0% encontró este documento útil (0 votos)
465 vistas45 páginas

Hora Santa

Este documento describe una hora santa de adoración eucarística. Incluye lecturas bíblicas, oraciones y reflexiones sobre la presencia real de Jesús en la Eucaristía. El sacerdote guía a los fieles en la contemplación de Cristo y los exhorta a acercarse a Él a través de la Sagrada Escritura, el servicio a los demás y la celebración de los sacramentos.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
465 vistas45 páginas

Hora Santa

Este documento describe una hora santa de adoración eucarística. Incluye lecturas bíblicas, oraciones y reflexiones sobre la presencia real de Jesús en la Eucaristía. El sacerdote guía a los fieles en la contemplación de Cristo y los exhorta a acercarse a Él a través de la Sagrada Escritura, el servicio a los demás y la celebración de los sacramentos.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

1. CONTEMPLADORES DE JESUCRISTO EUCARISTÍA (CFR.

TB, 7-9)

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Se


trae el Sacramento y se coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

ESTACIÓN MENOR

Creemos, Padre providente, que por la fuerza de tu Espíritu el pan y el vino se transforman en el
cuerpo y la sangre de tu hijo, flor de harina que aligera el hambre del camino.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Creemos, Jesús Eucaristía, que estás real y verdaderamente presente en el pan y el vino
consagrados.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Creemos que los ojos se engañan al ver pan y nuestra lengua se equivoca al probar vino, porque
estás Tú todo entero, ofrecido en sacrificio.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional:)

Señor, Padre Santo, que en Jesucristo, tu Hijo, presente realmente en la Eucaristía, nos das la luz
que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, y la vida verdadera que nos llena de alegría;
te pedimos que concedas a tu pueblo que peregrina al inicio del tercer milenio, celebrar con ánimo
confiado el 48º Congreso Eucarístico Internacional,

HORAS SANTAS

para que, fortalecidos en este banquete Sagrado, seamos en Cristo, luz en las tinieblas, y vivamos
íntimamente unidos a Él que es nuestra vida. Que la presencia eficaz de Santa María, Madre del
verdadero Dios, por quien se vive, nos sostenga y acompañe siempre. Por nuestro Señor
Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos
de los siglos. Amén.

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

Les anunciamos lo que hemos visto y oído. Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 1, 1-4

Queridos hermanos: les anunciamos lo que ya existía desde el principio; lo que hemos oído |y
hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y hemos tocado con nuestras
propias manos. Nos referimos Aquel que es el Verbo de la vida. Esta vida se hizo visible y nosotros
la hemos visto y somos testigos de ella. Les anunciamos esta vida, que es eterna, y estaba con el
Padre y se nos ha manifestado a nosotros. Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para
que ustedes estén unidos con nosotros, y juntos estemos unidos con el Padre y su Hijo, Jesucristo.
Les escribimos esto para que se alegren y su alegría sea completa. Palabra de Dios.

(o bien)

“Señor, quisiéramos ver a Jesús” Lectura del Santo Evangelio según San Juan 12, 20-24 Entre los
que habían llegado a Jerusalén para adorar a Dios en la fiesta de Pascua, había algunos griegos, los
cuales se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron: «Señor, quisiéramos ver a
Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús y él les respondió: «Ha
llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado. Yo les aseguro que si el grano de trigo,
sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto».
Palabra del Señor.

HORAS SANTAS

SALMO RESPONSORIAL Del Salmo 33


R. Gusten y vean qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el
Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

Proclamen conmigo la grandeza del Señor, alabemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor y me
respondió, Me libró de todas mis ansias. R.

Contémplenlo y quedarán radiantes, Su rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él


lo escucha y lo salva de sus angustias. R.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA

Queridos hermanos: en la presencia sacramental de Jesús, queremos meditar y reflexionar sobre


la Palabra que se acaba de proclamar. Queremos contemplar al Señor, queremos estar con Él.
Cristo se ha hecho visible, asumiendo nuestra condición humana; el Verbo de Vida ha puesto su
morada entre nosotros (cfr. Jn 1, 14). Queremos contemplar de manera especial a Jesús realmente
presente en el misterio eucarístico, «pues es ahí donde nos encontramos diariamente con ese
Jesús, Dios y hombre verdadero; ahí mismo se actualizan en forma incruenta, su pasión y su
muerte; finalmente, ahí nos encontramos con Jesucristo resucitado, pan de vida eterna» (TB, 8).
1Jn 1, 1 -4: Es necesario hacer la experiencia directa del Señor, en la intimidad de la oración; crecer
en el amor a Jesucristo y convertirnos en testigos que anuncien valientemente la verdad, para
ayudar a los demás en el camino de la fe. Por esta contemplación eucarística llegamos a fortalecer
la comunión entre quienes forman la comunidad eclesial. Jn 12, 20-24: Jesús ha subido a Jerusalén
para la fiesta de Pascua y los griegos piden a Felipe: «Queremos ver a Jesús». También ésta debe
ser nuestra petición. Necesitamos acercarnos a Jesús, conocerlo mediante un trato íntimo y
cercano. Lugar de encuentro con él es la Sagrada Escritura, son los hermanos, sobre todo los más
pobres y desamparados, y la celebración de los divinos misterios.

HORAS SANTAS

Hoy tenemos esta oportunidad de acercarnos a Cristo, llamados dar frutos de vida eterna; hoy,
como el grano de trigo sembrado en la tierra, debemos morir para participar de la nueva vida que
el Señor nos ofrece. (Silencio orante) PRECES COMUNITARIAS Jesucristo ha querido permanecer
entre nosotros en el Sacramento del amor; nosotros, que estamos ante su presencia, alabémosle
de todo corazón.
R. Te alabamos y te bendecimos.

Cristo, Maestro y Salvador del hombre. R. Cristo, Mesías enviado al mundo. R. Cristo, Fuente de la
divina sabiduría. R. Cristo, Buena Noticia para el pobre. R. Cristo, Médico de los enfermos. R.
Cristo, Palabra de verdad. R. Cristo, Luz de la gracia. R. Cristo, Pan bajado del Cielo. R. Cristo,
Misterio Pascual. R. Cristo, Muerto y resucitado por nosotros. R. Cristo, Sacramento de nuestra fe.
R. Cristo, Presencia permanente entre nosotros. R.

(Se pueden añadir otras preces, observando el mismo estilo y contenido)

Pidamos el Pan del Cielo, diciendo la oración que Cristo nos enseñó: «Padre nuestro...»

BENDICIÓN

Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y


se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS

(Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)

Ilumínanos, Señor, con la luz de la fe y enciende nuestros corazones con el fuego de tu amor, para
aceptemos que Cristo, nuestro Dios y Señor, está realmente presente en este Sacramento

HORAS SANTAS

y lo adoremos verdaderamente, con amor y con fe. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

HORAS SANTAS

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas:
Bendito sea Dios. Bendito sea su santo nombre. Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y
verdadero hombre. Bendito sea el nombre de Jesús. Bendito sea su sacratísimo Corazón. Bendita
sea su preciosísima Sangre. Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Bendito sea el
Espíritu Santo Paráclito. Bendita sea la gran Madre de Dios, María Santísima. Bendita sea su santa
e inmaculada Concepción. Bendita sea su gloriosa Asunción. Bendito sea el nombre de María,
Virgen y Madre. Bendito sea San José, su castísimo esposo. Bendito sea Dios en sus ángeles y en
sus santos.

Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el pueblo puede decir alguna aclamación, o


entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito, bendito»; «Alabad al Señor», etcétera.
Finalmente, el ministro se retira.

HORAS SANTAS

2. CREEMOS EN LA PRESENCIA REAL DE JESÚS EN LA EUCARISTÍA (CFR. TB, 10-12)

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Trae
el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

ESTACIÓN MENOR

Padre Eterno, que en el vientre de la Virgen nos regalas el Pan que sacia el hambre de infinito.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Padre Providente, por tu Espíritu, Pan y Vino son alimento que aligera el hambre del camino.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)


Creemos Jesús, que tu bondad ha preparado una mesa para adultos y pequeños; por este
Sacramento, hermanos nos hacemos.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional, cfr. p. 14)

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo” Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo; el que coma
de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo».
Comenzaron entonces los judíos a discutir unos con otros, diciendo: «¿Cómo puede éste darnos a
comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del
Hombre, y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

HORAS SANTAS

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi
sangre, permanece en mí, y yo en él. Así como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo
por él, así también el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del Cielo; no es
como el maná que comieron sus padres, pues murieron; el que come de este pan, vivirá para
siempre». Palabra del Señor.

