Blanco Romasanta, Manuel. El Hombre Lobo.
Regueiro, Esgos (Orense),
[Link].1809 – Allariz (Orense), c. 1855. Licántropo y asesino en serie.
Antonio de Torquemada, escritor del siglo xvi y secretario del conde de Benavente,
escribió: “[...] en el Reino de Galicia se halló un hombre el cual andaba por los
montes escondido y de allí salía a los caminos cubierto de un pellejo de lobo, y si
hallaba algunos mozos pequeños desmandados, matábales y fartáuase de comer
de ellos [...]”. Esta leyenda del “hombrelobo” siempre había tenido gran
asentamiento en Galicia, la única región de la Península Ibérica donde se narraba
y concedía crédito.
De sus progenitores, Manuel y María, y de sus primeros años no se sabe gran cosa;
al parecer, el martes 26 de abril de 1825 recibió la confirmación, junto a dos de sus
hermanos, de manos del abad de Santa Eulalia de Esgos (Orense). Se sabe que
aprendió, con escaso éxito —no por falta de aptitudes— diversos oficios: cordelero,
tejedor, cocinero, sastre, entre otros, acabando por hacerse tendero, más
exactamente buhonero.
Según sus vecinos era algo afeminado, por lo que servía para trabajos de ambos
sexos.
Cuando llegó a la edad adulta, por lo que se sabe —según la documentación de la
época—, medía alrededor de 140 centímetros de altura, estatura baja incluso en
aquel tiempo; tenía poco pelo —tal vez debido a su costumbre de usar sombreros—
y una barba no muy larga pero descuidada, y su mirada parecía normal; tal como
se desprende del estudio realizado por el inspector de la Policía Nacional, Luis
García Maña.
El jueves 3 de marzo de 1831 casó con Francisca Gómez Vázquez, de la localidad
cercana de Soutelo, pasando a ejercer el oficio de sastre, enviudando el 23 de
marzo de 1834. A partir de entonces se presentaría como viudo y sin hijos, de
profesión buhonero, dedicándose a recorrer con sus escasos y modestos géneros
las tierras de Galicia, Portugal, Castilla y León y, ocasionalmente, de Cantabria,
negocio al que, al parecer, se dedicaba también alguno de sus hermanos. En
Ponferrada (León) adquiría las mercancías en el comercio de Miguel Sardo y en
Chaves (Tras os Montes, Portugal), paños a Francisco de Morais, cuya venta le
proporcionaba pingües beneficios. El lunes 21 de agosto de 1843, salió Vicente
Fernández, alguacil de León, al encuentro de Blanco para embargar sus géneros,
ya que debía a Sardo seiscientos reales. Nada se supo del alguacil, hasta el día 25,
en que apareció su cuerpo cerca de Pardavé (León). Su viuda, Gumersinda Jalón,
declaró haberlos visto juntos el día 22, cosa no corroborada por nadie. La única
pista la proporcionaría, días después, una tal María García, tabernera del pueblo
leonés de Brañuelos, próximo a Galicia. Por lo que a la deuda respecta, al parecer
—según recibo presentado al alcalde de Pardavé—había sido saldada por el
interesado o por sus hermanos. El jueves, 10 de octubre de 1844, el juzgado de
primera instancia de Ponferrada condenaba a Manuel a diez años de presidio, pero
hallándose en paradero desconocido fue declarado en rebeldía (auto confirmado el
martes, 3 de diciembre, por la Audiencia de Valladolid). En realidad, había regresado
a Orense —a principios de aquel año— instalándose en Rebordechao (Villar de
Barrio, Orense). Allí se las ingenió para hacerse querer y ganarse la estima de las
gentes aparentando una conducta ejemplar, mientras proseguía con su oficio de
buhonero. Sin embargo, durante su estancia en la pequeña localidad, sería el
responsable de, al menos, la muerte de nueve personas (adultos y niños),
pertenecientes todas a las familias García Blanco y Rúa.
Refería, hablando de sus frecuentes viajes, cómo guiaba a quienes quisieran
emigrar a la ciudad, pero de aquellos que le siguieron, nada volvió a saberse, pese
a que Manuel Blanco regresaba trayendo buenas nuevas e, incluso, cartas.
En 1846 una vecina suya, Manuela, de cuarenta y siete años de edad, con una hija,
separada del marido, vendió sus pobres y escasas pertenencias y marchó a
Santander en busca de trabajo. No sólo Blanco se ofreció a guiarlas a través de la
difícil y peligrosa ruta, sino que prometió encontrarle trabajo en la capital cántabra
en casa de un sacerdote amigo suyo. Serían, oficialmente, sus primeras víctimas.
Cuando regresó semanas después —ahora adquiría sus géneros en Portugal—,
tranquilizó a las hermanas de la citada, llegando a ofrecerles una buena ocupación
junto a ella; tampoco volvió a saberse nada ni de ellas, ni de sus hijos que las
acompañaron. Lo mismo ocurrió con miembros de la otra familia y con un sobrino
de las primeras, que desconfiaba del buhonero, Manuel Fernández, apodado Surtú.
Con el tiempo, la falta de noticias de los desaparecidos, acabó preocupando a
familiares y vecinos. A partir de enero de 1871, los rumores se dispararon; se decía
que Manuel vendía en Portugal un producto grasiento, una especie de “medicina
popular”, a buen precio, y no tardaron las murmuraciones en apodarle O home de
unto o Sacamantecas, empezándose a sospechar que había asesinado a los
desaparecidos y vendido su grasa en el país vecino. Por si fuera poco, hubo alguien
que afirmó haberle visto viajar solo; además, amigos de las víctimas reconocieron
algunas de sus prendas en una mujer de la comarca, que interrogada admitió
haberlas comprado en la taberna de Mazaira (Montederrano, Orense) al enigmático
personaje. No tardaron en aparecer otras casualmente vendidas por el mismo
individuo.
