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Curso CAMINO DE PERFECCIÓN

El documento habla sobre el camino de perfección según Santa Teresa de Jesús. Describe cómo Santa Teresa vivió constantemente buscando una relación viva con Dios a través de la oración. También resalta la importancia de la conversión radical que pide Jesús y de vivir los consejos evangélicos.

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Curso CAMINO DE PERFECCIÓN

El documento habla sobre el camino de perfección según Santa Teresa de Jesús. Describe cómo Santa Teresa vivió constantemente buscando una relación viva con Dios a través de la oración. También resalta la importancia de la conversión radical que pide Jesús y de vivir los consejos evangélicos.

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CAMINO DE PERFECCIÓN

CAMINO DE PERFECCIÓN
Fr. Pablo Ferreiro OCD

Introducción
La vida de Santa Teresa de Jesús es sumergirse en la búsqueda por vivir auténticamente el
seguimiento de Cristo. Personajes de todos los tiempos han descubiertos en las obras
teresianas un palpito constante de lo que es e implica la apertura a una relación viva y
personal con el Dios de Jesucristo. Teresa de Jesús en sus escritos no solo nos habla
constantemente de la oración, sino que sin darnos cuenta nos sumerge en la práctica de la
misma. Su vida se fue configurando paulatinamente en la naturalidad de vivir la cercanía y
presencia constante de Dios. Santa Teresa tuvo que hacer su propio camino, aprender de
sus errores, y estar atenta a las “llamadas” que el Señor le fue haciendo para orientarla en el
camino de la oración. Ella supo aun en medio de una realidad excesivamente jerarquizada y
legalista, volver a la frescura del Evangelio en el trato con Jesús, con Dios. Frente a los
cánones que ritualizaban de tal manera la liturgia y la oración que la hacían inaccesible al
pueblo, Teresa predicó con la vida y el ejemplo, una oración como trato de amistad. La osadía
de una mujer de tratar con Dios como con amigo, como con hermano, como con esposo, sin
embargo, no suponía ninguna novedad, sino que era la consecuencia de acoger el ejemplo y
las enseñanzas del mismo Jesús. Quienes se negaban entonces y quienes se niegan aún hoy
en día a “familiarizarse” con Dios, es porque no han descubierto todavía la gran novedad del
Evangelio.
“Procuraba tener oración, aunque viviendo a mi antojo”
La oración demanda abandonar un estilo de vida mundano, unas actitudes, unos puntos de
vista, criterios, pensamientos y hasta un modo de hablar inhumanos para asumir los del
amigo Cristo. Esta conversión evangélica no se limita a lo que es evidente pecado, sino que
abarca aquellas formas sutiles de mundanidad arraigada en los más profundo del corazón.
Amigos fuertes de Dios (v. 15,15)
1) Tener siempre presente los procesos humanos y de gracia
2) Evita cumplir esquemas predeterminados, signo de nuestras ambiciones o
necesidades inconscientes
3) Sana apertura mental
4) Consciente de ser llamados por el Señor y con una misión.

1
5) Centrados en el amor a los demás y no los propios intereses.
6) Discernimiento permanente.
7) Altos deseos y ambición por los dones más grandes de la oración.
8) Protagonista del propio proceso interior.
9) Libertad de opinar.
10) Valentía para dejarse corregir y colaborar en la corrección fraterna.
11) Asumirla responsabilidad de inspirarlo bueno a los demás.
12) Humildad: para no imponer criterios, dejarse enseñar, permitir que otros ayuden al
crecimiento propio.
13) Pobreza evangélica: renuncia al cualquier apego material y a cualquier forma de
poder.
14) Un nuevo modo de amar: integración de la afectividad que haga de Cristo su centro.
15) Libertad de las cosas, de las personas y de sí mismo.
16) Obediente como Cristo, pero nunca sumiso.
17) Humildad: capacidad de escucha, diálogo y comunicación; libertad de las opiniones
ajenas; abandono de la pretensión de serla medida de todos.
18) Humildad: llaneza, afabilidad, cortesía, dominio de sí, flexibilidad.
19) Humildad: a imitación de la Virgen.
20) Humildad: inmersión del discípulo en la kénosis de Jesucristo crucificado.
Comulgaron su obediencia al Padre para la vida y salvación del mundo entero.
21) Respeto del crecimiento de cada hermano; espera de sus tiempos sin juzgar su
momento ni sus necesidades.
22) Lucha y tentación.
23) Discernimiento entre ideales realizables y los que no lo son.
24) Humildad: para afrontarla mentira existencial de falsas virtudes.
25) Humildad: para sortearla falsa humildad que genera desesperanza.
Trabajan juntos, Jesús y la comunidad, en la apasionante tarea evangelizadora. Con Jesús y
con sus otros amigos se forma una comunidad que quiere ser signo del Reino que Jesús
predica. Así crecerá nuestra fe y nuestra madurez humana facilitando la atracción de otros a
la vida «en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado» (E.G.) Santa Teresa
conduce a una auténtica experiencia mística que transforma el corazón a la par que exige un
fuerte compromiso social y misionero, alejando de una espiritualidad individualista centrada
en el propio interés. El camino interior nunca es para Teresa, ni para ningún místico, un
repliegue intimista, ajeno a la realidad. Esta inquietud y compromiso con la realidad de la
Iglesia y del mundo es el criterio decisivo para medirla autenticidad y calidad de la vida
interior.

2
CAPÍTULOS 1 – 3
Teresa apostó por la conversión que Jesús pide a sus discípulos
No es un mero cambio de nuestra conducta moral
Requiere una transformación global y radical que toca todas las dimensiones del ser
humano
Los menos cambios de comportamientos son superficiales, porque concentran a las
personas en sí mismas y no en el proyecto del Evangelio
Aunque los ideales sean buenos, pueden ser verdaderos obstáculos a la verdadera
conversión evangélica

Capítulo 1
Sentido de iglesia
Teresa entiende a la iglesia misma como comunidad de amigos: (La misma comprensión que
tiene el evangelista San Juan). “A los que mejores obras haces, a los que eliges para amigos
tuyos, entre los que andas y te comunicas por medio de los sacramentos”. (1-3). “le quitan
las casas que tenía para poder convidar a sus amigos” (3,8).

Objetivo de este proceso:


La santificación de la misma Iglesia:
- Atención. No coloca la santificación personal
- Olvido de sí. Lo que importa es el bien común de todos los creyentes
Lo Contrario:
Centrarse en sí mismo provoca, en la propia perfección moral:
- Se vuelve refinadamente egoísta
- Autosuficiente y obstinada al servicio de sí mismos
- Obstinación, terquedad, autosuficiencia, menosprecio de cualquier cambio eclesial
- Hipocresía
- Mentalidades rígidas: aferradas al pasado (confundido con tradición), que
reemplazan la fe por una ideología religiosa. Señalan a los demás como los que se tienen
que convertir. Todo es fruto de la soberbia no admitida.

3
“Y como me vi mujer y miserable e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el
servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es, que ya que tiene tantos enemigos y tan
poco amigos, que esos fueran buenos, me determiné a hacer eso poquito que me era
posible: seguir los consejos evangélicos con toda perfección que yo pudiese, y procurar que
estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que
nunca deja de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo”. (1,2)

Cinco connotaciones con que perfila la “Determinación”:


a) Se trata, ante todo, de determinación operativa y resolutiva: se determinó “a
hacer”.
b) Mitigado con un toque de modestia: “eso poquito”
c) Nada utópico: resolución bien enmarcada en el ámbito de lo real y posible: “que me
era posible”.
d) Posible y real pero bien situado en la tierra firme del evangelio: “seguir los consejos
evangélicos”
e) Y un toque decisivo: “con toda la perfección que yo pudiese”.

Capítulo 2
La pobreza evangélica favorece la amistad con todos.
La primera bienaventuranza es la de la pobreza. Una pobreza que es desprendimiento de
todo, fundamentalmente de uno mismo.
“La pobreza evangélica es lo contrario al tener y al poder”.
“Seguimiento de Jesús Siervo”
«Y es cosa muy cierta, que, no necesitando de nadie, se hacen nuevos amigos. Lo tengo
bien visto por experiencia». (2, 6). «Estas armas han de tener nuestras banderas, que la
queramos guardar de todas maneras: en casa, en vestidos, en palabras y mucho más en el
pensamiento». (2, 8).
«... para eso las juntó aquí, esta es la llamada que han recibido, estos han de ser sus
servicios, estos sus deseos». (1, 5). «Por su mandato vinimos aquí, sus palabras son
verdaderas» (2, 2).
«... el Señor nos juntó en esta casa y por lo que yo deseo mucho seamos algo para que
contentemos a Su Majestad». (3,1).

4
Capítulo 3
“Castillito de buenos cristianos”
Crítica y descalifica la pretensión de solucionar los males de la iglesia a través de la violencia
Propone otra lucha
“…procuremos ser tales que valgan nuestras oraciones para ayudar a estos siervos de Dios”
(3,2)
- Su lucha será primero en su mismo corazón, y luego todo el campo de la iglesia
- Se luchará contra la deshumanización que reina en nosotros, fruto del pecado
- La lucha interior será donde se forme y se forje la personalidad del amigo
- Imitar a Cristo será la forma de vencer al mundo

5
CAPÍTULOS 14. 41. 21
Capítulo 14
a) «El Señor favorece mucho a quien se determina» (1)
b) «Discernir qué intención tiene» (1).
Es decir: rectitud de corazón y de intención. Equivale a la bienaventuranza de Los «limpios
de corazón».
«Buen entendimiento» implica:

- Amplitud mental,
- Capacidad de seguir creciendo,
- Flexibilidad para dejarse formar, para comprender los tiempos propios y ajenos.
- Capacidad de realizar aportes positivos a la comunidad.
- «Se comienza a aficionar al bien, se aferra a él con fortaleza, porque entiende que
es lo más acertado».
(2): se deja conducir a metas más altas.
Lo contrario son las pocas luces o cortas entendederas que se caracterizan por la
inflexibilidad y la falta de visión, la obstinación en las propias ideas y posturas, la
incomprensión al os procesos ajenos y proceso. No pueden ser realmente discípulos por su
incapacidad de aportar algo positivo a una comunidad.

Una advertencia para el discernimiento:


“Esta carencia de entendimiento no se descubre enseguida porque hay muchas personas
que hablan bien, pero entienden mal, y hay otras que hablan poco, o sin titubear, y tienen
buen entendimiento para mucho bien. Existen mas simplicidades santas que saben poco
para asuntos y estilo del mundo, pero saben mucho para tratar con Dios” (2).

Capítulo 41
Temor de Dios
Tiene el doble fin de cuidar la relación con Dios y a la vez permitir un verdadero servicio
apostólico: testificando unicidad de vida, “contagiando el Evangelio”. “Tengan en cuenta
esta advertencia –que importa mucho- y no la pierdan de vista hasta que vean en ustedes
tan gran determinación de no ofender al Señor, que prefieren perder mil veces la vida
antes de cometer un pecado mortal y de los veniales también tengan mucho cuidado de no
hacerlos. Se entiende que, a sabiendas no los cometan” (3).

6
“Si el amor de Dios es verdadero, entonces el temor de Dios se obtiene pronto” (4).
“Podremos andar con santa libertad, tratando con quien sea necesario, aunque sean
personas disipadas”. (4).

Atención a no enredarse en sí mismos:


“No se aflijan porque, si el alma comienza a intimidarse, esto es muy malo para todo lo
bueno” (5).
“A veces terminan siendo escrupulosas y la verán trabada para sí misma y para los demás.
Probablemente supere los escrúpulos, eso será bueno para sí misma, aunque no acercará
muchas almas a Dios, porque ven en esa persona tanto retraimiento y estrechez” (5).
“Y de aquí viene otro daño: juzgar a los demás, porque no van por nuestro camino” (6)

Capítulo 21
“Determinada determinación”
“Siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las palabras del Evangelio que otros
libros muy bien escritos” (4).
“Determinada determinación”: es una actitud global que define la existencia entera del
amigo/discípulo/misionero
“Para comenzar este viaje divino” (1)
“Volviendo hasta el final, es decir, hasta deber de esta agua de vida; para comenzar importa
mucho y del todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a
ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, se trabaje lo que se trabajare, murmure
quien quiera murmurar, sea que llegue hasta la fuente o no, ya sea que se muera en el
camino, o no tenga corazón para las luchas que hay que enfrentar, así se hunda el mundo”
(1).

Cinco connotaciones con que perfila la “Determinación” (1,2):


a) Se trata, ante todo, de determinación operativa y resolutiva: se determinó “a
hacer”.
b) Mitigado con un toque de modestia: “eso poquito”.
c) Nada utópico: resolución bien enmarcada en el ámbito de lo real y posible: “que me
era posible”.

7
d) Posible y real pero bien situado en la tierra firme del Evangelio: “seguir los consejos
evangélicos”.
e) Y un toque decisivo: “con toda la perfección que yo pudiese”.
La amistad divina o sea la oración que nos convierte en discípulos misioneros, no es un hecho
aislado, no es algo aparte de la vida. Subrayaremos que contra lo que pensaban muchos en
su época y en la nuestra, con otros argumentos. La oración no es un camino peligroso, lo
peligroso es pretender ir a Dios sin camino, es decir, sin realizar procesos humanos y
espirituales.

8
CAPÍTULOS 4-7
La amistad desde el siglo XVI al XX tanto para la teología como para la filosofía:
Dos palabras resumen estas posturas: egoísmo y desencarnación.
Recuperada por la teología y filosofía del siglo XX:

- “La amistad no es una concesión a nuestra fragilidad sino un preclaro testimonio de


nuestra capacidad de amar” (A Romano).
- El ideal de los espiritualistas de la edad moderna estaría en la amistad espiritual.
- “Amistad espiritual”: en estos autores es descarte de todo lo humano. Lo único
aceptable es la renuncia y el sacrificio.
- Proponían un amor a todos como igualdad. (Como si se tratara de amar una idea
del humano y no al ser humano encarnado, real).
- Miedo a la propia afectividad e incluso a la propia sexualidad
Pero hay que entender bien: estas ideas reaparecen cada tanto en la historia. No son fruto
de una reflexión sino más bien son justificativos de ideales inhumanos (que proponen una
vida desencarnada). Aunque se disfracen de espiritualidad, de los propios miedos y fracasos
en el campo de la afectividad.
Para Teresa de Jesús
“Y si este mandamiento divino se cumpliese en el mundo como se debe, creo aprovechará
muchísimo para cumplir los demás. Pero, más o menos, nunca terminamos de cumplirlo
perfectamente” (4,5)
“Aquí todas se han de ser amigas, todas se han de querer, todas se han de ayudar” (4,7).

Referencia Cristológica:

- “Oh amor precioso, que va imitando al capitán del amor, Jesús, nuestro bien” (6,9).
- “Se parece y va imitando este amor al que nos tuvo Jesús, el buen amador” (7,4).

Propone la educación de la afectividad:


“Pero esto hay que hacerlo con industria y con amor, nunca con rigor” (4,9)

- Teresa entiende que es un largo proceso que debe ser guiado por el amor y la
inteligencia de quien acompaña el crecimiento de cada persona.
“Amemos las virtudes y lo bueno interior, y siempre con estudio traigamos cuidado de
apartarnos de hacer de esto exterior”. (4,7)

9
- Purificar la capacidad de amar no significa dejar de amar
- Purificar el amor de amistad: es integrar la capacidad de amar y a la vez es liberar
todas sus posibilidades.
Su vida con Dios como Amigo se ha convertido en el factor decisivo de su trato con las
personas. O. Steggink, O. Carm.

Características de la amistad según Teresa:

- Esta es la manera de amar que quisieran que nos tuviésemos nosotras. Aunque al
principio no sea tan sublime, el Señor la irá perfeccionando. Comencemos en los
medios que, aunque lleve algo de apego, no dañara, si es más bien algo general. (7,5)

- Este amor es sorprendente: que apasionado es, que de lágrimas cuesta, que, de
penitencias y oración, que cuidado de encomendar a todos que rueguen por esa tal
alma, que deseo constante de no tener otro contento que verlo aprovechar. (7,1)

- Su corazón no soporta tratar con doblez, porque si ven que tuercen el camino,
inmediatamente se lo dicen, lo mismo algunas faltas. No pueden obrar de otra
manera. Y como en esto no van a cambiar no les dedican ninguna adulación, ni les
disimulan ninguna falta: o se enmiendan o dejan la amistad. (7,4)

- Es bueno, y algunas veces necesario, mostrar algo de ternura y aún tenerla, y sentir
los problemas y enfermedades de las hermanas, aunque sean pequeños. (7,5)

- Miren que importa mucho este aviso para sabernos condoler de los problemas del
prójimo, por más que sean insignificantes. (7,6).

- Procuren también disfrazar con las hermanas en la recreación, no solo en el horario


que tenemos por costumbre, sino también cuando tienen necesidad, aunque no sea
a gusto de ustedes, que yendo con atención todo es amor perfecto. Así que es muy
bueno que unas se apiaden de las necesidades de las otras. (7,7)

10
- Y sepan distinguir cuáles son las cosas que se han de sentir y apiadar de las hermanas.
Siempre sientan mucho las faltas de las hermanas que son notorias. Y aquí se
muestran y ejercita bien el amor en sabérsela soportar y no asombrarse de ella, que
así deben estar haciendo las demás con respecto a las propias faltas, que, aunque
aún no las entiendan deben ser muchas más. Encomiéndenla mucho a Dios y
procuren practicar perfectamente la virtud contraria de la falta que ha cometido la
otra… (7,7).

- “Si lo que le mandara la priora piensa que es duro, no lo manifieste ni dé a entender


a nadie, si no fuera a la misma priora, diciéndolo con humildad, porque si no hará
mucho daño”. (7,7)

- “También es muy buena demostración del amor, el procurar aliviarles el trabajo de


los oficios de la casa y asumirlo una misma”. (7,9)

- “Otra demostración de amor es el alegrarse y alabar mucho al señor al ver el


crecimiento en virtudes que se ve en cada hermana”. (7,9)

- “Si por casualidad, se dijese impulsivamente una palabra ofensiva, busquen


inmediatamente el remedio y oren mucho. Y en cualquiera de estas cosas que dure,
o que generen incipientes bandos, o pretensión de ser más que las otras, o puntitos
de honra (mientras escribo esto o pienso que en algún tiempo puede suceder se me
hiela la sangre, porque este es el principal mal de los monasterios), cuanto esto
suceda dense por perdidas. Piensen y estén seguras que echaron al esposo de la casa
que necesita buscarse hospedaje porque lo desalojaron de su propia casa”. (7,10)

“Oh qué bueno y verdadero es el amor de la hermana que puede aprovechar a todas,
olvidando su propio interés, avanzará mucho en todas las virtudes y cumplirá con gran
perfección su Regla”. (7,8)

11
CAPÍTULOS 8-11
La vida espiritual de Cristo
El evangelio nos revela la raíz de toda espiritualidad, y nos devuelve la exigente simplicidad
de la identidad cristiana. Nos enseña que ser discípulo de Jesús es seguirlo, y que en eso
consiste la vida cristiana.

Ser cristiano es seguir a Cristo por amor

- No existe una espiritualidad de la cruz, sino del seguimiento: en ciertos momentos


será experiencia de cruz.
- No existe una espiritualidad del compromiso: sino del seguimiento que expresa su
fidelidad en las acciones como Jesús
- No existe una espiritualidad de la oración: sino del seguimiento que nos llama a
incorporarnos a la oración de Jesucristo.

