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La Dama de La Oscuridad - Melissa K. Roehrich

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A mi marido,

por aguantar las noches que me pasaba escribiendo hasta las tantas
y las largas tardes editando,
por alentarme a perseguir mis sueños
y por decirme que simplemente publicase el maldito libro de una vez.
Te quiero
capítulo 1
Scarlett

e stás segura de que estará aquí esta noche? —preguntó con calma una
voz femenina que provenía de donde su portadora estaba encaramada
en un muro bajo de jardín.
—Llevo semanas siguiéndole la pista —contestó una voz aterciopelada y
melosa—. Estará aquí.
—Dijiste lo mismo hace una hora —gruñó la primera mientras daba
vueltas a una daga que tenía en la mano.
—¿Entonces por qué me has hecho la misma puñetera pregunta?
—Te recuerdo amablemente que primero es mío.
—Como siempre —canturreó la segunda voz.
—Dejadlo. Las dos. —Una tercera y gélida voz femenina interrumpió la
disputa.
Si la luna hubiese salido aquella noche, habría iluminado a las tres
siluetas sentadas en las sombras en aquel muro de jardín, a la espera. Iban
completamente vestidas de negro, desde las botas hasta las capuchas que
tenían puestas sobre la cabeza, y las armas brillaban en cada centímetro de
su cuerpo. Había dagas de acero y espadas. Arcos y flechas. Hachas de
mano y látigos. Eran tres mujeres que sabían cómo utilizar cada una de las
armas que las decoraban con una eficacia letal. Tres mujeres que sabían
usar sus propios cuerpos como armas, que sabían todas las maneras en las
que una mujer podía hacerlo. Tres mujeres que eran mucho más
inteligentes que la mayoría, y puede que esa fuera su arma más valiosa.
Tres mujeres que se habían criado juntas. Que habían entrenado juntas.
Tres mujeres temidas por la mayoría. Pesadillas hechas realidad.
Resulta que esa noche no había luna, así que el hombre, que también iba
de negro, no vio a las mujeres avanzando sigilosamente por el muro al
pasar junto a ellas, pese a estar echando la vista atrás por encima del
hombro sin cesar. No escuchó los pies que aterrizaron a sus espaldas con
más suavidad que la de un gato. El hombre no supo que no estaba solo
hasta que tuvo una daga contra la espalda y aquella voz aterciopelada y
melosa le ronroneó al oído:
—Hola, Dracon.
El hombre soltó una palabrota e intentó echar mano de la espada que
llevaba al costado. Antes de que su mano tocase la empuñadura, la voz
chasqueó la lengua:
—Yo, si fuera tú, no lo haría.
—Llevo semanas esperándote, zorra —dijo el hombre con desprecio—.
Desde que hiciste que se supiera que la Sombra de la Muerte había
empezado a seguirme la pista.
—Ah, ¿sí? —susurró con suavidad.
—Sí, así que resolvámoslo como los profesionales entrenados que somos
en lugar de que me atravieses la espalda con una daga como una cobarde.
—Hmm, por encantador que eso suene, no creo que sea lo que va a
suceder esta noche.
—¿Por qué no?
La mujer se alejó de él, liberando a Dracon con un empujón que hizo
que trastabillase unos pasos.
—Porque esta noche me acompañan mis hermanas. —Incluso en la
oscuridad, la mujer pudo ver cómo el rostro del hombre palidecía.
—¿Cómo? —susurró.
Una sonrisa cruel se extendió por el rostro de ella.
—Una en particular tiene un asunto pendiente contigo. —El tono de la
mujer se volvió oscuro y se llenó de una diversión perversa mientras las
otras dos mujeres emergían de las sombras. Olfateó el aire y se le
ensancharon los delicados orificios nasales—. ¿Por qué vosotras dos
hacéis que se caguen más que yo?
—No. —El hombre respiraba de forma entrecortada cuando retrocedió
dando un traspiés—. No. No he hecho nada para merecerlo. ¡No!
—Bueno, eso no es cierto —dijo una de ellas con dulzura mientras daba
un paso hacia él.
—¡Es cierto! Solo he hecho encargos. Como tú. —El hombre se tropezó
con algo al alejarse de ellas y se cayó al suelo de piedra. Siguió alejándose
a gatas—. ¡No he hecho nada para merecer que envíe a sus Espectros!
La mujer se sacó una daga del costado con una mano enguantada y se
dio un golpecito con la punta contra la yema del dedo.
—No ha sido él quien nos ha enviado. A veces, nosotras saldamos
nuestras propias deudas, y yo llevo mucho tiempo buscándote. —Su voz era
semejante a un incendio forestal, a la nieve, al hielo y a las sombras.
—Entonces está claro que no sois tan buenas como se rumorea —
respondió él con desprecio.
En menos tiempo de lo que el hombre tardó en volver a inspirar, la daga
salió volando de la mano de la mujer y atravesó la de Dracon limpiamente,
dejándolo clavado al suelo que tenía debajo.
Soltó un alarido de dolor e intentó sacarse la daga que le atravesaba,
pero una bota le pisó la otra mano. Dio un grito ahogado por el dolor.
—Tienes razón —susurró la mujer que había lanzado la daga—. Somos
mejores.
La mujer a la que Dracon había llamado la Sombra de la Muerte se
dirigió hacia él y le arrancó la daga de la mano. Se la pasó a la que la
había lanzado, que la cogió con facilidad, frunció el ceño y refunfuñó:
—Por los dioses, ahora huele como él.
Las otras dos le pasaron cada una un brazo por debajo de los hombros a
Dracon y empezaron a llevárselo a rastras por el sendero. El hombre
pataleaba con unos pies calzados con botas, retorciéndolos de un lado a
otro, intentando zafarse de cualquier forma. Ellas actuaron como si
estuviesen trasportando un saco de patatas. Habían entrenado a conciencia
para saber cómo ocuparse de los de su especie.
Y cómo matarlos.
—¿Adónde me lleváis? ¿Adónde vamos? —chilló.
—La Doncella de la Muerte quiere hacerte unas preguntas —dijo la
tercera mujer mientras lo lanzaban contra el muro bajo de jardín. Estaba
repleto de abundante hiedra y de zarzas, y el hombre gritó cuando estas se
le clavaron en las palmas, la piel y la cara.
—No. Por favor, no —suplicó—. ¡Pasad directamente a la tercera!
La Doncella de la Muerte se acuclilló ante él y le echó la cabeza hacia
atrás con el dedo para escudriñarle los ojos.
—Ay, ya le llegará el turno a la Muerte Personificada… cuando yo haya
acabado contigo. —No había nada humano en su mirada al contemplar al
hombre que tenía ante sí—. Hace siete años te contrataron para matar a mi
madre… y también a mí.
Al escuchar esas palabras, el hombre comenzó a temblar.
—Tú… Tú eres la hija. Tú eres la que… Has estado los últimos siete
años desaparecida.
—Al parecer, me han encontrado.
Hundió la daga en la planta del pie de Dracon a través de la bota. La
punta salió por el otro lado, rebanándole los cordones.
El hombre volvió a gritar y sollozó.
—Fue un encargo. Él me engañó. No lo sabía.
—¿No sabías a quién estabas asesinando? Parece muy poco probable —
dijo la Doncella de la Muerte con una risa teñida de locura. Se sacó otra
daga de la bota y se quedó agachada delante de él—. ¿Quién estaba
contigo aquel día?
—No puedo decirlo. —Volvió a sollozar.
—Bueno, pues es una pena —suspiró. A continuación, le clavó la daga
en el muslo.
—¡No puedo decirlo! —gritó al mismo tiempo que jadeaba por el dolor
—. Me lo han prohibido. Una antigua magia de sangre me lo impide. No
puedo decirlo.
—Tonterías —espetó la tercera, la Muerte Personificada—. No hay
nadie que pueda llevar a cabo esa clase de magia. Aquí no hay magia.
—Sí que la hay —respondió el hombre con un grito ahogado—. ¡Lo
juro!
—Miente —gruñó ella tras alzar la vista para mirar a la Doncella de la
Muerte a los ojos.
—Es posible. Me importa una mierda. —Se levantó—. Tenemos horas
para descubrir si de verdad nos ha estado mintiendo. —Dracon empezó a
patalear de nuevo, retorciéndose en el suelo—. Dime, Dracon, ¿sabías que
tu magia fae no te curará aquí?
En ese momento, Dracon temblaba con violencia.
—No sabía quién era tu madre hasta que fue demasiado tarde. ¡Lo juro!
La Doncella de la Muerte se limitó a esbozar una sonrisa de
satisfacción.
—¿Recuerdas exactamente cómo la mataste? ¿Cómo la desmembraste
extremidad a extremidad? Porque yo sí. Estaba escondida en un contenedor
en aquel puto callejón y lo vi todo.
Dracon empezó a gimotear en cuanto las otras dos mujeres se pusieron
al lado de ella. Las tres se quedaron de pie con la vista bajada hacia él, y la
crueldad se apoderó de cada arruga de sus rostros.
Todas se sacaron unas dagas de las capas y se acercaron.
Dracon volvió a gritar.

Scarlett Monrhoe se despertó con los gritos de Dracon todavía resonando en


su mente. Apenas soñaba ya con aquella noche. En realidad, este sueño era
un recuerdo feliz. Por lo general, la despertaban unas pesadillas que la
empapaban en sudor y hacían que la garganta se le quedase en carne viva
por los gritos, sacudiéndola de las profundidades del sueño. Eran el motivo
por el que llevaba meses sin dormir a pierna suelta, así que no estaba del
todo sorprendida por haberse quedado dormida en pleno día.
Estaba sentada, repantigada en una silla mientras el sol vespertino se
filtraba en el salón de la mansión Tyndell. El té que había estado tomando y
tenía al lado hacía rato que se había enfriado. El libro que había estado
leyendo seguía en su regazo, abierto y a la espera. Era un ejemplar bastante
antiguo forrado en cuero con el que se había topado hacía algunos días.
Había registrado la pequeña biblioteca Tyndell de cabo a rabo muchas veces
y no sabía cómo se le había podido pasar por alto ese libro al escudriñar las
estanterías en busca de algo nuevo, pero ahí estaba, destacando en la balda.
No trataba solo del reino caído de Avonleya. Aquel reino estuvo situado
en un continente al otro lado del mar, pero había sido derrotado cuando
trataron de derrocar al rey Deimas y a la reina Esmeray. El rey y la reina
dieron su vida por la guerra al emplear su magia no solo para vencer y
encerrar a los habitantes de Avonleya, sino también para protegerlos de las
cortes fae al norte y al sur de los territorios humanos. Ese sacrificio brindó a
los humanos protección contra los fae que deseaban esclavizar a los
mortales con quienes compartían continente. No obstante, este libro
profundizaba en los reinos conquistados: había cosas que a Scarlett no le
habían enseñado durante sus exhaustivos estudios, detalles sobre la extraña
magia que poseían y sobre los dioses y linajes desaparecidos hacía tiempo.
—¿De verdad vas a quedarte todo el día leyendo ahí sentada? —
preguntó una joven arrastrando las palabras desde el umbral, con la cadera
apoyada contra el marco de la puerta.
Llevaba el pelo dorado trenzado y hacia un lado. Scarlett le dedicó una
sonrisa de superioridad a Tava Tyndell, hija del señor de la casa. Las dos
chicas eran muy distintas. Scarlett rebosaba confianza y arrogancia. Tava
era completamente sumisa y poseía un carácter dulce por fuera, al igual que
todas las señoritas de la nobleza a quienes se las instruía desde pequeñas,
aunque era bastante lista y le gustaba meterse en algunos líos con Scarlett
de vez en cuando. El hecho de que Scarlett no hubiese crecido en una
familia noble explicaba sus marcadas diferencias; pero, aun así, eran
amigas.
—A no ser que se te ocurra algo mejor, estoy bastante satisfecha con
pasarme el día holgazaneando al sol, muchas gracias —contestó Scarlett
tras volver a centrar la atención en el libro.
—Te está esperando. Está en la sala de entrenamiento —susurró Tava al
mismo tiempo que jugueteaba con el amuleto espiritual que llevaba en el
cuello. Estaba compuesto por tres círculos entrelazados, uno al lado del
otro: era el símbolo de Falein, la diosa de la astucia y la sabiduría.
Scarlett volvió lentamente la vista hacia ella.
—¿Cuánto lleva aquí?
Tava contestó en voz baja.
—Solo unos minutos. Casi me da un ataque al corazón cuando ha salido
de las sombras y me ha mandado que fuese directamente a buscarte.
—¿Está sola? —preguntó Scarlett.
—No lo sé, pero no tenemos mucho tiempo. Drake y el resto de los
hombres han salido de caza y volverán pronto —respondió Tava.
Scarlett se levantó de la silla y se metió el libro bajo el brazo.
—Tú primero.
Las chicas anduvieron en silencio por el salón y saludaron con la cabeza
a un par de criados por el pasillo. Salieron con discreción por las puertas de
la terraza trasera y cruzaron los jardines hacia la sala de entrenamiento.
La mansión Tyndell se hallaba en una extensa finca con sus propios
establos, jardín, sala de entrenamiento y campos para practicar tiro con
arco. La mansión en sí tenía dos plantas con una docena de habitaciones de
lujo, varios despachos, salas de estar y similares. Lord Tyndell era el señor
de la mansión y vivía allí con sus dos hijos: Drake y Tava. A Scarlett le
habían contado que su mujer había fallecido por culpa de una enfermedad
degenerativa cuando sus hijos eran pequeños.
Aunque Scarlett viviese con la nobleza en la actualidad, carecía de
sangre noble. De esa clase de nobleza al menos. Poseía una riqueza
abundante gracias a su madre, que había sido una curandera muy solicitada
en la capital hasta que falleció cuando ella tenía nueve años. Jamás conoció
a su padre. Cuando su madre murió, la Comunidad, que estaba enfrente del
recinto de los curanderos que su madre había regentado, la acogió. Vivió
con la Comunidad hasta que la enviaron a vivir con los Tyndell hacía un
año, al cumplir los dieciocho.
El vestido largo de Scarlett susurró por la hierba cuando dieron los
últimos pasos apresurados y abrieron las puertas del barracón de
entrenamiento de un empujón. La sala principal estaba vacía, y Scarlett
echó un vistazo a Tava. La chica se encogió de hombros y se mordió el
labio inferior con nerviosismo. Scarlett resopló en voz alta y después soltó
un gruñido en la habitación vacía:
—Aunque es cierto que hoy en día dispongo de todo el tiempo del
mundo, no me hace mucha gracia que me llamen como a un puñetero perro.
—Qué caprichosa estás últimamente. Aunque supongo que no es
novedad —comentó una voz femenina arrastrando las palabras mientras
emergía del rincón más oscuro de la habitación y le daba vueltas a una daga
con la mano—. Por el amor de Arius, ¿te has dado un paseo por los jardines
antes de venir a verme?
Scarlett puso los ojos en blanco y le hizo un gesto de mal gusto a la
mujer mientras se acercaba hacia la pared de armas. Las espadas brillaban,
sus empuñaduras iban de grandes e intrincadas a simples y aburridas. Unos
cuchillos de caza, arcos y carcajes repletos de flechas decoraban la pared.
—¿Llevas viviendo aquí desde hace casi un año y aún no has aprendido
a comportarte como una dama? —preguntó la mujer tras ponerse a su lado.
Dos cimitarras pendían de su cintura y llevaba una espada sujeta a la
espalda.
—Al parecer, no —contestó Scarlett después de coger una espada
sencilla. Se percató de que no tenía nada de especial al comprobar su
equilibrio. Tras decidir que le serviría por hoy, se dio la vuelta para ponerse
frente a ella. Era un poco más alta que Scarlett, tenía la piel blanca y el pelo
rubio ceniza. Los ojos eran del color de la miel.
—Bien —respondió, y una sonrisa salvaje se le extendió por el rostro—.
No me gustaría tener que buscarme a otra compañera. No es lo mismo
luchar contra los tíos de la Comunidad.
—¿Te refieres a que ninguno es tan agradable a la vista? —preguntó
Scarlett encabezando la marcha hacia uno de los cuadriláteros.
—Me refiero —dijo la mujer mientras adoptaba una postura defensiva—
a que ninguno es tan increíble como yo; y que me aburren soberanamente,
aunque haya muchos que sean agradables a la vista.
—El narcisismo que hay en esta sala es realmente impresionante —
reflexionó Tava desde donde estaba montando guardia, junto a la entrada
del edificio.
Scarlett y la mujer se rieron al mismo tiempo que comenzaban un baile
de estocadas, fintas, giros y embestidas. Las espadas cantaban conforme
ellas azotaban el aire. Eran borrones que se movían con tanta rapidez que
resultaba imposible averiguar dónde terminaba una y empezaba la otra.
Scarlett profirió una palabrota al percatarse demasiado tarde de su error y la
mujer hizo que soltase el arma con una maniobra ganadora. Bajó la espada
con una risita y dijo:
—Estás un poco verde.
—A diferencia de ti, yo no vivo en una fortaleza atestada de ladrones y
asesinos con quienes puedo pelear a cualquier hora del día —respondió
Scarlett con el ceño fruncido.
—Vale, vale —la reprendió—. Podríamos sacarte de aquí esta misma
noche. Ya sabes lo que tienes que hacer.
—No deseo pasar de una prisión a otra —se burló Scarlett.
—Él quiere que vuelvas a casa —dijo la mujer con suavidad tras reducir
la distancia entre ambas para que Tava no pudiese escucharlas.
—Esa ya no es mi casa, Nuri.
—¿Y esto sí lo es? —preguntó a la vez que levantaba las cejas.
—No, aunque supongo que por ahora aquí estoy a salvo. Hasta que se
me ocurra… otra cosa. Hasta que pueda desaparecer.
—Por favor, no cometas ninguna estupidez.
—Mira quién fue a hablar —contestó Scarlett con una mirada
penetrante.
—No estamos hablando de mí —dijo Nuri tras mover la mano para
restarle importancia—. Vuelve a casa, Scarlett. ¿Quieres desaparecer?
Durante los años que estuviste ahí, nadie sabía que estabas viva.
—Sí, pero te repito que aquí tengo forma de estar a salvo… de todos
ellos.
—Allí estarías igual de protegida. Lo ha repetido más de una vez. Lo
único que necesitas es olvidarte de una cosa —insistió Nuri.
—No volverán a ocultarme en una jaula —gruñó Scarlett.
—Ya estás en una —replicó Nuri, preparándose para volver a pelear.
—Eso es porque él me metió aquí dentro —respondió Scarlett, y la ira
impregnó su tono.
—Fuiste tú la que se metió y la que se niega a que la liberen —espetó
Nuri.
Scarlett se abalanzó hacia Nuri, dando comienzo al siguiente combate, y
casi se tropezó con la falda de su largo vestido.
—En la Comunidad no tendrías que ponerte esas cosas —dijo Nuri con
una sonrisita—. Así como dato.
—Dime para qué has venido, Nuri —preguntó Scarlett automáticamente
tras bloquear una estocada.
—Tiene un encargo para ti —contestó ella mientras se agachaba para
esquivar el siguiente movimiento de Scarlett. Barrió el suelo con el pie y
Scarlett frustró su intento de tirarla al suelo.
—¿Estás de coña? —Scarlett giró y arremetió con la espada.
—No bromearía con algo así —respondió Nuri mientras luchaba contra
el bloqueo de Scarlett—. Y él tampoco. De hecho, ofrece una suma muy
tentadora si completas el encargo.
—No necesito que me dé más dinero —respondió Scarlett furiosa—. No
necesito nada más de él, ya no.
—Ya lo sabe. Por eso te ofrece algo más —contestó Nuri. Ambas
jadeaban, pues tenían la misma destreza en casi todos los sentidos—. Por
los dioses, hacía siglos que no tenía un oponente digno. —Nuri esbozó una
sonrisa malvada de placer mientras se movían por el cuadrilátero en un
baile de maniobras que tan solo podía obtenerse a través de un
entrenamiento y una práctica exhaustivos.
—Por lo visto, no estoy tan verde como pensabas —logró pronunciar
Scarlett entre jadeos.
—Bueno, sigues sin estar en tu mejor momento, pero incluso tu versión
mediocre es mejor que la de la mayoría de los integrantes de la Comunidad
—respondió Nuri, apañándoselas de alguna forma para encogerse de
hombros al decirlo.
—Lo que tú digas —murmuró Scarlett mientras le encajaba una patada
en el estómago.
Nuri se rio y levantó las manos para detener el combate.
—Acordemos una tregua entonces, hermana. Tenemos que hablar del
encargo.
—Puedes decirle al líder de los asesinos que coja su encargo y se lo
meta por…
—Ni siquiera has escuchado la oferta todavía, Scarlett. Confía en mí,
cuando sepas de qué se trata, creo que cambiarás de opinión.
—Lo dudo mucho.
Nuri volvió a recortar la distancia entre ambas y bajó la voz.
—Ha averiguado quién contrató a Dracon.
—Sé quién le contrató. Sé quién ordenó que asesinaran a mi madre. Lo
descubrimos poco después de cargarnos a Dracon —respondió Scarlett en
un tono cortante.
—Pero sabe cómo encontrarlo y te ayudará a acabar con él.
A Scarlett casi se le cayó la espada al suelo sucio del barracón de
entrenamiento.
—Miente.
—Es cierto, Scarlett. —Los ojos color miel de Nuri estaban clavados en
ella—. Lo sabe, y te lo dirá si aceptas y completas el encargo. También dijo
que, si lo aceptas, te permitirán volver al Sindicato para entrenar y hacer
uso de nuestros recursos.
—¿A ti te lo ha dicho?
—No es idiota —contestó Nuri alargando las palabras—. Sabe que te lo
contaría incluso si me lo prohibiese.
—¿Quién es el objetivo?
—No puedo contarte nada hasta que no lo aceptes.
—¿Por qué? ¿Es que es a ti a quien tengo que matar?
—Pues claro que no —replicó Nuri—. Tampoco podrías aunque
quisieras.
—Ambas sabemos que eso no es verdad.
—Creo que en realidad no lo sabemos.
—¿El objetivo es suyo o del rey?
—No lo sé. No sé quién es el objetivo —contestó Nuri.
—¿Entonces cómo se supone que me vas a explicar en qué consiste el
encargo?
—Te enviará una nota.
—Tan dramático como siempre, joder —se quejó Scarlett mientras ponía
los ojos en blanco.
—Los hombres han regresado —siseó Tava desde la entrada—. Acaban
de entrar en los establos.
—¿Qué le digo? —preguntó Nuri tras subirse la capucha de la capa y
envainarse la hoja a la espalda.
—Joder, Nuri, pues claro que lo haré si me echa una mano —espetó
Scarlett mientras se apresuraba a dejar la espada. Se dio la vuelta para
enfrentarse a ella, pero ya había desaparecido en las sombras.
—Date prisa, Scarlett —susurró Tava—. Saldrán de los establos en
cualquier momento.
Scarlett fue con Tava y las dos salieron de la sala de entrenamiento
rápidamente, aunque no lo suficiente.
Dos hombres llegaron de los establos justo cuando salían de nuevo a la
luz del sol.
—Mierda —masculló Tava. Como era de la nobleza y todo eso, la joven
señorita casi nunca decía palabrotas. Se volvió hacia Scarlett y susurró—:
Mikale está aquí.
—Lo sé —contestó Scarlett con una sonrisa que no se reflejó en sus ojos
—. No pasa nada. Puedo ocuparme de él.
La familia Lairwood llevaba desde hacía mucho siendo la Mano del rey,
y Mikale Lairwood estaba destinado a ser la Mano del príncipe heredero: el
príncipe Callan. Mikale también le había echado el ojo a Scarlett y había
declarado sus intenciones hacía aproximadamente un año. Justo cuando ella
se mudó a la mansión Tyndell. Pese a haberlo rechazado en más de una
ocasión, él era insistente, y, como lord Tyndell era el líder de las tropas del
rey y Mikale era comandante en dichas tropas, Scarlett se encontraba en
presencia del joven lord con más frecuencia de la que le habría gustado. No
obstante, la realidad seguía siendo que a ella no le corría sangre noble por
las venas y era impensable que lord Lairwood aprobase que un miembro de
su familia se casase con alguien sin sangre noble.
Aun así, Mikale también era el motivo de que ella estuviese residiendo
en la mansión Tyndell.
—Por lo menos está con Drake —dijo Tava con indecisión.
—Sí —susurró Scarlett. Aunque no serviría de mucho. Cerró los ojos y
obligó al hielo que tenía en las venas a calmarse, templando así la ira que
amenazaba con escapársele por la boca.
—Tava. Scarlett —saludó Drake al acercarse, y las observó con
suspicacia—. ¿Qué hacéis vosotras aquí?
—Te estábamos buscando, evidentemente —le respondió Tava a su
hermano.
—¿Para qué? —preguntó él arqueando una ceja.
—Esperaba que hubiese vuelto para que saliésemos a montar —
interrumpió Scarlett guiñándole el ojo a Drake.
—¿Salir a montar en vestido? —preguntó Mikale arrastrando las
palabras con desprecio—. Qué recatada se ha vuelto, milady.
—Le sorprendería lo que puedo hacer con un vestido —contestó Scarlett
con frialdad.
—Apuesto a que sí —respondió él mientras le recorría el vestido de
color lavanda ceñido al pecho con los ojos, que después se precipitaron
hasta el suelo—. ¿Le importaría explicármelo? —Dio un paso hacia ella.
—Dé un paso más y lo averiguará de primera mano —contestó Scarlett
con una ira contenida.
A Mikale se le crisparon los labios de la diversión, y Scarlett se puso
hecha una furia. Apretó los puños a los costados.
—Venga, da un paso más, Mikale. Todos sabemos que Scarlett te daría
una tunda —dijo un hombre que apareció detrás de Mikale y Drake—. Y
nos morimos de ganas de verlo.
A Scarlett le dio un vuelco el corazón y fue incapaz de reprimir la
sonrisa que se le extendió por el rostro al jadear:
—Cassius.
capítulo 2
Scarlett

s carlett corrió hacia el hombre mientras él pasaba de largo a Mikale y a


Drake. La cogió cuando se tiró a sus brazos y la abrazó con tanta
fuerza como ella a él.
—Hola, hermanita —murmuró contra su pelo.
Cassius Redding había crecido en las calles de Baylorin, en el mismo
barrio en el que Scarlett vivía con su madre. El líder de los asesinos dio con
él y lo llevó a la Comunidad, donde conoció a Nuri y, con el tiempo, a
Scarlett. Empezó a entrenar con el padre de Nuri, el líder de los asesinos.
Sin embargo, al cumplir los doce, lord Tyndell se tropezó con un jovencito
que había vencido a otros seis muchachos en una pelea en un callejón. Se
quedó tan impresionado con las habilidades de combate de Cassius a una
edad tan temprana que lo acogió y lo crio junto a Drake y Tava como si
fuera uno más de la familia. El líder de los asesinos solo se lo permitió con
la condición de que siguiese entrenando con ellos. Cassius hizo
precisamente eso y se convirtió en un guerrero mortífero que acabó siendo
nombrado comandante de las tropas reales; las mismas que lord Tyndell
dirigía como miembro del grupo de allegados del rey.
Cassius había sido uno de los hombres que más había entrenado a
Scarlett en combate y armas; pero llevaba semanas sin verlo, y eso la había
afectado. La relación que Scarlett mantenía con Cassius era difícil de
explicar. Era más que un hermano, y tenía un vínculo más estrecho con él
que con cualquier otra persona. La trataba como a una igual y la entrenaba
como tal. No se ofendió cuando Scarlett empezó a suponer un desafío de
verdad en los entrenamientos y no tenía miedo de corregirla ni tampoco se
apiadaba de sus sentimientos cuando era descuidada o cometía un error
garrafal. Conforme fueron creciendo, su amistad se estrechó, especialmente
cuando le asignaron que fuese su tutor personal al cumplir los trece.
Cassius la bajó, le pasó la mano por la mejilla y Scarlett cerró los ojos.
—¿Dónde has estado? —susurró, apenas audible. Tava se había acercado
a Drake para darles espacio.
—De aquí para allá —contestó él. Su mano se detuvo—. Abre los ojos y
mírame. —Scarlett obedeció y escudriñó sus ojos de un intenso marrón
chocolate. Sobraban las palabras. Casi nunca eran necesarias entre ellos.
Cassius estudió su rostro y dijo—: ¿Tienes prisa?
Scarlett negó con la cabeza; no confiaba en que pudiese hablar. Por los
dioses, no era consciente de lo mucho que lo había echado de menos. Sin
apartar la mirada, le preguntó a Drake:
—¿Podemos usar la sala de entrenamiento? ¿Nos van a molestar?
—Puedo asegurarme de que no pase —contestó Drake con comprensión.
—Hazlo, por favor —respondió Cassius—. ¿Vamos?
Por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa se extendió por el rostro
de Scarlett hasta reflejarse en sus ojos. Entrelazó el brazo con el de Cassius
y dejó que la guiase de vuelta al edificio de entrenamiento del que acababan
de salir, sacándole el dedo a Mikale por encima del hombro al irse.
Scarlett cogió la misma espada que había usado con Nuri y se metió en
el cuadrilátero frente a Cassius. Él se sacó la espada de la vaina que llevaba
a la cintura con las facciones serias a la vez que decía en voz baja:
—Parecía que estabas a punto de destriparlo.
—¿En serio? —preguntó ella de forma inocente, preparándose para la
pelea.
—Scarlett. —Puso un tono de advertencia.
Drake, Mikale y Tava los habían seguido hasta el barracón.
Drake y Tava estaban hablando en voz baja cerca de las puertas mientras
vigilaban. Estaba mal visto que enseñasen a una mujer de una casa noble a
entrenar con armas. Daba igual que no hubiese nacido en el seno de la
nobleza. Por lo general, era inaceptable que cualquier mujer supiese cómo
defenderse y, si la descubrían blandiendo una espada…, en fin, no iba a
acabar bien.
Cassius arremetió primero y Scarlett bloqueó el ataque. Tras hacer oídos
sordos a su advertencia, dijo deliberadamente:
—Dices que has estado de aquí para allá, pero lo que está claro es que no
estabas aquí. ¿Te das cuenta de que vivo en esta casa? Tu habitación está
justo al lado de la mía. Hace semanas que no duermes en tu cama. —
Cassius abrió la boca para protestar, pero ella le interrumpió—. Si hubieses
dormido en tu cama lo sabría, Cassius.
Él cerró la boca tras esquivar su finta hacia la derecha y bloquear el
golpe.
—¿Has estado entrenando otra vez? —preguntó con tono de sorpresa.
—De vez en cuando —contestó Scarlett mientras se agachaba para
esquivar un golpe y después se levantaba rápidamente para asestar otro.
Cassius esbozó una sonrisa de satisfacción—. Ella ha dicho que estaba un
poco verde, y tú estás eludiendo la pregunta.
Él se rio a la vez que esquivaba los golpes. Ahora estaba en posición
defensiva y Scarlett se aprovechó con un juego de pies casi perfecto.
Contempló cada movimiento de Cassius y anticipó cada golpe:
—No se te escapa una, ¿verdad, hermanita? Supuse que ella había estado
aquí al ver que estabas cerca de la sala de entrenamiento.
—Él quiere que haga un encargo —dijo jadeando—. ¿Tú sabes algo?
—No —contestó Cassius tras soltar una palabrota cuando Scarlett pasó
por debajo de su brazo y apareció detrás de él, obligándolo a darse la vuelta
—. Doy por hecho que lo rechazarás. Otra vez.
—He dicho que sí.
El estupor en su rostro era evidente. Estaba tan sorprendido que no
prestó atención a su flanco derecho y Scarlett aprovechó la brecha. Se giró
y arremetió y, cuando Cassius se movió para bloquear el golpe, ella se
agachó y barrió el suelo con la pierna. Él se dio cuenta demasiado tarde de
la maniobra y, aunque recobró el equilibrio en el último segundo, fue lo
único que Scarlett necesitó para ponerle la punta de la espada contra la
garganta.
Scarlett bajó el arma entre jadeos, avanzó y acortó la distancia que los
separaba.
—¿Para eso ha venido? —preguntó Cassius—. ¿Para darte los detalles
del encargo?
Scarlett negó con la cabeza.
—No. Solo le ha mandado que viniese para ver si lo aceptaría. Al
parecer, él mismo me dirá la identidad del objetivo más adelante.
—¿Te has reconciliado lo suficiente con él como para volver a aceptar
encargos? —preguntó Cassius a la vez que levantaba una ceja. Scarlett
podía escuchar la duda en su voz.
—Dado que el pago es ayudarme a deshacerme del responsable de la
muerte de mi madre, sí —murmuró.
Cassius abrió los ojos de par en par.
—Scarlett, sé que ansías respuestas, pero ya te vengaste de Dracon.
Algunos secretos es mejor que se mantengan ocultos.
—Tienes que estar de broma, Cass —siseó ella. Le costaba hablar en voz
baja.
Antes de que pudiese responder, Mikale fue hacia ellos dando zancadas
con una sonrisa cortante en los labios.
—Veo que sigue siendo igual de letal —dijo con frialdad—. Pero me
pregunto por qué le iba a seguir haciendo falta a una mujer de su recién
adquirido estatus tener tanta destreza con las armas. —Su mirada se deslizó
hacia Cassius—. Y por qué los hombres presentes en su vida aún sienten la
necesidad de entrenarla en tales campos ahora que es una noble.
Cassius movió perezosamente la mano en dirección a Scarlett.
—¿Conoces a Scarlett, Mikale? Te convendría satisfacer sus peticiones y
vigilar tus pelotas cuando estés cerca de ella incluso con los… acuerdos
vigentes.
Mikale se enfadó y Cassius le guiñó un ojo a Scarlett. Antes de que
Mikale pudiese responder, Scarlett dijo en tono amable:
—Tengo la necesidad de tener tanta destreza con las armas porque me he
dado cuenta de que la mayoría de los hombres dejan bastante que desear.
Mikale pestañeó una sola vez ante su arrogancia antes de decir:
—¿No preferiría estar con un hombre que la trate como la joya que es?
¿Que la proteja para que no tenga que hacerlo usted misma?
Scarlett soltó una risa falsa.
—Preferiría estar con un hombre que sepa que no necesito que me
protejan. No soy una joya valiosa que tenga que quedarse en un cofre y a la
que haya que exhibir únicamente en galas y eventos. Buscaría a alguien que
no me mantuviese encerrada en una jaula.
Mikale soltó una risita:
—Sabe que ese privilegio no será una opción cuando se convierta en una
dama de la corte, ¿verdad? Quizá debería haberlo considerado antes de
decidir convertirse en una.
Scarlett podía ver a Tava y a Drake por el rabillo del ojo. Drake tenía los
labios apretados e intentaba fingir que se estaba ajustando el cinturón en el
que llevaba la espada. Tava tenía los brazos cruzados y la cabeza ladeada
mientras contemplaba la conversación. Contuvo la respiración al escuchar
las palabras de Mikale y esperó para ver si Scarlett cedía ante la rabia que le
revolvía las entrañas. Sentía frío y calor al mismo tiempo, y era como si
ambas sensaciones anhelasen ser liberadas.
—Sabe que esas cosas me importan una mierda, ¿no? —contestó al
mismo tiempo que una falsa dulzura le impregnaba la voz. Le costaba
tragarse la rabia.
A Cassius se le escapó un bufido de risa. Mikale le echó una mirada
fulminante.
—Te lo he advertido, Lairwood —dijo Cassius con tono glacial—. A no
ser que planees resolver esto en el cuadrilátero, te sugiero que lo dejes estar.
Puede que Scarlett viva aquí y la priven de su libertad, pero aun así todavía
puede hacerte sangrar de formas de lo más interesantes.
Los dos hombres se sostuvieron la mirada durante un buen rato.
Entonces Mikale se acercó a Scarlett y Cassius se puso tenso.
—Esto no ha acabado.
—Como siempre —contestó ella con frialdad.
—Por muy placentera que sea esta inesperada lucha de poder —dijo una
voz masculina que venía de la entrada—, lord Tyndell solicita la presencia
de sus hijos; además, tu carruaje ya está aquí, Lairwood.
Scarlett se volvió para ver a un hombre apoyado contra la pared cercana
a la entrada del edificio. No se había percatado de que hubiese alguien más.
¿Cuándo había llegado? ¿La había visto pelear?
Era alto, más que cualquiera de los hombres de la sala, con músculos
anchos en…, bueno, en todas partes. Vestía una guerrera azul y gris con el
escudo dorado de Windonelle bordado. Era por tanto un miembro de las
tropas reales, y uno de rango alto si campaba a sus anchas por la finca
Tyndell. Tenía los ojos dorados clavados en ella, incluso aunque se
estuviese dirigiendo a las otras personas que estaban en la sala, la cabeza
algo ladeada, como si estuviese perplejo, y un mechón de pelo oscuro que le
bajaba por la frente. ¿Lo había visto por la mansión antes? Pensó que le
sonaba haberlo visto en algún sitio, aunque no estaba segura de dónde. Era
muy posible que se lo hubiese cruzado por allí. Mucha gente iba y venía de
casa del lord. No se molestaba en averiguar quiénes eran. Madre mía,
apenas recordaba los seis primeros meses que había pasado allí.
—¿Scarlett, vienes? —preguntó Tava al darse la vuelta para abandonar
la sala.
—Tengo que hablar con Cassius un momento —contestó. Le sostuvo la
mirada al hombre que había hablado, que seguía sin apartar la vista—. Él
me acompañará.
Tava asintió y se dio la vuelta para marcharse con Drake. Mikale empezó
a seguirlos. Volvió la vista por encima del hombro y dijo:
—Hasta la próxima, mi amor.
—Salude al príncipe Callan de mi parte —replicó Scarlett, y entornó los
ojos cuando se topó con su oscura mirada—. Claro que entonces tendría que
explicarle de qué me conoce. —Mikale se paró en seco y la fulminó con la
mirada. La respuesta de Scarlett fue sonreír con una dulzura envenenada.
—Cuidado, milady —respondió Mikale en voz baja y con un tono
amenazante—. Alguien dio con su madre. Sería una pena que otros
sufriesen el mismo destino, aunque supongo que eso ya ha ocurrido,
¿verdad?
—Preocúpate de con quién te codeas tú, Lairwood —gruñó Cassius, y se
puso delante de Scarlett.
Mikale se limitó a poner cara de desdén y empujó a Drake y a Tava al
salir del barracón de entrenamiento.
Cuando Drake y Tava se hubieron marchado, Scarlett volvió a dirigirse a
Cassius.
—¿Lo de sugerirme rechazar el encargo iba en serio teniendo en cuenta
la recompensa?
—Calla, Scarlett. No estamos solos —respondió Cassius mirando
fijamente por encima del hombro de Scarlett.
Esta se giró rápidamente y descubrió que el hombre seguía apoyado
contra la pared y la observaba.
—¿Necesita algo? —gruñó. El hombre alzó las cejas cuando se dirigió a
él. Scarlett escuchó cómo Cassius la llamaba a modo de advertencia; aun
así, ella se cruzó de brazos y le lanzó una mirada asesina al hombre—.
¿Sabe hablar? ¿O necesita un incentivo para hacerlo?
Una sonrisa pequeña y divertida levantó las comisuras de los labios del
hombre.
—Eso depende de qué clase de incentivo me esté ofreciendo, milady.
Scarlett frunció los labios y lo miró con una expresión fría y poco
impresionada.
—Puede que lo parezca, pero no soy una dama.
—Lo he supuesto por la manera en la que maneja la espada —contestó
él. Tenía un ligero acento que era incapaz de identificar. Scarlett había
estado en los tres reinos en más de una ocasión, pero no parecía ser propio
de ninguno de ellos. La miró de arriba abajo y después añadió—: Y más
con un vestido.
—No sé por qué tengo que seguir explicándole esto a la gente hoy en
día, pero le sorprendería la de cosas que se pueden hacer con un vestido —
respondió Scarlett con indiferencia.
—Tendré que confiar en su palabra…, milady —contestó. Tenía un
suave brillo en la mirada al observarla.
—Cassius, ¿quién es este imbécil? —espetó ella.
Cassius soltó un suspiro de exasperación en voz alta.
—Es el capitán Renwell. Entrena a una de las unidades de las tropas del
lord.
«¿Las entrena? Interesante.»
—Veo la admiración en sus ojos —bromeó el capitán.
—¿Admiración? —contestó ella con una ceja levantada—. Creo que se
equivoca, capitán.
—Eso sería algo excepcional. —Su sonrisa divertida se ensanchó al
darse cuenta de la expresión un tanto confusa de Scarlett—. Casi nunca me
equivoco.
Lo miró con los ojos entornados.
—Bueno, pues esta vez se ha equivocado, ya que lo que vislumbraba no
era admiración, sino desconcierto.
—¿Desconcierto?
—Sí, desconcierto al pensar en cómo alguien que parece ser capaz
únicamente de sostener una pared se encargue de entrenar a una unidad de
las tropas de lord Tyndell.
—¿Le gustaría que le hiciese una demostración de qué otras cosas puedo
hacer? Me encantaría compartir algunos de mis secretos con usted. —El
brillo de diversión que tenía en los ojos pareció intensificarse.
—¿Le gustaría que le tirase una daga a la cara?
—Scarlett —siseó Cassius—. Ostenta un rango muy alto y es un…
—La reto a hacerlo. —El capitán esbozó una sonrisa de superioridad.
—Mierda —masculló Cassius.
Antes de que la palabra hubiese abandonado sus labios, Scarlett había
desenvainado una daga que llevaba atada al muslo, debajo del vestido, y se
la había lanzado a ese imbécil sonriente a la cara.
Y él la cogió al vuelo. Por la empuñadura. Simplemente se apartó y la
cogió antes de que se clavase en la pared, a un centímetro de su oreja.
Scarlett se quedó anonadada.
—Como iba diciendo —prosiguió Cassius. Scarlett era capaz de
escuchar cómo sonreía—. Ostenta un rango muy alto y es un soldado muy
diestro.
El capitán Renwell cruzó la sala y se detuvo a unos centímetros de ella.
Cuando le tendió la daga, se acercó y susurró:
—¿Siente ahora admiración, milady?
El enfado se apoderó de ella y, sin previo aviso, se giró e intentó darle
una patada en el estómago. Pero él le cogió el tobillo y Cassius tuvo que
sujetarla por el codo para que no se cayese al suelo.
La sonrisa de superioridad de aquel engreído la había sacado de sus
casillas.
—Suélteme —dijo en un susurro tranquilo pero amenazante.
—¿Y arriesgarme a que vuelva a atacarme? Creo que no.
Se puso roja de ira y, mientras consideraba cuál sería el mejor
movimiento para zafarse de su agarre, el hombre puso los ojos como platos.
Le soltó el tobillo y se alejó de ella. Su rostro pasó de la diversión a la
confusión mientras volvía a observarla con aquella expresión de curiosidad.
Cassius se aclaró la garganta.
—Hoy estás de un humor… interesante, Renwell.
Renwell apartó la vista lentamente de ella, como si le resultase casi
imposible, y miró a Cassius.
—Es lo que pasa cuando una señorita te lanza una daga a la cara.
—Vuelva a llamarme así y descubrirá lo poco que tengo de señorita —
siseó ella.
—No me tiente —contestó él al mismo tiempo que ese tenue brillo
regresaba a sus ojos.
Antes de que pudiese evitarlo, a Scarlett se le escapó:
—¿Cómo ha conseguido atraparla?
Él alzó las cejas con sorpresa.
—¿Así que sí era admiración? ¿La he impresionado?
—Apenas —mintió ella.
Había sido impresionante. Scarlett poseía un entrenamiento exhaustivo
para luchar contra varias clases de enemigos. De ahí que se ocupase de los
negocios sucios del rey cuando se los encomendaban. Pocos eran capaces
de vencerla, pero ¿este hombre? Él podría hacerlo con facilidad.
Con demasiada facilidad.
Por los dioses. Pues sí que estaba verde.
—Mentirosa —susurró él.
Scarlett le sacó la lengua.
El capitán soltó una risa de indignación.
—Se supone que una señorita debería tener modales en lo referente a su
lengua.
—Mi lengua no es asunto suyo.
—¿Y si quisiera que lo fuese?
Scarlett se quedó boquiabierta ante aquella muestra de arrogancia. A su
lado, Cassius tosió en un intento de disimular la risa y Scarlett se volvió
hacia él.
—¿Qué? —exigió saber.
—Creo que nunca había visto a alguien dejarte sin palabras, hermanita
—dijo con una sonrisa torcida.
Scarlett le sacó el dedo y volvió a dirigirse hacia el capitán.
—Pelee conmigo —le pidió. Él levantó las cejas, sorprendido una vez
más, mientras iba alternando la mirada entre ella y Cassius—. Él no es mi
niñera —dijo con un tono de voz letal.
—¿Entonces a él no le importa lo que haga usted con su lengua?
Ay, iba a disfrutar ese pequeño combate lo que no estaba en los escritos.
Cassius se aclaró la garganta y respondió:
—No, Renwell, entre nosotros no hay nada de eso.
El capitán volvió a mirar a Scarlett y señaló el cuadrilátero con la
barbilla.
Scarlett lo siguió y Cassius se hizo a un lado. Los ojos dorados del
capitán la observaron mientras entraba en el cuadrilátero y ella le aguantó la
mirada. Él sujetaba la espada al costado. Era preciosa, con empuñadura de
plata y el pomo con forma de alguna clase de estrella con unas joyas
pequeñas que brillaban a su alrededor. Tenía la hoja tan oscura que era
prácticamente negra. Scarlett nunca había visto una espada así.
—Su juego de pies es sorprendente —dijo el capitán al mismo tiempo
que se ponía en guardia.
—Lo sé —contestó Scarlett, y levantó la espada.
Él soltó una risita.
—¿Lista entonces, milady?
Scarlett ni se molestó en responder, sino que arremetió y lanzó el primer
golpe con la furia que le vibraba en las venas después de la conversación
con Mikale y luego con el capitán.
El primer golpe fue el único movimiento ofensivo que Renwell le
permitió hacer. Lo esquivó con facilidad y después fue él quien le asestó un
golpe tras otro. Hay que reconocer que Scarlett pudo pararlos, aunque a
duras penas. Él se movía muy rápido. Scarlett era incapaz de entender cómo
lo hacía; además, Nuri tampoco estaba del todo equivocada. Era imposible
olvidarse de sus habilidades por completo; sin embargo, estas podían
empeorar si no practicaba a menudo. Llevaba mucho tiempo sin entrenar de
verdad. No se lo permitían, y nadie había peleado así contra ella…
Renwell la tiró al suelo y Scarlett se quedó boca arriba con una espada
contra la garganta.
—Entréneme —jadeó mientras intentaba acompasar su respiración; su
pecho subía y bajaba con rapidez. Era la primera vez en casi un año que
sentía que estaba viva. Era la primera vez en todo ese tiempo que quería
entrenar. Por lo menos, eso la distraería de lo monótonos que se habían
vuelto sus días y volvería a ponerse en forma para el encargo.
—No —contestó el capitán envainando la espada y tendiéndole una
mano para ayudarla a levantarse. Las bromas y la diversión habían
desaparecido. Ahora su semblante estaba repleto de líneas duras y una
mirada severa.
Scarlett dejó que tirase de ella para ponerla en pie.
—¿Por qué? —exigió saber.
—Su estilo de combate es demasiado distinto al haber sido entrenada por
asesinos y ladrones. Tendría que deshacerse de sus costumbres y aprender
otras nuevas. Sería un fastidio y una pérdida de tiempo —dijo sin más, y se
dio la vuelta para salir del cuadrilátero.
¿Cómo era posible que supiese quién le había enseñado?
—Entonces, volvamos a pelear —contestó Scarlett mientras se dirigía a
la pared de las armas—. Permítame escoger una espada distinta. Si gana, no
volveré a pedirle que me entrene. Si gano yo, me entrenará dos veces por
semana.
El capitán se dio la vuelta y pareció observarla, pero no de la misma
forma que Mikale. Se quedó mirándola a los ojos. Se le hincharon las fosas
nasales y dijo lentamente:
—No suelo atender peticiones semejantes que provienen de quienes se
creen mejores de lo que son. —Scarlett apretó los puños a los costados y se
contuvo. El capitán pareció echar un vistazo a sus manos antes de decir
como si estuviese aburrido—: Escoja un arma. —Se volvió de nuevo hacia
el cuadrilátero.
Scarlett fue hasta la pared de las armas y cogió su espada favorita.
Estaba perfectamente equilibrada. La empuñadura encajaba en su palma a la
perfección, apoyada contra los merecidos callos tras pasarse años
entrenando con ladrones y asesinos, como había afirmado el capitán. Había
blandido esa espada muchas veces. Sentía como si fuese una extensión de sí
misma.
—Scarlett —advirtió Cassius en voz baja a su lado—. Ten cuidado.
Ella se tensó.
—Puedo derrotarlo, Cass.
—Estoy seguro de que quizás puedas hacerlo, pero…
—Estoy bien. —Scarlett alargó el brazo, sacó una daga que Cassius
llevaba envainada al costado y le pasó la espada. A continuación, se dio la
vuelta y, con la mirada clavada en el capitán, se cogió un lateral del vestido
e hizo un corte largo hacia arriba en uno de los lados y después en el otro.
Podía derrotarlo, pero eso no sucedería si tenía que preocuparse de que
esa puñetera falda no le dificultase los movimientos.
Recuperó la espada y le tiró la daga a Cassius tras acercarse
sinuosamente hacia el centro del cuadrilátero. Se puso en guardia. En el
primer combate se había contenido. Siempre lo hacía cuando combatía
contra quienes desconocían dónde se había criado. Esta vez sería distinto.
—¿Desea recolocarse el pelo antes, milady? —preguntó Ryker de forma
engreída al reparar en la trenza suelta que casi se le había deshecho.
Scarlett tiró de la goma que llevaba en el extremo del pelo y se deshizo
de ella.
—No pienso volver a repetirlo: no soy una dama.
Y arremetió.
Esta vez, apenas se contuvo al pelear contra el capitán. El cabello
plateado volaba a su alrededor como una ola conforme esquivaba, giraba y
paraba cada uno de sus golpes. Trató de analizar todos sus movimientos,
pero el capitán era rápido. Rápido como tan solo lo eran unos pocos de la
Comunidad. Igual de rápido que ella.
Impresionante.
Scarlett paró un golpe y se mantuvo firme a pesar de la fuerza de
Renwell.
La sorpresa y la curiosidad parpadearon en los ojos dorados del capitán
mientras ella hacía acopio de todas fuerzas y lo obligaba a retroceder. Ahora
entendía por qué entrenaba a las tropas reales. Su destreza era impecable.
Hacía movimientos precisos y controlados que provenían de años y años de
práctica y entrenamiento. ¿Dónde había entrenado?
A medida que se movían por el cuadrilátero, Scarlett se sumergió en ese
pozo de ira contenida. Ese lugar del que extraía fuerza y capacidad de
concentración, perfeccionado después de años de despiadado
entrenamiento. Era una ira que solo dejaba salir cuando era necesario. La
canalizó en cada uno de sus movimientos, estocadas y golpes. Algunos
pensaban que necesitaba dominarla. Otros disfrutaban cuando Scarlett le
daba rienda suelta.
Escuchó a Cassius gruñir su nombre a modo de advertencia. Era
demasiado. Se estaba dejando llevar demasiado. Cassius se había dado
cuenta. Apretó los dientes, molesta de que la hubiese distraído.
Y pagó cara esa distracción.
Vislumbró la sonrisa burlona del capitán justo antes de que le arrebatase
la espada de la mano.
—Por muy divertido que haya sido, tengo otros asuntos que atender —se
mofó él.
Renwell blandió la espada con la pretensión de ponerle la punta contra la
garganta para dar por finalizado el combate, pero Scarlett le dedicó una
sonrisa perversa. Vio como el estupor le atravesaba el semblante al
adelantarse. El capitán echó el brazo hacia atrás para evitar hacerle un corte
con la hoja. Scarlett pasó por debajo de ese brazo con más rapidez de la que
ataca un áspid, se dio la vuelta y le propinó una patada justo en la parte
trasera de la pierna. El capitán soltó una palabrota al mismo tiempo que
recobraba el equilibrio. Antes de que pudiese enderezarse del todo, Scarlett
le asestó un puñetazo en el costado. Levantó la otra mano para darle en la
cara, pero él le sujetó la muñeca.
—Todavía no hemos terminado —murmuró Scarlett.
No iba a dejar que se le notase, pero se estaba cansando y él era
condenadamente fuerte. Forcejeó, pero fue incapaz de soltarse. Levantó la
otra mano para empujarlo, pero él se apoderó de su otra muñeca. Hacía
mucho que habían salido del cuadrilátero en sí y estaban casi en la otra
punta de la sala.
El capitán la obligó a retroceder cada vez más, sin dejar de sujetarle las
muñecas. Scarlett no tenía nada que hacer contra su fuerza bruta. Pese a
todo lo que había entrenado, él era más grande y más fuerte. Notó que su
espalda chocaba contra la pared y el capitán la empujó contra ella. Cassius
estaba supervisando la situación, aunque no iba a interferir a no ser que ella
se lo indicase.
Scarlett volvió a forcejear y, casi como si él la estuviese dejando, le
acercó el puño un poco más a la cara. Renwell tenía la mirada clavada en la
mano derecha de Scarlett, donde brillaba un anillo.
—¿De dónde lo ha sacado? —susurró, apenas más que un suspiro.
—Pertenecía a mi madre —contestó ella apretando los dientes. Le
fallaban las fuerzas.
El anillo poseía un blasón con un búho sobre una llama dorada, ambos
engastados en un zafiro. Su madre se lo había regalado la noche en que fue
cruelmente asesinada por Dracon. Scarlett aún recordaba su expresión y las
lágrimas que le brillaban en los ojos cuando se lo dio, como si supiera que
sería la última vez que la vería.
El capitán le puso un brazo en el codo para estabilizarla tras soltarle las
muñecas. Ella se tambaleó un poco, incapaz de ocultar la sorpresa y la
confusión por el repentino final de la pelea. No sabía qué decirle.
Él la observó un poco más y después se inclinó hacia ella. Su aliento
contra el oído de Scarlett era cálido mientras susurraba con un suspiro
imperceptible:
—Usted gana, milady. La avisaré de cuándo será el primer
entrenamiento.
Scarlett no pudo hacer nada más que quedarse ahí plantada,
desconcertada y en silencio mientras el capitán se daba la vuelta, recogía su
arma del suelo y abandonaba la sala de entrenamiento sin mediar palabra.
—¿A qué narices ha venido eso? —preguntó Cassius recortando la
distancia entre ambos.
—No tengo ni idea —respondió Scarlett, y siguió mirando la puerta por
la que el capitán había desaparecido.
—¿De verdad vas a entrenar con él?
Al final, apartó la vista y se topó con los ojos marrones de Cassius.
—Por supuesto que sí. Estoy la mar de intrigada.
—Es muy estricto, Scarlett. El entrenamiento no será agradable —le
advirtió.
—Entonces será como en los viejos tiempos.
—¿De verdad vas a hacerlo? ¿En serio vas a aceptar el encargo y volver
a trabajar con el líder de los asesinos? Sabes que esto no será lo único que
te va a pedir, ¿no? Es demasiado fácil. Es demasiado simple.
Scarlett sabía de sobra los juegos a los que al líder de los asesinos le
gustaba jugar.
Inspiró profundamente.
—Sí, Cassius, y cuando todo haya terminado, pienso desaparecer.
capítulo 3
Scarlett

