IES Carpe Diem. Departamento de Filosofía.
Filosofía 1º Bach. Curso 2023-2024
Renato Descartes (1596-1650). Pensamiento.
Introducción.
Descartes (1596-1650), filósofo racionalista francés, ha pasado a la historia como el “padre” de la filosofía moderna
(siglo XVII).
Nuestro autor vive en una época de crisis, de grandes cambios y transformaciones, en la que las certezas que en el
pasado se creían inamovibles (como el geocentrismo), se vienen abajo con la
Revolución científica. Es en este momento, con el surgimiento de la ciencia
moderna gracias a Kepler, Copérnico y Galileo, cuando la imagen del universo
cambia radicalmente (como si de una verdadera ”revolución” se tratase): de una
visión geocéntrica, en la que la Tierra es el centro del universo, se da paso a otra
heliocéntrica.
En cuanto a la filosofía del momento, el panorama es un tanto desolador: todo
es motivo de disputa y, por tanto, dudoso, algo que contrasta con la evidencia y
certeza de las matemáticas y con el avance imparable de la Ciencia Moderna (la
física) en manos de Galileo. Éste será el motivo que impulse a Descartes a hacer
de la filosofía una verdadera ciencia (una “ciencia estricta”).
En este sentido, el proyecto cartesiano busca crear una Ciencia Universal
(“Mathesis universalis”) inspirada en las matemáticas y que será la base de las
demás ciencias. Dicha ciencia será semejante a un árbol: las raíces
corresponderán a la metafísica (filosofía), el tronco a la física y en las ramas se
situarán el resto de las ciencias: la medicina, la moral…
Para la elaboración de dicha ciencia será necesario dotar a la filosofía de un método preciso y riguroso. Así como
Galileo ha conseguido hacer del estudio de la naturaleza una verdadera ciencia, al aplicar el método científico (el
método hipotético deductivo), Descartes pretende encontrar el método que permita hacer lo mismo con la filosofía:
convertirla en ciencia. Para la elaboración de dicho método Descartes tomará como modelo las matemáticas, al ser
esta modelo de certeza y evidencia.
Por método, Descartes entiende un “conjunto de reglas para la dirección de la mente” cuya finalidad no es otra que
distinguir en todo momento lo verdadero de lo falso y alcanzar la verdad, de un modo fácil (sin esfuerzos inútiles o
estériles). El método cartesiano se inspira en las matemáticas, es deductivo y consta de cuatro reglas.
• La primera es la de la evidencia, según la cual solo se aceptará como verdadero aquello que sea evidente, esto
es: aquello que se presente a la mente de una forma clara (no dudosa) y distinta o simple (es decir: separado de
lo demás).
• La segunda es la regla del análisis y consiste en “dividir las cuestiones (= problemas) que se han de examinar, en
el mayor número de partes posibles y necesarias para resolverlas mejor”. Con ello, Descartes busca alcanzar ideas
simples (claras y distintas), mediante la intuición, con el fin de “levantar sobre ellas el edificio del saber” (la
filosofía). Dicho de otro modo: se trata de analizar o descomponer las cuestiones y conocimientos en sus
elementos más simples, para ver si son o no evidentes y, en consecuencia, verdaderos.
• La regla de la síntesis (tercera regla) habla de “conducir ordenadamente los pensamientos, empezando por los
objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el
conocimiento de los más complejos”. Es el camino de la deducción, entendida ésta como una “cadena de
intuiciones” o ideas simples. Se trata de unir dos o más intuiciones y sacar consecuencias de estas (hacer
deducciones) para ampliar nuestros conocimientos.
• Por último, la regla de la comprobación nos obliga a revisar el proceso para estar seguros de no olvidar nada del
análisis y de la síntesis.
Con todo esto, Descartes diferencia dos formas válidas de conocimiento o formas de proceder de la mente. En
primer lugar, la intuición o luz natural, que nos permite obtener (conocer o intuir) ideas simples, de un modo “claro
y distinto” (= evidente). La otra es la deducción, que consiste en relacionar o conectar dos o más intuiciones entre sí,
prolongando la evidencia más allá de lo inicialmente conocido. De este modo, la deducción nos permite llegar a
verdades complejas, encadenando diversas intuiciones o ideas simples.