Hace falta aclarar que el seguimiento radical de Jesús no está ligado

- Ni al grado de cultura de ninguna persona


- Ni tampoco a supuestos “estamentos” espirituales (personas piadosas, religiosos,
sacerdotes, obispos) es una llamada para todos.
Seguimiento radical es el único modo de ser cristiano para todo el que cree en Jesús

El seguimiento es conversión
Todo cristiano sabe lo que es la conversión: adecuarse al estilo de ser de Jesús, a los valores
que enseño, que nos arrancan del egoísmo, la injusticia y el orgullo.

- A nadie le hace bien pretender demasiado pronto entrar en el camino de la mística


- Primero debemos enfrentarnos con la propia realidad

Debemos examinar las propias pasiones y luchar contra ellas


Para bien fundamentar la vida Teresa propone, apenas inicia la obra, una serie de virtudes
que expresan la vida nueva en Cristo y que estas virtudes han de florecer con la ayuda de la
ascesis, ejercicio que busca unificar la vida del hombre y profundizar su seguimiento de
Jesús:
12
a) Sentido de iglesia
b) Amor fraterno
c) Pobreza radical
d) Desasimiento (de las cosas, de los demás, de sí mismo) en pro de la libertad de
espíritu
e) Humildad como disponibilidad a los designios de Dios y aceptación de la verdad de
uno mismo
f) Determinada determinación
g) Afabilidad, tensión y vivos anhelos de santidad
h) Nuevo vivir, nuevo lenguaje, nuevo compartir
i) Configuración con Cristo Crucificado
j) Etc.

No confundir ascesis con rigorismo


Ascesis es el “ejercicio” con que el hombre se entrena para ser más humano, es cultivo de
las habilidades necesarias para tener una vida plena en Dios. Se asume por requerimiento
del seguimiento de Cristo y motivado por ofrecer lo mejor de uno mismo y vivirse en
plenitud.

Desasimiento: libertad
El desasimiento provoca una verdadera maduración humana. Pero va más allá: va acercando
a la plenitud en Cristo. Pero sin confundir el fondo con la forma. No nos olvidemos que
cargamos con la “espiritualidad” dualista de otros tiempos
Si se confunden el fondo con la forma tendremos:
1) Personas encerradas en sí mismas
2) Centradas en su ego
3) Concentras en su auto-justificación y en el cuidado de su imagen

Resultado final: inautenticidad

Todo es contrario a la conversión: desapropiación del corazón

- Para ser verdaderamente orante hay que aspirar a la total identificación con Cristo
- “Porque en esto está todo, si se hace con perfección” (8,1)

13
Desasimiento:
Se trata de concretar la consigna evangélica para poder ser discípulo “dejarlo todo” para
seguirlo a Jesús. Al respecto, podemos ver tres textos evangélicos:

- Lc 14,33: Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser
mi discípulo.
- Mt 10,37: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el
que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
- Mc 10, 29-30: Jesús respondió: les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y
hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora,
en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres,
hijos, campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida
eterna.

Desasimiento de las cosas

- La pobreza evangélica no es simplemente carecer de cosas. Es la desaprobación que


genera un verdadero compartir.
- Primera finalidad de la pobreza: Dios, única seguridad y riqueza.
- Segunda finalidad: crea fraternidad. Comparte generosamente sin juzgar a nadie
- Se le da verdadero valor a cada cosa
- Se disciernen entre las verdaderas y las falsas o imaginarias necesidades

Desasimiento de familiares y amigos


No se trata de negarse al amor, sino el aprender a amar sin caer en nuevas formas de
dependencia, aprender a amar sin afán posesivo, hasta tener el pleno poder de darse.
Profesar un verdadero amor a una persona, no puede condicionar la entrega a otros
A veces, el amor a la familia puede ser la manifestación de un egoísmo amplificado
Lo más cierto es que, si algún regalo le hace al cuerpo, lo termino pagando mucho el espíritu.
Aquí estamos libres de eso porque todo lo poseemos en común y ninguna puede tener
regalos a título personal, así que la limosna que ellos hacen es para la comunidad y cada una
queda liberada de tener que contentar por esto, porque ya sabe que el Señor lo provee para
toda comunidad. (9.1)

14
Se trata de cortar dependencias humanas profundas para:
1) Poder llegar a ser adultos
2) Para purificar el amor
3) Alcanzar la verdadera libertad

Desasimiento de sí mismo (primera parte) (10)


Para bien fundamentar la vida Teresa propone, apenas inicia la obra, una serie de virtudes
que expresan la vida nueva en Cristo y que estas virtudes han de florecer con la ayuda de la
ascesis, ejercicio que busca unificar la vida del hombre y profundizar su seguimiento de Jesús.

“Se dedica a ir contradiciendo su voluntad”


Esta expresión jamás significa destruir al ser humano, demoliendo su personalidad. Se trata
de aprender a fortalecer la propia voluntad haciéndola dueña de sí misma, para lo cual hay
que “contradecir” los caprichos, antojos, quereres y no quereres de los instintos que la
dominan. Para santa Teresa, ser libre implica estar «enseñoreado» de sí mismo. Obsérvese
que cada una debe trabajar en esto, incluso las novicias aprenden a «quebrar su voluntad»,
es decir, no es algo que otro impone a cada persona.

“Lo primero que tenemos que procurar es quitar el amor a nuestro cuerpo”
Esta expresión del dualismo antropológico, presente desde los Padres de la Iglesia,
consideraba al cuerpo como una realidad negativa, mucho más si se trataba de una mujer.
Aunque esta concepción dualista se ve reflejada en la obra de Teresa, de alguna manera
parece superarla, pues muestra una aproximación vital y experiencial al concepto bíblico del
cuerpo. Teresa, al igual los autores de la Sagrada Escritura, no ofrece una oposición entre
cuerpo y espíritu, aunque sus escritos parecieran decirlo contrario.
En síntesis: el capítulo 10 trata de la educación del espíritu para que no se deje rendir por las
presiones del cuerpo, es decir, no obsesionarse con la salud.

Aprender a ser sufridos


Teresa intenta liberarnos de esos males obsesionantes que pueden recortar la libertad y
arruinar el proyecto espiritual. Es decir, nos presenta como verdadero riesgo de involución
espiritual al convertirnos lentamente en el centro de atención de la comunidad usando
“livianos males”. «Procuren no temer ni la muerte ni la enfermedad, abandónense en manos
15
de Dios, pase lo que pase. ¿Qué importa que nos muramos? Cuántas veces no se ha burlado
de nosotros el cuerpo, ¿por qué no burlarnos alguna vez de él? Y crean que esta
determinación es más importante de lo que podemos comprender, porque en la medida que
lo vayamos haciendo, poco a poco, con el favor del Señor, quedaremos señoras de nuestro
cuerpo. Pues vencer tal enemigo, es muy importante para ganar la batalla de esta vida. Que
el Señor lo haga como puede. Bien creo que no comprende esta ganancia sino quien ya goza
de la victoria, que es muy grande, según me parece, que nadie sentiría pasar dificultades por
quedar en este sosiego y señorío». (11, 5).
Pero sin confundir el fondo con la forma: alerta ante todo perfeccionismo idealista.

16
CAPÍTULOS 12-13. 15
“Y si a esto no se determinan, no tengan miedo de que aprovechen mucho, porque todo este
edificio –como he dicho- su cimiento es la humildad; y si no la tienen muy profunda, aún por
el bien de ustedes no querrá el Señor subirlo muy alto, porque no termine todo por el suelo.
Así que, hermanas, para que lleve buenos cimientos, procuren ser la menor y esclava de
todas, mirnado cómo o de qué forma las pueden complacer y servir, pues lo que hicieren en
este caso, harás más por ti que por ellas, poniendo piedras tan firmes, que no se les caiga el
castillo (7M 4,8).
Los esfuerzos que hacemos en la oración y ejercicios ascéticos para llegar a la posesión de
Dios van en dirección equivocada. Nos parecemos a Prometeo en su vano intento de robar
el fuego del cielo. Tiene suma importancia comprobar en qué medida induce este esquema
de perfección a entrar por un camino contrario al enseñado por Jesús en el evangelio, Jesús
no puso una escalada de perfección por la que sube peldaño tras peldaño hasta llegar a Dios.
No Jesús, enseño un camino de descenso a los fondos de la humildad. Al encontrarnos en el
cruce debemos, por tanto, elegir para ir a Dios entre el camino que sube y el que baja. Según
mis experiencias desearía adelantar algo ya desde ahora: si para ir a Dios elige usted el
camino del heroísmo en la práctica de las virtudes, eso es cosa suya, tiene usted todo el
derecho de hacerlo. Pero quisiera prevenirle del peligro de darse contra la pared. Si, por el
contrario, prefiere usted el camino de la humildad, debe usted ser sincero en su deseo y no
tiene por qué tener miedo de las profundidades de sus miserias. (Jean Lafrance, El poder de
la oración).

- Espiritualidad “Prometeica”: es expresión de una espiritualidad egocéntrica que más


quiere la propia perfección que a Dios.

- Hay corrientes de espiritualidad, pero también hay maneras de enfocar cualquier


corriente espiritual y el mismo evangelio, como aspiración humana a ser mejor, a
superarse, a acercarse más a Dios.

- Esta es perspectiva, siempre presente en la historia del hombre y de la espiritualidad,


cobró especial fuerza con la ilustración (siglo XVIII) con su teología moral y una
ascética exacerbada.

«Los hombres han imaginado en general la perfección como un continuo crecimiento o como
un proceso de ascensión con más o menos dificultades, pero como un logro del esfuerzo
humano. En consecuencia, elaboran una determinada ascética o técnicas de oración que
17
luego ofrecen a la magnanimidad espiritual de los otros como medio para ayudarlos a escalar
los peldaños de la perfección. Si un dirigido habla con su director espiritual de la
imposibilidad de lograr ese objetivo recibe muchas veces esta respuesta: basta con
intentarlo. En el último peldaño de esta subida se trasforma automáticamente este intento
en flor de libertad». (Jean Lafrance, ib.).

- Pero no. No podemos llegar a Dios por el propio esfuerzo. Lo paradójico consiste en
que todo esfuerzo nos lleva a constatar que con él solo, nadie puede ni hacerse mejor
ni llegar a Dios.

- Este enfoque, estas corrientes, representan un verdadero peligro: el creyente que se


identifica con su idealismo prescinde de su propia realidad y el resultado es la
desintegración interior de la persona.

- Las virtudes que se nos van proponiendo están en el camino del seguimiento de
Cristo. Si no me conecto con mi propia realidad puedo hacer de la humildad y las
renuncias radicales un “alimento” de la autoimagen.

“Humildad es andar en verdad” (6M 10,7).


Esto significa:
1) Mirada real de sí mismo
2) Encuentro con la propia verdad
3) Con los fondos oscuros propios
4) Con las miserias cotidianas
5) Con las esclavitudes inquebrantables

- Conectarse con la propia realidad puede llevarnos a descubrir que quizá nuestros
ideales nacen de la necesidad imperiosa de protagonismo, de compensación
inconsciente de la falta de autoestima.

Modelos de este proceso y cambio son los apóstoles Pedro y Pablo

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- Pedro que tendrá que recorrer un largo camino para ser verdaderamente discípulo
de Jesús. Incluso tendrá que pasar por la traición a Jesús, negándolo tres veces.

- Pablo tendrá que “caer” en la cuenta que su justicia, por la fidelidad a su ideal la “ley”
no es más que basura. Solo puede ser salvado por Jesús que se revela en su
impotencia. Sobre la fragilidad de sus apóstoles Jesús edificó la iglesia.

Capítulo 12
“Negra Honra”
“Negra honra”: esta expresión de otro tiempo y que no fue convenientemente analizada y
actualizado su significado, se mantiene presente en la vida espiritual de los creyentes y no se
ha sabido procesar para encausar correctamente el camino discipular. La negra honra pone
en evidencia aspectos espirituales no trabajados, y que son una auténtica complicación en el
camino espiritual.

¿Qué es la honra?
Se trata de un tópico social que dividía y clasificaba a los hombres. La “honra” estaba
presente en aldeanos como también en gente de la corte. En profesores de la universidad
como en miembros del clero y de la vida religiosa. La “honra” es expresar antes los demás
como queremos que nos vean. Para logarlo destacamos facetas personales que queremos
que otros valoren (y con las que esperamos influir en los demás) pero también ocultamos
otras facetas.
1) Es una falsa estima de sí
2) Es una construcción social y personal
3) Equivale a la máscara o “falso yo” que presentamos ante los demás
4) Nos expone a la grandísima mentira existencial y a la cadena esclavizante que se
utiliza para mantener dicha mascara
5) Se intenta compensar los complejos de inferioridad a través del fanfarroneo en que
ostenta bienes intelectuales o espirituales
6) Es ostentación que impide el compenetrarse con otras personas
7) Hace cerrar los ojos a la realidad para aferrarse a la ilusión engañosa de la propia
grandeza (linaje; “herencia espiritual”)
8) Impide la humildad que es reconciliarse con la propia verdad
9) Unida al orgullo genera un sentimiento excesivo de superioridad, nacido de una
profunda inseguridad

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La honra es una falacia es en los vínculos comunitarios y sociales. Por tanto, es antievangélico
al impedir la autenticidad del discípulo y bloquear la posibilidad de la comunión fraterna.
Podemos decir que “honra” equivale a la máscara o “falso yo” que presentamos ante los
demás y que nos expone a la grandísima mentira existencial y a la cadena esclavizante que
se utiliza para mantener dicha mascara. La honra como “custodia” de la inautenticidad
inclina a una peligrosa acción: esperar y admirar el cumplimiento de
máscaras/roles/fachadas y formar en los mismos: fomenta el autoengaño y la hipocresía.

Desde el conservadurismo:
Se cumplen expectativas de los demás. Falta de autenticidad por necesidad de aceptación
de reconocimiento. En los casos más retorcidos se facilita una distorsión de la moral y por
parte del espectador, que aprueba aquellos que cumplen los roles asignados, se acepta l
justificación de esa conducta. Pasividad y convivencia ante los atropellos y abusos de las
personas. Muy peligroso descartar el cumplimiento en ciertos aspectos de los roles que son
pautas consolidadas por el tiempo, la costumbre, la tradición. Desde el relativismo: abolición
de todos los valores, desesperanza encubierta, nuevas esclavitudes, falta de estabilidad y
madurez emocional. La “honra” pone en dificultad la verdad porque solo admite lo que se
quiere escuchar, sin importar razonamientos y datos que lo confirmen.

Capítulo 13
Falsas razones para justificar la “honra”.
“Muchas veces se los digo, hermanas y ahora lo quiero dejar aquí escrito para que no se les
olvide: en esta casa, e incluso toda persona que quiera ser perfecta, huya mil leguas de “yo
tenía razón”, “cometieron una injusticia conmigo”, “no tenía razón quien me hizo esto”. De
tales razones nos libre Dios” (13, 1). “Parezcámonos en algo a la gran humildad de la
Santísima virgen, cuyo habito vestimos, que nos deja perplejos el llamarnos monjas suyas,
por mucho que nos parezca que nos humillamos, quedamos bastante cortas para ser hijas
de tal Madre y esposas de tal Esposo. (13,3). “Les parece que era razonable que nuestro
buen Jesús sufriese tantas injurias y tantas sinrazones como le hicieron? La que no quiere
cargar con la cruz, sino la que le dieren según su razón, no sé yo para que está en el
monasterio: que regrese al mundo, donde ni siquiera ahí respetaran sus razones. ¿Acaso no
estarán siempre en deuda por más que soporten diversos sufrimientos? ¿Qué razón hay ahí?
Por cierto, yo no la entiendo” (13,1)

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La verdadera razón es esta: somos del crucificado, e hijos de la Virgen. Esto nos permite
fundar una nueva tabla de valores y de convivencia. Es decir: la suprema razón es
cristológica, eso es lo decisivo.

Capítulo 15
El corazón de la Ascesis teresiana
Una vez más Teresa nos invita a seguir a Cristo, esta vez en su silencio en la Pasión.
“nunca piensen que quedará escondido el mal o el bien que hicieren, por muy encerradas
que estén. ¿Piensas hija que, aunque tú no te defiendas, faltará quien lo haga por ti? Miren
como respondió el Señor por la Magdalena en casa del Fariseo y cuando su hermana la
acusaba. No las conducirá el Señor con la misma dureza con que Él fue tratado, que fue
defendido por un ladrón cuando ya estaba en la cruz. Así que Su Majestad, moverá el corazón
de alguien para que las defienda, y cuando no suceda es que no era necesario.
Esto yo lo he visto y es así, aunque no querría que esto último se les acordase, sino que se
alegren por ser acusadas. Verán mucho provecho en sus almas, el tiempo les doy por testigo.
Porque comienzan a ganar libertad y no les importa que digan bien o mal, antes les parece
que hablan de otra persona. Es como cuando se escucha hablar a dos personas y, como no
tenemos parte en esa conversación, no nos preocupamos por dar respuesta. Es lo que aquí
sucede: con la costumbre de no responder, no pareciera que nos hablan a nosotras. Esto nos
parecerá imposible a quienes tenemos muy a flor de piel la sensibilidad y poca mortificación.
Al principio es dificultoso, pero yo sé que se puede alcanzar esa libertad, abnegación y
desasimiento de nosotros mismos con el favor de Dios». (15,7)
Este tipo de “prueba”: ser acusados sin culpa, se originó en la lectura anacrónica del
monacato antiguo, convirtiéndose en una práctica en la que muchas veces ha faltado la
prudencia y moderación.
Es muy importante saber que no se trata de imponer a nadie ni impulsar a que se acepte
estas consignas como si se tratara de un programa espiritual.
Sin embargo, podemos rescatar algunas cosas de la propuesta expresada por Teresa en ese
capítulo de Camino, que no proviene justamente de dichas pruebas:
a) La libertad de la opinión ajena, sea buena o mala
b) Descubrir las propias fallas todavía desconocidas para el propio interesado. Es
ocasión de conocimiento de sí mismo y conversión.
c) Ir aprendiendo a aceptar de la propia finitud, la condición de creatura

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d) Ayuda a evitar la tendencia a la omnipotencia, creerse irreprochable y mejor que los
demás
e) Mantiene la paz de quien se acepta limitado y falible

La ascesis de autenticidad ha de convertirse en actitud global que acompañe todo el camino


de la construcción del discipulado, tanto en sus dimensiones humanas como en sus
dimensiones espirituales. La ascesis verdadera requiere la vuelta al Evangelio hasta
encontrar a Cristo, aceptarlo como razón de vida y proponerse la configuración con El.

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CAPÍTULOS 16 - 17 - 18
“Para esto es la oración, hijas mías; para esto sirve este matrimonio espiritual; para que
nazcan siempre obras, obras. (7M 4,7).
“Si su majestad nos demostró el amor con tan asombrosas obras y sufrimientos, ¿cómo
pretenden complacerlo con sólo palabras?” (7M 4,8)
“¿Saben qué es ser espirituales de verdad? Hacerse esclavos de Dios, a quienes, marcados
con su hierro que es el de la cruz, (porque ellos ya le han dado su libertad), los pueda vender
por esclavos de todo el mundo, como Él lo fue; que no les hace ningún agravio ni pequeña
merced. Y si a esto no se determinan, no crean que aprovecharan mucho” (7M 4,8).
La oración implica recorrer el camino necesario para liberar de lo que impide amar a Dios y
al prójimo y poder entregarse totalmente al cumplimiento de voluntad divina.
La oración también es espacio de iluminación para progresar en el camino de la conversión
y del testimonio luminoso de la vida cristiana, porque como enseñen los místicos y grandes
orantes, no solamente pecamos por mala voluntad sino también por la ceguera espiritual.
Esta ceguera espiritual impide distinguir el bien del mal, impide identificar lo que en nosotros
está distorsionado, y por tanto dificulta el correcto discernimiento.
La oración al ser trato de amistad nos impulsa a un verdadero amor que se convierte en
servicio. No se puede amar a Dios si no nos interesa y no nos implicamos en las cosas que a
Dios le interesan.
El capítulo 19 de Camino de Perfección nos hablará de convertirnos de la mundanidad. Una
expresión de esa mundanidad es la práctica de una espiritualidad y una oración intimista y
evasiva de la realidad, por ser indiferente.