s carlett se despertó cuando alguien llamó a su puerta. Echó un vistazo


al frágil reloj de la mesita de noche. Las cinco de la mañana. ¿Quién
llamaba a su puerta a esa maldita hora?
—¿Señorita Monrhoe? —preguntó una criada.
—¿Sí? —contestó Scarlett medio grogui.
—Ha llegado un mensaje para usted de parte del capitán Renwell.
—¿Y era necesario que me lo entregases antes de que amaneciese? —
preguntó Scarlett con un fuerte tono de irritación.
—Discúlpeme, señorita, pero fue el capitán Renwell quien lo trajo y
exigió que se lo entregasen de inmediato.
Scarlett se incorporó al escucharlo. ¿El capitán ya había estado allí
aquella mañana? No estaría pensando en hacer el entrenamiento a esas
horas, ¿no? Cogió una bata de seda que estaba sobre una silla y abrió la
puerta mientras se la ponía sobre el camisón, también de seda.
—¿Sigue aquí? —exigió saber ella.
La criada asintió con la cabeza.
—Sí, pero solo hasta que vuelva para comunicarle que le he entregado el
mensaje; después partirá con lord Drake.
—¿Y de qué se trata? —preguntó Scarlett, y se cruzó de brazos. El muy
cabrón estaba jugando con ella y estaba tratando de establecer dominancia o
cualquier otra sandez masculina.
—La verá a las nueve de la noche.
Después de haberle entregado el mensaje, la criada se dio la vuelta para
marcharse, pero Scarlett la detuvo.
—Yo me encargaré de responderle a Ryker —anunció furiosa.
Cassius le dijo su nombre de pila el día anterior después de que el
capitán se hubiese marchado, cuando la acompañó de vuelta a casa. Scarlett
era perfectamente capaz de seguirle el juego.
Cruzó el pasillo y bajó las escaleras con elegancia mientras la criada la
perseguía, diciéndole que no era apropiado recibir a un hombre en camisón.
A Scarlett no le importaba lo más mínimo. Se detuvo a unos peldaños de la
base de la escalera con los brazos en jarras. Ryker estaba de pie en el
vestíbulo de la mansión. Se le abrieron los ojos dorados de par en par al
contemplarla vestida con un camisón que ni siquiera le llegaba hasta las
rodillas, con el pelo largo, que casi le tocaba el ombligo, suelto sobre los
hombros y descalza.
—He recibido el mensaje, capitán Renwell —declaró alargando las
palabras—. He de insistir en que nos veamos a las ocho en lugar de a las
nueve de la noche.
—Esto es de lo más inapropiado —contestó Ryker mirándola a los ojos
y nada más que a los ojos.
Scarlett esbozó una sonrisa de satisfacción y se llevó la mano al corazón
con dramatismo.
—Tiene razón. Exigir que un mensaje sea entregado a una hora tan
intempestiva es de lo más inapropiado. Sin embargo, aquí estamos, así que
pensé en devolverle el puñetero favor.
Ryker la fulminó con la mirada y Scarlett vio la violencia que bailaba en
sus ojos. También vislumbró la promesa de un entrenamiento despiadado en
el futuro. Se estremeció para sus adentros, pero no permitió que eso se
reflejase en su semblante al devolverle la mirada asesina. Escuchó unos
pasos que provenían de las cocinas al fondo del pasillo, y Drake apareció al
doblar la esquina. Paró en seco al ver a Scarlett y a Ryker, miró al uno y al
otro y, a continuación, una sonrisa sarcástica se le extendió por el rostro.
—Buenos días, Scarlett —dijo—. Ha madrugado mucho más que de
costumbre.
—Sí. Al parecer, teníamos que hablar de la programación —contestó con
dulzura—. Y estaba comentándole a Ryker que necesitaba cambiar la hora
del entrenamiento, ya que la que él exigía me parecía demasiado tarde.
La comprensión atravesó el rostro de Drake y se volvió hacia Ryker.
—Es cierto. La señorita Scarlett padece una enfermedad que la obliga a
tomarse un tónico cada noche a la misma hora. Si te está diciendo que la
hora que has fijado es demasiado tarde, entonces, por su salud, lo es.
La veracidad de la cuestión parecía haber pillado a Ryker algo
desprevenido. Le lanzó una mirada un tanto inquisitiva a Scarlett, a la que
ella respondió con un leve asentimiento de cabeza. No le gustaba hablar de
su enfermedad. Y mucho menos que alguien pudiese averiguar de qué se
trataba. Ni siquiera los curanderos más diestros del reino sabían qué la
aquejaba, tan solo qué podía alejar a los hechizos. Llevaba tomándose un
tónico cada noche antes de irse a dormir desde que tenía uso de razón.
Todavía recordaba a su madre mezclar hierbas y líquidos para ella todas las
noches. Cuando su madre falleció, Sybil, la Alta Curandera que la sucedió,
asumió la tarea y siguió entregándoselo cada noche en la mansión.
Escuchó otra voz familiar que venía de las cocinas y se inclinó por la
barandilla para ver a Cassius atravesando el pasillo.
—¿Estoy escuchando a mi hermanita antes de que haya amanecido?
Debe de estar pasando algo muy emocionante en la ciudad —bromeó
mientras le pasaba un pastelito de naranja al detenerse junto a la barandilla.
Scarlett apoyó la barbilla en la mano y se inclinó sobre la barandilla para
coger el pastelito. Seguía caliente, recién salido del horno. Respiró hondo
antes de responder con dulzura:
—En absoluto. Simplemente me he enterado de que mi persona favorita
de todo el reino seguía aquí y no he podido resistir las ganas de verlo por
segunda vez en dos días. No tenía ni idea de que además me traería el
desayuno.
Cassius soltó una risita y la luz inundó sus ojos castaños.
—Cuidado, hermanita —dijo—. Mikale está en las cocinas y podría
escucharte.
Scarlett frunció el ceño y le dio un bocado al pastelito.
—Entonces puede que tenga que hablar un poco más alto sobre lo que
siento por él —dijo mientras masticaba.
Drake se aclaró la garganta.
—Scarlett, aunque a estas alturas sin duda estamos acostumbrados y ya
no nos impresiona tu indiferencia por el decoro en la mayoría de las
situaciones, mi padre está con él.
Scarlett entendió la advertencia. A lord Tyndell no le haría gracia verla
de pie en las escaleras, vestida con poco más que un camisón y conversando
con varios hombres. Tenía bastante paciencia en lo referente a la aversión
de Scarlett por el firme recato que ahora se le exigía, e incluso le divertía;
no obstante, Scarlett no quería ofenderlo deliberadamente. No cuando lord
Tyndell podía hacerle la vida imposible si así lo deseaba.
Scarlett alargó el brazo por encima de la barandilla con una sonrisa para
arrebatarle a Cassius un segundo pastelito de la mano y dijo:
—Disfrutad del día, chicos. Estoy muy segura de que el rato que pase
leyendo al sol será mucho más interesante que cualquier cosa que hagáis
vosotros.
Cuando se dio la vuelta y empezó a subir las escaleras para volver a sus
aposentos, Ryker la llamó:
—Señorita Monrhoe.
Ella giró la cabeza para mirar hacia atrás y lo miró entornando los ojos,
pero el capitán no le devolvió la mirada de odio. En vez de eso, sus ojos
dorados parecían haberse suavizado un poco. Es compasión, se percató. La
compasión que inevitablemente venía de la mano cuando alguien se
enteraba de su enfermedad crónica. Tuvo que esforzarse para que no se le
notase la frustración en el rostro.
—La veré a las siete si le viene mejor —prosiguió.
—A las ocho me viene bien. —Fue lo único que Scarlett logró decir, ya
que escuchó unas voces que salían de las cocinas. Drake le lanzó una
mirada de advertencia y ella subió las escaleras a toda velocidad.
Se escabulló dentro de su cuarto y apoyó la cabeza contra la puerta
cerrada. Era una habitación grande, que contaba con un vestidor y su propio
baño con una bañera gigantesca y agua corriente, un lujo que siempre
agradecía.
Estaba muy dispuesta a volver a meterse dentro de su enorme cama con
dosel y dormir por lo menos tres horas más; sin embargo, todos esos
pensamientos se esfumaron de su mente al ver el objeto que descansaba
sobre la almohada.
Una rosa roja envuelta en un trozo de papel y atada con un lazo negro. El
líder de los asesinos le había mandado los detalles del encargo.
Scarlett se ciñó la bata con más fuerza y se dirigió hacia la cama
despacio. No sabía qué esperar de ese encargo. El líder de los asesinos
llevaba meses intentando que regresase a la Comunidad, pero ella se había
negado en redondo. Después de todo, Scarlett estaba viviendo en la
mansión Tyndell por su culpa. Él le había dicho lo que tenía que hacer para
volver a la Comunidad, y era algo a lo que Scarlett nunca accedería.
El hombre prácticamente la crio después de que su madre fuera
asesinada de forma cruel. Supervisó el entrenamiento de Scarlett, Nuri y
alguien más en persona. Las tres se convirtieron en sus armas más letales y
en sus bienes más preciados. La obligó a mudarse allí como castigo por
desobedecerlo. El líder de los asesinos no se esperaba que fuese a resistir
tanto. Pensó que, para entonces, Scarlett ya habría vuelto arrastrándose.
Pensó que, para entonces, Scarlett ya se habría quebrado.
Se equivocaba.
Scarlett cogió la rosa con cautela y tiró de la cinta de seda negra para
deshacer el cuidadoso lazo. Lo dejó caer sobre el colchón y colocó la rosa
en la mesita de noche. Desenrolló el papel. Era una nota de su propio puño
y letra. Scarlett reconocería esa letra apretujada en cualquier parte.

Mi queridísima Dama de la Oscuridad…


Te echo de menos. Termina este
encargo y vuelve a casa.
Al lugar que perteneces.
Se hundió en la cama al leer el nombre de la persona que se interponía
entre ella y el castigo que llevaba años queriendo imponer. Leyó el nombre
una y otra vez. No sabía quién era. No sabía cómo iba a dar con esa
persona. Lo único que sabía era que llevaría a cabo el encargo y se tomaría
su tiempo con la persona responsable de la muerte de su madre.
Scarlett llegó al barracón de entrenamiento a las ocho en punto de esa
misma tarde. Ryker ya estaba esperándola, afilando la espada negra. Ni
siquiera levantó la vista al gruñir:
—Escoge una espada.
Scarlett se encaminó hacia la pared, descolgó su espada favorita del
muro de armas y disfrutó de la sensación de tenerla en la mano. Se había
pasado la mayor parte del día en la habitación, planeando cómo llevar a
cabo el encargo y pensando en cómo rastrear a su objetivo. Por lo general,
necesitaba saber el motivo por el que esa persona se había convertido en un
objetivo. Solían proporcionarle esa información. Nunca le había parecido
bien asesinar a alguien sin saber el porqué. Necesitaba un motivo. No
siempre estaba de acuerdo con él, pero al menos lo sabía. El líder de los
asesinos era consciente, lo que significaba que el no habérselo dicho era una
prueba.
Y no estaba segura de cómo sentirse al respecto.
Bueno, eso era mentira. Sabía exactamente lo que sentía. La cabreaba.
Otra persona más jugando a un puñetero juego con su vida.
—Siento haberte arruinado los planes para esta tarde al tener que
adelantar el entrenamiento —dijo con una dulzura falsa mientras se
envainaba la espalda al cinturón que llevaba con unos pantalones ajustados
y una blusa.
—No empecemos el entrenamiento mintiendo. No lo sientes en absoluto
—resopló Ryker, y por fin levantó la vista para mirarla—. De todos modos,
puesto que es por motivos de salud y no por tu arrogancia, estoy dispuesto a
adaptarme.
Ryker se levantó y se dirigió al centro del cuadrilátero. Scarlett lo siguió
a paso ligero.
—Oye —dijo tras colocarse frente a él y mirarlo a la cara. El capitán
tenía unas facciones frías y el rostro repleto de líneas de expresión. Era por
lo menos seis centímetros más alto que ella, y enseñó los dientes como un
condenado animal al tenerla delante—. Mi enfermedad no es un lastre ni me
entorpece o debilita, así que no me trates como a una frágil criatura.
La miró a los ojos. Ella le devolvió la mirada asesina.
—Vale —gruñó por fin—. Enséñame cómo sujetas la espada.
—¿En serio? ¿Vamos a empezar por lo básico? —preguntó Scarlett sin
esforzarse por disimular el enfado.
—Te dije que habría que deshacerse de tus hábitos. Yo entreno a
soldados para la batalla, no a ladrones, asesinos y mercenarios. Es un
entrenamiento distinto.
—¿Cómo sabes quién me entrenó?
Ryker le levantó el brazo para observarle la muñeca y la mano e ignoró
la pregunta.
—¿Siempre luchas con la zurda?
—No —contestó Scarlett—. Me obligaron a aprender con las dos. Solía
tener más fuerza en la mano derecha, así que mi entrenador me obligó a
usar únicamente la izquierda durante un año hasta igualarlas.
—Qué entrenador más inteligente —dijo Ryker—. Enséñame tu posición
en guardia, como si te estuvieses preparando para un ataque. —Scarlett
obedeció sin rechistar—. ¿No vas a hacer ningún comentario de listilla? —
se burló él.
—No soy una señorita estúpida y mimada —contestó Scarlett sin
cambiar de postura—. Está claro que eres alguien muy respetado y muy
diestro. Hace mucho que no me entrena alguien… con tanta destreza. No
seré tan tonta como para cabrearte y echar a perder la oportunidad que
tengo de entrenar. Al menos, no en la primera sesión.
—¿Por qué quieres que te entrene exactamente? Está claro que ya eres
bastante hábil —comentó Ryker tras hacer un ajuste mínimo al agarre de
Scarlett. Ella no estaba dispuesta a admitir que un cambio tan pequeño
había mejorado su agarre al instante—. Y no respondas con el comentario
sarcástico que le hiciste a Lairwood.
Scarlett se enderezó. Aquello la había pillado desprevenida. Pensaba que
irían allí, entrenarían, quizás se sacarían un poco de sus casillas y repetirían
lo mismo la próxima vez. Que se interesase por ella era algo peculiar que no
había pedido.
—¿Por qué te importa? —preguntó ella con curiosidad.
—Es extraño que… —Se detuvo y volvió a empezar—. La verdad es
que resulta extraño que una mujer esté versada en el manejo de armas, ¿no?
—Supongo que no es algo común entre las nobles, pero yo no
pertenezco a la nobleza. Creo que te sorprendería la cantidad de mujeres
que necesitan dominar las armas, sobre todo aquellas que no son lo
suficiente privilegiadas como para vivir en este barrio.
—No lo dudo; no obstante, tú sí que vives en este barrio.
—No siempre he vivido aquí y tampoco quiero quedarme —replicó
Scarlett. Este no era su hogar. Odiaba el decoro y a la mayoría de la gente.
Odiaba que tuviesen tanto y pareciesen obviar a quienes pasaban hambre en
las calles de los barrios pobres. Si su mundo no se hubiera desmoronado
hacía un año, ella ni siquiera estaría allí.
—¿Y a dónde te gustaría ir? —preguntó Ryker con tono sarcástico
cuando por fin se puso en guardia.
—A cualquier otra parte —contestó Scarlett al retomar la postura.
Ryker la observó durante un buen rato. Después arremetió. Y, durante las
siguientes dos horas, hizo que se cayese de culo, la ayudó a levantarse,
gruñó algo sobre sus habilidades y las cosas que tenía que cambiar y volvió
a atacar. Scarlett estaba jadeando cuando se apoyó contra la pared e inclinó
el odre para vaciar hasta la última gota. La sala de entrenamiento estaba
iluminada con luz tenue, ya que no querían llamar la atención. Solo había
dos quinqués encendidos, que arrojaban un brillo suave por la sala
conforme el sol se ponía en la noche estival. Ambos estaban empapados en
sudor, pero Scarlett no se atrevió a quedarse mirándolo, incluso aunque el
capitán fuese ridículamente atractivo. Podía admitirlo. Había visto
suficientes músculos bonitos y rostros apuestos cuando estaba en la
Comunidad; sin embargo, el atractivo de Ryker era distinto. Salvaje pero
uniforme. Con la arrogancia controlada de alguien que era consciente de la
destreza que poseía y no tenía que demostrarle nada a nadie.
—¿Fue Cassius quien te entrenó? —preguntó Ryker a su lado al beber de
su propio odre.
—Él se ocupó de gran parte de mi entrenamiento, sí —contestó Scarlett.
—Pero no de todo.
—No, ni por asomo.
Escuchó al capitán soltar un suspiro de frustración y, a continuación,
preguntó con los dientes apretados:
—Entonces, ¿quién más te ha entrenado?
Scarlett se volvió para ponerse frente a él y le contestó con una sonrisa
de satisfacción:
—Instructores. Maestros. Amigos.
—¿Así que fue la misma persona que entrenó a Cassius? —preguntó
Ryker despreocupadamente.
Scarlett arqueó una ceja.
—Cassius es miembro de las tropas reales. Lo entrenaron allí, al igual
que al resto de los soldados.
Ryker le lanzó una mirada de complicidad.
—He entrenado a cientos de guerreros —contestó de forma inexpresiva
—. No lo entrenaron primero como soldado. Es un luchador excepcional
precisamente por haber entrenado de distintas maneras, no solo como
soldado.
¿Cientos? No parecía ser mayor que Drake y Cassius. ¿Cómo era posible
que hubiese entrenado a cientos de soldados?
—¿Lo sabes solo por haber luchado contra él? —preguntó Scarlett con
curiosidad.
—¿Quién era tu madre? —preguntó Ryker de repente tras hacer oídos
sordos de nuevo a su pregunta.
Scarlett lo miró un tanto boquiabierta.
—No creo que eso sea de tu incumbencia —contestó. Ryker se limitó a
mirarla fijamente, pues estaba claro que esperaba que respondiese a la
pregunta de todos modos. Era evidente que estaba acostumbrado a que lo
obedeciesen sin rechistar—. ¿De dónde eres? —preguntó ella en su lugar,
cruzándose de brazos.
—Eso no es de tu… —Ryker se detuvo y soltó un suspiro exasperado.
Scarlett le dedicó una sonrisa de satisfacción.
—¿O sea que tú puedes hacerme preguntas personales, pero yo no puedo
preguntarte nada? Creo que esto que tenemos no debería funcionar así —
dijo con dulzura.
—No tenemos nada. Estás tú y luego estoy yo —gruñó él.
La irritación se plasmaba en cada arruga de su rostro y tenía los hombros
tensos a causa del enfado.
—Supongo que tienes razón —caviló Scarlett—. Los imbéciles
melancólicos y malhumorados no suelen ser mi tipo.
Ryker contestó con los dientes apretados:
—Si no quieres contestar preguntas sencillas, entonces sugiero que, al
acabar cada entrenamiento, cada uno le aporte algo de información de
forma voluntaria al otro. Sin que sea una pregunta para que no haya presión
por desvelar algo que ninguno queramos contar.
Scarlett parpadeó. ¿Quería hacer un trato? Una parte de ella se
preguntaba por qué se estaba interesando por ella siquiera, pero otra sentía
curiosidad sobre el pasado del capitán. Había algo en Ryker que la atraía,
que la intrigaba demasiado, y, sin pensarlo mucho, respondió:
—Vale. Tú primero.
Ryker se encogió de hombros.
—Llegué a Baylorin hace dos años y medio. Cuando conocí a Drake y
descubrió mis habilidades en el campo de batalla, convenció a su padre para
que los ayudase a entrenar a las tropas reales. Cuando lord Tyndell vio mi
talento, me reclutó para entrenar a un grupo de soldados de élite. Te toca.
—¿Qué clase de habilidades les enseñas a los soldados de élite? —
preguntó Scarlett.
—Sin preguntas, milady, a no ser que esté dispuesta a responder unas
cuantas —respondió Ryker con brusquedad.
Scarlett puso los ojos en blanco, pero contestó:
—Está bien. No he vivido siempre en este barrio. Vine a vivir con lord
Tyndell y su familia hace un año. Y, antes de que me preguntes dónde vivía
antes, no pienso hablar de ese tema.
Ryker se quedó observándola. Scarlett podía ver un montón de preguntas
arremolinándose en sus ojos dorados; aun así, no las formuló. En su lugar,
echó un vistazo a la habitación y dijo:
—Si de verdad quieres entrenar en condiciones, estoy dispuesto a
hacerlo, pero eso requiere más que blandir espadas en una sala un par de
tardes por semana. Puedes escoger la intensidad del entrenamiento.
—Sé lo que se necesita para entrenar en condiciones —espetó ella.
Apartó los recuerdos del entrenamiento en la Comunidad junto a sus
hermanas, que pasaron por los mismos métodos despiadados. Huesos rotos.
Moratones, cortes y aprender a luchar pese al dolor.
—Entonces sabes que no será placentero. —La violencia que centellaba
en sus ojos dorados despertó algo en lo más profundo del alma de Scarlett.
Algo que llevaba mucho tiempo sin sentir.
—¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Por qué te ofreces a entrenarme de esa
forma cuando te pasas la mayor parte del día entrenando a hombres?
Él se encogió ligeramente de hombros y dijo:
—Porque, de donde vengo, las mujeres combaten codo con codo con los
hombres en el campo de batalla. Porque esos hombres de las tropas reales
no son más diestros que tú. Probablemente serías capaz de vencer a la
mayoría de los que no pertenecen al grupo de élite al que entreno. Porque te
mereces tener la opción de escoger algo distinto si eso es lo que deseas.
Scarlett se quedó callada un momento. Una opción. Algo que casi nunca
le concedían. Parecía como si todo lo referente a su vida se decidiese con
base en las elecciones de otra persona. Con base en el plan de otra persona.
Así que, cuando quiso darse cuenta, estaba respondiendo:
—Sí. Me encantaría. —No porque quisiese recabar información del
capitán, sino porque de verdad quería tomar esa decisión por sí misma.
Ryker se limitó a dedicarle una sonrisita sarcástica y salvaje y a decir:
—Acuérdate de tu respuesta cuando quedemos para correr al amanecer.
capítulo 4
Scarlett

q uedaba poco para que amaneciese cuando Scarlett trepó por los muros
del recinto de la mansión. No era la primera vez que salía o entraba a
hurtadillas, y tampoco sería la última. La entrenaron para pasar
desapercibida, ser sigilosa y, sobre todo, para matar. Aunque Nuri siempre
fue la más sigilosa.
Nuri Halloway pertenecía a otra clase de nobleza. Era la hija adoptiva
del líder de los asesinos. Se topó con ella cuando tenía cuatro años y era una
huérfana que vivía en las calles, al igual que Cassius. La cogió en brazos y
se la llevó a casa. No era su hija de sangre, sino por elección. La entrenaron
como asesina de élite con Scarlett. Les enseñaron a moverse por las
sombras con tanto sigilo que no se las veía salvo que ellas quisieran. Sin
embargo, su don para pasar desapercibida fue lo que le otorgó el nombre de
la Sombra de la Muerte. Nuri acechaba a cada uno de los objetivos de su
padre, e incluso a algunos de los objetivos de otros asesinos y ladrones de la
Comunidad. Si Nuri te vigilaba, lo más probable era que se aproximase tu
hora. La temían casi más que a los mismísimos asesinos, ya que nunca se
sabía cuándo la muerte iba a presentarse, lo único que se sabía era que
estaba al acecho. El temor se volvía más insoportable que la muerte en sí…,
salvo que Nuri fuese acompañada de sus dos hermanas. Cuando los
Espectros de la Muerte perseguían a un mismo objetivo, este siempre
acababa suplicando que lo mataran.
Muchos conocían el nombre de Nuri. Solo unos pocos sabían que ella
era la Sombra de la Muerte. Se mantenía en secreto, del mismo modo que
mucha de la información sobre el Sindicato Oscuro. Scarlett se había
relacionado con el líder de los asesinos casi a diario, pero nunca le llegó a
ver la cara ni tampoco ninguno de sus rasgos. Siempre llevaba una capucha
puesta, aunque sabía que él y su madre tenían una relación cercana.
Mientras él dirigía la Comunidad, su madre regentaba el recinto de los
curanderos en el Sindicato Oscuro.
Estaba el Sindicato, repleto de comerciantes y negocios que
prosperaban, y luego el Sindicato Oscuro, en el que abundaban
comerciantes y negocios mucho más turbios. Un reino propio y
autosuficiente. El Sindicato Oscuro contenía de todo, desde señores del
crimen y burdeles hasta ladrones y mercenarios. Scarlett desconocía el
motivo por el que su madre escogió montar su negocio en el barrio del
Sindicato Oscuro. Era la curandera más hábil del reino, puede que de todos
los reinos, y la gente venía de las tierras colindantes solo para verla. Solían
llamarla en mitad de la noche para que fuese a la Comunidad a asistir a
alguien que había regresado de una misión en la que algo había salido mal.
La Comunidad estaba justo frente al recinto, y los mensajeros iban y venían
constantemente entre ambos.
Cuando Scarlett cumplió seis años, su madre se la entregó al líder de los
asesinos para que «aprendiese a defenderse», y la hija de otra curandera de
su misma edad se unió a ella y a Nuri. Lo que salió de aquello fue la
creación de una pesadilla personificada. Las tres chicas estrecharon lazos
durante las cruentas horas de entrenamiento. Las tres aprendieron a quererse
en la oscuridad. Las tres crearon un vínculo fraternal. Se presionaban unas a
otras con más intensidad que cualquier otra persona, incluso que sus
entrenadores, y, sobre todo, eran leales entre sí.
Cuando asesinaron a la madre de Scarlett, corrió el rumor de que ella
también había muerto. Ese era el plan en un principio, según el asesino al
que había visto descuartizar a su madre. Cassius, como era lógico, fue el
primero en dar con ella. La metieron en la Comunidad a escondidas, donde
permaneció oculta durante siete años. Las chicas siguieron entrenando con
la misma intensidad y las mandaron a hacer misiones, y, como nadie
conocía la identidad de los Espectros de la Muerte, nadie sabía que, de
hecho, Scarlett estaba viva.
Sin embargo, desde que se mudó a la mansión Tyndell, parecía que
cuando más empleaba lo aprendido sobre el sigilo era para escabullirse de
vez en cuando e ir a hacer ejercicio con Nuri o asistir a diversas actividades
con Tava. Sus favoritas eran las fiestas junto al muelle, que duraban hasta
bien entrada la noche, llenas de bailes, comida y vino. Noches en las que
podía olvidarse del desastre en el que se había convertido su vida y
limitarse a existir durante unas pocas horas sin sentir el peso de su mundo
sobre los hombros.
Sonrió al acordarse de la última fiesta a la que había asistido en el
muelle. Fue la primera noche del verano en que hizo calor de verdad. Pasó
más tiempo frente al mar que en el local en sí. Aun así, bailó bastante; eso
sí, cuando Mikale dejó de estar encima de ella sin cesar. Drake acabó
logrando distraerlo el tiempo suficiente para que Scarlett se escapase hacia
el calor sofocante. Anduvo entre las olas que lamían la orilla. Un momento
de tranquilidad en mitad de… lo que sea que estuviese haciendo. Solía tener
un propósito en la vida. Aunque a veces fuera uno oscuro. ¿Y ahora qué?
—Es demasiado temprano como para estar en los jardines, ¿no crees? —
dijo una voz aterciopelada junto a ella.
—¡Maldita sea, Nuri! —siseó Scarlett, y se llevó la mano al corazón.
Puede que hubiese entrenado con ella, pero Nuri seguía siendo más sigilosa
y le encantaba adentrarse y salir de las sombras pese a lo mucho que le
molestaba eso al resto.
Nuri se rio en voz baja; sus pisadas por el sendero eran tan silenciosas
como las de Scarlett.
—¿Adónde vas tan temprano?
Scarlett echó un vistazo a su amiga por el rabillo del ojo. Llevaba el pelo
en una trenza que le bajaba por la espalda, las cimitarras en la cintura como
de costumbre y un arco en la espalda. Iba de negro de los pies a la cabeza y
con la capucha bajada. Parecía cansada, como si llevase toda la noche
despierta. Cabía la posibilidad de que así fuera. Seguro que había estado
acechando a alguien por un encargo.
—He quedado con Ryker.
Nuri levantó las cejas.
—¿Ryker? ¿Quién es ese?
—Es un capitán de las tropas reales —contestó Scarlett mientras movía
la mano para restarle importancia—. Entrena a un grupo de soldados de
élite. Nunca he visto a nadie luchar así, Nuri. Hizo que me cayese de culo
en menos de dos minutos. Le pedí que me enseñase.
—¿Y eso por qué? Aprendiste con uno de los hombres más letales del
reino.
—Su estilo de combate es distinto. No sé cómo explicarlo.
—¿Y eso hace que su entrenamiento sea mejor? —preguntó Nuri con
curiosidad.
—No —respondió Scarlett pensativa—. He dicho que su estilo de
combate es distinto, no necesariamente mejor. Siempre se puede mejorar.
Siempre se puede aprender.
—Porque cuando dejamos de mejorar y de aprender empezamos a morir.
Sí, lo sé —contestó Nuri terminando la frase. Era algo que la madre de
Scarlett solía decirles a menudo a las dos.
—Además, puede que me enseñe otras cosas —dijo Scarlett
encogiéndose de hombros.
—Bueno, estoy segura de que podría enseñarte un montón de cosas —
respondió Nuri con una sonrisa burlona.
—Déjalo —gruñó Scarlett, y le dio un empujón suave a su hermana con
el hombro. Nuri tan solo volvió a reírse en voz baja—. Ya sabes a lo que me
refiero. Como ya no puedo hablar con Callan, necesitamos otra forma de
recabar información.
—Podría funcionar —meditó Nuri. Después dijo con inocencia—: O
podríamos deshacernos de Mikale y de su maravillosa hermana mientras
duermen y así podrías retomar la relación con Callan.
—Hablando de deshacerse de alguien, por fin me ha mandado el encargo
—contestó Scarlett cambiando de tema.
Una expresión que Scarlett no fue del todo capaz de descifrar atravesó el
rostro de Nuri, pero desapareció al instante.
—¿De ahí viene el repentino interés por retomar el entrenamiento?
—Sí y no —contestó Scarlett—. Llevo más de un año sin entrenar.
Supuse que quizás debería desempolvar un poco mis habilidades antes de
averiguar quién demonios es el tío al que he de rastrear. Aunque es posible
que le hubiese pedido que me entrenase de todas formas.
—¿Tu objetivo es un fae? —preguntó Nuri con la vista al frente mientras
avanzaban por el sendero.
Pocos sabían cómo combatir y derrotar a los fae. De hecho, la mayor
parte de sus encargos eran fae y había un buen motivo para ello. Habitaban
en las tierras del norte y el sur del continente. Se dividían en cuatro cortes
gobernadas por dos hermanas. Una reinaba sobre las cortes del Fuego y del
Agua, al oeste, y la otra sobre las cortes del Viento y la Tierra, al este.
Fueron las reinas fae quienes se pusieron de parte de Avonleya en la Gran
Guerra a cambio de que las ayudasen a esclavizar a los mortales. Por amor a
su pueblo, el rey Deimas y la reina Esmeray se sacrificaron para lanzar dos
poderosos hechizos que les arrebataron la vida: uno para encerrar a los
habitantes de Avonleya en su continente y otro para conseguir que la magia
fuese inaccesible en los territorios mortales. Así, era mucho más sencillo
asesinar a los fae si se adentraban en el territorio de los humanos. Seguían
siendo más rápidos y fuertes y poseían sentidos primarios, pero, al privarles
del acceso a la magia, se podían matar si se disponía de las armas
adecuadas: hojas de piedra shira o flechas hechas con madera de fresno
negro. Ambas eran muy difíciles de obtener y sumamente caras. El reino se
dividió en los tres reinos mortales que existían en la actualidad.
—No sé si es o no es un fae. Nunca había escuchado ese nombre.
Tampoco me contó por qué quiere deshacerse de él. Siempre nos cuenta el
motivo, pero esta vez no lo ha hecho. —Como Nuri se quedó en silencio,
Scarlett preguntó—: ¿Tú sabes algo?
—¿Sobre tu objetivo? No —contestó, y alargó el brazo para subirse la
capucha.
—Eso suena a que sabes algo sobre otro tema —respondió Scarlett, y se
dio la vuelta para ponerse frente a su amiga, pero Nuri había desaparecido.
Oyó pasos a su espalda y se giró para ver a Ryker subiendo por el estrecho
sendero. Parecía agotado, como si llevase toda la noche sin dormir.
—Llegas tarde —lo saludó Scarlett.
Se detuvo a unos pasos de ella con las fosas nasales hinchadas.
—¿Quién más está aquí?
Era imposible que supiese que Nuri había estado ahí. Scarlett se dio la
vuelta despacio e hizo el paripé de estar buscando a alguien.
—Está claro que estamos solos —contestó por fin con una ceja
levantada.
—Vamos. —Fue lo único que respondió Ryker tras adelantarla y avanzar
hacia un claro. Una vez allí, encontró un camino y empezó a trotar para
calentar antes de que empezasen a correr.
—Fuiste tú el que fijó esta hora tan espantosa antes del amanecer. No te
pongas cascarrabias conmigo —espetó ella mientras lo alcanzaba. Ryker no
dijo nada. Simplemente aceleró con un gruñido.
Corrieron, corrieron y corrieron con intensidad. Scarlett llevaba siglos
sin correr así. Pues sí que le faltaba práctica. Parecía como si Ryker
estuviese deshaciéndose del mal genio. A Scarlett le ardían los pulmones,
aunque no podía negar que el dolor de piernas hacía que se sintiese bien. Al
final, tuvo que parar… y vomitar. Se limpió la boca con el dorso de la mano
y se apoyó contra un árbol del sendero.
—¿Has acabado? —espetó Ryker a unos metros de distancia; casi habría
dicho que se le notaba más el acento esa mañana. Tenía los brazos cruzados
sobre el pecho amplio y la cara contraída por la irritación.
—¿Disculpa? —preguntó Scarlett mientras escupía al suelo y el sabor a
vómito le cubría la boca y la lengua.
—Te he preguntado que si has acabado de echar las tripas para que
podamos seguir —repitió Ryker.
—Deja de ser tan imbécil —replicó Scarlett.
—Fuiste tú la que me pidió que te entrenase. Si no puedes soportarlo,
entonces vamos a tirar la toalla ya —gruñó Ryker dándose la vuelta para
deshacer lo andado.
—Ah, no, eso ni de broma —respondió Scarlett mientras le cogía del
musculoso brazo. Ryker se volvió y le sujetó la muñeca con fuerza.
La fulminó con la mirada, le enseñó los dientes y ella le devolvió la
mirada asesina.
—Soy muy consciente de que entrenar contigo será agotador, y estoy
preparada para hacerlo, pero no pagues tu mal humor conmigo.
—Yo no soy Cassius —replicó él en voz baja—. Que me grites no va a
hacer que me compadezca de ti y te dé lo que quieres.
Scarlett levantó la otra mano sin previo aviso, con el puño preparado
para darle un puñetazo. El capitán le cogió la otra muñeca. Ella levantó la
rodilla para hacerle daño en un área especialmente sensible. Ryker se giró
justo a tiempo para que la rodilla de Scarlett impactase contra su muslo.
—No me ganarías en un combate —siseó él.
—Puede que no, pero te haría sudar —replicó ella tras acercarse.
Después, le rodeó el tobillo con el pie y tiró de él. Ryker le soltó una de
las muñecas y Scarlett no necesitó más. Empujó la otra con el codo y se
libró de él. Intentó ponerse fuera de su alcance, pero el capitán era
condenadamente rápido. La agarró por la cintura. Scarlett trató de darle una
patada en la espinilla, pero Ryker seguía siendo más fuerte que ella. La tiró
al suelo en un abrir y cerrar de ojos. El impacto hizo que se quedase sin
respiración. Entonces se puso a horcajadas sobre ella y la inmovilizó
sujetándole las muñecas por encima de la cabeza.
La rabia se sacudía en su interior.
—Eres un imbécil —siseó con un tono de voz letal.
Él esbozó una sonrisa torcida.
—La mayoría de las personas coincidirían con usted, milady; de todos
modos, sigue siendo cierto que no va a conseguir lo que quiere mediante un
berrinche. Yo no soy Cassius.
—No hagas suposiciones sobre cosas de las que no tienes ni idea.
Ryker le dedicó una sonrisa de satisfacción.
—No me hace falta hacerlas. Está claro lo que todos los hombres que
hay en tu vida sienten por ti. Es evidente desde el día que te vi con ellos en
el barracón de entrenamiento. Drake te ve como a una hermana pequeña a
la que proteger. Mikale, como a una apreciada mascota a la que domesticar.
Y Cassius…
Se escuchó un estruendo ensordecedor. Los pájaros salieron volando por
el cielo en tropel al mismo tiempo que las ramas de los árboles de alrededor
se caían al suelo y se partían en mil pedazos. Ryker cubrió a Scarlett y la
aplastó contra el suelo. Era capaz de percibir que al capitán le iba el corazón
a tanta velocidad como a ella. Notaba cada parte de su cuerpo contra el suyo
y algo en el interior de Scarlett pareció removerse como respuesta.
Cuando se hizo el silencio, Ryker se incorporó lentamente, se quitó de
encima y se sentó sobre los talones. Scarlett se incorporó sobre los codos y
echó un vistazo por el claro. Había unos fragmentos negros desperdigados
por los alrededores. Se irguió hasta quedar sentada.
—¿Estás bien? —preguntó Ryker.
Ella no lo miró mientras alargaba la mano para tocar uno de los
fragmentos. Eran ramas, aunque eran tan negras como la noche. Se habían
congelado y después se habían partido al caer al suelo. Miró a los árboles.
Eran completamente normales, tenían la corteza marrón y las hojas verdes;
eran tal y como debería ser un árbol en pleno verano. No había hielo por
ninguna otra parte.
—Scarlett —dijo despacio. Se giró hacia Ryker y se dio cuenta de que la
estaba mirando fijamente—. ¿Y tu anillo?
—¿Mi anillo? —preguntó mientras bajaba la vista hacia sus manos.
—Sí. El anillo que dijiste que te había regalado tu madre.
—No me lo he puesto esta mañana. Ni siquiera lo he pensado porque iba
con el tiempo justo. De todas formas, ¿qué más da? Las ramas acaban de…
explotar por todas partes. ¿Cómo demonios ha podido pasar?
Ryker no dijo nada, sino que por fin apartó la vista de ella y miró a su
alrededor. Cogió el fragmento que sostenía Scarlett y le dio vueltas con las
manos. Tras un instante, se levantó y le tendió una mano para ayudarla. A
Scarlett le temblaban las piernas al dársela, y el capitán tiró de ella para
ponerla de pie. Se tambaleó hacia delante y Ryker la cogió en brazos.
Mientras estaban ahí de pie y él la enderezaba, Scarlett volvió a sentir como
si lo conociese. Era lo mismo que había sentido cuando lo vio apoyado
contra la pared del barracón de entrenamiento.
—¿Nos conocemos de antes? —preguntó intentando que no le temblase
la voz por lo que había pasado.
—¿Qué?
—Juraría que nos conocemos de antes. Es extraño, pero siento como si
te reconociese… —Scarlett dejó la frase en el aire. Ryker pareció plantearse
algo, pero a continuación bajó los brazos con rapidez.
—Estoy muy seguro de que, si hubiese conocido a una señorita tan hábil,
aunque increíblemente mimada, en estas tierras, me acordaría —dijo, y
comenzó a bajar por el sendero—. Venga. Voy a enseñarte cómo podrías
haberte liberado y haber supuesto un reto de verdad en esa pequeña pelea
que acabamos de tener.
Scarlett le sacó la lengua a su espalda y empezó a seguirlo al mismo
tiempo que los fragmentos de ramas partidas y congeladas crujían bajo sus
botas.
capítulo 5
Scarlett

