B. A.
Paris
QUÉDATE CONMIGO
Traducido del inglés por Pilar de la Peña Minguell
Alianza de Novelas
Título original: Bring Me Back
Diseño de colección: Estudio Pep Carrió
Reservados todos los derechos. El contenido de esta
obra está protegido por la Ley, que establece penas
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Copyright © 2018 by Bernadette MacDougall
© de la traducción: Pilar de la Peña Minguell, 2019
© AdN Alianza de Novelas (Alianza Editorial, S. A.)
Madrid, 2019
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15
28027 Madrid
[Link]
ISBN: 978-84-9181-410-8
Depósito legal: M. 274-2019
Printed in Spain
A Christine, la mejor hermana del mundo
Hace doce años
Interrogatorio: Finn McQuaid
Fecha: 15/3/2006
Hora: 3.45
Lugar: Fonches
Volvíamos de esquiar en Megève. De subida, he decidido
hacer una parada en París para darle una sorpresa a Layla,
que nunca había estado en la capital. Hemos cenado en un
restaurante junto a Notre-Dame y paseado por la orilla del
Sena. Podíamos haber hecho noche allí —ojalá lo hubiéra-
mos hecho—, pero los dos estábamos deseando regresar a
nuestra casita de St. Mary’s, en Devon.
Hemos salido de París como a medianoche. Debíamos de
llevar hora y media de viaje cuando me han dado ganas de ir
al baño, así que he parado en el área de descanso de Fon-
ches. No es una estación de servicio, no se puede repostar ni
nada de eso, pero sabía que había baños porque he parado
ahí otras veces que he ido a esquiar a Megève. Aquello esta-
ba desierto, salvo por el coche del que le he hablado, el que
estaba aparcado a la puerta de los baños. Creo que había ca-
miones en la zona de vehículos grandes del otro lado; dos,
por lo menos: el que he visto salir y el otro, el del camionero
con el que hemos hablado después.
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Como llevábamos una botella de agua vacía rodando por
el coche y habíamos estado comiendo tentempiés por el ca-
mino, he pasado de largo de los baños y he ido directamente
al contenedor de basura del fondo para tirar los desperdicios.
Tenía… tenía que haber aparcado a la puerta de los baños y
haber ido andando al contenedor. Así habría estado más cer-
ca. Tenía que haber estado más cerca.
Layla estaba dormida, se ha quedado traspuesta en cuanto
hemos cogido la autopista, y como no quería despertarla, he
esperado un rato, para relajarme un poco. Cuando he empe-
zado a recoger la basura para tirarla, se ha despertado. Ella
no quería ir a esos baños porque prefería esperar a que pará-
ramos en un área de servicio en condiciones, así que, al bajar
del coche, le he dicho que echase el seguro porque no me
hacía gracia dejarla allí sola en la oscuridad. Layla detesta la
oscuridad, ¿sabe?
Camino del baño, me he cruzado con un hombre que sa-
lía, y al cabo de un minuto o así he oído que arrancaba un
coche. El tipo era más bajo que yo, ¿metro ochenta y dos? Me
ha parecido que tenía el pelo oscuro, y barba, seguro. No me
he entretenido mucho dentro porque no estaba a gusto, me sen-
tía vigilado. Igual porque la puerta de uno de los cubículos
estaba cerrada.
Cuando volvía al coche, he oído que salía un camión y lo
he visto enfilar la vía de acceso a la autopista. Iba rápido,
como si tuviera prisa, pero, la verdad, no le he dado mayor
importancia en ese momento. A lo lejos he visto la silueta de
nuestro coche, el único que quedaba en el aparcamiento,
porque el otro, el que había estacionado delante de los ba-
ños, se había ido ya. Hasta que no me he acercado un poco,
no me he dado cuenta de que Layla no estaba dentro, y en-
tonces he pensado que quizá al final había decidido ir al
baño. Recuerdo que me he vuelto a mirar si venía corriendo
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detrás de mí —consciente de que ese sitio debía de estar po-
niéndole los pelos tan de punta como los tenía yo—, pero no
la he visto y me he subido al coche a esperarla. Entonces me
ha empezado a angustiar la oscuridad y he arrancado y me he
acercado a la puerta de los baños, donde al menos había un
poco de luz, para que Layla no tuviese que volver al coche a
oscuras.
