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Supervivencia de Isa en la Selva

Isa es un niño blanco que fue abandonado y criado por una tribu africana. Sin embargo, es rechazado por la tribu debido a su color de piel. Un día es perseguido y golpeado por otros niños, tras lo cual es llamado al consejo de la tribu, lo que genera temor en Isa por su futuro.
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Supervivencia de Isa en la Selva

Isa es un niño blanco que fue abandonado y criado por una tribu africana. Sin embargo, es rechazado por la tribu debido a su color de piel. Un día es perseguido y golpeado por otros niños, tras lo cual es llamado al consejo de la tribu, lo que genera temor en Isa por su futuro.
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Isa es un orzowei, o lo que es lo mismo, un «encontrado».

Él, que es de raza


blanca, fue abandonado siendo un bebé y un miembro de la tribu africana de
los Swazi lo recogió y lo acogió. Allí se ve obligado a abandonar el pueblo y a
huir porque lo rechazan. Es en ese momento cuando deberá hacer valer
todas sus habilidades para sobrevivir en la selva, un lugar peligroso y mortal.
Su peregrinación constituirá la búsqueda propia de sí mismo, de dónde es y
a quién pertenece.

ebookelo.com - Página 2
Alberto Manzi

Orzowei
ePub r1.0
Titivillus 25.06.2018

ebookelo.com - Página 3
Título original: Orzowei
Alberto Manzi, 1963
Traductor: Adriana Matons de Malagrida
Ilustrador: Mª Luisa Giogia
Diseñador de la cubierta: R. Riera Rojas

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

ebookelo.com - Página 4
Falta un puente entre las almas…
Si ese puente existiese
los hombres se comunicarían sus secretos,
los pensamientos alegres,
la sonrisa y el perdón…
… muchacho.

construye con tus manos,


sin vigas,
ese puente de oro.
EMILIA ALBORET

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CAPÍTULO PRIMERO

¡V A, cogedle!… ¡cogedle!…
En el ímpetu de la carrera volcaron un caldero, y Amebais, la vieja
borracha, salió de la choza lanzando maldiciones contra aquellos diablos que lo
tiraban todo al aire.
—¡Ya no hay tranquilidad, no! ¡Pero como os coja, haré que os den de latigazos a
todos! —chilló dirigiéndose al grupo de muchachos que corrían hacia la selva.
Pero éstos no le hacían caso.
Un poco porque Amebais había sido siempre una loca gruñona; pero sobre todo
porque su caza era muy interesante.
La pieza era esta vez Isa, el muchacho que Amûnai había traído de la selva.
Amûnai, el Ring-kop (que significa «el gran guerrero»), lo encontró, hacía ya
unos diez años, envuelto en una faja roja, dentro de una cesta colgada de una rama
muy grande. La cesta estaba atada de forma que ni las serpientes ni las fieras la
podían alcanzar.
Lo cogió y se lo llevó al poblado.
La vieja Amebais le hizo de madre y cumplió su misión hasta que el muchacho
fue capaz de buscarse por sí solo, entre los desperdicios del poblado, algo para comer.
Su avaricia no le permitía más.
Y mientras Amûnai fue el jefe, Isa —éste era el nombre que le habían puesto—,
pues, tuvo con qué saciar su apetito y fue respetado.
Pero cuando el Ring-kop perdió el mando, Isa se las tuvo que arreglar sólo para
vivir.
Le trataban así sólo por un motivo: porque era blanco; si blanca se podía llamar
su piel quemada por el sol y por el viento.
Isa tenía once años, edad en la que nuestros muchachos sólo saben ir con su
cartera al colegio y aprender algunas lecciones de memoria.
Pero para Isa la vida había sido muy dura y aunque no sabía leer ni escribir,
conocía en cambio muchas otras cosas que le permitían vivir, aunque con
dificultades, en medio del desprecio de todo el poblado y rodeado de la «gran
señora»: la selva.
Además los otros muchachos se burlaban de Isa y le perseguían. Se tenía que
defender de sus crueldades y muchas veces le pegaban haciéndole sangrar, hasta que
llegaba algún hombre del poblado y le salvaba. Sólo entonces la pandilla le dejaba,
magullado y sangrando, sobre la tierra.
O, si podía, huía.
Y mientras los demás le buscaban, él permanecía inmóvil, escondido en algún
matorral, casi sin respirar.

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Debido a todo esto, Isa era un rebelde.
Sólo había temido al látigo. Pero ahora ya se había acostumbrado a él.

—¡Va, va, cogedle!… ¡cogedle!…


Los muchachos le perseguían.
¿Existe algún juego más hermoso, para unos futuros cazadores, que el de
perseguir una presa viva?
Isa corría velozmente por el accidentado terreno.
Llevaba buena ventaja. Las largas cacerías le habían enseñado a ser veloz, ligero.
De quererlo, hubiese podido ganar más ventaja sobre sus perseguidores para acabar
refugiándose tranquilamente en las ramas de algún árbol y entretenerse allí tirando
fruta y ramas secas a los monos.
Pero no quería.
Por el contrario, redujo la carrera.
Delante del grupo, a la cabeza, iba Mései, el nieto del brujo; Mései, que siempre
se burlaba de él. Sobre todo desde que no le consideraban ya un Um-fan, un
muchacho porteador, sino un aspirante a guerrero.
Le faltaba poco para hacer su «prueba» y si conseguía salir bien de ella le darían
su lanza y su tucul.
A Isa, en cambio, le habían expulsado incluso de los Um-fan.
No podría seguir a los hombres del poblado a la guerra ni a las cacerías, ni
siquiera como porteador.
Era un «orzowei», un chacal de hombre: nada.
Era blanco.
Aflojó la carrera. Los demás gritaron, seguros ya del éxito de la caza. Pero él
sonrió; quería que se cansaran, que cayeran uno a uno con la lengua colgando.
Mései estaba ya a pocos pasos de distancia.
—¡Estás cogido! —vociferó—. ¡Estás cogido! ¡Hoy te pondremos en el palo!
Todos chillaban de alegría.
De pronto Isa sintió que el terreno se hundía bajo sus pies; se tambaleó, cayó. Con
dos saltos Mései se le echó encima y con las delgadas rodillas le sujetó los hombros.
—¡Estás cogido! —jadeó—. ¡A ver si eres capaz de moverte!
Isa forcejeó, pero el adversario era fuerte. Comía todos los días.
Los demás habían llegado junto a ellos, pero Mései les hizo una seña y se
detuvieron formando círculo.
—Hoy la presa es mía. Me quiero divertir yo. ¡Levántate, «orzowei»!
Lentamente Isa se levantó.
Con un movimiento rapidísimo Mései cayó sobre él y le hizo rodar de nuevo por
el suelo.
Un coro de risas celebró la caída.
—¡Levántate! —gritó Mései riendo.

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Isa debió de haber dado contra alguna piedra.
Sentía un fuerte dolor en la espalda.
Se levantó muy despacio, pero su adversario le ganó en rapidez y le golpeó con el
puño. Se tambaleó, pero aunque Mései le volvió a golpear consiguió cogerle.
Rodaron los dos por el suelo, abrazados.
Y cuando uno conseguía que el otro diera con la espalda en el suelo, golpeaba,
con los puños apretados, en los ojos, en la nariz, en todas partes.
Cuando Isa logró mantenerse un buen rato sobre Mései, alguien cogiendo un
puñado de arena se la tiró a los ojos.
Abandonó su presa y Mései se aprovechó de ello.
Le golpeó repetidamente con una piedra hasta que lo vio exánime con un hilillo
de sangre que le salía por las heridas.

Entonces todos huyeron.


Hasta muy tarde, por la noche, Isa no volvió al poblado.
La luna estaba ya muy alta en el cielo e iluminaba las chozas dándoles un aspecto
de fábula.
El muchacho se arrastró hasta el tucul del viejo Amûnai.
—Soy yo —murmuró.
—Entra. ¿Qué te ha sucedido?
—El puño de Mései me ha golpeado —contestó—; en el puño tenía una piedra.
Ahora me duele mucho la cabeza.
—A ver.
El viejo se levantó de su jergón y avivó el fuego. Luego examinó la herida.
—Un buen golpe. Podías haber muerto. ¿Quién te ha ayudado?
—Nadie. No me he enterado de nada hasta que el frío me ha despertado. Y he
venido aquí.
—Has perdido mucha sangre.
Le vendó la herida, después de habérsela lavado con un cocimiento de hierbas.
—Si los espíritus del mal no se acercan a ti, mañana estarás bien. Ahora duerme.

—¡Eh, holgazán, levántate!


Una mano áspera sacudió bruscamente a Isa.
—¿Qué sucede? —preguntó, sentándose de un salto en el jergón.
El Consejo está en la «Gran Casa». Te esperan.
—¿A mí?
—Sí, a ti. Han dicho «el orzowei». Eres tú, ¿no? —El hombre rió y salió.
La hoja de la lanza reflejó un rayo de sol sobre el muchacho.
Poco después Isa corría hacia la «Gran Casa».
Era ésta una choza de amplias proporciones donde cabían cómodamente unas
sesenta personas.

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Isa no había estado nunca allí, lo mismo que los demás muchachos del poblado.
La «Gran Casa» era «tabú» para ellos y para las mujeres.
Sólo los guerreros podían cruzar el umbral.
Isa se detuvo ante la entrada. Estaba temblando.
El Consejo debía de haber tomado alguna decisión muy seria respecto a él cuando
le mandaba a llamar.
Ayer no había hecho nada malo; estaba seguro.
Había estado en el campo de Uf-nain, pero no había robado maíz. ¡Ah, claro! la
pelea. Sí, había peleado, lo recordaba bien, pero el que más daño había recibido era
él. Llevaba todavía la cabeza vendada. Además el Consejo nunca se había
preocupado por las peleas de los chicos.
Bien, lo mejor era entrar.
Apartó la piel de búfalo y permaneció inmóvil. En el centro de la gran choza,
adornada con pieles y trofeos de caza, estaba el brujo del poblado, revestido de las
vestiduras sagradas.
Una máscara grotesca y de aspecto terrible le cubría la cara.
Sentados en círculo, sobre pieles de búfalo, estaban todos los guerreros y los
varios Ring-kop, con la cabeza adornada de plumas.
Los viejos, audaces «lobos» (los mejores entre todos los guerreros), se sentaban
en el fondo de la choza y en medio de ellos estaba el Gran Jefe.
La piel estriada de un tigre le colgaba desde los hombros hasta la cadera. Un aro
de oro sobre el que ondeaban muchas plumas de avestruz, coronaba su cabeza.
A sus pies estaban la larga lanza y el escudo.
El brujo se acercó al muchacho bailando y vociferando.
Isa no se movió. A pesar de su aspecto terrible sabía que detrás de aquella
máscara se escondía Ao-sam, un viejo tembloroso que un día se había asustado al ver
al pequeño Chi-chiá, el puercoespín.
Nadie lo sabía, pero Isa lo había visto y desde entonces dejó de sentir estima y
respeto hacia el brujo.
Éste bailó a su alrededor durante diez minutos; luego, deteniéndose delante de él,
le tocó con el bastón sagrado y volvió a su sitio.
Entonces se levantó el Gran Jefe.
En la choza todos enmudecieron.
—Acércate —le ordenó.
Isa avanzó lentamente hasta que su pecho tocó la punta de la lanza que el Gran
Jefe mantenía inclinada en dirección a él.
—Mohamed Isa, pues éste es tu nombre —dijo—, el Consejo ha decidido. Te
someterás a la gran prueba. El viejo Ring-kop que te encontró en la selva ha hablado
en tu favor. Partirás esta noche. Y hasta que el tinte blanco que cubrirá tu cuerpo
desaparezca, el poblado será «tabú» para ti. Los cazadores te perseguirán, te cazarán.
No deberás dejar que te cojan. Si lo consigues, tu puesto estará aquí entre los

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guerreros. Entonces tendrás tu lanza y tu tucul.
—Vuelvo a insistir —gritó Unguasci, uno de los guerreros más fuertes—, no debe
someterse a la prueba. El «orzowei» no pertenece a nuestro poblado.
—¿Qué importa eso? —le interrumpió otro, sonriendo con malicia—. Como
morirá en la prueba…
—Así será. Pero aunque triunfe —prosiguió Unguasci— no debemos admitirle
entre los guerreros. ¡Recordadlo, es un «orzowei», un «guacho»!
—He hablado —el Gran Jefe le interrumpió—, y he decidido. Isa se someterá a la
prueba. Si consigue salir de ella será un guerrero de nuestro poblado.
Nadie replicó.
Se levantaron en silencio mientras el brujo gritaba algo. Un canto triste, solemne,
resonó en la choza; fue creciendo poco a poco de intensidad hasta convertirse en un
potente coro.
Era el canto de caza; el canto de la victoria del hombre sobre la jungla.
Isa seguía inmóvil en el centro de la choza.
Todavía no podía creer en lo que le estaba sucediendo.
Era aquél el día que había esperado con ansiedad, que había temido que no llegara
nunca.
Le daban la ocasión de demostrar su fuerza, su habilidad. Le ofrecían, por encima
de todo, el reconocimiento de pertenecer al poblado, de no ser ya un «guacho».
Cuando el canto acabó, el Gran Jefe le entregó el escudo y el «assegai», un
pequeño estoque que había de ser su única arma durante la gran prueba.
—Esta noche, cuando la luna haya alcanzado lo más alto de la copa del árbol
sagrado, partirás. ¡Buena caza!
El Gran Jefe salió. Con él, muchos guerreros.
Pero la ceremonia no había terminado todavía.
El brujo pisoteó las raíces que le habían entregado los hombres; echó sobre ellas
un poco de coco y un líquido resinoso, lo metió todo dentro de un gran caldero y lo
puso a hervir.
De vez en cuando, pronunciando palabras misteriosas, echaba en el caldero polvo
de incienso.
Más tarde desnudaron a Isa y lo metieron en el gran recipiente. Salió de él con
todo el cuerpo teñido de blanco, de un blanco marfileño.
Sabía que el tinte no desaparecería en seguida y que ni el agua ni el sol lo podrían
borrar.
Era la gran prueba.
Todos debían superarla. Ésa era la ley.
Cuando un muchacho era ya lo bastante mayor para ser admitido entre los
guerreros, le cogían, le desnudaban, le teñían y le dejaban en libertad en la selva.
Cualquiera que le descubriera podía cazarlo y matarlo.
Nadie le podía ayudar, pues el castigo era la muerte.