t ienes que fortalecer los abdominales. Te ayudará a mantener el


equilibrio incluso cuando tus oponentes tengan más fuerza física que
tú —le dijo Ryker a Scarlett al agacharse para ayudarla a levantarse
del suelo, a donde la había tirado… otra vez.
Scarlett frunció el ceño.
—Simplemente añádelo a nuestra rutina de entrenamiento —gruñó
mientras el capitán tiraba de ella para ponerla en pie.
Le dolían las piernas por los tres kilómetros extra que Ryker le había
obligado a correr aquella mañana después de preguntarle si siempre tenía
ese ceño fruncido clavado en la cara, y también le dolían los brazos por las
nuevas maniobras que le había hecho practicar una y otra vez. Le dolían
partes de los hombros que ni siquiera sabía que le podían llegar a doler.
Estaba deseando darse un baño caliente por la noche antes de irse a dormir
para mitigar el dolor.
—Bueno, hay varias formas de fortalecer los abdominales. Estoy seguro
de que Mikale podría ayudarte de muchas maneras —contestó después de
guiñarle un ojo.
—Mikale es un puto imbécil —respondió ella, y puso los ojos en blanco.
Después de unas semanas de entrenar con él y observarlo, esta nueva
dinámica compuesta por puyas y una conversación relajada a Scarlett no le
molestaba. Distaban mucho de ser amigos. Scarlett seguía sacándolo de sus
casillas. El capitán todavía decía cosas que la cabreaban. Más de una vez,
ella decidía acabar el entrenamiento antes de tiempo. Los días que seguían a
ese momento, él solía obligarla a correr unos kilómetros de más y parecía
golpearla con más fuerza «por accidente» fuera cual fuera el arma con la
que estuviesen entrenando.
Empezaron a escabullirse para entrenar un par de veces a la semana
cuando podían. Scarlett había olvidado lo que era tener control de su
cuerpo; halló consuelo en sus viejos hábitos y costumbres al combatir y
notó cómo sus músculos recobraban la fuerza que habían perdido.
Una de esas tardes, cuando Ryker volvió a sacar el tema de su relación
con Cassius, ella le dijo que ya habían entrenado lo suficiente ese día. Le
tiró la espada corta a los pies y dio media vuelta para marcharse. Un
segundo después, estaba boca arriba sobre el suelo del edificio de
entrenamiento. Ryker le había hecho un placaje y no solo estaba sentado
encima de ella, sino que le sujetaba los brazos a los costados. Scarlett
conocía toda clase de movimientos elaborados. Ryker incluso le había
enseñado un par nuevos desde que estuvieron en el claro, pero no sirvieron
de nada puesto que la fuerza bruta seguía estando de parte del capitán.
—Tú no tienes potestad para decidir cuándo terminamos —le gruñó a la
vez que hacía una mueca de desdén con los labios.
—Suél-ta-me —contestó Scarlett, pronunciando cada sílaba con un
susurro amenazante.
El capitán adoptó una expresión engreída al levantarse y espetar:
—Escoge un arma.
Ni siquiera se había terminado de levantar cuando Scarlett se puso de pie
de un salto y le asestó un golpe lo más fuerte que pudo en la cara. La mano
le palpitaba y le escocía, pero, para su satisfacción, él tenía una marca de un
rojo intenso en un lado de la cara (que al día siguiente se volvió negra y
azul). Se quedó mirándola desconcertado mientras Scarlett le enseñaba los
dientes y le decía con un tono despiadado:
—Si vuelves a tocarme así, te sacaré las tripas.
Después, cogió la espada que había tirado y se dio la vuelta para
enfrentarse a él en el cuadrilátero.
—Me gustaría verte intentarlo. —Fue lo único que respondió él, con un
brillo desafiante en los ojos—. La primera muerte es siempre la más difícil.
—¿Quién dice que nunca haya matado a nadie? —contestó con desdén.
Ryker se tensó al escuchar sus palabras.
—¿De verdad?
—Nada de preguntas. Lo recuerdas, ¿capitán? —respondió con dulzura.
Y ahí se quedó la cosa. No había vuelto a ocurrir que unos árboles
congelados saltasen por los aires de forma aleatoria, y Scarlett estaba
agradecida de que así fuese; sin embargo, eso no impidió que se pasara
horas en la biblioteca buscando cualquier información sobre aquel
fenómeno. No encontró nada.
Se había pasado el resto del tiempo intentando recabar información
sobre su objetivo, pero no había nada por ninguna parte. No sabía quién era,
y mucho menos cómo se suponía que iba a dar con él. Había salido a
hurtadillas para entrar en tabernas de mala muerte y asistir a meriendas de
gente rica, había preguntado por él con discreción, pero nadie lo conocía.
Había pasado casi un mes desde que recibió el encargo. Sospechaba que el
líder de los asesinos comprobaría su progreso en cualquier momento.
Estaba claro que el hecho de que fuese prácticamente imposible de localizar
era parte del juego al que él estaba jugando.
Tal y como habían acordado, Ryker y Scarlett terminaban cada sesión de
entrenamiento compartiendo algo sobre sí mismos. Algunas veces eran
cosas absurdas y sin importancia. El día en el que el capitán le hizo un
placaje y la obligó a seguir entrenando, él le contó la historia sobre la
primera vez que lo castigaron cuando entrenaba para convertirse en
soldado. Ella le contó que su color favorito era el morado antes de
marcharse del barracón de entrenamiento, aunque ni siquiera era cierto. Su
color favorito era un tono de rojo oscuro. Ryker la llamó «señorita
malcriada», a lo que ella se limitó a responder con un gesto de mal gusto
por encima del hombro y siguió andando sin mirar atrás.
Ahora estaban sentados en el suelo, contra la pared del fondo del edificio
de entrenamiento, bebiendo de los odres. Ryker había asistido a una especie
de reunión esa mañana y no habían podido verse, así que entrenaron por la
noche. Scarlett estaba jadeando un poco después del último asalto. Ryker,
como de costumbre, apenas parecía cansado. Ella notó que la miraba como
si quisiese preguntarle algo, pero no estuviese seguro de si debía hacerlo.
—¿Qué? —preguntó tras volverse hacia él.
—Estoy planteándome algo. —Vaciló antes de decir—: Me pregunto si
esta noche me dejas que te haga una pregunta en lugar de compartir
información voluntariamente.
Scarlett lo observó con detenimiento. Se le había rizado un poco el pelo
oscuro a la altura del cuello debido al sudor de las peleas. Sus ojos dorados
parecían apagados, como si les faltara su brillo habitual.
—Siempre y cuando se me permita la misma cortesía. Y, si la pregunta
es demasiado personal, tengo derecho a negarme a contestarla.
Ryker asintió en silencio y entonces dijo:
—Háblame del tónico que te tomas todas las noches. ¿Para qué sirve?
¿Qué hace?
A Scarlett la pilló un poco por sorpresa. De todas las preguntas que
podía hacerle, ¿quería saber qué la aquejaba? Había previsto que le
preguntase por su madre, o por Cassius, o por quién la había entrenado
antes. Había previsto que le preguntase por cualquier cosa menos por eso.
Ryker estaba en silencio, a la espera de que ella se negase o bien empezase
a hablar.
—¿Eso es lo que quieres saber? ¿Por qué?
—Porque, de donde yo vengo, tengo acceso a algunos de los curanderos
más hábiles y diestros de todas las tierras. Podría escribirles y quizá te
serían de ayuda.
Scarlett se quedó sin palabras durante un buen rato antes de decir:
—Cuidado, capitán, o parecerá que te preocupas por mí.
Ryker le lanzó una mirada penetrante de odio.
—Lo único que me preocupa es no malgastar el tiempo entrenando a
alguien que nunca será capaz de aprovecharlo.
—Me pasé los primeros nueve años de vida en un recinto de curanderos.
Si ellos no pudieron averiguar cómo curarme, nadie podrá —respondió
Scarlett con un suspiro.
—Los curanderos de aquí son muy distintos de aquellos a los que yo
tengo acceso —dijo Ryker con cautela.
—Estoy bastante segura de que los curanderos a los que yo tengo acceso
son los mejores de los tres reinos —contestó ella con frialdad. Al ver que
Ryker no decía nada, lo miró a los ojos y lo observó a conciencia antes de
soltar un profundo suspiro y decir—: Mi madre era la mejor curandera de
todo Windonelle. Acudían a ella los pobres y la nobleza por igual, y la
gente venía a visitarla desde los otros reinos. Te aseguro que, si ella no pudo
curarme, es porque es imposible hacerlo.
—¿Tu madre era curandera? —preguntó con tono reflexivo, como si
estuviese intentando resolver un enigma.
Mierda. Eso no era algo que quisiese compartir con él en especial,
aunque tampoco podía retractarse ahora.
Scarlett soltó otro suspiro y dijo:
—Llevo tomándome un tónico por las noches desde que tengo uso de
razón. Mi madre me lo preparaba cada noche. Recuerdo sentarme en un
taburete de la cocina y ver cómo añadía varias hierbas y elixires. Me lo
tomo casi siempre a la misma hora y me provoca cansancio. Una noche,
cuando tenía seis años, mi madre me dejó saltármelo. Celebraban una fiesta
descomunal en la ciudad, no recuerdo el motivo, pero habría fuegos
artificiales. Le supliqué que me dejase quedarme despierta para verlos. Mis
amigos más cercanos iban a ir y yo también quería. Al final, cedió. Los
fuegos artificiales fueron preciosos. Eran todo lo que cabría esperar y más
para una niña de seis años. Unas explosiones brillantes de rojos, dorados y
morados llenaron el cielo. Duraron casi dos horas. Cuando terminaron,
empecé a encontrarme mal. Se me empañó la vista. Vomité. Mi madre me
cogió en brazos y recuerdo que exclamó que estaba ardiendo. Ardía, pero
no por culpa de una fiebre normal. Sentía como si me ardiesen las entrañas
y como si la noche oscura estuviese, literalmente, devorándome.
Scarlett tenía la vista clavada al frente. Todavía podía vislumbrar el
pánico en los ojos de su madre mientras se apresuraba para que volviesen al
recinto.
—No recuerdo cómo volvimos al recinto. Supongo que encontró un
caballo. Sentí como si hubiese sucedido en cuestión de segundos. Iba
perdiendo y recobrando la consciencia mientras me obligaba a beberme un
tónico distinto. Me pasé dos días durmiendo del tirón antes de despertarme
y estar de maravilla. Me obligó a jurarle que nunca volvería a saltarme el
tónico a no ser que fuese absolutamente necesario. Luego me dio unos
frasquitos de emergencia del otro tónico que hizo aquella noche para que
me los tomase si no podía beberme el habitual. Cuando murió, la Alta
Curandera sucesora del recinto en el que vivía pasó a encargarse de
hacerme los tónicos. Y así sigue siendo. Los mandan a la mansión cada
noche.
Ryker tenía los brazos apoyados en las rodillas dobladas, las manos
entrelazadas y la vista clavada en el suelo. Scarlett estaba sentada con las
piernas cruzadas a su lado y un par de lágrimas le cayeron por las mejillas.
Se las secó con rapidez y se limpió los dedos húmedos en los pantalones.
Casi nunca hablaba de su madre.
—¿Has vuelto a saltártelo desde entonces? ¿Siempre sufres la misma
reacción? —preguntó en voz baja, sin apartar la vista del suelo.
—Se me empaña la vista, vomito y me desmayo, sí. Ahora que soy
mayor, a veces me lo salto si quiero participar en actividades nocturnas o
cuando tengo… otros asuntos que atender. Pero lo hago sabiendo que me
pasaré los siguientes días dormida porque tendré que tomarme el frasquito
de emergencia antes del amanecer o me pondré enfermísima. El tónico de
emergencia me sume en un sueño profundo para que mi cuerpo se recupere
o algo así. Para serte sincera, no me acuerdo de mucho. Una vez vomité
agua, como si hubiese estado ahogándome.
—Cuando eso pasa, ¿sueñas mientras duermes?
—Qué pregunta tan rara. Por cierto, me has hecho cuatro —contestó tras
darle un suave codazo en las costillas.
—No tienes por qué responder. —Fue lo único que dijo él.
—Sí, pero solo son sueños corrientes, aunque supongo que duran más
que un sueño normal. —Scarlett se encogió de hombros—. Anoche soñé
con los territorios fae.
—¿Cómo? —Ryker levantó la cabeza de repente y la miró
desconcertado.
—Hace unos meses me topé con un libro. Trataba sobre la guerra con
Avonleya, aunque también poseía información detallada sobre los territorios
fae. —Scarlett volvió a encogerse de hombros—. ¿Tú no sueles soñar con
cosas que has leído o que te han pasado?
El semblante de Ryker volvió a convertirse en una máscara inescrutable,
como de costumbre.
—Parece un libro interesante. Me gustaría echarle un vistazo.
—No sabía que te gustase leer —contestó Scarlett arqueando una ceja.
—Entrenar la mente es tan importante como entrenar el cuerpo.
—Así es como un soldado describiría la lectura —se burló Scarlett
mientras se quitaba la goma de la trenza y se sacudía el pelo largo.
—¿Y cómo describiría usted la lectura, milady? —preguntó
observándola con cautela.
Scarlett dejó de pasarse los dedos por los mechones de pelo.
—Es un método de escape. Me proporciona un lugar al que ir cuando
tengo que quedarme donde estoy.
Ryker le cogió la mano y Scarlett se quedó quieta, sin apenas respirar. Su
mano parecía pequeña envuelta por los gigantescos dedos del capitán.
Notaba los ásperos callos de Ryker contra los suyos. Tragó saliva sin saber
bien qué decir, pero Ryker habló primero:
—No estás tan sola como piensas.
—¿Qué te hace pensar eso? Mucha gente se preocupa por mí.
—Sí, pero puedes estar rodeada de gente y aun así sentir que estás sola.
Puedes sentir que no tienes a nadie a pesar de tener gente a la que quieres y
que te quiere.
Los ojos de Scarlett le empezaron a escocer por las lágrimas y decidió
apoyar la cabeza contra el hombro de Ryker. Notó como se tensaba un poco,
pero se quedaron sentados en silencio contra la pared de la habitación poco
iluminada. Estaba sola, incluso teniendo a Cassius, Nuri y Tava. Todos
sabían hacia dónde iban sus vidas. Todos tenían un propósito. ¿Y ella? Ella
simplemente iba a la deriva, al igual que las cenizas con el viento, e
intentaba descubrir lo que se suponía que tenía que hacer. Tiempo atrás
tenía un propósito, pero ahora no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Ni
siquiera sabía ya quién era.
Tras varios minutos, cuando Scarlett se hubo deshecho de las lágrimas y
se hubo tragado el nudo que tenía en la garganta, dijo en voz baja:
—Aun así, es cierto que estoy sola. Un día, todos se irán. Cassius.
Drake. Tava. Y… —Se calló antes de decir el nombre de Nuri—. Un día,
todos se marcharán. Y, un día, yo también lo haré, porque, en realidad, se
supone que no debería estar aquí. —Se detuvo mientras una sola lágrima se
las apañaba para escapar y deslizarse por la mejilla. Se la secó y dijo, más
para sí misma que para Ryker—: Quizá así es como tiene que ser, pero al
final me he dado cuenta de que tampoco está tan mal estar sola. Sobre todo
si hay momentos como este entre medias.
Ambos volvieron a quedarse en silencio y Scarlett se percató de que se
estaba debatiendo entre la necesidad de tomarse el tónico y el deseo de
querer alargar este momento un poco más. Se dio cuenta de que, por
extraño que pareciese, estaba cómoda en presencia del capitán. Supuso que
lo más probable era que fuese porque él cortaba con la monotonía de sus
días, y recibía ese respiro con los brazos abiertos.
Empezó a levantarse por fin, pero Ryker le apretó la mano con más
fuerza. Le sujetó la barbilla suavemente con la otra y la obligó a mirarlo. En
ese momento, Scarlett llevaba el pelo suelto alrededor de los hombros. Los
ojos dorados de Ryker parecían agitados, casi como si unas llamas bailasen
en su interior.
—Sé que estarás bien, Scarlett Monrhoe. Eres fuerte, perversa y
brillante. —Scarlett notó como se sonrojaba; sin embargo, él no le soltó la
barbilla. Le sostuvo la mirada y prosiguió—: Pero puede, y solo puede, que
eso tampoco implique que tengas que estar sola.
Ryker la soltó y Scarlett se levantó. Antes de dar media vuelta y
marcharse, lo miró desde arriba y dijo:
—Me debes cuatro preguntas.
Ryker le dedicó una sonrisa torcida.
—No las malgastes.
—No tengo intención de hacerlo —contestó Scarlett, y abandonó la sala.

Había sangre por todas partes. Le manchaba las manos, el torso desnudo y
las piernas. Su daga descansaba junto a ella mientras estrechaba contra su
pecho el cuerpo que había dejado de respirar. Las lágrimas le caían por las
mejillas. No podía respirar por culpa de los sollozos.
Él se acercó, una mano fría la cogió del codo y la puso en pie. Notó su
aliento en el cuello cuando se inclinó y le susurró al oído:
—Esto ha sido un recordatorio, mi amor, de que, aunque tú no llegues
hasta el final, yo sí que lo hago.
A continuación, la llevó a rastras por un pasillo hasta un despacho
pequeño y frío, pero apareció otro hombre. Era muy apuesto. No había otra
forma de describirlo. Tenía un pelo plateado que le llegaba por los
hombros y unos ojos también plateados que parecían brillar. Se le movieron
los músculos al dirigirse hacia ellos. La sonrisa que se apoderó de su
rostro hizo que ella se encogiese y retrocediese hacia el otro hombre. Supo
por instinto que aquel era mucho más peligroso que el que acababa de
obligarla a…

Scarlett se incorporó de un salto. El sudor le chorreaba por la frente y la


espalda y tenía las sábanas empapadas.
—Shhh, hermanita —la tranquilizó Cassius desde el borde de la cama—.
Respira.
—No puedo —jadeó.
—Lo sé —susurró él.
Notó que Cassius la estrechaba entre sus brazos. Empezó a acariciarle el
pelo enmarañado con la mano. La abrazó con fuerza mientras ella trataba de
respirar. No se percató de la presencia de Tava junto a la puerta, que tenía la
mano en el cuello. No se percató de la mirada que intercambiaron Tava y
Cassius. Sus pulmones no se expandían lo suficiente como para dejar pasar
bocanadas de aire.
Volvió a jadear.
—Scarlett —susurró Cassius. Se percibía un deje de pánico en su voz.
Inspirar y espirar. Intentó explicarle ese movimiento a su cuerpo. Lo
único que necesitaba era inspirar profundamente. Esto era real. Estaba en su
habitación de la mansión, no en aquella celda fría ni en aquel pequeño
despacho. «Inspira y espira», se ordenó a sí misma.
Al final, el oxígeno le llenó los pulmones por completo y apoyó la
cabeza contra el hombro de Cassius al mismo tiempo que él seguía
acariciándole el pelo con la mano. Cuando logró inspirar un par de veces
más, notó que Cassius se levantaba de la cama y se la llevaba consigo. Poco
después, la estaba metiendo en su propia cama, en la habitación contigua a
la de Scarlett. Sintió como se hundía el colchón cuando él se acurrucó junto
a ella.
—Duerme, hermanita —le susurró al retomar el movimiento de
acariciarle el pelo para tranquilizarla.
—Te he echado de menos —susurró ella.
—Lo sé. Siento no haber estado aquí.
Scarlett no sabía cuánto tiempo se pasó ahí tumbada, pero, al final,
volvió a conciliar el sueño. La mano de Cassius no se detuvo.
capítulo 6
Scarlett

q ué sorpresa. Tienes la nariz metida en un libro —dijo Tava arrastrando


las palabras desde la entrada a la terraza acristalada.
Llevaba el largo pelo rubio recogido en un moño sencillo en la
nuca, y su vestido de color verde menta barrió el suelo al entrar en la sala y
dejarse caer en el sillón contiguo al de Scarlett.
Scarlett levantó la vista del libro.
—Hmm. ¿Leer un libro o tomar el té con un grupo de chicas que van a
estar cuchicheando sobre los últimos sucesos de la corte? Me quedo con el
libro, gracias.
Tava puso los ojos en blanco.
—Me has dejado tirada y he tenido que ir a tomar el té con Kiara yo
sola… otra vez.
—Me gustaría disculparme, pero… —Scarlett se encogió de hombros y
volvió a centrarse en el libro.
Tava la fulminó con la mirada y se cruzó de brazos.
—Apenas te he visto últimamente. ¿Quieres que vayamos a ver si el
barracón de entrenamiento está vacío?
—No —contestó Scarlett sin ni siquiera molestarse en despegar la vista
del libro esta vez.
—¿Quieres que vayamos de compras?
—No.
—¿Quieres hacer algo?
—No —espetó Scarlett.
—¿Se puede saber qué demonios te pasa? —exigió saber Tava
mirándola con recelo.
—Es que… —suspiró Scarlett—. Lo siento. Estoy cansada por culpa de
los entrenamientos con Ryker y luego está lo de mis sueños… Apenas
duermo últimamente.
—¿Has hablado con Mora? Igual puede darte algo que te ayude a
conciliar el sueño —dijo Tava con preocupación.
—No necesito más tónicos. Tengo que averiguar el significado de estos
sueños.
—Puede que no signifiquen nada. Puede que solo sean sueños, Scarlett.
—El tono de Tava se volvió tenso al escuchar el de Scarlett.
—Eso pensé en un principio, pero han cambiado. Son diferentes a los
que suelen despertarme en mitad de la noche —dijo ella.
El hombre apuesto había aparecido en todos sus sueños desde la primera
vez que se manifestó hacía unas noches. Siempre estaba presente, como si
estuviese vigilándola. Nunca hablaba. Jamás hacía nada. Simplemente se
quedaba… ahí.
—¿Diferentes en qué sentido? —dijo una voz masculina desde la entrada
a la terraza acristalada.
Scarlett se giró y vio a Cassius apoyado contra el marco de la puerta.
Llevaba el pelo castaño recogido y le colgaba la espada del costado. Ryker
estaba detrás de él, con su habitual cara de pocos amigos.
—Scarlett está soñando con cosas que cree que significan algo —
contestó Tava, y volvió a poner los ojos en blanco.
—Tava —siseó Scarlett tras asesinar a su amiga con la mirada.
—Pero si es verdad. Llevas días actuando de forma extraña y dices que
últimamente no puedes dormir. Y después has pasado de ir hoy a tomar el té
con Kiara…
—Siempre paso de ir a tomar el té con Kiara —la interrumpió Scarlett
sin rodeos.
—Cierto —meditó Tava—, pero, aun así. Algo está pasando y, si no
quieres que hablemos del tema, cuéntaselo a alguno de los chicos con los
que tanto tiempo te gusta pasar a solas. —Señaló hacia Cassius y Ryker,
que seguían junto a la entrada, al levantarse del sillón. Ambos se quedaron
un poco boquiabiertos ante aquella insinuación—. O habla con… ya sabes
quién. —Hizo una mueca y echó un vistazo a Ryker—. Pasar de tomar el té
con Kiara puede que sea lo normal en ti, pero, aun así, estás distinta, igual
que hace unos meses. Me da igual con quien hables, Scarlett, pero habla
con alguien. Antes de que mi padre se dé cuenta.
Tava salió de la terraza acristalada y les echó una mirada significativa a
Ryker y a Cassius al pasar por su lado.
—Tu padre te está buscando —le dijo Cassius a Tava al pasar—. Por eso
hemos venido.
Tava tan solo asintió y los dejó solos con Scarlett. Ryker y Cassius se
quedaron en la entrada, incómodos, claramente intentando decidir si debían
quedarse o marcharse. La preocupación se plasmaba en el semblante de
Cassius.
—Bueno, no os quedéis ahí plantados como idiotas —espetó Scarlett, y
señaló los sillones que estaban en la terraza acristalada.
—¿Te apetece hablar del tema? —preguntó Cassius sin moverse de la
entrada.
—No, en realidad, no —contestó Scarlett con la vista clavada en el libro.
No estaba leyendo. Simplemente no le apetecía mirar a ninguno de los dos.
—Cuando estés preparada… —Cassius dejó la frase en el aire.
—Iré a buscarte —contestó ella en voz baja.
Silencio; después escuchó el sonido de pasos alejarse por el pasillo. Dejó
escapar un suspiro y pasó a la página siguiente.
—¿Qué clase de sueños son esos, Scarlett?
Scarlett se sobresaltó y el libro salió volando de su regazo. Soltó una
palabrota al darse cuenta de que tenía a Ryker al lado. ¿Cómo era posible
que no lo hubiese oído acercarse? Por los dioses, a veces era casi tan
sigiloso como Nuri.
—Pensaba que te habías marchado con Cassius —dijo con el ceño
fruncido—. He oído cómo te marchabas.
—Entonces presta más atención la próxima vez. Has oído los pasos de
una persona, no de dos —contestó Ryker tras coger el libro y pasárselo—.
¿Este es el libro del que me hablaste la semana pasada? ¿El que trataba
sobre la guerra con Avonleya?
—Sí —contestó ella arrebatándoselo. Reclinó la cabeza en el sillón y
cerró los ojos. Estaba tan cansada. Los sueños la despertaban cada noche
desde que empezaron la semana anterior. Siempre estaba empapada en
sudor. Seguro que las criadas pensaban que estaba enferma. Estaba
sorprendida de que aún no le hubiesen comunicado nada a lord Tyndell.
—¿Por qué no puedes dormir? —preguntó Ryker con suavidad.
—Sí que puedo. Lo que pasa es que no duermo bien —contestó Scarlett
sin molestarse en abrir los ojos.
—Cuando no duermes bien estás más cascarrabias de lo habitual —
reflexionó él.
Scarlett abrió los ojos para fulminarlo con la mirada.
—Al menos yo tengo una excusa. Tú siempre eres un imbécil.
—Bueno, es posible que eso sea verdad. —Ryker se acercó y le quitó el
libro de las manos. Lo observó durante un instante y después dijo—: ¿Eres
capaz de leerlo?
—Por supuesto que sí. ¿Qué clase de pregunta es esa?
—Sabes que está escrito en otro idioma, ¿verdad? —preguntó Ryker
mientras ladeaba la cabeza.
—Pero ¿qué estás diciendo? —Le arrebató el libro y examinó el título—.
Está escrito en lengua común.
—Interesante —dijo él a la vez que volvía a sentarse en el sillón.
Scarlett puso los ojos en blanco. Al mismo tiempo que se masajeaba las
sienes, susurró:
—Lo interesante es que me estoy volviendo loca porque estoy
reviviendo un infierno mientras tú crees que un libro está literalmente
escrito en otro idioma.
—¿Tienes pesadillas? —preguntó Ryker en voz baja.
—Yo… —Scarlett titubeó. No había hablado lo bastante alto como para
que la escuchase. ¿Cómo lo hacía? Esto no era como sus pequeñas sesiones
en las que compartían información tras los entrenamientos. Esto era más
bien un recordatorio que desde luego se merecía. No era algo que fuese a
permitirse afrontar. Esas pesadillas eran el menor de todos los males que
debía padecer.
—No es nada. Estoy bien. Aunque debería saltarme el entrenamiento
esta noche e intentar dormir en condiciones.
—Háblame de los sueños, Scarlett —dijo Ryker en voz baja.
—No es nada. Puede que sí deba hablar con Mora para que me dé algo
que me ayude a conciliar el sueño —reflexionó tras apoyar la barbilla en el
puño.
—No —dijo Ryker con tono autoritario. Una orden proveniente de un
capitán.
Scarlett levantó las cejas, sorprendida.
—¿No? No me había dado cuenta de que tú tenías voz en este asunto.
—¿De verdad crees que la respuesta es meterte otro tónico en el cuerpo?
¿Y si interfiere con el que ya te estás tomando? —preguntó. Ahora estaba
inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos
entrelazadas frente a él. La miraba fijamente a los ojos.
Scarlett no dijo nada, solo se quedó mirándolo. Parecía costarle respirar
con normalidad, contener las emociones. Esto era nuevo. Nunca lo había
visto tan… cerca de perder el control. Scarlett se recostó en el sillón y cruzó
una pierna sobre la otra.
—¿Por qué te interesan tanto mis sueños?
Ryker se recostó en la suya e intentó aparentar indiferencia y
tranquilidad. A Scarlett casi se le escapó una risa al ver cómo fracasaba.
—Solo he preguntado para tener más información que darle a la
curandera de mi tierra natal. Cuanta más información tenga, más
posibilidades tendrá de ayudarte.
—Mentiroso —dijo Scarlett.
Se quedó mirándolo con las comisuras levantadas, expectante. Vio cómo
Ryker luchaba por controlar su mal humor, que se iba intensificando.
Scarlett había aprendido a leer sus gestos durante esas últimas semanas. A
pesar de la aparente máscara inamovible, había otras señales. Tenía las
manos apretadas en un puño, y ella se sintió extrañamente complacida por
haber provocado una reacción así en el guerrero que siempre controlaba a
todos los que tenía a su alrededor.
—Háblame de los sueños, Scarlett —dijo el capitán con los dientes
apretados, conteniéndose.
—No estamos en un cuadrilátero —contestó ella como si nada—. No
tienes derecho a decirme lo que tengo que hacer fuera de los
entrenamientos.
—Entonces puede que sea mejor no seguir con los entrenamientos —
replicó él fulminándola con la mirada.
Scarlett soltó una risa de indignación.
—No seas estúpido. Los dos sabemos que eso no sucederá. Te gusta
demasiado ver esta cara bonita.
—A veces puedes ser increíblemente irritante —masculló Ryker. Le
ardían los ojos del enfado.
—Tiene que ser muy exasperante que a alguien le dé igual ese
temperamento que pareces mantener tan a raya —replicó ella con una
sonrisa de satisfacción.
—Ya veremos si te da igual en la próxima sesión de entrenamiento —
respondió con la rabia centelleándole en los ojos.
Scarlett contestó con una sonrisa apática, volvió a apoyar la cabeza
contra el sillón y cerró los ojos una vez más.
—¿Cada cuánto las tienes?
—Sigue sin ser cosa tuya —respondió ella sin ni siquiera abrir los ojos
para mirarlo.
—¿Debería preguntárselo a Cassius entonces?
Scarlett soltó un bufido de diversión.
—Cassius no va a decirte nada.
—Ya me ha dicho bastante.
—Mentiroso —repitió Scarlett—. Sinceramente, capitán, si quieres que
vuelva a compartir cosas importantes contigo, entonces quizás deberíamos
dejarnos de mentiras.
—¿Quieres que te cuente una verdad? —Algo había cambiado en su
tono, se había endurecido. Eso provocó que Scarlett abriese los ojos y le
mirase. Ryker la observaba con atención. Se le cayó un mechón de pelo
sobre los ojos y le rozó la ceja. Señaló hacia el regazo de Scarlett—. Ese
libro está escrito en el idioma de las tierras de donde vengo.
—¿Sabes cuál es la definición de «verdad»?
—Está escrito en una lengua distinta, Scarlett. Mi hogar posee miles de
libros escritos en esa lengua. No es una que se hable aquí.
—Lo que tú digas —suspiró ella—. Incluso si eso fuese cierto, esa no es
una verdad lo bastante buena.
—Todo lo que pone en ese libro es verdad.
Scarlett puso los ojos en blanco.
—No hay forma de saber si lo que pone en este libro es cierto a no ser
que hayas estado en las cortes fae. Es un libro repleto de teorías y
conjeturas.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Que contiene información detallada sobre las Cortes. Sería necesario
tener una relación estrecha con uno o más de los miembros de la realeza
para poder afirmar o desmentir lo que pone en este libro.
Scarlett lo observó al mismo tiempo que los ojos del capitán
escudriñaban los suyos.
—Yo no procedo de los reinos mortales.
A Scarlett se le secó la boca y se quedó atónita de la impresión.
—Y una mierda —susurró. Si Ryker no procedía de los reinos mortales,
entonces eso solo podía significar que era de los territorios fae, y en ese
caso…
—Querías una verdad, ¿no? Ahí la tienes —respondió Ryker.
—Si eso fuese cierto, entonces significaría que eres fae, y está claro que
no lo eres.
—¿Por qué? ¿Qué sabes tú, una dama noble de la corte, de los fae?
A Scarlett se le levantaron las comisuras de los labios.
—Sé mucho más de lo que te crees, capitán. Mucho mucho más.
Ryker ladeó la cabeza y dijo:
—¿Sabes que hay mortales que viven en las cortes fae?
—¿Te refieres a esclavos?
—Yo no he dicho eso.
—¿Por qué narices iba a haber humanos en los territorios fae?
—Vinieron en busca de una vida distinta.
Scarlett soltó una risa de incredulidad.
—¿Huyeron? ¿A las cortes fae? ¿En busca de una vida mejor?
—¿Por qué te resulta tan difícil de creer?
Scarlett lo miró perpleja. Hablaba en serio. Completamente en serio.
—Porque tendrían que atravesar las salvaguardas que los fae levantaron
alrededor de sus tierras. Unas trampas para capturar humanos y
convertirnos en esclavos, no para darnos la bienvenida a su territorio.
—O eso te han contado.
Scarlett no sabía qué pensar. ¿De verdad esperaba que se lo creyera?
Había conocido a los fae. Bueno, «conocer» puede que no fuese el término
más adecuado. Los había torturado y asesinado debido a los encargos del
líder de los asesinos y en nombre del rey.
—Si eso es cierto, entonces, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Por qué no
vuelves a los territorios fae si se está mucho mejor allí?
A Ryker se le levantó una de las comisuras de los labios.
—Creo que ya he compartido suficientes verdades por un día, salvo que
vaya a contarme algo más sobre sus pesadillas, milady.
—No me lo creo —respondió ella.
—Lo sé —dijo Ryker al levantarse—. Te han lavado el cerebro para que
no creas en algo así.
—¿Que me han lavado el cerebro? Sé pensar por mí misma —espetó ella
con indignación.
Ryker fue hasta el sillón de Scarlett, apoyó un brazo a cada lado y se
inclinó hacia adelante. Inesperadamente, a ella se le cortó la respiración por
lo cerca que estaban.
—Si no fuera así, entonces no habrías seguido leyendo este libro. —Se
quedó observándola en silencio y el corazón de Scarlett se puso a latir a un
ritmo extraño que ni ella misma supo cómo interpretar. La sonrisa torcida
de Ryker se ensanchó al decir—: Tómate la noche libre, Scarlett. Descansa
un poco.
—¿Va todo bien por aquí? —preguntó una voz femenina desde la
entrada.
Los dos se dieron la vuelta y vieron a Tava ahí de pie. Tenía una
expresión tensa mientras los contemplaba y asesinó a Ryker con la mirada.
—Todo bien —dijo Ryker tras erguirse y dirigirse de nuevo a Scarlett—.
Te veré por la mañana.
Scarlett levantó la vista y la clavó en los ojos del capitán.
—Esta conversación no ha terminado.
—No lo dudo. —Dio media vuelta, pero se detuvo y le quitó el libro del
regazo a Scarlett.
—Devuélvemelo —ordenó ella, pero Ryker ni siquiera se giró. En su
lugar, se dirigió hacia Tava y le dio el libro.
—¿Sabe en qué idioma está escrito?
Tava echó un vistazo al libro que tenía en las manos y a continuación
levantó la vista hacia Ryker.
—¿Debería saberlo?
Ryker le lanzó una mirada significativa a Scarlett por encima del hombro
y salió de la habitación. Tras asegurarse de que se había marchado, Scarlett
se levantó, fue hasta Tava y le quitó el libro.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó Tava confundida.
—¿De verdad no sabes en qué idioma está escrito este libro? —preguntó
Scarlett con timidez.
Tava negó con la cabeza.
—Parece antiguo, y me suena haberlo visto en algún momento, pero no
es uno que reconozca a simple vista. ¿Tú sí eres capaz de leerlo?
Scarlett no dijo nada y se quedó observando el texto. Parecía
completamente normal. Al igual que la lengua común. ¿Cómo era posible
que Tava no pudiese leerlo? Y, si Ryker no mentía sobre el idioma en el que
estaba escrito, ¿entonces también era cierto lo de los humanos que vivían en
los territorios fae? ¿Qué desgracia llevaría a alguien a abandonar estas
tierras para ir en busca de las cortes fae?
—Ten —dijo Tava, y le pasó una nota a Scarlett.
Scarlett la cogió y reconoció la letra de Nuri al instante. Quería verla esa
noche, y era urgente. Lo que significaba que tendría que saltarse el tónico y
tomarse el más fuerte. Scarlett susurró una palabrota al salir de la
habitación.
Acudiría a la cita. Se echaría una siesta antes, pero primero…
Primero iba a averiguar quién era Ryker exactamente, porque si procedía
de los territorios fae tal y como afirmaba, es posible que tuviese
información sobre la persona que ordenó asesinar a su madre.
capítulo 7
Scarlett

s carlett avanzaba despacio entre los árboles mientras le seguía la pista


a Ryker. Él iba a lomos del que ella consideraba su caballo favorito y
cabalgaba junto al río a buen ritmo. Scarlett había tenido que correr
para no perderle la pista, pero ahora el capitán estaba comenzando a
desacelerar. Scarlett apoyó la mano contra un tronco y trató de recuperar el
aliento.
Se había puesto una blusa negra y unos pantalones después de dejar el
libro en su habitación. Había planeado salir e ir en busca de Ryker; sin
embargo, la suerte estaba de su parte. Ryker se había quedado hablando con
Drake en la entrada, y lo escuchó mencionar que saldría a dar un paseo a
caballo antes de la reunión semanal que lord Tyndell mantenía con la flor y
nata de sus generales, capitanes y comandantes. Scarlett solía asistir a esas
cenas con Tava. Después de comer, las despachaban para que los hombres
pudiesen hablar de los planes semanales. Había seguido a Ryker desde las
sombras y, al ver hacia dónde se dirigía, había cogido un par de atajos que
conocía bien para adelantarlo. No obstante, él la había alcanzado bastante
rápido, y en ese momento estaba paseando por el sendero
despreocupadamente.
El caballo se detuvo de forma brusca y se encabritó. Ryker tiró de las
riendas para no caerse de la silla.
—¡So! —exclamó el capitán cuando el caballo aterrizó sobre sus patas
delanteras para tranquilizarlo. Dio un giro entre brincos y Ryker se movió
para buscar qué lo había sobresaltado.
Scarlett se tiró al suelo para permanecer escondida y se hizo un corte en
el brazo con una roca afilada. Siseó entre dientes por el escozor, aunque se
le olvidó enseguida al ver a un gigantesco lobo negro saliendo de forma
sigilosa de los árboles junto al sendero. A Ryker le llegaba fácilmente por
encima de la cintura. Al animal le salió un gruñido de las profundidades de
la garganta, el caballo dio un pisotón con la pezuña como respuesta y
retrocedió relinchando.
Ryker se bajó de la silla con rapidez y le sujetó las riendas al mismo
tiempo que emitía un sonido para tranquilizarlo. El lobo siguió cada uno de
sus movimientos y le empezaron a brillar los ojos de color verde jade.
Scarlett hizo amago de moverse, de hacer algo para ayudar, pero entonces
se quedó petrificada. A Ryker no parecía preocuparle el lobo ni lo más
mínimo. Lo observaba con cautela, pero era casi como si lo conociese. El
lobo avanzó poco a poco y se quedó a unos pasos de él.
—Maliq —dijo Ryker con un tono de veneración al hacerle una
reverencia.
Scarlett tan solo podía quedarse mirando, ya que era incapaz de creer lo
que estaba viendo. Giró la cabeza con brusquedad hacia un lado cuando una
voz femenina fría y refinada inundó el ambiente. Tenía un deje del mismo
acento que Ryker.
—Le muestras más respeto a mi lobo que el que me ofreces a mí. Qué
gracioso.
Ryker se tensó al escuchar aquella voz y le lanzó una mirada de odio a la
mujer que apareció ante él. Tenía el pelo largo y de color caoba. Le llegaba
por debajo de la cintura y ondeaba un poco a su alrededor con un aura
etérea, a pesar de que no hacía viento ese día. Le brillaban los ojos de color
verde jade, iguales que los del lobo negro. Era un par de centímetros más
baja que Ryker. Llevaba dos espadas atadas a la espalda. Vestía una blusa
blanca con pantalones marrones ajustados. Iba ataviada con cuero de
combate, además de portar varias dagas.
Sin embargo, nada de eso fue lo que provocó que Scarlett acallase el
grito ahogado que casi se le escapa. El viento se arremolinaba en los dedos
de la mano izquierda de la mujer al mismo tiempo que la arena daba vueltas
alrededor de la muñeca derecha. Magia. De algún modo, la mujer estaba
empleando la magia en este territorio.
—Vas vestida para la batalla —dijo Ryker.
Era evidente que la conocía bien.
—Tan perspicaz como siempre —contestó ella mientras ponía los ojos
en blanco. Se agachó, le acarició la cabeza al lobo y le rascó detrás de una
oreja—. No esperarías que fuese a adentrarme en territorio humano sin ir
armada adecuadamente, ¿o sí?
Scarlett pensó que le iba a estallar la cabeza cuando escuchó las palabras
«adentrarme en territorio humano».
—¿Qué está pasando en casa? —preguntó Ryker.
—Ahora mismo no tienes que preocuparte por eso, sino por la tarea que
te encomendé —contestó la mujer con malicia y con los ojos verdes
echando chispas.
—No si mi pueblo corre peligro —espetó Ryker.
¿Su pueblo?
El lobo emitió un gruñido grave.
—Shhh, Maliq —dijo la mujer tranquilizándolo como si fuese un
cachorro en vez de un gigantesco y espantoso depredador—. No es lugar
para hablar de esto, Sorin.
¿Sorin? ¿Por qué le estaba llamando Sorin?
—Ya tenemos suficiente con la guerra que está a punto de estallar como
para añadir tu propia mezquindad al asunto —prosiguió la mujer, y después
se volvió hacia Ryker—. ¿Tan poco confías en quienes están al mando?
—¿Qué haces aquí? —preguntó Ryker con firmeza. Scarlett reconocía
aquel tono. Estaba manteniendo a raya su temperamento.
—Soy libre de vagar por donde me plazca —contestó la mujer. A
continuación, ladeó la cabeza y siguió hablando—. Pero, para contestar a tu
pregunta de forma más específica, he venido para ver por mí misma cómo
vas con la tarea. ¿Has encontrado el arma que busco?
—Si lo hubiera hecho, habría vuelto a casa hace meses —gruñó él.
—¿Entonces quizás debería preguntarte por el anillo de Semiria
desaparecido? —dijo la mujer. Una sonrisa cruel le llenó el rostro.
—¿Qué pasa con él? —replicó Ryker.
—Lo has encontrado.
—¿Qué te hace pensar eso?
—¿Por qué si no ibas a preguntar por él?
—Como le dije al imbécil de tu lugarteniente, me topé con unos textos
antiguos que trataban sobre los anillos. Pensé que podrían ayudarnos a dar
con el arma —contestó Ryker mientras sujetaba las riendas del semental
con más fuerza.
La mujer chasqueó la lengua.
—Te conozco demasiado como para creerme eso, Sorin. Puede que le
hayas mentido a Azrael y pienses que te has salido con la tuya, pero yo
jamás me he creído esa patraña.
—¿Qué dice la profecía del oráculo?
—¿Y mi anillo?
—Lo llevas en el dedo.
Scarlett notó cómo la tierra temblaba y retumbaba bajo sus pies. La
mente le iba a toda velocidad. ¿El anillo de Semiria? ¿Quién era Azrael? ¿Y
por qué ella seguía llamándole Sorin?
—Maldita sea —maldijo Ryker tras aferrarse a las riendas con más
fuerza y fulminar a la mujer con la mirada—. Veo que sigues sin saber
controlar tu puñetero temperamento.
—Supongo que aprendí ese rasgo en concreto de ti —contestó ella.
Parecía aburrida. Le brillaron aún más los ojos cuando dijo con una ira
calmada—: Tráeme ese anillo. Me pertenece.
—No te pertenece y lo llevaré conmigo cuando vuelva a la Corte del
Fuego.
Scarlett casi se levantó de un salto al escucharlo. ¿Ryker era de la Corte
del Fuego?
El viento se levantó y azotó el pelo de la mujer.
—Vuelve a casa, Sorin, y trae ese anillo.
—No estoy listo para volver —respondió Ryker entre dientes.
—¿No te estabas lamentando hace nada por tu pueblo?
—Confío en ti para que ayudes a mantenerlo a salvo mientras estoy
fuera. Si vuelvo ahora, no podré llevar el anillo.
—Y dime, por favor, ¿a qué se debe eso? —preguntó ella en voz baja y
fría.
—Fuiste tú quien me encomendó esa tarea tan ridícula. Ahora no me
obligues a volver antes de estar listo, justo cuando acabo de dar con algo.
La mujer se quedó mirándolo y clavó los ojos de jade en los ojos
dorados del capitán.
—La gente se está impacientando, Sorin. Se avecina una guerra. Haz lo
que tengas que hacer, pero date prisa. Tu pueblo te necesitará dentro de
poco.
La mujer se dio la vuelta y, acompañada del lobo, volvió a meterse en el
bosque del que había salido antes de que Ryker pudiese contestar. El caballo
resolló a sus espaldas y Ryker levantó la mano de forma distraída para
acariciarle el hocico. Se dio la vuelta de nuevo para subirse y, antes de que
Scarlett fuese consciente de lo que estaba haciendo, ya estaba de pie y
avanzando hacia la linde del bosque.
—Supongo que, si pensabas convencerme de que hay fae viviendo entre
los humanos, sin duda lo has conseguido después de verla a ella.
Ryker se giró bruscamente y vio que Scarlett estaba de brazos cruzados,
apoyada contra un árbol.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —No se movió, como si el caballo lo
mantuviese clavado al suelo. Tenía el cuerpo rígido y le brillaban los ojos
dorados.
—Disculpa. ¿Habías quedado en secreto con una amante? —preguntó
Scarlett al apartarse del árbol y empezar a andar en círculos alrededor de él.
Ryker se fijó en cómo se movía. Había estado entrenándola y ahora se
movía como un depredador. Como un espectro. Siempre se había contenido
durante los entrenamientos y había mantenido esa parte de ella firmemente
a raya. La vio como nunca antes la había visto. Scarlett se quedó a unos
pasos de él y prosiguió:
—Odio tener que decírtelo, pero ella no parecía tener el más mínimo
interés, así que espero que no fuera el caso.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —repitió él.
—Tú primero —replicó ella.
Ryker soltó las riendas del caballo y se dirigió hacia ella, airado.
—¿Tienes idea de lo que…? —Se interrumpió. ¿Era pánico lo que se
veía en sus ojos?—. ¿Cómo me has encontrado?
—Te llevaste a uno de mis caballos favoritos —contestó ella pasando a
su lado y yendo hacia el caballo. Alargó el brazo y le rascó detrás de la
oreja.
—¿Cómo me has dado alcance tan rápido? Íbamos galopando.
Scarlett le dedicó una sonrisa reservada.
—Conozco algunos atajos.
—Atajos —repitió él con incredulidad.
—Sí, atajos —respondió ella—. Crecí aquí, ¿sabes?
Ryker no le quitó la vista de encima mientras Scarlett volcaba su
atención en el caballo. Estaba repasando frenéticamente todo lo que
acababa de ver y escuchar. Se rio en voz baja cuando el caballo le dio un
golpecito en el hombro para que siguiese haciéndole caso.
Ryker apretó la mandíbula.
—¿Cuánto has visto?
—¿Te refieres a ti y a tu amante?
—Ella no es mi amante y sí, me refiero a eso.
—Lo suficiente como para tener un montón de preguntas —dijo Scarlett,
que por fin se dio la vuelta para ponerse delante de él—. Empezando por
¿por qué narices no dejaba de llamarte Sorin? Y terminando por ¿cómo
demonios estaba empleando la magia aquí? —A Ryker se le tensó un
músculo de la mandíbula, pero no respondió—. ¿Necesitas un incentivo
para hablar, capitán?
Los ojos dorados del capitán se clavaron en los suyos y a Ryker se le
hincharon las fosas nasales.
—¿Estás sangrando?
—¿Qué?
La miró de arriba abajo y sus ojos se detuvieron en la parte superior del
antebrazo de Scarlett, en el lugar en el que la roca le había rasgado la
manga de la blusa y le había hecho un buen corte. Ryker dio un paso
adelante, pero se detuvo en cuanto ella se alejó de él.
—Deberías vendártelo hasta que puedas limpiártelo cuando vuelvas.
Para evitar que se te infecte.
—Sé cómo curarme las heridas. Es solo un rasguño.
—Parece más que eso. Está empapando el sendero de sangre.
Scarlett bajó la vista. Tenía razón. Estaba pasando justo eso.
—Aquí no tengo nada para vendármelo y es…
Conforme las palabras salían de su boca, Ryker se cogió el dobladillo de
la guerrera y se arrancó un trozo del extremo. Al hacerlo, se le vieron un
poco los tersos músculos del abdomen y… joder, si eso no causaba
distracción… La guerrera volvió a su sitio y ocultó de nuevo aquella
maravillosa vista cuando le tendió la mano para ofrecerle el trozo de tela.
Scarlett tenía la boca seca al ir a cogerla; no obstante, Ryker preguntó:
—¿Me dejas que te lo vende?
—¿Qué? —repitió ella.
—El brazo. Que si me dejas que te lo vende. Te resultará complicado
hacerlo sola, ¿no?
Los ojos de Scarlett se toparon con los de Ryker.
—Supongo. Pero solo si mientras tanto respondes a mis preguntas.
Ryker se adelantó y le sujetó el brazo con delicadeza para inspeccionar
la herida.
—Esto es bastante más profundo que un arañazo. ¿Cómo te lo has
hecho?
—Me lo he hecho cuando me he tirado al suelo después de ver a un lobo
descomunal salir del bosque —espetó ella—. Deja de intentar distraerme.
Los labios de Ryker esbozaron una ligera sonrisa.
—Lástima, conozco muchos métodos de distracción.
¿En serio acababa de decir eso?
Scarlett apretó los dientes mientras él alargaba el brazo para coger el
odre que llevaba atado a la silla del caballo. Le quitó el tapón y vertió un
poco de agua en la herida. Scarlett soltó un quejido por el leve escozor. Él la
miró a los ojos un segundo y después volvió a dirigir la vista a su brazo.
—Me ha llamado Sorin porque así es como me llamo —acabó diciendo
al mismo tiempo que le secaba el brazo con el trozo de dobladillo de la
guerrera.
—¿Qué?
Por los dioses, ¿acaso era esa la única palabra que sabía en ese
momento? Al menos era la única en la que podía pensar como respuesta
cada vez que Ryker abría la boca.
—Me llamo Sorin, no Ryker —contestó, todavía concentrado en la
herida de Scarlett—. Antes te he dicho que no soy de estos reinos. Provengo
de las cortes fae.
—De la Corte del Fuego —dijo Scarlett.
Él se tensó de manera casi imperceptible.
—Sí. Vengo de la Corte del Fuego.
—¿Ella también es de la Corte del Fuego? —preguntó.
—No —contestó él.
—Entonces, ¿quién es?
—Un grano en el culo —masculló él a la vez que empezaba a vendarle
el brazo con la tela.
—Parecía una mujer… impresionante —caviló Scarlett.
—Puede serlo cuando… —Volvió a interrumpirse y Scarlett levantó las
cejas, esperando a que siguiese—. Cuando menos me lo espero.
—Puede hacer magia.
—Sí.
—¿Cómo?
Titubeó, pero al final dijo:
—En lo referente a la magia, siempre hay una forma.
—Pero los humanos no disponen de magia.
—También pensabas que los humanos no vivían en las cortes fae —
puntualizó él.
Eso era cierto.
—¿Por qué usas un nombre falso?
—Porque hay una pequeña posibilidad de que mi nombre real pueda
desvelar de dónde vengo y necesito pasar desapercibido mientras esté aquí
—dijo al mismo tiempo que empezó a atarle las vendas con cuidado.
—Estás aquí para encontrar un arma. ¿Para qué?
—Para liberar a mi pueblo de sus opresores.
Scarlett no estaba segura de cómo tomárselo.
—Ella te envió aquí. ¿Es tu superior?
—Eso es lo que ella se cree.
—¿Es que no hay… miembros de la realeza en los territorios fae?
—Los había, pero Deimas y Esmeray los asesinaron al acabar la guerra.
—Bueno, sí, pero han surgido nuevos monarcas. ¿No respondes ante
ellos?
—No necesariamente —contestó Ryker, no, Sorin, y le bajó el brazo.
—¿O sea que estás aquí con un nombre falso con el objetivo de dar con
una especie de arma para liberar a tu pueblo de alguien que les está
oprimiendo?
—Cuantas preguntas —dijo, y la miró de arriba abajo para detectar si
había más heridas—. ¿Vas a usar las cuatro que te debo?
—No —contestó rápidamente, asesinándolo con la mirada. A
continuación, se dio la vuelta y levantó el pie hacia el estribo.
—¿Qué estás haciendo?
—Puede que yo conozca atajos, capitán, pero tú tienes a mi caballo
favorito. Creo que volveré a la mansión cabalgando.
—¿Vas a requisarme el caballo? —preguntó, y levantó las cejas
sorprendido.
—No —respondió ella con una sonrisa—. Vamos a volver juntos.
Se impulsó hacia arriba con elegancia y se subió a la silla. Después se
deslizó hacia adelante para dejarle espacio detrás de ella.
—Será una broma —dijo Sorin observándola.
—No entiendo cómo nada de lo que he dicho o hecho podría indicar que
estoy de broma —dijo ella—. Puedes contarme quién es esa mujer de
camino.
—O tú podrías hablarme de tus pesadillas —replicó él.
Scarlett apretó los labios ante la sugerencia y él sonrió satisfecho.
Recortó la distancia que lo separaba del caballo y se subió detrás de ella con
facilidad. Ella se deslizó hacia atrás, apretó las caderas contra los muslos de
él y percibió cómo Sorin se tensaba al mismo tiempo que ese roce le
provocó a ella una descarga que le atravesó todo el cuerpo.
—¿Estás segura de que quieres volver cabalgando? —preguntó él.
—Pues claro —respondió ella, y se relajó un poco—. Si me molestas
simplemente te tiraré del caballo.
Sorin soltó una carcajada.
—No lo dudo.
Le cogió las riendas de las manos y espoleó al animal para que avanzase
al trote por el sendero. Cabalgaron en silencio durante varios minutos y lo
único en lo que Scarlett podía centrarse era en cómo su espalda descansaba
suavemente contra el pecho del capitán.
—Entonces, ¿cómo se llama? —preguntó Sorin.
—¿Quién? —contestó ella a la vez que dejaba de pensar en la pared de
músculo que tenía a la espalda.
—El caballo. Has dicho que era tu favorito. ¿Cómo se llama?
—Eirwen —contestó ella.
Volvieron a quedarse en silencio y Scarlett se percató de que estaba
relajándose e incluso apoyándose más en él a medida que cabalgaban.
Después de varios minutos, Sorin dijo:
—Cualquiera podría pensar que se ha quedado dormida, milady.
—Vuelve a llamarme así y de verdad que te tiraré del caballo y dejaré
que vuelvas andando a donde quiera que tengas que ir —murmuró ella.
Sorin soltó una risita.
—Voy a volver a la mansión. Tengo que asistir a la cena semanal del
reparto de tareas. Lady Tava y tú soléis asistir —respondió.
—Sí, pero hoy no lo haré. Tengo otras obligaciones esta tarde —contestó
en voz baja.
—Pensaba que ibas a acostarte.
—No es que sea asunto tuyo, pero planeo echarme una siesta cuando
volvamos, ya que lo que tengo que hacer durará hasta bien entrada la noche.
—¿Y qué pasa con el tónico?
—Tampoco es asunto tuyo.
—Hoy te he contado verdades bastante importantes. ¿Acaso no me
corresponde alguna a cambio? —preguntó él. Scarlett notó que estaba
sonriendo.
Una sonrisita se le extendió a ella por los labios al contestar:
—Tu amante parecía enfadada. ¿Problemas en el paraíso?
—Vuelve a referirte a ella como mi amante y seré yo el que te tire del
caballo —soltó él automáticamente.
Scarlett se rio, y le resultó extraño hacerlo. Era incapaz de recordar la
última vez que se había reído de verdad.
—Me parece bien, capitán.
—Ahora es «general» —dijo sin darle mucha importancia.
—¿Qué? —Parecía como si todo lo que dijese él aquella tarde le
suscitase esa respuesta. Se giró para verle la cara.
—Me nombraron general hace unas semanas.
—¿Así que ahora tienes un cargo nuevo y un nombre nuevo? ¿Por qué
no me lo contaste? —Scarlett no pudo ocultar su tono de sorpresa.
Él se encogió de hombros.
—No soy de por aquí, Scarlett. El título que ostento aquí no significa
nada para mí.
—¿En el lugar de donde vienes tienes un título?
—¿Quién te enseñó a ser sigilosa? —preguntó él en lugar de responder.
Bueno. Es posible que Scarlett estuviese tentando a la suerte con todas
esas preguntas, sobre todo si la tarea de Sorin era tan apremiante como
parecía.
—La misma persona que me entrenó en el resto de cosas.
—¿Así que fue Cassius?
—En parte, aunque a él le gustaba más el entrenamiento de combate y
con armas.
—¿Qué hay del resto?
—Vaya, vaya, general, creo que el hecho de estar tan pegados subidos a
un mismo caballo es lo más cerca que vamos a estar hoy de llevar las cosas
al terreno personal —le reprendió ella.
Él suspiró.
—¿Alguna vez te he dicho lo increíblemente irritante que eres?
—Si la gente supiese, general… —murmuró Scarlett, y apoyó la cabeza
contra el hombro de Sorin mientras pensaba en cómo su testarudez había
hecho que acabase en la mansión Tyndell.
Se le cerraron los ojos mientras la mente le iba a toda velocidad. Las
salvaguardas y los hechizos evitaban que los fae llegaran hasta allí y los
esclavizasen, aunque, al parecer, había humanos en los territorios fae que
estaban experimentando precisamente aquello de lo que el rey Deimas y la
reina Esmeray habían intentado protegerlos hacía cientos de años.
—Si en los territorios fae están oprimiendo a tu pueblo, ¿por qué no se
vienen todos aquí, a los reinos mortales? —preguntó.
—Porque los fae no somos bien recibidos —contestó él.
Scarlett se irguió al escucharlo.
—¿Los oprimidos son los fae?
—Sí, muchos de ellos, aunque no son los únicos.
Se le aceleró el pulso al formular la siguiente pregunta.
—¿El causante es el príncipe de la Corte del Fuego?
Sorin se tensó a su espalda.
—¿Qué sabes sobre el príncipe del Fuego?
A Scarlett se le enfrió el cuerpo, después se le calentó y luego se le
volvió a enfriar.
—No tanto como me gustaría.
—¿Por qué lo dices?
—Porque el príncipe del Fuego es el responsable de la muerte de mi
madre.
—¿Qué? —Al parecer, era el turno del general de que una revelación lo
pillase por sorpresa.
—El príncipe del Fuego fue el motivo por el que asesinaron a mi madre
—repitió Scarlett, y su tono se tiñó de ira.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Llevo… Llevo años buscando respuestas. He ido descubriendo varias
pistas por el camino y todas apuntan en su dirección —contestó ella. No
podía contarle cómo había hecho esos descubrimientos. Ni que el líder de
los asesinos había empleado muchos de sus recursos para recabar
información. Ni que ella había obtenido respuestas a base de torturar a
muchos fae y hombres por igual a quienes le habían encomendado liquidar
—. Pero, por lo que sé del príncipe del Fuego, parece la clase de cabrón
capaz de oprimir a todo un reino.
—¿Cómo iba a disponer el príncipe del Fuego de tanto poder si es la
reina fae quien gobierna? —preguntó él.
—¿Entonces es ella la opresora?
—Yo no he dicho eso.
—Si eres de la Corte del Fuego y es el príncipe del Fuego y no la reina
fae quien está oprimiendo a tu pueblo, entonces, ¿por qué no os marcháis a
otra corte?
—No hay espacio suficiente para trasladar a miles de personas, Scarlett
—dijo Sorin en voz baja—. Además, aunque todas esas cortes pertenezcan
a los fae, tampoco es como si entre nosotros nos acojamos con los brazos
abiertos. Sobre todo si vamos de las cortes del oeste a las del este y
viceversa.
Scarlett no se lo esperaba.
—Suena como si hubiera muchos problemas entre las cortes fae —
afirmó pensativa.
—Los hay —respondió Sorin.
—¿Y crees que dar con esa arma solucionaría parte de los problemas?
—Encontrar el arma lo cambiaría todo.
—¿Qué tipo de arma es?
—Eso es lo que estoy tratando de averiguar.
—¿Ni siquiera sabes qué estás buscando? —preguntó, y se giró para
volver a mirarlo a los ojos.
Los ojos de Sorin se toparon con los de Scarlett en una mirada de lo más
breve.
—No tengo ni idea de lo que estoy buscando.
capítulo 8
Scarlett

