LECTURA DRAMATIZADA DE DON JUAN TENORIO
2 de noviembre de 2.023.
PERSONAJES (por orden de intervención)
NARRADOR: ENRIQUE GONZÁLEZ.
D. JUAN: FRAN FERNÁNDEZ.
BUTTARELLI: JULIO CÉSAR IZQUIERDO.
CIUTTI: NACHO BLANCO.
D. GONZALO DE ULLOA: ÁNGEL MIGUEL.
D. DIEGO TENORIO: SABINO LIÉBANA.
LUIS MEJÍA: JOSÉ CARLOS MATÉ.
.
NARRADOR:
La acción se inicia en Sevilla, en plenos carnavalea. Nos
encontramos en la hostería de Cristófano Buttarelli. Sentado a
una mesa D. Juan, cubierto con una máscara, está escribiendo.
Cerca de él, Buttarelli y Ciutti, criado de D. Juan. El trasiego de
gentes gritando es incesante.
DON JUAN:
¡Cuál gritan esos malditos!
Pero, ¡mal rayo me parta
si en concluyendo la carta
no pagan caro sus gritos!
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BUTTARELLI:
Largo plumea.
CIUTTI:
Es gran pluma.
BUTTARELLI:
¿Y a quién, mil diablos, escribe
tan cuidadoso y prolijo?
CIUTTI:
A su padre.
BUTTARELLI:
¡Vaya un hijo!
CIUTTI:
Para el tiempo en que se vive
es un hombre extraordinario.
Mas silencio.
D. JUAN:
Firmo y plego.
¿Ciutti?
CIUTTI:
¿Señor?
D. JUAN:
Este pliego
irá dentro del orario
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en que reza doña Inés
a sus manos a parar.
CIUTTI:
¿Hay respuesta que aguardar?
D. JUAN:
De el diablo con guardapiés
que la asiste, de su dueña,
que mis intenciones sabe,
recogerás una llave
una hora y una seña:
Y más ligero que el viento
aquí otra vez.
CIUTTI:
Bien está.
NARRADOR:
D. Juan, ocultando aún su rostro, pregunta a Buttarelli si tiene
noticias de que D. Luis Mejía haya llegado ya a Sevilla. El
hostelero, ignorante de quien es su interlocutor, le da cuenta de
que se trata de una noche especial.
BUTTARELLI:
Pues es el caso señor,
que el caballero Mejía,
por quien preguntáis, dio un día
en la ocurrencia peor
que ocurrírsele podía.
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D. JUAN:
Suprime lo al hecho extraño;
que apostaron me es notorio
a quien haría en un año,
con más fortuna, más daño
Luis Mejía y Juan Tenorio.
BUTTARELLI:
¿La historia sabéis?
D. JUAN:
Entera;
por eso te he preguntado
por Mejía.
BUTTARELLI:
¡Oh! Me plugiera
que la apuesta se cumpliera,
que pagan bien y al contado.
D. JUAN:
¿Y no tienes confianza
en que don Luis a esta cita
acuda?
BUTTARELLI:
¡Quía! Ni esperanza:
el findel plazo se avanza,
y estoy cierto que maldita
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la memoria que ninguno
guarda de ello.
D. JUAN:
Basta ya.
Toma.
BUTTARELLI:
¡Excelencia!
¿Y de alguno
de ellos sabéis vos?
D. JUAN:
Quizá.
BUTTARELLI:
¿Vendrán pues?
D. JUAN:
Al menos uno;
mas si por si acaso los dos
dirigen aquí sus huellas
el uno del otro en pos,
tus dos mejores botellas
prevenles.
BUTTARELLI:
Mas……….
D. JUAN:
¡Chito!...........Adiós.
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NARRADOR: Una vez D. Juan ha salido de la hostería, van
llegando una serie de personajes conocedores de que la
apuesta hecha hace un año entre D. Juan Tenorio y D. Luis Mejia
finaliza esta noche. El primero es D. Gonzalo de Ullloa,
comendador de Calatrava.
D. GONZALO:
¿Conocéis
a don Juan Tenorio?
BUTTARELLI:
Sí.
D. GONZALO:
¿Y es cierto que tiene
aquí hoy una cita?