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Tenía que vivir solo hasta que el tiempo hubiese borrado la pintura blanca; si
lograba volver le nombrarían guerrero.
Si no volvía, el poblado sabía que había perdido a un muchacho que nunca
hubiese podido ser un buen cazador, y nadie le lloraría.
Cuando el brujo le hizo arrodillar delante de él para bendecirlo Isa sonrió.
Sentía una felicidad que no había sentido nunca hasta entonces.
Afuera, todos los muchachos le miraron en silencio, envidiándole.
—Reventarás —susurró Mései—, la selva te matará y los cuervos se alimentarán
en tu inmundo cuerpo.
Isa no se dignó dirigirle ni siquiera una mirada.
Tal como lo mandaba la ley, fue a saludar a todos los del poblado a sus chozas.
Pero sólo la vieja Amebais le estrechó la mano.
El padre de Mései le miró con una extraña luz en los ojos; luego dijo:
—Has ocupado el lugar de mi hijo. La gran prueba le tocaba a él. Es ésta una
afrenta que nos humilla ante los del poblado. Ten cuidado, «orzowei». Lo blanco, en
medio del verde de la selva, se descubre inmediatamente. Y cualquier cazador tiene
derecho a matarte.
Isa, por toda contestación, sonrió.
Se dirigió hacia el pie del árbol sagrado que se erguía solitario a poca distancia
del poblado y esperó a que llegara la noche.
No consiguió dormir.
Entornó los ojos y contempló el movimiento circular del sol; el breve crepúsculo;
la noche.
Cuando la luna empezó a platear las copas negras de los árboles, se le acercó un
hombre.
—La hora se acerca, hijo.
—Lo veo, Amûnai.
Se miraron sin hablar. Luego Isa dijo:
—Te agradezco que hayas venido.
—Sé —murmuró el viejo Ring-kop— que no te he criado como a un hijo ni he
hecho nunca nada que te pudiese ayudar.
—Me salvaste la vida.
—Sí, cuando eras pequeño. Pero luego dejé que vivieras peor que los perros del
poblado.
—No importa, Amûnai.
—He venido a saludarte. Y recuerda: lo blanco resalta y tu tinte es nuevo. Hay
alguien a quien le gustaría pincharte con su lanza. ¡Sé prudente! Recuerda que el sol
es tu enemigo. Muévete sólo cuando las sombras lo ocultan todo. Sé rápido como un
gamo y audaz como un leopardo. ¡Que tu caza sea afortunada, hijo!
—Gracias, padre.
El viejo guerrero carraspeó. Quería disimular su emoción.

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—Vuelve pronto al poblado. Te esperaré aquí cuando nazca la nueva luna. Y… no
me hagas esperar en balde.
—No esperarás mucho, si puedo.
Permanecieron en silencio, el uno junto al otro, hasta que les pareció que la punta
del árbol sagrado, que se balanceaba por el viento, tocaba a la luna.
Entonces Isa se puso en pie. Recogió el escudo y el «assegai», saludó con un
gesto a Ring-kop y se adentró en la selva.
En aquel mismo momento se oyó el redoble de un tambor.
Al principio con un ritmo lento; luego los golpes se hicieron más seguidos,
ensordecedores.
Era la señal para la caza del hombre.
El comienzo de una larga batida tras las huellas de un muchacho pintado de
blanco.

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CAPÍTULO II

A VANZABA con un trote ligero, infatigable, que había aprendido observando a las
gacelas en los largos días de verano, cuando llevaba los búfalos a pastar y los
abandonaba para adentrarse en la selva.
Un trote que no fatigaba y que muchas veces le había salvado de los ataques de
sus compañeros.
Aquellos juegos, aquellas fugas, le habían enseñado muchas cosas; sabía por
experiencia que lo mejor era poner mucha distancia entre él y sus perseguidores.
El eco del tam-tam se extendía a su alrededor.
Sabía que lo oiría todavía durante muchas millas y que al igual que él lo oirían los
cazadores que seguían su pista y los poblados al otro lado del río.
Sabía que se enteraría toda la gran tribu de los Swazi y que los exploradores lo
buscarían.
Se detuvo en lo más espeso.
Algo más lejos, el rugido de caza del león había despertado a la selva.
Tenía que abandonar el sendero. No era prudente continuar por aquel camino.
La lluvia del día anterior había ablandado el terreno y sobre él destacaban, muy
claras, sus huellas.
Anduvo alrededor de ellas para confundir el rastro; luego se echó junto a un
matorral.
Era inútil seguir así, sin meta.
Más allá del río, en el corazón de la selva, en un gran claro, había los restos de un
gran poblado, viejo como el sol, con chozas de piedra.
Se lo había contado Amûnai. Y cuando hablaba de la «ciudad muerta», hacía
todos los exorcismos posibles, porque el lugar estaba habitado por los espíritus del
mal.
Si quería escapar a sus perseguidores, tenia que alcanzar aquel lugar. Allí nadie le
buscaría. Conociendo el camino se necesitaban tres o cuatro días para llegar.
Con la rapidez de una ardilla se encaramó a un árbol. Desde allí, a horcajadas
sobre la rama más alta, observó el cielo.
La gran estrella estaba a su derecha.
Para alcanzar la «ciudad muerta» tenía que seguir siempre a su derecha.
Estaba a punto de bajar cuando un ligero ruido le inmovilizó y el corazón le
empezó a latir con violencia.
Un crujido; una rama partida.
Conteniendo la respiración, aguzó la mirada. Por entre las ramas del árbol
divisaba el sendero.
Descendió un poco y esperó. Ningún ruido extraño a la vida de la selva.

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El leopardo cazaba a una milla de distancia. Poco antes su grito desesperado —de
animal hambriento que no encuentra alimento— había resonado en la jungla y le
había helado la sangre en las venas.
Un gamo había atravesado de carrera el sendero y un mono le chillaba
maliciosamente. Más lejos, un grupo de hienas reía.
Una risa burlona, cruel.
Luego Isa oyó un ruido que no supo definir.
Parecía como si alguien diera ligeras palmadas.
Esperó. Y aparecieron Sem-husci y dos jóvenes guerreros del poblado.
—Ha pasado por aquí. Las huellas son claras —decía Sem.
—Una vaca y tres corderos para cada uno si conseguimos cogerle. ¡Será muy
sencillo!
Caminaban satisfechos, cuando Sem-husci hizo una seña.
Los otros se le acercaron y se inclinaron para mirar el terreno.
Empezaron a discutir.
—Debe de estar por estos alrededores —dijo luego Sem.
—Apostaría a que está durmiendo aquí cerca.
—Sí, las huellas se confunden… Mirad —dijo uno de los más jóvenes.
Era él el que hacía aquel extraño ruido. La pequeña daga colgada del cinturón le
golpeaba el muslo a cada paso.
—Escuchad —dijo Sem-husci—, seguiré a lo largo del sendero. Tú —y se dirigió
al hombre de la daga— busca entre estas matas, mientras Solimán rastrea la zona más
adelante. ¿Os parece bien?
—Bien —contestó Solimán—. Vamos.
Había dado unos pasos cuando Sem-husci gritó:
—¡Eh, Mur! ¡La daga da en tu muslo y hace ruido!
Mur se la quitó y ya no se oyó nada.
Cada uno tomó su camino y desaparecieron.
Isa esperó; luego se deslizó lentamente por el tronco.
Había empezado la caza.
Si quería volver un día al poblado tenía que mantener bien abiertos los ojos y los
oídos.
En lugar de seguir adelante volvió sobre sus pasos.
Y cuando vio, muy lejanas todavía, las higueras de la tribu, se encaramó a un
árbol y a horcajadas en la bifurcación de unas ramas se durmió.

Las dos primeras semanas fueron terribles para Isa. Su pequeño estoque no servía
para cazar a distancia. Se tenía que arrastrar hasta muy cerca del animal si quería
acertarlo; pero éste siempre se daba cuenta a tiempo de su presencia y huía asustado.
Así, se tenía que conformar con roer alguna raíz o mascar algún poco de hierba.
Pero también estos alimentos había que saber encontrarlos.

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Uno de los primeros días había comido una plantita de sabor al principio
agradable; luego había tenido unos dolores terribles y había pensado que los espíritus
del mal habían acudido para llevárselo, para castigarle por las muchas veces que se
había burlado de ellos.
Fue así como aprendió a conocer qué plantas eran comestibles y cuáles eran
venenosas.
También para coger la fruta tuvo que ejercitarse mucho y arañarse todo el cuerpo
antes de haber aprendido a moverse diestramente de rama en rama hasta alcanzar la
más delgada, donde estaba siempre la fruta más sabrosa.
Varias volteretas desde lo alto, afortunadamente sin consecuencias graves, le
enseñaron a distinguir una rama buena de una carcomida y los monos fueron para él
unos maestros estupendos enseñándole cómo se podía saltar de una rama a otra sin
romperse la crisma.
Pero lo más difícil fue encender fuego.
No tenía pedernales y, recordando lo que había visto hacer muchas veces en el
poblado, intentó encenderlo frotando dos pedazos de madera. En aquellos días se
arrepintió amargamente de no haberse fijado en cómo se hacía.
Las dos maderas se calentaban, la frente se le cubría de sudor, le dolían los
brazos, pero el fuego no aparecía.
Entonces invocaba a todos los dioses y a los espíritus buenos y malos. Luego los
maldecía a todos a la vez. Mas el fuego seguía sin aparecer.
—¡Oh dios del rayo —gritaba—, encolerízate con este indigno siervo tuyo y
lanza sobre él tus saetas encendidas!
Pero su oración era inútil.
Posiblemente porque el dios que invocaba sabía que sus saetas serían una
bendición para aquel chiquillo de pelo rizado que se afanaba tanto.
Pero un día lo consiguió y entonces surgió un segundo problema.
Acababa de encender su primer fuego cuando, a poca distancia, oyó el sonido de
un cuerno.
Alguien que había visto el humo se dirigía hacia él.
La modulación del sonido había hecho comprender a Isa que algún cazador creía
haber encontrado a sus compañeros.
Huyó. Así fue como no pudo gozar del primer fruto de tantas fatigas.
Desde entonces buscó con cuidado la leña apropiada para arder con llama sólo,
para que el humo no denunciase su presencia.
Observó cómo el león acechaba a los antílopes; cómo se deslizaba por el suelo,
cómo saltaba de repente. E intentó hacerlo.
Repetía los movimientos del animal salvaje: su ímpetu, su deslizamiento
silencioso, sus largos saltos.
Fueron unos días duros, de ejercicio continuo.
Por fin mató a su primer gamo.

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Nunca hubiese creído que desollar a un animal fuese tan fatigoso y difícil.
En los días que siguieron aprendió a hacerlo más rápidamente y con menos fatiga.
Durante ese tiempo, Isa, dando un gran rodeo por la selva, alcanzó el río que la
atravesaba.
Más allá del río, a dos o tres días de marcha, estaba la «ciudad muerta». Allí se
refugiaría.

Se zambulló.
Con brazadas lentas alcanzó el centro del río y lo remontó unos cien pasos.
El río se deslizaba, tranquilo, solemne, por su amplio cauce.
Aquí y allá, a lo largo de las orillas cubiertas por una espesa vegetación, algún
árbol se inclinaba sobre el agua rozándola suavemente con sus ramas frondosas.
Luego el muchacho se dejó llevar por la corriente hasta que vio surgir en el centro
del río una roca blanca. El agua burbujeaba alrededor de ella formando espuma.
Subió a la peña y antes de tumbarse sobre su centro liso contempló su cuerpo. El
tinte blanquecino no se atenuaba.
Se echó al sol. Bajo el agradable calorcillo (no había llegado todavía el período de
los fuertes calores) entornó los ojos y pensó en el poblado, en Mései, en el viejo
Ring-kop, en el Gran Jefe.
Volvió a ver el árbol sagrado, los campos cultivados, las manadas de búfalos en
los pastos; y por un momento sintió una ligera sensación de melancolía y de
nostalgia.
Aunque era cierto que aquél no era su poblado, como le decían todos; aunque era
cierto que aquél no era su pueblo, como lo juraban todos, allí había vivido y sufrido,
con ellos se había sentido feliz, había llorado y amado. Y además, ¿por qué no podía
ser su pueblo?
¿No era él como los demás? ¿No hacía lo mismo que hacían ellos? ¿No vivía
como ellos vivían?
—Es tu piel, tu cara —decían.
¿Qué podía hacer él si era un poquito más claro?
¡Cuántas veces se había expuesto al sol, completamente desnudo, durante
muchísimo rato, cuando los grandes calores, para hacer que su piel se volviese más
oscura, parecida a la de sus compañeros!
Sin embargo, había en él algo de brujería.
Su piel no quería volverse brillante, de aquel hermoso color de ébano que era el
orgullo de los habitantes del poblado.
¿Qué pensamientos eran ésos?
Bostezó mientras se desperezaba.
Él era un Swazi. Se sometía a la gran prueba. Era ésta una señal de
reconocimiento de que pertenecía a la tribu. Podía darse por satisfecho.
Se levantó.

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Permaneció así, inmóvil, de modo que parecía formar parte de la roca. Su esbelta
figura se destacaba claramente sobre el verde oscuro de la selva.
Luego, con lentas brazadas, alcanzó la orilla.

Se despertó a la puesta del sol.


El baño y el descanso habían aguzado su apetito. Se dirigió hacia el río y,
examinando con atención la orilla, buscó el lugar donde abrevaban los animales
salvajes.
Lo encontró a media milla de distancia.
La selva se abría formando un amplio claro y, entre la hierba alta, descubrió el
sendero de la sed.
Allí, al poco rato, acudirían los veloces antílopes y los búfalos salvajes y las
tímidas gacelas, para apagar su sed. El terreno dejaba ver con claridad las huellas de
sus pasos anteriores.
Justamente junto a la orilla se erguía un gigantesco baobab. Isa se ocultó, con su
«assegai» preparado, entre sus ramas más bajas.
La luna ya había salido. Parecía que jugara con las copas de los altos árboles. Tan
pronto se escondía detrás de ellas como volvía a enseñar su gran cara sonriente.
Un ligero pisoteo despertó la atención del muchacho. Debajo de él, un gran ñu, de
cabeza recia y musculosa, alto casi como un asno, avanzaba con cautela.
Levantaba lentamente, con gracia, sus esbeltas patas parecidas a las de un ciervo,
echaba hacia delante su hocico carnoso como el de un buey, con las narices húmedas
dilatadas, prestas para captar el olor más tenue.
A una distancia de diez pasos, en fila india, pisando sus huellas, lo seguía el resto
de la manada.
El ñu llegó al río, metió sus patas delanteras en el agua, miró fijamente hacia
todos los matorrales cercanos y luego bebió a grandes tragos.
Los compañeros esperaban en silencio.
Isa no se movió.
Si hubiese tenido un arco y unas flechas, su comida hubiese estado asegurada;
¡pero aquel hierro tan pequeño…!
Esperó. En la manada, que constaba de unas sesenta cabezas, había descubierto
unos cachorros. Veía como correteaban de aquí para allá, hasta que las madres con
ligeros cabezazos imponían el orden. Pensaba probar con uno de ellos porque los
grandes cuernos de los adultos le inspiraban cierto respeto.
El jefe de la manada enderezó la cabeza y volvió hacia atrás. Entonces, en grupos
de cinco o seis, los ñu se acercaron al río. Los demás pacían silenciosos por entre las
altas hierbas.
Sólo el jefe, erguido sobre un montículo, miraba escrutando hacia todos lados.
Cuando los pequeños hubieron apagado su sed se pusieron a jugar, retozando,
entrando en el agua y salpicando a su alrededor.

