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Mitología Guaraya de Bolivia: Tradiciones y Creencias

Este documento describe la mitología de los Guarayos de Bolivia según las tradiciones orales recogidas. Describe a los personajes principales como Abaangui y Mbiracucha y sus roles en la creación del mundo y de la tribu Guarayos. También habla sobre sus creencias acerca de la vida después de la muerte.
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Mitología Guaraya de Bolivia: Tradiciones y Creencias

Este documento describe la mitología de los Guarayos de Bolivia según las tradiciones orales recogidas. Describe a los personajes principales como Abaangui y Mbiracucha y sus roles en la creación del mundo y de la tribu Guarayos. También habla sobre sus creencias acerca de la vida después de la muerte.
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Mitología de los Guarayos de Bollvia.

703

Mitología de los Guarayos de Bolivia1.


Por el P. FRANCESCO PIERINI, Prefecto de Misiones, Ascensión de Guarayos, Bolivia.

En cuanto á la autenticidad y la fidelidad de las tradiciones de los


Guarayos, que aqui vamos á exponer, puedo asegurar que entre los Guarayos
existen y han existido hombres, que no solo han podido almacenar en su
cerebro el escaso caudal de sus tradiciones mitológicas, sino que han podido
aprovecharse de ellas para reconquistar su selvática independencia.
En este caso concreto me refiero á un Luis, que en nombre de su «Abuelo»
Abaangui, primer padre de la tribu de los Guarayos, y de sus tradiciones, in-
dujo en mas de una circunstancia á los Guarayos ya conquistados por los
Misioneros, á rebelarse contra estos y á refugiarse nuevamente en el monte
para dedicarse á sus costumbres y ritos antiguos. Advierto que entre los Guarayos
viejos del dia, encuentro otros, á quienes los reputo materia muy apropiada
para iguales y mayores empresas.
El que estas lineas escribe había aprendido la mitología de los Guarayos
de los labios de los Padres Misioneros, que durante largos años han per-
manecido en medio de esta tribu: la había leido en la obra del P. JOSÉ
CARDUS, O. F. M. «Las Misiones Franciscanas en Bolivia.» Hoy acaba de leerla
en un manuscrito del benemérito Misionero JOSÉ CORS, que casualmente ha
encontrado en el archivo de la Prefectura de Misiones, y ha tratado de com-
probar la autenticidad de cada una de sus partes con el testimonio de varios
neófitos, á quienes, con tal fin, ha llamado ante sí.
De esta comprobación he podido hacer constar que, si bien los Guarayos
del dia se rien, como ellos dicen, de sus fabulosas tradiciones, las constituyen,
sin embargo, en tema de sus frecuentes conversaciones, que las evocan prin-
cipalmente, como me decía uno de ellos, cuando la cabeza no está mas en
su asiento, agitada, como se encuentra, por las emanaciones de la chicha.
Tal pues es la mitología que presentamos aqui al lector, en toda su
simplicidad: la estractamos del manuscrito á que nos hemos referido com-
probada en la forma antedicha.
* *
*

Tupa o Tumpa, espíritu superior bueno, existe, pero nada tiene que ver
con los Guarayos, los que traen su origen de Abaangui (hombre de la nariz
caida), quien, si ha sido el principio de la tribu, será también su galardón
en la tierra de donde ha emigrado.
1
Véase «Anthropos», III (1908), p. 875—880.
704 P . FRANCESCO PIERINI,

