Los objetos culturales son, en consecuencia, los objetos creados por el hombre.
Así, por
ejemplo, las casas, las herramientas, la poesía, la música, la ciencia, la filosofía, el derecho —el
derecho positivo, por supuesto, esto es, el derecho puesto o impuesto por el hombre—. Estos
objetos se diferencian de los demás objetos que existen en el universo en que, al ser
“proyecciones humanas”, al ser “vida humana objetivada”, se encuentran dotados de sentido, de
significado, por cuanto fueron creados por un porqué —por un motivo— y con un para qué —
con una finalidad—; son el producto de una necesidad, penuria o urgencia, y fueron creados
para satisfacer la necesidad, superar la penuria o sofocar la urgencia (Recaséns, 2003, pp. 25 y
ss.). 6. La realidad y los valores Los distintos objetos que existen en el universo no nos son
indiferentes; unos son mejores y otros peores; unos son bellos y otros horribles; unos son útiles
y otros inútiles; unos, justos, y otros, injustos; unos, verdaderos, y otros, falsos. Esa cualidad,
pues, que se proyecta, encarna, reposa sobre los objetos, haciendo que no nos resulten
indiferentes, son los valores (García, 2002, pp. 271 y ss.). Y ¿qué son los valores? El saber que
se ocupa de estudiarlos recibe el nombre de axiología, estimativa o teoría de los valores (Cfr.
Frondizi, 1997). En la axiología existen dos grandes y opuestas corrientes: el relativismo y el
absolutismo valorativo; la primera sostiene que los valores son impresiones subjetivas de agrado
o de desagrado; no hay valores, tan sólo sujetos que valoran, por ello los valores son relativos;
no son objetos, en tanto no tienen un ser con independencia del sujeto; cada sujeto, pues, según
esta corriente, tiene su propia noción, su propia idea sobre lo justo, lo bello, lo útil, lo
verdadero; “entre gustos no hay disgustos” dirá un buen relativista. Introducción al estudio del
derecho 26 Por el contrario, según la segunda corriente —el objetivismo o absolutismo
valorativo— los valores son objetos, como quiera que conservan su ser con independencia del
sujeto; una cosa son los valores y otra las valoraciones; los valores son absolutos, por cuanto se
imponen a los sujetos con independencia de sus impresiones de agrado o de desagrado —el
hombre suele hacer cosas que le desagradan, mas se le imponen como valiosas—; las
valoraciones, por el contrario, son operaciones de asignación de valor a un determinado objeto;
la valoración requiere, por tanto, de la captación de un valor; los sujetos, así, disputan no sobre
los valores sino sobre sus valoraciones; hay sujetos que captan adecuadamente los valores;
otros, al captarlos en forma inadecuada, se equivocan (Ortega, 1983j, pp. 319 y ss.). Al decir de
Ortega (1983j), más cercano a la segunda corriente, los valores son cuasiobjetividades, carecen
de sustantividad, requiriendo de otra entidad para encarnarse o proyectarse, para posarse sobre
ella —no sólo se proyectan sobre los objetos culturales; un paisaje, por ejemplo, puede ser más
bello que otro— (pp. 328 y ss.). Existen distintas clases de valores y se hallan jerarquizados
entre sí: hay valores éticos, como la bondad y la justicia; estéticos, como la belleza y lo sublime;
lógicos, como la verdad; vitales, como la fortaleza, la gallardía; útiles, como lo idóneo, lo
conveniente —que son los valores de la política—; religiosos, como la santidad, la beatitud.
