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La traducción de este libro es un proyecto de E r o t i c B y P o r n L o v e .
No es, ni pretende ser o sustituir al original y no tiene ninguna relación
con la editorial oficial, por lo que puede contener errores.
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traducciones, porque determinados libros no salen en español y quiere
incentivar a los lectores a leer libros que las editoriales no han publicado.
Aun así, impulsa a dichos lectores a adquirir los libros una vez que las
editoriales los han publicado. En ningún momento se intenta
e n t o r p e c e r e l t r a b a j o d e l a e d i t o r i a l , sino que el trabajo se realiza
de f a n s a f a n s , pura y exclusivamente por a m o r a l a l e c t u r a .
aclaración del staff:
Erotic By PornLove al traducir ambientamos la historia
dependiendo del país donde se desarrolla, por eso el
vocabulario y expresiones léxicas cambian y se adaptan.
SAY YES
A todos los lectores que se enamoraron de James y Aubrey y
pidieron más, Di que sí es para ti.
sinopsis
Nuestra relación está lejos de
Nunca me he sentido tan cerca de un hombre.
es todo lo que nunca supe que quería.
Ahora quiere convertirme en su
Sólo tengo que decir que sí y lo tendré para siempre,
Hush, Hush #2.
Índice
Capítulo 1
Intento conciliar el sueño mientras lucho contra este horrible
dolor de cabeza.
Me doy la vuelta y me acurruco de lado. La luz de la puerta se
derrama sobre la cama y me tapo el rostro con la almohada. Dormir
en una habitación a oscuras siempre me ha ayudado en el pasado,
pero esta vez no funciona. La principal causa de mi dolor de cabeza
es el estrés. Últimamente tengo tantas cosas en la cabeza que
apenas he dormido.
Bostezo y cierro los ojos, sintiendo la atracción del sueño.
Estoy acurrucada bajo un montón de mantas cuando la puerta de
mi habitación se cierra de golpe y me despierta. Lanzo un grito
ahogado y el corazón se me agarrota en la garganta, mientras mis
ojos inyectados en sangre se abren ampliamente durante una
fracción de segundo. Permanezco un momento en silencio, con los
ojos cada vez más pesados y empezando a perder el sentido de
nuevo, hasta que oigo a James gritar desde la otra habitación.
—Dile a esa pequeña mierda que tiene una última
oportunidad de sincerarse conmigo o abandonaré su caso, y puede
ir a rogarle a otro abogado que lo acepte pro bono. —Una pausa de
silencio—. Reece, estaba parafraseando... Sí... No estoy de humor.
Recuérdale que fui la quinta persona con la que habló que
finalmente dijo que sí. Se enfrenta a cadena perpetua. Hazle saber
que si no confiesa todo para cuando regrese, lo dejaré. Todo lo que
necesito son dos minutos con él y sabré si está mintiendo.
Juro que puedo sentir la tensión de James a través de las
paredes. Mi corazón me dice que vaya con él mientras mi cuerpo
me insta a esperar.
Se queda callado mientras escucha a Reece y oigo el ruido de
los cubitos de hielo cayendo en una copa. El cristal choca contra la
encimera de mármol con un tintineo agudo y salta la tapa de lo que
solo será una botella de coñac. Lo conozco como la palma de mi
mano. Le da una pequeña vuelta después de servirse y bebe un
sorbo rápido antes de responder a Reece.
Aparto la almohada de mi rostro, estiro los brazos por encima
de la cabeza e inhalo. Mi cuerpo está desesperado por dormir, pero
más quiero ver a James.
—Gracias, Reece. No lo pierdas de vista. No me gustaría
abandonarlo, pero quizá sea hora que aprenda una lección.
Tras una pausa, James suelta una animada carcajada.
—Sí, está aquí. Deja de pensar en ella así, bastardo —dice
James, y sé que está bromeando—. Sí, le diré que le mandas
saludos. De acuerdo, hombre, sí. Hasta luego. Gracias de nuevo.
Una sonrisa cansada inclina mis labios. Me gusta oírlos
bromear. James y yo hablamos de la posibilidad de traer a otras
personas a nuestro dormitorio desde que ahora somos oficialmente
pareja, pero ambos decidimos que era mejor que no lo hiciéramos.
Reece ha estado intentando que volvamos a recrear aquella noche
caliente que compartimos los tres hace unos años, pero James y yo
siempre decimos que no. Los dos estamos a gusto en nuestra
relación y no sentimos la necesidad de meter a nadie más en ella.
Francamente, no lo comparto.
Los pasos de James resuenan mientras avanza por el pasillo
hacia nuestro dormitorio. Percibo su presencia irritada y veo
aparecer una sombra antes que abra la puerta y entre a empujones
en nuestra habitación.
—Val.
Me encanta que me llame Val. Normalmente, una sonrisa
pícara curvaría mis labios y mi sangre se aceleraría con el deseo de
lo que está por venir al oír ese apodo.
Pero hoy solo quiero que alguien o algo me saque de mi
miseria. Tal vez vea si Natalie me trae su pen de hierba. No le da al
interruptor de la luz porque sabe que tengo un dolor de cabeza
infernal, así que deja la puerta abierta lo justo para poder verme.
Unos amplios pasos se comen la distancia. James está de pie
junto a mi cama, observándome con una mirada penetrante, como
si algo hirviera a fuego lento bajo su piel, deseando salir. El
contraste de azules en sus ojos siempre sale a relucir cuando las
luces están bajas. Deja la copa en la mesita de noche y se inclina
para darme un beso en la frente. Cierro los ojos y sonrío, aunque él
no pueda verlo. Me encantan sus besos en la frente. Me acerco a él,
rodeo sus hombros con los brazos y tiro de él hacia mí para que se
meta en la cama. Lo hace sin vacilar.
James está de lado para poder hacerme la cucharita, pero yo
me acurruco a su lado y le rozo el cuello con la nariz. Necesito sentir
su cuerpo pegado al mío. Me rodea la nuca con un brazo fuerte y se
acerca más a mí. Supongo que él también me necesita.
—¿Te encuentras mejor?
—Mmmmm —tarareo en voz baja y asiento.
—¿Y tú?
—Sí, ahora es un dolor de cabeza sordo, pero mucho mejor.
Ayuda estar contigo.
Suelto un suspiro saciado y me acurruco en su pecho. Estar
en brazos de James es la única medicina que necesito.
—Habría venido antes a casa si me necesitabas.
Levanto la barbilla, aprieto mis labios contra los suyos y
siento su barba de sal y pimienta haciéndome cosquillas en la piel.
Sacudo la cabeza y digo:
—No era necesario. ¿Todo bien en el trabajo?
James me agarra la rodilla y rodea mi pierna por su cadera
para que quede parcialmente tumbada sobre él. Un pequeño
ronroneo vibra en el fondo de mi garganta al sentir el calor de su
cuerpo calentar el mío. Pone la mano en la cresta donde se unen mi
muslo y mi cadera y me da un buen tirón.
—Lo sería si este cliente mío se pusiera las pilas. Este chico
no parece comprender que se enfrenta a cadena perpetua. Cree que
es una broma y piensa que, como mi bufete lo representa, saldrá
impune. Lástima que no funcione así.
—¿Cuántos años tiene?
—Diecisiete.
—Qué pena —digo en voz baja—. Esperemos que recapacite.
Tiene poco tiempo antes de sellar su futuro con barrotes.
James se queda callado un momento. Sé que está dándole
vueltas a la situación y que le molesta. A los abogados se les enseña
a dejar sus emociones en la puerta, pero también son humanos y,
de vez en cuando, un caso les afecta.
—Sí, eso espero. Odiaría verlo acabar como otra estadística de
adolescentes, y ese es el camino que está tomando.
No me gusta el sonido de desesperanza que envuelve sus
palabras. James es un buen hombre con un buen corazón. Siempre
está echando una mano a quien lo necesita. Verlo tan preocupado
me molesta y me hace sentir la necesidad de distraerlo.
Deslizo la palma de la mano por su ancho pecho, sintiendo su
fuerza bajo el costoso material. Me quema el alma que alguien como
James, fuerte y silencioso, me abrace como si yo fuera lo único que
importa en este mundo.
Apretándome contra él, ruedo hasta que se tumba boca
arriba. Me pongo de rodillas y me subo a horcajadas sobre sus
caderas. Me inclino sobre él y me quedo encima de su boca,
arqueando a propósito las caderas hacia atrás con un deslizamiento
sexual de mi coño. James me agarra y sus manos se posan en mis
redondas caderas.
—Te oí llamar a Val cuando entraste —le digo, mi voz adquiere
un tono más ronco. Sé lo que necesita y quiero dárselo. James
necesita dejar de pensar en el trabajo y en lo que no puede
controlar. Necesita que alguien tome las riendas y le haga olvidar
su propio nombre.
Yo soy esa chica.
Tomo su corbata negra y deslizo el dedo corazón por el nudo
para aflojarla, luego se la quito del todo. Mi tacto busca los botones
negros de su camisa de vestir para quitársela también.
James desliza las manos bajo la camiseta extragrande que
llevo y me aprieta la piel mientras le desabrocho los botones. Sus
caderas se abalanzan sobre las mías y una oleada de cosquilleos
me recorre. Mi cuerpo se relaja ante él y cierro los ojos al sentir lo
divinas que son sus manos sobre mi piel.
—Lo hice —murmura.
Val. Hicimos un trato cuando empezamos a salir oficialmente
hace casi dos años. Cuando me convierto en Valentina por una
noche, todas las cartas están sobre la mesa y estoy a su merced.
No es que no lo esté cada noche, pero en las noches de Val, es
diferente. Somos diferentes. No digo que no. Me pongo lo que él
quiere que me ponga, y él es implacable toda la noche. Todo lo que
he expresado que me gusta o que quiero probar con él, me lo da.
Ser abiertos con nuestra sexualidad es lo que nos unió en primer
lugar. Vida sexual feliz, esposa feliz. Ese es el lema, ¿no? Aunque
no soy su esposa, es más o menos lo mismo. A James le encanta
hacerme feliz. Incluso camina con una sonrisa tonta en su rostro
todo el tiempo.
Al principio me preocupaba que fuera Valentina a quien
James quería y no a Aubrey, pero él me aseguró que no era así. Dijo
que le gustaba cambiar un poco las cosas, y no podía culparlo por
eso. ¿A quién no? Sé que a mí sí. Fue abierto y sincero conmigo.
Mantiene las cosas interesantes y divertidas para nosotros. Nunca
sé cuándo la va a llamar, siempre es una sorpresa, y nunca me
arrepiento. Normalmente, estoy deseando que llegue la próxima vez
antes que acabemos.
—Solo si estás dispuesta —dice James.
Hazte a un lado, Aubrey. Valentina se está levantando.
—Siempre estoy dispuesta —digo, bajando la voz para
adaptarme al ambiente. A James le encanta que me ponga en plan
Valentina.
Mis dedos llegan al último botón. Abro su camisa y descubro
los coloridos tatuajes de su pecho. Para tener cincuenta y seis años,
está en mejor forma que la mayoría de los veinteañeros. Valiente,
viril y aún caliente como el pecado. James Riviera es todo mío. Es
difícil ver los diseños reales en las sombras, pero me sé de memoria
los coloridos remolinos de tinta de su piel. Deslizo las palmas de las
manos por sus abdominales, sintiendo cada costilla muscular, y
luego por sus pectorales. Me deslizo hacia abajo para desabrochar
su cinturón, pero él estira la mano para detenerme antes que pueda
liberarlo.
Lo miro fijamente. Sin decir una palabra, James me da la
vuelta y se cierne sobre mí. Me atrae con su mirada de acero, como
si tuviera algo que decirme y yo estuviera perdida para él. Baja el
cuerpo y me hace sentir su peso. Mis dedos se enredan en su
cabello mientras me deleito con el tacto de su pecho desnudo entre
mis muslos.
—Val puede esperar hasta el fin de semana —dice, y mi ceño
se frunce de confusión—. Nos vamos una semana a Tahití. Ya lo
tengo preparado y he aclarado tu agenda con tu asistente, y me he
asegurado de que los gatos estén bien atendidos.
Se me abren los ojos de sorpresa y el corazón se me acelera
de la emoción. Antes de que pueda responder, James dice una cosa
más que hace que me quede prendada de él toda la noche.
—Ahora mismo, dame a mi Aubrey y déjame hacer música con
su cuerpo.
Capítulo 2
Desde que James y yo nos reunimos aquel día en Chelsea...
gracias a Natalie... me ha llevado a recorrer el mundo cada vez que
hemos podido.
Hemos estado en todos los continentes y probado tantos
manjares como nuestros estómagos podían contener. Él sabía que
yo quería viajar y ver el mundo, pero también sabía lo importante
que era para mí centrarme en Sanctuary, mi refugio sin fines de
lucro para mujeres y niños. Aunque parezca una locura, la cantidad
de dinero que gané trabajando como acompañante de lujo fue
suficiente para prepararme económicamente para el resto de mi
vida y ayudar a los necesitados. Me siento bien sabiendo que he
podido retribuir algo. En cierto modo, me hace sentir como si la
abuela aún estuviera por aquí.
Tengo la barbilla apoyada en las palmas de las manos y estoy
tumbada boca abajo en nuestro bungalow privado sobre el agua.
Detrás de mí, James me da un masaje con aceite caliente. No ha
reparado en gastos en este viaje. Todavía es temprano y las puertas
francesas están abiertas de par en par. El rocío del mar salado se
mezcla a la perfección con el rico aroma de la flor de frangipani.
Inhalo el decadente aroma mientras contemplo el agua cristalina
bajo el cielo despejado. Podría quedarme aquí tumbada todo el día.
James no se lo piensa dos veces cuando necesita tiempo para
respirar de la carrera de ratas en la que vivimos. Simplemente se
levanta y se va. A veces me lleva de vacaciones por sorpresa durante
dos días, otras veces durante dos semanas. Al principio me
preocupaba porque Sanctuary exigía tanto de mi tiempo. Me sentía
mal por disfrutar de los placeres de la vida mientras veía de primera
mano cómo la gente luchaba por salir adelante. Algunos de los
miembros no tenían ni dos céntimos cuando entraron por primera
vez, y ahora tienen trabajos a tiempo parcial. Verlos prosperar me
hace feliz, pero todo tiene un precio.
Sanctuary ha crecido tanto en dos años que voy a abrir otro
al otro lado de la ciudad. El segundo local atenderá a padres
solteros y a sus hijos. Llámenme ingenua, pero no sabía cuántos
hombres se quedaban solos criando a sus hijos y necesitaban
ayuda. La sociedad siempre da por sentado que es la mujer, pero
hay tantos hombres que crían a sus hijos sin nada.
—¿En qué estás pensando? —me pregunta James,
presionándome el hombro con el pulgar para quitarme la tensión.
Suelto un suspiro y cierro los ojos. Es increíble. Da los mejores
masajes de espalda.
—En que eres tan bueno conmigo —le digo con voz soñadora.
James aplica más aceite caliente y yo me hundo más en la cama
mientras sus manos se extienden por mi espalda.
—Haría cualquier cosa por ti —me dice, y se inclina para
darme un beso entre los omóplatos—. Sé que estás estresada por
Retreat. —Una pequeña sonrisa inclina mis labios ante la mención
de mi segundo refugio—. Ahora mismo, lo único en lo que quiero
que te centres es en nosotros, y en lo que te hacen mis manos
mientras resuelvo estos nudos. No hay nada más que puedas hacer
por Retreat, cariño, todo está terminado y listo para la
inauguración.
Dejo escapar un suspiro.
—Lo sé. Siento que me falta algo. No ayuda que la gala sea el
mismo día.
Cuando me enteré de que seré una de las cuatro galardonadas
con los Premios Humanitarios Mujeres de Impacto de Nueva York,
un enjambre de mariposas invadió mis nervios. No he podido dejar
de pensar en la inminente cena, ni en cómo me habían elegido para
este premio en particular en una ciudad de ocho millones de
habitantes. A mi estrés se suma el hecho que ese mismo día se
inaugura Retreat. Será un momento que siempre recordaré y
sentiré en mi corazón. No quiero que nada empañe ese sentimiento.
—Es normal. Has invertido mucho tiempo, dinero y energía
en eso. Esto no es solo un hobby para ti, es tu vida y lo que amas.
Es lo que te mueve. Sé que quieres que funcione bien, y así será.
Deja de pensar en eso cinco minutos.
Muevo la cabeza. Realmente quiero eso, pero mi ansiedad
sigue ahí y hace estragos en mis nervios.
Inspiro y exhalo las preocupaciones como me ha dicho James.
Me concentro en su tacto, en cómo aplana las manos y separa los
dedos mientras ejerce presión hacia abajo y luego los sube por mi
columna vertebral hasta que siento un cosquilleo en el coño. Sus
dedos se enroscan en la curva de mis hombros. Un pequeño gemido
se escapa de mis labios entreabiertos y mi espalda se arquea
eróticamente en respuesta. Sus dedos calientes me acarician los
pechos hasta que me retuerzo sobre el colchón. Mis pezones se
fruncen y el frío de las sábanas no ayuda a calmar el placer que
están recibiendo. James me pasa los dedos por las costillas y los
desliza lentamente hasta las caderas. Aprieto los muslos, sintiendo
la humedad entre ellos. La fricción rodea mi clítoris y la presión se
intensifica. Mi cuerpo estalla de necesidad mientras sus dedos
aprietan mi pelvis y arquean mis caderas al mismo tiempo. James
se inclina y me besa la parte baja de la espalda. Se me encogen los
dedos de los pies mientras sube por mi columna, salpicándome la
espalda de besos.
El único problema con que James me dé masajes en la
espalda con aceite caliente es que lo único que quiero es sexo justo
después.
Vuelve a ponerme los dedos en la nuca, esta vez enredados en
mi cabello. Mis labios se entreabren de placer. Me encanta que
jueguen así con mi cabello, y James lo sabe. Sus manos me
acarician el cuero cabelludo y me masajea la cabeza con un sensual
tirón del cabello.
—James... —Sonrío y luego me rio—. Sé lo que estás
haciendo.
—¿Y qué es eso, cariño?
Me levanto sobre los codos y lo miro por encima del hombro.
Me sigue la corriente.
Cada vez que lo miro, el corazón me da un vuelco que hace
que el órgano se hinche por él más que la jaula en la que está
encerrado. Somos una pareja inverosímil, él es treinta años mayor
que yo y, sin embargo, no podríamos ser más perfectos el uno para
el otro. Han pasado cuatro años desde que nos conocimos y juro
que el hombre no ha envejecido. Sigue luciendo el cabello rubio y la
barba a juego, pero ahora con más tatuajes y un poco más de
músculo. Las líneas de expresión alrededor de los ojos también han
adquirido un color más intenso. Sé que la gente nos mira un poco
más cuando estamos juntos en público, pero no me importa. Es mío
y lo llevo con orgullo.
—Ven aquí —le digo, haciéndole un gesto con dos dedos.
James se inclina sobre mí sin dejar de sentarse a horcajadas
sobre mí por detrás. Sujeto su cabeza por detrás y tiro de él hacia
mí para sentir sus labios en los míos. Le doy un beso y su boca se
abre, lo que me permite deslizar la lengua y posarla sobre la suya.
Le doy un tirón sensual y me inclino hacia él. James me devuelve
el beso diez veces mejor y luego se aparta de mí para ponerse boca
arriba y yo encima. Levanto la pierna para apoyarla en la cara
interna de su muslo, con la rodilla apoyada contra su pesado saco.
Me acerco a él y lo miro a los ojos brillantes, deseando más cuando
su grueso muslo presiona mi húmedo coño. Al notar mi excitación,
James presiona.
—Te amo —susurra. Me aprieta el cabello con la mano y me
estudia como si fuera la octava maravilla del mundo.
—Yo te amo más. —Le doy mi respuesta habitual.
Mi corazón late desbocado mientras un cúmulo de emociones
me invade. A veces me asusta lo mucho que amo a James. De vez
en cuando me despierto sudando en mitad de la noche, aterrada
por no tener tiempo suficiente para amarlo.
—¿Qué pasa?
Sacudo la cabeza. No quiero contarle mis pensamientos,
aunque es algo en lo que pienso mucho. Amo a este hombre más de
lo que amo mi propia vida, y no puedo imaginarme un mundo sin
él. Un mundo en el que no pueda amarlo como quiero. De la forma
en que él necesita ser amado.
—Nada. Estoy muy contenta de tener al hombre que amo para
mí sola los próximos días. Solo tú y yo, amor.
Se queda callado un momento. Sus dedos rozan mi mandíbula
y me inclino hacia su mano.
—Quería preguntarte algo.
Sonrío en su palma.
—¿Ah, sí? ¿Qué cosa?
—¿Qué te parecería si vendiera mi casa de piedras rojas y
compráramos una casa juntos? Digamos, ¿en Bergan Beach?
Levanto la cabeza y lo miro, con las cejas fruncidas. Seis
meses después de que volviéramos a estar juntos, me mudé a
Brooklyn Heights para estar con él. Habíamos pasado dos años
separados y no queríamos perder más tiempo del que ya teníamos.
Era lógico, ya que, de todos modos, estábamos en casa del otro
todas las noches. Se ofreció a venir a vivir conmigo, pero yo sabía
que estar en Brooklyn era mejor para él, así que recogí los gatos y
me mudé con él.
Sin embargo, me quedé con la casa de mi abuela. No soporto
dejarla ir, pero también odio verla vacía, así que ahora la utilizo
como hogar de transición para aquellos de mi refugio que han dado
los pasos necesarios para ponerse en pie. No cobro alquiler, solo los
servicios. Por algo se empieza. Vivir en Nueva York es muy caro,
uno de los lugares más caros del mundo, y quiero dar a estas
mujeres la oportunidad que se merecen. Tienen que seguir unas
normas estrictas, además de controles mensuales, pero sé que a mi
abuela le habría encantado y eso me hace sentir bien por dentro.
Frunzo el ceño.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Yo elegí el sitio, vino un decorador y lo arregló. No elegimos
nada juntos y quiero algo que nos guste a los dos y que sea solo
nuestro. —Su lengua se desliza sobre su labio inferior, como si
estuviera dudando—. Quiero que tengamos un lugar que llamemos
nuestro, donde podamos seguir creando más momentos. Lo quiero
todo contigo, Aubrey. Un matrimonio, un hogar. Estoy en esto de
por vida, cariño, y estoy listo para dar el siguiente paso contigo.
Capítulo 3
Mis ojos se ablandan ante sus palabras.
No creí que mi corazón pudiera crecer más de amor por este
hombre, pero está claro que me equivocaba. Sonrío de oreja a oreja
con tanta fuerza, que me duelen las mejillas sonrojadas.
—James Riviera, ¿cómo eres el hombre más dulce del mundo?
Se le forman arrugas entre los ojos y los músculos de su
cuerpo se ponen rígidos. Eso no me lo esperaba.
—Hablo en serio, Aubrey. Eres mi vida y te amo. Quiero que
seamos más y creo que comprar una casa nueva que sea nuestra
es un paso en la dirección correcta.
Suelto una risita de lo adorable que es. No puedo evitarlo. A
veces los hombres son tan tontos que resulta doloroso. James se
pone nervioso sin motivo.
—¿Amor?
No responde. James está ensimismado en su mirada y vuelvo
a reírme de lo mucho que está pensando. No puede pensar que
siento menos por él, ¿verdad?
Deslizo mi pierna sobre él, engancho su muslo con el mío y
entrelazo nuestros miembros. Mis palmas rozan su pecho celestial
y luego su brazo, donde se tatuó un mapa del mundo cuando
volvimos a estar juntos. Se lo hizo un experto con una aguja fina y
tinta negra, y abarca desde la parte superior del hombro hasta la
muñeca.
Documenta todos los momentos importantes para nosotros.
Se ha tatuado para siempre todos los lugares a los que me ha
llevado y que nos han acercado. Aún recuerdo el día que llegó a
casa con el brazo vendado con gasas blancas y plástico. No me
había dicho que se lo iba a hacer y quería darme una sorpresa.
Sorpresa se quedaba corta. James entintó permanentemente el
brazo que guarda solo para nosotros. Yo también quiero
sorprenderlo con un tatuaje, pero aún no sé qué tatuarme. Quiero
que signifique algo para los dos, como el suyo.
Tomo su muñeca y beso el lugar donde está su pulso. Lo miro
con suavidad y luego enhebro sus dedos con los míos. Mi pulgar
acaricia mi momento tatuado favorito con diferencia... el día en que
me dijo por primera vez que me amaba. No estábamos en ningún
sitio romántico ni habíamos planeado un viaje especial. De hecho,
estábamos en pleno centro de Manhattan comiendo comida china
en plena noche de verano cuando me lo dijo. Nuestro pedido aún
no estaba listo para recoger, así que estábamos de pie en la
concurrida calle, él de espaldas a la pared y yo en sus brazos,
contemplando la perfecta puesta de sol digna de Instagram. La bola
ámbar ardía entre los rascacielos mientras descendía, iluminando
los edificios con un resplandor impresionante. No era una puesta
de sol corriente que cualquiera pudiera ver mientras caminaba por
la jungla de cemento. Comenté lo increíble que era y que nunca
antes había visto el sol entre los edificios de esa manera, cómo le
hacía a uno apreciar lo hermosa que es realmente la vida. James
me dijo que en realidad era Manhattanhenge, y que es cuando el
sol se alinea con la red de calles de la ciudad para producir... y
adaptarse... a la puesta de sol perfecta solo cuatro días al año. Era
más grande que la vida, y el calor que fluía alrededor del borde
exterior se podía ver cuando “Te amo” salió de la boca de James.
Fue tan natural y justo, y acabó siendo el primer tatuaje que se hizo
para nosotros... un sol que domina su mapa. Miro el sol tatuado en
cálidos tonos naranjas y rojos sobre su pulso y sonrío suavemente
ante los recuerdos que guardo de él.
Mi rodilla roza su polla erecta.
—James, me encanta ese edificio. Me encanta estar allí
contigo, me encanta subir por la calle hasta nuestra casa y
contemplar el paisaje florido que la gente no suele asociar con vivir
en la ciudad. Si quieres venderla, la venderemos y compraremos
una casa nueva. Quiero lo que tú quieres, pero no pienses ni por
un segundo que me molesta que la tuvieras antes que yo volviera a
tu vida. —Hago una pausa, me viene una idea a la cabeza—. ¿Y si
nos deshacemos de todo lo que compró tu decorador y vamos juntos
de compras? Crearemos nuestro propio pequeño oasis. Si quieres
rehacer toda la maldita propiedad y tirarlo todo, también podemos
hacerlo, pero yo soy feliz allí y me encanta.
Frunce el ceño.
—¿De verdad?
Asiento.
—Sí, pero si prefieres que nos mudemos, también podemos
hacerlo —le digo, y entonces caigo en cuenta de algo. Mi cabeza se
inclina hacia un lado y pregunto—: ¿Quieres venderla porque la
compraste durante un momento bajo de tu matrimonio y te
recuerda a eso?
James lleva cuatro años divorciado, pero pasó más de veinte
en un matrimonio algo infeliz y no deseado. Ahora entiendo por qué
se plantea venderlo.
—Un poco.
Una suave sonrisa se dibuja en la comisura de mis labios.
—Entonces lo vendemos. Fin de la discusión. Cuando
lleguemos a casa, se pondrá a la venta inmediatamente. Pero,
¿James?
—¿Sí? —Su cuerpo se relaja un poco y aprieto el labio inferior
con los dientes.
—Me gustaría quedarme en Brooklyn Heights, o en uno de los
barrios de alrededor... como Williamsburg, o incluso Park Slope, y
en uno de sus brownstones. Nunca pensé que viviría en Brooklyn,
pero ahora no puedo imaginarme no vivir allí. Es nuestro hogar,
donde está mi corazón, donde pasamos tantos momentos increíbles
juntos. No quiero dejarlos atrás.
James se sienta y me lleva con él. Me rodea la parte baja de
la espalda con un brazo fuerte y tira de mí hasta que me siento a
horcajadas sobre sus caderas y nuestros cuerpos quedan pegados.
Mis pezones rozan el suave vello de su pecho. Se me escapa un
ronroneo, le cubro los hombros con los brazos y lo miro a los ojos.
—Un compromiso con el que puedo trabajar —dice, y una
sonrisa se dibuja en sus labios—. Supuse que algún día querrías
una casa de verdad, como la mayoría de las mujeres, con la valla
blanca y todo eso.
Sonrío y le paso una mano por la barba.
—Creo que los dos sabemos que no soy como la mayoría de
las mujeres.
Se ríe y el sonido hace que se me revuelvan las tripas.
—Gracias, joder. Te amo tal como eres, cariño, y no cambiaría
una mierda.
Soy muy afortunada por tener un hombre que acepta todos
mis defectos y pecados... y que no le importan una mierda todos los
hombres con los que follé cuando era acompañante. No odio esa
parte de mi vida porque me trajo a James, pero a veces me
arrepiento de las cosas que hice por dinero.
—Entonces está decidido.
—Solo quiero que seas feliz —me dice, y me pone sentimental.
Es un romántico de corazón.
—Bueno... —Empiezo con los labios fruncidos y los ojos
coquetos—. Hay una cosa que necesito y que me haría realmente
feliz.
—Lo que sea —dice contra mis labios.
Mi corazón late tan rápido por este hombre que sello mis
labios contra los suyos en un beso contundente y él lo acepta. Él es
cada latido de mi corazón, cada respiración. Dios, lo amo tanto.
Respiro rápidamente por la nariz mientras le rodeo el cuello con el
brazo y con la mano libre le sujeto la mandíbula. Mis grandes
pechos se aprietan contra el suyo. Nuestras lenguas se enredan en
la del otro mientras el deseo que sentimos nos envuelve como si
fuéramos uno solo.
—Hazme el amor —susurro.
—Ya te lo he dicho, cariño. Te he estado haciendo el amor todo
el tiempo.
James reserva su lado encantador para cuando está de un
humor adorable como este, pero en el fondo sé que habla en serio.
Su palma toca mi muslo y siento un pequeño zumbido.
—Levántate.
Me pongo de rodillas y James se agarra la polla con la mano,
acercándola a mi abertura. Me mira con un ardor en los ojos que
me dice que está a mi merced.
—Ahora tómame todo —me dice, y yo lo hago, hundiéndome
en él de un solo y largo golpe. Mi cabeza se echa hacia atrás y exhalo
un suspiro lleno de placer. A veces renunciamos a los preliminares
porque me gusta sentir cómo me estira. Y a él también le gusta.
Uno pensaría que con un novio de la edad de James el sexo
se ralentizaría o le costaría levantarse, pero es todo lo contrario. A
veces soy yo la que no puede seguirle el ritmo. Le corre tanta
testosterona por las venas que cada vez es más maníaco hacer el
amor. La pasión fluye a raudales desde su tacto hasta la forma en
que me besa con hambre. Soy adicta a él y no consigo saciarme.
—No te levantes —me pide con las manos en las caderas.
El interior de mis muslos tiembla mientras intento aflojarme
para acomodarme a su anchura. A veces se desliza y me golpea,
otras veces me aprieta un poco al principio. Me pregunto si alguna
vez podré encajarlo sin dolor.
—Entonces bésame y hazme olvidar cómo tu polla me estira
el coño y me desgarra de agujero en agujero. Un día me vas a dejar
el coño abierto.
Sonríe y yo intento luchar contra la mía.
—Qué puta boca más sucia.
—Te encanta.
—Maldición, claro que sí —dice, y luego me besa. Después de
unas cuantas caricias de su hábil lengua, lo cabalgo lentamente.
James sigue teniendo el control con su brazo alrededor de mis
caderas, permitiéndome subir solo hasta la mitad de su erección.
Me encanta y lo odio a la vez, porque lo único que quiero es
follármelo salvajemente, pero él está marcando un ritmo que me
llevará a un frenesí por él. Es una tortura sublime en mi clítoris y
grito. Me está dando pero no me da al mismo tiempo. Se burla de
mí hasta que mi corazón late a mil por hora y el placer empieza a
aflorar en la punta de mis pies. Mis uñas arañan su piel y él empieza
a follarme desde abajo, empujando profundamente dentro de mi
coño. James gime y siento la vibración de su pecho contra el mío.
—No hay nada mejor que esto —le digo.
Se ríe y su cálido aliento me hace cosquillas en el cuello.
—Siempre dices lo mismo.
—Y cada vez es mejor. Eres como el buen vino, James.
Mejoras con los años.
—Prefiero el coñac —dice, y yo me rio—. Algún día —dice
James, con la respiración entrecortada—. Te haré mi esposa,
Aubrey. Espero que estés preparada, cariño, porque no aceptaré un
no por respuesta.
—James —susurro, y jadeo cuando me penetra
profundamente, abrazándome a él. Mis caderas se inclinan hacia
las suyas y él se inclina con mis muslos pegados a los suyos,
sosteniéndonos con una mano apoyada en la cama. James se echa
hacia atrás y me penetra de golpe. Su forma de hacer el amor se
vuelve necesitada y sus manos manosean cada centímetro de mi
piel desnuda. Esta posición no podría ser más perfecta para
corrernos juntos. Me golpea el clítoris y me penetra el coño húmedo
mientras gira mis caderas para alcanzar un punto más profundo.
Me va a dejar moretones en el cuerpo de lo fuerte que me está
agarrando. Todo pasa a un segundo plano cuando ese primer
pinchazo de euforia me asalta de la forma más intensa posible. No
ocultamos nuestra lujuria, sino que permitimos que cualquier
sonido exprese lo que sentimos cuando estamos tan metidos en el
momento.
Mi corazón late ahora a doble velocidad. No necesito un trozo
de papel para saber que él es mío y yo suya. Ya lo sabemos. No hay
razón para poner una etiqueta entre nosotros. Tenemos algo bueno.
¿Por qué arruinarlo?
Algunas de las mejores y más duraderas relaciones son las
que no tienen ningún tipo de etiqueta.
No quiero casarme, y espero que él pueda entenderlo. Yo lo
amo y él me ama. Eso es todo lo que importa.
¿Verdad?
Capítulo 4
No soy una chica de bebidas afrutadas, pero sí de vacaciones.
Me gusta probar todas las bebidas turísticas y comidas
autóctonas del país que estamos visitando porque sé que cuando
vuelva a casa, haga lo que haga, nunca podré recrearlo. En
Manhattan abundan todos los tipos de cocina que uno pueda
desear y, aunque no me quejo, no es lo mismo.
Tahití tiene una bebida originaria de la isla llamada The Tahiti.
Al principio me reí del nombre, hasta que James me recordó que
donde vivimos hay un té helado Long Island y un Manhattan
Special. Da igual, lo único que sé es que lleva zumo infusionado de
piña y coco con un poco de ron que se hace aquí y una pizca de
jengibre. Está delicioso, voy por el tercero y me siento
estupendamente en brazos de mi hombre.
James y yo estamos sentados en la playa, bajo una enorme
sombrilla, en una tumbona. Estoy entre sus piernas, recostada
contra su pecho desnudo. Me encanta estar en sus brazos siempre
que puedo. Cuando antes salió del baño vestido solo con unos
pantalones cortos que le llegaban hasta las caderas, tuve que
abanicarme. Es demasiado guapo y su sexualidad es demasiado
seductora. Le dije que quería encadenarlo en nuestro sótano y
tenerlo para mí sola. Me dijo que le parecía bien.
James tiene la pierna apoyada en el reposabrazos, la mano en
mi cadera y la punta de los dedos bajo la braguita del bikini,
descansando conmigo.
No quiero irme nunca de aquí.
—¿Quieres un sorbo? —Levanto el vaso por encima del
hombro. Se lo pregunto siempre y cada vez que bebe un sorbo lo
hace para apaciguarme, a pesar que desprecia las bebidas
azucaradas. En realidad, solo le ofrezco para ser amable.
—Casi se te ha acabado. ¿Quieres otro?
Me acabo el resto y dejo el vaso alto sobre la mesa redonda de
mosaico que tenemos al lado. Encuentro sus manos, entrelazo los
dedos y recuesto la cabeza en su brazo. Beso el interior de su bíceps
y me acurruco contra él, respirándolo.
