lunes, 5 de junio de 2017
[ RESEÑA ] RAYUELA. Julio Cortázar
Rayuela (1963)
Opinión y análisis
Julio Cortázar (1914-1984)
600 Páginas
Alfaguara
"La Rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes:
una acera, una piedrita, un zapato y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto
está el cielo, abajo está la tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula
mal y la piedra sale del dibujo". Cap. 36.
Sería una locura si pretendo escribir una reseña de Rayuela de la manera tradicional. Así que, haré
una reseña experimental. Será muy informal, porque como lo he dicho en varias ocasiones, Rayuela
es un libro para sentirlo y no para entenderlo. Cortázar quería eso, lectores que odiaran y amaran su
libro al mismo tiempo, con esa dualidad tan característica del ser humano, la cual saca a través de
sus acertijos y juegos intelectuales, haciéndonos saltar de capítulo en capítulo hasta tocar el Cielo.
Odiar un capítulo de Rayuela por sus altas dosis de intelectualidad y líneas de pensamiento profundo,
y al mismo tiempo amar ese amor que florece en la vida decadente y gris de los protagonistas; crear
una polémica en ausencia, como decía Cortázar. Tirar el libro por la ventana e ir a recogerlo al
instante, para ver el siguiente movimiento de la disparatada realidad de la Maga y Horacio; eso es
Rayuela, una negación de la realidad cotidiana, a través de la admisión de otras realidades.
¿Por qué escribo? No tengo ideas claras, ni siquiera tengo ideas. Hay jirones, impulsos, bloques, y
todo busca una forma, entonces entra en juego el ritmo y yo escribo dentro de ese ritmo, escribo por
él, movido por él y no por eso que llaman el pensamiento y que hace la prosa, literaria u otra". Cap.
82.
¿Quiénes son la Maga y Horacio? Ellos son los protagonistas del libro. Cortázar nos cuenta la
historia de sus encuentros y desencuentros. Todo inicia en París. Allí, con una situación económica
bastante precaria, el autor nos cuenta pequeños extractos o momentos de su relación, la cual
involucra también a sus amigos, con los cuales conforman el Club de la Serpiente. Se pasan los
días en sus piezas húmedas y frías, que dan una sensación de hacinamiento, y cuando no están
bebiendo alcohol, cebando mate y filosofando sobre la vida, se pasean por las calles de un París
itinerante.
La visión del mundo, de los protagonistas es muy curiosa, minimizan los grandes problemas, y
agrandan las cosas simples, los detalles. Se preocupan por elementos que encuentran tirados por
ahí, como un paraguas o una piedra; ven la belleza en lo particular.
Horacio es argentino, la Maga, cuyo nombre es Lucía, es uruguaya. Son muy diferentes, Horacio
es culto, una especie de filósofo, un estudioso de los libros, capaz de citar sus autores favoritos
cada vez que se le da la oportunidad. La Maga es todo lo contrario, ella no tiene los estudios de
Horacio, viene de una vida mucho más difícil, tiene un pequeño hijo que llama Rocamadour. Ella es
instintiva, no sabe tanto como lo que entiende, tiene una cualidad excepcional para conectar con el
mundo. Mientras Horacio busca las respuestas por medio de pensamientos analíticos, la Maga
conoce todas las respuestas de forma natural. Estas características los desencuentra
constantemente, mientras Horacio sigue los senderos de la razón para descifrar lo que siente, la
Maga no necesita de esos caminos, pero se amarga por no conocerlos; ella quiere saber, se siente
ignorante frente a Horacio y los amigos del Club, siendo que ella es superior a todos ellos, pero no
lo sabe.
"Creía que el estudio, ese famoso estudio le daría inteligencia. Confundía saber con entender. La
pobre entendía tan bien muchas cosas que ignorábamos a fuerza de saberlas". Pág. 569. Cap. 142.
"A la Maga le hubiera pasado lo mismo, era incapaz de perseverar, no tiene el menor sentido de las
distancias, el tiempo se le hace trizas en las manos, anda a tropezones con el mundo. Gracias a lo
cual, te lo digo de paso, es absolutamente perfecta en su manera de denunciar la falsa perfección
de los demás". Pág. 342. Cap. 54.
Estos dos personajes, nos llevan a pensar en el equilibrio, cuando lo encuentran, pueden conectar
y avanzar en la vida, en el libro, en el juego, sin caerse a los lados, avanzan casilla a casilla en la
Rayuela; mantener el equilibrio en el caos es la clave, la llave para jugar junto a Cortázar.
