ACTIVIDAD TEORÍAS Y SISTEMAS
ELABORA UN ANÁLISIS
4.4. ABNEGACIÓN DE LOS MEXICANOS
La abnegación es la capacidad de sacrificar algo de manera voluntaria, ya sea por
motivos religiosos o altruistas. Y eso es una característica del pueblo mexicano.
Cuando de ayudar se trata como México no hay dos. El pueblo genera una gran
empatía en los momentos más difíciles. Guillermo Prieto escribió: ¡Los valientes
no asesinan! Mis compañeros quedaron en el despacho del señor Juárez y yo
salía con mis útiles de escribir en la mano. Estaba remudándose la guardia, había
soldados de uno y otro lado de la puerta: por la parte de la calle, se volvían en
tropel los soldados; a mí me pareció no sé por qué, que eran arrollados por una
partida de mulas o ganado, que solía pasar por allí: me embutí materialmente en
la pared y me coloqué tras la puerta; pero volví los ojos hacia el patio y vi,
ensangrentado y en ademán espantoso, al soldado que custodiaba la pieza: gritos,
mueras, tropel y confusión horrible envolvieron aquel espacio. El lugar en que yo
estaba parado era la entrada a una de las oficinas del Estado; allí fui arrebatado, a
la vez que se cerraban todas las ventanas y la puerta, quedando como en el fondo
de un sepulcro
Guillermo Prieto, Los valientes no asesinan por la calle, por las puertas, por el
patio, por todas partes, los ruidos eran horribles; oíanse tiros en todas direcciones,
se derribaban muebles, haciendo estrépito al despedazarse, y las tinieblas en que
estaba hundido exageraban a mi mente lo que acontecía y me representaban
escenas que felizmente no eran ciertas. En la confusión horrible en que me
hallaba, vi que algunos de los encerrados conmigo en aquel antro salían para la
calle impunemente: yo no me atrevía hacerlo, pendiente de la suerte de mis
amigos, a quienes creí inmolados al desenfreno de la soldadesca feroz. Los gritos,
los ruidos, los tiros, el rumor de la multitud, se oían en el interior del Palacio. Como
pude y tentaleando, me acerqué a la puerta del salón en que me hallaba y daba al
patio, apliqué el ojo a la cerradura de aquella puerta y vi el tumulto, el caos más
espantoso: los soldados y parte del populacho corrían en todas direcciones
disparando sus armas; de las azoteas del palacio a los corredores caían, o mejor
dicho, se descolgaban aislados, en racimos y grupos, los presos de la cárcel
contigua, con los cabellos alborotados, los vestidos hechos pedazos blandiendo
sus puñales, revoleando como arma terrible sus mismos grillos. En el centro del
patio del Palacio había algunos que me parecían jefes y un clérigo de aspecto
feroz… Algunos me instaron a huir; a mí me dio vergüenza abandonar a mis
amigos… luché por abrir la puerta… la cerraba una aldaba que después de algún
esfuerzo cedió: la puerta se abrió y me dirigí al grupo en que estaban los jefes del
motín. A uno de ellos le dije que yo era Guillermo Prieto, ministro de Hacienda, y
que quería seguir la suerte del Señor Juárez. Apenas pronuncie aquellas palabras
cuando me sentí atropellado, herido en la cabeza y en el rostro, empujado y
convertido en objeto de la ira de aquellas furias… Desgarrado el vestido,
lastimado, en situación la más deplorable, llegue a la presencia de los señores
Juárez y Ocampo. Juárez se conmovió profundamente; Ocampo me reconvino por
no haberme escapado; pero hondamente impresionado, porque me honraba con
tierno cariño. Apenas recuerdo, después de los muchos años que han
transcurrido, las personas que me rodeaban. Tengo muy presente el salón del
Tribunal de Justicia, sus columnas, su dosel en el fondo. Estoy viendo en el
cuartillo de la izquierda del dosel a León Guzmán, a Ocampo, a Cendejas junto a
Fermín Gómez Farías; a Gregorio Medina y a su hijo, frente a la puertecita del
cuarto; a Suárez Pizarro, aislado y tranquilo; al general Refugio González
siguiendo al señor Juárez. Se había anunciado que nos fusilarían dentro de una
hora. Algunos como Ocampo, escribían sus disposiciones. El señor Juárez se
paseaba silencioso, con inverosímil tranquilidad; yo salía a la puerta a ver lo que
ocurría. En el patio la gritería era espantosa. En las calles el señor Degollado, el
General Díaz, de Oaxaca, Cruz Aedo y otras personas que no recuerdo, entre
ellos un médico, Molina, verdaderamente heroico, se organizaban en San
Francisco, de donde se desprendió al fin una columna para recuperar el Palacio. A
ese amago aullaban materialmente nuestros aprehensores: los gritos, las carreras,
el cerrar de las puertas, lo nutrido del fuego de fusilería y artillería, eran
indescriptibles. El jefe del motín, al ver la columna en las puertas de Palacio, dio la
orden para que fusilaran a los prisioneros. Éramos ochenta por todos. Una
compañía se encargo de aquella orden bárbara. Una voz tremenda, salida de una
clara que desapareció como una visión: “vienen a fusilarnos”. Los presos se
refugiaron en el cuarto en que estaba el señor Juárez; unos se arrimaron a las
paredes, los otros como que pretendían parapetarse con las puertas y con las
mesas. El señor Juárez avanzo a la puerta; yo estaba a su espalda. Los soldados
entraron al salón… arrollándolo todo: a su frente venía un joven moreno, de ojos
negros como relámpagos; era Peraza. Corría de uno a otro extremo, con pistola
en mano, un joven de cabellos rubios: era Moret. Y formaba en aquella vanguardia
don Filomeno Bravo, Gobernador de Colima después. Aquella terrible columna,
con sus armas cargadas, hizo alto frente a la puerta del cuarto… y sin más espera,
sin saber quién daba las voces de mando, oímos distintamente: “¡Al hombro!