ORACIÓN INCESANTE:
a) Es respuesta a la iniciativa divina
b) Permite ver la voluntad de Dios
c) Genera la fidelidad
d) Crecimiento en la vida cristiana
e) Sabe discernir en la tentación
f) Sumerge en la misión de Cristo: la oración es respuesta con carácter histórico y encarnado
(esa es esencial a la oración cristiana).

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g) Capacita para reconocer a Cristo en los otros: no es fruto de ningún tipo de estrategias
para favorecer la convivencia, ni de la psicología. Es fruto de una fe nutrida en la oración.
h) Siempre es eclesial: es decir, nunca oramos solos, siempre ora como cuerpo de la Iglesia.
i) Nos hace encontrar a Cristo en la historia.
j) Permite la participación en la Pasión y el seguir a Cristo hasta la cruz.

Lo más delicado y eficaz de la Oración


a) Incorpora a la oración de Cristo que pide incesantemente por la conversión y el desarrollo
del hombre.
b) Nuestro celo, estrategias y organización experimentan un límite que no podemos
atravesar y sí debemos respetar: la libertad humana.
c) La oración va más allá de los límites de la acción apostólica.
d) La oración es lo único que puede influir en la libertad del hombre.
e) Oramos y pedimos a Dios que cambie esa libertad sin anularla, pues de esa libertad nacen
las decisiones de la persona.
f) La oración en colaboración con Dios puede transformar esa libertad para salvar, convertir,
hacer llegar la paz, tomar las decisiones que preparen la justicia y la fraternidad.

“Como ve a los orantes presentes y con ganas de servir y comprendiendo para que cosa es
cada uno, les reparte los oficios de acuerdo a las fuerzas que poseen. Si no estuvieran
presentes no les daría nada, ni les encargaría ningún servicio (18,4)

“Presentes y con ganas de servir”


“Los que están en la ciudad son tales, son gente selecta, de tal manera que pueden mas ellos
a solas que con un importante ejército de soldados cobardes” (3,1). “Procuremos ser tales
que valgan nuestras oraciones” (3,2)

LA ORACIÓN CONTEMPLATIVA:
La contemplación sobrenatural, en sí misma, está fuera del alcance del discípulo, es una
gracia que solo Dios puede otorgar. Sin embargo, nos disponemos y capacitamos a ella
asumiendo todo lo que Teresa nos viene proponiendo (amor maduro, desasimiento de todo

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y humildad) necesario para llegar a la contemplación. La donación de esta gracia de la
contemplación no puede ser exigida por parte del orante. Es gratuita. Sin embargo, hace falta
advertir que, con frecuencia, muchos quedan privadas de la gracia de la contemplación, al
carecer de la debida preparación o por ignorancia de que la misma puede ser para él.
«Que quede en claro que, porque en esta casa todo gire en torno a la oración, no por eso
serán todas contemplativas. Eso es imposible. Y será una gran tristeza para quienes no lo
son, no haber comprendido esta verdad: esto es don gratuito de Dios, y, como no es
necesario para nuestra salvación, ni tampoco Él lo pide, no crean que se lo exigirá a nadie. Si
hace lo que venimos hablando será muy perfecta.
Antes podrá ser que tenga muchos más méritos, porque les cuesta más trabajo la oración y
es evidente que el Señor la lleva como alguien más fuerte y le tiene guardado el premio para
darle todo junto aquello que aquí no goza. No se venga abajo por eso y siga practicando todo
lo que venimos exponiendo, porque a veces el Señor viene algo tarde y paga muy bien la
espera y paga todo junto lo que a otros les fue dando a lo largo delos años». (17, 2).
Esta afirmación de Teresa suele ser mal interpretada. Es una invitación a la humildad, nunca
a la pusilanimidad. La contemplación es don de Dios que no podemos exigir, pero no por eso
debemos dejar de aspirar a este don.
“Pero este es mi consejo, siempre siéntese en el último lugar, que así nos dijo el Señor que
lo hiciésemos, y nos lo mostró con sus obras. Eso sí: dispóngase para llegar a la
contemplación por si Dios quiere dársela” (17,1).
“No estoy diciendo que se achiquen ante la contemplación, más bien les digo que prueben
todo, porque esto no está es nosotras elegirlo, sino que es el Señor quien lo decide. Porque,
si después de muchos años, El quiere a cada una para tal o cual oficio, gentil humildad será
que ustedes quieran elegir. Dejen hacer al Señor de la casa. El es sabio, es poderoso, entiende
lo que a cada uno conviene y lo que a El también le conviene” (17,7).
«Es importante subrayar el léxico de la Santa: oración, oración vocal, oración mental,
meditación: expresan las diversas modulaciones de nuestro “trato de amistad”.
Contemplación: es entendida por la Santa en sentido de contemplación mística que integra
su experiencia personal de Dios, de Cristo, de sus misterios, de la gracia. Estos términos
oración-contemplación: son dos polos de un proceso. Se comienza por las formas universales
de oración, asequibles a todos. Pero se apunta a la contemplación profunda, bajo la acción
de la gracia». (P. Tomás Álvarez).
«Estén seguras que, poniendo la parte de ustedes y disponiéndose para contemplación con
la totalidad que queda dicha, que, si Él no se las da, (y yo creo que sí se los dará si el
desasimiento y la humildad son profundos) es que este regalo lo tiene guardado para
dárselos todo junto en el cielo, y que -como ya se los dije- las quiere llevar como fuertes,
compartiéndonos aquí la cruz como Su Majestad siempre la tuvo, ¿hay mejor prueba de
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amistad que querer para uno mismo aquello que quiso para Él? Es posible que en la
contemplación no tuvieran tal premio como este. Son sus juicios, no hay que entremeternos
en ellos. Gran bien es que no quede en nosotros la elección porque, como parece mayor
descanso, todos elegirían ser grandes contemplativos». (17,7).
Y yo creo que sí se los dará si el desasimiento y la humildad son profundos (ib)
Efectivamente, su servicio de amor pasa por una especial participación de la Cruz de Cristo.
Todos participan de distintas maneras de la cruz, de acuerdo a las posibilidades de cada uno
«Ya que primeros y medianos y postreros, todos llevan sus cruces, aunque diferentes; pues
por este camino que fue Cristo han de ir los que lo siguen, si no se quieren perder. ¡Y
bienaventurados trabajos, que aun acá en la vida tan abundantemente se pagan!» (V. 11, 5).
«Pues yo les aseguro, hijas, que quienes son llevados por Dios por el camino de la
contemplación, a diferencia de quienes no lo son, no llevan una cruz más liviana, y ustedes
se asombrarían por qué camino y de qué maneras se las da Dios. Yo comprendo a unos y
otros y sé muy bien que los padecimientos de los contemplativos son intolerables, son de tal
suerte que, si no les diesen ese manjar de gustos, no lo podrían sufrir». (18, 1).
«En las batallas el alférez no pelea, no por eso corre menor peligro, e interiormente debe
sufrir más que el resto. Al ser el que porta la bandera, no se puede defender y, aunque lo
hagan pedazos no puede dejarla abandonada. Así los contemplativos llevan levantada la
bandera de la humildad y sufren cuantos golpes les dieren sus enemigos sin poder
devolverlos. Su oficio es padecer como Cristo, llevar en alto la cruz, no dejarla caer de las
manos por más peligros en que se vea metido, ni debe permitir que los demás vean en él
debilidad en el combate, porque para eso le han dado tan honorable oficio. Miren lo que
hace, porque si él deja la bandera, se ha de perder la batalla». (18, 5).

Capítulo 16
«Ahora quiero declarar -porque algunas no lo entienden- qué es oración mental, y quiera
Dios que esta tengamos como se ha de tener. Pero también tengo miedo de que se les vuelva
muy trabajosa si no se procuran las virtudes, aunque no en tal algo grado como para la
contemplación es necesario. Digo que no vendrá el Rey de la gloria a nuestra alma -digo a
estar unida con ella- si no nos esforzamos en adquirir las grandes virtudes. Lo quiero explicar
porque, si me sorprenden en alguna afirmación inconsistente, no creerán en otra cosa y
tendrían razón si eso fuera apropósito, pero que Dios no lo permita. En todo caso será por
no saber más, o no entenderlo». (16, 6).
“Adonde ellos le pueden hacer grande para nosotros y para los otros es en hacernos
entender que tenemos virtudes no las teniendo, que esto es pestilencia; que sin sentirnos
pareciéndonos vamos seguros, damos con nosotros en un hoyo que no podemos salir de él,
que (aunque no sea de conocido pecado mortal para llevarnos al infierno todas veces) es que
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nos jarreta las piernas para no andar este camino de que comencé a tratar, que no se me ha
olvidado. Ya veis cómo ha de andar uno metido en una gran hoya: allí se le acaba la vida; y
harto hará si no ahonda hacia abajo para ir al infierno; más nunca medra, ya que esto no es,
ni aproveche a sí ni a los otros, antes daña, porque, como se está el hoyo hecho, muchos que
van por el camino pueden caer en él. Si sale y le atapa con tierra, no hace daño a sí ni a los
otros; más yo os digo que es bien peligrosa esta tentación. Yo sé mucho de esto por
experiencia y así como lo sabré decir, aunque no tan bien como quisiera.” (CE 66,4-5).
“Créanme que, quien no sabe concertar las piezas en el juego de ajedrez, no sabrá jugar, y
por tanto no sabrá dar jaque mate” (16,1)
«si lo sabemos hacer, daremos jaque mate a este Rey divino, que no se podrá escapar de
nuestras manos ni Él lo querrá». (16, 1). «En este juego, quien más guerra puede hacer es la
reina, el resto de las piezas la ayudan» (16, 2). El tablero y el juego son la vida. Los jugadores
Dios y el orante. Las piezas y los movimientos las virtudes. El rey del otro contrario al del
jugador orante, es Cristo. Y a la vez es el amor.
La “Reina”, del propio lado del tablero, es la virtud de la humildad. El objetivo darle jaque
mate al Rey del lado opuesto, es decir, a Cristo. Sumamente atrevido, pero resulta que al
Señor sólo se lo rinde cuando uno se rinde a Él. Justamente eso es la humildad.

Capítulo 17
Humildad
«Pareciera que voy entrando en el tema de la oración, pero me falta un poco que decir. Son
cosas que importan mucho, porque es acerca de la humildad y es necesario hablar de ello
para las que están en esta casa, porque nuestra principal ocupación es la oración y, como he
dicho, importa mucho que comprendan cómo ejercitarse más en la humildad y esto es un
aspecto fundamental y esencial para todas las personas que se entregan a la oración». (17,1).
«Contemplar, tener oración vocal, curar enfermos, servir en las cosas de la casa, trabajar -
aunque sea en lo servicios más vulgares-, todo es servir al Huésped que viene a nosotras para
estar, comer y recrearse, ¿qué más nos da que sea en una cosa o en la otra?» (17, 6).

Capítulo 18
“Pues creer que Dios admite a su más estrecha amistad a gente cómoda y sin luchas, es
disparate. Tengo la certeza de que Dios da a los contemplativos las mayores luchas” (18,2).
«Pues yo les aseguro, hijas, que quienes son llevados por Dios por el camino de la
contemplación, a diferencia de quienes no lo son, no llevan una cruz más liviana, y ustedes

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se asombrarían por qué camino y de qué maneras se las da Dios. Yo comprendo a unos y
otros y sé muy bien que los padecimientos de los contemplativos son intolerables, son de tal
suerte que, si no les diesen ese manjar de gustos, no lo podrían sufrir». (18, 1).

Dos imágenes:
La primera es el vino para resaltar que las gracias extraordinarias tienen la finalidad de ayudar
a soportar el camino. «Los conduce por camino barrancoso y áspero, a veces parece que se
pierden y tienen que comenzar de nuevo a recorrer el camino, por esta razón Su Majestad
debe darles sustento, y no de agua, sino de vino para que, emborrachados, no entiendan lo
que les suceda y lo puedan soportar» (18, 2).
La otra imagen: comerciante que maneja juros y censos (son documentos comerciales de la
época) que reafirman la necesaria autenticidad y habilidad del orante. «Por el contrario, la
humildad es moneda que corre, es renta que nunca falta, son juros perpetuos y no censos
de al quitar, aquellos gustos y otras gracias están a veces y a veces no, comprenderán su
aprovechamiento si tienen gran humildad, mortificación y una gran obediencia a lo que
manda el superior, sabiendo que lo quiere Dios pues está en su lugar». (18, 7).
Se deja educar en la disponibilidad, hasta el abandono total. Y ha de ir creciendo en la
capacidad de soportar la cruz.
«Miren que subrayo que todas procuremos disponernos a ser contemplativas. No importa
que nos lleve uno, dos o diez años, no seamos cobardes, y es bueno que el Señor entienda
que no dejamos de disponernos como los soldados que, aunque mucho hayan servido,
siempre deben estar listos para que su capitán los mande a realizar cualquier oficio, porque
les ha de pagar su sueldo. ¡Y qué mejor manera lo paga nuestro Rey a diferencia de todos los
reyes de la tierra» (18, 3)!
Las formas de oración de cada uno: «Así que, hermanas, oración mental, y quien ésta no
pudiere, vocal, lectura meditativa y coloquios con Dios, como después explicaré. No dejen
las horas comunitarias de oración. No se sabe cuándo llamará el Esposo, no les suceda lo que
a las jóvenes necias. Tampoco se sabe cuándo el Señor les dará más luchas disfrazadas con
gustos. Si no se las da, comprendan que no son para eso...» (18, 4).
«Así que, hermanas, oración mental, y quien ésta no pudiere, vocal, lectura meditativa y
coloquios con Dios, como después explicaré. No dejen las horas comunitarias de oración. No
se sabe cuándo llamará el Esposo, no les suceda lo que a las jóvenes necias. Tampoco se sabe
cuándo el Señor les dará más luchas disfrazadas con gustos. Si no se las da, comprendan que
no son para eso...» (18, 4).

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Capítulos 19-20.22
«En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos. Sin embargo, la
corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Seguramente, los
acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por
almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que
hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo
sabremos el día en que todo lo oculto será revelado».
«Hoy vivimos en una época que necesita urgentemente de una renovación desde las fuentes
escondidas de las almas íntimamente unidas a Dios. Hay mucha gente que tiene puestas sus
últimas esperanzas en esas fuentes de la salvación. Esta es una amonestación muy seria: de
cada una de nosotras se exige una entrega total al Señor que nos ha llamado, para que pueda
ser renovada la faz de la tierra. En total confianza debemos abandonar nuestra alma a las
inspiraciones del Espíritu Santo. No es necesario que experimentemos la “epifanía” de
nuestra vida, sino que hemos de vivir en la certeza de fe de que, lo que el Espíritu de Dios
obra escondidamente en nosotros, produce sus frutos en el reino celestial. Nosotros los
veremos en la eternidad».

Repasando lo visto hasta ahora


Capítulo 19
“No se asombren, hijas, de las muchas cosas que es necesario tener en cuenta para comenzar
este viaje divino…” (21,1)

Todas las formas de egoísmo subjetivista (19, 9-13):


“Desear esto por nuestra parte, nunca deja de faltarle pecado. Si alguna cosa buena tiene
este deseo, es por la ayuda que brinda el Señor. Pero nosotros somos tan imprudentes que,
como es pena suave y gustosa, nunca queremos hartarnos de esa pena; la devoramos sin
medida, alimentamos como podemos dicho deseo, por lo cual algunas veces nos mata”
(19,9).
“La devoramos sin medida”
Devorar: atiborrarse de algo, desentenderse del bien común. Deja de buscar a Dios para
buscarse solo a sí mismo.
«Hoy vivimos en una época que necesita urgentemente de una renovación desde las fuentes
escondidas de las almas íntimamente unidas a Dios. Hay mucha gente que tiene puestas sus
últimas esperanzas en esas fuentes de la salvación. Esta es una amonestación muy seria: de
cada una de nosotras se exige una entrega total al Señor que nos ha llamado, para que pueda
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ser renovada la faz de la tierra. En total confianza debemos abandonar nuestra alma a las
inspiraciones del Espíritu Santo. No es necesario que experimentemos la “epifanía” de
nuestra vida, sino que hemos de vivir en la certeza de fe de que, lo que el Espíritu de Dios
obra escondidamente en nosotros, produce sus frutos en el reino celestial. Nosotros los
veremos en la eternidad».
«quebrar la voluntad»: Se trata de aprender a fortalecer la propia voluntad haciéndola
señora de sí misma, para lo cual hay que “quebrar” los caprichos, antojos, quereres y no
quereres de los instintos que la dominan.

“Y sobre todo humildad”


-Además del subjetivismo: la mundanidad 19, 7: «... porque la vista está distorsionada por el
polvo del camino que nos ciega mientras lo recorremos» (19, 7).
«... el hombre descubre lo que es: una pobre cosa, un ser frágil, débil, un conjunto de orgullo
y de mezquindad, un inconstante, un perezoso, un ilógico. No hay límite en esta miseria del
hombre... El alma se da cuenta de que camina sobre un hilo; y bajo el hilo ve el infierno
merecido cien veces y cien veces cerrado por la misericordia de Dios. No hay pecado que no
haya cometido o que no se sienta capaz de cometer.
En lo profundo está la culpa más decisiva culpa que consiste más en actitudes generales que
en acciones particulares, pero que determina la verdadera cualidad del corazón humano,
mejor que las acciones; culpa que está oculta, más aún camuflada, porque nosotros
únicamente a duras penas y frecuentemente sólo después de largo tiempo podemos
descubrirla con la mirada, pero con todo bastante viva en la conciencia para poder
contaminarnos y que pesa bastante más que todas las cosas que confesamos habitualmente.
Me refiero a las actitudes que envuelven toda nuestra vida como una atmósfera y que están
presentes, por decirlo así, en todas nuestras acciones y omisiones; pecados de los que no
podemos desembarazarnos, cosas ocultas y generales: pereza y cobardía, falsedad y vanidad,
de las que ni siquiera nuestra oración puede verse enteramente libre; que pesan
profundamente sobre toda nuestra existencia y la perjudican. Creíamos, bajó el impulso del
sentimiento, que éramos generosos; y descubrimos que somos egoístas». (Carlo Carretto,
Cartas del desierto).

Algunas formas de mundanidad:


1) Amor al poder y al tener.
2) Vanidad y soberbia: como formas de autoritarismo y dominio sobre los demás.