Asimismo, tienen —los valores— a la polaridad como una de sus características esenciales; su
existencia se produce gracias a la existencia de un antivalor o contravalor, verbi gratia, la
justicia requiere de la injusticia, la belleza de la fealdad (Ortega, 1983j, pp. 334 – 335). Si todo
el mundo fuera bello no se percibiría la belleza, la belleza no aparecería; sólo se perciben los
cambios, las modificaciones; quien vive al lado de la cascada, dice Ortega (1976), no escucha su
estruendo; cuando se aleja, percibe lo más inimaginable: el silencio (p. 47). Si bien los valores
se proyectan sobre toda clase de objetos, es en los objetos culturales en los que encuentran
mayor significación, si se tiene en cuenta que, al ser los objetos culturales creaciones del
hombre, son el producto de una valoración acertada o equivocada de este. Para comprender tales
objetos no basta con describirlos; es menester, pues, interpretarlos, des-cubriendo la valoración
realizada al momento de su creación. El producto de la vida biográfica es el resultado de
valoraciones; de preferir, desechando a las demás, una posibilidad existencial, la más valiosa
entre las que, en frente de una necesidad —de un porqué—, al “yo” le ofrece su particular
circunstancia. Unidad I: Ubicación del derecho en el universo 27 7. La realidad y el
perspectivismo Hecho este recorrido por las distintas realidades radicadas, conviene
preguntarnos por si, al arraigarse todas esas realidades en la realidad radical, la realidad toda es
relativa o absoluta. La respuesta nos la ofrece Ortega afirmando el perspectivismo, que no es
relativismo, puesto que, para el primero —el perspectivismo—, el conocimiento es absoluto y la
realidad es relativa; para el segundo —el relativismo—, el conocimiento es relativo, lo absoluto
es la realidad (Ortega, 1983c, pp. 231 y ss.). Pues bien, según el perspectivismo la realidad es
relativa, porque la perspectiva es constitutiva de la misma. Y ¿qué es la perspectiva? La
expresión latina spec significa mirar (Ortega, 1983b, p. 121); de allí que: espectador, el que mira
o contempla; inspector, el que mira por dentro, el que vigila; circunspecto, el que mira cauteloso
lo que le rodea, su circunstancia, el prudente; aspecto, el lado de la cosa que se mira; respecto,
la cosa o lado de la cosa que se mira; prospectivo, mirada hacia adelante; retrospectivo, mirada
hacia atrás; espectáculo, lo que se mira; perspectiva, punto de vista. Así, la perspectiva —punto
de vista— es la forma en que el paisaje se le organiza a cada sujeto, atendiendo a la particular
circunstancia en la que se halla incrustado —la perspectiva nos ofrece la realidad en diversos
planos y, nos dice Ortega, nuestro corazón reparte los acentos—. Para el perspectivismo, tan
cercano a la “teoría de la relatividad” como lejano al relativismo epistemológico, la realidad es
relativa, mas el conocimiento de la misma es absoluto. Si las perspectivas fuesen
intercambiables, que no lo son —lo que veo a través de mi pupila sólo lo veo “yo”—, cada
sujeto, en idéntica perspectiva, percibiría lo mismo. Dios, quien es el único “yo” sin
circunstancia, es el poseedor de la verdad absoluta, no porque se encuentre apreciando la
realidad al margen del mundo, sino por confluir en él la totalidad de las perspectivas (Ortega,
1983c, pp. 199 y ss.). Como ya se indicó, el perspectivismo no es relativismo; para el
relativismo la realidad es absoluta y el conocimiento es relativo; para el perspectivismo no es
que cada sujeto posea su propia verdad; tan sólo posee —el sujeto— la verdad que le
corresponde a su particular perspectiva. Bien puede ocurrir que el hombre, en su perspectiva, se
equivoque, incurra en un error, sea portador de un conocimiento falso, de un pensamiento que
no se adecúe a la reali- Introducción al estudio del derecho 28 dad. Una cosa, pues, es que no
haya verdad (escepticismo) o que la verdad dependa de cada sujeto (relativismo) y, otra cosa,
muy distinta, es que a cada sujeto le corresponda una porción de la verdad, aquella a que es
acreedora su particular perspectiva. ¡La perspectiva permite ver y conocer, ocultando! Lo dicho,
por supuesto, tiene consecuencias en el plano axiológico; Ortega no habría podido sostener,
habiendo reivindicado el perspectivismo, un relativismo valorativo. Para Ortega el hombre,
pues, se ve forzado a escoger lo malo sobre lo peor, en la particular circunstancia en la que se
halla cautivo; mas al juzgar qué es lo malo y qué es lo peor puede equivocarse. El que, por