SALMO RESPONSORIAL Del Salmo 41

R. Señor, mi alma tiene sed de ti.

Señor, tú eres mi Dios, a ti te busco; de ti sedienta está mi alma. Señor, todo mi ser te añora como
el suelo reseco añora el agua. R.

Para admirar tu gloria y tu poder, con este afán te busco en tu santuario. Pues mejor es tu amor
que la existencia; siempre, Señor, te alabaran mis labios. R.
Porque fuiste mi auxilio y a tu sombra, Señor, canto con gozo. A ti se adhiere mi alma y tu diestra
me da seguro apoyo. R.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA

«En aquella última cena, Cristo hizo la maravilla de dejar a sus amigos el memorial de su vida»
(secuencia Lauda Sion).

Queridos hermanos: ante el misterio eucarístico nos alegramos con Jesús por quedarse entre
nosotros, al dejarnos el pan que fortalece al viajero. «Tomó nuestra naturaleza, a fin de que hecho
hombre, nos divinizara a los hombres. Entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de
nosotros. Porque por nuestra reconciliación ofreció, sobre el altar de la Cruz, su cuerpo como
víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño
sagrado que nos lava, para que seamos liberados de la esclavitud y purificados de nuestros
pecados.

HORAS SANTAS

No hay ningún Sacramento más saludable que éste, por él se borran los pecados, se aumentan las
virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales. Se ofrece en la
Iglesia por los vivos y por los difuntos, para que a todos aproveche, ya que ha sido establecido para
que todos se salven» (Santo Tomás de Aquino).

Si tú crees en la presencia real del Hijo de Dios, Sacramento excelso que nos revela el mismo Jesús,
afirma: «El que me come, vivirá por mí» (Jn 6, 57). Para muestra, es necesario acudir a santos de
nuestro tiempo, testimonio vivo de Dios que existe en este Sacramento: La vida que Dios te
comparte tiene su fundamento en este Sacramento; ahí se robustecen tu cuerpo y espíritu, siendo
un testigo fiel del mejor Maestro, Amigo y Hermano, JESÚS. En tu encuentro personal con él, debe
existir un triple compromiso: conversión, fe y seguimiento de Jesús... Conversión que inicia
acompañada por la invitación de Dios y del hombre que responde; esta invitación se fortalece con
la presencia real de Jesús en la Eucaristía, siendo una fe madura que lleve al convencimiento de
seguir al Maestro y Buen Pastor que ha dado la vida por nosotros y nos invita a dar vida en Él.
¿Cómo vives tu santa Misa o Eucaristía? ¿Este Sacramento tiene el enfoque debido en tu vida
personal, de tal manera que celebrar la Eucaristía sea llevar a Cristo en tu jornada ordinaria?
¿Dejas que sea transformada en extraordinaria?
(Silencio orante)

PRECES COMUNITARIAS

Oremos, hermanos, al Señor Jesús, pan de vida, y digamos llenos de gozo:

R. Dichosos los invitados a comer el pan en tu Reino.

Cristo Jesús, sacerdote de la Alianza nueva y eterna, que sobre el altar de la cruz presentaste al
Padre el sacrificio perfecto, enséñanos a ofrecernos contigo en el sacrificio eucarístico. Oremos. R.

Cristo Jesús, huésped de nuestro banquete, que estás junto a la puerta y llamas, entra en nuestra
casa y cena con nosotros. Oremos. R.

Padre que nos amas, te pedimos por toda la juventud del mundo, para que veamos que en Jesús
todo es vida. Aliméntanos con tu pan de vida. Oremos. R.

Cristo Jesús, que tu intercesión acompañe a nuestras familias, fortalecidas por el ejemplo de tu
Sagrada Familia, para que sean fermento de tu Amor, en este nuevo siglo. Oremos. R.

HORAS SANTAS

(Se pueden añadir otras preces, observando el mismo estilo y contenido)

3. BENDICIÓN

Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y


se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS (Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)


Concédenos, Señor y Dios Nuestro, a los que creemos y proclamamos que Jesucristo nació por
nosotros de la Virgen María, murió por nosotros en la cruz y está presente en este Sacramento,
beber en esta divina fuente el don de la salvación eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas (cfr. p. 18). Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el
pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito,
bendito»; «Alabad al Señor», etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

HORAS SANTAS

3. LOS DISCÍPULOS SE ALEGRARON DE VER AL SEÑOR (CFR. TB, 13-14)

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Trae
el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

ESTACIÓN MENOR

He aquí el pan de los ángeles, hecho viático nuestro; verdadero pan de los hijos.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Figuras lo representaron: Isaac fue sacrificado; el cordero pascual, inmolado; el maná nutrió a
nuestros padres.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Buen Pastor, pan verdadero, ¡oh Jesús! Ten piedad. Apaciéntanos y protégenos.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)


(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional, cfr. p. 14)

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: VIVAN SIEMPRE ALEGRES, OREN SIN CESAR Lectura de la primera carta del
Apóstol San Pablo a los tesalonicenses 5, 16-24

Hermanos: vivan siempre alegres, oren sin cesar, den gracias en toda ocasión, pues esto es lo que
Dios quiere de ustedes en Cristo Jesús. No impidan la acción del Espíritu Santo ni desprecien el don
de profecía, pero sométanlo todo a prueba y quédense con lo bueno. Absténganse de toda clase
de mal. Que el Dios de la paz los santifique a ustedes en todo y que todo su ser, alma y cuerpo, se
conserve irreprochable hasta la llegada de nuestro Señor Jesucristo. El que los ha llamado es fiel y
cumplirá su promesa. Palabra de Dios.

HORAS SANTAS

SALMO RESPONSORIAL Del Salmo 99

R. Sirvamos al Señor con alegría. Alabemos al Señor sus fieles todos, sirvamos al Señor con alegría
y entremos en su templo, jubilosos. R.

Reconozcamos que el Señor es Dios, que Él nos hizo y a Él pertenecemos; que formamos su pueblo
y su rebaño. R.

Entremos por sus puertas dando gracias, por sus atrios, con himnos, alabando al Señor y
bendiciéndolo. R.

Porque el Señor es bueno, eterna es su bondad y su fidelidad no tiene término. R.

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Jn 15, 11

R. Aleluya, aleluya.
Les he dicho esto, dice el Señor, para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena.

R. Aleluya, aleluya.

EVANGELIO: Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría Lectura del Santo
Evangelio según San Juan 20, 19-23

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban
los discípulos por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz esté
con ustedes». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor,
se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha
enviado, así también los envío yo». Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban al
Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, y a quienes no se
los perdonen, les quedarán sin perdonar». Palabra del Señor.

HORAS SANTAS

(Silencio meditativo) HOMILÍA

Gracias a este texto, de los albores de la Pascua, Cristo victorioso anuncia a sus discípulos el gran
gozo de su presencia entre ellos, después de haber padecido y vencido a la muerte. Este hecho va
más allá de una simple aparición; es presencia real y tangible. Recordemos que: «Ocho días
después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se
presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás:
“Aquí están mis manos, acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas
dudando, sino cree”» (Jn 20, 26-27).

Ciertamente, la fe va más allá de ver y tocar; rebasa la experiencia de los sentidos. El Papa enseña
que «Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado, en el que puede
madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente de aquel misterio» (NMI,
20). La experiencia de haber visto al Señor resucitado causa en los discípulos una gran alegría que,
precisamente, los hace exclamar «hemos visto al Señor»: un anuncio pascual. En la Eucaristía, el
Señor se nos presenta resucitado, lleno de vida, vida que quiere compartir con nosotros para que
vivamos. Él es la vida. Es el resucitado quien prepara la mesa para que nosotros, sus comensales,
aprovechemos los lazos de unidad que nos ofrece, con Él y entre nosotros. Después de participar
en la Eucaristía, los cristianos regresamos a nuestras actividades cotidianas con la consigna
espontánea que nace de esa experiencia de encuentro, de anunciar la alegría de haber visto al
Señor. Esto lo podemos hacer, puesto que el Resucitado nos ha dado su Espíritu, el cual nos
permite continuar su obra.

(Silencio orante)

PRECES COMUNITARIAS

Acudamos a Cristo, que invita a todos a su Cena y en ella entrega su Cuerpo y su Sangre para la
vida del mundo; digámosle:

R. Cristo, pan bajado del Cielo, danos la vida eterna.

Cristo, Hijo de Dios vivo, que nos mandaste celebrar la Eucaristía como memorial tuyo, enriquece a
tu Iglesia con la celebración de tus misterios. R.

Cristo, Señor nuestro, sacerdote único del Dios altísimo, que has querido que tus ministros

HORAS SANTAS

te representaran en la Cena Eucarística, haz que quienes presiden nuestras asambleas imiten en su
manera de vivir lo que celebran en el Sacramento. R.