h abía sangre por todas partes. Le manchaba las manos, el torso


desnudo y las piernas. Su daga descansaba junto a ella mientras
estrechaba contra su pecho el cuerpo que había dejado de respirar.
Las lágrimas le caían por las mejillas. No podía respirar por culpa de los
sollozos.
Sin embargo, ese sueño era distinto. La mano fría no la cogió por el
codo y tiró de ella para que se levantase. El hombre no le susurró al oído.
No, el hombre apuesto estaba ahí. Hasta entonces aparecía en el pasillo.
No ahí. No en esa habitación.
Se agachó delante de ella a la vez que Scarlett estrechaba el cuerpo
contra su pecho. Él alargó la mano y ella notó cómo le ponía el dedo
debajo de la barbilla y la obligaba a mirarlo a los ojos. A esta distancia,
podía ver que el color plateado de sus ojos parecía moverse como en una
bola de cristal. Ladeó la cabeza ligeramente mientras la observaba.
—Ahora entiendo por qué ha intentado mantenerte escondida —dijo. Su
voz era suave y persuasiva. A Scarlett prácticamente se le relajó todo el
cuerpo cuando la escuchó. No dijo nada.
Sin apartar la vista de ella, el hombre hizo que Scarlett soltase el cuerpo
y, con una dulzura sorprendente, dejó el cadáver de la mujer a un lado. A
continuación, se puso de rodillas delante de Scarlett, encima de la sangre
de la mujer, al igual que ella.
—Qué oscuridad tan hermosa e implacable —murmuró. Le puso la
mano en la mejilla y se la acarició con el pulgar. Scarlett fue incapaz de
moverse mientras lo observaba. Mientras él la miraba—. Un poder en
bruto que atrae a todos hacia ti como si fueras una sirena —murmuró.
Después se acercó a ella para susurrarle directamente al oído—: Ojalá
dieses rienda suelta a ese poder.
Scarlett retrocedió, ya que estaban demasiado cerca, y casi se cayó
hacia atrás; no obstante, él fue rápido y le puso una mano en la espalda
para cogerla antes de que pudiese abrirse la cabeza contra el suelo de
piedra. Esbozó una sonrisa torcida y algo moviéndose captó la atención de
Scarlett. Giró la cabeza a un lado con brusquedad y obvió el cadáver para
mirar hacia la pared, donde había una mujer encadenada que no estaba
ahí antes. Llevaba las mismas cadenas de piedra que le habían puesto a
Scarlett aquella noche. Que aún le rodeaban las muñecas. La mujer
sangraba y estaba magullada, pero Scarlett igualmente fue capaz de
reconocerla a ella y a su pelo color caoba. Era la mujer que había visto
hablando con Sorin.
Scarlett por fin consiguió hablar. Tenía la voz ronca y áspera de haber
gritado aquella noche.
—¿Quién es ella?
—Es la personificación de todo cuanto nos arrebataron —contestó él—.
De todo cuanto te arrebataron.
—¿A mí? —Se dio la vuelta para mirarlo, pero él tenía los ojos
plateados clavados en la mujer. Tenía un amago de sonrisa en los labios, y
la mujer empezó a gritar.
Scarlett volvió a girarse bruscamente hacia ella. No veía que tuviese
heridas nuevas; de todas formas, la mujer tenía tantas que Scarlett no
habría sido capaz de decir si había más. Conocía esa clase de grito. Sus
encargos habían proferido esa clase de gritos.
Dracon había gritado así.
Su madre había gritado así.
—Para —susurró Scarlett. Luego dijo en voz más alta, después de
volverse hacia el hombre—: ¡Para!
Él la miró a los ojos y los gritos de la mujer se trasformaron en
resuellos entrecortados. Parecía estar repitiendo una palabra entre jadeos,
pero Scarlett no conseguía entender de qué se trataba.
—Ella se interpondrá entre nosotros.
—¿Quién eres? —preguntó Scarlett con voz áspera.
—Todo a su debido tiempo —contestó él. Entonces la ayudó a
levantarse, la envolvió con la capa que se le había caído del cuerpo
desnudo y se la ciñó—. En cuanto a él —escupió la última palabra—.
Pagará por lo que te ha hecho esta noche. Por lo que intenta usurpar.
Todos lo harán.
Scarlett no lo entendió. Si se estaba refiriendo a…
Retrocedió cuando él le retiró el pelo de la cara con la mano.
—Intentan mantener bajo llave a tanta fuerza y tanto poder… —susurró.
Después se agachó y recogió la daga de Scarlett del suelo. Ella lo
observó mientras se hacía un corte en el antebrazo con la daga y no pudo
evitar dar un pequeño grito ahogado que se le escapó de los labios. Le
agarró la muñeca en un abrir y cerrar de ojos, y lo hizo con fuerza para
que Scarlett no pudiese soltarse.
—Shh. —La tranquilizó a la vez que le apretaba un punto de presión en
el interior de la muñeca, lo que le provocó un espasmo e hizo que abriese la
mano. Le hizo un corte pequeño en la palma—. Esos insensatos intentan
destrozarte —murmuró—. Pero se les olvida algo.
Lo único que pudo hacer ella fue quedarse mirando cuando él tiró la
daga al suelo. Siguió sujetándole la muñeca mientras se mojaba los dedos
con la sangre que le bajaba por su propio brazo. Después metió esos
mismos dedos en la sangre de Scarlett, que se le acumulaba en la palma de
la mano. Les dio vueltas como si estuviese mezclando pintura.
—¿El qué se les olvida? —logró decir por fin.
Él se detuvo y volvió a mirarla a los ojos. Aquella sonrisita divertida
había regresado. La miró fijamente y le trazó un patrón en el antebrazo. Un
triángulo invertido con tres estrellas debajo. Luego, se llevó los dedos a los
labios y se chupó la sangre restante. Se le cerraron los ojos como si fuese lo
más delicioso que hubiese probado nunca.
—¿El qué se les olvida? —volvió a preguntar ella.
El hombre abrió los ojos de repente y puso el rostro a un centímetro del
de Scarlett.
—Que el canto de una sirena atrae atención inesperada.
Entonces la mujer empezó a gritar otra vez. Y, en esta ocasión, la
palabra, o más bien el nombre que gritaba, se escuchó clara como el agua.
Sorin.
capítulo 9
Sorin

t e vienes, Renwell? —preguntó Drake sacando a Sorin de sus


pensamientos.
—Sí. Claro. No tengo ningún otro asunto que atender esta noche
—contestó Sorin, sin saber siquiera a qué acababa de comprometerse.
Le había costado centrarse en la conversación de la cena mientras lord
Tyndell asignaba las tareas semanales. Volver a caballo con Scarlett había
sido… interesante. La había visto distinta. Eso englobaba todo lo que había
hecho, desde la forma en la que había salido paseándose de entre los árboles
hasta el afecto que sentía por el caballo y las preguntas ingeniosas que había
formulado.
Después estaba lo que había sentido cuando Scarlett se había apoyado
contra él mientras cabalgaban. Sorin le había tomado el pelo al decirle que
conocía muchos métodos de distracción; no obstante, había sido ella la que
lo había distraído tanto que apenas pudo prestar atención a sus preguntas y a
lo cuidadoso que tenía que ser para contestarlas. Todo —desde tener la
espalda de Scarlett contra el pecho, hasta que el pelo plateado de ella le
rozase la mejilla al darse la vuelta para mirarlo, pasando por su mirada azul
glacial que parecía llamear sorprendida con las respuestas— le había
distraído.
La aparición de Scarlett era algo condenadamente inesperado en mitad
del desastre en el que se había convertido esa misión. Sin embargo, ahora
ella lo sabía. Sabía que no se llamaba Ryker, y Sorin se preguntó si se iría
de la lengua o si lo mantendría en secreto.
Por inexplicable que fuese, no estaba tan preocupado como quizá debía.
Ya llevaba semanas queriendo escucharla pronunciar su nombre real; desde
que empezaron a entrenar.
Cuando todavía estaban a cierta distancia, Scarlett le había dicho que no
podían verla entrar a caballo con él a los terrenos. Había desmontado de la
silla deslizándose con la elegancia de un felino y, antes de que Sorin
pudiese protestar, había desaparecido entre los árboles. El general
desconocía cómo y cuándo había regresado a la mansión.
Sorin estaba de pie en el vestíbulo con Drake, Cassius, Mikale, Nevin
Swanson y un puñado de comandantes más. Acababa de terminar la reunión
con lord Tyndell. Por lo general, Tava y Scarlett solían acompañarlos
durante la cena, pero se marchaban al terminar la comida, antes del reparto
de tareas. Tava les había comunicado que Scarlett no se encontraba bien y
que estaba descansando en su habitación. Sorin sabía que planeaba echarse
una siesta antes de salir a ocuparse de lo que fuera que tuviese que hacer
aquella noche. No se le escapó la mirada de preocupación que Cassius le
lanzó a Tava. Aún intentaba averiguar qué relación tenía él con Scarlett.
Estaba claro que eran muy cercanos, pero cada vez que Sorin sacaba el
tema de si eran pareja, ella se cabreaba tanto que ya no sabía cómo
tomárselo.
—Por fin podemos celebrar ese ascenso, general —dijo Drake, y le dio
una palmada en el hombro.
—Lord Tyndell te ha mantenido bastante ocupado al otorgarte ese nuevo
título —añadió Mikale con un tono algo burlesco—. Últimamente apenas te
vemos fuera del castillo.
Sorin se quedó mirándolo y dijo con frialdad:
—Cuanto mayor es el rango, mayores son las responsabilidades.
Ambos se fulminaron con la mirada; el desprecio que sentían el uno por
el otro era evidente. Sorin pensaba que aquel insignificante lord era un
malcriado y un pretencioso. Además, estaba claro que Mikale deseaba a
Scarlett. Ni siquiera se molestó en ocultarlo aquel día en el jardín, fuera de
la sala de entrenamiento. Era evidente que ella no le correspondía.
—¿Quién iba a decir que algunas de esas responsabilidades incluirían
cuidar a ciertos miembros de la residencia del lord? —gruñó Mikale.
—Es suficiente —contestó Drake con un tono completamente autoritario
—. No solo estás en presencia de más de un superior, sino que también
estás en mi casa, Lairwood. Ten un poco de respeto, joder.
—Mis disculpas —masculló Mikale furioso.
—Recobra la compostura o vete. —Fue lo único que respondió Drake al
pasar junto a él y dirigirse hacia la puerta. Sorin hizo amago de seguirle,
pero la voz de una mujer en lo alto de las escaleras hizo que todos se diesen
la vuelta.
—¡Cassius! —exclamó Tava.
Bajó las escaleras a toda prisa y estuvo a punto de tropezarse con la
falda. Drake apareció al principio de la escalera al instante y sujetó a su
hermana por los hombros.
—¿Tava? ¿Va todo bien? —preguntó Drake al mismo tiempo que le
echaba un vistazo en busca de heridas—. ¿Estás bien?
—Estoy bien —contestó ella, y el pánico se reflejó en sus ojos azul
océano. Miró a Cassius por encima del hombro de Drake—. Es Scarlett…
No se encuentra bien.
—Entonces avisa a un curandero —dijo Mikale mientras se abría paso
hacia ella.
Sorin juraría haber visto cómo un leve pánico también se adentraba en su
mirada. Sintió cómo se le calentaba la sangre al ver a ese malnacido actuar
como si en realidad le importase. ¿De dónde venía esa actitud protectora?
—¿Has avisado a Mora? —preguntó Drake, todavía sujetando a Tava
por los hombros. Sin embargo, ella miraba fijamente a Cassius—. ¿Tava?
Drake la zarandeó con suavidad para intentar recuperar su atención, pero
ella se liberó encogiéndose de hombros y se fue con Cassius. Sorin tuvo que
emplear toda su fuerza de voluntad para no subir las escaleras a toda
velocidad, aunque no sabía cuál era la habitación de Scarlett. Tava se puso
de puntillas y le susurró algo a Cassius al oído. Al comandante se le
pusieron los ojos como platos y asintió levemente.
—Marchaos —dijo, e inclinó la cabeza en dirección a Drake—. Voy con
Tava a echarle un vistazo a Scarlett y luego os alcanzo.
—¿Estás seguro? —preguntó Drake, y Tava, Cassius y él se miraron de
forma cómplice.
—Estará bien —respondió Cassius—. Solo quiero echarle un vistazo.
—Eso sería de lo más inapropiado —dijo Mikale con el ceño fruncido
—. ¿Por qué no habéis avisado a un curandero?
—La señorita Scarlett posee sus propios fantasmas y se enfrenta a algo
que un curandero es incapaz de arreglar, Lairwood —gruñó Cassius—. Tú,
más que nadie, deberías saber esas cosas.
Mikale puso una expresión desdeñosa, pero Drake se interpuso entre
ellos.
—Vámonos —ordenó. Después añadió—: Renwell, quédate con
Cassius. Os veremos en la taberna de siempre. —Empujó a Mikale con
fuerza hacia la puerta.
En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, Tava cogió a Cassius de la
mano.
—Date prisa —fue lo único que dijo a la vez que lo arrastraba en
dirección a las escaleras.
Los tres subieron a la carrera y Sorin los siguió por el pasillo. Se
detuvieron en la tercera puerta hacia la izquierda. La de enfrente estaba
abierta de par en par y, a juzgar por los múltiples efectos personales que
pudo ver, Sorin supuso que pertenecía a Tava.
Tava hizo amago de llamar a la puerta, pero Cassius le apartó la mano y
entró de un empujón. Tava lo siguió, con Sorin pegado a los talones, y cerró
la puerta tras ellos.
—Por los dioses —jadeó Cassius cuando vieron la habitación.
Scarlett estaba durmiendo en la cama, pero estaba bañada en sudor.
Tenía el pelo plateado pegado a la frente y se sacudía entre las sábanas. Se
le escapaban unos gemidos en voz baja y su piel había perdido el color.
—Vine para ver qué tal estaba y me la encontré así. No consigo
despertarla —murmuró Tava con miedo.
Cassius se dirigió al borde de la cama. Se había puesto blanco. Sujetó a
Scarlett por los hombros y la zarandeó con fuerza.
—Scarlett —le temblaba la voz. Sorin percibió el miedo que sentía.
Scarlett se sacudió debajo de él. Cassius levantó la voz y puso un tono
autoritario al mismo tiempo que el pánico se apoderaba de sus palabras—.
Scarlett. Estoy aquí. Despierta.
—¿Eso es humo? —susurró Tava.
—¿Cómo? —preguntó Cassius tras volverse hacia ella.
Tava señaló las manos de Scarlett, enredadas entre las sábanas. Era
cierto, unas volutas de humo negro le salían de la mano izquierda, que
estaba apretada en un puño.
—Tenemos que avisar a Mora —murmuró Cassius.
—Tú mismo has dicho que un curandero no podría solucionarlo —siseó
Tava—. Si avisamos a alguien, será a… —se detuvo y echó un vistazo a
Sorin—, a ella o a Sybil.
—No puedo ayudarla a superarlo si no se despierta. Sybil tardará
demasiado en llegar. Ella llegaría de inmediato si pudiésemos dar con su
paradero, pero no tengo ni la más remota idea de dónde está ahora mismo
—contestó Cassius.
—Los curanderos son incapaces de ayudarla —los interrumpió Sorin
tras ponerse junto a la cama—. Y dudo que quienquiera que sea ella pueda
ayudarla.
Sorin le cogió la mano a Scarlett, que, en efecto, estaba ardiendo. Era
imposible. Semanas antes, cuando congeló aquellas ramas en el claro, Sorin
pensó que era hija de Anahita, la diosa de los mares y el agua, ¿pero este
despliegue de poder? Esto era cosa de Anala, la diosa del sol y el fuego.
Scarlett era agua y fuego. Nadie salvo las reinas fae poseía poderes de más
de una corte.
—¿A qué te refieres con eso de que los curanderos son incapaces de
ayudarla? —exigió saber Cassius.
—Me refiero a que los curanderos de aquí no pueden hacerlo —dijo
Sorin después de escudriñar la habitación.
—¿Y de dónde proceden exactamente los curanderos que podrían
ayudarla? —preguntó Tava.
—De donde yo vengo —respondió Sorin, que seguía buscando algo.
—¡Déjate de puñeteros acertijos, Renwell! —exclamó Cassius—. ¿Qué
demonios estás buscando?
Los ojos de Sorin se detuvieron en el tocador de Scarlett… y en el anillo
de Semiria.
—Esto —contestó después de encaminarse hacia el tocador y cogerlo.
Se lo puso en el dedo.
—¿Un anillo? —dijo Cassius—. ¿Cómo va a ayudarla un anillo?
—El anillo me permitirá a mí ayudarla.
Le dio una suave descarga cuando se desató su magia. A continuación,
soltó un profundo suspiro al notar cómo le crepitaban las venas con unas
ascuas que llevaba casi tres años sin sentir. Un calor le recorrió el cuerpo.
Sin apenas pensarlo, un escudo hecho de llamas casi imperceptibles rodeó
la habitación. Tava dio un grito y Cassius soltó una palabrota.
—¿Qué has hecho? —preguntó Cassius con un grito ahogado.
—He levantado un escudo para evitar que venga más gente a ver por qué
gritáis —respondió Sorin con tranquilidad.
—¿De dónde eres? —preguntó Cassius con voz aguda.
—Eso ahora no importa. Pase lo que pase, no tratéis de despertarla otra
vez hasta que yo os lo indique —dijo Sorin, y se alejó del costado de la
cama.
Dejó la mano suspendida sobre la de Scarlett y absorbió el calor; sin
embargo, el humo no desapareció. Parecía casi como si estuviese
rebelándose contra su magia. Se agachó para examinarlo y se percató de
que era algo mucho más oscuro que el humo. Era tan negro como la noche,
se asemejaba más a una sombra que a humo. Jamás había visto nada igual.
Era consciente de que Cassius y Tava estaban cerca, intercambiando
susurros. Al final, iba a tener que descubrir de quién se trataba esa «ella» a
la que aludían sin cesar en su presencia. Casi se les había escapado varias
veces, pero siempre se acababan controlando.
—¿Qué eres? —preguntó Tava, su voz apenas era más que un susurro.
La joven dama era muy callada pero endiabladamente lista. El resto no
la valoraba lo suficiente. La forma en la que se sentaba en silencio y
observaba desde lejos a quienes tenía alrededor la convertía en alguien tan
peligroso como cualquier soldado.
—Soy fae —respondió Sorin sin el más mínimo atisbo de duda a la hora
de desvelar el secreto que había ocultado durante los tres años que había
estado en esas miserables tierras. Solo estaba centrado en la hembra que
tenía ante sí.
Hembra, que no mujer. Ya que ella también era fae, y al parecer no tenía
ni idea.
La primera vez que la vio, aquellos ojos azul glacial, el pelo plateado y
su perfume a mar, a brasas, a jazmín… y algo más que no logró identificar,
lo pillaron desprevenido. Era algo casi imperceptible. Captó su olor la
primera noche que la vio en la mansión Tyndell. Sorin tuvo que asistir a una
cena a la que el príncipe heredero y el rey también asistieron. Llevaba
meses observándola cada vez que estaba cerca, lo que no sucedía a menudo.
Por lo que sabía, no solía abandonar la mansión. Era callada y reservada, y
solo hablaba cuando se dirigían a ella. Era la personificación de una
señorita recatada, lo que distaba mucho de la hembra a la que había estado
entrenando ese último mes, la cual no resultaba tan… intrigante.
La primera vez que luchó contra ella supo que no era del todo humana.
Era más rápida que cualquier mortal contra el que hubiese combatido, tanto
fuera como dentro del campo de batalla. Se movía con la elegancia de los
de su especie, a diferencia de los mortales con los que había pasado los tres
últimos años. Sorin tenía que contenerse a menudo al entrenar con los
hombres, de forma similar a como había hecho Scarlett en su primera pelea.
Era más hábil de lo que el general esperaba, incluso después de haberla
visto pelear contra el comandante. Sus movimientos eran precisos y fuertes,
pero distintos de los que se les enseñaban a los soldados en los
entrenamientos. Había entrenado con otra clase de maestros.
Sorin tuvo que emplearse a fondo en el segundo combate. Echó leña al
fuego y llevó sus emociones al límite para comprobar si esa ira heladora
que había atisbado en aquellos penetrantes ojos azules salía a la luz, pero no
notó nada. Juraría que vio cómo la escarcha le cubría las puntas de los
dedos aquel día en el que le exigió que le soltase el tobillo en la sala de
entrenamiento, y cómo a continuación su piel se volvió tan gélida como su
tono. La habían entrenado bien. No tan bien como podría hacerlo él, pero
aun así era bastante impresionante para una mortal.
Aunque ella no era mortal. No con esa elegancia, ese olor y ese poder
que él podía percibir a su alrededor cada vez que la tenía cerca.
Y no con aquel fuego que acababa de extraerle de las venas.
Scarlett siguió sacudiéndose delante de él, aunque no con tanta violencia
después de haberle absorbido el calor del cuerpo. Miró a Tava y a Cassius
por encima del hombro. Cassius le había pasado el brazo a Tava por los
hombros y estaba consolándola.
—Se recuperará —dijo Sorin en voz baja; después se volvió hacia
Scarlett.
Se sentó en la cama con cautela y se acercó a ella. Intentó pasar por alto
la blusa que se le pegaba al cuerpo bañado en sudor. Las vueltas que había
dado Scarlett habían hecho que se le subiese por el torso. Los pechos le
bajaban y subían rápidamente al compás de su respiración.
—Scarlett —le susurró al oído. Dejó de moverse, pero siguió con los
ojos cerrados. Los gemidos en voz baja continuaron hasta que él volvió a
susurrar su nombre. Dejó de gemir. Él escuchó a Tava contener la
respiración—. Scarlett, estoy aquí —le susurró al oído—. Abre los ojos.
Se le abrieron los ojos de golpe. No eran del azul penetrante al que
estaba acostumbrado, sino de un ámbar fundido, tan dorados como los
suyos, con remolinos plateados que se movían a su alrededor. Se quedó
mirándolo fijamente durante un segundo antes de susurrar desconcertada:
—¿Sorin?
Por los dioses. Escuchar cómo alguien lo llamaba por su nombre era un
puñetero alivio.
—Estabas… —comenzó a decir, pero antes de que pudiese explicarle
qué hacía en su habitación, Scarlett se lanzó a sus brazos.
Él la abrazó con indecisión mientras ella sollozaba contra su hombro.
Sorin no se percató del sudor que goteaba por su cuerpo ni del pelo que
tenía pegado a la frente. Lo único en lo que pudo concentrarse fue en el
aroma a jazmín y a brisa marina que le inundó la nariz. Notó como alguien
se acercaba a la cama y le echaba una manta sobre los hombros a Scarlett.
Se le había olvidado lo inapropiada que parecería aquella escena si alguien
irrumpiese en la habitación. Alzó la vista y vio a Cassius observándolo con
una mirada completamente protectora.
—Se pondrá bien —repitió Sorin sin apartar la vista.
Cassius, que estaba de brazos cruzados, se limitó a asentir.
Pasados unos minutos, Scarlett se apartó. Miró a Sorin a los ojos y lo
observó durante un rato antes de susurrar:
—Estaba ahí. La mujer de antes.
—Era un sueño, Scarlett —contestó él, incapaz de evitar apartarle un
mechón rebelde que llevaba pegado a la frente. Había creado un segundo
escudo invisible a espaldas de Tava y Cassius que los rodeaba a Scarlett y a
él. No podían escuchar lo que estaban hablando.
—¿Quién es ella, Sorin? ¿Cómo es posible que estuviese en mi sueño?
—insistió Scarlett sin apartar la vista.
—Era un sueño —repitió él—. Puede que estuvieses incorporando lo
que has visto hoy.
Ella negó con la cabeza.
—No. El sueño es siempre el mismo. O lo era hasta la semana pasada.
Es como si alguien estuviese… ¿Quién es ella?
—Es imposible que fuese la misma persona —insistió Sorin.
—No hagas eso. No me hables como si no supiese lo que estoy diciendo.
No me trates de forma condescendiente como si me estuviese volviendo
loca —dijo ella negando suavemente con la cabeza.
—Es imposible que fuese ella —volvió a decir Sorin.
—La estaban torturando —espetó Scarlett. Sorin se quedó inmóvil—. Él
la estaba torturando y ella gritaba tu nombre.
—¿Qué? —Imposible. Ella jamás gritaría su nombre. Ya no.
—Dime quién es —dijo Scarlett furiosa.
—Es imposible que fuese la misma persona, Scarlett. No es…
Se interrumpió cuando a Scarlett se le endurecieron las facciones y el
color dorado de sus ojos se transformó en una llamarada. Notó cómo los
escudos se hacían pedazos y tembló cuando su magia perdió la fuerza.
—Márchate —susurró Scarlett de forma venenosa.
—Scarlett, yo… —comenzó a decir.
Scarlett abrió la mano derecha.
—Y devuélveme mi puñetero anillo.
Se levantó y se sacó el anillo de Semiria del dedo. Sintió cómo sus
llamas se consumían y se extinguían conforme la magia desaparecía y el
vacío regresaba. Sin embargo, cuando se lo dejó caer en la palma, se
percató de que Scarlett ya no llevaba el brazo vendado y de que la herida
había desaparecido por completo. No había ni rastro de ella. Había sido un
corte profundo. No había forma de que hubiese sanado del todo.
—¿Se te ha curado el brazo? —preguntó, y alargó los dedos para
pasárselos por la zona en la que hacía tan solo unas horas le había curado la
herida.
Ella apartó el brazo.
—Márchate —dijo, esta vez con más intensidad.
—Scarlett, hay cosas que tienes que saber…
Scarlett se deshizo de las sábanas y se levantó. Le temblaban las piernas.
Se puso de puntillas y lo miró a la cara.
—Lo único que quiero que me digas es quién es esa mujer.
Sorin no dijo nada. Se limitó a sostenerle la mirada sin saber bien qué
decir. Era imposible que fuese ella.
—Scarlett —dijo Cassius en voz baja a sus espaldas.
Ella levantó la mano para mandarlo callar y Sorin juraría que vio una
sombra arremolinarse en su palma antes de disiparse al igual que hacen las
cenizas con el viento. Los ojos dorados de Scarlett seguían clavados en los
suyos cuando dijo con una voz tan serena como la muerte:
—No quiero verte. No quiero dirigirte la palabra. No quiero tener nada
que ver contigo hasta que estés dispuesto a contármelo todo, empezando
por quién es ella.
Incapaz de evitarlo, Sorin le tendió la mano, pero ella volvió a apartarse.
—Márchate —repitió tras darse la vuelta e ir hacia Cassius.
Él la cogió cuando se tambaleó al dar el último paso y después le sujetó
la cara entre las manos.
—¿Estás bien?
Sorin se quedó mirando mientras Cassius escudriñaba los ojos de
Scarlett. Vio cómo ella levantaba las manos delgadas temblando y le
rodeaba las muñecas a Cassius.
Con palabras que, de no haber sido por el sentido auditivo de los fae, no
hubiese escuchado, la oyó susurrar: «No».
Sorin dio un paso atrás al mismo tiempo que Cassius la envolvía en un
abrazo y la estrechaba contra él, acariciándole el pelo. Y, mientras estaba
ahí de pie, sintió algo en lo más profundo de su alma, algo que se tragó ya
que no estaba dispuesto a reconocerlo, antes de dar media vuelta y salir de
la habitación de Scarlett.
capítulo 10
Scarlett

s carlett se aferró a Cassius mientras él le acariciaba la espalda de


forma tranquilizadora. No hizo preguntas. No se movió hasta que
Scarlett se apartó. Entonces le puso la mano contra la mejilla y la
miró a los ojos. Ella levantó la mano y le agarró la muñeca a Cassius para
estabilizarse.
—Me has dado un susto de muerte —dijo Cassius en voz baja.
—¿Cómo supiste que tenías que traerlo? —susurró Scarlett.
Cassius soltó una carcajada.
—¿Por un golpe de suerte? Aunque creo que, si Drake no se lo hubiese
dicho, a él se le habría ocurrido una excusa para quedarse.
Scarlett se dio la vuelta al escuchar unos pasos arrastrándose y vio a
Tava apoyada contra el tocador con una mano sobre el corazón.
—Estoy bien, Tava —dijo Scarlett con tanta tranquilidad como pudo—.
Gracias por avisarlos.
Tava inspiró profundamente y después puso los brazos en jarras.
—¿Te has tomado el tónico esta noche? —Hay que reconocerle que solo
le tembló un poco la voz.
Scarlett negó con la cabeza.
—No. ¿Puedes ir a por el más fuerte?
Tava asintió y salió de la habitación después de quedarse parada en el
umbral para echarle un último vistazo.
Cuando la puerta se hubo cerrado, Cassius habló.
—Tampoco es tan tarde. Puedes tomarte el tónico de siempre.
—Necesito dormir, Cass. Estoy agotada.
—El tónico más fuerte no es para eso —argumentó él.
—No te corresponde a ti decidirlo —replicó Scarlett.
Él apretó los labios mientras la estudiaba.
—¿No tienes ninguno en la habitación? —preguntó con firmeza.
—Pues claro que sí, pero ella necesitaba estar ocupada. La ayudará a
centrarse —contestó Scarlett, y movió la mano para restarle importancia.
Se dirigió hacia el tocador y tiró aquel anillo infernal encima. Aterrizó
con un golpe sordo. Colocó los brazos a ambos lados del mueble y suspiró
profundamente mientras bajaba la cabeza. Sin duda, el agotamiento le
estaba pasando factura. Estaba casi segura de que se había puesto enferma.
—¿Qué le pasa a este anillo? —preguntó Cassius.
Scarlett levantó la vista hacia el espejo del tocador y vio que Cassius la
observaba. Estaba hecha un desastre. Tenía la ropa pegada al cuerpo,
bañada en sudor. Llevaba el pelo igual de desastrado. Lo miró a los ojos en
el espejo.
—Ojalá lo supiera. Parece estar obsesionado con él, pero no me cuenta
el por qué.
—Él… Yo… —Cassius respiró hondo y se pasó las manos por el pelo.
Scarlett se giró para estar frente a él y se ciñó la manta que llevaba sobre los
hombros—. Scarlett, él podría tener las respuestas que has estado buscando
—dijo al fin.
—Lo sé. Llevo un tiempo con esa sensación. Por fin estábamos
empezando más o menos a confiar el uno en el otro, pero guarda secretos.
Bueno, y yo también…
¿De verdad esperaba que él le revelase tanto con la de cosas que le
ocultaba ella sobre su vida?
—Te ha sacado de esa pesadilla, Scarlett. No tengo ni idea de lo que ha
hecho, pero se ha puesto ese anillo, se ha sentado a tu lado, te ha susurrado
al oído y te has despertado.
—¿Qué cosas ha dicho?
—Lo único que he escuchado ha sido tu nombre. Como si pudiese llegar
hasta ti sin importar dónde estuvieses. Como si estuviese conectado
contigo.
Cuando se despertó y lo vio inclinándose sobre ella, se le relajó todo el
cuerpo, como si de verdad estuviesen conectados. A Scarlett le resultó
imposible no lanzarse a sus brazos.
—También nos ha dicho que es fae —continuó Cassius pensativo.
—¿Fae? ¿Es fae? —A Scarlett se le heló la sangre. Ese era un dato
bastante curioso que, convenientemente, se le había olvidado mencionar
durante su conversación a lomos del caballo. Scarlett apretó los dientes.
—Eso parece. Ha envuelto toda la habitación en llamas al ponerse tu
anillo —respondió Cassius con calma.
—¿Y no se te ha ocurrido que deberías haberlo mencionado al instante?
—exigió saber Scarlett.
—Acabo de contártelo —dijo Cassius encogiéndose de hombros.
Scarlett mantuvo su creciente temperamento a raya.
—¿Cómo es posible que sea fae? No tiene orejas puntiagudas ni
tampoco caninos. Él…
Sí que poseía una velocidad inmortal. Parecía disponer de mejor oído y
vista que la mayor parte de las personas a las que conocía. Los fae eran
poderosos, depredadores naturales que se fortalecían aún más gracias a su
conexión con la naturaleza. Ese era también el motivo por el que a menudo
actuaban como animales salvajes y violentos, gruñendo y enseñando los
dientes.
Además, Scarlett había estado entrenando con él. Había estado
entrenando codo con codo como una maldita idiota con un puñetero fae,
usando armas que jamás le harían daño. Puede que una espada, una daga o
una flecha lo ralentizasen, pero no acabarían con su vida. Solo las flechas
de fresno negro o la piedra shira podían matar a un fae.
Se le empezó a nublar la vista y le entró una arcada cuando empezó a
atar un cabo tras otro. Se fue corriendo hasta el baño y llegó justo a tiempo
para vomitar en el retrete. Un instante después, sintió las manos de Cassius
echarle el pelo hacia atrás con cuidado mientras ella volvía a vomitar.
Cuando dejó de tener arcadas, se echó hacia atrás y apoyó la cabeza contra
las rodillas de Cassius, que estaba sentado en el borde de la bañera.
Los fae. La razón por la que el rey y la reina se habían sacrificado para
salvar sus tierras. La razón por la que los humanos no se atrevían a
aventurarse más allá de los tres reinos. La razón por la que su madre estaba
muerta. La razón por la que a ella la habían entrenado para ser tan letal.
No obstante, los fae también eran inmortales, lo que significaba que
poseían un amplio conocimiento. Por lo que sabía, era posible que Sorin
hubiese estado vivo durante la guerra entre las cortes y el reino.
—Oye, si de verdad es fae, es posible que tenga respuestas para ti
también —dijo mientras Cassius le acariciaba el pelo para calmarla.
—A mí también se me había ocurrido —contestó con una voz tan
tranquilizadora como sus caricias.
—Se supone que voy a ver a Nuri esta noche. Donde siempre. Dijo que
era urgente —añadió Scarlett, gruñendo por culpa del recuerdo repentino.
—Iré yo y le contaré lo que está pasando.
—Igual debería acompañarte. Me pasaré por lo menos un par de días
durmiendo después de tomarme el tónico. Si de verdad es urgente… —Dejó
la frase en el aire y se le volvió a empañar la vista.
—Hermanita, no hay forma de que puedas salir de la mansión en este
estado —respondió Cassius con dulzura—. Iré yo. Ya irás a verla cuando
despiertes. Lo entenderá.
Scarlett escuchó abrirse la puerta de su habitación casi sin hacer ruido,
seguida de unas pisadas suaves cruzando el suelo.
—Siento haber tardado tanto. Una criada te está cambiando las sábanas.
—Algo cambió en los ojos de Tava al ver a Scarlett en el suelo, con la
cabeza apoyada en el regazo de Cassius. Scarlett podía percibir la
preocupación. Había presenciado esa escena varias veces durante el último
año. La vacilación era palpable en su tono cuando dijo—: Ryker sigue aquí.
Está en el vestíbulo. Ha preguntado por ti.
Tava le pasó un frasquito a Scarlett. Ella lo cogió con las manos un tanto
temblorosas por culpa de haber vomitado. Se bebió el contenido de un solo
trago antes de levantar la vista hacia Cassius y decir:
—Dile a ese fae cabrón que cuando esté listo para contarme qué está
pasando, le estaré esperando. Hasta entonces, puede irse a la mierda y mi
salud no es de su incumbencia.
Cassius se agachó, le pasó un brazo por debajo de las rodillas y otro por
la espalda. Scarlett le rodeó el cuello con los brazos conforme la levantaba
del suelo con un movimiento fluido. Los ojos marrones de Cassius brillaron
por la diversión y sus labios esbozaron un amago de sonrisa.
—Por lo menos sé que estás bien.
Scarlett lo fulminó con la mirada mientras la llevaba por la habitación; le
pesaban los párpados por culpa del tónico más fuerte, que tenía propiedades
sedantes.
—Prométeme que se lo dirás, Cassius. Que le dirás justo eso. Y no le
cuentes cómo estoy. No le cuentes ni una puñetera cosa sobre mí.
—Como quieras, Scarlett —contestó tras dejarla sobre la cama con
suavidad. Las sábanas que tenía debajo estaban limpias y recién cambiadas.
Antes de marcharse, se acercó y le susurró—: Sí que le importa, Scarlett, da
igual si lo reconoce o si no. A su manera, le importa. No creo que ni
siquiera se haya dado cuenta todavía.
—Me da igual. —Fue lo único que pudo contestar antes de que el sueño
se apoderase de ella. Por primera vez en una semana, no soñó con aquella
noche ni con el hombre apuesto.
capítulo 11
Sorin

s orin estaba sentado en el tejado de su apartamento de lujo en el barrio


más exclusivo de Baylorin, a unos bloques de la mansión Tyndell.
Los miembros de la familia Tyndell habían sido los consejeros del rey
en lo que atañía a las cuestiones de guerra y a las relaciones internacionales
con los otros dos reinos del continente desde hacía mucho. Cuando Sorin
llegó a Baylorin después de pasar seis meses en el reino de Rydeon, en
mitad del continente, permaneció a escondidas y aprendió todo lo que pudo
sobre aquel lugar. Descubrió quién estaba al frente de las tropas y entabló
una amistad cercana durante el último par de años con Drake, hijo y
heredero del lord. Si había alguien que pudiese conocer un arma capaz de
derrotar a una raza entera, sería uno de los líderes del ejército.
En cuanto Drake descubrió sus habilidades en combate, le rogó de
inmediato que ayudase a entrenar a las tropas reales. Cuando lord Tyndell
se enteró de su considerable destreza, se dirigió a él para pedirle que
entrenase a unas tropas de élite con soldados escogidos minuciosamente.
Sorin accedió al pensar que sería la forma idónea de descubrir cualquier
secreto que estuviese guardado a buen recaudo. Su ascenso a general lo
dejaba un paso más cerca de cumplir ese objetivo. Cuando accedió a la
proposición de lord Tyndell, le facilitaron esa vivienda.
De todas formas, no había planeado quedarse tanto tiempo. Después de
haber pasado casi dos años allí sin enterarse de nada sobre ningún arma,
tenía pensado dirigirse al tercer reino mortal, Toreall. Había planeado
marcharse hacía unos meses. Hasta que la encontró a ella.
Cada vez que estaba con ella le despertaba más y más curiosidad. Sorin
se percató de que se preguntaba qué era lo que diría a continuación y,
aunque jamás lo admitiría delante de ella, el descaro con el que se
comportaba con él era igual de fascinante. Ella era inteligente. Arrogante
hasta decir basta, pero brillante. Cada vez que le sugería algo o la obligaba
a cambiar el más mínimo detalle de su postura o su estilo de combate en los
entrenamientos, ella lo hacía sin rechistar. No solo eso, sino que nunca tenía
que volver a repetirle las instrucciones. Tenía un talento natural para el
manejo de la espada. Sorin se dio cuenta de que tenía una destreza
semejante con los arcos, las dagas o cualquier otra arma que le pusiese
delante. Su entrenamiento había sido impecable. Aunque la identidad del
responsable era tan desconcertante como la de su madre. Scarlett tenía un
estilo de combate similar al de Cassius, aunque no del todo, y no revelaba
quién más se había encargado de su entrenamiento. Era rápida, más rápida
que algunos fae a los que Sorin conocía, y los gestos y el estilo para luchar
que de alguna forma había combinado no pertenecían ni a los mortales ni a
los fae.
Al principio, Sorin pensó que era solo mitad fae. Había muchos
humanos con sangre fae en los territorios mortales. Las cortes fae llevaban
siglos aisladas de las tierras de los humanos, pero eso no quería decir que
los fae y los mortales no se las apañasen para dar con el modo de
encontrarse. El general no había mentido al contarle a Scarlett que los
humanos vivían en los territorios fae en busca de una vía para escapar de
sus opresores. Aunque tenía que ser más que mitad fae. El poder que le
había extraído esa noche era más fuerte que el de la mayoría. Era imposible
que no fuese una fae de pura sangre.
Lo cual suscitaba la siguiente pregunta: ¿quiénes eran sus padres?
Cuando Sorin le preguntó quién era su madre, no supo qué esperar. No le
sorprendió que ella se negase a hablar del tema. Después de haberle
preguntado de dónde había sacado el anillo que le brillaba en el dedo, ella
había dicho: «Pertenecía a mi madre». Pertenecía. No especificó que su
madre estuviese muerta; sin embargo, Mikale hizo aquel comentario
sarcástico en el barracón de entrenamiento, así que Sorin tenía suficientes
indicios para suponer que sí, y ningún hijo quiere revivir la muerte de un
progenitor. Pero ¿y su padre? ¿Dónde vivía Scarlett antes de que llegasen
aquí? Estaba rodeada de tantos misterios, de tantos secretos que guardaba
con recelo. Sorin había tenido que ganarse su confianza, lo que empezó por
compartir detalles irrelevantes sobre su vida para que ella se sintiese más
cómoda al hablar de la suya. Era tiempo del que no disponía, pero tuvo que
obligarse a invertirlo en ella. Esperaba que, tras haberle pillado hoy en el
bosque (que, por cierto, ¿cómo demonios había pasado eso?) y que él le
revelara su verdadero nombre, Scarlett confiase más en él, pero estaba claro
que esa noche Sorin había vuelto a la casilla de salida.
Suspiró al revivir lo ocurrido. Sin duda, Scarlett tenía fuego en las venas.
Sorin todavía podía notar cómo discurría por su sangre, y ese pensamiento
por sí solo hizo que le recorriese un escalofrío. Era la primera vez que había
sido capaz de percibir su propia magia desde que entró en esas malditas
tierras. Ansiaba percibirla desde que le vio ese anillo en el dedo a Scarlett.
Un anillo de Semiria. Uno de los dos únicos existentes. Habían sido
forjados por las hermanas fae que reinaron. Al principio, cuando los
forjaron eran simplemente como cualquier otro anillo con un escudo de
armas familiar. Cuando la Gran Guerra estaba a punto de acabarse y se
percataron de que sería imposible acceder a la magia en los territorios
humanos, emplearon su poder para hechizar los anillos familiares y así
poder tener acceso a su magia sin importar las tierras en las que se
adentrasen. La reina fae del este llevaba uno en el dedo. La reina fae del
oeste, por su parte, llevaba casi dos décadas desaparecida. Se marchó en
mitad de la noche sin decirle a nadie adónde se dirigía. No la habían vuelto
a ver, al igual que al anillo.
Hasta aquel día en el barracón de entrenamiento. Pero ¿cómo había
conseguido Scarlett el anillo?
Le preguntó a Scarlett cómo se apellidaba. Monrhoe. Un apellido mortal
inaudito que no estaba relacionado de ningún modo con los Semiria. ¿Cómo
se hizo la madre de Scarlett con el anillo? ¿Y más aquí, en los territorios
humanos? Accedió a entrenarla por ese motivo. Para averiguar todo lo
posible sobre esa mujer y su historia.
Y para comprender cómo una criatura con una sangre fae tan poderosa
había acabado ahí.
Le entró un escalofrío cuando el aire nocturno empezó a soplar y respiró
hondo. Se puso en pie al escuchar el chillido de un pájaro. Alzó la vista y se
topó con un enorme pájaro de color rojo sangre volando en su dirección.
Las puntas de sus alas poseían un matiz anaranjado y amarillento. Era un
fénix. El ave de Anala, la diosa del sol y del fuego.
—Hola, Amaré —saludó al pájaro después de que aterrizase en su
antebrazo extendido.
Le acarició la cabeza con cariño y le cogió un pergamino enrollado del
pico. Los dioses bendecían a los fae más poderosos con algo más que magia
potente. Cuando los poderes de un fae se manifestaban por completo, a
algunos se les otorgaba un animal espiritual. Nadie sabía cómo decidían los
dioses a quién concedérselo. La mayoría pensaba que la decisión se basaba
tan solo en el poder y en la magia, aunque Sorin no estaba tan seguro.
Conocía a muchos fae poderosos a quienes no se lo habían otorgado.
Los animales espirituales, al estar vinculados a los dioses, eran inmunes
a los escudos y a los hechizos terrestres. Podían viajar entre planos
espirituales, lo que los convertía en el método idóneo para comunicarse con
las cortes. El pergamino que Amaré le había traído contenía una respuesta
garabateada a un mensaje que Sorin había mandado a los territorios fae. Lo
leyó rápidamente antes de arrugarlo con la mano. El fénix ladeó la cabeza a
modo de pregunta.
—Si no te importa —respondió Sorin a la pregunta silenciosa. El papel
ardió y se convirtió en cenizas con rapidez, y el viento se las llevó volando
—. Algún día dejaré de depender de ti para estas cosas —le dijo al pájaro a
la vez que iba hacia la puerta del tejado.
Bajó las escaleras que conducían a su casa de forma apresurada. El
edificio tenía solo tres plantas y tres apartamentos; cada uno ocupaba una
planta entera. El suyo se encontraba en la tercera, así que el trayecto hacia
el tejado no requería socializar. Después de cerrar la puerta detrás de él, el
pájaro voló hasta el respaldo de una silla del comedor.
El ostentoso apartamento era amplio y espacioso. Albergaba dos
dormitorios inmensos, cada uno con su propio cuarto de baño, además de
agua corriente. La cocina tenía un tamaño decente. La inmensa sala de estar
incluía una zona para comer y un piano al fondo. Había un sofá y unos
sillones dispuestos frente a una gran chimenea que calentaba perfectamente
toda la casa.
Odiaba esa puta chimenea. Era un recordatorio constante de lo que le
faltaba en ese lugar. No tenía acceso a su magia elemental, a su fuente
prácticamente ilimitada de llamas, calor y brasas.
No, la lujosa vivienda, pese a todo su esplendor, apenas le impresionaba.
Se pasaba la mayor parte del tiempo en el tejado del edificio, bajo las
estrellas.
—Llegas a tiempo, como siempre —dijo Sorin después de colgar la capa
en un perchero cerca de la puerta y dirigirse hacia la mesa a zancadas.
El pájaro emitió un chasquido con el pico como respuesta. Sorin casi
nunca comía allí y, cuando lo hacía, era de pie inclinado sobre la encimera.
La mesa se había convertido más bien en un escritorio y un espacio de
trabajo con mapas, libros y papeles desperdigados por todas partes.
Revolvió los papeles en busca de un bolígrafo. Después de encontrar uno,
garabateó una nota rápida.
Enrolló el papel y se lo pasó al pájaro, que lo cogió con el pico y silbó.
—Gracias, amigo mío —respondió Sorin mientras le acariciaba la
cabeza un par de veces más—. Llévaselo a Briar. Evita los vientos. —El
fénix desapareció por la ventana en cuestión de segundos y Sorin lo observó
hasta que vio un suave destello de luz cuando abandonó el reino.
Después se sirvió un vaso de whiskey y se desplomó en el sofá. Le había
contado al comandante que era fae, y Tava también estaba presente en la
habitación. Estaba seguro de que Cassius se lo diría a Scarlett. Seguía sin
entender exactamente qué significaba el comandante para ella. La había
entrenado, sí, pero ella insistía en que no era su amante, aunque él tampoco
actuaba como un hermano.
No estaba del todo seguro de cómo reaccionaría Scarlett cuando se
enterase de que era fae. Pareció haber entendido por qué Sorin empleaba un
nombre distinto allí, aunque eso fue cuando creía que él era mortal. Se
percató de su lenguaje corporal al mencionar a los fae. La manera en la que
se puso rígida cuando estaba sentada en la terraza acristalada con aquel
libro. La forma en la que su tono se transformó en uno de enfado y odio.
Sorin suspiró. Estaba agotado. Podía sobrevivir con muy pocas horas de
sueño en esa tierra. No tenía acceso a su magia, así que apenas gastaba
energía; no obstante, sí que necesitaba dormir algo después de pasarse el
día entero entrenando a los soldados del rey y a Scarlett. Pronto amanecería;
aun así, después de que Cassius le hubiese entregado el mensaje tan
elocuente de Scarlett esa tarde, estaba claro que no iban a verse para
entrenar al alba.
Apuró el whiskey al pensarlo. Hasta entonces estaba seguro de que
Scarlett era hija de Anahita, la diosa del agua y el hielo, después de haber
vislumbrado la escarcha y aquellas ramas congelarse durante la primera
mañana de entrenamiento, pero esa noche Sorin le había extraído fuego de
las venas mientras le salía humo de las palmas de las manos. No, no humo.
Era más denso y más oscuro que el humo.
Sorin se levantó y fue hacia su habitación, donde cogió un trozo de rama
helada de la cómoda y empezó a darle vueltas para estudiarla. Aquella
noche en el claro del bosque, supo que no se derretiría al guardársela en el
bolsillo. Seguía tan fría como cuando se hizo añicos, cuando Scarlett
congeló y destrozó todo cuanto estaba a su alrededor por culpa del enfado.
Aunque no estaba solo cubierta de hielo. Scarlett también la había llenado
de escarcha. A diferencia de la escarcha que conocían los mortales, esta era
escarcha fae. Sorin podría haberla derretido con sus dones de fuego en las
cortes fae; sin embargo, aquí nada iba a ser capaz de conseguirlo. No solo
eso, sino que las ramas estaban ennegrecidas, como si antes las hubiesen
quemado. No, tampoco quemado, ya que la negrura parecía crear remolinos
en el hielo, como si fuesen cenizas movidas por el viento.
Aunque la escarcha no era lo más desconcertante de todo esto. Aquel
día, Scarlett había accedido a su magia sin el anillo en los reinos mortales,
lo que se suponía que era imposible.
Sorin se pasó las manos por el pelo tras volver a colocar el trozo de rama
en la cómoda y se tumbó en la gran cama. Se puso cómodo, se colocó las
manos detrás de la cabeza, miró al techo y se percató de que estaba
extrañamente decepcionado porque no iba a ver aquel pelo plateado y
aquellos gélidos ojos azules por la mañana.
capítulo 12
Scarlett

