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Refleccion

El documento narra los eventos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, incluyendo su prendimiento, juicio ante Pilato, crucifixión y entierro, así como el descubrimiento de María Magdalena de que la tumba estaba vacía.

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El documento narra los eventos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, incluyendo su prendimiento, juicio ante Pilato, crucifixión y entierro, así como el descubrimiento de María Magdalena de que la tumba estaba vacía.

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Nazareno Basil Miller

Nombre: Jhonatan Josue Osco Condori


Curso: 1ro”C” segundaria
Gestión: 2024

El Alto-La Paz
LA MUERTE Y RESERRECCION DE JESUS

Prendimiento de Jesús
Dicho esto, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón,
donde había un huerto, en el que entró él con sus discípulos. Judas, el que le
había de entregar, conocía el lugar, porque Jesús se reunía frecuentemente
allí con sus discípulos. Entonces Judas, tomando la cohorte y los servidores
de los pontífices y de los fariseos, vino allí con linternas, antorchas y armas.

Jesús, sabiendo todo lo que le iba a ocurrir, se adelantó y les dijo: ¿A quién
buscáis? Le respondieron: A Jesús el Nazareno. Jesús les contestó: Yo soy.
Judas, el que le había de entregar, estaba con ellos. Cuando les dijo «yo soy»,
retrocedieron y cayeron por tierra. Les preguntó de nuevo: ¿A quién buscáis?
Ellos respondieron: A Jesús el Nazareno. Jesús contestó: Os he dicho que yo
soy; si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos. Así se cumplió la palabra que
había dicho: No he perdido ninguno de los que me diste.

Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó, golpeó a un siervo del
Pontífice y le cortó la oreja derecha. El nombre del siervo era Malco. Jesús
dijo a Pedro: Mete tu espada en la vaina. ¿Acaso no voy a beber el cáliz que el
Padre me ha dado?

Entonces la cohorte, el tribuno y los servidores de los judíos prendieron a


Jesús y le ataron.

Y le condujeron primero ante Anás, pues era suegro de Caifás, Sumo


Pontífice aquel año. Caifás fue el que había aconsejado a los judíos: Conviene
que un hombre muera por el pueblo.

Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido
del Sumo Pontífice y entró con Jesús en el atrio del Sumo Pontífice. Pedro,
sin embargo, estaba fuera a la puerta. Salió entonces el otro discípulo que era
conocido del Sumo Pontífice, habló a la portera e introdujo a Pedro. La
muchacha portera dijo a Pedro: ¿No eres también tú de los discípulos de este
hombre? El respondió: No lo soy. Estaban allí los servidores y criados, que
habían hecho fuego, pues hacía frío, y se calentaban. Pedro también estaba
con ellos calentándose.

El Sumo Pontífice interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.


Jesús le respondió: Yo he hablado abiertamente al mundo, he enseñado
siempre en la sinagoga y en el Templo, donde todos los judíos se reúnen, y
no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me
oyeron de qué les he hablado: ellos saben lo que he dicho. Al decir esto, uno
de los servidores que estaba allí dio una bofetada a Jesús, diciendo: ¿Así
respondes al Pontífice? Jesús le contestó: Si he hablado mal, declara ese mal;
pero si bien, ¿por qué me pegas? Entonces Anás le envió atado a Caifás, el
Sumo Pontífice.

Simón Pedro estaba calentándose y le dijeron: ¿No eres tú también de sus


discípulos? El lo negó y dijo: No lo soy. Uno de los criados del Sumo
Pontífice, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: ¿Acaso no
te vi yo en el huerto con él? Pedro negó de nuevo, e inmediatamente cantó el
gallo.

Condujeron a Jesús de Caifás al pretorio. Era muy de mañana. Ellos no


entraron en el pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua.

Jucio de Pilatos
Entonces Pilato salió fuera donde estaban ellos, y dijo: ¿Qué acusación traéis
contra este hombre? Le respondieron: Si éste no fuera malhechor no te lo
hubiéramos entregado. Les dijo Pilato: Tomadle vosotros y juzgadle según
vuestra ley. Los judíos le respondieron: A nosotros no nos está permitido dar
muerte a nadie. Así se cumplía la palabra que Jesús había dicho al señalar de
qué muerte había de morir.

Pilato entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey


de los judíos? Jesús contestó: ¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho
otros de mí? Pilato respondió: ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los pontífices
te han entregado a mí: ¿qué has hecho? Jesús respondió: Mi reino no es de
este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para
que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí. Pilato le
dijo: ¿Luego, tú eres Rey? Jesús contestó: Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto
he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad;
todo el que es de la verdad escucha mi voz. Pilato le dijo: ¿Qué es la verdad?
Dicho esto, se dirigió de nuevo a los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él
ninguna culpa. Hay entre vosotros la costumbre de que os suelte uno por la
Pascua, ¿queréis, pues, que os suelte al Rey de los judíos? Entonces gritaron
de nuevo: A éste no, a Barrabás. Barrabás era un ladrón.

Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran. Y los soldados,


tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con
un manto de púrpura. Y se acercaban a él y le decían: Salve, Rey de los
judíos. Y le daban bofetadas.
Pilato salió de nuevo fuera y les dijo: He aquí que os lo saco fuera para que
sepáis que no encuentro en él culpa alguna. Jesús, pues, salió fuera llevando
la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: He aquí al
hombre. Cuando le vieron los pontífices y los servidores, gritaron:
¡Crucifícalo, crucifícalo! Pilato les respondió: Tomadlo vosotros y
crucificadlo pues yo no encuentro culpa en él. Los judíos contestaron:
Nosotros tenemos una Ley, y según la Ley debe morir porque se ha hecho
Hijo de Dios.

Cuando oyó Pilato estas palabras temió más. Y entró de nuevo en el pretorio
y dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Pero Jesús no le dio respuesta alguna.
Pilato le dijo: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y
poder para crucificarte? Jesús respondió: No tendrías poder alguno contra
mí, si no se te hubiera dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti
tiene mayor pecado. Desde entonces Pilato buscaba cómo soltarlo. Pero los
judíos gritaban diciendo: Si sueltas a ése no eres amigo del César, pues todo
el que se hace rey va contra el César.

Pilato, al oír estas palabras, sacó fuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el


lugar llamado Litóstrotos, en hebreo Gabbatá. Era la Parasceve de la Pascua,
hacia la hora sexta, y dijo a los judíos: He ahí a vuestro Rey. Pero ellos
gritaron: Fuera, fuera, crucifícalo. Pilato les dijo: ¿A vuestro Rey voy a
crucificar? Los pontífices respondieron: No tenemos más rey que el César.
Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

Crucifixión y muerte de Jesús


Tomaron, pues, a Jesús; y él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar
llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a
otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo
puso sobre la cruz. Estaba escrito: Jesús Nazareno, el Rey de los judíos.
Muchos de los judíos leyeron este título, pues el lugar donde Jesús fue
crucificado se hallaba cerca de la ciudad. Y estaba escrito en hebreo, en
griego y en latín. Los pontífices de los judíos decían a Pilato: No escribas el
Rey de los judíos, sino que él dijo: Yo soy Rey de los judíos. Pilato contestó:
Lo que he escrito, escrito está.

Los soldados, después de crucificar a Jesús, tomaron su ropa e hicieron


cuatro partes, una para cada soldado, y aparte la túnica; pues la túnica no
tenía costuras, estaba toda ella tejida de arriba abajo. Se dijeron entonces
entre sí: No la rasguemos, sino echémosla a suerte a ver a quién le toca. Para
que se cumpliera la Escritura que dice: Se repartieron mis ropas y echaron a
suerte mi túnica. Y así lo hicieron los soldados.
Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María
de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a
quien amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, he ahí a tu hijo.
Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el
discípulo la recibió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba ya consumado, para que se
cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí un vaso lleno de vinagre.
Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la
acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: Todo está
consumado. E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Como era la Parasceve, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el


sábado, pues aquel sábado era un día grande, los judíos rogaron a Pilato que
les quebraran las piernas y los quitasen. Vinieron los soldados y quebraron
las piernas al primero y al otro que había sido crucificado con él. Pero
cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las
piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al
instante brotó sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es
verdadero; y él sabe que dice la verdad para que también vosotros creáis.
Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrantarán ni un
hueso. Y también otro pasaje de la Escritura dice: Mirarán al que
traspasaron.

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque


ocultamente por temor a los judíos, rogó a Pilato que le dejara retirar el
cuerpo de Jesús. Y Pilato se lo permitió. Vino, pues, y retiró su cuerpo.
Nicodemo, el que había ido antes a Jesús de noche, vino también trayendo
una mezcla de mirra y áloe, como de cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús
y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura
entre los judíos. En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el
huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no había sido sepultado nadie.
Como era la Parasceve de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a
Jesús.

Resurrección de Cristo
El día siguiente al sábado, al amanecer, cuando todavía estaba oscuro, fue
María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro; entonces
echó a correr, fue a Simón Pedro y al otro discípulo al que Jesús amaba, y les
dijo: Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.
Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro.
Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y
llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no
entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos
plegados, y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto
con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró
también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No
entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre
los muertos. Los discípulos se volvieron de nuevo a casa.

María estaba fuera llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó


hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y
otro a los pies, donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron:
Mujer, ¿por qué lloras? Les respondió: Se han llevado a mi Señor y no sé
dónde lo han puesto.

Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era
Jesús. Le dijo Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella,
pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si te lo has llevado tú, dime
dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dijo: ¡María! Ella, volviéndose,
exclamó en hebreo: ¡Rabbuni!, que quiere decir Maestro. Jesús le dijo:
Suéltame, que aún no he subido a mi Padre; pero vete a mis hermanos y
diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue
María Magdalena y anunció a los discípulos: ¡He visto al Señor!, y me ha
dicho estas cosas.

Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas


del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino
Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y
dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los
discípulos. Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me
envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el
Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a
quienes se los retengáis, les son retenidos.

Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino
Jesús. Los otros discípulos le dijeron: ¡Hemos visto al Señor! Pero él les
respondió: Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo
en esa señal de los clavos y mi mano en su costado, no creeré.

A los ocho días, estaban de nuevo dentro sus discípulos y Tomás con ellos.
Estando las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: La paz
sea con vosotros. Después dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo y mira mis
manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino
creyente. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó:
Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han
creído.

Muchos otros milagros hizo también Jesús en presencia de sus discípulos,


que no han sido escritos en este libro. Estos, sin embargo, han sido escritos
para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo
tengáis vida en su nombre.

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