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Fábulas de Esopo: Lecciones Morales

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1

FABULA 1
EL ASNO Y EL COCHINO

A los caballeros alumnos Los perros y los lobos,


del Real Seminario Patriótico Vascongado Los ratones y gatos,
Oh jóvenes amables, Las zorras y las monas,
Que en vuestros tiernos años Los ciervos y caballos
Al templo de Minerva Os han de hablar en verso,
Dirigís vuestros pasos, Pero con juicio tanto,
Seguid, seguid la senda Que sus máximas sean
En que marcháis, guiados, Los consejos más sanos.
A la luz de las ciencias, Deleitaos en ello,
Por profesores sabios. Y con este descanso,
Aunque el camino sea, A las serias tareas
Ya difícil, ya largo, Volved más alentados.
Lo allana y facilita
El tiempo y el trabajo. Ea, jóvenes, ea.
Rompiendo el duro suelo, Seguid, seguid marchando
Con la esteva agobiado, Al templo de Minerva,
El labrador sus bueyes A recibir el lauro.
Guía con paso tardo; Pero ¡qué! ¿os detiene
Mas al fin llega a verse, El ocio y el regalo?
En medio del verano, Pues escuchad a Esopo,
De doradas espigas, Mis jóvenes amados:
Como Ceres, rodeado. Envidiando la suerte del Cochinos,
A mayores tareas, Un Asno maldecía su destino.
A más graves cuidados «Yo, decía, trabajo y como paja;
Es mayor y más dulce Él come harina, berza, y no trabaja:
El premio y el descanso. A mí me dan de palos cada día;
Tras penosas fatigas, A él le rascan y halagan a porfia.»
La labradora mano Así se lamentaba de su suerte;
¡Con qué gusto recoge Pero luego que advierte
Los racimos de Baco! Que a la pocilga alguna gente avanza
Ea, jóvenes, ea, En guisa de matanza,
Seguid, seguid marchando Armada de cuchillo y de caldera,
Al templo de Minerva, Y que con maña fiera
A recibir el lauro. Dan al gordo Cochino fin sangriento,
Mas yo sé, caballeros, Dijo entre sí el jumento:
Que un joven entre tantos «Si en esto para el ocio y los regalos,
Responderá a mis voces: Al trabajo me atengo y a los palos.»
No puedo, que me canso.
Descansa enhorabuena;
¿Digo yo lo contrario?
Tan lejos estoy de eso,
Que en estos versos trato
De daros un asunto
Que instruya deleitando,
2

FABULA 2
LA CIGARRA Y LA HORMIGA

Cantando la Cigarra La codiciosa Hormiga


Pasó el verano entero, Respondió con denuedo,
Sin hacer provisiones Ocultando a la espalda
Allá para el invierno; Las llaves del granero:
Los fríos la obligaron «¡Yo prestar lo que gano
A guardar el silencio Con un trabajo inmenso!
Y a acogerse al abrigo Dime, pues, holgazana,
De su estrecho aposento. ¿Qué has hecho en el buen tiempo?»
Viose desproveída «Yo, dijo la Cigarra,
Del preciso sustento: A todo pasajero
Sin mosca, sin gusano, Cantaba alegremente,
Sin trigo, sin centeno. Sin cesar ni un momento.»
Habitaba la Hormiga «¡Hola! ¿con que cantabas
Allí tabique en medio, Cuando yo andaba al remo?
Y con mil expresiones Pues ahora, que yo como,
De atención y respeto Baila, pese a tu cuerpo.»
La dijo: «Doña Hormiga,
Pues que en vuestro granero
Sobran las provisiones
Para vuestro alimento,
Prestad alguna cosa
Con que viva este invierno
Esta triste Cigarra,
Que alegre en otro tiempo,
Nunca conoció el daño,
Nunca supo temerlo.
No dudéis en prestarme;
Que fielmente prometo
Pagaros con ganancias,
Por el nombre que tengo.»
3

FABULA 3 FABULA 4
EL MUCHACHO LA CODORNIZ
Y LA FORTUNA
Presa en estrecho lazo
A la orilla de un pozo, La Codorniz sencilla,
Sobre la fresca yerba, Daba quejas al aire,
Un incauto Mancebo Ya tarde arrepentida.
Dormía a pierna suelta. «¡Ay de mí miserable
Gritóle la Fortuna: Infeliz avecilla,
«Insensato, despierta; Que antes cantaba libre,
¿No ves que ahogarte puedes, Y ya lloro cautiva!
A poco que te muevas? Perdí mi nido amado,
Por ti y otros canallas Perdí en él mis delicias,
A veces me motejan, Al fin perdilo todo,
Los unos de inconstante, Pues que perdí la vida.
Y los otros de adversa. ¿Por qué desgracia tanta?
Reveses de Fortuna ¿Por qué tanta desdicha?
Llamáis a las miserias; ¡Por un grano de trigo!
¿Por qué, si son reveses ¡Oh cara golosina!»»
De la conducta necia?» El apetito ciego
¡A cuántos precipita,
Que por lograr un nada,
Un todo sacrifican!
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FABULA 5
EL AGUILA Y EL ESCARABAJO

«Que me matan; favor»: así clamaba


Una liebre infeliz, que se miraba A Júpiter excelso humilde llega,
En las garras de una Águila sangrienta. Expone su dolor, pídele, ruega
A las voces, según Esopo cuenta, Remedie tanto mal; el dios propicio,
Acudió un compasivo Escarabajo; Por un incomparable beneficio,
Y viendo a la cuitada en tal trabajo, En su regazo hizo que pusiese
Por libertarla de tan cruda muerte, El Águila sus huevos, y se fuese;
Lleno de horror, exclama de esta suerte: Que a la vuelta, colmada de consuelos,
«¡Oh reina de las aves escogida! Encontraría hermosos
¿Por qué quitas la vida sus polluelos.
A este pobre animal, manso y cobarde? Supo el Escarabajo el caso todo:
¿No sería mejor hacer alarde Astuto e ingenioso hace de modo
De devorar a dañadoras fieras, Que una bola fabrica diestramente
O ya que resistencia hallar no quieras, De la materia en que continuamente
Cebar tus uñas y tu corvo pico Trabajando se halla,
En el frío cadáver de un borrico?» Cuyo nombre se sabe, aunque se calla,
Cuando el Escarabajo así decía, Y que, según yo pienso,
La Águila con desprecio se reía, Para los dioses no es muy buen incienso.
Y sin usar de más atenta frase, Carga con ella, vuela, y atrevido
Mata, trincha, devora, pilla y vase. Pone su bola en el sagrado nido.
El pequeño animal así burlado Júpiter, que se vio con tal basura,
Quiere verse vengado. Al punto sacudió su vestidura,
En la ocasión primera Haciendo, al arrojar la albondiguilla,
Vuela al nido del Águila altanera, Con la bola y los huevos su tortilla.
Halla solos los huevos, y arrastrando, Del trágico suceso noticiosa,
Uno por uno fuelos despeñando; Arrepentida el Águila y llorosa
Mas como nada alcanza Aprendió esa lección a mucho precio:
A dejar satisfecha una venganza, A nadie se le trate con desprecio,
Cuantos huevos ponía en adelante Como al Escarabajo,
Se los hizo tortilla en el instante. Porque al más miserable, vil y bajo,
La reina de las aves sin consuelo, Para tomar venganza, si se irrita,
Remontaba su vuelo, ¿Le faltará siquiera una bolita?
5

FABULA 6 FABULA 7
EL LEON VENCIDO POR EL LA ZORRA Y EL BUSTO
HOMBRE Dijo la Zorra al Busto,
Después de olerlo:
Cierto artífice pintó «Tu cabeza es hermosa,
Una lucha, en que valiente Pero sin seso»
Un Hombre tan solamente Como éste hay muchos,
A un horrible León venció. Que aunque parecen hombres,
Otro león, que el cuadro vio, Sólo son bustos.
Sin preguntar por su autor,
En tono despreciador
Dijo: «Bien se deja ver
Que es pintar como querer,
Y no fue león el pintor.»
6

FABULA 8
EL RATON DE LA CORTE Y EL DEL CAMPO

Convidó con un modo muy urbano


A un Ratón campesino.
Diole gordo tocino,
Queso fresco de Holanda,
Y una despensa llena de vianda
Era su alojamiento,
Pues no pudiera haber un aposento
Tan magníficamente preparado,
Aunque fuese en Ratópolis buscado
Con el mayor esmero,
Para alojar a Roepan primero.
Sus sentidos allí se recreaban;
Las paredes y techos adornaban,
Entre mil ratonescas golosinas,
Salchichones, perniles y cecinas.
Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso!
De pernil en pernil, de queso en queso.
En esta situación tan lisonjera
Llega la Despensera.
Oyen el ruido, corren, se agazapan,
Pierden el tino, mas al fin se escapan
Atropelladamente
Por cierto pasadizo abierto a diente.
«¡Esto tenemos! dijo el campesino;
Reniego yo del queso, del tocino
Y de quien busca gustos
Entre los sobresaltos y los sustos»
Volvióse a su campaña en el instante
Y estimó mucho más de allí adelante,
Sin zozobra, temor ni pesadumbres,
Su casita de tierra y sus legumbres.
7

FABULA 9
EL HERRERO Y EL PERRO

Un Herrero tenía
Un Perro que no hacía
Sino comer, dormir y estarse echado;
De la casa jamás tuvo cuidado;
Levantábase sólo a mesa puesta;
Entonces con gran fiesta
Al dueño se acercaba,
Con perrunas caricias lo halagaba,
Mostrando de cariño mil excesos
Por pillar las piltrafas y los huesos.
«He llegado a notar, le dijo el amo,
Que aunque nunca te llamo
A la mesa, te llegas prontamente;
En la fragua jamás te vi presente,
Y yo me maravillo
De que, no despertándote el martillo,
Te desveles al ruido de mis dientes.
Anda, anda, poltrón; no es bien que cuentes
Que el amo, hecho un gañán y sin reposo,
Te mantiene a lo conde muy ocioso.»
El Perro le responde:
¿Qué más tiene que yo cualquiera conde?
Para no trabajar debo al destino
Haber nacido perro, no pollino.»
«Pues, señor conde, fuera de mi casa;
Verás en las demás lo que te pasa.»
En efecto salió a probar fortuna,
Y las casas anduvo de una en una.
Allí le hacen servir de centinela
Y que pase la noche toda en vela,
Acá de lazarillo y de danzante,
Allá dentro de un torno, a cada instante,
Asa la carne que comer no espera.
Al cabo conoció de esta manera
Que el destino, y no es cuento,
A todos nos cargó como al jumento.
8

FABULA 10
LA ZORRA Y LA CIGÜEÑAL

Una Zorra se empeña


En dar una comida a una Cigüeña;
La convidó con tales expresiones,
Que anunciaban sin duda provisiones
De lo más excelente y exquisito.
Acepta alegre, va con apetito;
Pero encontró en la mesa solamente
jigote claro sobre chata fuente.
En vano a la comida picoteaba,
Pues era para el guiso que miraba
Inútil tenedor su largo pico.
La Zorra con la lengua y el hocico
Limpió tan bien su fuente, que pudiera
Servir de fregatriz si a Holanda fuera.
Mas de allí a poco tiempo, convidada
De la Cigüeña, halla preparada
Una redoma de jigote llena;
Allí fue su aflicción, allí su pena;
El hocico goloso al punto asoma
Al cuello de la hidrópica redoma,
Mas en vano, pues era tan estrecho,
Cual si por la Cigueña fuese hecho.
Envidiosa de ver que a conveniencia
Chupaba la del pico a su presencia,
Vuelve, tienta, discurre,
Huele, se desatina, en fin se aburre;
Marchó rabo entre piernas, tan corrida,
Que ni aun tuvo siquiera la salida
De decir: Están verdes, como antaño.
También hay para pícaros engaño.
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FABULA 11 FABULA 12
LAS MOSCAS EL LEOPARDO Y LAS MONAS.

A un panal de rica miel No a pares, a docenas encontraba


Dos mil Moscas acudieron, Las Monas en Tetuán, cuando cazaba,
Que por golosas murieron, Un Leopardo; apenas lo veían,
Presas de patas en él. A los árboles todas se subían,
Otra dentro de un pastel Quedando del contrario tan seguras,
Enterró su golosina. Que pudiera decir: No están maduras.
Así si bien se examina El cazador, astuto, se hace el muerto
Los humanos corazones Tan vivamente, que parece cierto.
Perecen en las prisiones Hasta las viejas Monas,
Del vicio que los domina. Alegres en el caso y juguetonas,
Empiezan a saltar; la más osada
Baja, arrímase al muerto de callada,
Mira, huele y aun tienta,
Y grita muy contenta:
«Llegad, que muerto está de todo punto,
Tanto, que empieza a oler el tal difunto.» Bajan
todas con bulla
y algazara:
Ya le tocan la cara,
Ya le saltan encima,
Aquélla se le arrima,
Y haciendo mimos, a su lado queda;
Otra se finge muerta y lo remeda.
Mas luego que las siente fatigadas
De correr, de saltar y hacer monadas,
Levántase ligero,
Y más que nunca fiero,
Pilla, mata, devora, de manera
Que parecía la sangrienta fiera,
Cubriendo con los muertos la campaña,
Al Cid matando moros en España.
Es el peor enemigo el que aparenta
No poder causar daño; porque intenta
Inspirando confianza,
Asegurar su golpe de venganza.
10

FABULA 13 FABULA 14
EL CIERVO EN LA FUENTE EL LEON Y LA ZORRA

Un Ciervo se miraba Un León en otro tiempo poderoso,


En una hermosa cristalina Fuente; Ya viejo y achacoso,
Placentero admiraba En vano perseguía, hambriento y fiero,
Los enramados cuernos de su frente, Al mamón Becerrillo y al Cordero,
Pero al ver sus delgadas, largas piernas, Que trepando por la áspera montaña,
Al alto cielo daba quejas tiernas. Huían libremente de su saña.
«¡Oh dioses! ¿A qué intento, Afligido de la hambre a par de muerte,
A esta fábrica hermosa de cabeza Discurrió su remedio de esta suerte:
Construir su cimiento Hace correr la voz de que se hallaba
Sin guardar proporción en la belleza? Enfermo en su palacio, y deseaba
¡Oh qué pesar! ¡Oh qué dolor profundo! Ser de los animales visitado.
¡No haber gloria cumplida en este mundo!» Acudieron algunos de contado;
Hablando de esta Mas como el grave mal que lo postraba
suerte Era un hambre voraz, tan sólo usaba
El Ciervo, vio venir a un lebrel fiero. La receta exquisita
Por evitar su muerte, De engullirse al monsieur de la visita.
Parte al espeso bosque muy ligero; Acércase la Zorra de callada,
Pero el cuerno retarda su salida, Y a la puerta asomada,
Con una y otra rama entretejida. Atisba muy despacio
Mas libre del apuro La entrada de aquel cóncavo palacio.
A duras penas, dijo con espanto: El León la divisó, y en el momento
«Si me veo seguro, La dice: «Ven acá; pues que me siento
Pese a mis cuernos, fue por correr tanto; En el último instante de mi vida,
Lleve el diablo lo hermoso de mis cuernos, Visítame como otros, mi querida.»
Haga mis feos pies el cielo eternos:» «¡Como otros! ¡Ah señor! he conocido
Así frecuentemente Que entraron, sí, pero no han salido.
El hombre se deslumbra con lo hermoso; Mirad, mirad la huella,
Elige lo aparente, Bien claro lo dice ella;
Abrazando tal vez lo más dañoso; Y no es bien el entrar do no se sale.»
Pero escarmiente ahora en tal cabeza. La prudente cautela mucho vale.
El útil bien es la mejor belleza.
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FABULA 15 FABULA 16
LA CIERVA Y EL CERVATO EL LABRADOR Y LA CIGÜEÑA

A una Cierva decía Un Labrador miraba


Su tierno Cervatillo: «Madre mía, Con duelo su sembrado,
¡Es posible que un perro solamente Porque gansos y grullas
Al bosque te haga huir cobardemente, De su trigo solían hacer pasto.
Siendo él mucho menor, menos pujante! Armó sin más tardanza
¿Por qué no has de ser tú más arrogante?» Diestramente sus lazos,
«Todo es cierto, hijo mío; Y cayeron en ellos
Y cuando así lo pienso, desafío La Cigüeña, las grullas y los gansos.
A mis solas a veinte perros juntos. «Señor rústico, dijo
Figúrome luchando, y que difuntos La Cigüeña temblando,
Dejo a los unos; que otros, falleciendo, Quíteme las prisiones,
Pisándose las tripas, van huyendo Pues no merezco pena de culpados;
En vano de la muerte, La diosa Ceres sabe
Y a todos venzo de gallarda suerte; Que, lejos de hacer daño,
Mas si embebida en este pensamiento, Limpio de sabandijas,
A un perro ladrar siento, De culebras y víboras los campos.»
Escapo más ligera que un venablo, «Nada me satisface,
Y mi victoria se la lleva el diablo.» Respondió el hombre airado:
A quien no sea de ánimo esforzado Te hallé con delincuentes,
No armarlo de soldado, Con ellos morirás entre mis manos.»
Pues por más que, al mirarse la armadura, La inocente Cigüeña
Piense, en tiempo de paz, que su bravura Tuvo el fin desgraciado,
Herirá, matará cuanto Que pueden prometerse
acometa, Los buenos que se juntan con los malos.
En oyendo en campaña la trompeta,
Hará lo que la Corza de la historia,
Mas que el diablo se lleve la victoria.
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FABULA 17 FABULA 18
LA SERPIENTE Y LA LIMA. EL CALVO Y LA MOSCA.
Entró la Serpiente un día,
Picaba impertinente
Y la insensata mordía
En la espaciosa calva de un Anciano
En una Lima de acero.
Una Mosca insolente.
Díjole la Lima: «El mal,
Quiso matarla, levantó la mano,
Necia, será para ti;
Tiró un cachete, pero fuese salva,
¿Cómo has de hacer mella en mí,
Hiriendo el golpe la redonda calva.
Que hago polvos el metal?»
Con risa desmedida
Quien pretende sin razón
La Mosca prorrumpió: «Calvo maldito,
Al más fuerte derribar
Si quitarme la vida
No consigue sino dar
Intentaste por un leve delito,
Coces contra el aguijón.
¿A qué pena condenas a tu brazo,
Bárbaro ejecutor de tal porrazo?»
«Al que obra con malicia,
Le respondió el varón prudentemente,
Rigurosa justicia
Debe dar el castigo conveniente,
Y es bien ejercitarse la clemencia
En el que peca por inadvertencia.
Sabe, Mosca villana,
Que coteja el agravio recibido
La condición humana,
Según la mano de donde ha venido»;
Que el grado de la ofensa tanto asciende
Cuanto sea más vil aquel que ofende.
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FABULA 19 FABULA 20
LOS DOS AMIGOS LA AGUILA, LA GATA
Y EL OSO Y LA JABALINA.