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3) Desprecio de los que «no son de los nuestros»: rechazo y desprecio por las otras
confesiones cristianas, por los que profesan otra religión ninguna.
4) Superficialidad y fundamentalismo: desconocimiento de la complejidad de diversos temas
de la vida y la moral de la Iglesia, pero se toma posturas a partir de una pobre información.
Se juzga y se condena a quienes ven más allá y se desconoce su sincera preocupación
pastoral.
5) Conformismo: se justifica el individualismo y la falta de compromiso serio. Desprecio a los
pobres: asumiendo prejuicios y condenas de toda clase. Prejuicios que son dictados del
egoísmo personal y social, que buscan consolidar la propia mezquindad.
6) Consumismo.
7) Espiritualidad “a la carta”: una práctica narcisista de la fe y la espiritualidad. Todo juzgado
desde el propio subjetivismo. No necesariamente se es relativista, muchas veces se es muy
intransigente en el otro extremo.
8) Espiritualidad compartimentada: hace que la fe solo influya en el ámbito de lo privado,
pero no en el ámbito profesional o social. (de ahí el reduccionismo de la moral a todo lo
relativo a lo sexual, desconocimiento de las demás virtudes como al Justicia).
9) Espiritualidad intimista: es una pseudo-espiritualidad, porque se desentiende o se evade
de la realidad. Detesta todo lo que llame a un compromiso real (ej.: desprecio o ignorancia
de la Doctrina social de la Iglesia).
10) Una fe mágica: que se expresa con toda clase de devociones sin verdaderos fundamentos
teológicos. Que espera que todo lo solucione Dios. Que desea no tener que comprometerse
en el arduo camino de la propia conversión.
11) Poner a Dios a nuestro servicio: ser ventajeros.
12) Creer en la fuerza del poder en lugar de la fuerza del amor: con lo que corregimos al
mismísimo Jesucristo.
13) Desesperanza: genera poco o ningún compromiso.
14) Apegos a expresiones religiosas del pasado:
15) Tentación de dar marcha atrás: para volver a lo conocido y controlado por nosotros. De
dejar el camino de la fe desnuda, la esperanza sin memoria, la caridad sin empalagos (Carlo
Carreto).

31
Las tres propiedades del agua (Tomás Álvarez):
«La contemplación cincela mucho más la persona del contemplativo. Para explicarlo toma
de ejemplo lastres propiedades del agua: enfría (3), limpia (6), sacia y quita la sed (8).
Trasladas a la contemplación, sólo una de las tres propiedades se mantiene lineal, la segunda:
que si la oración, por ser trato de amistad, limpia y purifica, la contemplación es agua viva y
celestial y clara que purifica y limpia del todo. (6). Por eso acerca y une al orante al misterio
de Dios (7).
Las otras propiedades se vuelven complejas. La contemplación es agua que enfría y enciende.
Es agua que apaga pasiones y enciende deseos de amor, hambre y sed de la verdad. Y desde
la verdad, la libertad interior y el señorío sobre la tierra. Es decir, la contemplación se nutre
de la verdad y del amor y renueva los lazos profundos que unen al orante con Dios y con
todas las realidades creadas.
La contemplación, según su tercera propiedad, es agua y sed. Agrava la sed y dilata la vasija
de los deseos. Es ella la que tensiona profundamente al espíritu humano y su radical
indigencia ante Dios. Queda así perfilado el espacio de la contemplación, mostrando lo falsa
y caricaturesca que es la imagen de una contemplación pasiva y comodona, situada tan lejos
de los anhelos y del quehacer humano».
-Vuelva a insistir en que muchos no llegan a la contemplación porque se rinden antes de
llegar. «¿Por qué razón piensan, hijas, que he pretendido declarar el fin y mostrar el premio
antes de la batalla, junto a esto decirles el gran bien que produce llegar a beber de esta
fuente celestial, de esta agua viva?
Para que no se angustien de las luchas y contradicciones que hay en el camino. Porque -como
he dicho- podrá ser que una vez llegadas y que solo les falte inclinarse a beber de la fuente,
lo dejen todo y pierdan este bien, pensando que no tienen más fuerzas para dar este último
paso y piensen que eso no es para ustedes». (19, 14).
«Miren que el Señor se la ofrece a todos. No hay que dudar porque Él es la misma verdad. Si
esta invitación no fuera general, el Señor no nos hubiese llamado a todos, tampoco nos diría
«Yo les daré de beber». Podría decir «Vengan todos, que no perderán nada; y a quien me
parece le daré de beber». Pero Él no puso esta condición, sino que dijo «a todos». Estoy
segura de que a aquellos que no se queden por el camino, no les faltará esta agua viva. El
Señor que nos la promete, nos dé su gracia para buscarla como se debe, por ser Su Majestad
quien es». (19, 15).

32
Capítulo 20
«Da la sensación de que me contradigo entre lo que dije en el capítulo pasado y lo afirmado
en otro capítulo. Cuando consolaba a lo que no llegaban a esta experiencia, les dije que el
Señor tiene diferentes caminos para llegar hasta Él, así como hay muchas moradas. Vuelvo a
repetir: porque Su Majestad entendió nuestra fragilidad, proveyó como quien es. Pero no
dijo: «por este camino vengan unos y por aquel vengan otros». Antes bien, fue tan grande
Su misericordia que no privó a nadie el procurar venir a esta fuente de vida a beber. ¡Bendito
sea por siempre y con cuánta razón me privara a mí!» (20,1).
«Pues si a mí no me mandó abandonar el camino cuando comencé, ni tampoco hizo que me
arrojaran al abismo profundo, con toda seguridad que no se lo quitará a nadie. Antes bien,
nos llama públicamente y en voz alta. Pero, como es tan bueno, no nos obliga a la fuerza,
antes da de beber, de diversas maneras, a aquellos que lo quieren seguir, para que ninguno
camine triste ni se muera de sed. De esa fuente caudalosa brotan arroyos, unos grandes,
otros pequeños y hasta algunos charquitos para niños, que eso les basta y darles más sería
asustarlos mostrándoles tanta agua, estos últimos son los principiantes». (20, 2).
«Así que, hermanas, no tengan miedo de morirse de sed en este camino. Nunca falta tanto
el agua de la consolación que se les vuelva insoportable la sed. Esto es así, por eso tomen mi
consejo y no se queden en el camino, sino que peleen como fuertes hasta morir en el intento,
pues no están aquí para otra cosa sino para luchar. Y manteniendo siempre esta
determinación de preferir morir que dejar el camino a medias, si el Señor las lleva de esta
vida con algo de sed, en la vida eterna les dará con abundancia de beber y sin temor de que
nos falte el agua. Quiera el Señor que no le faltemos nosotras, amén». (20, 2).
«Todos estamos llamados, pero es pura gracia y, por tanto, distribuida por Cristo en régimen
de amor: a unos antes y a otros después. A lo largo de un arco que abarca esta vida y la otra.
Incluso a los que lleva de esta vida con alguna sed, o como llegó a escribir en el Códice del
Escorial “sin llegar a beber dela fuente”; en la vida eterna nos dará de beber en abundancia».
(Tomás Álvarez).

Nueva Consigna: Dejar de lado la superficialidad y asumir un “hablar en Dios”.

Capítulo 13
Allí hablaba de un estilo de ser y de vivir. Contrapuesto al estilo del mundo y hasta desciende
a la forma de hablar y de tratarse en comunidad.

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Capítulo 22
En cuanto al lenguaje, Teresa insiste en aprender uno nuevo: la lengua que han de hablar los
que van camino de la fuente de agua viva. Pero esto significa algo más profundo.
Significa pasar del estilo al lenguaje es pasar de la forma al fondo. Preocuparse no ya de las
maneras y modales (1), sino del contenido.
[1]En este caso mundanos, de retórica vacía, de convenciones sociales, de ninguna manera
se trata de falta de educación ni tampoco de actitudes antisociales.
«Teresa quiso que la comunicación en la comunidad mirase al crecimiento de cada miembro.
Pues comunicarse es una manera de compartir y por tanto, es poner en común el misterio
que es toda persona humana, un misterio envuelto en la misericordia de Dios. Por eso, quiere
Teresa que se hable siempre en Dios. No se trata de caer en otro tipo de formalidades,
tampoco de mojigatería religiosa. Se trata de un compartir profundo de la propia vida, de la
historia personal, de las inquietudes que se tienen, de la obra de salvación que Dios va
obrando en cada uno». (Miren lo que ha hecho conmigo. Teresa de Jesús. Una biografía
espiritual).
Este nuevo hablar, o mejor dicho, esta comunicación profunda prepara la explicación de lo
que es oración: también es una comunicación profunda: acogida, atención y delicadeza hacia
aquel al que me dirijo en la oración.

Capítulo 22
¿Qué es oración mental?
«Sepan, hijas, que tener la boca cerrada no hace que la oración sea mental. En cambio, si al
hablar estoy entendiendo y viendo que hablo con Dios con más atención que las palabras
que digo, entonces están juntas la oración mental y la vocal. Salvo que les digan que están
hablando con Dios, rezando el Padrenuestro y, a la vez, pensando en cualquier cosa. De ser
así, no digo nada». (22, 1).
En nuestra época, mejor que hablar de oración mental deberíamos decir «oración personal»
o también «oración interior». Toda forma de oración será siempre acoger y cultivar la
relación de amor que el Señor ha iniciado y quiere continuar con nosotros. La oración jamás
puede ser algo mecanizado, tampoco una costumbre, ni siquiera una rutina que cumplir cada
día, pues de esta manera es imposible experimentar la transformación que obra el amor. Los
grandes místicos tienen la convicción que el “acostumbrarse” a la rutina de la oración puede
hacer perder no solo la oración sino incluso la fe.

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«¿Quién les dirá que está mal, cuando comenzamos a rezar las Horas litúrgicas o el rosario,
que se comience a pensar con quién van a hablar y quién es el que habla para ver cómo se
lo trata?» (22, 3).
La oración requiere que sepa quién es el que habla, con quién hablo y cómo hablo; en eso
consiste la comunicación. El amor de amistad exige la comunicación atenta y profunda, es la
forma de compartir el misterio de cada persona, aquí Jesucristo y el discípulo orante.
«Pues yo les digo, hermanas, que, si se hiciese bien este detenerse y tomar conciencia de
estas dos consignas antes de comenzar la oración vocal que van a rezar, estarían dedicando
mucho tiempo a la oración mental. Sí, porque no nos acercaríamos a hablar a un príncipe
con la familiaridad con la que hablaríamos con un campesino o con una persona pobre como
nosotras que, sea como sea que nos hablen, estará bien». (22, 3).
El secreto del amor está en esa comunicación profunda que es indicio del compromiso
mutuo. La comunicación es la esencia del amor y garantía de crecimiento. De esta manera el
discípulo orante al evangelizar no reducirá, por ejemplo, el amor a un tema de predicación,
sino que comenzará a vivirlo y a extenderlo de la relación con Dios a la relación con el
prójimo.
«Esta es la oración mental, hijas mías, entender estas verdades. Si quieren ir comprendiendo
esto y seguir rezando vocalmente, las felicito mucho. Pero no me estén hablando con Dios y
pensando en otras cosas, que esto dificulta comprender qué es la oración mental. Creo que
fui suficientemente clara. Quiera el Señor que lo sepamos realizar, amén». (22, 8).

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CAPÍTULO 23, 24, 25

Capítulo 23
Nuevamente determinada determinación
“Pues hablando ahora de los que comienzan a ser siervos del amor (que no me parece otra
determinarnos a seguir por este camino de oración al que tanto nos amó) …” (V, 11,1).
«¡Oh Señor de mi alma y bien mío! ¿Por qué no has querido que un alma al determinarse a
amarte, con hacer lo que puede en dejarlo todo para emplearse mejor en este amor a Dios,
inmediatamente gozase de ascender a poseer este amor perfecto? He dicho mal, debería
decir y quejarme porque no queremos nosotros; pues nuestra es toda la falta de no gozar
luego de tan gran dignidad» (ib.)
¿Dónde está la clave del cambio? ¿Qué se necesita para que nuestra determinación sea una
constante y no un entusiasmo pasajero?

En primer lugar: dejar la autosuficiencia:


«En este tiempo mi alma andaba ya cansada y, aunque quería descansar, no le dejaban las
ruines costumbres que tenía. Me sucedió que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen
que habían guardado allí, la habían traído para cierta fiesta que solía hacerse en la casa. Era
de Cristo muy llagado, daba mucha devoción. Al verla me quedé conmovida al contemplarlo
así, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que
había agradecido aquellas llagas, que me parecía que se me partía el corazón, y me arrojé
junto a Él derramando muchas lágrimas y suplicándole que me fortaleciese ya de una vez
para no ofenderlo». (V. 9, 1).
“…creo que me aprovechó, porque ya no era tan creída de mi misma y ponía toda mi
confianza en Dios”. (V. 9,3)
La clave de ese momento fue un acto de total confianza en Cristo
Ha dejado la autosuficiencia porque ha descubierto el rostro de Dios en Jesucristo.

En segundo lugar: dejar la auto-referencialidad


Autosuficiencia y auto-referencialidad son obstáculos muy serios para la oración porque lo
son para el seguimiento de Cristo. San Juan de la Cruz llama a la auto-referencialidad falta de
“paladar”. «Porque la causa de esta sequedad es porque muda Dios los bienes y fuerza del
sentido al espíritu, de los cuales, por no ser capaz el sentido y fuerza natural, se queda ayuno,

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seco y vacío. Porque la parte sensitiva no tiene habilidad para lo que es puro espíritu, y así,
gustando el espíritu se desabre la carne y se afloja para obrar; mas el espíritu que va
recibiendo el manjar, anda fuerte y más alerto y solícito que antes en el cuidado de no faltar
a Dios, el cual, si no siente luego al principio el sabor y deleite espiritual, sino la sequedad y
sinsabor, es por la novedad del trueque; porque, habiendo tenido el paladar hecho a esotros
gustos sensibles (y todavía tiene los ojos puestos en ellos), y porque también el paladar
espiritual no está acomodado ni purgado para tan sutil gusto, hasta que sucesivamente se
vaya disponiendo por medio de esta seca y oscura noche no puede sentir el gusto y bien
espiritual, sino la sequedad y sinsabor, a falta del gusto que antes con tanta facilidad
gustaba» (Noche oscura I, 9, 4).
«Tu palabra es encendida vehementemente; y el profeta (Jr. 23, 29): ¿Por ventura mis
palabras no son como fuego? Las cuales palabras, como él mismo dice por san Juan (6, 64)
son espíritu y vida; la cual sienten las almas que tienen oídos para oírla, que, como digo, son
las almas limpias y enamoradas; que los que no tienen el paladar sano, sino que gustan otras
cosas, no pueden gustar el espíritu y vida de ellas, antes les hacen sinsabor. Y por eso, cuanto
más altas palabras decía el Hijo de Dios, tanto más algunos se desabrían por su impureza,
como fue cuando predicó aquella sabrosa y amorosa doctrina de la Sagrada Eucaristía, que
muchos de ellos volvieron atrás» (Jn. 6, 60-67). (Llama de amor viva (B) 1, 5).

Imagen de Dios:
La imagen que Teresa tiene de Dios no es aprendida ni heredada. Es acogida en Jesucristo.
«La intención esté firme, que mi Dios no es nada susceptible: no anda mirando menudencias.
De esta manera Él tendrá algo para agradecerles. Eso es dar algo. Lo demás será bueno para
alguien que no es generoso sino tan mezquino que no tiene corazón para dar, ya es mucho
con que preste algo. En fin, haga algo, que todo lo toma en cuenta este Señor nuestro. Se
adapta a lo que queremos. No es minucioso para llevarnos la cuenta, sino más bien generoso;
por más que nuestra deuda sea grande, no lo considera mucho para perdonarla. Para
pagarnos es tan considerado que, hasta un elevar la mirada porque nos acordamos de Él,
jamás dejará sin premiar». (C. 23, 3).

Capítulo 24
Prepararnos para el encuentro orante. Como quien se prepara para acoger a un amigo
familiar que viene a visitarlo. «Para dar comienzo a la oración, ya saben que Su Majestad
enseña que sea en soledad, porque así lo hacía Él siempre que oraba. No tanto por necesidad
suya sino para enseñarnos a nosotros. Ya les he explicado que no es muy coherente hablar
con Dios y a la vez con el mundo: eso es estar rezando y a la vez atendiendo lo que se habla
en torno nuestro, o pensar en cualquier cosa sin control alguno». (24, 4).

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Para que la oración, incluso la vocal, sea auténtica se necesita avivar la relación personal con
Cristo o Dios Padre; y con ello despertar la atención al otro, a aquel que va dirigida nuestra
oración.
«Lo que nosotros podemos hacer es procurar estar a solas y quiera Dios que sea suficiente,
como digo, para que entendamos con quién estamos y qué nos responde el Señor a nuestras
palabras. ¿Piensan que está callado? Si bien no lo oímos, realmente habla al corazón cuando
le hablamos de corazón. Es muy bueno que consideremos que cada una de nosotras es a
quien enseñó esta oración y que ahora nos la está descubriendo, porque nunca está el
maestro tan lejos del discípulo que necesite gritar para que lo entienda, más bien está muy
cerca del discípulo. Quiero que ustedes entiendan bien esto para rezar bien el Padrenuestro:
nunca se separen de al lado del Maestro que les enseña». (24, 5).

Hay veces que no podemos orar:


«Hago una salvedad: hay temporadas en las que, o por el mal de los humores, en especial si
es persona que tiene melancolía, malestar en la cabeza que, aunque más lo procura, no
puede; o que Dios permite días de grandes tempestades en sus siervos para mayor bien suyo,
y aunque se afligen e intentan calmarse, no pueden, ni están en lo que dicen, aunque más
hagan, ni se concentran en nada, pareciera que están agitados, se los percibe alborotados».
(24, 4).

¿Qué hace en estas situaciones?


«Y no se angustie, que es peor; tampoco se canse intentando concentrarse, porque en ese
momento no puede, más bien rece como pueda. Incluso no rece, sino que, como persona
enferma procure dar alivio a su alma: dedíquese a acrecentar otra virtud». (24, 5).
“Estos consejos son para personas que se toman en serio la vida interior y tienen bien
entendido que no han de hablar con Dios y el mundo al mismo tiempo” (24,5).

Capítulo 25
Ahora, en este capítulo, nos quiere mostrar la potencialidad de la oración vocal: cuando la
oración vocal es bien realizada, esta es capaz de hacer que el discípulo sea introducido por
el Señor en la contemplación.
«No piensen que se gana poco con rezar vocalmente con perfección, por eso les digo que es
muy posible que, estando rezando el Padrenuestro u otra oración vocal, el Señor los
introduzca en la oración contemplativa plena. De esta manera, Su Majestad muestra que
escucha al que le habla...» (25,1).
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Protagonismo del Señor en la oración:
«Entiende que, sin ruidos de palabras, este divino Maestro le está enseñando, suspendiendo
las potencias, porque antes serían un obstáculo si llegasen a obrar. Gozan sin saber cómo
gozan. El alma está abrasándose en amor y no entiende cómo ama. Comprende que goza de
lo que ama, pero no sabe cómo lo goza. Entiende que no es un gozo que pueda desear el
entendimiento. Le abraza la voluntad sin entender cómo. En cuanto puede comprender algo,
se da cuenta de que no es un bien que se puede merecer ni con todos los esfuerzos que se
hiciesen para ganarlo aquí en la tierra. Es un don del Señor del cielo y de la tierra que, en fin,
da como quién es. Esta, hijas, es la contemplación perfecta». (25, 2).

Oración mental/personal:
“Pensar y entender que hablamos, con quien hablamos y quienes somos los que nos
atrevemos a hablar con tan gran Señor. Pensar esto y otras cosas semejantes, por ejemplo,
lo poco que le hemos servido y lo mucho que estamos obligados a servir, eso también es
oración mental. No crean que es otra algarabía, tampoco se asusten del nombre. Rezar el
Padrenuestro y el Avemaría o lo que quieran, eso es oración vocal». (25, 3).

Teresa, como excelente pedagoga, quiere que sus lectores no se limiten a “rezar bien”, ni se
conformen con la “oración mental” sino que apunten a la gran madurez de la oración
cristiana: la contemplación.

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CAPÍTULOS 26-29

Capítulo 26
Pedagogía interiorizante de Teresa: educarse en la Presencia del Señor, educar la mirada, la
escucha, la palabra, la postura de fondo al orar, etc.