—James, si no te conociera, diría que estás intentando
emborracharme.
Siento cómo se encoge de hombros. No tiene vergüenza y eso
me encanta de él.
—Dos palabras: Borracha. Sexo.
Suelto una risita. El alcohol me provoca una de dos cosas: O
me da vértigo, o me entran ganas de sexo. Me quedo pensativa. En
realidad, que sean tres. A veces me gusta bajar la voz y mover el
culo.
—¿Sexo borracho en el océano? —sugiero.
—Eres demasiado salvaje para el océano cuando estás
borracha. Podría ahogarte sin querer.
Me rio y levanto la cabeza para mirarlo. La risa baila en sus
ojos azules.
—Tú me pones así. Todo es culpa tuya.
Sonríe y lo siento en el vientre. No se arrepiente de nada.
—De nada.
Estirándome más alto, le doy un beso rápido en los labios y
me siento. Intento echarme atrás, pero él me toma por la nuca y me
abraza para darme un beso más largo. A veces no puedo
concentrarme cuando hace eso. Como cuando mete su pulgar bajo
mi mandíbula.
Agarro su mano, rompo el beso y me pongo de pie. Estoy un
poco achispada, pero no borracha.
—Ven, vamos a nadar. Quiero sentir el agua en la piel.
Los ojos de James recorren todo mi cuerpo, asegurándose de
no perderse ni un centímetro de piel. Me hace sentir tan hermosa.
Tan deseada. Tan amada.
—¿Cariño?
—¿Sí, amor?
—Cuando vayamos a bucear más tarde, no te pondrás eso.
Miro hacia abajo. He elegido un traje de baño rojo para él
porque sé que le gusta este color. La parte de arriba es dos tallas
más pequeña, lo que hace que mis tetas parezcan aún más grandes,
y llevo una braguita brasileña muy atrevida. Como he ganado unos
cuantos kilos con los años, creo que me inclino hacia un pecho
doble D, aunque no estoy del todo segura porque ya no suelo llevar
sujetador en casa, y todo lo que me pongo cuando salimos ya lleva
el forro adecuado.
—¿Qué le pasa a mi traje de baño? —pregunto, intentando no
sonreír—. Lo elegí solo para ti.
—Me estás poniendo a prueba. Estoy a dos segundos de
arrancártelo.
Suelto otra risita y retrocedo unos pasos hacia el océano.
—Tienes que atraparme primero.
Me doy la vuelta y corro hacia la playa. La arena está caliente
bajo mis pies, así que corro de puntillas. El agua cristalina me
recuerda a los ojos de James y sonrío. Justo cuando llego a la orilla,
James me rodea con un brazo por detrás y me levanta, lanzándonos
a los dos al agua.
Suelto una risita mientras me sumerjo y contengo la
respiración. El agua fresca es refrescante y ojalá fuera así en Nueva
York. En Nueva York no hay playas de aguas claras como esta. Son
más turbias y grises.
Salimos a tomar aire y los dos sonreímos. Me acerco a James
y rodeo su cintura con las piernas. Él me acerca automáticamente.
Puedo llegar al suelo, pero esto es más divertido.
—Te he atrapado —dice en voz baja.
Me da un vuelco el corazón. Me atrapó en el momento en que
nos encontramos en Bryant Park. Los dos lo sabemos.
—Lo hiciste —le digo.
—Si no hubiera preparado ya un día entero de turismo para
nosotros, ahora mismo estaríamos haciendo nuestras propias olas.
—Muy suave, James. Puede que sea lo más tópico que has
dicho hasta ahora.
—Tengo mis momentos —dice—. Puedo cancelar... —Levanta
una ceja en señal de sugerencia.
Casi quiero decir que sí, pero no lo hago. Le doy una palmada
juguetona en el hombro. Sé que no lo dice en serio. Cuando estamos
de vacaciones, aprovechamos al máximo y vemos y hacemos todo
lo que podemos.
—No, quiero ver las cascadas y bucear con los peces. Quiero
dar de comer a los tiburones y a las rayas. Quiero hacer masajes
en pareja contigo, y después de cenar me apetece mucho ver la
danza polinesia. Me vas a llevar a hacer todo eso. —Trato de ser
firme, pero él puede ver a través de mí.
James sonríe de oreja a oreja. Me aparta el cabello mojado que
tengo pegado a la mejilla y se inclina para darme un beso en el
cuello.
—Bien, bien, bien. Lo que tú quieras hacer, yo también quiero.
—Levanta la muñeca y mira la hora—. Tenemos aproximadamente
una hora antes que tengamos que estar en el muelle para tomar el
barco que he alquilado. Por mucho que quiera hacerte el amor otra
vez, creo que deberíamos comer y tomar otra bebida. Tenemos todo
el día planeado.
—Y cambiarme de traje de baño. También quiero unos shorts.
—Conseguiremos tus shorts pero no te cambies el traje de
baño. Estás que echas humo con él.
—¿No te importa?
Se le levanta una comisura de los labios. James tiene esa
confianza sexy y tranquila que le hace estar seguro de quién es.
—No, cariño, solo estaba jugando. Deja que la gente te mire.
Quiero que lo hagan. Sé con quién volverás a casa al final de la
noche.
—Maldita sea, Big Daddy.
James suelta una carcajada estridente y luego tira de
nosotros bajo el agua para besarme.
En nuestro bungalow empieza a sonar “Money” de Cardi B.
Frunzo el ceño y miro a mi alrededor intentando descubrir
dónde he dejado el bolso. Sé que es mi teléfono, pero no recuerdo
haberle puesto ese tono a nadie.
—¿Quién es? —pregunta James, mientras se abotona la
camisa.
—Ni idea.
Agarro el móvil del bolso y leo la pantalla.
—Muy astuta, Natalie. —Sacudo la cabeza mientras contesto
al teléfono.
Ella tarda un segundo en comprender de qué estoy hablando
y luego se echa a reír.
—¡Olvidé que había hecho eso!
—Ahora tu papá cree que te gusta follar con tacones altos,
pero en realidad no necesitas la P porque lo que quieres es el dinero.
Se sigue riendo.
—¡Oh, Dios mío! Me muero.
Me giro para ver la reacción de James, pero ya no presta
atención a mi conversación. Se está poniendo el reloj Tag y
remangándose la camisa hasta los codos. Me encanta cómo le
queda. Los jeans desgastados y la camisa parcialmente abotonada.
La forma en que los tatuajes le marcan los brazos y el pecho encaja
bien con su personalidad. Llevábamos casi todo el día haciendo
turismo y snorkel. Ahora las mejillas de James tienen un tono
dorado.
No puedo creer que me haya conseguido un zorro plateado
jodidamente sexy.
Tampoco puedo creer que sea el papá de mi mejor amiga.
—¿Cuál es mi tono de llamada cuando te llamo?
—“Milkshake” de Kelis.
El principio de la canción empieza a sonar en mi cabeza y
sonrío para mis adentros. Natalie está histérica.
—¿Qué pasa, mejor amiga?
—Espero que no sea el de mi papá...
—¡Nat! Basta.
Suspira dramáticamente y se ríe.
—¿Cuándo vuelven, tortolitos? Tengo noticias de última hora.
Frunzo el ceño.
—¿Estás bien? ¿Va todo bien?
James me mira con preocupación. Levanta la barbilla,
queriendo saber qué pasa.
—Todo va bien —dice—. Solo tengo algo de lo que quiero
hablarte en persona.
—Estás embarazada. —Me quedo muda, y los ojos de James
se abren ampliamente
—No, estás loca de atar. —Sacudo la cabeza para que James
sepa que no está embarazada—. Estoy viviendo mi mejor vida con
el DIU. Si pudiera encontrar un doctor que me hiciera una
histerectomía, lo haría. Nada de monstruitos para mí. Pienso
extenderme mucho.
Sacudo la cabeza, riendo entre dientes. James aún no sabe
que Natalie fue quien me consiguió un trabajo como acompañante
en Sanctuary Cove, y nunca lo sabrá. Me alegro que haya colgado
las rodilleras y ya no se prostituya.
—¿Pero estás bien?
—Sí, solo quiero asegurarme de ver tu rostro cuando vuelvas.
—Ah, bien. Volveremos pasado mañana a última hora.
—Estaré allí a la mañana siguiente con las campanas
encendidas y bien temprano, equipada con mimosas de guayaba y
lima.
—Oh, ¿qué estamos celebrando?
—La libertad de mi coño. Tengo que correr, Ram Jam, y no te
olvides de asegurarte que lleva una goma. No te puedes fiar de nadie
hoy en día.
Natalie cuelga, dejándome reír con su sentido del humor
sarcástico y vulgar. Ya nada de lo que dice me escandaliza.
—¿Cuál es el tono de llamada cuando te llamo? —pregunta
James.
Una enorme sonrisa ilumina mi rostro.
—Llámame al móvil y descúbrelo tú mismo, Big Daddy.
James toma su teléfono y marca mi número, luego me mira
cuando suena “Doin' It” de LL Cool J en mi teléfono.
—¿Eso es lo que suena cuando te llamo?
Asiento con orgullo.
—¿Siempre?
Vuelvo a asentir.
—Jodidamente te amo —me dice, y me planta un beso en los
labios, luego me toma de la mano y nos guía hasta la cena.
Capítulo 5
—Gracias por esto, por esta noche.
James me rodea con el brazo y yo arrastro las uñas por su
antebrazo. Estamos sentados en nuestra terraza, bajo el cielo
nocturno, bebiendo Remy Martin. James ha pedido una botella
especial para nosotros y, como en Aureole, dice que tenemos que
acabárnosla. Vamos por la mitad, pero ninguno de los dos está
borracho. Es un subidón calmante, cálido y relajante cuando se
bebe a sorbos lentos.
Después de una cena romántica con la luna llena
deslizándose tras el océano que se oscurece, caminamos una corta
distancia con mis tacones enganchados en dos de mis dedos y
James sujetándome la otra mano. Puedo caminar por las calles de
Manhattan con tacones de doce centímetros, pero sobre la suave
arena tengo básicamente dos pies izquierdos.
Vimos el espectáculo de danza polinesia. Estuve embelesada
todo el rato, y creo que James también. Golpeaban las tapas y los
lados de los tambores de barril con los pulgares y los talones de las
manos, y luego soplaban en caracolas para producir un sonido que
nunca había oído antes. James dijo que si te acercas una caracola
al oído, puedes oír el océano. Había antorchas tiki cada medio metro
en la arena. Las llamas eran pequeñas, pero suficientes para crear
un ambiente sensual y colorear la piel expuesta de las mujeres con
un resplandor cobrizo. Lo mejor fueron los grandes tocados de
plumas de colores que llevaban y que imagino más pesados de lo
que parecen. El conjunto se completaba con faldas de paja a juego
que les llegaban hasta las caderas y un top de triángulo. Cada vez
que las faldas se balanceaban, se oía un susurro en el aire. He visto
bailarinas muy eclécticas en el metro de Nueva York, pero la
precisión y velocidad con que estas chicas movían las caderas y el
vientre era fascinante. Juro que tocaban todos los ritmos y no
paraban hasta que se acababa. Animaron a los lugareños y turistas
a subir al escenario para bailar con ellas casi al final y se las
arreglaron para animar a James. Ojalá me hubiera traído el teléfono
a la cena para grabarlo y enseñárselo a Natalie. Su sonrisa de oreja
a oreja y el brillo de sus ojos mientras bailaba descalzo en la arena
con las chicas me hicieron muy feliz. James Riviera me hace
disfrutar de la vida y me hace darme cuenta de cuánto crece mi
amor por él a cada minuto que pasa.
—¿Por qué, cariño? —me pregunta.
Lo miro. Nuestros ojos se cruzan y espero que sienta lo que
digo.
—Por traerme aquí. Por darte cuenta que estoy estresada e
intentar ayudarme. Por ser tú. Por tener un gran corazón. Estas
pueden ser mis vacaciones favoritas. Eres tan bueno conmigo. A
veces siento que no te merezco.
James no dice nada. Se acerca a mí, toma mi mejilla y me
besa suavemente. Cierro los ojos y lo atraigo hacia mí. Sus labios
están apretados entre los míos, pero no movemos las bocas. Nos
quedamos quietos, como si apreciáramos el contacto del otro. Es
un beso sencillo, pero es el que más siente mi corazón porque es
James quien me lo da. Cuando me besa, siempre me hace sentir
que soy la única persona que le importa.
Al romper el beso, los ojos de acero de James buscan los míos.
Respira un poco más hondo, más fuerte.
—Iba a decirte que esta noche quiero a Valentina. —Mis ojos
brillan de emoción, pero él niega con la cabeza—. Pero no la quiero.
Solo te quiero a ti. Siempre y para siempre, solo... a ti, Aubrey.
¿Acaso no comprende lo que me provocan sus palabras? Me
deja sin aliento y me acelera el corazón al mismo tiempo. Trago
saliva, sintiendo el pulso en la garganta.
—Vamos, tengo algo planeado para ti.
James me toma de la mano y nos lleva a nuestro bungalow, a
unos seis metros de distancia. Atravieso las puertas francesas y me
quedo boquiabierta. Mis ojos se abren ampliamente mientras
asimilo el momento, preguntándome cómo ha podido hacer que esto
ocurriera mientras estábamos sentados en la terraza.
Las luces están bajas y hay velas blancas encendidas en las
paredes. Suele haber un aroma tropical que nos acompaña en la
isla, pero en nuestra habitación hay algo profundamente seductor
y atractivo que me atrae.
Mis ojos se posan en nuestra cama de matrimonio. Lanzo una
rápida mirada a James, que me observa.
Hay plumas blancas y pétalos de rosa rojos esparcidos sobre
el edredón de plumas. Nunca había visto una mezcla así en una
cama. Es preciosa, pero más sexy que otra cosa. El corazón me late
tan deprisa contra las costillas que no puedo procesar lo que está
ocurriendo delante de mí.
—¿Cuándo has hecho esto? Cuando volvimos, nada de esto
estaba aquí.
Se vuelve hacia mí y se acerca hasta quedar a unos
centímetros de mí.
—Hice que el complejo lo preparara para nosotros. Les di
instrucciones y les dije cuándo venir. Cerré la puerta para que no
los oyeras mientras estábamos sentados afuera.
Sacudo la cabeza y parpadeo varias veces. No puedo creer lo
atento que ha sido al organizar todo esto.
—¿De verdad? Puede que sea lo más romántico que hayas
hecho nunca.
Me toma de las mejillas y me mira a los ojos.
—Te lo dije, Aubrey, eres mi mundo. Me haces sentir joven y
lo que es sentirme feliz de nuevo. Eres mi luz, lo que espero con
ilusión cada día que me despierto. No hay nada que no haría por ti.
Las emociones se agolpan en mis ojos. James puede ser una
bola de papilla total, pero nunca se pone tan sentimental como
ahora. Siento que me golpean todos a la vez. Sé que James me ama
y que haría cualquier cosa por verme sonreír, pero esta noche me
hace pensar que oculta algo... como si estuviera enfermo y no le
quedara mucho tiempo.
—Cariño, ¿qué ocurre?
Mis labios forman una fina línea plana y me tiembla la
mandíbula. Me agarra de los brazos y unos ojos asustados me
miran.
—Dime qué te pasa.
—¿Estás enfermo? ¿Algo que tienes miedo de contarme? ¿Es
por eso por lo que estás siendo tan dulce conmigo y has preparado
todo esto? —Me tiembla la voz y me siento tan estúpida diciendo lo
que dije, pero no puedo pensar con claridad ahora que mi corazón
es un caos frenético—. Porque necesito saber si tienes una
enfermedad terminal y necesito comprar dos ataúdes porque no
puedo vivir sin ti, James. No puedo.
James me mira fijamente en completo silencio. Tiene la
mandíbula abierta y los ojos azules inmóviles. Lo sabía. Lo intuía y
él no se lo esperaba.
Se me hace un nudo en el estómago. Ahora siempre asociaré
Tahití con James diciéndome que está enfermo.
—Uh, ¿Aubrey? —dice, rascándose un lado de la cabeza—. No
me pasa nada. No sé de dónde has sacado que estoy enfermo, pero
no lo estoy. Estoy sano como un caballo.
Mis ojos se mueven de un lado a otro entre los suyos.
—¿Qué?
—No estoy enfermo. —Baja los brazos y de repente me siento
mal—. Solo quiero que sepas lo mucho que significas para mí y que
te amo muchísimo, maldita sea. No puedo creer que pensaras que
estaba enfermo.
Hago rodar mi labio entre los dientes y me encojo por dentro.
Se me caen los ojos al suelo y se me encienden las mejillas de
vergüenza. Ahora me siento como una idiota. Se me escapa una
risita. Cierro los ojos y me rio de lo tonta que soy a veces. A Natalie
le gusta decir que es una suerte que sea bonita cuando digo algo
realmente ignorante. Seguro que si estuviera aquí lo repetiría.
—Amor, lo siento mucho. —Le pongo la mano en el pecho—.
Me siento fatal.
—Y por eso te has reído —dice con cero emoción. Sin sonrisa.
Sin personalidad.
No. James está dolido y eso me hace sentir como una mierda.
Odio que a veces me ría en los momentos equivocados.
—Me reí porque soy tonta. Lo siento mucho, James. Ni una
sola vez dudé de tu amor por mí, así que cuando empezaste a
hablar, pensé que me estabas preparando para algo malo.
No dice nada, y eso hace que se me acelere el pulso. Dios, lo
arruiné.
—¿James? De verdad lo siento.
—Supongo que mis emociones están un poco más controladas
en este viaje. —Su nuez de Adán se mueve mientras traga—. Pero
eso es porque estoy muy orgulloso de ti después de ver lo duro que
has trabajado estos dos últimos años. Te amo. Sé que llevamos
tiempo juntos, pero nunca me había sentido así. Como si tuvieras
todo el poder dentro de mí, y no pudiera hacer nada al respecto.
Como si mi maldito corazón no dejara de arder al verte. Si así es
como se siente el amor de verdad, no quiero volver a tener la
oportunidad de experimentarlo con nadie más. Lo que siento por ti
me da mucho miedo. Cada movimiento que hago, cada cosa en la
que pienso, te involucra de alguna manera. Supongo que la forma
en que me haces sentir me convierte en un cursi, pero eso es lo que
me haces, Aubrey. —Hace una pausa—. No puedo apagar lo que
siento por ti, y no lo haré.
Me quedo sin palabras.
También soy una estúpida.
Definitivamente no sabía que él siente eso. Lo que siento por
él.
Una sonrisa muy pequeña curva mis labios carnosos. Mis ojos
se posan en su garganta, donde el pulso martillea en su cuello. Me
inclino, presionando los labios sobre él, y permito que mi lengua dé
una vuelta. Encuentro los botones de su camisa y empiezo a
desabrochárselos lentamente. Las manos de James se deslizan
hasta mis caderas y me da un pequeño tirón.
Sin levantar la cabeza, mis ojos se clavan en los suyos. Estoy
un poco nerviosa, pero quiero que comprenda que sus sentimientos
no son unilaterales.
—Mañana —le digo, y mi voz adquiere una suavidad
aterciopelada—. Tú y yo vamos a ir a esta pequeña tienda de
tatuajes por la que hemos pasado varias veces mientras paseamos.
Voy a hacerme mi primer tatuaje. He estado esperando el momento
adecuado, y es ahora. —Trago saliva y me relamo los labios—.
Cuando digo que te amo más, es porque no puedo imaginar que
puedas sentir más de lo que ya siento. —Una repentina timidez
intenta tirar de mis labios. Mis mejillas se sonrojan un poco.
Sus manos recorren mi vestido suelto y vaporoso, subiéndolo
con la punta de los dedos. La necesidad de su tacto y la forma en
que sus dedos dejan un rastro de calor a su paso me estremecen
hasta lo más profundo. Hace que me enamore más de él, si es que
eso es posible. Recibir un amor tan profundo y ser capaz de
devolverlo es un sentimiento que nunca se entendería a menos que
se viviera plenamente. Esto es lo que significa la vida y la razón por
la que estamos aquí.
Puedo decirle a James toda la noche que lo amo, pero prefiero
demostrarle lo que siento.
Capítulo 6
Mis manos se dirigen a sus hombros para quitarle la camisa.
Cae al suelo hecha un montón. Me inclino hacia adelante,
aprieto los labios contra su pecho e inhalo, con los ojos cerrados, el
aroma a coñac y a puro quemado que se adhiere a él. Huele a dinero
y a masculinidad. Su mano me toma por la nuca mientras mis
dedos buscan la hebilla de su cinturón para aflojarla. James me
baja los tirantes del vestido y me quito los tacones mientras mi
vestido se une a su camisa en el suelo. Tengo una estatura superior
a la normal para una mujer, pero me siento pequeña en
comparación con James.
—Nunca dudes de lo que siento por ti. —Mi voz se reduce a
un susurro gutural mientras lo miro—. Nunca dudes de que sea
menos de lo que tú sientes por mí. Tú lo eres todo para mí, amor.
Me pongo de puntillas, acaricio sus mejillas y atraigo su beso
hacia mí. Una mano me toca la parte baja de la espalda, la otra se
enreda en mi cabello y me sujeta a él. La forma en que James me
besa esta vez, aunque es la misma, es completamente diferente. Es
más profundo, más fuerte, más intenso. Como si ya no se
contuviera y me mostrara lo que siente de verdad.
Aparta su boca de la mía.
—¿Confías en mí?
Asiento sin dudarlo.
—Por supuesto.
—Túmbate en la cama boca abajo.
Hago lo que me dice y me tumbo sobre las plumas y los
pétalos. Lo oigo moverse detrás de mí y me giro para mirarlo por
encima del hombro. James con traje de diseño es de infarto, pero
James desnudo hace arder los ovarios. Es un hombre grande por
todas partes, fornido y musculoso. No está cortado con definición,
pero está claro que la tiene y que es lo bastante fuerte como para
sostenernos a los dos.
James agarra una de las muchas velas que hay en la
habitación y se sube a la cama. Se sienta a horcajadas sobre mis
piernas. Su pesada y gruesa polla roza la parte posterior de mis
muslos.
—Esto va a estar caliente un segundo, pero no te hará daño.
—James apaga la llama—. La cera se convierte en aceite de masaje.
—¿Todas las velas son así?
—Sí.
Asiento, excitada, y espero. Me rocía aceite caliente por la
columna, siseo y aprieto las sábanas con los puños. No dura
mucho, lo suficiente para extender sobre mí un calor relajante.
—¿Te duele? —James deja de verter.
—No, en absoluto. No sabía qué esperar la primera vez. La
verdad es que se siente bien.
—Ojalá pudieras verte así —susurra, luego deja la vela sobre
la cama y empieza a masajearme la espalda—. Te ves... No tengo
palabras. —Extiende los dedos, presiona y se desliza por mi espalda
hasta el cuello. Me da un buen apretón en los hombros antes de
volver a bajar. Las puntas de sus dedos recorren los lados de mis
pechos, las costillas y la parte baja de la espalda.
—Oh, wow. —Casi ronroneo y vuelvo a mover las caderas. Mis
dedos se curvan—. James, esto es increíble.
—Voy aplicarlo por todo el cuerpo.
Me aplica más aceite en la espalda y luego baja hasta el culo
y me lo unta. Me acaricia las nalgas con manos anchas en círculos
lentos. Se toma su tiempo, arrastrando el pulgar desde mi coño
hasta el interior de mi culo, antes de moverse en círculo hacia
afuera y repetir el movimiento.
—¿Puedo hacer lo siguiente a ti? —Mierda. Apenas puedo
hablar.
—En otra ocasión. Esto es para ti, cariño.
Después de hacerlo por toda mi espalda hasta los tobillos, el
deseo que se cierne sobre mi piel hormigueante me hace sentir
dolorosamente necesitada de él. Espero que pronto esté listo para
mí. Tiene que saber lo que me produce un masaje así.
James me da la vuelta e inmediatamente empiezo a reír. Me
mira extrañado.
—Las plumas y los pétalos se me pegan a la espalda —
respondo a su pregunta no formulada.
La risa se extiende por el rostro de James.
—No me he preparado para eso.
—Puedes quitármelos cuando acabemos y luego podemos
darnos un chapuzón en el mar —sugiero, y sus ojos se iluminan.
Le gusta la idea.
James se toma su tiempo y empieza por los pies, subiendo por
los muslos. Me doy cuenta que el aceite está perfumado con vainilla
y un oscuro aroma tropical, lo que aumenta mis sentidos. Observo
a James tan cuidadoso con mi cuerpo y cómo aplica presión en las
partes más gruesas de mí. En los dos años que llevo con él, he
engordado bastante y él jura que le encanta. He subido cuatro
tallas, cinco según donde compre.
—Más amortiguación para los empujones —me dijo cuando me
quejé. Me reí.
Mis caderas están más redondeadas, mis muslos son un poco
más grandes y mi culo pesa más y rebota más. Por alguna razón,
mi vientre se ha mantenido plano. La mayor parte del peso se me
ha ido a las tetas. Tengo más curvas que antes y nunca me había
sentido tan sexy. James me hace amar mi cuerpo y sentirme
totalmente cómoda a su lado. Podría haber nacido sin vista y aun
así no la necesitaría para ver lo que él ve. Esa es la sensación que
me provoca. Sexy. Confiada. Zorra.
Mi cuerpo está laxo, mis piernas tiemblan al borde de la
necesidad mientras él presiona y amasa el interior de mis muslos.
Levanto las rodillas y abro lentamente las piernas para exponerme
a él.
—Quiero que me lo pongas aquí —le digo tocándome el coño.
Ya estoy muy mojada y preparada para él. Meto dos dedos. Él
observa cómo los saco y uso mi deseo brillante para rodear mi
clítoris. Mi espalda se arquea y siseo entre dientes.
Los ojos azules de James parpadean con sombras negras
contra las llamas. Me recuerdan a los zafiros.
Contengo la respiración mientras lo veo agarrar otra vela y
apagar la llama. Vuelve a la cama y me rocía lentamente el coño
con aceite caliente. Se me cierran los ojos y aprieto la cabeza contra
las sábanas. Al principio es un shock que rápidamente desemboca
en un torrente desbordante de decadencia. Se me desencaja la
mandíbula y jadeo mientras gotea en mis tiernos pliegues. James
me mira por última vez antes que el aceite me insufle calor,
encendiendo mi carne con intensas chispas de deseo. Me lo frota y
exhalo un largo suspiro, apretando los puños. Giro mi rostro y los
pétalos de rosa, suaves como la seda, rozan mi mejilla. Mi espalda
se arquea en respuesta, los pezones se fruncen, las rodillas se abren
al máximo cuando sus dedos empiezan a hurgar cuidadosamente
en mi coño. Mis dedos se clavan en el colchón y un gemido se
escapa de mi garganta.
—James —jadeo, acercándome a él. Me arde el corazón.
No responde, solo se inclina para darme un beso en el
estómago y luego se acerca a mis brazos.
Observo su rostro mientras se concentra en lo que está
haciendo. El chapoteo de las olas es nuestro único sonido. Hay paz
mientras en nuestro interior se está gestando una apasionada
tormenta. James está tenso, con los hombros apretados y el ceño
fruncido.
Pongo mi mano en su bíceps y le pregunto:
—¿Puedo verter el aceite sobre ti para que puedas sentir lo
que yo siento? —Sus fosas nasales se dilatan y asiente con la
mandíbula desencajada. Lo miro una vez más y responde a mi
mirada confusa.
—Intento no perder el control —dice.
Un murmullo se forma en el fondo de mi garganta.
—Pero me gusta cuando lo haces. —Mi mirada se posa en su
polla en tensión. La punta tiene un tono violeta intenso y por ella
gotea una prueba de su excitación. Me lamo los labios y veo cómo
cae un fino chorro sobre la cama.
Cuando acaba con mis dos brazos, me siento. Entre el aceite
caliente y el suave sabor del coñac que corre por mis venas, estoy
más hambrienta de él que nunca.
—No he terminado —dice. Pero ya no puedo más. Estoy a
punto de saltarle encima.
James se levanta y me da una vela nueva. Me la acerca a mi
rostro para que apague la llama y luego me la entrega.
James se arrodilla delante de mí, imitando mi postura.
—No quiero hacerte daño —le digo, de pronto indecisa al mirar
el aceite humeante y su erección prominente.
—No hay nada que puedas hacer que me haga daño, cariño,
a menos que me dejes.
Lo miro fijamente. Sacudo la cabeza. Si no estuviera tan
excitada por dentro, me enfadaría que me sugiriera algo así.
Le acaricio la polla con una mano y le doy la vela para que la
sujete un segundo mientras me echo hacia atrás. Me inclino para
metérmela en la boca, aplastando la lengua y relajándome. Saboreo
su excitación mientras se la chupo hasta el fondo antes de
retirarme. Lo hago varias veces más y miro a James.
Tengo el corazón en la garganta.
Tiene la cabeza echada hacia atrás y un laberinto de venas le
tensa el cuello. A través de la tinta de colores, su pecho se sonroja
de placer y la vascularidad de su cuerpo palpita. Suena raro llamar
hermoso a un hombre hasta que lo presencias. James es hermoso
cuando está en plena pasión. Ha abandonado la reserva y solo se
mueve por el sentimiento.
—Te amo, James. —Me encuentro susurrando mientras lo
miro. Mi corazón está demasiado lleno, rebosante de emoción por
este hombre al que nunca debí amar.
Levanta la cabeza y sus ojos se abren para revelar una
profundidad de emociones, que me hacen preguntarme si alguna
vez las he tenido en mis ojos cuando lo he mirado.
Se inclina hacia adelante, me agarra por el cuello y me planta
un puto beso en los labios.
Rompo el beso.
—No quiero hacerte daño —repito.
—Si te preocupa, puedes echarte el aceite en la mano y
frotármelo. Pero no me dolerá.
Asiento y le ordeno que se tumbe. Tiene las piernas abiertas
y los gruesos muslos cubiertos de fino vello. Nuestras miradas se
cruzan una última vez antes que levante la vela y la gire lentamente.
Observo fascinada cómo el aceite se desliza por su polla hinchada.
Un fuerte gemido sale de su garganta y su cuerpo vibra. De la punta
de la polla sale una pequeña perla de semen. Dejo la vela sobre la
mesita, junto a la cama, le rodeo la anchura con la mano y me
inclino. Paso la lengua por su placer, saboreando su salinidad. Su
espalda se inclina, me toca la nuca y sus muslos suben para
abrazarme. Me suelta y yo giro la muñeca y aprieto, acariciándolo
mientras chupo la cabeza de su polla.
—Para —me exige, con voz ronca, y me aprieta el cabello.
James me levanta la cabeza mientras se sienta—. Mueve el culo
hasta aquí —dice, con voz grave y jodidamente sexy.
Una de las cosas que me encantaban de James cuando nos
conocimos era el sonido de su voz y lo neoyorquino que sonaba.
Cuando está excitado, es mucho más grave y fuerte, más laxo en
las erres y más apretado en las vocales. A él le parece gracioso que
me guste oírle hablar, pero a mí sí me gusta. Es sexy.
Acercándome, James se pone de rodillas y luego vuelve a
sentarse. El corazón se me acelera, palpitante de expectación. Me
subo sobre sus caderas y presiono el colchón con las rodillas
mientras me siento a horcajadas sobre él. James me agarra por la
cintura para guiarme hacia él. Agarra su polla y la acerca a mi
abertura, pero me impide deslizarme sobre ella. Me mira a los ojos
y contengo la respiración.
—Quiero que duremos toda la noche. No nos corremos hasta
que no podamos más, y cuando lo hacemos, nos corremos juntos.
Hundo los dientes en el labio inferior y asiento. Me gusta esta
idea. Solo espero poder aguantar.
—No vamos a follar, Aubrey —afirma—. Esta noche vamos a
ir despacio. Voy a demostrarte cuánto te amo.
Capítulo 7
Trago con fuerza mientras James guía su polla dolorosamente
despacio dentro de mí. Da buenos preliminares, y lo sabe.
—Vamos a sentirlo todo para no olvidar nunca a quién
pertenecemos.
Separo los labios y me enamoro más de este hombre a medida
que se abre paso dentro de mí. No estoy segura que mi corazón
pueda aguantar más. La forma en que late, cómo palpita en mi
garganta, cómo cuándo lo miro, sé que es el amor de mi vida.
Una vez que está completamente asentado dentro de mí, mis
muslos se aflojan y me relajo contra él. Subo las manos y acaricio
su rostro. Me inclino hacia él y le oigo respirar antes que nuestros
labios se junten. A veces siento que la única forma de decirle lo
mucho que significa para mí es besándolo con todo lo que llevo
dentro. Lentamente, con un poco de control. Todo se puede sentir
con un beso.
James guía mis caderas para que se muevan con las suyas.
Aquí es donde los dos tenemos perfecto sentido porque nos
conectamos de la misma manera con el mismo control dividido.
Tengo sus labios que me llevan al mismo lugar al que su tacto lo
lleva a él... donde nuestros cuerpos se unen. Mis caderas giran
lentamente sobre él, mi clítoris golpea el vello de su montículo.
James me penetra y me sujeta el culo. Nos movemos al mismo
ritmo, con la misma ternura, con la misma pasión. Es una conexión
más profunda, de la que nunca hablamos.
—James —susurro contra sus labios. Tengo la frente pegada
a la suya y mis manos acarician sus hombros curvados. Llevo una
mano a su nuca mientras me sujeta las caderas y me penetra. Es
tan perverso con mi alma que quiero suplicarle que siempre me
penetre así.
—¿Sí, cariño? —responde con voz ronca. Sabe lo que hace.
Me mueve el cabello que tengo pegado al rostro húmedo. Mi
mandíbula se inclina hacia él, mi espalda se arquea y mis pezones
se apoyan en su pecho. Nuestras bocas no se tocan, sino que nos
provocamos mutuamente con la promesa de más desenfreno. El
deseo de abandono enciende mi cuerpo como un diamante bajo el
sol. El cuerpo me tiembla, los dedos de los pies se me encogen, los
dedos luchan por sujetarse mientras el éxtasis más absoluto se
apodera de mí.
—Nada... nada se siente tan bien —le digo, con los ojos
cerrados por el éxtasis—. ¿Cómo aguantas? —Me tiembla todo el
cuerpo. Lucho por no acabar.
—Mírame.
Abro los ojos y descubro una ligera inclinación en los labios
de James. Su mirada lo dice todo.
—¿Te parece que no sé lo que estoy haciendo? Conozco tu
cuerpo como un libro, Aubrey. Me pertenece. Tu coño, tu cuerpo,
tu corazón. Es todo mío.
Viniendo sólo de sus palabras no sería la primera vez para mí.
Un resoplido descarado sale de mis labios. Debería haber
sabido que diría eso. James se inclina ligeramente hacia atrás para
salir. Mira cómo su polla sale de mi coño para volver a entrar sin
pudor. Es una de las cosas más sexys que lo he visto hacer. Está
en un estado de euforia desenfrenada mientras lo hace, y es
magnífico.
Ahora tiembla debajo de mí y sé que si muevo un poco las
caderas, perderá el control y se correrá. Si respiro demasiado
hondo, se correrá.
Muevo las caderas hacia adelante y cabalgo sobre James,
sintiendo las crestas de su polla y la meto en mi interior como sé
que a él le encanta. El sexo duro es el segundo nombre de James.
Hay una profundidad dentro de él que solo yo puedo alcanzar.
Se pone de rodillas y se inclina hacia mí hasta que vuelvo a
apoyar la espalda en el colchón. Pétalos rojos y suaves plumas
blancas nos rodean como si estuviera nevando. Se clava en mí como
si estuviera decidido a demostrarme quién manda.
—Amor —le digo, y él sabe lo que quiero decir.
Enderezo una pierna para apoyarla en la suya y engancho la
otra alrededor de su cadera, empujándolo más dentro de mí.
Jadeamos al unísono cuando se desliza más adentro en este ángulo.
Es tan estrecho como un puño para James y el ángulo justo para
que yo me corra pronto.