v ámonos de compras —le dijo Juliette a Scarlett despegando la vista


del libro.
Las dos estaban holgazaneando en la cama de Juliette, cada una
con la nariz enterrada en un libro. Scarlett estaba tumbada con los pies
sobre el regazo de Juliette.
—Estamos en pleno verano y afuera hace un calor sofocante. No me
apetece pasearme por el Sindicato con la capucha puesta y una máscara
con el bochorno que hace —gruñó Scarlett mientras pasaba de página.
—¿Cuándo fue la última vez que saliste de la Comunidad por algo que
no fuese un encargo? —preguntó Juliette tras asesinarla con la mirada
mientras daba vueltas al amuleto espiritual que llevaba en el cuello. Estaba
dedicado a la diosa de la salud y la sanación, Reselda. Era irónico
teniendo en cuenta a qué se dedicaban, pero había pertenecido a su madre,
que era curandera. Había insistido para que Juliette se lo quedase.
—Ayer fui a ver a tu madre —contestó Scarlett, y se encogió de hombros.
—El recinto de los curanderos no cuenta.
—No es culpa mía que tenga que estar aquí secuestrada hasta vete tú a
saber cuándo —respondió Scarlett sin ni siquiera levantar la vista del libro
esta vez.
—Somos las asesinas más temidas de los reinos, y tú eres… tú —susurró
Juliette, y volvió a prestarle atención al libro—. Cualquiera pensaría que a
estas alturas podríamos salir y hacer lo que nos diese la gana.
—Puede que algún día desaparezcamos de verdad entre las sombras y
no regresemos —caviló Scarlett—. Podríamos buscar algún lugar en el que
nadie hubiese escuchado hablar de los Espectros de la Muerte.
Nuri entró despreocupadamente en la habitación, con el pelo rubio
ceniza suelto por la espalda. Les lanzó un pequeño montón de papeles.
—Solicitudes de trabajo —dijo a modo de explicación conforme se
hundía en un sillón que estaba cerca de la cama.
Las otras chicas cerraron los libros y Scarlett se incorporó. Juliette le
pasó la mitad del montoncito y empezaron a hojearlos cuando Nuri dijo:
—¿Alguna de vosotras ha visto a Gracelynn últimamente?
—¿La huerfanita? —preguntó Juliette mientras examinaba las
perspectivas de empleo.
—Sí, llevo unos cuantos días sin verla.
—Puede que madame Jayana haya dado con la forma de que caiga en
sus garras —sugirió Scarlett.
—Por su bien, espero que no —dijo Nuri en tono amenazante—. Le dejé
bastante claro lo que sucedería si le ponía sus manos de puta encima a esa
chiquilla.
—Luego te ayudo a buscarla —se ofreció Scarlett después de dejar los
papeles que había hojeado—. Parece que en ninguno se nos necesita a las
tres a la vez. ¿Él quiere que nos encarguemos de alguno?
—No. Dijo que Ridgely o Kade podrían ocuparse si ninguna los quería
—contestó Nuri. Se sacó una daga de la bota, cogió una piedra de afilar y
empezó a afilarla.
Juliette resopló.
—Eso es para lo único que sirven hoy en día.
Nuri esbozó una sonrisa burlona.
—No puedo estar más de acuerdo.
—Qué asco —dijo Scarlett con repulsión—. Por favor, dime que no les
has dejado a ninguno meterse en la cama en la que estoy sentada.
Juliette puso una sonrisa traviesa.
—Lavé las sábanas.
—Simplemente asqueroso —contestó Scarlett mientras arrugaba la nariz
con repulsión.
—Salgamos. Ellos son un tostón —se quejó Nuri.
—Eso era justo lo que quería —dijo Juliette después de lanzarle una
mirada penetrante a Scarlett.
—Para empezar, tú querías irte de compras —respondió Scarlett.
—Sí, quería —contestó Juliette con una sonrisa torcida. Scarlett puso
los ojos en blanco.
—Esta noche hay una fiesta en el muelle —interpuso Nuri.
—Sabes que no puedo asistir a una fiesta en el muelle —contestó
Scarlett de forma apática.
Pero vaya si quería hacerlo. El año pasado hubo una fiesta de máscaras
en el muelle y salieron a hurtadillas para asistir. Fue una de las mejores
noches de su vida. Una maravillosa noche de libertad.
—Le he estado dando vueltas —dijo Nuri, y puso una expresión
contemplativa—. Podríamos teñirte el pelo por una noche. Margo tiene
todo tipo de tintes.
Juliette se enderezó.
—¡Sí! ¡Podríamos hacer eso! Nadie te conoce. Llevan sin verte desde
que tenías nueve años. Tu pelo es tu rasgo más distintivo y sería fácil
tapártelo con cualquier tinte —dijo emocionada—. ¡También podríamos
maquillarte!
Scarlett sintió una chispa de emoción en el pecho.
—Entonces supongo que sí que tenemos que ir de compras —dijo al
ponerse de pie—. Voy a necesitar un vestido nuevo.
Los ojos violetas de Juliette titilaron.
—Conozco el lugar adecuado.

Scarlett se pasó dos días durmiendo del tirón hasta que aquel sueño la
despertó. Notaba que olía a sudor por lo que había pasado hacía dos noches.
Se bañó, quedándose en remojo en el agua tibia, y se puso un vestido
sencillo verde y blanco que rozaba el suelo antes de bajar las escaleras
descalza en dirección a las cocinas. Era temprano por la tarde, pero, como
llevaba dos días sin comer, estaba muerta de hambre.
—Señorita Scarlett —la saludó una cocinera con una leve inclinación de
cabeza. Llevaba el precioso cabello rubio rojizo apartado del cuello,
recogido en un moño apretado. La sopa que estaba removiendo olía de
maravilla—. ¿Qué desea tomar?
—Lo que sea —respondió Scarlett a la vez que el estómago le rugía con
fuerza.
—Márchese. Siéntese. Dígame dónde estará y le llevaré algo estupendo.
—Muchísimas gracias… —Scarlett solía saberse los nombres de todo el
servicio de la mansión, pero esta cocinera era nueva. Por su ligero acento,
se preguntó si procedía de otro reino.
—Alia —contestó ella.
—Gracias, Alia. Si no es demasiada molestia, estaré en la terraza
acristalada —dijo Scarlett al mismo tiempo que le sonreía.
—En absoluto. Venga, márchese. Iré enseguida —dijo echando a Scarlett
de las cocinas.
Scarlett volvió a su habitación para coger el libro que estaba leyendo. El
que hasta hacía poco creía que estaba repleto de mitos y leyendas. Si Sorin
no le daba respuestas, ella misma se encargaría de hallarlas en aquel
puñetero libro que él afirmaba que estaba lleno de verdades. Scarlett ya
sabía que él era fae y que provenía de la Corte del Fuego. Quizás pudiese
averiguar quién era esa mujer. Se quedó quieta un segundo. Quizás pudiese
averiguar cómo dar con el príncipe del Fuego y cómo asesinarlo. Entonces,
el líder de los asesinos podría dar por finalizado el encargo e irse a la
mierda.
Escudriñó la habitación rápidamente, pero no consiguió encontrarlo.
Habría jurado que se lo llevó a la habitación aquel día, pero puede que se lo
hubiese dejado en la terraza acristalada.
Bajó las escaleras y recorrió el pasillo que conducía a la terraza a toda
prisa. Llegó justo cuando Alia doblaba la esquina con una bandeja. La
bandeja estaba a rebosar con queso, frutas, pollo asado y pan. A Scarlett le
rugió el estómago al oler el aroma de la comida que flotaba en su dirección.
Alia la siguió hasta la terraza acristalada, donde Scarlett despejó una mesa
con rapidez para que la cocinera pudiese dejar la bandeja.
—¿Esto servirá? —preguntó mientras se limpiaba las manos en el
delantal.
—Es más que suficiente, Alia. Gracias —dijo Scarlett.
—Avíseme si necesita algo más —contestó Alia, y la miró con
detenimiento al salir de la habitación.
Scarlett cogió un trozo de pan de la bandeja y echó un vistazo a la
habitación en busca del libro. ¿Dónde lo había dejado? Empezó a levantar
libros y papeles, y se preguntó si se había quedado enterrado debajo de algo
durante el par de días que se había pasado durmiendo.
—¿Buscas algo? —preguntó una voz alegre desde el umbral. Scarlett se
sobresaltó, se dio la vuelta y vio a Cassius—. Tienes mucho mejor aspecto
—añadió después de mirarla de arriba a abajo—. ¿Has soñado con algo?
Scarlett negó con la cabeza.
—Ha sido el sueño más reparador que he tenido desde hace semanas —
admitió tras llevarse unas cuantas uvas a la boca. Hasta que tuvo el que la
había despertado, supuso.
—Bien —dijo Cassius, y entró en la habitación dando zancadas. Cogió
un trozo de pan y se dejó caer en un sillón cerca de la mesita de café.
—¿Qué estás haciendo aquí en pleno día? —preguntó Scarlett mientras
iba hacia un pequeño escritorio para seguir buscando el libro perdido.
—He venido para ver cómo estabas. Lo he hecho varias veces durante
estos últimos días —contestó él después de darle un mordisco a un buen
trozo de pan.
—Qué mono eres —canturreó Scarlett, y dejó caer unos papeles al
escritorio—. Puedes informar de que estoy bien.
Cassius soltó una risita.
—Al líder de los asesinos le complacerá saberlo. ¿Qué buscas?
—Un libro que he estado leyendo —contestó Scarlett tras ir a otra
estantería para comprobar si lo había dejado ahí. Puede que alguien lo
hubiese devuelto a la biblioteca en la que Scarlett lo encontró.
—Ah —dijo Cassius con complicidad, terminándose el pan y
reclinándose en el sillón.
—¿Por qué lo dices de esa forma? —preguntó Scarlett al abandonar la
búsqueda para mirar hacia atrás.
—Bueno, voy a suponer que el libro que estás buscando podría
interesarle a cierta persona a la que en la actualidad no le diriges la palabra
—dijo Cassius mientras levantaba una ceja.
—Sí que le podría interesar —concordó ella, y apretó los labios en una
fina línea.
—En ese caso, no vas a encontrarlo aquí. Se lo llevó hace un par de
noches.
—¿Cómo? —preguntó ella con incredulidad—. ¿Por qué?
—Le trasmití tu mensaje la mar de elocuente tal y como me pediste —
respondió Cassius al mismo tiempo que ensartaba un trozo de pollo asado
con el tenedor—, y… no se lo tomó bien. Te dejó un mensaje al irse, y cito
textualmente: «Dile que cuando deje de comportarse como una señorita
malcriada, espero volver a verla en el cuadrilátero. Hasta entonces, me llevo
este libro para ocupar mi recién adquirido tiempo libre».
Scarlett se puso hecha una furia.
—Menudo imbécil —susurró.
—Sin duda lo es —contestó Cassius riéndose—. Aunque será bastante
entretenido ver quién de los dos cede primero —añadió de forma pensativa
—. Los dos sois igual de…
—¿Pacientes? —sugirió Scarlett al desplomarse en un sillón para hacer
un mohín.
—Iba a decir cabezotas, pero sí, claro, pacientes —respondió Cassius
poniendo los ojos en blanco.
Scarlett le sacó la lengua y le quitó el tenedor de la mano para coger un
trozo de pollo. Dio un par de bocados de varias cosas y después dijo:
—¿Le comentaste algo sobre lo que dijo?
No quería decirlo en voz alta. Todos los sirvientes de la mansión le
contaban a lord Tyndell todo lo que veían y escuchaban. Si Sorin era fae de
verdad, esa información tenía potencial para causar mucho revuelo en la
mansión.
Cassius pareció avergonzarse un poco.
—No, pero tampoco le he visto mucho. Mis encargos se han vuelto más
intensos últimamente, y su ascenso a general también le mantiene muy
ocupado.
—Hmm —dijo Scarlett pensativa después de pinchar un trozo de melón
—. ¿Qué es lo que no me estás contando?
—¿Perdón?
—Me estás ocultando algo. Estos últimos meses apenas te he visto.
Cuando estás por aquí, evitas este tipo de situaciones en las que podemos
hablar.
Cassius no la miraba a los ojos.
—Lord Tyndell me ha mantenido ocupado.
—Cassius —dijo ella con dulzura—. Tú y yo somos iguales. Lo que
tenemos funciona precisamente por eso.
—Sabes que no puedo dar detalles sobre mis encargos, Scarlett —
suspiró—. Lord Tyndell ha hecho tantas cosas por mí como por ti. Incluso
más. Divulgar esa información supondría traicionar su confianza…
—Lo entiendo, Cassius —interpuso Scarlett—. Tú solo… No me apartes
a propósito.
—Tienes que ir a ver a Tava —respondió Cassius tras un momento en
silencio—. Está distinta. Enterarse de lo de Ryker le ha afectado un poco.
El nombre falso le chirriaba en los oídos; sin embargo, aquí no podía
desvelarle a Cassius su nombre real por la misma razón por la que no
podían hablar con libertad de que él era fae.
—¿Y tú cómo estás?
—Tiene mucho sentido —dijo, y se encogió de hombros—. Quiero
decir, apareció de la nada hace dos años. Es muy reservado con su pasado.
Sus habilidades en combate no tienen parangón.
—¿Qué hace con las tropas reales? —preguntó reflexiva.
—Bueno, ahora es el general de las Fuerzas de Élite. Son soldados
excepcionales a los que lleva entrenando desde que lord Tyndell lo reclutó.
Aparte de eso, nadie sabe nada sobre esa división ni sobre en qué consiste
su entrenamiento —contestó Cassius.
—Parece que tanto al lord como al rey les gusta mantener en secreto
varias divisiones de sus ejércitos —dijo Scarlett con un deje de irritación.
—Scarlett —la advirtió Cassius.
Scarlett movió la mano para restarle importancia, indicando que iba a
dejar el tema, y soltó el cuchillo, ya que por fin estaba llena. Pensó en la
magia. Sorin había dicho que siempre había forma de acceder a la magia en
los territorios mortales. Scarlett había empezado a sospechar lo mismo.
Había visto demasiadas cosas raras en los últimos años como para que no se
le pasase por la cabeza.
—Así que ¿cuánto tiempo vas a mantener en vilo al pobre? —preguntó
Cassius después de un instante, y el brillo regresó a sus ojos.
—Hasta que madure —contestó ella irritada—. ¿Conseguiste dar con
ella esa noche?
Cassius adoptó una expresión seria.
—Sí. Han desaparecido dos. Quiere que intentes dar con la forma de
hablar con Callan.
—No puedo hacer eso. Ella lo sabe —dijo Scarlett con tranquilidad.
—Lo sé, pero es insistente —suspiró—. Conoce el riesgo.
—Solo he visto a Callan de pasada un par de veces durante el último
año. Si doy con la manera de entrar al castillo para verle no será una visita
rápida.
—Lo sé, Scarlett. Yo solo te trasmito el mensaje. Le dije que irías a verla
lo antes posible —respondió Cassius.
—Iré a verla en cuanto hayamos acabado.
—Igual deberías tomarte el resto del día para…
—¿Comandante? ¿Qué hace aquí?
Scarlett y Cassius se sobresaltaron al escuchar la voz ronca. Lord
Tyndell estaba en la entrada y, de alguna forma, su cuerpo la ocupaba por
completo.
Cassius se levantó de un salto e hizo una reverencia.
—Mis disculpas, milord. Vine para preguntar por la señorita Scarlett.
Estaba aquí la noche que enfermó y quería ver cómo se encontraba.
Scarlett hizo amago de levantarse, pero lord Tyndell la detuvo y suavizó
un poco el tono.
—Quédate sentada, querida. ¿Te encuentras mejor?
—Se lo agradezco, milord. Sí, estoy mejor —contestó Scarlett
inclinando la cabeza.
—Tava me comentó que se debía a tu enfermedad de siempre.
—Es cierto.
—Ah. Entonces me alegro de que te encuentres bien. ¿Asistirás a la cena
de esta noche? He echado mucho de menos tu encantadora conversación
durante la cena. —Su tono era alegre mientras le guiñaba un ojo.
Scarlett notó cómo se sonrojaba ligeramente y se rio en voz baja.
—Allí estaré, milord.
—Bien, bien —dijo el lord. Después se volvió hacia Cassius y añadió—:
Me dirijo al castillo. Cabalguemos juntos, así podemos hablar de algunas
cosas.
—Por supuesto, milord —respondió Cassius. Miró a Scarlett y preguntó
—: ¿Necesita algo antes de que me marche?
—Estoy bien, comandante. Le agradezco la visita.
—Espero que encuentre lo que busca —dijo Cassius—. No descarte el
recurso más evidente.
Scarlett esperó hasta que lord Tyndell se hubiese dado la vuelta para
marcharse y entonces le dedicó a Cassius un gesto de mal gusto. Cassius se
lo devolvió con cariño mientras le temblaban los hombros de aguantarse la
risa.
capítulo 13
Scarlett

c uando lord Tyndell y Cassius se hubieron marchado, Scarlett envió a


un mensajero con una nota para Nuri que decía que la vería dentro de
una hora. Scarlett devolvió la bandeja que ya estaba prácticamente
vacía a las cocinas y subió a la planta superior con desgana para cambiarse.
Seguía cansada, y pensar en irse al Sindicato Oscuro a hurtadillas sonaba
agotador, pero a esas alturas Nuri tenía que estar arrancándole la cabeza a la
gente de un mordisco de la impaciencia. Esperó hasta que el mensajero
volvió y le confirmó que Nuri la vería, y después se adentró a zancadas en
el vestidor gigantesco para cambiarse.
Se embutió en unos pantalones negros ceñidos y una blusa blanca con
una chaqueta negra que se abrochó al frente. Se ató las botas de forma
apresurada y se puso de rodillas para hacer palanca y levantar un tablón del
suelo situado cerca del fondo del armario. Sacó su cinturón de armas, se lo
abrochó en la parte baja de las caderas y metió dos dagas. Se introdujo otra
en la bota y se ató unos avambrazos. Sería estúpido adentrarse en el
Sindicato Oscuro desarmada.
Después de hacerse unas trenzas para apartarse el pelo, se metió un par
de mortíferas horquillas plateadas dentro. A continuación, se pasó la capa
por los hombros, se subió la capucha, salió al pasillo con discreción y
atravesó el vestíbulo. Al fondo había un despacho que casi nunca utilizaban,
que era el lugar preferido de Scarlett para escapar de la mansión. Abrió la
ventana deslizándola con un silencio sobrenatural. Esperó a que las dos
patrullas de vigilancia doblasen la esquina y a continuación trepó la celosía
con un par de movimientos precisos. Recorrió el tejado con rapidez hasta
llegar a la parte trasera de la casa, donde siempre había un montón de leña
apilada. Saltó con destreza por las pilas de troncos, aterrizó con la elegancia
de un gato y avanzó pegada a la pared, desde donde salió sigilosamente por
la puerta del servicio sin que nadie se percatase.
Scarlett se mantuvo en las sombras mientras atravesaba varios callejones
y calles con presteza. El Sindicato Oscuro se asemejaba a cualquier otro
barrio acaudalado de Baylorin. Si alguien no sabía qué era, si no lo estaba
buscando, ni siquiera se daría cuenta de que era un lugar atestado de
negocios sucios. Scarlett dobló la esquina y se metió en la calle principal
por primera vez desde hacía un año, con la capa ondeando a su espalda.
Otros transeúntes la miraron con recelo, señalándola. En el Sindicato la
conocían, para nada se habían olvidado de ella después de haberse pasado
un año ausente.
Pasó junto al recinto de los curanderos, que le quedaba a la derecha.
Pensó que debería dejarse caer por ahí antes de volver a la mansión, pero
pensar en ver a Sybil hizo que se le subiese la bilis por la garganta. Justo al
otro lado de la calle se alzaba la residencia de cuatro plantas de la
Comunidad. Pocos conocían el laberinto de salas de entrenamiento y
calabozos bajo la casa, salvo que hubiesen entrenado allí o fuesen lo
bastante desafortunados como para que los llevasen a rastras hasta ese sitio.
Scarlett recorrió unos cuantos bloques más y dejó atrás dos de los
burdeles principales del Sindicato y un fumadero de opio. Giró a la derecha
de forma brusca en un callejón y se apresuró a subirse al tejado de una
tienda que vendía diferentes tipos de armas. Saltó a un par de tejados más
hasta llegar a lo alto de una taberna. Se dejó caer por el lateral asiéndose al
canalón y se metió por una ventana del desván.
Nuri estaba sentada en una larga mesa de madera con dos jarras de
cerveza delante. La Comunidad era la titular permanente de esa sala. La
puerta que conducía a la taberna estaba siempre cerrada con llave por
dentro. La ventana era el acceso principal para quienes la utilizaban, y era
su lugar de reunión habitual.
Scarlett cerró la ventana detrás de ella, se bajó la capucha, atravesó la
habitación y se desplomó en el banco frente a Nuri. Ella le pasó una jarra
por la mesa.
—¿Te han seguido? —preguntó.
—Solo Maximus —dijo Scarlett poniendo los ojos en blanco, y dio un
buen trago a la jarra.
—Hmm —caviló Nuri—. No sé si debería estar enfadada con Maximus
por haber sido tan descarado o impresionada porque te hayas dado cuenta
de que te estaba siguiendo.
—No sé si debería cabrearme contigo por pensar que no me daría cuenta
de que alguien me estaba siguiendo y mandarme un escolta o ponerme
hecha un basilisco porque sigas haciendo que la Comunidad vigile mis
movimientos —replicó Scarlett.
Nuri dio un chasquido con la lengua.
—Después de lo que sucedió hace un año, ¿de verdad pensabas que te
quitaríamos el ojo de encima en algún momento?
—El destierro quedó anulado en cuanto acepté el encargo —espetó
Scarlett—, y no necesito niñera.
—Los acontecimientos del año pasado indican lo contrario —dijo Nuri
tras encogerse de hombros—. ¿Te encuentras mejor?
—Lo suficiente —suspiró Scarlett, y volvió a beber de la jarra que tenía
delante.
—Bien. Entonces puedes averiguar cómo vas a hablar con Callan.
Scarlett se atragantó con la cerveza.
—Sabes que no puedo hacer eso, Nuri.
—Puedes, y debes.
—Visitar a Callan es como firmar tu sentencia de muerte. No lo haré —
declaró Scarlett.
—Si tan siquiera alguien se atreviese a mencionar mi muerte entre
susurros, lo liquidaría al día siguiente —respondió Nuri en tono
amenazante.
—Llevo más de un año sin estar con Callan, Nuri. No puedo pasarme
por sus aposentos del castillo sin más —razonó Scarlett.
—Entonces ve por la noche. Me da igual cómo lo hagas, pero tienes que
hablar con él, Scarlett. Han desaparecido otros dos —dijo Nuri, y bajó la
voz al pronunciar las últimas palabras.
—Lo sé. Cassius me lo ha contado.
—No —respondió Nuri negando con la cabeza—. Dos más. Anoche. Ya
van cuatro en cuatro días.
A Scarlett se le abrieron los ojos de par en par y su rostro palideció al
enterarse de la noticia.
—¿Quiénes? —murmuró.
Nuri tenía la vista bajada hacia la mesa e iba enroscándose un mechón
de pelo rubio ceniza alrededor de un dedo.
—Dexter y Lena —contestó en voz baja.
—¿Los mellizos? Pero si son superjóvenes —respondió Scarlett
anonadada.
—Tenían seis años. Cada vez son más jóvenes —dijo Nuri con un tono
de furia silenciosa.
—Esto llevaba sin suceder desde aquella noche —afirmó Scarlett.
—Tienes razón. Hemos bajado la guardia. Nos hemos relajado. No
podemos volver a cometer ese error. Tienes que ir a hablar con Callan —
insistió Nuri.
—¿Qué hay del resto de barrios? ¿Y de los suburbios? ¿Allí están
desapareciendo niños? —preguntó Scarlett tras ignorar la petición de Nuri.
—No. Solo aquí. Llevo meses explorando las otras zonas de la ciudad.
He ordenado a algunos miembros de la Comunidad que hagan lo mismo.
Pensaba que quizás habían dejado a nuestros niños en paz para ir a por
otros, pero son solo los nuestros, nuestros huérfanos, los que están
desapareciendo. Alojo a todos los que puedo en la Comunidad, pero no es
un lugar adecuado para ellos con el entrenamiento y los asesinatos
constantes. Sybil se ha quedado con unos cuantos en el recinto, pero pasa lo
mismo. Tienen que atender su trabajo. No pueden pasarse todo el día
vigilando niños. No quiero que las madames les echen encima sus zarpas de
puta, así que no les dejo ir allí. Volveré a poner en marcha un refugio, pero
me estoy quedando sin opciones, Scarlett.
Scarlett podía escuchar la rabia y la preocupación entremezclándose en
el tono de Nuri. Se quedó mirando su jarra de cerveza medio vacía.
Los huérfanos de las calles del Sindicato Oscuro comenzaron a
desaparecer hacía poco más de dos años. Desaparecían en plena noche. Al
principio, nadie se percató de que faltaban uno o dos niños de la calle, pero
entonces empezó a ocurrir con más frecuencia. Los niños empezaron a
deambular en grupo y se corrió la voz. Las desapariciones no seguían un
patrón. No había ningún motivo o razón.
Nuri, Juliette y Scarlett empezaron a investigar y a buscar respuestas,
pero fuera lo que fuese lo que estuviese pasando, no había pistas ni ningún
rastro que seguir. Se infiltraron en distintos barrios y se juntaron con
diferentes compañías para enterarse de cualquier rumor o noticia, pero no
escucharon nada. No hasta que Cassius se topó con ellas una noche y les
contó que había oído a un grupo de guardias del castillo hablar sobre los
«mocosos de los calabozos». Sin embargo, acababan en un callejón sin
salida tras otro. Hasta que un día, por casualidad, Scarlett se hizo amiga del
príncipe heredero de Windonelle. Después, Callan y ella se convirtieron en
más que amigos y, para consternación de muchas damas que esperaban
convertirse en su esposa, Scarlett empezó a pasar mucho tiempo con él.
Presionaron a Callan sin cesar para que empezase a hacer preguntas en las
reuniones del consejo a las que asistía a diario con su padre y la corte.
Estaban cada vez más desesperadas porque los niños empezaron a
desaparecer prácticamente cada noche. No obstante, cuando Callan dio el
paso, cuando por fin empezó a incidir en el tema en aquellas reuniones, fue
cuando todo se fue al traste.
Scarlett y Nuri estaban sentadas en silencio, escuchando la juerga que
había en la taberna dos pisos más abajo. Scarlett era capaz de sentir los ojos
de Nuri clavados en ella.
—No puedo ir a ver a Callan, Nuri. Tenemos que dar con otra
alternativa.
—No hay otra alternativa —espetó Nuri, y la cólera envolvió cada
palabra.
—¡Entonces ve a verle tú! —replicó Scarlett tras mirar a Nuri a los ojos
color miel con odio.
—Joder, Scarlett. Sabes que eso no es una opción. En cuanto alguien
informe de que he sido yo la que ha empezado a seguir al príncipe de
Windonelle, tendremos a los soldados del rey quemando el Sindicato
Oscuro hasta los cimientos, lo que supondrá una nimiedad comparado con
lo que me hará Alaric.
Scarlett sabía que era cierto. El rey era muy consciente de lo que sucedía
en ese barrio, aunque no supiese exactamente dónde estaba. Con tal de que
sus residentes no se metiesen en sus asuntos, el rey los dejaba en paz.
Incluso había hecho uso de sus servicios de vez en cuando, pero ¿qué
pasaría en cuanto alguien del Sindicato Oscuro le amenazase a él o a uno de
los suyos? Que aquella tregua voluble se rompería, junto con el cuello de
todos los integrantes del Sindicato, y se produciría una guerra interna.
—Y, en cuanto informen de que he sido yo la que ha retomado la
conversación con el príncipe, te convertirás en un objetivo —argumentó
Scarlett—. No pienso arriesgarme.
—Mi bienestar no es tu prioridad —dijo Nuri furiosa—. El bienestar de
Cassius y yo no es cosa tuya. Podemos cuidar de nosotros mismos. Estamos
entrenados para hacerlo. En cambio, esos niños inocentes de las calles, esas
vidas inocentes que no le importan a nadie, que no tienen a nadie que se
preocupe de su bienestar; ellos sí son de tu incumbencia. Joder, Scarlett,
estás viviendo en la residencia de un puto noble. Tienes acceso diario a la
corte. ¡Aprovéchalo!
Scarlett apoyó las manos contra la mesa delante de ella.
—No tienes derecho a encasquetarme esto, Nuri. No es mi
responsabilidad.
—Por lo visto, no —espetó Nuri—. Al parecer, cuando te marchaste al
barrio más lujoso, tu responsabilidad para con tu familia dejó de ser asunto
tuyo. —Scarlett sintió como si Nuri le hubiese cruzado la cara de un
bofetón. Se echó hacia atrás y estuvo a punto de volcar la jarra de cerveza.
Ambas se pusieron en guardia—. Hemos perdido a demasiada gente. Perder
a Juliette aquella noche… No deberíamos haberles permitido ahuyentarnos.
Scarlett tragó saliva con fuerza. Aquello, perder a Juliette, sí que había
sido su responsabilidad. Había sido culpa suya. Había un silencio sofocante
en el ambiente.
—¿Y qué pasa con la persona que te está entrenando? Tiene una relación
estrecha con los soldados, ¿no? —preguntó Nuri al fin.
—¿Ryker? Entrena a un grupo de soldados de élite para las tropas reales.
Por lo que respecta a su trabajo para el rey, no sé mucho más —contestó
Scarlett.
—¿Se lo puedes preguntar? ¿Puedes sonsacarle información?
—Nuri, no puedo preguntarle por algo así sin contarle todo lo demás.
Tendríamos que revelarle quién eres, quién soy, quién nos entrenó, todo.
—Ambas sabemos lo persuasiva que puedes llegar a ser —dijo Nuri con
una sonrisita.
—No es una opción —respondió Scarlett de forma inexpresiva.
Nuri se mordió el labio inferior y reflexionó.
—¿Confías en él?
—¿Qué? —preguntó Scarlett sorprendida.
—¿Confías en él? —repitió Nuri.
—¿Vas a obligarme a meterlo en esto?
—Si sirve para salvar aunque sea a uno de esos niños, sí. Dejaré que me
conozca a mí y a los míos —contestó Nuri. El ardor y la determinación
resonaban en su voz.
Scarlett se quedó callada durante un buen rato y luego dijo:
—No es que no confíe de él, pero…
—¿Le contaste lo de aquella noche? —preguntó Nuri en voz baja.
—No.
—¿Lo harías? —insistió Nuri.
—No —suspiró Scarlett—. No, no me fío lo suficiente como para
contarle esa historia. Además, no estoy segura de cuándo volveré a verle.
—Entonces volvemos a Callan —contestó Nuri sin rodeos.
Scarlett se giró hacia la ventana. El cielo estaba nublado, tapaba el sol y
llenaba las calles de sombras.
—Eso parece. —Se levantó y volvió a subirse la capucha.
—¿Adónde vas? —preguntó Nuri, que también se levantó.
—Si voy a colarme en el castillo, necesito una espada nueva —
respondió Scarlett con seriedad—. No volví a comprarme una después de…
aquella noche.
—Te acompaño. Me encanta ir a comprar espadas —dijo Nuri
animadamente, como si no hubiesen estado hablando de algo tan terrible
hacía unos instantes.
—Te encanta comprar a cualquiera que te caliente la cama —puntualizó
Scarlett.
—Cierto —contestó Nuri tras ponerse la capucha. Antes de abrir la
ventana, volvió a girarse en dirección a Scarlett y dijo—: No le cuentes a
Cassius que vas a visitar a Callan hasta que lo hayas hecho. Si se enterase
de que te he convencido, me arrancaría la piel a tiras.
—Cassius no me preocupa —dijo Scarlett cuando salió por la ventana
después de Nuri y se subió al tejado.
—Veda y yo llevamos bastante sin mantener una charla. Igual ya es hora
—dijo Nuri con una sonrisa traviesa.
—Dejemos de jugar con fuego hasta estar seguras de necesitar el calor
—respondió Scarlett tras deslizarse por la pendiente de un tejado con
facilidad.
—¿Y qué gracia tiene eso? —preguntó Nuri. Su sonrisa se convirtió en
algo completamente salvaje.
Scarlett no pudo evitarlo. Una sonrisa se le extendió por el rostro.
Llevaba más de un año sin sentirse ni lo más remotamente como su antigua
yo, más de un año sin sentir que estaba viva. Se colocó junto a Nuri en el
borde del tejado.
—Entonces supongo que más nos vale decidir qué vamos a quemar
primero.
—Todo —jadeó Nuri al saltar del tejado—. Cada puñetero centímetro.
Scarlett la siguió y aterrizó con elegancia a su lado en el callejón situado
a sus pies.
—Puede que tengamos que empezar con una chispa y ver adónde nos
lleva.
—Una chispa puede ser el comienzo de unas buenas llamaradas —
contestó Nuri. Le brillaban los ojos, como cada vez que se adentraba en
aquel estado de concentración absoluta.
—Entonces será todo un incendio —susurró Scarlett mientras bajaban la
calle.
La Sombra de la Muerte y la Doncella de la Muerte. Dos chispas que
sumirían su mundo en llamas.
capítulo 14
Sorin

q ué tal está? —preguntó Sorin cuando se puso al lado de Cassius en el


comedor.
Era hora de comer, y esa era la primera vez que Sorin veía al
comandante desde aquella noche.
Cassius lo miró de reojo mientras cogía una bandeja en la cola.
—Si de verdad te crees que voy a hacerte compañía en la lista negra de
Scarlett, estás muy equivocado, Renwell —contestó con seriedad.
Sorin cogió una bandeja y preguntó:
—¿Está despierta? —Cassius lo miró fijamente como queriendo decir:
«¿Me estás tomando el pelo?». Sorin apretó los dientes mientras le servían
comida—. ¿Ni siquiera me vas a decir eso?
—Lo siento, Renwell —respondió Cassius con una risa en voz baja—.
Puede que últimamente nos hayamos convertido en algo semejante a
amigos, pero mi lealtad está con quien me dijo que no te contase ni una
puñetera cosa sobre ella.
—Entonces iré a verla yo mismo —espetó Sorin después de estampar la
bandeja contra una mesa.
Los soldados que estaban sentados en los bancos levantaron la vista al
escuchar su tono, recogieron las bandejas y se marcharon a otra parte. A
nadie le apetecía estar cerca de un general cabreado.
Cassius se sentó a la mesa como si estuviesen manteniendo una
conversación agradable e hizo un gesto a Sorin para que hiciese lo mismo.
Nada parecía afectarle, salvo que involucrase a Scarlett. Cuando Sorin se
hubo sentado, Cassius preguntó:
—¿Por qué te importa tanto?
—¿Qué? —gruñó Sorin.
—¿Hace cuánto que la conoces? ¿Un mes? La mujer tuvo que hacer
trampas durante un combate para que accedieses a entrenarla. Así que, ¿qué
significa ella para ti?
—¿Acaso no puedo preguntar por una persona que está enferma? ¿No
puedo tan solo querer saber cómo se encuentra? —respondió Sorin en voz
baja y con agresividad.
Cassius enarcó una ceja.
—Si ese fuese el motivo de tu pregunta, por supuesto, pero ambos
sabemos que no es así. Te interesaste por ella desde el primer día que le
pusiste los ojos encima, pero no consigo averiguar el porqué. No la deseas
de la misma forma que Mikale. La mayoría de los días parece como si
apenas os aguantaseis. Hasta que ella se echó a tus brazos la otra noche
cuando la despertaste de aquella pesadilla, nunca la había visto mirarte sin
cierta aversión. —Como Sorin no dijo nada, prosiguió—: Me pregunto si
tiene algo que ver con tu lugar de procedencia, dondequiera que esté.
Sorin miró al comandante para intimidarlo, pero Cassius ni siquiera se
inmutó. No sabía qué responder. No podía contarle lo que sospechaba sobre
Scarlett. No podía decirle que ella poseía magia y que empezaba a
sospechar que su tónico hacía más de lo que le habían hecho creer. Aún no
había atado todos los cabos, y mucho menos iba a intentar explicárselo a un
mortal. A Sorin no le importaba Scarlett. No, lo que le importaba era
arrebatarle ese anillo y devolverlo al lugar que le correspondía. Ella solo era
un medio para un fin.
—Ella no significa nada para mí —respondió Sorin al fin.
—Pues vale —dijo Cassius, y se detuvo para cortar un trozo de cerdo
asado y llevárselo a la boca. Masticó despacio y a continuación prosiguió
pensativo—: Si de verdad quieres ir a ver qué tal le va a esa nada, te darás
cuenta de que es muy probable que no esté en la mansión Tyndell. Peor aún:
si intentases averiguar su paradero, es posible que te topases con una daga
apuntando a una zona de lo más inconveniente.
—¿Me estás amenazando con ponerme una daga contra la garganta? —
gruñó Sorin.
—¿Yo? Por los dioses, qué va. Sin embargo, ¿esa nada? Ella apuntará
directa a las pelotas.
Sorin soltó una carcajada indignada.
—He estado entrenándola. Sé de lo que es capaz.
Cassius no dijo nada. Solo se limitó a seguir comiendo mientras
esbozaba una ligera sonrisa de complicidad.