¡Presenten! ¡Apunten!” Como tengo dicho, el señor Juárez estaba en la puerta: a
la voz de “apunten” se asió del pestillo de la puerta, hizo atrás la cabeza y
esperó… Los rostros feroces de los soldados, su ademán, la conmoción misma, lo
que yo amaba a Juárez… yo no sé… se apoderó de mí algo de vértigo… Rápido
como el pensamiento, tomé al señor Juárez de la ropa, lo puse a mi espalda, lo
cubrí con mi cuerpo… abrí mis brazos… y ahogando la voz de “fuego” que tronaba
en aquel instante, grité: “¡Levanten esas armas! ¡Levanten esas armas! ¡Los
valientes no asesinan!” y hablé yo no sé qué; yo no sé qué hablaba en mí, que me
ponía alto y poderoso, y veía, entre una nube de sangre, pequeño todo lo que me
rodeaba; sentía que los subyugaba, que desbarataba el peligro, que los tenía a
mis pies…Repito que yo hablaba, y no puedo darme cuenta de lo que dije… A
medida que mi voz sonaba, la actitud de los soldados cambiaba… un viejo de
barbas canas, que tenía enfrente, y con quien me encaré, diciéndole: “¿Quieren
sangre? ¡Bébanse la mía…” alzó el fusil… los otros hicieron lo mismo… Los
soldados lloraban, protestando que no nos matarían, y así se retiraron como por
encanto… Bravo se puso de nuestro lado. Juárez se abrazo de mí… mis
compañeros me rodeaban, llamándome su salvador y salvador de la Reforma… Mi
corazón estalló en una tempestad de lágrimas. Es sabido que la abnegación de los
mexicanos es grande. Recordarás también que Moctezuma prefirió sufrir el fuego
que quemaba sus pies antes que traicionar a su pueblo, su hombre de confianza
al que también torturaban junto con él lo injuriaba, y lo único que Moctezuma decía
era, ¿acaso yo estoy en un lecho de flores? El testimonio que Guillermo Prieto
cuenta, es un vivo ejemplo de la abnegación de un mexicano, que al igual que él
abundan aún en la actualidad. ¿Quién es Guillermo Prieto? (1818-1897). Es un
escritor mexicano, novelista, cuentista, poeta popular, cronista, periodista,
ensayista y político; ocupó 77 diversos cargos en el gobierno y vivió todas las
vicisitudes del siglo XIX mexicano: la independencia, la guerra de Texas, la
intervención francesa y el Imperio de Maximiliano. En la vida abnegada mexicana,
la mujer, tanto en el hogar, la escuela, el trabajo, el noviazgo, la familia y en el
matrimonio, ha sido considerada como buena trabajadora, y es quien se encarga
de conservar la riqueza a cambio de su felicidad o dignidad. En pleno siglo XXI la
mujer sigue siendo maltratada. Aún se encuentran casos de homicidio,
intimidación, maltrato, humillaciones, entre otras cosas que le suceden sin
importar la condición social ni la edad. En Ciudad Juárez, Chihuahua, han
denigrado tanto a la mujer que la asesinan sin que nadie diga algo. El ejemplo de
abnegación en México es la mujer; aquella que por amor a sus hijos sacrifica su
vida para que ellos estén bien. Por amor a sus hijos soporta el maltrato que recibe
de su esposo, quien no le da el valor humano que merece. Otro claro ejemplo son
las mujeres de clase media que reúnen las características típicas del momento:
abnegada, sumisa, respetable y respetuosa. En la familia veía el santuario del
respeto y reconocimiento social. Su vida no tenía más horizontes, por lo regular,
que la ciudad o el campo, condenada a servir a su marido, a educar a los hijos de
acuerdo a los ideales de categoría y religiosos. Aunque debemos de rescatar un
punto fundamental en estas mujeres de clase media, pues es aquí donde surgen
los ideales femeninos vinculados con la educación, la participación económica y
política. No debemos olvidar a sus figuras contemporáneas como es el caso de
Sor Juana Inés de la Cruz y, para su tiempo, de Josefa Ortiz de Domínguez, entre
otras, que lucharon por los ideales negados para la mujer. A través los siglos se
ha visto cómo la iglesia católica ha menospreciado e ignorado a la mujer; teólogos
y “santos” como San Agustín, San Anselmo, San Gregorio, entre otros, han
declarado que el único papel que la mujer viene a desempeñar en la tierra es el de
servir al hombre, así como procrear hijos y si son varones éstos, mejor. Aunque el
lenguaje e imperativo Bíblico dice, la mujer es ayuda idónea, es la mujer virtuosa,
la parte que le da vida, sabor y amor a la humanidad. En el terreno teológico Dios
le dio a la mujer el plan de Salvación y redención de la humanidad, pues de su
vientre nació el Soberano Emmanuel. Es ahí donde los que somos hijos
escribimos y decimos. Amor de madre, no hay dos. Bastará únicamente reconocer
aquí que ellas son ejemplo de la abnegación de los mexicanos.