Abaangui es al principio una cosa indefinida, pero que trata de tomar


forma, ensayando para ello distintas figuras. Estas le salen tan poco á su
gusto, que destruye la una despues de formar otra.. La última que ensaya es
la del hombre, pero le sale con una nariz tan descomunal, que de un manotón
se la derriba. De aqui su nombre Abaangui (aba [hombre] á [nariz] ngui
[caida, derribada]^.
Abaangui es hermano de Zaguaguayu, quien, en su aparición sobre
la tierra, tiene un fuerte altercado con Mbiracucha, porque este habíase levan-
tado antes que Zaguaguayu, siendo así que aquel se creía con derecho para hacerse
visible primero. Parece que este privilegio le correspondía á Mbiracucha, por
su mayor poder, pues, como luego veremos, Zaguaguayu, no contribuye á
la creación del mundo.
Al lado de estos tres personajes aparece un cuarto, al que los Guarayos
llaman Candir.
Ni Candir ni Zaguaguayu tienen historia, en la mitología que relatamos,
pero la tiene Mbiracucha*, que al principio es un gusano (mbir) que camina
diestramente sobre unas cañuelas y que se transforma en hombre, por sola su
voluntad.
Mbiracucha, Abaangui y Candir son los tres personajes que de una
masa informe, en que predomina e l elemento del agua, forman las tierras que
dejan en herencia á sus descendientes. Mbiracucha da existencia á las que
poseen los habitantes del Brasil; Abaangui á las que poseen los Guarayos y
Candir á las que habitan los Negros.
Abaangui, que luego toma el nombre de Cheramoi (mi abuelo), tiene
mujer, pero se ignora de donde ha salido. Con esta se alimenta de la fruta
llamada cama á pu (fruta que se parece á un tomate agridulce), hasta que
cansado de manjar tan poco sustancioso, determina crear la yuca, el maiz y
el plátano. Cuando la yuca hubo llegado á sazonarse, envió á su mujer á
que le trajera un panacu (espuerta) de ella, y la enseñó la manera de hacer
el cangui (chicha). De esta el Abuelo tomó en tal cantidad, que se embriagó
y durante su borrachera arrimó á la desgraciada mujer una sobadura tan
gentil, que por poco no la deja muerta. Pasada la embriaguez preguntó á su
cara mitad, que porqué había huido y sabida la causa, aplaudiendo su
acción, dijo á la mujer que asi deseaba que sus nietos apaleasen á sus com-
pañeras cuando se embriagasen; deseos, escribe el Misionero, de quien extracto
este relato, que los nietos han cumplido á maravilla, pues no ha habido una
borrachera en la que las mujeres no hayan sido bien apaleadas por sus
maridos!
El Abuelo tuyo dos hijos, cuyos nombres se ignoran, pero que se sabe
subieron al cielo, sirviéndose de una escalera hecha con flechas prendidas
una de la otra y allá se trocaron el uno en Sol y el otro en Luna. Las
manchas que ésta tiene las debe á sus visitas nocturnas amorosas á una Guaraya.
Se le presentaba, mientras esta dormía, en forma de mancebo, pero tan disfrazado,
que la visitada nunca pudo reconocerle. Una noche se tiñó las manos con
1
Mbiracucha ó Biracocha, es también el titulo que los Qquechuas dieron á uno de
sus monarcas-dioses y que hoy aplican a los caballeros de alguna distinción.
Mitología de los Guarayos de Bollvia. 705

carbón y cuando el amante le hizo la acostumbrada visita, ella le tiznó la


cara, razón por la que al dia siguiente se presentó con las manchas, que nunca
ha podido ya borrar.
Zaguaguayu y Abaangui vivieron juntos por algún tiempo, pero se divi-
dieron luego, tomando el primero rumbo al Oriente, para ir á parar á un
lugar donde no hay luz ni cielo, sino unas avecillas que le alumbran y el
segundo hacía el Occidente, en donde se encontró con una tierra, cual él la
deseaba, en que se produce riquisima yuca y en la que edificó una hermosa
ciudad, en que vivirá eternamente con sus nietos, que pasarán á ella des-
pues de su muerte.
En las tradiciones guarayas se habla también de un diluvio en el que
los tres creadores del mundo aparecen salvándose, el uno colocándose en un
tari (calabaza redonda), el otro subiéndose á una palma y el tercero con-
virtiéndose en cuervo.
En este punto, la mitología que examinamos, olvida por completo á
los otros progenitores para circunscribirse alrededor del solo Tamoy (Abuelo),
á quien, como hemos visto, sus pretendidos descendientes dan el nombre de
Abaangui.
Pocas son las noticias que de su vida han conservado sus reconocidos
nietos y todas pueden quedar compendiadas en este epitafio, que á su tiempo
habríamos escrito para colocarlo sobre el sepulcro de esta nueva deidad:
«Bebió mucha chicha, pegó mucho a su mujer y pasó á la tierra de pro-
misión.»
El manuscrito que nos sirve de guia para trazar este cuadro, destinado
á recordar las tradiciones guarayas, nada contiene que diga relación á las
circunstancias que rodearon el tránsito de Abaangui al paraiso de delicias en
que vive hoy, rodeado de los nietos que supieron imitarle en vida. ¿Su
marcha á la tierra de promisión fué precedida de una muerte natural, ó se
trasladó por su propia virtud á la mansión de las delicias? ¿En su Odisea
tuvo que superar las dificultades que hallan en su camino los Guarayos
que van á encontrarle, en su viaje? ¿Prescribió á sus nietos las pruebas
á que deben sujetarse para merecer llegar á su deseada presencia y gozar
asi de la chicha que les tiene preparada en la nueva mansión? ¿Qué rumbo
siguió para llegar á esta? ¿Dónde surge el ameno jardin en que el amable
Abuelo se entretiene dulcemente con sus mimados nietos? — Preguntas son
estas que hemos hecho á algunos neófitos de los mas racionales, sin haber
alcanzado una sola respuesta satisfactoria. — Fundándose en una vaga tra-
dición, algunos señalan una de las márgenes del rio S. Pablo, como lugar
de la presunta residencia del Abuelo, pero aqui se acaba todo. Decimos mal:
los Guarayos ignoran en que rincón del globo se encuentra la tierra que
les esta prometida, pero saben al puntillo, que una vez en ella el Abuelo ha
de recibirlos con transportes de alegré, ha de admitirles al beso de sus manos,
ha de darles un baño de cuerpo entero, ha de dejarles escoger, entre millares,
una mujer con la que se casarán y allí, en medio de una naturaleza coronada
de flores, á la sombra de un bosque de eterna primavera, sobre cuyos árboles
trinan de continuo canoros y pintados pajarillos, trabajando chacos, pro-
706 P . FRANCESCO PIERINI,