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El jefe empezó a moverse y todos se pusieron en fila detrás de él.
Había llegado para Isa el momento de actuar; bajó resbalando a lo largo del
tronco y se acercó con cautela a un ñu joven que retozaba todavía por allí. Cuando
estuvo a menos de un paso de distancia, se le echó encima gritando. La manada salió
huyendo alarmada. El pequeño, inmovilizado por el terror, se dejó coger fácilmente.
Cayó al suelo dando un largo y quejumbroso balido.
Pero la madre, que ya estaba lejos, no le oyó.
Isa arrastró a su presa lejos del sendero de la sed; cortó un cuarto del animal y lo
asó.

Isa permaneció varios días en aquellos lugares.


Había abundancia de alimento, la caza no era peligrosa y el río estaba allí,
dispuesto a aliviar su sed con sus aguas frescas y murmurantes.
Tenía la precaución de no acercarse nunca durante el día al sendero de la sed para
no dejar huellas y no atemorizar a los animales salvajes que se dirigían al río.
Aquella noche también se había acomodado encima de una rama y esperaba.
Poco antes había oído, no muy lejos, el grito ronco de la gran pantera y el ruido
de las rascadas de sus garras sobre un tronco. El leopardo se preparaba para cazar. Era
aquélla la manera de afilar sus zarpas.
Isa titubeaba; la proximidad de la gran luchadora representaba un peligro. Quizá
fuera conveniente abandonar la caza por aquella noche.
Pero los monos habían empezado a chillar de nuevo y un antílope se acercaba
tranquilamente. Era señal que el leopardo se había alejado.
Un viejo búfalo solitario, con el cuerpo sumergido hasta la mitad en el río, bebía
largos tragos, levantando de vez en cuando la cabeza para escuchar.
Algo le inquietaba, porque por dos veces se retiró del agua.
Alrededor todo estaba silencioso. Sólo algún papagayo gritaba desde las ramas
altas. Pero Isa no se fijó en ellos.
El búfalo era muy viejo; podía intentar el ataque. Cuando el animal pasara bajo su
rama le tiraría su estoque afilado.
Si le alcanzaba, saltaría sobre la grupa del animal hasta que éste, desangrado, se
derrumbara.
De pronto, el búfalo enderezó su larga cola y mugió, retirándose del río con un
respingo.
El muchacho esperó el momento más oportuno, lanzó el «assegai» y saltó a la
grupa del animal, que se encabritó, agitándose violentamente, mientras mugía por el
dolor.
El «assegai» había penetrado junto a la base de su cuerno izquierdo y de la herida
salía un chorro de sangre.
Isa se sujetaba con firmeza; en el poblado se había acostumbrado a tales
corcoveos y gambetas cuando llevaba los búfalos al pasto y los montaba.

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Entonces, una masa de color leonado se lanzó sobre él y sobre el búfalo con la
fuerza de un bólido.
El muchacho cayó de bruces al suelo. No se movió.
La gran pantera le había robado la presa, lanzándose con un salto formidable
desde un matorral que distaba diez pasos del sendero.
Escondida entre la hierba alta, había estado esperando pacientemente. El búfalo,
enloquecido por el dolor, no la había olido. Ahora luchaba contra la feroz enemiga
que, agarrada a él, intentaba alcanzar la gran vena para desgarrarla.
De pronto, empinándose súbitamente, el búfalo consiguió derribar a la fiera y la
corneó con sus poderosas defensas.
La pantera pudo esquivar en parte la embestida y saltó a su vez sobre la cabeza de
su víctima, desgarrándola con sus formidables garras.
El búfalo pateó, mugió e intentó aplastar a la enemiga contra el suelo.
Estaba a punto de rendirse, exhausto, cuando la pantera, contorciéndose,
abandonó la presa dando unos gritos roncos, terribles.
El «assegai» le había penetrado en las fauces, destrozándoselas. El búfalo, en
cuanto vio al enemigo en el suelo, volvió a atacar. Un grito terrible.
De pronto, la pantera se enderezó, hirió, desgarró y el búfalo se desplomó entre
estertores.
Sólo entonces Isa se movió.
Vio como el felino abandonaba su presa, que palpitaba todavía y se dirigía hacia
el río.
La observó con atención. La gran pantera debía de tener las patas anteriores rotas
porque se arrastraba resbalando sobre el pecho, ayudándose sólo con las traseras. El
búfalo la debía de haber herido en el último ataque.
Pero aún avanzando así, lo hacía con tanta rapidez que muy pronto llegó al agua.
La vista de la fiera carnívora, la más poderosa de toda la selva, en aquel estado,
sugirió a Isa una idea.
¿Quién se atrevería a poner en duda su valor si volvía al poblado con el cuerpo
cubierto con el manto leonado del animal?
Se acercó al búfalo. Unas diez hienas se retiraron ladrando. El «assegai» estaba en
el suelo, cubierto de sangre.
Lo cogió y lo limpió en la hierba húmeda y se dirigió hacia el río. La pantera
había metido el hocico en el agua para apagar el ardor de la herida. Gemía.
Los escalofríos sacudían su largo cuerpo. La cola ondeaba de un lado hacia otro,
inquieta.
Isa, temblando, se detuvo a mirar la fiera.
El miedo estaba luchando contra la ambición. Apretó los dientes. Tenía que
arriesgarse. Sólo la muerte de la gran pantera podría hacer olvidar, así lo creía, a los
habitantes del poblado, que él era un «orzowei», un «guacho», un chacal de hombre.
Todavía recordaba —tendría entonces seis o siete años— el magnífico

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recibimiento, el regocijo con que acogieron a Umbelai el día en que volvió al poblado
con la piel de un leopardo.
Adelante, pues.
«Después de todo —se dijo— tiene las patas rotas y está herida y cansada».
Se arrastró hasta llegar a pocos pasos del animal.
Le parecía como si en la selva resonara el «tam-tam» con el mismo ritmo
frenético con que le latía la sangre en las sienes.
Apretó con fuerza el «assegai» y se lanzó.
En aquel mismo instante la pantera se volvió; abrió la boca con un rugido
poderoso y, apoyándose sobre las patas posteriores, saltó.
Isa esquivó el tremendo golpe, pero no con tanta rapidez como para salir
indemne.
Las zarpas de la fiera le abrieron el pecho, mientras los colmillos se cerraban con
violencia a pocos centímetros de su muslo.
Los dos, por un instante que al muchacho le pareció un siglo, se miraron
inmóviles.
Luego se movieron a la vez.
La pantera saltó. Isa aprovechó el momento en que la fiera dejaba al descubierto
la parte inferior del cuerpo para clavarle su «assegai».
Un rugido de rabia le hizo comprender que el golpe había sido certero y la pantera
se le desplomó encima, derribándole. Las garras se le clavaron una vez más en el
cuerpo.
Sintió un fuerte dolor en la pierna y se desmayó.

El aullido de las hienas y el aire punzante de la noche le despertaron.


Inmediatamente miró alrededor suyo. La pantera yacía rígida a su lado. El
«assegai» le había dado en el corazón.
Tiró una rama seca contra las hienas que se acercaban y, con fatiga, gimiendo, se
sentó.
Sentía un dolor agudo en la pierna. La levantó con cuidado. En el muslo tenia un
desgarro profundo. Los colmillos de la fiera habían dejado el hueso al descubierto.
Intentó moverla. Apretando los dientes y sudando, consiguió hacer unos pequeños
movimientos. Bien, los nervios no habían sufrido daño.
Se miró el pecho. Estaba lleno de largas rayas rojizas; justo debajo de las tetillas,
cinco incisiones profundas sangraban todavía.
Se arrastró hasta el agua y se metió en ella.
El frescor del agua mitigaba el ardor de las heridas, pero le hacia tiritar. El
muchacho se retiró en cuanto vio que a su alrededor el río se teñía de rojo. Taponó
con helechos la herida del muslo y los desgarros del pecho.
Estaba agotado, pero se sentía feliz. Había vencido a la gran pantera.
Así, mientras desollaba al animal, antes de que la rigidez del sueño eterno hiciera

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más difícil la tarea, sonrió satisfecho de sí mismo.
Le parecía ser, pintado de blanco y con estrías rojas, un bravo guerrero preparado
para una gran batalla. No era aquél un sencillo tatuaje: era un color que proclamaba
su audacia.
No terminó su trabajo hasta las primeras luces del amanecer.
Cogió la piel manchada del animal y la extendió sobre unas matas, al sol.
Agotado, se echó debajo de ella.
Nadie se acercaría.
Seguía siendo la piel del cazador más fuerte de la jungla.

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CAPÍTULO III

H ABÍAN pasado tres días desde la lucha con la pantera.


Isa se metió en el agua y se arrancó las hojas que cubrían sus heridas.
Mientras se divertía tirando al centro del río pequeñas ramas secas que arrancaba
de un matorral cercano, algo hizo que de pronto se detuviera con el brazo en alto.
Nada.
Pero algo estaba sucediendo. Lo sentía. Los pájaros habían cesado
repentinamente en sus gorjeos, y hasta los monos se balanceaban silenciosamente en
las ramas altas.
Solamente se oía el zumbido agudo de los insectos y el croar de las ranas.
Salió del agua y se dirigió hacia el sendero de la sed. Observó con atención las
altas hierbas hasta donde el sendero se perdía en la maraña de la selva.
Nada, absolutamente nada.
Pero algo había hecho enmudecer a sus pobladores alados.
De pronto, un grito ronco y el vuelo de un airón atrajeron su atención hacia el
límite opuesto del claro. ¿Quién había hecho huir al pájaro de su nido escondido entre
las cañas?
¡Ah! las puntas de la hierba alta se movían. No era el viento, que soplaba suave,
el que las hacía mover. Si hubiese sido así, la hierba se hubiese inclinado hacia el sol,
porque el viento soplaba en aquella dirección.
Quizá un animal en busca de su presa.
Pero un animal de la jungla no asusta a los habitantes de los árboles.
¡Un hombre! Sólo los hombres poseían aquel extraño poder. Y si se trataba de
hombres tenía que alejarse a toda prisa.
Volvió sobre sus pasos y se zambulló en el agua. Era preferible estar en la otra
orilla.
Estaba ya en el centro del río cuando se acordó del «assegai» y del escudo. Los
había dejado al pie del gigantesco baobab que le había ofrecido asilo entre sus ramas
en aquellas noches.
No podía dejar allí aquellas cosas. Hubiesen revelado quién era él: un muchacho
sometido a la gran prueba. Y el que las encontrara se sentiría obligado a buscar
también al propietario para matarlo.
Diez minutos después estaba otra vez en tierra y se acercaba, saltando, al viejo
refugio. De pronto se echó en la hierba, conteniendo la respiración.
Sem-husci y Solimán estaban al pie del tronco del viejo baobab.
Mur les enseñaba, complacido, el escudo.
—¡Por fin le hemos encontrado!
—Las huellas son recientes.

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—Debe de haber estado muchos días por aquí. Mirad, hay señales viejas y huellas
frescas todavía.
Sem-husci observó el tronco.
—Aquí dormía —dijo.
¡Cómo odiaba ahora Isa a aquel hocico negro gruñón!
—Está aquí todavía —dijo Mur—. Sus armas hablan por él.
—Mira entre las ramas —ordenó Sem-husci—. Puede estar escondido allá arriba.
Con la agilidad de un mono, al que incluso había llegado a parecerse, Solimán se
agarró al tronco y trepó.
Entretanto, Mur se había alejado y Sem-husci esperaba al pie del árbol.
Isa meditó.
Volver al poblado sin armas significaría falta de energía. Todos se darían cuenta
de ello. Dejar las armas en manos del enemigo no era digno de un gran cazador.
Y además, ¿qué pensaría de él el Gran Jefe? Que había huido aterrorizado,
temblando como un cervatillo ante un pitón, al ver a los cazadores que le buscaban.
Demostraría, pues, que era realmente un chacal de hombre.
Recogió una piedra, la sopesó y cuando Sem-husci se puso de pie dándole la
espalda, la lanzó.
Y mientras el negro caía al suelo gritando, Isa dio un salto, recogió sus armas y
salió corriendo hacia el río.
Solimán, ignorando lo que hacía sucedido, al oír el grito se deslizó rápidamente
por el tronco y levantó a su compañero. Mur corría hacia ellos.
Y fue precisamente Mur el que primero le vio y dio la alarma.
—¡El muchacho va hacia el río! ¡El muchacho va hacia el río! ¡Sem, Sem…!
Isa se zambulló.
Les oyó gritar y luego la voz de Sem-husci —el golpe debía de haberle aturdido
solamente— ordenó:
—Tú, Mur, quédate aquí. Te reunirás con nosotros cuando estemos en la otra
orilla.
Isa nadó con desespero, sujetando con fuerza el «assegai» entre los dientes. El
escudo le colgaba de los hombros.

No podía más.
El dolor de la pierna era tan fuerte que no podía apoyar el pie en el suelo. Los
oídos le zumbaban y ante sus ojos bailaban infinidad de puntitos luminosos.
Necesitaba encontrar un lugar donde echarse, aunque sólo fuese un rato; pero
antes tenía que hacer perder sus huellas.
Los perseguidores no estaban lejos. Había conseguido hacerles perder tiempo
saltando de rama en rama por un buen trecho de camino. Pero Sem había vuelto a
encontrar su rastro. Volvía a estar muy cerca.
«¡Valor! —se decía—. ¡Valor, Isa! Como te cojan te matan… ¡Valor! no debes

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detenerte… Si te detienes todo estará perdido. ¡Valor!… ¿Cuántos días durará todavía
el tinte?… ¡Valor, valor! ¡No te detengas!».
Si, quería huir, pero el dolor era demasiado fuerte.
A pesar de todo, siguió arrastrándose.
Ante él se extendía un terreno pantanoso.
En unos pequeños islotes había grupos de cañas altas. Era un buen terreno para
que su rastro se perdiera; además, a unos cien metros, la selva tenía un aspecto más
impenetrable, más acogedor que nunca para él.
«¡Hasta allá! —murmuró—, ¡hasta allá y podré descansar!».
El último trecho lo recorrió saltando sobre un pie. Agotado, se echó sobre las
raíces de un árbol.
Bien, si los dioses habían decidido que había llegado su hora, lo mejor sería morir
descansado.
Esta broma se la debía de haber gastado el dios que, según aseguraba el brujo,
vivía en el gran baobab y del que él se había burlado siempre.
«De todas formas —murmuró— si el dios tiene intención de ayudarme, no me
reiré nunca más en su presencia y a mi regreso le ofreceré el sacrificio de un gran
ciervo».
Estaba cansado; era agradable poder descansar, pero el pensamiento de que la
larga lanza de Sem-husci le podía atravesar en cualquier momento de parte a parte, le
daba escalofríos.
Intentaba percibir el más pequeño ruido. El más ligero susurro hacía que le diera
un vuelco el corazón, mientras apretaba nerviosamente el «assegai».
En una de estas ocasiones fue cuando oyó a su derecha una voz que decía:
—¡Atención! la pequeña lanza puede herirte.
Isa se puso rápidamente en pie.
—¿Quién es? —intentó decir.
Pero sus labios sólo emitieron un sonido ronco.
De un matorral salió un hombre de piel oscura, más amarilla que negra, de cara
enjuta, con los pómulos muy salidos y los ojos en forma de almendra.
Iba desnudo y llevaba unos adornos hechos con dientes de fieras, formando un
collar de tres vueltas alrededor de su cuello. En la espalda, una aljaba repleta; las
manos sujetaban un arco con una flecha apuntada hacia el muchacho.
—¡Pequeño pueblo! —murmuró Isa—. ¡Pequeño pueblo!…
Y en su voz había, a la vez, desprecio y terror.
—Pequeño pueblo, sí —dijo el hombre, sonriendo. Tenia una barba pequeña en
forma de punta—. Soy uno del pequeño pueblo.
—No sabía que éstas fueran tierras de los hombres de los arbustos.
—Éste no es «nuestro» territorio. Pero los pigmeos de la selva —contestó
sonriendo irónicamente el «bushman», pues se trataba de uno de ellos— van por
donde quieren. Son libres.