No habré tardado más de un par de minutos en empezar
a preocuparme. Me ha parecido raro que no hubiera salido
aún, así que me he bajado del coche y he entrado a buscarla
al baño de señoras. Dos de los tres cubículos estaban vacíos,
pero el otro tenía la puerta cerrada y he supuesto que estaba
allí. La he llamado y, al ver que no respondía, he empujado
la puerta con la mano. Se ha abierto enseguida y, cuando he
visto que no estaba dentro, he salido corriendo y he empeza-
do a llamarla a gritos, pensando que a lo mejor, después de
que yo bajara del coche, había decidido dar una vuelta para
estirar las piernas y que le diera el aire. Sin embargo, nada
más pensarlo he caído en la cuenta de que ella jamás se ha-
bría aventurado a vagar por allí, de noche, en una oscuridad
absoluta porque, como he dicho, detesta la oscuridad.
He rodeado corriendo el edificio por si estaba detrás y, al
no verla, he cogido una linterna del maletero y he ampliado
la búsqueda, recorriendo el área de descanso completa mien-
tras la llamaba a voces. Todavía quedaba un camión en el
aparcamiento, así que me he acercado y he gritado con la
esperanza de que hubiera alguien que me ayudase a buscar-
la, pero la cabina estaba vacía y, cuando he aporreado la
puerta, no ha contestado nadie, con lo que he dado por su-
puesto que el camionero estaba dormido en la parte de atrás.
Entonces he aporreado esa puerta también, pero no ha salido
nadie, y cuando he sacado el móvil, he visto que no tenía co-
bertura. No sabía qué hacer. No quería marcharme por si Layla
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se había caído y estaba tirada, herida, en alguna parte, pero
sabía que no iba a poder encontrarla con la sola luz de la lin-
terna. De modo que me he subido al coche, he ido lo más
rápido posible a la estación de servicio más próxima y he en-
trado corriendo pidiendo a gritos que alguien me ayudase.
Me ha costado que me entendieran porque mi francés no es
muy bueno, pero al final han accedido a llamar a la policía.
Y entonces ha venido usted, que habla bien inglés, y me ha
llevado de nuevo al área de descanso para ayudarme a bus-
car a Layla, porque de verdad necesitaba encontrarla.
Esa fue la declaración que hice a la policía, en una comisaría
cercana a la A1, en Francia. Era la verdad. Pero no toda la
verdad.
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Primera parte
Ahora
Mientras cruzo el vestíbulo forrado de ventanales de las im
presionantes oficinas de Harry en London Wall, me suena el
móvil. Me vuelvo y miro la hora en el reloj digital que preside
la pared del fondo, detrás de recepción; son solo las cuatro y
media, pero estoy deseando llegar a casa. Hemos tardado me
ses en conseguir que Grant James, el célebre magnate de los
negocios, invierta cincuenta millones de libras en el nuevo
fondo de Harry, y estoy preparado para celebrarlo. En agra
decimiento, Harry ha reservado mesa para que Ellen y yo ce
nemos esta noche en The Hideout, el mejor restaurante de
Cheltenham, y sé que a ella le va a encantar.
Miro nervioso el teléfono con la esperanza de que no sea
importante. Veo que es una llamada de Tony Heddon, inspec
tor de policía de Exeter. Nos conocimos hace doce años,
cuando me detuvieron como sospechoso del asesinato de Lay
la, y nos hemos hecho buenos amigos. Hay un banco de acero
curvado a la izquierda de recepción; me acerco y dejo el ma
letín en el asiento metálico.
—Tony, me alegro de oírte.
—¿Llamo en mal momento?
—En absoluto —digo, y lo noto serio, como siempre que
me llama para decirme que las autoridades francesas han en
contrado el cadáver de una mujer sin identificar. Imaginando
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lo mucho que debe incomodarlo, voy al grano—: ¿Han en
contrado otro cadáver?
—No, no es eso —dice, tranquilizador, con su acento sua
ve de Devonshire—. Thomas Winter, ya sabes, tu antiguo ve
cino de St. Mary’s, vino ayer a comisaría.
—¿Thomas? —repito, sorprendido—. No pensé que si
guiera vivo después de tantos años. ¿Cómo está?
—De salud, genial, pero ya es mayor, por eso no queremos
dar mucha importancia a lo que dice —añade, y hace una pausa.
Espero a que continúe y, mientras tanto, pienso en qué les
habrá contado Thomas. Pero luego me acuerdo de que, antes
de que Layla y yo nos fuéramos de viaje a Francia, antes de
su desaparición, Thomas nos creía la más feliz de las parejas.
—¿Por qué? ¿Qué ha dicho? —pregunto.
—Que ayer vio a Layla. —Me da un vuelco el corazón.
