trigo y la vida eterna

El documento analiza el pasaje bíblico de Juan 12:24-26 y 32. Explica el significado de las imágenes del grano de trigo y la necesidad de morir para dar fruto. También analiza los conceptos de seguir a Jesús y servirle, así como la promesa de estar donde él está.
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El grano de trigo y la vida eterna

El documento analiza el pasaje bíblico de Juan 12:24-26 y 32. Explica el significado de las imágenes del grano de trigo y la necesidad de morir para dar fruto. También analiza los conceptos de seguir a Jesús y servirle, así como la promesa de estar donde él está.
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Juan 12,24-26.

32
24 «Amén, amén, os lo digo si el grano de trigo caído en tierra no muere, permanece solo; si
muere, da fruto en abundancia».
El camino de la glorificación anunciada se precisa con ayuda de la imagen del grano de trigo, en una
antítesis vigorosa: «si no muere»- «si muere» y «permanece solo»-«da fruto en abundancia». La caída
en tierra es la condición de la fecundidad del grano de trigo.
La imagen del grano de trigo es familiar al nuevo testamento. A través de ella, Pablo significa la
transformación de los cuerpos en la resurrección final (1 Corintios 15, 35-38). Jesús la utiliza en las
parábolas del reino de los cielos (Mateo 13, 3ss par; Marcos 4, 26-29). Pero mientras que en la parábola
del sembrador la semilla es la palabra de Cristo, en Juan, en el contexto de la hora, el grano de trigo es
identificado con el mismo Cristo. En esta pequeña parábola Jesús traduce el «es preciso» de la pasión
motivándolo por el fruto que ha de dar: el grano que muere no se queda solo, es decir, solitario, sino
que produce otros granos, en abundancia; la glorificación se describe a través de esta multiplicación.
Esto es lo que la palabra correspondiente en el quiasmo, el versículo 32, permite precisar: «y yo,
cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos los hombres a mí». En 4, 35, la «cosecha» designaba a
los samaritanos que venían a Jesús.
Ensanchando su perspectiva, el lector no puede menos de ver en esta palabra sobre el grano de trigo
una alusión al pan de la vida que es el mismo Jesús (6, 35.48), al pan que es su carne, «dada por la vida
del mundo» (6, 51). A partir de una ley de la creación, Jesús significa el misterio por el que se realiza la
creación nueva [Es inútil recurrir a los «misterios» de las religiones helenísticas o al tema universal de
la renovación continua de la naturaleza. La parábola se refiere a un acontecimiento único, el de la hora,
y no al ciclo que se repite indefinidamente. ] , y este misterio vale también para el creyente que, unido a
Jesús, «dará mucho fruto»; es lo que desarrollará la alegoría de la viña y del viñador (15,1-8), diciendo
que el sarmiento ha de ser podado y sobre todo permanecer unido a la cepa.
25 «El que se apega a su propia vida, la pierde; y el que no se apega a su propia vida en este
mundo, la mantendrá como vida eterna».
El principio enunciado en el versículo 24 a propósito del mismo Jesús podía aplicarse también al
creyente; el versículo 25 repite en un lenguaje diferente la misma ley para este último. De nuevo la
formulación es antitética: literalmente «amar»-«odiar» su propia vida, y «perderla» se opone a
«mantenerla como vida eterna». La pareja amar-odiar procede del lenguaje semítico al que le gusta
enfrentar los extremos [Amar-odiar: véase Mateo 6, 24; Lucas 14, 26. Sobre la asociación de dos
términos contrarios, véase Juan 10, 10: “El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he
venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”; Deuteronomio 28, 6; 2 Samuel 3, 25...]; de
ahí la traducción que hemos adoptado: «apegarse»-«no apegarse» a su propia vida. El término ψυχή,
traducido por «propia vida», corresponde al hebreo ‫( ָ֫נֶפ ׁש‬nephesh: alma, vida, persona, un alma, ser
viviente, yo.) y designa en el griego de los Setenta y en el nuevo testamento al hombre individual en
cuanto que vive, y a veces lo que nosotros llamamos «el yo». Es válida la traducción de τὴν ψυχὴν
αὐτοῦ por «su propia vida»; el inconveniente está en que desaparece entonces la diferencia cualitativa
con el término ζωή (vida), que viene a continuación y que significa la vida en sentido fuerte; sin
embargo, el adjetivo «eterna» (ζωὴν αἰώνιον) restituye este matiz.
