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Texto Segregacion Urbana - 1716287986612

Este documento analiza los conceptos de fragmentación y segregación urbana en el contexto de la ciudad de Córdoba, Argentina. Explica cómo los procesos neoliberales de los años 90 generaron una ciudad dual con bolsones de riqueza y pobreza. También describe cómo la fragmentación siempre fue inherente a la ciudad pero los cambios globales le dieron nuevos rasgos como barreras materiales e inmateriales entre los fragmentos.

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Este documento analiza los conceptos de fragmentación y segregación urbana en el contexto de la ciudad de Córdoba, Argentina. Explica cómo los procesos neoliberales de los años 90 generaron una ciudad dual con bolsones de riqueza y pobreza. También describe cómo la fragmentación siempre fue inherente a la ciudad pero los cambios globales le dieron nuevos rasgos como barreras materiales e inmateriales entre los fragmentos.

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FRAGMENTACIÓN Y SEGREGACIÓN URBANA

Aportes teóricos para el análisis de casos en la ciudad de Córdoba

Estela Valdés ∗

Introducción
La nueva dinámica que asume el actual modelo de acumulación capitalista, se consolida en la
Argentina en los noventa y significa la real apertura del país a políticas de corte neoliberal. Los
efectos sociales de estos procesos son inmediatos. El aumento de la desocupación y
empobrecimiento de la población juntamente con la concentración de la riqueza en sectores
que pudieron “acomodarse” a las nuevas reglas del sistema, dieron lugar a un proceso de
fuerte polarización social y a una concentración territorial en bolsones de pobreza y bolsones
de riqueza. En este contexto, son las ciudades el espacio en donde los efectos de
fragmentación y segregación son más visibles y aunque estos fenómenos no son nuevos, se
resignifican en el escenario actual. El propósito de este trabajo es encuadrar las cuestiones de
la fragmentación y segregación en los procesos de dualización urbana y de realizar, por un
lado, una aproximación conceptual de las categorías fragmentación y segregación urbana
mediante una reflexión teórica a partir de diferentes autores que abordan la temática; y por el
otro, acercarse a una propuesta de conceptualización propia para el abordaje de estudios
sobre la temática en la ciudad de Córdoba.

