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Mapas 114 134 El último pazo
«Amelia y Jonás se dirigían a la casa
131 Alaskeño recorriendo una carretera cubierta de hojas. El
«—La noche de seis meses al año altera a la hayedo amontonaba hojarasca hasta la altura
gente. de un hombre, y el coche circulaba haciéndola
—Pero no debería volverlos asesinos. volar detrás de ellos.
Las casas se alineaban con su iluminación —¿Estarán en casa? —preguntó Amelia,
nocturna, como una guirnalda. Tendrían que acelerando.
ir una por una para interrogar al vecindario. —Eso espero —dijo Jonás, amartillando su
Esa noche perpetua había sacado lo peor de los Taurus con nerviosismo—. Espero que no
habitantes, y la presión que hacía la mina sobre lleguemos tarde.»
ellos había acabado con tres asesinatos, que
prometían ser muchos más.»
135 En el Adriático
«La anciana dejó la colcha que tejía a un lado y
132 Centro de interpretación se inclinó, recolando el sombrero de paja que
«Las construcciones eran de madera con la cubría la cara.
cimientos de adobe, pintadas de blanco para —Habláis de cosas que ocurrieron hace mucho
evitar el sol del desierto. Entrar allí costaba tiempo. Los pezombres salieron del mar, pero
veinte dólares, y no había mucho que ver. Dos volvieron a él. Os contaré cómo conseguimos
decenas de fotografías y recortes de periódicos que se marcharan...»
mostraban la realidad que aquellos
pueblerinos proclamaban desde hacía setenta
136 Esquina y cruce
año: que en las cercanías habían aterrizado los «Hill hacía planes sobre la marcha, como una
alienígenas, y que el gobierno lo ocultaba computadora humana. Seguía pensando en
desde entonces.» cómo salir del banco. Si las alarmas sonaban, el
cruce se convertiría en una trampa mortal.
133 Delta Salvaje —Saldremos por la avenida Forrester, y luego
«La entrada al reino de las amazonas consistía al sur.
en una enmarañada y pantanosa sección de Damien lo miraba, haciéndose el distraído,
selva, con pocas oportunidades para los mientras leía una revista al otro lado de la
exploradores poco preparados. Fernández iba calle. Habló también por el intercomunicador.
en la proa, señalando hacia dónde debía —Hay una comisaría a media milla al sur.
dirigirse la boga. Había un silencio molesto, —Pero si vamos por la avenida, encontrarán
que sólo se rompió cunado una lluvia de una mediana de cemento de un metro que no
flechas cayó sobre ellos. podrán superar. Sólo tendremos que salir antes
—¡A los mosquetes! —grito Fernández, y los de que nos disparen.
doce conquistadores agarraron apresurados —Sinceramente, prefiero ir directamente hacia
sus armas.» el norte, y coger la autopista.»
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137 Gran resort 140 El Pozo
«El magnate había pedido uno de los palacetes «Los bandidos se acercaban a aquel establo,
que daban directamente al mar. Esa era una con el pozo en el centro de una pequeña
forma de alejarse de los turistas que ocupaban explanada verdosa. Los siete hombres
por cientos los pequeños bungalós, un poco asentaron los rifles.
más al interior. McFry calculó que tardarían —Son más de cincuenta —dijo, aterrado,
dos minutos en bajar por el ascensor, y se situó Jimbo.
estratégicamente. Puso el silenciador a la —Silencio —ordenó Fawler—. Escoged los
pistola y se dispuso a acabar con aquel blancos con cuidado.
cabrito.» El enorme grupo de mexicanos y mestizos
seguía cabalgando, levantando detrás de sí una
138 Los Ángeles polvareda que ceñía el sol del atardecer.
«Suzy no tenía ni idea de lo que ocurría. —Atacan con el sol a la espalda —señaló
Grupos de personas corrían despavoridas por Munny—. Son bastante listos.
la calle y cruzaban la carretera que separaba el Ya estaban a menos de doscientas yardas, y
barrio. disparaban contra ellos sus pistolas,
—¿Pero qué pasa? ¿Qué invento es este? desperdiciando munición.
Uno de los transeúntes gritó: —Esperad… —volvió a ordenar Fawler—.
—¡Tienen armas! Tranquilos…
Así que Suzy se acercó con su Beretta en la Brawler sacó sus dos pistolas cargadas y las
mano, dispuesta a a acabar con quienes fueran apoyó en el borde del pozo. Luego apuntó su
los agresores.» 30.30 con cuidado. Pérez tenía un trabuco que
sólo valía a corta distancia, así que se escondió
139 Palacio de Jadda entre los tablones del establo.
«Los soldados de asalto ocupaban cada Galagher escupió y puso una bala en su rifle de
esquina del palacio, y la princesa Edulian trampero. Freeman craqueó su Winchester, y
corría con sus adeptos más cercanos. cuando los bandidos estaban a menos de cien
—¡Corred! —ordenó Edulian. yardas, Fawler dijo una sola palabra.
El jefe de seguridad cayó con un agujero —Fuego.
humeante en la espalda. Dos soldados de Los siete magníficos dispararon al mismo
asalto continuaron disparando y los haces tiempo y, en menos de diez segundos, cuarenta
energéticos bermellones chispearon en el suelo bandidos habían caído al suelo. Los restantes
de piedra. descargaron las pistolas sin mucha convicción
—¡Nos han rodeado! —gritó la dama de y se dieron la vuelta, aterrados de que aquellos
compañía. hombres pudieran perseguirles.
Edulian empujó una enorme roca tallada en la —Una caza bastante buena, Fawler —Dijo
pared y se abrió un pasadizo. Pérez .
—¡Por aquí! ¡Tenemos poco tiempo!» —Ya sabes que me encanta matar
mexicanos...»