Pese a la advertencia de Cassius, ahí estaba él. Sorin se había marchado del
castillo al acabar el día y había ido hacia la mansión. Llevaba ya dos horas
agazapado en un tejado de la calle de enfrente y no había visto a nadie pasar
por debajo a excepción de las patrullas habituales. Era casi medianoche.
Lord Tyndell probablemente seguía en la reunión con el consejo real en el
castillo. Drake todavía no se había ido a casa. Tava estaría haciendo lo que
fuera que hiciesen las damas por las mañanas y tardes, pero ¿dónde estaba
Scarlett? Cassius había dejado caer que estaba despierta, se encontraba bien
y estaba por ahí. Los criados de la mansión lo conocían. Puede que tan solo
tuviese que ir y llamar a su puerta.
Se movió un poco, tenía las piernas dormidas de haber pasado tanto rato
acuclillado. Captó su aroma un instante antes de notar la punta de una daga
contra la espalda.
—Hola, general —susurró una voz femenina en su oído—. Lord Tyndell
tendrá mucha curiosidad por saber qué haces en el tejado de la calle de
enfrente. —La voz era aterciopelada y melosa. Hizo que cada nervio de su
cuerpo se tensase y se relajase al mismo tiempo. Empezó a mover la mano
poco a poco hacia el cuchillo de caza que llevaba al costado—. Yo que tú
no lo haría —canturreó la voz. Era evidente que se había percatado del
movimiento—. Te rajaré la garganta incluso antes de que puedas sacarte ese
cuchillo de la bota.
—Déjale en paz —dijo otra voz. Sorin la reconoció y una parte de él
suspiró inexplicablemente aliviada al escuchar aquella gloriosa arrogancia.
Después dijo—: Vamos, por el amor de Saylah, suéltalo.
¿Saylah? ¿La diosa de las sombras y la noche? Qué diosa tan interesante
a la que invocar.
—Solo estábamos jugando —volvió a susurrar la primera voz junto a su
oído mientras le presionaba la daga con un poco más de fuerza.
Notó cómo le atravesaba la chaqueta. Necesitaba ver a quién pertenecía
esa voz. Su olor. Lo había captado en la mansión de vez en cuando, pese a
ser tenue. También lo había olido aquella primera mañana de entrenamiento
con Scarlett, cuando creyó que había alguien más en el jardín.
—Me cago en la puta —suspiró Scarlett tras añadir una ristra de otras
palabras.
Sorin ahogó una carcajada. Puede que esa mujer residiese con la
nobleza, pero tenía un piquito tan soez como el de cualquier guerrero en un
campamento de guerra. Fuera quien fuese la persona con la que estaba, no
había filtros, no había pretensiones. Notó cómo el arma desaparecía de su
espalda y se dio la vuelta con brusquedad a la vez que desenvainaba su
propia daga del costado. Pestañeó anonadado por lo que tenía delante.
Y entonces entendió la referencia a Saylah por completo.
Dos mujeres. Una al lado de la otra. Las dos vestidas de negro de la
cabeza a los pies, con las capuchas subidas, que ocultaban sus rostros, y
convertidas en un arsenal andante. Sorin no conseguía descifrar cuántas
armas portaba cada una. Cómo habían conseguido pillarlo desprevenido era
incluso más desconcertante. En silencio total. El olor de sus cuerpos estaba
prácticamente camuflado. Una era un poquito más alta que la otra, y era
incapaz de distinguir cuál era Scarlett. Si no hubiese hablado, ni siquiera
hubiese adivinado que era una de las mujeres del tejado.
La que era un poco más bajita, situada a la izquierda, levantó la mano
para quitarse la capucha. Su cabello plateado resplandecía con el sol, que
casi se había puesto. Sorin se fijó en los avambrazos que llevaba en las
muñecas y en la espada que le sobresalía por encima del hombro. Llevaba
entrenando a esta chica, a esta mujer, desde hacía casi un mes. Jamás, ni en
diez siglos, se la hubiese imaginado tal y como la veía ahora. A pesar de
que afirmaba no ser una dama, Sorin había sido incapaz de imaginársela no
perteneciendo a la nobleza, apartada de la vida que suponía vivir en la
mansión Tyndell. Ante él se alzaba una Dama de la Oscuridad, y junto a ella
estaba su gemela.
Una sonrisa sombría se extendió por el semblante de Scarlett, una
expresión que solo le había visto poner en otra ocasión: el día en el que le
hizo un placaje en la sala de entrenamiento. El día en el que Scarlett dijo
que le sacaría las tripas e insinuó haber matado antes. Por aquel entonces no
la había creído, pero al mirarla ahora, no tenía ninguna duda de que le había
dicho la verdad.
Sostenía una daga en la mano. No una daga cualquiera, sino una maldita
daga torcida de piedra shira. Una daga que podía matar a un fae si su
portador sabía dónde atacar. Suponía que ella sabía hacerlo. Estaba claro
que Cassius le había contado que era un fae.
Scarlett se metió la daga en la bota al mismo tiempo que le decía:
—¿Qué hace un cabrón mentiroso como tú en el tejado frente a la
mansión de su lord comandante al atardecer?
Sorin seguía demasiado aturdido como para responder. ¿Esto era a lo que
había estado entrenando? Si hubiese sabido que Scarlett podía
transformarse en lo que tenía delante, sus técnicas de entrenamiento
hubiesen sido muy pero que muy distintas. Lo serían de ahora en adelante.
—¿Habla? —preguntó la mujer que estaba a su lado con una voz
rebosante de sarcasmo.
—Sí, habla —suspiró Scarlett al poner los brazos en jarras—. Aunque a
veces hay que darle un incentivo.
Sorin, que por fin recobró la voz, gruñó en voz baja y letal:
—Parece que no soy el único de este tejado que guardaba secretos.
Scarlett levantó las cejas ante sus insinuaciones y una expresión
seductora se apoderó de su rostro. Su sonrisa se tornó astuta y cruel. Había
acortado la distancia entre ambos poco a poco y su compañera se había
quedado atrás de brazos cruzados. Scarlett se quedó delante de él, a menos
de un metro de distancia, y le puso una mano en el pecho a Sorin. Despacio,
muy poco a poco, le subió dos dedos por la garganta y después le clavó las
uñas en la clavícula. Al final, le apoyó la mano en el hombro y susurró con
suavidad y en voz baja:
—Jamás te he mentido, general Renwell. Te lo dije la primera vez que
hablamos. No soy una dama.
Sorin tuvo que esforzarse por recobrar el aliento. Había estado tan
centrado en ese anillo, en quién había sido la madre de Scarlett, que se le
había escapado el arma mortífera que tenía delante. ¿Y si aprendía a blandir
el poder latente en sus venas, fuera cual fuese? Era un incendio a la espera
de que le diesen rienda suelta.
—No, no lo eres —contestó Sorin en voz baja y de forma despiadada.
Levantó la mano y la sujetó por la muñeca. Su compañera se tensó y se
llevó la mano a la daga que había usado antes. También estaba hecha de
piedra shira. ¿Cómo demonios tenían esas armas? Además de ser muy
caras, allí eran muy difíciles de conseguir—. Pareces la muerte
personificada, lo que hace que me pregunte por qué te has estado
conteniendo durante los entrenamientos.
Scarlett arrastró la vista de la mano con la que le sujetaba la muñeca
hasta la cara de Sorin; en ese momento, su sonrisa era pura crueldad.
—Me he dado cuenta de que la gente está un poco más… relajada
cuando desconocen el alcance de mis habilidades. Sí que me gusta mucho el
factor sorpresa, pero te equivocas, general. Yo no soy la Muerte
Personificada, y no es ella quien debe preocuparte esta noche. La Sombra
de la Muerte es a quien tienes que temer.
Los ojos de Sorin se dirigieron rápidamente a la otra mujer. ¿Esta era la
Sombra de la Muerte? ¿Esta era la persona a la que se mencionaba en voz
baja por las calles? ¿Esta era a quien temían más que a la propia muerte
porque, si la veían, significaba que los Espectros de la Muerte iban tras
ellos? La Sombra de la Muerte era la primera en encontrarte. Los mortales
creían que los Hijos de la Noche y las brujas eran cuentos para dormir, pero
los Espectros de la Muerte eran pesadillas personificadas. ¿Y Scarlett se
codeaba con ellas como si nada? Ató un cabo tras otro y volvió a girar la
cabeza hacia Scarlett con brusquedad.
—¿Te entrenaron en el Sindicato Oscuro? Fueron ellos quienes te
entrenaron. Y ella es la persona a la que no dejas de mencionar cuando
estoy presente.
La sonrisa traviesa de Scarlett permanecía en su rostro, desprovisto de
toda compasión.
—¿Ves? Te dije que no era del todo estúpido —le dijo a la Sombra de la
Muerte.
—Puede que no del todo, pero eso tampoco explica qué hace en este
tejado cuando Cassius le dijo específicamente lo que sucedería si intentaba
dar contigo —canturreó la mujer, y se le volvió a relajar el cuerpo.
—¿Cassius te ha dicho que estaría aquí?
—Cassius me ha dicho que preguntaste por mí y que mencionaste que
vendrías a verme en persona —dijo Scarlett después de dar un chasquido
reprobatorio con la lengua—. Creo que ya te dejaron claro que mi bienestar
no era de tu puñetera incumbencia.
—Cassius es un bocazas —masculló Sorin.
—Aleluya. Por lo menos coincidimos en algo —refunfuñó la Sombra de
la Muerte bajo la capucha.
Scarlett la fulminó con la mirada antes de volver a prestarle atención a
Sorin.
—Puesto que eres un cabezota, supuse que harías oídos sordos a su
advertencia, así que aquí estamos. Me has visto. Puedes ver que estoy
fenomenal, en pie y… que me encuentro mejor que nunca —añadió con una
sonrisa burlona—. Y ahora, soy yo la que te lo advierte. Aléjate de mí,
Ryker. —Puso énfasis en su nombre falso con un deje de diversión—.
Tengo asuntos que atender y no puedo arriesgarme a que te conviertas en un
grano en el culo cuando tengo que estar centrada en otra cosa.
Ahora que estaba cerca y la tenía delante de las narices, Sorin era capaz
de vislumbrar las ojeras que tenía Scarlett bajo los ojos y el agotamiento
que le delineaba los rasgos. Puede que estuviese en pie y escabulléndose
por los tejados, pero estaba de todo menos bien. Echó un vistazo rápido a la
Sombra de la Muerte y volvió a mirarla. Bajó la voz y dijo:
—Déjame ayudarte.
El tono de Scarlett se volvió severo y su boca se trasformó en una fina
línea.
—No —contestó tras alejarse de él.
Para su sorpresa, la Sombra de la Muerte, que no debería haber sido
capaz de escucharle, dijo desde detrás de ella:
—Scarlett, si se ofrece a ayudarte puede que debamos aceptarlo.
Podría…
—No —repitió Scarlett con un tono letal al mismo tiempo que giraba la
cabeza para mirar a la otra mujer.
—¿Por qué narices no? —espetó él, cabreándose.
—¿Quién era esa mujer? —preguntó ella con dulzura, mirándolo por
debajo de unas largas pestañas.
Sorin apretó los dientes.
—Una distinta a la de tu sueño.
Sorin habría jurado que los gélidos ojos azules de Scarlett parpadearon
como llamas. Le miró la mano de la muñeca que todavía le sujetaba y vio
que no llevaba ningún anillo en el dedo.
—Por eso —dijo furiosa en cuanto se dio cuenta de adónde miraba él—,
no trabajaré con escoria mentirosa. —Se soltó la muñeca con una maniobra
rápida y experta y retrocedió hasta su compañera—. Aléjate de mí, general.
Lo digo en serio. Salvo que planees contarme quién es esa mujer, aléjate de
mí. Si interfieres con lo que estoy haciendo, ya sea intencionado o no, ella
te mantendrá ocupado mientras yo termino lo que hay que hacer —afirmó
señalando con la barbilla a la Sombra de la Muerte, que estaba a su lado—.
Después yo misma vendré a ocuparme de ti.
La Sombra de la Muerte se agachó y le susurró algo a Scarlett que Sorin
fue incapaz de escuchar. Scarlett se limitó a asentir, la mujer retrocedió y
pareció desaparecer en la oscuridad ante sus ojos. Se esfumó antes de que
pudiese volver a coger aire. Sorin se acercó a Scarlett y ella le gruñó. Él se
detuvo de forma involuntaria, como si su cuerpo no tuviese otra opción. Sus
instintos de fae estaban tomando las riendas, y Scarlett no tenía ni idea.
Los fae eran inteligentes y bastante cultos, pero también eran mucho más
primarios en lo referente a los instintos. Por eso tenían unos sentidos
impecables. Por eso tenían mejor olfato y oído que los mortales. Por eso se
volvían territoriales y protectores y podían ser despiadados en el campo de
batalla cuando se rendían a esos instintos de supervivencia por completo.
¿Un gruñido como el que Scarlett acababa de soltar? Le estaba mandando a
Sorin que se retirase, era una orden; no obstante, él no era su súbdito.
Sorin dio otro paso más y sintió como si estuviese arrastrando el pie por
el barro. Tenía una expresión dura y desafiante.
—¿Por qué no me contaste que te habían entrenado en el puñetero
Sindicato Oscuro?
Una sonrisa vengativa se extendió por el rostro de Scarlett.
—Ah, ¿así que te suena?
—¿Que si me suena? Lo conocen de sobra incluso en los… —se detuvo
—. Incluso de donde yo vengo. De ahí salen algunas de las personas más
perversas e infames del mundo. Se dice que el mismísimo rey Deimas
ayudó a crearlo para llevar a cabo sus propios negocios sucios.
—Ten cuidado de cómo hablas de nosotros, general. No somos lo que
parecemos. No del todo, al menos —añadió con una sonrisa perezosa.
—¿Creciste allí? ¿Tu madre trabajaba allí como curandera?
Se le endureció el rostro cuando Sorin mencionó a su madre y dio un
chasquido con la lengua.
—Cuántas preguntas. Ya me debes cuatro. Y no contestas a la única que
te hago. No me apetece compartir nada más contigo.
Scarlett dio un par de pasos más hacia la derecha y se acercó al borde del
tejado. Sorin le gruñó con voz grave y ronca. Ella simplemente se burló de
él, como si fuese un cachorro con un juguete creyendo ser más grande de lo
que era, y le sacó la lengua.
Sorin la sujetó por el brazo, la acercó hacia él más rápido de lo que
Scarlett pudo moverse y le enseñó los dientes. Le envolvió la cintura con un
brazo a la vez que le gruñía al oído:
—Ni tú ni esa lengua tuya habéis aprendido modales aún. Soy general de
las tropas de tu rey. No vas a decirme que me largue.
Scarlett tan solo le dedicó una sonrisa de satisfacción y se apretó más
contra él. Sorin podía notar cada centímetro de Scarlett que le tocaba. Vaya,
al parecer sabía cómo blandir cada una de las armas que formaban su
arsenal, y muy bien.
—Lástima que yo no responda ante el rey —murmuró ella. A
continuación, se acercó para susurrarle al oído—: Ten cuidado, Sorin.
Muerdo.
Antes de que él pudiese responder, Scarlett se liberó con una maniobra
que él mismo le había enseñado. Tras una última sonrisa traviesa, saltó del
tejado. Un momento después, podía atisbarla corriendo por las sombras en
lo alto del muro que rodeaba la mansión. Saltó al suelo, y nadie que estaba
haciendo la ronda se volvió siquiera para indicar que había escuchado algo.
Unos minutos más tarde, se encendió una luz en las ventanas que Sorin
supo en ese momento que pertenecían a sus aposentos.
Se quedó mirando aquellas ventanas, repasando todo cuanto había visto
y oído y, mientras lo hacía, apareció ella. Se había quitado la capa, además
de la chaqueta. Parecía estar mirando directamente al tejado en el que se
encontraba él… y le sacó un dedo.
—Es encantadora, ¿a que sí?
Se dio la vuelta con rapidez al escuchar aquella voz aterciopelada y
melosa, esperando verla de pie justo detrás de él, pero el tejado estaba
vacío. Entonces, aquella voz volvió a susurrarle al oído y él se quedó
inmóvil.
—Puede que ella muerda, pero yo tengo colmillos.
Una vez más, se dio la vuelta y sus dedos rozaron la capa de la mujer al
mismo tiempo que ella se apartaba. Se rio, y fue uno de los sonidos más
despiadados que Sorin había escuchado nunca. El sol ya había terminado de
ponerse, y en la oscuridad apenas podía verla con todas las prendas negras
que llevaba. Incluso llevaba unos guantes negros en las manos.
—Da la cara —gruñó él.
La Sombra de la Muerte se limitó a reírse de nuevo y dijo:
—Ay, qué bien nos lo vamos a pasar juntos. Estoy deseándolo, general.
—Y después desapareció.
capítulo 15
Scarlett

t odavía te sigue —dijo Nuri mientras Scarlett entraba por las puertas
de una de las salas de entrenamiento bajo la Comunidad.
Estaba el entrenamiento con Sorin y luego el entrenamiento para
colarse en un castillo y pasar desapercibida. El entrenamiento con Sorin sin
duda era superior por lo que respectaba al combate cuerpo a cuerpo y con
armas. Pero ¿y el sigilo, la discreción y la agilidad? Esa clase de habilidades
se adquirían ahí. Debajo de una casa atestada de asesinos y ladrones.
Scarlett puso los ojos en blanco mientras se desabrochaba la chaqueta y
la dejaba a un lado.
—Lo sé. Maximus lo ha despistado antes de desviarme por el sendero
hacia el Sindicato.
Respiró profundamente. Era la primera vez que estaba dentro de la
Comunidad desde hacía más de un año. La familiaridad de aquel lugar la
calmaba y al mismo tiempo la ponía de los nervios.
Un joven asesino que pasaba por ahí les echó un vistazo de arriba abajo
de forma lasciva. Las mujeres llevaban pantalones holgados y camisetas
ceñidas sin mangas. Scarlett había ido para practicar acrobacias y, a juzgar
por el suave brillo del sudor en su cuerpo, él acababa de terminar el
entrenamiento. Nunca le había visto por la Comunidad, pero eso ya no
significaba nada. Podía haber aparecido perfectamente durante los últimos
meses. Por lo visto, él tampoco las conocía, ya que se quedó mirándolas y
les preguntó con una sonrisita arrogante:
—¿Necesitáis un observador, chicas?
Antes de que pudiese volver a respirar, Nuri lo puso boca abajo con el
brazo contra la espalda. Después le colocó la rodilla contra el cuello e hizo
presión mientras le susurraba sensualmente al oído:
—Como vuelvas a mirarnos de esa forma a cualquiera de las dos, te
cortaré el puto cuello.
El joven asesino se estaba atragantando e intentaba respirar mientras
Nuri le hacía un poco más de presión.
—Entonces dejaré que milord se desquite contigo.
Nuri se apartó y el joven asesino se puso en pie de un salto con el rostro
rojo de rabia. Nuri le lanzó una mirada intimidante y Scarlett le dedicó una
sonrisa de satisfacción al decir con dulzura:
—Debes ser nuevo.
—¿Quién demonios sois vosotras? —espetó él al mismo tiempo que se
frotaba la nuca.
—Son mías —dijo una voz grave y ronca a sus espaldas.
Al joven asesino se le abrieron los ojos de par en par por culpa del
miedo cuando apareció el líder de los asesinos. Llevaba la capucha puesta
como de costumbre, ocultando sus rasgos.
El muchacho bajó la vista al suelo e inclinó la cabeza.
—Mis más sinceras disculpas.
—Fuera de mi vista, Marcus. Tienes suerte de que Nuri no te haya roto
ningún hueso antes de dejar que te levantes. Debe estar de muy buen humor
hoy —gruñó el líder.
A Marcus no le hizo falta que se lo repitiesen; enseguida desapareció por
la puerta.
Nuri soltó un bufido de indignación.
—Parece que últimamente admites a cualquier escoria en la Comunidad,
padre.
Una risita grave salió de la capucha.
—Sospecho que no durará mucho; sin embargo, todo el mundo merece
una oportunidad si así lo desea, Nuri. —Se volvió hacia Scarlett—. Irás a
ver al príncipe Callan esta noche.
Era una afirmación, no una pregunta. A Scarlett no le sorprendieron sus
palabras. Es posible que algunos esperasen algo distinto para ser las
primeras palabras que intercambiaban después de la relación tan turbulenta
que habían mantenido durante el último año. Puede que algunos hubiesen
recibido un tono suave o una caricia amable al reunirse con el hombre que
prácticamente los había criado.
Scarlett no esperaba nada por el estilo.
Miró a Nuri de forma inquisitiva. Nuri negó sutilmente con la cabeza.
No, no le había contado a su padre lo que planeaban. El líder de los asesinos
volvió a soltar una risita amenazante.
—¿Os pensáis que no sé lo que pasa en mi ciudad cuando mis Espectros
están involucrados?
—¿Lo permitirás? —preguntó Nuri en voz baja.
Él suspiró.
—De nada serviría impedirlo. Distraerías a cualquiera que enviase para
evitarlo, y Scarlett iría de todos modos. —Nuri y Scarlett se movieron con
nerviosismo. No se equivocaba—. Tendrás que ocuparte del general o se
interpondrá.
—Soy consciente de ello —contestó Scarlett.
—¿De veras? —preguntó él endureciendo el tono. Scarlett se quedó
inmóvil. Ese tono significaba que en cualquier momento podía desatarse la
violencia—. ¿Eres consciente de que todavía sigo esperando a que termines
el encargo? ¿O acaso vengar la muerte de tu madre ha dejado de ser
motivación suficiente?
—Preferiría saber por qué es mi objetivo antes de matarlo —respondió
Scarlett.
Nuri estaba en silencio e iba alternando la mirada entre su padre
adoptivo y su hermana por elección. Desconocía quién era su objetivo.
Nadie más lo sabía.
—¿Todavía me cuestionas?
—Siempre te cuestionaré —replicó ella—. Seguiré haciéndolo hasta que
accedas a ir a por Mikale.
El líder de los asesinos alargó la mano sin previo aviso y le sujetó el
codo con fuerza. La separó de Nuri a rastras y la sacó de la sala de
acrobacias. Nuri no los siguió.
—Marchaos —le siseó a un par de personas que iban por el pasillo
mientras doblaban una esquina. Desaparecieron en cuestión de segundos—.
¿Todavía sigues emperrada en esto? ¿Todavía lo cuestionas? Pensaba que al
aceptar el encargo por fin te habrías olvidado del tema —gruñó tras
empujarla contra una pared.
—Pues te equivocabas —contestó ella furiosa—. Jamás entenderé por
qué no hemos vengado su muerte. Jamás entenderé…
Scarlett notó el escozor en la mejilla antes de procesar la velocidad de la
mano del líder de los asesinos cuando le soltó un bofetón.
—¿Cómo es posible que no lo entiendas? —preguntó él echando humo
—. ¿Cómo es posible que no comprendas que es para protegerte? ¿Que es
para proteger lo que se ha construido aquí? ¿Lo que heredarás?
—¡No lo quiero! —gritó Scarlett—. ¡Lo que quiero es venganza por la
muerte de Juliette!
—No la tendrás —respondió él con frialdad. Al darse la vuelta para
marcharse, dijo—: Termina el encargo y vuelve a casa.
—Esta no es mi casa —gruñó ella.
El líder de los asesinos se detuvo y se giró hacia ella una vez más.
—¿Ahora consideras la mansión de lord Tyndell tu hogar?
—Yo… —Scarlett ya no sabía a qué llamar hogar. Sin duda no era la
mansión y esta nunca volvería a serlo. Se dio cuenta de que no tenía un
hogar.
Era incapaz de ver el rostro del líder de los asesinos bajo la capucha,
pero pudo escuchar cómo sonreía al decir:
—Eso pensaba yo.
La ira volvió a fluir a través de ella cuando se apartó de la pared de un
empujón.
—Ese no es mi hogar, pero este tampoco. Este jamás volverá a ser mi
hogar. Dejó de serlo en cuanto me diste la espalda. En cuanto se la diste a
Juliette.
El líder de los asesinos se precipitó hacia ella, pero Scarlett se mantuvo
firme y se negó a dar su brazo a torcer. Se detuvo frente a ella y se agachó
para susurrarle directamente al oído:
—Termina el encargo, Scarlett. Si no lo haces, tienes todas las de
encontrar que tu hogar estará con la persona de la que tanto deseas
vengarte.
Scarlett notó que palidecía. Era imposible que fuese en serio. ¿Se la iba a
otorgar a Mikale?
—No serías capaz —jadeó.
—Lo haré si me obligas —respondió él tras alejarse de ella—. ¿Te queda
claro lo que se espera de ti?
—Como el agua —contestó ella con rencor.
—Bien —respondió él mientras volvía a darse la vuelta y echaba a andar
por el pasillo. Entonces añadió por encima del hombro—: Y, Scarlett, yo
que tú no me pondría el anillo de tu madre esta noche.

Scarlett pasó rápidamente por los tejados del vecindario de plebeyos por el
que había guiado a Sorin. Era mediodía. Iría a visitar a Callan esa tarde,
después de la cena y antes de tener que tomarse el tónico. La conversación
que mantuvo con el líder de los asesinos se reproducía en su mente sin
cesar. Se la otorgaría a Mikale si no liquidaba a su objetivo. Además,
Scarlett sabía que lo haría. El líder de los asesinos no amenazaba en vano.
Sorin había seguido rastreándola y siguiéndola a pesar de sus
advertencias y de los múltiples elementos disuasorios que Nuri le había
enviado a lo largo de la última semana. Scarlett había convencido a su
hermana de que la dejase volver a hablar con él una última vez y, si Sorin
insistía, Nuri podría juguetear con él esa tarde.
Lo observó merodear por la calle. Scarlett era capaz de ver cómo
escudriñaba rostros, tiendas y tejados. Se quedó atrás, oculta tras unos
aleros. El general volvió a echar a andar y ella se movió lentamente al
compás. Cuando por fin llegó a un callejón desierto, Scarlett aterrizó a su
lado en silencio. Él se giró con brusquedad y la daga que sostenía en la
mano se topó con la de Scarlett, que la tenía sujeta por encima de la cabeza
mientras decía con suavidad:
—Hola, general. —Sorin la asesinó con la mirada y la empujó más hacia
el interior del callejón tras mirar hacia atrás por encima del hombro—. ¿En
serio? ¿El callejón? A mí se me habrían ocurrido muchos otros sitios para
nuestro primer revolcón.
Sorin se alejó de ella, como si acabase de percatarse de que la estaba
conduciendo a un callejón oscuro y de lo que pensaría un transeúnte de
aquello. Scarlett se rio en voz baja, aunque eso pareció desatar algo en él.
Sorin se dirigió hacia ella como un depredador rondando a su presa y a
Scarlett se le cortó la respiración. Retrocedió un paso y después otro, hasta
que su espalda estuvo de verdad contra la pared al fondo del callejón. El
general no dijo nada y el color de sus ojos dorados pareció intensificarse al
escudriñar los de Scarlett, aunque ella desconocía el motivo. Intentó sacar a
la superficie su fanfarronería y arrogancia, pero fue como si aquella mirada
se lo impidiese.
Al final, logró decir:
—Sorin. Yo… —Tenía la voz ronca y jadeaba. Notó cómo el estómago
le daba un vuelco al sostenerle la mirada. El general siguió sin decir palabra
y ella se retorció bajo su intensa mirada mientras el corazón le martilleaba
en el pecho—. Deja de hacer eso —espetó tras intentar darle un empujón,
aunque solo se encontró con unos músculos duros e inmóviles. Él le dedicó
una sonrisa de satisfacción y las manos de Scarlett se quedaron petrificadas
contra sus pectorales—. Por los dioses, cómo se puede ser tan imbécil.
Por fin habló.
—Ha sido muy inteligente por tu parte traerme hasta aquí.
—Tenía que hablar contigo y demostrarte que soy capaz de apañármelas
sola.
—¿Por qué tendrías que demostrármelo? Te he entrenado. Sé de lo que
eres capaz.
—¿De verdad? Es evidente que poseo bastantes habilidades que
desconoces —contestó ella—, y tienes que conocerlas porque necesito que
esta noche me dejes en paz, Sorin.
—Vaya, estoy muy interesado en esas habilidades que desconozco —
respondió él en voz baja.
—Por los dioses —gruñó Scarlett al mismo tiempo que apoyaba la
cabeza contra la pared.
Al hacerlo, Sorin se alejó de ella y se cruzó de brazos.
—Dime por qué. Cuéntame qué vas a hacer esta noche.
—Dime quién es la mujer —replicó ella. Ambos se fulminaron con la
mirada. Después de un instante, Scarlett dijo—: Te lo diré una sola vez,
Sorin. No trates de seguirme esta noche. No intentes seguirme la pista. Los
obstáculos que te hemos mandado esta última semana no serán nada
comparados con ella. Ella me cubrirá las espaldas esta noche y se asegurará
de que no me sigan. Saldrá a jugar esta noche, y no serás tú el que gane.
Sorin se mofó.
—Al igual que tú has mantenido algunas habilidades en secreto, yo
también tengo unas cuantas.
—Te lo he advertido, Sorin. Se muere de ganas por divertirse contigo y
yo no estaré ahí para detenerla.
—¿Y quién va a detenerte a ti esta noche, Scarlett? —preguntó él tras
volver a acercarse a ella y apoyar una mano a cada lado de su cabeza.
—Sorin, esta noche… —contestó ella a la vez que le ponía una mano
con delicadeza en la mejilla. Vio cómo brillaba el anillo de su madre con la
poca luz solar que se filtraba en el callejón. Y vio cómo Sorin también le
echaba un vistazo—. Esta noche no necesito que me detengan. Esta noche
necesito que me dejen salir y no te va a gustar lo que descubrirás si no te
mantienes al margen.

SORIN
Sorin se quedó en las sombras mientras vigilaba a Scarlett. Volvía a ir
completamente vestida de negro, iba igual que aquella noche hacía una
semana en el tejado. Scarlett estaba en lo cierto. Llevaba toda la semana
observándola. Sorin había descubierto cómo se escapaba de la mansión.
Había aprendido cuáles eran sus métodos preferidos para pasar
desapercibida. Había intentado seguirle la pista varias veces para llegar a
dondequiera que se estuviese reuniendo con la Sombra de la Muerte, pero
siempre había algo o alguien que se interponía en su camino.
Llevaban casi dos semanas sin entrenar. Sorin no había sido capaz de
seguir sus movimientos como hacía normalmente. No había sido capaz de
preguntarle por aquella noche. No había podido investigar cómo era posible
que Scarlett llevase los dones tanto de Anahita como de Anala en la sangre.
Una sonrisa de admiración le crispó los labios al observar cómo Scarlett
se movía con una elegancia sobrenatural. Saltó con agilidad a la parte
trasera de un carruaje solitario que pasaba por allí y se subió al techo. Se
quedó agachada, era invisible si no sabías que estaba ahí. Sorin se
sobresaltó al darse cuenta de qué clase de carruaje se trataba. Era un
carruaje real que se dirigía al castillo.
Echó a correr para disuadirla. Tenía que estar de broma si planeaba
colarse en el castillo. Era imposible. A su derecha, había un edificio hecho
de ladrillo, y Sorin trepó al tejado con rapidez. Correr por los tejados sería
mucho más rápido y sencillo. Saltó al siguiente y se paró en seco cuando
otra silueta vestida de negro de la cabeza a los pies se interpuso en su
camino.
Scarlett le había advertido. Le había dicho que si intentaba seguirla esa
noche no sería una persona cualquiera la que le cubriese las espaldas. Sorin
le dedicó una sonrisa salvaje a la Sombra de la Muerte, que estaba ante él.
Ella no dijo palabra. De su boca no salió ningún comentario ingenioso ni
tampoco palabras crueles. No, la mujer que tenía delante tan solo se limitó a
sacarse dos cimitarras de la cintura. Las espadas chirriaron al
desenvainarlas.
—No puedes permitirle ir al castillo. Es imposible que se cuele y pase
desapercibida —dijo Sorin furioso. Dio un paso hacia ella y la mujer adoptó
una postura defensiva—. Le estás permitiendo ir como si fuese un cordero
yendo al matadero.
Una risa grave y sensual salió de aquella capucha.
—Mi querido general —susurró—, pues sí que te preocupa. —Su voz
aterciopelada y melosa le acarició, y Sorin luchó contra el efecto que le
produjo en los nervios e instintos. Ella se volvió a reír y avanzó un paso en
su dirección—. No, general, solo si te dejo que la sigas estoy permitiendo
que un cordero vaya al matadero. Un cordero fae, claro, pero un cordero al
fin y al cabo.
—¿Sabes que soy fae? —preguntó Sorin al desenvainar la espada
cuando ella se acercó otro paso más.
—Sé bastantes cosas de las que crees que solo tú estás al tanto —
canturreó— y muchas más de las que no sabes nada en absoluto. —Había
dejado de andar en círculos. Se detuvo delante de él y suspiró—. Supongo
que debería darte a elegir. Puedes hacer caso de mi advertencia y dejar que
se vaya esta noche, Sorin. Confiar en que estará bien, verá al príncipe y
volverá a su habitación antes de que amanezca. O podemos por fin jugar
juntos. Yo prefiero la segunda opción.
Sorin era capaz de escuchar el maníaco deleite de su voz. No le hizo
falta verle la cara para saber que no estaba mintiendo al decir que prefería
luchar contra él. Pero llamarle Sorin… Scarlett le había desvelado su
nombre real.
—¿Va a visitar al príncipe? ¿Al príncipe heredero Callan?
—Así es, y no es la primera vez que lo hace. No se fía de ti para
contártelo, aunque veo… el efecto que ella tiene en ti —dijo, y de nuevo
empezó a dar vueltas a su alrededor—. Percibo que el no saber qué está
haciendo Scarlett, el desconocer lo que está en juego, provocará que hagas
algo realmente estúpido.
—¿Por qué no has ido tú? —preguntó él en su lugar.
Ella se rio con desdén.
—Por dos motivos. Uno, soy la Sombra de la Muerte, guerrero fae. Si se
rumorea que he estado merodeando por el castillo, no sería la única que se
metería en problemas. Pero si la examante del príncipe le honra con su
presencia y la pillan, nadie pensará nada.
Sorin dio un traspiés y soltó una palabrota.
—Ella era su…
—Eso se rumoreó durante prácticamente un año, sí —se rio ella.
—¿Entonces es cierto?
—Eso no me corresponde a mí decirlo.
—Has dicho que había dos motivos. ¿Cuál es el otro? —dijo con los
dientes apretados. Tendría que gestionar su reacción a esa información más
tarde.
—El motivo por el que me necesitaban aquí, claro está.
—¿Qué motivo?
—El de distraerte. —Y se abalanzó sobre él, sin apenas darle tiempo a
Sorin a que levantase la espada.
capítulo 16
Scarlett

s carlett escuchó la puerta abrirse con un crujido mientras estaba


recostada en un sillón junto a la chimenea apagada de los aposentos
del príncipe Callan. La habitación estaba a oscuras cuando se sentó a
esperar. Colarse en el castillo a través de los pasadizos secretos y caminos
que habían trazado en un mapa hacía años le había resultado bastante
sencillo. Después de abandonar el barrio más exclusivo y de asegurarse de
que Nuri se había encargado de Sorin, se metió en el carruaje. Dentro
estaban Drake y Tava, vestidos para cenar en la Corte. Tenían que verlos
llegar sin Scarlett. Habían escogido esa noche por la cena que la reina
celebraba en honor a su corte. Todos los lores, damas y sus familias habían
sido invitados, lo que significaba que Mikale y Veda también estarían
presentes. Todo el mundo iba a estar atento por si Scarlett ponía un pie en el
castillo y, mientras Tava y Drake los distraían, fue justo eso lo que hizo.
Esperó en silencio hasta que él entró en la habitación y escuchó para
asegurarse de que estaba solo. Oyó cómo se desataba el talabarte, que
impactó contra el suelo. Scarlett inspiró profundamente. ¿Ver a Callan a
solas por primera vez en más de un año? No estaba segura de cómo iba a
salir eso. Era cierto que habían sido mucho más que amigos durante el
tiempo que estuvieron trabajando juntos, y él no sabía lo que sucedió
aquella noche.
La cama emitió un suspiro en cuanto él se sentó encima, supuestamente
para quitarse las botas. En cuanto las escuchó golpear el suelo, Scarlett se
preparó y se levantó del sillón.
—Hola, Callan. —El príncipe soltó una palabrota, se puso de pie dando
tumbos y cogió una daga de su mesita de noche. Scarlett salió de las
sombras, se bajó la capucha y chasqueó la lengua—. Aunque entiendo que
es posible que de verdad quieras atravesarme con eso, espero que antes
podamos hablar.
—¿Scarlett? —Pronunció su nombre como una pregunta y bajó el brazo
al costado mientras daba un paso hacia ella.
La miró de arriba abajo. Ella tan solo podía atisbar sus rasgos con la luz
de luna que se filtraba por las ventanas. Era guapo, tal y como debería ser
cualquier príncipe. Llevaba el pelo castaño más largo de lo que ella le había
visto la última vez, y le caía sobre los ojos pardos moteados de verde. Sus
pómulos marcados eran tan bonitos como recordaba, y llevaba la camisa
desabrochada, revelando un abdomen tonificado. Debía habérsela
desabotonado en el trayecto entre su habitación y la sala de estar contigua.
Scarlett no sabía qué decir. No sabía qué debía decir. Abrió la boca para
decir algo, cualquier cosa, pero Callan volvió a hablar y la interrumpió.
—Dime que estás aquí de verdad. Dime que estás en mi habitación y que
has emergido de la oscuridad absoluta, como solías hacer meses atrás.
—Yo… —empezó a decir, pero no logró pronunciar ninguna palabra
más.
Escuchó cómo la daga que él sujetaba repiqueteaba contra el suelo y de
repente lo tenía delante. Le puso las manos en el rostro y la boca contra la
suya. Scarlett levantó las manos y deslizó los dedos por el pelo de Callan.
Él la puso contra la pared y ella jadeó cuando Callan le pasó la lengua por
los labios, recordando la última vez que la había puesto contra esa misma
pared. Le metió la lengua en la boca al instante, y ella la notó contra los
dientes, contra el paladar. Callan se apartó y la miró a los ojos. Él los tenía
vidriosos y rebosantes de incredulidad y lujuria.
Esta. Esta era la parte más peligrosa de la noche. No colarse en el
castillo. Ni evitar a Mikale. Ni distraer a Sorin. Sino esta. Mirar a Callan a
los ojos y no permitirse rendirse ante lo que habían sido, y, por los dioses,
Scarlett estaba fracasando.
Callan abrió la boca para volver a decir algo, pero Scarlett se tensó y le
puso un dedo contra los labios. Miró detrás de él hacia la puerta abierta del
dormitorio. Se inclinó para susurrarle directamente al oído y le dijo:
—Estás a punto de tener compañía. —Un instante después, se escuchó
un suave golpe en la puerta del pasillo—. Ve. Contesta.
Callan hizo amago de alejarse, pero siguió sujetándole la cara con las
manos.
—Tengo miedo de que si te suelto no estés aquí para cuando vuelva.
—Aquí estaré, Callan —respondió ella con suavidad mientras le
acariciaba uno de esos pómulos perfectos con el pulgar. Lo notó temblar
ligeramente al tocarlo, antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la sala de
estar de sus aposentos. Cerró la puerta tras él sin dejar de mirarla por
encima del hombro.
Scarlett recobró el aliento y obligó a sus manos a que dejasen de temblar.
Nuri había apostado que sucedería esto.
«Dale lo que quiere y responderá a todas tus preguntas», dijo anoche
mientras repasaban el plan.
Nuri y Juliette nunca tuvieron problema en emplear sus cuerpos para
salirse con la suya. A Scarlett, por otro lado, pese a que no le importaba
flirtear para obtener lo que necesitaba, había sido mucho más selectiva al
escoger en qué cama se metía. De hecho, tan solo había compartido cama
con el hombre que ahora estaba en la otra habitación.
Atravesó la habitación en silencio y pegó la oreja a la puerta. Callan
debía de haber salido al pasillo, ya que no podía oír ninguna voz. Su
habitación era muy espaciosa, y se encaminó hacia el escritorio. Sonrió para
sus adentros. No había cambiado en absoluto. Seguía siendo un desastre.
Había libros y papeles apilados uno encima de otro. Abrió el primer cajón y
se quedó de piedra. Había un pequeño montón de papeles dentro, y el que
estaba encima estaba dirigido a ella. Lo cogió, pero encontró otras notas
debajo. En aquel cajón estaban todas las notas que le había pasado a Callan
a escondidas.
Escuchó la puerta exterior abrirse de nuevo con un crujido y unos pasos
almohadillados cruzar la sala. Volvió a dejar la nota que sostenía en lo alto
de la pila y cerró el cajón al mismo tiempo que se escabullía en las sombras
de la pared por si Callan iba acompañado. La puerta se abrió y ella se relajó
cuando él entró y cerró con llave a sus espaldas. Fue hasta la chimenea,
echó un vistazo al sillón y se dio la vuelta para enfrentarse a la habitación
en penumbra.
Era una noche veraniega especialmente calurosa. Callan tenía las
ventanas abiertas de par en par, aunque Scarlett las había cerrado todas
después de entrar. Lo observó dirigirse a una y apoyar la frente contra ella.
Entonces dijo sin despegar la cabeza del cristal:
—Le estoy rogando a los dioses que sigas estando en esta habitación y
que no haya soñado ese beso.
—Si esos son tus sueños, príncipe, entonces son tan dichosos como una
vez afirmé que lo eran —respondió Scarlett al emerger de las sombras. Se
desató la capa y la tiró sobre la silla del escritorio.
Callan se enderezó y se dio la vuelta para ponerse frente a ella.
—Vas muy armada.
—¿Y cuándo no? —preguntó Scarlett encogiéndose de hombros.
—Ninguna de las dos veces que he hablado contigo este año te he visto
con ningún arma —dijo con rudeza. Scarlett se estremeció, agradecida por
las sombras que la ocultaban—. No has asistido a la cena de la corte de esta
noche.
—No formo parte de ella —replicó Scarlett mientras levantaba la
barbilla.
—Eso antes jamás te habría detenido; además, ahora resides con lord
Tyndell, que forma parte de la corte. Tava y Drake han estado aquí —dijo
tras dar un paso hacia ella.
—Son sus hijos, y son el próximo lord y lady. Pues claro que han estado
aquí.
—Cassius también ha venido —puntualizó Callan mientras daba otro
paso más.
«Mierda, mierda, mierda.» Se obligó a que no le temblase el cuerpo
cuando Callan avanzó otro paso despacio, como si tratase de no espantar a
una cierva en un prado.
—Te busco, ¿lo sabías? Te busco en cada reunión de la corte. Te busco
en cada baile, gala, cena. —Dio otro paso—. Busco el brillo de ese pelo
plateado. Presto atención a esa voz que…
—Callan, para —susurró Scarlett después de bajar la vista al suelo.
Pero no paró. Dio otro paso.
—Vengo a mis aposentos cada noche. A solas. Por si sales de las
sombras. —Otro paso.
—Callan, yo…
—¿Sabías que incluso le mando a mi cochero que se pase por la mansión
Tyndell cuando tengo que ir a la ciudad solo para ver si da la casualidad de
que estás por ahí? —Otro paso—. Una vez tuve suerte y te vi.
—Lo sé —susurró Scarlett.
Fue el último día de otoño, un par de meses después de la noche en que
las cosas se habían ido al traste. Scarlett llevaba un vestido color teja y se
apresuraba a volver a la mansión de algún sitio que no lograba recordar a la
vez que se maldecía por no haber cogido una capa. Vio el carruaje real
bajando la calle. Lo reconoció al instante y supo que, si no desaparecía, este
se detendría y ella entraría de un salto allí mismo. Así que, en su lugar, se
giró en dirección a Tava, que había estado parloteando sin cesar a su lado, y
la empujó dentro de una tienda que había cerca.
Los pies con calcetas de Callan entraron en su campo de visión y se
situaron a centímetros de sus botas mientras ella seguía mirando al suelo.
Sin embargo, él no se movió para tocarla.
—Llevo pensando en lo que te diría prácticamente a diario. He pensado
en qué pude haber hecho para que desaparecieras de mi mundo de forma tan
repentina tras dejarme solo una nota en la almohada para despedirte. —Un
sollozo le partió el pecho a Scarlett al mismo tiempo que las lágrimas
empezaban a bajarle por las mejillas y le salpicaban las botas. Aun así, él no
la tocó—. He pensado en cómo te exigiría que me contases qué demonios
había pasado. —Scarlett no dijo nada, y el silencio los envolvió durante uno
de los minutos más largos de su vida. Después dijo—: Mírame, Scarlett
Monrhoe. —Su tono era firme, era una orden proveniente de un príncipe.
Scarlett era incapaz de hacerlo. No podía mirarlo a los ojos.
Entonces lo vio moverse y alargar el brazo hacia la trenza que pendía del
hombro de Scarlett. Le quitó la goma de pelo del extremo y se la deshizo
poco a poco. Callan odiaba que se recogiese el pelo con trenzas. Una vez, le
dijo que cuando se recogía el pelo para la batalla, parecía demasiado seria,
demasiado formal. Que, cuando llevaba el pelo suelto, eso quería decir que
estaba relajada, y que él se sentía privilegiado de ser alguien con quien ella
pudiese bajar la guardia.
Aunque Scarlett no bajó la guardia ni una sola vez cuando estuvo con él.
Siempre estaba prestando atención. Siempre estaba observando cualquier
señal en caso de que necesitase salir corriendo. Incluso cuando dormían
juntos, siempre tenía una daga al alcance de la mano. Siempre.
Le puso una de las manos debajo de la barbilla.
—Mírame, Scarlett —repitió con un tono más suave y persuasivo—. Por
favor.
Scarlett dejó que le levantase la barbilla y Callan la miró fijamente con
los ojos pardos en busca de cualquier cosa a la que aferrarse.
—¿Y ahora que me tienes delante, príncipe? ¿Qué es lo que quieres
decirme? —susurró.
—¿Ahora? Ahora tengo miedo de decirte nada. Ahora tengo miedo de
pronunciar una palabra inapropiada y que te conviertas una vez más en el
Espectro de las Sombras que perdí —contestó al enterrar la mano en su
pelo.
Scarlett cerró los ojos mientras la mano que le sujetaba la barbilla se
movía para rodearle la mejilla. Se apoyó en ella e intentó no pensar en
cuánto lo había echado de menos. No se atrevió a moverse. Después, él le
susurró al oído, con el aliento cálido contra su piel, y a Scarlett se le subió
la temperatura de todo el cuerpo.
—Por favor. Por favor, despójate de todas esas armas.
Ella abrió los ojos y sus miradas se encontraron.
—No he venido a hacerte daño.
Él le dedicó una sonrisa triste.
—Cuando estás de pie frente a mí con tantas armas contengo la
respiración a la espera de que desaparezcas en cualquier momento. Sé que
no te irás sin ellas. —Al no responder, Callan repitió—: Por favor, Scarlett.
No va a venir nadie esta noche. No habrá más interrupciones. Le he pedido
al guardia apostado en la entrada que no deje que nadie se acerque durante
el resto de la noche.
Scarlett extendió el brazo poco a poco en dirección a la hebilla que le
sujetaba la espada a la espalda. No apartó la mirada de la de Callan mientras
se la desabrochaba y la dejaba con la capa en la silla del escritorio. Se
desató los avambrazos de las muñecas. Él observó cada uno de sus
movimientos mientras se desabotonaba la chaqueta y se sacaba las dagas
ocultas en el interior, seguidas del cinturón de armas y la daga sujeta al
muslo. Al final, se sacó el par de dagas que llevaba en las botas.
—Por los dioses —jadeó Callan—. Había olvidado lo…
—¿Letal que soy? —sugirió ella—. Se te había olvidado lo terriblemente
letal que soy y aun así me permites estar frente a ti, en tus aposentos,
cuando has dejado tu daga tirada por el suelo al lado de la cama.
—No —respondió él con voz ronca. Deslizó las manos bajo los hombros
de la chaqueta de Scarlett y se la pasó por los brazos, dejándola caer al
suelo. El calor estalló en cada uno de los lugares en los que los dedos de
Callan rozaban su piel desnuda. Scarlett llevaba una blusa negra debajo de
la chaqueta, además de pantalones y zapatos negros—. Se me había
olvidado que, pese a todo lo que quiero gritarte y exigirte, incluso con todo
eso rondándome por la cabeza, te permitiría que me asesinases con tal de
poder pasarte los dedos por el pelo una vez más.
—No he venido para esto —dijo Scarlett con voz ronca tras levantar una
mano para entrelazar los dedos con los del príncipe y volver a cerrar los
ojos.
Absorbió el roce de los dedos de Callan contra su mejilla durante un
poco más de tiempo. Un poco más y después volvería a destrozar su mundo
y le desvelaría el motivo de la visita.
—¿Sabes lo que más he echado de menos, mi querido Espectro de las
Sombras? —susurró él. Volvía a tener a Callan junto al oído y su aliento le
hacía cosquillas en la mejilla. Scarlett podía notar los labios del príncipe
rozándole la piel al hablar—. He echado de menos hablar con alguien a
quien no le importaba que fuese un príncipe. Echo de menos estar con
alguien a quien no le importe mi título. Echo de menos tener una amiga que
me acepta por ser quien soy, al igual que yo a ella. —Scarlett contuvo el
aire, sin atreverse a respirar. No confiaba en sí misma para hacer nada—.
Eso es lo que más he echado de menos, sí. ¿Pero esto? Esto está en el
puñetero segundo puesto y lo sigue de cerca.
Y volvió a besarla. Despacio, con intensidad y ternura. Callan le rodeó la
cintura con las manos y la acercó a él, como si no soportase que hubiese
espacio entre ambos, y ella notó cómo Callan se apretaba contra su parte
delantera. Scarlett le rodeó el cuello con los brazos y él empezó a dejarle un
rastro de besos que le bajaban por la mandíbula y después por el cuello. Ella
arqueó la espalda a la vez que él seguía bajándole por las clavículas,
lamiéndole el hueco de la garganta. Se le escapó un gemido al que Callan
respondió con un gruñido.
—No he venido para esto —volvió a repetir Scarlett con voz ronca al
mismo tiempo que él le subía la blusa. Levantó los brazos para que él
pudiera pasársela por la cabeza.
—Me da igual —susurró Callan contra sus labios, y le mordisqueó el
labio inferior. Se quitó la camisa desabrochada con un movimiento de
hombros.
La condujo con cuidado hacia la cama, sujetándole las caderas con las
manos, y ella le permitió dar un paso. Dos.
—Callan.
Pero él volvió a poner los labios contra los de Scarlett y le recorrió los
brazos, el torso y el culo con las manos. Tiró del trozo de tela que Scarlett
llevaba alrededor del pecho y ella levantó los brazos para quitárselo. Callan
lo dejó a un lado y volvió a acercarla a él. Scarlett gimió una vez más
cuando el príncipe se llevó uno de sus pezones a la boca y lo recorrió con la
lengua. La parte trasera de las piernas de ella chocó contra el borde de la
cama y, mientras dejaba que Callan la tumbase, consiguió decir:
—Esto no cambiará nada, Callan.
—Me da igual —repitió él a la vez que le quitaba las botas y los
calcetines de los pies.
—Callan —volvió a decir cuando él alargó la mano en dirección a los
botones de sus pantalones.
Se detuvo y se quedó mirándola, medio desnuda, tumbada en la cama
ante sí, a la luz de la luna que se filtraba desde el cielo nocturno.
—¿Quieres que pare?
Ella lo observó a su vez. A ese hombre al que antes amaba, y al que
quizás siguiese amando. A ese hombre que, pese a lo que había dicho, era
un príncipe que un día se convertiría en rey. Scarlett jamás sería lo que
necesitaba, la persona que necesitaría que estuviese a su lado. ¿Pero esa
noche?
—No —jadeó ella, y se odió al pronunciar aquella palabra—. Quiero
fingir que este último año no ha existido.
Una sonrisa siniestra apareció en los sensuales labios de Callan.
—Bien —dijo él después de desabrocharle los pantalones a la vez que le
besaba el estómago—. Porque pretendo retenerte aquí todo lo que pueda.
capítulo 17
Scarlett

s carlett tenía la cabeza apoyada en el pecho de Callan mientras él le


acariciaba distraídamente los brazos de arriba abajo con los dedos. La
abrazó con fuerza, como si pudiese escapársele de las manos para
adentrarse en la noche. Estaba claro que lo haría, pero no hasta que
hubiesen tenido esa conversación. Scarlett sabía que volviese cuando
volviese a la mansión, Nuri la estaría esperando, deseosa por saber todo lo
que había averiguado.
—Callan —empezó a decir, y tragó saliva.
—Shhh —murmuró él contra su pelo después de besarle la coronilla—.
Dos minutos más. Dos minutos más fingiendo que este año no ha existido.
—Scarlett le besó la parte del pecho en la que tenía apoyada la cabeza y
suspiró. El brazo de Callan la estrechó con más fuerza.
Lo disfrutó. Disfrutó del peso del brazo de Callan envolviéndola. De
notar las piernas entrelazadas con las suyas bajo las mantas. De cómo subía
y bajaba el pecho del príncipe. De su olor. De su sabor. Se permitió fingir
que nada había cambiado. Se permitió fingir que él no era un príncipe y que
ella no era un arma mortal que su padre solía blandir.
Después de no dos, sino cuatro minutos, Scarlett volvió a tragar saliva.
—Callan.
Se percató de cómo él suspiraba debajo de ella y levantó la cabeza para
mirarlo a los ojos. Las motas de verde parecían brillar en contraposición al
color pardo. Él se incorporó y la besó en los labios.
—Por mucho que me gustaría creer que yo soy el motivo de tu visita, no
soy tan iluso. —Scarlett apartó la vista. Era escoria. Callan le rozó la
mejilla con los dedos a la vez que susurraba—: Dime qué necesitas,
Espectro mío.
Scarlett se incorporó y se puso la sábana alrededor de los hombros.
Callan se empapó de todas las partes desnudas del cuerpo de Scarlett que
lograba ver y le puso una mano en la rodilla. Ella frunció los labios; no
quería echar a perder ese momento.
—Dilo, Scarlett —dijo él con suavidad.
—Están volviendo a desaparecer niños. Ha pasado más de un año, pero
hemos perdido cuatro en cuatro días. Nuri ha estado inspeccionando otros
barrios y los niños no están desapareciendo en ninguna otra parte. El
Sindicato Oscuro se ha vuelto a convertir en un objetivo y estamos
desesperadas, Callan. —Lo dijo tan deprisa que sintió como si estuviese
vomitando las palabras.
—Lo bastante desesperadas como para que por fin te hayas dignado a
volver a verme para preguntarme si sé algo al respecto —respondió Callan
en voz baja.
Una desgraciada. Scarlett era una desgraciada por cómo había
gestionado las cosas esa noche.
—No…, no sé qué quieres que te diga, Callan.
Él también se incorporó y se subió las mantas por encima de la cintura al
hacerlo. Se enrolló un mechón de pelo de Scarlett entre los dedos.
—Veré qué puedo hacer por ti con dos condiciones. —Scarlett lo miró a
los ojos y adoptó una expresión precavida—. Tienes que volver para
conseguir las respuestas y…
—Callan, no tienes ni idea de lo que he arriesgado al venir aquí esta
noche —lo interrumpió Scarlett en voz baja—. Volver sería casi imposible.
—Cuéntamelo —dijo él—. Cuéntame qué es lo que te mantiene alejada
de mí. Sé que dejar de venir no fue cosa tuya.
—Eso no lo sabes —replicó Scarlett con dureza.
—Entonces dímelo —respondió Callan—. Dime que dejaste de ser mi
amiga de repente, que dejaste de ser más que eso porque ya no deseabas
seguir siéndolo.
—Te lo he dicho —se quejó ella—. Te he dicho que lo de esta noche no
cambiaría nada. Te he dicho que no había venido para esto.
—Y yo te he dicho que me daba igual. —Le rodeó la cara con las manos
—. Cuéntame lo que sucedió hace un año, Scarlett. Cuéntamelo y yo me
encargaré de solucionarlo.
Scarlett cerró los ojos y se obligó a inspirar y a espirar. Inspirar y espirar.
No se había percatado de que las lágrimas le bajaban por las mejillas hasta
que notó a Callan limpiárselas a besos. A continuación, colocó aquellos
labios salados contra los suyos.
«Mi bienestar no es tu prioridad.» Scarlett podía oír las palabras de Nuri
repitiéndose en su mente sin cesar, como olas que rompían contra la costa.
Respiró profundamente.
—Tendrás que venir a verme tú —dijo ella con un suspiro—. Hasta
que… nos ocupemos de algunas cosas. No puedo arriesgarme a volver al
castillo a corto plazo.
—No me has dejado terminar de explicarte mis condiciones —contestó
él con una sonrisa traviesa.
—¿Hay más? —preguntó Scarlett levantando las cejas.
—Tendrás que pasarte el resto de la noche aquí a mi lado y, cuando te
marches por la mañana, no desaparezcas en la oscuridad. Despídete como
una persona en condiciones.
—Tengo que tomarme el tónico, Callan. Lo sabes —contestó Scarlett.
Callan la sentó en su regazo y empezó a besarle el cuello y a
mordisquearle la oreja.
—También sé —le susurró al oído— que te has traído el tónico.
Tenía razón. Scarlett sabía que era muy probable que ocurriese eso y
había venido preparada. Incluso le mandó a Sybil que mezclase un tónico
anticonceptivo con el normal.
—No podemos hacerlo como la última vez, Callan —dijo tras alejarse de
sus besos—. No puedes sacar el tema en una reunión del consejo. Ese
enfoque, el que intentamos la última vez, fue el que empezó a desencadenar
este desastre. Nadie puede saber que estás investigándolo.
—¿Entonces cómo se supone que voy a enterarme de algo? —preguntó
con expresión confusa.
Scarlett volvió a recostarlo contra las almohadas con delicadeza y se
cernió sobre él.
—Eres listo, príncipe. Estoy segura de que se te ocurrirá algo. —Scarlett
le dio un beso en el pecho y empezó a trazar una hilera de besos hacia su
cuello.
Callan emitió un gruñido desde lo más hondo de su garganta mientras las
manos de Scarlett vagaban hacia abajo y seguía dándole besos por el pecho
en dirección al cuello.
—Eres bastante persuasiva —soltó él.
—Lo sé, alteza —murmuró cuando por fin sus labios volvieron a toparse
con los del príncipe.
Callan rodó y la puso debajo de él en un abrir y cerrar de ojos, y Scarlett
enterró lo despreciable que se sentía por lo que le estaba haciendo cada vez
más hondo a la vez que salía de aquella jaula a la que la habían empujado.