I. Un nuevo orden, un nuevo territorio: la ciudad dual


A partir de mediados de los años setenta y en relación con el desarrollo y expansión de
las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones y de la reestructuración
económica, se producen profundas transformaciones que, de una manera u otra,
afectan el conjunto de lugares a escala mundial. Estos cambios “alteraron
profundamente el escenario de la acción social, tanto en sus dimensiones económicas,
sociales, políticas y culturales, como en su expresión territorial” (De Mattos, 2001:5).
En Argentina, la profunda reestructuración económica aplicada en el país, tiene su
base de sustentación en la redefinición del rol del Estado: apertura externa,
desregulación, privatización, flexibilización laboral. La burocratización del aparato
estatal, ausencia de recursos financieros y la inclusión de sectores representativos de
grupos económicos en las estructuras de poder, dan fundamento al posicionamiento
político-ideológico del grupo gobernante. La fractura social que acompaña el proceso
de reestructuración económica no se disocia de la fractura territorial en actual
escenario globalizado y estos procesos afectan a todos los rincones del planeta siendo
las ciudades el espacio en donde los efectos son fácilmente visualizables. A los
procesos de desregulación dominantes durante la década del ´90, le ha sucedido, tras
crisis del 2001, la necesidad de volver al rol regulador del Estado “ilustrado por algunas
decisiones simbólicas y mediáticas tales como las de rescindir el contrato de Aguas
Argentinas, la re-nacionalización de la Compañía de Aguas Argentinas, o el empeño en
el conflicto con los vecinos uruguayos a propósito de la instalación de plantas de
celulosa sobre el río Uruguay” (Giblin, 2006). Sin embargo, aún son las reglas del
mercado las que continúan marcando los cambios en la morfología y el paisaje de las
ciudades argentinas, “nuevos actores aparecen como los gestores de la planificación
en los nuevos escenarios: los emprendedores privados, los promotores, la clase media
“ganadora”, los inversores extranjeros, etc.; en tanto que los gobiernos provinciales y
locales han perdido fuerza en la toma de decisiones y la normativa urbana en su
conjunto muestra importantes espacios vacíos” (Vidal Koppman, 2005). Estos
profundos cambios socio territoriales en el medio urbano supone la aparición de la
ciudad dual : “coexistencia espacial de un gran sector profesional y ejecutivo de clase
media con una subclase urbana” como consecuencia “del desarrollo contradictorio de
la nueva economía informacional” [1] y la conflictiva apropiación de la ciudad central
por grupos sociales que comparten el mismo espacio mientras que son mundos
apartes en términos de estilos de vida y posición estructural en la sociedad” (Castells,
1995:292). De este modo, la dualidad urbana, relacionada a la economía informacional
y a la privatización de la ciudad por el juego del libre mercado inmobiliario, tiene su
impronta territorial en profundización de fragmentación y segregación residencial, así
como la conformación de guetos residenciales de pobres y ricos según sea su
posicionamiento en la estructura social y ocupacional. Así, en un extremo aparecen las
villas de emergencia y los Barrios-Ciudad (resultado de la relocalización de habitantes
desde las primeras); y, en el otro extremo, las urbanizaciones cerradas. Vale consignar
que la ciudad dual también se abre, al decir de Castells (ob cit) en una “realidad
variopinta” que constituyen parte de su universo: barrios tradicionales con pobres
puertas adentro, barrios cerrados, barrios con residencias intramuros, barrios-pueblo,
“sin techo” con hábitat ocasionales y, en la ciudad de Córdoba y muy recientemente,
los barrios-ciudad (en el caso de la ciudad de Córdoba), entre otros. En este sentido, la
ciudad se configura como fragmentada, segregada y guetificada siendo el “motor” que
le da vida los procesos que acompañan el actual modelo de acumulación. Estas
categorías tienen amplia difusión entre los estudiosos del territorio y sobre las que se
pretende reflexionar en este trabajo.
II. La ciudad fragmentada
El tema de la fragmentación urbana no es nuevo ni reciente. La ciudad se presenta
como un mosaico de diferentes usos del suelo con formas y contenido [2] diversos:
áreas industriales, residenciales, comerciales, etc., es decir, un espacio fragmentado.
La fragmentación es inherente al proceso histórico de conformación de la ciudad. La
ciudad antigua, medieval, moderna, e incluso, la colonial muestran fragmentos
claramente delimitados. Es decir que la fragmentación es un atributo de la ciudad y
desde su origen la ha caracterizado el heterogéneo uso del suelo conforme a la
división social y técnica del trabajo. (Valdés, 2001). En tal caso se estaría relacionado
con el uso del suelo. Lobato Correa, cuando define el espacio urbano afirma que los
fragmentos mantienen una vinculación dada por los flujos de relaciones (relaciones