BUTTARELLI:
¿Oh? ¿Seréis
vos el otro?
D. GONZALO:
¿Quién?
BUTTARELLI:
Don Luis.
D. GONZALO:
No; pero estar me interesa
en su entrevista.
BUTTARELLI:
Esta mesa
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les preparo; si os servís
en esotra colocaros,
podéis presenciar la cena
que les daré…….¡Oh! Será escena
que espero que ha de admiraros.
D. GONZALO:
Lo creo.
BUTTARELLI:
Son, sin disputa
los dos mozos más gentiles
de España.
D. GONZALO:
Sí, y los más viles
también.
NARRADOR: D. Gonzalo se sienta en una mesa desde que la que
puede ver a la perfección la destinada para el encuentro entre
D. Juan Tenorio y D. Luis Mejía. Para pasar más inadvertido
también se coloca un antifaz.
D. GONZALO:
No cabe en mi corazón
que tal hombre pueda haber,
y no quiero cometer
con él una sinrazón.
Yo mismo indagar prefiero
la verdad….., mas a ser cierta
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la apuesta, primero muerta
que esposa suya la quiero.
No hay en la tierra interés
que, si la daña, me cuadre;
primero seré buen padre,
buen caballero después.
Enlace es de gran ventaja,
mas no quiero que Tenorio,
del velo del desposorio
le recorte una mortaja.
NARRADOR: A la hostería llega ahora D. Diego Tenorio, padre de
D. Juan. También va embozado.
D. DIEGO:
La seña está terminante,
aquí es: bien me han informado;
llego, pues.
BUTTARELLI:
¿Otro embozado?
D. DIEGO:
¿Ha de esta casa?
BUTTARELLI:
Adelante.
D. DIEGO:
¿La hostería del Laurel?
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BUTTARELLI:
En ella estáis, caballero.
D. DIEGO:
¿Está en casa el hostelero?
BUTTARELLI:
Estáis hablando con él.
D. DIEGO:
¿Sois vos Buttarelli?
BUTTARELLI:
Yo soy.
D. DIEGO:
¿Es verdad que hoytiene aquí
Tenorio una cita?
BUTTARELLI:
Sí.
D. DIEGO:
¿Y ha acudido a ella?
BUTTARELLI:
No.
D. DIEGO:
Pero ¿acudirá?
BUTTARELLI:
No sé.
D. DIEGO:
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¿Le esperáis vos?
BUTTARELLI:
Por si acaso
venir le place.
D. DIEGO:
En tal caso,
yo también lo esperaré.
NARRADOR: D. Diego se sienta al lado opuesto de D. Gonzalo.
D. DIEGO:
¡Que un hombre de mi linaje
descienda a tun ruin mansión!
Pero no hay humillación
a que un padre no se baje
por un hijo. Quiero ver
por mis ojos la verdad
y el monstruo de la liviandad
a quien pude dar el ser.
NARRADOR: Siguen llegando nuevos personajes a la hostería.
Entran ahora, también atraídos por la cita, el capitán Centellas y
D. Rafael de Avellaneda. El segundo después de alabar las
hazañas de D. Luis Mejía apuesta por él, el capitán Centellas, en
cambio apuesta por D. Juan Tenorio todo cuanto tiene. Ya con
varias botellas de buen vino sobre la mesa, Buttarelli les relata
a ambos que hace muy poco tiempo, un caballero con antifaz, al
que no ha logrado reconocer, pidió recado de escribir para una
carta. Que una vez acabada la misiva, la dio a su criado para que
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la llevara a su destino y que después, tras preguntar por don
Luis Mejía, púsole dos monedas en las manos y dijo que tuviera
prevenidas sus dos mejores botellas por si tenía lugar la cita.
Suenan las campanadas de las ocho, hora convenida desde hace
un año para la cita. Entra primero don Juan, aún con antifaz, se
llega a la mesa ya preparada por Buttarelli y ocupa de una de
las sillas. Inmediatamente entra don Luis, que también se dirige
hacia la mesa. Cuando se acerca a la silla
D. JUAN:
Esa silla está comprada,
hidalgo.
D. LUIS:
Lo mismo digo,
hidalgo, para un amigo.
tengo yo esotra pagada.