Mis manos recorren su ancho culo, tanteando cada
centímetro de él mientras nos lleva a un nivel superior. James me
penetra con delicadeza. Los dos estamos empapados por el aire
húmedo cuando por fin llegamos juntos al clímax. Las uñas marcan
su hermosa tinta pero nunca lo desgarran, y los dedos de mis pies
se enroscan alrededor de los pétalos de rosa. Un gemido descarado
sale de mis labios. James se corre dentro de mí. Siento cómo su
polla se retuerce y su calor me llena. Las paredes de mi coño lo
succionan hasta que se vacía dentro de mí.
—No tengo palabras —digo lo primero que se me pasa por la
cabeza. Su semen se escapa entre los dos y noto su pegajosidad en
mis muslos y en mi culo. Los dos respiramos con dificultad y tengo
la sensación que está a punto de retirarse, así que lo abrazo un
segundo y lo miro a los ojos. Sonrío cuando me mira y uso los
pulgares para dibujarle los labios.
Acerco mi boca a la suya y él me agarra la nuca al mismo
tiempo, haciéndonos rodar hacia un lado. Mis piernas se entrelazan
con las suyas, y su polla húmeda y usada se desliza fuera de mí y
se apoya en mi muslo. No tiene vergüenza entre las sábanas y me
encanta que sea tan libre. Miro entre nosotros y sonrío al ver cómo
brilla su polla, tumbada allí como si lo hubiera utilizado por
completo.
Supongo que lo he hecho.
—De nada —responde, y yo suelto una risita.
—Ha sido increíble. No puedo creer que te acordaras de
cuando te mencioné las velas. Eso fue hace como una eternidad.
Sonríe orgulloso. Habíamos pedido unos juguetes sexuales
por Internet por capricho. Como ya teníamos muchas cosas en el
carrito que quería probar primero, supuse que compraría la vela la
próxima vez, entre otras cosas que me habían llamado la atención.
Me alegro que se encargara de comprárnosla.
James se gira completamente hacia mí. Enrosca mi cabello
oscuro en uno de sus dedos y le da un pequeño tirón. Mi mirada se
desvía hacia su pecho, que tiene la cara de un león gigante tatuada
en la piel. Miro sus ojos negros. Me atraen con interés y, en cierto
modo, me recuerdan a James. La melena del león está llena de
colores vivos mezclados con líneas negras que se entrelazan. Lo
miro y me siento viva. Me siento inspirada. Siento pasión salvaje.
Pero, sobre todo, siento a James. Un hombre silencioso pero fuerte
que es todo mío.
—¿Aubrey? —dice, y lo miro con una sonrisa perezosa—.
¿Alguna vez piensas en el futuro? ¿En nuestro futuro?
Trago saliva un poco más fuerte y me pongo de lado para
apoyar el codo y sostener la mandíbula con la mano.
—Sí.
—¿Por qué nunca me hablas de eso? —Su ceño se frunce, pero
lo disimula.
—Me pone nerviosa, supongo. Mi futuro solo te tiene a ti, pero
no sé si lo que queremos cada uno es lo mismo. No me gustaría
arriesgarme a la discusión que probablemente se produciría justo
después si viéramos cosas diferentes.
Los dos nos quedamos callados un momento. Vuelve a
revolverme el cabello.
—Yo también tengo ese miedo. Eres joven, probablemente
quieras tener hijos. Aunque me encantaría tener un hijo contigo y
verte convertida en madre, creo que ya ha pasado mi momento. No
quiero tener ochenta años cuando mi hijo vaya a la universidad.
Tendré suerte si vivo tanto.
No digo nada porque no sé qué decir.
La verdad es que yo misma estoy destrozada. Hemos estado
envueltos en esta burbuja que ambos hemos creado y nunca me he
planteado si quiero tener hijos o no con él. Quiero enfadarme
porque James básicamente me está diciendo que los niños no son
una opción. Claro que me encantaría formar una familia con el
hombre al que amo, pero sinceramente, la parte egoísta de mí está
de acuerdo con tenerlo a él, y solo a él, para mí sola el resto de mi
vida.
Capítulo 8
—Sé que los niños son un factor decisivo para algunos —
dice—. Creo que es mejor hablar de eso primero y partir de ahí.
Lo miro.
—¿Es extraño que me parezca bien no tener hijos? —Me
sorprende lo bien que me parece la idea—. Se espera que las
mujeres quieran formar una familia cuando se casan, pero yo
nunca tuve el deseo de hacerlo. Durante mucho tiempo me sentí
avergonzada por no querer tener hijos. No significa que no me
gusten los niños, o que sea demasiado egoísta o inadecuada para
tenerlos. Simplemente nunca me planteé tenerlos, supongo que era
algo que no estaba entre mis prioridades. —Hago una pausa y
pregunto—: ¿Eso te molesta?
—Creo que la gente quiere las dos cosas. Ves los pros y los
contras y quieres las dos cosas. ¿Quiero razonar contigo sobre tener
hijos para que sienta que tal vez sí quieres a nuestro hijo? Sí. Soy
un hombre y quiero que tengas mis hijos, pero también me alivia
que no los tengas.
Reflexiono sobre nuestra conversación, mis dedos dibujan
garabatos en su pecho.
—Quiero hijos, pero a la vez no. Creo que me inclino por el
título de tía genial más que nada, solo que no tengo hermanos que
me conviertan en una. —Me paro a pensar en Natalie y en que es
básicamente mi hermana y podría convertirme en una tía genial.
Pero me cuesta verla teniendo hijos. Me rio entre dientes—. Intento
imaginarme a Natalie con hijos. No sé por qué me hace reír. Creo
que los niños dirigirían su vida, no al revés.
James sonríe y se frota los ojos con el talón de la mano. No se
da cuenta que he captado la chispa en sus ojos ante la idea de
convertirse en abuelo.
—Eso ya sería algo.
Lo pienso más detenidamente. ¿Sentiría que me estoy
perdiendo algo? Como mujer, sí, pero como persona, no. Quizá
podríamos tener un perro algún día y ser padres de perros.
Miro el pecho de James y trazo las líneas negras de la melena
de león con mi uña acrílica, tirando de algunos de sus vellos
pectorales.
—No creo que sienta ningún tipo de pérdida o añoranza si no
tengo hijos. Ahora lo hago un poco, pero creo que es porque he
aceptado lo que he estado pensando todo el tiempo. Es solo que una
vez que realmente hablas de algo, se siente más real que nada.
—Mírame —dice, y levanto los ojos hacia los suyos. Puedo ver
la legítima preocupación que invade sus ojos—. Dime que no
estarás resentida conmigo por no tener hijos.
Lo hago mejor. Me inclino hacia él y le doy un fuerte beso,
luego lo miro. James me agarra el cabello y lo aprieta con la mano.
—No te guardaré rencor —le digo despacio y con claridad—. Y
si alguna vez cambio de opinión, te lo diré.
—Bien, porque no creo que pueda vivir con eso. —Parpadea
un par de veces, todavía agarrado a mí—. Si ves un futuro conmigo,
¿ese futuro implica que nos casemos?
Me da un vuelco el corazón y me tumbo boca arriba. Tenía la
corazonada de que este tema iba a salir pronto. James ha estado
mucho más cariñoso y atento, mostrándome exactamente lo que
siente. Me pregunté qué había cambiado para él o si era porque
había pensado en casarse en algún momento. Ahora que lo pienso,
cuando James me contó lo de su anterior matrimonio con la mamá
de Nat, eso fue lo máximo que hablamos sobre el matrimonio.
Sin embargo, estoy un poco nerviosa por decírselo. Amo a
James y no quiero disgustarlo si no estamos de acuerdo. Sé de
corazón que no necesito un trozo de papel para saber que estoy
unida a alguien o para jurarle mi amor. Lo que James y yo tenemos
es real, sea o no legalmente su esposa. Para mí, es lo mismo. La
mayoría de la gente cree que el objetivo de una relación es casarse,
pero no es así. Algunas personas alcanzan una conexión más
profunda gracias a ese papel, mientras que a otras les parece inútil
tener esa etiqueta cuando nada cambia.
—Espero que sepas que solo quiero estar contigo. No creo que
necesitemos un trozo de papel para demostrar que estamos
comprometidos el uno con el otro.
En cuanto las palabras salen de mis labios, contengo la
respiración.
Mierda. Es más difícil hablar de esto que de si quiero o no
tener hijos, y hablar de esto me aterroriza. Se me hace un nudo en
el estómago mientras espero su respuesta. No quiero perderlo, pero
tampoco voy a mentirle. Esta es una conversación de verdad.
Debería haberme asegurado de traer el coñac antes de entrar.
¿Quién iba a decir que James se iba a poner serio conmigo justo
después de darme el mejor orgasmo de mi vida?
Mis labios están aplastados. Me duelen los pulmones de
aguantar la respiración. Me preocupa haber cometido un gran
error, pero tampoco puedo mentir y darle falsas esperanzas. No por
algo así. Me pregunta por el matrimonio, no en qué restaurante
quiero cenar.
James está mirando. Está pensando demasiado y eso hace
que se me retuerza el estómago de ansiedad. Puedo ver las ruedas
girando en su mente, y no me gusta.
—¿No quieres casarte? ¿Es eso lo que quieres decir?
Mis dientes se clavan en mi labio inferior.
—Sí —digo en voz baja—. No quiero casarme.
Su ceño se frunce cuanto más me mira. Pero sus ojos, de un
azul cristalino, son más afilados que un cristal roto. Me parte el
corazón ver a James herido.
Siento que se abre un gran abismo entre nosotros. James no
está contento y su falta de respuesta está agrandando la brecha. El
corazón me late en la garganta y mi estómago es un desastre
giratorio cuanto más tiempo permanece callado.
—No quieres casarte —repite, esta vez una afirmación en
lugar de una pregunta. Lo único que puedo hacer es negar con la
cabeza mientras lo miro a los ojos rebosante de incredulidad.
James se aparta para sentarse y mi mayor temor se centra en
nosotros. Está sentado en el borde de la cama, intentando apartar
la mirada de mí, pero aún puedo ver sus ojos. El pulso se me
dispara en el cuello. Siento que voy a vomitar. Observo cómo sus
ojos recorren el espacio que nos rodea como si buscara una
respuesta. No estaba preparado para mi respuesta, ni yo para la
suya.
De espaldas a mí, puedo sentir esa energía distante que arde
en su interior. Una sensación nauseabunda se desliza por mis
venas dejándome insegura de nosotros ahora.
—James —digo, incorporándome y acercándome a él.
Rodeo su cintura con los brazos, me acerco a él y lo abrazo
por detrás. Me agarra de la muñeca como si estuviera dispuesto a
decirme que pare para levantarse y marcharse. Lo noto y, cuando
me agarra con más fuerza, mis pensamientos se confirman. Pero no
se mueve. Exhalo alivio de mis pulmones y cierro los ojos apoyando
la cabeza en su espalda.
Nos quedamos en silencio un momento. Su dolor por mi
negativa se siente multiplicado por diez y me hace sentir muy
culpable. Amo a James, lo último que quiero es disgustarlo.
—Que no quiera casarme no significa que no quiera estar
contigo.
—Claro que sí, Aubrey —dice, y me aparta para levantarse.
El corazón se me desploma con la puta mandíbula. No me
gusta el tono que ha utilizado, como si estuviera enfadado conmigo.
—Es que no quiero que ese trozo de papel se interponga entre
nosotros. Siempre estropea algo bueno —digo, con la voz instándole
a que me entienda. Me pongo de rodillas y tiro de la sábana a mi
alrededor.
James permanece callado. Su silencio alarga la tensión y no
hace más que empeorar las cosas. No se gira para mirarme. Se
limita a cruzar las manos detrás de la cabeza y a arquear la espalda
hasta que se le tensan los músculos.
—¿De verdad crees que eso es lo que rompe algo bueno?
Cariño, eres más lista que eso.
La espalda de James se flexiona mientras me habla. El pavor
llena mis venas temiendo lo peor.
—Estás enfadado conmigo —susurro.
Me mira por encima del hombro y me quedo sin habla.
—Estás enfadado —afirmo.
—Sí, lo estoy, maldición. Te quiero como mi esposa, Aubrey,
y pensé que tú también lo querías.
Capítulo 9
—¿Por qué no podemos dejar lo que tenemos y no estropearlo?
Sacude la cabeza con fastidio y mira hacia otro lado.
—¿Quién dice que vamos a estropear algo?
Parpadeo, un poco indecisa. Lo último que quiero es discutir
por esto mientras estamos de vacaciones. Una con la que me
sorprendió.
—Solo me preocupa que vayamos a arruinar algo bueno con
un trozo de papel que a la larga no significa nada. Te amo, James,
y ningún pedazo de papel, o la falta de uno, va a decirme lo
contrario. He leído innumerables historias sobre cómo la gente
cambia incluso antes que se seque la tinta. No digo que eso vaya a
pasar con nosotros, pero tampoco quiero arriesgarme. ¿No es
suficiente lo que tenemos?
—No, no lo es. Lo suficientemente bueno es saber que eres
mía en todos los sentidos. Paz mental. Paz en el corazón.
Me desinflo. ¿Cómo puede no saber ya que soy suya en todos
los sentidos?
—Pero tú ya sabes que lo soy. ¿Para qué servirá el papel?
—Significa que eres mía y yo soy tuyo a los ojos de la ley y de
todo el mundo.
—¿Por qué importa lo que piense la ley o cualquier otra
persona? ¿No debería importar solo cómo nos sentimos?
—Quiero poder llamarte mi esposa.
Mi corazón se derrite por este hombre.
—Entonces, todavía puedes —le digo. Me encantaría que lo
hiciera.
James niega con la cabeza.
—No es lo mismo y lo sabes, Aubrey. —Suena como si lo
hubieran derrotado, y eso me mata—. No tendrás mi apellido.
—Estamos en el siglo XXI. Muchas mujeres ya no adoptan el
apellido de su esposo.
—Llámame de la vieja escuela. Me gustaría presentarte como
mi esposa y no como mi novia. Quiero que tengas mi apellido.
Quiero casarme contigo. Hay una seguridad detrás del matrimonio,
sabes.
Me sorprende su tono descarado y la creciente mordacidad de
su voz. Creí que ya teníamos seguridad. Nunca había dudado de
nosotros. Exhalo despacio, intentando que el dolor no se apodere
por completo de mí porque se ofenda porque no quiera casarme con
él, pero no puedo evitar que lo haga. Los dos somos personas
apasionadas, así que el dolor que sentimos se contagia a la ira, y
eso no es bueno para nosotros. A ninguno de los dos nos gusta
echarnos atrás.
—No es posible que pienses que hay una seguridad detrás del
matrimonio después de tu último matrimonio. —Escupo antes de
poder contenerme. Cierro los ojos y hago una mueca de dolor,
arrepintiéndome.
La arrogante risita de James en voz baja hace que me recorran
escalofríos por los brazos.
—Cómo iba a saber que dirías algo así.
Fue inmaduro por mi parte usar eso contra él. No tenemos la
misma relación que él tenía con su ex esposa y está mal por mi
parte usar eso en su contra.
Se levanta, se acerca a la cómoda y abre el cajón para sacar
unos pantalones cortos de gimnasia. Se los pone, cierra el cajón con
la rodilla y me mira en silencio. Está esperando a que cambie de
opinión. El corazón se me parte por la mitad cuanto más se alarga
el silencio entre nosotros. La verdad es que no puedo darle lo que
quiere.
Permanezco callada. La culpa me corroe el estómago.
Agachándose, James coge una camiseta que dejé en la
otomana esta mañana y me la tira. Cae en un montón blando justo
delante de mí. No la tomo porque no puedo evitar mirarlo. Sus ojos
me examinan, más profundamente, como si me rogara que cambie
de opinión para poder convertirme en su esposa. Aun así,
permanezco callada. Exhala un suspiro por la nariz y noto cómo le
brota la frustración. Lo amo tanto y le daría cualquier otra cosa que
me pidiera, pero no puedo darle eso.
Trago grueso mientras él apoya las manos en las caderas. Los
colores de sus brazos tatuados parpadean con la escasa luz de
nuestra habitación. Mi mirada se posa en la flor que lleva tatuada
en el antebrazo. Fue un momento, el primero, y uno de los primeros
tatuajes que se hizo en su brazo intacto. La flor hace juego con el
vestido que llevaba cuando nos conocimos en Bryant Park. A día de
hoy, sigue siendo su favorito.
—¿No tienes ningún deseo de casarte? ¿O la idea de casarte
conmigo te repugna?
—¿Me repugna? —repito—. ¿Crees que me repugna casarme
contigo?
Estoy temblando ahora por sus estúpidas palabras.
Los hombres son tan tontos a veces.
Necesito contar hasta diez, pero me duele más de la cuenta
que piense que me repugna.
Mis ojos se encienden, llenándose instantáneamente de
lágrimas. ¿Cómo puede pensar eso? Tiene que saber lo que significa
para mí. James se lo está tomando mal.
Mi corazón es ahora mismo una bola de fuego confinada
dentro de mi pecho. Agarro la camiseta y dejo que la sábana caiga
hasta mis caderas para ponérmela. Está al revés, pero me importa
una mierda. Salto de la cama y marcho hacia él con determinación.
Levanto la barbilla y le digo:
—Si me repugnara casarme contigo, ¿tendría una relación
contigo? Que no quiera casarme no significa que no te quiera a ti.
—¿Entonces, cuál es la razón Aubrey?
Mis labios se crispan, la ansiedad me invade al instante.
—No hay ninguna razón.
Se acerca un paso más a mí y un pequeño jadeo se agita en
mi garganta. Me muero por inclinarme hacia él. Me siento tan
atraída por él. ¿Cómo puede cuestionarlo?
—Tiene que haberlo.
Lo hay, pero ahora no es el momento de sacar el tema. No
cuando la tensión aumenta por momentos.
—Nunca te casarás conmigo, ¿verdad?
Su voz me aprieta el pulso. Me recuerda el día en que me alejé
de nosotros por primera vez, hace tantos años, en su casa. Cómo
me miró cuando tiró el vaso al otro lado de la habitación... cómo se
hizo añicos contra la pared... sabiendo que no iba a cambiar de
opinión. Se siente arruinado, otra vez, porque no ganará.
No digo nada. No es posible cuando aprieto los labios
luchando contra emociones que sé que él puede ver claramente. No
me atrevo a pronunciar las palabras.
Mis pulmones se esfuerzan por respirar, mi pecho tenso por
lo que parece una piel estirada.
Lo rodeo y atravieso las puertas francesas que dan al patio,
donde estábamos sentados antes. Recojo el vaso del que estaba
bebiendo, tiro el resto y lo vuelvo a llenar. Me quema la garganta.
Duele un poco, pero me gusta ese picor, siento que me lo merezco.
La madera cruje bajo los pasos de James. Instintivamente,
relleno su vaso y extiendo la mano a mi lado para dárselo a ciegas.
Lo toma y se pone a mi lado. Contemplamos juntos la lenta
estela de olas negras que rozan nuestro bungalow privado. Entre
nosotros quedan flotando palabras no dichas que espesan el aire
salado.
Apretando el vaso contra el centro de mi pecho, mi voz es llana
cuando digo:
—No necesitamos una etiqueta para hacerlo oficial, James.
Mira adónde te llevó tu matrimonio. Mira adónde llevó a mis padres.
Incluso mi abuela perdió a mi abuelo. Esperaron a que saliera de la
Academia Naval para casarse, solo para que falleciera unos años
después. Las únicas personas que conozco que se casaron,
incluyéndote a ti, y mira cómo terminó para ellos, para ti. Solo tengo
a Natalie y a ti en mi vida. No quiero arriesgarme a perderlos a
ustedes también. Eso es lo que siento por tener ese estúpido papel.
Son mi familia —añado, con la voz un poco quebrada.
James se lleva el vaso a la boca y bebe lo que equivale a tres
chupitos como si nada. Su garganta se sacude una vez. No lo está
llevando bien.
Me pasa el vaso y lo dejo junto al mío.
—Nunca tuve intención de casarme con Kathleen, y lo sabes.
Nunca la he amado como te amo a ti. Esto es diferente. Creí que lo
sabías.
Ojalá pudiera ceder, pero tal y como lo veo, nos estoy haciendo
un favor.
—No necesitamos un pedazo de papel para dictar nuestra
relación.
Capítulo 10
James se gira hacia mí.
Con los ojos iluminados por las tenues luces de la cubierta,
James toma mis manos entre las suyas y se las lleva a la boca. Me
besa el dorso de los nudillos y me frota el centro de la palma con el
pulgar. Las finas líneas que rodean sus ojos están tensas por la
preocupación. Me hace sentir como si esto fuera un problema para
él.
Me relamo los labios y trago saliva. Ruego a Dios que no sea
así. No creo que pueda soportarlo. De hecho, sé que no podré. Solo
de pensarlo se me hace un nudo en el estómago. No sobreviviré una
segunda vez. Apenas lo hice la primera vez.
Mi corazón da un vuelco y mis ojos se abren ampliamente por
la forma en que se hunde en mi estómago. Odio que solo me ocurra
cuando la ansiedad me consume como ahora. Es peor cuando mi
estómago y mi corazón se unen para producir un desagradable
ataque de pánico del que tengo que convencerme de que me calme.
Pero la forma en que me mira confirma mi miedo. Inhalo y
exhalo rápidamente, parpadeo con rapidez, intentando aliviar
mentalmente la opresión de mi pecho. Quizá estoy pensando
demasiado y me equivoco. James tira de mí para acercarme e,
instintivamente, intento apartarme de él. La idea que James me
deje me paraliza hasta el punto que me derrumbo por dentro. Me
casaría con él si fuera absolutamente necesario, pero espero de
verdad que no llegue a eso. Entonces viviría todos los días con el
temor de que algo me lo arrebatara.
Me tiemblan las rodillas. Estoy débil y a punto de desmayarme
cuando James me rodea la parte baja de la espalda con un brazo y
tira de mí para que me apoye contra él. El calor de su pecho me
calma la ansiedad y siento un sosiego en el alma que solo él es
capaz de darme. Acomoda su mejilla contra la mía y aprieta
nuestras manos contra su pecho. El vello de su barba es
extrañamente reconfortante. Me sostiene sabiendo que no puedo
aguantar ni un segundo más. Pero siento que siempre me está
sosteniendo. Es mi roca. Mi guerrero silencioso. No me pidió nada,
no esperaba nada. Ahora que lo hace, lo estoy rechazando.
Resoplo, disgustada porque estemos en desacuerdo y me
aprieto contra él. James me abraza con más fuerza y lo amo más
por eso, pero no puedo evitar temer que ahora también vaya a
dejarme. Es una sensación demasiado desgarradora como para
ignorarla, por mucho que me reprima.
—¿Puedes al menos considerarlo, cariño? —pregunta
James—. El matrimonio es algo que realmente quiero contigo. No
nos va a pasar nada. Solo vamos a mejorar. Te lo prometo. Si
piensas por un segundo que es arruinar lo que tenemos, podemos
divorciarnos y volver a salir. Pero por favor, lo único que te pido es
que pienses en casarte conmigo.
—Eso no lo sabes, James —le digo, con el corazón en la
garganta—. Significas demasiado para mí como para arriesgarme.
—Haría cualquier cosa por ti —responde, sus palabras como
cuchillos clavándose entre mis costillas.
La voz de James es una de las cosas que me atrajo de él.
Profunda y en el fondo de la garganta, sus palabras no pueden
confundirse con otra cosa que no sea validez. Hay algo en eso que
me atrae explícitamente. Toca todas las notas correctas de mi
cuerpo con solo hablar. Sus vibraciones destilan el viejo Nueva York
y eso aumenta con creces su ardiente factor.
Pero cuando está profundamente emocionado y básicamente
me pide que me case con él, es jodidamente salvaje para los oídos.
—Lo sabes, ¿verdad?
Asiento.
—Lo sé.
—Quizá estoy chapado a la antigua —continúa— pero quiero
saber que el resto de mis días están sellados con los tuyos. Eres mi
mundo, mi luz. Me das una razón para levantarme cada día. Que
seas mía para siempre es lo que más me importa.
Mi corazón late a mil por hora. Solo llevo una camiseta que
apenas me cubre el culo. Estoy completamente desnuda y James
solo lleva unos pantalones cortos.
Y estoy casi segura que James acaba de pedirme que me case
con él... de una forma indirecta.
Parpadeo de nuevo, sin saber qué decir. No quiero preguntarle
si me acaba de pedir que me case con él. No me voy a poner en esa
situación, pero tampoco estoy segura qué ha querido decir con eso.
—Si no funciona, entonces podemos decir que lo intentamos.
Podemos ser esa pareja que nunca aprende y sigue casándose.
Maldición. Lo hizo.
James se pone de espaldas a la pared y tira de mí para que
me apoye en él. Nuestras piernas están apretadas y una brisa fresca
me acaricia la parte posterior de los muslos. Me pongo de puntillas,
rodeo sus hombros con los brazos y escondo mi rostro en su cuello.
Atraigo a James hacia mí mientras un suave gemido se escapa de
mi garganta. Mis pezones se endurecen en respuesta y me
estremezco. Dios, me encanta lo que este hombre siente por mí. Si
el amor tuviera un sentimiento específico, sería éste. Este tipo de
estado de ánimo, esta atracción e innegable química, solo está
destinado a una persona. Solo para que una persona lo evoque de
otra. Mi otra mitad. James Riviera.
Su abrazo despierta en mí un deseo que extiende el calor por
todo mi cuerpo como un maldito maremoto. Mi camiseta se levanta,
dejando al descubierto mi carne desnuda. Su palma roza mi
redondeado culo. Me da un fuerte apretón en la base de la mejilla y
cierro los ojos. Pequeñas llamaradas recorren cada centímetro de
mi piel y mi cabeza cae hacia un lado. Noto que le pica la mano y
quiere subir más. Quiero que lo haga. James sabe que me encanta
cuando su lado dominante sale a jugar.
Su gruesa erección me aprieta el estómago. Es caliente y
larga, y sentir cómo su cuerpo se adapta perfectamente a mis
curvas me hace desearlo aún más. Ya he bromeado antes con él
diciendo que encajamos como dos piezas de puzzle, pero realmente
es así.
Sus manos recorren mis muslos con un tacto suave como una
pluma. Arqueo mi pecho contra el suyo y deslizo mi cabello por
encima del hombro mientras sus dientes encuentran mi tierna
carne. Nuestros cuerpos crean un roce sensual que se intensifica
con cada respiración. Ambos luchamos por algo en lo que creemos.
Los dos queremos darnos lo que deseamos.
Sus labios rozan mi oreja y mi pulso se acelera. Percibo un
leve aroma a coñac que me recuerda a un fuego crepitante. Mi piel
se enrojece de necesidad. Conoce mi cuerpo como la palma de su
mano.
Hay algo profundamente íntimo en estar a solas con James
bajo el cielo oscuro que amplifica la enormidad de la conversación
de esta noche. En la oscuridad, somos vulnerables. Sus manos me
dicen lo que tengo que sentir y su beso acalla mis miedos. Nuestros
deseos se exponen sin remordimientos pero se sacian con éxtasis.
Una brisa salada se desliza a nuestro lado y mi cabello se agita
a nuestro alrededor. Espero que hayamos terminado de hablar del
tema del matrimonio, ya que mañana nos vamos a casa. No quiero
irme a la cama discutiendo con él. No necesitamos terminar el viaje
con una nota negativa.
Necesito los labios de James sobre los míos para demostrarle
que no necesitamos un papel para afirmar lo que somos. Ya lo
hemos hecho. Sabemos lo que somos. Él es mío y yo soy suya.
Siempre. Fin de la historia.
Su barba espinosa me hace cosquillas cuando se acerca a
donde lo necesito. Me pega besos a lo largo de la mandíbula,
provocándome pequeños jadeos. Justo cuando busco su boca y mi
cuerpo se enrosca junto al suyo, noto su resistencia.
—James —susurro su nombre como si fuera una súplica y
abro los ojos. La forma en que me mira hace que se me forme un
nudo en la garganta y me quedo muda. Está a punto de decir algo
que no estoy preparada para oír.
—Cásate conmigo, cariño.
Capítulo 11
Mis labios se separan.
No tengo palabras. No parpadeo. No respiro.
James no solo me pide que me case con él esperando una
respuesta positiva a cambio; me lo pide como si fuera lo correcto.
Lo único que puedo hacer es mirarlo fijamente en silencio
mientras el corazón me late con fuerza en las costillas. No me
sorprende tanto que lo haga después de decirle lo que pienso del
matrimonio; persistencia es el otro segundo nombre de James. Me
sorprende más lo mucho que quiero estar de acuerdo con él.
La verdad es que sé que es lo correcto, pero no puedo hacerlo.
—Cásate conmigo, cariño —vuelve a decir James, aunque esta
vez no está tan seguro. Hay un tono desinflado en sus palabras que
me mata—. Di que sí.
Me abraza con fuerza y me inclino hacia él. Respiro hondo.
Quiero darle lo que quiere, pero tengo miedo. La pérdida sería
demasiado grande para soportarla.
Salir con el papá de mi mejor amiga es una cosa. Casarme con
él es otra. Casi pierdo a Natalie y a James por salir con él. Por
supuesto, fue a espaldas de Natalie y lo más alejado de una relación
normal. Aun así, Natalie tardó más de dos años en aceptar que
James y yo estuviéramos juntos. Me cuesta creer que aceptará el
matrimonio sin problemas.
Igual que no quiero arriesgarme a perder a James por un
estúpido trozo de papel, tampoco quiero perder a mi mejor amiga.
Ser su madrastra está fuera de lugar y no me parece correcto. Se
abriría una brecha entre nosotras.
Los brazos de James se aflojan y mi corazón empieza a
desfallecer cuando se aleja. Levanto la vista y veo las sombras que
se mueven por sus ojos mientras su cuerpo se endurece a la
defensiva contra el mío.
Me observa, esperando pacientemente una respuesta firme.
No se la doy. Ni siquiera puedo decirle que no.
—¿Cuál es la verdadera razón? —James no se molesta en
ocultar el dolor en su pregunta —. ¿Puedes al menos decirme eso?
Se me llenan los ojos de lágrimas y se me desencaja la
mandíbula. Ojalá nunca me hubiera pedido que me casara con él.
Sus brazos se desenredan completamente a mi alrededor. El
aire abandona mis pulmones lentamente mientras él me suelta. Mi
vida, todo lo que amo, de repente me parece que ha desaparecido.
James da un paso a un lado y pone un pequeño espacio entre
nosotros.
—James. —Jadeo, sin aliento, mientras el pánico se apodera
de mí.
Se me cae el estómago.
Voy a vomitar.
Lo estoy perdiendo.
Mis ojos buscan los suyos. Se queda callado y vuelve a
apartarse, alejándose de nosotros. Puedo sentirlo en mis huesos,
en lo más profundo de mi corazón, y me asusta lo que pueda venir
después. Lo que podría decir o, en última instancia, hacer. Eso no
es lo que quiero para nosotros, o que él experimente.
—James, por favor.
Me acerco a él y le pongo la mano en el antebrazo. Él espera,
mirándome expectante. Necesito que entienda... No sé lo que
necesito que entienda, aparte que lo amo y que necesito que no me
odie, que esto no tiene por qué ser un motivo de ruptura entre
nosotros.
—Sabes que eres todo para mí, ¿verdad? ¿Qué te amo? ¿Qué
nada debilitará lo que siento?
Hay una ligera caída en sus hombros. James no responde. No
se mueve. Se queda quieto, como si fuera un gran esfuerzo para mí
tocarlo y para él estar delante de mí. Creo que eso es lo que más me
cuesta soportar. La luz empieza a desaparecer de sus ojos. Espero,
escuchando el suave batir del océano contra nuestro bungalow, y
me pregunto cómo hemos llegado a este punto.
—¿Verdad? —digo, con la barbilla temblorosa—. Sabes que te
amo más que a la vida.
Suavemente, aparta su brazo para que deje de tocarlo. Su
cuerpo está parcialmente alejado de mí ahora, y eso solo lo hace
peor.
—¿James?
No sé lo que estoy pidiendo. Creo que él tampoco. Lo que
quiero es que vea que lo amo, que no vamos a ninguna parte y que
nada tiene que cambiar, pero no lo hace. No me mira a propósito y
no lo soporto. Su evasión podría significar muchas cosas.
Mi corazón se rompe a cada segundo. Pero el suyo también.
Creí que éramos más fuertes que esto.
Aunque tiene los ojos bajos, James me endereza la camiseta
para cubrirme el culo. Estamos solos aquí afuera. Nadie podría
vernos a menos que entraran en la cubierta de nuestro pabellón
privado. No tenía por qué cubrirme... ha decidido hacerlo.
Se me escapa una lágrima por el rabillo del ojo. Se aleja un
paso de mí como si estuviera listo para marcharse y yo jadeo. Siento
como si ahora hubiera cientos de kilómetros entre nosotros y no
unos pocos centímetros. Da otro paso y me tiemblan las rodillas.
No puedo con esto y necesito rectificar.
—Espera —le suplico, y James se detiene—. No me dejes, por
favor.
Por fin me mira y casi me derrumbo al suelo.
James está jodidamente destrozado. Peor que yo.
Absolutamente destripado.
Siento que se me hunde el pecho mientras me lo destrozan
con las dos manos desnudas. Me cuesta respirar mientras James
parece morirse por dentro.
¿Qué acabo de hacerle al hombre que no ha hecho más que
amarme por lo que soy? ¿Quién no ha intentado cambiarme sino
dejar que mis alas aleteen con el viento? ¿Quién ha intentado
hacerme sonreír cada día demostrándome cuánto se puede amar a
otro ser humano?
Lo he roto.
Quiero alcanzarlo, pero no puedo. Lo único que puedo hacer
es agarrarme del dobladillo de la camiseta y tirar de él como si me
sostuviera. No puedo pedirle nada, no después de rechazar en
silencio su propuesta.
Sus ojos, sin embargo. Veo cómo me mira. Gritan devastación.
James sacude sutilmente la cabeza, incrédulo. Da dos pasos
hacia mí y yo me acerco a él al mismo tiempo, necesitando sentir
su piel sobre la mía, esperando que me dé una señal de que vamos
a estar bien. Me toca la nuca y me pasa los dedos por el cabello. Me
inclino hacia él y lo abrazo. Aprieta los labios contra mi cabeza y
luego se tranquiliza.
—Al contrario de lo que piensas, no puedo dejarte. Ni aunque
quisiera.
Un suave gemido escapa de mis labios temblorosos, seguido
de otro más fuerte. Mi espalda vibra de emoción mientras mi
corazón se desgarra de par en par. Tiemblo en sus brazos mientras
él se siente firme como una roca. Pero sé que no está firme. Sé que
se está rompiendo por dentro, igual que yo. Somos dos gotas de
agua.
James me sujeta la mandíbula y levanta mi cabeza, haciendo
que mis ojos se encuentren con los suyos. Sus ojos azules como el
acero se mueven entre los míos. James me estudia. Frunce el ceño
como si intentara averiguar en qué se equivocó, por qué no hizo
bien sus cálculos.
Vuelve a sacudir la cabeza antes de soltar un suspiro de
rendición en mis labios.
—Ni aunque quisiera... —James me da un beso fuerte y brutal
en la boca. Lo rompe igual de rápido, dejándome sin aliento—.
Supongo que tendré que lidiar con eso.
James me suelta y da un paso atrás, se da la vuelta y entra
en nuestra habitación.
Supongo que tendré que lidiar con eso.
El viento se levanta y azota mis piernas desnudas,
cubriéndome de soledad. Los dedos de mis pies se enroscan en el
suelo de la cubierta y noto la presión del océano empujando los
tablones de madera que sostienen nuestra habitación. Como si
golpeara mi pecho y me llenara los pulmones.
Con una mano en el cuello, me dejo caer en la silla en la que
me senté antes.
Me convertí en aquello de lo que se divorció.