A dos Amigos se aparece un Oso: Una Águila anidó sobre una encina.
El uno, muy medroso, Al pie criaba cierta Jabalina,
En las ramas de un árbol se asegura; Y era un hueco del tronco corpulento
El otro, abandonado a la ventura, De una Gata y sus crías aposento.
Se finge muerto repentinamente. Esta gran marrullera
El Oso se le acerca lentamente; Sube al nido del Águila altanera,
Mas como este animal, según se cuenta, Y con fingidas lágrimas la dice:
De cadáveres nunca se alimenta, «¡Ay mísera de mí! ¡ay infelice!
Sin ofenderlo lo registra y toca, Este si que es trabajo:
Huélele las narices y la boca; La vecina que habita el cuarto bajo,
No le siente el aliento, Como tú misma ves, el día pasa
Ni el menor movimiento; Hozando los cimientos de la casa.
Y así, se fue diciendo sin recelo: La amainará, y en viendo la traidora
«Este tan muerto está como mi abuelo.» Por tierra a nuestros hijos, los devora.»
Entonces el cobarde, Después que dejó al Águila asustada,
De su grande amistad haciendo alarde, A la cueva se baja de callada,
Del árbol se desprende muy ligero, Y dice a la cerdosa: «Buena amiga,
Corre, llega y abraza al compañero, Has de saber que la Águila enemiga,
Pondera la fortuna Cuando saques tus crías hacia el monte,
De haberle hallado sin lesión alguna, Las ha de devorar; así disponte.»
Y al fin le dice: «Sepas que he notado La Gata, aparentando que temía,
Que el Oso te decía algún recado. Se retiró a su cuarto, y no salía
¿Qué pudo ser?» «Diréte lo que ha sido; Sino de noche, que con maña astuta
Estas dos palabritas al oído: Abastecía su pequeña gruta.
Aparta tu amistad de la persona La Jabalina, con tan triste nueva,
Que si te ve en el riesgo, te abandona.» No salió de su cueva.
La Águila, en el ramaje temerosa
Haciendo centinela, no reposa.
En fin, a ambas familias la hambre mata,
Y de ellas hizo víveres la Gata.
Jóvenes, ojo alerta, gran cuidado;
Que un chismoso en amigo disfrazado
Con copa de amistad cubre sus trazas,
Y así causan el mal sus añagazas.
14

FABULA 21
LA LECHERA

Llevaba en la cabeza Compraré de contado


Una Lechera el cántaro al mercado Una robusta vaca y un temero,
Con aquella presteza, Que salte y corra toda la campaña,
Aquel aire sencillo, aquel agrado, Hasta el monte cercano a la cabaña.»
Que va diciendo a todo el que lo advierte Con este pensamiento
«¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!» Enajenada, brinca de manera,
Porque no apetecía Que a su salto violento
Más compañía que su pensamiento, El cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
Que alegre la ofrecía ¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
Inocentes ideas de contento, Huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.
Marchaba sola la feliz Lechera, ¡Oh loca fantasía!
Y decía entre sí de esta manera: ¡Qué palacios fabricas en el viento!
«Esta leche vendida, Modera tu alegría
En limpio me dará tanto dinero, No sea que saltando de contento,
Y con esta partida Al contemplar dichosa tu mudanza,
Un canasto de huevos comprar quiero, Quiebre su cantando la esperanza.
Para sacar cien pollos, que al estío No seas ambiciosa
Me rodeen cantando el pío, pío. De mejor o más próspera fortuna,
Del importe logrado Que vivirás ansiosa
De tanto pollo mercaré un cochino; Sin que pueda saciarte cosa alguna.
Con bellota, salvado, No anheles impaciente el bien futuro;
Berza, castaña engordará sin tino, Mira que ni el presente está seguro.
Tanto, que puede ser que yo consiga
Ver cómo se le arrastra la barriga.
Llevarélo al mercado,
Sacaré de él sin duda buen dinero;
15

FABULA 23
FABULA 22 EL ZAGAL Y LAS OVEJAS
EL ASNO SESUDO
Apacentando un joven su ganado,
Cierto Burro pacía Gritó desde la cima de un collado:
En la fresca y hermosa pradería «¡Favor! que viene el lobo, labradores.»
Con tanta paz como si aquella tierra Éstos, abandonando sus labores,
No fuese entonces teatro de la guerra. Acuden prontamente,
Su dueño, que con miedo lo guardaba, Y hallan que es una chanza solamente.
De centinela en la ribera estaba. Vuelve a clamar, y temen la desgracia;
Divisa al enemigo en la llanura, Segunda vez los burla. ¡Linda gracia!
Baja, y al buen Borrico le conjura Pero ¿qué sucedió la vez tercera?
Que huya precipitado. Que vino en realidad la hambrienta fiera.
El Asno, muy sesudo y reposado, Entonces el Zagal se desgañita,
Empieza a andar a paso perezoso. Y por más que patea, llora y grita,
Impaciente su dueño y temeroso No se mueve la gente escarmentada,
Con el marcial ruido Y el lobo le devora la manada.
De bélicas trompetas al oído, ¡Cuántas veces resulta de un engaño,
Le exhorta con fervor a la carrera. Contra el engañador el mayor daño!
«¡Yo correr! dijo el Asno, bueno fuera;
Que llegue en hora buena Marte fiero;
Me rindo, y él me lleva prisionero.
¿Servir aquí o allí no es todo uno?
¿Me pondrán dos albardas? No, ninguno.
Pues nada pierdo, nada me acobarda;
Siempre seré un esclavo con albarda.»
No estuvo más en sí ni más entero
Que el buen Pollino Amiclas el Barquero,
Cuando en su humilde choza le despierta
César, con sus soldados a la puerta,
Para que a la Calabria los guiase.
¿Se podría encontrar quien no temblase
Entre los poderosos
De insultos militares horrorosos
De la guerra enemiga?
No hay sino la pobreza que consiga
Esta gran exención: de aquí le viene.
Nada teme perder quien nada tiene.
16

FABULA 24 FABULA 25
LA ÁGUILA, LA CORNEJA EL LOBO Y LA CIGÜEÑA
Y LA TORTUGA.
Sin duda alguna que se hubiera ahogado
A una Tortuga una Águila arrebata; Un Lobo con un hueso atragantado,
La ladrona se apura y desbarata Si a la sazón no pasa una Cigüeña.
Por hacerla pedazos, El paciente la ve, hácela seña;
Ya que no con la garra, a picotazos. Llega, y ejecutiva,
Viéndola una Corneja en tal,faena, Con su pico, jeringa primitiva,
La dice: «En vano tomas tanta pena: Cual diestro cirujano,
¿No ves que es la Tortuga, cuya casa Hizo la operación y quedó sano.
Diente, cuerno ni pico la traspasa, Su salario pedía,
Y si siente que llaman a su puerta, Pero el ingrato Lobo respondía:
Se finge la dormida, sorda o muerta?» «<Tu salario? Pues ¿qué más recompensa
«Pues ¿qué he de hacer?» Que el no haberte causado leve ofensa,
«Remontarás tu vuelo, Y dejarte vivir para que cuentes
Y en mirándote allá cerca del cielo Que pusiste tu vida entre mis dientes?»
La dejarás caer sobre un peñasco, Marchó por evitar una desdicha,
Y se hará una tortilla el duro casco.» Sin decir tus ni mus, la susodicha.
La Águila, porque diestra lo ejecuta, Haz bien, dice el proverbio castellano,
Y la Comeja astuta, Y no sepas a quién; pero es muy llano
Por autora de aquella maravilla, Que no tiene razón ni por asomo:
juntamente comieron la tortilla. Es menester saber a quién y cómo.
¿Qué podrá resistirse a un poderoso El ejemplo siguiente
Guiado de un consejo malicioso? Nos hará esta verdad más evidente.
De estos tales se aparta el que es prudente;
Y así por escaparse de esta gente
Las descendientes de la tal Tortuga
A cuevas ignoradas hacen fuga.
17

FABULA 26 FABULA 28
EL HOMBRE Y LA CULEBRA. EL PESCADOR Y
EL PEZ.
A una Culebra que, de frío yerta,
En el suelo yacía medio muerta Recoge un Pescador su red tendida,
Un labrador cogió; mas fue tan bueno, Y saca un pececillo. «Por tu vida,
Que incautamente la abrigó en su seno. Exclamó el inocente prisionero,
Apenas revivió, cuando la ingrata Dame la libertad: sólo la quiero,
A su gran bienhechor traidora mata. Mira que no te engaño,
Porque ahora soy ruín; dentro de un año
FABULA 27 Sin duda lograrás el gran consuelo
EL PÁJARO HERIDO De pescarme más grande que mi abuelo.
¡Qué! ¿te burlas? ¿te ríes de mi llanto?
DE UNA FLECHA. Sólo por otro tanto
A un hermanito mío
Un Pájaro inocente, Un Señor pescador lo tiró al río.»
Herido de una flecha «¿Por otro tanto al río? ¡qué manía!
Guarnecida de acero Replicó el pescador: ¿pues no sabía
Y de plumas ligeras, Que el refrán castellano
Decía en su lenguaje Dice: ¡Más vale pájaro en la mano...!
Con amargas querellas: A sartén te condeno; que mi panza
«¡Oh crueles humanos! No se llena jamás con la esperanza.»
Más crueles que fieras,
Con nuestras propias alas,
Que la naturaleza
Nos dio, sin otras armas
Para propia defensa,
Forjáis el instrumento
De la desdicha nuestra,
Haciendo que inocentes
Prestemos la materia.
Pero no, no es extraño
Que así bárbaros sean
Aquellos que en su ruina
Trabajan, y no cesan.
Los unos y otros fraguan
Armas para la guerra,
Y es dar contra sus vidas
Plumas para las flechas.»
18

FABULA 29 FABULA 31
EL GORRIÓN Y EL CHARLATAN.
LA LIEBRE.
«Si cualquiera de ustedes
Un maldito Gorrión así decía Se da por las paredes
A una Liebre que una Águila oprimía: O arroja de un tejado,
«No eres tú tan ligera, Y queda, a buen librar, descostillado,
Que si el perro te sigue en la carrera, Yo me reiré muy bien: importa un pito,
Lo acarician y alaban como al cabo Como tenga mi bálsamo exquisito.»
Acerque sus narices a tu rabo? Con esta relación un chacharero
Pues empieza a correr, ¿qué te detiene?» Gana mucha opinión y más dinero;
De este modo la insulta, cuando viene Pues el vulgo, pendiente de sus labios,
El diestro Gavilán y la arrebata. Más quiere a un Charlatán que a veinte sabios.
El preso chilla, el prendedor lo mata; Por esta conveniencia
Y la Liebre exclamó: «Bien merecido. Los hay el día de hoy en toda ciencia,
¿Quién te mandó insultar al afligido, Que ocupan, igualmente acreditados,
Y a más, a más meterte a consejero, Cátedras, academias y tablados.
No sabiendo mirar por ti primero?» Prueba de esta verdad será un famoso
Doctor en elocuencia, tan copioso
FABULA 30 En charlatanería,
Que ofreció enseñaría
JÚPITER Y A hablar discreto con fecundo pico,
LA TORTUGA. En diez años de término, a un borrico.
Sábelo el Rey; lo llama, y al momento
A las bodas de Júpiter estaban
Le manda dé lecciones a un jumento;
Todos los animales convidados:
Pero bien entendido
Unos y otros llegaban
Que sería, cumpliendo lo ofrecido,
A la fiesta nupcial apresurados.
Ricamente premiado;
No faltaba a tan grande concurrencia
Mas cuando no, que moriría ahorcado.
Ni aun la reptil y más lejana oruga,
El doctor asegura nuevamente
Cuando llega muy tarde y con paciencia,
Sacar un orador asno elocuente.
A paso perezoso, la Tortuga.
Dícele callandito un cortesano:
Su tardanza reprende el dios airado,
«Escuche, buen hermano;
Y ella le respondió sencillamente:
Su frescura me espanta:
«Si es mi casita mi retiro amado,
A cáñamo me huele su garganta.»
¿Cómo podré dejarla prontamente?»
«No temáis, señor mío,
Por tal disculpa Júpiter tonante,
Respondió el Charlatán, pues yo me río.
Olvidando el indulto de las fiestas,
¿En diez años de plazo que tenemos,
La ley del caracol le echó al instante,
El Rey, el asno o yo no moriremos?»
Que es andar con la casa siempre a cuestas.
Nadie encuentra embarazo
Gentes machuchas hay que hacen alarde
En dar un largo plazo
De que aman su retiro con exceso;
A importantes negocios; mas no advierte
Pero a su obligación acuden tarde:
Que ajusta mal su cuenta sin la muerte.
Viven como el ratón dentro del queso.
19

FABULA 32 FABULA 33
EL MILANO Y LAS DOS RANAS.
LAS PALOMAS.
Tenían dos Ranas
Sus pastos vecinos,
A las tristes Palomas un Milano, Una en un estanque,
Sin poderlas pillar, seguía en vano; Otra en el camino.
Mas él a todas horas Cierto día a ésta
Servía de lacayo a estas señoras. Aquélla la dijo:
Un día, en fin, hambriento e ingenioso, «¡Es creíble, amiga,
Así las dice: «¿Amáis vuestro reposo, De tu mucho juicio,
Vuestra seguridad y conveniencia? Que vivas contenta
Pues creedme en mi conciencia: Entre los peligros,
En lugar de ser yo vuestro enemigo, Donde te amenazan,
Al paso preciso,
Desde ahora me obligo,
Los pies y las ruedas
Si la banda por rey me aclama luego, Riesgos infinitos!
A tenerla con sosiego, Deja tal vivienda;
Sin que de garra o pico tema agravio; Muda de destino;
Pues tocante a la paz seré un Octavio.» Sigue mi dictamen
Las sencillas palomas consintieron; Y vente conmigo.»
Aclamándole por rey, «Viva, dijeron, En tono de mofa,
Nuestro rey el Milano.» Haciendo mil mimos,
Sin esperar a más, este tirano Respondió a su amiga:
Sobre un vasallo mísero se planta; «¡Excelente aviso!
Déjalo con el viva en la garganta; ¡A mí novedades!
Vaya, ¡qué delirio!
Y continuando así sus tiranías,
Eso sí que fuera
Acabó con el reino en cuatro días. Darme el diablo ruido.
Quien al poder se acoja de un malvado ¡Yo dejar la casa
Será, en vez de feliz, un desdichado. Que fue domicilio
De padres, abuelos
Y todos los míos,
Sin que haya memoria
De haber sucedido
La menor desgracia
Desde luengos siglos!»
«Allá te compongas;
Mas ten entendido
Que tal vez sucede
Lo que no se ha visto.»
Llegó una carreta
A este tiempo mismo,
Y a la triste Rana
Tortilla la hizo.
Por hombres de seso
Muchos hay tenidos,
Que a nuevas razones
Cierran los oídos.
Recibir consejos
Es un desvarío;
La rancia costumbre
Suele ser su libro.
20

FABULA 34 FABULA 35
EL PARTO DE LAS RANAS
LOS MONTES. PIDIENDO REY.

Con varios ademanes horrorosos Sin Rey vivía, libre, independiente,


Los montes de parir dieron señales; El pueblo de las Ranas felizmente.
Consintieron los hombres temerosos La amable libertad sola reinaba
Ver nacer los abortos más fatales. En la inmensa laguna que habitaba;
Después que con bramidos espantosos Mas las Ranas al fin un Rey quisieron,
Infundieron pavor a los mortales, A Júpiter excelso lo pidieron;
Estos montes, que al mundo estremecieron, Conoce el dios la súplica importuna,
Un ratoncillo fue lo que parieron. Y arroja un Rey de palo a la laguna:
Hay autores que en voces misteriosas Debió de ser sin duda buen pedazo,
Estilo fanfarrón y campanudo Pues dio su majestad tan gran porrazo,
Nos anuncian ideas portentosas; Que el ruido atemoriza al reino todo;
Pero suele a menudo Cada cual se zambulle en agua o lodo,
Ser el gran parto de su pensamiento, Y quedan en silencio tan profundo
Después de tanto ruido sólo viento. Cual si no hubiese ranas en el mundo.
Una de ellas asoma la cabeza,
Y viendo a la real pieza,
Publica que el monarca es un zoquete.
Congrégase la turba, y por juguete
Lo desprecian, lo ensucian con el cieno,
Y piden otro Rey, que aquél no es bueno.
El padre de los dioses, irritado,
Envía a un culebrón, que a diente airado
Muerde, traga, castiga,
Y a la mísera grey al punto obliga
A recurrir al dios humildemente.
«Padeced, les responde, eternamente;
Que así castigo a aquel que no examina
Si su solicitud será su ruina.»
21

FABULA 37
FABULA 36 EL CORDERO Y
EL ASNO Y EL LOBO.
EL CABALLO.
Uno de los corderos mamantones,
«¡Ah! ¡quién fuese Caballo! Que para los glotones
Un Asno melancólico decía; Se crían, sin salir jamás al prado,
Entonces sí que nadie me vería Estando en la cabaña muy cerrado,
Flaco, triste y fatal como me hallo. Vio por una rendija de la puerta
Tal vez un caballero Que el caballero Lobo estaba alerta,
Me mantendría ocioso y bien comido, En silencio esperando astutamente
Dándose su merced por muy servido Una calva ocasión de echarle el diente.
Con corvetas y saltos de carnero. Mas él, que bien seguro se miraba,
Trátanme ahora como vil y bajo; Así lo provocaba:
De risa sirve mi contraria suerte; «Sepa usted, señor Lobo, que estoy preso,
Quien me apalea más, más se divierte, Porque sabe el pastor que soy travieso;
Y menos como cuando más trabajo. Mas si él no fuese bobo,
No es posible encontrar sobre la tierra No habría ya en el mundo ningún Lobo.
Infeliz como yo.» Tal se juzgaba, Pues yo corriendo libre por los cerros,
Cuando al Caballo ve cómo pasaba, Sin pastores ni perros,
Con su jinete y armas, a la guerra. Con sólo mi pujanza y valentía
Entonces conoció su desatino, Contigo y con tu raza acabaría.»
Rióse de corvetas y regalos, «Adiós, exclamó el Lobo, mi esperanza
Y dijo: «Que trabaje y lluevan palos, De regalar a mi vacía panza.
No me saquen los dioses de Pollino.» Cuando este miserable me provoca
Es señal de que se halla de mi boca
Tan libre como el cielo de ladrones.»
Así son los cobardes fanfarrones,
Que se hacen en los puestos ventajosos
Más valentones cuanto más medrosos.
22

FABULA 38 FABULA 39
LAS CABRAS Y EL CABALLO Y
LOS CHIVOS. EL CIERVO.

Desde antaño en el mundo Perseguía un Caballo vengativo


Reina el vano deseo A un Ciervo que le hizo leve ofensa;
De parecer iguales Mas hallaba segura la defensa
A los grandes señores los plebeyos. En veloz carrera el fugitivo.
Las Cabras alcanzaron El vengador, perdida la esperanza
Que Júpiter excelso De alcanzarlo, y lograr así su intento,
Les diese barba larga Al hombre le pidió su valimiento
Para su autoridad y su respeto. Para tomar del ofensor venganza.
Indignados los Chivos Consiente el hombre, y el Caballo airado
De que su privilegio Sale con su jinete a la campaña;
Se extendiese a las Cabras, Corre con dirección, sigue con maña,
Lampiñas con razón en aquel tiempo, Y queda al fin del ofensor vengado.
Sucedió la discordia Muéstrase al bienhechor agradecido;
Y los amargos celos Quiere marcharse libre de su peso;
A la paz octaviana Mas desde entonces mismo quedó preso,
Con que fue gobernado el barbón pueblo. Y eternamente al hombre sometido.
Júpiter dijo entonces, El Caballo que suelto y rozagante
Acudiendo al remedio: En el frondoso bosque y prado ameno
«¿Qué importa que las Cabras Su libertad gozaba tan de lleno,
Disfruten un adorno propio vuestro Padece sujeción desde ese instante.
Si es mayor ignominia Oprimido del yugo ara la tierra;
De su vano deseo, Pasa tal vez la vida más amarga;
Siempre que no igualaren Sufre la silla, freno, espuela, carga,
En fuerzas y valor a vuestro cuerpo?» Y aguanta los horrores de la guerra.
El mérito aparente En fin perdió la libertad amable
Es digno de desprecio; Por vengar una ofensa solamente.
La virtud solamente Tales los frutos son que ciertamente
Es del hombre el ornato verdadero. Produce la venganza detestable.
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FABULA 40
EL ÁGUILA Y
EL CUERVO.
Como pájaro en liga prisionero.
A Don Tomás de Iriarte Hacen de él los pastores vil juguete,
En mis versos, Iriarte, Para castigo de su intento necio.
Ya no quiero más arte Bien merece la burla y el desprecio
Que poner a los tuyos por modelo. El Cuervo que a ser Águila se mete.
A competir anhelo El viejo me ha dictado esta patraña,
Con tu numen, que el sabio mundo admira, y astutamente así me desengaña.
Si me prestas tu lira, Esa facilidad, esa destreza,
Aquélla en que tocaron dulcemente Con que arrebató el Águila su pieza,
Música y Poesia juntamente. Fue la que engañó al Cuervo, pues creía
Esto no puede ser: ordena Apolo Que otro tanto a lo menos él haría.
Que, digno sólo tú, la pulses solo. Mas ¿qué logró? Servirme de escarmiento.
¿Y, por qué sólo tú? Pues cuando menos, ¡Ojalá que sirviese a más de ciento,
¿No he de hacer versos fáciles, amenos, Poetas de mal gusto inficionados,
Sin ambicioso ornato? Y dijesen, cual yo, desengañados:
¿Gastas otro poético aparato? «El Águila eres tú, divino Iriarte;
Si tú sobre el Parnaso te empinases, Ya no pretendo más sino admirarte:
Y desde allí cantases: Sea tuyo el laurel, tuya la gloria,
Risco tramonto de época altanera, Y no sea yo el cuervo de la historia!»
«Góngora que te siga», te dijera;
Pero si vas marchando por el llano,
Cantándonos en verso castellano
Cosas claras, sencillas, naturales,
Y todas ellas tales,
Que aun aquel que no entiende poesía
Dice: Eso yo también me lo diría;
¿Por qué no he de imitarte, y aun acaso
Antes que tú trepar por el Parnaso?
No imploras las sirenas ni las musas,
Ni de númenes usas,
Ni aun siquiera confias en Apolo.
A la naturaleza imploras solo,
Y ella, sabia, te dicta sus verdades.
Yo te imito: no invoco a las deidades,
Y por mejor consejo,
Sea mi sacro numen cierto viejo,
Esopo digo. Díctame, machucho,
Una de tus patrañas; que te escucho.
Una Águila rapante,
Con vista perspicaz, rápido vuelo,
Descendiendo veloz de junto al cielo,
Arrebató un cordero en un instante.
Quiere un Cuervo imitarla: de un carnero
En el vellón sus uñas hacen presa;
Queda enredado entre la lana espesa,
24

FABULA 41
LOS ANIMALES
De los viles cornudos animales
CON PESTE.
Los sacros dientes y las uñas reales.»
Trató la corte al Rey de escrupuloso.
En los montes, los valles y collados, Allí del Tigre, de la Onza y Oso
De animales poblados, Se oyeron confesiones
Se introdujo la peste de tal modo, De robos y de muertes a millones;
Que en un momento lo inficiona todo. Mas entre la grandeza, sin lisonja,
Allí, donde su corte el León tenía, Pasaron por escrúpulos de monja.
Mirando cada día El Asno, sin embargo, muy confuso
Las cacerías, luchas y carreras Prorrumpió: «Yo me acuso
De mansos brutos y de bestias fieras, Que al pasar por un trigo este verano,
Se veían los campos ya cubiertos Yo hambriento y él lozano,
De enfermos miserables y de muertos. Sin guarda ni testigo,
«Mis amados hermanos, Caí en la tentación: comí del trigo.»
Exclamó el triste Rey, mis cortesanos, «¡Del trigo! ¡y un jumento!
Ya véis que el justo cielo nos obliga Gritó la Zorra, ¡horrible atrevimiento!»
A implorar su piedad, pues nos castiga Los cortesanos claman: «Éste, éste
Con tan horrenda plaga: Irrita al cielo, que nos da la peste.»
Tal vez se aplacará con que se le haga Pronuncia el Rey de muerte la sentencia.
Sacrificio de aquel más delincuente, Y ejecutóla el Lobo a su presencia.
Y muera el pecador, no el inocente. Te juzgarán virtuoso
Confiese todo el mundo su pecado. Si eres, aunque perverso, poderoso;
Yo, cruel, sanguinario, he devorado Y aunque bueno, por malo detestable
Inocentes corderos, Cuando te miran pobre y miserable.
Ya vacas, ya terneros, Esto hallará en la corte quien la vea
Y he sido, a fuerza de delito tanto, Y aún en el mundo todo. ¡Pobre Astrea!
De la selva terror, del bosque espanto.»
«Señor, dijo la Zorra, en todo eso
No se halla más exceso
Que el de vuestra bondad, pues que se digna
De teñir en la sangre ruin, indigna,
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FABULA 42 FABULA 43
EL MILANO EL LEÓN
ENFERMO. ENVEJECIDO.

