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Envidia primaria según Melanie Klein

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IntroducciónBloque 1Bloque 2Video conceptualReferenciasRevisión

La envidia primaria
Introducción

En la práctica analítica el concepto de envidia ha sido reconocido como


importante, ya Freud hablaba de la envidia al pene en la mujer.
El término está presente a lo largo de la obra de Klein, cuando describe la fase
femenina en el complejo de Edipo en que los niños envidian las posesiones de su
madre, o en los ataques a la pareja combinada. Pero el concepto logra su
depuración en su obra Envidia y gratitud publicada en 1957, donde Klein logra
darle, con genialidad, una profundidad inédita al concepto.
El propósito de la autora en este trabajo es establecer conexiones entre los
conflictos en la vida emocional del lactante en su vínculo con el pecho y las
dificultades de la vida adulta.

1. El concepto de envidia primaria

Define la envidia como el sentimiento enojoso contra otra persona que posee o
goza de algo deseable, acompañado del impulso de quitárselo o destruirlo.

Melanie Klein considera a la envidia temprana como uno de los factores que
actúan desde el nacimiento y afectan las experiencias emocionales del bebé. ¿De
qué manera? Fundamentalmente, alterando e incluso impidiendo la experiencia
de gratificación que el bebé necesita prioritariamente sentir en estos momentos de
su incipiente vida para poder internalizar objetos los suficientemente buenos como
para tolerar la frustración y desarrollarse más saludablemente. Como
consecuencia, se atacan y destruyen los investimimentos libidinales del yo para
con los objetos y contenidos gratificantes de él.

Dice Klein:
El bebé siente que el pecho nutricio, como primer objeto envidiado,
posee todo lo que él desea y que, por más que le brinde, siempre
guarda y reserva para sí mismo lo mejor de la gratificación, con lo cual
le resulta un pecho mezquino, envidiado y odiado. (Klein, 1957)

En el andamiaje teórico y clínico de Klein, posicionando la envidia como


temprana, primaria y derivada del efecto pulsional tanático (pulsión de muerte)
activado desde el mismo momento del nacimiento, plantea una las diferencias
sustanciales con Sigmund Freud y, a la vez, uno de los aportes más potentes a la
clínica psicoanalítica, que sus seguidores retomarán para profundizar en su
investigación y desarrollo conceptual y aplicado a la técnica.

Hasta este momento de Klein (1957), la envidia había sido descripta como envidia
del pene y a veces confundida con los celos. Es en su magnífico Envidia y gratitud
(1957), diferencia a ambas emociones al plantear que los celos son una emoción
emanada de relaciones de objetos totales (ver teoría de las posiciones), que
consiste en querer poseer el objeto amado –o sus contenidos– y excluir cualquier
rivalidad existente en esa dirección. Así, los celos serían una emoción derivada de
relaciones triangulares donde el yo se diferencia claramente de los objetos y
discrimina a estos entre sí.

La envidia, en cambio, es un sentimiento más primitivo que no distingue objetos


totales, y es una emoción que siente el yo al querer, y no poder, obtener algún
contenido o cualidad del objeto. Este sentir pone en marcha sentimientos de odio
y destrucción al objeto. Como consecuencia, si no puede obtener lo bueno del
objeto, éste deberá desaparecer como tal, para suprimir la fuente de la envidia. En
todos los casos, la ruina del objeto y de sus contenidos es una contingencia
necesaria a los fines de eliminar, al menos momentáneamente, el sentimiento de
envidia.

Por supuesto que no todos son sentimientos destructivos. Klein describe junto con
la envidia el sentimiento de gratitud, que se origina en el goce que experimenta el
bebé con el pecho en una lactancia satisfactoria. Esta capacidad le permite sentir
amor e introyectar el objeto bueno en el yo como fuente de vida, de manera que
en un buen desarrollo la envidia se va contrarrestando y mitigando, lo que impulsa
la creatividad, la integración y la elaboración de la posición depresiva.