Subrayemos que se trata de pistas para orar, no de método


Teresa enseñará que recoger el pensamiento en la oración: es centrar la mirada en Cristo.
Recogerse es acogerse a Él, a su presencia, a su compañía. El recogimiento, como la oración
misma tiene que ser cristológica.

El proceso de recogimiento es en cuatro etapas:


a) Centrar la atención en Cristo.
b) Entrar en el propio “Castillo interior”
c) Precedido todo esto de la práctica de virtudes reales y concretas
d) Y sostenidas de una gran apertura y disponibilidad a la acción de Dios sobre nosotros y
sobre nuestra oración.

Diversos modos de oración aconsejados


«Ya se sabe que lo primero es santiguarse, hacer examen de conciencia, rezar el acto de
contrición.
Luego, hija, una vez que estás sola, procurar tener compañía. Pues ¿qué mejor que la del
mismo Maestro que enseñó la oración que vas a rezar? Representa junto a ti al mismo Señor
y mira con qué amor y humildad te está enseñando. Y créanme, mientras puedan, no estén
sin tan buen amigo. Si se acostumbran a tenerlo junto a ustedes y Él ve que lo hacen con
amor y que procuran contentarlo, no lo podrán alejar de su lado. Nunca se irá, las ha de
ayudar en todas sus cosas, lo tendrán en todas partes: ¿piensan que es poco tener tal amigo
al lado?» (26, 1).
A continuación: hay que dejarse mirar por Él. Te está amando, enseñando. No recrimina
nada. Para usar un término teresiano «engolosina». Su mirada es de amor.

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«Ahora no les pido que piensen en Él ni que extraigan abundantes conceptos, ni que hagan
grandes y delicadas reflexiones con su entendimiento. Solo mírenlo, no les pido otra cosa.
¿Quién les impide dirigir los ojos del alma hacia el Señor, aunque sea brevemente, si no
pueden más? Son capaces de mirar cosas muy feas y espantosas contra Él, lo que no ha
bastado para que Él deje de mirarlas a ustedes, ¿es mucho pedir que, quitada la mirada de
estas cosas exteriores, lo miren algunas veces a Él? Miren que no está aguardando otra cosa,
como dice la esposa, sino que lo miremos. Como lo quieran, así lo hallarán. Tiene en tanto
que volvamos la mirada hacia Él, que no quedará por Él». (26, 3).
«Si están alegres: mírenlo resucitado. Solo imaginar cómo salió del sepulcro las alegrará... Si
están sufriendo, o están tristes, mírenlo camino del huerto de los olivos: ¡qué aflicción más
profunda llevaba en su alma, pues siendo Él la misma paciencia, lo dice y se queja de esa
aflicción! O mírenlo atado a la columna de la flagelación... O mírenlo cargando con la cruz,
que ni siquiera le dejaban respirar hondo. Él los ha de mirar con unos ojos tan hermosos y
piadosos, llenos de lágrimas, y además olvidará sus dolores por consolar los de ustedes, por
el solo hecho de ir a consolarse con Él y volver la cabeza para mirarlo». (26, 4-5).
Puede suponer un pequeño esfuerzo inicial «quien ahora no quiere hacer un poquito de
fuerza para recoger siquiera la vista y así mirar al Señor dentro de sí (que lo puede hacer sin
ningún peligro, necesitando solo un poquito de atención), mucho menos se pondría al pie de
la cruz» (26, 8).
«Si se les ha conmovido el corazón de verlo así, que no solo quieran mirarlo, sino que se
alegren de hablar con Él, no con oraciones compuestas, sino de la pena del corazón de
ustedes, penas que para Él son muy valiosas». (26, 6).
«Para ayudarse en el recogimiento, lo que pueden hacer es tener una imagen o retrato de
este Señor que sea a gusto de ustedes. No para tenerlo escondido en el pecho y nunca
mirarlo, sino para hablar con el Señor muchas veces. Él les inspirará lo que tengan que decir».
(C. 26, 9).
«También es un gran medio tomar un libro bueno, ayuda a recoger el pensamiento, a rezar
bien vocalmente, y poquito a poquito, ir acostumbrando el alma con halagos y arte para no
amedrentarla...» (C. 26, 10).

Capítulo 27
Primera invocación de la oración del Señor «Padre nuestro»
«¡Oh, Señor mío, ¡cómo se nota que eres Padre de tal Hijo, y cómo parece tu Hijo, hijo de tal
Padre! ¡Bendito seas por siempre jamás! ¿No hay que esperar hasta el final de la oración
para recibir esta merced, Gran Señor? Apenas comenzamos nos colmas las manos y haces

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merced tan grande Que ya sería mucho colmar el entendimiento y, desde allí, llenas tanto la
voluntad, que no se puede pronunciar palabra alguna» (27,1).
«¡Oh, Hijo de Dios y Señor mío!, ¿cómo es que nos das tanto cuando apenas pronunciamos
la primera palabra de esta oración? Además, te humillas hasta el extremo de unirte con
nosotros al pedir en la oración y, a la vez, te haces hermano de alguien tan insignificante y
miserable, ¿cómo es que nos das en nombre de tu Padre todo lo que se puede dar? ¿Quieres
que nos adopte como hijos, pues tu palabra siempre se realiza? Lo obligas a que la cumpla,
lo cual no es pequeña carga, porque siendo Padre nos ha de sufrir las ofensas por graves que
estas sean. Si volvemos a Él, como el hijo pródigo, nos tiene que perdonar, tiene que
consolarnos en nuestros sufrimientos, y tendrá que sustentarnos, como lo hace un Padre
como Él, que necesariamente es mejor que todos los padres del mundo, porque en Él no
puede haber otra cosa que la bondad en su plenitud y, después de todo esto hacernos
partícipes y coherederos tuyos». (C. 27, 1).
Podemos constatar que la oración teresiana refleja el sello trinitario de toda auténtica
oración cristiana: comienza con la convicción de que el espíritu es quien permite estas
invocaciones (n. 7).

Capítulo 28
Segunda afirmación del padre nuestro: “Que estas en el cielo”
«Entrar dentro de sí»: recordemos que recogerse es centrarse en Cristo, con mente y
corazón. Jamás hay que olvidar que la oración es cosa de dos.
ATENCIÓN: recogerse no es ensimismarse sino centrarse en Cristo.
NUNCA SERÁ ENCONTRARSE CON UNO MISMO EN SOLEDAD SIN CRISTO.

Cinco pasos de interiorización:


1) Tomar conciencia nítida de este “palacio interior”. «Hagamos de cuenta que, dentro de
nosotras, hay un palacio de grandísima riqueza, todo edificado de oro y piedras preciosas, en
fin, como para tal Señor» (28, 9)
2) Y que está habitado. Hace falta pasar de la sensación de vacuidad a la conciencia de Su
presencia. Nuestra interioridad está hecha para ser capacidad de Dios. «En este palacio
habita este gran Rey que ha tenido a bien ser Padre de ustedes, que además se sienta en un
trono de grandísimo valor que es el corazón de cada una». (28, 9).
3) «Entrar dentro», es decir, cruzar la barrera entre el mundo del sentido y el mundo del
espíritu. «Quienes se puedan encerrar de esta manera en este pequeño cielo de nuestra

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alma, donde se encuentra el que hizo cielo y tierra y se acostumbra a no evadirse ni estar
donde se distraigan los sentidos exteriores, tenga la seguridad que lleva excelente camino y
que no dejará de llegar a beber del agua de la fuente, porque camina mucho en poco
tiempo». (28, 5).
4) Sensibilidad a la acción de Dios. Él se ha hecho presente para crear comunión. «Si este
recogimiento es verdadero, se siente con mucha claridad sus efectos, porque hace algunos
efectos en el alma. No sé cómo explicarme. Aquel que lo tuviere, me entenderá». (28, 6).
5) El recogimiento no es una práctica más. Supone la entrega de la persona, su vida entera.
Hay que vaciar el “palacio” de toda cosa para dárselo al Señor en oblación voluntaria, pues
«Él jamás fuerza nuestra voluntad, solo toma lo que le damos, pero Él no se da a Sí mismo
del todo hasta que nosotros nos damos del todo». (28, 12).

Capítulo 29
Retoma el tema de la interiorización. Dos advertencias muy importantes:
1) Hay que tener cuidado de aquellos vínculos o cosas que pueden atraer y convertirse en
centro de nuestra afectividad. Cuando estas cosas captan nuestros pensamientos, afectos y
proyectos terminan dejándonos expuestos a lo inestable y provisorio. Es imprescindible
cuidar la propia vida en coherencia y respeto por la propia interioridad. Renueva la necesidad
de la madurez afectiva y de libertad que nos ha propuesto en los capítulos del 4 al 15. Como
en el capítulo 5, aquí vuelve a tratar a “desacralizar” a las autoridades. Ella pone el ejemplo
de quien busca congraciarse con los superiores, pero puede ampliarse a todos a todos
aquellos de quienes esperamos obtener algo, perdiendo así libertad y autenticidad.
2) Uno de los más graves problemas y deformaciones de la oración será sustituir a Dios por
el ídolo refinado de uno mismo. Y por ese cambio replegarse sobre sí, y adorarse a sí mismo.
Es el riesgo de la alienación, de perderse en los propios pensamientos y desentenderse de la
realidad exterior y de la vida de los otros. (hemos señalado la espiritualidad mundana
caracterizada por el intimismo y la evasión).

Nuevas consignas para interiorizar la oración:


a) «Pon los ojos en ti misma y mírate interiormente...». (29, 2). Educar la mirada en la línea
de la fe. Acercarse a su presencia y comenzar a conocerlo de otra manera.
b) “¡Oh, ¡Señor mío, si te conociésemos verdaderamente...»! (29, 3).
c) «Volviendo a lo que decía, yo quisiera saber explicar mejor cómo se hace presente esta
santa comitiva junto a nuestro compañero, Santo de los Santos, sin impedir la soledad que
ella y su Esposo tienen, cuando el alma dentro de sí quiere entrarse en este paraíso con su
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Dios y cierra la puerta tras de sí a todo el mundo». (29, 4). “Soledad en compañía”: porque
en el fondo del espíritu Dios es compañía santa. Y la oración es “estar ante Él y con Él”.
d) “Gustar el don de su presencia”: Teresa tiene la convicción de que, a esa hondura, la
oración abre el espíritu a la experiencia de Dios. Experiencia de su presencia, de su paso por
nuestra vida. Experiencia de que nos entiende sencillamente.
e) «hemos de liberarnos de todo para acercarnos interiormente a Dios y aun en medio de las
mismas ocupaciones retirarnos a nosotros mismos...» (29, 5). Desocuparse de todo: vaciar el
palacio interior. Libertad interior.
f) Ocupaciones exteriores: jamás desentenderse de la vida cotidiana. Mejor dicho, la realidad
es la que nos sirve de trampolín para pasar a lo interior.
g) Señorearse de sí mismo: liberarse de la tiranía de las pasiones y sentidos y ganarse para sí.
h) Establecer un “puente” entre el exterior e interior: educando la mirada, la palabra, la
escucha, la relación con Dios.
Digo “quiere para que entiendan que esto no es cosa sobrenatural, sino que está en nuestro
querer y podemos hacerlo nosotros con el favor de Dios” (C 29,4).
«Miren que es poco tiempo para obtener tan grandes ganancias, porque será poner buenos
fundamentos para que el Señor, si así lo quisiere, las pueda levantar a grandes cosas, si las
encuentra preparadas y cerca de Él. Que Su Majestad nunca consienta que nos apartemos
de su presencia, amén». (C.29,8).
«Concluyo señalando que, quien lo quisiera adquirir, -pues como he dicho, está a nuestra
mano-, no se canse de acostumbrarse a lo que he explicado, esto hará que se haga dueño de
sí mismo, no perdiéndose todo de balde 307.
Todo lo contrario, se ganará a sí mismo para sí, que es la consecuencia de aprovechar los
sentidos para lo interior. Si hablare, procure acordarse de que, dentro de uno mismo, hay
con quien hablar. Si escucha, acuérdese de que puede oír a alguien que le habla desde más
cerca. En fin, tener presente que pueden, si así lo quieren, no apartarse nunca de tan buena
compañía y lamentar cuando ha dejado solo a su Padre por mucho tiempo, estando tan
necesitada de Él. Acuérdese de Él muchas veces, si puede, y si no que sea las pocas ocasiones
que le permita la jornada. Una vez que se acostumbre, saldrá con ganancia, más rápido o
más tarde. Después que se lo dé el Señor, no lo cambie por ningún tesoro». (C. 29, 7).

Recordemos:
-La oración es «tratar de amistad»: hace posible el seguimiento de Cristo. Sin contacto vital
con su persona no podemos conocer a Jesucristo ni vivir su evangelio.

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-Por la oración Jesucristo ingresa en el corazón del discípulo y lo impregna de su fuerza
transformadora de la vida.
-La oración y la vida que de esa experiencia brota no es un asunto privado, sino testimonial.
-De nada sirve una fe y una oración si no suscitan el seguimiento de Jesús.
-Amistad/oración: engendra una nueva manera de ser: un creciente seguimiento e imitación
de Jesucristo. Permite entrañarse en Jesucristo. Descubre el rostro de Dios. Vuelca al servicio
de los hombres.

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CAPÍTULOS 30-32
“No piensen que se gana poco con rezar vocalmente con perfección, por eso les digo que es
muy posible que, estando rezando el Padre nuestro u otra oración vocal, el Señor los
introduzca en la oración contemplativa plena”. (25,1)

Intencionadamente ha repetido las mismas consignas:


«Entendamos con quién estamos» (24,5), «entiendan lo que dicen» (24,2), “a quien dirijo las
palabras” (24,6), «a quien dirijo las palabras» (24,6), «pensar y entender qué hablamos, con
quién hablamos y quiénes somos los que nos atrevemos a hablar con tan gran Señor» (25,3).
Y otra vez vuelve a advertirnos de evitar la oración mecánica: «¿Hay alguien que, por muy
ordinario que sea, cuando pide a una persona importante no tiene pensado primero cómo
dirigirse a ella, para agradarle y no serle antipático? También tiene pensado, ¿qué necesita y
para qué? Especialmente si pide algo importante, como nos enseña que pidamos nuestro
buen Jesús». (30, 1)
Queda claro que la atención que pide Teresa en la oración no es una cuestión meramente
intelectual: “es sensibilización interpersonal que alerte la Presencia de la otra Persona y
realice la comunión con ella”. (P. Tomás Álvarez).

La clave secreta:
Más atención al padre que a lo que le pedimos. Pero lo que realiza el empalme entre esos
dos extremos es el recurso a la compañía del maestro. Compañía orante que es comunión
de sentimientos con el Maestro que nos enseñó la oración.

- Así que “aprender” a rezar no es apropiarse de las palabras y del contenido de la


oración del Maestro, para reproducirlas ante el padre.
- Es entrar en comunión con las palabras y sentimientos interiores de Jesús.
- También el las oró y las sigue orando en nosotros.
- Aquí radica la fuerza de la oración vocal, ya sean salmos o cánticos bíblicos: que los
sentimientos primordiales de ese orante bíblico sean ahora sentimientos míos.
- Pero es trasvase de interioridades es mucho más real, más en comunión cuando se
trata de Jesús y de su oración.
- Por eso Teresa tratará de explorar cuál fue el sentido, cuáles los sentimientos que
afloraron en el alma de Jesús cuando dijo “Padre”, o cuando dijo “hágase tu
voluntad”.
- Acercarse a los sentimientos de Jesús es la entrada en la oración contemplativa
profundamente cristiana.

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“Santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu Reino”. Ahora, Teresa lo hará con enfoque
estrictamente personal:
“Aquí les quiero decir lo que yo interpreto. Si no les gusta, piensen ustedes otras
consideraciones, que nuestro Maestro nos lo permite, siempre que nos sujetemos a la fe de
la iglesia, y con esta condición me expreso aquí”. (30,4).

Una aclaración:
Durante mucho tiempo la teología confundió el “Reino de Dios” con la iglesia o lo redujo a la
vida eterna.
Aquí Teresa se aproxima más al evangelio, que la teología de su tiempo; ella habla de lo que
la teología llama “reinado” de Dios en el hombre, imprescindible para que se haga presente
el “Reino de Dios”. Es decir, el Reino comienza en el interior del hombre, del cual brotará la
acción adecuada para que el reino se concrete en el mundo. El orante se irá realizando como
persona mediante un proceso de asimilación del misterio de Cristo, especialmente por su
evangelio. Este proceso culmina en la disposición a la entrega total.
«Ahora, pues, a mí me parece que uno de los grandes bienes, entre tantos que hay en el
cielo, es ya no hacer caso de las cosas de la tierra, más bien gozar una placidez y gloria en
uno mismo, un alegrarse por la alegría de todos, una paz perpetua, una satisfacción grande
en uno mismo. Y que todo esto les viene de ver que todos santifican y alaban al Señor,
bendicen su nombre y nadie lo ofende. Todos lo aman y la misma alma no se ocupa de otra
cosa sino en amarlo, y, como lo conoce no puede dejar de amarlo. Y así le amaríamos acá,
aunque no con la perfección que estamos diciendo ni con constancia. Si realmente lo
conociéramos, lo amaríamos de una manera superior a lo que amamos al presente» (30, 5).

Atención con esta afirmación:


“No hacer caso de las cosas de la tierra”. Ya hemos señalado que es imposible una oración
cristiana que se desentienda del mundo. Una oración evasiva e intimista es una forma de
religiosidad mundana, incompatible con Jesucristo. «El itinerario espiritual teresiano parte
de la realidad, y a ella vuelve enriquecida por el matrimonio. Más aún, no hay relación con el
Dios de Jesucristo sin transformación personal y sin acción... Éste es el secreto y la finalidad
del camino espiritual: ayudar a Cristo Crucificado mediante la acción, y que nazcan siempre
obras... nos advierte que deben ser obras hechas en servicio del prójimo» (P. Antonio Mas
Arrondo).

47
«Si no hubiesen pedido que tratara de la contemplación aquí, al hablar de esta petición,
forzosamente tendría que hablar de contemplación pura, específicamente la llamada oración
de quietud, por aquellos que ya la tienen. Pero como estoy desarrollando lo que es oración
vocal, para quien no lo comprende, pareciera que no tiene nada que ver una cosa con la otra.
Yo entiendo que sí tienen que ver, porque, como ya les he dicho, sé de muchas personas
que, rezando vocalmente, han sido elevadas por Dios a alta contemplación, y ellas no
entendían como había sucedido eso. Conozco a una persona que nunca pudo tener otra
forma de oración que la vocal, pero afianzada en esta, lo tenía todo. Y si no rezaba
vocalmente, se distraía tanto que no lo podía soportar. Pero ¡ojalá nuestra oración mental
tuviera la calidad de su oración vocal!
Cuando rezaba ciertos Padrenuestros y algunas oraciones más en memoria de las veces que
el Señor derramó sangre, esto le llevaba algunas horas. Vino una vez a consultarme muy
acongojada, diciendo que no podía tener oración mental, ni podía contemplar, sino que solo
podía rezar vocalmente. Le pregunté cómo rezaba: y vi que aferrada al Padrenuestro, tenía
pura contemplación y el Señor la elevaba para juntarla consigo en unión. Sus obras dejaban
en evidencia la verdad de las mercedes recibidas, porque vivía su vida con mucha coherencia.
Así, alabé al Señor y tuve envidia de su oración vocal». (30, 7)

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Capítulo 31
La oración de quietud
La oración es “trato de amistad”, aquí, en la oración de quietud, se experimenta como una
efusión de amor del Amigo. Esta efusión de amor produce quietud, sosiego, paz en la
voluntad. Es un primer paso de unión amorosa.
“En esta oración, me parece que el Señor comienza a dar a entender que escucha nuestra
petición –como ya he dicho- y comienza a darnos aquí su Reino, para que, verdaderamente
lo alabemos y santifiquemos su nombre y procuremos que lo hagan todos” (31,1)
La oración de quietud comienza a transformar el corazón del discípulo orante. Teresa
subraya nuevamente que la finalidad de esta gracia especial de la oración es el servicio a los
demás.
El discípulo sabe que la oración es «tratar de amistad», es decir, cosa de dos –Dios y el
hombre- y que si en los inicios de la oración, el orante, tiene la impresión de que él lleva la
iniciativa, ahora en la “oración de quietud” se produce una irrupción de Dios.