tanto, el hombre sea un ser circunstanciado, no significa que la verdad sea relativa ni que los
valores dependan de las valoraciones; el conocimiento es absoluto —desde cada perspectiva—,
la realidad es relativa y los valores son cuasiobjetividades. 8. El derecho y su aparición en la
realidad radical La vida, el drama que ella es, consiste en una ocupación; en el “yo” teniendo
que habérselas con su circunstancia. El hombre, pues, se ve obligado a tener que enfrentar su
circunstancia y, para ello, se ve obligado a salvarla, esto es, a comprenderla. Así, los distintos
matices de aquella llevan al hombre a reaccionar de diversas formas; para hacerse cargo de la
parte de su circunstancia que es natural, el hombre acude a la técnica; es esta el acto
reformatorio de la naturaleza, por vía del cual se pretenden aminorar o suprimir las dificultades
que, para la satisfacción de sus necesidades, al “yo” le reporta la circunstancia en la que se
encuentra confinado. La técnica le permite al hombre vacar a lo que es para él radicalmente
necesario, esto es, a lo “superfluo”; gracias a la técnica puede el hombre dejar de ocupar todo su
tiempo en la satisfacción de las necesidades propias de la vida orgánica —la alimentación, por
ejemplo—, y, en consecuencia, ocuparse en su destino ético, en “llegar a ser el que es”, en
desplegar su “yo” auténtico, su vocación (Ortega, 1983o, pp. 326 y ss.). Empero, la
circunstancia no se agota en su parte natural; parte de la circunstancia del “yo” son “los otros”,
que son sujetos libres al igual que el “yo”, impredecibles en sus reacciones en frente de los actos
de este. Esa falta de seguridad, que imposibilita la existencia en coexistencia, lleva a los hom-
Unidad I: Ubicación del derecho en el universo 29 bres a crear las normas de conducta; estas
pretenden aminorar el margen de incertidumbre existente en las reacciones del “otro” respecto
de los actos del “yo”; pretenden, en efecto, que el hombre no haga todo lo que puede, ni deje de
hacer todo lo que puede dejar de hacer; toda norma de conducta, por ello, limita la libertad,
comporta el encauzamiento de la libertad. El “otro” es, por tanto, un sujeto peligroso para la
existencia del “yo”; de allí que el “yo”, para tratar con el “otro”, se acerque a este a través de
ese acto de aproximación cautelosa que es el saludo. El origen, precisamente, del hábito de
saludar, dando la mano —oprimiéndola, sacudiéndola y soltándola—, fue el de verificar que el
“otro” no viniese armado; hoy, a lo sumo, el dar la mano comporta, al saludar, una solemne
declaración, aunque tácita, de mutuo sometimiento a las reglas del trato social. Una vez el “yo”,
dado su trato con el “otro”, limita en su mente el margen de posibles reacciones en frente sus
actos, aparece el “tú”, con quien el “yo” aminora las formalidades del saludo, en tanto deja de
serle un sujeto peligroso (Ortega, 1983b, pp. 174 y ss.). Al valorar positivamente el “yo” las
reacciones del “otro” y, así, poder anticipar el entrelazamiento de los proyectos existenciales,
surge la amistad. Ahora bien, el derecho —que hace parte de las normas de conducta—, el
positivo, es, como ya se dijo, un objeto cultural —proyección humana, vida humana objetivada
—, creado por un porqué y con un para qué, por un motivo y con una finalidad, y dotado, por
ello, de sentido, de significado; el porqué, el motivo es la existencia de conflictos de intereses;
el para qué, la finalidad es la de posibilitar la existencia en coexistencia, en medio de la
inexorable presencia de conflictos de intereses. Veamos: un interés, según Carnelutti (2004c), es
una posición favorable a la satisfacción de una necesidad; el conflicto de intereses consiste en
que la posición favorable a la satisfacción de una necesidad de una persona excluye la posición
favorable a la satisfacción de una necesidad de otra (pp. 11 y ss). Los conflictos de intereses,
que son inherentes, connaturales a la coexistencia, se producen por el desequilibrio que existe
entre las necesidades y los bienes —medios para la satisfacción de aquellas—; las necesidades
son ilimitadas y los bienes son limitados (Carnelutti, 2004a, pp. 9 y ss.). Al derecho no le
preocupa la existencia de conflictos de intereses, pues estos, como ya se advirtió, son
ineluctables, inevitables en la coexistencia; al Introducción al estudio del derecho 30 derecho o,
mejor, a su creador le preocupa el que a esos conflictos de intereses se les añadan conflictos de
voluntades, pues son estos, precisamente, los que imposibilitan la existencia en coexistencia. El