Cristo, maná bajado del Cielo, que haces un solo cuerpo de cuantos participan en un mismo pan,
aumenta la unidad y la concordia de quienes creen en ti. R. Cristo Jesús, médico enviado por el
Padre, que por el pan de la Eucaristía nos das el remedio de la inmortalidad y el germen de la
resurrección, da salud a los enfermos y esperanza a los pecadores. R.

Cristo Señor, rey al que esperamos, Tú que nos mandaste celebrar la Eucaristía para anunciar tu
muerte y pedir tu retorno, haz participar en tu resurrección a quienes han muerto estando en tu
amor. R.

Pidamos al Padre, como Cristo nos enseñó, nuestro pan de cada día: «Padre nuestro»
3. BENDICIÓN Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la
genuflexión, se arrodilla y se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro,
inciensa al Santísimo Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS (Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)

Dios nuestro, que llevaste a cabo la obra de la redención humana por el Misterio Pascual de tu
Hijo, concédenos que, al anunciar llenos de alegría por medio de los signos sacramentales su
muerte y resurrección, recibamos cada vez con mayor abundancia los frutos de la salvación. Por
Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas (cfr. p. 18). Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el
pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito,
bendito»; «Alabad al Señor», etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

HORAS SANTAS

4. “SEÑOR, BUSCO TU ROSTRO” (SAL 27, 8): EL ROSTRO EUCARÍSTICO DE JESÚS (CFR. TB, 15-17)

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Trae
el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

Estación menor

Padre Dios, creemos que eres creador de todas las cosas y que te nos has hecho cercano en el
rostro de tu Hijo, concebido en María Virgen por obra del Espíritu Santo, para ser nuestra
condición y garantía de vida eterna.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)


Creemos, Jesús Eucaristía, que estás real y verdaderamente presente en el pan y el vino
consagrados, prolongando tu presencia salvadora y ofreciendo a tus ovejas pastos abundantes y
aguas claras.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Creemos que los ojos se engañan al ver pan y nuestra lengua se equivoca al probar vino, porque
estás Tú todo entero, ofrecido en sacrificio y dando vida al mundo, de Paraíso siempre
hambriento.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional, cfr. p. 14)

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: CRISTO ES LA IMAGEN DE DIOS INVISIBLE, PRIMOGÉNITO DE TODA LA


CREACIÓN lectura de la carta del apóstol san pablo a los colosenses 1,12-20 Hermanos: damos
gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la
luz.

HORAS SANTAS

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por
cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura; pues por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y
terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado
por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo
que es la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así, es el primero en
todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud, y por él quiso reconciliar consigo todas
las cosas: haciendo la paz por la sangre de su cruz con todos los seres, así del Cielo como de la
Tierra. Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL Del Salmo 26

R. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro.


Escúchame, Señor, que te llamo; ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón: «Buscad mi
rostro». Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro. R.

No rechaces con ira a tu siervo, que Tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de
mi salvación. R.

Espero gozar de la dicha del Señor en el País de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo,
espera en el Señor. R.

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Mt 17, 5

R. Aleluya, aleluya.

Éste es mi Hijo muy amado, dice el Señor, en quien tengo puestas todas mis complacencias;
escúchenlo.

R. Aleluya, aleluya.

HORAS SANTAS

EVANGELIO: Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto Lectura del Santo Evangelio según San
Lucas 9, 28-36

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para
hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y
relampagueantes. De pronto se aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de
esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén. Pedro y sus
compañeros estaban rendidos de sueño, pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los
que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: «Maestro, sería bueno que
nos quedáramos aquí e hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías», sin
saber lo que decía. No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió, y
ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. De la nube salió una voz que decía:
«Éste es mi Hijo, mi escogido: escúchenlo». Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo. Los discípulos
guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de los que habían visto. Palabra del
Señor.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA Queridos hermanos: en este momento de encuentro con Jesús sacramentado, estamos
invitados a reconocer su presencia real en medio de nosotros. Él, que es la «imagen del Dios
invisible» se ha hecho visible para nosotros, al asumir nuestra condición humana en todo igual,
menos en el pecado, para darnos la oportunidad de una nueva vida, puesto que, por su sangre
derramada en la Cruz, ha puesto en paz todas las cosas. Estamos invitados a hacer nuestra la
plegaria del Salmo 27 —«Señor, busco tu rostro»—, porque Dios no es un Dios escondido sino que
se nos ha revelado en Jesucristo, por lo que «el antiguo anhelo del salmista no podía recibir una
respuesta mejor y más sorprendente que en la contemplación del rostro de Cristo. En Él, Dios nos
ha bendecido verdaderamente y ha hecho brillar su rostro sobre nosotros» (TB, 15). Cristo
resucitado sigue presente en su Iglesia y sigue actuando en nuestro favor al darnos la salvación. El
texto del Evangelio que presenta el momento de la Transfiguración, nos ayuda a profundizar en
ese misterio: Jesús sube a lo alto del Tabor y, como lo anota el texto, se pone en oración. Este
coloquio íntimo e intenso con el Padre transfigura a Jesús, y su resplandor nos ayuda a
reconocerlo como el Mesías esperado. Hoy tenemos esta oportunidad de acercarnos a Cristo.
Pidámosle que sepamos descubrir su rostro en los rostros de nuestros hermanos más pequeños,
para que seamos capaces de servirlo con amor y mucho entusiasmo. Tenemos unos momentos de
silencio para hacer

HORAS SANTAS

nuestra oración personal, procurando que nos lleve a profundizar en este encuentro con el Señor.

(Silencio orante)

HORAS SANTAS

PRECES COMUNITARIAS

Conscientes de la presencia del Resucitado entre nosotros, gracias a la Eucaristía, elevemos


nuestra súplica confiada, con la esperanza de contemplar el rostro de Cristo, Dios y hombre
verdadero. Responderemos:

R. Haz brillar tu rostro sobre nosotros.


Jesús, hombre nuevo, haz participar a tu Iglesia de tu vida divina, para que se transforme en
semilla del Reino de Dios. R. Jesús, Hijo de Dios, manifiesta a todos los hombres su nueva dignidad
de hijos, para que vivan en paz y en la justicia. R. Jesús, que para devolver al hombre el rostro del
Padre asumiste todas nuestras debilidades, concede a los enfermos y a los que sufren la esperanza
de los bienes eternos. R. Jesús, que resucitado de entre los muertos nos llamas a una vida nueva,
iluminada por la luz de tu Espíritu, concédenos perseverancia en el cumplimiento de tus
mandatos. R. Jesús, que te quedas realmente presente en este Sacramento admirable, ayúdanos a
contemplar siempre tu rostro misericordioso en nuestra vida. R.

Conscientes del amor que Dios nos ha manifestado en su Hijo muerto y resucitado, verdadero
rostro del amor divino, digamos la oración que él nos enseñó: «Padre nuestro...»

3. BENDICIÓN

Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y


se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS (Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)

Señor, infunde en nosotros el espíritu de caridad y, con la fuerza de este Sacrificio Eucarístico, haz
que cuantos creemos en ti vivamos unidos en un mismo amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas (cfr. p. 18). Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el
pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito,
bendito»; «Alabad al Señor», etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

HORAS SANTAS

5. “LA LUZ BRILLA EN LAS TINIEBLAS” (cfr. TB, 19-26)


1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Trae
el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

ESTACIÓN MENOR

Creemos, Padre Dios, que eres creador de todas las cosas y que te nos has hecho cercano en el
rostro de tu Hijo.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Creemos, Señor Jesús, que tu Encarnación se prolonga en la simiente de tu cuerpo Eucaristía, para
dar de comer a los hambrientos de luz, verdad y amor.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Creemos, Señor Jesús, que tu Encarnación se prolonga en la simiente de tu cuerpo Eucaristía, para
dar de comer a los hambrientos de perdón, gracia y salvación.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional, cfr. p. 14)

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

Unidos al Señor, son luz Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los efesios 5, 8-14

Hermanos: en otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan,
por lo tanto, como hijos de la luz. Los frutos de la luz son la bondad, la santidad y la verdad.
Busquen lo que es agradable al Señor y no tomen parte en las obras estériles de quienes son
tinieblas. Al contrario, repruébenlas abiertamente, porque, si bien las cosas que ellos hacen en
secreto da rubor aun mencionarlas, al ser reprobadas abiertamente todo queda en claro, porque
todo lo que es iluminado por la luz se convierte en luz. Por eso se dice: «Despierta tú que
duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz».

HORAS SANTAS

Palabra de Dios.