D. JUAN:
Que esta es mía haré notorio.
D. LUIS:
Y yo también que esta es mía.
D. JUAN:
Luego, sois don Luis Mejía.
D. LUIS:
Seréis, pues, don Juan Tenorio.
NARRADOR: Los dos, ante la expectación de los que les rodean,
se quitan sus respectivas máscaras.
D. JUAN:
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Yo soy don Juan.
D. LUIS:
Yo don Luis.
NARRADOR: Al darse a conocer, el capitán Centellas,
Avellaneda, Buttarelli y algunos otros se van a ellos y les
saludan y abrazan. Tras unas frases de cortesía los dos se
disponen a contar sus hazañas.
D. JUAN:
¿Estamos listos?
D. LUIS:
Estamos.
D. JUAN:
Como quien somos cumplimos.
D. LUIS:
Veamos pues lo que hicimos.
D. JUAN:
Bebamos antes.
D. LUIS:
Bebamos.
D. JUAN:
La apuesta fue…..
D. LUIS:
Porque un día
dije que en España entera
no habría nadie que hiciera
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lo que hiciera Luis Mejía.
D. JUAN:
Y siendo contradictorio
al vuestro mi parecer,
yo os dije: nadie ha de hacer
lo que hará don Juan Tenorio.
¿No es así?
D. LUIS:
Sin duda alguna:
Y vinimos a apostar
quien de ambos sabría obrar
peor, con mejor fortuna,
en el término de un año;
juntándonos aquí hoy
a probarlo.
D. JUAN:
Y aquí estoy
D. LUIS:
Y yo.
D. JUAN:
Hablad, pues.
D. LUIS:
No, vos debéis empezar.
D. JUAN:
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Como gustéis, igual es,
que nunca me hago esperar.
Pues, señor, yo desde aquí,
buscando mayor espacio
para mis hazañas, di
sobre Italia, porque allí
tiene el placer un palacio.
De la guerra y del amor
antigua y clásica tierra,
y en ella el emperador,
con ella y con Francia en guerra,
díjeme: ¿Dónde mejor?
Donde hay soldados hay juego,
hay pendencia y amoríos.
Di, pues, sobre Italia luego,
buscando a sangre y a fuego
amores y desafíos.
En Roma, a mi apuesta fiel,
fijé, entre hostil y amatorio,
en mi puerta este cartel:
“Aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él.”
De aquellos días la historia
a relataros renuncio:
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remítome a la memoria
que dejé allí, y de mi gloria
podéis juzgar por mi anuncio.
Las romanas, caprichosas,
las costumbres, licenciosas,
yo, gallardo y calavera:
¿quién a cuento redujera
mis empresas amorosas?
Salí de Roma, por fin,
como os podéis figurar:
con un disfraz harto ruin,
y a lomos de un mal rocín,
pues me querían ahorcar.
Fui al ejército de España;
mas todos paisanos míos,
soldados y en tierra extraña,
dejé pronto su compaña
tras cinco o seis desafíos.
Nápoles, rico vergel
de amor, de placer emporio,
vio en mi segundo cartel:
“Aquí está don Juan Tenorio
y no hay hombre para él.
Desde la princesa altiva
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a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba;
y a cualquier empresa abarca,
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.”
Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
Nápoles, no hay lance extraño,
no hay escándalo ni engaño
en que no me hallara yo.
Por donde quiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo a los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
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Ni reconocí sagrado,
ni hubo ocasión ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca consideré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.
A esto don Juan se arrojó,
y escrito en este papel
está cuanto consiguió:
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.
DON LUIS:
Leed, pues.
DON JUAN:
No; oigamos antes
vuestros bizarros extremos,
y si traéis terminantes
vuestras notas comprobantes,
lo escrito cotejaremos.
DON LUIS:
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Decís bien; cosa es que está,
don Juan, muy puesta en razón;
aunque, a mi ver, poco irá
de una a otra relación.
DON JUAN:
Empezad, pues.
DON LUIS:
Allá va.
Buscando yo, como vos,
a mi aliento empresas grandes,
dije: “¿Dó iré, ¡vive Dios!,
de amor y lides en pos,
que vaya mejor que a Flandes?