Un Milano, después de haber vivido Al miserable estado


Con la conciencia peor que un forajido, De una cercana muerte reducido
Enfermó gravemente. Estaba ya postrado
Supuesto que el paciente Un viejo León, del tiempo consumido,
Ni a Galeno ni a Hipócrates leía, Tanto más infeliz y lastimoso,
A bulto conoció que se moría. Cuanto había vivido más dichoso.
A los dioses desea ver propicios, Los que cuando valiente
Y ofrecerles entonces sacrificios Humildes le rendían vasallaje,
Por medio de su madre, que, afligida, Al verlo decadente,
Rogaría sin duda por su vida. Acuden a tratarle con ultraje;
Mas ésta le responde: «Desdichado, Que como la experiencia nos enseña,
¿Cómo podré alcanzar para un malvado De árbol caído todos hacen leña.
De los dioses clemencia, Cebados a portea,
Si en vez de darles culto y reverencia, Lo sitiaban sangrientos y feroces.
Ni aun perdonaste a víctima sagrada, El lobo le mordía,
En las aras divinas inmolada?» Tirábale el caballo fuertes coces,
Así queremos irritando al cielo Luego le daba el toro una cornada,
Que en la tribulación nos dé consuelo. Después el jabalí su dentellada.
Sufrió constantemente
Estos insultos, pero reparando
Que hasta el asno insolente
Iba a ultrajarle, falleció clamando:
«Esto es doble morir; no hay sufrimiento,
Porque muero injuriado de un jumento.»
Si en su mudable vida
Al hombre la fortuna ha derribado
Con mísera caída
Desde donde lo había ella encumbrado
¿Qué ventura en el mundo se promete
Si aun de los viles llega a ser juguete?
26

FABULA 44 FABULA 45
LA ZORRA Y LA CIERVA Y
LA GALLINA. EL LEÓN.

Una Zorra, cazando, Más ligera que el viento,


De corral en corral iba saltando; Precipitada huía
A favor de la noche, en una aldea Una inocente Cierva,
Oye al gallo cantar: maldito sea. De un cazador seguida.
Agachada y sin ruido, En una oscura gruta,
A merced del olfato y del oído, Entre espesas encinas,
Marcha, llega, y oliendo a un agujero, Atropelladamente
«Este es», dice, y se cuela al gallinero. Entró la fugitiva.
Las aves se alborotan, menos una, Mas ¡ay! que un León sañudo,
Que estaba en cesta como niño en cuna, Que allí mismo tenía
Enferma gravemente. Su albergue, y era susto
Mirándola la Zorra astutamente, De la selva vecina,
La pregunta: «¿Qué es eso, pobrecita? Cogiendo entre sus garras
¿Cuál es tu enfermedad? ¿Tienes pepita? A la res fugitiva,
Habla; ¿cómo la pasas, desdichada?» Dio con cruel fiereza
La enferma la responde apresurada: Fin sangriento a su vida.
«Muy mal me va, señora, en este instante; Si al evitar los riesgos
Muy bien si usted se quita de delante.» La razón no nos guía,
Cuántas veces se vende un enemigo, Por huir de un tropiezo,
Como gato por liebre, por amigo; Damos mortal caída.
Al oír su fingido cumplimiento,
Respondiérale yo para escarmiento:
«Muy mal me va, señor, en este instante;
Muy bien si usted se quita de delante.»
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FABULA 46 FABULA 47
EL LEON CONGRESO DE
ENAMORADO. LOS RATONES.

Amaba un León a una zagala hermosa; Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio,
Pidióla por esposa Que después de las aguas del diluvio
A su padre, pastor, urbanamente. Fue padre universal de todo gato,
El hombre, temeroso mas prudente, Ha sido Miauragato
Le respondió: «Señor, en mi conciencia, Quien más sangrientamente
Que la muchacha logra conveniencia; Persiguió a la infeliz ratona gente.
Pero la pobrecita, acostumbrada Lo cierto es que, obligada
A no salir del prado y la majada, De su persecución la desdichada,
Entre la mansa oveja y el cordero, En Ratópolis tuvo su congreso.
Recelará tal vez que seas fiero. Propuso el elocuente Roequeso
No obstante, bien podremos, si consientes, Echarle un cascabel, y de esa suerte
Cortar tus uñas y limar tus dientes, Al ruido escaparían de la muerte.
Y así verá que tiene tu grandeza El proyecto aprobaron uno a uno,
Cosas de majestad, no de fiereza.» ¿Quién lo ha de ejecutar? eso ninguno.
Consiente el manso León enamorado, «Yo soy corto de vista. Yo muy viejo.
Y el buen hombre lo deja desarmado; Yo gotoso», decían. El concejo
Da luego su silbido: Se acabó como muchos en el mundo.
Llegan el Matalobos y Atrevido, Proponen un proyecto sin segundo:
Perros de su cabaña; de esta suerte Lo aprueban: hacen otro. ¡Qué portento!
Al indefenso León dieron la muerte. Pero ¿la ejecución? Ahí está el cuento.
Un cuarto apostaré a que en este instante
Dice, hablando del León, algún amante,
Que de la misma muerte haría gala,
Con tal que se la diese la zagala.
Deja, Fabio, el amor, déjalo luego;
Mas hablo en vano, porque, siempre ciego,
No ves el desengaño,
Y así te entregas a tu propio daño.
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FABULA 48 FABULA 49
EL LOBO Y EL HOMBRE Y
LA OVEJA. LA PULGA.

Cruzando montes y trepando cerros, «Oye, Júpiter sumo, mis querellas,


Aquí mato, allí robo, Y haz, disparando rayos y centellas,
Andaba cierto Lobo, Que muera este animal vil y tirano,
Hasta que dio en las manos de los perros. Plaga fatal para el linaje humano;
Mordido y arrastrado Y si vos no lo hacéis, Hércules sea
Fue de sus enemigos cruelmente; Quien acabe con él y su ralea.»
Quedó con vida milagrosamente, Este es un Hombre que a los dioses clama,
Mas inválido, al fin, y derrotado. Porque una Pulga le picó en la cama;
Iba el tiempo curando su dolencia; Y es justo, ya que el pobre se fatiga,
El hambre al mismo tiempo le afligía; Que de Júpiter y Hércules consiga,
Pero como cazar aún no podía, De éste, que viva despulgando sayos;
Con las yerbas hacía penitencia. De aquél, matando pulgas con sus rayos.
Una Oveja pasaba, y él la dice: Tenemos en el cielo los mortales
«Amiga, ven acá, llega al momento; Recurso en las desdichas y en los males,
Enfermo estoy y muero de sediento: Mas se suele abusar frecuentemente
Socorre con el agua a este infelice.» Por lograr un antojo impertinente.
«¿Agua quieres que yo vaya a llevarte?
Le responde la Oveja recelosa;
Dime pues una cosa:
¿Sin duda que será para enjuagarte,
Limpiar bien el garguero,
Abrir el apetito,
Y tragarme después como a un pollito?
Anda, que te conozco, marrullero.»
Así dijo, y se fue; si no, la mata.
¡Cuánto importa saber con quién se trata!
29

Mas llevamos a bien nuestro destino;


FABULA 50 Y así nos premia Júpiter divino,
EL CUERVO Y Repartiendo entre todas cada día
LA SERPIENTE. La salud, el sustento y alegría.»
Es de suma importancia
Tener en los trabajos tolerancia;
Pilló el Cuervo dormida a la Serpiente,
Pues la impaciencia en la contraria suerte
Y al quererse cebar en ella hambriento,
Es un mal más amargo que la muerte.
Le mordió venenosa. Sepa el cuento
Quien sigue a su apetito incautamente.
FABULA 52
EL ASNO Y
FABULA 51 EL PERRO.
EL ASNO Y
LAS RANAS. Un Perro y un Borrico caminaban,
Sirviendo a un mismo dueño;
Muy cargado de leña un burro viejo, Rendido éste del sueño,
Triste armazón de huesos y pellejo, Se tendió sobre el prado que pasaban.
Pensativo, según lo cabizbajo, El Borrico entretanto aprovechado
Caminaba llevando con trabajo Descansa y pace; mas el Perro, hambriento,
Su débil fuerza la pesada carga. «Bájate, le decía, buen jumento;
El paso tardo, la carrera larga, Pillaré de la alforja algún bocado.»
Todo, al fin, contra el mísero se empeña, El Asno se le aparta como en chanza;
El camino, los años y la leña. El Perro sigue al lado del Borrico,
Entra en una laguna el desdichado, Levantando las manos y el hocico,
Queda profundamente empantanado. Como perro de ciego cuando danza.
Viéndose de aquel modo «No seas bobo, el Asno le decía;
Cubierto de agua y lodo, Espera a que nuestro amo se despierte,
Trocando lo sufrido en impaciente, Y será de esta suerte
Contra el destino dijo neciamente El hambre más, mejor la compañía.»
Expresiones ajenas de sus canas; Desde el bosque entre tanto sale un lobo:
Mas las vecinas Ranas, Pide el Asno favor al compañero;
Al oír sus lamentos y quejidos, En lugar de ladrar, el marrullero
Las unas se tapaban los oídos, Con fisga respondió: «No seas bobo;
Las otras, que prudentes le escuchaban, Espera a que nuestro amo se despierte;
Reprendíanle así y aconsejaban: Que pues me aconsejaste la paciencia,
«Aprenda el mal jumento Yo la sabré tener en mi conciencia,
A tener sufrimiento; Al ver al lobo que te da la muerte.»
Que entre las que habitamos la laguna El Pollino murió, no hay que dudarlo;
Ha de encontrar lección muy oportuna. Mas si resucitara
Por Júpiter estamos condenadas Corriendo el mundo a todos predicara:
A vivir sin remedio encenagadas Prestad auxilio si queréis hallarlo.
En agua detenida, lodo espeso,
Y a más de todo eso,
Aquí perpetuamente nos encierra,
Sin esperanza de correr la tierra,
Cruzar el anchuroso mar profundo,
Ni aun saber lo que pasa por el mundo.
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FABULA 53 FABULA 54
EL LEON Y EL CHARLATÁN
EL ASNO CAZANDO. Y EL RÚSTICO.

Su majestad leonesa en compañía «Lo que jamás se ha visto ni se ha oído


De un Borrico se sale a montería. Verán ustedes. atención les pido.»
En la parte al intento acomodada, Así decía un Charlatán famoso,
Formando el mismo León una enramada, Cercado de un concurso numeroso.
Mandó al Asno que en ella se ocultase En efecto, quedando todo el mundo
Y que de tiempo en tiempo rebuznase, En silencio profundo,
Como trompa de caza en el ojeo. Remedó a un cochinillo de tal modo,
Logró el Rey su deseo, Que el auditorio todo,
Pues apenas se vio bien apostado, Creyendo que lo tiene y que lo tapa,
Cuando al son del rebuzno destemplado, Atumultuado grita: «Fuera capa.»
Que los montes y valles repetían, Descubrióse, y al ver que nada había,
A su selvoso albergue se volvían Con víctores lo aclaman a porfía.
Precipitadamente «Pardiez, dijo un patán, que yo prometo
Las fieras enemigas juntamente, Para mañana, hablando con respeto,
Y en su cobarde huida, Hacer el puerco más perfectamente;
En las garras del León pierden la vida. Si no, que me la claven en la frente.»
Cuando el Asno se halló con los despojos Con risa prometió la concurrencia
De devoradas fieras a sus ojos, A burlarse del payo su asistencia;
Dijo: «Pardiez, si llego más temprano, Llegó la hora, todos acudieron:
A ningún muerto dejo hueso sano.» No bien al Charlatán gruñir oyeron,
A tal fanfarronada Gentes a su favor preocupadas,
Soltó el Rey una grande carcajada; «Viva», dicen, al son de las palmadas.
Y es que jamás convino Sube después el Rústico al tablado
Hacer del andaluz al vizcaíno. Con un bulto en la capa, y embozado
Imita al Charlatán en la postura
De fingir que un lechón tapar procura;
Mas estaba la gracia en que era el bulto
Un marranillo que tenía oculto.
Tírale callandito de la oreja:
Gruñendo en tiple el animal se queja;
Pero al creer que es remedo el tal gruñido,
Aquí se oía un fuera, allí un silbido,
Y todo el mundo queda
En que es el otro quien mejor remeda.
El Rústico descubre su marrano;
Al público le enseña, y dice ufano:
«¿Así juzgan ustedes?»
¡Oh preocupación, y cuánto puedes!
31

Cuánto el ciego amor propio nos engaña.


FABULA 55 FABULA 56
LA MONA EL ASNO Y
CORRIDA. JÚPITER.
El autor a sus versos «No sé cómo hay jumento
Fieras, aves y peces Que, teniendo un adarme de talento,
Corren, vuelan y nadan, Quiera meterse a burro de hortelano.
Porque Júpiter sumo Llevo a la plaza desde muy temprano
A general congreso a todos llama. Cada día cien cargas de verdura,
Con sus hijos se acercan, Vuelvo con otras tantas de basura,
Y es que un premio señala Y para minorar mi pesadumbre,
Para aquel cuya prole Un criado me azota por costumbre.
En hermosura lleve la ventaja. Mi vida es ésta; ¿qué será mi muerte,
El alto regio trono Como no mude Júpiter mi suerte?»
La multitud cercaba, Un Asno de este modo se quejaba.
Cuando en la concurrencia El dios, que sus lamentos escuchaba,
Se sentía decir: la Mona falta. Al dominio le entrega de un tejero.
«Ya llega», dijo entonces «Esta vida, decía, no la quiero:
Una habladora urraca, Del peso de las tejas oprimido,
Que, como centinela, Bien azotado, pero mal comido,
En la alta punta de un ciprés estaba. A Júpiter me voy con el empeño
Entra rompiendo filas, De lograr nuevo dueño.»
Con su cachorro ufana, Envióle a un curtidor; entonces dice:
Y ante el excelso trono «Aun con este amo soy más infelice.
El premio pide de hermosura tanta. Cargado de pellejos de difunto
El dios Júpiter quiso, Me hace correr sin sosegar un punto,
Al ver tan fea traza, Para matarme sin llegar a viejo,
Disimular la risa, Y curtir al instante mi pellejo.»
Pero se le soltó la carcajada. Júpiter, por no oír tan largas quejas,
Armóse en el concurso Se tapó lindamente las orejas,
Tal burla y algazara, Y a nadie escucha, desde el tal pollino,
Que corrida la Mona, Si le hablan de mudanza de destino.
A Tetuán se volvió desengañada. Sólo en verso se encuentran los dichosos,
¿Es creíble, señores, Que viven ni envidiados ni envidiosos.
Que yo mismo pensara La espada por feliz tiene al arado,
En consagrar a Apolo Como el remo a la pluma y al cayado;
Mis versos, como dignos de su gracia? Mas se tiene por míseros en suma
Cuando, por mi fortuna, Remo, espada, cayado, esteva y pluma.
Me encontré esta mañana, Pues ¿a qué estado el hombre llama bueno?
Continuando mi obrilla, Al propio nunca; pero sí al ajeno.
Este cuento moral, esta patraña,
Yo dije a mi capote:
¡Con qué chiste, qué gracia
Y qué vivos colores
El jorobado Esopo me retrata!
Mas ya mis producciones
Miro con desconfianza,
Porque aprendo en la Mona
32

FABULA 59
FABULA 57 EL ENFERMO Y
EL CAZADOR EL MÉDICO.
Y LA PERDIZ.
Un miserable Enfermo se moría,
Una Perdiz en celo reclamada Y el Médico importuno le decía:
Vino a ser en la red aprisionada. «Usted se muere; yo se lo confieso;
Al Cazador la mísera decía: Pero por la alta ciencia que profeso,
«Si me das libertad, en este día Conozco, y le aseguro firmemente,
Te he de proporcionar un gran consuelo. Que ya estuviera sano,
Por ese campo extenderé mi vuelo; Si se hubiese acudido más temprano
Juntaré a mis amigas en bandadas, Con el benigno clister detergente.»
Que guiaré a tus redes, engañadas, El triste Enfermo, que lo estaba oyendo,
Y tendrás, sin costarte dos ochavos, Volvió la espalda al Médico, diciendo:
Doce perdices como doce pavos.» «Señor Galeno, su consejo alabo.
«¡Engañar y vender a tus amigas! Al asno muerto la cebada al rabo.»
¿Y así crees que me obligas? Todo varón prudente
Respondió el Cazador; pues no, señora; Aconseja en el tiempo conveniente;
Muere, y paga la pena de traidora.» Que es hacer de la ciencia vano alarde
La Perdiz fue bien muerta; no es dudable. Dar el consejo cuando llega tarde.
La traición, aun soñada, es detestable.

FABULA 58
EL VIEJO Y
LA MUERTE.

Entre montes, por áspero camino,


Tropezando con una y otra peña,
Iba un Vejo cargado con su leña,
maldiciendo su mísero destino.
Al fin cayó, y viéndose de suerte
Que apenas levantarse ya podía,
Llamaba con colérica porfía
Una, dos y tres veces a la Muerte.
Armada de guadaña, en esqueleto,
La Parca se le ofrece en aquel punto;
Pero el Viejo, temiendo ser difunto,
Lleno más de terror que de respeto,
Trémulo la decía y balbuciente:
«Yo ... señora... os llamé desesperado;
Pero... «Acaba; ¿qué quieres, desdichado?»
«Que me cargues la leña solamente.»
Tenga paciencia quien se cree infelice;
Que aun en la situación más lamentable
Es la vida del hombre siempre amable:
El Viejo de la leña nos lo dice.
33

FABULA 60 FABULA 62
LA ZORRA Y EL ASNO CARGADO
LAS UVAS. DE RELIQUIAS.

Es voz común que a más del mediodía, De reliquias cargado,


En ayunas la Zorra iba cazando; Un Asno recibía adoraciones,
Halla una parra, quédase mirando Como si a él se hubiesen consagrado
De la alta vid el fruto que pendía. Reverencias, inciensos y oraciones.
Cansábala mil ansias y congojas
En lo vano, lo grave y lo severo
No alcanzar a las uvas con la garra,
Al mostrar a sus dientes la alta parra Que se manifestaba,
Negros racimos entre verdes hojas. Hubo quien conoció que se engañaba,
Miró, saltó y anduvo en probaduras, Y le dijo: «Yo infiero
Pero vio el imposible ya de fijo. De vuestra vanidad vuestra locura;
Entonces fue cuando la Zorra dijo: El reverente culto que procura
«No las quiero comer. No están maduras.» Tributar cada cual este momento,
No por eso te muestres impaciente, No es dirigido a vos, señor Jumento,
Que sólo va en honor, aunque lo sientas,
Si te se frustra, Fabio, algún intento: De la sagrada carga que sustentas.»
Aplica bien el cuento, Cuando un hombre sin mérito estuviere
Y di: No están maduras, frescamente.
En elevado empleo o gran riqueza,
Y se ensoberbeciere
FABULA 61 Porque todos le bajan la cabeza,
LA CIERVA Y Para que su locura no prosiga
LA VIÑA. Tema encontrar tal vez con quien le diga:
«Señor jumento no se engría tanto;
Huyendo de enemigos cazadores
Que si besan la peana es por el santo.»
Una Cierva ligera;
Siente ya fatigada en la carrera
Más cercanos los perros y ojeadores.
No viendo la infeliz algún seguro
Y vecino paraje
De gruta o de ramaje,
Crece su timidez, crece su apuro.
Al fin, sacando fuerzas de flaqueza,
Continúa la fuga presurosa;
Halla al paso una Viña muy frondosa,
Y en lo espeso se oculta con presteza.
Cambia el susto y pesar en alegría,
Viéndose a paz y a salvo en tan buen hora. Olvida el
bien, y de
su defensora
Los frescos verdes pámpanos comía.
Mas ¡ay! que de esta suerte,
Quitando ella las hojas de delante,
Abrió puerta a la flecha penetrante,
Y el listo Cazador la dio la muerte.
Castigó con la pena merecida
El justo cielo a la cierva ingrata.
Mas ¿qué puede esperar el que maltrata
Al mismo que le está dando la vida?
34

FABULA 63 ¡Oh suerte desgraciada!


LOS DOS MACHOS. Presente tienes mi vejez cansada,
Y mis robustos años en olvido.
Mas ¿para qué me mato,
Dos Machos caminaban: el primero,
Si no he de conseguir cosa ninguna?
Cargado de dinero,
Es ladrar a la luna
Mostrando su penacho envanecido,
El alegar servicios al ingrato»
Iba marchando erguido
Al son de los redondos cascabeles.
El segundo, desnudo de oropeles, FABULA 65
Con un pobre aparejo solamente, LA TORTUGA Y
Alargando el pescuezo eternamente, EL ÁGUILA.
Seguía de reata su jornada,
Cargado de costales de cebada. Una Tortuga a una Águila rogaba
Salen unos ladrones, y al instante La enseñase a volar; así la hablaba:
Asieron de la rienda al arrogante; «Con sólo que me des cuatro lecciones,
Él se defiende, ellos le maltratan, Ligera volaré por las regiones;
Y después que el dinero le arrebatan, Ya remontando el vuelo
Huyen, y dice entonces el segundo: Por medio de los aires hasta el cielo,
«Si a estos riesgos exponen en el mundo Veré cercano al sol y las estrellas,
Las riquezas, no quiero, a fe de Macho, Y otras cien cosas bellas;
Dinero, cascabeles ni penacho.» Ya rápida bajando,
De ciudad en ciudad iré pasando;
FABULA 64 Y de este fácil, delicioso modo,
EL CAZADOR Lograré en pocos días verlo todo.»
Y EL PERRO. La Águila se rió del desatino;
La aconseja que siga su destinó,
Cazando torpemente con paciencia,
Mustafá, perro viejo,
Pues lo dispuso así la Providencia.
Lebrel en montería ejercitado,
Ella insiste en su antojo ciegamente.
Y de antiguas heridas señalado
La reina de las aves prontamente
A colmillo y a cuerno su pellejo,
La arrebata, la lleva por las nubes.
Seguía a un jabalí sin esperanza
«Mira, la dice, mira cómo subes.»
De poderle alcanzar; pero, no obstante,
Y al preguntarla, digo, «¿vas contenta?»
Aguzándole su amo a cada instante,
Se la deja caer y se revienta.
A duras penas Mustafá le alcanza.
Para que así escarmiente
El cerdoso valiente
Quien desprecia el consejo del prudente.
No escuchaba recados a la oreja;
Y así, su resistencia no le deja
Cebar al Perro su cansado diente;
Con airado colmillo le rechaza,
Y bufando se marcha victorioso.
El cazador, furioso,
Reniega del Lebrel y de su raza.
«Viejo estoy, le responde, ya lo veo;
Mas di: ¿sin Mustafá cuándo tuvieras
Las pieles y cabezas de las fieras
En tu casa, de abrigo y de trofeo?
Miras a lo que soy, no a lo que he sido.
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FABULA 66 Que al fin se lo comió. «¡Quién lo dijera!