HORAS SANTAS

SALMO RESPONSORIAL Del Salmo 26

R. El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién tendré miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién
podrá hacerme temblar? R.

Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las
bondades del Señor y estar continuamente en su presencia. R.

La bondad del Señor espero ver en esta misma vida. Ármate de valor y fortaleza y en el Señor
confía. R.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA

Se enciende una luz en la oscuridad cuando se quiere ver lo que hay alrededor; se pone en un
lugar alto y de manera que ilumine lo más lejos posible. Dice el Texto Base para el 48º Congreso
Eucarístico Internacional (cfr. n. 19) que nosotros los cristianos, como hijos de la luz estamos
llamados a darle sentido al mundo y resaltar esos rayos de luz, de los cuales destacamos algunos
en particular. El pasaje que se acaba de leer, del Apóstol San Pablo, nos dice que todos los hijos de
la luz muestran bondad, santidad y verdad. Estos tres signos los llevan grabados en su corazón, por
una razón solamente: la Eucaristía es el sol que ilumina y da calor a sus vidas, porque en la
Eucaristía encuentran a Jesucristo, que es la vida de todo. Cada uno de nosotros como cristianos
ha de pensar si también mostramos esos signos o frutos de los hijos de luz. Ante las obras que
realizamos, debemos pensar si somos bondadosos; pensar que si hay santidad, es porque en cada
ocasión que tenemos oportunidad de estar frente a Jesús Sacramentado, oramos a Dios para que
nos asista durante el día y durante toda la vida. Que ser santo hoy no es una locura, sino un reto
que todos debemos tomar al amar a Dios. Debemos pensar que la santidad representa, al vivo, el
rostro de Cristo (cfr. NMI, 7), y por último, pensar si nos interesa estar del lado de la verdad, para
no vivir en la mentira sino al lado de Cristo, pese a las consecuencias que nos pueda acarrear, pero
siempre con muestras de luz y esperanza para el mundo actual.

HORAS SANTAS

Como luz que ilumina nuestro entorno, volvámonos a Jesús Eucaristía, luz de vida para todo
hombre que no quiere vivir en tinieblas. Si Jesús se volvió Eucaristía por todos, así nosotros, como
hijos de la luz, seamos buenos imitadores de la luz eterna que es Cristo, la plenitud de la luz, para
ser extintos hasta el fin en la entrega a nuestros hermanos, irradiando los talentos y dones que
nuestro Dios regala a cada uno para el servicio diario y desinteresado en ellos; respetando,
defendiendo, amando y sirviendo a la vida (cfr. EV, 5).

(Silencio orante)

PRECES COMUNITARIAS

Presentemos las necesidades de la Iglesia ante nuestro Dios, que manifiesta su poder a las
naciones, la salvación a los pueblos y, a nosotros, la luz radiante de su gloria.

R. Te rogamos, Señor. Por la santa Iglesia de Dios, para que ilumine a los hombres con la luz que
resplandece en el rostro de Cristo, disipe las tinieblas de quienes viven en el error y dé ánimo a los
fieles, de modo que hagan brillar con valentía la luz del Evangelio ante todas las naciones,
roguemos al Señor. R. Por las Iglesias que acaban de nacer en los diversos pueblos, para que su
juventud y vigor sean levadura de vida para todas las comunidades cristianas, roguemos al Señor.
R. Por los pueblos que aún no han sido iluminados por el Evangelio y por aquellos que, habiendo
conocido a Cristo, han abandonado el camino de la verdad, para que confiesen a Cristo como
Señor y lo adoren como a Dios verdadero, roguemos al Señor. R. Por nosotros, que hemos sido
llamados de las tinieblas a la Luz admirable de Cristo, para que nos afiancemos en la fe verdadera
y salgamos con fidelidad de las enseñanzas del Evangelio, roguemos al Señor. R.

Con el deseo de que la luz de Cristo ilumine a todos los hombres y que su amor se extienda por
toda la Tierra, pidamos al Padre que su Reino venga a nosotros: «Padre nuestro...»

3. BENDICIÓN
Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y
se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS (Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)

Ilumínanos, Señor, con la luz de la fe y enciende en nuestros corazones el fuego de tu amor,

HORAS SANTAS

para que aceptemos que Cristo, nuestro Dios y Señor, está realmente presente en este
Sacramento y lo adoremos verdaderamente, con amor y con fe. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas (cfr. p. 18). Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el
pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito,
bendito»; «Alabad al Señor», etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

HORAS SANTAS

4. “Y LAS TINIEBLAS NO LA VENCIERON” (cfr. TB, 27-31)

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Trae
el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

ESTACIÓN MENOR

Creemos, Padre Dios, que eres creador de todas las cosas y que te nos has hecho cercano en el
rostro de tu Hijo. Creemos, Jesús, que sobre el altar de tu sacrificio recuperamos la fuerza de una
débil carne, que no responde siempre a los anhelos del espíritu, pero que Tú transformarás a
imagen de tu cuerpo.
(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Creemos que en la mesa preparada para todos siempre habrá un lugar para el que busca, un
espacio para el marginado de la vida, superando los signos de la muerte, inaugurando cielos
nuevos y una tierra nueva.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Creemos, en fin, que en los inicios del tercer milenio, te haces compañero en el camino. «Remar
mar adentro» es la consigna en este momento de tu Iglesia, para construir, llenos de esperanza,
una nueva etapa de la historia.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional, cfr. p. 14)

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

LA LUZ BRILLA EN LAS TINIEBLAS Y LAS TINIEBLAS NO LA RECIBIERON Lectura del Santo Evangelio
según San Juan 1, 1-15

HORAS SANTAS

En el principio ya existía aquel que es la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era
Dios. Ya en el principio él estaba con Dios. Todas las cosas vinieron a la existencia por él, y sin él
nada empezó de cuanto existe. Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las
tinieblas y las tinieblas no la recibieron. Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan.
Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, Para que todos creyeran por medio de él. Él
no era la luz, sino testigo de la luz. Aquel que es la Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo
hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba; el mundo había sido hecho por él y, sin
embargo, el mundo no lo conoció. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a todos los
que lo recibieron les concedió llegar a ser hijos de Dios; a los que creen en su nombre, los cuales
no nacieron de la sangre, no del deseo de la carne, no por voluntad de hombre, sino que nacieron
de Dios. Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Hemos visto su gloria,
gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Palabra del
Señor.

SALMO RESPONSORIAL Del Salmo 115.

R. Que todos te alaben sólo a ti, Señor.

No por nosotros, Señor, sino por ti mismo, manifiesta tu grandeza, porque eres fiel y bondadoso.
Que no nos pregunten los paganos: «¿Dónde está el Dios de Israel?» R.

Nuestro Dios está en el Cielo y Él ha hecho todo lo que quiso. En cambio, los ídolos de los paganos
son oro y plata, son dioses hechos por artesanos. R.

Que los llene de bendiciones el Señor, que hizo el Cielo y la Tierra. El Señor se ha reservado para sí
el Cielo y a los hombres les ha entregado la Tierra. R.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA

HORAS SANTAS

Es bueno hacer un examen de lo que está aconteciendo en nuestro mundo, en el mundo que
vivimos, donde el hombre mismo se está despedazando en muchos trozos, hasta hacerse un
rompecabezas que no es fácil reunificar, con presiones como la situación económica, que agobia a
todos —porque sin dinero se desespera—; se abren divisiones de unos con otros, incluso en
familia; todo se vuelve opinable, la vida pierde sentido; el aborto, la clonación, la vida matrimonial
mal llevada; desempleo, drogadicción, alcoholismo, corrupción en todos los ambientes;
desigualdades, violencia, guerras, búsqueda de riqueza y poder; ignorancia religiosa, o el extremo
del fanatismo. El Texto Base para el 48º Congreso Eucarístico Internacional nos dice que dichos
pecados manifiestan la pérdida del sentido de Dios; ausencia de Dios, vacío interior de Dios en el
hombre; que se pierde la brújula de la vida humana. Y el mismo Texto nos pregunta qué haremos
al respecto. Por lo pronto, reconozcamos esas faltas que tenemos y luego tengamos el valor de
enfrentarlas. Pero primero busquemos sanarnos nosotros, para luego combatir lo que destruye al
hombre como buenos soldados de Cristo; dejémonos sanar por quien tiene la vida en plenitud,
Jesús Eucaristía; contemplemos las obras que ha hecho en el mundo, y que se manifiestan en
muchos hombres y mujeres modelo. Abrámonos a la gracia y a su Palabra, para entonces caminar
por donde nos lo indique con la mente lúcida y clara, con un corazón desbordante de amor a Dios,
manifestado en los hombres. Hoy Dios pide a cada hombre que reviva su fe, mantenga su
esperanza y exprese ese amor que nos comunica Dios en cada momento de la historia. La historia
de cada uno de nosotros se relata mediante las intervenciones de Dios, junto con cada hombre
con quien nos relacionamos. Que Dios siga siendo quien nos lleve a buscar lo que le agrada y nos
beneficia a la vez; que nos abramos a su luz y nos ilumine para ser fieles en este mundo que nos
puede asustar, desanimar y hasta confundir, si no estamos con Él. Venzamos el mal a fuerza de
bien, con la confianza de que estamos con Quien sabemos que nos ama.