espaciales) que pueden ser visibles (circulación de personas, mercancías, etc.) o
invisibles (financieros, informacionales, toma de decisiones, etc.). En este sentido, el
espacio urbano es entonces “simultáneamente fragmentado y articulado: cada una de
sus partes mantiene relaciones espaciales con las demás” (Lobato Correa, 1989:7).
Como parte del proceso de división social del trabajo, los agentes sociales se apropian
de determinadas porciones del espacio. En relación al espacio urbano residencial, se
puede decir que se realiza según la situación de clase[3] de los agentes productores de
la ciudad. Ahora bien, el término fragmentación tiene una fuerte carga polisémica y la
actual comprensión del fenómeno puede interpretarse desde los cambios globales
producidos desde hace unas décadas y que le imprimen rasgos propios. El abordaje de
la cuestión de la fragmentación urbana reconoce fundamentalmente dos líneas de
análisis aunque con diferentes matices en cada una de ellas: a) por un lado, aquella
que se halla ligada a procesos de desigualdad social y barreras materiales y/o
inmateriales; b) por el otro, la que se relaciona con las discontinuidades en el proceso
de expansión urbana respecto de la trama producto de los procesos de
metropolización. Así, en la primera línea de análisis se puede mencionar a autores
como David Harvey, Prévót-Shapira y Vidal Rojas, entre otros. Para Harvey (1997), las
ciudades en la actualidad han dejado de planificarse en su conjunto para sólo abocarse
a diseñar partes de ellas como resultado de la especulación inmobiliaria y sin ningún
tipo de previsión; advierte que, por un lado aparece la miseria y la corrupción; y por el
otro, lugares hermosos de diseños arquitectónicos realizados por especialistas
famosos pero cuyos habitantes no tienen idea sobre lo que sucede en los sectores más
pobres de la ciudad. Lo que está en juego entonces es el uso colectivo de la ciudad
que, “a través de los siglos se ha ido fragmentando pero siempre hubo relaciones
entre los fragmentos y en su mejor momento hubo una preocupación por reunirlos en
algunas políticas urbanas(…) la diferencia ahora es que se han formado especies de
islas o compartimentos estancos” que sin lugar a dudas dificultan la integración y
aumenta el aislamiento y también se multiplica el delito a medida que los ricos se
hacen más ricos y los pobres más pobres (Harvey, ob cit). Prévot-Shapira (2001:34)
afirma que en el caso particular de Argentina, a partir de los años noventa, se
profundizan una serie de medidas económicas acordes al modelo imperante y se
refleja en las condiciones sociales de la población. “Argentina deja de ser una sociedad
políticamente dividida y socialmente integrada”. Para la autora, nos encontramos
frente a un modelo de ciudad más disperso y menos jerárquico, que sustituye a la
ciudad orgánica, esto es, la ciudad fragmentada y que involucra los siguientes
componentes: a) espaciales, como la desconexión física y discontinuidades
morfológicas; b) dimensiones sociales, como el repliegue comunitario y lógicas
exclusivas; y c) políticas, tales como la dispersión de actores y autonomización de
dispositivos de gestión y regulación urbana. De esta manera, la ciudad orgánica “ha
estallado en múltiples unidades y ya no existe la unificación del conjunto” (Prévot-
Shapira, 2000). Vidal Rojas considera que la fragmentación urbana está ligada al
fenómeno de metropolización en tanto que por su rol, coexiste una población cuyas
relaciones están volcadas hacia el exterior, y otra cuyo sistema de relaciones es
esencialmente local. De allí que afirma que es un proceso territorial mayor que se
construye a través de tres subprocesos: fragmentación social, fragmentación física y
fragmentación simbólica y en cualquiera de los casos supone la independencia de las
partes (fragmentos) en relación al todo (sistema urbano). La fragmentación física -
entendida en términos físico- relacionales- puede ser definida “como la tendencia de
la estructura de la ciudad hacia una pérdida de la coherencia y de cohesión del todo a
causa de una disociación de las partes de que la componen” (Vidal Rojas, R. 1997:5).
Esta fragmentación física puede proceder de: a) un proceso de construcción de
fragmentos referidos a centros conurbados con diferentes actividades, historia,
estructura territorial, entre otros, –las denomina ciudad de fragmentos– y, b) más
relacionado con el tema que interesa a este trabajo, de un proceso de desconstrucción
del conjunto urbano por la singularización de sectores que adquieren una identidad
propia caracterizada por los barrios amurallados, fronteras intraurbanas o zonas
monofuncionales, y la da en llamar ciudad fragmentada. En la otra línea de análisis, se
ubican autores como Borsdorf (2003) De Mattos (2001), Ciccollella (2002), entre otros.
Según la mirada de Borsdorf (2003), de la ciudad polarizada, propia de los años de
industrialización sustitutiva en América Latina, se pasa a la ciudad fragmentada de la