Se conforma conmigo aunque eso lo haga infeliz. Conformarse
había sido el quid de su anterior matrimonio, y la razón por la que
fue tan desgraciado. Por eso había sido miembro de Sanctuary
Cove. La única razón por la que nos conocimos y conectamos es
ahora la misma razón por la que estamos al borde de una ruptura
desordenada, porque esto no es solo una conversación sobre lo que
vamos a cenar. Es nuestro futuro unido por dos anillos y un trozo
de papel.
El miedo son dos manos presionando mi garganta. Me
aterroriza empujarlo hacia otra mujer, como hizo su ex esposa. Ella
no lo satisfacía sexualmente, y ahora yo no lo satisfago
emocionalmente.
Emocionalmente, sexualmente, conectando físicamente con
otra persona, estas son las tres necesidades básicas que una
persona con un corazón que late busca cada día. No puedes tener
una y no la otra. No funciona así, porque entonces siempre estarás
buscando lo que no tienes en otra persona.
Con James y conmigo no había búsqueda. Estábamos
satisfechos en todas las áreas de nuestra relación, hasta esta
noche.
Miro a mi lado, veo la botella de coñac que dejamos abierta y
la tomo por el cuello.
No me molesto en tomar una copa.
Subo la pierna, apoyo el codo en la rodilla y me llevo la botella
a los labios. Bebo un trago tras otro, hasta que me arde la garganta
y siento que podría echar llamas por la nariz. Bebo hasta que se
acaba el último resto de líquido ámbar que quedaba.
Tiro la botella de cristal vacía en la silla vacía de James y rezo
a Dios para que la historia no se repita.
Capítulo 12
Se siente como si alguien me dibujara ochos con una pluma
en el muslo.
Respiro agotada. Se me secan los ojos al despertar de un
sueño pesado. Intento lamerme los labios, pero aún no puedo
moverme.
La sensación de aire vuelve a hacerme cosquillas en el interior
del muslo. Sigo medio dormida intentando reconstruir dónde estoy.
Escucho los sonidos a mi alrededor. El gorjeo de un pájaro exótico,
el agua enroscándose en sí misma y el calor de la luz del sol que
entra en la habitación por una ventana que ha quedado abierta.
Todo vuelve a mí.
Aprieto los ojos, respiro hondo y me obligo a despertarme. Las
sábanas están frías y las muevo con las piernas intentando recordar
cuándo entré. Mi mente está totalmente en blanco. Una habitación
negra de nada. Lo último que recuerdo es que estaba sentada sola
en el exterior juraría que hasta que vi el amanecer asomar por el
horizonte.
Me relamo los labios y estiro la mano por encima de la cabeza,
arqueando la espalda, cuando noto una presión en la cadera. Miro
hacia abajo y descubro que James ha apoyado la cabeza en mi
estómago y que es él quien dibuja círculos en mi pierna. Su cuerpo
está perpendicular al mío. Veo cómo agita las pestañas y me doy
cuenta que aún no llevo bragas y tengo la rodilla doblada hacia
arriba. Nunca había rehuido a James. Incontables veces me he
despertado con su cabeza entre mis muslos o con él dentro de mí
diciendo que no podía esperar. Las mañanas eran mías para tenerlo
como quisiera, mientras que las noches eran suyas. Pero de repente
siento que estoy demasiado expuesta después de cómo dejamos las
cosas anoche y muevo las piernas hasta cerrarlas.
Es la primera vez que no me despierto en sus brazos.
No hicimos el amor al salir el sol.
No me ha dicho que soy suya para siempre, y yo no le he dicho
que es mío.
Y jodidamente lo odio.
Paso mis dedos por su cabello y recuerdo cuando me dijo que
quería dejárselo crecer un poco. Ahora es un poco más largo de lo
que lo tienen la mayoría de los hombres, pero no lo suficiente como
para hacerse un moño. No me gusta compartir lazos para el cabello.
—¿Cuándo entré? —pregunto, con la voz todavía llena de
sueño. Quiero levantarme para beber agua, pero apenas me atrevo
a moverme. Estoy demasiado cansada y creo que un poco deprimida
por lo de anoche.
—No lo hiciste. Te traje en brazos —dice James—. Te quedaste
dormida ahí afuera.
—Oh. —Frunzo el ceño.
James me rodea la cintura con un brazo y me abraza igual
que hace con las almohadas. Gira la cabeza para mirarme y vuelve
a apoyarla sobre mi estómago. Mi cuerpo se tensa, insegura de lo
que voy a ver.
Nuestros ojos se encuentran, y el arrepentimiento y la tristeza
brotan de los dos.
—Mi mente está un poco confusa. No recuerdo que me
trajeras.
—¿Cómo tienes la cabeza? ¿Tienes resaca?
Me lo pienso un segundo.
Llevo mi mano a su mandíbula, paso el dorso de mis nudillos
por su barba y luego por la curva dorada de su hombro hasta que
mis uñas rascan suavemente su espalda.
—Mi cabeza está bien —le digo—. La ventaja de un buen
alcohol... no hay resaca.
No sonríe. En lugar de eso, entrelaza sus dedos con los míos
y desliza nuestras manos unidas a mi lado. Hay una reserva
silenciosa flotando a su alrededor esta mañana. Conozco a James
lo suficiente como para saber cómo se siente, y ahora mismo se
siente solo y como si se estuviera asentando de nuevo. Lo sé porque
soy igual que él. Sangramos las mismas emociones, los mismos
sentimientos, el mismo humor, los mismos deseos sexuales. Somos
la otra mitad del otro. Lo que uno siente, el otro también. Y lo que
él siente me mata.
Está esperando. Siendo paciente. Observándome. El
amanecer proyecta un hermoso resplandor sobre sus ojos, creando
un azul pálido. Parpadean con claridad. Con la esperanza de que
haya cambiado de opinión.
Pero él sabe que no. Es demasiado perspicaz para eso.
—¿Cuál es la razón, Aubrey?
Trago grueso por el sonido de puro abatimiento en la voz de
James. Parece como si no hubiera dormido.
—Ya te lo he dicho.
Me mira fijamente. James no va a parar hasta que consiga la
respuesta que le estoy ocultando.
—La verdadera razón, cariño. Y no la excusa de mierda de qué
crees que un puto trozo de papel va a arruinar lo que tenemos. Me
merezco algo mejor que eso.
La crudeza de sus palabras es profunda, pero está justificada.
Nuestra conexión es más profunda que inventar algo tan frívolo.
Una razón como la mía es una broma para él, y probablemente
también para la mayoría. Para mí también habría sido una broma,
pero ¿quién iba a imaginar que así se sentiría el amor? Una vez
cruzada esta línea imaginaria del amor, no hay vuelta atrás. Cuanto
más lejos llegas, más te atrae. Volamos más allá de eso en nuestra
segunda cita como James y Valentina. Incluso cuando no
estábamos juntos, no se podía negar la fuerza que empujaba
nuestros corazones.
—No entiendo por qué crees que dos personas que están
locamente enamoradas no deberían dar el paso definitivo y casarse.
Me parece absurdo.
Sacudo la cabeza y desvío la mirada, deteniéndola en las
puertas francesas. Diga lo que diga, a James le dará igual. No
entiende por qué no necesitamos un papel para mantener fuerte
nuestro vínculo. No hay nada más fuerte que lo que ya tenemos.
Pero me avergüenzo, porque en cierto modo, en algún
recoveco cerrado de mi corazón, estoy de acuerdo con él, y eso no
es justo para ninguno de los dos.
Me duele y me pica la garganta mientras hablo:
—¿De verdad crees que Natalie estaría de acuerdo?
Siento el peso de su mirada sobre mí mientras contemplo el
agua ondulante a través de la ventana. El sol está fresco sobre el
agua justo antes de su apogeo. Es encantador y me aleja del
tormento que hay entre nosotros. No me atrevo a mirar a James
porque estoy tan desgarrada y alterada por dentro. Está jugando
con mis emociones.
Siento calor en la mejilla. Lo estoy evitando y siento que él lo
entiende. Una risita resuena por los rincones de nuestra íntima
habitación. Frunzo el ceño y miro hacia abajo. Sonríe incrédulo y
me mira con ojos estupefactos.
—Estás bromeando, ¿verdad?
—Hablo muy en serio.
Levanta la cabeza y apoya la barbilla en la palma de la mano.
—Tú y yo vivimos juntos. Cuando nos visita, se sienta en la
cama en la que tenemos sexo todos los días. ¿Crees que se opondría
a que nos casemos? —Los dos nos quedamos callados—. Dime que
mi hija no es la razón por la que no quieres casarte conmigo.
La humillación me invade. Mi razonamiento suena ahora
como una total estupidez y trastoca mis sentimientos. Me entristece
que en todos los días que llevamos juntos, ésta sea nuestra primera
pelea de verdad, y sea por el matrimonio.
—¿Olvidaste cómo reaccionó cuando salimos y cuánto tardó
en recapacitar? Ella va a ser diez veces peor sobre el matrimonio.
No voy a perder a mi mejor amiga por completo cuando no hay razón
si todo está bien como está, y lo está.
—No está bien como está —escupe James, y se levanta de la
cama para caminar de un lado a otro.
Mis ojos se abren ampliamente y el dolor me consume el
corazón. Bajo la voz y digo:
—Wow. No tenía ni idea que fueras tan desgraciado.
—¿Qué te hace pensar que ella reaccionaría igual? —me
desafía, levantando el brazo. Un borrón de colores entintados cruza
mi mirada. La frustración gotea de él cuando no digo nada—. No lo
sabes. Te da miedo dar el paso porque crees que tienes mala suerte
y que por eso te quitan todas las cosas buenas de la vida. ¿Adivina
qué? Tenías mala suerte antes de conocerme, y ya te arriesgaste
conmigo. Sí, nos salió el tiro por la culata porque no fue en
circunstancias normales, pero míranos ahora. Soy lo único bueno
que ha llegado hasta aquí contigo, porque estaba destinado a pasar,
maldita sea. —James hace una pausa, con los ojos desorbitados—
. No me voy a ninguna parte, cariño. Solo vamos a mejorar de aquí
en adelante. Solo deseo que abras los ojos para que no pierdas el
tiempo intentando luchar contra esto y disfrutes de lo que tenemos.
James es bueno. Su argumento me revienta. Maldito sea ese
demonio en mi hombro, esta tan jodidamente caliente mientras lo
hacía también.
—Lo digo en serio, James. No puedo hacerle eso. A nosotras.
¿De verdad crees que no le importará? Te equivocas, y no le haré
eso.
James vuelve a soltar esa risita sarcástica en voz baja
mientras se dirige al baño. Me pone de los nervios y me dan ganas
de perseguirlo, pero no lo hago. Ha hecho un buen alegato en
cuestión de segundos y ha aplastado de un soplo cualquier razón
que yo temiera que nos derrumbara.
James se detiene y apoya la mano en la pared antes de girarse
hacia la habitación y mirarme desde la esquina. Sus cejas se
inclinan la una hacia la otra como si estuviera luchando peor que
yo. Mi rostro tiene lágrimas cayendo por mis mejillas acaloradas.
Ojalá se acercara a mí y me las quitara con un beso. Ojalá me dijera
que encontraremos la forma de que esto funcione. Porque ahora
mismo no hay esperanza, y aunque ha dicho que no se va a ir a
ninguna parte, parece que ya se ha ido.
—Hipotéticamente, digamos que Natalie no tiene ningún
problema y podríamos casarnos mañana, ¿te casarías conmigo?
El silencio en la habitación es ensordecedor. Mi visión se
difumina aún más a medida que pasan los segundos. Veo cómo la
esperanza en los ojos de James se reduce a pena, y eso me mata.
Romper a un hombre me provoca algo que no puedo explicar. Mi
cerebro me dice que sea inteligente y siga las evidencias para
romper el ciclo, pero mi corazón me dice que sí. ¿Por qué me
pregunta siquiera? Por supuesto, diría que sí.
Pero no digo nada, y él tampoco.
Veo los dedos de James golpear la esquina de la pared. Aprieta
los labios, sus ojos se clavan en los míos y, con una firme
inclinación de cabeza, aparta la mirada.
—Bien —dice en voz baja—. Lo entiendo.
Capítulo 13
En los últimos dos días, las únicas veces que James me ha
hablado ha sido para pedirme una razón.
Dice que mis razones no son legítimas y que necesito una
mejor si quiero ganar mi caso.
Me lo pide antes que salga el sol, cuando acaba de
despertarse. Su voz grogui, espesa por el sueño y haciendo que mi
cuerpo cobre vida. La crudeza de su tono, propia de la edad y la
paciencia, me afecta, sobre todo cuando algo lo apasiona. Estas
últimas mañanas han sido una tortura para mí.
No me atreví a tenerlo a la mañana siguiente de llegar a casa.
Lo deseaba desesperadamente, pero me sentía mal. Me di la vuelta
dos veces para alcanzarlo y me detuve. ¿Cómo iba a tener lo que
quería con él si no le daba lo que él quiere conmigo?
Sabía que en cuanto lo tocara me abalanzaría, así que me
levanté rápidamente de la cama y me dirigí al baño.
Este es el mayor tiempo que hemos pasado el uno sin el otro
desde que volvimos a estar juntos, y ahora estamos en este extraño
estado de limbo. El sexo es algo con lo que conectamos y que nos
evade del mundo real. No es solo una necesidad tener sexo con
nuestra otra mitad, es parte de lo que somos y de lo que nos conecta
como pareja. Nos necesitamos física, mental y emocionalmente. No
tener cada parte me está chupando la vida.
Estoy en el baño limpiándome el rímel cuando James dobla la
esquina. Me quedo paralizada y me aprieto la toalla contra el pecho
mientras recorro su cuerpo con la mirada. Estoy en la flor de la vida
y quiero sexo a todas horas, no puedo dejar de mirarlo. Hay algo en
un zorro plateado con chándal negro que me hace preguntarme por
qué alguna vez amé el chándal gris en un hombre. El gris es para
los chicos a los que les gusta jugar con su pito y trenzarse el cabello
del pubis. El negro es para los hombres a los que les gusta tirarte
a la cama y follarte por detrás, mientras te sujetan el cabello y te
follan hasta el olvido.
Rezuma masculinidad mientras camina hacia mí con un
contoneo que me acelera el corazón. Termino de quitarme la
mancha de los ojos y dejo caer el algodón sobre la encimera.
Nuestras miradas no vacilan. No me giro para mirarlo, pero
contengo la respiración cuanto más se acerca a mí. Pongo las
manos sobre la encimera para sujetarme y James se coloca detrás
de mí como si el fin de semana pasado no hubiera pasado nada. Me
aparta el cabello mojado de un hombro, me da unos besos en el
cuello y me rodea la cintura con los dos brazos. El calor de su
cuerpo me aprieta la espalda y cierro los ojos. Me siento como en
casa entre sus brazos y no quiero irme nunca.
—Deja de resistirte a mí —me dice contra la garganta. Me da
un pequeño mordisco y luego me besa—. Entrégate a mí.
Mis labios se crispan. Es insistente.
—Sé mi esposa. Di que sí.
—Te he echado de menos, James —susurro, un poco
emocionada.
—Estoy aquí, cariño, para que me tengas y me abraces.
Me rio entre dientes y me inclino hacia él. Necesitaba ese
momento de humor. Su aliento me acaricia el cuello y me pone la
piel de gallina. Echo de menos la sensación de sus labios sobre los
míos y los necesito. Espero que él también los necesite.
Giro mi rostro hacia el suyo y acaricio su nuca. Rezo para que
no me rechace cuando nuestros ojos se cruzan.
Se eleva sobre mí, lo que no es fácil a mi altura. James me
mira fijamente mientras contengo la respiración, probándome para
que haga un movimiento. Sus ojos están sombreados por gruesas
pestañas negras que hacen que sea muy fácil perderse en ellos. Se
ríe cuando le digo que tiene ojos de dormitorio.
James se inclina hacia mí y pego un pequeño grito justo antes
que sus labios encuentren los míos. No se contiene y me alegro que
no lo haga. Necesito que rompa esta incomodidad entre nosotros
porque yo no soy lo bastante grande para hacerlo. A decir verdad,
tengo miedo.
James se zambulle entre mis labios. Casi se me doblan las
rodillas al sentir su lengua contra la mía. Gimo dentro de su boca
mientras le paso los dedos por el cabello y le doy un fuerte tirón.
Aprieto con la misma fuerza mis labios para demostrarle lo mucho
que lo amo. Nos devoramos mutuamente en un beso ardiente que
nos deja a los dos sin aliento cuando él lo rompe bruscamente.
James sacude la cabeza y frunce el ceño decepcionado.
—Cásate conmigo de una puta vez.
Cada vez que saca el tema, me duele más.
Desliza la mano por la abertura de mi toalla gris y desliza la
palma por el profundo contorno de mi cadera. Su tacto transmite
confianza y es algo que aprendí que me atraía cuando lo conocí.
James es un hombre que sabe lo que quiere y no tiene miedo de
demostrarlo.
Me doy la vuelta y aprieto mi pecho contra el suyo. James no
me deja respirar. Sus manos recorren mi cuerpo desnudo, aflojando
la toalla. Está avivando el deseo que solo siento por él hasta una
zona de no retorno. Estar sin James es como estar sin agua.
Me meto entre los dos y acaricio su polla. Mis dedos rodean
su erección y apoyo la frente en su hombro en busca de apoyo.
Clavo las uñas en su polla y él se sacude. Sus caderas se abalanzan
sobre mi mano y mis labios se entreabren con un suspiro de
necesidad no muy sorprendida. Está duro como el acero y eso me
excita sobremanera. El deseo me moja el coño y aprieto las piernas.
Empujo la cintura elástica sobre sus caderas cuando James
me arranca la toalla. Le agarro el culo y tiro de él hacia mí. Tiene
una redondez que me gusta. James me agarra el rostro y me levanta
un muslo. Dobla las rodillas para agacharse y acerca la punta de
su polla a mi abertura. Me penetra sin vacilar y se eleva hasta
alcanzar su altura máxima, obligándome a ponerme de puntillas.
Jadeo fuerte y aprieto los muslos, con los dedos de los pies
curvándose en respuesta. La presión, la opresión, el dolor y el
deseo, las sensaciones se apoderan de mis sentidos. Mi mente se
queda en blanco. Lo único que puedo hacer es concentrarme en
nosotros, en el momento y en lo que estamos haciendo.
Me separa más los muslos y se sumerge de nuevo para
penetrarme más profundamente, rozando mi clítoris cuando se
levanta. Mi cuerpo se estremece y apenas puedo mantenerme en
pie. Mi coño se relaja para él y gotea sobre su polla mientras palpito
a su alrededor. Se va a asegurar que no olvide quién está dentro de
mí.
El tipo de conexión que tenemos James y yo es irrepetible.
Me agarro al mostrador que tengo detrás. Ya estoy débil y se
me dobla el codo. James me apoya la palma de la mano en la
espalda y me agarra la nuca con la otra. Sale y vuelve a entrar como
si necesitara estar dentro de mí. Su pesado saco me golpea el culo
y suelta un gemido de lo más sexy.
Mis uñas se clavan en su piel. James está frenético, apretando
con más fuerza, y yo respondo como siempre. Me atrae hacia él y
suelta un profundo suspiro cuando entierra su rostro en mi cuello.
—Di que sí.
Cierro los ojos y me clavo los dientes en el labio inferior hasta
saborear la sangre. Quiero decir que sí. Y creo que él sabe que
quiero y por eso no deja de pedírmelo.
—Al menos dame una razón —me suplica—. Nadie te va a
amar más que yo. Puedo prometerte que te amaré más que a nadie
hasta mi último aliento.
No le doy una razón. Ni siquiera después de que me haga el
amor dulcemente durante las dos horas siguientes, compensando
lo que perdimos los últimos días.
Pero no me corro. Ni una sola vez. No puedo. Me estoy
privando porque me siento culpable por mi decisión.
Capítulo 14
—¡Será mejor que no te estés follando a mi papá!
Sonrío, me incorporo al oír la voz de Natalie y siento que me
invade una chispa de excitación. He echado de menos a mi mejor
amiga. Dijo que estaría aquí temprano al día siguiente de llegar a
casa, pero esas cosas pasan.
Natalie entra en la cocina con una bolsa de papel marrón y la
deja sobre la isla. Parece una botella de algún tipo. Mi mirada se
fija en su aspecto. Lleva unas sandalias boho con cordones de color
caramelo muy lindas que quizá tenga que pedirle prestadas.
Estamos a finales de verano aquí en la ciudad, así que sus
pantalones cortos rotos y su camiseta gráfica no van a mantenerla
caliente cuando las temperaturas bajen una vez que el sol se ponga
por completo. Pero siempre va a la moda.
Cierro la laptop. Me estaba tomando mi tiempo para atar
algunos cabos sueltos antes de la apertura de Retreat, pero puedo
terminar más tarde.
La verdad es que he estado evitando a James. Lleva todo el
día en su oficina y hasta la noche. No es característico de él y no
estoy segura de qué pensar al respecto. De hecho, no hemos
hablado desde que me hizo el amor esta mañana. Aunque su oficina
en el sótano tiene una cocina y un baño completos que me permiten
trabajar a su lado, me senté a propósito en la cocina de la planta
principal con la esperanza de vernos cuando subiera. A las cinco
podía contar con que vendría a prepararme un trago, y en eso había
basado mi plan. Ahora que son más de las seis y aún no ha
aparecido me demuestra que está enfadado.
Dejo a un lado mis pensamientos y salto de la silla para darle
un abrazo a Nat.
—Hola, chica. —Sonrío.
Natalie se pone una mano sobre el corazón.
—Oh, gracias a Dios. Pensaba que me iba a encontrar con un
festival sexual o algo así.
Me rio de su dramático sentido del humor.
—Estoy bastante segura de que lo último que él quiere hacer
es follarme ahora mismo.
Levanta una mano plana.
—T-Joder-M-I, Ram Jam. Estás hablando de mi papá.
Como si no lo supiera.
No es que alguna vez le hable de sexo con James. Eso es
demasiado... sí, no gracias.
Natalie continúa.
—Hablar de sexo con mi papá requiere alcohol. Menos mal
que siempre estoy preparada.
Mete la mano en su bolso marrón y saca una botella de Dom
Pérignon y otra de tequila Espolón. Me gusta su estilo.
—Pero, en serio, ¿qué ha pasado? ¿Está todo bien?
—¿Qué te hace pensar que algo va mal?
Me lanza una mirada divertida.
—No me insultes. Dime si tengo que matarlo. —Pasa el pulgar
por encima del hombro—. Porque ya sabes, chicas antes que pollas
y todo eso. Joder, es mi papá. Acaba de empezar a gustarme. Eres
mi paseo o mi muerte.
Suelto una serie de carcajadas y ella sonríe mientras
desenreda el alambre y luego quita el papel de aluminio de la botella
de champán. Amo a mi mejor amiga. Cuando Natalie se acalora por
algo, le sale un acento más fuerte. Me recuerda a una
puertorriqueña del Bronx. Ese acento no se puede reproducir.
Hago una mueca cuando Nat muerde el corcho de la botella
de champán para aflojarlo. Todo lo que veo es una hilera de dientes
blancos y cegadores por los que paga mucho dinero.
—Te vas a romper los dientes haciendo eso.
Se encoge de hombros.
—Me los compraré nuevos. De todas formas, las corridas
desgastan el esmalte.
Mis ojos se abren ampliamente y por un segundo soy lo
bastante crédula como para creerme su tono serio.
—Hola a ti también. —Me rio y ella sonríe de oreja a oreja.
Aunque me encantaría hablar de eso, no quiero hacerlo. Tiene
que ver con ella, y lo último que quiero es acabar peleándome
también con Natalie. Apenas he sido capaz de centrarme en mi
trabajo desde que todo se fue al garete con James. Si la vida
también se fuera al garete con Natalie, bueno, siempre queda el
fondo de una botella.
—¿Qué estás haciendo aquí? Pensé que vendrías mañana.
Su rostro se frunce como si la hubieran desairado.
—Es mañana.
¿Qué? Arqueo las cejas y se me levantan hasta la línea del
cabello. Sacudo la cabeza.
—Gracias a Dios que eres bonita —bromea, y yo me rio con
ella—. Ahora cuéntame qué ha pasado. Podía oler tus magdalenas
de compasión cuando entré por la puerta.
Supongo que he estado tan estresada por James y nuestro
futuro que me he confundido de día.
Mi sonrisa se desvanece.
—Prefiero no hablar de eso.
Unos ojos azules que parecen la parte más caliente de una
llama me fulminan con la mirada. Se la devuelvo. De todas formas,
no pensaba hablar con ella de esto. Sólo quería pasar el rato con
ella.
—¿Qué? No estoy de humor. Cuando esté lista, hablaremos.
Nos miramos como si tuviéramos siete años. Su mirada firme
podría hacer que un hombre adulto se acobardara, pero es mi mejor
amiga y la conozco igual que ella a mí. Esto es lo que hacemos. La
empujo a hablar y ella me devuelve el empujón. Normalmente,
ninguno de las dos tardaría mucho en ceder ante la otra, pero esta
vez no puedo abrirme, porque podría ser el fin de nuestra amistad.
Natalie se apoya una mano en la cadera y se hace a un lado,
esperando. Sus ojos siguen clavados en los míos y lucho por no
reírme mientras intenta que me abra. No tiene mucha paciencia. La
imito con una sonrisa y ella pone los ojos en blanco y niega con la
cabeza. Su brazo cae a un lado en señal de derrota. Esto ya lo
hemos hecho antes.
—Sí, así no es como trabajamos. Ahora vuelvo.
Natalie se da la vuelta, sus largos mechones platinados se han
teñido de rubio fresa este verano. Una vez intenté ser rubia. No un
tono dorado completo, solo quería unos tonos veraniegos de
atardecer para añadir a mi color castaño más oscuro.
La estilista me arruinó el cabello hasta el punto de que se
estaba derritiendo. Quería cortarle los neumáticos. Después de eso,
nunca volví a teñirme el cabello.
—¿A dónde vas? —le pregunto.
Se da la vuelta, caminando hacia atrás.
—James quiere hablar conmigo. Me llamó hace un par de
horas y me dijo que pasara por aquí. Le dije que ya venía a ver a mi
aspirante a madrastra favorita. Así que cuando acabe con él,
prepárate.
Un escalofrío recorre mi corazón. Una paranoia instantánea
me paraliza. Natalie bromea, pero no se da cuenta de lo cerca que
está de la verdad. Sacudo la cabeza.
Mientras baja las escaleras hacia el sótano, me pregunto
cuándo la habrá llamado James y por qué. No es que me importe
mucho, pero después de cómo han ido las cosas últimamente entre
nosotros...
Un grito exagerado resuena por toda la casa, seguido de mi
nombre.
—¡Aubrey!
Bajo las escaleras y mi ritmo cardíaco aumenta a cada paso
que me acerco a la oficina de James. Tengo las palmas de las manos
húmedas de nervios. No estoy segura de cómo va a reaccionar al
verme. Pero una cosa sí sé, me muero por verlo. Mi corazón le echa
de menos. Los dos estamos trabajando a sólo unos pasos el uno del
otro y, sin embargo, parece que hay kilómetros de distancia.
Al llegar al último escalón, el pulso me martillea en la nuca
mientras me pregunto con qué me voy a encontrar. Natalie está
apoyada en el marco de la puerta, con la cadera ladeada y los brazos
cruzados. Grandes aros de oro asoman por las aberturas de su
cabello. Gira la cabeza hacia mí y baja los brazos para erguirse.
Abre mucho los ojos y levanta la mano. Sus palabras salen
apresuradamente de su boca.
—¿Por qué está viendo esto? ¿Qué ha pasado con el pacto que
hicimos? Que te la estés follando a menudo no significa que puedas
olvidarte de nuestro trato.
Desconcertada, me giro hacia la habitación, evitando la
mirada de James y miro la televisión.
—¿En serio, James? —Me giro hacia él con los brazos
cruzados delante del pecho y enarco la ceja—. ¿El silencio de los
corderos? —Nat y yo habíamos hecho un trato para no volver a ver
esa maldita y espeluznante película nunca más. Todavía estoy
traumatizada por el John que llevaba una máscara de Hannibal
Lector y me pedía que le untara loción o me volvería a dar la polla.
James se echa hacia atrás en su sillón de cuero un poco
demasiado orgulloso. Aunque hoy no ha ido a la oficina, lleva una
camisa blanca abotonada con las mangas dobladas hasta los codos
y unos pantalones de vestir gris pizarra oscuro. Va descalzo y lleva
el cabello sin peinar.
Se me dilatan las fosas nasales. ¿Por qué siempre tiene que
tener un aspecto tan jodidamente delicioso? Hace que la puta que
hay en mí cobre vida y quiera abalanzarse sobre él. Como ahora
mismo. Con solo mirarlo por un momento, se me cae el corazón y
se me humedece el coño por él. Lo juro, cuanto más viejo se hace,
más caliente se pone.
No lleva una sonrisa de oreja a oreja, pero puedo sentir la que
se esconde bajo su barba de sal y pimienta amenazando con salir
de sus hábiles labios. Los ojos de James están fijos en los míos,
desafiándome. Tengo la sensación de que no va a parar hasta que
diga que sí, y hay una pequeña parte de mí que se alegra
secretamente por eso. No porque quiera engatusarlo, sino porque
tengo la esperanza de que algún día pueda decir que sí sin que la
ansiedad de perder a alguien nuble mi visión.
Mis miedos pueden parecerle irracionales a otra persona, pero
la abuela me enseñó a no juzgar a los demás hasta haber caminado
un kilómetro en sus zapatos. Al tenerla solo a ella para criarme,
aprendí a tener a mi familia cerca y a hacer lo necesario para
apreciarla. James y Natalie son mi familia independientemente de
un trozo de papel. El riesgo de perderlos es mayor que el riesgo de
casarme.
Capítulo 15
—Apágalo, James, o pagarás mi terapia y la de Aubrey —exige
Natalie.
James responde levantando un hombro. Sus labios se
crispan.
—¿Qué tiene de malo esta película? Algunos la consideran un
clásico.
—¿Para quién? —me burlo— ¿A los asesinos en serie?
¿Hombres a los que les gusta despellejar vivas a las mujeres y lucir
su carne como una prenda de moda? No lo creo.
Extiende las manos, con las palmas hacia arriba, y esta vez
sonríe porque no puede evitarlo. Mi corazón palpita y me pregunto
brevemente si siente lo mismo que yo.
—Sabes que no juzgo lo que ocurre a puerta cerrada, cariño.
Mi puerta siempre está abierta.
—No hagas que me arrepienta de haberte hablado de mis
Johns.
Natalie jadea y me guiña un ojo cuando la miro. Le había
dicho a James que me sinceré con Nat y le conté todo sobre mis
días de acompañante. Nunca podrá saber que fue su hija quien me
introdujo en ese estilo de vida. Lo mataría.
—¿Se lo contaste todo? —Natalie interviene— ¿Incluso a Ram
Jam?
Me encojo de hombros y sus ojos se abren aún más, luego me
vuelvo para mirar a James. No tenía nada que ocultar y él no me
juzgaba.
Apoyado en el codo, sus ojos brillan de placer.
—Los cuentos para dormir más memorables jamás contados.
Natalie finge una arcada como si le diera asco.
—Ambos tienen los putos preliminares más raros. Cristo
todopoderoso.
Mis mejillas se calientan con sus palabras. Lo que Natalie no
sabe es que cuando le conté a James lo de mis pruebas con Johns
y mis clientes, se dio la vuelta y recreó una fantasía sexual de cada
uno. Me pareció un gesto muy tierno. No lo necesitaba porque,
sinceramente, mi pasado no me molesta, pero James había
insistido en que quería esto conmigo porque lo que había planeado
tenía que experimentarlo.
Le dije que me parecía un buen trato. Sería estúpida si dijera
que no a un revolcón de pasión y éxtasis sublime garantizado.
Y tenía razón. Fue el MEJOR. SEXO. DE. TODOS.
James había convertido Ram Jam en un maratón de lamidas
con mi coño. Mis muslos tiemblan ligeramente al recordar a James
dominando cada nervio de mi cuerpo con la caricia de su lengua.
Cada orgasmo que tuve aquella noche fue más impresionante que
el anterior. Perdí la cuenta del tiempo que había pasado con su
rostro apretado en lo más profundo de mis entrañas.
Cada encuentro que tenía con un John, James lo recreaba
todo, haciendo suyos esos momentos.
Y había dejado lo mejor para el final.
James no ve El silencio de los corderos para burlarse de mí,
sino para recordarme... a él, a nosotros... lo que tenemos juntos.
James había alquilado una cabaña de madera en Washington
en nuestro primer invierno juntos como pareja. Pero no era una
cabaña cualquiera. Esta cabaña estaba pensada para gente con un
gusto adquirido por las cosas oscuras. Enclavada en lo más
profundo del bosque, con enormes árboles rodeando la propiedad,
no había nada más que follaje en kilómetros a la redonda para oír
mis jadeos y mis gritos.
James me había atado y suspendido en el aire por un anillo
en el centro de la habitación principal. Dos hileras de cuerda
estaban enlazadas entre sí, una me rodeaba la cintura, la otra entre
las piernas con un nudo presionando justo debajo de mi clítoris.
Mis piernas estaban atadas por separado con cuerda hasta los
tobillos. Estaba completamente a su merced. Hay algo tan ilícito en
eso que me atrae incluso ahora.
Me había acariciado y bombeado el coño con los dedos, sin
parar hasta conseguir mi total sumisión. Una vez conseguida, me
tapó los ojos con una venda de satén rojo sangre, dejándome en
completa oscuridad. A continuación, James me roció la piel con un
aceite que se calentaba con el tacto, a diferencia de la fría loción
que había usado con el John de la prueba. James había frotado y
amasado mi piel sensible en todos los lugares adecuados. La cuerda
se movió por su profundo masaje, haciendo que el contorno estriado
empujara de nuevo contra mi tierno clítoris.
La lujuria entre nosotros se había intensificado y el aroma de
mi sexo llenaba la habitación. A continuación, James me azotó con
un flogger de plumas. Me azotó el coño hasta que goteé de placer
en su boca, luego pasó su lengua por mis pliegues vaginales,
devorándome hasta que no pude concentrarme en nada más que
en la intensa gratificación que fluía por mis venas. Grité de placer
cuando me corrí en su boca.
Después, James me bajó al suelo y me levantó las caderas
para que me pusiera de rodillas, y me penetró el coño por detrás.
Despiadado. Salvaje. Él...
—Tierra a Aubrey.
Mis ojos parpadean hacia Natalie. Nunca es de las que se
guardan lo que sienten, lleva su expresión y le importa una mierda.
Una de las comisuras de su boca se tuerce mientras sus ojos
buscan los míos. Quiero reírme, pero no lo hago. En lugar de eso,
parpadeo, preguntándome cuánto tiempo llevo aquí perdida en mis
pensamientos y sentimientos.
Miro al amor de mi vida. Me duele el pecho de culpa. James
quiere casarse conmigo, pero no quiero arruinar lo que tenemos.
Conocí a James porque buscaba algo que su esposa no le
daba, y lo encontró en mí.
¿Buscaría él lo que yo no estoy dispuesta a darle en otra
persona?
Capítulo 16
—Aubrey. —Natalie atrae mi atención de nuevo.
—¿Sí? Oh, estaba pensando en algo que olvidé que tenía que
presentar para Retreat esta noche.
Veo a James fruncir el ceño por el rabillo del ojo. Sabe que no
tengo que presentar nada porque ha actuado como mi abogado y
ha revisado todos los documentos.
Sabe que estoy mintiendo.
Siento calor bajo las mejillas y se me eriza la piel de ansiedad.
Mi mirada se desplaza entre los dos.
—Me voy. —Paso el pulgar torpemente por encima del
hombro—. Nos vemos dentro de un rato, Nat.
Me doy la vuelta y salgo antes de que pueda responder,
subiendo dos escaleras a la vez hasta el primer piso. El corazón se
me acelera, los nervios me hormiguean en los dedos. Un millón de
pensamientos pasan por mi cabeza, pero el más fuerte de ellos es
qué diablos estoy haciendo.