Apoyo la mano libre en el frío respaldo metálico del banco e
intento digerir lo que acabo de oír. Sé que está esperando a que
diga algo, pero no puedo, y lo dejo hablar a él—. Asegura que la
vio a la puerta de vuestra antigua casa y que, cuando quiso
acercarse a hablar con ella, salió corriendo —prosigue.
—Porque no era ella —tercio, con voz neutra.
—Eso le contesté yo. Le recordé que han pasado doce años
desde la última vez que la vio, pero me replicó que la recono
cería aun después de cincuenta. Llevaba capucha, pero insiste
en que era Layla. Por la pose, dice.
—Pero no habló con ella.
—No. Me dijo, literalmente: «La llamé por su nombre y
volvió la cabeza, pero, al verme, salió corriendo». Según él,
fue a la estación, pero la taquilla estaba cerrada a esa hora y
no dimos con nadie que hubiera visto a una mujer esperando
un tren. No hay cámaras de seguridad, así que estamos como
al principio.
Pienso bien mi respuesta.
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—No creerás de verdad que era Layla, ¿no? Después de
tantos años.
Tony suspira hondo.
—Me parece que son imaginaciones del señor Winter, pero
quería comentártelo de todas formas.
—Gracias, Tony. —Estoy deseando colgar, pero no quiero
parecer brusco—. ¿Cuándo te jubilas? En septiembre, ¿no?
—Sí, dentro de un par de meses. Aún no sé qué voy a hacer
con mi vida.
Me agarro a eso.
—Puedes empezar por venir a vernos. Sé que a Ellen le en
cantaría.
—Lo haré, desde luego.
Creo que se da cuenta de que no me apetece hablar, por
que dice que tiene otra llamada. Me quedo pensativo un mo
mento, intentando ver las cosas con perspectiva, preguntán
dome qué habrá hecho pensar a Thomas que ha visto a Layla.
Hago un cálculo rápido: acabábamos de celebrar sus ochenta
años cuando hicimos aquel fatídico viaje a Francia en 2006,
con lo que ahora tendrá noventa y dos, una edad a la que uno
se confunde fácilmente y a la que a uno no le tienen muy en
cuenta lo que dice o lo que cree haber visto. Podrían ser los
desvaríos de un anciano. Tranquilo, me saco las llaves del
bolsillo y voy hacia el aparcamiento.
Tardo una barbaridad en llegar a casa, algo del todo inusual
un viernes por la tarde. Cuando paso por delante del cartel de
«Bienvenido a Simonsbridge. Por favor, conduzca des
pacio» a la entrada del pueblo, empiezo a recuperar el entu
siasmo por el nuevo contrato. Me alegro de que Harry haya
reservado en The Hideout; me ha aconsejado que pruebe el
entrecot, y seguramente lo haré.
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Un minuto más tarde, paro delante de nuestra casa, que,
aunque no es una maravilla por fuera, por dentro es mi refu
gio, y el jardín, mi santuario. En un mundo normal, Ellen es
taría esperándome en la puerta, tan impaciente por verme
como yo por verla a ella. Casi siempre levanta la cabeza de la
ilustración en la que esté trabajando, alertada por el crujido
de los neumáticos en la gravilla, y abre la puerta antes de que
me dé tiempo a bajar del coche. Pero hoy no. Y me resulta
inquietante.
Me digo que no debo ser tan bobo, que no siempre me re
cibe en la puerta, que si la hubiera llamado para darle la bue
na noticia, claro que me estaría esperando, pero he preferido
contárselo en persona porque quiero verla decirme lo listo
que soy en lugar de oírselo solamente. Sé que suena fatal,
pero no es que tenga un ego enorme, es que ese contrato
constituye un hito en mi trayectoria profesional. Un acuerdo
con Grant James es un subidón de adrenalina. Supera incluso
el subidón que me produce una buena operación bursátil.
Tampoco sale a recibirme cuando encajo la llave en la ce
rradura. Ni Peggy, nuestro setter rojo, y eso sí que es raro. En
lugar de llamarla, voy a buscarla, un poco preocupado. Abro
la puerta del salón y la veo hecha un ovillo en un sillón, con
mi camisa vaquera, que me roba a todas horas del armario.
Me da igual: me encanta vérsela puesta. Tiene las rodillas pe
gadas al pecho y tapadas con la prenda, a modo de tienda de
campaña.
El alivio silencioso que me produce verla allí se ve inte
rrumpido por la forma en que mira por la ventana, sin ver,
con la mirada perdida en un pasado lejano. Es una mirada
que hacía mucho que no veía, pero que conozco perfecta
mente. Explica por qué Peggy, siempre sensible al estado de
ánimo de Ellen, está tendida a sus pies.