Allí, puesto que empeñadas
guerras hay, a mis deseos
habrá al par centuplicadas
ocasiones extremadas
de riñas y galanteos.”
Y en Flandes conmigo di,
mas con tan negra fortuna
que al mes de encontrarme allí
todo mi caudal perdí,
dobla a dobla, una por una.
En tal total carestía
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mirándome de dineros,
de mí todo el mundo huía;
mas yo busqué compañía
y me uní a unos bandoleros.
Lo hicimos bien, ¡voto a tal!,
y fuimos tan adelante,
con suerte tan colosal,
que entramos a saco en Gante
el palacio episcopal.
¡Qué noche! Por el decoro
de la Pascua, el buen Obispo
bajó a presidir el coro,
y aún de alegría me crispo
al recordar su tesoro.
Todo cayó en poder nuestro:
más mi capitán, avaro,
puso mi parte en secuestro:
reñimos; fui yo más diestro,
y le crucé sin reparo.
Juróme al punto la gente
capitán, por más valiente:
juréles yo amistad franca:
pero a la noche siguiente
huí, y les dejé sin blanca.
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Yo me acordé del refrán
de que quien roba al ladrón
ha cien años de perdón,
y me arrojé a tal desmán
mirando a mi salvación.
Pasé a Alemania opulento:
más un provincial jerónimo,
hombre de mucho talento,
me conoció, y al momento
me delató en un anónimo.
Compré a fuerza de dinero
la libertad y el papel;
y topando en un sendero
al fraile, le envié certero
una bala envuelta en él.
Salté a Francia. ¡Buen país!,
y como en Nápoles vos,
puse un cartel en París
diciendo: ”Aquí hay un don Luis
que vale lo menos dos.
Pasará aquí algunos meses,
y no trae más intereses
ni se aviene a más empresas,
que a adorar a las francesas
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y a reñir con los franceses.”
Esto escribí; y en medio año
que mi presencia gozó
París, no hubo lance extraño
ni hubo escándalo ni daño
donde no me hallara yo.
Mas, como don Juan, mi historia
también a alargar renuncio;
que basta para mi gloria
la magnífica memoria
que allí dejé con mi anuncio.
Y cual vos, por donde fui
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Mi hacienda llevo perdida
tres veces: mas se me antoja
reponerla, y me convida
mi boda comprometida
con doña Ana de Pantoja.
Mujer muy rica me dan,
y mañana hay que cumplir
los tratos que hechos están;
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lo que os advierto, don Juan,
por si queréis asistir.
A esto don Luis se arrojó,
y escrito en este papel
está lo que consiguió:
y lo que él aquí escribió,
mantenido está por él.
DON JUAN:
La historia es tan semejante
que está en el fiel de la balanza;
mas vamos a lo importante,
que es el guarismo a que alcanza
el papel: conque adelante.
DON LUIS:
Razón tenéis, en verdad.
Aquí está el mío: mitad,
por una línea apartados
traigo los nombres sentados,
para mayor claridad.
DON JUAN:
Del mismo modo arregladas
mis cuentas traigo en el mío:
en dos líneas separadas,
los muertos en desafío,
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y las mujeres burladas.
Contad.
DON LUIS:
Contad.
DON JUAN:
Veinte y tres.
DON LUIS:
Son los muertos. A ver vos.
¡Por la cruz de San Andrés!
Aquí sumo treinta y dos.
DON JUAN:
Son los muertos.
DON LUIS:
Matar es.
DON JUAN:
Nueve os llevo.
DON LUIS:
Me vencéis.
Pasemos a las conquistas.
DON JUAN:
Sumo aquí cincuenta y seis.
DON LUIS:
Y yo sumo en vuestras líneas
setenta y dos.
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DON JUAN:
Pues perdéis.
DON LUIS:
¡Es increíble, don Juan!
DON JUAN:
Si lo dudáis, apuntados
los testigos ahí están,
que si fueren preguntados
os lo testificarán.
DON LUIS:
¡Oh! Y vuestra lista es cabal.
DON JUAN:
Desde una princesa real
a la hija de un pescador,
ha recorrido mi amor
toda la escala social.
¿Tenéis algo que tachar?
DON LUIS:
Solo una os falta en justicia.
DON JUAN:
¿Me la podéis señalar?