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—Los pequeños hombres —añadió Isa sintiéndose más valiente, repitiendo lo que
había oído miles de veces— deben mantenerse alejados de los Swazi. Los Swazi
pertenecen a la gran raza Bantú y los Bantú son los dueños de la selva. Por eso los
pequeños hombres se tienen que conformar y vivir entre los arbustos sin cruzarse en
nuestro camino.
La flecha se clavó en el tronco, precisamente encima de su cabeza.
—No hables más, gusano negro pintado de blanco. La selva nos pertenece a todos
y nosotros vamos adonde nos place. Y si los fuertes Bantú quieren vivir muchos años,
que no nos molesten.
Los ojos del hombre, que casi no llegaba a los hombros de Isa, tenían una mirada
fría, dura.
El muchacho conocía, por lo que contaban los cazadores, la fuerza y la habilidad
de los «bushmen».
Pequeños pero terribles.
Sus flechas no perdonaban. Las puntas estaban impregnadas del veneno mortal de
algunas plantas.
Y aunque los de la raza Bantú a la que pertenecían los Swazi, los Zulú, los Pondo,
los Tembú, los Xosas, los Shangaans, los Mascona, habían conseguido expulsarlos de
su territorio, los «bushmen», «hombres de los arbustos», pigmeos, no se habían
dejado someter; por ello seguían representando un peligro, y su odio, unido a su
valor, constituían una amenaza.
El muchacho permaneció inmóvil; pero cuando vio que el «bushmen» avanzaba
hacia él, lanzó rápidamente el «assegai».
El hombre, inclinándose, esquivó el golpe y antes de que Isa tuviese tiempo de
echársele encima tenia una nueva flecha preparada en el arco.
Isa se detuvo.
—El muchacho pintado tiene valor, pero no prudencia. Y necesita tenerla si
quiere volver al poblado cuando desaparezca el tinte blanco.
—¿Qué es lo que quieres?
—Nada —contestó el «bushman»—. He visto cómo luchabas con la gran pantera.
Te he visto huir de los cazadores. Eres mi enemigo, un enemigo de los de mi raza.
Cuando seas más alto, si consigues ser tan rápido como para esquivar nuestras
flechas, es posible que tu lanza alcance a alguno de los míos. Pero Pao, éste es mi
nombre, admira y respeta el valor. Y tú has demostrado ser valiente. Mira: tus
hermanos te buscan para matarte. Yo te ayudaré.
Isa no contestó. Estaba lleno de terror y no sabía cómo reaccionar.
—Tus ojos —siguió diciendo Pao— me dicen que me temes. Pero a Pao no le
gusta matar. Si hubiese querido, lo hubiese podido hacer hace muchos días, cuando
mataste el cervatillo que yo quería cazar. Lo hubiese podido hacer la noche de la
lucha con la gran pantera. Lo pude hacer ayer y hoy, en el río. Pero eres un chiquillo
y estás herido. Te ayudaré.

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Volvió a poner la flecha en la aljaba y se acercó al muchacho.
—Toma tu pequeña lanza —dijo.
Isa la aceptó sin hablar.
El hombre se alejó para recoger unas hierbas.
El momento era propicio. Si quería darle, ahora lo podía hacer. El «bushman»
estaba de espaldas. Isa empuñó el «assegai», pero se detuvo, pensativo.
El hombre había demostrado tener confianza en él. Le había devuelto el arma.
¿Cómo le podía traicionar?
El «bushman» volvió, destapó su herida y puso sobre ella las hojas que había
cogido.
El muchacho experimentó una sensación muy dulce de alivio.
—Ya la primera noche hubieras tenido que ponerte estas plantas y no aquellos
helechos roñosos. No curan las heridas de las garras de pantera.
Isa inclinó la cabeza mientras murmuraba:
—Gracias.
—Me gustas —prosiguió Pao—; me hubiese gustado tener un hijo como tú. Pero
la gran pantera lo mató antes de que conociese la estación de las grandes lluvias. Y a
su madre con él… ¿Cómo te encuentras ahora?
—Parece como si el rocío hubiese caído sobre el fuego de mis heridas. Estoy
bien.
—Vamos pues.
—¡Oh, no! No puedo. ¡La pierna no me sostiene!
—Aprieta los dientes y camina. Debes alejarte de aquí lo antes posible.
—No puedo.
—¡Debes hacerlo!
—Pero yo…
—¡Debes hacerlo! Basta un instante para que te cojan. ¡Muévete!
Isa, con una mueca de dolor, intentó dar unos pasos.
—Adelante, por el sendero.
—¿Hacia dónde vamos?
—Hacia las chozas de piedra.
—¿Vamos a la «ciudad muerta»?
—Si, sólo allí podrás descansar con tranquilidad.
—Me dirigía hacia allá. ¿Está muy lejos?
—Cuando la luna esté muy alta en el cielo, veremos las primeras piedras.
—No podré llegar. Está demasiado lejos.
—Por la noche estaremos en el poblado.
—Yo…
—Pao va contigo. Sigue andando tranquilo.
Anduvieron durante mucho rato.
Isa avanzaba lentamente, mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar, para no

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gritar por el dolor.
Pao le seguía, borrando las huellas que dejaban sobre la tierra. De vez en cuando
se detenían.

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Entonces el «bushman» ponía hojas frescas sobre la herida del muchacho.
Más tarde abandonaron el sendero —si se podía llamar sendero a aquella
alfombra de musgo y hojas que se extendía por entre los arbustos y la maraña de los
juncos— se adentraron en el corazón de la selva, donde, para adelantar, tenían que
dar muchos rodeos inútiles.
Pao le enseñaba las estrechas rendijas, los agujeros entre las matas, el paso entre
los bejucos.
De vez en cuando se detenía para observar un tronco, un arbusto; luego seguía
andando.
Conocía la selva tan bien como a su arco.

Por la noche, tarde, bajo el fulgor estático de la luna que la iluminaba haciéndole
adquirir, con un juego de sombras, aspectos fantásticos, llegaron a la «ciudad
muerta».
Era el centro antiquísimo de una civilización desconocida. Se ignora por qué
había sido abandonada por sus habitantes. Y la selva había vuelto a conquistar lo que
un día le habían robado los hombres.
Junto a los bloques de piedra, se erguían ahora los gigantes de la jungla. Las
infinitas variedades de enredaderas habían cerrado con sus garras de hierro, vetustos
palacios y finas columnas que se erguían hacia el cielo.
Aquí y allá, en el pavimento hendido, grandes matorrales ocultaban enormes losas
que habían conocido el paso de un pueblo antiquísimo.
En el centro de las casas muertas, en una plaza donde se veía de vez en cuando el
pavimento de mármol, sobre los lomos de elefantes ciclópeos, se alzaban dieciocho
columnas. Alguna de éstas conservaba todavía en su extremo una gran cabeza de
mujer.
Al final de la columnata, una gran escalinata, que antiguamente debía de haber
sido el acceso a un templo, se interrumpía entre las ramas de una gran higuera.
Isa, con los ojos muy abiertos, emocionado, lo miraba todo sin poder hablar. Era
la primera vez en su vida que veía una construcción gigantesca, que parecía más
grande y más fabulosa por los juegos de luz y de sombras que la luna se divertía en
crear.
—Mira las chozas de piedra —murmuró Pao.
—Son más hermosas que toda la selva.
—Sí, pero las habitan los espíritus del mal y las cobras son sus guardianes. Aquí
estarás a salvo, muchacho. Nadie se atreverá a penetrar entre estas piedras.
—No te vayas —suplicó Isa.
—¿Por qué?
—Tengo… yo… siento dentro de mí algo que late con fuerza y me hace temblar.
—El hombre teñido no debe temblar. La pintura blanca oculta su palidez. Has de
ser como los troncos, que esconden sus emociones detrás de la profunda corteza y

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desafían, aparentemente inmóviles, cualquier tempestad.
—Haré lo que tú digas, pequeño hombre.
—No temas. Busca un buen sitio y descansa. Volveré mañana.
—Gracias. Te debo la vida.
—Son palabras demasiado serias para un chiquillo. Dispondrás de mucho tiempo
para volvérmela a ofrecer, si quieres. Adiós.
—Adiós.

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CAPÍTULO IV

¡N O, así no! Has de tener en cuenta el viento. Vuelve a probar.


Pao era un maestro severo e Isa aprendió más cosas en los días que estuvo
con él, que en tantos años de vida en el poblado Swazi. Aprendió a reconocer
cualquier huella en el terreno; las distintas clases de hierbas medicinales; a disparar
con el arco; a imitar, mejor de lo que sabía, los gritos de los distintos animales: total,
todo lo que podía ser útil a un muchacho que tenía que convertirse en un cazador
diestro, un guerrero fuerte y un perfecto explorador.
Y Pao en sus lecciones era incansable.
Había llevado muchas veces al muchacho a su poblado. Los «bushmen» vivían en
pequeños agujeros excavados en la tierra, y alrededor de éstos, en lugar de techo
plantaban ramas de árboles con una piel de animal encima.
Pao vivía en una pequeña gruta y sobre la roca, en las partes lisas y planas, había
admirables pinturas de animales y movidas escenas de caza y de guerra.
En una de ellas Isa vio a una gran pantera que mataba a un recién nacido.
—¿Tu hijo? —preguntó.
Pao hizo un gesto afirmativo.
—¿Por qué vives en la gruta?
—Soy viejo, muchacho.
No añadió nada más y se limitó a sonreír.
—¿Qué es esto? —preguntó Isa señalando dos piedras piramidales sobre las que
se veían unos extraños jeroglíficos.
—Aquí ofrecemos sacrificios a nuestro dios. Ahora no preguntes más; no podría
contestarte.

Su encuentro había sido muy extraño y para Isa era más extraño todavía el placer
que sentía estando junto al «bushman».
Pao no le había dicho nunca que se quedara, pero tampoco le había echado.
En la mañana siguiente a la llegada a la «ciudad muerta» habían estado cazando y
desde entonces se habían vuelto a encontrar cada día, como si se hubiesen dado cita,
en el límite de las cabañas de piedra.

Isa volvió muchas veces al poblado de los «bushmen» e incluso durmió allí una
noche.
Nadie le habla dicho nunca nada, pero un día en que quiso ir a llamar a Pao, tres
flechas se clavaron en el terreno a un paso de distancia, haciéndole comprender que
no debía seguir. Desde entonces tuvo que aprender la llamada de los pobladores de
los arbustos.
Tres veces el aullido del chacal interrumpido por la risa horrible de la hiena.

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Pao se reía mientras Isa ensayaba y volvía a ensayar.
—Si te quieres librar de los pinchazos de nuestras flechas —decía— lo tienes que
aprender bien.
El tinte iba desapareciendo. La piel morena del muchacho asomaba aquí y allá y
con el contraste de la pintura blanca, parecía mucho más oscura.
—Pronto tendrás que volver con tu gente —dijo un día Pao, observándole.
Estaban echados al pie de un gran tronco.
—Claro —contestó Isa.
Y pensaba en aquel día.
—Cuando estés allí olvidarás al viejo e insignificante Pao. Pero yo no te olvidaré.
Me has proporcionado la ilusión de tener todavía a mi hijo. Te lo agradezco, Isa.
El muchacho no contestó en seguida. Hubiera querido decir muchas cosas pero no
podía.
—Mira —dijo—. Tú me has salvado de mis enemigos y me has enseñado cosas
que no olvidaré. Has hecho por mi lo que nunca hizo nadie. Yo… yo no olvidaré
nunca que me has tratado como a un hijo. Porque lo has hecho. Y yo he aprendido lo
que significa tener un padre.
Diciendo esto cogió la mano del hombre y la besó.
—Tus palabras —dijo Pao— son para mí como la lluvia después de una gran
sequía. Dan vida. Pero dime: has dicho que no has tenido padre. ¿Cómo es posible?
—El viejo Amûnai dice que la historia es larga y yo no la conozco. Olvídalo, Pao.
No quería explicar que todo el poblado le echaba en cara ser blanco. Y además,
¿por qué decirlo si él se sentía Swazi, un negro de la gran tribu?
—¿Cuándo piensas marcharte? —preguntó Pao.
—A la segunda aurora. El viaje es largo y los restos de pintura irán
desapareciendo a lo largo de los senderos. El viejo Amûnai me esperará al pie del
árbol sagrado. Tengo que ser puntual.
—Te acompañaré hasta el río. Y en la precipitación del regreso no olvides la
prudencia. Los exploradores están deseando matarte.
—Lo sé.
Pero al día siguiente sucedió algo que retrasó la partida de Isa.
Había ido a la «ciudad muerta» para recoger el «assegai» y el escudo. Dio la
vuelta alrededor de una columnata, penetró entre dos enormes piedras y se inclinó
para recoger las armas que estaban escondidas en un rincón. Pero su mano cogió algo
viscoso.
Se retiró de un salto, con repugnancia, ahogando con dificultad un grito de horror.
Enroscado en el estoque había un áspid de piel verdosa con manchas oscuras. Al
contacto de la mano se había enderezado rápidamente hinchando el cuello y, rígido
como una barra de hierro, fijaba sus ojos fríos en el que le había molestado.
Al ver el capuchón que formaba la hinchazón del cuello, Isa retrocedió dando un
grito.