Pero para “levantar” todo el “edificio del saber” (filosofía) necesitamos encontrar una primera evidencia, objeto de
intuición. Para tal fin, Descartes plantea la duda metódica. Se trata de dudar sistemáticamente (por sistema o “como
método”) de todo aquello que no sea “evidente” (esto es, claro (= no dudoso) y distinto (= simple)), con el fin de
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alcanzar esa primera verdad. Se trata de una duda teórica, no real, metódica y radical, e incluye diversos
“momentos” que, de un modo escalonado, nos llevan hasta la máxima radicalidad.
En primer lugar, nuestro autor pone en duda la información que nos llega a través de los sentidos (su fiabilidad:
si podemos fiarnos o no de ellos), lo que le lleva a cuestionar la certeza o evidencia de nuestras sensaciones o
percepciones simples: el color, la forma, el volumen de un cuerpo, etc. A partir de este momento, Descartes
concluye que no podemos estar seguros de que las cosas sean tal y como las percibimos (es decir: tal y como las
vemos, olemos, tocamos...)
A partir de aquí, Descartes va a llevar la duda más lejos con la hipótesis del sueño o la no distinción entre sueño
y vigilia (no saber si estamos dormidos o despiertos). Si tomamos en serio esta hipótesis, no solo podemos dudar
de que las cosas sean como las percibimos, sino también de su misma existencia. Este motivo de duda nos lleva
a rechazar la absoluta seguridad (o certeza) sobre la existencia de nuestro cuerpo y de un mundo material fuera
de nuestra mente (objeto de estudio de la física).
Por último, con la hipótesis del genio maligno o “duda hiperbólica”, Descartes plantea la posibilidad de que
hayamos sido creados por un “genio maligno” (un dios malo) que, en el colmo de la maldad, ha construido nuestra
inteligencia de tal manera que se equivoca, cuando piensa que ha alcanzado la verdad. Con esta hipótesis los
motivos de duda afectan a todos nuestros conocimientos, incluidas las verdades matemáticas, consideradas
hasta el momento como modelo de evidencia o de verdad.
Llegados a este punto no parece haber una “verdad” o “certeza” que quede a salvo de la “duda”. La duda metódica
ha llevado a Descartes a rechazar como evidente el conocimiento en su totalidad: desde las percepciones o
sensaciones más simples, pasando por la existencia del mundo y del propio cuerpo, hasta las mismas verdades
matemáticas.
Será en este momento cuando Descartes alcance la intuición de la tan deseada certeza: “Cogito, ergo sum” (“pienso,
luego existo”). Todo lo que pienso puede ser falso (incluidas las verdades matemáticas); pero de lo que no cabe duda
es del hecho de que yo dudo, esto es: de que pienso.
(*) Esta afirmación, absolutamente clara y distinta, será tomada por Descartes como la primera verdad, pues la
propia existencia como “sujeto pensante” está más allá de cualquier posibilidad de duda.
Hallada la primera verdad, Descartes se ve obligado a “reconstruir” lo que antes había “de-construido” en el proceso
de la duda. Se trata de recuperar la certeza acerca de la existencia de un mundo material (incluido el propio cuerpo),
lanzando un puente entre el “yo-pensante” (“res cogitans”) y las cosas.
Para ello nuestro autor recurrirá a dios. Si Descartes consigue demostrar la existencia de dios (un dios bueno y no
engañador) habrá logrado recuperar las certezas que la hipótesis del genio maligno le había hecho poner en duda;
en concreto: la evidencia o certeza de los conocimientos matemáticos y la existencia de un mundo material fuera
de mi mente. Dios será quien garantice la realidad u objetividad de mis ideas o representaciones sobre el mundo.
El problema de dios.
(Intro). Embarcado en la tarea de encontrar una primera evidencia o verdad, sobre la que levantar el “edificio” de
la filosofía, Descartes había puesto en marcha la duda metódica, lo que le llevaría a rechazar el conocimiento en su
totalidad: desde las percepciones e impresiones más simples, pasando por la existencia del mundo y del propio
cuerpo, hasta las mismas verdades matemáticas. Será en este momento cuando Descartes alcance la intuición de la
tan deseada certeza: “Cogito, ergo sum” (“pienso, luego existo”). [Seguir (*)]
Para entender cómo Descartes llega a dios, es necesario explicar la distinción que establece acerca de las “ideas” o
contenidos mentales. Como “sujeto pensante” que soy, dirá Descartes, poseo una serie de ideas o contenidos en mi
mente. Todas ellas, en tanto que actos de pensamiento, son iguales (pues son contenidos que hay en mi mente).