derecho, así, no pretende resolver los conflictos de intereses; para resolverlos sería menester un
acto milagroso o un acto de martirio; milagroso, multiplicando los bienes existentes para que
sean estos suficientes a efectos de suplir todas las necesidades; de martirio, suprimiendo, en
clave franciscana, las necesidades, hasta decir: rico no es el que tiene muchos bienes, sino el que
tiene pocas necesidades; necesito poco y lo que necesito lo necesito muy poco, diría San
Francisco de Asís (Ortega, 1983r, p. 324). El derecho, pues, pretende posibilitar la existencia en
coexistencia, en medio de la inexorable presencia de conflictos de intereses; ello, por medio de
la evitación o, en todo caso, de la resolución de los conflictos de voluntades que se les añadan a
aquellos —a los conflictos de intereses—. Si a estos últimos se les suman conflictos de
voluntades, aparecen los litigios; todo litigio supone la existencia de un conflicto de intereses,
mas no todo conflicto de intereses es un litigio; el litigio es un conflicto de intereses calificado
por un conflicto de voluntades, un conflicto de intereses calificado, dice Carnelutti, por una
pretensión resistida (Carnelutti, 2004c, pp. 44 – 45). El derecho, así las cosas, pretende evitar
litigios o, en el caso de estos presentarse, resolverlos; pretende evitarlos, por medio del llamado
derecho sustancial, a través de una repartición directa de los bienes; asegura esta, por vía de una
armónica distribución de deberes de abstención y de prestación; de abstención, imponiendo
deberes de no afectación de los bienes de otros; de prestación, imponiendo deberes de
desprendimiento de determinados bienes en favor de los otros. Si, no obstante esa distribución
directa de los bienes hecha por el derecho sustancial, se le añade un conflicto de voluntades al
conflicto de intereses, el derecho pretende resolver o, mejor, di-solver el litigio, a través del
llamado derecho procesal, por vía de una distribución indirecta de los bienes; el derecho encarga
a un tercero —el Juez— ajeno al litigio, para que sea él quien determine, en forma concluyente,
con el respaldo de la fuerza del Estado, a quién corresponde el bien en disputa. El concepto de
bien, sin embargo, no puede ser reducido a su sentido económico; por bien jurídico se entiende,
en un sentido amplio, todo objeto valioso protegido por el derecho; valioso en tanto es
representativo de una Unidad I: Ubicación del derecho en el universo 31 situación de ventaja
para quien lo posee, consistente en que, quien lo posee, se halla en una posición favorable a la
satisfacción de una necesidad —como quiera que cuenta con el medio para satisfacerla—.
Bienes jurídicos son, por ejemplo, la vida, la libertad, la integridad moral, el patrimonio
económico, etc. Por otra parte, el derecho realiza dicho encargo a un tercero ajeno al litigio, por
cuanto sólo él, al no vivirlo, goza de la distancia espiritual suficiente para contemplarlo; la
mujer del moribundo no contempla su muerte, pues la está viviendo. Todo objeto requiere de
cierta distancia para ser contemplado adecuadamente, de conservar respecto de él, en palabras
del tan mencionado Ortega (1983r), “la castidad de una distancia” (p. 344); de una distancia
temporal, como la que requiere el historiador para reconstruir los hechos, en tanto debe esperar
a que los mismos se aquieten, dejen de latir; de una distancia espacial, como la exigida para
contemplar adecuadamente una catedral o una piedra —una piedra exigirá que sea aproximada a
la vista hasta verle sus poros; una catedral, por el contrario, exigirá, para ser adecuadamente
apreciada, que se le tome una distancia considerable, renunciando, indefectiblemente, a
contemplarle sus poros—. Asimismo, se requiere de la mencionada distancia espiritual, esa que
los juristas llaman imparcialidad —im-partial, no parte—, pues quien hace parte del conflicto, al
estarlo viviendo, no tiene el sosiego aconsejable para contemplarlo. Con todo, el derecho es,
pues, un orden coactivo regulador de la conducta humana, creado con miras a posibilitar la
existencia en coexistencia, por vía de la atadura, articulación o ligazón de las existencias
individuales, evitando o resolviendo los litigios, y provocando seguridad, confianza en las
relaciones interpersonales, al hacer, valiéndose de la fuerza institucionalizada —esto es, de la
fuerza regulada en cuanto al quién puede ejercerla, cómo y en qué magnitud debe ejercerla—,
que el hombre no haga todo lo que puede y no deje de hacer todo lo que puede dejar de hacer.
