Agencia Especial Mapas 115
Mapas Enero 2023 A 144 En Siberia
«Otro sonido sordo reventó la soledad del
141 Abarloarse amanecer. Valentina cerró los ojos. El invierno
«Zahir gritaba, fuera de sí. pronto terminaría, pero seguían explotando
—¡Nos van a embestir! cañerías. Miró a Valeri y le puso una taza de té
El yate de los contrabandistas era igual de hirviente.
grande que el de los argelinos, pero avanzaba a —Hay que avisar al inspector de que los
toda velocidad. Con el ancla echada, era vecinos siguen dejando los grifos cerrados
prácticamente imposible salir de allí. cuando cortan el agua. Si no, cuando llegue el
Madmoud encendió los motores a toda verano, no tendremos forma ni de tomar un
potencia. Incluso anclados, había algo de té.»
deriva que les permitiría librarse de la loca
maniobra de aquellos mamones.»
145 Escondite en Indochina
«—Parece muy bonito.
142 Base Rebelde Desde la canoa que les llevaba a tierra,
«Los cazas del destructor Herejía de Hera Rodríguez miraba intrigado el poblado.
caían como piedras en un estanque sobre la —De cada diez nativos, cuatro te cortarían la
atmósfera de Hollands. La base rebelde era un garganta por la hebilla de tu cinturón, y el otro
saliente diminuto en la geografía de la costa todavía no te conoce —respondió Gálvez.
oriental del continente. Sólo unas cuantas —Pero es un sitio bonito. El cabrón de Kond
bombas de fusión y aquello desaparecería. debe estar escondido por aquí.
Jalin habló a su escuadrilla por el —No tardaremos mucho en saberlo.
comunicador. Ambos agentes se aseguraron de que las
—Pongan sus alas en posición de ataque. pistolas permanecieran bien ocultas.»
Bombas a mi orden.
La escuadrilla se cernía sobre su presa.»
146 Hacienda de Diego de la
Vega
143 El patio «El Coyote correteaba por los tejados,
«El cachondeo de los de sexto era evidente. disparando la pistola y acabando, uno por uno,
Manuel rabiaba por dentro. Apretaba los con cuantos soldados trataban de subir a por
dientes y los puños, pero aquello estaba hecho: él. El teniente Morris se desgañitaba dando
los espaguetis caían sobre su pelo, y la salsa de órdenes, sable en mano.
tomate recorría su cara. Al menos eso cubría —¡Borricos! ¡Gandules! Pegadle un tiro ya!
sus lágrimas. Rubén reía estrepitosamente, con ¡Matad a ese maricón! ¡Torpes!
el plato todavía en la mano, cuando Manuel se El coyote ya ondeaba la capa en el borde del
lanzó sobre él, como un león herido. tejado y, de un salto, subió a su caballo negro,
—¡Aaargh! —Gritó, y Rubén cayó al suelo, azotando con su ropera los traseros de dos
recibiendo una lluvia de puñetazos que soldados asomados a un balcón.
astillaron sus dientes y rompieron su nariz.» —¡Pero queréis hacer el favor de matarlo!»
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147 La entrada de la presa 150 Santa María del Mar.
«Al otro lado, los monstruos duermen. El «Los novios salían de la iglesia, sonrientes
puente queda abierto durante unos minutos, como sólo pueden estar los recién casados.
Los disparos craquean al sur, y nuestros Comenzaron a tirarles arroz, pero también
rangers responden. Mueren algunos, y caen pétalos de rosa.
por el precipicio, hasta el agua por la que La brisa del mar había traído otra cosa. Una
luchamos. La batalla dura muchas horas, y se mujer, joven, vestida de rojo y con una
hace de noche. El asalto al gran muro tendrá escopeta en ristre, gritó desde el fondo de la
que posponerse.» pequeña multitud:
—¡Tú, cabronazo! Te dije que no te casaras
148 Menos mal que nos queda otra vez, o vendría a traerte un regalito!»
Portugal
«El padrecito tomaba el sol y un vino de
Oporto, acompañado de unas aceitunas y una
esplendorosa portuguesa de piernas morenas.
El detective Falero miró a Lemes con sorna.
—Ese cabronazo de cura español viene aquí a
hacer lo que no puede en Madrid.
—Y no sólo es disfrutar del mar.
Los dos detectives tenían en el coche la orden
de vigilancia de la Interpol. Pero si tocaba a
otra niña, no habría Interpol que lo protegiera.
Se comería las pelotas y lo tirarían por un
acantilado.»
149 Safari Park
«—Tenemos leones, tenemos hienas, jirafas y
leopardos…
Lord Edward fue interrumpido bruscamente
por la señorita Lexington.
—¿Y no les da vergüenza mantener esas
bestias encerradas para el disfrute de su…
arma?
Con suficiencia, Lord Edward sonrió,
continuando como si no hubiera escuchado.
—… rinocerontes, elefantes…. focas….
—Y, por lo que veo, también guarda a buen
recaudo su educación.
La discusión duró toda la noche.»