Pero si tenemos en cuenta su realidad o contenido objetivo (esto es: aquello que representan y su procedencia),
pueden ser clasificadas en tres grupos.
En primer lugar, encontramos las ideas adventicias. Son todas aquellas ideas o contenidos mentales que
tendemos a creer que proceden de la experiencia (lo de “tendemos a creer” tiene todo el sentido, porque
Descartes en este momento no tiene claro que exista un mundo más allá de mi mente). Representan (en principio)
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objetos que están fuera de la mente y que habríamos adquirido por la experiencia. Entre ellas están las ideas de
“piedra”, “árbol”, etc.
Las ideas “facticias” (de “factum”) son aquellas que proceden del propio sujeto, en tanto que invenciones o
construcciones nuestras, a partir de ideas adventicias. Ejemplo de las mismas sería la idea de “sirena”, “marciano”,
etc.
Por último, estarían las ideas innatas. Son aquellas que, al no proceder de la experiencia y tan poco ser una
invención o construcción del sujeto, tienen que estar en la mente humana (res cogitans) desde el nacimiento.
Entre ellas está la idea de “cogito” y otra idea que para Descartes es fundamental: la idea de “infinito”, idea a la
que Descartes acabará identificando con dios. Para Descartes dios sería la “res” -sustancia o realidad- “infinita”.
A partir de esta idea de “infinitud”, Descartes intentará demostrar la existencia de dios. Si dicha idea es
realmente es innata, esto es, si es evidente (clara y distinta, y sin posibilidad alguna de duda), la existencia de dios
habrá sido demostrada y, con ello, habrá logrado romper la soledad del “cogito”. Será el primer paso para llegar
al “mundo”: un mundo perdido en el proceso de la duda.
(La demostración de la existencia de dios).
Según Descartes, la nota o característica fundamental de dios (por definición) es la “infinitud”. Dios es la sustancia o
realidad “infinita” (IMPORTANTE: el término “infinito” significa aquí “ausencia de” finitud, imperfección o limitación.
Dios en “infinito” porque, por definición, dios no puede tener ninguna imperfección: todo él es perfecto). Como
decimos, dios es “infinito”, mientras que el resto de los entes (realidades) son “finitos”. La cuestión es si la idea de
“infinito” es innata o no lo es. Descartes cree que sí y ofrece dos argumentos:
Prueba ontológica. Se trata del argumento ontológico, muy similar al de san Anselmo. Según Descartes, es
verdad aquello que percibimos de forma clara y distinta (primera regla del método). Por ejemplo, de un triángulo
percibimos “clara y distintamente” que sus ángulos suman dos rectos; por lo tanto, esto es verdad. Pero en la
idea de triángulo no percibimos “clara y distintamente” que tenga que existir en la realidad. Su existencia no se
puede “intuir” a partir de la noción de triángulo. En cambio, en la noción de dios (es decir: en el concepto de dios
o su definición) sí va incluida su existencia ¿Por qué? Porque en la noción de dios va incluida la idea de un ser
necesario e infinito. Pues bien: dado que la no existencia de dios supone una limitación o finitud (algo que
implicaría una contradicción), Descartes deduce que dios debe existir.
En segundo lugar, nos encontramos con la prueba gnoseológica, inspirada en san Agustín y su Teoría de la
Iluminación. Dice así: tengo la “idea” de dios, es decir, la “idea” de un ser infinitamente perfecto. Tal “idea” ha
de tener una causa, pues todo cuanto existe tiene una causa y esa causa debe ser proporcional al efecto. Pues
bien, la “idea” de dios no es adventicia, pues nada hay en la experiencia infinitamente perfecto. Y tampoco puede
ser una idea facticia, ya que yo (sustancia finita) no puedo ser la causa de algo infinito (ATENCIÓN: Descartes no
se refiere aquí a dios, sino a “la idea” de dios). En consecuencia, la “idea” de dios ha de ser una idea innata,
“causada” por el mismo dios en mí.