La envidia y su relación con el instinto de muerte

La envidia, aunque surge del amor y la admiración a los aspectos buenos y


deseados del objeto, está impregnada de instinto de muerte. “La envidia, aunque
sea un factor interno, se proyecta como una externalización del instinto de muerte”
(Segal, 1987, p. 44).

Los impulsos de la envidia son una manifestación de destructividad primaria, con


base constitucional, y esa emoción empeora frente a la adversidad. Si bien la
envidia es constitucional, y surge de la naturaleza de los impulsos oral-sádicos y
anal-sádicos, los factores externos van a tener su influencia. Según Klein, las
características del parto, una lactancia satisfactoria, la actitud emocional de una
madre que disfruta de amamantar a su bebe van a ser condiciones para que se
instale el objeto bueno y mitiguen esos sentimientos destructivos.

Por otro lado, un niño que vive carencias físicas o emocionales serias y sus
niveles de frustración son sostenidos, incrementaran y cronificaran la envidia.
La actitud frente a la frustración nos muestra el interjuego permanente de los
factores internos y externos, ya que los niños con poca envidia de base
constitucional superan de modo más fácil frustraciones importantes.

Tras la experiencia de satisfacción, el bebé reconoce en el pecho a un objeto –


parcial– bueno que lo calma y lo gratifica. Sumado a esto, y a la poderosa
idealización propia de la temprana infancia y del registro de la necesidad vital, se
siente a ese pecho como “intensamente” bueno, fuente inagotable de placer y
satisfacción, objeto idealizado.

En la puesta en marcha de los procesos de introyección, el bebé querrá poseer
ese pecho bueno dentro de sí, ser él mismo ese objeto –primeros vestigios de
identificación con el objeto–. Sin embargo, la fragilidad de su mundo interno y la
vulnerabilidad de su yo todavía en ciernes, más la adversidad inherente a la
realidad exterior, pronto le arruinarán esas expectativas y le provocarán
experiencias emocionales dolorosas y frustrantes.

Si la envidia temprana en muy intensa, interfiere con el funcionamiento


normal de los mecanismos esquizoides. Como se ataca y se arruina el
objeto ideal, que es el que origina la envidia, no se puede mantener el
proceso de escisión en un objeto ideal y un objeto persecutorio, de
fundamental importancia en la posición esquizoparanoide. Esto
conduce a una escisión entre lo bueno y lo malo, que interfiere con la
escisión. Como no se puede mantener la escisión y no se puede
preservar un objeto ideal, quedan gravemente interferidas la
introyección del objeto ideal y la identificación con él. Y con el esto el
yo debe sufrir necesariamente. (Segal, 1987, p. 45)

Si los impulsos oral-sádicos y anal-sádicos son muy fuertes, activarán y


proyectarán la envidia con el fin de destruir ese objeto perfecto, pero
fundamentalmente necesario. Klein describe también otro sentimiento
emparentado con la envidia: la voracidad.

La voracidad es un deseo impetuoso e insaciable que excede lo que el sujeto


necesita y lo que es capaz de dar. La fantasía inconsciente que le corresponde es
la de vaciar, chupar hasta secar y devorar al pecho y su finalidad es la
introyección destructiva.

Si la envidia se combina con la voracidad –provocada por la ansiedad proveniente


del instinto de muerte dentro del organismo–, campea los más altos niveles de
destructividad no solo en la proyección hacia los objetos, sino también en la
introyección de esa destructividad en que ha quedado el objeto, justamente, por
idealizado.

Cuando, en un sentido ordinario, se piensa que, ante una realidad gratificante y de


bienestar, el sujeto reacciona con sentimientos positivos, Klein desbarata esa idea
al señalar que, en algunos casos, la envidia ataca lo que el otro nos ofrece porque
se hace intolerable la situación de que esas capacidades sean ajenas, sean de
otro, y entonces ese otro se nos hace necesario para poder obtener eso que el
otro tiene, es bueno y nos gratifica.