(silencio orante)

PRECES COMUNITARIAS

Oremos, hermanos, a Dios Padre, por medio de Jesucristo, su Hijo, que se entregó por la salvación
de todos:

R. Te rogamos, Señor.

Para que los pastores y los demás fieles sean en el mundo anuncio claro y sacramento eficaz de la
salvación que Dios prepara a todos los pueblos, roguemos al Señor. R. Para que los hombres de
todos los pueblos, religiones y culturas, en su esfuerzo por encontrar a Dios, descubran con gozo
que el Señor no está lejos de cada uno de ellos, roguemos al Señor. R.

HORAS SANTAS

Para que los pueblos que sufren por la pobreza, el hambre o las guerras obtengan un mayor
desarrollo y gocen de la paz, y así reciban con mayor facilidad el anuncio del Evangelio, roguemos
al Señor. R. Para que nosotros y los fieles de nuestra parroquia (comunidad) seamos luz del mundo
y sal de la tierra, y así la gente que nos rodea, al ver nuestras buenas obras, dé gloria también al
Padre del Cielo, roguemos al Señor. R.

Confiando en la Palabra del Señor, y con la certeza de que las tinieblas no vencen a la luz que es
Cristo, pidamos al Padre que venga su Reino: «Padre nuestro...»
3. BENDICIÓN

Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y


se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS (Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)

Ilumínanos, Señor, con la luz de la fe y enciende en nuestros corazones el fuego de tu amor, para
que aceptemos que Cristo, nuestro Dios y Señor, está realmente presente en este Sacramento y lo
adoremos verdaderamente, con amor y con fe. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas (cfr. p. 18). Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el
pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito,
bendito»; «Alabad al Señor», etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

HORAS SANTAS

7. LA EUCARISTÍA ACOMPAÑA NUESTRA PEREGRINACIÓN (cfr. TB, 32-43)

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Trae
el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

ESTACIÓN MENOR

Creemos, Padre providente, que por la fuerza de tu Espíritu el pan y el vino se transforman en el
cuerpo y la sangre de tu Hijo, flor de harina que aligera el hambre del camino.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)


Creemos, Señor Jesús, que tu Encarnación se prolonga en la simiente de tu cuerpo Eucaristía, para
dar de comer a los hambrientos de luz y de verdad, de amor y de perdón, de gracia y salvación.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Creemos que en la Eucaristía te prolongas en la Historia, para alimentar la debilidad del peregrino.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional, cfr. p. 14)

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

CON LA FUERZA DE AQUEL ALIMENTO, CAMINÓ HASTA EL MONTE DEL SEÑOR Lectura del primer
Libro de los Reyes 19, 4-8

En aquellos tiempos, caminó Elías por el desierto un día entero y finalmente se sentó bajo un árbol
de retama, sintió deseos de morir y dijo: «Basta ya, Señor. Quítame la vida, pues yo no valgo más
que mis padres». Después se recostó y se quedó dormido. Pero un ángel del Señor llegó a
despertarlo y le dijo: “Levántate y come”. Elías abrió los ojos y vio a su cabecera un pan cocido en
las brasas y un jarro de agua. Después de comer y beber, se volvió a recostar y se durmió

HORAS SANTAS

. Por segunda vez, el ángel del Señor lo despertó y le dijo: “Levántate y come, porque aún te queda
un largo camino. Se levantó Elías. Comió y bebió. Y con la fuerza de aquel alimento, caminó
cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios. Palabra de Dios.

HORAS SANTAS

(O bien)

“YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO” Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6,
51-58
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del Cielo; el que coma
de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo.
Comenzaron entonces los judíos a discutir unos con otros, diciendo: «¿Cómo puede éste darnos a
comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Yo les aseguro que si no comen la carne del Hijo del
Hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi
sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.
Así como el Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por Él, así también, el que me come
vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del Cielo; no es como el maná que comieron sus padres,
pues murieron. El que come de este pan, vivirá para siempre. Palabra del Señor.

SALMO RESPONSORIAL

Del Salmo 77

R. El Señor les dio pan del Cielo. Cuanto hemos escuchado y aprendido y nos han transmitido
nuestros padres, nuestros hijos lo oirán de nuestra boca: el poder del Señor y sus bondades. R.

Él ordenó a las nubes que abrieran las compuertas de los cielos; hizo llover maná sobre su pueblo;
trigo celeste envió como alimento. R.

Así los hombres comieron pan de los ángeles; Dios les dio de comer hasta saciarlos. Hasta la tierra
santa los condujo, hasta el monte adquirido por su mano. R.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA

HORAS SANTAS

Queridos hermanos: estamos delante de Jesucristo que está presente en el Santísimo Sacramento;
hoy se nos llama a pasar este momento con Jesús. Cristo se ha convertido en compañero de
nuestro caminar, no nos abandona ni nos deja solos. Se nos invita a reflexionar sobre esta
presencia del Señor que viene a nuestro encuentro. La Palabra de Dios nos habla del misterio de la
Eucaristía como alimento. Rezamos, en la Secuencia de la Solemnidad del Corpus: «He aquí el pan
de los ángeles, hecho alimento de los peregrinos». El pan de la Eucaristía es fuerza de los débiles,
consuelo de los enfermos, viático de los moribundos, alimento sustancial que sostiene a los fieles
que se esfuerzan por dar testimonio ante el mundo, en los diversos ambientes (cfr. TB, 40). 1Re
19, 4 -8: El profeta Elías va huyendo de los enemigos de Dios y en un momento de debilidad, ruega
al Señor que acabe con su sufrimiento: «Basta ya, Señor. Quítame la vida, pues yo no valgo más
que mis padres» (v. 4). En nuestro peregrinar hacia la casa del Padre, también nosotros hemos
experimentado momentos de tribulación, dificultad y desesperación, pero Dios siempre nos
acompaña y no nos deja solos. Para Elías, su acción fue ofrecerle el alimento que lo reanimó y le
dio fuerza para seguir el camino hasta llegar a la meta. A nosotros nos da a su Hijo hecho pan de
vida, pan que acompaña nuestra peregrinación; pan para nuestra vida, para no dejarnos solos en
el cumplimiento y realización de nuestra vida cristiana... Pan que es memorial eficaz del misterio
de la entrega del Hijo amado del Padre a la muerte, por la remisión de los pecados. Hoy, hermano,
quizás estés aquí con la misma sensación de fracaso y angustia que experimentó Elías, pero aquí
también está el Señor Jesús, que te sostiene en el camino de la vida. Acércate a este Pan de vida y
recibirás la fuerza necesaria para continuar en tu camino; no estás solo: Jesús es compañero del
camino. Jn 6, 51-58: Este texto del Evangelio es la conclusión del «Sermón del Pan de vida» que
nos presenta San Juan en el capítulo 6. Se llega aquí a la cumbre de la revelación del misterio:
Jesús es pan de vida porque alimenta —nutre— al discípulo, de modo que se hace partícipe de la
misma vida divina. Así, quien se alimenta de la Eucaristía recibirá frutos extraordinarios: quien
comulga permanece con Cristo en unión íntima y duradera, superando todas las expectativas
humanas, pues este pan es semilla de resurrección. «El que me come vivirá por mí» (Jn 6, 57), nos
dice Jesús para urgir la necesidad que tiene el cristiano de alimentarse de Él, que es el Pan bajado
del Cielo.

(Silencio orante)

PRECES COMUNITARIAS

Demos gracias al Señor por el misterio de la Eucaristía y por su presencia en medio de nosotros,
como el Pan de Vida que acompaña nuestra peregrinación. Responderemos a cada invocación:

R. Te damos gracias, Señor.

Gracias, Señor, por tu Misterio Pascual: tu muerte y resurrección. R. Gracias, Señor, por haber
instituido la Eucaristía. R.