DON LUIS:
Sí, por cierto: una novicia
que esté para profesar.
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DON JUAN:
¡Bah! Pues yo os complaceré
doblemente, por que os digo
que a la novicia uniré
a la dama de algún amigo
que para casarse esté.
DON LUIS:
¡Pardiez que sois atrevido!
DON JUAN:
Yo os lo apunto si queréis.
DON LUIS:
Digo que acepto el partido.
Para darlo por perdido,
¿queréis veinte días?
DON JUAN:
Seis.
DON LUIS:
¡Por Dios, que sois hombre extraño!
¿cuántos días empleáis
en cada mujer que amáis?
DON JUAN:
Partid los días del año
entre las que ahí encontráis.
Uno para enamorarlas,
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otro para conseguirlas,
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas
y una hora para olvidarlas.
Pero, la verdad a hablaros,
pedir más no se me antoja,
porque, pues vais a casaros,
mañana pienso quitaros
a doña Ana de Pantoja.
DON LUIS:
Don Juan ¿qué es lo que decís?
DON JUAN:
Don Luis, lo que oído habéis.
DON LUIS:
Ved, don Juan, lo que emprendéis.
DON JUAN:
Lo que he de lograr, don Luis.
DON LUIS:
¿Estáis en lo dicho?
DON JUAN:
Sí.
DON LUIS:
Pues va la vida.
DON JUAN:
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Pues va.
NARRADOR: Don Gonzalo, que ha escuchado todo desde la
mesa en la que se encuentra, se levanta y se enfrenta con don
Juan y con don Luis.
DON GONZALO:
¡Insensatos! ¡Vive Dios
que a no temblarme las manos
a palos, como a villanos,
os diera muerte a los dos!
DON JUAN:
Veamos.
DON LUIS:
Veamos.
DON GONZALO:
Excusado es,
que he vivido lo bastante
para no estar arrogante
donde no puedo.
DON JUAN:
Idos pues.
DON GONZALO:
Antes, don Juan de salir
de donde oírme podáis,
es necesario que oigáis
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lo que os tengo que decir.
Vuestro buen padre don Diego,
porque pleitos acomoda,
os apalabró una boda
que iba a celebrarse luego;
pero por mí mismo yo,
lo que erais queriendo ver
vine aquí al anochecer,
y el veros me avergonzó.
DON JUAN:
¡Por Satanás, viejo insano,
que no sé cómo he tenido
calma para haberte oído
sin asentarte la mano!
Pero di pronto quién eres,
porque me siento capaz
de arrancarte el antifaz
con el alma que tuvieres.
DON GONZALO:
¡Don Juan!
DON JUAN:
¡Pronto!
DON GONZALO:
Mira, pues.
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DON JUAN:
¡Don Gonzalo!
DON GONZALO:
El mismo soy.
Y adiós, don Juan: mas desde hoy
no penséis en doña Inés.
Porque antes que consentir
en que se case con vos,
el sepulcro, ¡juro a Dios!
por mi mano la he de abrir.
DON JUAN:
Me hacéis reír, don Gonzalo;
pues venirme a provocar,
es como ir a amenazar
a un león con un mal palo.
Y pues hay tiempo, advertir
os quiero a mi vez a vos,
que o me la dais, o ¡por Dios
que a quitárosla he de ir!
DON GONZALO:
¡Miserable!
DON JUAN:
Dicho está:
Sólo una mujer como ésta
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me falta para mi apuesta.
ved pues, que apostada va.
NARRADOR: Es ahora don Diego el que,indignado, se levanta de
su mesa y se encara con don Juan.
DON DIEGO:
No puedo más escucharte,
vil don Juan, porque recelo
que hay algún rayo en el cielo
preparado a aniquilarte.
¡Ah! No pudiendo creer
lo que de ti me decían,
confiando en que mentían,
te vine esta noche a ver.
Pero te juro, malvado,
que me pesa haber venido
para salir convencido
de lo que es para ignorado.
Sigue, pues, con ciego afán
en tu torpe frenesí,
mas no vuelvas a mí;
no te conozco don Juan.
DON JUAN:
¿Quién nunca a ti se volvió,
ni quien osa hablarme así,
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ni que se me importa a mí
que me conozcas o no?