Sin duda, la conceptualización de la envidia tal como la propone Klein fue uno de
los ejes más polémicos y discutidos por propios y ajenos: Winnicott, Fairbairn,
Paula Heimann y Balint, por ejemplo, fueron algunos de los representantes de las
principales divergencias con la autora en este plano. Sostenían que los ataques
agresivos del yo hacia el objeto son siempre reactivos o bien secundarios a una
falla del ambiente.

Veamos cómo la propia autora describe las particularidades de esta polémica
emoción. Así, el sujeto en el análisis –interpretación mediante– se podrá hacer
cargo de sus impulsos hostiles, que no dependen de la frustración y la adversidad,
sino de su incapacidad de recibir algo bueno que el otro tiene y le da.

Mis observaciones me enseñaron que cuando en cualquier período de


la vida es seriamente perturbada la relación con el objeto bueno –
trastorno en el cual la envidia desempeña un papel prominente- no
solo son interferidas la seguridad interna y la paz, sino que sobreviene
el deterioro del carácter. El predominio de los objetos internos
persecutorios refuerza los impulsos destructivos. Mientras que, si el
objeto bueno está bien establecido, la identificación con él fortalece la
capacidad de amar, los impulsos constructivos y la gratitud. (Klein,
1957, p. 235)

Superyó temprano
Klein describe un superyó temprano envidioso, que se forma por una proyección
de la envidia desde los objetos al superyó. Es la proyección de partes envidiosas
no integradas de la personalidad en el superyó.
Este es un superyó arcaico que opera como un enemigo interno, atacando con
críticas destructivas, transformando la culpa en persecutoria y desmereciendo
todo intento de reparación. Esto se observa en las personas que se desvalorizan
a niveles extremos, cerrando un círculo vicioso, ya que cuanto más miserable se
siente una persona, se vuelve más incapaz de lograr cosas y más se intensifica la
envidia.

Defensas contra la envidia

Klein (1946) desarrolló las defensas puestas en marcha por el yo para defenderse
–internamente– de los ataques envidiosos sentidos como arrasadores de su
mundo interno.

Para la autora las defensas contra la envidia son infinitas, en líneas generales se
refuerzan todas las defensas tempranas de la posición esquizoparanoide:
disociación, negación, idealización. Veamos algunas de las más importantes:

La confusión: se generan dudas e incertidumbre sobre la bondad o maldad del


objeto. Este estado contrarresta, en cierta medida, la persecución, así como la
culpa que se siente tras haber devastado y atacado al objeto primario por envidia.
En el curso de la vida esta confusión se evidencia en la indecisión permanente
frente a la acción, la incapacidad de pensar con claridad, acatar normas y valores
estables. En los casos más graves se observan patologías esquizofrénicas donde
se alternan estados de integración y confusión.

Los estados de confusión han sido uno de los aportes más interesantes de esta
obra, en la que Klein termina por describir un nuevo tipo de ansiedad: la ansiedad
confusional.
El concepto de confusión va a ser tomado y profundizado por otros autores de la
escuela inglesa como Meltzer, Bion entre otros que culminan en la escuela
argentina con Bleger.

La huida: desde la madre hacia otras personas, admiradas e idealizadas; su fin


es evitar sentimientos hostiles hacia ese objeto envidiado por excelencia, el
pecho, también como modo de protegerlo.

La desvalorización del yo: toda vez que exista peligro de rivalidad con una figura
importante, se desvalorizan sus propios méritos para poder desmentir la envidia,
castigándose a sí mismo por la culpa de haber arruinado al objeto y no haberlo
podido reparar.

Desvalorización del objeto, así no será envidiado.


Introyección voraz del pecho: en la mente del niño, este pasa a ser su entera
posesión, lo controla por completo, con la sensación de apropiarse de todo lo
bueno que le atribuye.

La sofocación de sentimientos de amor y la intensificación correspondiente


del odio: esta operatoria es menos penosa que soportar la culpa que nace de la
combinación de amor, odio y envidia. Puede no expresarse como odio, sino como
indiferencia.