creando hijos, danzando y bebiendo chicha, han de llevar una vida de eterna
borrachera.
Tanta dicha es preciso, sin embargo, conquistarla; y esa conquista está
preñada de dificultades! dificultades que no comienzan sino al otro lado de
la vida, en el primer paso que dará el Guarayo en el estrecho y áspero camino
de la eternidad!
Parece que para gozar de la compañía del Abuelo, en su dia, basta
que el Guarayo anhele ardientemente ir á reunírsele. En efecto: el diálogo,
que ponen en los labios de Abaangui y su bienaventurado nieto, no hace
referencia á otro mérito que á este: *¿Ereyu po rae? pregunta el Abuelo.
¿Tazo aebe ndeya pape pó ereyu: chereze ndeyemohetazape ereyu? — ¿Con
que has venido a verme? Has llegado porque asi lo deseaste: has venido
para conversar conmigo?» á lo que contesta el nieto: «Si, mi Abuelo, esto
deseé siempre: Quiero ir á verle, decía. Porque me acordi de tí, estoy aqui
contigo. Dije: quiero ir con mi Abuelo, porque si no lo hubiese deseado asi
siempre, no podría llegar á estar aqui contigo: Aipo ae guiíu ndeu. Tazo, tazepia
ae guitu ndeu: nde reze che maeuduazape, ayu ndeu. Tazo Cheramoi puri
ae guitu. Ae ta co nde reze cheyemoñeta eu che reco viña, ndayuichita nde
puri.»
Pero si en sus dias al Guarayo le basta vivir de solos deseos, en la
jornada que se sigue á la muerte, para hacerse merecedor de ver al Abuelo,
exígensele obras que por cierto le fatigarán no poco. Felizmente esa jornada
es corta, que de lo contrario, podría dudarse que llegara á superarla con su
natural desidia.
Sigámosle en este camino sin temor de cansarnos mucho, pues yo que
escribo no me veré precisado á levantarme del escritorio, y tu lector, que
lees, bastará que tengas la paciencia de sostener el libro en que se repro-
duzcan estas líneas.
Antes de emprender el viaje echemos todavía una mirada sobre el pere-
grino que va á acometerlo. Apenas ha espirado, lo han lavado, lo han colo-
cado en su mejor hamaca y han dirijido su cara hacía el Occidente, pues
es en esa dirección donde se halla la senda que debe recorrer, se procede
á pintarle con urucu y cusi, á ponerle la tembetá en el labio inferior, una
corona en la cabeza, plumas en la nariz y orejas y aun en el resto del cuerpo.
Como es natural no puede faltar la chicha, que nuestro viajero llevará en
una calabaza. Se le añaden un atadito de pajuelas, otro de tamaras, su arco,
flechas y tacuaras, y con algunas cañas dulces más, que se destinan para
regalo del Abuelo, nuestro viajero queda habilitado para su corta ó larga
escursión.
Al comenzarla se le ofrecen á la__vista dos caminos: uno espacioso y
llano, cubierto de flores y palomitas — es aquel por el que transitan los Carays
(cristianos); otro angosto y casi cerrado, que conduce á la tierra del Abuelo,
tiene su principio bajo unas matas de tabaco y pequeños arbustos. Se avía
por este el Guarayo.
Apenas ha dado el primer paso se le presenta la primera dificultad.
En un rio profundo y rápido, cuya playa opuesta es preciso ganar y para el
Mitología de los Guarayos de Bollvia. 707