La mirada constante en los ojos de James, como si le hubiera
defraudado, nos mata a los dos.
Agarro el jersey de James del respaldo del sofá y busco la
botella de Espolòn. En un último pensamiento, rebusco en el bolso
de Nat y encuentro lo que busco. Sé que no le importará. Demonios,
se unirá a mí cuando acabe con James. Me guardo el porro y el
encendedor y subo las escaleras hasta el segundo piso, donde está
nuestro dormitorio. Paso por delante de nuestra habitación y
avanzo por el pasillo hasta una puerta cerrada con pestillo. Encima
de nuestra habitación hay un balcón privado, y hacia allí me dirijo.
Desbloqueo la puerta y subo un último tramo de escaleras
hasta nuestro pequeño patio tropical con vistas a la ciudad.
Apoyando el culo en una de las exuberantes tumbonas, inspiro y
exhalo. Es una de esas noches.
Descorcho el líquido transparente y le doy un buen trago.
Siento un sutil ardor y se me eriza el vello de los brazos. Hacía tanto
tiempo que no bebía esto que he olvidado a qué sabe. Suelo beber
el coñac de James. Aguanto el ardor durante una hora más o
menos, hasta que Natalie me encuentra.
—¿Hola? Estoy buscando a la miserable Mattie —dice desde
atrás mío. Es tan sarcástica.
Suelto una risita hacia el cielo despejado. Estoy mucho más
relajada después de haberme bebido un cuarto de la botella. Le
sonrío perezosamente. Me observa con humor y se sienta a mi lado
en la tumbona.
—Ni siquiera un trago... Estoy muy orgullosa de ti. —Se lleva
la mano al corazón en señal de orgullo—. Has llegado tan lejos.
Me rio y le hago un gesto con el dedo corazón. Cuando nos
conocimos en el primer año de universidad, Natalie me echaba la
bronca por beber tragos como yo. Tenía que bebérmelos a sorbos y
siempre me acompañaba con una bebida afrutada.
—Ahora sé cómo abrirme el agujero de la garganta —le digo,
recordándole su antiguo consejo. ¿Quién demonios dice agujero de
la garganta?
Natalie sonríe de oreja a oreja.
—Veo que tú también has dejado las bebidas de zorra. —Ella
se ríe y sacude la cabeza, luego su expresión se vuelve seria—. Si
vamos a hablar de sexo cuando sé que te follas a mi papá
habitualmente, entonces tengo que ponerme a tu altura. —Extiende
la mano y me hace señas con los dedos—. Pásame la maldita
botella.
En lugar de eso, meto la mano en el bolsillo, saco el porro y el
encendedor y se los doy. Hacía tiempo que no fumábamos.
—Qué bien. —Se ilumina... tanto su cara como el porro... y le
da una calada.
—No vamos a hablar de sexo —le digo—. No quiero hablar de
tu papá.
—Estupendo. Porque me iba a ir a casa a blanquearme las
orejas si ese era el caso. Prefiero emborracharme hasta las cejas
con mi mejor amiga la noche antes de irme a Italia.
Me quedo boquiabierta y giro la cabeza para mirarla. Casi me
rio de su comentario. Una vez habíamos buscado en Internet una
respuesta por qué sólo podíamos recordar algunas partes de una
noche de borrachera, pero no toda. Por lo visto, se llama “brown
out”, y nos pareció histérico. Pero estoy tan absorta en sus planes
de viaje que no me rio y escucho atentamente.
—¿Te vas a Italia mañana? ¿Cuánto tiempo?
Natalie se encoge de hombros y exhala una densa nube de
humo. Me da el canuto blanco.
—Me voy dentro de tres días. No tengo fecha de regreso. He
pensado en ver adónde me lleva el viaje y partir de ahí. Italia es
conocida por tener la mejor comida y los mejores amantes del
mundo. ¿Por qué no iba a ir allí?
Sonrío para mis adentros.
—De tal palo, tal astilla. —Yo misma doy una profunda calada
y observo la nube blanca de humo que aparece frente a mí—.
Entonces, ¿tú también me dejas?
—No te pongas dramática. Y antes de seguir hablando de las
Crónicas de Natalia y de cuál es su siguiente fase en la vida, quiero
saber qué ha pasado. Esta no eres tú. De hecho, no te he visto así
desde que falleció la abuela. Lo sé, es despiadado de mi parte
comparar, pero te ves como si alguien hubiera muerto. Ahora dime
qué diablos te pasa.
Trago con fuerza mientras las lágrimas me suben por el fondo
de los ojos. No la miro, no puedo. Sé que si lo hago, se me saltarán
las lágrimas. Teniendo en cuenta la cantidad de rímel que me pongo
a diario, doy miedo cuando lloro. Natalie lleva tiempo intentando
que me ponga extensiones de pestañas. Jura por ellas y dice que
nunca volveré a llevar máscara de pestañas. Ahora desearía
haberlas probado.
Parpadeo un par de veces para contener las emociones, le doy
otra calada y le devuelvo el porro.
No seas una zorrita. No seas una zorrita. No seas una zorrita.
Me doy ánimos a mí misma.
—¿Qué tiempo hace ahora en Italia? —pregunto.
—Oh, ¿vamos a jugar así? Genial. Tómate un trago y te
contesto. Teta por teta. Te emborracharé y te haré confesar.
Mis labios se crispan ante el sarcasmo de su voz. Hago lo que
me dice, y ella también. Uno por uno. Supongo que realmente tiene
la misión de emborracharse conmigo. El tequila lo arregla todo.
Natalie no contesta a mi pregunta, y se lo agradezco. Se queda
conmigo hasta que nos fumamos el resto del porro y bebemos unos
sorbos más cada una. Escuchamos hip hop neoyorquino de la vieja
escuela mientras observamos cómo se oscurece el cielo. Mi mejor
amiga sabe que algo va mal y se sienta conmigo, ofreciéndome su
apoyo silencioso. Aunque no hablo con ella en una hora, sé que ya
debe de estar colocada. Yo estoy borracha y colocada, y ella
igualada y atrapada, y sin embargo parece normal.
A continuación suena “Whatta Man” por el altavoz y me hace
pensar en James. Escucho la letra y sonrío, me invade la euforia de
este momento. Siento un cosquilleo en el corazón. Tengo un buen
hombre y arriesgo estúpidamente su amor. Cada hueso de mi
cuerpo me dice que le dé lo que quiere porque eso es lo que él haría
por mí.
—Esta debe ser la canción de mi viejo, a juzgar por la cara de
cursi que tienes —bromea Natalie.
Giro la cabeza para mirarla. Oh, sí, he dado en el clavo. Tiene
los ojos brillantes y solo veo sus pupilas. Está tan jodida como yo,
lo que me hace soltar una carcajada.
—Estaba pensando que en realidad lo era. —Hago una pausa
y suelto un suspiro molesto—. Whatta maldito hombre tiene razón.
Ella no se inmuta. Natalie simplemente me estudia con
suavidad. Está esperando y, si la conozco, esperará toda la noche a
que hablemos. Puede que incluso atrase su viaje si no empiezo a
mover los labios pronto.
Trago saliva y se lo explico en voz baja.
—Cuando dijiste que parecía que alguien había muerto, es
como me siento. —Se me saltan las lágrimas solo de pensar en
sincerarme con ella, pero necesito hacerlo. La opresión de mi pecho
sólo puede estirarse hasta que explote. Necesito hablar para
desahogarme, y pronto.
Se me acelera el corazón al pensar en decirle la verdad. Me
siento y me inclino, apoyando los codos en las rodillas y mirando al
suelo. Siento un hormigueo en los dedos, como si estuvieran
entumecidos. Me sacudo las manos y me pongo en pie, sintiendo de
repente mucho calor. Paseo los pies descalzos por el balcón y miro
las luces parpadeantes de la oficina, que dan un aire optimista a la
jungla de cemento.
—No voy a ir a ninguna parte, así que será mejor que abras
esos bonitos labios y empieces a hablar. Tengo todo el tiempo del
mundo, además esta es la casa de mi papá y nunca me echaría.
Exhalo un fuerte y dramático suspiro, apoyo las manos en las
caderas y la miro fijamente. Natalie me devuelve la mirada,
desafiándome como debe hacerlo una mejor amiga. A pesar del aire
fresco, el licor me enciende las venas y los nervios no ayudan.
Parpadeo un par de veces y lo suelto todo antes de que pueda
contenerme.
—Estoy muy nerviosa por decírtelo. No quiero pelearme
contigo, y Dios mío, tengo estrés postraumático solo de pensarlo. Ni
siquiera iba a hablarte de esto, pero la tensión nos está comiendo a
los dos y cada vez es peor, y eso es lo último que quiero. No quiero
pelearme con él y perderlos a los dos al mismo tiempo, y siento que
eso es lo que va a pasar. —Mi pecho sube y baja rápidamente, la
presión del momento me provoca agudos dolores alrededor del
corazón—. Lo último que quiero es poner en peligro nuestra
amistad porque significas el mundo para mí, Nat. Ya hemos pasado
por eso y, sinceramente, es lo último por lo que quiero volver a pasar
contigo.
Todo sale como si me hubiera tomado diez tragos de espresso.
Me estoy volviendo loca y me pitan los oídos. Pero Natalie sonríe
como si yo fuera su entretenimiento de la noche.
Me relamo los labios y sigo adelante, aunque siento que voy a
llorar. Es ahora o nunca. A veces los nervios me hacen derramar
lágrimas. Lágrimas de rabia, lágrimas de felicidad, lágrimas de
estrés postraumático. Gimo para mis adentros, preguntándome
cuándo me he vuelto tan sensible. Levanto los ojos hacia el cielo de
medianoche y exhalo, intentando disipar la emoción y ordenar los
millones de pensamientos que me pasan por la cabeza.
—¿Cómo diablos me he metido en esta situación?
—Porque te follaste al papá de tu mejor amiga. Obvio —
responde Natalie, y yo me rio ante su oscuro sarcasmo.
Miro hacia abajo y me sonríe desde la tumbona. Se le da bien
aligerar la situación, lo que hace que me sienta un poco más
cómoda compartiendo. Cómoda, es la palabra clave.
—Te culpo a ti —bromeo—. Si no me hubieras ofrecido
convertirme en una fulana millonaria, esto no habría pasado, y no
estaría teniendo un ataque de pánico. Me está matando el subidón.
—¿Te arrepientes?
—Bueno, no.
De verdad que no me arrepentía de ser una acompañante de
lujo y de las cosas que hacía por dinero.
—Entonces no puedes culparme de una mierda. —Se ríe—.
Tienes lo que querías. —Natalie estira sus brazos delgados—. De
nada.
No sé por qué, pero me hace soltar lo que me ha estado
estresando sin cesar durante días.
—James quiere casarse.
Espero a que la aversión aparezca en sus ojos, pero Natalie no
reacciona como yo espero. Es todo lo contrario, así que repito sólo
para asegurarme de que me ha oído.
—James quiere casarse, con anillos y todo. Incluso ha
preguntado por los niños.
Sigue sonriendo, y es parecida a la que me dedica James
cuando encuentra adorables mis momentos maníacos.
—¿Qué les pasa a ti y a tu padre con esa estúpida sonrisa a
juego en la cara? Te digo que tu papá quiere casarse conmigo, tu
maldita mejor amiga, que quiere hacer de mí una mujer honesta,
¿y tú te quedas ahí sentada y sonríes?
Ella se ríe a carcajadas y eso me cambia totalmente el humor,
en el buen sentido.
—Te voy a dar un puñetazo —la amenazo.
Natalie se ríe a carcajadas.
—Eres tan tonta.
—¿Puedes explicarte mejor antes de que me dé un puto
infarto?
Capítulo 17
Natalie aparta las piernas de la tumbona y se sienta.
Me hace un gesto para que tome asiento. Dudo y respiro
hondo antes de sentarme frente a ella. Se inclina hacia mí y se
asegura de mirarme a los ojos. Hago rodar el labio entre los dientes
y me lo muerdo, insegura de cómo acabará esta noche.
—¿De verdad te preocupaba decirme que mi papá quiere
casarse contigo? —me pregunta, y luego suelta una carcajada—.
Bien, ahora que lo digo en voz alta, supongo que entiendo de dónde
vienes.
Asiento.
—Me ha devuelto al pasado...
—No. Calla. No vamos a ir allí...
—Lo sé, pero no quiero hacer nada que nos arruine, ¿sabes?
Eso fue horrible, Nat, y haría cualquier cosa para evitar que vuelva
a ocurrir.
Me ofrece una dulce sonrisa.
—Me alegra saber que te va eso de las chicas antes que las
pollas, pero esto es diferente. Escucha, aquel día en el restaurante,
cuando les di mi bendición, no fue con condiciones. Eso no habría
sido justo de mi parte. De hecho, sería un poco jodido. ¿Soy yo la
razón por la que no quieres casarte con él?
Mis cejas caen.
—¿Cómo sabes que no me casaré con él?
Natalie me mira divertida.
—¿Por qué crees que estoy aquí? Papi llamó por su princesa.
Gracias por quitarme el sitio, zorra.
Cierro los ojos y me estremezco.
—Por favor, no le llames papi.
—No. No quiero saberlo. —Se tapa los oídos cuando me doy
cuenta de lo que quiero decir.
Nos reímos un rato hasta que me tranquilizo y digo:
—¿Te ha llamado para contártelo?
—Sí. Fue muy bonito. Estaba tan nervioso como tú por hablar
de eso. Cuando me dijo que te había pedido que te casaras con él...
no una, sino tres veces... y que tú habías dicho que no todas las
veces, me quedé boquiabierta. No puedo creer que dijeras que no.
Mis ojos se abren ampliamente. Me van a salir arrugas de
tanto levantar y bajar las cejas.
—¿Él te dijo eso?
—Oh sí, cuando mi papá está motivado por algo, no hay
piedra que no revuelva para encontrar un resultado positivo. No
tiene vergüenza cuando se trata de algo que ama. No se le puede
reprochar nada. Es admirable.
Mis hombros se encogen, la culpa empieza a instalarse en mis
huesos.
—Es muy tierno por su parte.
—Créeme, cuando me pidió que viniera porque tenía algo que
quería contarme, eso era lo último que esperaba. Pero no me enfadé,
y desde luego no rechacé la idea de que se casaran. Sinceramente,
estaba realmente extasiada hasta que me enteré de que habías
dicho que no. ¿Qué demonios te pasa?
No está enfadada, sino más bien frustrada porque he
rechazado su proposición. Me hace sentir un torrente de emociones
por contenerme y, sobre todo, por hacer que James sufra en
silencio. Natalie claramente no tiene ningún problema y no estoy
segura de cómo responder a eso.
—Pero no eres solo tú. —Inclino la cabeza para exhalar hacia
el cielo—. Siento que tenemos algo bueno entre nosotros. ¿Por qué
poner un trozo de papel entre nosotros y arruinarlo? Básicamente,
ya estamos casados. ¿Por qué tenemos que cambiar algo? Creo que
eso es buscarse problemas. ¿Sabes lo que dicen de no despertar a
un bebé dormido?
—No, odio a los niños, pero sigue para que pueda escuchar
esta tontería.
Natalie no está convencida. Puedo verlo en la forma en que me
mira. Estoy buscando respuestas por todos los rincones de la tierra,
cuando ella y yo sabemos en el fondo que el único lugar donde las
encontraré es en mí.
Suspiro para mis adentros.
—Sólo significa que no arruines algo bueno.
—En primer lugar, mi papá es abogado. Le encanta vivir
según la ley. Para él, casarse es hacerlo oficial. Hacerlo oficial lo
divierte. Es básicamente algo que nadie puede quitarle a él o a ti.
Es algo que sólo ustedes dos pueden tener. ¿Qué te hace pensar
que los arruinará? ¿Y si los une aún más?
Miro fijamente a Natalie, preguntándome de dónde ha salido
su lado romántico. Suele estar tan alejada de la idea del matrimonio
y el compromiso y, sin embargo, aquí está dando un consejo
bastante bueno. Seguro que lee las novelas románticas que dejé en
su apartamento. Apuesto a que quiere una valla blanca y dos hijos
y medio. Tal vez incluso un perro, ya que odia a los gatos.
—Tengo miedo, Nat. He perdido tantas cosas buenas en mi
vida. Mis padres, la abuela. Casi los pierdo a ti y a él. Ustedes son
todo lo que me queda. De la misma forma que James movería
montañas para conseguir lo que quiere, yo lo haría para evitar que
pasara algo malo.
—No casi me pierdes. Estábamos en un mini descanso. —El
arrepentimiento suaviza sus palabras.
En momentos como éste, cuando todo parece imposible de
tener, amo aún más a mi mejor amiga por recordarme que la
esperanza no está perdida. Nuestro vínculo es fuerte, pero eso no
significa que seamos inquebrantables. La mierda pasa y todo
depende de cómo reaccionemos ante ella. Hemos vivido y hemos
aprendido. Desde el primer día hemos estado ahí resolviendo
nuestros problemas como equipo, igual que ahora.
—No perdiste a esa gente por tu culpa. Tus padres, tu
abuela... fueron situaciones desafortunadas, pero no son culpa
tuya. Lo sabes, ¿verdad?
Mis ojos caen al suelo y suelto un suspiro derrotado. Sé que
no causé personalmente sus muertes, pero abandonaron mi mundo
en un abrir y cerrar de ojos por un cambio de acontecimientos de
una fracción de segundo.
—¿Por qué iba a arriesgarme mañana cuando sé cuál será el
resultado? Ahora mismo nos va bien. ¿Por qué no puede seguir así?
Ahora hay una llamarada en sus ojos. Natalie me recuerda a
James cuando está seguro de que va a ganar una discusión.
Mierda.
—¿Puedo preguntarte algo? —El tono de su voz se apodera de
mi corazón. Vacilante, levanto la mirada hacia ella—. ¿Quieres
casarte con él? Dime la verdad.
No tengo que pensar en su pregunta, ya sé mi respuesta. El
órgano que late detrás de mis costillas casi las atraviesa. ¿Casarme
con el amor de mi vida? La idea de caminar hacia el altar para
casarme con James es una emoción sin igual. Me da vértigo pensar
en él como esposo, pero eso no significa que deba hacerlo. Nadie se
come el pastel sin consecuencias.
—Por supuesto, quiero casarme con él. Amo tanto a ese
hombre. Quería casarme con él ayer, pero ya sabes lo que me
detiene ahora.
Natalie sonríe de oreja a oreja como una tonta. Admitir que
amo a su papá no me asusta; ella misma puede ver la prueba
cuando él y yo nos miramos. Decirle que me quiero casar con él es
una emoción totalmente distinta que me asfixia. Destrozar su
corazón no está en mi lista de cosas por hacer, como tampoco lo
está perder a mi mejor amiga.
Se me llenan los ojos de lágrimas y trago saliva antes de
decirle lo que he estado pensando desde la primera vez que James
mencionó el matrimonio.
—Tengo miedo, Nat. —El corazón se me acelera de ansiedad y
se me hacen nudos en el estómago. La verdad siempre es difícil de
admitir—. Tengo miedo a la pérdida. Todos los que han significado
algo para mí han muerto.
Parpadeo y miro fijamente, pensando en James vestido con
un esmoquin de diseño de pie junto al oficiante con Natalie
enfrente. Me gustaría que nuestra boda fuera pequeña e íntima, que
sólo se tratara de nuestro amor y de las personas que más significan
para nosotros. Mi instinto me dice que me arriesgue, pero mi
corazón tiene manchas que me frenan. Su rostro vuelve a pasar por
mi mente, y esta vez no sólo veo su desolación, sino que la siento.
—Sabes que está tan locamente enamorado de ti que haría
cualquier cosa por estar contigo, ¿verdad? —Hace una pausa y, por
primera vez desde que la conozco, parece reacia a continuar—.
Nunca lo vi mirar a mi mamá como te mira a ti. —Baja la voz—.
Siempre pensé que estaban enamorados. Reían, sonreían, se
besaban, el cariño habitual que se tienen todos los matrimonios y
padres. Pero a medida que me hago mayor, me doy cuenta de que
no se amaban en el mismo grado que ustedes. No en el sentido en
que mi papá te ama, eso seguro. Las sonrisas son reales, los besos
no son forzados y las risas son genuinas. Es un amor que cala hasta
los huesos. —Entrecierra los ojos mientras piensa en sus siguientes
palabras—. ¿No es curioso cómo funcionan las cosas? Crees que
conoces el amor hasta que llega alguien y cambia por completo tu
percepción de la palabra, haciéndote reexaminar todos los aspectos
de tu vida. —Hace una pausa y continúa, más para sí misma que
para mí—. Te toma por sorpresa y te hace preguntarte por qué es
así, qué se perdió o qué nunca estuvo ahí.
James quiere casarse con alguien a quien ame más que a la
vida, y quiere eso conmigo.
Aprieto los ojos ante la veracidad de mis pensamientos. Me
enorgullece que quiera que sea su esposa.
Abro los ojos y miro a Natalie. Creo que se está dando cuenta
de lo sincera que es su confesión, que es como yo la veo. Hace falta
fuerza para que se deje llevar y admita que su padre me ama como
no amaba a su madre. Son sus padres, y apuesto a que eso le ha
hecho cuestionarse cosas que aún no me ha contado.
Natalie continúa, aunque su tono es suave. Simpático.
—Si yo era una razón por la que te estabas conteniendo para
no casarte con él, y ya hemos confirmado que tú no causaste la
pérdida de tu familia, ¿qué está pasando realmente?
Las dos nos quedamos callados un momento, hasta que
desvío la mirada avergonzada. Tengo un gran hombre que quiere
hacerme su esposa, quiere darme el mundo, y le he dicho que no.
—Yo. Supongo que sólo soy yo. —Dejo escapar un dramático
suspiro por mi estupidez—. Soy más tonta que una caja de piedras.
Me ofrece una sonrisa sombría que me aprieta el corazón. La
melancolía no la complementa.
—Sí. Esto no es una relación normal, así que no hay manual
de referencia. Mira cómo lo has conocido hasta ahora. A veces las
cosas raras, como casarte con tu John que también es el papá de
tu mejor amiga, están destinadas a pasar.
La miro y las dos nos echamos a reír.
—Sí, quizá en algún universo alternativo.
—Yolo —dice rápidamente. Natalie toma la botella de tequila,
le da un trago y me la entrega—. Salud por convertirte en la Señora
Aubrey Riviera. Nunca te llamaré mami, así que no te hagas
ilusiones.
El trago no llega. Se atasca en mi garganta y me ahogo. Señora
Aubrey Riviera. Mis ojos se abren ampliamente mientras el puto
tequila se derrama por mi boca y mi nariz. Cae al suelo con un ruido
seco. Alargo la mano y Natalie toma la botella y se pone a mi lado.
—Levanta los brazos por encima de la cabeza —me dice.
No la cuestiono, simplemente lo hago. El ardor del tequila me
abrasa la piel de las fosas nasales y, al mismo tiempo, me hace
sentir como si tuviera una faringitis estreptocócica. Vuelvo mi
rostro hacia mi bíceps y toso. Me lloran los ojos y los cierro con
fuerza.
—Inclínate y pon la cabeza entre las piernas.
—¿Qué? —Esta vez le dirijo una mirada de confusión.
Con los ojos muy abiertos, Natalie grita:
—¡Hazlo!
Capítulo 18
Lo hago y ella se acerca para acariciarme la espalda y frotarla
en círculos.
—Mi mamá me hacía esto cuando tenía crup cuando era niña.
Se supone que este ángulo ayuda cuando te ahogas y no puedes
respirar. Respira hondo y concéntrate.
Estoy sentada en el borde de la tumbona, con las rodillas
abiertas y el cuerpo doblado, los brazos en alto. Me siento como una
idiota sentada así, y no sé si esto ayuda o no con lo inclinada que
estoy. Siento que estoy bloqueando las vías respiratorias, no
abriéndolas. Cuando se me pasa la tos y ya no me lloran los ojos,
me siento.
Miro a Natalie.
—¿Sabes lo primero que pensé cuando me dijiste que pusiera
la cabeza entre las piernas? Marilyn Manson.
—¿Para qué mierda y por qué?
—He oído que le han sacado algunas costillas para que pueda
chuparse su propia polla.
Parpadea y se queda callada un segundo, luego suelta una
risita hilarante.
—Por esto somos mejores amigas. Son estas mierdas que
salen de tu boca las que confirman que somos compañeras del
alma. Espera, ¿creías que te estaba diciendo que te corrieras?
Es mi turno de reírme.
—No, simplemente me vino a la cabeza por alguna razón. Me
sentí como si estuviera muy agachada y él apareciera delante de mí,
con su rostro pálido y todo, pero juraría que tenía dientes de piraña.
—Hago una pausa, pensando en lo extraña que es ahora esta
conversación—. Supongo que me pregunté si realmente podría
hacerlo o no.
—Eso sería una mierda enfermiza, pero después de todos los
Johns que he tenido el último par de años, no me sorprendería si
pudiera.
Ella ni siquiera se inmutó. He visto mucho en mis días de
acompañante, pero Natalie ha dado la vuelta a la manzana una o
dos veces más. Las historias que me ha contado no es algo que se
pueda inventar de la nada. Nadie tiene tanta imaginación.
—Te apuesto un millón de dólares a que lo hace. —Ella
extiende la mano.
Natalie está pensando profundamente sobre esto por alguna
razón, mientras que yo estoy tratando de no permitir que mi
imaginación vuele.
—Ahora que me he desahogado, dime por qué me dejas.
El rostro de Natalie se suaviza con una mirada humedecida.
Tiene una expresión inocente y dulce en el rostro que la hace
parecer cinco años más joven.
Me rio por dentro. En realidad, se come a los hombres para
desayunar y los escupe.
—Sólo si me prometes que no volverás a rechazar a mi papá
por mi culpa. —Hace un gesto despectivo con la mano—. Escucha,
estás pegada a mí para siempre, tengas o no un trozo de papel entre
los dos. A mí me da igual. ¿Por qué no hacerlo oficial?
Mis labios se crispan. Los neoyorquinos tienen una forma de
ser que a los no neoyorquinos les parece prepotente y arrogante. Si
no la conociera, diría que intenta regañarme porque la verdad es
tan dolorosamente obvia que ya no puede soportarla.
Pero no diría eso. Sólo intenta ser sincera conmigo y hacerme
ver lo que es.
Miro hacia abajo y se me borra la sonrisa del rostro.
—¿De verdad crees que va a volver a pedirme que me case con
él después de haberlo rechazado varias veces? De ninguna puta
manera. —Antes de que pueda responder, vuelvo a desviar la
conversación hacia Italia. Mi corazón no puede soportar otro gramo
de ansiedad por haber rechazado a James—. Entonces, ¿Italia?
¿Qué parte y por qué?
—Italia me llama, así que Italia es donde debo ir —dice, y
agradezco que capte la indirecta para cambiar de tema—. No tengo
un lugar concreto. Voy de mochilera y a ver adónde me lleva. El
plan es comerme el país y ver si los italianos son realmente los
mejores amantes del mundo.
Mis cejas se levantan.
—¿Vas a ir de mochilera?
Natalie pone los ojos en blanco.
—No, pero sonaba mejor. Ya me entiendes.
Asiento. Tendrá un chófer o un avión a la espera, un fajo de
billetes y una tarjeta American Express negra. Ah, y un equipaje
lleno de ropa de diseño.
—Teniendo en cuenta la cantidad de hombres a los que te has
follado a lo largo de los años, uno pensaría que morirías feliz sin
tener que volver a abrirte de piernas.
—Au contraire —dice con un ligero acento francés y levanta
un dedo—. Descubrí lo que me gusta y lo que no, pero también que
hay literalmente alguien ahí fuera para cada uno. Encontraré a mi
hombre en el país de la cocina y de los hombres atractivos —dice—
. Si no, me iré a Grecia. Son primos de los italianos. Seguro que
encuentro alguno.
La estudio, encontrando cómico lo que quiere hacer.
—¿Vas a poner un anuncio de búsqueda o algo así? ¿Cuál es
tu plan de ataque?
Natalie frunce los labios.
—Mi batido atrae a todos los chicos al patio...
Nos reímos juntas.
—¿Cuánto tiempo vas a estar, de verdad?
Se encoge de hombros.
—¿Hasta que me sacie? —Los dos volvemos a reír, pero ella se
tranquiliza—. Cuanto mayor me hago, más me doy cuenta de que
sólo tenemos una vida. ¿Por qué no vivir como si el mañana no
estuviera garantizado? Sé que no todo el mundo puede hacerlo,
pero yo sí, y no quiero desperdiciar la oportunidad de
experimentarlo.
—Tu idea de vivir la vida al máximo es comer comida italiana
y tener sexo sin ataduras.
—Básicamente. —Me guiña un ojo.
Me encanta que Natalie no se avergüence lo más mínimo. Es
quien es y se ama por eso. Me parece una cualidad admirable y
entrañable.
—De alguna extraña manera, te sienta bien.
—¿Alguna vez has tenido una sensación dentro de ti que no
puedes explicar pero sabes que es lo correcto? Eso es lo que siento
al ir a Italia, bueno, al viajar en general. Nueva York siempre será
mi casa, pero tengo ganas de ver mundo.
—Te va a dar pasión por los viajes como a James.
Sus ojos azules se iluminan como si ese fuera su objetivo. Me
lo imagino como su estilo de vida.
De pie, Natalie se arregla los pantalones cortos y se alisa la
camiseta.
—Me voy. Mi avión sale en tres días y todavía tengo que ir de
compras.
—¿Tan pronto? ¿Y si James vuelve a pedírmelo y luego quiere
casarse tres días después? ¿No vas a estar aquí?
La molestia en la mirada de Natalie me hace reír por lo bajo.
—Gracias a Dios que eres bonita. Volaré de vuelta lo antes
posible. Duh, Ram Jam.
Natalie agarra la botella de tequila casi vacía, se bebe el resto
y la tira a la basura. Sacudo la cabeza, meto los restos del porro en
un montón de arena que usamos como cenicero y la acompaño a la
salida.
—Voy a empezar a rezar por tu futuro esposo.
—Bien. Mi ex esposo va a necesitar todas las oraciones
posibles cuando acabe con él.
Una risita sale de mi garganta.
—Ya estás pidiendo el divorcio. Estupendo. ¿Quién se queda
con los niños?
—Psh. —Natalie empuja a través de sus labios—. No será un
problema porque odio a los niños, joder.
—Eres una auténtica pieza —bromeo mientras bajamos el
último escalón del primer piso. Mi mirada recorre la habitación y
finjo que no busco a nadie en concreto, pero en realidad sí. Hay
silencio y no me gusta la sensación de vacío. La única luz procede
del salón, a la vuelta de la esquina. Me lo imagino sentado en su
sillón Chesterfield, con un puro en una mano y un vaso de cristal
en la otra. Las noches tranquilas en su sillón de cuero son sus
favoritas. Me duele el corazón por estar a su lado, pero me da
vergüenza verlo ahora.
—Me amas —dice Natalie, sacándome de mis pensamientos.
—No te querría de otra manera.
Nuestras sonrisas coinciden. Natalie agarra su bolso y luego
una botella de agua de la nevera antes de dirigirse a la puerta. La
sigo.
—Dile a papi que le digo adiós.
No disimulo mis arcadas. No sólo ha llamado papi a James,
sino que lo ha dicho con voz de operadora sexual.
—A veces te odio. No olvides llamarme por FaceTime mientras
vives tu mejor vida.
—Oh, estaré viviendo mi mejor vida rodeada de bolas como los
limones que produce ese país, mientras tú estarás con unas que
parecen ciruelas pasas bajo el sol de la Toscana. —Hace una pausa
de un segundo y me dedica una sonrisa burlona—. P.D. Se suponía
que no debía contarte lo que James me dijo. Así que silencio,
silencio, como una buena chica.
La miro fijamente. Su sonrisa inofensiva es cualquier cosa
menos eso. Los mata con una voz dulce como la miel y una sonrisa
de belleza sureña mientras les lanza indirectas. Pero la conozco. Por
dentro lucha por no reírse, porque es esa chica que se ríe de sus
propios chistes.
Finalmente, hablo.
—Estoy deseando que llegue el día en que tengas que
presentarme como tu mamá.
Eso la rompe y me rodea con los brazos riéndose. Nos
abrazamos fuerte por un momento y luego nos separamos. Nos
damos un beso en la mejilla, nos despedimos y nos separamos.
Cierro la puerta y me quedo un momento pensando en lo que
debo hacer. Si debería ir a ver a James o simplemente irme a la
cama. Después de todo el alcohol que consumí, más el porro, mis
emociones son delicadas ahora y siento que lloraría fácilmente
frente a él. Eso es lo último que quiero que vea.
Capítulo 19
Me muerdo el labio y me dirijo a nuestro dormitorio.
Decido darme un baño porque aún no estoy lista para irme a
dormir. Necesito relajarme. Me corre demasiada vulnerabilidad por
las venas como para volver a hablar de matrimonio con James.
Acabaría hecha un desastre berreando. Además, hoy ha mantenido
las distancias, así que no hay mucho que me impulse a hacerlo.
Abro el grifo para empezar a bañarme, me desvisto y me recojo
el cabello. Quiero que sepa que el matrimonio no está descartado,
pero necesito tiempo para procesarlo. He pasado de no querer
casarme a cambiar de opinión y estar abierta a eso en un par de
horas. Es mucho para mi corazón y para mi mente.
Me meto en el agua caliente y suspiro mientras me hundo.
Cierro los ojos y escucho la voz de Demi Lovato canturreando una
balada desgarradora. Su honestidad brutal hace que florezcan en
mí una serie de emociones.
El caso es que James Riviera es el único hombre que lo ha
hecho por mí. Sería casi hipócrita por mi parte no casarme con él,
la verdad.
Agito el agua entre los dedos, observando cómo se forman las
burbujas. ¿Sería posible que estuviéramos aún más enamorados y
fuéramos más felices juntos? Como dijo Natalie, a James le encanta
vivir según la ley, así que un certificado de matrimonio significaría
mucho para él. Verlo feliz también me haría feliz a mí.
Suelto un largo y cansado suspiro y me hundo aún más en el
agua hasta que me llega al cuello. Me pesan los ojos cuando oigo
crujir el suelo de madera debajo de mí. Esta casa de piedra rojiza
hace eco y se oye todo. También sé exactamente dónde está ese
crujido... en la cocina, cerca del pequeño bar. La jarra tintinea y
oigo el leve sonido de un líquido que se vierte dos veces.
La esperanza se ramifica a través de mí. Me incorporo un poco
y contengo la respiración, sabiendo que se dirige hacia mí.
La puerta se abre de un empujón y James entra, cerrándola
suavemente con una patada. Me ruborizo y se me clavan los dientes
en el labio inferior al verlo. Mi corazón lo desea de una forma que
me convierte en una aferrada de fase cinco, y no me avergüenzo lo
más mínimo. Mis ojos recorren abiertamente su cuerpo. Lleva un
pantalón de chándal que le llega hasta las caderas y nada más. Me
paso la lengua por el labio, observando el espacio entre sus caderas.
Su atractivo masculino lo hace jodidamente guapo. James está en
excelente forma, a pesar de su aparente edad. Me encanta lo duro
que tiene el cuerpo. El hecho de que no parezca un veinteañero hace
que sienta aún más deseo por él. Hay algo en un hombre, un
hombre mayor, real, con una buena carrera, cuya sabiduría y
confianza son su atractivo sexual.
Sus ojos se cruzan con los míos, observándome. Siento que
todas estas emociones forman una nube de vapor frente a mí.
—Hola, tú. —Mi voz es relajada y fácil.
James parpadea y su rostro se suaviza.
—Hola, cariño.
El corazón está a punto de salirse de mi pecho. En la quietud
de nuestro cuarto de baño, con música suave sonando de fondo,
ambos sentimos esa atracción entre nosotros.