¿La estructura? Dinámica y hermosa: Una Rayuela. Ese clásico juego infantil, en donde impulsas
una piedra para saltar de casilla en casilla en un pie, para avanzar del 1 al 10, de la Tierra al Cielo;
no te vayas a caer, mantén el equilibrio. Cortázar ideó este libro para cambiar la actitud pasiva del
lector y volverlo participativo. Lo hace saltar en la Rayuela, del capítulo número 1 al 155. Pero el
autor también salta, al igual que los personajes: están todos jugando. La Maga y Horacio intentan
mantener el equilibrio, y el lector también, entre lo poético e intelectual del libro, entre el el amor y
el odio que te pueda provocar. Mantén el equilibrio y avanza. Es la una de las formas de leer
Rayuela.
"...un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo,
lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta
el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la
especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. Y porque se ha salido de la
infancia se olvida que para llegar al Cielo, se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta
de un zapato". Cap. 36.
¿La trama? Pasa a un segundo plano, casi no existe; es un seguimiento de personajes ¿Qué
mueve a los personajes? La vida. Como les decía, intentan mantener el equilibrio, mientras viven
su historia de amor, pero la vida es caprichosa y los hace perder una partida, pierden el equilibrio y
la piedra cae fuera de la casilla, suceso que provoca el inicio de la segunda parte del libro, donde
Horacio regresa a Buenos Aires, y se reencuentra con unos antiguos amigos. En esta parte del
libro, nos sumergimos en el aire cálido y porteño bonaerense, que contrasta con la fría lluvia
parisina. En esa sección de la historia, es Horacio el que debe terminar de seguir su camino, debe
terminar su viaje interior y exterior, donde tarde o temprano entenderá, lo que la Maga ya sabía
desde mucho antes.
"Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina que está nadando en el aire, girando
alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso. Yo describo
y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella
los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden
sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es su orden misterioso, esa
bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es
desorden más que para mí, enterrado en prejuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo ,
condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo. Ah, déjame
entrar, déjame ver algún día como ven tus ojos". Pág. 112. Cap. 21.
¿La narración? Aparte de la fantástica estructura, la narración es otro detalle que me encantó del
libro. No es que el libro tenga pasajes abrumadores, casi imposibles de entender, por capricho del
autor, al contrario, es parte fundamental de la narración, donde predominan las fuerzas
contrapuestas. Sin esas tediosas conversaciones del Club de la Serpiente, la parte poética del libro
no resaltaría tanto como lo hace, lo mismo pasa con los hechos que ocurren dentro de Oliveira
como fuera de él. Lo absurdo y lo real se contraponen, apoyado por lo fantástico y lo irreal. Todo
esto está hecho para descolocar al lector, que no se sienta cómodo en ningún momento. Para eso,
también juega intencionalmente con todas la técnicas literarias, manipulando diálogos, finales de
capítulos, aislando una parte de la trama, alterando el orden de los capítulos. Está constantemente
despertando al lector, obligándolo a participar, lo mantiene siempre atento. El lector, por su
costumbre a leer novelas tradicionales, espera ese momento de calma y relajo en donde ve pasar
la historia por sus ojos mientras reposa cómodamente en su sofá. Y, cuando parece que la calma
llega, de pronto viene ese cambio brusco y antinatural, lleno de caos, que lo obliga a inclinarse
hacia adelante y a leer y releer esas líneas incomprensibles. Un claro ejemplo es el capítulo 34,
donde esconde una historia dentro de la otra, capítulo que solo puede comprenderse si lees
saltándote una línea. Una maravilla.
Si vas a leer Rayuela, olvida todas tus experiencias de lector de novelas. Olvida la continuidad y la
comodidad; olvida también esa necesidad de que el libro te dé lo que estás buscando, tendrás que
buscar tú mismo; más bien, tendrás que buscarte a ti mismo dentro del libro. Deja atrás esa idea de
entender el libro hasta sus últimos detalles, porque no está hecho para eso, no pretendas disfrutar
el todo. Quédate con los instantes, con los pequeños fragmentos de luz poética que trae el libro,
déjate deslumbrar por el amor en medio de la miseria, por la lluvia y las ropas húmedas. Porque
dentro de las incoherencias y el estilo del autor, se halla disfrazado un camino hacia lo simple,
como verdad fundamental para entender la vida en medio del caos. Instantes, fragmentos de ellos,
llueven sobre nosotros cuando leemos Rayuela.
"Pero no se podía hacer otra cosa que mirar a la Maga tan hermosa al borde de la Rayuela, y desear
que impulsara el tejo de una casilla a otra, de la Tierra al Cielo. Cap. 56.
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