Identificación proyectiva: es una de las defensas más clarificadoras de


expresiones contratransferenciales, recibe el nombre de identificación proyectiva,
que consiste en penetrar el cuerpo y la mente del otro –objeto– para introducirle
todas las partes malas del self y así librar al yo (ver lectura 1).
La identificación proyectiva no respeta al objeto, le proyecta. Este mecanismo le
sirvió a Klein para describir cómo opera el juego de los niños como expresión de
su vida emocional.
W. Bion (1962) profundizó sobre este concepto, describiendo la identificación
proyectiva realista, que ya es patológica y todos usamos. Esta identificación
proyectiva realista es la que el analista va a recoger en el análisis como
proyección de aspectos del mundo interno del paciente. El autor describe los
esfuerzos que el sujeto –el paciente en la clínica, – hace para lograr que el otro –
madre, analista– experimente las emociones que el yo no puede soportar. Para
que la operatoria sea efectiva, es necesario que el analista –o la madre, en tal
caso–la introyecte.

Durante un proceso analítico estas defensas contra la envidia son las


responsables de la reacción terapéutica negativa.

En Envidia y gratitud, Klein (1975) describe las dificultades que se oponen al


progreso del análisis a causa de la envidia. En el análisis el paciente revive las
dificultades que tuvo en su relación con el pecho materno, y en caso de que la
envidia se haga presente interfiere en la aceptación de las interpretaciones
entorpeciendo su evolución. Estos pacientes tienden a estar siempre
disconformes, se sienten incomprendidos, desconfiados de la capacidad del
analista, demostrando muchas veces un compromiso vacío con el proceso, pero
que no produce modificaciones significativas. Es frecuente que estos pacientes
pasen por muchos procesos interrumpiéndolos cuando comienzan a evolucionar
debido a que lo que subyace, de manera solapada o manifiesta, es una
intolerancia a la capacidad de dar, de cuidar del analista y la fantasía de que
nunca van a ser aliviados.

Dado que es un sentimiento complejo y muy patológico nos extenderemos en un


caso clínico para comprender mejor estos estados.

2. Caso clínico

Amalia tiene 31 años, es profesora y estuvo en análisis varios años.


Tiene una hermana doce años mayor. Un dato significativo en su historia es que
ella nace luego de un hermano varón que muere en el parto.
Su motivo de consulta es que sufre demasiado, que siempre tiene que ser la
fuerte, la que solventa a sus padres, constantemente planteándose cuánto sentir y
cuánto comprender y eso es un gran problema para ella.
Dice: - “Me hago cargo de lo mío y de lo de los demás, pienso todo siempre. Es
muy agotador…subestimo la capacidad de los demás para hacer las cosas, soy
omnipotente y muy autoritaria. Tuve la dicha o desgracia de tener este tipo de
percepción en todo… me enloquece ser tan inteligente.
Las personas no lo toleran y por eso no me eligen o escapan de mí, me envidian
en mi capacidad. Preferiría ser más tonta…perece altanero de mi parte… pero…
sé que soy un ser fantástico, que tengo un poder que otros no tienen. Cuando era
chica mi papá no aguantaba que dibuje mejor que él y una vez me tachó todo un
dibujo”. Refiere que su madre nunca le dio nada, que sus padres nunca la
escuchan, que les habla de algo importante y le responden frases como “pásame
el azúcar”.

“Mi papá me mandó una carta que me puso mucho peor…que me quiere ayudar a
pesar de la distancia que tenemos pero que no sabe cómo llegar a mí... ¡Él! Un
cuasi analfabeto y yo una intelectual ¿qué forma es esa de hablar del vínculo
entre un padre y una hija? Yo nunca existí para ellos, siempre preocupados por mi
hermana, yo siempre arreglándome sola, me tuvieron para tener otro hijo y el día
que nací deje de existir. Siempre estuve sola para todo... solo fue nacer para
reemplazar un bebe muerto”.
Como se observa, Amalia tiene muchas dificultades para recibir las cosas buenas
del otro, ni de sus padres, amigos, pareja, ni de su jefe ni de la terapeuta.