EL LADRÓN. ¡Haber yo devorado un inocente!»
Así clamaba, pero fríamente.
Lo cierto es que, llevado de aquel cebo,
Por catar una colmena
Con más facilidad cayó de nuevo.
Cierto goloso Ladrón,
La ocasión se repite
Del venenoso aguijón
De uno en otro convite,
Tuvo que sufrir la pena.
Y de una codorniz a una becada,
«La miel, dice, está muy buena:
Llegó el joven, al fin de la jornada,
Es un bocado exquisito;
Olvidando sus máximas primeras,
Por el aguijón maldito
A ser devorador como las fieras.
No volveré al colmenar.»
De esta suerte los vicios se insinúan
¡Lo que tiene el encontrar
Crecen, se perpetúan
La pena tras el delito!
Dentro del corazón de los humanos
Hasta ser sus señores y tiranos.
FABULA 67 Pues ¿qué remedio?... Incautos jovencitos
EL JOVEN FILÓSOFO Cuenta con los primeros pajaritos.
Y SUS COMPAÑEROS.

Un joven, educado
Con el mayor cuidado
Por un viejo Filósofo profundo,
Salió por fin a visitar el mundo.
Concurrió cierto día,
Entre civil y alegre compañía,
A una mesa abundante y primorosa.
«¡Espectáculo horrendo! ¡fiera cosa!
¡La mesa de cadáveres cubierta
A la vista del hombre!... ¡Y éste acierta
A comer los despojos de la muerte!»
El joven declamaba de esta suerte.
Al son de filosóficas razones,
Devorando perdices y pichones,
Le responden algunos concurrentes:
«Si usted ha de vivir entre las gentes,
Deberá hacerse a todo.»
Con un gracioso modo,
Alabando el bocado de exquisito,
Le presentan un gordo pajarito.
«Cuanto usted ha exclamado será cierto;
Mas, en fin, le decían, ya está muerto.
Pruébelo por su vida... Considere
Que otro le comerá, si no le quiere.»
La ocasión, las palabras, el ejemplo,
Y según yo contemplo,
Yo no sé qué olorcillo
Que exhalaba el caliente pajarillo,
Al joven persuadieron de manera,
36

FABULA 68 Mis cuernos que sus garras y sus dientes?


Pues ¿por qué los villanos carniceros
EL ELEFANTE, Han de comer mis vacas y terneros?
EL TORO, EL ASNO Y si no se contentan
Y LOS DEMÁS Con las hojas y yerbas, que alimentan
ANIMALES. En los bosques y prados
A los más generosos y esforzados,
Que muerdan de mis cuernos al instante,
Los mansos y los fieros animales, O si no, de la trompa al Elefante.»
A que se remediasen ciertos males La asamblea aprobó cuanto decía
Desde los bosques llegan, El Toro con razón y valentía.
Y en la rasa campaña se congregan. Seguíase a los dos en el asiento,
Desde la más pelada y alta roca Por falta de buen orden, el Jumento,
Un Asno trompetero los convoca. Y con rubor expuso sus razones.
El concurso ya junto, «Los milanos, prorrumpe, y los halcones
Instruido también en el asunto (No ofendo a los presentes, ni quisiera),
(Pues a todos por Júpiter previno Sin esperar tampoco a que me muera,
Con cédula ante diem el pollino), Hallan para sus uñas y su pico
Imponiendo silencio el Elefante, Estuche entre los lomos del borrico.
Así dijo: «Señores, es constante Ellos querrán ahora, como bobos,
En todo el vasto mundo Comer la yerba a los señores lobos.
Que yo soy en lo fuerte sin segundo: Nada menos: aprendan los malditos
Los árboles arranco con la mano, De las chochaperdices o chorlitos,
Venzo al león, y es llano Que, sin hacer a los jumentos guerra,
Que un golpe de mi cuerpo en la muralla Envainan sus picotes en la tierra;
Abre sin duda brecha. A la batalla Y viva todo el mundo santamente,
Llevo todo un castillo guarnecido; Sin picar ni morder en lo viviente.»
En la paz y en la guerra soy tenido «Necedad, disparate, impertinencia»,
Por un bruto invencible, Gritaba aquí y allí la concurrencia.
No sólo por mi fuerza irresistible, «Haya silencio, claman, haya modo.»
Por mi gordo coleto y grave masa, Alborótase todo:
Que hace temblar la tierra donde pasa. Crece la confusión, la grita crece;
Mas, señores, con todo lo que cuento, Por más que el Elefante se enfurece,
Sólo de vegetales me alimento, Se deshizo en desorden la asamblea.
Y como a nadie daño, soy querido, Adiós, gran pensamiento; adiós, idea.
Mucho más respetado que temido. Señores animales, yo pregunto:
Aprended, pues, de mí, crueles fieras, ¿Habló el Asno tan mal en el asunto?
Las que hacéis profesión de carniceras, ¿Discurrieron tal vez con más acierto
Y no hagáis por comer atroces muertes, El Elefante y el Toro? No por cierto.
Puesto que no seréis, ni menos fuertes, Pues ¿por qué solamente al buen Pollino
Ni menos respetadas, Le gritan disparate, desatino?
Sino muy estimadas Porque nadie en razones se paraba,
De grandes y pequeños animales, Sino en la calidad de quien hablaba.
Viviendo, como yo, de vegetales.» Pues, amigo Elefante, no te asombres.
«Gran pensamiento, dicen, gran discurso»; Por la misma razón entre los hombres
Y nadie se le opone del concurso. Se desprecia una idea ventajosa.
Habló después un Toro de Jarama: ¡Qué preocupación tan peligrosa!
Escarba el polvo, cabecea, brama.
«Vengan, dice, los lobos y los osos,
Si son tan poderosos,
Y en el circo verán con qué donaire
Los haré que volteen por el aire.
¡Qué! ¿son menos gallardos y valientes
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FABULA 69 FABULA 71
EL LEÓN Y LA ONZA Y
LA CABRA. LOS PASTORES.

Un señor León andaba, como un perro, En una trampa una Onza inadvertida
Del valle al monte, de la selva al cerro, Dio mísera caída.
A caza, sin hallar pelo ni lana, Al verla sin defensa,
Perdiendo la paciencia y la mañana. Corrieron a la ofensa
Por un risco escarpado Los vecinos Pastores,
Ve trepar una Cabra a lo encumbrado, No valerosos, pero sí traidores.
De modo que parece que se empeña Cada cual por su lado
En hacer creer al León que se despeña. La maltrataba airado,
El pretender seguirla fuera en vano; Hasta dejar sus fuerzas desmayadas,
El cazador entonces cortesano Unos a palos, otros a pedradas.
La dice: «Baja, baja, mi querida; Al fin la abandonaron por perdida;
No busques precipicios a tu vida: Pero viéndola dar muestras de vida,
En el valle frondoso Cierto Pastor, dolido de su suerte,
Pacerás a mi lado con reposó.» Por evitar su muerte,
«¿Desde cuándo, señor, la real persona La arrojó la mitad de su alimento,
Cuida con tanto amor de la barbona? Con que pudiese recobrar aliento.
Esos halagos tiernos Llega la noche, témplase la saña;
No son por bien, apostaré los cuernos.» Marchan a descansar a la cabaña
Así le respondió la astuta Cabra, Todos, con esperanza muy fundada
Y el León se fue sin replicar palabra. De hallarla muerta por la madrugada;
Lo paga la infeliz con el pellejo, Mas la fiera entre tanto,
Si toma sin examen el consejo. Volviendo poco a poco del quebranto,
Toma nuevo valor y fuerza nueva;
FABULA 70 Salta, deja la trampa, va a su cueva,
Y al sentirse del todo reforzada,
LA HACHA Y Sale si muy ligera, más airada.
EL MANGO. Ya destruye ganados,
Ya deja los Pastores destrozados;
Un hombre que en el bosque se miraba Nada aplaca su cólera violenta,
Con una Hacha sin Mango, suplicaba Todo lo tala, en todo se ensangrienta.
A los árboles diesen la madera El buen Pastor, por quien tal vez vivía,
Que más sólida fuera Lleno de horror, la vida le pedía.
Para hacerle uno fuerte y muy durable. «No serás maltratado,
Al punto la arboleda innumerable Dijo la Onza, vive descuidado;
Le cedió el acebuche; y él, contento, Que yo sólo persigo a los traidores
Perfeccionando luego su instrumento, Que me ofendieron, no a mis bienhechores.»
De rama en rama va cortando a gusto Quien hace agravios tema la venganza;
Del alto roble el brazo más robusto. Quien hace bien, al fin el premio alcanza.
Ya los árboles todos recorría,
Y mientras los mejores elegía,
Dijo la triste encina al fresno: «Amigo:
Infeliz del que ayuda a su enemigo»
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FABULA 72
EL GRAJO VANO. FABULA 74
BATALLA DE LAS
Con las plumas de un pavo COMADREJAS
Un Grajo se vistió; pomposo y bravo Y DE LOS RATONES.
En medio de los pavos se pasea;
La manada lo advierte, lo rodea:
Vencidos los ratones,
Todos le pican, burlan y lo envían,
Huían con presteza
¿Dónde, si ni los grajos le querían?
De una atroz enemiga
¿Cuánto ha que repetimos este cuento,
Tropa de Comadrejas;
Sin que haya en los plagiarios escarmiento?
Marchaban con desorden,
Que cuando el miedo reina,
FABULA 73 Es la confusión sola
EL HOMBRE Y El jefe que gobierna.
LA COMADREJA. Llegaron presurosos
A sus angostas cuevas,
Logrando los soldados
Así decía cierta Comadreja
Entrar a duras penas;
A un Hombre que la había aprisionado:
Pero los capitanes,
«¿Por qué no me dejáis? ¿Os he yo dado
Que en las estrechas puertas
Motivo de disgusto ni de queja?
Quedaron atascados
¿No soy la que desvanes y rincones,
Sin ninguna defensa,
Tu casa toda, cual si fuese mía,
A causa de unos cuernos
Cuidadosa registro noche y día,
Puestos en las cabezas,
Para que vivas libre de ratones?»
Para ser de sus tropas
«¡Gran fineza por cierto!
vistos en la refriega,
El Hombre respondió. Pues di, ladrona,
Fueron las desdichadas
Si tu glotonería no perdona
Víctimas de la guerra,
Ni a ratón vivo ni a cochino muerto,
Haciendo de sus cuerpos
Ni a cuanto guardan ruines despenseras,
Pasto las Comadrejas.
¿Cómo he de creer que tu cuidado apura
¡Cuántas veces los hombres
Por mi bien los ratones? ¡Qué locura!
Distinciones anhelan,
No tendría yo malas tragaderas.
Y suelen ser la causa
Morirás; y el astuto que pretenda
De sus desdichas ellas!
Vender como fineza lo que ha hecho
Si Júpiter dispara
Sin mirar a más fin que a su provecho,
Sus rayos a la tierra
Sabrá que hay en el mundo quien lo entienda.»
Antes que a las cabañas
A los palacios y a las torres llegan.
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FABULA 75 FABULA 77
EL LEÓN Y EL CIERVO Y
LA RANA. LOS BUEYES.

Una lóbrega noche silenciosa Con inminente riesgo de la vida


Iba un León horroroso un ciervo se escapó de una batida,
Con mesurado paso majestuoso Y en la quinta cercana de repente
Por una selva; oyó una voz ruidosa, Se metió en el establo incautamente.
Que con tono molesto y continuado Dícele un buey: «¿Ignoras, desdichado,
Llamaba la atención y aun el cuidado Que aquí viven los hombres? ¡Ah cuitado!
Del reinante animal, que no sabía Detente, y hallarás tanto reposo
De qué bestia feroz quizá saldría Como perdiz en boca de raposo.»
Aquella voz, que tanto más sonaba El Ciervo respondió: «Pero, no obstante,
Cuanto más en silencio todo estaba. Dejadme descansar algún instante,
Su majestad leonesa Y en la ocasión primera
La selva toda registrar procura; Al bosque espeso emprendo mi carrera.»
Mas nada encuentra con la noche oscura, Oculto en el ramaje permanece;
Hasta que pudo ver, ¡oh qué sorpresa! A la noche el boyero se aparece,
Que sale de un estanque a la mañana Al ganado reparte su alimento,
La tal bestia feroz, y era una Rana. Nada divisa, sálese al momento.
Llamará la atención de mucha gente El mayoral y los criados entran,
El charlatán con su manía loca; Y tampoco le encuentran.
Mas ¿qué logra, si al fin verá el prudente Libre de aquel apuro
Que no es sino una Rana, todo boca? El ciervo se contaba por seguro;
Pero el Buey, más anciano,
FABULA 76 Le dice: «¿Qué? ¿Te alegras tan temprano?
LOS NAVEGANTES. Si el amo llega, lo perdiste todo;
Yo le llamo cien-ojos por apodo:
Mas chitón, que ya viene.»
Lloraban unos tristes Pasajeros Entra Cien-ojos; todo lo previene;
Vendo su pobre nave combatida A los rústicos dice: «No hay consuelo;
De recias olas y de vientos fieros, Las colleras tiradas por el suelo,
Ya casi sumergida; Limpio el pesebre, pero muy de paso;
Cuando súbitamente El ramaje muy seco y más escaso.
El viento calma, el cielo se serena, Señor mayoral, ¿es éste buen gobierno?»
Y la afligida gente En esto mira al enramado cuerno
Convierte en risa la pasada pena; Del triste Ciervo; grita, acuden todos
Mas el piloto estuvo muy sereno Contra el pobre animal de varios modos,
Tanto en la tempestad como en bonanza, Y a la rústica usanza
Pues sabe que lo malo y que lo bueno Se celebró la fiesta de matanza.
Está sujeto a súbita mudanza. Esto quiere decir que el amo bueno
No se debe fiar del ojo ajeno.
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De todas las especies y regiones


Profesores llegaban a millones.
FABULA 78 Todos conocen incurable el daño;
Ninguno al Rey propone el desengaño;
EL TORRENTE Y Cada cual sus remedios le procura,
EL RÍO. Como si la vejez tuviese cura.
Un Lobo cortesano
Despeñado un Torrente Con tono adulador y fin torcido
Dijo a su Soberano:
De un encumbrado cerro
«He notado, Señor, que no ha asistido
Caía en una peña, La Zorra como médico al congreso,
Y atronaba el recinto con su estruendo. Y pudiera esperarse buen suceso
Seguido de ladrones De su dictamen en tan grave asunto.»
Un triste pasajero, Quiso su Majestad que luego al punto
Despreciando el ruido, Por la posta viniese;
Atravesó el raudal sin desaliento; Llega, sube a palacio, y como viese
Que es común en los hombres Al Lobo, su enemigo, ya instruida
Poseídos del miedo, De que él era autor de su venida,
Para salvar la vida, Que ella excusaba cautelosamente,
Exponerla tal vez a mayor riesgo. Inclinándose al Rey profundamente,
Dijo: «Quizá, Señor, no habrá faltado
Llegaron los bandidos,
Quien haya mi tardanza acriminado;
Practicaron lo mesmo Mas será porque ignora
Que antes el caminante, Que vengo de cumplir un voto ahora,
Y fueron en su alcance y seguimiento. Que por vuestra salud tenía hecho;
Encontró el miserable Y para más provecho,
De allí a muy poco trecho En mi viaje traté gentes de ciencia
Un Río caudaloso, Sobre vuestra dolencia.
Que corría apacible y con silencio. Convienen pues los grandes profesores
Con tan buenas señales, En que no tenéis vicio en los humores,
Y el próspero suceso Y que sólo los años han dejado
Del raudal bullicioso, El calor natural algo apagado;
Pero éste se recobra y vivifica
Determinó vadearle sin recelo;
Sin fastidio, sin drogas de botica,
Mas apenas dio un paso Con un remedio simple, liso y llano,
Pagó su desacuerdo, Que vuestra majestad tiene en la mano.
Quedando sepultado A un Lobo vivo arránquenle el pellejo,
En las aleves aguas sin remedio. Y mandad que os le apliquen al instante,
Temamos los peligros Y por más que estéis débil, flaco y viejo,
De designios secretos; Os sentiréis robusto y rozagante,
Que el ruidoso aparato Con apetito tal, que sin esfuerzo
Si no se desvanece, anuncia el riesgo. El mismo Lobo os servirá de almuerzo.»
Convino el Rey, y entre el furor y el hierro
Murió el infeliz Lobo
FABULA 79 como un perro.
EL LEÓN, EL LOBO Así viven y mueren cada día
Y LA ZORRA. En su guerra interior los palaciegos
Que con la emulación rabiosa ciegos
Al degüello se tiran a porfía.
Trémulo y achacoso Tomen esta lección muy oportuna:
A fuerza de años un León estaba; Lleguen a la privanza enhorabuena,
Hizo venir los médicos, ansioso Mas labren su fortuna
De ver si alguno de ellos le curaba. Sin cimentarla en la desgracia ajena.
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Que puede algunas veces


El huir de sus trazas y dobleces
Valernos nada menos que la vida.
FABULA 80 FABULA 81
LOS RATONES Y EL ASNO Y
EL GATO. EL LOBO.

Marramaquiz, gran gato, Un Burro cojo vio que le seguía


De nariz roma, pero largo olfato, Un Lobo cazador, y no pudiendo
Se metió en una casa de Ratones. Huir de su enemigo, le decía:
En uno de sus lóbregos rincones «Amigo Lobo, yo me estoy muriendo;
Puso su alojamiento; Me acaban por instantes los dolores
Por delante de sí, de ciento en ciento De este maldito pie de que cojeo;
Les dejaba por gusto libre el paso, Si yo no me valiese de herradores,
Como hace el bebedor, que mira al vaso;
No me vería así como me veo.
Y ensanchando así más sus tragaderas,
Al fin los escogía como peras.
Y pues fallezco, sé caritativo;
Éste fue su ejercicio cotidiano; Sácame con los dientes este clavo,
Pero tarde o temprano, Muera yo sin dolor tan excesivo,
Al fin ya los Ratones conocían Y cómeme después de cabo a rabo.»
Que por instantes se disminuían. «¡Oh! dijo el cazador con ironía,
Don Roepan, cacique el más prudente Contando con la presa ya en la mano,
De la Ratona gente, No solamente sé la anatomía,
Con los suyos formó pleno consejo, Sino que soy perfecto cirujano.
Y dijo así con natural despejo: El caso es para mí una patarata,
«Supuesto, hermanos, que el sangriento bruto, La operación no más que de un momento;
Que metidos nos tiene en llanto y luto,
Alargue bien la pata,
Habita el cuarto bajo,
Sin que pueda subir ni aun con trabajo
Y no se me acobarde, buen Jumento.»
Hasta nuestra vivienda,, es evidente Con su estuche molar desenvainado
Que se atajará el daño solamente El nuevo profesor llega al doliente;
Con no bajar allá de modo alguno.» Mas éste le dispara de contado
El medio pareció muy oportuno; Una coz que le deja sin un diente.
Y fue tan observado, Escapa el cojo, pero el triste herido
Que ya Marramaquiz, el muy taimado, Llorando se quedó su desventura.
Metido por el hambre en calzas prietas, «¡Ay infeliz de mí! bien merecido
Discurrió entre mil tretas El pago tengo de mi gran locura.
La de colgarse por los pies de un palo, Yo siempre me llevé el mejor bocado
Haciendo el muerto: no era ardid malo;
En mi oficio de Lobo carnicero;
Pero don Roepan, luego que advierte
Que su enemigo estaba de tal suerte,
Pues si puedo vivir tan regalado,
Asomando el hocico a su agujero, éA qué meterme ahora a curandero?»
«Hola, dice, ¿qué es eso, caballero? Hablemos en razón: no tiene juicio
¿Estás muerto de burlas o de veras? Quien deja el propio por ajeno oficio.
Si es lo que yo recelo en vano esperas;
Pues no nos contaremos ya seguros
Aun sabiendo de cierto
Que eras, a más de Gato muerto,
Gato relleno ya de pesos duros».
Si alguno llega con astuta maña,
Y una vez nos engaña,
Es cosa muy sabida
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FABULA 83
EL LABRADOR Y
LA PROVIDENCIA.
FABULA 82
EL ASNO Y Un labrador cansado,
EL CABALLO. En el ardiente estío,
Debajo de una encina
Iban, mas no sé adonde ciertamente, Reposaba pacífico y tranquilo.
Un Caballo y un Asno juntamente; Desde su dulce estancia
Este cargado, pero aquel sin carga. Miraba agradecido
El grave peso, la carrera larga El bien con que la tierra
Causaron al Borrico tal fatiga, Premiaba sus penosos ejercicios.
Que la necesidad misma le obliga Entre mil producciones,
A dar en tierra. «Amigo compañero, Hijas de su cultivo,
No puedo más, decía; yo me muero. Veía calabazas,
Repartamos la carga, y será poca; Melones por los suelos esparcidos.
Si no, se me va el alma por la boca.» «¿Por qué la Providencia,
Dice el otro: «Revienta enhorabuena: Decía entre sí mismo,
¿Por eso he de sufrir la carga ajena? Puso a la ruin bellota
Gran bestia seré yo si tal hiciere. En elevado preeminente sitio?
Miren y qué borrico se me muere.» ¿Cuánto mejor sería
Tan justamente se quejó el Jumento, Que, trocando el destino,
Que expiró el infeliz en el momento. Pendiesen de las ramas
El Caballo conoce su pecado, Calabazas, melones y pepinos?»
Pues tuvo que llevar mal de su grado Bien oportunamente,
Los fardos y aparejos todo junto, Al tiempo que esto dijo,
Ítem más el pellejo del difunto. Cayendo una bellota,
Juan, alivia en sus penas al vecino; Le pegó en las narices de improviso.
Y él, cuando tú las tengas, déte ayuda; «Pardiez, prorrumpió entonces
Si no lo hacéis así, temed sin duda El Labrador sencillo,
Que seréis el Caballo y el Pollino. Si lo que fue bellota,
Algún gordo melón hubiera sido,
Desde luego pudiera
Tomar a buen partido
En caso semejante
Quedar desnarigado, pero vivo.»
Aquí la Providencia
Manifestarle quiso
Que supo a cada cosa
Señalar sabiamente su destino.
A mayor bien del hombre
Todo está repartido:
Preso el pez en su concha,
Y libre por el aire el pajarillo.
43