actualidad. En el primer caso, la configuración de la ciudad hasta principio de los
setenta mostró procesos espaciales ligados a las líneas ferroviarias y autopistas que
reforzaron el crecimiento de algunos sectores; los grupos de mayores recursos se
desplazaron hacia la periferia y aparecieron en algunas de las ciudades
latinoamericanas, ya al final del período, los primeros centros comerciales –shopping
centers– iv[4] y barrios de lujo (countries) con estilos importados de las ciudades
estadounidenses. Sin embargo, en este período, la estructuración del espacio urbano
responde todavía a la industrialización y a la presencia del Estado intervencionista en
cuestiones relativas a la planificación, como así también a la fuerte migración rural. La
ciudad fragmentada para Borsdorf, conserva dos principios estructurales de la etapa
anterior pero en forma diferente: a) la tendencia sectorial-lineal; y b) el crecimiento
celular. La tendencia sectorial-lineal dada por el ferrocarril y las pocas autopistas
centrífugas perdieron importancia mientras que aparecen las vías rápidas intraurbanas
–a las que se podrían agregar los anillos de circunvalación en las principales ciudades
del país–. Este hecho facilitó la tendencia de los sectores sociales altos y medios-altos
a trasladarse al periurbano y a las periferias metropolitanas así como también se
manifiestan en forma de células, la presencia de viviendas sociales y villas de
emergencia. De Mattos, (2001:19), comparte esta visión –al igual que otros autores– y
afirma que se constituyen de esta manera, estructuras suburbanizadas y policéntricas
con una tendencia a la “angelinización” como el ejemplo paradigmático. Así, el modelo
de la ciudad actual ha dejado de lado la ciudad compacta para dar lugar a otra más
fragmentada, de crecimiento celular y a la que se denomina metrópolis expandida,
postsocial, metápolis o ciudad difusa, tal alguno de los nombres con los que lo han
denominado distintos autores (Ciccollella, 2002:204). En referencia a la fragmentación
urbana residencial, ambas líneas están presentes. Así, la fragmentación urbana
residencial es entendida en términos: a) físicos-relacionales: niveles de infraestructura
social, equipamientos y servicios, redes y flujos de relación entre cada fragmento y; b)
sociales: cada fragmento es apropiado por grupos sociales homogéneos en relación
con su situación de clase respecto de la ciudad como campo social. El proceso de
fragmentación reconoce un proceso de intervención en el conjunto urbano que se
relaciona con la incorporación de artefactos residenciales recientes (urbanizaciones
cerradas, housing, torres jardín, barrios ciudad, etc.) o bien, consolidados (villas de
emergencia). Cada fragmento es fácilmente identificable en términos de configuración
territorial y se localizan: a) manera contínua en la trama urbana pero con fronteras
invisibles relacionadas con la alteridad; o bien, b) discontínua, a manera de “islas” en el
espacio urbano y como resultado de la expansión urbana. El elemento común es la
baja interacción entre los fragmentos. En este sentido, se encuentra estrechamente
ligada la presencia de fragmentos con la segregación residencial socioeconómica como
se verá más adelante.
III. La ciudad segregada
El tema de la segregación urbana ha preocupado desde las primeras décadas del siglo
veinte a numerosos investigadores, especialmente en lo que se refiere a las minorías
étnicas. La primera avanzada sobre la cuestión fue realizada por la denominada
Escuela de Sociología Urbana de Chicago, que la definió como una concentración de
tipos de población dentro de un territorio dado y se aplicó al estudio de la distribución
espacial de minorías étnicas en grandes ciudades de los EE.UU. (McKenzie, 1925). En la
actualidad, la preocupación pasa por la creciente expansión del fenómeno de
segregación urbana desde comienzo de la década de los ochenta, tanto en las ciudades
de los países desarrollados como en los emergentes. Ahora bien, Castells (1999:203)
define la segregación urbana como la “tendencia a la organización del espacio en
zonas de fuerte homogeneidad social interna y de fuerte disparidad social entre ellas,
entendiéndose esta disparidad no sólo en términos de diferencia, sino de jerarquía” En
este sentido, la estratificación social origina también estratificación espacial que se
traduce en áreas urbanas segregadas y ocupadas por grupos sociales semejantes
viviendo en entornos morfológicos también semejantes (Estébanez, 1992:574). “En
términos sociológicos, segregación significa la ausencia de interacción entre grupos
sociales. En un sentido geográfico, significa desigualdad en la distribución de los
grupos sociales en el espacio físico. La presencia de un tipo de segregación no asegura
la existencia de otro” (Rodríguez Vignoli, 2001:11). Esta desigual distribución de grupos
sociales en el espacio urbano, da cuenta de la presencia de la segregación residencial
que se manifiesta, según Rodríguez J. y Arraigada, C. (2004:6), de diversas maneras.