“Desde que vengo acá con vos todo está peor en mi vida, me estimulaste a hacer
cosas que me hicieron peor, a abrirme, a conocer gente a cambiar en otros
aspectos y decime… ¿qué logré? Estoy peor. Usas frases, clichés, frases
armadas que no me sirven”.

Amalia llama a su terapeuta constantemente al celular, todos los fines de semana;


es muy demandante y extremadamente voraz en sus pedidos, que por su
naturaleza siempre va a estar insatisfechos. También le es difícil cerrar la sesión y
que le deje el lugar al siguiente paciente. Cuando está por terminar la sesión saca
temas relacionados a su inmensa angustia y a que la única salida es el suicidio,
logrando dejar a la terapeuta sumida en un sentimiento de frustración e
impotencia.

Este es un caso típico de envidia en el sentido kleiniano, que usa las defensas
más primitivas como hemos descripto y la identificación proyectiva masiva con la
finalidad de generar confusión, inocular, anestesiar a la terapeuta en su capacidad
de pensar y sentir.

Sus ataques al tratamiento son constantes, se observan en forma de quejas, en la


amenaza de muerte (que se va a suicidar), en la dificultad para abonar sus
sesiones no valorando el trabajo de su terapeuta, en la confusión en su relato
expresándose en términos rebuscados para que el otro no comprenda y seguir
alimentando su arrogancia.

Su amenaza de interrumpir el tratamiento es permanente, intentando generar


celos y exclusión. Ataca las intervenciones y lo bueno que la terapeuta en su
capacidad continente, le ofrece, atacando sus aspectos amorosos. Se enoja
mucho los fines de semana o durante las vacaciones porque se siente
absolutamente abandonada.

En el transcurso del tratamiento la terapeuta queda embarazada lo que fue un


hecho muy movilizante para ella, oscilando entre atacarla y sentir culpa por sus
ataques hacia ella y el bebé.
“Vos porque tenés marido, hijos y familia… no me entendés la soledad que yo
siento. Te borraste, me dejaste sola con todo esto. Nadie me entiende, ni vos, no
evoluciono”.

En un momento, como es esperable en muchos de estos pacientes que no


pueden recibir ni tolerar la capacidad de dar del objeto, terminó abandonando el
proceso, aduciendo falta de comprensión y evolución, como hemos descripto esto
sería lo que llamamos reacción terapéutica negativa.
Video conceptual


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Referencias

Klein, M. (1975). Envidia y Gratitud y otros trabajos. Obras Completas. (Vol 3).
Buenos Aires. Paidós.

Segal, H. (1987). Introducción a la obra de Melanie Klein. Buenos Aires,
Argentina: Paidós.

Revisión del módulo

Hasta acá aprendimos

☰ El yo temprano
Klein describe un yo desde los comienzos de la vida, con suficiente capacidad
para establecer relaciones objetales, en el intento de controlar la angustia frente a
la ansiedad primitiva que invaden el psiquismo incipiente.
☰ Teoría de las posiciones
Las posiciones son formas que encuentra el psiquismo de organizar el mundo.
Denotan evolución psíquica y se reemplazan por la noción de fases de la
organización de la libido. Klein describe dos posiciones una más primitiva
(esquizoparanoide) y otra con más a nivel de integración yoica (posición
depresiva).
☰ El complejo de Edipo temprano
Klein describe un complejo de Edipo previo al descripto por Freud, que se
desarrolla en el primer año de vida con el desarrollo de la posición depresiva, la
madre como objeto total y la vivencia de exclusión.
☰ La envidia primaria
Es un sentimiento destructivo en el psiquismo, expresión de la pulsión de muerte y
constitutivo. Se contrarresta con las vivencias de gratitud en las experiencias
satisfactorias con el pecho. Es descripto a través de la experiencia clínica con
pacientes graves y esquizofrénicos.

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