FABULA 84 FABULA 86
EL ASNO VESTIDO LOS CANGREJOS.
DE LEON.
Los más autorizados, los más viejos
Un Asno disfrazado De todos los Cangrejos
Una gran asamblea celebraron.
Con una grande piel de León andaba;
Entre los graves puntos que trataron,
Por su temible aspecto casi estaba A propuesta de un docto presidente,
Desierto el bosque, solitario el prado. Como resolución la más urgente
Pero quiso el destino Tomaron la que sigue: «Pues que al mundo
Que le llegase a ver desde el molino Estamos dando ejemplo sin segundo,
La punta de una oreja el molinero. El más vil y grosero
Armado entonces de un garrote fiero, En andar hacia atrás como el soguero;
Dale de palos, llévalo a su casa. Siendo cierto también que los ancianos,
Divúlgase al contorno lo que pasa; Duros de pies y manos,
Llegan todos a ver en el instante Causándonos los años pesadumbre,
Al que habían temido León reinante; No podemos vencer nuestra costumbre;
Toda madre desde este mismo instante
Y haciendo mofa de su idea necia,
Ha de enseñar andar hacia delante
Quien más le respetó, más le desprecia. A sus hijos; y dure la enseñanza
Desde que oí del Asno contar esto Hasta quitar del mundo tal usanza.»
Dos ochavos apuesto, «Garras a la obra», dicen las maestras,
Si es que Pedro Fernández no se deja Que se creían diestras;
De andar con el disfraz del caballero, Y sin dejar ninguno,
A vueltas del vestido y el sombrero, Ordenan a sus hijos uno a uno
Que le han de ver la punta de la oreja. Que muevan sus patitas blandamente
Hacia adelante sucesivamente.
Pasito a paso, al modo que podían,
FABULA 85 Ellos obedecían;
LA GALLINA DE Pero al ver a sus madres que marchaban
LOS HUEVOS DE ORO. Al revés de lo que ellas enseñaban,
Olvidando los nuevos documentos,
Imitaban sus pasos, más contentos.
Érase una Gallina que ponía Repetían sus madres sus lecciones,
Un huevo de oro al dueño cada día. Mas no bastaban teóricas razones;
Aun con tanta ganancia mal contento, Porque obraba en los jóvenes Cangrejos
Quiso el rico avariento Sólo un ejemplo más que mil consejos.
Descubrir de una vez la mina de oro, Cada maestra se aflige y desconsuela,
Y hallar en menos tiempo más tesoro. No pudiendo hacer práctica su escuela;
Matóla, abrióla el vientre de contado; De modo que en efecto
Pero, después de haberla registrado, Abandonaron todas el proyecto.
¿Qué sucedió? que muerta la Gallina, Los magistrados saben el suceso,
Y en su pleno congreso
Perdió su huevo de oro y no halló mina.
La nueva ley al punto derogaron,
¡Cuántos hay que teniendo lo bastante Porque se aseguraron
Enriquecerse quieren al instante, De que en vano intentaban la reforma,
Abrazando proyectos Cuando ellos no sabían ser la norma.
A veces de tan rápidos efectos Y es así, que la fuerza de las leyes
Que sólo en pocos meses, Suele ser el ejemplo de los reyes.
Cuando se contemplaban ya marqueses,
Contando sus millones
Se vieron en la calle sin calzones.
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FABULA 87 FABULA 88
LAS RALLAS EL CUERVO Y
SEDIENTAS. EL ZORRO.

Dos Ranas que vivían juntamente, En la rama de un árbol,


En un verano ardiente Bien ufano y contento,
Se quedaron en seco en su laguna. Con un queso en el pico,
Saltando aquí y allí, llegó la una Estaba el señor Cuervo.
A la orilla de un pozo. Del olor atraído
Llena entonces de gozo, Un Zorro muy maestro,
Gritó a su compañera: Le dijo estas palabras,
«Ven y salta ligera.» A poco más o menos:
Llegó, y estando entrambas a la orilla, «Tenga usted buenos días,
Notando como grande maravilla, Señor Cuervo, mi dueño;
Entre los agotados juncos y heno, Vaya que estáis donoso,
El fresco pozo casi de agua lleno, Mono, lindo en extremo;
Prorrumpió la primera: «¿A qué esperamos, Yo no gasto lisonjas,
Que no nos arrojamos Y digo lo que siento;
Al agua, que apacible nos convida?» Que si a tu bella traza
La segunda responde: «Inadvertida, Corresponde el gorjeo,
Yo tengo igual deseo, Juro a la diosa Ceres,
Pero pienso y preveo Siendo testigo el cielo,
Que, aunque es fácil al pozo nuestra entrada, Que tú serás el fénix
La agua, con los De sus vastos imperios.»
calores exhalada, Al oír un discurso
Según vaya faltando, Tan dulce y halagüeño,
Nos irá dulcemente sepultando, De vanidad llevado,
Y al tiempo que salir solicitemos, Quiso cantar el Cuervo.
En la Estigia laguna nos veremos.» Abrió su negro pico,
Por consultar al gusto solamente Dejó caer el queso;
Entra en la nasa el pez incautamente, El muy astuto Zorro,
El pájaro sencillo en la red queda, Después de haberle preso,
Y ten qué lazos el hombre no se enreda? Le dijo: «Señor bobo,
Pues sin otro alimento,
Quedáis con alabanzas
Tan hinchado y repleto,
Digerid las lisonjas
Mientras yo como el queso.»
Quien oye aduladores,
Nunca espere otro premio.
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FABULA 89 FABULA 91
UN COJO Y LA ZORRA Y
UN PICARÓN. EL CHIVO.

A un buen Cojo un descortés Una Zorra cazaba;


Insultó atrevidamente; Y al seguir a un gazapo,
Oyólo pacientemente, Entre aquí se escabulle, allí le atrapo,
Continuando su carrera, En un pozo cayó que al paso estaba.
Cuando al son de la cojera Cuando más la afligía su tristeza,
Dijo el otro: «Una, dos, tres, Por no hallar la infeliz salida alguna,
Cojo es.» Vio asomarse al brocal, por su fortuna,
Oyólo el Cojo: aquí fue Del Chivo padre la gentil cabeza.
Donde el buen hombre perdió «¿Qué tal? dijo el barbón, ¿la agua es salada?»
Los estribos, pues le dio «Es tan dulce, tan fresca y deliciosa,
Tanta cólera y tal ira, Respondió la Raposa,
Que la muleta le tira, Que en tal pozo estoy como encantada.»
Quedándose, ya se ve, Al agua el Chivo se arrojó, sediento;
Sobre un pie. Monta sobre él la Zorra de manera
«Sólo el no poder correr, Que haciendo de sus cuernos escalera,
Para darte el escarmiento Pilla el brocal y sale en el momento.
Dijo el Cojo, es lo que siento, Quedó el pobre atollado: cosa dura.
Que este mal no me atormenta; Mas ¿quién podrá a la Zorra dar castigo,
Porque al hombre sólo afrenta Cuando el hombre, aun a costa de su amigo,
Lo que supo merecer, Del peligro mayor salir procura?
Padecer.»

FABULA 90
EL CARRETERO Y
HÉRCULES.

En un atolladero
El carro se atascó de Juan Regaña;
Él a nada se mueve ni se amaña,
Pero jura muy bien: gran Carretero.
A Hércules invocó; y el dios le dice:
«Aligera la carga; ceja un tanto;
Quita ahora ese canto;
¿Está?» «Sí, le responde, ya lo hice.»
«Pues enarbola el látigo, y con eso
Puedes ya caminar.» De esta manera,
Arreando a la Mohina y la Roncera,
Salió Juan con su carro del suceso.
Si haces lo que estuviere de tu parte
Pide al cielo favor: ha de ayudarte.
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FABULA 92 FABULA 94
EL LOBO, LA ZORRA LA MONA Y
Y EL MONO JUEZ. LA ZORRA.

Un Lobo se quejó criminalmente En visita una Mona


De que una Zorra astuta lo robase. Con una Zorra estaba cierto día,
El Mono juez, como ella lo negase, Y así, ni más ni menos, la decía:
Dejólos alegar prolijamente «Por mi fe, que tenéis bella persona,
Enterado, pronuncia la sentencia: Gallardo talle, cara placentera,
«No consta que te falte nada, Lobo; Airosa en el andar, como vos sola,
Y tú, Raposa, tú tienes el robo.» Y a no ser tan disforme vuestra cola,
Dijo, y los despidió de su presencia. Seríais en lo hermoso la primera.
Esta contradicción es cosa buena; Escuchad un consejo,
La dijo el docto Mono con malicia. Que ha de ser a las dos muy importante
Al perverso su fama le condena Yo os la he de cortar, y lo restante
Aun cuando alguna vez pida justicia. Me lo acomodaré por zagalejo.»
«Abrenuncio, la Zorra la responde:
FABULA 93 Es cosa para mí menos amarga
LOS DOS GALLOS. Barrer el suelo con mi cola larga
Que verla por pañal bien sé yo dónde.»
Por ingenioso que el necesitado
Habiendo a su rival vencido un Gallo,
Sea para pedir al avariento,
Quedó entre sus gallinas victorioso,
Este será de superior talento
Más grave, más pomposo
Para negarse a dar de lo sobrado.
Que el mismo gran Sultán en su serrallo.
Desde un alto pregona vocinglero
Su gran hazaña: el Gavilán lo advierte;
Le pilla, le arrebata, y por su muerte,
Quedó el rival señor del gallinero.
Consuele al abatido tal mudanza,
Sirva también de ejemplo a los mortales
Que se juzgan exentos de los males
Cuando se ven en próspera bonanza.
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FABULA 95 Vivimos condenados los mortales.


A cada cual, no obstante, le parece
LA GATA MUJER. Que de esta ley una excepción merece.
Así nos conformamos con la pena,
Zapaquilda la bella No cuando es propia, sí cuando es ajena.
Era gata doncella,
Muy recatada, no menos hermosa.
Queríala su dueño por esposa,
FABULA 97
Si Venus consintiese, EL LOBO Y
Y en mujer a la Gata convirtiese. EL PERRO FLACO.
De agradable manera
Vino en ello la diosa placentera,
Y ved a Zapaquilda en un instante Distante de la aldea,
Hecha moza gallarda, rozagante. Iba cazando un Perro
Celébrase la boda; Flaco, que parecía
Estaba ya la sala nupcial toda Un andante esqueleto.
De un lucido concurso coronada; Cuando menos lo piensa
La novia relamida, almidonada, Un Lobo le hizo preso.
Junto al novio, galán enamorado; Aquí de sus clamores,
Todo brillantemente preparado, De sus llantos y ruegos.
Cuando quiso la diosa «Decidme, señor Lobo.
Que cerca de la esposa ¿Qué queréis de mi cuerpo,
Pasase un ratoncillo de repente. Si no tiene otra cosa
Al punto que le ve, violentamente, Que huesos y pellejo?
A pesar del concurso y de su amante, Dentro de quince días
Salta, corre tras él y échale el guante. Casa a su hija mi dueño,
Aunque del valle humilde a la alta cumbre Y ha de haber para todos
Inconstante nos mude la fortuna, Arroz y gallo muerto.
La propensión del natural es una Dejadme ahora libre,
En todo estado, y más con la costumbre. Que pasado este tiempo,
Podréis comerme a gusto,
Lucio, gordo y relleno.»
FABULA 96 Quedaron convenidos;
LA LEONA Y Y apenas se cumplieron
Los días señalados,
EL OSO. El Lobo buscó al Perro.
Estábase en su casa
Dentro de un bosque oscuro y silencioso, Con otro compañero,
Con un rugir continuo y espantoso, Llamado Matalobos,
Que en medio de la noche resonaba, Mastín de los más fieros.
Una Leona a las fieras inquietaba. Salen a recibirle;
Dícela un Oso: «Escúchame una cosa: Al punto que le vieron,
¿Qué tragedia horrorosa Matalobos bajaba
O qué sangrienta guerra, Con corbatín de hierro.
Qué rayos o qué plagas a la tierra No era el Lobo persona
Anuncia tu clamor desesperado, De tantos cumplimientos;
En el nombre de Júpiter airado?» Y así, por no gastarlos,
«¡Ah! mayor causa tienen mis rugidos. Cedió de su derecho.
Yo, la más infeliz de los nacidos, Huía, y le llamaban;
¿Cómo no moriré desesperada, Mas él iba diciendo
Si me han robado el hijo, ¡ay desdichada!» Con el rabo entre piernas:
«¡Hola! ¿Con que, eso es todo? «Pies, ¿para qué os quiero?»
Pues si se lamentasen de ese modo Hasta los niños saben
Las madres de los muchos que devoras, Que es de mayor aprecio
Buena música hubiera a todas horas. Un pájaro en la mano
Vaya, vaya, consuélate como ellas; Que por el aire ciento.
No nos quiten el sueño tus querellas.»
A desdichas y males
48

FABULA 98 Ese ganado?» «Miente,


Que es mío; y sobre todo,
EL CIUDADANO Sea de quien se fuere.»
PASTOR. No respondió el buen hombre
Muy poéticamente.
El joven, temeroso
Cierto joven leía De que tal vez le diese
En versos excelentes Con el fiero garrote
Las dulces pastorelas Que por cayado tiene,
Con el mayor deleite. Sin chistar más palabra,
Tenía la cabeza Huyó bonitamente.
Llena de prados, fuentes, Marchaba pensativo,
Pastores y zagalas, Cuando quiso la suerte
Zampoñas y rabeles. Que cogiendo bellotas
Al fin, cierta mañana A la pastora viese.
Prorrumpe de esta suerte: «¡Oh Nise fementida!
«¡Yo he de estar prisionero, Exclama; ¡cuántas véces,
Cercado de paredes, Siendo niña, querías
Esclavo de los hombres Que yo te recogiese
Y sujeto a las leyes, La fruta con rocío
Pudiendo entre pastores De mis manzanos verdes!»
Grata y sencillamente Diciendo así, se acerca,
Disfrutar desde ahora La moza se revuelve,
La libertad campestre! Y dándole un bufido,
De la ciudad al bosque En las breñas se mete.
Me marcho para siempre. Sorprendido el mancebo,
Allí naturaleza Dice: «¿Qué me sucede?
Me brinda con sus bienes, ¿Son éstos los pastores
Los árboles y ríos Discretos, inocentes,
Con frutas y con peces, Que pintan los poetas
Los ganados y abejas Tan delicadamente?
Con la miel y la leche; A nuevos desengaños
Hasta las duras rocas Ya no quiero exponerme.»
Habitación me ofrecen Rendido, caviloso,
En grutas coronadas A la ciudad se vuelve.
De pámpanos silvestres. Yo siento a par del alma
Desde tan bella estancia, Que no se detuviese
¿Cuántas y cuántas veces, A disfrutar un poco
Al son de dulces flautas De la vida campestre.
Y sonoros rabeles, Por mi fe, que las migas,
Oiré a los pastores El pastoril albergue,
Que discretos contienden, El rigor del verano,
Publicando en sus versos Los hielos y las nieves,
Amores inocentes? Le hubieran persuadido
Como que ya diviso Mucho más vivamente.
Entre el ramaje verde Que es un solemne loco
A la pastora Nise, Todo aquel que creyere
Que al lado de una fuente, Hallar en la experiencia
Sentada al pie de un olmo, Cuanto el hombre nos pinta por deleite.
Una guirnalda teje.
¿Si será para Mopso?..»
Tanto el joven enciende
Su loca fantasía,
Que ya en fin se resuelve,
Y en zagal disfrazado,
En los bosques se mete.
A un rabadán encuentra,
Y le pregunta alegre:
«Dime, ¿es de Melibeo
49

FABULA 99 FABULA 101


LA OVEJA Y EL ASNO INFELIZ.
EL CIERVO.
Yo conocí un Jumento
Un celemín de trigo Que murió muy contento
Pidió a la Oveja el Ciervo, y la decía: Por creer, y no iba fuera de camino,
«Si es que usted de mi paga desconfía, Que así cesaba su fatal destino.
A presentar me obligo Pero la adversa suerte
Un fiador desde luego, Aun después de su muerte
Que no dará lugar a tener queja.» Le persiguió: dispuso que al difunto
«Y ¿quién es éste?», preguntó la Oveja. Le arrancasen el cuero luego al punto
«Es un lobo abonado, llano y lego.» Para hacer tamboriles,
«¡Un lobo! ya; mas hallo un embarazo: Y que en los regocijos pastoriles
Si no tenéis más fincas que él sus dientes, Bailasen las zagalas en el prado,
Y tú los pies para escapar valientes, Al son de su pellejo baqueteado.
¿A quién acudiré, cumplido el plazo?» Quien por su mala estrella es infelice,
Si quién es el que pide y sus fiadores, Aun muerto lo será. Fedro lo dice.
Antes de dar prestado se examina,
Será menor, sin otra medicina,
La peste de los malos pagadores.

FABULA 100
LA ALFORJA.

En una Alforja al hombro


Llevo los vicios:
Los ajenos delante,
Detrás los míos.
Esto hacen todos;
Así ven los ajenos,
Mas no los propios.
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FABULA 104
FABULA 102 LA COMADREJA Y
EL JABALÍ Y LOS RATONES.
LA ZORRA.
Débil y flaca cierta Comadreja,
Sus horribles colmillos aguzaba No pudiendo ya más, de puro vieja,
Un Jabalí en el tronco de una encina. Ni cazaba ni hacía provisiones
La Zorra, que vecina De abundantes Ratones,
Del animal cerdoso se miraba, Como en tiempos pasados,
Le dice: «Extraño el verte, Que elegía los tiernos, regalados,
Siendo tú en paz señor de la bellota, Para cubrir su mesa.
Cuando ningún contrario te alborota, Sólo de tarde en tarde hacía presa
Que tus armas afiles de esa suerte.» En tal cual que pasaba muy cercano,
La fiera respondió: «Tenga entendido Gotoso, paralítico o anciano.
Que en la paz se prepara el buen guerrero, Obligada del hambre cierto día,
Así como en la calma el marinero, Urdió el modo mejor con que saldría
Y que vale por dos el prevenido.» De aquella pobre situación hambrienta,
Pues la necesidad todo lo inventa.
FABULA 103 Esta vieja taimada
EL PERRO Y Métese entre la harina amontonada.
Alerta y con cautela,
EL COCODRILO. Cual suele en la garita el centinela,
Espera ansiosa su feliz momento
Bebiendo un Perro en el Nilo, Para la ejecución del pensamiento.
Al mismo tiempo corría. Llega el Ratón sin conocer su ruina
«Bebe quieto», le decía Y mete el hociquillo entre la harina;
Un taimado Cocodrilo. Entonces ella le echa de repente
Díjole el Perro prudente: La garra al cuello, y al hocico el diente.
«Dañoso es beber y andar; Con este nuevo ardid tan oportuno
Pero ¿es sano el aguardar Se los iba embuchando de uno en uno,
A que me claves el diente?» Y a merced de discurso tan extraño,
¡Oh qué docto Perro viejo! Logró sacar su tripa de mal año.
Yo venero su sentir Es feliz un ingenio interesante:
En esto de no seguir Él nos ayuda, si el poder nos deja;
Del enemigo el consejo. Y al ver lo que pasó a la Comadreja,
¿Quién no aguzará el suyo en adelante?
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FABULA 105 Éste lo mal asado,


EL LOBO Y Aquel un hueso descamado;
Y aun un glotón, que todo se lo traga,
EL PERRO.
A lo menos me halaga,
Pasándome la mano por el lomo;
En busca de alimento Yo meneo la cola, callo y como.»
Iba un Lobo muy flaco y muy hambriento. «Todo eso es bueno, yo te lo confieso,
Encontró con un Perro tan relleno, Pero por fin y postre tú estás preso:
Tan lucio, sano y bueno, Jamás sales de casa,
Que le dijo: «Yo extraño Ni puedes ver lo que en el pueblo pasa.»
Que estés de tan buen año «Es así.» «Pues amigo,
Como se deja ver por tu semblante, La amada libertad que yo consigo
Cuando a mí, más pujante, No he de trocarla de manera alguna
Más osado y sagaz, mi triste suerte Por tu abundante y próspera fortuna.
Me tiene hecho retrato de la muerte.» Marcha, marcha a vivir encarcelado;
El Perro respondió: «Sin duda alguna No serás envidiado
Lograrás si tú quieres, mi fortuna. De quien pasea el campo libremente,
Deja el bosque y el prado; Aunque tú comas tan glotonamente
Retírate a poblado; Pan, tajadas y huesos; porque al cabo,
Servirás de portero No hay bocado en sazón para un esclav
A un rico caballero,
Sin otro afán ni más ocupaciones
Que defender la casa de ladrones.»
«Acepto desde luego tu partido,
Que para mucho más estoy curtido.
Así me libraré de la fatiga,
A que el hambre me obliga,
De andar por montes sendereando peñas,
Trepando riscos y rompiendo breñas,
Sufriendo de los tiempos los rigores,
Lluvias, nieves, escarchas y calores.»
A paso diligente
Marchaban juntos amigablemente,
Varios puntos tratando en confianza,
Pertenecientes a llenar la panza.
En esto el Lobo, por algún recelo
Que comenzó a turbarle su consuelo,
Mirando el Perro, dijo: «He reparado
Que tienes el pescuezo algo pelado.
Dime: ¿Qué es eso?» «Nada.»
«Dímelo, por tu vida, camarada.»
«No es más que la señal de la cadena;
Pero no me da pena,
Pues aunque por inquieto
A ella estoy sujeto,
Me sueltan cuando comen mis señores,
Recíbenme a sus pies con mil amores;
Ya me tiran el pan, ya la tajada,
Y todo aquello que les desagrada;
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FABULA 106 Y si acierto a copiarle, me consuelo.