efecto no se cuenta con mas puente q u e . . . el dorso de un caimán. Al con-


templarlo aterrorizado, recuerda el Guarayo cuanto le enseñaron sus mayores,
á saber, que la manera de amansar tan terrible bestia era la de hacerle
escuchar un poco de música, ejecutada en el cañón de las tacuaras1. Lleva
estas á los labios y el caiman se le acerca. Monta sobre él el Guarayo y dando
viento á las tacuaras, rompe con su cabalgadura la corriente del rio y se
encamina á la orilla opuesta. Desdichado de él, empero, si por algún defecto
que tuvo en vida, no alcanza á producir una buena melodía en su flauta 1
El caiman, que por lo visto debe tener oidos de artista, le arroja de sí y el
infeliz viajero va á terminar su peregrinación en el vientre de su inhumana
cabalgadura.
Pero si el primer riesgo ha pasado el Guarayo cobra alientos para superar
otras dificultades.
La que se le presenta á no mucha distancia participa del caracter de
la primera. Se trata de pasar un nuevo rio, pero ya no sobre el tomo de un
caiman, sino en un cajón colocado en la copa de un árbol, árbol que con
vertiginosa velocidad va y viene de una á otra orilla del rio, sin nunca
aproximarse, sin embargo, demasiado á la tierra. Prepárase el Guarayo á
colocarse en el cajón de un solo brinco . . . pero infeliz de él si la yerra!
las palometas 8 no lo dejarían para contar la historia!
Si salva de este conflicto, ya tiene para andar sin novedad un trecho
bastante grande, hasta llegar al punto denominado ¡zolramoi (abuelo de
los gusanos). Este gusano es una víbora de especie desconocida, que al
buen Guarayo se le presenta desde lejos, cubriendo con su cuerpo todo el
ancho del camino, por el que le es fuerza pasar, pero que va empequeñe-
ciéndolo á medida que nuestro viajero se le va acercando. Reducido á estas
proporciones, se comprende que no ofrece gran peligro al que tiene que
pasar cerca de él y un poco de precaución para no provocarlo es medio
suficiente para librarse de una dentellada, que sería fatal para quien la reci-
biese. — No sucede otro tanto, con el Guarayo malo. En él el fenómeno
de la visión se cumple en una forma inversa y asi, si de lejos divisa al
Izolramoi pequeñito, en el momento de encontrarse á su lado dilata e s t i -
madamente su cuerpo, se entumece y cojiéndole por la entre pierna, me
lo parte en dos, ni mas ni menos, que como parte un muchacho un higo
maduro.
¿Se acabaron las pruebas? Aun quedan algunas. Para llegar á la tierra
del Abuelo es necesario atravesar un punto cubierto de tinieblas, tan densas,
que mas que la oscuridad á los ojos llevan la desolación al alma. Unica
1
Tacuaras, especie de cañas huecas, muy abundante en los bosques de Bolivia y que
crece principalmente en los lugares pantanosos, llegando á alcanzar á veces un diámetro de
0 1 5 m y una altura de 25 y más metros.
1
P a l o m e t a . Pez de colores varios y de grosor diferente, según las especies, pero
todas se distinguen de los demás por sus numerosos dientes de forma casi triangular. Con
estos y mediante una boca desproporcionada á su tamaño, sin miedo ni misericordia embisten
todo objeto que tenga carne, sea hombre ó animal, y mordiscon que dan, es seguro que arrancan
tajada. Abundan mucho en las lagunas y rios de Guarayos y año por año, hacen un regular
número de victimas, siendo la curación de la herida que producen, lenta y dificultosa.
708 P . FRANCESCO PIERINI,