DON DIEGO:
Adiós, pues: mas no te olvides
de que hay un Dios justiciero.
DON JUAN:
Ten.
DON DIEGO:
¿Qué quieres?
DON JUAN:
Verte quiero.
DON DIEGO:
Nunca, en vano me lo pides.
DON JUAN:
¿Nunca?
DON DIEGO:
No.
DON JUAN:
Cuando me cuadre.
DON DIEGO:
¿Cómo?
DON JUAN:
Así.
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NARRADOR: Don Juan arranca, de manera violenta, el antifaz
de la cara de su padre.
DON DIEGO:
¡Villano!
me has puesto en la faz la mano.
DON JUAN:
¡Válgame Cristo, mi padre!
DON DIEGO:
Mientes, no lo fui jamás.
DON JUAN:
¡Reportaos, con Belcebú!
DON DIEGO:
No, los hijos como tú
son hijos de Satanás.
NARRADOR: Don Gonzalo, padre de Inés, y Don Diego, padre de
don Juan, anulan en ese mismo instante la boda concertada y
abandonan la hostería. Tras ratificar que se han apostado la
vida a que don Juan conquista a doña Ana de Pantoja y a doña
Inés de Ulloa, Don Luis Mejía y don Juan Tenorio salen también.
ESCENA III
DOÑA INÉS, BRÍGIDA
BRÍGIDA. Buenas noches, doña Inés.
INÉS. ¿Cómo habéis tardado tanto?
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BRÍGIDA. Voy a cerrar esta puerta.
INÉS: Hay orden de que esté abierta.
BRIGIDA: Esto es muy bueno y muy santo
para las otras novicias
que han de consagrarse a Dios,
no, doña Inés, para vos.
INÉS: Brígida, ¿no ves que vicias
las reglas del monasterior
que no permiten…?
BRIGIDA: ¡Bah!, ¡bah!
Más seguro así se está,
y así se habla sin misterio
ni estorbos: ¿habéis mirado
el libro que os he traído?
INÉS: ¡Ay! Se me había olvidado
BRIGIDA: ¡Pues me hace gracia el olvido!
INÉS: ¡Como la madre abadesa
se entró aquí inmediatamente!
BRIGIDA: ¡Vieja impertinente!
INÉS: ¿Pues tanto el libro interesa?
BRIGIDA: ¡Vaya si interesa! Mucho
¡Pues quedó con poco afán el infeliz!
INÉS: ¿Quién?
BRIGIDA: Don Juan.
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INÉS: ¡Valgame el cielo! ¡Qué escucho!
¿Es don Juan quien me le envía?
BRIGIDA: Por supuesto.
INÉS: ¡Oh! Yo no debo tomarle
BRIGIDA: ¡Pobre mancebo!
Desairarle así sería matarle.
INÉS: ¿Qué estás diciendo?
BRIGIDA: Si ese horario no tomáis
tal pesadumbre le dais
que va a enfermar; lo estoy viendo.
INÉS: ¡Ah! No, no: de esa manera le tomaré
BRIGIDA: Bien haréis.
INÉS: ¡Y qué bonito es!
BRIGIDA: Ya veis;
quien quiere agradar, se esmera.
INÉS: Con sus manecillas de oro
¡y cuidado que está prieto!
A ver, a ver si completo
contiene el rezo del coro.
(le abre y cae una carta de entre las hojas)
Más, ¿qué cayó?
BRIGIDA: Un papelito
INÉS: ¡Una carta!
BRIGIDA: Claro está;
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en esa carta os vendrá
ofreciendo el regalito.
INÉS: ¡Qué! ¿será suyo el papel?
BRIGIDA: ¡Vaya si sois inocente!
pues que os feria, es consiguiente
que la carta será de él.
INÉS: ¡Ay, Jesús!
BRIGIDA: ¿Qué es lo que os da?
INÉS: Nada, Brigida, no es nada.
BRIGIDA: No, no, si estáis inmutada.
(Ya presa en la red está)
¿Se te pasa?
INÉS: Sí
BRIGIDA: Eso habrá sido.
cualquier mareíllo vano.
INÉS: ¡Ay! Se me abrasa la mano
con que el papel he cogido.