EL PASTOR Y Si mi nupcial amor lecciones toma,
Las encuentra en la cándida paloma.
EL FILÓSOFO.
La gallina a sus pollos abrigando
De los confusos pueblos apartado,
Con sus piadosas alas como madre,
Un anciano Pastor vivió en su choza,
Y las sencillas aves aun volando,
En el feliz estado en que se goza
Me prestan reglas para ser buen padre.
Existir ni envidioso ni envidiado.
Sabia naturaleza, mi maestra,
No turbó con cuidados la riqueza
Lo malo y lo ridículo me muestra
A su tranquila vida,
Para hacérmelo odioso.
Ni la extremada mísera pobreza
Jamás hablo a las gentes
Fue del dichoso anciano conocida.
Con aire grave, tono jactancioso,
Empleado en su labor gustosamente
Pues saben los prudentes
Envejeció; sus canas, su experiencia
Que, lejos de ser sabio el que así hable,
Y su virtud le hicieron, finalmente,
Será un búho solemne, despreciable.
Respetable varón, hombre de ciencia.
Un hablar moderado,
Voló su grande fama por el mundo;
Un silencio oportuno
Y llevado de nueva tan extraña,
En mis conversaciones he guardado.
Acercóse un Filósofo profundo
El hablador molesto e importuno
A la humilde cabaña,
Es digno de desprecio.
Y preguntó al Pastor: «Dime, ¿en qué escuela
Quien escuche a la urraca será un necio.
Te hiciste sabio? ¿Acaso te ocupaste
A los que usan la fuerza y el engaño
Largas noches leyendo a la candela?
Para el ajeno daño,
¿A Grecia y Roma sabias observaste?
Y usurpan a los otros su derecho,
¿Sócrates refinó tu entendimiento?
Los debe aborrecer un noble pecho.
¿La ciencia de Platón has tú medido
Únanse con los lobos en la caza,
O pesaste de Tulio el gran talento,
Con milanos y halcones,
O tal vez, como Ulises, has corrido
Con la maldita serpentina raza,
Por ignorados pueblos y confusos
Caterva de carnívoros ladrones.
Observando costumbres, leyes y usos?»
Mas ¡qué dije! Los hombres tan malvados
«Ni las letras seguí, ni como Ulises
Ni aún merecen tener esos aliados.
(Humildemente respondió el anciano),
No hay dañino animal tan peligroso
Discurrí por incógnitos países.
Como el usurpador y el envidioso.
Sé que el género humano
Por último, en el libro interminable
En la escuela del mundo lisonjero
De la naturaleza yo medito;
Se instruye en el doblez y la patraña.
En todo lo creado es admirable:
Con la ciencia que engaña
Del ente más sencillo y pequeñito
¿Quién podrá hacerse sabio verdadero?
Una contemplación profunda alcanza
Lo poco que yo sé me lo ha enseñado
Los más preciosos frutos de enseñanza.»
Naturaleza en fáciles lecciones:
«Tu virtud acredita, buen anciano
Un odio firme al vicio me ha inspirado,
(El Filósofo exclama),
Ejemplos de virtud da a mis acciones.
Tu ciencia verdadera y justa fama.
Aprendí de la abeja lo industrioso,
Vierte el género humano
Y de la hormiga, que en guardar se afana,
En sus libros y escuelas sus errores;
A pensar en el día de mañana.
En preceptos mejores
Mi mastín, el hermoso
Nos da naturaleza su doctrina.
Y fiel sin semejante,
Así quien sus verdades examina
De gratitud y lealtad constante
Con la meditación y la experiencia,
Es el mejor modelo,
Llegará a conocer virtud y ciencia.»
53

FABULA 107 Y ya desengañado,


EL HOMBRE Y En los campos se mira retirado.
Buscaba los placeres inocentes
LA FANTASMA.
En las flores y frutas diferentes.
¿Quieren ustedes creer (esto me pasma)
Un joven licencioso Que aun allí le persigue la Fantasma?
Se hallaba en un estado vergonzoso, Los insectos, los hielos y los vientos,
Con sus males secretos retirado; Todos los elementos
En soledad, doliente, exasperado, Y las plagas de todas estaciones
Cavila, llora, canta, jura, reza, Han de ser en el campo tus ladrones.
Como quien ha perdido la cabeza. Pues ¿adónde irá el pobre caballero?...
«¿Te falta la salud? Pues, caballero, Digo que es un solemne majadero
De todo tu dinero, Todo aquel que pretende
Nobleza, juventud y poderío Vivir en este mundo sin su duende.
Sábete que me río;
Trata de recobrarla, pues perdida,
¿De qué sirven los bienes de esta vida?» FABULA 108
Todo esto una Fantasma le previno, EL JABALÍ Y
Y al instante se fue como se vino. EL CARNERO.
El enfermo se cuida, se repone;
Un nuevo plan de vida se propone. De la rama de un árbol un Carnero
En efecto, se casa. Degollado pendía;
Cércanle los cuidados de la casa, En él a sangre fría
Que se van aumentando de hora en hora. Cortaba el remangado Carnicero.
La mujer (Dios nos libre), gastadora El rebaño inocente,
Aun mucho más que rica, Que el trágico espectáculo miraba,
Los hijos y las deudas multiplica; De miedo, ni pacía ni balaba.
De modo que el marido, Un jabalí gritó: «Cobarde gente,
Más que nunca aburrido, Que miráis la carnívora matanza,
Se puso sobre un pie de economía, ¿Cómo no os vengáis del enemigo?»
Que estrechándola más de día en día, «Tendrá, dijo un Carnero, su castigo,
Al fin se enriqueció con opulencia. Mas no de nuestra parte la venganza.
La Fantasma le dice: «En mi conciencia, La piel que arranca con sus propias manos
Que te veo amarillo como el oro; Sirve para los pleitos y la guerra,
Tienes tu corazón en el tesoro; Las dos mayores plagas de la tierra,
Miras sobre tu pecho acongojado Que afligen a los míseros humanos.
El puñal del ladrón enarbolado; Apenas nos desuellan, se destina
Las noches pasas en mortal desvelo; Para hacer pergaminos y tambores;
¿Y así quieres vivir?...¡Qué desconsuelo!» Mira cómo los hombres malhechores
El Hombre, como caso milagroso, Labran en su maldad su propia ruina.»
Se transformó de avaro en ambicioso.
Llegó dentro de poco a la privanza:
¡El señor don Dinero qué no alcanza!
La Fantasma le muestra claramente
Un falso confidente:
Cien traidores amigos,
Que quieren ser autores y testigos
De su pronta caída.
Resuélvese a dejar aquella vida,
54

FABULA 109 FABULA 110


EL RAPOSO, EL FILÓSOFO Y
LA MUJER Y EL RÚSTICO.
EL GALLO.
La del alba sería
Con la orejas gachas La hora en que un Filósofo salía
Y la cola entre piernas, A meditar al campo solitario,
Se llevaba un Raposo En lo hermoso y lo vario,
Un Gallo de la aldea. Que a la luz de la aurora nos enseña
Muchas gracias al alba, Naturaleza, entonces más risueña.
Que pudo ver la fiesta, Distraído sin senda caminaba,
Al salir de su casa Cuando llegó a un cortijo, donde estaba
Juana la madruguera. Con un martillo el Rústico en la mano,
Como una loca grita: En la otra un milano,
«Vecinos, que le lleva; Y sobre una portátil escalera.
Que es el mío, vecinos.» «¿Qué haces de esa manera?»,
Oye el Gallo las quejas, El Filósofo dijo.
Y le dice al Raposo: «Castigar a un ladrón de mi cortijo,
«Dila que no nos mienta, Que en mi corral ha hecho más destrozos
Que soy tuyo y muy tuyo.» Que todos los ladrones en Torozos.
Volviendo la cabeza, Le clavo en la pared... ya estoy contento...
La responde el Raposo: Sirve a toda tu raza de escarmiento.»
«Oyes, gran embustera, «El matador es digno de la muerte,
No es tuyo, sino mío; El Sabio dijo, mas si de esa suerte
Él mismo lo confiesa.» El milano merece ser tratado,
Mientras esto decía, ¿De qué modo será bien castigado
El Gallo libre vuela, El hombre sanguinario, cuyos dientes
Y en la copa de un árbol Devoran a infinitos inocentes,
Canta que se las pela. Y cuenta como mísera su vida,
El Raposo burlado Si no hace de cadáveres comida?
Huyó; ¡quién lo creyera! Y aun tú, que así castigas los delitos,
Yo, pues a más de cuatro, Cenarías anoche tus pollitos.»
Muy zorros en sus tretas, «Al mundo le encontramos de este modo,
Por hablar a destiempo, Dijo airado el patán. Y sobre todo,
Los vi perder la presa. Si lo mismo son hombres que milanos.
Guárdese no le pille entre mis manos.»
El Sabio se dejó de reflexiones.
Al tirano le ofenden las razones
Que demuestran su orgullo y tiranía;
Mientras por su sentencia cada día
Muere (viviendo él mismo impunemente)
Por menores delitos otra gente.
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FABULA 111 Que era entonces del caso,


LA PAVA Y Y ahora viene a pelo.
Un gusano roía
LA HORMIGA.
un grano de centeno:
Véronlo las Hormigas:
Al salir con las yuntas ¡Qué gritos! ¡Qué aspavientos!
Los criados de Pedro, «Aquí fue Troya, dicen:
El corral se dejaron Muere, pícaro perro»;
De par en par abierto. Y ellas ¿qué hacían? Nada:
Todos los pavipollos Robar todo el granero.
Con su madre se fueron, Hombres, Pavos, Hormigas,
Aquí y allí picando, Según estos ejemplos,
Hasta el cercano otero. Cada cual en su libro
Muy contenta la Pava Esta moral tenemos.
Decía a sus polluelos: La falta leve en otro
«Mirad, hijos, el rastro Es un pecado horrendo;
De un copioso hormiguero. Pero el delito propio
Ea, comed hormigas, No más que pasatiempo.
Y no tengáis recelo,
Que yo también las como:
Es un sabroso cebo.
Picad, queridos míos:
¡Oh qué días los nuestros,
Si no hubiese en el mundo
Malditos cocineros!
Los hombres nos devoran,
Y todos nuestros cuerpos
Humean en las mesas
De nobles y plebeyos.
A cualquier fiestecilla
Ha de haber pavos muertos.
¡Qué pocas navidades
Contaron mis abuelos!
¡Oh glotones humanos,
Crueles carniceros!»
Mientras tanto una Hormiga
Se puso en salvamento
Sobre un árbol vecino
Y gritó con denuedo:
«¡Hola! con que los hombres
Son crueles, perversos;
¿Y qué seréis los pavos?
¡Ay de mí! ya lo veo:
A mis tristes parientes,
¡Qué digo! a todo el pueblo
Sólo por desayuno
Os le vais engullendo.»
No respondió la Pava
Por no saber un cuento,
56

FABULA 112
EL ENFERMO Y FABULA 113
LA VISIÓN. EL CAMELLO Y
LA PULGA.
«¡Conque de tus recetas exquisitas,
Un Enfermo exclamó, ninguna alcanza!...» Al que ostenta valimiento
El médico se fue sin esperanza, Cuando su poder es tal,
Contando por los dedos sus visitas. Que ni influye en bien ni en mal,
Así desengañado, Le quiero contar un cuento.
Y creciendo por horas su dolencia, En una larga jornada
De este modo examina su conciencia: Un Camello muy cargado
«En todos mis contratos he logrado, Exclamó, ya fatigado:
No lo niego, ganancia muy segura; «¡Oh qué carga tan pesada!»
Trabajé en calcular mis intereses: Doña Pulga, que montada
Aumenté mi caudal en pocos meses, Iba sobre él, al instante
Más por felicidad que por usura. Se apea, y dice arrogante:
Sin rencor ni malicia «Del peso te libro yo.»
Hice que a mi deudor pusiesen preso: El Camello respondió:
Murió pobre en la cárcel, lo confieso; «Gracias, señor elefante.»
Mas, en fin, es un hecho de justicia.
Si por cierto instrumento
Reduje una familia muy honrada
A pobreza extremada,
Algún día leerán mi testamento.
Entonces, muerto yo, se hará patente,
En la tierra lo mismo que en el cielo,
Para alivio de pobres y consuelo,
Mi caridad ardiente.»
Una Visión se acerca y dice: «Hermano,
La esperanza condeno
Del que aguarda a morir para ser bueno.
Una acción de piedad está en tu mano:
Tus prójimos, según sus oraciones,
Están necesitados:
Para ser remediados
Han menester siquiera cien doblones.»
«¡Cien doblones! No es nada.
tY si, porque Dios quiera, no me muero,
Y después me hace falta ese dinero,
Sería caridad bien ordenada?»
«Avaro, ¿te resistes? Pues al cabo
Te anuncio que tu muerte está cercana.»
«¿Me muero? Pues que esperen a mañana.»
La Visión se volvió sin un ochavo.
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FABULA 115
FABULA 114
EL LEÓN, EL TIGRE Y
EL CERDO,
EL CAMINANTE.
EL CARNERO Y
LA CABRA.
Entre sus fieras garras oprimía
Un Tigre a un Caminante.
Poco antes de morir el corderillo A los tristes quejidos al instante
Lame alegre la mano y el cuchillo Un León acudió: con bizarría
Que han de ser de su muerte el instrumento, Lucha, vence a la fiera, y lleva al hombre
Y es feliz hasta el último momento. A su regia caverna. «Toma aliento,
Así, cuando es el mal inevitable, Le decía el León; nada te asombre;
Es quien menos prevé más envidiable. Soy tu libertador; estáme atento.
Bien oportunamente mi memoria ¿Habrá bestia sañuda y enemiga
Me presenta al Lechón de cierta historia. Que se atreva a mi fuerza incomparable?
Al mercado llevaba un carretero Tú puedes responder, o que lo diga
Un Marrano, una Cabra y un Carnero. Esa pintada fiera despreciable.
Con perdón, el Cochino Yo, yo solo, monarca poderoso;
Clamaba sin cesar en el camino: Domino en todo el bosque dilatado.
«¡Ésta sí que es miseria! ¡Cuántas veces la onza y aun el oso
Perdido soy, me llevan a la feria.» Con su sangre el tributo me han pagado!
Así gritaba; mas ¡con qué gruñidos! Los despojos de pieles y cabezas,
No dio en su esclavitud tales gemidos Los huesos que blanquean este piso
Hécuba la infelice. Dan el más claro aviso
El carretero al gruñidor le dice: De mi valor sin par y mis proezas.»
«¿No miras al Carnero y a la Cabra, «Es verdad, dijo el hombre, soy testigo:
Que vienen sin hablar una palabra?» Los triunfos miro de tu fuerza airada,
«¡Ay, señor, le responde, ya lo veo! Contemplo a tu nación amedrentada;
Son tontos y no piensan. Al librarme venciste a mi enemigo.
Yo preveo Nuestra muerte cercana. En todo esto, señor, con tu licencia,
A los dos por la leche y por la lana Sólo es digna del trono tu clemencia.
Quizá no matarán tan prontamente; Sé benéfico, amable,
Pero a mí, que soy bueno solamente En lugar de despótico tirano;
Para pasto del hombre... no lo dudo: Porque, señor, es llano
Mañana comerán de mi menudo. Que el monarca será más venturoso
Adiós, pocilga; adiós, gamella mía.» Cuanto hiciere a su pueblo más dichoso.»
Sutilmente su muerte preveía. «Con razón has hablado;
Mas ¿qué lograba el pensador Marrano? Y ya me causa pena
Nada, sino sentirla de antemano. El haber yo buscado
El dolor ni los ayes es seguro Mi propia gloria en la desdicha ajena.
Que no remediarán el mal futuro. En mis jóvenes años
El orgullo produjo mil errores,
Que me los ha encubierto con engaños
Una corte servil de aduladores.
Ellos me aseguraban de concierto
Que por el mundo todo
No reinan los humanos de otro modo,
Tú lo sabrás mejor; dime, ¿y es cierto?»
58

FABULA 116 FABULA 117


LA MUERTE. EL AMOR Y
LA LOCURA.
Pensaba en elegir la reina Muerte
Un ministro de Estado: Habiendo la Locura
Le quería de suerte Con el Amor reñido,
Que hiciese floreciente su reinado. Dejó ciego de un golpe
«El Tabardillo, Gota, Pulmonía Al miserable niño.
Y todas las demás enfermedades, Venganza pide al cielo
Yo conozco, decía, Venus, mas ¡con qué gritos!
Que tienen excelentes calidades. Era madre y esposa:
Mas ¿qué importa? La Peste, por ejemplo, Con esto queda dicho.
Un ministro sería sin segundo; Queréllase a los dioses,
Pero ya por inútil la contemplo, Presentando a su hijo:
Habiendo tanto médico en el mundo. «¿De qué sirven las flechas,
Uno de éstos elijo... Mas no quiero, De qué el arco a Cupido,
Que están muy bien premiados sus servicios Faltándole la vista
Sin otra recompensa que el dinero.» Para asestar sus tiros?
Pretendieron la plaza algunos vicios, Quítensele las alas
Alegando en su abono mil razones. Y aquel ardiente cirio,
Consideró la Reina su importancia, Si a su luz ser no pueden
Y después de maduras reflexiones, Sus vuelos dirigidos.»
El empleo ocupó la Intemperancia. Atendiendo a que el ciego
Siguiese su ejercicio,
Y a que la delincuente
Tuviese su castigo,
Júpiter, presidente
De la asamblea, dijo:
«Ordeno a la Locura,
Desde este instante mismo,
Que eternamente sea
De Amor el lazarillo.»
59

Observad vida quieta y arreglada,


Y con buenas acciones
Ganaréis opinión muy estimada.»
FABULA 118 «Aunque nos convirtamos en corderos,
EL RAPOSO Le respondió un oyente sentencioso,
ENFERMO. Otros han de robar los gallineros
A costa de la fama del Raposo.
El tiempo, que consume de hora Jamás se cobra la opinión perdida:
en hora Los fuertes murallones elevados, Esto es lo uno. A más, ¿usted pretende
Y lo mismo devora Que mudemos de vida?
Montes agigantados, Quien malas mañas ha... ya usted me entiende.»
A un Raposo quitó de día en día «Sin embargo, hermanito, crea, crea...
Dientes, fuerza, valor, salud; de suerte El enfermo le dijo. Mas ¡qué siento!...
Que él mismo conocía ¿No oís que una gallina cacarea?
Que se hallaba en las garras de la muerte. Esto sí que no es cuento.»
Cercado de parientes y de amigos, Adiós, sermón; escápase la gente.
Dijo en trémula voz y lastimera: El enfermo orador esfuerza el grito:
«i Oh vosotros, testigos «¿Os vais, hermanos? Pues tened presente
De mi hora postrera, Que no me haría daño algún pollito.»
Atentos escuchad un desengaño!
Mis ya pasadas culpas me atormentan,
Ahora, conjuradas en mi daño,
¿No veis cómo a mi lado se presentan?
Mirad, mirad los gansos inocentes
Con su sangre teñidos,
Y los pavos en partes diferentes,
Al furor de mis garras, divididos.
Apartad esas aves que aquí veo,
Y me piden sus pollos devorados:
Su infernal cacareo
Me tiene los oídos penetrados.»
Los raposos le afirman con tristeza,
No sin lamerse labios y narices:
«Tienes debilitada la cabeza;
Ni una pluma se ve de cuanto dices.
Y bien lo puedes creer, que si se viese...»
«¡Oh glotones! callad; ya, ya os entiendo,
El enfermo exclamó; ¡si yo pudiese
Corregir las costumbres cual pretendo!
¿No sentís que los gustos,
Si son contra la paz de la conciencia,
Se cambian en disgustos?
Tengo de esta verdad gran experiencia.
Expuestos a las trampas y a los perros,
Matáis y perseguís a todo trapo,
En la aldea gallinas, y en los cerros
Los inocentes lomos del gazapo.
Moderad, hijos míos, las pasiones;
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Que a más príncipes vicia