La enseñanza que se presenta en este versículo se encuentra cinco veces en la tradición sinóptica
[Mateo 16, 24s par; 10, 38s par. ] , en la que se ha trasmitido de diversas maneras una palabra auténtica
de Jesús, y la precisión «por mi causa» señala que la sentencia se refiere al cristiano [Situada en un
marco histórico de persecución, la palabra de Jesús invita a desprenderse de la propia vida, tal como se
dispone a hacer Jesús para ser fiel a su misión. Los discípulos se han asociado a esta empresa. La
Iglesia primitiva ha explicitado esta relación con Jesús añadiendo en Mateo y en Marcos la precisión
«por mi causa». Lucas 17, 33 y Juan, que no conservan esta precisión, ponen esta palabra en un
contexto escatológico. ] . La formulación de Juan, que le es propia, omite esta precisión y adquiere de
este modo la forma de un principio que, si se refiere manifiestamente al discípulo, puede valer también
de Jesús mismo; en este sentido es una repetición de la palabra sobre el grano de trigo en cuanto a la
necesidad de «morir», aquí de morir a sí mismo.
El sentido, abstrayendo lo que se dice de la «vida eterna», es universal: lo que dice corresponde a una
verdad antropológica reconocida. La existencia puede considerarse como «mía» y yo puedo querer
estrecharla y conservarla como si se bastara a sí misma o se agitara en sí misma, como un bien único
que hay que defender a toda costa, como una propiedad que depende sólo de mí. Pues bien, entonces se
me escapa como el agua que me empeñase en retener ávidamente entre mis manos, siendo así que no
puedo dominar su fuente y que está corriendo sin cesar. Al revés, si no me aferró a esta existencia, si
acepto abrirme al otro y por tanto morir a lo que me repliega sobre mí mismo, he aquí que esta muerte
no es sino un «éxtasis» y mi existencia abierta de este modo se mantiene con firmeza [Véase X. Léon-
Dufour, Jesús y Pablo ante la muerte, 69-72]; según Jesús, «como vida eterna». Y sabemos que para
Juan la vida eterna es la comunión con Dios mismo.
26 «Si alguien viene a servirme, que me siga, y donde yo estoy, allí estará también mi servidor. Si
alguien viene a servirme, el Padre lo honrará».
Esta palabra puede relacionarse con la anterior, referida por la tradición sinóptica en una vinculación
inmediata con ella. Juan ha modificado su tenor, pero ha mantenido la unión de las dos sentencias
[Véase Mateo 16, 24 par; 10, 38 par; sobre todo Marcos 8, 34] .
Su continuidad aquí es evidente: el versículo 26a viene a explicitar, en función de la adhesión a Jesús,
la abnegación de sí mismo que el versículo 25 asentaba como principio de vida verdadera. Para los
sinópticos se trata de responder a la cuestión: «¿quién es el verdadero discípulo?» Es aquel que toma su
cruz y sigue a Jesús. Para Juan la cuestión subyacente es distinta: «¿cómo ver a Jesús?». Sólo se ve a
Jesús en donde está: de ahí la llamada a «seguirlo». Aquí seguir no equivale a creer como en 8, 12, ya
que la adhesión de fe está puesta de antemano en la voluntad de «servir» a Jesús; equivale entonces a
seguir a Jesús hasta su muerte [El término διακονέω significa en general «servir a la mesa», y pasa
luego a designar el servicio mutuo. Empleado solamente en Juan 12, 26, equivale a δουλεύω (servir,
13, 16; 15, 20), y sirve para evocar la actitud de Jesús al lavar los pies de sus discípulos (13, 1-11) y
recomendándoles el servicio mutuo (13, 12-20)]. Juan escribe en una época en que se perseguía a los
cristianos: la actitud que se se requiere, en continuidad con la exigencia afirmada en el versículo 25, es
la disponibilidad para enfrentarse con la prueba, e incluso con la muerte, para seguir a Jesús. Sin
embargo, es posible al mismo tiempo otra lectura: Jesús le pediría al discípulo una fe que le hiciera
seguir a Jesús hasta en su muerte, es decir, que le hiciera reconocer al Hijo de Dios incluso en el
escándalo de la cruz.