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El comportamiento del hombre excitó a la cobra. Como una saeta saltó hacia
delante y sus dientes, llenos de un poderoso veneno, se clavaron en la pantorrilla de
Isa.
El muchacho se liberó de la presa con un estirón y preparó el arco.
La flecha cortó en seco el segundo salto del reptil, clavándolo en el suelo.
Entonces, recogiendo el «assegai» y apretando los dientes, Isa abrió con él los
pequeños agujeritos rojos. Salió un chorro de sangre.
Se alejó corriendo hacia el poblado de los «bushmen».
—¿Qué le sucede a mi pequeño cazador? —preguntó Pao saliendo de un arbusto
—. Con su loca carrera ha asustado a mi presa. ¡Toda la selva le ha oído!
—¡Pao, un «ajé»!… ¡un «ajé» en la «ciudad muerta»!… ¡me ha mordido! ¡Aquí!
Pao se puso inmediatamente serio.
—Apóyate en el tronco —ordenó.
Con un bejuco ató fuertemente la pantorrilla por encima de la herida y con el
«assegai» ensanchó la primera incisión, hasta separar la carne del hueso.
Luego se arrodilló y chupó la sangre de la herida. Dejó de hacerlo cuando, ya
agotado, no pudo más.
—Adelante ahora, ¡camina! —ordenó—. No debes abandonarte.
En la gruta le preparó un jergón con hierbas frescas; Isa se echó en él.
Lo veía todo borroso, como si las cosas estuvieran envueltas en un velo de niebla.
Oyó confusamente la voz de Pao que llamaba a los hombres; vio algunas sombras a
su alrededor. Luego las sombras se hicieron cada vez más borrosas mientras las
palabras de Pao se hundían en aquella espesa niebla que le envolvía. Sintió que su
cuerpo vibraba, se agitaba, y ya no se enteró de nada más.

—Que avisen a todos los jefes. Todos tienen que saberlo.


Éstas fueron las primeras palabras que Isa oyó.
Levantó la cabeza y miró alrededor. Reconoció la gruta de Pao.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó.
—El joven hombre vuelve a vivir —contestó Pao sonriendo mientras se echaba
junto a él—. Éste es un día de fiesta.
—¿Quién es el que hablaba?
—Hoomai. No le conoces.
—¿Qué ha sucedido? —volvió Isa a preguntar.
—Te mordió el «ajé» pero tu sangre ha vencido al veneno.
—¡Ah, si! Me parecía que… ¿cuándo fue?
—El sol ha salido cuatro veces. Tú dormías mientras tu cuerpo ardía como el
fuego.
—Lo recuerdo vagamente, Pao. Pero había sombras. Sombras que estaban junto a
mi. ¿Quiénes eran, Pao?
—Hombres que te contemplaban. Tres jóvenes ciervos te han ofrecido sus

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corazones. Y sus corazones, calientes todavía, han chupado tu sangre. Luego las
pequeñas plantas con su jugo te han ayudado a liberarte del veneno. Yo no he hecho
más que mirarte.
Sonrió.
—¿Estoy curado ahora?
—Hablas. Y cuando la lengua se mueve y los ojos ríen, aunque el cuerpo esté
como un arbusto quemado por el sol, se vive, Isa.
—Quisiera levantarme.
—Inténtalo. Pero antes bebe.
La leche ácida de la cabra salvaje le pareció más ácida que otras veces.
Luego se sentó.
—El tinte está desapareciendo, Isa.
El muchacho contempló su piel. Había desaparecido el tinte blanco.
—Te ha quedado sólo una sombra ligera, ligerísima. Parece que tu piel esté
cubierta por un polvo finísimo. Te pareces más a nosotros que a los Swazi.
Isa no contestó.
Aquélla era su piel. Piel de blanco, decían en el poblado. No era polvo ni resto de
pintura. Era su piel y nada más.
¿Pero por qué era blanco, si todos los que le rodeaban eran negros o amarillentos
como Pao y su gente?
Tuvo que estar todavía una semana tumbado en el jergón. Luego recobró poco a
poco las fuerzas y finalmente volvió a coger el arco para cazar.
Volvió tarde, cuando anochecía, arrastrándose detrás de un cervatillo. Lo había
tenido que perseguir unas dos millas antes de poderlo coger, porque el veneno de las
flechas actúa lentamente. Pero estaba orgulloso.
Se sentía ya lo bastante fuerte para emprender la marcha por el sendero, hacia su
tribu.
Pao le esperaba en el centro del pequeño claro que formaba la plaza del poblado.
A su alrededor cuatro hombres se sentaban junto a unas cestas.
—Siéntate —le ordenó.
—¿Qué quieres?
—La serpiente te ha mordido una vez y te volverá a morder si no sabes
enfrentarte con ella. ¿Le tienes miedo, verdad?
—No lo sé. Nunca me había estremecido ante un ligero ruido. Hoy ha sucedido.
¿Crees que eso es miedo?
—Si, eso es miedo. Y el que tiene miedo muere. Porque el miedo nos lleva a
hacer cosas tontas y sin sentido que nos pierden. Siéntate. Te enseñaré cómo vencer
al miedo.
Se acercó una mujer con una jarra llena de agua. Pao echó en ella unas gotas de
aceite. En aquel momento los cuatro hombres, puestos en círculo, entonaron un canto
ligero, casi susurrándolo y, arrastrándose por el suelo, danzaron alrededor del jarro.

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—La canción del «ajé», la cobra —murmuró Pao mientras Isa miraba fijamente a
los bailarines, subyugado por sus movimientos sinuosos.
—Ahora el aceite de la bendición penetra en el agua y ¡se mezcla… se mezcla…
se mezcla!
Pao chillaba mientras removía el líquido. Su mirada estaba fija en el cielo.
—Bebe —dijo por fin.
Isa bebió la poción de un trago.
Cuando dejó el vaso, los hombres cesaron de bailar, recogieron las cestas y se
acercaron a él.
Bajo las tapas levantadas, cuatro serpientes irguieron la cabeza y miraban
fijamente al muchacho.
—¡Noooo!
El grito de Isa era casi inhumano.
—Quieto. La bebida te ha hecho inmune. Las serpientes ya no te pueden hacer
daño. ¡Acércate!
Isa se acercó. Tenia confianza en Pao, que le había salvado y curado.
El «bushman» acercó a las orejas del muchacho dos reptiles que se agarraron a
ellas con los dientes y estuvieron así más de un cuarto de hora.
Luego le pusieron otros dos mientras los primeros se enroscaban a su cuello.
Isa ya no temblaba. La poción había sido eficaz. El miedo había desaparecido.
Cuando terminó la ceremonia, Pao le dijo:
—Ahora estás a salvo. Las serpientes podrán acercarse a ti y tú las tratarás
tranquilamente. Ya no te atacarán porque comprenderán que no les tienes miedo ni les
quieres hacer daño.
Unas noches más tarde los «bushmen» estaban reunidos en la gran plaza para la
cena de despedida. Isa partiría cuando la luna iluminara la selva.
Pao habló poco y cuando todos volvieron a sus chozas, con un gesto le indicó a
Isa que le siguiera.
En la gruta cogió un arco y una aljaba artísticamente decorada.
—Toma —dijo—, es mi regalo.

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—Has sido bueno conmigo, Pao, como un padre. Conservaré el arco con el
mismo cuidado con que cuido mi cuerpo. Vendré a verte a menudo, si quieres.
—Para mí será como si viniera mi hijo. Te esperaré. Otra cosa todavía. Un
amuleto. Llévalo siempre contigo. Era de mi pequeño. Lo había preparado para él. No
lo pudo llevar nunca.

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Isa se arrodilló. El «bushman» ató a su cuello un diente de leopardo sobre el que
bahía grabados cuatro círculos concéntricos de los que salían ocho rayos triples. En el
centro de la incisión, dos pequeños dedos cruzados recordaban una espada.
—Que los espíritus buenos te acompañen, Isa. Vete, la luna ha nacido ya.
—Adiós, Pao. No te olvidaré.
Después de besarle las palmas de las manos, Isa se dirigió al sendero que había de
conducirle de nuevo entre su gente.
Cuando llegó al límite del poblado se detuvo. Pao seguía junto a la puerta de la
gruta.
En aquel momento Isa comprendió lo difícil que es separarse de aquéllos a quien
se ama. Por primera vez en su vida el corazón le dio un vuelco en el pecho como si se
fuera a romper y las lágrimas le bañaron la cara. Era la primera vez que lloraba sin
que le hubiesen pegado.
Entonces huyó hacia la selva oscura, llena de susurros y de vida.

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CAPÍTULO V

E L árbol sagrado del poblado, el viejo y colosal baobab, brillaba bajo la caricia
del sol que nacía.
Isa volvió a contemplar con cierta emoción el poblado; la gran plaza, la choza del
Consejo. Su mirada lo recorrió todo hasta el fondo donde, aislada de las demás,
estaba la choza de Amebais, su nodriza. Arregló sobre su espalda la piel del leopardo
y se acercó corriendo al seto que cercaba el poblado.
Llegó al tucul. Entró.
—¡Isa!… ¡Sabía que volverías!
El anciano Ring-kop lo apretó con fuerza sobre su pecho; luego dijo:
—Deja que te vea. Te has convertido en un hermoso muchacho. ¿Y… esta piel?
¿Las heridas? Cuéntame, anda, habla… He estado muy preocupado por ti.
El muchacho explicó, exagerando, los peligros que había corrido.
Se sentía orgulloso, estaba claro.
Pero no habló de Pao ni de los hombres de los arbustos. Sabía que estaba
prohibido acercarse a los «bushmen».
—Tienes que presentarte ante el Gran Jefe —dijo Amûnai—. Pero no lleves la
aljaba ni el arco. Son del pequeño poblado.
—¿Quién te lo ha dicho?
—¿Quién no conoce sus flechas?
—¿Qué tengo que hacer, Amûnai?
—Deja el arco en la choza.
—¡Pero si es mío!
—Te darán tu lanza y tu tucul, pero no podrás conservar el arco de los hombres de
los arbustos. Es la ley.
Más tarde Isa entró en la «Gran Casa». Y, al igual que la primera vez, el brujo le
salió al encuentro.
Ninguno de los guerreros que llenaban la sala se levantó. Sólo Amûnai. Y sólo él
entonó el canto de la victoria del hombre sobre la selva. Nadie se unió a su canto.
Isa, inmóvil en el centro de la choza, miraba fijamente un punto indefinido.
Recordaba que cuando otros volvían de la gran prueba, el canto de los guerreros
se oía hasta lo más profundo de la selva y que el viento llevaba su eco hasta el
desierto llameante.
¿Por qué a él no le concedían el mismo honor?
¿Por qué el Gran Jefe no se había levantado para abrazarle?
¿Por qué, por qué eso?
—Gracias, Amûnai —dijo—, pero no termines el canto. Los valientes Swazi no
me han visto entrar.

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Hubiera llorado de rabia y de dolor. Sentía un fuerte deseo de huir, de estar solo.
Pero con voz firme, cortante, prosiguió:
—Entonces lo diré yo en voz alta: ha vuelto Mohamed Isa, «el orzowei». Él sólo
se ha ganado su puesto. La jungla le ha visto salir victorioso de sus insidias y la gran
pantera ha pagado su tributo al joven guerrero. Que los cazadores, si se os puede
llamar cazadores, se levanten.
Sólo se movió el Gran Jefe.
—La selva te ha devuelto y has pagado con tu sangre el tributo. Todos los Swazi
y yo admiramos tu valor. Pero tú has faltado.
—¿Qué he hecho?
—Que hable Sem-husci.
—Lo he dicho ya. El muchacho es amigo del pequeño pueblo. Le he seguido. He
visto cómo comía con ellos. Le he visto cazar con ellos. Por esto se ha librado de mi
lanza. Estaba bien guardado.
—Nunca nadie ha estado a mi alrededor. ¡Sem-husci miente! Le da vergüenza
decir que ha encontrado al pequeño pueblo en su camino y ha tenido miedo de sus
flechas y se ha retirado.
—Pero tú —preguntó el Gran Jefe— ¿has visto a los hombres de los arbustos?
—Los he visto. Uno de ellos me ha curado. He comido y he cazado con él. Es un
guerrero muy bravo.
—¿Conoces la ley?
—¿Quién no conoce la ley? Hasta las piedras la conocen. Pero ellos han sido
buenos conmigo. ¿Por qué tenía que matar?
—Porque ésta es la ley. Un Swazi no puede vivir con los pequeños hombres.
Nosotros y ellos somos enemigos. ¡Pero, claro, tú no eres un Swazi!…
—Uno de ellos ha demostrado ser mi amigo. Yo no podía matar.
—Has actuado así sólo porque eres un «orzowei», un «guacho». Y puesto que te
encontraron en la selva tendrás que volver a la selva.
—¿Por qué? ¿Tengo yo la culpa de que mi piel sea clara, de que me llaméis
«guacho»? Quiero al poblado, os quiero a vosotros. He superado la gran prueba. ¿Por
qué me queréis echar? ¿Por qué?
Isa gritaba, lloraba al dirigirse a todos los guerreros.
Pero nadie contestó. Era como si no estuviesen allí.
—¡Vete! —ordenó el Gran Jefe señalando la puerta.
Entonces fue cuando despertó en Isa por primera vez el hombre blanco con toda
su violencia, su orgullo y su desprecio hacia los hombres de color. Retrocedió hasta el
umbral, plantó firmemente los pies en el suelo, preparó el arco y miró al Gran Jefe y a
los demás guerreros.
—Tenéis razón —dijo—. Soy un blanco. Y un blanco no puede vivir entre
chacales negros. Pero os acordaréis de Isa. Un día volveré para haceros pagar la
afrenta… No, no os mováis. Las flechas de mi arco están impregnadas en veneno de

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«ajé»… He querido ser uno de vosotros porque creí ser vuestro hermano. Me he
equivocado. Soy un blanco. Y aunque no les he visto nunca sé que les teméis. Pienso
volver entre los blancos. No sois vosotros los que me echáis, soy yo el que me voy.
No os mováis hasta que yo haya salido. Tú, Amûnai, que me has protegido y salvado,
ven conmigo, si quieres. A vosotros, chacales miedosos, hienas asquerosas, ¡adiós!
Escupió con desprecio a los pies del Gran Jefe y salió de un salto.
Huyó hacia la selva, mientras las lanzas silbaban a su alrededor.

Era ya completamente de noche cuando Amûnai le alcanzó junto a la Roca


Blanca.
—Vete con cuidado —le dijo—; entre los Swazi hay quien te odia porque eres
blanco y porque has superado la gran prueba. ¡Oh, no creas que te han echado porque
has estado con el pequeño pueblo! No, no. Te hubiesen echado de todos modos.
Porque eres un «orzowei». Ándate con cuidado, hijo. Si estuviera en tu lugar, me iría
con los hombres de mi raza. ¡Adiós!
Isa se quedó solo.
Entonces todo le pareció nuevo, misterioso. Sintió un nudo en la garganta y lloró.