HORAS SANTAS

Gracias, Señor, por haberte quedado sacramentalmente entre nosotros. R. Gracias, Señor, por
habernos invitado a celebrar la Eucaristía. R. Gracias, Señor, por darnos Cuerpo y tu Sangre como
alimento. R. Gracias, Señor, por este tiempo que nos has concedido para adorarte. R. Gracias,
Señor, por el Sacerdocio ministerial, que prolonga tu presencia. R. Unidos en el amor de Cristo,
dirijámonos al Padre, diciendo como el Señor nos enseñó: «Padre nuestro...»
3. BENDICIÓN

Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y


se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS (Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)

Señor, que en tu Hijo Jesucristo nos diste el verdadero Pan que descendió del Cielo, fortalécenos
con este alimento de vida eterna para que nunca nos apartemos de ti y podamos resucitar para la
gloria en el último día. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas (cfr. p. 18). Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el
pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito,
bendito»; «Alabad al Señor», etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

8. LA EUCARISTÍA, MISTERIO DE COMUNIÓN Y CENTRO DE LA VIDA DE LA IGLESIA (cfr. TB, 44-51)

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Trae
el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

ESTACIÓN MENOR

Contigo, Cordero de la Alianza, se elevan en cada altar, donde te ofreces al Padre, los frutos de la
tierra y del trabajo del hombre,

HORAS SANTAS

la vida del creyente, la duda del que busca, la sonrisa de los niños, los proyectos de los jóvenes, el
dolor de los que sufren y la ofrenda del que da y se da a sus hermanos.
(Parenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

HORAS SANTAS

Creemos, señor Jesús, que tu bondad ha preparado una mesa para el grande y el pequeño, y que
en tu mesa hermanos nos hacemos hasta dar la vida unos por otros, como Tú lo hiciste por todos.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Creemos, en fin, que en los inicios del tercer milenio, te haces compañero en el camino. «Remar
mar adentro» es la consigna, en este momento de tu Iglesia, para construir, llenos de esperanza,
una nueva etapa de la historia.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional, cfr. p. 14)

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

PRIMERA LECTURA: EL PAN ES UNO, Y ASÍ NOSOTROS, AUNQUE SOMOS MUCHOS, FORMAMOS
UN SOLO CUERPO. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los corintios 10, 16-17

Hermanos: el cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el
pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros,
aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan. Palabra
de Dios.

SALMO RESPONSORIAL Del Salmo 115

R. El cáliz que bendecimos es comunión con la sangre de Cristo.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? alzaré el cáliz de la salvación, invocando su
nombre. R.
Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu
esclava. R.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

HORAS SANTAS

Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. R.

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO cfr. Jn 15, 9

R. Aleluya, aleluya.

Como el Padre me amó, así yo los he amado: permanezcan en mi amor.

R. Aleluya, aleluya.

EVANGELIO: “QUE TODOS SEAN UNO, COMO TÚ, PADRE, EN MÍ Y YO EN TI” Lectura del Santo
Evangelio según San Juan 17, 20-23

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús dijo: «Padre santo: no sólo ruego por ellos, sino
también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre,
en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has
enviado. También les di a ellos la gloria que me diste, para que sean uno, como nosotros somos
uno: yo en ellos y Tú en mí, para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que
Tú me has enviado y los has amado como me has amado a mí». Palabra del Señor.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA

Queridos hermanos: estamos invitados hoy a este momento de adoración, acción de gracias y
petición. Queremos considerar la presencia de Cristo en la Eucaristía, de la que el Concilio
Vaticano II, recogiendo una expresión de San Agustín, nos dice que es «sacramento de piedad,
signo de unidad y vínculo de caridad» (SC, 47). Queremos contemplar el Misterio y queremos
recibir la fuerza para construir la unidad en la Iglesia (cfr. TB, 44).

Participar de la misma mesa es signo de fraternidad y comunión de sentimientos. El alimento que


se recibe y se consume es signo de la unidad de la Iglesia: «Como este pan que hemos partido,
disperso en las espigas de los montes, se unificó en la hostia que comemos, así se unifique tu
Iglesia desde los confines de la Tierra, en la unidad de tu Reino» (Didaché 9, 4). También la
Eucaristía es centro de la vida de la Iglesia, y:

«...Esto se debe a que en ella tenemos un principio único y trascendente, en virtud del cual puede
conseguirse lo que a los hombres les es imposible en

HORAS SANTAS

razón de su pecado y de su disgregación. Este principio de unidad es el cuerpo físico de Cristo,


entregado a su Iglesia para edificarla como su Cuerpo Místico, del cual Él es cabeza y nosotros sus
miembros» (TB, 46).

Pidamos al Señor con humildad por la unidad en su Iglesia, para que el misterio de la Eucaristía se
convierta en fuente de unidad y que todos los que participamos de este Banquete sagrado seamos
constructores de unidad en nuestra comunidad. Signo de nuestro esfuerzo por edificar a la
comunidad será nuestra participación en la Misa dominical, como signo peculiar de nuestra
identidad de católicos. Que Jesús Eucaristía nos ayude a realizar la unidad de la Iglesia.

(Silencio orante)

PRECES COMUNITARIAS Didaché 9, 1-4

R. ¡Gloria a ti por los siglos!

Te damos gracias, Padre nuestro, por esta santa viña de David, tu siervo, que nos diste por Jesús,
tu Hijo. ¡Gloria a ti por los siglos! R. Gracias te damos, Padre nuestro, por la vida y la ciencia que
nos diste por Jesús, tu Hijo. ¡Gloria a ti por los siglos! R. Como este pan que hemos partido,
disperso en las espigas de los montes, se unificó en la hostia que comemos, así se unifique tu
Iglesia desde los confines de la Tierra, en la unidad de tu Reino. ¡Gloria a ti por los siglos! R. Porque
tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, en los siglos de los siglos. Amén.
3. BENDICIÓN

Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y


se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS (Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)

Señor, infunde en nosotros el espíritu de caridad y, con la fuerza de este Sacrificio Eucarístico, haz
que cuantos creemos en ti vivamos unidos en un mismo amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

HORAS SANTAS

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas (cfr. p. 18). Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el
pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito,
bendito»; «Alabad al Señor», etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

HORAS SANTAS

9. LA EUCARISTÍA, EXIGENCIA DE COMPARTIR (cfr. TB, 52-56)

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Trae
el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

ESTACIÓN MENOR

Padre santo, que nos has compartido a tu Hijo, enséñanos también a compartir nuestra vida.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)


Cristo, pan de vida, danos fuerza para caminar con firmeza hacia la casa del Padre.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Espíritu Santo, fuente de vida, no permitas que vivamos sin la Eucaristía, pan de vida eterna.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional, cfr. p. 14)

1. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS TODOS COMIERON HASTA SACIARSE Lectura del Santo
Evangelio según San Mateo 15, 29-37

En aquel tiempo, llegó Jesús a la orilla del mar de Galilea, subió al monte y se sentó. Acudió a él
mucha gente que llevaba consigo tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros enfermos.
Los tendieron a sus pies y él los curó. La gente se llenó de admiración al ver que los lisiados
estaban curados, que los ciegos veían, que los mudos hablaban y los tullidos caminaban; por lo
que glorificaron al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da lástima esta gente,
porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas,
porque pueden desmayarse en el camino». Los discípulos le preguntaron: «¿Dónde vamos a
conseguir, en este lugar despoblado, panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?» Jesús les
preguntó: «¿Cuántos panes tienen?» Ellos contestaron: «Siete, y unos cuantos pescados».
Después de ordenar a la gente que se sentara en el suelo, Jesús tomó los siete panes y los

HORAS SANTAS

pescados, y habiendo dado gracias a Dios, los partió y los fue entregando a los discípulos, y los
discípulos a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y llenaron siete canastos con los pedazos
sobraron. Palabra del Señor.

SALMO RESPONSORIAL Del Salmo 111

R. Dichosos los que temen al Señor.


Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra;
la descendencia del justo será bendita. R.

En su casa habrá riquezas y abundancia, su caridad es constante sin falta. En las tinieblas brilla
como una luz el que es justo, clemente y compasivo. R.

Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. El justo jamás vacilará, su
recuerdo será perpetuo. R.