Teresa expone en tres planos este acontecimiento misterioso:


1) En primer lugar, el plano teologal, básico y decisivo: Dios interviene con su gracia en
nuestra oración.
«Están tan cerca, que ven que se entienden por señas» (31, 3).
«El alma entiende con un conocimiento superior al que le otorgan los sentidos, porque ya
está junto a su Dios» (31, 2).
«Ya no está en nuestras manos, porque es algo sobrenatural, y es algo imposible de adquirirlo
nosotros. Lo único que podemos hacer es entender claramente que no podemos hacer que
suceda, ni tampoco evitar su acción, sino solo recibirla como indignísimos de merecerla,
dando muchas gracias y esto no con muchas palabras, sino con una simple elevación de los
ojos, como el publicano» (31, 6).
1) El segundo plano, es psicológico: la gracia de la contemplación remueve y transforma
la interioridad del orante, su palabra, su amor, su psiquismo entero, para que de veras
alabe y glorifique. (31, 2-3).
2) El tercer plano es existencial: la vida común y corriente del orante. La contemplación
alcanza toda la acción del orante, impregna lo cotidiano:
«Esta es una gran merced para aquel a quien el Señor se la hace, porque la vida activa
y contemplativa están juntas. Sirven al Señor en todo, porque la voluntad está en su
obra sin saber cómo y a la vez está en su contemplación. Las otras dos potencias
sirven como Marta. Así que Marta y María andan juntas» (31, 5)
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¿Qué hacer?
Estas son las consignas más importantes:
a) No forzar al “dador”: «así como no podemos hacer que amanezca, tampoco podemos
evitar que anochezca». (31, 6)
b) Procurar soledad y dar lugar al Señor: «Es bueno procurar más soledad para dar lugar al
Señor y dejar a Su Majestad que obre como en cosa suya». (31, 7)
c) No preocuparse porque la fantasía y le pensamiento no acompañen la voluntad: «Así que,
cuando la voluntad se vea en esta quietud, no le haga más caso al entendimiento que a un
loco porque, si quiere armonizarlo, se verán forzadas a ocuparse y terminarán inquietándose
en algo». (31, 8)
d) Disponerse a recibir más. Humildad y desasimiento. «Quisiera que al menos entiendan
que aún les falta y se humillen, y además procuren llegar al desasimiento de todo» (31,11).
e) Obras: que el contemplativo responda conforme a la gracia que recibe: «Ya puede ser que
yo me engañe en esto, pero lo veo y sé que pasa así, es por esto que creo que no hay tantos
espirituales como podría haber. Se debe a que los orantes no responden en el servicio a tan
gran merced, así no vuelve a disponerse para recibir esta oración de quietud, sino que
además le retiran de las manos del Señor la voluntad que ya le habían entregado para
terminar poniéndola en cosas efímeras». (31, 12).
f) Recordar que la oración de quietud es sólo principio de la contemplación. La oración de
unión es la meta (31, 10).

Capítulo 32
“Hágase tu voluntad”
«Ahora que nuestro buen Maestro nos ha pedido y enseñado a pedir cosa de tanto valor,
que contiene en sí todas lo que pudiésemos desear en este mundo y nos ha hecho una
merced tan grande como es la de hacernos hermanos suyos, veamos ahora qué quiere que
demos a su Padre y qué le ofrece Él por nosotros y qué es lo que nos pide, porque es justo
que le sirvamos de alguna manera ante tantas mercedes recibidas. ¡Oh, buen Jesús, no es
poco lo que le das de nuestra parte, aunque es poca cosa en comparación con lo que le
debemos! Dejando aparte que eso es una insignificancia, comparado con lo que recibimos y
de lo que merece tan gran Señor» (32,1).
Si no llegamos a una comunión profunda con los sentimientos de Jesús, nuestra oración
quedará raquítica y diezmada.

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«Hiciste bien, nuestro buen Maestro, en hacer la petición anterior, «venga tu Reino», para
que podamos realizar lo que entregaste por nosotros porque, Señor, si así no fuera, creo que
sería imposible. Sin embargo, si el Padre hace lo que tú le pides, de darnos acá su Reino, yo
sé que te dejaremos bien parado por lo que das por nosotros. Al convertirse la tierra en un
cielo, será posible que se haga en mí tu voluntad; sin esto, y en tierra tan miserable como la
mía, que apenas da fruto, yo no sé, Señor, cómo sería esto posible. Es muy valioso lo que
ofreces al Padre» (32, 2).

Decir «Hágase tu voluntad»:


IMPLICA EL RENDIMIENTO DE LA PROPIA VOLUNTAD Y ADEMÁS LA TOTALIDAD DEL DON DE
SÍ MISMO.
«Todo lo que voy aconsejando en este libro tiene esta intención: darnos del todo al Creador,
poner nuestra voluntad en la suya y desasirnos de las criaturas 337. Creo que ya comprenden
lo mucho que esto importa, por eso no insisto más en ello. En cambio, diré para qué
introduce nuestro buen
Maestro estas palabras en el Padrenuestro, como quien sabe lo mucho que ganaremos de
hacer este servicio a su Eterno Padre. De esta manera nos disponemos para que, en breve
tiempo, nos veamos al final del camino y bebiendo el agua viva de la fuente que hemos dicho.
Nunca se nos permitirá beber de la fuente si no entregamos totalmente nuestra voluntad al
Señor para que en nosotros se haga plenamente la suya. Esto es contemplación perfecta,
sobre lo que ustedes me pidieron que escribiera» (32, 9).
«Paradigma perfecto de esta petición del Padrenuestro es la oración de Jesús en Getsemaní.
Decir al Padre que se haga su voluntad conlleva la renuncia a la propia. Teresa, que desde
niña se asoció tantas veces a esa oración de Jesús en el Huerto, y que tantas veces se ha
estremecido al decirla también de veras, de que se trata de algo de gran envergadura, que
equivale jugárselo todo». (P. Tomás Álvarez).

Dos obstáculos decir “hágase” entre el miedo y la superficialidad


En este caso, Teresa prefiere que “no lo digamos”. A ella misma le costó superar estos
obstáculos, hasta que pudo decir como San Pablo: “qué queréis Señor que haga”. E incluso
compuso uno de sus poemas más hermosos: «Vuestra soy, para Vos nací: ¿qué queréis Señor
de mí?» Para posibilitar esta donación total de sí, necesariamente ha de entrar en juego la
consigna más importante de la ascesis teresiana: «la determinada determinación».
«Pues aquí ven, hijas, lo que dio a quien más amaba. Aquí se entiende cuál es su voluntad.
Así que estos son sus dones en este mundo: nos da conforme al amor que nos tiene: a los
que ama más, da más de estos dones y de acuerdo con el ánimo que ve en cada uno y el
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amor que tiene a Su Majestad. Aquel que lo ama mucho verá que puede padecer mucho por
Él; en cambio, quien lo ame poco, verá que puede padecer poco. Estoy convencida de que la
medida para poder cargar una cruz grande o pequeña es la del amor. Así que, hermanas, si
tienen amor, procuren que las palabras que le digan al Señor no sean de cumplimiento sino
esfuércense a soportar lo que Su Majestad quisiere. Porque, si ofrecen la voluntad de otra
manera, es como mostrarla joya, hacer ademán de darla e incluso rogar que la reciban y,
cuando el otro extiende la mano para tomarla, vuelve a guardarla muy bien el que la ofrece»
(32, 7).
«Esta burla no debemos hacérsela a quien sufrió tantas por nosotros. Aunque no existan
otras razones, no es justo que nos burlemos tantas veces, pues no son pocas las veces que
se lo decimos en el Padrenuestro. Démosle esta joya de una vez por todas, ya que tantas
veces insinuamos entregársela. Es cierto que Él no nos da primero para que nosotros también
le demos: eso hacen entre ellos los que son del mundo quienes, además, creen que hacen
mucho si tienen intención verdadera de cumplirlo; ustedes -hijas- diciendo y haciendo,
palabras y obras, como debiéramos hacerlos religiosos, pero la mayoría de las veces
insinuamos dar la joya, hasta la ponemos en las manos del Señor e inmediatamente se la
sacamos de las manos. Somos generosos y de repente nos volvemos tacaños. Hubiera sido
mejor que no nos hubiésemos propuesto darle nada al Señor con tanta precipitación» (32,
8).

Tres aspectos fundamentales de la contemplación:


1)Cuando el orante ha superado sus miedos y por fin ha sido capaz de decir al Padre “hágase
tu voluntad”, está seguro que no será inundado por gozos especiales. El Padre nos quiere
como a Cristo y por ello nos introduce en el régimen del amor: «nos da conforme al amor
que nos tiene: a los que ama más, da más de estos dones y de acuerdo con el ánimo que ve
en cada uno y el amor que tiene a Su Majestad...» (32,7). 2)Habla de la unión, en plena
coincidencia con San Juan de la Cruz, esta palabra desborda el vocabulario corriente. En la
unión va a sucederla santificación/divinización del hombre:
«¡Oh, hermanas mías, qué fuerza tiene este don! No podía ser menos, si se hace con la
determinación que debe hacerse: atrae al Todopoderoso a ser uno con nuestra bajeza, nos
transforma en sí mismo y realiza la unión del Creador con la creatura». (32, 11). 3) Aquí se
despliegan horizontes infinitos para la contemplación: «Porque Él no se conforma con
haberse unido a nuestra alma, a esto se suma que comienza a gozarse con ella, le descubre
secretos, se regocija que entienda lo que ha ganado y que conozca algo de lo que le tiene
reservado para darle» (32, 12).
Y sigue recordándonos que aquí no hay técnicas ni méritos de los que podamos valernos para
participar de esta gracia.

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CAPÍTULO 33-37
«Pero hay personas, -y yo he sido una de ellas-, a las que el Señor manifiesta su compasión y
les da inspiraciones santas y luz para que vean el valor de las cosas y, en fin, les está dando
su Reino e introduciéndolos en esta oración de quietud, pero ellos se hacen los sordos.
Porque son tan verborragias y repiten muchas oraciones vocales a toda prisa, como quien
quiere terminar su tarea, a las que están obligadas cada día, aunque el Señor-como digo-les
ponga su Reino en las manos, no lo reciben.
Se debe a que piensan que lo hacen mejor y se distraen de la oración de quietud. Esto no
hagan, hermanas, sino más bien estén alerta para cuando el Señor les hiciere esta merced.
Miren que pierden un gran tesoro y que, con esta oración, hacen mucho más con una sola
palabra del Padre nuestra dicha de cuando en cuando, que repetirla muchas veces a toda
prisa. Está muy cerca aquel a quien piden, no dejará de oírlas. Y crean que aquí
verdaderamente alaban y santifican su nombre, glorifican al Señor y lo alaban con más amor
y deseo, porque son como personal de su casa y no pueden dejar de servirlo» (31,12-13).
El capítulo 33 es una especie de preludio que nos introduce en el misterio de la eucaristía y
en su arraigo trinitario. El capítulo 34 nos enseña a interiorizar la eucaristía. El capítulo 35
desarrolla el sentido eclesial de la oración eucarística.

Capítulo 33
Unir nuestra voluntad a la del padre es decidirse a actuar en todo como Jesús
«Dándose cuenta el buen Jesús cuán dificultoso es esto que ofrece por nosotros, como he
dicho, conociendo además nuestra miseria y que, muchas veces, damos a entender que no
sabemos cuál es la voluntad del Señor -porque somos frágiles y Él es tan misericordioso-, vio
que era necesario un medio para entregar la voluntad, porque no es conveniente dejar de
hacerlo, ya que allí se encuentra toda nuestra ganancia» (33,1).
«Sin Eucaristía nos resultaría absolutamente imposible hacer la voluntad del Padre. Es Él, el
Padre, quien nos da la Eucaristía para que nuestra voluntad se haga una con la de Él. En esta
petición, Jesús se asocia a nosotros para pedir al Padre el don eucarístico. Así las dos
peticiones “Hágase tu voluntad” y “Danos hoy nuestro pan de cada día” quedan íntimamente
unidas. Se pide que Jesucristo esté en nosotros y así nos resulte posible adherirnos a la
voluntad del Padre». (Tomás Álvarez).
Santa Teresa al hablarnos de la Eucaristía comienza hablándonos de la dimensión fraterna
de la misma: «Y que era dificultoso cumplirlo, como, por ejemplo: decirle a un rico que tiene
un buen pasar, que la voluntad de Dios es que se ponga un límite a sus gastos alimenticios,
para que otros puedan comer siquiera pan, porque muchos mueren de hambre, dará mil
razones para desentenderse de esto y salirse con la suya. Más ejemplos: decirle a un
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murmurador que es voluntad de Dios querer tanto bien para su prójimo como para a sí
mismo, no soporta esto ni le alcanzan las razones para que lo entienda. Otro ejemplo: decirle
a un religioso que está acostumbrado en el individualismo y el capricho, que debe tener
presente que lo suyo es dar testimonio evangélico y que tenga presente que la profesión de
sus votos no se limita a palabras, sino que lo ha jurado y prometido y, por tanto, la voluntad
de Dios es que cumpla sus votos y que tenga presente también que, si da escándalo, está
realizando lo contrario a lo prometido al profesar, aunque no quebrante totalmente los
votos. Si ha prometido pobreza, que la cumpla sin dar más vueltas, porque eso es lo que el
Señor espera. Hay algunos que no quieren enterarse de esto; para ellos, no hay remedio»
(33, 1).

Sintetizando estos tres ejemplos que coloca:


1) Compartir con el que tiene hambre
2) Gestar una convivencia sana: renunciando a la murmuración, crítica y juicio sobre los
demás.
3) Testimonio coherente de vida.

La Eucaristía tendría que ser para los creyentes una invitación constante a construir el Reino
de Dios, porque es la fuente de la fraternidad universal. Es preciso que se convierta en serio
cuestionamiento a nuestro modo de vivir alienados de la realidad o satisfechos en un
bienestar que no tienen todos. Por preocuparse excesivamente por el aspecto ritual de la
celebración se descuida que la Eucaristía sea signo de fraternidad. Cuando eso sucede,
cuando no se imita lo que se celebra, entonces vaciamos a la Eucaristía de sentido. El Pan de
la Eucaristía nos alimenta para el amor y no para el egoísmo. Tiene que comprometernos en
la creación de una comunión y solidaridad mayores evitando que nos desentendamos de los
demás.
La Eucaristía es sacramento del amor “hasta el extremo”, que Cristo nos ha expresado
entregando su vida por nosotros. La respuesta que el discípulo necesita dar es la de un amor
semejante, con el don total de sí mismo a los demás. Pero esto es imposible para el discípulo
si no interioriza la Eucaristía: aprendiendo día a día a donarse totalmente, haciendo así la
voluntad del Padre como Cristo.
«¿Qué pasaría si el Señor no lo hiciera todo con la medicina que instituyó? Solo muy poquitos
cumplirían las palabras del Padrenuestro «hágase tu voluntad» (33, 1).
«Me parece ahora a mí-salvo mejor opinión- que, habiendo visto el buen Jesús lo que había
dado por nosotros y lo importante que es que lleguemos nosotros a darlo y la gran dificultad
que tenemos para hacerlo, -como ya he dicho-, por ser nosotros tales, tan inclinados a cosas
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efímeras, de tan pobre amor y poco ánimo, que era necesario ver el suyo para despertarnos
y no solo una vez, sino cada día, por eso aquí se determinó a quedarse con nosotros». (33,2).
Es fácil decir mecánica y superficialmente «Hágase tu voluntad», lo difícil es el don total de
sí.

Sin la Eucaristía es imposible


a) Sin Eucaristía nos sería imposible hacer la voluntad del Padre.
b) Es el Padre quien nos da la Eucaristía y en ella nos da a su Hijo, para que esté entre los
hombres hasta el fin del mundo; para que nuestra voluntad y así hacerse una con la del
Padre.
c) En esta petición Jesús se asocia a nosotros para pedir al Padre el don eucarístico. De suerte
que las dos peticiones “Hágase tu voluntad” y “Danos hoy nuestro pan de cada día” quedan
íntimamente correlacionadas. Y expresan lo más medular de la oración cristiana: dirigirnos
al Padre por/con el Hijo; para pedir la presencia de Jesucristo: que esté en nosotros y nos
haga posible adherirnos a la voluntad del Padre. «En ello nos va la vida» (33, 1).
«Y, como era cosa de suma trascendencia y de tanta importancia, quiso que viniese de las
manos del Eterno Padre. Porque, aunque son una misma cosa y sabría que lo que Él hiciera
en la tierra lo haría Dios en el cielo y lo tendría por bueno, pues su voluntad y de la de su
Padre es una, y es tanta la humildad del buen Jesús, que quiso como pedir permiso, porque
se sabía amado del Padre y que este se deleitaba en Él». (33, 2).
«¡Oh, válgame Dios, qué gran amor nos tiene el Hijo, y qué gran amor nos tiene el Padre!
Aunque no me asombro tanto del buen Jesús porque, como ya había dicho «hágase tu
voluntad», lo habría de cumplir como quien es. ¡Sí, en esto no es como nosotros! Porque
sabe que cumple la voluntad del Padre amándonos como a sí mismo; iba buscando cómo
cumplir más plenamente este mandamiento, aún a costa de su vida». (33, 3).
«¡Oh, Señor eterno! ¿Cómo aceptas tan petición? ¿Cómo consientes esto? No mires su amor,
que a cambio de cumplir plenamente tu voluntad y de servirnos a nosotros, se dejará hacer
pedazos cada día. Tú debes mirar eso, Señor mío, porque a tu Hijo no se le pone cosa por
delante que no la acometa, ¿por qué todo nuestro bien tiene que ser a su costa? ¿Por qué
calla a todo y no sabe hablar a su favor sino al nuestro? ¿No habrá quien hable por este
amantísimo Cordero?» (33, 4).