Tres veces el aullido del chacal interrumpido por la risa terrible de la hiena.
Era la señal.
Como si saliera de la tierra, apareció un hombre, a pocos pasos de distancia.
—Pao —susurró Isa—, quiero ver a Pao.
—Te he reconocido. Eres el muchacho del «ajé». Ven conmigo.
—¿Ya has vuelto? —preguntó Pao en cuanto Isa hubo cruzado el umbral de la
gruta.
—Me han echado del poblado.
El «bushman» le contempló en silencio; luego dijo:
—Cuéntame.
—He caminado mucho por la selva. He llegado hasta el gran desierto. Pero no
puedo vivir solo, Pao. No puedo, ¡tengo miedo!
—¿Miedo de qué? ¡Ya eres un cazador!
—No, no es eso. Tengo miedo del silencio. De no hablar, de no ver a otros
hombres, de no…
—El silencio te da miedo, te comprendo. Eso te ocurre porque eres un muchacho.
A mi me gusta vivir solo… ¿Pero por qué te han echado del poblado? ¿Qué has
hecho?
—Han disparado sus lanzas contra mí. Nadie, excepto Amûnai, ha cantado en mi
honor el canto de la victoria del hombre sobre la selva. Me han tratado peor que a un
perro. Pero un día les enseñaré quién es Isa.
—Si te han tirado barro, no importa, hijo. Sécate y sonríe. El tiempo hablará en tu
favor.

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—No puedo esperar el tiempo. Además, ¿por qué me tengo que secar? ¡No quiero
olvidar!
—Habrás olvidado antes de que la luna empiece otra vez su camino. Pero no me
has dicho todavía por qué te han echado.
—Porque… —el muchacho inclinó la cabeza avergonzado—, porque… bueno:
porque soy un blanco. Y ahora échame también tú. Sí, lo sé, tú también me echarás.
¿Pero qué culpa tengo yo si soy blanco? ¿Qué culpa tengo?
—No he hablado, Isa.
—Pero yo sé lo que dirás; lo sé. También tú odias a los blancos; también tú me
desprecias. ¡Dilo, anda! ¡Dilo! Llámame tú también «orzowei»… Sí, todos odiáis a
los blancos porque os da rabia no ser como ellos. Los Swazi porque son negros,
vosotros porque sois pequeños y amarillos.
—No sabes nada. Crees que eres mayor y que lo sabes todo; en cambio no eres
más que un hombre pequeño que llora por el color de su piel; un hombre pequeño que
todavía no se conoce a sí mismo. ¡Debía darte vergüenza! Sí, eres un blanco y yo lo
sabía. Me di cuenta cuando te curaba las heridas del veneno del «ajé». ¿Pero qué
importancia tiene el color de la piel si debajo de ella late un corazón generoso al que
da vida el valor? Eres más miedoso que una tímida gacela. Tú no tienes sangre en las
venas. Eres como el chacal que chilla y alborota cuando está solo, pero chilla y
alborota sólo para infundirse valor. Sí, eres un chacal, un pobre chacal roñoso. ¿Te
han echado? Sigue tu camino. Y si crees que también yo te puedo echar por el color
de tu piel, ¡vete!
Isa escuchó el reproche sin respirar.
Luego, cuando el hombre, inmóvil con el brazo extendido, le indicó la salida,
recogió el arco y contestó:
—Aquí tienes mi arma. Pao; tú me la diste, pero no soy digno de llevarla. Volveré
solamente cuando haya demostrado que soy capaz de vivir aunque mi piel no sea la
de un Swazi o de un «bushman», un «hombre de los arbustos».
—No es necesario —dijo Pao—. Quédate. Mi choza es tu choza. Y cuando
decidas volver a tu gente, podrás hacerlo libremente.
—¿Pero, y tus compañeros?
—Ellos no se preocupan por el color de un hombre, pero se fijan en las acciones
de ese hombre.
—Ya no te dejaré nunca, Pao.
—Un día te verás obligado a hacerlo. Tu lugar está entre tu gente. Hablaré con el
viejo que te encontró. ¿Cómo se llama?
—Amûnai.
—Sí, con Amûnai. Tú me acompañarás. Quiero saber. Y ahora ven a mi lado,
hijo.

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CAPÍTULO VI

I SA vivió tres años con Pao.


Se había convertido en un muchacho alto y esbelto. Su cuerpo era fuerte y no
tenía grasa.
Bajo la piel quemada por el sol había músculos de acero.
Las largas cacerías y la vida en la selva le habían dado una resistencia y una
agilidad extraordinarias.
Sabía arrastrarse sobre el terreno más difícil, sin hacer el más ligero ruido.
Sabía correr detrás de una jirafa herida, por más de cuarenta millas, sin cansarse.
Su espíritu de observación se había desarrollado.
Pao estaba orgulloso de él y los «bushmen» le veían crecer con satisfacción.
Tenía quince años cuando vio por primera vez a un hombre blanco.
Había ido con Pao —muchas veces se alejaban del poblado largas temporadas—
hacia el sur, cuando vio una barca.
—¿Qué es eso? —preguntó observándola con atención.
—Un pez de madera —contestó el viejo—. He visto algunos mucho mayores allá
donde el río se junta con el agua grande. Y está hecho por tus gentes.
—¿Blancos?
—Blancos.
Isa la miró mejor. La embarcación no se parecía en nada a las piraguas de los
Swazi.
En la popa había un hombre sentado, y un sombrero de alas muy anchas ocultaba
su cara.
—Pao… —dijo indeciso, porque ni él sabía lo que quería preguntar.
—Comprendo —sonrió el «bushman»—. Vete, nos encontraremos en la próxima
luna en el poblado.
—Pero yo…
—Lo sé. No me quieres dejar. Pero ese hombre es de los tuyos, no de los míos. Y
sentirás tanta curiosidad que no bastarán ni un día ni dos para satisfacerla. Nos
volveremos a ver en la próxima luna, vete.
—Gracias, Pao.
—Ve en paz, hijo. Tengo confianza en ti.
—Volveré antes. ¡Adiós!
Se deslizó silenciosamente en el río, tal como le había enseñado Pao, y siguió a la
embarcación.

La barca no se detuvo hasta la noche.


El hombre bajó. Llevaba una gran mochila en la espalda y en sus manos sostenía

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un fusil.
—¡La caña detonante! —murmuró Isa.
Pao se la había descrito. No había olvidado ni un detalle. Tenía que guardarse de
aquel extraño tubo que mataba.
Desde la orilla del río, un ancho sendero penetraba en la selva; luego ésta poco a
poco se volvía más clara; después se extendía a un campo vastísimo que se perdía en
el horizonte.
A unas dos o tres millas de distancia, se levantaban unos edificios que tenían para
Isa un aspecto nuevo y grandioso. Eran las casas de los colonos holandeses,
guarecidas por grandes tejados en punta.
Árboles desconocidos para él las rodeaban y les daban sombra. Árboles extraños:
encinas.
Aquí y allá crecían con dificultad grupos de acacias y anchos senderos separaban
una casa de otra.
Arrastrándose por los campos, Isa, maravillado, lo contempló todo.
Al cabo de un rato un ruido extraño le hizo volver la cabeza hacia el lado opuesto
a las casas.
Tres yuntas de bueyes arrastraban un carro vacilante que crujía en el sendero
apenas esbozado.
Desde lo alto de su caballo, un hombre, con la carabina a la espalda, instigaba a
los lentos animales.
Sus gritos, unas veces estridentes y otras guturales, llegaban muy claros hasta él.
Vio cómo el caballo se detenía delante de una de aquellas grandes chozas y cómo
una mujer gruesa se acercaba al recién llegado. Tres chiquillos, salidos de la casa, se
habían encaramado al carro chillando y riendo. Era extraña la forma de vestir de
aquella gente y todavía más extrañas las palabras que, llevadas por el viento, llegaban
hasta él.
Ésos eran los blancos, su pueblo.
Se acercó al sendero.
Precisamente en aquel momento el hombre que había estado siguiendo se acercó
al grupo y se quitó el sombrero.
Su cabello era rubio. Isa no había visto nunca cabello de aquel color.
Los últimos rayos del sol que iba a esconderse en la selva daban a aquella extraña
cabellera unos reflejos cobrizos.
«Como una flor de maíz»… —se dijo Isa, y la contempló fascinado.

Por la noche, cauteloso como un leopardo, se acercó a las casas. Las rozó con los
dedos, ligeramente.
Luego, algo hizo que se detuviera, inmóvil.
Ya había visto aquel jardín.
Sí, tenía que haberlo visto en algún sitio. Claro que no en el poblado de los Swazi

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y ni tampoco en el de Pao. ¿Dónde lo había visto?
Quizá lo había soñado. Le parecía algo muy lejano, como desvanecido. Sin
embargo…
Claro. Detrás de aquellos árboles había un pozo; lo recordaba. Un pozo con un
pequeño parapeto de ladrillos rojos.
Se acercó.
El pozo estaba allí con su pequeño parapeto de ladrillos quemados por el sol.
—Es raro —pensó Isa—, todo esto es muy raro. Esto es una broma del dios del
mal. ¡Se está burlando de mí!
Dio vueltas por el poblado, pero volvía siempre al jardín.
Cuando el sol alumbró de nuevo la tierra, se durmió sobre las ramas de aquellos
árboles que lo hacían tan hermoso.
Los gritos de los chiquillos le despertaron. No dudó ni un instante. Sabia ya
dónde estaba y lo que sucedía.
Su instinto de hombre acostumbrado a vivir en todo momento entre peligros,
hacía que estuviese siempre preparado.
El mérito no era suyo. La selva le había enseñado.
Se dejó resbalar por el tronco y se quedó mirando a los chicos.
Cuando éstos se alejaron por el amplio sendero, los siguió. Le interesaban.
Esperaba que le guiaran hasta los guerreros.
—Saben mucho —le había dicho Pao— y llevan muchas cosas que brillan.
Hasta entonces no había visto ninguno. ¿Irían hacía allí los chiquillos?
Si eran como los pequeños Swazi se meterían en seguida por entre las chozas de
los guerreros. Ellos lo hacían siempre.
Pero los «pequeños blancos» se detuvieron, junto a una casa sin techo, subieron a
unos montones de piedras y jugaron. Unos se escondían y otros les tenían que buscar.
Isa sonrió. Él también había jugado a ese juego en el poblado. Pero sus
compañeros se escondían mejor que los muchachos blancos.
Se disponía a alejarse cuando un grito le sobresaltó.
Había gritado una chiquilla. Y en aquel grito Isa había sentido aletear el miedo.
Los muchachos también chillaban, pero no se movían, paralizados por el terror.
La chiquilla temblaba. Miraba aterrorizada algo que estaba cerca de sus pies.
Isa, dando unos saltos, se colocó a su lado.
—¡No te muevas! —ordenó.
Una gran cobra se balanceaba moviéndose hacia delante y hacia atrás, con su
cabeza aplanada y el cuello hinchado.
—¡No te muevas! —repitió.
Hubiera bastado en efecto el más pequeño movimiento para que el reptil atacara
con la rapidez propia de su especie. La muchacha miraba con espanto aquellos ojos
fríos, inmóviles.
—Ahora vete despacio, sin correr —ordenó Isa.

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Sólo entonces la muchacha le vio. Ante la aparición repentina abrió todavía más
los ojos.
Pero el miedo hacia la serpiente era mayor del que le podía inspirar aquel salvaje.
Entonces, chillando, se apretó con fuerza contra él.
—¡Suéltame! —gritó el muchacho.
Dándole un empujón la tiró al suelo.
La cobra saltó, pero la flecha cortó su impulso. Un instante después otra flecha la
clavó en el suelo.
Entonces todos huyeron.
Isa se quedó solo delante del «ajé» que se agitaba.
—Es mi venganza —murmuró mientras sus dedos acariciaban las cicatrices que
otro «ajé» le había dejado en la pierna.
Oyó un vocerío confuso y el ruido de pasos que se acercaban; se metió en un
matorral y esperó.
Un muchacho indicaba a unos diez hombres el lugar de la lucha.
Entre ellos Isa reconoció al hombre de la barca, «Flor de maíz».
Él fue el que se acercó a la serpiente y le dio, sin vacilar, el golpe de gracia.
—No tiene miedo —murmuró Isa. Y se sintió contento. Aquel hombre le gustaba.
Entretanto, éste recogía las flechas y observaba las señales que los «bushmen»
graban en su extremidad. Luego se dirigió a los demás.
Durante diez minutos no hicieron más que discutir; luego uno de ellos preguntó a
un muchacho y éste señaló el lugar por donde había aparecido Isa. Un grupo se
dirigió hacia allí, otros se alejaron en distintas direcciones.
«Flor de maíz» se acercó a las matas donde estaba Isa; pasó muy cerca de él y se
alejó hacia el río.
Isa se había divertido tocando la bota de cuero que encerraba el pie del hombre;
luego le siguió.
Iba a jugar a la caza con los hombres blancos.

«Flor de maíz» observaba atentamente el terreno. Se había detenido muchas veces


junto a los espesos arbustos y los había registrado con el fusil.
Mientras estaba inclinado sobre una huella, Isa disparó una flecha que se clavó
entre sus piernas.
No le quería dar. Sólo quería ver si «Flor de maíz» tenía miedo.
Pero el hombre reaccionó inmediatamente. Sin levantarse siquiera disparó
algunos tiros en dirección a Isa y las balas silbaron sobre la cabeza del muchacho.
Isa se asombró.
El hombre no había disparado con la caña larga sino con una caña pequeña que
tenía en la mano.
Además de no tener miedo, «Flor de maíz» era un buen tirador.
Sus compañeros, alarmados, le alcanzaron y todos juntos empezaron a rastrear el

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terreno que les rodeaba. Pero Isa estaba ya escondido entre las ramas de una gran
acacia.
Y así, saltando de rama en rama, los siguió en su larga e infructuosa caza.
Los siguió hasta la noche, cuando volvieron a sus casas y se encerraron en ellas.
Aquella noche no se entretuvieron fumando, sentados en extraños taburetes
delante de la puerta de sus casas, como lo habían hecho la noche anterior.
«Flor de maíz» dio unas vueltas más y luego entró en la casa del pozo de ladrillos
rojos. Un débil destello de luz le indicó a Isa en qué habitación estaba el hombre.
Para Isa, que era ágil como un mono, fue un juego de niños encaramarse por la reja
de la ventana, agarrarse a la cornisa y subir hasta la ventana superior.
Llamó ligeramente en los postigos.
Al poco rato se abrió la ventana e Isa, agarrado bruscamente por el cuello se vio
arrastrado al interior.
Sólo la luna iluminaba la habitación.
El hombre blanco había apagado el fuego.
De un estirón Isa logró desasirse, pero no tocó el arco.
El hombre tenía en la mano el pequeño fusil y le apuntaba.
—Deja la caña detonante —dijo Isa.
Sorprendido oyó que le contestaban en su idioma:
—¿Qué quieres? ¿Por qué has venido?
El hombre blanco sabía hablar como él. Isa se sintió contento.
Se agachó, dejó el arco y las flechas en el suelo, a los pies del hombre, y luego
contestó:
—Quería conocerte.
Si «Flor de maíz» era un ser despreciable o un miedoso, aquél era el momento
para averiguarlo. Pero cerrando la ventana se sentó frente a él.
Dejó la pistola junto al arco y preguntó:
—¿Eres tú el que ha salvado a la muchacha?
—Yo he matado al «ajé».
—Gracias. Eres un guerrero generoso. Ahora dime: ¿por qué los «bushmen» se
hallan en nuestro camino? ¿Qué quieren?
—Los pequeños hombres no se hallan en vuestro camino.
—Pero sus flechas han hablado.
—Mis flechas.
—Entonces tú se las has cogido a los pequeños hombres. Eres Swazi, ¿no es
cierto?
—Sí, soy Swazi.
Y se echó a reír a carcajadas.
El hombre le miró asombrado.
—Soy Swazi y al mismo tiempo «bushman», como tú dices.
—No te comprendo. De todos modos dime quién rodea nuestras casas y por qué.