Por ello, afirma el maestro Francesco Carnelutti (2001), respecto de los conceptos de Estado y
de derecho, lo siguiente: En efecto, Estado es una palabra más transparente que derecho […] no
creo que haya necesidad de romper las palabras cuando dejan ver, como un vaso de cristal, su
contenido. Una palabra cristalina es, precisamente, Estado. El verbo latino stare es lo que se ve
a través del cristal; y eso trasparenta Introducción al estudio del derecho 32 una idea de firmeza,
de lo que está. El pueblo, en cuanto logra una cierta firmeza, se convierte en Estado. Entre el
pueblo y el Estado se encuentra la misma diferencia que entre los ladrillos y el arco de un
puente. El Estado es verdaderamente un arco […] Hay, sin duda, una fuerza que mantiene a los
ladrillos unidos en el arco. Pero esa fuerza no obra sino cuando el arco se ha terminado. ¿Y
cómo se hace para terminarlo? He aquí el problema. Los ingenieros saben que el arco, mientras
se construye, necesita una armadura […] El derecho es la armadura del Estado. (p. 2) Y, luego,
advierte: Ahora la palabra derecho empieza a dejar ver su contenido. El cristal estaba un poco
empañado; nuestras reflexiones han servido para limpiarlo. Acaso una palabra todavía más clara
sea la latina ius. Yo creo que el latín es el más transparente de todos los idiomas del mundo. Los
lingüistas no han descubierto hasta ahora el vínculo entre ius y iungere; sin embargo, no dudo
de que en la misma raíz de estas dos palabras se manifieste una de las más maravillosas
intuiciones del pensamiento humano. El ius une a los hombres como el iugum liga a los bueyes
y la armadura a los ladrillos. (p. 2) ¿Y por qué el hombre juzga importante, valioso y, más que
ello, imprescindible posibilitar la existencia en coexistencia? Porque no hay existencia sin
coexistencia: en primer lugar, porque la coexistencia tiene un carácter instrumental para la
satisfacción de las necesidades individuales; en segundo lugar, porque sólo la coexistencia
permite comunicar la interpretación sobre el mundo; hemos de ser cuidadosos con la
advertencia de Sartre: ¡creímos que el mundo era nuevo porque nosotros éramos nuevos en el
mundo! No se crea, por último, que el derecho es el único instrumento de control social, esto es,
el único instrumento con el que cuenta la sociedad para influir en el comportamiento de sus
miembros (Recaséns, 2004, pp. 225 y ss.); las reglas del trato social, la educación, la moda,
incluso las religiones, etc. son todos instrumentos de control social. Es más, muchos de ellos, la
mayor parte de las veces, ejercen, con mayor eficacia, la presión o estímulo necesarios para que
los individuos “no hagan todo lo que pueden”. Sea lo que de ello fuere, el legislador, al crear el
derecho positivo, pretende, por supuesto, estimular y desestimular la realización de conductas;
estimula aquellas conductas que entiende valiosas para la existencia en coexistencia, Unidad I:
Ubicación del derecho en el universo 33 asociándoles a su realización en el mundo una
recompensa; desestimula, por el contrario, aquellas otras que considera disvaliosas, en tanto
imposibilitan la existencia en coexistencia, atribuyéndoles una pena a su despliegue en el
mundo.