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Capítulo 34
Estamos en el capítulo central de las reflexiones de Teresa acerca de la Eucaristía. Aquí
despliega su pedagogía para educar al discípulo en la interiorización y vivencia de la
Eucaristía.
El inicio de la exposición (34, 1-3) da la impresión de ser algo enredada. Teresa se pregunta
por qué Jesús ha duplicado la petición “nuestro pan de cada día” y “hoy”.
Llega a la conclusión de que “cada día” y “hoy” indican el designio divino: el Padre nos ha
dado al Hijo “para siempre”; y ahora le pedimos el Pan de la Eucaristía para el “hoy” de la
vida temporal.
Tema central: el Señor está “disfrazado”.
«Ya es suficiente para moderar alegría tan grande, que se quede disfrazado en estos
accidentes de pan y vino...» (34, 3). «... que no viene tan disfrazado que, como he dicho, de
muchas maneras se dará a conocer, conforme al deseo que tengamos de verlo». (34, 12).
Jesucristo está «disfrazado», es decir, no está como en la Galilea del siglo I ni como está en
el cielo. Está sujeto a los condicionamientos del signo sacramental. Pero su disfraz tiene el
sentido de facilitar la comunicación, su cercanía y su disponibilidad.
«Si les da pena no verlo con los ojos corporales, miren que no nos conviene, que es otra cosa
verlo glorificado o cuando andaba por el mundo. No habría sujeto que lo sufriese, dada
nuestra frágil condición humana; tampoco habría mundo ni quien quisiese vivir en él, porque
en ver esta verdad eterna, se vería ser mentira y burla todas las cosas de las que hacemos
caso. Y viendo tan gran majestad, ¿cómo se atrevería una pecadora como yo, que tanto lo
ha ofendido, a estar tan cerca de Él? Debajo de aquel pan está tratable porque, si un rey se
disfraza, no parece que tuviésemos dificultad alguna en conversar sin miramientos ni
protocolos con Él. Parece que el Señor se ha obligado a sufrir esto, pues se disfrazó. ¡Quién
se atreve a llegar con tanta tibieza, tan indignamente, con tantas imperfecciones!» (34, 9).
Sin duda son las dos afirmaciones fuertes del capítulo: que Cristo “está disfrazado” y que está
ahí para entrar en comunicación directa y personal con el creyente. Está en la Eucaristía para
hacerse próximo e íntimo a nosotros:
«Mientras no consuma el calor natural los accidentes del pan, el buen Jesús está con
nosotros. Pues, si cuando andaba en el mundo solo tocar sus ropas sanaba a los enfermos,
¿qué duda hay que hará milagros estando dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le
pidiéramos, pues está en nuestra casa? Su Majestad no suele pagar mal posada, si le hacen
buen hospedaje.» (34, 8).

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También está allí para comunicarse: «¡Oh, ¡cómo no sabemos lo que pedimos!, y ¡cómo lo
miró mejor su sabiduría! Porque a quienes ve que se han de aprovechar de su presencia, Él
se les descubre.
Aunque no lo vean con los ojos corporales, tiene muchos modos de mostrarse al alma por
medio de sentimientos interiores y otras diferentes formas. Estén ustedes con Él de buena
gana. No pierdan tan buena oportunidad de negociar como es la hora después de haber
comulgado. Si la obediencia les mandare otra cosa, hermanas, procuren dejar el alma con el
Señor, que si enseguida piensan en otra cosa y no tienen presente que Él está dentro de
ustedes ¿cómo se ha de dar a conocer? Este es el mejor momento para que nuestro Maestro
les enseñe, lo escuchemos y besemos sus pies, porque quiso enseñarnos y suplíquenle que
no se vaya de al lado de ustedes» (34,10).
Teresa no solo respeta, sino que también valora la religiosidad popular. Pero eso no significa
que acepte cualquier clase de actitud. Por eso llama «bobería» a quienes comulgan y se van
en busca de una imagen para rezar, en lugar de encontrarse con quien ha venido a nosotros
en la Eucaristía.
«Si esto han de pedir mirando una imagen de Cristo, al que miramos dentro, me parece una
bobería dejar a la misma persona por mirar su retrato. ¿No lo sería si tuviésemos el retrato
de una persona que quisiésemos mucho y la misma persona viniese a vernos, y nosotros
dejamos de hablar con ella e irnos a tener conversación con su retrato? ¿Saben para cuándo
es muy bueno y cosa en que me deleito mucho?
Para cuando está ausente la persona o para cuando tenemos sequedades, es gran regalo ver
una imagen de aquel al que con tanta razón amamos. Yo quisiera verlo a Él en cada sitio que
volviera la mirada. ¿En qué mejor cosa ni más gustosa a la vista la podemos emplear sino en
quien tanto nos ama y que tiene en sí todos los bienes? Infelices aquellos herejes que han
perdido por su culpa esta consolación y otras más» (34,11).
Por eso nos ofrece una pedagogía orante para el momento de recibir al Señor en la Eucaristía
«Apenas reciban al Señor pues, tienen la misma persona delante, procuren cerrar los ojos
del cuerpo y abrir los del alma y mírense al corazón» (34, 12).

Esa pedagogía contiene tres actitudes (P. Juan A. Marcos):


a) Cerrar los ojos del cuerpo: superar la reducción a los sentidos exteriores.
b) Abrir los ojos del alma: abrir los sentidos del alma, para percibir lo profundo.
c) Mirar el propio corazón: para ver lo más profundo y valioso del ser humano, lo que
nos conecta con Dios, con la verdad y con la vida.

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Capítulo 35
Los capítulos 33 y 34 han desarrollado los motivos y el alcance de la oración eucarística, ya
sea cuando la comunidad o cada uno piden al Padre el “Pan de cada día”, ya sea cuando
comulgan.
«Cuando, participando de la misa no pudieren comulgar, realicen una comunión espiritual
que es muy provechosa y, después, hagan lo mismo de recogerse interiormente. De esta
manera se imprime mucho el amor del Señor porque disponiéndonos a recibir, jamás deja
de dar, incluso de maneras que no entendemos» (35,1).
«Pues miren, hermanas, si al principio de hacer esto no se hallan bien, puede que se deba a
que el demonio les oprime el corazón y eso las angustie porque sabe bien el daño que resulta
de esta práctica del recogimiento. Les hará creer que encontrarán más devoción en otras
cosas que en este recogimiento interior. Ustedes no lo dejen: aquí comprobará el Señor que
lo quieren. Acuérdense de que hay pocas almas que lo acompañan y siguen en sus
padecimientos. Pasemos algo por Él, que Su Majestad se los pagará. Y acuérdense también
cuántas personas habrá que no quieran estar con Él, y no solo eso, sino que además lo echan
de su lado» (35,2).
Hay una gran preocupación en Teresa de que la oración o la piedad eucarística se reduzcan
a momentos esporádicos más o menos intensos. Le interesa mucho que impregnen la vida y
la vayan modelando.

Capítulo 36
Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden
Un nuevo díptico, reúne las peticiones 4 y 5: quien ha recibido el Pan de la Eucaristía “todo
le es fácil”, no sólo pedir perdón a Dios, sino garantizarle que perdonamos a nuestros
hermanos.
Así, la oración hace el recorrido de tres planos decisivos para la vida del cristiano y del orante:
el misterio de la voluntad de Dios, el misterio de la Eucaristía y el misterio del perdón. El
hecho de colocar el perdón a la altura de la Eucaristía y de la inmersión en la voluntad de
Dios, da importancia.
«Miren, hermanas, que no dice «como perdonaremos» para que entendamos que, quien
pide un don tan grande como el perdón y quien ha puesto su voluntad en la de Dios, ya debe
haber perdonado, por eso dice «como nosotros perdonamos». Así que, quien sinceramente
haya dicho esta palabra al Señor «hágase tu voluntad», todo lo tiene que tener hecho, al
menos con la determinación» (36,2).

58
Teresa sabe que el camino del perdón y la reconciliación es un largo proceso que nadie puede
cumplir inmediatamente, por eso hace falta la «determinación» para arribar a conceder el
perdón. (Ver materiales ofrecidos en drive: «El arte de perdonar»).
«Sin embargo, Señor mío, ¿hay algunas personas que vivan conmigo y no hayan entendido
esto? Sí las hay y, en tu nombre, les pido yo que se acuerden de esto y no hagan caso de unas
cositas que llamamos agravios, que parece hacemos casas de pajitas, como los niños, con
esos puntos de honra» (36,3).
Vuelve el tema de la «negra honra». La honra o ego busca transmitir una autoimagen
mejorada de su propia realidad: vanidad, apariencia de superioridad. Todas las
manifestaciones del orgullo afloran en el esfuerzo por parecer ser más y mejor que otros y
ocultar las propias limitaciones, lo que no gusta de uno mismo. Por esta razón es un
obstáculo en los procesos de integración, sanación y maduración del discípulo de Jesús.
«Pero, ¡qué estimado debe ser ese amarnos unos a otros que el Señor nos manda! El buen
Jesús podría colocar antes otras peticiones y decir: «perdónanos porque hacemos muchas
penitencias, o porque rezamos mucho, porque ayunamos, porque lo hemos dejado todo por
ti, Señor, y te amamos mucho». Tampoco dijo «porque perderíamos la vida por ti». Quizá
porque nos conoce y sabe que somos tan amigos de esta negra honra y sabe que esto es más
difícil conseguirlo de nosotros y es más agradable a su Padre, por eso lo dijo como está en el
Padre nuestro y se lo ofrece de nuestra parte» (36,7).

Capítulo 37
“Toda la perfección que contiene esta oración evangélica es motivo para alabar al Señor, es
evidente que ha sido compuesta por tan buen Maestro y nosotras, hijas, podemos tomarla
según nuestra necesidad” (37,1).
«Me asombra ver que, en tan pocas palabras, esté encerrada toda la contemplación y
perfección. No parece que necesitemos otro libro sino estudiar esta oración. Porque hasta
aquí nos ha enseñado el Señor todo sobre la oración y de la alta contemplación: desde la
oración de los principiantes a la mental, la oración de quietud y la de unión que, si yo supiera
exponerlo, se podría escribir un libro grande sobre la oración con muy sólido fundamento.
Ahora ya comienza el Señor a darnos a entenderlos efectos que deja en el alma cuando las
mercedes proceden del Él, como han visto» (37,1).
«Sin embargo, tengan presente que estas dos cosas: darle nuestra voluntad y perdonar, es
exigencia para todos. Es verdad que hay sus más y sus menos en ello, como queda dicho: los
perfectos darán la voluntad como perfectos y perdonarán con la perfección que dijimos.
Nosotras, hermanas, haremos lo que podamos, que todo lo acoge el Señor» (37,3).

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«Podemos decir esta oración una sola vez, pero de tal manera que - entendiendo el Señor
que la decimos sinceramente, es decir, que haremos lo que decimos- nos enriquecerá. Es
muy amigo que nuestro trato con Él sea en la verdad. Tratando con sinceridad y claridad, no
diciendo una cosa y haciendo otra, Él siempre suele dar más de lo que pedimos» (37,4).
«¡Oh, Sabiduría eterna! ¡Oh, buen pedagogo! Y qué otra cosa es, hijas, un maestro sabio,
respetuoso, que previene peligros: es todo el bien que un alma espiritual puede desear,
porque le da seguridad» (37,5).

60
TEXTOS COMPLEMENTARIOS

Para leer los capítulos 23 al 25 de Camino de Perfección


Espiguemos algunos textos del libro de la Vida que nos muestran la imagen de Dios que va
descubriendo: Imagen nueva que la libera del Dios de la teología y la catequesis de su tiempo.
Esta imagen de Dios -bondad, magnificencia, misericordia, tan interesado y entrañado en las
cosas de Teresa misma, brota de su experiencia del misterio de Dios, y de su presencia en la
vida humana.
La experiencia vivida por Teresa es experiencia cristiana, es decir, experiencia de Dios en
Cristo. Absolutamente referida a la Humanidad del Señor. Se nutre ante todo del constante
retorno al Cristo histórico del Evangelio, ahora Cristo glorioso. (Tomás Álvarez).
La experiencia vivida por Teresa es experiencia cristiana, es decir, experiencia de Dios en
Cristo. Absolutamente referida a la Humanidad del Señor. «Me sucedía en esta
representación de Cristo, de ponerme junto a Él, y aun algunas veces leyendo, que me venía
inesperadamente un sentimiento de la presencia de Dios que de ninguna manera podía
dudar que estaba dentro de mí o yo toda inmersa en Él». (Vida 10, 1).
«Muchas veces he pensado maravillada en la gran bondad de Dios, y en lo que ha gozado mi
alma de ver su gran magnificencia y misericordia. Sea bendito por todo, pues he visto claro
cómo no ha dejado de pagarme, aun en esta vida, todo buen deseo.
Por ruines e imperfectas que fuesen mis obras, este Señor mío las iba mejorando y
perfeccionando y dando valor, al tiempo que iba escondiendo mis males y pecados. Incluso
en los ojos de quien los ha visto, permite Su Majestad que se cieguen y los borra de su
memoria. Dora las culpas. Hace que resplandezca una virtud que el mismo
Señor pone en mí, casi haciéndome fuerza para que la tenga». (V. 4, 10). «Fíese de la bondad
de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra
ingratitud cuando nosotros, conociéndonos, queremos volver a su amistad, ni de los favores
que nos ha hecho para castigarnos por nuestra indolencia ante ellos; pues antes ayudan a
perdonarnos más rápidamente, como a gente que ya era de su casa y ha comido, como se
dice, de su pan.
Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de
ofenderle antes de que Su Majestad dejara de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se
pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir. Sea bendito para
siempre, amén, y alábenle todas las cosas». (V. 19, 15).
«... Ni su Majestad se cansa de dar. Porque Él no se conforma con haberse unido a nuestra
alma, a esto se suma que comienza a gozarse con ella, le descubre secretos, se regocija que

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entienda lo que ha ganado y que conozca algo de lo que le tiene reservado para darle» (C.
32, 12).

Descubre una actitud de Dios


La refiere tanto en el libro de la Vida como en Moradas:
«Durante este tiempo, aunque yo no descuidaba mi remedio, andaba el Señor más ganoso
de disponerme para el estado que haría estar mejor» (V. 3, 3).
«Su Majestad es poderoso para todo lo que quisiere hacer, y ganoso de hacer mucho por
nosotros» (6M 11, 1) “Ciertamente «gana» no equivale a «deseo». Ni «ganoso» a «deseoso».
Gana y ganoso tienen algo que ver con las capas profundas de lo biológico, más allá de lo
volitivo” (Tomás Álvarez).
Esa mirada contemplativa del Dios que es «bondad y magnificencia y misericordia», tiene
dos matices en los ojos de la contemplativa: ofuscación y asombro. Teresa no lo comprende.
No comprende cómo Dios puede ser así, cómo puede mantener esa constante, frente a la
precariedad humana. Ella no es capaz de compaginar la justicia divina, con ese derroche de
bondad y de dones (19, 11). Pero eso mismo la llena de asombro, casi de estupor religioso.
Esa su manera de tratar a «las almas»
Del conocimiento experiencial de Dios es llevada al conocimiento experiencial del hombre,
de la dignidad y hermosura del alma. «Estando una vez en oración, era tanto el deleite que
sentía en mí, que, siendo tan indigna de aquel bien... Me dijeron, sin ver quién, aunque
entendí que quien me hablaba era la misma Verdad, lo siguiente: “No es poco esto que hago
por ti, que una de las cosas es que mucho me debes. Porque todo el daño que viene al mundo
es no conocer las verdades de la Escritura con una verdad clara. No faltará una tilde de ella”
... Me dijo, además: “¡Ay, hija, ¡qué pocos me aman de verdad! Que, si me amasen, no les
encubriría Yo mis secretos. ¿Sabes qué es amarme con verdad? Entender que es mentira
todo lo que no es agradable a mí...» (V. 40, 1).
«Estando una vez en la oración de las Horas con todas, de repente se recogió mi alma, y me
pareció que toda ella era un espejo claro, sin tener espaldas, ni lados, ni alto ni bajo que
impidiese que estuviera completamente clara, y en el centro de ella se me representó Cristo
nuestro Señor, como le suelo ver. Me parecía que le veía en todas las partes de mi alma claro
como un espejo, y también este espejo se imprimía todo en el mismo Señor a través de una
comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa». (V. 40, 5).
«Se ve indignísima con claridad, porque en habitación donde entra mucho sol no hay telaraña
escondida, y ella ve su miseria» (V. 19, 2).

62
Para leer los capítulos 26-29
«Tenía este modo de oración: como no podía especular con el entendimiento, procuraba
representar a Cristo dentro de mí, encontrándome mejor –según me parecía- cuando lo
imaginaba en los episodios de su vida en que le veía más solo. Me parecía que, estando así
solo y afligido, en medio de sus necesidades me había de admitir a mí. Simplicidades como
esta yo tenía muchas. Yo me sentía especialmente bien en la oración del Huerto. Allí lo
acompañaba. Pensaba en aquel sudor y en la aflicción que había sentido allí. Deseaba
limpiarle aquel sudor tan penoso. Me recuerdo que jamás me determinaba a hacerlo, porque
en ese momento se me representaban mis pecados tan graves. Allí permanecía con Él todo
lo que me dejaban mis pensamientos, porque eran muchos los que me atormentaban. Por
muchos años, la mayoría de las noches, antes de que me durmiese pensaba un poco en este
momento de la oración en el Huerto, incluso antes de ser monja, porque me dijeron que se
ganaban muchas indulgencias. Y considero que por aquí ganó mucho mi alma, porque
comencé a tener oración sin saber qué era, y al hacerse costumbre diaria no dejaba de
hacerlo, así como no omitir de santiguarme antes de dormirme». (V. 9, 4).
«Procuraba, lo más que podía, tener presente a Jesucristo, nuestro bien y Señor, presente
dentro de mí, y así era como yo oraba. Si pensaba en algún paso, lo representaba en mi
interior; aunque la mayor parte del tiempo lo ocupaba en leer buenos libros, que era todo
mi entretenimiento. Porque Dios no me dio mucho talento para meditar ni para valerme de
la imaginación –que la tengo tan torpe–, que aun procurándolo no conseguía del todo pensar
y representar en mí la Humanidad del Señor. Y aunque por esta vía de no obrar con la razón,
si se persevera, se llega más rápido a la contemplación, por otra parte, requiere más esfuerzo
y es más penosa. Porque si falta la voluntad y no se tiene tema en qué se ocupe el amor, el
alma se queda sin apoyo ni ejercicio, provocando una gran pena por la soledad y sequedad,
y los pensamientos ofrecen grandísimo combate». (4, 7).
«Tenía tan poca habilidad para representar cosas con el entendimiento, que, si no era algo
que había visto, no podía hacer nada con la imaginación, como hacen otras personas que
pueden imaginarse aquello en lo que se recogen. Yo sólo podía pensar en Cristo como
hombre. Sin embargo, jamás pude representarme una imagen clara de Él, por más que leía
su hermosura y veía imágenes. Era como quien está ciego o a oscuras, que puede hablar con
una persona y sentir que está con ella porque sabe que está ahí, aunque no la ve. De esta
manera me sucedía a mí cuando pensaba en Nuestro Señor.
Por este motivo era tan amiga de las imágenes. ¡Infelices aquellos que pierden este bien por
su propia culpa! Bien parece que no aman al Señor, porque si lo amaran, se regocijarían de
ver su retrato, como aquí uno siente contento cuando ve el retrato de alguien a quien se
quiere bien». (V. 9, 6). «En todo este tiempo, excepto cuando acababa de comulgar, jamás
me atrevía a comenzar la oración sin un libro, porque mi alma sentía tanto temor de estar
sin este apoyo en la oración, como si se fuera a pelear con mucha gente. Con este remedio,
que era como una compañía o escudo en el que había de recibir los golpes de los muchos
63
pensamientos, encontraba consuelo. De esta manera la sequedad no era habitual, salvo
cuando me faltaba un libro, porque entonces mi alma se quedaba desconcertada y los
pensamientos perdidos. En cambio, con una lectura comenzaba a recogerme y conducía mi
alma con deleite. Y muchas veces, no era necesario más que abrir el libro. En otras ocasiones
a veces leía poco, a veces leía mucho, conforme a lo que el Señor, en su bondad, me daba».
(V. 4, 9).
«Pues volviendo a lo que decía de pensar a Cristo en la columna, es bueno reflexionar un
rato y pensar las penas que allí tuvo y por qué las tuvo y quién es el que las tuvo y el amor
con que las pasó. Sin embargo, esto no debes cansarte intentando profundizarlo, sino que
permanece allí con Él, acallado el entendimiento. Si pudieres, ocúpate en mirar cómo Él te
mira, y acompáñalo y háblale y pídele y humíllate y gózate con Él, y recuerda que no merecías
estar allí. Cuando puedas hacer esto, aunque sea al iniciar la oración, hallarás gran provecho,
porque esta manera de orar es muy provechosa, al menos así fue para mi alma». (V. 13, 22)
«Pues volviendo a los que reflexionan, digo que no se les vaya todo el tiempo en esto,
porque, aunque es muy meritorio, como es oración sabrosa, nunca les parece que ha de
haber día de domingo ni rato que no sea estar ocupados en sus meditaciones. Luego les
parece que no estar así ocupados es perder el tiempo, pero yo considero muy gananciosa
esta pérdida, prefiriendo ellos imaginarse delante de Cristo, y estar hablando y regalando
con Él, sin cansarse de componer razones y presentar necesidades para estar siempre así.
Una cosa tiene un tiempo y otra otro, para que no se canse el alma de comer siempre un
manjar. Estos manjares de los que hablo son muy gustosos y provechosos, si el gusto se usa
para comer de ellos; traen consigo gran sustentamiento para dar vida al alma, y muchas
ganancias». (V. 13, 11).
«Pues si nunca lo miramos ni consideramos lo que le debemos y la muerte que pasó por
nosotros, no sé cómo podremos conocerlo ni hacer obras en su servicio; porque la fe sin ellas
y sin ir unidas al valor de los merecimientos de Jesucristo, bien nuestro, ¿qué valor pueden
tener? ¿Quién nos despertará a amar a este Señor?» (2M 1, 11).