Reparte limosna a los pobres; su caridad es constante, sin falta, y alzará la frente con dignidad. R.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA

El milagro de la multiplicación de los panes es una figura de la Eucaristía, pues en él nos podemos
dar cuenta de que, esencialmente, se realizan los mismos gestos y momentos: «Tomó el pan, dio
gracias y lo repartió». Hemos de iniciar reconociendo que tal milagro parte de la sensibilidad de
Jesús ante la realidad del hambre que la gente padecía en aquel momento. Así, Jesús siempre está
atento a las necesidades de los demás, sobre todo cuando éstas se presentan en el tono de las
necesidades vitales, una de las cuales es el alimento. La participación de los discípulos es necesaria
para obrar el milagro, pues ellos son quienes se dan a la tarea de buscar algún recurso y llevarlo a
Jesús, para que sea multiplicado. Además de la participación de todos, su misma necesidad los
hace ser parte activa del milagro, que más tarde Jesús instituirá como el sacramento de la
Eucaristía, en la Última Cena, para perpetuarlo en la historia del hombre y hacer más evidente la
necesidad

HORAS SANTAS

del Alimento único que da la vida, que ilumina el sendero por el que el hombre camina. Nos
damos cuenta de que la Eucaristía no es un sacramento que queda en nosotros mismos y nada
más, sino que la necesidad de compartir se vuelve un compromiso: el de compartir el pan que por
voluntad y misericordia de Dios se nos da, el que es la vida; Cristo mismo que se nos da como
alimento, saciando nuestra hambre y dándonos fuerzas para continuar nuestro caminar hacia el
Padre. Sin lugar a dudas, la lección es la de dar, de compartir; no se habla de cosas sino de la vida
misma que Jesús es capaz de darnos y de la que hemos de aprender también, para darnos a los
demás con la intención de que tengan vida en Dios. En nuestras vidas, compartir se traduce como
hacer el bien, practicar obras de caridad y misericordia con quienes más lo necesitan; prestarnos
para la realización del bien común, dejar de sumarnos a proyectos que atenten contra la dignidad
de la persona. La tarea, después de percatarnos de la lección que nos da Jesús, es aprender a
compartir nuestra vida misma, en servicio a los demás, y siempre tener como intención de fondo
compartirnos, darnos con todo lo que somos y tenemos, a Dios Padre, en Jesús, por el Espíritu
santo, ya que en su entrega no encontramos ningún tipo de escatima, sino generosidad. Que la
preocupación en la tarea de compartir sea la generosidad, a ejemplo de Jesús, que se dio y se
sigue dando para que el mundo tenga vida y la tenga en abundancia. Así, preguntémonos: cuándo
se presenta una oportunidad de compartir, ¿con qué intención lo hago, la mía o la de Cristo? ¿Qué
hace falta para que compartir sea parte del compromiso de nuestra vida? ¿Qué tan fuerte es la
motivación que me da la Eucaristía para compartir?

(Silencio orante)

PRECES COMUNITARIAS

Señor, Dios, escucha nuestras oraciones, que con humildad te presentamos:

R. Que aprendamos de Cristo a ser generosos.

Por el Papa y los obispos, para que atentos a las necesidades de los demás, sepan testimoniar y
motivar a la solidaridad con los más necesitados. R. Por los gobernantes, para que estén siempre
atentos a las necesidades de los demás y vivan preocupados de los que menos tienen. R. Por todas
las personas necesitadas del socorro de los demás, para que el Señor las guarde y alivie todas sus
necesidades. R. Por todos nosotros, para que siendo conscientes de que hay más alegría en dar
que en recibir, podamos cada día alegrarnos compartiendo nuestros bienes y nuestra vida al
servicio de los necesitados. R. Por quienes viven encerrados en sí, envueltos en su egoísmo, para
que abiertos a la gracia de Dios, encuentren la alegría de compartir. R.

Acudamos a Dios Padre, tal como nos enseñó Jesucristo: «Padre nuestro...»

HORAS SANTAS

3. BENDICIÓN
Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y
se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS (Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)

Escucha, Señor las oraciones que te presentamos y concédenos llegar a imitar la generosidad de tu
Hijo, que se quiso quedar con nosotros en el sacramento admirable de la Eucaristía, para que
como Él, vivamos dándonos al servicio generoso de nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro
Señor. Amén.

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas (cfr. p. 18). Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el
pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito,
bendito»; «Alabad al Señor», etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

HORAS SANTAS

10. JESUCRISTO EVANGELIZADOR Y LA EUCARISTÍA, FUENTE DE EVANGELIZACIÓN (cfr. TB, 57-64)

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO

Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se acerca al lugar de la Reserva. Trae
el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al Santísimo.

ESTACIÓN MENOR

Señor, Padre Santo, concédenos la disponibilidad que distinguió a tu Hijo Jesucristo en la vivencia
del Evangelio.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Que como Tú, Jesús Eucaristía, sepamos donar nuestra vida al servicio de los demás.
(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Que motivados por la acción del Espíritu Santo, deseemos aprovechar cuanta oportunidad se
presente para anunciar el Evangelio.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional, cfr. p. 14)

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

EVANGELIO: LO RECONOCIERON AL PARTIR EL PAN Lectura del Santo Evangelio según San Lucas
24, 13-35

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado
a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido. Mientras
conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los
discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: «¿De qué cosas vienen hablando
tan llenos de tristeza?» Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero
que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?» Él les preguntó: «¿Qué cosa?» Ellos le
respondieron: «Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante
Dios y ante todo el pueblo; cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo
condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el

HORAS SANTAS

libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es
cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada
al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos
ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y
hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron. Entonces Jesús les dijo: «¡Qué
insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas!
¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?» Y
comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la
Escritura que se referían a él. Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más
lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a
oscurecer». Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la
bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les
desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: «¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos
hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!» Se levantaron inmediatamente y regresaron
a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, quienes les dijeron: «De
veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón». Entonces ellos contaron lo que había
pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Palabra del Señor.

SALMO RESPONSORIAL Del Salmo 18

R. El mensaje del Señor resuena en toda la Tierra.

Los Cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día
comunica su mensaje al otro día y una noche se lo transmite a la otra noche. R.

Sin que pronuncien una palabra, sin que resuene su voz, a toda la Tierra llega su sonido y su
mensaje hasta el fin del mundo. R.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA

Evangelizar es una gran tarea que Jesucristo ha encomendado a toda la Iglesia de todos los
tiempos (cfr. Mt 28, 20) y en la que nosotros, como sus seguidores, hemos de vernos implicados
en un modo más vivencial que teórico. No basta con sólo una

HORAS SANTAS

preparación técnica, es necesario tener experiencia de Jesús en nuestras vidas, como los discípulos
de Emaús, que nos muestran el itinerario a seguir: lo que debe acontecernos es el encuentro con
Jesucristo vivo y evangelizador, encuentro que se realiza en la Eucaristía y pasa primero por la
escucha, meditación y contemplación de su Palabra, donde Él mismo nos habla, de modo que
escuchamos una Palabra llena de vida, la de Cristo, que, como a los discípulos de Emaús, tiene una
historia de salvación que contarnos con un enfoque fascinante y cautivador, ya que nosotros
mismos nos vemos implicados en esa historia que nos colma de luz, vida y paz. El anuncio del
Evangelio que hace Cristo, pretende impregnar al hombre de una buena noticia que libera y
transforma. Evangelizar no es volver al pasado, sino arriesgarse a un cambio que promete cosas
buenas; provocar un encuentro con Cristo que transforma la tristeza en alegría y en el que la vida
adquiere sintonía mediante la Eucaristía que se descubre como la fuente de energía para
continuar la empresa de la evangelización, que en el mundo actual se vislumbra como una
contradicción de necesidad e insensibilidad. Si pretendemos realizar en serio la tarea
encomendada, es imprescindible acudir a la Eucaristía, que nos alimenta y reanima para ir y
compartir la Buena Noticia que el encuentro con Cristo nos ha dejado. Ante esta tarea tan grande
y delicada, ¿he dejado yo que el Evangelio signifique algo en mi vida? Cuando celebro la Eucaristía,
¿salgo motivado a hacer algo por mi vida y la de los demás? ¿Qué necesito para sentirme
implicado en la tarea de la evangelización?

(Silencio orante)

PRECES COMUNITARIAS

Escucha Señor, nuestras oraciones, que con humildad te presentamos:

R. Que la Eucaristía, Señor, nos dé fuerza para evangelizar.

Por el Papa y los obispos, principales responsables de la evangelización, para que dóciles a la
voluntad del Padre, encarnando a Jesucristo en su vida logren, con los dones del Espíritu Santo,
transformar con el Evangelio el mundo en que vivimos. Oremos. R. Para que los gobernantes,
sensibles a las exigencias del Evangelio, se preocupen del bien común y de dar verdadero
testimonio de servicio. Oremos. R. Por todos los cristianos que desgastan su vida en la tarea de la
evangelización, para que liberados de todos los peligros, continúen dando un testimonio fiel del
Evangelio. Oremos. R. Por todas aquellas personas que no conocen el Evangelio, para que la fuerza
que transforma se manifieste pronto en sus vidas. Oremos. R. Por todos nosotros, para que el
Señor nos aumente la fe y el compromiso de evangelizar el mundo en que vivimos. Oremos. R.
Todos juntos, en familia, repitamos las palabras que nos enseñó Jesús, y oremos al Padre diciendo:
Padre nuestro...