BRIGIDA: Doña Inés, ¡válgame Dios!
Jamás os he visto así:
estáis trémula.
INÉS: ¡Ay de mi!
BRIGIDA: ¿Qué es lo que pasa por vos?
INÉS: No sé… El campo de mi mente
siento que cruzan perdidas
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mil sombras desconocidas
que me inquietan vagamente;
y ha tiempo al alma me dan
con su agitación tertura.
BRIGIDA: ¿Tiene alguna, por ventura,
el semblante de don Juan?
INÉS: No sé; desde que le vi
Brígida mía, y su nombre
me digiste, tengo a ese hombre
siempre delante de mí.
Por doquiera me distraigo
con su agradable recuerdo
y si un instante le pierdo
en su recuerdo recaigo.
No sé qué fascinación
en mis sentidos ejerce,
que siempre hacie él se me tuerce
la mente y el corazón:
y aquí y en el oratorio,
y en todas partes, advierto
que el pensamiento divierto
con la imagen de Tenorio.
BRIGIDA: ¡Valgame Dios! Doña Inés,
según lo vais explicando,
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tentaciones me van dando
de creer que eso amor es
INÉS: ¡Amor has dicho!
BRIGIDA: Sí, amor.
INÉS: No, de ninguna manera.
BRIGIDA: Pues por amor lo entendiera
el menos entendedor;
mas vamos la carta a ver:
¿en qué os paráis? ¿Un suspiro?
INÉS: ¡Ay!, que cuanto más la miro,
menos me atrevo a leer.
(Lee.)
“Doña Inés del alma mía.”
¡Virgen Santa, qué principio!
BRIGIDA: Vendrá en verso, y será un ripio
que traerá la poesía.
Vamos, seguid adelante.
INÉS: (Lee)
“Luz de donde el sol la toma,
hermosísima paloma
privada de libertad,
si os dignáis por estas letras
pasar vuestros lindos ojos,
no los tornéis con enojos
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sin concluir, acabad.”
BRIGIDA: ¡Qué humildad! ¡Y qué finura!
¿Dónde hay mayor rendimiento?
INÉS: Brigida, no sé qué siento.
BRIGIDA: Seguid, seguid la lectura.
INÉS: (Lee.)
“Nuestros padres de consuno
nuestras bodas acordaron,
porque los cielos juntaron
los destinos de los dos.
Y halagado desde entonces
con tan risueña esperanza,
mi alma, doña Inés, no alcanza
otro porvenir que vos.
De amor con ella en mi pecho
brotó una chispa ligera,
que han convertido en hoguera
tiempo y afición tenaz;
y esta llama que en mí mismo
se alimenta inextinguible,
cada día más terrible
va creciendo y más voraz.”
BRIGIDA: Es claro; esperar le hicieron
en vuestro amor algún día,
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y hondas raíces tenía
cuando a arrancársele fueron.
Seguid.
INÉS: (Lee.) “En vano a apagarla
concurren tiempo y ausencia,
que doblando su violencia,
no hoguera ya, volcán es.
Y yo, que en medio del cráter
desamparado batallo,
suspendido en él me hallo
entre mi tumba y mi Inés”.
BRIGIDA: ¿Lo veis, Inés? Si ese horario
le despreciáis, al instante
le preparan el sudario.
INÉS: Yo fallezco.
BRIGIDA: Adelante.
INÉS: (Lee.)
“Inés, alma de mi alma,
perpetuo imán de mi vida,
perla sin concha escondida
entre las algas del mar;
garza que nunca del nido
tender osastes el vuelo,
el diáfano azul del cielo
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para aprender a cruzar;
si es que a través de estos muros
el mundo apenada miras,
y por el mundo suspiras
de libertad con afán,
acuérdate que al pie mismo
de esos muros que te guardan,
para salvarte te aguardan
los brazos de tu don Juan.”
(Representa)
¿Qué es lo que me pasa, ¡cielo!
que me estoy viendo morir?
BRIGIDA: (Ya tragó todo el anzuelo)
Vamos, que está al concluir.
INÉS: (Lee.)
“Acuérdate de quien llora
al pie de su celosía
y allí le sorprende el día
y le halla la noche allí;
acuérdate de quien vive
sólo por ti, ¡vida mia!,
y que a tus pies volaría
si le llamaras a ti.”
