RECTIFICAR
ES MÁS HUMANO QUE HACER ALARDE DE BONDAD
Fray Marcos
Jesús acaba de realizar la “purificación del templo”. En el episodio inmediatamente anterior, los sumos
sacerdotes y los senadores, preguntan a Jesús con qué autoridad actúa así. Él les responde con otra pregunta: ¿El
bautismo de Juan era cosa de Dios o cosa humana? No se atreven a contestar, y Jesús les cuenta esta parábola.
Mateo trata de justificar que la comunidad cristiana se apartara del organigrama religioso judío, pero quiere
advertir también a la nueva comunidad, que no debe caer en el mismo error.
En este capítulo, siguen las advertencias a la comunidad. Es muy peligroso creerse perfecto. Lo
importante es descubrir los fallos y rectificar lo que has hecho mal. La pura teoría no sirve para nada, solo la
vida salva. Lo que digamos o lo que proclamemos son palabras vacías, mientras no vayan acompañadas por una
actitud vital, que inevitablemente se manifestará en las obras. En el evangelio de Juan, Jesús pone como
instancia definitiva sus obras. “Si no me creéis a mí, creed a las obras”.
El domingo pasado nos hablaba de jornaleros. Hoy nos habla de hijos. En el AT, el pueblo en su
conjunto, se consideraba hijo de Dios. Jesús distingue ahora dos hijos: los que se consideran verdaderos
israelitas y los que los jefes religiosos consideran pecadores. Recordemos que ser hijo significaba hacer en
todo la voluntad del padre. Un buen hijo era el que salía al padre. El que dejaba de hacer la voluntad del padre,
dejaba de ser hijo. “¿Quién hizo la voluntad del padre?” quiere decir “¿quién es verdadero Hijo?”
Jesús se enfrenta a los jefes religiosos, como respuesta a la radical oposición que ellos le han
manifestado. Todos los evangelios dejan clara esa lucha a muerte de las instancias religiosas contra Jesús. Sin
embargo, no podemos sacar de estas parábolas argumentos antisemitas. Las prostitutas y los recaudadores de
impuestos, que Jesús pone por delante de los jefes religiosos, eran también judíos; y los primeros cristianos eran
todos judíos.
Los fariseos no tenían nada de qué arrepentirse, eran perfectos, porque decían “sí” a todos los
mandamientos. Consideraban que tenían derecho al favor de Dios, por eso rechazan de plano, el cambio que les
propone Jesús. Como los de primera hora del domingo pasado exigen la paga justa por su trabajo. Para ellos es
intolerable que Dios pague lo mismo al que no ha trabajado. No se dan cuenta de que su respuesta es solamente
formal, sin compromiso vital alguno. El espíritu de la Ley les importaba un pito.
El escándalo está servido: Para Jesús no hay duda, los que se consideran buenos son los malos, y los
malos son los buenos.
Los primeros eran los estrictos cumplidores de la Ley, los segundos ni la conocían, ni podían cumplirla.
Los primeros ponían su empeño en el cumplimiento externo de las normas. Los otros buscaban una
posibilidad de hacerse más humanos, porque se sabían pecadores.
Jesús deja claro cuál es la voluntad de Dios, y quién la cumple.
Pero Jesús da a entender que tanto los unos como los otros, son hijos.
Los recaudadores y las prostitutas les llevan la delantera en el Reino… Es una de las frases más
hirientes que pudo decir Jesús a los gerifaltes religiosos. Eran las dos clases de personas más denigradas y
odiadas por las instancias religiosas. Pero Jesús sabía muy bien lo que decía. El organigrama religioso-social de
su tiempo era represivo e injusto. Que esa situación se mantuviera en nombre de Dios no podía aguantarlo quien
había descubierto un Dios, que lo único que quiere es el bien del hombre.
No se alude en el relato a las otras dos situaciones que se pueden dar: El hijo que dice sí y va a trabajar a
la viña; y el hijo que dice no, y no va. En estos dos casos no hay posibilidad de equivocarse ni cabe la pregunta
de quién cumple la voluntad del padre. Lo que pretende el relato es advertir sobre el engaño en que puede caer
el que interprete superficialmente la situación del que dice “sí” y no va; y del que dice “no” pero va.
No debemos engañarnos. La simplicidad del relato esconde una enseñanza fundamental. Como
conclusión general, tenemos que decir que los hechos son lo importante, y que las palabras sirven de muy poco.
La praxis prevalece siempre sobre la teoría. El evangelio no nos invita a decir primero no y después sí. El ideal
sería decir sí y hacer; pero lo maravilloso del mensaje está precisamente ahí: Dios comprende nuestra limitación
y admite la posibilidad de rectificación, después de “recapacitar”, dice el texto.
Nuestras actitudes religiosas son incoherentes. Llevamos muchos siglos haciendo una religión de ritos,
doctrinas y preceptos. Desde el bautismo decimos “sí voy”, pero nos quedamos siempre en donde estamos. No
hay más que ver lo que se entiende por “practicante” para darse cuenta de que no tiene nada que ver con la vida
real. Nos estamos yendo cada vez más por las ramas y alejándonos de la raíz del evangelio.
Se nos llena la boca proclamando pomposamente que somos cristianos, pero hay muchos que, sin serlo,
cumplen el evangelio mucho mejor que nosotros. El fariseísmo se ha convertido en moneda corriente entre
nosotros, y damos por hecho que basta hablar del evangelio u oír hablar de él para tranquilizar nuestra
conciencia. Hay un refrán que lo expresa muy bien: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”.
En la primera lectura ya se nos dice que ni siquiera los mayores fallos son definitivos. Podemos en
cualquier momento rectificar la trayectoria equivocada. Los errores cometidos pueden ayudarnos a encontrar el
camino verdadero. Somos limitados y tenemos que aceptar esta condición porque es parte de nuestra naturaleza.
No podemos pretender, ni para nosotros ni para los demás, la perfección. Cuando exigimos a un ser humano
ser pluscuamperfecto estamos exigiéndole que deje de ser humano.
Solo la experiencia me dice qué es lo que me deteriora como ser humano y qué es lo que me enriquece.
Cuando damos por absoluta una norma nos anclamos en el pasado y nos negamos a progresar. El gran peligro
para esta fijación es creer que Dios nos ha dado directamente esa norma. Desde esa perspectiva se siguen
cometiendo verdaderas barbaridades en contra del ser humano. El Dios de Jesús nunca puede ir en contra del
hombre; las normas que hemos promulgado en su nombre, sí. Entender la religión como verdades, normas y
ritos absolutos, es fundamentalismo puro.
También hoy podemos ir un poco más allá de la parábola. Ni siquiera las obras tienen valor absoluto.
Las obras pueden ser la manifestación de una actitud vital, pero pueden ser reacciones automáticas
desconectadas de nuestro verdadero ser, y conectadas solo al interés egoísta. Los fariseos cumplían
escrupulosamente todas las normas, pero lo hacían mecánicamente, sin ninguna sinceridad de corazón. No
pierdas el tiempo tratando de situarte en una de las partes. Todos estamos diciendo “no” cada tres por cuatro, y
todos estamos diciendo “sí” con una pasmosa ligereza. La vida es una constante rectificación.
Meditación-contemplación
Si a la primera no somos capaces de decir sí,
Dios acepta siempre nuestra rectificación.
Casi siempre acertamos a costa de rectificaciones.
No estamos capacitados para descubrir la meta a la primera.
No deben preocuparnos las equivocaciones.
Pero me debe preocupar que sea incapaz de rectificar.