HORAS SANTAS

3. BENDICIÓN
Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y
se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS (Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)

Señor, Padre Santo, escucha las oraciones que te presentamos y concédenos un amor grande por
el Evangelio y la Eucaristía, para que fortalecidos con tan grandes dones, llevemos a cabo la tarea
evangelizadora que nos has encomendado, en la persona de tu Hijo, Evangelio vivo que vive y
reina por los siglos de los siglos. Amén.

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas (cfr. p. 18). Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el
pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito,
bendito»; «Alabad al Señor», etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

HORAS SANTAS

11. MARÍA, “MADRE DEL VERDADERO DIOS POR QUIEN SE VIVE” (cfr. TB, 65-70)

1. EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO Habiéndose reunido el pueblo e iniciado un canto, el ministro se


acerca al lugar de la Reserva. Trae el Sacramento y lo coloca en la custodia. El ministro inciensa al
Santísimo.

ESTACIÓN MENOR

Madre del Redentor, que es la luz del Padre, luz sobre toda luz, que ilumina a todos los hombres.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

Salve, Virgen Santa, imagen luminosa de la Iglesia, Madre y Hermana nuestra en el camino de la fe.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)


Eres radiante estrella que ilumina el sendero hacia el Salvador.

(Padrenuestro, Avemaría, Gloria y canto)

(Concluye con la Oración para el 48º Congreso Eucarístico Internacional, cfr. p. 14)

2. LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS

PERSEVERABAN UNÁNIMES EN LA ORACIÓN, JUNTO CON MARÍA, LA MADRE DE JESÚS Lectura del
libro del los Hechos de los Apóstoles 1, 12-14 Después de la ascensión de Jesús a los cielos, los
apóstoles regresaron a Jerusalén desde el Monte de los Olivos, que dista de la ciudad lo que se
permite caminar en sábado. Cuando llegaron a la ciudad, subieron al piso alto de la casa donde se
alojaban, Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago (el hijo de
Alfeo), Simón el cananeo y Judas, el hijo de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la
oración, junto con María, la madre de Jesús, con los parientes de Jesús y algunas mujeres. Palabra
de Dios.

(O bien)

“Hagan lo que él les diga” Lectura del Santo Evangelio según San Juan 2, 1-11

HORAS SANTAS

En aquel tiempo, hubo una boda en Caná de Galilea, a la cual asistió la madre de Jesús. Éste y sus
discípulos también fueron invitados. Como llegara a faltar el vino, María le dijo a Jesús: «Ya no
tienen vino». Jesús le contestó: «Mujer, ¿qué podemos hacer tú y yo? Todavía no llega mi hora».
Pero ella dijo a los que servían: «Hagan lo que él les diga». Había allí seis tinajas de piedra, de unos
cien litros cada una, que servían para las purificaciones de los judíos. Jesús dijo a los que servían:
«Llenen de agua esas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. Entonces les dijo: «Saquen ahora un
poco y llévenselo al mayordomo». Así lo hicieron, y en cuanto el mayordomo probó el agua
convertida en vino, sin saber su procedencia, porque sólo los sirvientes la sabían, llamó al novio y
le dijo: «Todo el mundo sirve primero el vino mejor, y cuando los invitados han bebido bastante,
se sirve el corriente. Tú, en cambio, has guardado el vino mejor hasta ahora». Esto que Jesús hizo
en Caná de Galilea fue la primera de sus señales milagrosas. Así mostró su gloria y sus discípulos
creyeron en él. Palabra del Señor.

SALMO RESPONSORIAL Lc 1, 46ss.


R. Me alegro con mi Dios.

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador; porque ha
mirado la humillación de su esclava. desde ahora me felicitaran todas las generaciones. R.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí su nombre es santo, y su misericordia llega a
sus fieles de generación en generación. R.

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia R.

(Silencio meditativo)

HOMILÍA Queridos hermanos: llenos de alegría contemplemos el misterio del Hijo de Dios hecho
hombre que se ha quedado con nosotros en la Eucaristía. Queremos acercarnos a este misterio de
la mano de la Virgen Maria, «Madre del verdadero Dios, por quien se vive» (Nican mophua). Ella
«puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con Él» (EE,
53).

HORAS SANTAS

«La presencia de María en el cenáculo, es el punto de referencia de toda la comunidad eclesial


que se prepara para recibir la gracia del Espíritu Santo» (TB, 67). Asimismo, nos recuerda el libro
de los Hechos de los Apóstoles que «perseveraban unánimes en la oración, junto con María, la
madre de Jesús» (Hech 1, 14): Ella acompaña el nacimiento de la Iglesia; por su maternidad es
modelo de la Iglesia; acompaña la evangelización e intercede siempre por todos (cfr. TB, 69). En las
bodas de Caná Ella se descubre como una persona que busca ayudar, intercede ante su Hijo por
aquellos jóvenes esposos. Y con su actitud perseverante, deja una invitación a cada uno de
nosotros: «Hagan lo que él les diga» (Jn 2, 5). «Con la solicitud materna que muestra en las bodas
de Caná, María parece decirnos: “No dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de
transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su Cuerpo y su
Sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así
Pan de Vida”» (EE, 54).

(Silencio orante)
PRECES COMUNITARIAS (Dirigen dos lectores, que irán alternando con la respuesta de la
comunidad)

R. Te alabamos, Padre, porque nos has dado por madre a María Reina la Paz.

1. Te alabamos, Padre, porque ante el drama de la humanidad, ante las angustias de los pequeños
y de los débiles, ante el aparente fracaso de los pacificadores, tenemos por madre a María, Reina
de la Paz. R. 2. Te alabamos, Padre, porque ante un mundo que cierra sus entrañas a la vida, ante
una cultura del egoísmo que prescinde de los niños inocentes, encontramos en María, Madre de
Dios, un mensaje de esperanzador de una maternidad pura y generosa. R. 1. Te alabamos, Padre,
porque, ante un mundo que rechaza a los ancianos y a los enfermos por inútiles y molestos, nos
ofreces el mensaje evangélico de la misericordia que María ejercitó junto a su parienta Isabel y al
pie de la Cruz de su Hijo. R. 2. Te alabamos, Padre, porque ante un mundo que enaltece a los ricos
y poderosos, que premia a los soberbios, Tú pones en boca de María la oración y el ejemplo de los
pobres y los humildes. R. 1. Te alabamos, Padre, porque aunque la sociedad nos empuja casi
únicamente al bienestar del cuerpo y los sentidos, María Virgen, Esposa de tu Espíritu, nos
estimula a fomentar los valores del Evangelio. R. 2. Te alabamos, Padre, porque ante un mundo
manipulador y egoísta, propones en María un testimonio de respeto a la misión de tu Hijo y de
colaboración con su misión redentora. R.

HORAS SANTAS

1. Te alabamos, Padre, porque ante una cultura de lo fugaz y lo llamativo, nos recuerdas
constantemente el ejemplo de María, que respondió con un ‘sí’ para siempre a la vocación que Tú
le ofrecías. R. 2. Te alabamos, Padre en todas las formas, sobre todo porque nos has dado la vida,
porque nos has dado como hermanos a todos los hombres; porque quieres que todos seamos uno
y para ello nos alimentas con un mismo Pan bajado del Cielo. Todos. Te alabamos, Padre, porque
por el ‘sí’ de Maria, podemos alimentarnos con el cuerpo Eucarístico de tu Hijo. 1. Confiando en el
Señor, que hizo obras grandes en María, pidamos al Padre que colme de bienes al mundo
hambriento: «Padre nuestro...»

3. BENDICIÓN

Al final de la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar; hace la genuflexión, se arrodilla y


se entona el Tantum ergo. Mientras tanto, arrodillado el ministro, inciensa al Santísimo
Sacramento. Luego se pone de pie y dice:

OREMOS (Se hace una pausa de silencio; luego prosigue)


Concédenos, Señor y Dios Nuestro, a quienes creemos y proclamamos que Jesucristo nació por
nosotros de la Virgen María, murió por nosotros en la cruz y está presente en este Sacramento,
beber en esta divina fuente el don de la salvación eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

El sacerdote o diácono recibe el velo humeral, hace genuflexión, toma la custodia y bendice al
pueblo con el Santísimo Sacramento. Después de dar la bendición, deja la custodia sobre el altar y,
arrodillado, dice las alabanzas (cfr. p. 18). Mientras se reserva el Sacramento en el sagrario, el
pueblo puede decir alguna aclamación, o entonar otro cántico de alabanza, vgr. «Bendito,
bendito»; «Alabad al Señor», etcétera. Finalmente, el ministro se retira.

También podría gustarte