En conclusión, la idea de dios es innata y, por lo tanto, clara y distinta (evidente), motivo por el que dios tiene que
existir.
Una vez que Descartes cree haber demostrado la existencia de dios, solo le queda “llegar al mundo”. Si dios existe y
es infinitamente perfecto, necesariamente tendrá que ser también bueno y “veraz” (no puede engañarse ni
engañarnos, dado que la mentira es una “finitud” o “imperfección” = algo negativo). Por este motivo, ese dios bueno
no puede permitir que nos equivoquemos cuando se nos presenta de forma tan clara y distinta la existencia de un
mundo material y la del propio cuerpo. Consecuentemente a las ideas adventicias les ha de corresponder unas
realidades corpóreas o materiales. De este modo Descartes recupera la certeza de la existencia del mundo y del
cuerpo.
Dichas realidades “materiales” reciben en Descartes el nombre de “res extensa” (sustancias o realidades extensas),
dado que toda realidad material tiene una determinada extensión; es decir: todo lo que es material tiene unas
determinadas dimensiones y ocupa un lugar en el espacio.
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Vida de Descartes.
Renato Descartes (1596-165O) nace en La Haye (en la provincia francesa de La antigua Turena). Estudia desde los l0
a los 19 años en el famoso colegio de “La Flèche”, un centro dirigido a la formación de los jóvenes pertenecientes a
la nobleza. El colegio estaba dirigido por los jesuitas y en él se impartía una formación mucho más moderna que en
La Sorbona y que en el resto de las universidades tradicionales. Además de los estudios de Humanidades y filosofía,
en La Flèche se daba mucha importancia a las matemáticas, no sólo teóricas, sino también prácticas, dado que se
explicaban conocimientos de física (mecánica), topografía y óptica (todos ellos basados en las matemáticas). A pesar
de todo, el conjunto de la enseñanza seguía las líneas de la “escolástica” tradicional. Por eso, al terminar sus estudios
en “La Flèche”, Descartes quiso olvidar todo lo que allí aprendió (con excepción de las matemáticas).
Finalizada esta etapa accede a la Universidad para cursar la carrera de Derecho en Poitiers, licenciándose en 1616. A
pesar de poseer el título no ejercerá nunca la carrera judicial: su posición económica desahogada le permitirá
dedicarse a “otros asuntos más interesantes y saludables para su cuerpo y para su espíritu”. Entre estos “asuntos”
destaca la danza, la equitación y la esgrima, técnicas en las que se empleó tras su paso por la universidad.
En 1618 le vemos enrolado en la milicia, combatiendo en la guerra de los
Treinta Años (guerra protagonizada por protestantes y católicos (1618-
1648)). Como nota curiosa, decir que primero participó en el bando
protestante y después en el católico. Pero como lo suyo era la
preocupación por el saber, entre guerra y guerra, y aprovechando los
momentos de tregua, dedica su tiempo libre a estudiar matemáticas y
física.
Cansado de tanta guerra, el l0 de noviembre de 1619 tiene varios “sueños”
que le convencen de que su misión es “la búsqueda de la verdad mediante
el empleo de la razón”. Por esta razón, a partir de 162O se dedica a viajar
por Europa, buscando “aprender en el libro del mundo”. Años más tarde
lo encontramos en París, llevando una vida de “gentilhombre”. En 1628
parte para Holanda (el país más tolerante de Europa) para llevar una vida
más dedicada al estudio. Allí permanece hasta 1649. En ese período aparecen el "Discurso del Método" (1637) y las
"Meditaciones Metafísicas"(1641). Al producirse la condena de Galileo por parte de la Iglesia, suspende la publicación
de su "Tratado del Mundo" (donde sostiene doctrinas por las que podía correr peligro su integridad física).
En 1649 la reina Cristina de Suecia (una gran interesada por la ciencia y la filosofía), que ya mantenía una
correspondencia interesante con Descartes, lo llama a Estocolmo. El frío clima de Suecia y el abusivo horario (tenía
que levantarse a las cinco de la mañana debido al interés que tenía la reina por aprender) acaban con Descartes, que
muere de una pulmonía el 11 de febrero del año 1650. Por lo menos, esto era lo que se creía hasta hace no mucho;
y es que Descartes pudo haber muerto envenenado con arsénico.
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