Cada una de ellas es abordada por diferentes autores, entendiendo la segregación
como: a) por la proximidad física entre los espacios residenciales de los diferentes
grupos sociales; b) la homogeneidad social de las distintas subdivisiones territoriales
en que se puede estructurar una ciudad, (Sabatini, 1999); y c) la concentración de
grupos sociales en zonas específicas de la ciudad (Sabatini, Cáceres y Cerda, 2001;
Rodríguez 2001; Jargowsky, 1996; Massey, 1996). Rodríguez y Arraigada (ob cit)
afirman que a través de la combinación de algunas de estas definiciones, se puede
afirmar que la segregación residencial es el grado de proximidad espacial de familias
pertenecientes a un mismo grupo social. La cuestión de las diferencias socio-
económicas en el medio urbano resulta particularmente notoria y fundamentalmente
tiene su máxima expresión a posteriori de los profundos cambios operados en los
noventa. En esta década se produjo una inflexión hiperbólica en el marco de la política
neoliberal implementada que dio lugar a un nuevo marco social atravesado por una
fuerte dinámica de polarización en la cual todas las clases sociales sufrieron grandes
transformaciones (Svampa, 2005:11). En este sentido, comprender la segregación
residencial es posicionarse frente a un fenómeno social relacionado con desigualdades
sociales pero también es un fenómeno espacial en tanto que el espacio no es inocente
sino, por el contrario, un activo. Es decir, el espacio no es un mero reflejo de las
desigualdades socioeconómicas en tanto que por un lado, las áreas residenciales
segregadas favorecen el proceso de reproducción de las relaciones de producción ya
que en su interior tiende a reproducirse la situación de clase y son precisamente los
barrios los espacios donde se reproducen los diferentes grupos sociales; y por el otro,
como sostienen Sabatini, Cáceres y Cerda (2001:3), los grupos sociales recurren a la
segregación para afirmar identidades sociales. La segregación residencial
socioeconómica implica la presencia de fragmentos dentro de la ciudad, definidos por
el grado de proximidad espacial o de aglomeración territorial de las familias
pertenecientes a un mismo grupo social definidos en términos socioeconómicos
(Rodríguez y Arraigada, 2004:6). Kazman [5] previene sobre dos consecuencias
negativas de este fenómeno, particularmente cuando los segregados son grupos de
bajo nivel socioeconómico. La primera de ellas es que los pobres segregados tienen
menos oportunidades de acceder a “activos” de capital social (individual, colectivo y
cívico) y la segunda que el aislamiento social favorece la formación de subculturas
marginales. En el primer caso se debilitan las redes y contactos que permiten obtener
empleo, al tiempo que se dificulta la movilidad social, se reducen las posibilidades de
acceder a la información y se está menos expuesto a modelos de rol. En definitiva,
contribuye a la desintegración del tejido social. En términos de capital social colectivo
Kazman (ob cit) afirma que hay un riesgo de declinación de las instituciones vecinales
con una fuerte carga de desconfianza que impide la superación de problemáticas
comunes. En el segundo caso, sucede algo similar: hay un debilitamiento del
sentimiento de ciudadanía al no compartir problemas vecinales con otras clases y
aparecen los riesgos de formación de subculturas marginales, cada una con sus
respectivos códigos y comportamientos. Esto es particularmente importante, ya que
estas subculturas marginales pueden cristalizarse debido a que el resto de la sociedad
las percibe como un factor de amenaza. Esta percepción de peligrosidad con relación a
culturas diferentes retroalimenta el aislamiento social de los grupos segregados. A su
vez, Kazman, también advierte que los efectos de vivir en áreas homogéneas de
pobreza exponen a sus habitantes a riesgos tales como fracaso escolar y embarazos
adolescentes, entre otros aspectos de fuerte carga social. Por otra parte, Wacquant, L.
(2001:129) le otorga gran importancia a la estigmatización de los barrios y áreas donde
se concentran los grupos pobres o discriminados, considerando que ésta es una
dimensión central de la "nueva pobreza", que está creciendo en prácticamente todas
las ciudades en la era de la globalización de las economías. Estas nuevas formas de
pobreza tienen principalmente su fuente de origen en la exclusión de ciertos sectores
sociales del mercado de trabajo, la apertura del espectro salarial y con ello los niveles
de renta más bajos y la precarización del empleo, entre otras causales (Fernández
Durán, 1996:139). La ciudad se ha encaminado entonces hacia un proceso de
segmentación social, entendiendo ésta como un proceso de reducción de las
oportunidades, de interacción de grupos o categorías sociales distintas. En términos
estáticos, una sociedad segmentada es donde hay una muy baja interacción fuera del
mercado de trabajo entre grupos o estratos socio-económicos distintos (Kazman,
2001a).

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