—¿Ellen? —digo en voz baja.
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Vuelve la cabeza hacia mí, enfoca y se levanta con dificul
tad.
—Perdona —dice con tristeza, y se acerca corriendo a mí;
Peggy la sigue con menos entusiasmo, se le nota la edad—.
Estaba pensando en mis cosas.
—Ya lo he visto.
Se aúpa y me besa.
—¿Qué tal tu día?
—Bien —digo, callándome de momento la noticia del con
trato—. ¿Y el tuyo?
—Bien también.
Pero su sonrisa es poco natural.
—¿En qué estabas pensando cuando he entrado?
—En nada. —Niega con la cabeza.
Le levanto la cara por la barbilla para que no pueda re
huirme la mirada.
—Sabes que eso no funciona conmigo.
—No es nada, de verdad —insiste.
—Cuéntamelo.
Se encoge un poco de hombros.
—Es que, cuando he vuelto de pasear a Peggy esta tarde,
me he encontrado esto tirado en la acera, a la entrada de
casa… —dice, y saca algo del bolsillo de la pechera.
Miro la muñeca de madera pintada que sostiene en la pal
ma de la mano y me recorre un escalofrío de sorpresa seguido
de una punzada de rabia, porque, en un instante de locura,
pienso que ha estado revolviendo en mi despacho. Entonces
recuerdo que Ellen jamás haría algo así y procuro tranquili
zarme. Además, ¿no ha dicho que se lo ha encontrado tirado
a la puerta de casa?
—Se le habrá caído a alguien —digo con toda la naturali
dad de que me veo capaz—. A algún crío que volvía del cole
gio o algo así.
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—Ya… Es que me ha recordado… —Se interrumpe.
—¿Sí? —la insto a continuar, mentalizándome, porque sé
lo que va a decir.
—A Layla.
Como siempre, su nombre se queda suspendido en el aire,
entre los dos. Y hoy, después de la llamada de Tony, lo noto
aún más.
Ellen ríe de pronto y alivia la tensión del momento.
—Por lo menos ahora tengo el juego completo.
Sé a lo que se refiere, claro.
Fue la propia Layla quien me lo contó: que de pequeñas
tenían un juego de muñecas rusas, de esas que se meten unas
dentro de otras, y un día la más chiquitita del de Ellen desa
pareció. Ella acusó a Layla de habérsela robado, pero Layla
lo negó, y nunca la encontraron. Ahora, trece años después
de conocer la historia, me sorprende la paradoja, porque,
igual que la muñequita de Ellen, Layla desapareció y jamás la
encontraron.
—A lo mejor deberías dejarla en el murete, como hace la
gente cuando a alguien se le cae un guante —digo—. Por si
vienen a por ella.
Pone cara triste y me hace sentir mal porque sé que no es
más que una muñeca, pero, después de la llamada de Tony,
me afecta más.
—No se me había ocurrido —dice.
—De todas formas, ahora voy a poder comprarte todas las
muñecas rusas que quieras —digo, aunque los dos sabemos
que no es ese el problema.
Abre mucho los ojos.
—¿Quieres decir que…?
—Sí —contesto, cogiéndola en volandas y haciéndola gi
rar, y dándome cuenta, no por primera vez, de que es mucho
más ligera de lo que era Layla.
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Con unos mechones de pelo castaño de pronto sueltos,
por la cara, se agarra con fuerza a mis hombros.
—¿Grant James ha invertido? —chilla.
—¡Sí! —digo, olvidándome de Layla.
Paro de dar vueltas y la dejo en el suelo. Mareada, se tam
balea un poco y se apoya en mí, y yo la estrecho en mis bra
zos.
—¡Eso es estupendo! ¡Harry estará loco de contento! —Se
zafa de mis brazos—. Quédate ahí, vuelvo enseguida.
Entra en la cocina y yo me siento en el sofá a esperarla.
Peggy se hace hueco entre mis piernas, le cojo la cabeza con
ambas manos y observo con tristeza lo mayor que se está ha
ciendo. Le tiro de las orejas con suavidad, como a ella le gus
ta, y le digo que es muy bonita. Es algo que hago a menudo,
demasiado quizá. Lo cierto es que Peggy siempre ha sido algo
más que una perra para mí. Y ahora, con lo de la muñeca, me
parece mal.