aspiración del Guarayo, en esta suprema jornada es llegar á la tierra de


promisión y, sin embargo, superadas las dificultades que ya se han reseñado,
al término casi del camino, se encuentra envuelto en una oscuridad tan grande,
que corre riesgo de extraviarse para siempre.
Con las tinieblas no rezan las tacuaras; mas . . . ¿Y para cuando están
reservadas las pajuelas 1 que sus caritativos parientes colocaron á su lado en
el momento en que iba á dar comienzo á su fatigosa peregrinación? Y á
las pajuelas apela el Guarayo para salir del conflicto. Encendidas estas,
inicia la lucha contra el formidable ejército de murciélagos que pretenden
apagárselas, y si sale vencedor, al amparo de la luz que las pajuelas despiden,
pasará incólume el sitio del Pytü (lugar oscuro) y no tardará en llegar al Tui-
nandi (seiba).
Lo divisa y precipitándose sobre él, toma por blanco la raiz mas grande
que sobrevale de la tierra, y descarga sobre ella na tan formidable puntapié,
que el ruido, que con esto produce, repercute hasta el punto en que se en-
cuentran reunidos sus parientes, los que, al oirlo, prorumpen en un estre-
pitoso llanto, no ocasionado por la pérdida del compañero, sino por el senti-
miento de no participar de su venturosa suerte 2 .
Dado el golpe, el Guarayo prepara su toilette para presentarse ante el
Abuelo. Consiste esta en darse un baño, en arreglarse el cabello y en tomar
un trago de chicha, que bien lo merece el valiente, que tantas dificultades
ha superado.
El tuinandi es un árbol que siempre está cubierto de flores y á su
rededor revolotean bandadas de pintados picaflores. ¿Que mejor ocasión para
hacerse de plumas con que obsequiar al suspirado Abuelo? Es operación que
no le quitará mucho tiempo á nuestro viajero, quien, con disparar las flechas
que en buena hora le fueron entregadas en el momento de la partida para
la eternidad, en menos que se diga tiene en sus manos una media docena
de picaflorcitos, a los que despiadado arranca las plumas de la cola y pone
luego en libertad para que vayan echando nuevas colas, que sabrán apro-
vechar cuantos vinieren tras él.
Ya sin arco, sin flechas, sin pajuelas ni chicha, pero equipado con las
plumas que va á ofrecer al Abuelo, nuestro viajero continua su camino y
¡hé aqui! que á no mucha distancia divisa dos enormes piedras que constan-
temente van chocándose la una contra la o t r a . . . ; y él debe pasar por en
medio de ambas. ¿Que hará para que no lo reduzcan á tortilla? Muy sencillo!
Dará fuertes voces de mando y como las piedras están dotadas de inteligencia,
al escucharlas suspenderán su eterno movimiento, que no volverán á reanu-
darlo mientras el feliz nieto de Abaangui no hubiese pasado. Pero; que no
descuide dar tales voces, que esta omisión le convertiría en pasto de los
infinitos insectos que anidan en las terribles Itacaru (piedras que comen).
1
Pajuelas cañitas delgadas y secas, de las que los Guarayos, mediante una frotación,
sacan las chispas, para encender el fuego.
1
Me decía un Guarayo que, efectivamente, un rato despues de haber muerto alguno se
oía allá lejos como un ruido sordo de trueno, que ellos creían era el retumbo del árbol. —
N o t a del P . JOSÉ CORS.
Mitología de los Guarayos de Bollvia. 709