Alertado por el revuelo, Manuel Blanco desapareció sigilosamente de la región,
habiéndose procurado documentación falsa. A mediados de 1852 se encontraba
trabajando en Nombela (Escalona, Toledo) en la siega. Allí fue reconocido por dos
vecinos de Verín (Orense), dedicados a las mismas labores, que le denunciaron a
la Alcaldía, siendo detenido el viernes 2 de julio por la Guardia Civil. Confesó
enseguida haber dado muerte a las personas desaparecidas cuando, sin poderlo
evitar, se transformaba en lobo, todo ello con espeluznante serenidad.
En agosto comenzaron las investigaciones, y el domingo 12 de septiembre, en
Galicia, una comisión investigadora efectuó un minucioso rastreo por la sierra de
San Mamed y allí aparecieron restos humanos con aparentes señales de tratarse
de víctimas de los lobos. El asunto fue recogido por la prensa de la época y suscitó
no pocas polémicas. Los detalles del proceso —que duró desde septiembre de
1852, en que al alcalde y juez de Allariz reclamara la custodia del detenido al
Juzgado de Verín, hasta abril de 1853— están recogidos en la “causa 1788 contra
el Hombre-Lobo” —más de dos mil páginas, divididas en cuatro piezas, dos rollos y
un extracto—, actualmente en el Archivo Histórico del Reino de Galicia, en La
Coruña.
Actuó de juez de la causa el licenciado Quintín Mosquera, que solicitó a seis
facultativos (Vicente María Feijoo de Montenegro —sobrinonieto del padre Feijoo—
, José Lorenzo Suárez, Demetrio Aldemira, Manuel María Cid, médicos, y Manuel
Bouzas y Manuel González, cirujanos) dictaminasen sobre la salud mental del reo,
que afirmaba ser víctima de una maldición o “fada” de alguno de sus parientes, sin
especificar quién, se convertía en “hombre-lobo”, que se trataba de “un ser perverso,
un criminal sin moral que mataba para enriquecerse” (26 de diciembre de 1852,
domingo).
El miércoles, 6 de abril de 1853, el juzgado de Allariz dictaba contra él la pena
capital por garrote vil, como autor de los asesinatos de Manuela, Benita y Josefa
García Blanco y los de Antonia Rúa y sus respectivos hijos, nueve en total; otros
cuatro crímenes no pudieron probársele. El defensor, Mariano Garrán, no obstante,
insistió en la locura del buhonero, en la imprecisión de las pruebas y en que ni
siquiera estaban bien identificados los restos hallados. La causa se remitió a la
Audiencia de La Coruña para consulta, y la vista tuvo lugar el lunes 11 de julio:
durante cuatro días se enfrentaron dos renombrados personajes, el fiscal Luciano
de la Bastida y el defensor, Manuel Rúa Figueroa. Los trece asesinatos imputados
quedaron de nuevo reducidos a nueve, y el miércoles, 9 de noviembre, el tribunal
conmutó la pena de muerte por la de cadena perpetua. El fiscal apeló tal decisión y
la nueva vista quedó fijada para el jueves 23 de marzo de 1854, rectificando el
tribunal su fallo y confirmando el de Allariz la pena de muerte; finalmente, la reina
Isabel II conmutaba el garrote por la cadena perpetua (13 de mayo de 1854,
sábado).
Al parecer, pesó mucho en la real decisión una carta remitida al tribunal por un tal
profesor Phillips —residente en Argel—, experto en electrobiología (hoy
hipnotismo), explicando el proceso obsesivo licantrópico, producto de una
educación supersticiosa cultivada en el ambiente mágico rural en que vivió y
agudizado por su creencia en la citada maldición familiar.
A partir de entonces parece perderse su rastro en el penal de Allariz; se dijo, tal fue
la versión oficial, que falleció de muerte natural al poco de ingresar en la prisión.
Pero la imaginación popular quiso que fuera asesinado por alguno de sus
guardianes o que, de alguna manera, consiguiera escapar.
Diversos escritores, entre ellos Vicente Martínez Rico, Camilo José Cela, Carlos
Martínez Barbeito, Alfonso Conde, etc., de una u otra manera se ocuparon de
Manuel Blanco Romasanta; también lo hizo el séptimo arte: El bosque del lobo
(1970) y Romasanta (2002), dirigidos, el primero por Pedro Olea y el segundo por
Paco Plaza, y protagonizados, respectivamente, por José Luis López Vázquez y
Julian Sands.
Fuentes y bibl.: Biblioteca de la Universidad de Santiago de Compostela.
Informaciones aportadas por Carlos Alberto Fernández-Vicario Valcarce (Valladolid,
2007).
R. Abellá, “Ánimas, meigas y hombres lobo. Leyendas y mitos españoles”, en
Revista Historia y Vida, n.º 387 (junio de 2000); F. Contreras Gil, “Romasanta. El
Hombre-Lobo Español”, 2007; X. Domínguez G., “Memoria cierta de una leyenda”,
2007; [Link]/periodico/20040304/ culturasociedad/M241570,asp;
[Link]/paginasasp/ contenidosediciones,asp.?I0=14188Nombre=;
[Link]
htm; [Link]