Apoyado en el borde de la bañera, James me da un vaso y
luego se acerca a la silla que hay junto a la ventana y la acerca a la
bañera. Me arrodillo y me levanto justo cuando él toma asiento. La
espuma resbala por mi cuerpo desnudo, su mirada caliente sigue
el jabón perfumado de lavanda por la turgencia de mis pesados
pechos y la pendiente de mi vientre.
No le doy la oportunidad de hablar. Simplemente atraigo su
boca hacia la mía y le planto un fuerte beso en los labios. James
me agarra por la cintura con la mano que tiene libre, se arrodilla
para que quedemos a la altura de los ojos y me devuelve el beso con
la misma intensidad. Una vez que tiene sus manos sobre mí, ya no
las suelta. A ciegas, deja su vaso en el suelo y toma el mío para
hacer lo mismo. Le rodeo los hombros con los brazos y profundizo
el beso. Estoy empapada, pero él no se inmuta. Me rodea la espalda
con los brazos y aprieta mi pecho contra el suyo. Gime en mi boca
y eso hace que me moje por él. Nuestras lenguas se enlazan en un
beso lento y lánguido, como si ambos quisiéramos demostrar algo.
James agarra un poco de agua y la rocía sobre la curva de mi
cadera, luego me pasa la mano por el muslo y termina agarrándome
con fuerza. Me encanta cuando me agarra como un salvaje. Me hace
sentir pequeña y débil para él al mismo tiempo, algo que acelera mi
motor.
Rompo el beso y él gime. Me recorren escalofríos por los brazos
al oír su deseo. Nuestro amor es insuperable.
—No quiero pelearme contigo —me apresuro a decir—. Siento
que hay un muro entre nosotros y no me gusta.
—Cariño, shhh —me dice. James me acaricia un lado de la
cara y yo me apoyo en su palma. Sus ojos azules me miran como
desconcertados—. Nunca va a haber un muro entre nosotros,
Aubrey.
Mi corazón, Dios, lo que me hace cuando intenta demostrarme
su compromiso.
Asiento.
—¿Me lo prometes?
—Sí. —Duda una fracción de segundo y luego dice—: Respeto
tu decisión y no volveré a sacar el tema.
Se me corta la respiración. Siento que las costillas se me
encajan y me expulsan el aire de los pulmones. ¿Cómo puedo
decirle que quiero que lo haga sin parecer necesitada?
Intento otra cosa.
—¿Puedes darme tiempo para procesarlo? No está fuera de
página —le digo, con voz temblorosa. Mierda, estoy muy nerviosa—
. Sólo quería que lo supieras.
Toma mis mejillas y acerca mi rostro al suyo, de modo que
solo me separan unos centímetros. James me mira a los ojos. Es
todo lo que veo y todo lo que quiero en esta vida. Lo rodea un toque
de lavanda que se funde suavemente con el coñac de sus labios. Me
siento más cerca de él.
—Siempre querré cada parte de ti —dice James—. Nunca lo
dudes. Siempre te amaré más de lo que nadie podría. Tampoco lo
dudes. Pero tenías razón en algo. No necesitamos un trozo de papel
para demostrar lo que tenemos. Sólo somos lo que importa.
—No sé qué hice para merecer a un hombre como tú.
—No merecer, sino complementar. Cuando dos personas
tienen un amor incondicional como el nuestro, para mí eso es un
complemento el uno del otro.
No sé si llorar o sonreír, o hacer las dos cosas a la vez. No creo
que James esté convencido de que he cambiado de opinión, pero
está claro que hace lo que hace simplemente por mí, y eso me
revuelve el estómago. Es una batalla perdida para los dos. Tengo
que decírselo otra vez para asegurarme de que ha oído lo que he
dicho, para que entienda que quiero casarme con él.
Joder. Me preocupa que nunca me pida que me case con él
cuando ya me lo ha pedido un puñado de veces. Soy la definición
de una mujer desagradecida, una que se aferró al pasado y arruinó
lo que tenía adelante.
—Has oído lo que he dicho, ¿verdad? —Mis cejas se inclinan
preocupadas entre mis ojos—. El matrimonio no está descartado.
Sus labios se tuercen y asiente.
—Lo pensaré. Tengo que asegurarme de que tienes madera de
esposa.
Sonrío y suelto una risita ahogada. James me roba un beso
rápido y me dice muy serio:
—Te amo, Aubrey.
—No más de lo que te amo a ti —le digo—. Quiero que todos
mis momentos sean contigo el resto de mi vida.
Capítulo 20
—Han pasado treinta y siete días, dieciséis horas y cuatro
minutos desde el día que estuviste aquí, y todavía no me ha vuelto
a pedir que me case con él —le gimo a Natalie por teléfono—. Nunca
me lo va a pedir. Me obligará a pedírselo yo, lo sé.
Casi me rio de mí misma por lo ridícula que parezco.
—Lo hace a propósito —dice—. Pensé que lo haría esta
mañana antes de que abriera tu refugio, pero supongo que no. Ojalá
hubiera podido estar contigo hoy. Felicidades, Ram Jam. Esa boca
tuya sigue pagándolo.
Sacudo la cabeza y sonrío al teléfono. Hoy he inaugurado mi
segundo centro de acogida sin fines de lucro, Retreat, un lugar para
padres con hijos. Decidí mantener separados los refugios de
hombres y mujeres porque más de la mitad de las mujeres habían
señalado en sus cuestionarios que se sentían más cómodas entre
otras mujeres. Respetar los deseos de todos ha sido una lucha, ya
que quiero ayudar a todos, pero hasta ahora nos las hemos
arreglado bastante bien. Había planeado abrir un último refugio,
un lugar para adolescentes fugados, pero James sugirió que
también hiciéramos uno para familias. Su deseo de participar me
derrite el corazón. Supongo que el trabajo en equipo realmente hace
que el sueño funcione.
—Bueno, no se está haciendo más joven.
Natalie se ríe.
—Estoy segura de que es consciente. Aún no sabe que te dije
que hablé con él. Qué tierno. Realmente respeta tus deseos y no te
presiona.
—A la mierda mis deseos. ¿Desde cuándo ha hecho eso? —
Quiero decir... lo ha hecho y no lo ha hecho... como en el calor del
momento cuando estoy gritando su nombre.
—Esto es diferente, hermanita.
Gimo, agarrando el teléfono con más fuerza. Tiene razón, y
eso me molesta.
—Lo sé. Quizá debería soltar indirectas. Pero obvias.
—No me avergüences.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro. Yo no iría tan lejos, pero
fue divertido mientras duró la idea. Exhalo un suspiro y hago una
mueca de dolor por la piel inflamada de las costillas. Me agarro
suavemente el costado y me contengo, preguntándome qué dirá
James. Después de la apertura de Retreat de esta mañana, he
mentido un poco y he dicho que tenía una cita con el doctor a la
que no podía faltar.
—¿Crees que a James le gustará el tatuaje? —le pregunto a
Natalie por décima vez desde que me lo hice. Ella lo vio en el
momento en que el artista terminó, le había hecho rápidamente un
FaceTimed antes de que lo envolvieran.
—Sí, de hecho creo que le va a dar una erección furiosa.
Sacudo la cabeza. Natalie aprovecha cualquier oportunidad
para ser vulgar.
—Eso espero. En un momento sentí que estaba debajo de mis
malditas tetas con el arma de agujas.
—Es preciosa, Aub. Le va a encantar. Tal vez esté un poco
celoso de que no lo hayas llevado contigo para tu primer tatuaje.
Ponte una bata para que no lo vea a través del slip.
—Buena idea —digo, y me levanto para agarrar la bata de
seda. Espero a la noche para sorprenderlo con esto—. ¿Cómo te
trata Italia?
—Soy rica, joven y soltera, follando a mi manera por Italia con
limoncellos corriendo por mis venas. ¿Cuál es tu pregunta?
Ella es una raza rara de persona.
—Eres literalmente lo peor, y me encanta.
—Ah, hablando de limones... hoy se me ha acercado un
hombre en la playa y, para abreviar, me ha dicho que no he tomado
el mejor limoncello, aunque yo afirmaba que el que tenía en la mano
era el mejor, a lo que él me ha contestado que aún no he tomado
sus limones. Gracias al cielo que era guapísimo, o le habría llevado
a la iglesia por eso.
Me tapo la boca y me rio. Los dos odiamos las frases cutres
para ligar e intentábamos ganarnos mutuamente a ver quién tenía
las peores en la universidad. Imagino la expresión de su cara
cuando se lo dijo, no habría tenido precio.
—Me hubiera encantado estar ahí para eso. ¿Qué le dijiste?
—Le dije que cuando has tenido un limón, los has tenido
todos. —Siento que está a mi lado mientras tenemos esta
conversación—. Pidió que fuera a un sitio llamado Al sur del
limonero.
—¿Qué es eso?
—Un restaurante con vistas a la Costa de Amalfi.
Un suspiro de ensueño sale de mis labios.
—Llevo tiempo queriendo visitar Italia, sobre todo esa costa.
Tus fotos de Instagram son impresionantes, chica. Es un lugar en
el que James y yo aún no hemos estado juntos. Entonces, ¿cuándo
te vas?
—¿Para qué?
—Para conocer al tipo del limón.
—Sí, eso no va a pasar.
Se me cae la mandíbula.
—¿Qué? ¿Por qué no? —Esperaba que me dijera que estaba
de camino para volver y contarme qué había pasado.
—¿Por qué sonaba como un puto cretino y hablaba de los
increíbles que son sus limones? —Natalie dice con descaro—. A
cualquier hombre que hable así de su basura lo echo de mi cama.
—Creo que deberías ir. Sígueme la corriente. Podría ser uno
de los libros. Nunca se sabe a menos que lo intentes. ¿Qué más
tienes en marcha?
—No lo sé. ¿Viendo esta increíble puesta de sol sola en mi
balcón en paz? ¿No tienes que estar en otro sitio?
Miro el reloj y veo que me quedan unos minutos antes de
ponerme el vestido.
—Esta noche tenemos la cena de los Premios Humanitarios a
las Mujeres de Impacto de Nueva York. Todo lo que tengo que hacer
es ponerme el vestido y estoy lista para ir.
—Hazme fotos. ¿Qué te pondrás?
—Un vestido de lentejuelas verde esmeralda que James eligió
para mí. Llega hasta el suelo, tiene una ranura hasta el muslo y un
escote profundo. Pero no me caben las tetas, parecen enormes.
—Estoy segura de que le encanta.
Me rio entre dientes.
—Oh, sí que lo hace.
La puerta de la habitación se abre y James entra
pavoneándose con una camisa de vestir blanca, una puta pajarita
negra y unos tirantes a juego que conectan con unos pantalones de
esmoquin. Se me cae la mandíbula al suelo cuando mi mirada
recorre todo su cuerpo.
—Joder, amor —digo asombrada. La confianza de James se
refleja en sus pasos, en la tranquilidad con la que se comporta y en
que no sonríe como un sabelotodo—. Vamos a llegar tarde. —Me
dedica una sonrisa sucia que me calienta la sangre de la mejor
manera.
—Yyyyyyy esa es mi señal —dice Natalie—. Tengo una cita con
el hombre limón para la que aparentemente tengo que prepararme.
James se inclina y yo inclino la cabeza hacia atrás para darle
un beso.
—Si no quieres ir, no vayas —le digo a Natalie.
Ella duda.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
—Es que siento que no debería beber a solas con él.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
—Porque creo que él me devolvería tanto como yo le doy.
Querría una segunda ración.
—¿Y el problema es...?
Natalie resopla por el teléfono. Sonrío, sabiendo que la he
atrapado.
—Quiero hacerle cosas sucias y desagradables, ¿de acuerdo?
Como dejarle una marca para que siempre me recuerde.
—Ahí está. —Me rio entre dientes, con la voz un poco más alta
pero llena de risa—. A pesar de su comentario cursi, sigues
queriendo enrollarte con él.
—Tengo ojos, de acuerdo, y les gusta lo que han visto...
mucho.
Está tan molesta consigo misma que no puedo dejar de
sonreír. Natalie no es de las que se enamoran fácilmente, pero le
encantan los chicos guapos. Puedo decir que este chico está en su
mente y que ella realmente quiere ir a verlo. Sólo necesita un
empujoncito.
—Escucha, tengo que ir a violar a tu papá antes de irnos a
cenar, pero creo que deberías ir y vivir el momento y divertirte.
Mándame un mensaje mañana, oh.
Desconecto la llamada, sin darle la oportunidad de responder,
y dejo el teléfono. Me levanto con mis tacones de diez centímetros y
camino hacia donde está James, de pie frente a nuestro tocador,
poniéndose los gemelos. Parece una bestia de espaldas, y me
pregunto si habrá algún momento en que no haga que mi corazón
se desboque por la cosa más sencilla. Veo su reflejo en el espejo y
caigo rendida ante lo que está haciendo. Me acerco a él y mis dedos
se deslizan sobre los suyos para cerrar el primer gemelo. Antes de
que pueda alcanzar el otro, James me agarra los dedos y me sujeta.
Se me revuelve el estómago. Parece un sueño húmedo andante y
huele como si el diablo me estuviera poniendo a prueba. A estas
alturas no necesito que me empuje mucho.
Miro nuestros dedos y sonrío por el contraste. Los míos son
huesudos, blancos como la leche y delicados. Los suyos son mucho
más gruesos, oscuros y curtidos por la edad. Con la otra mano,
James me levanta la mandíbula hacia él con el dedo índice.
—Me está costando todo lo que llevo dentro no arrancarte la
ropa ahora mismo y hacer lo que quiera contigo —suelto antes de
que pueda decir algo.
A todo el mundo le gusta un buen cumplido, y James no
oculta que le gusta lo que he dicho. La sonrisa que ilumina todo su
rostro despierta una necesidad en mi interior. Me toca la cintura y
desliza la mano por mi cadera.
—El sentimiento es totalmente mutuo, cariño. Todos los días
de mi vida me siento así, y no es solo por tu belleza. Es por estar
aquí arriba —me dice, dándome suaves golpecitos en la sien—. Me
encanta tu visión y tu empuje, que me permitas formar parte de tu
vida contigo. —James hace una pausa y trago saliva—. Y aquí
mismo —dice, colocando la mano sobre mi corazón—. Porque me
amas incondicionalmente y me permites amarte de la única forma
que sé. —Un suave jadeo se apodera de mi garganta. James me
enseñó a amar con una pasión indomable—. Y luego, aquí mismo
—termina, con dos dedos apretados contra mis labios—. Me haces
tan feliz, Aubrey. No sé qué haría sin ti.
Cuanto más me mira a los ojos, más me late el corazón por
este hombre. Su mirada es intensa, como si tuviera algo en la punta
de la lengua que quisiera decir. Espero a que pase otro minuto y
me pregunto si me está mirando como si yo fuera él, como si fuera
todo mi mundo.
Gracias a mis tacones, no tengo que ponerme de puntillas
para alcanzarlo. Me inclino y aprieto mis labios pintados contra los
suyos. Los finos vellos espinosos de su bigote son como pequeños
cuchillos afilados en mi piel, lo que intensifica su contacto. El deseo
de sentir sus labios sobre los míos después de la forma en que me
habló desde el corazón es demasiado fuerte para negarlo. A veces
un beso es más íntimo que el sexo y crea una conexión más
profunda al demostrar amor por alguien.
Espero que me apriete el culo con la mano, como sé que le
encanta hacer, pero James me sorprende. Aprieta su cuerpo contra
el mío, su gruesa lengua acaricia el mío y tira de él mientras su
mano desciende hasta mi sexo. Jadeo alrededor de su beso y me
pongo tensa por la oleada de necesidad que me asalta de todas las
formas posibles. Me hormiguea la piel de pies a cabeza. James
desliza la mano por debajo de mi bata y me acaricia el coño,
asegurándose de que uno de sus dedos me acaricia dolorosamente
la abertura mientras presiona mi clítoris. Me retuerzo contra su
mano, deseando más. Me encanta cuando el control de James es
implacable, cómo sabe exactamente cómo tocarme para que me
debilite ante él. Cómo hacer que me derrita en sus manos.
Lo agarro por los hombros.
—James. —Su nombre es una plegaria en mis labios—. Te
necesito.
Su beso es profundo y lento, me deja sin aliento. No hay nada
como un hombre que aprecia el sexo, pero que se siente totalmente
gratificado al hacer que su pareja también se sienta bien. James es
ese hombre.
—Tenemos doce minutos hasta que nos vayamos. Date la
vuelta e inclínate. No tenemos tiempo para que te arregles de nuevo,
y no tengo otro par de pantalones de esmoquin.
—Podemos esperar hasta después —sugiero con un brillo
coqueto en los ojos—. Dejar que la tentación crezca.
—Demasiado tarde para eso, cariño.
—Me encanta cómo funciona tu mente.
James me agarra de la mandíbula, gruñe y me mete la lengua
en la boca para darme un beso rápido.
—Va a ser tan bueno, cariño.
—Los mejores doce minutos de mi vida.
Capítulo 21
—Estás preciosa —susurra James—. Sé que nunca llegué a
conocer a tu abuela, pero apostaría el trabajo de mi vida a que te
está mirando y sonriendo, orgullosa de ti como yo y de lo que has
llegado a ser.
Estamos sentados en una sala con unos cientos de personas
iluminada por elegantes lámparas de araña que brillan como
diamantes bajo el agua. Sus palabras son graves y sólo las oigo yo.
Trago grueso y me giro para mirarlo, un tinte de rubor tiñe mis
mejillas. Me toma de la mano mientras pronuncian los nombres de
las cuatro galardonadas, entre ellas el mío. Sigo sin creerme que yo
sea una de las mujeres galardonadas esta noche, cuando hay otras
igual de dignas, quizá incluso más que yo. Acaricio su mano con el
pulgar y lo miro a los ojos. Amo tanto a este hombre. Espero que lo
sepa.
—Gracias por estar aquí conmigo. —Mis palabras son suaves
e íntimas.
—No quisiera estar en ningún otro sitio.
Una sonrisa recatada curva la comisura de mis labios. James
lo dice de verdad y eso me emociona. Me siento cada vez más unida
a él, más enamorada de él, si es que eso es posible, y me parece
bien. Sólo espero que él también lo esté.
—Aubrey Abrams...
—Ve, cariño. —James me sonríe.
Echo un vistazo al escenario y mis ojos se abren ampliamente
cuando me doy cuenta de que los galardonados ya están ahí arriba.
De repente, James me toma por el cuello y me besa. Mis ojos
se cierran automáticamente al sentir sus labios entre los míos. Su
pulgar se posa suavemente en la parte delantera de mi garganta,
luego se desliza hacia un lado y desciende. Me inclino hacia él justo
cuando rompe el beso y murmura contra mis labios:
—Te están esperando. Mueve el culo.
Asiento rápidamente y parpadeo un par de veces para
orientarme. De pie, exhalo un suspiro que ni siquiera sabía que
estaba conteniendo y me aliso la parte delantera del vestido. Sonrío
a James por última vez antes de dirigirme a la parte delantera de la
sala y subir los escalones que conducen al escenario.
Me entregan un brillante trofeo. Es negro y tiene la forma de
un rectángulo alto. A pesar de mi incredulidad, sonrío. Es más
pesado de lo que esperaba, y las esquinas podrían rayar un cristal,
de tan finas que son. Miro la etiqueta dorada y leo la inscripción
mientras se apagan los aplausos.
El comité del premio nos había informado de que iríamos por
orden alfabético a pronunciar nuestros discursos de aceptación.
Por suerte, a mí me toca el primero. Me relamo los labios y respiro
hondo antes de subir al podio. Contemplo la multitud de trajes de
diseño y vestidos a medida y dejo que la realidad del momento se
apodere de mí.
Mi corazón está contento. Todos los presentes están en la
misma onda que yo. Todos intentamos marcar la diferencia en el
mundo.
—Como muchos de ustedes saben, mi abuela me crio cuando
perdí a mis padres. Retribuir es algo que me inculcó desde muy
joven. Era mi mejor amiga, mi mamá, mi papá, mi hermana... —Se
me llenan los ojos de lágrimas. Casi cinco años después, todavía se
me hace un nudo en la garganta al pensar que la abuela ya no está
aquí. La echo de menos todos los días—. Puede que no pudiéramos
pagar la calefacción todos los inviernos, pero eso nunca le impidió
ofrecer una mano amiga. Siempre me decía que podía ser peor y
que contara mis bendiciones.
»Cuando crecí, quería ser como ella. Y sigo queriendo. Me
enseñó a seguir esa necesidad que me impulsaba, a perseguir lo
que me hacía feliz, y eso es lo que he hecho desde entonces. Mi
necesidad de ayudar a los demás nunca ha flaqueado. Cuando ella
murió, perdí una vida, pero al abrir Sanctuary, y ahora Retreat, he
ganado muchas más. Creo que ella habría estado orgullosa de los
refugios que me ayudó a construir incluso después de que se fue.
Lo último que quiero es ser esa persona que habla demasiado
y tiene que ser sacada del escenario, pero tengo que decir algunas
cosas más.
Miro a James y me encuentro con sus ojos azules como el
acero. Agarro el premio con más fuerza mientras hablo.
—Mi abuela no es la única que ha influido en mí. Hoy está
aquí conmigo un hombre que significa mucho para mí. Es mi mejor
amigo, mi confidente, y sin su apoyo y su ánimo, me habría
derrumbado muchas veces intentando construir Sanctuary y
Retreat tal y como me los había imaginado. Es mi mayor animador
y extremadamente paciente conmigo. —El público ríe levemente—.
Ya sabes que las mujeres tenemos nuestros momentos —añado
para aligerar el ambiente—. Soy mejor persona gracias a él, porque
me ha inspirado para convertirme en la persona que soy hoy y la
razón por la que soy capaz de retribuir aún más.
»Me pidió un deseo, y ahora mi deseo es inspirar al menos a
una persona que entre por mis puertas como él me ha inspirado a
mí. Quiero que la vida de alguien tenga el mismo sentido que él le
dio a la mía. Él no sólo me ayuda a cumplir el deseo de mi abuela,
sino que también quiere participar en la planificación. Siempre
estaré en deuda con él por eso. Roma no se construyó en un día,
pero cuando tienes a la gente adecuada de tu lado, parece que
puede ser.
Respirando hondo, me dispongo a terminar mi discurso. Hay
una necesidad burbujeante dentro de mí de estar en los brazos de
James después de mirarlo a los ojos mientras hablo de él a un mar
de gente. Quiero reclamarlo delante de todos y demostrarle al
mundo que es mío.
—James Riviera, mi... —Me detengo una fracción de segundo
con el corazón en la garganta. La palabra esposo quiere escaparse
de mi lengua como si fuera lo más natural del mundo. Como si
tuviera que decirla. Me muero de ganas y eso me sorprende—.
James, cariño, eres mi mundo y el amor de mi vida. Gracias por
querer crear un futuro de momentos para gente que nunca has
conocido. No tenías que hacerlo, pero querías, y eso significa para
mí más de lo que puedas imaginar. Este premio es tan tuyo como
mío. Gracias.
Recojo mi vestido con una mano y me reúno con las demás
mujeres mientras la siguiente galardonada pronuncia su discurso.
A propósito, no he bebido nada antes, a pesar de los nervios.
Después de que la última mujer se dirija al público, me dirijo
a la mesa donde me espera James. Los aplausos se desvanecen y
la sala se llena de música de arpa.
Le entrego el premio a James, que lo deposita en la mesa y se
vuelve hacia mí. Acorta la distancia que nos separa y me atrae hacia
él, plantándome un beso enorme en los labios delante de todos. Me
rodea con sus fuertes brazos, me sujeta con fuerza mientras me
echa hacia atrás y me besa aún más profundamente. Me recuerda
a la icónica foto en blanco y negro de posguerra del marinero
eufórico que agarro en brazos a una enfermera cualquiera y la besó
en plena ciudad de Nueva York.
Igual que entonces, cuando el beso tuvo lugar en el centro de
la calle, la gente nos mira. Sé lo que ven... un hombre claramente
mayor que profesa su amor mediante un beso a una veinteañera de
rostro fresco. Seguro que piensan que me está pagando. La
prostitución de alto nivel es enorme en Manhattan y se ve por todas
partes.
James me levanta y rompe el beso. Todavía me rodea con los
brazos, respiro entrecortadamente y siento un cosquilleo en los
labios. No dice nada, no hace falta. Todo está ahí para que vea en
sus ojos lo que significó para él. Mis dedos acarician su barba de
sal y pimienta mientras lo miro a los ojos. Los dos sonreímos como
dos tontos cursis.
—¡Joder, te amo muchísimo! —James sonríe—. ¡Amo a esta
mujer! —grita a la sala, y mis mejillas estallan de calor mientras mi
sonrisa se extiende por mi rostro una vez más.
—¡James! —susurro en voz baja.
Él se encoge de hombros sin disculparse. James me ha
tomado por sorpresa y lo amo aún más por eso.
Me toma de la mano, entrelaza sus dedos con los míos y se
sienta a mi lado hasta que termina la cena.
Capítulo 22
—¿Dime cuándo tuviste tiempo de planear esto? —le pregunto
a James.
En cuanto terminó la cena, James me metió en un Bentley e
hizo que el conductor nos llevara a una pista de aterrizaje privada
donde nos esperaba un avión. No me dijo adónde íbamos por mucho
que se lo rogué, pero me aseguró que era un lugar al que yo quería
ir.
Y no se equivocaba.
Aspen nos trae buenos recuerdos. Es donde ambos nos
enamoramos con tanto que perder. Donde encontramos el
equilibrio y la unión. Aspen es el lugar donde nos dimos cuenta de
que estábamos perdidamente enamorados el uno del otro.
—Tuve un poco de ayuda. —James sonríe de oreja a oreja
mientras me guía al interior de la cabaña de madera que he soñado
con volver a visitar.
La felicidad me recorre las venas mientras observo el espacio
que me rodea. Está exactamente igual, como si hubiéramos estado
aquí ayer. La acogedora primera planta está decorada en tonos
verdes y dorados. Este lugar me grita hogar, y siento un calor en el
pecho que consolida esa sensación.
—¿Quién te ha ayudado? —Me doy la vuelta y James me mira
como si la respuesta fuera obvia—. Natalie —digo. No puedo creer
que esa sucia zorra no me lo haya dicho.
—Lo planeé hace unos meses, pero Natalie se enteró hace
poco porque le pedí que te hiciera una maleta. No confiaba en que
pudiera guardarte el secreto.
Estoy encantado de que haya planeado un viaje sorpresa
como este.
—¿Le pediste que me hiciera la maleta? Me da miedo ver lo
que ha metido.
James se ríe y se acerca a donde estoy. Rodeo sus anchos
hombros con mis brazos y sus manos rodean la parte baja de mi
espalda.
—La atrapé antes de que se fuera a Italia y le dije que fuera
de compras por ti. He escondido tu maleta en mi oficina. —Su
mirada se vuelve pensativa—. Sé que querías volver aquí. Yo
también, pero sentía que tenía que ser una ocasión especial para
nosotros. Hoy, con la inauguración de tu segundo refugio y la cena
de entrega de premios, parecía que por fin había llegado el
momento.
—Es nuestro refugio, cariño —lo corrijo. Lo que es mío es
suyo, siempre. Espero que lo sepa.
James niega con la cabeza.
—No, cariño, es todo tuyo. Yo sólo te acompaño.
—¿Cómo he tenido tanta suerte contigo? —Quiero aplastar su
rostro contra el mío y darle un beso.
—Bueno, yo no lo llamaría necesariamente suerte... —Los dos
vemos el humor negro detrás de su comentario. James continúa—.
Necesito que me hagas un favor y cierres los ojos. Tengo una
sorpresa más.
Me empiezan a doler las mejillas de tanto sonreír.
—¿Otra sorpresa? James, eres demasiado bueno conmigo. Me
basta con estar aquí contigo. No necesito nada más que tú desnudo
y encima de mí.
Sus ojos brillan de orgullo. Me encanta verlo sonreír. Me hace
feliz verlo así. Meneo las caderas contra las suyas, junto con un par
de levantamientos de cejas, y su sonrisa se mantiene hasta que sus
ojos se posan en mi boca. Vuelve a ponerse serio y entrecierra los
ojos como si tuviera algo en mente. Puedo sentir lo mucho que está
pensando y me preocupa lo que de repente le preocupa.
—Nunca es suficiente cuando se trata de ti, ¿no te das cuenta
ya?
Estudio su mirada un momento y luego aprieto mi pecho
contra el suyo y me inclino hacia él. Suelto un suave suspiro.
—¿Crees que hay otras parejas por ahí que son tan felices
como nosotros?
—Me gustaría pensar que sí, si no, es una vida muy triste.
Le doy la razón, luego aflojo los brazos y doy un paso atrás.
—No te muevas. Tengo que tomar algo muy rápido.
Cierro los ojos y espero. Me entran ganas de mirar, pero no lo
hago. Lo que James haya planeado significa mucho para él y no
quiero estropearlo. Vuelve unos segundos después y se coloca
detrás de mí, tapándome los ojos con una cinta de raso.
Estoy muy nerviosa. Un hormigueo me recorre los brazos. La
última vez que estuvimos aquí, utilizó una de sus corbatas de
trabajo para sujetarme las muñecas y tocó mi cuerpo como un
violín.
—¿Está demasiado apretado?
—No.
Siento que James se pone delante de mí y toma mis dos
manos entre las suyas. Se las lleva a la boca y las besa.
—Ahora, no he planeado esta parte con antelación, así que
voy a improvisar y te llevaré en brazos. No quiero que tropieces en
las escaleras ya que no puedes ver.
—Buena idea.
James me levanta como si fuera ligera como una pluma y me
estrecha contra su pecho. Si fuera de mi altura, me preocuparía
que no pudiera cargarme. Por suerte, me saca unos veinte
centímetros y años de músculo natural para levantar mi largo
cuerpo y subirme por las escaleras.
Hemos subido cinco escalones cuando me dice:
—¿Has engordado?
Aprieto los labios. Sé que está jugando, James ha estado
intentando engordarme más. Con mi aumento de peso a lo largo de
los años, se ha convertido en un hombre de culos y no puede
saciarse. Mi culo es un imán para su mano, igual que su lengua lo
es para mí coño. Ha sido una lucha para mantener los kilos de más
y eso me molesta. Él lo sabe, pero James insiste en que estoy tan
hermosa como cuando nos conocimos. Dice que tiene lo mejor de
los dos mundos. Definitivamente no parece que le moleste tanto
como a mí. Me adora, joder. Suspiro para mis adentros. Supongo
que estoy trabajando para aceptar los cambios de mi cuerpo.
Llevo la mano a su pecho y veo que debe de haberse quitado
la corbata y desabrochado la camisa hasta la mitad antes de
vendarme los ojos. Paso la mano por su pecho desnudo hasta que
noto su pezón bajo mis dedos. Lo rodeo con el pulgar, lo sujeto entre
dos dedos y hago una pausa. Me resisto a soltar una risita.
James deja de caminar. Creo que estamos a mitad de la
escalera.
—Aubrey —me advierte—. Ya sabes lo que me hace eso.
—¿Va directo a tu polla?
Esta vez no puedo evitar reírme. A veces vuelvo a ser una niña
de diecisiete años. Empiezo a retorcerme despacio y noto cómo sus
dedos se introducen un poco más en mi cuerpo. No puedo agarrarle
las bolas y golpeárselas como hacía en secundaria cuando un chico
me molestaba. Necesito esas piedras para golpearme el clítoris
cuando me folle como un animal por detrás.
Continúo, y como no puedo verlo, lo único que siento es una
brisa fresca patinar por mi cuello antes de que sus dientes se claven
en la parte superior de mi flexible pecho, justo por encima del
vestido.
—Yo también sé jugar sucio, cariño —me dice con mi piel
entre los dientes.
Le doy un buen tirón y lo suelto, pero él es igual de rápido y
hunde más los dientes. Me estremezco y suelto una carcajada.
Somos como niños la mitad del tiempo.
James se retira.
—Me vas a dejar una marca. —Está tan orgulloso que niego
con la cabeza, divertida.
Terminamos de subir las escaleras. Recuerdo bien este sitio y
sé que nos va a llevar al dormitorio principal. La puerta cruje al
abrirla y el olor a madera quemada me envuelve. El calor contra mi
piel fría es sublime. Suspiro soñadoramente al oír el crepitar del
fuego detrás de nosotros.
James me suelta las piernas y me ayuda a levantarme.
—No te muevas —me advierte.
—¿Qué te traes entre manos?
James me rodea para desatar el fajín. La luz tenue ilumina
sus ojos cuando por fin los miro. Deja caer la mirada al suelo y
capto la tinta de colores de su pecho. Mis ojos recorren su cuerpo
y, al llegar a sus zapatos, me doy cuenta de que estoy cerca de una
gruesa pila de mantas de color rojo sangre y verde oliva en el suelo.
Parpadeo. Mis cejas se fruncen cuando la familiaridad se apodera
de mí. Me doy la vuelta y se me corta la respiración.
—James —susurro. Mi mirada recorre el espacio,
asimilándolo todo a la vez—. ¿Qué has hecho?
Capítulo 23
Desde las mantas hasta el fuego y la botella de coñac, James
ha recreado una de las veladas que pasamos con nuestros cuerpos
desnudos en éxtasis. El tiempo había sido brutal esa noche,
bajando a sólo tres grados, pero eso no nos perturbó mientras
nuestra pasión crecía hacia el clímax más glorioso y acalorado. La
considero mi favorita y una de nuestras noches más románticas.
James se acerca a mí. Hay algo en su mano que observo
brevemente antes de que me ponga una mano en la cadera y me
mire a los ojos. Soy todo lo que ve y eso me calienta más que el
fuego que tengo detrás.
—Por mucho que lo intente, parece que no puedo dejarlo
pasar. No hay duda de lo que siento por ti. Creo que ya lo sabes,
Aubrey, y lo sabes desde hace mucho tiempo, te amo muchísimo.
Te voy a amar más que a nadie y te lo demostraré hasta que veas
que no estoy jugando. —James se pasa la lengua por el labio inferior
y mi corazón se desploma como si supiera algo que yo ignoro—.
Haré que sea mi misión, si es necesario, demostrarte lo mucho que
te valoro. Tú lo eres para mí. Puede que primero conociera a
Valentina, pero me enamoré de Aubrey, y eso no va a cambiar
nunca. Mi amor por ti crece cada día en algo que es nuevo para mí.
Nunca supe que podría amar a alguien como te amo a ti.
Tengo los ojos redondos y enormes, y los labios ligeramente
entreabiertos. James coloca un pie detrás de él y da un paso atrás.
Mi pulso se dispara, mi respiración se vuelve más densa.
Escalofríos me recorren los brazos.
He pensado...
Dios mío.
El corazón me golpea las costillas.
No puedo pensar con claridad y estoy un poco en shock.
No creí que fuera a pedírmelo otra vez. Realmente pensé que
había perdido mi oportunidad.
Se me llenan los ojos de lágrimas y aprieto los labios con
fuerza.
James se arrodilla y me entrega una caja de terciopelo negro.
Las pequeñas respiraciones se convierten en jadeos. Encuentro su
mirada y lo miro, al hombre que se convertirá en mi esposo. Tiemblo
por dentro hasta el punto de que los nervios me ponen enferma. Las
otras veces que James me había pedido que me casara con él, no
había tenido un anillo. Sospechaba que cada vez llevaba uno, pero
cuando rechacé la idea del matrimonio, supuse que no lo había
sacado. Aunque suene raro, me alegro de que no lo haya hecho
hasta ahora.
Tampoco se había arrodillado hasta ahora.
Levanta la tapa y yo respiro fuerte y me tapo la boca. Dentro
de la cómoda almohada hay un sencillo pero gran anillo de
compromiso de diamantes. Parece casi perfecto cuando resplandece
con el brillo del fuego. Hay una hilera de finos diamantes
incrustados alrededor del borde exterior abrazando lo que deben
ser al menos cuatro quilates. Me quedo mirando cómo centellea
contra el metal. No eligió el platino. No eligió el oro. Se decantó por
el oro rosa, y sé sin lugar a dudas que es porque siempre llevo el
collar de mamá y el que me regaló la abuela, y los dos son de oro
rosa. James sabe lo mucho que significan para mí. Tampoco eligió
un diamante de corte princesa tradicional. Se decantó por un corte
en forma de pera, el anillo de compromiso menos común.