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—Los Swazi están en sus poblados y los pequeños hombres están cazando muy
lejos de aquí. Nadie os rodea.
—¿Y entonces tú?
—Yo te seguí a lo largo del río. Quería conocerte.
—¿Por qué?
—No sé.
Isa no dijo: «Porque soy de tu raza». No sabía si debía decirlo. «Flor de maíz» le
gustaba, estaba a gusto con él; ¿pero los otros blancos eran como él?
Además quería volver con Pao.
—¡No sé! —repitió—. Me han contado tantas cosas de los blancos que he querido
conocerlos.
—¿Por qué has venido a verme a mí?
—Porque estás solo y no tienes miedo.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Tú mismo. No has temblado nunca. Ni cuando te disparé la flecha, ni ahora que
he venido.
—Bien; me alegro de saber que te has dado cuenta de ello. De todos modos he
tenido miedo, pero no lo he demostrado.
Bueno, eso le gustaba a Isa. El hombre no tenía dos caras.
—Ahora —dijo el blanco— déjame encender la vela… sí, el fuego. Quiero verte.
—Si enciendes el fuego me iré.
—¿Por qué?
—Por nada, pero si enciendes me iré.
—La ventana está cerrada.
—Pero mi arco está cerca.
—Muy bien. ¿Cómo te llamas?
—Mohamed Isa.
—¿Musulmán?
—¿Qué?
—¿Eres musulmán?
—No; yo soy Swazi.
—El nombre dice que tú eres musulmán.
—Mi nombre dice cosas que no son ciertas. Y tú, ¿cómo te llamas?
—Paul van Hunks.
—Pa… Paul van… van… Es un nombre difícil. Para mi eres «Flor de maíz».
El hombre se echó a reír.
—Bien —dijo «Flor de maíz»—. Ahora, Mohamed Isa, dime qué quieres.
El muchacho no contestó. Fue él quien preguntó:
—¿Es ésta tu casa?
—No; pertenecía a unas personas que mataron en la selva.
—¿Dónde está, pues, tu casa?

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—Mi casa está muy lejos. Pero cuando vengo a este poblado vivo en esta casa.
—¿Vienes a menudo?
—A veces sí. En otras ocasiones pasan muchas lunas.
—¿Qué haces?
—¡Vaya! Esto es un verdadero interrogatorio —dijo riendo.
La conversación le divertía.

Quería ver hasta dónde se proponía llegar el muchacho Swazi.

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—Como algún día tendré que vivir contigo, quiero saber quién eres.
—¿Quién te ha dicho que yo estaré conforme?
—Yo. Si quiero vivir contigo, viviré contigo. ¿Qué haces?
—Eres descarado. Yo no hago nada. Ando de aquí para allá: cazo, vendo cosas y
procuro vivir lo mejor que puedo.
—Esa vida me gusta
—A mí también.
—Me quedaré para probar.
—¡Cómo!
—Me quedaré.
—Oye, entendámonos en seguida. Si quieres, puedes quedarte; pero sólo aquí en
este poblado. Luego no.
—¿Por qué?
—Porque no. No puedes ir adonde yo voy.
—¿Por qué? —volvió a preguntar Isa.
—Adonde yo voy no puede ir ningún Swazi.
—¿Por qué?
El hombre no contestó en seguida. No quería contestar, pero Isa insistió y él dijo:
—A los blancos no les gusta estar con gente de tu raza.
Isa murmuró:
—No comprendo por qué los blancos no pueden estar con los Swazi; de todas
maneras no importa. Iré contigo. Buenas noches.
—Buenas noches. ¿Te quedas aquí?
—Aquí.
—¿Quieres dormir en una cama?
—¿Cómo? No, aquí estaré bien.
Se echó sobre la piel de la pantera y rápidamente, como todo ser de la jungla, se
durmió.

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CAPÍTULO VII

A L despertar, Isa encontró a su lado el arco y las flechas. «Flor de maíz» no


había tenido miedo.
Seguía durmiendo e Isa se acercó a él.
Y mientras lo observaba, se tocaba la cara y comparaba el color de su piel con la
del hombre.
No había ninguna duda. Era realmente un blanco.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó «Flor de maíz», de pronto, sentándose en la
cama—. ¡Eh, oh, pero ven aquí, déjame ver!
Se puso de pie de un salto y, cogiéndolo por un brazo, se acercó a la ventana.
—¡Caramba!
No pudo decir más. Lo miró por todos lados; le quitó la piel de la pantera; luego,
sacudiendo la cabeza, exclamó:
—No cabe duda, muchacho, eres un blanco. Sí, yo no me equivoco. Un blanco o
un mestizo. ¿Quién eres?
Isa sonrió.
—Un blanco. Tú lo has dicho.
—¡Lo sabías!
—Sí, desde hace muchas lunas. Por ello los Swazi me han echado del poblado
después de la gran prueba.
—¿La gran prueba?
—Sí.
Isa le contó brevemente lo que le había sucedido: su encuentro con Pao, la
expulsión del poblado y su vuelta con los «bushmen».
—Luego —dijo— te encontré a ti y me dije: «Ahora tengo que conocer a los
hombres blancos». Por eso he venido.
—Bien. Eso es diferente. No tengo inconveniente en que te quedes. ¿Conoces el
nombre de tus padres?
—Pao también me lo preguntó. Se lo preguntó a Amûnai cuando fuimos a verle.
Pero nadie conoce su nombre. Mi madre es la selva.
—Escúchame, Isa. Me gustaría que te quedaras conmigo, pero no es posible. Yo
tengo que viajar y tú necesitas estar en el poblado para aprender todo lo que un
blanco tiene que saber.
—Estaré contigo o me iré.
—Si quieres estar conmigo, tienes que aprender a vivir como los blancos. Ahora
ven.
—¿Adónde me llevas?
—A ver a los hombres de estas casas.

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A pesar de la hora temprana, en el pequeño poblado todo estaba en actividad.
Los hombres se ajetreaban alrededor de los carros, ya preparados para marchar a
los lejanos campos. El aire estaba saturado de un agradable olor a carne asada.
Todos se asombraron al ver a Paul en compañía del salvaje y le rodearon.
—Éste —dijo Paul— es el muchacho que ayer salvó a Irghin de la cobra. Es un
blanco —añadió— que ha vivido con los Swazi y los «bushmen»… Se quiere quedar
conmigo. Pero vosotros sabéis que es imposible.
Los hombres asintieron.
Las mujeres se acercaron y los niños asomaron sus cabecitas por entre sus faldas.
—Por lo tanto os ruego que le dejéis quedarse con vosotros. Cuando haya
aprendido a vivir como una persona civilizada me lo llevaré.
Se miraron los unos a los otros.
Luego uno preguntó:
—¿Nos podemos fiar de él, Paul?
Isa no comprendía el idioma de los bóers, pero por la expresión de la cara del que
había hablado, comprendió lo que había preguntado.
Cogió una flecha y se la entregó al hombre.
—George —dijo Paul sonriendo—, el muchacho te ha contestado. Os podéis fiar.
Claro que al principio será algo difícil frenarlo. Pero parece un chico estupendo.
—¿No le habrán mandado aquí para espiarnos? —preguntó un viejo.
—Es posible —contestó Paul—. No lo sabemos. Pero unas personas cuerdas
como nosotros no tardarán en saber si es un espía o no. De todas maneras es un
blanco…
—¡Un salvaje! —interrumpió uno de ellos.
—Sí, un salvaje. Por eso tenemos que ponerle en cintura.

«Flor de maíz» permaneció allí dos semanas.


Y durante dos semanas Isa se convirtió en su sombra.
A la selva, en los campos, a lo largo del río, a cualquier sitio que fuese, lo seguía.
Así, el muchacho aprendió mil pequeñas cosas. Aprendió a comer en una mesa y
a dormir en una cama, a usar unos cubiertos y a lavarse con jabón. A hacer todo lo
que un muchacho blanco aprende, sin darse cuenta, en los primeros años de su vida.
Pero para Isa fueron unos días muy duros.
Consiguió aprender solamente gracias al afecto que sentía por «Flor de maíz».
Por «Flor de maíz», que aunque tenía modales duros había conseguido conquistar su
corazón. Por él olvidaba incluso a los «bushmen» y a Pao.
Un día Paul le dijo:
—Ha llegado la hora de que te quites la piel de pantera, Isa.
—¿Por qué?
—Porque un blanco no puede ir vestido en esa forma. Te tienes que poner ropa
como la mía.

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—¡Pero si la pantera es mía! ¡La he matado yo!
—Te he mandado hacer un par de pantalones.
—La piel de la gran pantera me cubre mejor.
—Ahora llevarás pantalones.
—¿Por qué, «Flor de maíz»? Me dijiste que comiera con estas herramientas y yo
lo he hecho; me…
—¡Sí! —Paul se rió con la gracia de un mono.
—Me dijiste que tenía que dormir en una cama y he dormido. Pero ahora me
quieres quitar «mi» piel…
—¡Isa!
El muchacho calló. Miró a Paul a los ojos; vio en ellos una sombra de pena y se
levantó.
—¿Dónde están los pantalones? —preguntó, sumiso.
—Allá.
Volvió poco después con la cabeza baja.
Los pantalones le llegaban a media pierna. Y eran algo estrechos.
Se detuvo delante de Paul sin decir nada y sin mirarle a la cara.
—Había una camisa junto a los pantalones —dijo Paul—. ¿No la has visto?
La ausencia fue más larga; pero Isa volvió riéndose, satisfecho de sí mismo.
—Me he puesto la camisa —dijo, y miró a Paul en los ojos.
La camisa le salía de los pantalones y la piel de la pantera le cubría.
—¡Isa! —suspiró el hombre.
—¿Hay algo que no está bien?
Isa era sincero. Había obedecido a Paul y al mismo tiempo se había puesto su
piel.
—Isa, no puedes ponerte la piel encima del traje.
—Me he vestido como quieres y como quiero yo. ¿Hay mal en ello?
—No, Isa. Si quieres quedarte aquí conmigo, tienes que quitártela.
La piel cayó a sus pies.
Una mañana, al amanecer, «Flor de maíz» salió de la habitación sin hacer ruido.
Se cargó un gran fardo a la espalda, se caló un sombrero de ala ancha y cogió la
carabina.
Pero al acercarse a la casa de Hartje, el anciano, un pensamiento súbito le hizo
retroceder.
En el suelo de la entrada, con un pedazo de carbón, dibujó unas extrañas figuras.
Un círculo, en el círculo una piel de pantera y un sombrero parecido al que
llevaba. Luego, sonriendo, salió.
Le esperaban unos hombres. Le entregaron unas cartas y Paul se alejó con paso
ligero por el sendero de los carros.
Habría recorrido unas cinco millas, cuando una flecha silbó sobre su cabeza. Se
echó al suelo, preparado para disparar.

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Un silbido, y otra flecha se clavó en el suelo a pocos dedos de su cabeza.
Entonces rió y se levantó.
—¡Me has asustado, Isa! —gritó.
El muchacho salió de los arbustos que le ocultaban.
—«Flor de maíz» no es honrado —dijo, enfadado.
—No, Isa. Yo…
—Y tampoco es lo suficientemente astuto —siguió diciendo el muchacho—. Sus
pies parecen montañas y su paso es más pesado que el de un elefante enfurecido.
Despertarías incluso a aquella loca Amebais después del baile de «las grandes
flores».
—Pero yo…
—¿No querías despedirte de mí? ¿Por qué?
Isa se acercó al hombre y le tocó tímidamente un brazo.
—Mi pequeño salvaje —contestó Paul, acariciándole con un gesto cariñoso el
pelo—, no quería decirte adiós porque me duele tener que marcharme. Pero tú eres
igual que los animales de la selva. Duermes, pero tus oídos siguen oyendo y tus ojos
ven.
—¿Iré contigo?
—Volveré a la tercera luna nueva. Y recuerda esto: sentiría una gran pena si a mi
vuelta no te encontrara. Y quiero que entonces tú seas como deseo que seas.
—¿Te sentirías feliz si así fuera?
—Me sentiría feliz y orgulloso.
—Procuraré ser como tú quieres que sea. Pero vuelve pronto.
El hombre le abrazó.
—¡Adiós! —dijo.
—Vuelve pronto.
En casa, Isa estuvo mucho rato contemplando el dibujo de Paul. Cuando Hartje
fue a buscarle le encontró sentado en el suelo, mirando, inmóvil, el suelo.
—¡Eh! —le llamó.
Isa no oyó nada.
—¡Eh, cafre!
Siguió la mirada del muchacho y vio el extraño dibujo.
—¿Lo ha hecho Paul?
Esperó una contestación y luego murmuró:
—A veces ese hombre se porta como un loco. ¡Vamos, hay que trabajar!
Descifrarás el misterio de esos signos luego, cuando no tengas nada que hacer.
Pero para Isa no habla ningún misterio.
El sombrero representaba a «Flor de maíz»; la piel de pantera era él, Isa. Y el
circulo que los encerraba a los dos decía con claridad que el uno estaba cerca del otro
para siempre.