Los rios abundan en el espacio que separa la tierra de promisión de


la tierra de la muerte, en que viven los Guarayos. Ya hemos visto que nuestro
peregrino ha traspasado dos y en un tercero se ha bañado — le queda que
atravesar un cuarto, en el que se encuentra una balsa, especie de balanza,
en que se comprueban los méritos de los Nietos. ¿Fueron malos en su vida?
— la balsa se hundirá. ¿Fueron buenos? en tal caso, la balsa sobrenadará
y mi Guarayo en un santiamén estará de puntillas en la orilla opuesta.
Continuando su camino entra en una especie de desfiladero donde, cual
si estuviese prevenido de antemano, le espera un Urugu guazu (gallinazo
grande), que tiene la singular misión de registrar al peregrino y comprobar
si lleva perforados el labio inferior, la nariz y las orejas. Si todo lo encuentra
corriente, señálale el rumbo que debe seguir para no perderse, asegurándole
de la proximidad de la mansión que va buscando.
Pocos pasos ha dado, cuando topa con un ridículo Caiguazu (marimono)
que, aferrándole entre sus uñas, se divierte un buen rato con él, haciéndole
cosquillas. Esta ceremonia, que debe ser chistosa para cuantos la imaginamos,
no lo es para nuestro viajero, que tiene que hacerse la mayor violencia para
no reir, mientras dure; porque si la risa asoma á sus labios, el Caiguazu da
cuenta de él en un sabroso almuerzo 1 . Si sale airoso en la prueba, bien
pronto llega al lugar en que se encuentra el Iguiraro ariyu, árbol, que como
lo dice el calificativo que lleva, con sus hojas de cambiantes colores, deslumhra
y hace perder el camino. De su tronco y de todas sus ramas salen estrepi-
tosos aullidos, que se parecen al fragor del trueno y llenan de pavor al
caminante. Pero no es esto todo: lo que hace sudar frió á nuestro ya man-
teado viajero es saber que el encantado árbol tiene un conocimiento pleno
de los menores detalles de su vida, conocimiento que acaso pueda moverle
á que le haga una mala jugada, que por otra parte el Guarayo no precisa
en que pudiera consistir. Para distraer la atención de tan peligroso juez,
nuestro peregrino apela á su talismán — las tacuaras, con las que comienza
á tocar una apropiada melodía, mientras, sin levantar los ojos, pasa por
delante del temido árbol.
Ha sido la última prueba por la que ha tenido que pasar el Guarayo,
despues de la cual se le cambia el escenario. A un camino estrecho y cubierto
de malezas le sucede otro amplio y hermoseado de árboles simétricamente
dispuestos; á las pruebas que ponen en serio peligro el éxito de sus aspira-
ciones otras van á presentársele, en que solo se trata de premiar su acriso-
lada fidelidad.
Ya se encuentra en la tierra del Abuelo, meta de sus deseos, galardón
de sus triunfos.
' Al referir este incidente sobre las tradiciones guarayas el R. P. JOSÉ CORS, escribe
esta reflexión: «Tal vez es esta la razón porque los Guarayos andan siempre cabizbajos,
taciturnos y melancólicos, para no reir en esta ocasión y poder escapar de las garras del fiero
Caiguazu. Al menos asi lo dicen por las mujeres que rien mucho, y que por lo mismo no
llegarán á ver al Abuelo.» Es observación que nos hallamos en condición de poderla confirmar,
anotando empero, que si la taciturnidad y el estar serios es el distintivo de los Guarayos
v i e j o s , los nuevos son en general de caracter afable y jovial. En este cambio pueden haber
influido mucho las nuevas ideas de que se hallan imbuidos.
710 P . PRANCESCO PLERINI.

Demás está decir que desde este punto no dejará de las manos sus
tacuaras. A su dulce melodía responden las aves con sus trinos, las ramas
de los floridos árboles se inclinan al paso del ilustre viajero, los moradores
de la dichosa ciudad, que ya divisa, le salen al encuentro y despues de ellos
¡oh colmo de la felicidad! aparece el Abuelo, que abraza al venturoso nieto,
manda darle un baño de cuerpo entero, le ofrece una tutuma de esquisita
chicha y, despues de hacerle visitar sus dominios, asígnale la mujer con
quien compartirá los goces de la nueva vida y le conduce á la casa en que
morará para siempre jamás.
* * *

Hemos bosquejado una tradición, que por las fábulas en que se halla
envuelta, debe haber traido mas de una sonrisa á los labios de mis lectores;
una tradición, cuyo colorido agreste y salvaje es una garantía de su auten-
ticidad; una tradición, que el ilustre Misionero, que la consignó en unas cuantas
cuartillas de papel, que conservamos con religioso cuidado, ha recojido de
los labios mismos de los que fundaban en ella sus creencias sobre los destinos
que les aguardaban al otro lado del sepulcro y que, si no en sus detalles,
en el conjunto, también nosotros hemos podido comprobar en las esclamaciones
de los neófitos, que al ser preguntados sobre el particular, quedaban sorpren-
didos de los incidentes que les reseñábamos, como si se les hubiese sorpren-
dido un secreto que se creen en el deber de ocultar.

(Continuará.)

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