Definitivamente no somos como los demás.
—Por favor, cariño, sácame de mi puta miseria y di que sí de
una vez. Di sí para siempre conmigo.
Las lágrimas me corren por las mejillas y siento los labios
hinchados por la emoción. Apenas puedo concentrarme en las
palabras por encima de los latidos de mi acelerado corazón. Lo
único que puedo hacer es darle mi mano izquierda temblorosa como
respuesta.
Creo que mi respuesta lo sorprende. Sus grandes ojos azules
me miran con esperanza y sus hermosos labios, que me adoran
como a una reina, se entreabren con incredulidad.
—Eres... eres —balbucea, y no recuerdo ningún momento en
que James haya vacilado al hablar.
Niego con la cabeza y le sonrío.
—Fui una tonta por decir que no las otras veces que me lo
pediste.
Se me queda mirando con profundo asombro. Ni siquiera
parpadea. Suelto una risita y muevo los dedos.
—Por fin digo que sí, ¿y ahora vas a hacerme trabajar para
conseguirlo?
James cae a un lado y se sujeta con la mano. Vuelve a
sentarse sobre un pie y me mira con sus ojos azules. Le tiembla la
mano mientras se la pasa por el cabello. Lo lleva un poco más largo
de lo normal, pero me gusta cómo le queda. Su comportamiento es
adorable. Me recojo el vestido e intento agacharme para estar a su
altura, pero James levanta la palma de la mano para que me
detenga y vuelve a arrodillarse.
—Siento que me va a dar un infarto. ¿De verdad estás
diciendo que sí? No juegues conmigo, Aubrey. Soy mayor.
Una carcajada retumba en mi pecho. Mis pestañas caen en
forma de media luna mientras la verdadera felicidad se instala en
mi corazón.
—Sí. Digo que sí, James.
Me resulta entrañable su estupefacción. Parpadea
rápidamente y mira entre el joyero y yo, luego intenta sacar el anillo.
Estoy en la cabaña donde encontramos el amor de la forma
más insólita. Y ahora, cuatro años después, James está de rodillas
pidiéndome que sea su esposa.
Saca el anillo de la caja y lo agarra con dificultad. Se me hace
un nudo en la garganta cuando lo toma a tientas. James se
tranquiliza y yo lucho contra la sonrisa que me hace cosquillas en
los labios.
—Malditos nervios.
Esta vez suelto una carcajada. James hace lo mismo y se ríe
por lo bajo. Me doy cuenta de que está nervioso, pero no voy a decir
lo que es obvio.
Toma mi mano izquierda entre las suyas y, justo cuando está
a punto de deslizar el delicado anillo por mi dedo, retiro la mano.
—¡Espera!
James levanta la mirada hacia la mía y palidece. Su piel casi
coincide con las canas de su cabello. Me doy cuenta de que he
actuado en el momento más inoportuno y de que tengo que hacerlo
rápido. Probablemente esté pensando lo peor. Sé que yo lo haría.
—Tienes que prometerme que nunca te divorciarás de mí.
Bajo ninguna circunstancia se te permite siquiera pronunciar esas
palabras, James Riviera. Y ni se te ocurra usar tus dotes especiales
de abogado y decirlo de diez formas distintas, porque no funcionará
conmigo. —La emoción me llena la garganta. El corazón me da un
vuelco—. No me hagas decirte que te lo dije. —Permito que el pánico
se haga presente en mi voz. Esto es real—. No estoy jugando.
¿Podemos incluirlo como cláusula en nuestros votos o algo así
cuando nos casemos?
James niega con la cabeza y vuelve a centrar su atención en
mi mano y en el anillo que sostiene. Sin dejar pasar ni un segundo
más, empuja el anillo hacia delante y desliza la piedra donde debe
estar. Es más grande que mi nudillo.
Se me escapa un pequeño sollozo. No puedo creer que vaya a
casarme con el amor de mi vida.
Miro nuestras manos. James también lo hace. Entre mis
dedos suaves y juveniles y los suyos aceitunados y envejecidos,
estamos perfectamente emparejados en todos los sentidos. Yo le
pertenezco y él me pertenece. Me lleva la palma de la mano a los
labios y me besa suavemente. James se levanta, mirándome a los
ojos, con mi mano izquierda aún en la suya.
—La única razón por la que me divorciaría de ti es si alguna
vez te quitas ese anillo del dedo.
No puedo evitar el rubor que recorre mis mejillas.
—Entonces supongo que tenemos un trato.
Una enorme sonrisa ilumina mi rostro. La emoción que ni
siquiera sabía que era posible experimentar explota como fuegos
artificiales en mi interior.
James no sonríe como yo. Está reflexivo, como si una
sensación de paz se instalara por fin en su interior.
—Ese anillo es básicamente un contrato entre nosotros —dice
James con naturalidad.
Me arden las mejillas. Por fin me dedica una sonrisa radiante,
y es una buena sonrisa. A James le gustan los contratos. Una vez
firmados, poco se puede hacer para revocarlos.
—¿Puedo empezar a llamarte esposito?
Su boca parpadea de risa.
—Hace dos meses rechazaste la idea. ¿Ahora quieres empezar
a llamarme esposo antes de tiempo?
Me encojo de hombros.
—¿Por qué no?
James suelta una carcajada.
—Voy a hacerte la mujer más feliz de la tierra, cariño.
—Ya lo haces.
Acorto la distancia que nos separa y rodeo sus hombros con
un brazo, la necesidad de sentirlo contra mí me consume. Me
acaricia suavemente la mejilla, se inclina hacia mí y atrapa mis
labios con los suyos. Me abro para él y dejo que su lengua acaricie
la mía. Cierro los ojos y aprieto el pecho contra el suyo,
devolviéndole el beso con la misma lentitud con la que él me besa a
mí.
No hay prisa en este beso.
Nos besamos como si estuviéramos haciendo el amor. Las
suaves caricias se mezclan perfectamente con el latido de nuestros
corazones.
Capítulo 24
Suelto los brazos del cuello de James. Aplano las palmas de
las manos, las bajo sobre su ancho pecho y capto el brillo de mi
anillo de compromiso.
—Sé que no dejas de decirme que vas a hacerme la mujer más
feliz del mundo, pero quiero que sepas que yo pretendo hacer lo
mismo por ti. El matrimonio nunca fue un objetivo para mí, pero
ahora que voy a casarme contigo, me asusta por el amor que ya
siento por ti, y por lo mucho más que quiero darte.
—¿Sabes lo que me haría realmente feliz?
La risa burbujea en mi garganta. Siento que sé adónde va
esto.
—¿Qué es eso, guapo?
—Tú desnuda de espaldas con nada más que ese anillo en el
dedo, y yo muy dentro de ti. Aubrey, tengo que entrar en ti.
Un calor me rodea el cuello. Yo también quiero eso.
—¿Delante del fuego?
—Ahí es donde voy a tenerte primero como mi futura esposa.
—Hace una pausa—. Estaba pensando que cuando nos casemos,
lo hagamos pequeño e íntimo. Solo una idea.
—Quiero lo que tú quieras. Pero, ¿podemos hacer el amor
primero? Me estoy muriendo aquí, amor.
—Si no me encantara cómo te queda el vestido, ya te lo habría
arrancado. —Sus dedos agarran la cremallera e inician un lento
descenso por mi espina dorsal. James y sus vestidos. Sonrío para
mis adentros sabiendo que está a punto de ver mi nuevo tatuaje.
—Te encantan todos los vestidos que me pongo.
Asiente.
—Porque siempre estás increíble. —Deja escapar un suspiro—
. Estoy deseando llamarte mía para siempre —dice, y vuelve a
besarme.
Se le debe haber olvidado que soy suya desde el primer día.
La cremallera llega hasta abajo y el vestido cae a mis pies,
resbalando.
La palma de la mano de James roza mi cuerpo desnudo,
creando un rastro de calor a través de mí. Gruñe y lo siento en su
pecho. He salido sin bragas ni sujetador, y él está encantado.
Cuando su mano me roza la cintura, se detiene al llegar al vendaje
de Saniderm que me han puesto sobre el tatuaje. James rompe el
beso y se aparta. Me gira el cuerpo para inspeccionar lo que ha
tocado. Se inclina y se acerca.
Sus asombrosos ojos azules se posan en la delicada cinta de
plumas que decora mis costillas y sube por debajo del brazo hasta
rodearme el pecho. Han sido detalladas con una aguja extrafina y
tienen un aspecto increíble. Casi reales. Estuve a punto de
enseñárselas a James en cuanto llegué a casa, pero quería que esta
noche fuera una sorpresa. No sabía que él también tenía preparada
su propia sorpresa.
James angula mi cuerpo para leer las palabras entrelazadas
con las plumas: Amo cada momento contigo.
—Lo hice para ti —le digo.
James se queda callado. La punta de su dedo índice se mueve
cuidadosamente sobre las letras que elegí pensando en él.
—¿Cuándo hiciste esto?
—¿Recuerdas cuando te dije que hoy tenía cita con el
ginecólogo? —Sus ojos se dirigen a los míos y asiente—. Mentí. —
Sus cejas se levantan—. Quería que fuera una sorpresa para ti.
Espero que no estés enfadado conmigo.
James se pone de pie y mi corazón late un poco más deprisa.
Su mirada penetrante debilita cada nervio de mi cuerpo y el aura
que lo rodea me produce escalofríos. Con los hombros erguidos y el
pecho ligeramente pronunciado, desliza una mano por la parte baja
de mi espalda y me atrae hacia él. Su erección me aprieta la pierna.
—¿Enfadado? No. Me excita, joder. ¿Lo has hecho por mí? —
me pregunta, y yo asiento—. ¿Te duele? Se te ha levantado la piel
alrededor del contorno. Probablemente deberías quitarte pronto el
plástico.
—Ahora mismo está sensible. He ido a ver a tu chica. Dice que
voy a sentir como quemaduras de tercer grado durante los próximos
días.
—Cariño —me dice, acercando la mano a la nuca—, quiero
mirarlo más de cerca y limpiártelo, pero ahora necesito estar dentro
de ti. —Sus dedos se enredan en mi cabello. Su voz es más oscura,
creando un halo de deseo—. No creí que pudieras ser más sexy,
pero eso me ha puesto al límite—. Traga grueso y veo cómo se le
mueve la nuez de Adán—. Maldita sea, me encanta.
James atrapa mis labios con los suyos y hunde su lengua en
mi boca. Su beso es mordaz, un poco agresivo, lo que aumenta la
tensión sexual entre nosotros. Mis manos se mueven
frenéticamente sobre su pecho. No tardo en desabrocharle el resto
de los botones y quitarle la camisa, luego le desabrocho el cinturón
y bajo la cremallera. Su beso se intensifica cuando mis dedos se
mueven sobre su polla. Lo recorro a propósito para sentirlo. Está
ridículamente dura y mi necesidad de él se intensifica.
Los pantalones y los bóxer caen cerca de mi vestido y mi mano
rodea su erección. Mis dedos se deslizan suavemente por la
coronilla unas cuantas veces. James sabe que me encanta sentir lo
hinchado y grueso que se pone. Es jodidamente sexy saber que su
polla está alta y dura por mí, por nosotros. Hay algo en hacerle
sentir bien que me emociona. Quiero metérmelo en la boca y
enviarlo más allá de las nubes para que pierda la cabeza por mí.
Ronroneo en su boca y siento que se me acelera el corazón. El
simple hecho de tocarlo acelera el deseo que siento por él. Unos
dedos ávidos enhebran mis rizos sueltos mientras James inclina su
beso más profundamente sobre el mío. Su necesidad aumenta y, en
cuestión de segundos, me toma en brazos y da unos pasos hasta la
cama improvisada que ha montado frente al fuego.
James me acuna suavemente sobre las mantas de franela y
desplaza su cuerpo ante el mío. Tiene cuidado de no tocarme el
tatuaje. Abro las piernas para él y levanto los brazos por encima de
la cabeza, arrastrando los talones por las mantas mientras él
contempla mi cuerpo expuesto. Mis grandes pechos se levantan y
mis rosados pezones se endurecen por la forma en que me mira,
como si estuviera a punto de devorarme lentamente hasta que no
pueda moverme.
Joder. Sí.
Agarrándome las rodillas, James desliza las palmas de las
manos por la suave cara interna de mis muslos hasta el pliegue que
hay cerca de mis caderas. Entre la presión que se acumula en mi
interior y el calor del momento, no sé cómo es capaz de aguantar.
Quiero tirarme encima y cabalgar sobre él hasta la semana que
viene, con él tirándome del cabello hasta la meta.
Mis caderas ondulan en un flujo sensual. No soy nada tímida
y quiero que me mire. Sus pulgares separan los pliegues de mi coño
mientras me abre lentamente. Veo cómo se muerde el labio inferior
y sus ojos se entrecierran. Daría cualquier cosa por saber lo que
piensa.
No quiero esperar ni un minuto más.
Se lleva la palma de la mano a la boca, escupe y se la restriega
por la punta de la polla. Se me separan los labios y se me abren las
rodillas ante ese simple acto que me acelera el pulso. Mi mirada
recorre la tinta negra a lo largo de su cuerpo mientras se acaricia
un par de veces, luego se inclina y se coloca en mi abertura.
Mirándome a los ojos, James coloca la punta entre mis
pliegues hinchados, luego acorta la distancia con mi boca y se
desliza hasta que no puede más, besándome al mismo tiempo.
Ya sé que ninguno de los dos tiene el control esta noche.
Esta noche, somos uno.
Esta noche, dejamos que la pasión y el amor que sentimos el
uno por el otro tomen las riendas.
Nuestros gemidos resuenan en el crepitante calor del fuego.
Ambos nos quedamos quietos, sintiendo el clic que se produce entre
nosotros. Incluso nuestro beso se queda quieto.
Yo lo siento.
James lo siente.
Temblando sobre mí, James separa sus labios de los míos y
me mira. Entrelaza sus dedos con mi mano izquierda y presiona su
palma contra la mía.
—Lo eres todo para mí, cariño. Espero que lo sepas.
—Acabas de ponerme una piedra enorme en el dedo. Será
mejor que lo sea.
La felicidad de mis ojos coincide con la satisfacción de mis
labios. Cuando un cónyuge trata a su otra mitad como a un rey,
recibe el mismo trato a cambio. Creo firmemente que recibes lo que
das. No se trata solo de mí sí estoy en una relación comprometida,
se trata de los dos. Incluso después de la escandalosa vida que he
vivido, no tengo reparos en mi pasado, y él tampoco. Encontrar una
pareja que acepte sus defectos y pecados y los suelte es lo que hace
florecer la emoción. Al final, todos buscamos lo mismo... queremos
a alguien que nos quiera tal y como somos. James y yo nos amamos
tal como somos.
Rodeo su espalda con los tobillos y lo miro. La sonrisa sexy
que se dibuja en la comisura de sus labios hace que mi corazón se
acelere. Vamos a tener una gran vida juntos.
Tira ligeramente de sus caderas hacia atrás y el beso de James
es exigente mientras vuelve a penetrarme. El calor me recorre la
sangre. Me hormiguea la piel desde el cuello hasta la punta de los
pies de puro placer. Nos separamos y gemimos al unísono,
aferrándonos el uno al otro un segundo más para recuperar el
aliento. Mis extremidades temblorosas se enredan con las de
James, y el martilleo contra mi pecho late en el suyo. El aroma
masculino que desprende me hace sentir una oscura necesidad.
Nos hemos perdido el uno en el otro para bien, y no hay otro lugar
en el que preferiría estar que aquí, con él envuelto entre mis brazos.
Mis labios succionan la piel que hay bajo su barba y la meto
en mi boca. La polla de James se retuerce dentro de mi coño con
satisfacción. Alcanza el ángulo justo y me estremezco a su
alrededor. Mi lengua gira sobre su pulso antes que mis dientes
raspen suavemente su garganta.
El gemido sensual de James se hace más fuerte cuanto más
tiro de su cuello. Me resulta increíblemente atractivo.
—Deja una marca. Quiero que lo hagas —dice con la voz
estrangulada por el éxtasis.
Siento escalofríos en los brazos. Tengo ganas de dejarle una
marca en la polla con la boca, pero eso tendrá que esperar.
Ya no se puede hablar más. No por el gruñido que acaba de
resonar en mi pecho. Mis muslos se ciñen a su cintura y mi mano
libre juguetea con su nuca, enredando los dedos en su cabello. Se
impulsa hacia mí y yo tiro de su cabello, dándole un poco de
tensión. Las caderas de James retroceden y yo levanto las mías para
que vuelva a penetrarme más profundamente. Jadeo cuando el
calor cubre mi piel y mis dedos aprietan los suyos. El cuerpo de
James choca contra el mío con un dolor tan profundo que mi coño
se estremece derrotado. Levanto una pierna por encima de su
espalda y él se acerca y me agarra las nalgas para que su embestida
sea más intensa. Sus dedos se clavan en mi piel, haciendo que un
delicado calor bordee el lugar donde me agarra.
—Oh, James —digo sin aliento. La sensación que me golpea
el clítoris mientras me penetra me lleva a un nivel superior—. Estoy
cerca, amor.
Mis piernas se abren y James aprovecha para acelerar el
ritmo. Es un hombre que sabe lo que quiere y cómo dar para
conseguirlo. Este tipo de pasión que surge entre nosotros es una
pasión única en la vida a la que me aferraré para siempre.
Capítulo 25
El corazón se me acelera y tengo la piel húmeda de lo fuerte
que me late el pulso. Estoy a punto de llegar al orgasmo, pero
necesito que James se corra conmigo al mismo tiempo. Mi espalda
se arquea y mis pezones presionan su pecho. Un lento ronroneo
sale de mis labios.
James se lanza hacia mis labios, pero me provoca quedándose
a escasos centímetros.
—¿Lista para volar conmigo?
Mis ojos se mueven entre los suyos. Tranquilo, corazón.
—Siempre.
—Entonces bésame.
Lo hago sin dudarlo.
Con mi mano izquierda aún unida a la suya, la necesidad es
más estrecha y mi respiración cada vez más profunda. James
bombea sus caderas hacia las mías y mi cuerpo se estremece en
respuesta. Gimo en su boca y siento cómo el orgasmo me sube por
las piernas. Estamos tan cerca del límite que apenas puedo
soportarlo. James levanta una de sus rodillas para poder
penetrarme más profundamente y me coloca la palma de la mano
en la garganta mientras me aprieta la mandíbula. Su forma de
hacer el amor es cruda, su beso no perdona. James hace el amor a
mi boca del mismo modo que lo hace con mi cuerpo, dándome todo
lo que puede ofrecerme para que entienda que soy suya en todos
los sentidos imaginables.
Mi mente se concentra únicamente en la forma en que mi coño
succiona su polla, en cómo presiona mi clítoris. Es tan increíble que
me vuelve loca por él. Nuestros pechos suben y bajan, los dos
luchamos por aguantar. Con otras tres penetraciones, nuestro beso
se convierte en un jadeo desesperado. La euforia se apodera de
nosotros hasta que volamos juntos hacia la más hermosa puesta de
sol. Nuestras manos permanecen unidas todo el tiempo mientras
James se derrama dentro de mí. Con los dedos apretados, sus
caderas se mueven lenta y suavemente.
James murmura en voz baja de placer absoluto. Me encanta
hacer sentir bien a mi hombre.
—James. —Jadeo y exhalo con fuerza—. ¿Cómo te las arreglas
para hacer el amor cada vez mejor?
Se ríe entre dientes, y cuando lo hace, el semen resbala de mi
sensible coño. ¿Cómo consigue encontrar humor en un comentario
tan serio?
Suelto un largo suspiro.
—Hablo muy en serio, James.
Su nariz roza la mía y noto cómo sus labios se acercan a los
míos.
—Se necesitan dos, cariño. Me haces querer hacerlo mejor que
la última vez solo por la forma en que te deshaces en mis brazos.
Me pesan los ojos mientras lo miro fijamente cuando me viene
a la cabeza la idea que tuve antes.
—Me toca a mí, amor —le digo.
¿Cómo hacer que un hombre caiga de rodillas? Dándole la
mejor mamada de su vida.
Consigo ponerlo boca arriba y sacarlo de mí. Hay un suave
plop entre nosotros, y luego su semen está goteando fuera de mí
sobre la manta.
—¿Qué haces, Aubrey? —pregunta, mirándome apoyado en
sus codos.
—Voy a hacer que te desmorones.
Su cabeza cae hacia atrás, entre sus hombros, y suelta un
gemido gutural mientras yo lamo sobre él hasta que solo puedo
saborearlo a él. Las venas de su cuello sobresalen en tensión.
Acaricio sus pesadas bolas y recorro con los dedos la mezcla
de nuestros fluidos goteando por su saco. A James le gustan los
puños apretados y eso es exactamente lo que le doy. Alargo las
mejillas y tiro de él con toda la fuerza y profundidad que puedo
hasta el fondo de mi garganta. Sus rodillas se levantan, pero
rápidamente las empujo hacia abajo. Una vez casi me bloquea la
cabeza con sus malditos muslos mientras se la chupaba.
Mi lengua recorre cada surco rígido y el grueso pliegue que
rodea la punta de su polla, y luego traza una vena tensa mientras
lo lamo hasta dejarlo limpio. No prefiero saborearme a mí misma,
pero me resulta muy erótico hacerlo para James.
Arrastro los dientes suavemente por el tronco y envuelvo el
ancho con la lengua. Se introduce en el calor de mi boca como si no
pudiera aguantar más y suelta un profundo gemido.
—Esa puta boca tuya —me dice apretando los dientes, lo que
me anima a chupársela con más fuerza.
Se está ahogando de placer y de repente me siento privada de
él. Me entran ganas de trepar por su hermoso cuerpo y cabalgarlo.
Intento frotarme los muslos para ejercer toda la presión posible
sobre mi dolorido clítoris. Mi creciente deseo hace que me afane en
su polla como si fuera mi trabajo.
—Aubrey, cariño, dame ese coño.
Ignorando a James, me centro en la punta de la seta y sorbo
la corona ruidosamente sabiendo que le gusta oírme chupársela.
James me recompensa con un gemido en lo más profundo de sus
pulmones. Me enhebra los dedos en el cabello y me da un buen
tirón hasta que mi boca se despega de él y me gotea por la barbilla.
—Sube aquí y dame ese coño, ahora.
Sacudo la cabeza, sé que me queda poco tiempo antes que me
domine. Empiezo a chupar la punta como si fuera un batido espeso
ligeramente helado, trabajando su polla con la lengua para llevarlo
a la cima.
Levanto la vista y veo su cabeza echada hacia atrás. James es
un espectáculo desde este ángulo, con las manos apretando las
mantas bajo él. Saboreo su placer y sé que está a punto. Me la meto
más profundamente y noto cómo su erección se retuerce en mi
mano.
—Oh, joder... Aubrey... Para... ¡Jesús, jodido Cristo!
Está a punto de correrse en cualquier momento. Abro la boca
y bajo, tragándomelo todo como si fuera a bebérmelo hasta dejarlo
seco. Trago, creando un espacio más estrecho. Justo cuando está a
punto de alcanzar la cima del éxtasis, James cambia de posición
antes que pueda detenerlo y se gira, colocando mi cuerpo en
paralelo al suyo.
Suelto un suave suspiro cuando se aferra a mi coño con la
boca y siento cómo me derramo sobre su rostro. Sin inmutarse,
James frota su barba sobre mi piel sensible mientras me sujeta
firmemente las caderas con las manos como si tuviera una misión.
Me da una palmada en el culo y luego coloca sus labios en mi coño
como si estuviera chupando el zumo de un melocotón. Suelto un
grito ahogado cuando su lengua vibra sobre mi clítoris.
—Oh, oh, oh —gimo, clavando las uñas en su pierna
intentando luchar contra mi orgasmo. Los dedos de mis pies se
curvan en éxtasis.
—Eres tan jodidamente caliente desde este ángulo —dice más
para sí mismo.
Me tiemblan los muslos y estoy al borde de la liberación. Mis
caderas se mueven solas mientras me lo bebo más deprisa, con más
avidez, hasta el punto que sé que va a arder en cualquier momento.
Y eso es exactamente lo que hace.
James levanta la rodilla y clava el tacón en el suelo. Un
gruñido sexy como el infierno sale de sus pulmones mientras se
corre, disparándose en mi boca sin ningún pudor. Cierro los ojos y
me concentro en cómo me está torturando. Mis caderas retroceden
mientras sus labios me succionan con fuerza. Me sujeta y eso solo
hace que me tiemble más la piel cuando las estrellas explotan
dentro de mí. Alcanzo el clímax en su boca y el placer se apodera
de los dos.
Mi cuerpo gira hacia un lado y mi rodilla se levanta,
abriéndose. Estoy desnuda ante James, con el coño dilatado junto
a su rostro. Pero no me molesta. Miro el techo rústico de vigas de
madera aturdida, intentando recuperar el aliento.
—Estás tan rosa ahora mismo —dice James—. Está irritada.
—Su dedo toca suavemente el interior de mis pliegues—. ¿Te duele?
—No. Es como si me tocara una pluma. —Trago saliva, con la
boca seca.
—¿Y ahora qué? —me pregunta con dos dedos dentro del
coño. Me aprieto contra él y sacudo la cabeza, incapaz de articular
palabra.
Estoy demasiado débil para moverme, pero James tiene otros
planes. Juega con mi sexo, trazando las líneas y el interior de mis
pliegues con el dedo.
Observo sus ojos estudiar el acto como si estuviera perdido en
lo que hace. Su mirada viaja más abajo cuando la evidencia de su
placer mezclado con el mío se desliza por mi culo. James se
incorpora y maniobra para que su mejilla descanse sobre mi muslo
y besa mi tierno clítoris. Me encanta que se sienta tan cómodo con
mi cuerpo. Este hombre no necesita lecciones de cómo complacer a
una mujer.
—James, no puedo. Necesito un segundo.
—Seré suave. Túmbate ahí y déjame jugar contigo.
¿Quién soy yo para discutir eso?
No hay prisa en el beso de James. Se toma su tiempo,
lamiendo mi sexo con suaves caricias. Apenas me muevo cuando el
orgasmo aparece como una ráfaga de energía que sopla en mi
interior. Mis piernas intentan hacer una tijera con su cuerpo,
pequeños suspiros se escapan de mis labios. Él mantiene el ritmo
lento y constante todo el tiempo mientras me sujeta las piernas para
que no pueda moverme. Cuando hace esto, me mantiene quieta
para que tenga que aguantar lo que me está dando, enciende una
llama oscura dentro de mi vientre. Tener que permanecer quieta
mientras un tormento de calor y emoción me desgarra siempre
resulta ser el mayor desafío del día.
Capítulo 26
Miro con nostalgia por las puertas francesas. Caen pequeñas
gotas de nieve justo antes que cierre los ojos y me invada otro
intenso orgasmo. Un gemido largo y sensual sale de mis labios. El
sonido de James sorbiendo mi placer provoca un temblor en mis
huesos. Levanto las caderas hasta su rostro, inclinándolas para que
el orgasmo me golpee con más fuerza. Es la única forma que tengo
de mover el cuerpo mientras él me convierte en un montón de placer
a sus pies.
De rodillas, James me besa el vientre, los pezones y la boca.
Sonríe por encima de mí. Estoy tan agotada que ni siquiera puedo
tomar su cara y sostenerlo. Él lo sabe y veo cómo su sonrisa
aumenta.
—Hola, preciosa —dice James, se sienta a un lado y me
arrastra con él hasta que nos recostamos en el sofá frente al fuego.
Me da un tierno beso en la coronilla. Estoy acurrucada en la
seguridad de sus brazos, sintiendo que la intimidad entre nosotros
pasa de dos latidos a uno.
Mi mano se apoya en su pelvis. Al igual que conmigo, siempre
necesito tener mis manos sobre él de alguna manera.
Las llamas danzantes de color naranja quemado y amarillo
ámbar crean un suave resplandor sombrío en mi anillo de
compromiso. Levanto la mano para ver de nuevo el anillo y lo
contemplo con asombro. Los pequeños diamantes que rodean la
banda hacen juego con la piedra perfecta del centro. La claridad me
recuerda a cuando miro a través de un cristal transparente sin
darme cuenta. James ha elegido un anillo impresionante.
—Gracias por no rendirte conmigo —le digo agradecida—.
Tenía miedo de haber perdido la oportunidad de ser tu esposa.
—No pensaba rendirme. —James hace una pausa y dice—:
Estamos bien juntos, Aubrey.
—Lo estamos, ¿verdad?
Levanto la cabeza y lo miro con ojos de amor. Le rozo el
estómago con la palma de la mano hasta llegar a su pecho. Él agarra
cuatro dedos con la mano y los pone sobre su corazón. Nos
quedamos así, relajados frente al fuego mientras la nieve cae con
más fuerza afuera. Una cosa que me encanta de esta cabaña es la
luz natural. No hay cortinas en nuestra habitación del segundo
piso, solo ventanas de cristal que dan paso a una mañana nevada
o a un bosque inexplorado por la noche. Si no recuerdo mal,
estamos sentados en unas tres hectáreas aisladas en las montañas
y rodeados de vida salvaje. James y yo hacíamos el amor al aire
libre para que cualquiera pudiera vernos, si es que se les permitía
la entrada.
—Puedo quedarme así para siempre —digo, con palabras
llenas de satisfacción.
—Lo mismo digo, cariño.
Pasa un poco más de tiempo antes que nos pongamos de pie.
Me muero por contarle a Natalie lo del compromiso y decido hacerle
FaceTime para ver su reacción.
—¿Dónde están las maletas?
No es que no me haya visto desnuda antes, pero pensé en
vestirme primero. James me mira como pensativo mientras
descorcha el champán. Mis labios se crispan. Rara vez se aleja del
coñac.
—Espera. ¿Sabías que iba a decir que sí y por eso tienes
burbujas aquí? ¿Para celebrar que nos hemos comprometido?
Estoy jugando con él. No importa cómo James planeó lo que
hizo, solo que lo hizo. Podría decirme cien veces al día que me ama,
pero demostrármelo es otra historia. Hay que esforzarse para
demostrar que se ama a alguien más allá de las palabras. No me
digas que me amas. Demuéstrame que me amas. Y lo hace. Cada
segundo del día intenta demostrármelo. Dios, espero hacer lo
mismo por él. Quiero que James conozca el amor como yo lo
conozco de él.
—Hoy es tu día, y quería celebrarlo contigo de la mejor manera
posible. ¿Esperaba que dijeras que sí cuando te lo propuse? Claro
que sí. Tal y como yo lo veo, el compromiso es solo un extra.
Se me escapa una risita.
—Mira en el armario. —Asiente con la barbilla.
Al entrar en el vestidor, veo nuestras maletas negras en un
rincón y voy a recogerlas. Tomo las dos por si James quiere ponerse
pantalones, solo para fruncir el ceño cuando las tengo en las
manos. Miro hacia abajo. Una de las maletas parece muy ligera.
Sacudo la cabeza. Típico de James. Suele llevar poco equipaje y
luego tiene que comprar ropa. Espero que al menos haya metido un
par de chándal de franela. Le quedan muy bien.
Con dos copas de champán entre los dedos, James se acerca
a mí. Dejo su maleta en el suelo y me doy la vuelta con la mía en la
mano.
—Eso es mío —dice.
Hago una pausa.
—¿La pesada? Supuse que era mía y que Natalie había metido
todo lo que había debajo del fregadero de la cocina.
—Mira más de cerca.
Mi mirada recorre el equipaje. Me tapo la boca y reprimo una
carcajada. Hay un llavero que pone “Mi papi es el número uno”
colgando de la parte inferior, donde se juntan las dos cremalleras.
Se lo regalé a James cuando estuvimos en Barcelona, en un bar de
mala muerte, después de que uno de los nativos se refiriera a él
como Papá, pensando que era mi padre. Me pareció muy gracioso
que le encantara y lo pusiera en su maleta.
Miro a James por encima del hombro, negando con la cabeza.
—¿Por qué sigues aguantándome?
Sus ojos brillan divertidos.
—Podría contar todas las formas en que te amo, pero me temo
que tardaría siglos en completarlo.
—Eres un alborotador, James.
Alcanzo la otra maleta y me arrodillo en el suelo para abrirla
y echarla hacia atrás. Un soplo de aire pasa por mis labios cuando
el contenido aparece ante mí.
Un contenido, en realidad.
Sacudiendo la cabeza, busco la nota adhesiva amarilla pegada
en el centro con la letra de Natalie.
De nada.
Suelto una risita mientras golpeo el dorso de la parte adhesiva
con el dedo índice.
—Es tan imbécil. ¿Por qué no me sorprende?
Me levanto y le tiendo la nota a James. Entrecierra los ojos,
sus fosas nasales se dilatan y veo cómo una sonrisa divertida se
dibuja en su rostro.
—No me puedo creer que haya hecho eso.
—¿Sabía ella que ibas a proponerte?
—No. —Suelta una carcajada sin dejar de mirar la nota. Baja
el brazo y levanta los ojos hacia los míos—. No confiaba en que no
te lo dijera. Me dijo que, si no volvías con un anillo en el dedo,
considerara la posibilidad de incendiar mi casa. Sinceramente,
tenía una mirada enloquecida. No me extrañaría. Las mujeres están
locas.
Levanto una ceja.
—Y aun así acabas de ponerle un anillo a una de ellas.
Las comisuras de los labios de James se curvan en la sonrisa
más bonita y desgarradora que he visto en un hombre. Me pasa un
brazo por el cuello y se inclina para darme un abrazo de oso.
—La mejor —me dice, y una sonrisa cursi ilumina mi rostro.
—Necesito una camiseta que ponerme —digo, apartándome.
James recorre con la mirada mi cuerpo desnudo.
—Creo que estás muy bien tal y como estás.
—No puedo llamar a Natalie sin camiseta. —Levanto la mano
izquierda—. Y quiero decirle que estamos comprometidos. —Hago
un falso mohín.
James me despeina el cabello. Me doy cuenta que no ha
dejado de sonreírme desde que dije que sí. Las mariposas crean
diseños con sus alas alrededor de mi corazón. Ojalá hubiera dicho
que sí antes.
Ojalá... Decido en este mismo instante dejar atrás mis
decisiones pasadas. Tengo al hombre. ¿Por qué insistir en el pasado
cuando puedo centrarme en el futuro?
—Técnicamente, puedes ya que ella no te empacó nada de
ropa.
—Cierto... ¿Qué tal si me la quito en cuanto cuelgue con ella?
—Trato hecho.
Una vez que tengo los pechos cubiertos y James se ha puesto
unos pantalones cortos, me limpia el tatuaje con agua y jabón, y
luego me aplica loción. Siento un poco de tirantez y quemazón, pero
me asegura que no durará más de un par de días. Rellena nuestras
copas de champán mientras preparo nuestra cama improvisada
frente al fuego. Está calentita y es perfecta para acurrucarse junto
a mi prometido el resto de la noche.
Mi prometido.
—James. —Vuelve a poner la botella en la cubitera y me
mira—. Eres mi prometido. —No sé por qué lo digo, no es como si
él no lo supiera. James me estudia con una mirada peculiar y un
rubor me llena las mejillas. Supongo que me da mucho vértigo
soltarlo.
—Y tú eres mía.
—Nos vamos a casar —digo lo obvio como una tonta. James
parece más divertido que otra cosa.
—Y no puedo esperar, maldita sea.
Tranquilo, corazón.
James se acerca, se sienta a mi lado y me da una copa. Nos
cubre con la manta, subo las rodillas y me apoyo a su lado. Me
rodea los hombros con un brazo. Oigo efervescer las burbujas
mientras las inclinamos el uno hacia el otro para celebrarlo.
—Por nosotros.
Sencillo. Me encanta.
—Por nosotros —repito.
James y yo brindamos y bebemos sorbos.
—No puedo creer que nos vayamos a casar —digo
emocionada.
—Creo que estás en estado de shock.