La adulación servil que la malicia.
FABULA 119 FABULA 120
LAS EXEQUIAS EL POETA Y
DE LA LEONA. LA ROSA.
En su regia caverna, inconsolable Una fresca mañana,
El rey león yacía, En el florido campo
Porque en el mismo día Un Poeta buscaba
Murió ¡cruel dolor! su esposa amable. Las delicias de mayo.
A palacio la corte toda llega, Al peso de las flores
Y en fúnebre aparato se congrega. Se inclinaban los ramos,
En la cóncava gruta resonaba Como para ofrecerse
Del triste rey el doloroso llanto; Al huésped solitario.
Allí los cortesanos entre tanto Una Rosa lozana,
También gemían porque el rey lloraba; Movida al aire blando,
Que si el viudo monarca se riera, Le llama, y él se acerca;
La corte lisonjera La toma, y dice ufano:
Trocara en risa el lamentable paso. «Quiero, Rosa, que vayas
Perdone la difunta: voy al caso. No más que por un rato
Entre tanto sollozo A que la hermosa Clori
El ciervo no lloraba, yo lo creo; Te reciba en su mano.
Porque, lleno de gozo, Mas no, no, pobrecita;
Miraba ya cumplido su deseo. Que si vas a su lado,
La tal reina le había devorado Tendrás de su hermosura
Un hijo y la mujer al desdichado. Unos celos amargos.
El ciervo, en fin, no llora; Tu suave fragancia,
El concurso lo advierte: Tu color delicado,
El monarca lo sabe, y en la hora El verdor de tus hojas
Ordena con furor darle la muerte. Y tus pimpollos caros
«¿Cómo podré llorar, el ciervo dijo, Entre estas florecillas
Si apenas puedo hablar de regocijo? Pueden ser alabados;
Ya disfruta, gran rey, más venturosa, Mas junto a Clori bella,
Los Elíseos Campos vuestra esposa: Es locura pensarlo.
Me lo ha revelado, a la venida, Marchita, cabizbaja,
Muy cerca de la gruta aparecida. Te irías deshojando,
Me mandó lo callase algún momento, Hasta parar tu vida
Porque gusta mostréis el sentimiento.» En un desnudo cabo.»
Dijo así; y el concurso cortesano La Rosa, que hasta entonces
Aclamó por milagro la patraña. No despegó sus labios,
El ciervo consiguió que el soberano Le dijo, resentida:
Cambiase en amistad su fiera saña. «Poeta chabacano,
Los que en la indignación han incurrido Cuando a un héroe quieras
De los grandes señores Coronar con el lauro,
A veces su favor han conseguido Del jardín de sus hechos
Con ser aduladores. Has de cortar los ramos.
Mas no por esto advierto Por labrar su corona,
Que el medio sea justo; pues es cierto No es justo que tus manos
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Desnuden otras sienes


Que la virtud y el mérito adornaron.» FABULA 122
FABULA 121 LA MONA.
EL BÚHO Y Subió una Mona a un nogal.
EL HOMBRE. Y cogiendo una nuez verde,
En la cáscara la muerde;
Vivía en un granero retirado Con que la supo muy mal.
Un reverendo Búho, dedicado Arrojóla el animal,
A sus meditaciones, Y se quedó sin comer.
Sin olvidar la caza de ratones. Así suele suceder
Se dejaba ver poco, mas con arte: A quien su empresa abandona.
Al Gran Turco imitaba en esta parte. Porque halla, como la mona,
El dueño del granero Al principio qué vencer.
Por azar advirtió que en un madero
El pájaro nocturno FABULA 123
Con gravedad estaba taciturno. ESOPO Y
El Hombre le miraba y se reía; UN ATENIENSE.
«¡Qué carita de pascua! le decía;
¿Puede haber más ridículo visaje?
Cercado de muchachos
Vaya, que eres un raro personaje.
Y jugando a las nueces,
¿Por qué no has de vivir alegremente
Estaba el viejo Esopo
Con la pájara gente,
Más que todos alegre.
Seguir desde la aurora
«¡Ah pobre! ya chochea»,
A la turba canora
Le dijo un Ateniense.
De jilgueros, calandrias, ruiseñores,
En respuesta, el anciano
Por valles, fuentes, árboles y flores?»
Coge un arco que tiene
«Piensas a lo vulgar, eres un necio,
La cuerda floja, y dice:
Dijo el solemne Búho con desprecio;
«Ea, si es que lo entiendes,
Mira, mira, ignorante,
Dime, ¿qué significa
A la sabiduría en mi semblante:
El arco de esta suerte?»
Mi aspecto, mi silencio, mi retiro,
Lo examina el de Atenas,
Aun yo mismo lo admiro.
Piensa, cavila, vuelve,
Si rara vez me digno, como sabes,
Y se fatiga en vano
De visitar la luz, todas las aves
Pues que no lo comprende.
Me siguen y rodean: desde luego
El frigio victorioso
Mi mérito conocen, no lo niego.»
Le dijo: «Amigo, advierte
«¡Ah tonto presumido!,
Que romperás el arco
El Hombre dijo así; ten entendido
Si está tirante siempre;
Que las aves, muy lejos de admirarte,
Si flojo, ha de servirte
Te siguen y rodean por burlarte.
Cuando tú lo quisieres.»
De ignorante orgulloso te motejan,
Si al ánimo estudioso
Como yo a aquellos hombres que se alejan
Algún recreo dieren,
Del trato de las gentes,
Volverá a sus tareas
Y con extravagancias diferentes
Mucho más útilmente.
Han llegado a doctores en la ciencia
De ser sabios no más que en la apariencia.»
De esta suerte de locos
Hay hombres como búhos, y no pocos.
62

FABULA 124 FABULA 126


DEMETRIO Y LOS GATOS
MENANDRO. ESCRUPULOSOS.
Si te falta el buen nombre, A las once y aun más de la mañana
Fabio, en vano presumes La cocinera Juana,
Que en el mundo te tengan por grande hombre, Con pretexto de hablar a la vecina,
Sin más que por tus galas y perfumes. Se sale, cierra, y deja en la cocina
Demetrio el Faleriano se apodera A Micifuf y Zapirón hambrientos.
De Atenas, y aunque fue con tiranía, Al punto, pues no gastan cumplimientos
De agradable manera Gatos enhambrecidos,
Los del vulgo le aclaman a porfía. Se avanzan a probar de los cocidos.
Los grandes y los nobles distinguidos «¡Fu, dijo Zapirón, maldita olla!
¡Cómo abrasa! Veamos esa polla
Con fingido placer la mano besan
Que está en el asador lejos del fuego.»
Que los tiene oprimidos; Ya también escaldado, desde luego
Aun a los que en el ocio se embelesan, Se arrima Micifuf, y en un instante
Y la poltrona gente Muestra cada trinchante
Los arrastra el temor al cumplimiento. Que en el arte cisoria, sin gran pena,
Con ellos va Menandro juntamente, Pudiera dar lecciones a Villena.
Dramático escritor de gran talento, Concluido el asunto,
Cuyas obras leyó, sin conocerle, El señor Micifuf tocó este punto.
Demetrio. Con perfumes olorosos Utrum si se podía o no en conciencia
Y pasos afectados entra. Al verle Comer el asador. «¡Oh qué demencia!
Llegar entre los tardos perezosos, Exclamó Zapirón en altos gritos,
¡Cometer el mayor de los delitos!
El nuevo Arconte prorrumpió, enojado:
¿No sabes que el herrero
«Con qué valor se pone en mi presencia Ha llevado por él mucho dinero,
Ese hombre afeminado?» Y que, si bien la cosa se examina,
«Señor, le respondió la concurrencia, Entre la batería de cocina
Es Menandro el autor.» Al punto muda No hay un mueble más serio y respetable?
De semblante el tirano; Tu pasión te ha engañado, miserable.»
Al escritor saluda, Micifuf en efecto
Y con grata expresión le da la mano. Abandonó el proyecto;
Pues eran los dos Gatos
De suerte timoratos,
FABULA 125 Que si el diablo, tentando sus pasiones,
LAS HORMIGAS. Les pusiese asadores a millones
(No hablo yo de las pollas), o me engaño,
Lo que hoy las Hormigas son, O no comieran uno en todo el año.
De otro modo
Eran los hombres antaño:
¡Qué dolor! por un descuido
De lo propio y de lo extraño Micifuf y Zapirón
Hacían su provisión. Se comieron un capón,
Júpiter, que tal pasión En un asador metido.
Notó de siglos atrás, Después de haberse lamido,
No pudiendo aguantar más, Trataron en conferencia
En hormigas los transforma: Si obrarían con prudencia
Ellos mudaron de forma; En comerse el asador.
¿Y de costumbres? Jamás. ¿Le comieron? No señor.
Era caso de conciencia.
63

FABULA 127 FABULA 128


EL ÁGUILA Y LA PALOMA.
LA ASAMBLEA
DE LOS ANIMALES. Un pozo pintado vio
Una Paloma sedienta:
Todos los animales cada instante Tiróse a él tan violenta,
Se quejaban a Júpiter tonante Que contra la tabla dio.
De la misma manera Del golpe, al suelo cayó,
Que si fuese un alcalde de montera. Y allí muere de contado.
El Dios, y con razón, amostazado De su apetito guiado,
Viéndose importunado, Por no consultar al juicio,
Por dar fin de una vez a las querellas, Así vuela al precipicio
En lugar de sus rayos y centellas, El hombre desenfrenado.
De receptor envía desde el cielo
Al Águila rapante, que de un vuelo
En la tierra juntó los animales
Y expusieron en suma cosas tales.
Pidió el león la astucia del raposo,
Este de aquél lo fuerte y valeroso;
Envidia la paloma al gallo fiero,
El gallo a la paloma lo ligero.
Quiere el sabueso patas más felices,
Y cuenta como nada sus narices.
El galgo lo contrario solicita;
Y en fin, cosa inaudita,
Los peces, de las ondas ya cansados,
Quieren probar los bosques y los prados;
Y las bestias, dejando sus lugares,
Surcar las olas de los anchos mares.
Después de oírlo todo,
El Águila concluye de éste modo:
«¿Tes, maldita caterva impertinente,
Que entre tanto viviente
De uno y otro elemento,
Pues nadie está contenta,
No se encuentra feliz ningún destino?
Pues ¿para qué envidiar el del vecino?»
Con sólo este discurso,
Aun el bruto mayor de aquel concurso
Se dio por convencido.
De modo que es sabido
Que ya sólo se matan los humanos
En envidiar la suerte a sus hermanos.
64

El Chivo fue, guiado de su tono,


A la tienda de un mono,
FABULA 129 Barberillo afamado,
EL CHIVO Que afeitó al señorito de contado.
AFEITADO. Sale barbilampiño a la campaña.
Al ver una figura tan extraña,
No hubo perro ni gato
«Vaya una quisicosa.
Que no le hiciese burla al mentecato.
Si aciertas, Juana hermosa,
Los chivos le desprecian de manera,
Cuál es el animal más presumido,
Que no hay más que decir. ¡Quién lo creyera!
Que rabia por hacerse distinguido
Un respetable macho
Entre sus semejantes,
Dicen que rió como un muchacho.
Te he de regalar un par de guantes.
No es el pavón, ni el gallo,
Ni el león, ni el caballo;
Y así, no me fatigues coa demandas.»
«¿Será tal vez... el mono?» «Cerca le andas.»
«¿El mico?» «Que te quemas;
Pero no acertarás: no, no lo temas.
Déjalo, no te canses el caletre.
Yo te diré cuál es: el Petimetre.»
Este vano orgulloso
Pierde tiempo, doblones y reposo
En hacer distinguida su figura.
No para en los adornos su locura;
Hace estudio de gestos y de acciones
A costa de violentas contorsiones.
De perfumes va siempre prevenido;
No quiere oler a hombre ni en descuido.
Que mire, marche o hable,
En todo busca hacerse remarcable.
¿Y qué consigue? Lo que todo necio:
Cuanto más se distingue, más desprecio.
En la historia siguiente yo me fundo.
Un Chivo, como muchos en el mundo,
Vano extremadamente,
Se miraba al espejo de una fuente.
«¡Qué lástima, decía,
Que esté mi juventud y lozanía
Por siempre disfrazada
Debajo de esta barba tan poblada!
¿Y cuándo? Cuando en todas las naciones
No tienen ni aun bigotes los varones;
Pues ya cuentan que son los moscovitas,
Si barbones ayer, hoy señoritas.
¡Qué cabrunos estilos tan groseros!
A bien que estoy en tierra de barberos.»
La historia fue en Tetuán, y todo el día
La barberil guitarra se sentía,
65

De la gente a las ondas arrojada,


Sale quien diestro nada,
Y el que nadar no sabe
FABULA 130 Fluctúa en las reliquias de la nave.
EL NAUFRAGIO Pocos llegan a tierra, afortunados,
DE SIMÓNIDES. Con las náufragas tablas abrazados.
Todos cuantos el oro recogieron,
A Elisa Con el peso abrumados, perecieron.
En tanto que tus vanas compañeras, A Clecémone van. Allí vivía
Cercadas de galanes seductores, Un varón literato, que leía
Escuchan placenteras Las obras de Simónides, de suerte
En la escuela de Venus los amores, Que al conversar los náufragos, advierte
Elisa, retirada te contemplo Que Simónides habla, y en su estilo
De la diosa Minerva al sacro templo. Le conoce; le presta todo asilo
Ni eres menos donosa, De vestidos, criados y dineros;
Ni menos agraciada Pero a sus compañeros
Que Clori, ponderada Les quedó solamente por sufragio
De gentil y de hermosa: Mendigar con la tabla del naufragio.
Pues, Elisa divina, ¿por qué quieres
Huir en tu retiro los placeres?
¡Oh sabia, qué bien haces
En estimar en poco la hermosura,
Los placeres fugaces,
El bien que sólo dura
Como rosa que el ábrego marchita!
Tu prudencia infinita
Busca el sólido bien y permanente
En la virtud y ciencia solamente.
Cuando el tiempo implacable con presteza
O los males tal vez inopinados,
Se lleven la hermosura y gentileza,
Con lágrimas estériles llorados
Serán aquellos días que se fueron
Y a juegos vanos tus amigas dieron;
Pero a tu bien estable
No hay tiempo ni accidente que consuma:
Siempre serás feliz, siempre estimable.
Eres sabia, y en suma
Este bien de la ciencia no perece.
Oye cómo esta fábula lo explica,
Que mi respeto a tu virtud dedica.
Simónides en Asia se enriquece,
Cantando a justo precio los loores
De algunos generosos vencedores.
Este sabio poeta, con deseo
De volver a su amada patria Ceo,
Se embarca, y en la mar embravecida
Fue la mísera nave sumergida.
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En la tierra, en el agua y en el viento,


Y digo finalmente: Todo es mío.
¡Oh grandeza del hombre y poderío!»
Una Pulga que oyó con gran cachaza
FABULA 131
Al Filósofo maza,
EL FILÓSOFO Y Dijo: «Cuando me miro en tus narices,
LA PULGA. Como tú sobre el risco que nos dices,
Y contemplo a mis pies aquel instante
Meditando a sus solas cierto día. Nada menos que al hombre dominante,
Un pensador Filósofo decía: Que manda en cuanto encierra
«El jardín adornado de mil flores, El agua, viento y tierra,
Y diferentes árboles mayores, Y que el tal poderoso caballero
Con su fruta sabrosa enriquecidos, De alimento me sirve cuando quiero,
Tal vez entretejidos Concluyo finalmente: Todo es mío.
Con la frondosa vid que se derrama ¡Oh grandeza de pulga y poderío!»
Por una y otra rama, Así dijo, y saltando se le ausenta.
Mostrando a todos lados De este modo se afrenta
Las peras y racimos desgajados, Aun al más poderoso
Es cosa destinada solamente Cuando se muestra vano y orgulloso.
Para que la disfruten libremente
La oruga, el caracol, la mariposa:
No se persuaden ellos otra cosa.
Los pájaros sin cuento,
Burlándose del viento,
Por los aires sin dueño van girando.
El milano cazando
Saca la consecuencia:
Para mí los crió la Providencia.
El cangrejo, en la playa envanecido,
Mira los anchos mares, persuadido
A que las olas tienen por empleo
Sólo satisfácele su deseo,
Pues cree que van y vienen tantas veces
Por dejarle en la orilla ciertos peces.
No hay, prosigue el Filósofo profundo,
Animal sin orgullo en este mundo.
El hombre solamente
Puede en esto alabarse justamente.
Cuando yo me contemplo colocado
En la cima de un risco agigantado,
Imagino que sirve a mi persona
Todo el cóncavo cielo de corona.
Veo a mis pies los mares espaciosos,
Y los bosques umbrosos,
Poblados de animales diferentes,
Las escamosas gentes,
Los brutos y las fieras,
Y las aves ligeras,
Y cuanto tiene alimento
67

FABULA 133
FABULA 132 EL FILOSOFO Y
EL CAZADOR Y EL FAISÁN.
LOS CONEJOS.
Llevado de la dulce melodía
Del cántico variado y delicioso
Poco antes que esparciese Que en un bosque frondoso
Sus cabellos en hebras Las aves forman, saludando al día,
El rubicundo Apolo Entró cierta mañana
Por la faz de la tierra, Un sabio en los dominios de Diana.
Sus pasos esparcieron el espanto
De cazador armado, En la agradable estancia;
Al soto Fabio llega. Interrúmpese el canto;
Por el nudoso tronco Las aves vuelan a mayor distancia;
De cierta encina vieja Todos los animales, asustados,
Sube para ocultarse Huyen delante de él precipitados,
Y el Filósofo queda
En las ramas espesas. Con un triste silencio en la arboleda.
Los incautos conejos Marcha con cauto paso ocultamente;
Alegres se le acercan. Descubre sobre un árbol eminente
Uno del verde prado A un faisán, rodeado de su cría,
Igualaba la hierba; Que con amor materno la decía:
«Hijos míos, pues ya que en mis lecciones
Otro, cual jardinero, Largamente os hablé de los milanos,
Las florecillas siega; De los buitres y halcones,
El tomillo y romero Hoy hemos de tratar de los humanos.
Éste y aquél cercenan; La oveja en leche y lana
Entre tanto al más gordo Da abrigo y alimento
Para la raza humana,
Fabio su tiro asesta;
Y en agradecimiento
Dispara, y al estruendo A tan gran bienhechora,
Se meten en sus cuevas La mata el hombre mismo y la devora.
Tan repentinamente, A la abeja, que labra sus panales
Que a muchos pareciera Artificiosamente,
La roba, come, vende sus caudales,
Que, salvo el muerto, a todos
Y la mata en ejércitos su gente.
Se los tragó la tierra. ¿Qué recompensa, en suma,
Después de tanto espanto, Consigue al fin el ganso miserable
¿Habrá alguno que crea Por el precioso bien, incomparable,
Que de allí a poco rato De ayudar a las ciencias con su pluma?
La tímida caterva, Le da muerte temprana el hombre ingrato,
Y hace de su cadáver un gran plato.
Olvidando el peligro, Y pues que los humanos son peores
Al riesgo se presenta? Que milanos y azores
Cosa extraña parece Y que toda perversa criatura,
Mas no se admiren de ella. Huiréis con horror de su figura.»
¿Acaso los humanos Así charló, y el hombre se presenta.
«Ese es», grita la madre, y al instante
Hacen de otra manera? La familia volante
Se desprende del árbol y se ausenta.
¡Oh cómo habló el Faisán! «Mas ¡qué dijera
El Filósofo exclama, si supiera
Que en sus propios hermanos
La ingratitud ejercen los humanos.»
68

FABULA 134
EL ZAPATERO FABULA 135
MÉDICO. EL MURCIÉLAGO Y
LA COMADREJA.
Un inhábil y hambriento Zapatero
En la corte por médico corría: Cayó, sin saber cómo,
Con un contraveneno que fingía Un Murciélago a tierra;
Ganó fama y dinero. Al instante le atrapa
Estaba el Rey postrado en una cama, La lista Comadreja.
De una grave dolencia; Clamaba el desdichado,
Para hacer experiencia Viendo su muerte cerca.
Del talento del médico, le llama. Ella le dice: «Muere;
El antídoto pide, y en un vaso Que por naturaleza
Finge el Rey que le mezcla con veneno: Soy mortal enemiga
Se lo manda beber; el tal Galeno De todo cuanto vuela.»
Teme morir, confiesa todo el caso, El avechucho grita,
Y dice que sin ciencia Y mil veces protesta
Logró hacerse doctor de grande precio «Que él es ratón, cual todos
Por la credulidad del vulgo necio. Los de su descendencia»
Convoca el Rey al pueblo. «¡Qué demencia Con esto ¡qué fortuna!
Es la vuestra, exclamó, que habéis fiado El preso se liberta.
La salud francamente Pasado cierto tiempo,
De un hombre a quien la gente No sé de qué manera,
Ni aun quería fiarle su calzado!» Segunda vez le pilla:
Esto para los crédulos se cuenta, Él nuevamente ruega;
En quienes tiene el charlatán su renta. Mas ella le responde
«Que Júpiter la ordena
Tenga paz con las aves,
Con los ratones guerra.»
«¿Soy yo ratón acaso?
Yo creo que estás ciega.
¿Quieres ver cómo vuelo?»
En efecto, le deja,
Y a merced de su ingenio
libre el pájaro vuela.
Aquí aprendió de Esopo
La gente marinera,
Murciélagos que fingen
Pasaporte y bandera.
No importa que haya pocos
Ingleses comadrejas;
Tal vez puede de un riesgo
Sacarnos una treta.
69

Y yo te hacía honor en ser tu amigo?