Me noto nervioso, demasiado alterado para estarme quie
to. Quiero irme al despacho, un edificio aparte construido en
el jardín con esa finalidad, y asegurarme de que mi muñeca
rusa, la que Ellen no sabe que tengo, sigue ahí, en su escondi
te, pero procuro ser paciente y me recuerdo que todo va bien
en mi mundo. Aun así, me cuesta, y estoy a punto de ir a bus
carla cuando la veo volver con una botella de champán en
una mano y dos copas en la otra.
—Perfecta —digo, sonriéndole.
—La escondí al fondo de la nevera hace un par de sema
nas —dice, deja las copas en la mesita y me ofrece la botella.
—No —digo, sirviéndome de la botella para atraerla hacia
mí—. Me refiero a ti. —La abrazo fuerte un instante, con el
champán entre los dos—. ¿Sabes lo bonita que eres? —No lle
va bien los cumplidos, así que baja la cabeza y me besa el hom
bro—. ¿Cómo sabías que lo de Grant saldría bien? —sigo.
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—No lo sabía, pero, si no hubiera salido bien, nos la ha
bríamos bebido para consolarnos.
—¿Ves por qué digo que eres perfecta? —La suelto con un
beso, desenrosco el alambre y descorcho la botella. Empieza
a brotar el champán y Ellen coge enseguida las copas de la
mesa—. Adivina adónde te voy a llevar esta noche… —digo
mientras las lleno.
—¿A McDonald’s? —bromea.
—A The Hideout.
Me mira encantada.
—¿En serio?
—Sí. Harry nos ha reservado una mesa a modo de agrade
cimiento.
Más tarde, mientras está arriba arreglándose, salgo a mi des
pacho del jardín, me siento al escritorio y abro despacio el
primer cajón de la derecha. El escritorio es una enorme anti
güedad de nogal y el cajón es tan profundo que tengo que
meter mucho la mano para alcanzar el plumier de madera,
escondido al fondo. Saco la muñequita pintada que hay den
tro. Parece idéntica a la que Ellen ha encontrado a la puerta
de casa y, mientras mis dedos se cierran alrededor de su cuer
po suave y barnizado, siento la misma punzada incómoda de
siempre, una mezcla de añoranza y remordimiento, de deso
lación y tristeza infinita. Y de gratitud, porque, sin esa muñe
quita de madera, podrían haberme juzgado por la muerte de
Layla.
Era de ella, la más pequeña del juego de muñecas rusas
que había tenido de niña. Cuando la de Ellen desapareció,
Layla decidió llevarla siempre encima por miedo a que se la
quitase y dijera que era la suya. Según ella, era su talismán y,
en momentos de tensión, la sostenía con dos dedos y acaricia
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ba suavemente su superficie lisa. Eso estuvo haciendo preci
samente en el viaje de vuelta de Megève, arrimada a la puer
ta, y a la mañana siguiente, cuando la policía volvió al área
de descanso, vieron la muñeca tirada al lado de donde yo ha
bía aparcado, junto al contenedor. Además encontraron mar
cas en el suelo, lo que, en opinión de mi abogado, significaba
que la habían sacado a la fuerza del coche y ella había solta
do la muñequita a propósito, para dejar rastro. Como no ha
bía pruebas suficientes que lo demostraran, me dejaron salir
de Francia, y quedarme la muñequita.
La guardo donde estaba y voy a buscar a Ellen. Sin embar
go, más tarde, cuando ya estamos acostados, saciados por la
exquisita cena en The Hideout, abrazados el uno al otro, mal
digo en silencio la muñequita rusa que ella ha encontrado an
tes. Es otro recordatorio de que, por mucho tiempo que pase,
jamás nos libraremos del todo de Layla.
Apenas pasa un mes sin que oigamos su nombre: alguien
a quien llaman por la calle, un personaje de una película o de
un libro, un restaurante que acaba de abrir, un cóctel, un ho
tel… Al menos ya no son constantes las llamadas de personas
que aseguran haberla visto; el caso de Thomas, ayer, fue el
primero en muchos años. Hubo cientos de ellos inmediata
mente después de su desaparición; por lo visto, cualquier pe
lirroja se consideraba una posible candidata.
Miro a Ellen, acurrucada en mi brazo, y me pregunto si
también ella estará pensando en Layla, pero por lo tranquila
que respira sé que ya se ha dormido, y me alegro de no haber
le mencionado la llamada de Tony. Todo esto sería mucho
más fácil si Ellen y yo nos hubiéramos enamorado de otras
personas, en lugar del uno del otro. Daría igual que Ellen sea
la hermana de Layla, ahora que han pasado ya doce años de
su desaparición.
Pero, claro, no es así.
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