Esta llamada va acompañada de una promesa, expresada primero de manera enigmática y luego con
claridad. Leamos el texto: Jesús dice en primer lugar: «Donde yo estoy, allí estará también mi
servidor». ¿Dónde está Jesús? No se indica. ¿Quiere decir Jesús, según el contexto, que está en la cruz
y que el discípulo participará en su pasión? En este caso, el honor que el Padre concede al discípulo
correspondería a la participación en la gloria del Hijo. Es posible; pero en el versículo 32 ("Pero Yo, si
soy levantado de la tierra, atraeré a todos a Mí mismo") la elevación en la cruz se formula como un
anuncio, no como el estado presente de Jesús, e igualmente en el versículo 28 la voz celestial anuncia
una glorificación futura; los dos aspectos de la hora «llegada» se distancian entonces respecto al
momento en que Jesús habla, a pesar del triple «ahora» de anticipación. El giro «donde yo estoy»
aparece de nuevo en 14, 3 y en 17, 24 con la función de situar también a los discípulos en el mismo
«lugar»; en 7, 34 introducía una negación: «donde yo estoy, no podéis venir vosotros». Entonces
estamos autorizados a concluir que, en labios de Jesús, «donde yo estoy» designa su unión permanente
con el Padre; por eso esta expresión se emplea siempre en presente, mientras que el servidor «estará»
donde esté Jesús. Así lo confirma la continuación de la promesa, que menciona al Padre vuelto hacia el
discípulo
32 Pero Yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a Mí mismo
Con el príncipe de este mundo, desposeído, contrasta el «Yo» de Jesús (κἀγὼ), y la visión que se
propone al lector concierne aquí a «todos los hombres»: el que es llevado por encima de la tierra los
atraerá a él. El término «elevado» (ὑψωθῶ ἐκ τῆς γῆς) tiene un doble sentido: indica la verticalidad de
la cruz y al mismo tiempo la de la exaltación. Implica que la cruz es el lugar donde comienza la subida
del Hijo al Padre. Al mismo tiempo, todos los hombres se ven atraídos no inmediatamente hacia el
cielo, sino hacia Cristo [62. A diferencia de la perspectiva gnóstica, según la cual los elementos
pneumáticos son «atraídos a las alturas», «transportados hacia lo alto» (Ireneo, Adv. Haer. I, 7, 5) por
un agente, Jesús no es solamente el que atrae, sino el fin mismo] .
En este anuncio se cumple el del Siervo doliente según Isaías: Será puesto arriba, elevado, exaltado...
yo le concederé muchedumbres (Is 52, 13.15).
No será sólo el Padre el que «atrae» a Jesús (6, 44), sino el Hijo una vez acabada la obra de revelación:
«mirarán hacia el que traspasaron» (19, 37), dirá el evangelista citando la Escritura; la cruz es el lugar
donde se manifiesta la divinidad de Jesús. Aquí, es la iniciativa de Jesús lo que se pone de relieve
mediante el «atraeré»: es a partir de la hora como se ejerce su poder de salvación. Como a propósito del
Padre, el verbo «atraer» se refiere a la fe. Lo mismo ocurría en el caso del Siervo: después de su
prueba, de su exaltación, es cuando ve una descendencia (Is 53, 10). Caifas, por su parte, había
profetizado sin saberlo que Jesús moriría por la nación y para juntar en la unidad a todos los hijos de
Dios (11, 51s).

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