64
CAPÍTULOS 38-40. 42

Capítulo 38
Ultimas peticiones del Padrenuestro: “no nos dejes caer en la tentación. Y líbranos del mal”.
El peligro más grande: la autosugestión. Se trata del riesgo de la mentira o del ilusionismo en
la oración.
Si bien se concentra en este obstáculo tan grave, no por eso reduce la petición a esta sola
perspectiva.
«En lo que el demonio puede hacer mucho daño, sin darnos cuenta, es hacernos creer que
tenemos virtudes sin tenerlas en realidad; esto es enfermar y corromper el alma. Porque al
recibir gustos y regalos parece que quedamos más obligados a servir, aquí parece que damos
y servimos y que el Señor estaría obligado apagarnos, de esta manera, poco a poco, se hace
mucho daño. Por una parte, debilita la humildad; por otra, nos hace descuidarnos de adquirir
esa virtud, porque nos parece que ya la tenemos ganada» (38,5).
«A los que temen, y es razonable que teman y siempre pidan al Señor los libre de ellos, es a
unos enemigos traidores, unos demonios que se transfiguran en ángel de luz; vienen
disfrazados y no se los puede conocer hasta que han hecho mucho daño en el alma. Nos van
bebiendo la sangre y acabando las virtudes. Estamos en el fondo de la misma tentación y no
lo entendemos. De estos demonios, hijas, supliquemos muchas veces en el Padrenuestro que
nos libre el Señor y que no consienta que andemos en tentación, que no permita que nos
tengan engañadas, que se descubra su veneno, que no puedan ocultar la luz y la verdad. ¡Oh,
con cuánta razón nos enseña nuestro buen Maestro a pedir esto y lo pide por nosotros!»
(38,2). «porque espíritu que no vaya fundamentado en verdad más lo querría yo sin oración»
(V 13, 16). «creer que tenemos virtudes sin tenerlas en realidad» (39, 5). Esta tentación
comporta un grave y doble fallo radical: se falta a la verdad y a la humildad.
Dar por hecho que son de Dios ciertos gustos y regalos que en realidad proceden de los
propios repliegues psicológicos o bien tienen por autor al “padre de la mentira”.
Estas fantasías de la felicidad, sumados a aparentes experiencias satisfactorias, van
introduciéndonos espontáneamente en la mentira existencial. En algunos se muestra como
egocentrismo sin misericordia, corazón endurecido con apariencia de plenitud, parecen
maduros y equilibrados, no hacen nada reprochable. En realidad, son mediocres y tibios,
aunque llevan puesta una máscara de virtud.
Se necesita desenmascarar roles, mentiras existenciales, impulsos ciegos, intereses
solapados, resistencias justificadas, etc. Para ir acercándose a la autenticidad existencial.
Aprender a vivir “desde dentro”, descubriendo la fidelidad a la verdad profunda del propio

65
ser, no “desde fuera”, en función de esquemas ordenadores de conducta o de modelos
ideales a alcanzar.
“Humildad es andar en verdad” (6M 10, 7): significa ser de la verdad, y ser de la verdad
significa vivir en obediencia de fe al amor incondicional que Cristo no manifiesta. Por eso
santa Teresa, al igual que toda la gran tradición espiritual, subraya constantemente la
necesidad de establecer como punto de partida del camino espiritual el conocimiento de sí
mismo.
«Y aunque esto del conocimiento propio jamás se debe dejarse, porque no hay alma tan
gigante en este camino que no necesite muchas veces volver a ser niño y mamar (y esto
jamás se olvide, quizás lo diré muchas veces porque importa mucho); porque no hay estado
de oración tan alto, que no le sea necesario volver muchas veces al principio. Y esto de los
pecados y conocimiento propio, es el pan con que todos los manjares se han de comer, por
delicados que sean. En este camino de oración no se podrían sustentar, sin este pan». (V. 13,
15).
Contra la verdad y la humildad no sólo se peca atribuyéndose uno lo que no tiene. También
se peca por no reconocerse a sí mismo objeto del amor de Dios. «También quiero darles un
consejo más: que, si nos parece que el Señor ya nos ha concedido alguna virtud, sepamos
que es un regalo» (38, 6).
Suele ser propio de la pedagogía de Dios ocultar sus dones: ya sea para mantener en
humildad a los que los reciben, ya sea para que los demás puedan percibir la misericordia
entrañable de Dios. «Es verdad que, sirviendo con humildad, el Señor nos socorre en las
necesidades. Sin embargo, si esta virtud no es muy verdadera, a cada paso -como dicen- las
dejará el Señor. Esta grandísima merced nos la hace para transformarnos en humildes
verdaderos y para que entendamos con toda verdad que no tenemos nada de lo que
recibimos». (38, 7).
El seguimiento de Jesús tiene que estar fundado en la humildad de fe, no en el deseo, aunque
éste sea tan generoso como para estar dispuesto a afrontar la muerte (afirmación de Pedro
en la Última Cena). El discípulo debe aprender que no puede apoyarse en sí mismo y que
sólo el Dios Padre nos vincula a Jesús hasta la muerte.

Capítulo 39
“Hay que cuidarse, hijas de unas humildades que genera el demonio con gran ansiedad, por
la gravedad de nuestros pecados. Con esto suele afligir hasta hacer que dejen de comulgar y
de tener oración personal, por no creerse dignas de ello.
Lo mismo hace al acercarse al Santísimo Sacramento, las hace pensar si se prepararon bien
o no, haciendo que así se les vaya el tiempo en el que podían recibir mercedes. La situación

66
llega a tal extremo que hace creer al alma, por ser tal, que Dios la ha abandonado, casi
poniendo en duda su misericordia. Todo lo que trata le parece peligroso, que no da fruto y
que no sirve para nada por más bueno que sea. Le infunde tal desconfianza que se le caen
los brazos para hacer algún bien, porque le parece que, lo que en los demás está bien, en
ella está mal» (39,1)
Teresa repite constantemente en sus escritos que la magnanimidad de la persona es la
condición para la acción de Dios. Advertencia: muchos suelen llamar “humildad” a su
deformación: el orgullo solapado o la represión patológica.
«Presten mucha atención, hijas, en este punto que les diré por qué, algunas veces, podrá ser
humildad y virtud considerase miserables, pero otras veces, podrá ser una grandísima
tentación, esto lo sé bien porque he pasado por ella. La humildad no inquieta, ni angustia, ni
altera el alma, por grande que sea, sino que viene con paz, regalo y sosiego. Aunque uno, de
verse tan miserable, entienda claramente que merece estar en el infierno y se aflige y le
parece que todos justamente lo deberían aborrecer. Y no se atreve a pedir misericordia. Si
esta humildad es auténtica, esta pena viene con una suavidad y contento en sí misma que
nunca querríamos que nos faltase. No alborota ni oprime el alma, antes bien, la expande y
hace hábil para servir más a Dios. Aquella pena todo lo altera, todo lo alborota, revuelve toda
el alma, es muy penosa. Creo que el demonio pretende que pensemos que tenemos
humildad y no solo eso: si pudiera, querría hacernos desconfiar de Dios» (39, 2).

Verdadera humildad:
a) No inquieta
b) No angustia
c) No altera
d) No alborota
e) No oprime
f) Viene con paz
g) Con sosiego
h) Suavidad y contento
i) Expande y habilita para servir más
«Otra tentación bien peligrosa: una seguridad de parecernos que, de ninguna manera,
volveríamos a repetir los pecados pasados o los contentos del mundo. «Que ya lo tengo
entendido y sé cómo termina esto y que me dan más gusto las cosas de Dios». Esto es muy
malo sobre todo en los principiantes de la vida espiritual porque, con esta seguridad, no les
preocupa quedar expuestos a las ocasiones de pecado y terminamos cayendo de bruces Y
quiera Dios que no sea mucho peor la recaída, porque al ver el demonio que es un alma que
le puede hacer daño a él y hacer bien a muchas otras, hace todo para que no se levante».
(39, 4).
67
Cuidado con las tentaciones de creer entender que somos y hacemos más que los demás. O
también de atribuirnos de forma arrogante una seguridad que no poseemos.

Capítulo 40
El amor y el temor: Dos castillos fuertes
El amor es presupuesto primero y fundamental para emprender la vida de oración (4,5) y el
amor al Esposo Cristo es la sustancia misma de la vida (22-23).
En el amor no puede haber términos medios. Siempre se ha de amar mucho «el amor
siempre es grande o no son contemplativos. Es un fuego grande, siempre da gran resplandor.
Y si esto no pasa, tengan grandes dudas, crean que tienen mucho que temer...
Estoy segura de que, al no existir esos signos del amor, han sucumbido a la tentación» (40,4).
Precisamente porque el amor es “fuego grande” se convierte en garantía contra las
tentaciones y contra la inseguridad del camino. Un amor así no puede estar oculto e inactivo.
«Sin embargo, andando con humildad, procurando saber la verdad, sujetas al confesor y
tratando con él con verdad y sinceridad que –como ya he dicho- en lo que el demonio
pensaba darles muerte, termina resultando lo contrario, aunque más cocos e ilusiones les
quiera hacer» (40,4).
«¿De qué problemas habla? Por un lado, el acuciante sentimiento de inseguridad frente a las
tentaciones, el problema de la fragilidad humana y por otro lado la necesidad de seguridad,
un seguro de amor y gracia. La postura de Teresa esto talmente alentadora y correcta
teológicamente:
a) Comienza atestiguando nuestra necesidad de seguridad, que todos tenemos y que
nos durará toda la vida. “Sólo con la confianza/ vivo de que he de morir/ porque
muriendo el vivir/ me asegura mi esperanza (Poema Vivo sin vivir en mí). Está claro
que sólo la muerte asegura de no perder al Señor por causa de nuestras debilidades.

b) Pero a la vez, Teresa es sensible al hecho de la no seguridad absoluta en esta vida. “Y


tienen razón, porque no puede haber certeza de ello. Porque, sabiendo que tenemos
amor, tendremos seguridad de que estamos en gracia. Sin embargo, hermanas,
miren: hay unos signos que –parece- los ven incluso los ciegos. No están tan ocultos.
Aunque no quisieran entenderlos ellos gritan muy fuerte, porque no son muchos
quienes los tienen con perfección y así destacan más. ¡Como quien no dice nada:
amor y temor de Dios! Son dos castillos fuertes, desde los cuales se da guerra al
mundo y a los demonios». (40, 2). Se refiere al amor de Dios. Poseer esa seguridad
sería tener seguridad de que estamos en gracia. Si bien en Teresa no sólo se trata de
una convicción con hondo arraigo, sino de una experiencia cotidiana y dolorida.
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c) Al lado de esta carencia de seguridad absoluta, ella cree que existe un amplio margen
de seguridades morales. A eso apunta con clara intención pedagógica: en medio de
la ansiedad y turbación producida por las tentaciones y las fragilidades humanas,
Teresa propone la garantía del amor. El amor es el primero de los dos castillos fuertes.

d) Hay señales que nos confirman que estamos en el amor. La primera señal son las
obras buenas, de esto hace elogio en el parágrafo 3. (P. Tomás Alvarez).

Sigue una rápida confrontación con el amor humano, una de cuyas características es su
fuerza expansiva ¿Cómo va a quedar dudoso el amor humano-divino, si estos otros amores
humanos son tan irreprimibles?
«Así que nunca dejen de entender dónde se encuentra este amor, yo no sé cómo sea posible
encubrirlo. Porque si amamos a las criaturas, dicen que es imposible ocultarlo y que cuanto
más hacen para encubrirlo, más se nota, aunque este amor está dirigido a algo tan bajo que
no merece el nombre de amor, porque se funda en una nadería. ¿Debería encubrir un amor
tan fuerte, tan justo, que siempre va creciendo, porque todo lo que ve en Dios es digno de
amor y fundamentado sobre tal cimiento como es ser pagado con otro amor, del que no
puede dudar por haber sido demostrado tan a las claras, con tan grandes dolores,
padecimientos y derramamiento de sangre, hasta dar la vida, para que no nos quedase
ninguna duda de este amor? ¡Oh, válgame Dios, qué cosa tan diferente debe ser un amor del
otro para quien lo ha probado!» (40,7).
«Quiera Su Majestad nos dé ese amor antes de sacarnos de esta vida, porque será gran cosa
a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas por aquel a quien hemos amado sobre
todas las cosas. Podemos ir seguras con el pleito de nuestras deudas. No será ir a país extraño
sino al propio, pues es ir a la tierra de Aquel a quien tanto amamos y nos ama.
Acuérdense, hijas mías, aquí la ganancia que trae consigo este amor y lo que se pierde por
no tener ese amor, porque terminamos en manos del tentador, manos tan crueles, enemigas
de todo bien y tan amigas de todo mal». (40,8).
“También esto es compatible con la pedagogía teresiana: fija altas metas, trasmite
convicciones, pero no fomenta espejismos. Es obvio que el gozo del amor prevalece sobre el
estremeciendo ante la posibilidad de perderlo”. (P. Tomás Álvarez).

69
Capítulo 42:
Líbranos del mal. Amen
Una vez más a Teresa le importa entrar en los sentimientos de Jesús. Él fue el primero en
orar esta petición: pedir al Padre que lo libre del mal. Una vez más se ve la comunión a la que
Jesús llega a tener con el hombre, solidario en todo menos el pecado.
«Me parece que tiene razón el buen Jesús para pedir esto para Sí mismo, porque ya vemos
qué cansado estaba de esta vida cuando dijo en la cena a sus Apóstoles: «He deseado
ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión», esa era la última cena
de su vida, donde se ve lo cansado que debía estar de vivir». (42,1).
El único motivo de la oración de Jesús es el amor que nos tiene. Por eso su oración no se
convierte en queja de los males, sino que se dirige hacia el amor y el deseo. Así Jesús, desde
el cansancio de la vida y de los males humanos, al decir al Padre “líbranos” está dando paso
al deseo y al amor. Lo que termina refrendando con el “Amén”.
«Pues si aquí, un alma que tenga gran caridad, siente esto como un gran tormento, ¿qué
sería de la caridad sin límite ni medida de este Señor?» (42,1).
Teresa por pedagogía, nos presenta con toda espontaneidad sus sentimientos. Aparece aquí
cuál su reacción ante el mal.
Podemos señalar algo de estos sentimientos:
1) Se identifica con la oración y sentimientos de Jesús: pide que se la libre del mal y a la vez
se le permita dar rienda suelta al deseo del bien absoluto. Ese será el fruto de la oración
verdadera: «El pedir esto con gran deseo y total determinación es una gran prueba para los
contemplativos de que las mercedes que reciben en la oración son de Dios». (42, 3).
2) En ella también aflora el cansancio, pero no como el de Jesús, Teresa está cansada de lo
mal que ha vivido: «Y lo que no se puede soportar, Señor, es no poder saber con certeza si
te amo, si son aceptables mis deseos ante Ti». (42, 2).
3) A pesar de la incertidumbre, Teresa tiene experiencia de los regalos de Dios, anticipo de
lo que el Padre nos tiene preparado, de ahí su deseo de estar en vida donde ya “no se gocen
a sorbos”.
4) Pero todo esto no desdibuja el espectro del mal. Sin pesimismo, Teresa le dice al Señor
que los males residen en dos cosas. La primera: que los males de esta vida impiden gozar de
tanto bien. La segunda: tensión entre lo que Dios desea para nosotros y lo que nosotros
contra deseamos para nosotros mismos: «¡Cuán diferentemente se inclina nuestra voluntad
a lo que es voluntad de Dios! Ella desea que queramos la verdad, nosotros queremos la
mentira. Quiere que deseemos lo eterno, acá nos inclinamos a lo que se termina. Quiere que

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deseemos cosas grandes y elevadas, acá queremos bajas y de tierra. Desearía que
quisiésemos lo seguro, acá amamos lo dudoso». (42, 4).
5) De ahí sus sentimientos finales: que Dios no consienta que seamos burlados por las
trampas de la vida. Que nos esforcemos en pedir ser librados del mal. Que nos abandonemos
a su voluntad.

Epílogo
Tres consignas:
a) Es una invitación a volver la mirada sobre la oración del Padrenuestro: «Parece que el
Señor nos ha querido dar a entender, hermanas, el gran consuelo que está aquí encerrado y
es de mucho provecho para las personas que no saben leer. Si lo entendiesen por medio de
esta oración podrían extraer mucha doctrina y consolarse con ella». (42, 5).
b) Con una palabra de despedida declara sus intenciones, cargada de humildad y cercanía
pedagógica. El libro ha nacido de la humildad con que las hermanas han pedido que
escribiera. Teresa al responder con esta obra tiene conciencia de ser instrumento de Dios: el
Señor es el verdadero maestro de oración a lo largo de Camino.
c) Siguiendo las normas de su época pondrá el manuscrito en manos de la censura. Ya vimos
a lo largo de la obra cuántas objeciones le pusieron diversos teólogos censores. A pesar de
todo, Teresa, acaba con una doxología: “Bendito y alabado sea el Señor, de donde nos viene
todo el bien que hablamos, pensamos y hacemos. Amén” (42,7)
“Ahora comenzamos: procuren ir comenzando siempre de bien en mejor. miren que por
descuidar muy pequeñas cosas el demonio va barrenando agujeros por donde entran las
muy grandes. No se les ocurra decir: “Esto no tiene importancia, que son exageraciones” ¡Oh
hijas mías, todo importa mucho con tal de seguir adelante!”. (F. 29,32).
«Así pues, esta oración es una centellita que el Señor comienza a encender en El alma, que
procede de su verdadero amor... Esta centella es una señal o prenda que da Dios a esta alma
de que la ha elegido para grandes cosas, si ella se dispone a recibirlas. Es un gran don, mucho
más de lo que yo podré decir.
Meda mucha lástima, porque–como digo–conozco muchas almas que llegan aquí, pero tan
pocas las que pasan de aquí como han de pasar, que hasta me da vergüenza decirlo. No digo
yo que hay pocas, pues debe haber muchas, que por algunos sustenta Dios. Digo lo que he
visto. Querría avisarles de que cuiden de no esconder su talento, porque parece que Dios las
ha elegido para provecho de otras muchas, en especial en estos tiempos en que son
necesarios AMIGOS FUERTES DE DIOS para sustentar a los débiles» (V15,4-5).

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