¿No es también evidente
Que eres por línea recta descendiente
De las orugas, pobres hilanderos,
FABULA 136
Que, mirándose en cueros,
LA MARIPOSA Y De sus tripas hilaban y tejían
EL CARACOL. Un fardo, en que el invierno se metían,
Como tú te has metido,
Aunque te haya elevado la fortuna Y aún no hace cuatro días que has salido?
Desde el polvo a los cuernos de la luna, Pues si éste fue tu origen y tu casa;
Si hablas, Fabio, al humilde con desprecio ¿Por qué tu ventolera se propasa
Tanto como eres grande serás necio. A despreciar a un caracol honrado?»
¡Qué! ¿Te irritas? ¿Te ofende mi lenguaje? El que tiene de vidrio su tejado,
«No se habla de ese modo a un personaje.» Esto logra de bueno
Pues haz cuenta, señor, que no me oíste, Con tirar las pedradas al ajeno.
Y escucha a un Caracol. Vaya de chiste
En un bello jardín, cierta mañana,
Se puso muy ufana
Sobre la blanca rosa
Una recién nacida Mariposa.
El sol resplandeciente
Desde su claro oriente
Los rayos esparcía;
Ella, a su luz, las alas extendía,
Sólo porque envidiasen sus colores
Manchadas aves y pintadas flores.
Esta vana, preciada de belleza,
Al volver la cabeza,
Vio muy cerca de sí, sobre una rama,
A un pardo Caracol. La bella dama,
Irritada, exclamó: «¿Cómo, grosero,
A mi lado te acercas? Jardinero,
¿De qué sirve que tengas con cuidado
El jardín cultivado,
Y guarde tu desvelo
La rica fruta del rigor del hielo,
Y los tiernos botones de las plantas,
Si ensucia y come todo cuanto plantas
Este vil Caracol de baja esfera?
O mátale al instante, o vaya fuera.»
«Quien ahora te oyese,
Si no te conociese,
Respondió el Caracol, en mi conciencia,
Que pudiera temblar en tu presencia.
Mas dime, miserable criatura,
Que acabas de salir de la basura,
¿Puedes negar que aún no hace cuatro días
Que gustosa solías
Como humilde reptil andar conmigo,
70

Pues no encierran virtud tan peregrina


Los polvos de la madre Celestina.
Que declare su nombre.»
El concurso lo pide, y el buen hombre
FABULA 137 Entonces, más modesto que un novicio,
LOS DOS Dijo: «No soy el diablo, sino el vicio.»
TITIRITEROS.
FABULA 138
Todo el pueblo, admirado, EL RAPOSO Y
Estaba en una plaza amontonado, EL PERRO.
Y en medio se empinaba un Titiritero,
Enseñando una bolsa sin dinero.
«Pase de mano en mano, les decía; De un modo muy afable y amistoso
Señores, no hay engaño, está vacía.» El Mastín de un pastor con un Raposo
Se la vuelven; la sopla, y al momento Se solía juntar algunos ratos,
Derrama pesos duros, ¡qué portento! Como tal vez los perros y los gatos
Levántase un murmullo de repente, Con amistad se tratan. Cierto día
Cuando ven por encima de la gente El Zorro a su compadre le decía:
Otro Titiritero a competencia. «Estoy muy irritado;
Queda en expectación la concurrencia Los hombres por el mundo han divulgado
Con silencio profundo. Que mi raza inocente (¡qué injusticia!)
Cesó el primero, y empezó el segundo.
Les anda circumcirca en la malicia.
Presenta de licor unas botellas;
Algunos se arrojaron hacia ellas, ¡Ah maldita canalla!
Y al punto las hallaron transformadas Si yo pudiera...» En esto el Zorro calla,
En sangrientas espadas. Y erizado se agacha. «Soy perdido,
Muestra un par de bolsillos de doblones; Dice, los cazadores he oído.
Dos personas, sin duda dos ladrones, ¿Qué me sucede?» «Nada.
Les echaron la garra muy ufanos, No temas, le responde el camarada;
Y se ven dos cordeles en sus manos. Son las gentes que pasan al mercado.
A un relator cargado de procesos Mira, mira, cuitado,
Una letra le enseña de mil pesos. Marchar haldas en cinta a mis vecinas,
«Sople usted»; sopla el hombre apresurado, Coronadas con cestas de gallinas.»
Y le cierra los labios un candado.
«No estoy, dijo el Raposo, para fiestas:
A un abate arrimado a su cortejo
Le presenta un espejo, Vete con tus gallinas y tus cestas,
Y al mirar su retrato peregrino, Y satiriza a otro. Porque sabes
Se vio con las orejas de pollino. Que robaron anoche algunas aves,
A un santero le manda ¿He de ser yo el ladrón?» «En mi conciencia,
Que se acerque; le pilla la demanda, Que hablé, dijo el Mastín, con inocencia.
Y allá con sus hechizos ¿Yo pensar que has robado gallinero,
La convirtió en merienda de chorizos. Cuando siempre te vi como un cordero?»
A un joven desenvuelto y rozagante: «¡Cordero! exclama el Zorro; no hay aguante.
Le regala un diamante: Que cordero me vuelva en el instante,
Éste le dio a su dama, y en el punto Si he hurtado el que falta en tu majada.»
Pálido se quedó como un difunto,
«¡Hola! concluye el Perro, Camarada,
Item más, sin narices y sin dientes.
Allí fue la rechifla de las gentes, El ladrón es usted, según se explica»
La burla y la chacota. El estuche molar al punto aplica
El primer Titiritero se alborota; Al mísero Raposo,
Dice por el segundo con denuedo: Para que así escarmiente el cosquilloso,
«Ese hombre tiene un diablo en cada dedo, Que de las fabuliilas se resiente.
71

Si no estás inocente, Todas en torno a él se colocaron.


Dime, ¿por qué no bajas las orejas? Entonces con más gracia
Y más diestro que el músico de Tracia,
Y si acaso lo estás, ¿de qué te quejas? Echando su compás hacia el más gordo,
Consigue gratis merendarse un tordo.
FABULA 139 FABULA 140
EL GATO Y LA DANZA
LAS AVES. PASTORIL.
Charlatanes se ven por todos lados, A la sombra que ofrece
En plazas y en estrados, Un gran peñón tajado,
Que ofrecen sus servicios ¡cosa rara! Por cuyo pie corría
A todo el mundo por su linda cara. Un arroyuelo manso,
Éste, químico y médico excelente, Se formaba en estío
Cura a todo doliente; Un delicioso prado.
Pero gratis: no se hable de dinero. Los árboles silvestres
El otro, petimetre caballero, Aquí y allí plantados,
Canta, toca, dibuja, borda, danza, El suelo siempre verde,
Y ofrece la enseñanza De mil flores sembrado,
Gratis por afición, a cierta gente. Más agradable hacían
Veremos en la fábula siguiente El lugar solitario.
Si puede haber en esto algún engaño. Contento en él pasaba
La prudente cautela no hace daño. La siesta, recostado .
Dejando los desvanes y rincones, Debajo de una encina,
El señor Minimiz, gato de maña, Con el albogue, Bato.
Se salió de la villa a la campaña. Al son de sus tonadas,
En paraje sombrío, Los pastores cercanos,
A la orilla de un río, Sin olvidar algunos
De sauces coronado, La guarda del ganado,
En unas matas se quedó agachado. Descendían ligeros
El Gatazo callaba como un muerto, Desde la sierra al llano.
Escuchando el concierto Las honestas zagalas,
De dos mil avecillas, Según iban llegando,
Que en las ramas cantaban maravillas; Bailaban lindamente,
Pero callaba en vano, Asidas de las manos,
Mientras no se acercaban a su mano En tomo de la encina
Los músicos volantes, pues quería Donde tocaba Bato.
Minimiz arreglar la sinfonía. De las espesas ramas
Cansado de esperar, prorrumpe al cabo, Se veía colgando
Sacando la cabeza: Bravo, bravo. Una guirnalda bella
La turba calla; cada cual procura De rosas y amaranto.
Alejarse o meterse en la, espesura; La fiesta presidía
Mas él les persuadió con buenos modos, Un mayoral anciano;
Y al fin logró que le escuchasen todos. Y ya que el regocijo
«No soy Gato montés o campesino; Bastó para descanso,
Soy honrado vecino Antes que se volviesen
De la cercana villa: Alegres al rebaño,
Fui Gato de un maestro de capilla; El viejo presidente
La música aprendí, y aún, si me empeño, Con su corvo cayado
Veréis cómo os la enseño, Alcanzó la guimalda
Pero gratis y en menos de una hora. Que pendía del árbol,
¡Qué cosa tan sonora Y coronó con ella
Será el oír un coro de cantores, Los cabellos dorados
Verbigracia calandrias ruiseñores!» De la gentil zagala
Con estas y otras cosas diferentes, Que con sencillo agrado
Algunas de las aves inocentes Supo ganar a todas
Con manso vuelo á Mirrimiz llegaron; En modestia y recato.
72

Si la virtud premiaran
Así los cortesanos,
Yo sé que no huiría
Desde la corte al campo.
FABULA 142
FABULA 141
LA MODA.
LOS DOS PERROS.
Después de haber corrido
Procure ser en todo lo posible, Cierto danzante mono
El que ha de reprender, irreprensible. Por cantones y plazas,
Sultán, perro goloso y atrevido, De ciudad en ciudad, el mundo todo,
En su casa robó, por un descuido, Logró, dice la historia,
Una pierna excelente de camero. Aunque no cuenta el cómo,
Pinto, gran tragador, su compañero, Volverse libremente
Le encuentra con la presa encaminado A los campos del África orgulloso.
Ojo al través, colmillo acicalado, Los monos al viajero
Fruncidas las narices y gruñendo. Reciben con más gozo
Que a Pedro el zar los rusos,
«¿Qué cosa estás haciendo,
Que los griegos a Ulises generoso.
Desgraciado Sultán?» Pinto le dice; De leyes, de costumbres,
«¿No sabes, infelice, Ni él habló ni algún otro
Que un Perro infiel, ingrato, Le preguntó palabra;
No merece ser Perro, sino gato? Pero de trajes y de modas todos.
¡Al amo, que nos fía En cierta jerigonza,
La custodia de casa noche y día, Con extranjero tono
Nos halaga, nos cuida y alimenta, Les hizo un gran detalle
Le das tan buena cuenta, De lo más remarcable a los curiosos.
Que le robas, goloso, «Empecemos, decían,
La pierna del camero más jugoso! Aunque sea por poco.»
Hiciéronse zapatos
Como amigo te ruego
Con cáscaras de nueces, por lo pronto;
No la maltrates más: déjala luego.» Toda la raza mona
«Hablas, dijo Sultán, perfectamente. Andaba con sus choclos,
Una duda me queda solamente Y el no traerlos era
Para seguir al punto tu consejo: Faltar a la decencia y al decoro.
Di, ¿te la comerás, si yo la dejo?» Un leopardo hambriento
Trepa para los monos:
Ellos huir intentan
A salvarse en los árboles del soto.
Las chinelas lo estorban,
Y de muy fácil modo
Aquí y allí mataba,
Haciendo a su placer dos mil destrozos.
En Tetuán, desde entonces
manda el senado docto
Que cualquier uso o moda,
De países cercanos o remotos,
Antes que llegue el caso
De adoptarse en el propio,
Haya de examinarse,
En junta de políticos, a fondo
Con tan justo decreto
73

Y el suceso horroroso,
¿Dejaron tales modas?
Primero dejarían de ser monos.
FABULA 144
FABULA 143 LA HERMOSA Y
EL LOBO Y EL ESPEJO.
EL MASTÍN.
Anarda la bella
Trampas, redes y perros Tenía un amigo
Los celosos pastores disponían Con quien consultaba
En lo oculto del bosque y de los cerros, Todos sus caprichos:
Porque matar querían Colores de moda,
A un Lobo por el bárbaro delito Más o menos vivos,
De no dejar a vida ni un cabrito. Plumas, sombrerete,
Hallóse cara a cara Lunares y rizos
Un Mastín con el Lobo de repente, Jamás en su adorno
Y cada cual se para, Fueron admitidos,
Tal como en Zama estaban frente a frente, Si él no la decía:
Antes de la batalla, muy serenos Gracioso, bonito.
Aníbal y Scipión, ni más ni menos. Cuando su hermosura,
En esta suspensión, treguas propone Llena de atractivo,
El Lobo a su enemigo. En sus verdes años
El Mastín no se opone, Tenía más brillo,
Antes le dice: «Amigo, Traidoras la roban
Es cosa bien extraña, por mi vida, (Ni acierto a decirlo)
Meterse un señor Lobo a cabricida. Las negras viruelas
Ese cuerpo brioso Sus gracias y hechizos.
Y de pujanza fuerte, Llegóse al Espejo:
Que mate al jabalí, que venza al oso. Éste era su amigo;
Mas ¿qué dirán al verte Y como se jacta
Que lo valiente y fiero De fiel y sencillo,
Empleas en la sangre de un cordero?» Lisa y llanamente
El Lobo le responde: «Camarada, La verdad la dijo.
Tienes mucha razón; en adelante Anarda, furiosa;
Propongo no comer sino ensalada.» Casi sin sentido,
Se despiden y toman el portante. Le vuelve la espalda,
Informados del hecho Dando mil quejidos.
Los pastores, se apuran y patean; Desde aquel instante
Agarran al Mastín y le apalean. Cuentan que no quiso
Digo que fue bien hecho; Volver a consultas
Pues en vez de ensalada, en aquel año Con el señor mío.
Se fue comiendo el Lobo su rebaño. «Escúchame, Ánarda:
¿Con una reprensión, con un consejo Si buscas amigos
Se pretende quitar un vicio añejo? Que te representen
Tus gracias y hechizos,
Mas que no te adviertan
Defectos y aún vicios,
De aquellos que nadie
74

Conoce en sí mismo,
Dime, ¿de qué modo
Podrás corregirlos?»
FABULA 145 FABULA 146
EL VIEJO Y LA GATA CON
EL CHALÁN. CASCABELES.

«Fabio está, no lo niego, muy notado Salió cierta mañana


De una cierta pasión, que le domina; Zapaquilda al tejado
Mas ¿qué importa, señor? Si se examina, Con un collar de grana,
De pelo y cascabeles adornado.
Se verá que es un mozo muy honrado,
Al ver tal maravilla,
Generoso, cortés, hábil, activo, Del alto corredor y la guardilla
Y que de todo entiende Van saltando los gatos de uno en uno.
Cuanto pide el empleo que pretende.» Congrégase al instante
«Y qué, ¿no se le dan?... ¿Por qué motivo?...» Tal concurso gatuno
Trataba un Viejo de comprar un perro En tomo de la dama rozagante,
Para que le guardase los doblones; Que entre flexibles colas arboladas
Le decía el Chalán estas razones: Apenas divisarla se podía.
«Con un collar de hierro Ella con mil monadas
Que tenga el animal, échenle gente: El cascabel parlero sacudía;
Es hermoso, pujante, Pero cesando al fin el sonsonete,
Dijo que por juguete
Leal, bravo, arrogante;
Quitó el collar al perro su señora,
Y aunque tiene la falta solamente Y se lo puso a ella.
De ser algo goloso...» Cierto que Zapaquilda estaba bella.
«¿Goloso? dice el rico; no le quiero» A todos enamora,
«No es para marmitón ni despensero, Tanto, que en la gatesca compañía
Continúa el Chalán muy presuroso; Cuál dice su atrevido pensamiento
Sino para valiente centinela.» Cuál se encrespa celoso;
«Menos, concluye el Viejo; Riñen éste y aquél con ardimiento,
Dejará que me quiten el pellejo Pues con ansia quería
Por lamer entre tanto la cazuela.» Cada gato soltero ser su esposo.
Entre los arañazos y maullidos
Levántase Garraf gato prudente,
Y a los enfurecidos
Les grita: «Novel gente,
¡Gata con cascabeles por esposa!
¿Quién pretende tal cosa?
¿No veis que el cascabel la caza ahuyenta
Y que la dama hambrienta
Necesita sin duda que el marido,
Ausente y aburrido,
Busque la provisión en los desvanes,
Mientras ella, cercada de galanes,
Porque el mundo la vea,
De tejado en tejado se pasea?»
Marchóse Zapaquilda convencida,
Y lo mismo quedó la concurrencia.
¡Cuántos chascos se llevan en la vida
Los que no miran más que la apariencia!
75

FABULA 147 FABULA 148


EL RUISEÑOR Y EL AMO Y
EL MOCHUELO. EL PERRO.

«Callen todos los perros de este mundo


Una noche de Mayo,
Donde está mi Palomo;
Dentro de un bosque espeso,
Es fiel, decía el Amo, sin segundo,
Donde, según reinaba
Y me guarda la casa... Pero ¿cómo?
La triste oscuridad con el silencio,
Con la despensa abierta
Parece que tenía
Le dejé cierto día:
Su habitación Morfeo;
En medio de la puerta,
Cuando todo viviente
De guardia se plantó con bizarría.
Disfrutaba de dulce y blando sueño,
Un formidable gato,
Pendiente de una rama
En vez de perseguir a los ratones,
Un Ruiseñor parlero
Se venía, guiado del olfato,
Empezó con sus ayes
A visitar chorizos y jamones.
A publicar sus dolorosos celos.
Palomo le despide buenamente;
Después de mil querellas,
El gato se encrespa y acalora;
Que llegaron al cielo,
Riñen sangrientamente,
A cantar empezaba
Y mi guarda jamones le devora.»
La antigua historia del infiel Tereo
Esto contaba el Amo a sus amigos,
Cuando, sin saber cómo,
Y después a su casa se los lleva
Un cazador mochuelo
A que fuesen testigos
Al músico arrebata
De tal fidelidad en otra prueba.
Entre las corvas uñas prisionero.
Tenía al buen Palomo prisionero
Jamás Pan con la flauta
Entre manidas pollas y perdices;
Igualó sus gorjeos,
Los sebosos riñones de un carnero
Ni resonó tan grata
Casi casi le untaban las narices.
La dulce lira del divino Orfeo;
Dentro de este retiro a penitencia
No obstante, cuando daba
El triste fue metido,
Sus últimos lamentos,
Después de algunos días de abstinencia.
Los vecinos del bosque
Al fin, ya su señor, compadecido,
Aplaudían su muerte; yo lo creo.
Abre con sus amigos el encierro:
Si con sus serenatas
Sale rabo entre piernas, agachado;
El mismo Farinelo
Al Amo se acercaba el pobre Perro,
Viniese a despertarme
Lamiéndose el hocico ensangrentado.
Mientras que yo dormía en blando lecho,
El dueño se alborota y enfurece
En lugar de los bravos
Con tan fatales nuevas.
Diría: «Caballero, ¡Que no viniese ahora
Yo le preguntaría: ¿Y qué merece
Para tal ruiseñor algún mochuelo!»
Quien la virtud expone a tales pruebas?
Clori tiene mil gracias
¿Y gué logra con eso?
Hacerse fastidiosa
Por no querer usarlas a su tiempo.
76

Que al instante consigue


Atrapar la carnívora alimaña.
Llégase el Cazador al prisionero;
FABULA 149 Quiere darle la muerte;
LOS DOS El animal le dice: «Caballero,
CAZADORES. Duélase de la suerte
De un triste pobrecito,
Que en una marcial función, Metido en la prisión, y sin delito.»
O cuando el caso lo pida, «¿Sin delito, me dices,
Arriesgue un hombre su vida, Cuando sé que tus uñas y tus dientes
Digo que es mucha razón. Devoran infinitos inocentes?»
Pero el que por diversión «Señor, eran conejos y perdices,
Exponer su vida quiera Y yo no hacía más, a fe de Gato,
A juguete de una fiera Que lo que ustedes hacen en el plato.»
O peligros no menores, «Ea, pícaro, muere;
Sepa de dos Cazadores Que tu mala razón no satisface.»
Una historia verdadera. Con que sea la cosa que se fuere,
Pedro Ponce el valeroso ¿La podrá usted hacer, si otro la hace?
Y Juan Carranza el prudente
Vieron venir frente a frente FABULA 151
Al lobo más horroroso. EL PASTOR.
El prudente, temeroso,
A una encina se abalanza, Salido usaba tañer
Y cual otro Sancho Panza, La zampoña todo el año,
En las ramas se salvó. Y por oírle el rebaño,
Pedro Ponce allí murió. Se olvidaba de pacer.
Imitemos a Carranza. Mejor sería romper
La zampoña al tal Salicio;
FABULA 150 Porque si causa perjuicio,
EL GATO Y En lugar de utilidad,
EL CAZADOR. La mayor habilidad,
En vez de virtud, es vicio.
Cierto Gato, en poblado descontento,
Por mejorar sin duda su destino
(Que no sería Gato de convento),
Pasó de ciudadano a campesino.
Metióse santamente
Dentro de una covacha, mas no lejos
De un gran soto poblado de conejos.
Considere el lector piadosamente
Si el novel ermitaño
Probaría la yerba en todo el año.
Lo mejor de la caza devoraba,
Haciendo mil excesos;
Mas al fin, por el rastro que dejaba
De plumas y de huesos,
Un Cazador lo advierte; le persigue,
Arma trampas y redes con tal maña,
77

FABULA 152 FABULA 153


EL TORDO EL RAPOSO Y
FLAUTISTA. EL LOBO.
Un triste Raposo
Era un gusto el oír, era un encanto, Por medio del llano
A un Tordo gran flautista; pero tanto, Marchaba sin piernas,
Que en la gaita gallega, Cual otro soldado
O la pasión me ciega, Que perdió las suyas
O a Misón le llevaba mil ventajas. Allá en Campo Santo.
Cuando todas las aves se hacen rajas Un Lobo le dijo:
Saludando a la aurora, «Hola, buen hermano,
Y la turba confusa charladora Diga, ¿en qué refriega
La canta sin compás y con destreza Quedó tan lisiado?»
Todo cuanto la viene a la cabeza, «¡Ay de mí! responde;
El flautista empezó: cesó el concierto Un maldito rastro
Los pájaros con tanto pico abierto Me llevó a una trampa,
Oyeron en un tono soberano Donde por milagro,
Las folias, la gaita y el villano. Dejando una pierna,
Al escuchar las aves tales cosas, Salí con trabajo.
Quedaron admiradas y envidiosas. Después de algún tiempo
Los jilgueros, preciados de cantores, Iba yo cazando,
Los vanos ruiseñores, Y en la trampa misma
Unos y otros corridos, Dejé pierna y rabo.»
Callan, entre las hojas escondidos. El Lobo le dice:
Ufano el Tordo grita: «Camaradas, «Creíble es el caso.
Ni saben ni sabrán estas tonadas Yo estoy tuerto, cojo
Los pájaros ociosos, Y desorejado
Sino los retirados estudiosos. Por ciertos mastines,
Sabed que con un hábil zapatero Guardas de un rebaño.
Estudié un año entero: Soy de estas montañas
Él dale que le das a sus zapatos, El Lobo decano;
Y altemando, silbábamos a ratos. Y como conozco
En fin, viéndome diestro, Las mañas de entrambos,
Vuela al campo, me dice mi maestro, Temo que acabemos,
Y harás ver a las aves, de mi parte, No digo enmendados,
Lo que gana el ingenio con el arte». Sino tú en la trampa,
Y yo en el rebaño.»
¡Que el ciego apetito
Pueda arrastrar tanto!
A los brutos pase.
¡Pero a los humanos!...
78

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