Scarlett estaba vestida y de pie delante de una ventana abierta, vigilando a


los guardias que patrullaban debajo. Maximus estaría esperándola con un
caballo al doblar la esquina. Solo tenía que llegar hasta ahí. Se había
quedado tanto como había podido, pero la oscuridad estaba desapareciendo
rápidamente conforme se acercaba el amanecer. Escuchó el susurro de las
mantas y las sábanas cuando Callan se enfundó unos pantalones holgados y
apareció detrás de ella.
—¿Eres consciente de que teníamos un trato? —dijo, y la besó justo
debajo de la oreja.
—Todavía no iba a marcharme —respondió ella mientras le daba un
codazo juguetón en las costillas—. Solo estaba… observando la
distribución. Ha pasado tiempo.
—Demasiado —dijo Callan con frialdad, y ella se puso tensa contra él.
—Avísame cuando te enteres de algo y encontraremos el modo de que
vengas a verme sin que te vean —dijo al cerrar los ojos y echar la cabeza
hacia atrás para apoyarla contra su pecho—. No se lo cuentes a nadie. No
involucres a nadie más, ni siquiera a Finn o a Sloan. No sabemos en quién
podemos confiar.
Notó cómo el príncipe le ponía las manos sobre las caderas y hacía que
se diese la vuelta con delicadeza para tenerla de frente. Estaba despeinado
por culpa de sus actividades nocturnas y lo que habían dormido después de
que Scarlett se tomara el tónico.
—Quédate —susurró Callan con una súplica en aquellos ojos pardos—.
Quédate conmigo. Ya veremos cómo solucionar el resto.
—No puedo, Callan. Sabes que no puedo —contestó ella con tristeza,
poniéndole una mano contra la mejilla—. Esto. Nosotros…
—No lo digas —suplicó él interrumpiéndola y negando con la cabeza—.
No termines lo que estás a punto de decir.
—Callan…
Y entonces la besó con un apremio que significaba que era consciente de
que podía ser perfectamente la última vez que lo hacía.
Scarlett se apartó. Tenía que irse. Ya. Se puso la capucha sobre el pelo
que se había vuelto a trenzar y susurró:
—Adiós, Callan.
Desapareció por la ventana más rápido que un gato callejero, aunque no
lo bastante como para librarse de las palabras que salieron de los labios del
príncipe.
«Te quiero.»
No lo bastante como para librarse del dolor aplastante que le estalló en el
pecho al escuchar aquellas tres sílabas.
Salió del recinto del castillo en menos de cinco minutos. Dos minutos
más tarde, estaba doblando la esquina en la que Maximus la esperaba. No
intercambiaron ni una palabra cuando él la ayudó a subir al caballo y
recorrieron las calles. La mansión estaba tan solo a cinco minutos de
distancia a caballo si las calles estaban vacías. Maximus se detuvo a un
bloque de distancia y ella se apeó para entrar a hurtadillas de la misma
forma que había salido. Sin embargo, cuando llegó al vestíbulo después de
colarse por aquel despacho en desuso, no se fue hacia su habitación. Se
detuvo en la puerta que antecedía a la suya y se deslizó al interior sin ni
siquiera llamar.
La habitación estaba a oscuras. Las ventanas eran amplias y dejaban
pasar la brisa matutina. Apoyó la cabeza contra la puerta, cerró los ojos e
inspiró profundamente, pero entonces un montón de olores la acribillaron.
—Ves, estúpido fae —dijo Nuri arrastrando las palabras desde la
oscuridad—. Ha vuelto a casa y está bien.
—¿Acaso eres incapaz de ver por debajo de esa capucha? —dijo la voz
de Sorin cargada de enfado—. Está claro que no está bien.
Scarlett ni siquiera tenía fuerzas para preguntarle qué hacía ahí. Y,
cuando la voz de Cassius susurró a su izquierda y preguntó: «¿Hermanita?»,
a Scarlett dejó de importarle quién estuviese en la habitación. Se cayó de
rodillas y dejó que fluyesen las lágrimas. Cassius apareció delante de ella al
instante, la rodeó con los brazos y le acarició el pelo.
—¿Entonces todo ha salido según lo planeado? —preguntó Nuri con
seriedad desde el otro lado de la habitación.
—Márchate —dijo Scarlett furiosa, prácticamente ahogándose con un
sollozo. Se estremeció cuando la temperatura de la sala pareció caer en
picado—. No quiero verte la cara ni tampoco escuchar tu voz. Iré a verte en
dos días. No mandes que vengan a buscarme.
—Teníamos que hacerlo, Scarlett —contestó ella en voz baja, aunque no
había ni rastro de remordimiento en su tono.
—Que te largues. —Scarlett tuvo que hacer uso de todo su autocontrol
destrozado para no decírselo a gritos.
Nuri no debió de hacer ningún amago de marcharse, ya que Cassius
gruñó:
—No me puedo creer que le hayas dejado hacer eso.
—¿Hasta cuándo piensas mimarla, Cassius? La necesitamos.
—¿Eres consciente de lo que ha hecho por ti? ¿De lo que ha sacrificado
por ti? —espetó Cassius levantando la voz.
—Nadie se lo ha pedido —replicó Nuri—. Yo puedo cuidar de mí
misma. Ellos no.
—Eres una hija de puta —dijo Cassius bajando la voz—. Vete. Irá a
buscarte cuando esté lista.
Tras unos instantes, cuando disminuyeron sus sollozos, Scarlett levantó
la mirada hacia él. La preocupación, el miedo y la tristeza inundaron los
ojos de Cassius mientras le escudriñaba el rostro.
—¿Crees que sospechan algo?
—No. Se pasaron toda la noche en el comedor y vi cómo ambos se
marchaban en el carruaje. Maximus los siguió hasta casa y los vio entrar a
los dos —respondió Cassius con dulzura.
—He… Hemos…
—Lo sé, hermanita —dijo en tono tranquilizador—. No hace falta que lo
digas.
—Me va a odiar —afirmó Scarlett atragantándose. Pronunciar aquellas
palabras era como intentar tragar veneno. Entonces vio que Sorin estaba
junto a la ventana por la que supuso que Nuri se había marchado. Lo
asesinó con la mirada—. Te dije que esta noche te mantuvieses al margen.
¿Qué demonios haces aquí?
—La Sombra de la Muerte y yo no nos poníamos de acuerdo —dijo
Sorin al mismo tiempo que se encogía de hombros—. Cuando estuvo claro
que ninguno de los dos iba a ganar y que tampoco íbamos a rendirnos,
accedió a traerme aquí para que pudiese ver con mis propios ojos que
regresabas… sana y salva.
—Te dije que podía apañármelas sola —dijo Scarlett, y se levantó.
—Tranquila, hermanita —murmuró Cassius—. La mansión aún duerme.
Scarlett hizo oídos sordos y cruzó la sala hasta que estuvo justo delante
de Sorin.
—He vuelto. Estoy sana y salva. Puedes marcharte.
—Has vuelto, pero no estás sana y salva en absoluto —respondió él
mientras sus ojos dorados escudriñaban los de Scarlett.
—¿Quién es la mujer, Sorin? —exigió saber con tono letal.
—Una distinta a la de tu sueño.
—Entonces mi bienestar sigue sin ser de tu incumbencia. Lárgate.
Se bajó la capucha y empezó a soltarse las armas mientras Cassius
intentaba cogerlas al vuelo antes de que impactasen contra el suelo y
despertasen a los residentes. Se quitó la chaqueta y se sacó las botas y los
calcetines de una patada. Se pasó la blusa por encima de la cabeza y se
quedó tan solo con la tela que llevaba alrededor de los pechos, cruzó la
habitación y se metió en la cama todavía hecha de Cassius sin mediar
palabra.
Notó que la cama se movía cuando Cassius se subió, y se le relajó todo
el cuerpo en cuanto él empezó a acariciarle el pelo. Las lágrimas rodaron
por sus mejillas al tratar de reprimir la nueva ola de sollozos que amenazaba
con destrozarle el cuerpo.
—Tiene un pasado complicado —le escuchó decir a Cassius. Al no
obtener respuesta, añadió—: Te vendría bien desaparecer antes de que se
despierten los residentes.
Scarlett no supo si Sorin llegó a emitir respuesta alguna. No le
importaba, pues en ese momento solo sentía aquel familiar vacío anidando
en su alma.
capítulo 18
Sorin

s orin estaba de pie en el vestíbulo de la mansión Tyndell. La cena


semanal y la reunión posterior de generales y comandantes con lord
Tyndell acababa de terminar. Casi todos se habían ido y ahora solo
quedaban Cassius, Drake y él, ya que Mikale se había marchado hacía solo
unos instantes.
—Voy a salir a beber con algunos de los hombres. ¿Os apuntáis? —
preguntó Drake mientras se ceñía el talabarte.
—No —contestó Cassius. Echó un vistazo rápido a Sorin antes de añadir
—: Yo me voy a ir directamente a la cama. Llevo unos días sin dormir bien.
Drake asintió con la cabeza en señal de entendimiento y salió por la
puerta. Cuando se cerró, Sorin se volvió hacia Cassius.
—¿Sigue en tu cama?
Cassius se pasó una mano por el pelo castaño.
—No ha salido ni una sola vez desde aquella mañana.
—De eso hace dos días —siseó Sorin.
Como si hablar de ella bastase para invocarla, Scarlett apareció al final
de la escalera. Estaba pálida e iba con la misma ropa de aquella noche,
aunque por lo menos se había vuelto a poner la blusa. Pareció como si
bajase las escaleras flotando, con el pelo largo suelto a su alrededor. Iba
descalza y pasó a su lado como si ni siquiera se percatase de que estaban
allí.
—Scarlett —susurró Cassius.
Siguió andando hacia la puerta. Sorin se movió a un lado para cerrarle el
paso. Ella se detuvo y levantó la barbilla, y la mirada de angustia con la que
se topó casi hizo que Sorin se cayese de rodillas. Era capaz de captar otro
aroma entremezclándose con el de ella, uno que olía a lluvia primaveral y a
pino, y apretó los dientes.
—¿Adónde vas, hermanita? —preguntó Cassius con dulzura después de
ponerse a su lado.
—Quiero practicar —susurró ella.
—Scarlett… No podemos ir al Sindicato Oscuro así. No tienes armas.
Nadie combatirá contigo. Él no te permitirá aceptar ningún encargo… —
Cassius dejó la frase en el aire.
—Tengo que practicar —insistió ella a la vez que trataba de rodear a
Sorin.
Cassius alargó la mano para sujetarle el brazo, pero ella se apartó y
volvió a intentar adelantar a Sorin. Cassius negó con la cabeza hacia Sorin a
modo de orden silenciosa, y él volvió a ponerse delante de Scarlett.
—No quiere combatir, luchar ni matar a nadie. —Tava estaba bajando
las escaleras con una capa en las manos—. Quiere practicar, Cassius. Por lo
que tengo entendido, lleva más de un año sin hacerlo. Llévala a algún sitio a
tocar el piano. —Le puso la capa a Cassius en las manos y se marchó por un
pasillo.
Cassius se dio la vuelta, envolvió a Scarlett con la capa y le abrochó los
botones.
—Tendremos que ir a caballo, Scarlett, e incluso así, no sé si ir allí tal y
como estás es buena idea.
—¿Toca el piano? —preguntó Sorin en voz baja.
Cassius levantó la vista hacia él.
—Sí. O eso hacía. Lleva sin tocar desde que… Lleva mucho tiempo sin
hacerlo. Aquí no disponen de piano. Hay uno en el recinto en el que
trabajaba su madre y otro en la Comunidad, pero no puedo llevarla hasta el
Sindicato Oscuro en este estado.
—Sígueme —dijo Sorin—. Podemos ir a pie.
Intentó convencer a Scarlett de que se pusiese zapatos, pero ella se negó,
tratando de sortearlos constantemente y de salir por la puerta. Cassius acabó
por coger un par de zapatillas de seda y Sorin los guio a través de los pocos
bloques de distancia que separaban la mansión de su apartamento de lujo.
Cassius le sostuvo la mano con fuerza a Scarlett al doblar otra esquina. Ella
siguió sin decir nada, tan solo se limitó a andar en silencio, sin emitir
sonido alguno mientras iba por la acera con los pies descalzos. Era un
fantasma vestido de negro, con el pelo plateado suelto a merced de la fría
brisa veraniega; Sorin era capaz de sentirla. Podía sentir la tristeza gélida
que se le pegaba a los huesos. Podía sentir una llama ardiente tratando de
derretir aquel hielo, pero apagándose en el intento.
Sorin abrió la puerta de su casa con llave y cruzó la habitación para
encender algunas velas. Cassius le dio un suave empujón a Scarlett para que
siguiese avanzando hacia el interior de la habitación y así poder cerrar la
puerta. Le quitó la capa de los hombros y Sorin señaló la esquina izquierda
situada al fondo de la habitación, en la que descansaba un piano de cola.
—Ahí tienes.
Los ojos de Scarlett se posaron en el instrumento y, como si estuviese
llamándola, se acercó hacia él. Sorin se cruzó de brazos y se apoyó contra la
repisa de la chimenea mientras la observaba. Cassius se quedó inmóvil
junto a la puerta de entrada, como si estuviese conteniendo la respiración.
Scarlett recorrió la parte superior del teclado con los dedos, como si
estuviese planteándose qué hacer. Bajó un dedo, que se quedó suspendido
sobre una tecla.
«Toca, Scarlett», dijo Sorin con apremio para sus adentros. Y, como si
Scarlett lo hubiese escuchado, apretó la tecla. Era una nota grave, y fue
como si las ataduras que la sujetaban por dentro se rompiesen. Unas
lágrimas silenciosas le humedecieron las mejillas en cuanto se sentó en el
banco. Colocó las pequeñas manos encima de las teclas y sonó un acorde.
Un acorde menor, angustiado y repleto de pesar. Sus dedos trastabillaron
por las teclas durante unos minutos, como si estuviese recordándoles qué
deberían hacer. Entonces… Entonces Sorin tan solo pudo quedarse
mirándola asombrado mientras tocaba.
Sorin sabía tocar el piano. Podía leer partituras y tocar canciones, pero
Scarlett sabía tocar de verdad. Tenía los ojos cerrados y las lágrimas le
salpicaban las manos mientras los dedos volaban por las teclas de color
ébano y marfil sin que se le escapase ni una sola nota. Sorin podía sentir
cada sonido, cada crescendo y cada compás. La melodía de Scarlett era una
melodía compuesta por tristeza, dolor y pena.
Cassius atravesó la habitación para ponerse al lado de Sorin cuando
Scarlett terminó una canción y pasó directamente a otra. Era como si
respirase los sonidos que emanaban del piano.
—Me va a matar por permitirte verla tocar —dijo en voz baja con la
vista clavada en Scarlett.
—¿Por qué dejó de hacerlo? —preguntó Sorin. Apenas era capaz de
hacer que sus palabras atravesasen el nudo que se le había formado en la
garganta.
—Porque la encerraron en una jaula —dijo Cassius sin más.
«Esta noche no necesito que me detengan. Esta noche necesito que me
dejen salir.»
—¿Qué pasó? —gruñó Sorin en voz baja.
—Eso no me corresponde a mí contarlo. Nos hemos pasado más de un
año intentado sacarla de esa jaula, pero ahora que ha vuelto a saborear la
libertad… —Dejó la frase en el aire durante un segundo, pero después dijo
—: ¿Por qué te llamó Sorin la otra noche?
Sorin se puso tenso. Como Cassius no se lo había preguntado al día
siguiente, creyó que al comandante se le había pasado que Scarlett lo
llamase por su nombre.
—Porque así es como me llamo en realidad. ¿Quién la metió en esa
jaula? —exigió saber Sorin. Ya le explicaría lo de su nombre más tarde.
Miraba fijamente a Scarlett mientras ella se balanceaba y se movía al
compás de su melodía, como si cada minuto que tocase supusiese otra
liberación.
—Gente que hará todo lo que pueda para volver a meterla dentro —
contestó Cassius con seriedad.

SCARLETT
Scarlett no sabía cuánto tiempo había estado tocando. Podían haber
transcurrido minutos u horas. Sospechó que se trataba de lo último cuando
volvió en sí. Cada canción era como tragar una bocanada de aire cuando no
se había percatado de que se estaba ahogando. Las gotas de sudor le cubrían
la frente y llevaba las mejillas manchadas por culpa del rastro que habían
dejado las lágrimas. Todavía tenía el olor de Callan en el pelo y en la piel, y
la canción que estaba tocando en acordes mayores volvió repentinamente a
los acordes menores que Scarlett había estado exhalando.
Vislumbró un movimiento por el rabillo del ojo que le llamó la atención.
La persona que lo había llevado a cabo parecía haberse dado cuenta del
repentino cambio que había experimentado su canción. Siguió moviendo
los dedos por las teclas al percatarse de que no sabía dónde estaba. Observó
una puerta en la pared derecha que supuso que daba a una cocina, ya que
vio que la mesa del comedor estaba al otro lado de la habitación en la que
se encontraba. Tenía una enorme pila de libros y papeles encima y, allí
sentado, leyendo informes, estaba Sorin. Se puso algo rígido cuando cambió
de acordes, pero siguió sin apartar la vista de los papeles que estaba
examinando, casi como si llevase toda la tarde haciéndolo. Scarlett no
estaba segura. En realidad, no recordaba nada de lo que había sucedido
después de meterse en la cama de Cassius aquella noche. Los minutos se
habían transformado en horas. Las horas en días. ¿Cuánto tiempo había
pasado?
Giró la cabeza para mirar hacia atrás sin saltarse ningún compás. Cassius
estaba tumbado en un sofá delante de una chimenea que tenía un pequeño
fuego dentro. Servía más para iluminar que para dar calor. Tenía un libro
abierto. Las ventanas estaban abiertas y dejaban entrar el calor sofocante de
la noche. Inspiró profundamente y sus dedos se pararon en seco.
Tanto Sorin como Cassius alzaron la cabeza para mirarla. Ella se levantó
del banco y Cassius se puso en pie de inmediato. Scarlett vio el talabarte de
Sorin tirado por el suelo a su lado. Lo cogió, desenvainó la espada y se
quedó mirando la ventana.
—Scarlett… —advirtió Cassius con cautela.
Sorin también estaba de pie, aunque no delante de ella para vigilarla,
sino a su lado. Una daga descansaba en su mano de forma despreocupada.
—Está aquí. —Fue lo único que dijo.
Un instante después, entró una sombra por la ventana.
—Vaya, vaya —soltó la voz aterciopelada y melosa—. Mira quién ha
salido de la cama por fin.
Se puso delante de ellos con las mortíferas prendas negras y, si no
hubiese tenido a Sorin al lado, Scarlett le habría bajado esa capucha y le
habría soltado un puñetazo en la cara. La rabia se le enroscó en las entrañas
y sintió como si la empuñadura de la espada le estuviese quemando la
palma.
—Vete —dijo Scarlett en voz baja. Su voz era gélida, venenosa y
afiladísima al mismo tiempo.
—Dijiste que vendrías a verme en dos días. Ya han pasado dos días —
contestó Nuri encaramada al borde del sofá—. ¿Qué pasó con Callan,
Scarlett? —Scarlett dio un traspiés al escuchar el nombre y Sorin le puso
una mano en la espalda para equilibrarla. Notaba cómo Nuri la observaba
por debajo de aquella maldita capucha—. Ya veo. Por los dioses, con razón
pareces un espectro ahora.
—No me llames así —siseó Scarlett, y apuntó a Nuri con la espada.
Pesaba más que la suya y era un poco raro sujetarla, pero la sostuvo con
firmeza.
—Eso es lo que somos, ¿no? —Scarlett percibía la sonrisita presente en
el rostro de Nuri—. Aunque supongo que había olvidado que así es como te
llama él también, ¿cierto? Su Espectro de las Sombras.
Scarlett se abalanzó hacia ella, pero Nuri fue igual de rápida al bloquear
la espada. Scarlett arremetió una y otra vez, y Nuri detuvo todos los golpes.
Vio a Cassius moverse para intervenir, pero el sonido que salió de Nuri hizo
que se quedase inmóvil.
—No acudas a rescatarla, Cassius —resolló al esquivar otro ataque.
—No es momento ni lugar para esto —gruñó Cassius como respuesta.
Nuri estaba devolviéndole los ataques con tanta fuerza que a Scarlett le
temblaba el brazo por culpa de lo incómoda que le resultaba la espada de
Sorin.
—Vamos, Scarlett —se mofó Nuri con alegría—. Sal a jugar.
—Te mataré por haberme obligado a hacer eso —rugió Scarlett.
—Con esa espada no —se burló Nuri, y volvió a embestir.
De algún modo, Scarlett supo lo que estaba haciendo Sorin sin necesidad
de mirarlo. Alargó el brazo por detrás de la espalda y cogió la daga que
Sorin le tendía. Sorin, la persona que había estado entrenándola y que le
había enseñado a luchar con una hoja desequilibrada.
Entonces sí que salió a jugar de verdad.

SORIN
Scarlett era un torbellino espectral de ira y acero al obligar a Nuri a
retroceder cada vez más en aquel espacioso piso. Cassius se había quedado
en silencio y Sorin vigilaba todo a un lado. Había luchado contra ella
muchas veces, pero jamás la había visto moverse así. Scarlett se movía
como si realmente la hubiesen encerrado y confinado, pero ahora estuviese
libre para desencadenar un infierno. Se había dado cuenta de que su espada
la estaba entorpeciendo y, antes de que pudiese pronunciar su nombre, ella
alargó la mano hacia la daga que él ya le estaba tendiendo.
Nuri respondió ante cada movimiento, cada estocada y cada embestida
como si supiese exactamente cómo iba a moverse Scarlett. Hasta que dejó
de hacerlo. Hasta que Scarlett giró lo bastante rápido y empleó un
movimiento que él le había enseñado para asestar una patada limpia al
pecho de la mujer. Nuri se quedó tumbada en el suelo y Scarlett se puso
encima de ella en un abrir y cerrar de ojos. Sorprendentemente, la capucha
siguió tapándole la cara y los guantes se mantuvieron intactos. Sorin seguía
sin atisbar los rasgos de la mujer. Scarlett le apartó el cuello de la chaqueta
e hizo un pequeño tajo hacia abajo que fue desde las clavículas de Nuri
hasta justo por debajo de un amuleto espiritual que llevaba. Un hilo de
sangre fluyó por la piel blanca de la chica.
—¡Scarlett! —gritó Cassius, y se precipitó hacia delante.
Sorin le sujetó el brazo; no obstante, Cassius se detuvo cuando la
Sombra de la Muerte soltó una carcajada ridícula.
—Ahí estás. Bienvenida de vuelta, hermana.
Scarlett echó el puño hacia atrás y le soltó un puñetazo en la cara con
fuerza. La Sombra de la Muerte tan solo volvió a reírse bajo aquella
capucha.
—¿¡Cómo te atreves a volver a mandarme ahí, Nuri!? ¿Cómo has podido
hacerme eso? ¿Cómo has podido hacérselo a él?
Cassius contuvo la respiración en cuanto pronunció el nombre. Miró a
Sorin con los ojos como platos para confirmar que de verdad lo había
escuchado. Así que la Sombra de la Muerte sí que poseía un nombre…
—Él se convirtió en una distracción —escupió Nuri—. Te distrajo e hizo
los preparativos para que te metieses en una jaula. Ni siquiera tuvieron que
empujarte. Entraste en ella por voluntad propia. Cuando llegó el momento,
lo único que tuvieron que hacer fue cerrar la puta puerta. Yo volví a
abrírtela, pero tú te quedaste ahí. No salías. No hasta que diste el primer
paso hace dos noches con Callan. Y volviste a saborear la libertad de nuevo,
volviste a saborearle a él y…
—¡Basta! —chilló Scarlett.
Pero Nuri se había dado la vuelta y, antes de que Sorin se diera cuenta,
Nuri tenía a Scarlett inmovilizada debajo de ella. Esta vez, fue Cassius
quien retuvo a Sorin.
—No te metas en esto —murmuró Cassius—. Te hará pagar por ello de
muchas formas.
—No le temo a la Sombra de la Muerte —gruñó Sorin.
—No es a mí a quien has de temer esta noche, guerrero fae —dijo la voz
astuta de Nuri bajo aquella capucha—. Tienes ante ti a la Doncella de la
Muerte, y mi hermana es diez veces peor que yo.
Sorin se quedó de piedra. ¿Scarlett era la Doncella de la Muerte?
¿Scarlett era uno de los Espectros de la Muerte? Miró a Cassius, que le
dedicó un asentimiento a modo de confirmación.
De los tres Espectros de la Muerte, la Doncella de la Muerte era la más
temida. La Sombra de la Muerte te rastreaba y la Muerte Personificada
acababa contigo, pero, entre medias, tenías que vértelas con la Doncella de
la Muerte. Era la que llevaba a cabo todo lo que se incluía en el encargo.
Era la que te hacía sangrar, la que sabía de qué modo torturarte y
mantenerte con vida y consciente mientras lo hacía. Sorin supuso que todas
sabían cómo hacerlo, pero eso era de lo que se ocupaba Scarlett de las tres.
Para cuando acababa, estabas suplicando que llegase la Muerte
Personificada.
Bajó la vista hacia Scarlett y no reconoció casi nada en aquellos ojos,
pero lo que sí reconoció era puramente fae. Era primario, feroz, salvaje y
letal.
Nuri volvió a centrarse en Scarlett.
—Yo te he liberado, Scarlett. Lo he escuchado en cada una de las notas
que han tocado tus dedos esta noche. Lo he sentido cuando has inspirado
esa libertad. Necesitamos información, cierto, pero eso era secundario con
respecto a lo que necesitaba que te hiciese él. Necesitaba que sintieses algo.
Scarlett se precipitó sin previo aviso con todas sus fuerzas y se sacó a
Nuri de encima. Nuri salió volando por la habitación. Scarlett cogió sus
armas y Nuri apenas tuvo tiempo de levantar la espada. Fue lo suficiente
rápida como para esquivar el golpe, pero no lo bastante como para
percatarse de la daga que le atravesó el antebrazo. Nuri gritó y una sonrisa
perversa se extendió por el semblante de Scarlett.
—Me has liberado, Nuri, pero ¿quién volverá a detenerme? —susurró
Scarlett mientras le clavaba la daga un poco más.
—Ese —dijo Nuri con un grito ahogado por el dolor— es el motivo por
el que me he asegurado de que él estuviese aquí.
Scarlett ladeó la cabeza con sorpresa, pero aun así le retorció la daga con
la mano para clavársela más hondo.
—Cassius no puede detenerme.
Nuri volvió a gritar y Sorin echó un vistazo a Cassius, que estaba a su
lado. Su rostro había ido perdiendo el color conforme presenciaba el
diálogo; estaba claro que no sabía qué hacer.
—Haz algo —dijo Sorin.
—Tiene razón. No tengo permitido interferir entre ellas —contestó él.
¿Qué narices significaba eso?
—Fae de fuego —siseó Nuri bajo la capucha, y los ojos de Sorin se
dirigieron rápidamente a aquella figura inmovilizada contra el suelo. Poseía
una voz sobrenatural, sin ningún atisbo de mortalidad.
Scarlett volvió a presionar la daga y el olor penetrante de la sangre de
Nuri se le pegó a las fosas nasales y le inundó la nariz. Olía a luz de luna, a
sangre y a nieve. Sorin abrió los ojos de par en par en cuanto ató más cabos.
—Tus enigmas me cansan, hermana —dijo Scarlett con una calma letal.
Sorin se zafó de Cassius y dio un paso adelante.
—Scarlett. —El nombre sonó como una orden en sus labios.
Ella arrastró la vista en su dirección y la sonrisa que esbozó fue tan cruel
que a Sorin se le aceleró el pulso.
—Si la memoria no me falla, general —dijo con desprecio—, dejamos
de entrenar juntos, y tampoco estamos en un cuadrilátero, así que te sugiero
que no te metas en esto.
Sorin se metió las manos en los bolsillos y dio otro paso hacia ellas. Ella
lo insultó con saña.
—La sarta de blasfemias que sale de tu boca de vez en cuando es
realmente impresionante. Qué palabras tan ordinarias viniendo de la lengua
de una dama.
Scarlett lo fulminó con la mirada al mismo tiempo que se le hinchaban
las fosas nasales.
—¿Cuántas veces tengo que repetírtelo, general? No soy una dama, y mi
lengua sigue sin ser asunto tuyo.
—¿Estás segura? —preguntó él ladeando la cabeza—. Estoy seguro de
que yo podría encontrarle un uso mejor a esa lengua. —Scarlett lo miró
entornando los ojos cuando dio otro paso—. No, está claro que no eres una
dama —dijo, y se agachó delante de ella—. Pero entonces eso suscita una
pregunta, ¿no es así?
—¿Qué pregunta? —espetó ella.
—¿Quién eres?
Scarlett lo miró perpleja y parte de esa crueldad pareció desvanecerse de
su mirada. Sorin estiró el brazo e hizo que ella soltara la empuñadura de la
daga. A Scarlett se le congelaron los dedos en contacto con los de Sorin.
Pareció despejársele la vista al mirarlo a los ojos. Lo observó y después
miró hacia abajo en dirección a Nuri, que seguía debajo de ella.
Scarlett se levantó y le dejó a Nuri la daga clavada en el brazo, que la
mantenía sujeta al suelo.
—Avisaré cuando tenga noticias de Callan. Hasta entonces, no te
acerques a mí. Si pasa algo, envía a un mensajero.
Pasó por encima de Nuri y cruzó la habitación. Después de poner una
mano sobre el pomo de la puerta, se dio la vuelta, miró hacia atrás y sus
ojos se toparon con los de Sorin. El humo y la ceniza parecían
arremolinarse en los gélidos ojos azules de Scarlett.
—¿Quién es la mujer?
Sorin se quedó en cuclillas junto a Nuri. No pronunció palabra.
—Entonces tú también puedes mantenerte alejado de mí. Puede que la
Sombra de la Muerte y un fae cabrón y mentiroso tengan algo en común.
Abrió la puerta y se marchó. Cassius recogió su capa y la siguió.
Sus pasos se desvanecieron y, un momento después, Nuri siseó bajo la
capucha:
—Deberías contárselo. Las cosas se volverían mucho más sencillas.
Sorin alargó la mano y le sacó la daga del antebrazo. Nuri dio un grito
cuando se la extrajo y él soltó una palabrota por lo caliente que estaba la
empuñadura. Era como si hubiese estado metida en un fuego. Le quemó la
palma y repiqueteó al chocar contra el suelo.
Nuri se incorporó como pudo a su lado y, antes de que pudiese detenerle,
Sorin le bajó la capucha de un tirón. Un semblante blanco como la luz de
luna con unos ojos de color miel le devolvió la mirada y una sonrisa
traviesa de éxtasis lo saludó.
—Muéstramelos —exigió Sorin.
—¿A qué te refieres? —preguntó Nuri con dulzura. Hizo amago de
ponerse en pie, pero Sorin le estampó la mano en la herida del brazo. Se
tragó un jadeo de dolor.
—Muéstramelos. —Su tono era letal.
Nuri lo asesinó con la mirada y después esbozó una amplia sonrisa al
mismo tiempo que unos colmillos le salían de las encías.
—¿Lo saben?
—¿Cassius y Scarlett?
Sorin asintió.
—No. Saben que soy… algo distinto, tal y como sospechan de sí
mismos, pero no saben que soy una Hija de la Noche —espetó en voz baja.
—¿Y cómo acaba una Hija de la Noche en los territorios mortales, tan
alejada de los suyos? —preguntó Sorin, y volvió a extender el brazo hacia
la daga. La empuñadura parecía haberse enfriado lo bastante como para
sostenerla, así que la cogió.
—¿Cómo acabaron aquí todos los críos del Sindicato Oscuro? —
preguntó ella con amargura—. Ninguno de nosotros lo sabe. Simplemente
no nos quieren y se deshacen de nosotros sin que tengamos otro sitio al que
acudir.
—¿Cómo sabes quién soy? ¿Y que provengo de la Corte del Fuego? ¿Te
lo contó Scarlett? —preguntó Sorin a la vez que se subía la manga de la
camiseta.
—No me ha hablado de ti. Te lo dije hace un par de noches, estoy al
tanto de mucha información que te piensas que nadie de aquí sabe. ¿Qué
estás haciendo?
Lo observó con atención mientras se ponía la daga sobre el antebrazo,
ahora descubierto.
—Estás herida —dijo tras echarle una mirada penetrante al brazo. Se
hizo un corte hacia abajo mientras ella observaba. A Nuri se le pusieron los
ojos vidriosos por el hambre y se le dilataron las pupilas al ver cómo la
sangre emanaba del corte. Cuando él le tendió el brazo, ella levantó la vista
para mirarlo a los ojos—. Bebe. Cúrate. Y después tienes mucho que
contarme, Hija de la Noche.
—Aquí no funciona la magia. Lo sabes —contestó Nuri.
—La magia de los fae es distinta. Ya lo verás.
Nuri le puso las manos en el brazo. A continuación, le clavó los
colmillos en la carne al mismo tiempo que bebía la sangre que salía del
corte que Sorin se había hecho. Él hizo una leve mueca de dolor cuando ella
le incrustó más los colmillos; sin embargo, no estaba pensando en la
vampira que se alimentaba de su brazo, sino en la mujer que acababa de
tocar antiguas canciones de pena y dolor con el piano durante casi tres
horas. En la que se movía como alguien entrenada no por ladrones y
asesinos, sino por una Hija de la Noche y un guerrero fae que luchaba como
una bruja. Pensaba en Scarlett diciendo: «Me has liberado, Nuri, pero
¿quién volverá a detenerme?». Y en las palabras de la vampira al responder:
«Ese es el motivo por el que me he asegurado de que él estuviese aquí».
capítulo 19
Scarlett

s olo porque Scarlett no siguiera entrenando con Sorin no significaba


que hubiese dejado de entrenar. No, si iba a empezar a involucrarse
con Callan y con lo que quiera que estuviese pasando en el Sindicato
Oscuro otra vez, necesitaba estar en plena forma. Por no hablar de que el
líder de los asesinos le había mandado otro «recordatorio» para que
completase el encargo, de lo contrario, cumpliría con su palabra.
Se obligó a levantarse igual de temprano y a salir a correr. Se obligó a
hacer ejercicios de fuerza y se esforzó como si Sorin estuviese presente. Se
escabullía al barracón de entrenamiento con Cassius a menudo, y decidió
añadir el tiro con arco al programa de entrenamiento. Scarlett tenía destreza
de sobra con el arco, pero hacía bastante que no dedicaba tiempo a esa
disciplina. Era evidente que tenía más fuerza en el tren superior, sobre todo
en los brazos, así que quería familiarizarse con un arco más pesado.
Lo ideal hubiese sido practicar en la Comunidad, pero Scarlett no tenía
ninguna gana de poner un pie en el Sindicato Oscuro y arriesgarse a
tropezarse con el líder de los asesinos. No hasta que hubiese terminado el
encargo. En la parte trasera de la mansión había unos terrenos destinados al
tiro con arco, así que fue allí hacia donde se dirigió. Varios blancos de
distintos tamaños situados a diferentes distancias decoraban la zona.
Era primera hora de la tarde y el sol comenzaba a ponerse. Habían
pasado un par de semanas de aquella noche en el apartamento de Sorin.
Scarlett volvía de recoger las flechas que acababa de disparar con una
precisión casi perfecta. El aire era cálido y sofocante, como siempre a
finales de verano. Había llegado prácticamente a la línea de disparo cuando
se lo encontró esperándola. Se detuvo a un par de metros de distancia y se
puso la mano en la cadera al mismo tiempo que lo fulminaba con la mirada.
—¿Qué? —exigió saber Scarlett. La palabra rezumaba irritación.
Él la observó durante un momento y la miró de arriba abajo para
evaluarla.
—No has tenido en cuenta la inclinación en el último blanco —dijo por
fin.
—No te he pedido opinión —espetó Scarlett, dando los últimos
pisotones hasta llegar a él.
Se detuvo a unos centímetros de su rostro, y Scarlett habría jurado que
Sorin contuvo la respiración. Su olor a cenizas, clavo y cedro la envolvió y
tuvo que esforzarse por no tomar una bocanada de aire. Algo se despertó en
lo más profundo de su alma. Un sentimiento que llevaba sin experimentar
desde aquella noche que tocó el piano. El despertar de algo que Scarlett no
se había dado cuenta de que necesitaba desesperadamente.
Apartó aquellos sentimientos, aquellos pensamientos, hacia las
profundidades de su alma. Podían hacerles compañía a los pensamientos
sobre Callan.
—¿Qué haces aquí? —preguntó mientras le lanzaba una mirada de odio
a Sorin. Él estaba observándola con un semblante duro y reflexivo—. Hoy
no tengo ningún incentivo que darte, general, así que habla o márchate.
—¿Preparada para retomar el entrenamiento? —preguntó Sorin por fin,
intimidándola con la mirada.
—He estado entrenando.
—No te pases de lista —gruñó él con la irritación plasmada en el rostro.
—Dime quién es esa mujer —replicó Scarlett con la vista clavada en los
ojos de Sorin.
—Es imposible que sea la misma.
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, Scarlett levantó una
mano y le cruzó la cara con fuerza.
—Una cosa es que no me lo cuentes, pero deja de mentirme a la cara.
La conmoción momentánea desapareció con rapidez del rostro de Sorin
en cuanto la inescrutable máscara de aburrimiento ocupó su lugar.
—Pareces distinta —dijo tras mirarla con cautela.
—¿De verdad? —se mofó ella—. ¿Distinta a qué? ¿Distinta a lo primero
que viste en la sala de entrenamiento? ¿Distinta a la chica inteligente a la
que has estado entrenando? ¿Distinta al jactancioso Espectro de las
Sombras del que está enamorado el joven príncipe del castillo? ¿Distinta a
la perversa e indomable llama que desató Nuri de forma tan imprudente
hace un par de semanas? Hay tantas opciones, ¿no es así, general? Puedo
ser tantas personas distintas —susurró.
Había empezado a dar vueltas a su alrededor sin darse cuenta, mirándolo
fijamente a los ojos.
—Hay tantas opciones —susurró él de vuelta—, pero ¿cuál escoges,
cielo?
Dejó de acecharlo y se quedó completamente inmóvil.
—No me llames así —espetó—. No tengo capacidad de elegir.
—¿No? ¿Prefieres entonces dejar que la gente te presione una y otra vez
hasta conseguir lo que buscan? ¿Prefieres dejarles dictar tu destino?
—Cállate la puta boca. Tú no tienes ni idea —respondió Scarlett furiosa,
y avanzó hacia él.
—Entonces cuéntamelo. Cuéntame por qué interpretas tantos papeles,
Scarlett, cuando sería mucho menos agotador interpretar solo uno. Ser
simplemente tú.
—¿Y qué hay de ti, general? —preguntó ella después de dar otro paso—.
¿Cuántos papeles interpretas tú? Aquí eres un general para nuestro rey, pero
¿qué papel desempeñas en tus tierras? ¿Quién eres en la Corte del Fuego?
—Al no responderle, Scarlett dijo con desprecio—: Eso pensaba yo. —Se
pasó el carcaj que llevaba a la espalda por la cabeza y se preparó para
recoger sus cosas, encaminándose hacia los objetos situados cerca de la
entrada al campo de tiro con arco—. Imagino —añadió sin molestarse en
mirarlo— que le habrás visto la cara a Nuri, así que a estas alturas no tengo
que guardar su secreto.
—Así es —contestó Sorin con cautela.
—Entonces voy a suponer también que la ves con frecuencia.
—¿Por qué ibas a suponer eso?
Scarlett se volvió hacia él con una sonrisa cómplice en los labios.
—Porque conozco a mi hermana mejor que nadie y a Nuri le intrigas. Le
gusta jugar con lo que le atrae. Como estoy segura de que se esfuerza por
honrarte con su presencia casi a diario, sobre todo si aún no ha encontrado
la forma de meterse en tu cama, por favor, trasmítele el siguiente mensaje.
El príncipe Callan tiene novedades y debemos dar con un lugar y una hora
para reunirnos con él sin que nos vean.
—No soy tu mensajero —respondió Sorin con los dientes apretados.
—No —caviló Scarlett—, pero ahora mismo eres el juguete preferido de
Nuri, así que eso me ahorra el tiempo que tardaría en averiguar su paradero.
Sorin se puso hecho una furia, pero, en lugar de responder, preguntó:
—¿No sois tres?
—¿Disculpa?
—Los Espectros de la Muerte. ¿No sois tres? Siempre hablas solo de
Nuri.
Scarlett se quedó sin aliento. El corazón le dio un vuelco en el pecho. No
pudo evitar sujetar el arco que tenía en la mano con más fuerza.
—No —consiguió murmurar—, ya no.
Dio media vuelta para marcharse, pero Sorin la cogió por el codo.
—Vuelve a entrenar conmigo. —Scarlett habría jurado que había un deje
de súplica en su voz.
—¿Quién es la mujer?
Se quedó quieta mientras los ojos de Sorin escudriñaban los suyos.
—No soy tu enemigo, Scarlett —dijo él.
—Entonces deja de actuar como si lo fueses —replicó ella.
Sorin le soltó el codo y dio un paso atrás como si le hubiese dado otro
tortazo. Ella le sostuvo la mirada con odio. Después de pasar un buen rato
en silencio, Sorin dijo en voz baja:
—Tengo que volver pronto a casa.
—No voy a detenerte —respondió Scarlett, y se dio la vuelta para
marcharse de nuevo.
—A casa, Scarlett.
Se detuvo al darse cuenta de lo que quería decir. No se refería a su
apartamento en Baylorin, sino al lugar de donde vino hacía tres años.
—¿Y dónde está exactamente tu casa, Sorin? ¿En qué parte de la Corte
del Fuego vives en concreto? ¿Qué tarea te encomendó la mujer? ¿Quién
oprime a quienes dependen de ti? ¿A quién dejaste al mando?
—¿Quieres que responda a todas tus preguntas cuando tú no contestas a
ninguna de las mías? —preguntó Sorin de forma desafiante—. ¿Cómo llegó
a vivir la Doncella de la Muerte con lord Tyndell? ¿Dónde está el tercer
Espectro de la Muerte? ¿Cómo acabaste en la cama del príncipe heredero?
¿Qué sucedió hace un año? ¿Quién te metió en una jaula? ¿Qué le pasó a tu
madre?
Scarlett abrió los ojos de par en par mientras él formulaba una pregunta
tras otra.
—Te conté lo que le pasó a mi madre. La asesinaron. El príncipe del
Fuego es el responsable. Así que tú dirás, Sorin. Eres de la Corte del Fuego.
¿Dónde vives? ¿Qué haces allí? ¿Respondes ante ese cabrón? ¿O es él el
responsable de oprimir a quienes estás intentando liberar con tanta valentía?
¿Con quién está tu lealtad como fae? —Al ver que Sorin no contestaba,
Scarlett puso los ojos en blanco—. Genial, más secretos. Justo como me
gusta. De todos modos, antes de que te marches a casa, me gustaría que me
devolvieras el libro que me quitaste. Por lo menos podrías hacerme el favor
de dejar que me lo termine puesto que tú no te molestas en responder a mis
puñeteras preguntas.
—Cassius te contó que yo era fae. —Era una afirmación, no una
pregunta.
—Pues claro que me lo contó. Apenas nos ocultamos nada.
—¿Porque tenéis… una relación estrecha?
—Mucho cuidado con lo siguiente que vayas a decir, general —le
advirtió Scarlett en voz baja.
Sorin se pasó las manos por el pelo oscuro con frustración.
—¡Por Anala, Scarlett! He entrenado a cientos de soldados y lidiado con
docenas de gobernantes y tú eres de lejos la persona más exasperante que he
conocido nunca.
—¿Quién es la mujer? —exigió saber Scarlett levantando la voz.
—No puedo decírtelo —respondió Sorin elevando el tono a su vez.
—¿Por qué no? —Scarlett volvía a estar frente al rostro de Sorin después
haber tirado lo que sujetaba al suelo. Las flechas se cayeron del carcaj y
rodaron por la tierra. Sintió cómo las puntas de sus botas tocaban las de
Sorin. Scarlett podía notar el aliento del general en la cara.
—Porque todavía no sé qué eres y ella te dará caza. Cuanto menos sepas,
más fácil me resultará mantenerte a salvo de ella —espetó Sorin.
—¡No es cosa tuya descubrir qué soy y tampoco lo es mantenerme a
salvo! —gritó Scarlett.
—¿Y entonces de quién es? —replicó Sorin al mismo tiempo que la
rabia se apoderaba de sus facciones—. ¿De Cassius? ¿De Nuri? ¿De
Mikale?
—¡Mía! —volvió a chillar—. ¿Lo recuerdas, Sorin? ¡Estoy sola!
Mantenerme a salvo es mi puto trabajo.
De repente, tenía las manos de Sorin en las mejillas y los labios del
general contra los suyos. Eran cálidos y suaves, y sabían a clavos y a miel.
Scarlett levantó las manos y las enterró en su pelo. No fue un beso delicado,
puesto que él le separó los labios y le metió la lengua en la boca. Bajó una
de las manos a las caderas de Scarlett y la apretó contra sí a la vez que le
apoyaba la otra en la nuca, sujetándola. La lengua de Sorin se enredó con la
de Scarlett, ambas luchando para establecer dominancia.
Se alejó lo justo como para mirarla a los ojos.
—No soy el juguete de Nuri —afirmó con voz ronca y grave.
Cuando terminó de pronunciar aquellas palabras, Scarlett volvió a
besarle. Era tan distinto de cómo Callan la tocaba y la besaba. Las manos de
Sorin no se movían, sino que la abrazaban con fuerza, no como si tuviese
miedo de perderla, sino para sujetarla si se caía. Todo pensamiento, toda
pregunta, desapareció de su mente al relajarse entre sus brazos y dejar que
la sensación de los labios de Sorin contra los suyos la envolviese por
completo; al permitir que él tomase el control.
Esta vez fue Scarlett la que se apartó y se quedó mirándolo durante un
momento. Cuando recobró el aliento, se zafó de él y después dijo en voz
baja:
—Vete a casa, Sorin.
—Scarlett —jadeó él, clavado en el suelo.
—Esta soy yo manteniéndome a salvo.
Dio media vuelta, se detuvo para coger las flechas desperdigadas,
recogió sus cosas y regresó a la mansión sin atreverse a mirar atrás.
capítulo 20
Sorin