BRIGIDA: ¿Lo veis? Vendría.
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INÉS: ¡Vendría!
BRIGIDA: A ponerse a vuestros pies.
INÉS: ¿Puede?
BRIGIDA: ¡Oh!, sí.
INÉS: ¡Virgen María!
BRIGIDA: Pero acabad, doña Inés.
INÉS: (Lee.)
“Adiós, ¡oh luz de mis ojos!
Adiós, Inés de mi alma.
medita, por Dios, en calma
las palabras que aquí van:
y si odias esa clausura,
que ser tu sepulcro debe,
manda, que a todo se atreve
por tu hermosura don Juan.”
(Representa DOÑA INÉS)
¡Ay! ¿Qué filtro envenenado
me dan en este papel,
que el corazón desgarrado
me estoy sintiendo con él?
¿Qué sentimientos dormidos
son los que revela en mi?
¿Qué impulsos jamás sentidos?
¿Qué luz, que hasta hoy nunca vi?
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¿Qué es lo que engendra en mi alma
tan nuevo y profundo afán?
¿Quién roba la dulce calma
de mi corazón?
BRIGIDA: Don Juan.
INÉS: ¡Don Juan dices…! ¿Con que ese hombre
me ha de seguir por doquier?
¿Sólo he de escuchar su nombre?
¿Sólo su sombra he de ver?
¡Ah! Bien dice: juntó el cielo
los destinos de los dos,
y en mi alma engendró este anhelo
fatal.
BRIGIDA: ¡Silencio, por Dios!
(Se oyen dar las ánimas.)
INÉS: ¿Qué?
BRIGIDA: ¡Silencio!
INÉS: Me estremeces.
BRIGIDA: ¿Oís, doña Inés, tocar?
INÉS: Sí, lo mismo que otras veces
las ánimas oigo dar.
BRIGIDA: Pues no habléis de él.
INÉS: ¡Cielo santo!
¿De quién?
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BRIGIDA: ¿De quién ha de ser?
De ese don Juan que amáis tanto,
porque puede aparecer.
INÉS: ¡Me amedrentas! ¿Puede ese hombre
llegar hasta aquí?
BRIGIDA: Quizá
Porque el eco de su nombre
tal vez llega adonde está.
INÉS: ¡Cielos! ¿Y podrá?...
BRIGIDA: ¿Quién sabe?
INÉS: ¿Es un espíritu pues?
BRIGIDA: No, mas si tiene una llave…
INÉS: ¡Dios!
BRIGIDA: Silencio, doña Inés:
¿no oís pasos?
INÉS: ¡Ay! Ahora
nada oigo.
BRIGIDA: Las nueve dan.
Suben… se acercan… Señora…
Ya está aquí.
INÉS: ¿Quién?
BRIGIDA: Él.
INÉS: ¡Don Juan!
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ESCENA IV
DOÑA INÉS, DON JUAN, BRIGIDA
INÉS: ¿Qué es esto? Sueño… deliro.
JUAN: ¡Inés de mi corazón!
INÉS: ¿Es realidad lo que miro,
o es una fascinación…?
Tenedme… apenas respiro…
Sombra…, huye por compasión.
¡Ay de mi…!
(Desmáyase Doña Inés y Don Juan la sostiene. La
carta de Don Juan queda en el suelo abandonada por
Doña Inés al desmayarse.)
BRIGIDA: La ha fascinnado
vuestra repentina entrada,
y el pavor la ha trastornado.
JUAN: Mejor: así nos ha ahorrado
la mitad de la jornada.
¡Ea! No desperdiciemos
el tiempo aquí en contemplarla,
si perdernos no queremos.
en los brazos a tomarla
voy, y cuanto antes, ganemos
ese claustro solitario.
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BRIGIDA: ¡Oh, vais a sacarla así!
JUAN: Necia, ¿piensas que rompí
la clausura temerario,
para dejármela aquí?
Mi gente abajo me espera:
sígueme.
BRIGIDA: ¡Sin alma estoy!
¡Ay, Este hombre es una fiera;
nada le ataja ni altera…
Sí, sí; a su sombra me voy.
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