Me rio entre dientes y James sonríe.
—Creo que puedes estar en lo cierto. —James me mira con
complicidad—. Entonces, ¿cuándo nos casamos?
Esta vez se ríe.
—Eso depende de ti y del tipo de boda que vayamos a tener.
Se me iluminan los ojos al pensar en nuestra boda. Los
vestidos que me voy a probar... Mis labios se curvan en una sonrisa.
Va a ser muy divertido ir de compras con Natalie.
Frunzo los labios y pienso en una fecha. Digo la primera que
se me ocurre.
—Yo digo que nos casemos el 25 de febrero.
Las cejas de James se disparan y parece un poco abrumado
ahora.
—¿Tan pronto?
Frunzo el ceño. Siento una punzada en el corazón por su
respuesta.
—¿Ahora es demasiado pronto?
—No, es cuando tú quieras, cariño —se apresura a decir—. Es
que no me lo esperaba, eso es todo. Siempre decías que no.
¿Quieres que nos fuguemos mañana a Las Vegas? Podemos hacerlo.
Lo que quieras, cuando quieras. Solo dime dónde estar. Todo lo que
pido es verte vestida de novia.
La tensión de mi cuello se afloja. Tiene razón. Mis ojos se
relajan y sonrío a James. Me devuelve el gesto y me besa en la
frente.
—Estoy muy contenta —le digo en voz baja, pero parece que
hablo sola.
—Yo también.
Aprieto la mejilla contra su pecho. Respiro y el fuego ardiente
se mezcla seductoramente con el sutil aroma de la colonia de
James. Exhalo y la felicidad me invade. La bergamota y la lavanda
crean una acogedora suavidad alrededor de mi corazón. Estoy justo
donde debería estar.
—Hueles a coñac y cubanos —le digo.
James me mira con un profundo cariño en los ojos que me
hace acurrucarme más cerca de él. Entregué mi corazón a un
hombre treinta años mayor que yo y fue la mejor decisión que he
tomado nunca. Pasamos por un desamor devastador y estuvimos a
punto de perdernos el uno al otro para siempre. Estuvimos a punto
de no lograrlo. Nuestro amor puso a prueba mi amistad con Natalie.
A pesar de todo, no cambiaría nada si significara cambiar este
momento ahora mismo.
La edad es solo un número, y el amor realmente conquista
todo.
—Supongo que convertirse en una prostituta de lujo tiene sus
beneficios después de todo.
Capítulo 27
Sostengo el teléfono delante de mí rostro esperando a que
Natalie conteste.
—¿Qué hora es en Italia? —le pregunto a James.
—Creo que llevamos unas seis horas de retraso. Así que
probablemente sea temprano por la mañana.
Miro la hora y se me caen los hombros.
—Natalie no es una persona madrugadora. Maldita sea.
Realmente quería...
Ella contesta.
—Aubrey —dice emocionada, pronunciando mi nombre como
si le encantara la vida.
Antes que pueda decir algo, muestro la mano izquierda
emocionada con una enorme sonrisa cursi en el rostro. Muevo los
dedos y ella entrecierra los ojos. Se queda boquiabierta y se inclina
para ver mejor. Natalie está sentada contra el cabecero de la cama,
con una sábana cubriéndole el pecho, el cabello alborotado y los
ojos manchados de delineador negro. Parece que alguien ha pasado
una noche divertida.
Se levanta cuando se da cuenta de lo que está mirando y grita
de excitación:
—¡Dios mío! Por fin, Ram Jam.
La risa brota de mis labios.
—Lo sé, ¿verdad?
Natalie intenta verlo más de cerca y yo mantengo los dedos
quietos. Puedo ver el anillo brillando en la pantalla, pero la cámara
no le hace justicia.
—Espera a verlo en persona. Es impresionante.
—¿Una piedra en forma de lágrima? Oh, papi lo hizo bien —
dice ella, mirando fijamente la piedra.
—¿A quién llamas Zaddy?
Mi ceño se frunce ante la inesperada voz de fondo y suelto una
carcajada, tapándome la boca.
—¿Quién demonios es ese? ¿Y acaba de decir zaddy? ¿Sabe
lo que significa?
Me muero por dentro. Un zaddy es un hombre mayor que está
buenísimo, con estilo y atractivo sexual. Como James.
Pone los ojos en blanco y se sonroja mucho. Natalie nunca se
sonroja.
—Sí, es el chico del limón. Su acento jodió esa palabra.
—¿Yo soy el chico del limón? —Oigo.
—¿Quién es el chico del limón? —James pregunta.
James se inclina para ver la pantalla y saluda a Natalie al
mismo tiempo que el chico del limón se inclina también. Veo cómo
se le arrugan los ojos. Natalie y yo observamos cómo los dos se
miran intentando averiguar quién es quién. Es bastante cómico.
Nos quedamos en silencio hasta que Natalie habla:
—Luca. Es el sabor de la semana —dice Natalie, moviendo los
labios—. Limón.
—Espero que estés usando protección, Natalie —dice James,
su voz un poco firme. Habla como un verdadero padre preocupado.
Si no fueran tan abiertos el uno con el otro, pensaría que esto es
raro, pero no lo es.
—¿Quién es? —Luca pregunta.
Tiene una barba poblada y lo que parecen ojos color avellana,
lo que me sorprende. Natalie odia las barbas, dice que son
antihigiénicas. Una vez me dijo que prefería lamer el suelo del metro
que besar a un hombre con barba. Supongo que ha cambiado de
opinión.
—Hola, papá —dice Natalie.
Reprimo una carcajada. Ella también lucha contra la risa. Me
imagino lo raro que parece. Estoy en FaceTime con mi mejor amiga
con su papá sin camisa a mi lado. A juzgar por nuestra falta de ropa
y el rubor relajado de nuestras mejillas, está claro que todos hemos
tenido sexo. Natalie tiene un nido de ratas en la cabeza mientras
que mi melena está por todas partes. Voy a tener que llamarla más
tarde, cuando esté sola, para que me cuente los detalles de su cita
y lo que ha pasado.
—¿Ese es tu padre? —pregunta el chico del limón. Está
descaradamente perplejo.
—Sí, y mi mejor amiga.
Tras una pausa embarazosa, Luca se vuelve para mirar a
Natalie. Está confundido mientras mira su piel impecable como si
estuviera tratando de averiguar lo que es uno más uno.
—¿Están juntos? —pregunta, y ella asiente—.
¿Comprometidos? —Ella vuelve a asentir. Esta vez Luca hace una
pausa más larga, y luego dice—: No hacemos ese tipo de cosas en
mi país.
Natalie le lanza una mirada inexpresiva.
—Acabas de contarme que tus primos endogámicos se
casaron en las colinas de Italia.
—¿Qué es un endogámico? —pregunta, y yo me rio. Suena
mucho más gracioso viniendo de él.
—Gente del campo que se folla a sus primos —dice Natalie,
muy seria también. Luca casi parece ofendido, pero algo me dice
que en realidad no lo está. Esto es un gran entretenimiento para
nosotros.
—No somos folladores de primos, Natalia. —Me encanta que
la llame por su nombre en su lengua materna. Suena sexy viniendo
de él.
—Para un neoyorquino, lo son. Los primos que se casan son
endogámicos.
Luca la mira serio.
—Eso es porque los neoyorquinos están locos. No son gente
normal.
—Ah, ¿y tú has estado en Nueva York?
—Muchas veces, la verdad.
—¿Para qué?
—Natalie, ¿sabías algo de este hombre antes de meterte en la
cama con él? —pregunta James.
Ella ignora a James y continúa con Luca. Hablan como si
llevaran veinte años casados y, sinceramente, me está encantando
cada segundo.
—Me dijiste que eres cien por ciento italiano.
Se sienta un poco más alto y baja la mirada.
—Lo soy.
—Eso no es posible, a menos que lo mantengas en la familia.
Una bulliciosa carcajada sale de James.
—No tortures al hombre, Natalie.
—El pobre chico del limón no sabe dónde se ha metido —
añado, mientras James se levanta y hace ademán de ir al baño.
Asiento y miro a mi prometido alejarse, observando los poderosos
músculos de sus hombros que dibujan un camino hacia un sexy
par de hoyuelos justo encima de su culo.
—Sé exactamente dónde me he metido —dice Luca, y me doy
la vuelta cuando ladea la cabeza y mira a la pantalla con una
sonrisa de orgullo en el rostro—. Ya me he metido mucho en ella.
Jadeo y Natalie mira a Luca como si realmente se avergonzara
por primera vez en su vida. Él le pasa un brazo por la cintura y tira
de ella hacia él. Una dulce sonrisa se dibuja en sus labios. Ni
siquiera se resiste, y eso que rara vez es de las que se ruborizan
ante un hombre, pero con Luca lo hizo totalmente. Siento una
pequeña chispa en el pecho por ellos.
Natalie tiene sus manos llenas con este. Espero que tenga otra
cita con él.
—Cierra la puta boca, Luca —dice ella, pero es completamente
juguetona, y él lo ve.
—Esa boca. —Sacude la cabeza—. A mi madre no le gustan
las mujeres que maldicen.
—Como no pienso casarme contigo, la verdad es que me
importa una mierda.
—Nos vamos a casar —afirma Luca. Estoy segura que ahora
están en su propio mundo.
El rojo arde en las mejillas de Natalie y me muero por esto por
más de una razón. Apuesto a que ella estaba segura que él nunca
sería tan atrevido.
—Y una mierda que lo haremos. Te acabo de conocer hace
diez minutos.
—Y hace nueve minutos es cuando me di cuenta que vas a ser
mi esposa.
Natalie se gira para mirarme con cara seria.
—Le voy a clavar un picahielos en el puto ojo.
Intento contener la risa, pero me resulta imposible. Ver a
Natalie claramente enamorada de este tipo es lo que hace que este
momento sea tan memorable. Suelto una sonora carcajada cuando
pienso en lo que me dijo por teléfono a primera hora de la tarde. Me
había dicho que le parecía peligroso beber con él. Ahora entiendo
por qué.
—Asegúrate de follarte a James todos los días cuando se
despierte. Esposa feliz, vida feliz —dice Natalie con una sonrisa
cursi.
—Yo también me acordaré de eso —añade Luca, muy
orgulloso. Me resulta difícil enfadarme con estos dos—. ¿Por qué
llamas a tu padre por su nombre?
Natalie aprieta los dientes y exhala por la nariz. Esa mirada
me hace recordar cuando era niñera de los pequeños monstruos
gemelos y pedían agua por enésima vez después de acostarse y
veinte minutos más tarde se hacían pis en la cama.
Sin mirar, extiende los dedos y le toca la cara, luego lo empuja
hacia la cama mientras sujeta el teléfono. Él cae de un golpe. Natalie
está demasiado contenta consigo misma, hasta que Luca la rodea
por sorpresa con un brazo y la empuja a ella también. Ella cae y el
teléfono cae a la cama. Ahora solo veo sábanas blancas. Natalie se
ríe como si le hicieran cosquillas mientras Luca dice:
—Di buenas noches, Natalia.
—¡Buenas noches, papá y mejor amiga!
Puedo oír la sonrisa en su voz y se me alegra el corazón.
—Es tu madrastra. —Vuelve a reírse, cuelgo y dejo el teléfono
en la mesita.
—Buenas noches —dice James al salir del baño—. ¿Debería
preocuparme? —pregunta y vuelve a su sitio junto a mí.
Niego con la cabeza.
—No. Sé que es tu hija, pero créeme cuando te digo que puede
manejar esto. Va a llevar a ese chico al colegio.
Se queda pensativo.
—¿De verdad acaba de conocer al chico hace solo diez
minutos?
—Aw... amor.
James se pasa una mano por el cabello. Ambos vimos la forma
coqueta en que Luca y Natalie estaban el uno con el otro. Sé que
sintió lo cómodos que estaban como yo, pero sigue siendo su padre.
—Solo quiero asegurarme que está bien. Está en otro país.
Me giro para mirarlo. Quiero añadir que no lo conoció hace
diez minutos, sino antes, en la playa, pero me doy cuenta que no
ayudará en nada.
—Apuesto a que lo trae a la boda —digo, con la esperanza de
calmarlo.
—¿Tan segura estás de que está bien?
Asiento.
—Sí.
James tira de mí hasta que estoy sentada entre sus piernas
con la espalda pegada a su pecho. Sus brazos me rodean el
estómago y su mejilla está pegada a la mía.
—Ustedes dos, son mi mundo. Si les pasara algo a alguna de
ustedes, no sé qué haría conmigo mismo. Si confías en que ella está
bien, entonces confío en ti.
Entrelazo mis dedos con los suyos, luego cruzo los brazos bajo
mi pecho y me acurruco en su hombro.
—Lo hago.
Nos quedamos en silencio, mirando juntos el fuego y
sintiéndonos como en casa. Ninguno de los dos habla durante un
rato, y creo que es porque los dos estamos contando la noche. Una
suave sonrisa se queda en mi rostro y un calor me llena el corazón
hasta reventar. Me siento como flotando en una nube. Me doy
cuenta que esto es el amor y por qué la gente quiere casarse. Ahora
lo entiendo. No soy ingenua para pensar que siempre serán
diamantes y coñac, pero no hay una sola persona en el mundo con
la que quisiera pasar noches tranquilas, en medio de la nada,
simplemente mirando un fuego mientras pasa el tiempo.
—Te voy amar más que a nadie, James.
Epílogo
James
Soy un hijo de puta con suerte.
Tengo las manos cruzadas delante de mí y siento el esmoquin
como si llevara una capa extra de piel. Hay un arpa tocando
suavemente una canción de Ed Sheeran de fondo, pero no hace
nada por bajar mi tensión y mucho menos tranquilizarme. Lo único
que oigo es el latido de mi corazón contra el pecho y siento el
nervioso rebote de mis zapatos mientras espero a que Aubrey pase
por el pasillo. Si no se da prisa, voy a empezar a sudar en cualquier
momento.
Lanzo una mirada fugaz a mi hija, que luce una enorme
sonrisa y ojos soñadores. No hay día en que no agradezca la
bendición de Natalie. Los dos años que pasé separado del amor de
mi vida fueron un infierno para mí. Incontables veces me encontré
buscándola allá donde iba, intentando vislumbrarla en las sombras
más oscuras de mi mente. Quería ir a verla y decirle que se dejara
de tonterías y estuviera conmigo, pero respetaba demasiado a mi
hija para eso. No iba a interponerme entre ellas, a pesar de lo solo
y destrozado que me sentía por dentro.
Sin embargo, el mundo funciona de maneras misteriosas, y el
día que Natalie me exigió que me reuniera con ella a una hora
concreta en Chelsea Park, no lo cuestioné. Me lancé.
En mi interior, sabía que era mi única oportunidad.
Ahora está mirando y esperando a que su mejor amiga, mi
futura esposa, haga su gran entrada. Sigo su mirada llorosa y
observo la sala de invitados. Hemos optado por una boda pequeña
e íntima, de no más de cincuenta personas, en el corazón de
Manhattan. Mañana nos vamos a Aspen, otra vez, porque Aubrey
insistió, y luego nos vamos a Grecia un par de semanas.
La música da paso a otra canción y la iluminación de la sala
privada disminuye hasta proyectar un suave resplandor. Aubrey me
dijo que cuando cambiaran las luces sería cuando saldría. No
paraba de hablar de unas bombillas especiales de oro rosa que
necesitaba y que crearían un ambiente exuberante, romántico y
reflejarían su vestido. Yo no tenía ni idea de que existieran, pero no
me importaba. Me encogí de hombros y le dije que podía tener lo
que quisiera. Tampoco bromeaba. Es nuestra única boda y quiero
que sea perfecta para ella. No iba a darle una razón para divorciarse
de mí.
Pero ahora entiendo por qué necesitaba estas luces.
Mis labios se entreabren y me quedo paralizado mientras
escalofríos recorren mis brazos tibios.
Ya está aquí.
Aubrey entra en la habitación y siento que se me va a parar
el corazón. Es increíblemente impresionante. Nunca he visto nada
tan magnífico en mi vida. Nuestros invitados se giran para verla
caminar hacia el altar, los fotógrafos hacen fotos, incluso oigo a
Natalie lloriquear, pero solo nos vemos el uno con el otro.
Su piel tiene un tono rojizo que hace que parezca besada por
la luz del sol. No quiso llevar velo, así que lleva el cabello oscuro
recogido en una trenza rizada y desordenada que tira hacia un lado
con pequeños mechones que cuelgan alrededor de su hermoso
rostro. La trenza le cuelga por encima de los pechos, en los que mis
ojos no pueden evitar detenerse. Me gusta más su culo ahora que
tiene un poco más de volumen ahí detrás, pero sus tetas son igual
de espectaculares. Tiene adornos de perlas y diamantes
incrustados en la parte superior del corpiño que descienden por el
centro. Desde mi punto de vista, parecen de color ámbar. El
elegante corsé de color marfil pálido que ciñe sus pechos hace que
me pase los dientes por el labio de puro deseo. Ha dicho que tiene
capas de tul que empiezan en la cintura, pero se le ha olvidado
mencionar los volantes que parecen plumas tridimensionales y alas
de mariposa flotando por los lados hacia la cola.
—Mierda —murmuro en voz baja. Está hermosa.
Levanto la mano para taparme la boca, con la vista un poco
borrosa. Me asombra y me embarga la emoción al verla así. Si
derramara una lágrima, Natalie no me dejaría vivir, pero hombre,
estoy jodidamente cerca de hacerlo. Todos los días me imaginaba
cómo sería Aubrey caminando hacia el altar, pero mi imaginación
no le hace justicia. Ni siquiera cerca. Ella es la luz de mi vida, mi
otra mitad, mi mejor amiga, mi amante y la razón por la que siento
que me va a dar un infarto de lo rápido que se me acelera el corazón.
Ella es todo lo que podría desear e imaginar y más.
No puedo apartar la mirada de ella. Aubrey es feroz en el
corazón y devastadoramente hermosa en los ojos. Y es toda mía,
para siempre.
Pero entonces... esboza una sonrisa con una mirada en sus
ojos solo para mí, y apenas puedo contenerme un segundo más.
Aubrey recorre algo más de la mitad del camino antes de que
yo baje los escalones y me dirija hacia ella en piloto automático. No
le da tiempo a pensar en lo que está pasando y yo tampoco lo pienso
mucho, porque tomo su rostro y la beso hasta dejarla sin aliento.
No lo había planeado y, aunque nuestros invitados no se lo
esperaban, se dejan llevar como nosotros, aplaudiendo y gritando
de emoción a nuestro alrededor.
Tenía que tenerla.
Me echo hacia atrás y la miro a los ojos, sintiendo que mi
corazón va a explotar.
—Lo siento. No podía esperar. —Le doy otro pequeño beso.
Una lenta sonrisa se dibuja en su rostro y llega hasta sus ojos.
—No lo querría de otra forma.
Maldita sea, me encanta esta mujer.
Tomándola de la mano, caminamos juntos hasta llegar al
altar. Está sonrojada y me encanta que lo esté. La palma de mi
mano está húmeda por los nervios y mis dedos tiemblan
ligeramente, pero ella no lo nota. Hoy significa mucho para mí, es
uno de los días más importantes, después del nacimiento de
Natalie, y ella lo sabe.
La guío escaleras arriba y Natalie se inclina para arreglarle el
vestido y tomar el ramo. La música del arpa desciende para que
podamos empezar la ceremonia, otro toque romántico que quería
Aubrey.
Me sitúo frente a ella, sonriendo como un tonto porque soy
muy feliz. Tiene los ojos brillantes y me doy cuenta que está
luchando contra sus emociones tanto como yo. Incapaz de luchar
contra el impulso y lo extasiado que estoy, me acerco para robarle
otro beso rápido.
—James. —Aubrey suelta una risita en voz baja y sus mejillas
se sonrojan.
Natalie le da un golpecito y comprueba si se le ha corrido el
carmín. Le limpia una manchita. Aubrey se vuelve para mirarme y
yo le pido disculpas.
Ella le resta importancia y me mira a los ojos, sin inmutarse,
pero más bien enamorada. Es otra de las razones por las que me
enamoré de ella tan rápido. Ella me entiende, yo la entiendo, y
ambos hacemos que funcione. No nos reprochamos nada por ser
como somos.
Aubrey parpadea y me dedica una sonrisa en la que se muerde
el labio, dándome a entender que siente lo mismo que yo. Una curva
sensual se desliza en su lugar y es todo lo que necesito ver para
saber que está preparada para ser mi esposa.
Me giro y miro al oficiante.
—No voy a rejuvenecer. Conviértela en mi esposa antes que
tenga la oportunidad de dejarme por alguien de su edad.
—Salud —dice Reece.
—Salud —respondo, y chocamos nuestros vasos, bebiendo un
chupito. Los chupitos son para los millennials, pero en raras
ocasiones me tomo uno.
—No puedo creer que la atraparas.
Lo miro y asiento, luego le pido al camarero que me traiga
otras bebidas. No pretendo emborracharme en mi noche de bodas,
así que vuelvo a lo que estoy acostumbrado y conozco mejor... el
coñac. Aubrey y yo acordamos tomar un par de copas, pero nada
más. Queremos que nuestra noche de bodas sea un momento que
ambos recordemos vívidamente.
—Cuéntamelo a mí. Todavía me pregunto qué es lo que ve en
mí —le digo.
—Nunca habría pensado que la chica a la que me hiciste follar
delante de ti sería tu esposa algún día.
Una sonora carcajada sale de mí. Me vuelvo hacia Reece
mientras rio histéricamente y le doy un par de palmadas en la
espalda. Una sonrisa ilumina mi rostro al pensar en aquella noche
y en cómo tiene las bolas de sacar el tema ahora. Tuve que engañar
a Valentina para que me viera en aquel momento. Ya entonces
luchaba contra el destino.
Típico de Reece. No estoy enfadado. Tengo a la chica al final.
Sé debajo de quién está por la noche y encima de quién por la
mañana, y eso es lo que importa.
—Jódete. —Me rio de nuevo—. Sabía que ibas a decir algo así
esta noche.
Se encoge de hombros sin disculparse y sonríe.
—No he podido resistirme.
Tomo un sorbo de mi veneno y me giro para echar un vistazo
a la sala de recepción tratando de encontrar a mi esposa.
—Fue una noche jodidamente caliente, ¿verdad?
—Se me pone la polla dura solo de pensarlo.
Asiento y alzo mi copa junto a la suya. Observo cómo Aubrey
y Natalie están inmersas en una conversación. Frunzo el ceño,
preguntándome por qué parecen tan intensas.
—Bromas aparte —dice Reece, dejando caer el humor de su
rostro—. Me alegro por ti, hombre. En cierto modo me sirves de
inspiración. Ya sabes que me encanta vivir la vida de soltero, pero
ahora estoy pensando que quizá necesite ir más despacio y disfrutar
de la buena vida.
Inclino la cabeza y le dirijo una mirada cómplice.
—La buena vida es eso, Reece. Hazme caso. Búscate una
mujer que te conozca y te ame más por eso.
Sorbo mi bebida y frunzo el ceño cuando veo que Aubrey
agarra el brazo de Natalie solo para que Natalie lo tire para atrás y
se lo lleve hasta su espalda.
—¿Te importa si bailo una vez con tu esposa?
Vuelvo a mirar a Reece. Tiene cara de póquer, pero sé que se
está muriendo por dentro aguantando la risa.
—Ni lo intentes, mierda.
—Pero no he traído pareja.
Mirándolo fijamente, levanto la mano y lo señalo con el
meñique.
—No es mi problema. —Termino el coñac y dejo la copa sobre
la barra—. Vuelvo dentro de un rato. Tengo que ver qué hace mi
esposa.
—Estaré aquí explorando la habitación, esperando encontrar
mi propia cuna para robar.
Sacudo la cabeza. Reece es un imbécil. Me rio porque en el
fondo es un buen tipo y sé que no habla en serio. Ahora tiene fiebre
de boda. La fase no durará mucho. La semana que viene me llamará
para preguntarme por qué se comportó como un marica la noche
de mi boda. Apuesto a que dirá que el camarero lo drogó o algo igual
de estúpido.
Me dirijo a grandes zancadas hacia donde están Natalie y
Aubrey, aún inmersas en una conversación. Justo cuando llego al
pequeño rincón en el que están, Natalie le levanta la mano a Aubrey
y capto un reflejo brillante bajo las lámparas de araña. Vuelve a
ocurrir y unas duras arrugas se dibujan en mi entrecejo. Se me
hunde el estómago mientras acorto la distancia entre los tres.
—¿Qué demonios es eso? —suelto, mientras miro fijamente
un maldito anillo de diamantes amarillos en la mano izquierda de
mi hija.
Ella aparta la mano y se la lleva a la espalda. Natalie tiene los
ojos redondos y abiertos como canicas azules a punto de salírsele
de la cabeza.
—¿Te has comprometido y no me lo has dicho? —le digo, un
poco dolido.
Solo le he echado un vistazo rápido, pero diría que es casi del
tamaño del que tiene Aubrey, si no un poco más grande. No es algo
que se pueda pasar por alto fácilmente, sobre todo porque es un
diamante amarillo raro. Espero una respuesta sólida, pero Natalie
me mira con ojos culpables, sabiendo que la han descubierto con
las manos en la masa.
Me doy cuenta de algo.
—¿Cómo es que no me di cuenta del anillo antes?
—Lo tenía puesto al revés —dice Aubrey, y mis ojos se desvían
hacia ella—. Yo tampoco lo vi. Solo se ve una fina banda de oro.
Cuando bailaba con Luca, lo vi. La había girado inconscientemente
con el pulgar hacia el lado derecho.
—¿Lleva uno? —pregunto.
Aubrey frunce el ceño.
—No lo sé. No he mirado.
Vuelvo a mirar a Natalie, que parece culpable como el pecado
pero sin remordimientos ahora. Se me aprieta un poco el pecho al
pensar que mi única hija se va a casar. No estoy disgustado, pero
estoy muy sorprendido y necesito tiempo para asimilarlo. Ahora
mismo, solo quiero bailar con mi esposa. Natalie comprometida es
una discusión que tendremos mañana en el almuerzo.
—No estoy comprometida. —Natalie suelta su brazo—. Pero
tampoco es lo que piensas.
—Oh, vaya. Allá vamos —dice Aubrey, y luego levanta la
palma de la mano, agitando los dedos hacia Natalie para que vea el
anillo—. ¿Qué has hecho? —La verdad es que yo también quiero
verlo. Pocas personas en el mundo pueden comprar una gema tan
rara como esa. Si Luca le compró una piedra falsa, voy a poner fin
a esta mierda hasta que llegue al fondo del asunto.
Paso un brazo por la cintura de Aubrey y la atraigo hacia mí
cuando el anillo de compromiso aparece ante nosotros.
Maldita sea.
Es de verdad.
Me quedo de piedra. La claridad es cegadora, es imposible que
sea falso. Aubrey mueve la mano de Natalie y la piedra brilla. Es
bonita, y ahora me pregunto a qué diablos se dedica este tipo.
—¿Cómo que no es lo que pensamos? —dice Aubrey, todavía
admirando la piedra—. No sabía que iban en serio.
—Nosotros no... Yo no... Nosotros... Él no. —Hace una pausa
y la miro, oyendo los nervios en su voz.
—Aww —dice Aubrey, con una sonrisa dulce y azucarada.
Suelta la mano de Natalie—. Te gusta y no puedes admitirlo. Típico
de Natalie. Como cuando no te gustaba aquel músico desnudo.
Se ríe entre dientes y eso hace que Natalie libere un poco la
tensión, pero niega con la cabeza y le lanza a Aubrey una mirada
que me hace pensar que es una mirada de código de chicas. Ahora
estoy confuso.
Mujeres. Nunca entenderé su lenguaje.
Por el rabillo del ojo veo a Luca acercándose a nosotros. Me
giro para mirarlo mientras se acerca. Lleva dos copas y solo tiene
ojos para mi hija. No me parece un delincuente ni me da malas
vibraciones. Mis instintos suelen ser acertados, pero también soy
humano y cometo errores.
Supongo que hasta ahora tiene un punto. Luca ni siquiera se
da cuenta que lo estoy mirando mientras se mueve detrás de ella.
Intento ver su mano izquierda, pero está bloqueada por la copa que
lleva.
—Como te he dicho, no es lo que piensas. —Oigo decir a
Natalie casi con el corazón roto—. Simplemente... no es mi tipo. No
es más que eso. Me estoy divirtiendo un poco, pero no es mi tipo.
No sé a quién quiere convencer, si a Aubrey o a sí misma.
—Mañana —digo rápidamente, pero ya es demasiado tarde.
Aubrey también se da cuenta y se le borra la sonrisa del rostro.
Luca ha oído lo que ha dicho Natalie. No es que intente ayudar a
Luca. Francamente, me enfada que no me haya preguntado
primero, pero ningún hombre quiere oír a la mujer con la que está
decir algo así—. Luca y tú almuerzan con nosotros mañana para
que podamos hablar —le digo—. Ahora, voy a tener un último baile
con mi esposa, y finalmente la llevaré a casa.
—Hola, Luca —dice Aubrey, con la voz tensa.
A mi hija se le cae la sangre del rostro. Miro a su prometido,
que se muestra completamente indiferente y desinformado. Es
imposible que no se haya enterado de lo que Natalie ha dicho de él,
pero actúa como si así fuera.
Sacudo la cabeza. Chicos.
Natalie se vuelve para saludar a Luca, pero lo mira de un
modo completamente distinto al que nos miraba a nosotros hace
dos segundos. Entrecierro los ojos y lanzo una breve mirada a
Aubrey para ver si ella también se ha dado cuenta, y luego vuelvo a
mirar a Natalie. Es como si hubiera parpadeado y una nueva
persona hubiera aparecido ante nosotros. Atrás ha quedado la
mirada desgarrada, sustituida por alguien feliz y libre sobre su vida.
Se miran como si estuvieran enamorados desde siempre.
Conociendo a mi hija como la conozco, es casi alarmante.
Luca le tiende una copa a Natalie. Ella la acepta, se inclina
para darle un beso en la mejilla y se acerca a él. Parece bastante
tranquila y ahora estoy más confuso que nunca. No tengo ni idea
de qué demonios está pasando. Abro la boca para decirles que nos
veremos mañana cuando Luca extiende la mano.
—Felicidades, Señor Riviera —dice, inclinando la cabeza
respectivamente hacia mí y mi esposa. Coloco mi mano en la suya
cuando pronuncia sus siguientes palabras como un hombre
orgulloso—: Soy Luca Enzo Alessio Bianchi Francesco tercero,
esposo de Natalia. Encantado de conocerlo por fin.
Silencio. Su saludo es una conmoción para mi corazón.
—¿Esposo? —repito, y luego dirijo una mirada punzante a mi
querida hija. Me doy cuenta que estoy agarrando la mano de Luca
más fuerte de lo que pretendía y me retiro—. Esto es nuevo para
mí. —Hago una pausa y vuelvo a decir—: ¿Esposo?
Los dedos de Aubrey aprietan los míos sobre su cintura y me
devuelven a donde estoy. Su pulgar acaricia la parte superior de mi
mano. Flexiono los dedos, miro hacia ella y la contemplo con
simpatía. Sonríe suavemente y, de repente, todo vuelve a estar bien.
Sé que, sea cual sea la disparatada historia que Natalie nos tiene
preparada, podré soportarla con mi esposa a mi lado.
También tengo la sensación que Aubrey me está dirigiendo
una especie de mirada en clave para que me calle de momento.
Volviéndome hacia Luca, le digo:
—Estaba informando a Natalie que mañana podemos
almorzar todos juntos. Esta noche quiero disfrutar del resto de la
velada con mi esposa.
Su sonrisa es sincera. Ojalá no lo fuera.
—Nos encantaría.
Tal vez es la emoción exacerbada que viene con las bodas,
pero no me atrevo a estar enojado con Natalie en este momento.
Solo quiero que sea feliz, y si casarse con un hombre de Italia con
la boca llena de nombres hace eso, entonces ¿quién diablos soy yo
para decirle que no? Me acabo de casar con su mejor amiga.
Aunque, su cara de póker es mejor que la mía.
Suelto a Aubrey, doy un paso adelante y abrazo a mi hija.
—Vamos a hablar de esto —le digo cerca de la oreja, solo para
que ella lo oiga. Asiente y le doy un beso en la mejilla.
—Felicidades —dice Aubrey emocionada, pero noto la tirantez
en su voz. Creo que le duele saber que su mejor amiga se ha casado
y no se lo ha dicho. Yo también le expreso mis mejores deseos y me
digo a mí mismo que voy a dejar para mañana el puto bombazo que
me ha soltado Natalie.
Entrelazo mis dedos con los de Aubrey, me la llevo y la
acompaño hacia la pista de baile. Me rodea los hombros con los
brazos y yo la aprieto contra mi pecho.
—Mírame —me dice, y lo hago.
—¿Cómo es posible que mi única hija se case y no me lo diga?
Aubrey no responde a mi pregunta. Sé que intenta asegurarse
que mantengo la calma, y lo intento, pero sigue molestándome que
no me dieran la opción de llevar a Natalie al altar.
—Amor.
Por los altavoces empieza a sonar “More Than Anyone” de
Gavin DeGraw. Una lenta sonrisa se dibuja en mi rostro y la
estrecho contra mí. Ha hecho que el DJ vuelva a poner la canción
de nuestro primer baile. Nos balanceamos juntos al ritmo de la
balada. Todo se desvanece y caigo en sus preciosos ojos marrones.
Aubrey empieza a cantar la letra de la canción, diciendo que me va
a amar más que a nadie, algo que siempre nos decimos.
Estoy deseando tenerla desnuda entre mis brazos esta noche
y hacer el amor como marido y mujer. Mi corazón late tan
jodidamente fuerte por esta mujer y por cómo me hace sentir por
dentro.
—¿Quieres saber un secreto? —le pregunto. Ella asiente
excitada—. Estoy deseando despertarme con mi esposa mañana. —
La idea me da un vértigo vergonzoso, pero me importa una mierda.
Tengo a la chica y va a ser mía para siempre.
Sujeta mi cabeza y atrae mi boca hacia la suya para darme
un suave beso. Sus labios parecen almohadas.
—¿Quieres saber mi secreto? —me pregunta, y yo asiento—.
Valentina se muere por probar a su nuevo esposo.
Echo la cabeza hacia atrás y suelto una carcajada.
Voy a malditamente adorarla.
Fin
agradecimientos
A todos los lectores que se enamoraron de Aubrey y James y
quisieron saber más de ellos, gracias. Muchísimas gracias. Say Yes
es para ustedes, porque sin ustedes nunca lo habría escrito. Me
arriesgué con esta historia y la aceptaron. No tenía planes para una
novela hasta que llegaron ustedes. Su amor y apoyo me inspiraron
para mostrarles un poco más de su mundo. Por ello, les estaré
eternamente agradecida. Cuando quieran que regrese, solo dénme
un grito. Estar con James y Aubrey es F-U-N.
A mi increíble ayudante, Jill Mac; a mi editora, Nadine
Winningham; y a mi correctora, Amber Hodge, gracias por unirses
para ayudarme a publicar esta novela durante una época oscura de
mi vida. No habría podido hacerlo sin su ayuda y su aliento. Tengo
la suerte de poder trabajar con mis mejores amigas. Chicas,
significan mucho para mí.
Amor, gracias por aguantarme. Gracias por apoyarme.
Gracias por preguntarme cada día sobre el mundo del libro. Gracias
por responder a todas mis preguntas legales. Y gracias por no
cuestionar mi decisión de escribir algo, aunque a veces te tiemble
el ojo. Te amo.
sobre la autora
atleta de competición durante más de diez
años, reside actualmente en el soleado sur de Florida con su esposo
y sus dos hijos. El romance paranormal fue su primer amor, pero
tiene un lugar especial en su corazón para las historias románticas
de pequeños pueblos y reencuentros.
Cuando Lucia no está trabajando duro en su próxima novela,
puede encontrarla relajándose con los pies en la arena en una playa
cercana.
Más información en authorluciafranco.com.