s orin estaba sentado a solas en el pequeño despacho cerca del barracón


de los soldados del castillo. Debido a su rango, era lo bastante
afortunado como para disponer de un lugar al que escapar cuando
necesitaba tomarse un respiro de los lloriqueos de los mortales de vez en
cuando. En ocasiones, sentía algo más que irritación ante la falta de fuerza y
destreza de los hombres. No era culpa de los soldados, pero, como guerrero
fae que llevaba siglos entrenando y luchando en el campo de batalla, Sorin
se sentía como si estuviese entrenando a críos de la Corte del Fuego que
acababan de llegar a la mayoría de edad y no sabían nada sobre la batalla.
Sin embargo, eso no fue lo que lo empujó a buscar la soledad esa
mañana. Esa mañana, lo único en lo que podía pensar era en aquel
condenado beso. Prácticamente se había pasado la noche en vela por culpa
de aquel beso. Escucharla gritar que estaba sola y que ella cuidaba de sí
misma hizo que Sorin casi se volviese loco. Perdió el control por completo
al besarla. Seguía sin saber qué se había apoderado de él, ¿y ahora? Ahora
era incapaz de sacarse a Scarlett de la cabeza. Ya había ocupado demasiados
de sus pensamientos con ese maldito anillo, esa arrogancia y ese puñetero
aroma.
Sorin se sobresaltó al escuchar un golpe en la puerta que lo sacó de sus
pensamientos.
—¿Qué? —vociferó.
La puerta se abrió y Drake se apoyó contra el marco.
—No me digas que ya estás de mal humor esta mañana.
—No sería la primera vez —masculló Sorin.
Drake soltó una risita.
—Entonces supongo que las noticias que traigo sin duda te pondrán de
peor humor. Mi padre va a venir hoy. —Sorin se levantó y siguió a Drake
fuera del despacho, recorriendo el pasillo de piedra que conducía a la sala
de reuniones—. Ha mencionado algo sobre hablar de la siguiente fase de
entrenamiento para las Fuerzas de Élite. Supongo que ya sabes lo que eso
significa. —Drake se pasó la mano por el pelo rubio que se le había caído
delante de los ojos. No lo cuestionaba, pero Sorin sabía que le molestaba no
estar al tanto de las cosas que les enseñaba a las Fuerzas de Élite.
Los soldados que Sorin entrenaba eran muy diestros, y los hacía entrenar
duro, tal y como hacía con los guerreros fae. Lo único que evitaba que
fuesen tan letales como los fae era la sangre mortal, aunque ni siquiera
Sorin sabía a qué se refería eso de la siguiente fase. No se había dado
cuenta de que habría una siguiente fase. No sabía cómo hacer que fuesen
más hábiles de lo que ya eran. Eran tan letales como asesinos, puede que
incluso más.
—¿A qué hora llegará? —preguntó Sorin cuando doblaron una esquina.
—Ya —anunció una voz masculina desde el marco de la puerta de la
sala de reuniones.
Lord Tyndell era un hombre de casi cincuenta años, aunque resultaba
imposible de averiguar a juzgar por su constitución. Era esbelto y estaba en
forma, y tenía una fuerza semejante a la de los soldados. Mantenía una
estricta rutina de entrenamiento, jamás se saltaba un solo día. Además, era
más perspicaz que la mayoría, lo que lo convertía en una persona de valor
incalculable para cualquier estrategia política que necesitase el rey. Tenía
algunos mechones grises en el cabello, que, de no ser por ellos, era tan
rubio como el de Drake. Aunque, a excepción de en el pelo, Drake no se
parecía en nada a su padre.
Una vez, Scarlett lo describió como cortés. Sorin sabía que era de todo
menos cortés. Las únicas interacciones que había mantenido con él habían
sido despiadadas charlas sobre batallas y estrategias de entrenamiento. Era
duro y cruel con los soldados para asegurarse de que fuesen una unidad
implacable. Sorin suponía que trasladaba esa clase de costumbres a su vida
doméstica, pero al parecer no era el caso.
—Lord Tyndell —dijo Sorin a modo de saludo, acompañándolo con una
inclinación de cabeza.
—Eso será todo, Drake —dijo el lord tras dar media vuelta y entrar en la
sala de reuniones.
Drake le dedicó un ceño fruncido por despacharlo, se despidió de Sorin
con un asentimiento y se marchó para atender sus propios asuntos.
Sorin siguió a lord Tyndell al interior de la sala de reuniones. El lord
tenía varios mapas extendidos por la mesa y, cuando Sorin se acercó, tuvo
que hacer uso de todos sus siglos de entrenamiento para mantener el
semblante inexpresivo, pues lo que tenía delante eran mapas del continente;
de todas las tierras, no solamente de los reinos mortales. No solo de las
cortes fae al norte y al sur, sino de otras con las que compartían continente.
Esas eran las tierras que albergaban gente que muchos consideraban que
pertenecían a los cuentos para dormir que les contaban a sus hijos cuando se
portaban mal.
Brujas.
Cambiaformas.
Hijos de la Noche.
—Creo que las Fuerzas de Élite están listas para enfrentarse a cualquier
amenaza humana o fae con la que nuestro reino pueda toparse —dijo lord
Tyndell.
Se había sentado al frente de la mesa. Se reclinó en la silla al hablar,
apretando los dedos y observando a Sorin en busca de cualquier clase de
reacción a los mapas y a sus palabras. A los humanos les aterraban los fae,
y parte del trabajo de Sorin consistía en entrenarlos contra las amenazas fae.
Eso era precisamente lo que había hecho.
En parte.
Los había entrenado a partir del saber popular. Les había enseñado que
solo las flechas de madera de fresno negro y las hojas de piedra shira en el
corazón o en la cabeza podían matar a un fae. Incluso les había enseñado
unos cuantos ataques, aunque en realidad jamás dispondrían de la velocidad
necesaria para asestar un golpe a un fae. Las posibilidades que tenían de
eludir la vista y el oído de los fae para disparar una flecha eran
prácticamente nulas.
Sorin terminó de recortar la distancia que lo separaba de la mesa y fingió
estudiar los mapas. Las cortes fae estaban separadas por fuertes
salvaguardas. Además, esos territorios estaban protegidos por
encantamientos y hechizos poderosos. Cuando los mortales se adentraban
en los límites de esas tierras, la magia les obligaba a darse la vuelta. La
magia les obligaba a pensar que estaban regresando a casa o que habían
encontrado lo que fuera que estuviesen buscando. La Corte del Fuego y la
Corte del Aire bordeaban la parte norte del continente. La Corte del Agua y
la Corte de la Tierra ocupaban la mayor parte del sureste del continente. Las
brujas residían en el terreno más al este que limitaba con la Corte del Aire
al norte y con las tierras de los Hijos de la Noche al sur. Los Hijos de la
Noche y los cambiaformas estaban completamente aislados de los mortales.
Los Hijos de la Noche tenían la Corte de la Tierra en la frontera occidental
y a los cambiaformas al sur. ¿Y qué había de estos últimos? Vivían en la
península situada al sur. Los territorios humanos atravesaban la mitad del
continente y se dividían en tres reinos: Baylorin en el extremo oeste, Toreall
al este y Rydeon en el centro.
Se inclinó sobre los mapas sin mirar al lord y dijo con indiferencia:
—¿Quiere que los prepare para enfrentarse a cuentos para dormir?
—Venga —contestó el lord con soltura—. Ambos sabemos que son
reales, del mismo modo que sabemos que usted no pertenece a los
territorios mortales.
Sorin arrastró la vista para mirar fijamente a los ojos casi negros de lord
Tyndell.
—¿De qué tierras cree que procedo?
—¿Un hombre con sus habilidades? Le habría descubierto hace mucho
si fuese de Windonelle. Incluso su nombre habría adquirido fama si hubiese
entrenado en Toreall o en Rydeon. Lo que tan solo puede significar, general
Renwell, que procede de una de las cortes fae. —Sorin estaba en silencio,
sin saber bien qué decirle al lord mientras este proseguía—. Soy muy
consciente de que algunos mortales viven en las cortes, de que algunos
humanos prefieren vivir como seres inferiores entre los fae, sedientos de
poder. También soy consciente de que muchos acuden aquí para refugiarse
de las cortes. En busca de un lugar para volver a empezar. Aunque todavía
no he descubierto a cuál de esos dos grupos pertenece usted.
—¿Acaso importa? —preguntó Sorin al fin.
—No. A mí no. —Una sonrisa apareció en los labios del lord al decir—:
Trabaja de forma excepcional, y gestiona bien su unidad. Me importa una
mierda si odia o ama a esos fae desgraciados siempre y cuando eso siga
igual. Me importa un carajo con tal de que mis soldados sepan cómo
matarlos. Le he otorgado lo mejor que este reino tiene que ofrecer. Es hora
de que les enseñe a luchar contra algo más que los monstruos situados al
norte y al sur. Como le entrenaron en las cortes, debe de ser muy consciente
del resto de… territorios del continente.
Sorin se quedó mirando al lord durante un momento.
—¿Por qué necesitaría que les enseñase a luchar contra tierras a las que
es imposible llegar?
—Usted está aquí, ¿cierto? —respondió él con una sonrisa de
satisfacción—. Es evidente que llegar hasta estas tierras es más fácil de lo
que pensamos.
Sorin lo miró con los ojos entornados. No podía decirle al lord que los
únicos que tenían permitido viajar entre reinos eran los fae, que el resto
estaba aislado en sus propios territorios. Desconocía hasta dónde sabía el
lord en realidad. Aquello podría suscitar incluso más preguntas.
—¿Por qué cree que los demás reinos querrían venir siquiera a estas
tierras?
—Esa es la cuestión, ¿no? —Lord Tyndell apoyó las manos en la mesa y
se acercó uno de los mapas. Era un mapa más detallado del territorio de los
Hijos de la Noche. Sorin no estaba seguro de si le sorprendía o le
perturbaba que contuviese tantos detalles sobre sus tierras—. Bueno,
hábleme del territorio de los Hijos de la Noche.
Sorin se recostó en la silla y señaló el mapa.
—La mayor parte de las tierras son salvajes e indómitas. Hay varios
clanes, que poseen una única soberana, aunque se gobiernan por sí mismos
y responden ante los líderes del clan. La condesa solo interviene cuando es
estrictamente necesario.
—Interesante —dijo el lord tras procesar y considerar la información.
Tamborileó los dedos sobre la mesa mientras estudiaba el mapa—. ¿Cuánto
lleva la condesa en el poder?
Sorin observó al lord durante un buen rato antes de decir:
—Mucho tiempo.
El lord lo miró a los ojos.
—Soy muy consciente de la vida inmortal que poseen los vampiros.
¿Cuánto lleva?
—Más de quinientos años —contestó Sorin.
No hubo ni rastro de sorpresa en el semblante del lord. Tan solo era un
hombre recabando información de ambos bandos y planeando una
estrategia.
—¿Y en todo ese tiempo no la han desafiado?
—Sí —contestó Sorin—. Sí que lo han hecho. Acabó con quienes se
atrevieron a hacerlo de formas muy desagradables. Al último, según tengo
entendido, le sacaron las tripas y después lo colgaron de ellas. En público.
Lord Tyndell no mostró ningún signo de sorpresa ante la afirmación. Tan
solo dijo:
—Tomo nota. Me figuro entonces que es más difícil de derrotar que el
vampiro promedio, ¿no?
Sorin casi se atragantó ante las palabras del lord. Dijo lo siguiente
despacio, sin estar muy seguro de cómo dejárselo más claro:
—La condesa lleva más de doscientos años sin que la desafíen. Sigue
invicta desde hace incluso más. Reinará durante cientos de años más. Usted
no querría cruzarse en su camino en ninguna batalla, milord.
—Eso no es lo que le he preguntado, general —gruñó el lord.
—¿Para qué necesita saber cómo acabar con la condesa a no ser que esté
planeando entrar en el reino de los Hijos de la Noche? Ella no saldrá. Por lo
que tengo entendido, jamás ha abandonado el reino. Quienes están allí
aislados se encierran en sí mismos. Salvo que planee mandar un ejército a
su reino, en cuyo caso necesitará atravesar primero al menos un territorio
igual de poderoso y potencialmente más aterrador, la información sobre la
condesa es irrelevante. Además —añadió Sorin interrumpiendo al lord
cuando este empezó a protestar—, no podría decirle cómo derrotar a la
condesa ni aunque quisiera hacerlo. No poseo esa información, y tampoco
está registrada en ninguno de los libros a los que he tenido acceso.
Lord Tyndell se quedó en silencio durante un buen rato antes de
limitarse a decir:
—Ya veo. —A continuación, se levantó y Sorin hizo lo mismo—.
Venga. Voy a sumar otro soldado a sus tropas, y no tardará en llegar.
—¿Será capaz de ponerse al día rápido? —preguntó Sorin cuando él y el
lord salieron de la sala de reuniones.
La Fuerza de Élite era pequeña, pero estaba bien construida. Eran lo
suficiente letales de forma individual, pero como grupo lo eran aún más.
Trabajaban en conjunto, ya que, al haber entrenado juntos con tanto ahínco,
podían anticipar los movimientos del otro. Si hubiesen sido fae, habrían
sido una de las mejores unidades que Sorin jamás había visto.
—Tiene ambición y ha solicitado que le transfieran a las Fuerzas de
Élite. Es muy hábil; aun así, le dije que tenía un mes para llegar al nivel del
resto o se quedaría fuera —contestó lord Tyndell.
—¿Cuándo empieza a entrenar? —preguntó Sorin, y echó un vistazo al
lord a la vez que un sonido de espadas entrechocándose inundaba el
ambiente.
—Hoy —respondió señalando las puertas del barracón de
entrenamiento, que se encontraban en la parte este de la habitación en la
que estaba entrenado Mikale.
—No —dijo Sorin.
—¿Cómo, general? —preguntó lord Tyndell, y la cólera impregnó su
voz.
—No voy a entrenarlo —dijo Sorin a la vez que apretaba los dientes.
—No es una petición, general, sino una orden —contestó el lord con una
calma mortal.
—¿Él comprende que seré su superior? —preguntó Sorin observando
cómo Mikale se acercaba a ellos con una sonrisa engreída en la cara que
significaba que por supuesto que lo comprendía.
—Tengo entendido que los dos sienten antipatía por el otro —respondió
lord Tyndell—. Úsela en su favor, general Renwell, y haga que las pase
canutas. —Tras decir eso, el lord se dio la vuelta y se marchó sin mediar
palabra.
—Me voy —le gritó Sorin a uno de sus hombres—. Dile a Baron que
repase las formaciones y que ponga al nuevo a punto.
—Sí, señor —dijo el soldado, y salió corriendo para buscar a Baron.
Después de la conversación con el lord, a Sorin no le apetecía mucho
pasar tiempo en la misma habitación que Mikale ese día. Despachó al
carruaje que vino para llevarlo a su apartamento y prefirió recorrer los
bloques que separaban su casa de los terrenos del castillo a pie. Las calles
de Baylorin estaban atestadas por el ajetreo del día; sin embargo, todo el
mundo se apartaba de su camino. Bajaban la vista al suelo rápidamente si se
topaba con la suya.
A medida que andaba, se dio cuenta de que volvía a pensar en Scarlett.
Había pasado más de un mes desde que la despertó de aquel sueño, y
semanas desde aquella noche en su casa en la que Scarlett se había
trasformado en un Espectro de la Muerte. Sorin aún no podía hacerse a la
idea de que ella era la Doncella de la Muerte. El puñetero Cassius se había
negado a contarle nada sobre ella. Sorin desconocía por qué le importaba
tanto.
«Ese es el motivo por el que me he asegurado de que él estuviese aquí.»
Las palabras de Nuri llevaban noche y día persiguiéndolo. Cuando Sorin
le preguntó al respecto, lo único que ella dijo fue:
—Veo la forma en que la miras, general, y ella a ti. Puede que nuestra
relación no sea tan estrecha como antes, pero para mí sigue siendo un libro
abierto.
Al ver a Scarlett encaminándose hacia el campo de tiro con arco con las
mejillas arreboladas y su habitual fanfarronería de vuelta, Sorin sintió alivio
en lo más profundo de su alma. La crueldad que había presenciado aquella
noche había desaparecido; sin embargo, era como si los restos de esa
crueldad siguiesen rondando justo bajo la superficie. Como si de verdad la
hubiese relegado a una jaula, pero pudiese hacer que regresase en cualquier
momento. Sus gélidos ojos azules ahora parecían poseer unas motas oscuras
permanentes en el interior. Sorin casi agradeció la mirada fulminante que le
dedicó Scarlett, hasta que escuchó la amargura de su voz.
Lo único que exigía Scarlett era saber quién era la reina fae con la que le
había visto. Talwyn Semiria, la reina fae del este.
Ahora, la reina fae de todas las cortes, supuso.
Sorin subió las escaleras hacia su casa. Se desató el talabarte y dejó las
armas apiladas en un rincón de la habitación. Se dirigió hacia la cocina y se
sirvió un vaso de brandi, que se bebió de un trago. Después de servirse un
segundo vaso, fue hacia la mesa con los papeles y libros desperdigados,
entre los que se encontraba el que le había arrebatado a Scarlett.
Talwyn le había dado permiso para regresar a casa, al reino fae, con su
magia. Con su pueblo. No se lo habría pensado dos veces hacía unos meses.
Tras lo sucedido durante las últimas semanas, estuvo a punto de hacerlo.
Aunque no mentía al decirle a Talwyn que no estaba preparado. A pesar de
que detestaba casi todo sobre esa tierra, no podía dejar atrás el anillo de
Semiria. No sin antes averiguar no solo cómo lo había conseguido Scarlett,
sino también cómo se las apañaba para acceder a su magia sin él. Por no
hablar de Nuri y de cómo demonios había llegado ahí.
Sorin apuró el segundo vaso de brandi mientras pensaba en ellas y se
llevó el libro que Scarlett había estado leyendo al sofá. Pasó las páginas de
forma distraída, sumido en pensamientos sobre ella, el anillo, el arma que
supuestamente se ocultaba allí y los distintos territorios.
También estaba el asunto de lord Tyndell y su tarea de instruir a las
Fuerzas de Élite. Le había preguntado sin tapujos cómo asesinar a la
condesa. La posibilidad de que el lord se plantease que se iba acercar lo
suficiente a ella como para intentar algo semejante le decía a Sorin que en
realidad no tenía ni idea de la magnitud del poder que poseían los otros
reinos. Los territorios mortales estaban al final de la cadena trófica mágica
debido a su incapacidad para acceder a ella. Incluso para entrar a las tierras
de los Hijos de la Noche tenían que atravesar, o bien la Corte de la Tierra y
enfrentarse al príncipe Azrael Luan y a sus tropas, o bien una opción
probablemente peor: los reinos de las brujas. Se encontraban entre las
tierras de los Hijos de la Noche y las de los humanos para mantener a estos
últimos a salvo. Qué irónico.
Volvió a hojear el libro y se detuvo en una página cerca del final que iba
sobre las primeras reinas fae, que eran hermanas. La reina Henna gobernaba
sobre la Corte del Aire y la Corte de la Tierra al este, y la reine Eliné sobre
la Corte del Fuego y la Corte del Agua al oeste. La reina Henna fue
asesinada cuando su hija, Talwyn, apenas sabía andar. Su padre falleció
pocos años después. La reina Eliné crio a su sobrina y gobernó sobre todas
las cortes con gracia y elegancia a la espera de que Talwyn pudiese ocupar
su lugar en el trono algún día. Sorin fue su profesor particular de magia a
petición de Eliné.
Eliné. Sorin pasó el dedo por el nombre de la reina a la que había sido
leal. Él había sido el consejero en el que más confiaba la reina Eliné. Se
percató de que su relación se asemejaba a la de Scarlett y Cassius. Él había
sido su alma gemela. No eran amantes, ni por asomo. Un alma gemela no
era un vínculo romántico tal y como daban a entender los mortales, sino
uno entre espíritus afines. Pasó prácticamente cada día a su servicio, y no
tuvo ni idea de adónde se fue ni tampoco por qué. No dejó ninguna nota.
Jamás insinuó que fuese a marcharse. La reina desapareció en mitad de una
fría noche invernal, dejando a Talwyn al cargo de un trono desde el que
apenas había gobernado.
Sorin pasó a asesorar a Talwyn en ausencia de la reina Eliné, aunque
ambos pensaban que volvería; sin embargo, Talwyn era hija de Sefarina, la
diosa de los vientos, y de Silas, el dios de la tierra y los bosques. Talwyn
había comenzado a componer su propio círculo de confianza, pero Eliné
seguía estando muy implicada con las cortes y guiándola. Sorin sabía que,
cuando llegase el momento de que asumiese el papel de reina por completo,
lo dejarían de lado. Pero fue mucho peor. Pasaron alrededor de diez años y,
una noche, se despertó con los gritos de Talwyn. Se la encontró meciéndose
en la cama mientras las lágrimas le bajaban por las mejillas. Dijo que había
soñado que Eliné había fallecido. Avisaron a un poderoso vidente que lo
confirmó y dejó a Talwyn lamentando la muerte de una madre a la que
nunca había conocido, de un padre del que apenas se acordaba y de una tía
de la que no pudo despedirse. Por no hablar de Tarek. Muertes por las que
sería incapaz de pasar página.
Sorin se quedó a su lado, abrazándola y tranquilizándola. Al final se
quedó dormida y, cuando se despertó, miró a Sorin una sola vez y lo
despachó de vuelta a la Corte del Fuego, lugar donde él residía con llamas y
brasas en la sangre. El abismo que los separaba tan solo fue a más con el
paso de los días. Talwyn se empecinó en vengarse de los responsables de las
muertes que había sufrido, lo que empezó por enviar a Sorin a buscar un
arma que era posible que no existiese siquiera.
Se encontraba rememorando al mismo tiempo que se servía otro vaso de
brandi cuando captó su olor antes de que ella se colase por la ventana.
—Tengo puerta, ¿lo sabías? —dijo arrastrando las palabras, y se terminó
el vaso de alcohol.
—¿Bebiendo a solas, general? —preguntó Nuri después de desplomarse
en el otro extremo del sofá—. ¿Aún sigues dándole vueltas a que Scarlett te
dijese que te alejases de ella? Acabará superándolo. Siempre lo hace.
Entretanto, yo puedo hacerte compañía.
—¿Es que nunca te han dicho lo rematadamente insufrible que eres,
Nuri? —preguntó Sorin con indiferencia.
—Me encantaría demostrarte lo encantadora que puedo llegar a ser —
susurró ella como respuesta. Sus ojos color miel se volvieron depredadores.
Su voz aterciopelada y melosa le acarició los nervios, pero nada más—.
Jamás he tenido un amante fae.
—Ya tuve mi dosis de placer con las Hijas de la Noche —replicó él con
tranquilidad—. No serías capaz de mantener el ritmo.
Nuri frunció el ceño.
—Eres un aguafiestas. Por cierto, ¿cómo lo consigues?
—Me ha dado un mensaje para ti —dijo Sorin haciendo caso omiso a su
pregunta y sirviéndose otro vaso.
Nuri se enderezó.
—¿Cuándo hablaste con ella?
—Ayer —respondió él en tono sombrío.
—Bueno, está claro que eso explica el humor tan de perros que vuelves a
tener… y que estés bebiendo —dijo Nuri mirando de reojo el vaso de
alcohol—. Desembucha.
—Las dos sois muy exigentes cuando queréis algo —contestó Sorin con
amargura.
—Es una de nuestras cualidades más encantadoras —respondió Nuri con
una sonrisa de satisfacción.
—Me dijo que te comunicase que el príncipe Callan ha avisado de que
tiene noticias y de que hay que escoger un lugar para reuniros en secreto.
—Qué interesante —reflexionó Nuri a la vez que apoyaba la barbilla en
la mano—. Han pasado unas cuantas semanas. Me pregunto si estará lista
para volver al castillo…
—Estás de broma, ¿no? Se pasó días como un fantasma después de la
última vez. No sé qué demonios pasó ahí, pero…
—Venga ya, pues claro que lo sabes, general —dijo Nuri con una sonrisa
de complicidad—. No hay mucho que dejar a la imaginación sobre lo que
sucedió aquella noche.
—La forma en la que la manipulas utilizando sus emociones es atroz —
gruñó él—. Ni se te ocurra volver a sugerirlo.
Nuri chasqueó la lengua.
—¿Por qué Cassius y tú os empeñáis tanto en mimarla? Es probable que
se enfrente a pruebas mucho más grandes que esta a lo largo de su vida. Ya
lo ha hecho. Y yo he sido la única que se ha preocupado lo suficiente como
para prepararla para ello.
—¿A qué te refieres?
—Todo a su debido tiempo, Sorin. Todo a su debido tiempo. —Fue lo
único que dijo ella. Sorin apretó los dientes y Nuri pareció percatarse del
movimiento—. Resulta maravilloso formar parte de un secreto, ¿verdad? —
dijo tras guiñarle el ojo—. ¿Tenía alguna sugerencia sobre dónde celebrar
esta pequeña rendezvous?
—No estaba especialmente habladora —respondió Sorin, y el recuerdo
de los labios de Scarlett volvió a apoderarse de su mente.
—Supongo que entonces tendremos que hacerla aquí —dijo Nuri sin
más.
—¿Disculpa? —preguntó Sorin después de que las palabras de Nuri lo
sacasen de su ensimismamiento.
—Que supongo que entonces tendremos que… —empezó a repetir
lentamente, alargando cada palabra.
—Te he oído —vociferó Sorin—. ¿Por qué aquí?
—Porque es el príncipe heredero, Sorin —respondió Nuri como si fuese
corto de entendederas—. Tampoco es como si pudiésemos quedar con él a
tomar el té, ¿no? Si viene aquí y si Scarlett y yo nos pasamos uno o dos días
antes, nadie se enterará. Parecerá como si visitase a uno de los generales de
los ejércitos de su padre.
Sorin parpadeó. Llevaba tanto tiempo sin tratar con los Hijos de la
Noche que casi había olvidado lo inteligentes y astutos que podían llegar a
ser.
Casi.
—Supongo que, si Scarlett accede a venir, entonces no habrá problema.
¿Aunque quizás alguien podría por fin ponerme al día de lo que está
pasando?
—Utiliza ese porte tan encantador que tienes y pregúntaselo a Scarlett.
Contarlo es cosa suya —respondió Nuri.
—Eso es lo que todo el mundo repite constantemente —se quejó Sorin.
—De todos modos, prepárate, porque tendrás que ver cómo habla con el
príncipe Callan si al final acabamos reuniéndonos aquí, y eso siempre
resulta… fascinante —dijo Nuri pensativa—. En fin, esta noche tengo un
encargo y me encantaría llenarme el estómago antes de salir —dijo
levantándose de pronto y echándole un vistazo al brazo de Sorin.
Sorin puso los ojos en blanco.
—Me alegro de poder ser de ayuda —dijo tras remangarse la guerrera.
Una expresión salvaje de hambre inundó los ojos de Nuri mientras lo
observaba—. ¿De qué te alimentabas antes de que llegase yo?
—Ugh —contestó ella a la vez que adoptaba una expresión de asco—.
Mi padre tiene botellas de sangre de animal en la nevera. La sangre fresca
siempre es mejor, y la de los fae es sublime. —Nuri estaba prácticamente
hipnotizada cuando se sentó a su lado y le clavó los colmillos en la muñeca.
—Pues claro que sí. —Sorin soltó una risita conforme Nuri daba un par
de sorbos de su sangre como si estuviese muriéndose de sed.
Nuri se apartó y una gota de sangre le resbaló por la barbilla.
—¿Por qué estás tan dispuesto a que me alimente de ti?
—Porque me viene bien —respondió él mientras esbozaba una sonrisa
poco a poco cuando Nuri se inclinó para beber más. Ella se detuvo ante la
insinuación—. ¿Por qué crees que me resulta tan fácil resistirme a tu
hipnosis? ¿Acaso nadie te había enseñado que, si bebes sangre fae, la
persona de la que te alimentes no solo se vuelve inmune a tus trucos, sino
que tampoco puedes hacerle daño hasta que su sangre haya desaparecido de
tu cuerpo? Lo cual, por cierto, tarda varios días.
—Mi padre no es un vampiro. Puede que no lo sepa —dijo, y sus labios
se convirtieron en una fina línea.
—Puede que no —dijo Sorin al retirarle el brazo—. ¿Estás servida?
Nuri le enseñó los colmillos conforme un gruñido inhumano le salía de
la garganta. Se levantó, se limpió la barbilla y se puso la capucha.
—Mañana por la noche hay una fiesta en el muelle. Me aseguraré de que
Scarlett esté allí. Le encanta bailar. Además, se quedará despierta hasta más
tarde y es posible que sucedan cosas que puedan interesarte si no se toma el
tónico a tiempo. Haz lo que creas conveniente con esa información —
espetó, y se dirigió hacia la ventana abierta.
—Vuelve si necesitas un tentempié, Nuri —le gritó Sorin, riéndose a la
vez que se bajaba la manga, y ella desapareció en la oscuridad de la noche.
capítulo 21
Scarlett

s carlett estaba sentada en el tocador mientras Tava le rizaba el pelo y le


sujetaba un último mechón con horquillas.
—Llevamos siglos sin ir a una fiesta —reflexionó Scarlett mirando
al reflejo de Tava a los ojos—. ¿No estás ni siquiera un poquito
emocionada?
—Será como cualquier otra fiesta, Scarlett —dijo Tava poniendo los ojos
en blanco.
—Ahí es donde te equivocas, amiga mía. Las fiestas que se celebran en
el muelle son mejores que cualquier otra. Son mucho más desenfrenadas y
liberadoras. Hay mejor música, mejor vino y muchos menos esnobs de la
nobleza alrededor —respondió Scarlett mientras la emoción le bailaba en
los ojos.
Tava se rio.
—Nosotras somos esnobs de la nobleza, ¿lo recuerdas?
Scarlett se giró en dirección a Tava después de que le hubiese terminado
el peinado y le dijo con un guiño:
—Supongo que tú puede que seas de la nobleza, aunque distas mucho de
ser una esnob. —Tava se volvió a reír y se levantó para terminar de
prepararse en su habitación.
Cuando se hubo marchado, Scarlett se encaminó hacia el espejo de
cuerpo entero que estaba cerca del armario. A Tava le vendría bien salir.
Llevaba semanas distante y callada, desde que escuchó confesar a Sorin que
era fae. Le había prometido a Scarlett no contarle ni una palabra a su padre,
y confiaba en que Cassius y Scarlett harían lo que quisieran con esa
información. Aun así, seguía estando nerviosa y asustadiza, sobre todo
durante las cenas semanales con los comandantes.
Scarlett, por otro lado, últimamente disfrutaba mucho de esas cenas.
Hablaba con todos salvo con Sorin y se esforzaba por ignorarlo, al igual que
hacía con Mikale, claro. Las pocas veces que hablaba con él, hacía
comentarios sarcásticos; una vez incluso llegó a ganarse un ligero carraspeo
por parte de lord Tyndell. Aunque, poco después, al echarle una mirada
furtiva, el lord tenía una sonrisa de diversión en el rostro.
Scarlett se pasó las manos por los costados y las caderas. Le habían
entregado el vestido la noche anterior, acompañado con una nota de Nuri.
Supuso que era un intento de disculpa. La nota la avisaba de que celebraban
una fiesta en el muelle, y el vestido era simplemente deslumbrante. Se ceñía
en todos los lugares apropiados. El vestido, de un precioso tono rojo,
llegaba hasta el suelo y tenía unas profundas aberturas a los lados que
revelaban partes del muslo al moverse. El escote de la espalda era
peligrosamente bajo. En fin, estaba claro que tendría que salir de la mansión
a hurtadillas con ese atuendo. El amor de Nuri por la ropa elegante y el lujo
era sin duda una ventaja en lo referente a los regalos.
Scarlett llamó con delicadeza a la puerta de Tava antes de pasar.
Acababa de ponerse los zapatos, y el vestido de color turquesa que llevaba
contrastaba con su piel bronceada y el pelo rubio. Este dejaba que se le
entreviese parte del esbelto abdomen y poseía un escote ceñido que le
dejaba los hombros al descubierto. Scarlett le pasó la capa que estaba
colgada cerca de la puerta al mismo tiempo que se ponía la suya alrededor
de los hombros.
—¿Vamos? —preguntó Scarlett esbozando una amplia sonrisa.
—He de admitir que tengo ganas —respondió Tava con vacilación.
—Entonces salgamos a bailar hasta que nos duelan los pies y sigamos
bailando pese al dolor —contestó Scarlett mientras una sonrisa de verdad se
apoderaba de su rostro por primera vez desde hacía semanas.

Para cuando llegaron al muelle, la fiesta ya estaba en su máximo apogeo, y


era mejor de lo que Scarlett había anticipado. La música era ruidosa y
salvaje, el vino dulce e intenso. A Scarlett no le sorprendió encontrarse a
Cassius ahí con Drake, Mikale, Nevin y el resto de sus amigos, lo que
incluía, para su disgusto, a Sorin. Hizo caso omiso a los resoplidos y a las
miradas de arriba abajo que les echaron los hombres a Tava y a ella
mientras se acercaban. Scarlett no dijo ni una palabra. Tan solo le lanzó una
mirada penetrante a Sorin y después a Mikale, cogió la copa de vino que le
ofrecía Cassius con una sonrisa traviesa, se la bebió de un trago y lo cogió
de la mano para arrastrarlo a la pista de baile. Cada vez que pasaba una
bandeja a su lado, Cassius cogía otras dos copas de vino, y siguieron
bebiendo y bailando.
—Por eso, mi querido Cassius, eres mi persona favorita de todo
Windonelle —susurró Scarlett cuando le pasó otra copa de vino.
—Menos mal. Ya estaba empezando a pensar que otra persona me iba a
quitar el puesto —respondió Cassius guiñándole el ojo.
Scarlett frunció el ceño y dio un buen sorbo de vino.
—No lo estropees.
Cassius soltó una risita y le quitó la copa, que estaba prácticamente
vacía. Las colocó en una mesa vacía, después cogió a Scarlett de la mano y
la volvió a acercar hacia él una vez más. El ritmo de la música era rápido y
Cassius dio vueltas a Scarlett por la pista de baile sin cesar.
—¿Ella vendrá esta noche? —preguntó después de un rato.
—Me da igual —contestó Scarlett tras apoyar la cabeza en el hombro de
Cassius.
—Sé que lo que hizo estuvo fatal, Scarlett, pero si queremos solucionar
esto, tendrás que hablar con ella en algún momento —dijo Cassius guiando
sus pasos con facilidad al son de un bonito vals.
Scarlett suspiró.
—Lo sé, Cass. Ahora mismo estamos intentando organizar una reunión
con Callan. Es solo que no me apetece verla hasta que no me quede más
remedio.
—Quizás sea más inteligente aclarar las cosas antes de que veas a Callan
para no tener que enfrentarte a dos situaciones dolorosas a la vez —sugirió
Cassius con delicadeza.
—Quizás —fue lo único que dijo Scarlett antes de cerrar los ojos y
perderse en la música.
No sabía cuánto tiempo llevaban bailando, una hora o dos por lo menos.
Entonces Cassius se agachó y le dijo, levantando la voz por el ruido:
—Vuelvo en un segundo. Necesitamos más vino. —Le guiñó el ojo y la
multitud lo engulló.
Scarlett se dio la vuelta y se sumergió en el ritmo de la siguiente
canción, bailando sola sin ninguna preocupación, disfrutando de la
embriaguez de vino y libertad. Vio a Tava al otro lado de la sala, sentada en
una mesa y riéndose de algo que le habían dicho. Scarlett sonrió, se
alegraba de ver que su amiga volvía a ser la de antes, aunque solo fuese
durante una noche. Scarlett giró al ritmo de la música y la sonrisa
desapareció de su rostro rápidamente al ver que tenía a Sorin delante.
Dejó de bailar, tambaleándose un poco por culpa del alcohol, y observó
cómo Sorin la repasaba lentamente con la mirada.
—¿Te gusta lo que ves?
Sorin le dedicó una sonrisa de satisfacción.
—No te haces una idea.
Scarlett puso los ojos en blanco.
—¿Qué haces aquí?
—Cassius me ha mandado para hacerte compañía.
—Él no haría algo así —espetó Scarlett mientras escaneaba la multitud
en busca de su pelo castaño.
—Está tratando de… entretener a Mikale. También ha previsto que no te
haría mucha gracia, así que me ha dado esto como ofrenda de paz —dijo
Sorin, y levantó dos copas de vino.
—No necesito una niñera —dijo Scarlett fulminándolo con la mirada.
—Eso lo sé de sobra, cielo —contestó Sorin con una risita—, pero esta
noche, con este vestido y todo el vino, no te vendría mal.
—Te dije que no me llamases así. —Scarlett lo observó un poco más y
después le quitó la copa de vino—. Pensaba que ibas a volver a casa.
Sorin pareció estremecerse un poco.
—Dije que tenía que volver pronto a casa. Pronto es un término
subjetivo, ¿no?
—Eso parece.
La música empezó a transformarse en una balada más lenta y la gente
comenzó a ponerse por parejas a su alrededor. Antes de que pudiese poner
una excusa para abandonar la pista de baile, Sorin dijo de forma distraída:
—No mires, pero tu pretendiente favorito está de camino. Parece que tu
adorado Cassius ha fracasado.
—¿Cómo? —se sobresaltó Scarlett, derramando vino de la copa. Se dio
la vuelta para ver a Mikale dirigirse hacia ella.
Sorin se rio por lo bajo.
—Tranquila, Monrhoe. No desperdicies un manjar tan dulce.
—Cállate, imbécil —siseó Scarlett mientras el pánico se apoderaba de
ella.
Si Mikale le pedía bailar no podría rechazarlo. Montaría una escena
ridícula y atraería la atención hacia ellos. «Mierda, mierda, mierda», pensó.
Había mucha gente, y eso le entorpecía avanzar, pero llegaría en un minuto.
—Yo podría bailar contigo, ¿sabes? —caviló Sorin a la vez que le daba
vueltas al pie de la copa con los dedos.
—¿Entonces por qué no lo estás haciendo? —siseó Scarlett.
—No me lo has pedido —se limitó a responder Sorin.
—Baila conmigo —masculló Scarlett.
—¿Ni un por favor? —preguntó Sorin mientras una sonrisa se le
extendía por el rostro.
Scarlett le echó una mirada asesina. Mikale estaba a tres metros de
distancia.
Dos.
—Baila conmigo, por favor —dijo Scarlett asqueada por la
desesperación que sonaba en su voz.
Después de dejar la copa en la mesa que tenía detrás, Sorin la cogió de la
mano y la acercó hacia él. Le pasó la otra mano por la parte superior de la
espalda, y notar sus dedos en la piel desnuda hizo que a Scarlett se le
pusiese la carne de gallina.
—Pensaba que nunca me lo pedirías —le susurró él al oído.
Bailar con Sorin le resultó sencillo. La guio por los pasos con facilidad,
como si ya lo hubiese hecho muchas veces. Scarlett vislumbró a Mikale de
pie al borde de la multitud, con el ceño fruncido cuando los vio moverse por
la pista de baile.
—Sabes que de todas formas te pedirá el próximo baile, ¿no? —le dijo
Sorin al oído mientras le trazaba círculos por la columna despacio y de
forma distraída.
—¿Y qué propones que haga al respecto? —espetó Scarlett, y le entró un
escalofrío ante aquel contacto.
—Haz que parezca que esta noche tienes otro pretendiente —murmuró
Sorin mientras bajaba la mano hasta sus caderas y le rozaba la parte
superior del trasero con los dedos.
—Hmm, y supongo que crees que debería fingir que tú eres ese otro
pretendiente, ¿no? —preguntó, y una sonrisa sensual se apoderó de sus
labios.
—No me negaría a cumplir con ese papel —murmuró, y le mordisqueó
el lóbulo de la oreja.
Scarlett levantó la vista, lo miró a los ojos y atisbó el hambre que le
empañaba los ojos dorados.
—¿Seguro que te las puedes apañar? Soy bastante persuasiva cuando la
situación lo requiere —susurró ella como respuesta, soltándole la mano para
pasarle ambas por el musculoso pecho y rodearle el cuello. Notó cómo él se
tensaba un poco al acercarse para acurrucarse contra su cuello. Sorin
levantó la mano para posársela en la nuca con delicadeza.
—Me las he apañado en situaciones peores —respondió él con voz
ronca.
Se alejó lo justo como para mirarlo a los ojos antes de besarle. Un
escalofrío le recorrió todo el cuerpo al volver a probar ese sabor a clavo y
miel. Sorin le puso una mano en el pelo mientras con la otra la estrechaba
con más fuerza. La besó con más intensidad cuando terminó la canción y
empezó otra nueva. Esta era más rápida, aunque ninguno de los dos se
percató. Sorin la sujetaba con firmeza, ambos tenían la vista clavada en la
del otro y bailaban al ritmo de su propia canción, sin importar que hubiese
más gente en la sala.
—Eres una actriz de primera —le susurró Sorin después de acercar la
boca a su oreja nada más empezar la tercera canción.
Scarlett soltó una risa en voz baja y después murmuró:
—Te diría lo mismo, pero ese deseo que te brilla en los ojos es de todo
menos falso.
Notó como a Sorin le retumbaba el pecho de la risa y después el general
se inclinó y le pasó los dientes por la parte sensible en la que se le juntaban
el cuello y el hombro. Sintió que el estómago le daba un vuelco y se le
calentaba el cuerpo como respuesta. Sorin le acarició la mejilla con la mano
y Scarlett vislumbró dos marcas pequeñas en su muñeca.
—¿Qué es esto?
—Una molestia necesaria —contestó él con un deje de irritación.
Scarlett levantó la vista hacia Sorin y estaba a punto de hacerle más
preguntas cuando él dijo—: Necesito tomar el aire. Demos un paseo. Por
favor.
Scarlett titubeó, pero su vista volvió a toparse con Mikale. Si las miradas
matasen, ella y Sorin estarían desangrándose en el suelo en ese momento.
—Solo si nos llevamos el vino —accedió ella con un suspiro.
Sorin se rio, la cogió de la mano y entrelazó los dedos con los suyos para
llevarla a la barra. Pidió dos copas, pero antes de que el camarero pudiese
servírselas, Scarlett alargó el brazo por encima de la barra y le arrebató la
botella de la mano. El camarero se quejó, pero Sorin le gruñó:
—No le niegues ningún deseo a mi dama.
El camarero inclinó la cabeza y se marchó para servir al próximo cliente.
Scarlett dio un trago directamente de la botella y después dijo:
—Tú primero, general.
capítulo 22
Scarlett

–e res un ser perverso, ¿verdad? —Sorin soltó una risita mientras


bajaban por las escaleras del muelle, que conducían a la playa.
Al salir de la fiesta, Scarlett había vuelto a percatarse de que
Mikale les estaba frunciendo el ceño. Se había acercado un poco más a
Sorin y le había guiñado el ojo a Mikale, y este se había chocado contra
alguien y le había tirado la bebida encima.
—Es un cabrón que no sabe pillar una indirecta —masculló Scarlett. Se
tambaleó un poco en la arena, pero unas manos fuertes la sujetaron y la
estabilizaron.
—Igual deberíamos dejar de beber, ¿no? —sugirió él al mismo tiempo
que intentaba coger la botella.
Scarlett se alejó de un salto y dio otro trago.
—Te das cuenta de que el único motivo por el que estoy aquí contigo es
por el vino, ¿no?
Sorin lo pensó durante un momento y después dijo:
—Me parece bien.
Pasearon por la orilla en silencio y el muelle se fue haciendo cada vez
más pequeño a sus espaldas. Solo se escuchaba el ruido de las olas
rompiendo suavemente contra la arena. Scarlett disfrutaba del frescor en los
pies por el vaivén de las olas. Hacía un calor sofocante en la fiesta y fuera
no se estaba mucho mejor. La humedad de finales de verano había
persistido ese año.
Brillaba la luna llena y su reflejo en el mar iluminaba el camino. Scarlett
se había quitado los zapatos en cuanto llegaron a la arena y ahora le
colgaban de los dedos de las manos. El vestido se le ceñía aún más al
cuerpo, si es que eso era posible, por culpa del sudor de bailar. Se le habían
soltado varios rizos, que le colgaban por la espalda.
—Scarlett, yo… —empezó a decir Sorin, pero Scarlett le interrumpió.
—Aquí no. Todavía no —dijo ella mientras seguía avanzando por la
playa.
Siguieron andando unos minutos más en silencio antes de que Sorin
dijese:
—No me estarás llevando a algún sitio para asesinarme, ¿verdad,
Doncella de la Muerte?
—Hmm…, por muy tentador que sea —dijo Scarlett pensativa—, no
quiero mancillar mi sitio favorito de Windonelle con tu sangre, y Nuri
estaría muy decepcionada si no pudiese participar en algo así.
—Nuri y tú tenéis una relación interesante —dijo Sorin sin darle
importancia.
—Nuri y yo somos las dos caras de una misma moneda —respondió
Scarlett—. Chocamos mucho, pero nos unimos cuando es necesario.
—Te manipula.
Scarlett notó la frialdad en su voz. Suspiró.
—No. Puede que lo parezca, pero nos nutrimos la una de la otra. Nos
presionamos la una a la otra cuando hace falta. Sí, lo que me pidió fue
cruel, pero yo le he pedido a ella que hiciese cosas igual de crueles.
—Juega con tus sentimientos —contestó Sorin en tono neutro.
—Ella no es la única que utiliza ese tipo de técnicas para hacer las cosas
—respondió Scarlett de forma sombría. Después añadió en voz baja—:
Antes había alguien que hacía de mediadora, pero ya no.
Pasó otro instante en silencio antes de que Sorin preguntase:
—¿Y qué papel desempeña Cassius en esto?
—Cassius siempre ha sido la calma de mi tormenta —contestó Scarlett
sin más.
Anduvieron otros treinta metros hasta que Scarlett se detuvo cerca de
unos acantilados enormes que se alzaban por la costa; uno de ellos se
doblaba hasta adentrarse en el mar y les cerraba el paso. Scarlett siguió
avanzando hacia él.
—No pensarás escalar eso ahora —dijo Sorin tras levantar la vista hacia
la rocosa pared afilada del acantilado.
—¿Y por qué no? —resopló ella, y siguió dirigiéndose hacia ahí.
—Primero, porque estás borracha —dijo Sorin. Scarlett empezó a
protestar, pero Sorin la interrumpió—. Segundo, no creo que ese vestido sea
muy adecuado para escalar.
Scarlett miró hacia atrás y vio que Sorin estaba otra vez comiéndosela
con los ojos.
—Parece que estás obsesionado con este vestido —dijo Scarlett
pensativa, y se dio la vuelta para darle la botella medio vacía. Al cogerla,
los dedos de Sorin rozaron los de Scarlett, y ella añadió—. Casi tanto como
con mi anillo.
Sorin se sobresaltó un poco y esa expresión un tanto vidriosa
desapareció de sus ojos. Scarlett se rio en voz baja y se volvió de nuevo
hacia el acantilado.
—Puede que esté borracha, Sorin, pero todavía me acuerdo de que me
estás ocultando muchas cosas.
Unas enredaderas gruesas que salían serpenteando del agua pendían de
la pared del acantilado. Scarlett se metió dentro de un pequeño pozo de una
ensenada en el que el agua le llegaba hasta los tobillos.
—Scarlett, yo…
—No. Aún no —susurró ella, volviendo a interrumpirle.
Levantó una mano y apartó una cortina de enredaderas para desvelar una
pequeña abertura en la pared del acantilado. Sin mirar atrás para comprobar
si la seguiría, Scarlett se deslizó al interior.

SORIN
En el interior de la abertura había una cueva estrecha. El techo era casi tan
alto como el propio acantilado. Al ver cómo Scarlett caminaba junto a la
orilla del agua que había dentro, Sorin se percató de que había un riachuelo
que debía provenir de la misma abertura por la que habían entrado. Su
vestido largo flotaba en el agua, y Sorin le recorrió la espalda con la mirada,
observando la piel que el vestido dejaba ver, recordando el tacto de aquella
piel desnuda en sus dedos mientras bailaban. La siguió sin apenas causar
ondas en el agua con sus silenciosos pies de fae. Se lo había intentado
explicar dos veces. Y dos veces le había mandado callar.
Era cierto que pronto tendría que volver a las tierras fae y, si no lograba
averiguar qué era Scarlett antes de marcharse, pretendía pedirle que se fuese
con él. No sabía si ella accedería o no; de todos modos, después de haber
bailado juntos esa noche y de haber vuelto a sentir los labios de Scarlett
contra los suyos, sabía que no podía abandonarla en ese reino.
Scarlett se aproximó al final del estrecho pasillo y Sorin la siguió por
una abertura similar al otro lado. Parpadeó al salir a una playa de arena. El
ancho mar se extendía ante él y reflejaba la luna brillante. El cielo estaba
despejado y cientos de estrellas centelleaban sobre ellos. Sorin era incapaz
de escuchar el sonido del muelle. No podía ver la ciudad. A sus espaldas
solo había una playa con acantilados y el mar arponeando el horizonte.
Scarlett dio unos cuantos pasos más y se agachó, apoyando las rodillas
contra el pecho e inspirando profundamente. Le brillaba el pelo a la luz de
la luna. Sorin la observó mientras las olas iban y venían a su alrededor.
Tenía los ojos cerrados, y pareció volver en sí.
—Ven a sentarte, Sorin —dijo tras abrir los ojos y que su vista se
perdiese en el mar—. Háblame de este anillo y trae el vino.

SCARLETT
Scarlett no se movió para mirarlo cuando se sentó a su lado en la arena. Lo
vio dar un sorbo de vino antes de pasarle la botella. Scarlett dio un trago y
después la dejó en la arena entre los dos. Se quedó mirando hacia adelante,
esperando a que Sorin empezase a hablar.
—Scarlett, llevo tres años manteniendo de dónde vengo en secreto —
dijo Sorin. Scarlett podía notar que tenía la vista clavada en ella, pero se
negó a mirarlo—. Al preguntarme por tu anillo, me estás pidiendo que te
cuente cosas por las que daría mi vida para evitar que la gente de esta tierra
las supiera.
Aun así, Scarlett siguió sin decir nada. Estaba harta de jueguecitos y
sabía que Sorin tenía respuestas a lo que le estaba sucediendo, así que tan
solo esperó a que continuase.
—¿Has seguido sufriendo pesadillas? —le preguntó él en voz baja.
—No tienes derecho a hacer preguntas esta noche, Sorin —respondió
Scarlett, también en voz baja.
Los dos se quedaron en silencio. El único sonido que se escuchaba en
kilómetros era el del vaivén de las olas.
—¿Estás en condiciones para asimilar respuestas esta noche? —preguntó
Sorin por fin—. Si lo estás, creo que te debo cuatro preguntas, pero, si no,
mañana responderé a cinco.
Scarlett se giró hacia él al escucharlo. La cabeza le daba vueltas por
culpa del vino. La bruma marina que la rociaba con suavidad le refrescaba
el cuerpo sudoroso. Levantó la mano y se quitó las horquillas del pelo una a
una, soltándose los rizos restantes de sus ataduras. Para ser sincera, Sorin
estaba en lo cierto. Llevaba una eternidad sin beber tanto vino. ¿Acaso
recordaría las respuestas? Ahora que no estaba bailando y que la adrenalina
de la música estaba desapareciendo, se dio cuenta de lo cansada que estaba.
¿Qué hora era? Tenían que ser pasadas las doce, lo que significaba que
pronto tendría que tomarse el tónico más fuerte.
—Está bien —acabó cediendo. Apoyó la cabeza en el hombro de Sorin,
cerró los ojos y volvieron a quedarse en silencio una vez más—. ¿Hay una
señora…? —hizo una pausa—. ¿Cómo te apellidas? Supongo que no es
Renwell.
—No, no lo es —respondió—. Aditya. Me apellido Aditya.
—¿Hay una señora Aditya esperándote en casa?
—¿Cómo? —preguntó Sorin sorprendido.
—¿Estás casado? ¿Los fae se casan siquiera? —preguntó. La borrachera
le estaba haciendo más mella aún.
—¿Crees que si tuviese a alguien en casa te habría besado en el campo
de tiro con arco o hace nada en el muelle?
—Desconozc