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CAPÍTULO VIII

N O queremos jugar contigo. Vuelve con tus negros, por que apestas como ellos.
—¡Eres un salvaje! No sirves para nada.
—¡Mirad cómo come!
—¡Espía, espía!
—Apártate; estás sucio.
—¡Vete, vete!
Con éstas y con otras expresiones peores, los muchachos alejaban a Isa de sus
juegos, de su vida de cada día.
Habían transcurrido dos semanas desde la partida de Paul. En el poblado
soportaban a Isa a disgusto. Para todos era un salvaje y, por lo tanto, un ser inferior
indigno de estar con ellos.
—¿Blanco?… Un blanco no hubiese podido vivir ni un día entre los zulús.
Si no le habían matado todavía se debía sólo a que matar era un pecado mortal.
Si no le habían echado se debía sólo a que Paul les había pedido que le dejasen
vivir allí.
Y a Paul había que obedecerle.
Pero le encargaban, sin remordimientos, cualquier trabajo, el más duro, el más
fatigoso, el más nauseabundo.
—¡Eh, cafre, hay que limpiar las cuadras!
—¡Eh, cafre, hay que partir la leña!
Si, cafre.
O sea, el infiel. Y pronunciaban la palabra con tanto desprecio que sonaba a algo
más que a una injuria.
—Cafre, ¿sabes llevar los bueyes al pasto?
¿Cuántas veces lo había hecho en el poblado de los Swazi?
—¡Ánimo, pues! Cuida de que no se te escapen delante de tus narices.
En aquellos momentos la sangre le latía con fuerza en las venas. Muchas veces la
mano se acercó veloz al arco. Sólo le detenía pensar en Paul.
Tenia que aprender a vivir como un blanco.
¿No se lo había dicho así Paul?
Entonces inclinaba la cabeza y obedecía.
La que cuidaba de Paul era Anna, la madre de Irghin, la chiquilla que Isa había
salvado de la cobra.
Pero Anna no era Paul. Le quería a su manera. Le cuidaba, le preparaba la
comida, mantenía su cama limpia, en orden; pero nunca tenía para él un gesto
cariñoso, no le decía nunca una palabra más de las necesarias.
Esteban, el mayor de sus hijos, cuando Isa entró por primera vez en su casa, dijo:

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—Madre, si este salvaje tiene que comer en nuestra mesa, yo me voy.
—Este muchacho dormirá aquí, en vuestra habitación.
—¡Pero, madre, es un salvaje!
—Es un muchacho como vosotros. Que sea blanco o negro no importa. Siéntate
con nosotros. Isa, sé bien venido.
—¡Si papá estuviese aquí…!
—Si vuestro padre, que en paz descanse, estuviese todavía entre nosotros,
aprobaría lo que hago. ¡Él —y señaló a Isa— es un muchacho!
Ésta era la vida de Isa entre la gente de su raza.
—No me quieren, no me quieren. Me tratan como a un extraño. Sienten hacia mí
repugnancia, asco, odio. ¿Qué les he hecho? —le gritaba al viento mientras sus
bueyes pacían tranquilamente.
Y esperaba que el viento le contestase o que al menos le trajese la contestación de
Paul.
Más tarde ocurrió algo que le hizo alimentar la esperanza de poder demostrar a
los blancos que era digno de ser admitido entre ellos.
Durante dos noches, un gran carnívoro visitó las cuadras de los bueyes. La
primera noche destrozó a los cuatro bueyes de Hermán. La segunda fue la vez de las
yeguas de Emmanuel.
—Habrá que montar una guardia —dijo Hartje, el anciano—. Como sigamos así
nos quedaremos sin animales.
Todos aprobaron.
Los tres que salieron a explorar los alrededores volvieron descorazonados. No
encontraron rastro de la fiera.
—De todos modos —decidió Filips, el cazador más hábil del poblado— daremos
con ella. Es una fiera muy grande: creo que un leopardo.
Isa, sentado en el suelo, en un rincón, jugaba con el arco.
Había intentado hablar, pero Hartje le había dicho con brusquedad:
—Nosotros también sabemos cazar y no necesitamos la ayuda de un cafre.
Dos hombres montaron la guardia.
Isa los observaba mientras se paseaban arriba y abajo hablando en voz baja.
Agazapado entre las ramas de una encina, el muchacho sonreía.
—Ni siquiera Amebais, la loca del poblado, montaría la guardia de ese modo.
Se acomodó sobre dos ramas cruzadas y se durmió.
El leopardo no acudiría.
Sí, porque era un leopardo. Las huellas hablaban con claridad. Y era grande y
estaba ciego de un ojo.
Lo había adivinado por la forma en que había atacado a los animales. Debía de
ser muy malo cuando se atrevía a aventurarse entre los hombres.
«¡No vendrá!», se repitió mientras se dormía.
Durante una semana los hombres rastrearon la zona y montaron guardia por las

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noches.
Hubo falsas alarmas, pero el leopardo no volvió y todos le olvidaron.
Una noche, Isa, contemplando el cielo, vio la luna llena. Muy grande, iluminaba
con su luz plateada los inmensos campos.
Subió a la casa de Paul, se arrancó la ropa que llevaba y se volvió a poner la piel
de pantera.
Luego, ligero como una sombra, se alejó hacia la selva.

Tres veces se oyó el aullido del chacal, interrumpido por la risa horrible de la
hiena.
Desde un arbusto cercano contestaron a la señal.
Vio una sombra que se movía silenciosa y se acercaba a él.
—¿Quién eres? —le preguntaron.
—Isa. Mohamed Isa.
—No te conozco. ¿Qué quieres?
—Ver a Pao.
—¿Pao? ¿Por qué?
—Soy su amigo.
—Sigue adelante.
Isa empezó a andar. Sus oídos percibieron el leve ruido de una flecha colocada en
el arco.
—Hombre de los arbustos —dijo sin volver la cabeza—, mis flechas hablan el
mismo idioma que las tuyas. Y llevan los mismos signos.
—Detente —ordenó el hombre— y habla sin doble sentido. Tú eres Swazi. ¿Qué
quieres del pequeño pueblo?
—Sólo ha transcurrido una luna desde que dejé el pequeño pueblo. Pao es mi
amigo y tú deberías conocerme.
—Yo conozco a Pao, pero no te he visto nunca con él. Vengo de la tierra del
fuego.
—Entonces coge mi arco. Me lo dio Pao. Obsérvalo.
Tiró el arco a los pies del hombre y éste lo examinó detenidamente.
—Ven —dijo—, pero si has mentido no tendrás tiempo para arrepentirte de ello.
Llegaron a la gran plaza. Dos hombres les salieron al encuentro.
—¿Has vuelto, Isa? —preguntó el más viejo de los dos.
—¿Le conoces? —exclamó el que le acompañaba.
—Isa es uno de los nuestros. Pao lo ha dicho.
El otro le ofreció el arco.
—Vuelve a cogerlo —dijo—. Yo soy Cim-ao. No sabia que eras de mi sangre.
Nos volveremos a ver, hermano.
—Gracias. ¿Y Pao? —preguntó a los otros.
—Le hallarás en la gruta.

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Isa entró sin hacer ruido.
Quería darle una sorpresa a su amigo, pero fue él el sorprendido.
Pao estaba de espaldas a la entrada, delante de las piedras piramidales que tenían
grabados los extraños jeroglíficos.
Por la gruta se extendía una nube ligerísima de incienso y daba a todos los
cuerpos una forma irreal. Las pinturas de las paredes semejaban cosas vivas.
Parecía que la gran pantera se moviera lo mismo que el niño que tenía en su boca.
Las llamas, que salían crepitando de un gran brasero colocado entre las dos
piedras, contribuían a aumentar esa sensación, bajando y subiendo como si intentaran
alcanzar el techo.
E iluminaban completamente la figura inmóvil de Pao.
Su cuerpo parecía estar en el fuego y dominarlo.
Isa, agachado en un rincón, esperó.
Contemplaba las llamas.
Y las dos piedras.
Y a Pao.
El fuego le recordaba las danzas de su tribu; las luchas, las fiestas, el brujo.
Pao también estaba rezando; lo sentía.
Pero era una cosa tan silenciosa que le producía escalofríos en la espalda.
Como el que sentía en ese momento.
Si, porque parecía que Pao se separara cada vez más de la tierra, como si
estuviese en el fuego y con él se elevase hacia el techo.
Y seguía inmóvil.
Era aquella inmovilidad la que le daba escalofríos. El hombre de los arbustos
parecía de piedra. En algunos momentos, por efecto de los juegos de luz, semejaba
que su sombra se balanceara ligeramente, se alargara, se retorciera. Y a la vez que la
sombra, también el cuerpo, delimitado por el reflejo de las llamas.
Las dos piedras llamaron su atención. Más bien las señales que había en ellas. Las
miró con atención.
En cada una había cuatro círculos concéntricos de los que salían ocho rayos
triples.
¿Dónde había visto aquellos signos?
Pero…
Instintivamente tocó el diente de leopardo, el amuleto de Pao que colgaba en su
pecho.
Los mismos signos de las piedras estaban grabados en el diente. Con una sola
diferencia: que en el centro de los círculos, en el diente, había dos dedos
entrecruzados.
—¡Lo había preparado para mi hijo! —le había dicho Pao—. ¡Llévatelo!
En cuanto Pao terminara de rezar le preguntaría el significado de aquellos signos.
¡Pao! ¡Cuánto deseaba que fuera su padre!

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Pero su padre debía de haber sido como él. O si no, ¿era él acaso un blanco como
«Flor de maíz»?
Si le hubiesen dicho que podía escoger un padre no hubiera sabido hacerlo.
¿Pao o «Flor de maíz»?
Los dos eran fuertes, astutos, leales.
Pero Isa sentía que en Pao había algo que «Flor de maíz» no tenía. Quizá
precisamente ese estar inmóvil como Pao ahora.
Y «Flor de maíz» tenía a su vez algo que le faltaba a Pao. Algo que era más que la
caña detonante; algo a lo que Isa ahora no sabía cómo llamar, que no conseguía
siquiera descifrar.
Era una cosa difícil para él. En el hombre blanco había que descifrar los signos
que habían impreso en él siglos de civilización.
¡Pero qué ideas tan raras se le ocurrían!
Alguien entró en la gruta y se sentó junto a él: Cim-ao.
No pronunció ni una palabra, no hizo ni un gesto.
Permaneció inmóvil junto al muchacho.
Luego entraron un segundo, un tercer, un cuarto «bushman»; unos quince en total.
Todos inmóviles, silenciosos.
—¿Qué sucede? —preguntó Isa a su vecino.
Cim-ao no contestó.
Isa esperó un poco, luego repitió la pregunta.
—¿Qué estáis haciendo?
—¿Ha olvidado mi amigo que una de las fuerzas del pequeño pueblo es la
paciencia?
Isa se puso en pie de un salto. Era Pao el que habla hablado. Pao, que, por fin, se
había vuelto hacia él.
Se echó en sus brazos.
—¡Estoy contento de estar de nuevo contigo!
—¿Quién es más feliz, mi pequeño amigo, el gran árbol que ofrece refugio a los
pájaros o los pájaros que se refugian en él? Mi corazón se siente feliz cuando puede
oír los latidos del tuyo. Temía por encima de todo no volverte a ver.
—¿Yo? Pero si…
—Espera. Tengo que hablar con mis hombres. Luego me contarás.
—¿Me tengo que ir?
—No —sonrió Pao—, entre padre e hijo no hay secretos. ¿Les conoces?
Señaló a los presentes con un amplio gesto de los brazos.
—Al primero, sí. Y poco me ha faltado para trabar amistad con sus flechas —
contestó Isa, sonriendo.
—Es Cim-ao, el jefe del grupo que vive en el desierto. El otro es Hoomai. Su
grupo vive a lo largo del gran río. Y los demás son los jefes de los grupos que viven
en la selva. Éste —dijo dirigiéndose a los hombres— es Mohamed Isa. Miradle bien.

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Conoce nuestras palabras. Es mi hijo.
—El hijo de Pao es nuestro hermano —dijo Hoomai en nombre de todos.
—¿Aunque sea Swazi o blanco? —preguntó Isa con un asomo de aprensión en la
voz.
—No te hemos preguntado quién eres, ni hemos mirado tu piel. Eres nuestro
amigo. Con eso tenemos bastante.
—¿Ves? El pequeño pueblo mira al corazón, no al color del corazón.
—¡Pao! —murmuró Isa, abrazándole.
No pudo decir más. Los pequeños hombres eran mejores que los blancos y que
los Swazi. Sólo «Flor de maíz» era como ellos.
Pao se sentó con los demás.
Discutieron largo rato.
Isa esperó junto al fuego.
Cuando todos hubieron salido y se quedó sólo con Pao, preguntó:
—¿Qué sucede? Tus hombres hablan de carros de bueyes, de hombres blancos, de
Swazi y de todas las otras tribus Bantú. ¿Por qué?
—Muchos hombres blancos se acercan al río. Y muchos Bantú asaltan los
poblados de los hotentotes, matando y apresando a la gente. El pequeño pueblo
observa.
—¿Qué ocurre exactamente?
—Nada.
—¿Qué es lo que teméis entonces?
—La prudencia es sabiduría. Si el pequeño pueblo quiere seguir viviendo tiene
que ser prudente.
—Pao, nunca me has hablado de ti, ni de tu gente.
—La historia de mi pueblo se pierde en la noche de los tiempos. Mi historia no
tiene importancia. Por ello se necesita mucho tiempo para contar la primera; la
segunda no merece palabras.
—¿Por qué han venido entonces los jefes de los distintos poblados a hablar
contigo? ¿Quién eres tú?
—Yo soy Pao. Un pequeño hombre, según dices, un hombre de los arbustos. Sí,
los jefes han venido a verme, me han honrado con su presencia.
—¿Por qué han venido a verte precisamente a ti, y por qué estabas antes inmóvil
delante del fuego?
—Cuando un joven elefante brama porque ha visto un peligro, toda la manada
mira al más viejo y espera su consejo. Lo mismo ha sucedido con el pequeño pueblo.
Yo no soy más que un viejo elefante.
—Tú no eres viejo, Pao. Pero si los otros han recurrido a ti, significa que eres un
sabio. ¿Eres un brujo, Pao?
—Llámame como quieras. Yo soy Pao y nada más.
—Pao, ¿sabes lo que significan estos signos? —y señaló las incisiones sobre las

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piedras.
—Son el símbolo del Gran Padre.
—El Gran Padre ¿quién es?
—¿Quién es, joven Isa, el que da vida a la gran pantera y al elefante y al león y a
todos los pueblos de la selva? ¿Y el veneno a la cobra y el apretón mortal a la
serpiente pitón? ¿Y las alas a los pobladores del aire? ¿Y al relámpago y al agua y al
trueno y al viento? ¿Quién les da vida?
—Los espíritus del bien y del mal. También lo decía Ao-sam, el brujo.
—¿Y a los espíritus quién les impone una ley y les da vida? Uno solo, Isa: el Gran
Padre.
—¿Y dónde está?
—Yo también le busqué hace mucho tiempo. Pero no conseguí verle. Pero sé que
existe. Está en el trueno, en el relámpago, en el viento, en la lluvia, en el sol, en la
luna; está en la selva, en el desierto. Está en todas las cosas, porque todas las cosas
son Suyas. Es el Gran Padre. Mira, mira los signos. Cuando tú tiras tu lanza al agua
se forman muchos círculos que se ensanchan hacia todas partes. Así es Él. El Gran
Padre está en el centro y lo mueve todo como tu lanza en el agua. Los cuatro círculos
son el símbolo del movimiento. Los ocho rayos, en grupos de tres, dicen que no sólo
hay movimiento sino orden, fuerza, justicia. Estos signos tienen además otro
significado. Los cuatro círculos representan los cuatro tiempos del año: la gran lluvia,
el gran calor y las dos épocas de transición. Cada rayo representa un día y si unes los
cuatro círculos y todos los rayos tienes el tiempo que transcurre desde una luna nueva
a otra. Esto también nos habla del Gran Padre. Indica el tiempo, que Él hace pasar
bajo la misma ley.
Isa meditó las palabras de Pao y luego dijo:
—Eres realmente sabio, Pao. ¿Cómo hablas tú con el Gran Padre?
—El Gran Padre no necesita palabras. Nos comprende aunque no hablemos.
—¿Entonces no es necesario que el brujo le hable por mí? ¿Puedo hablar yo con
Él?
—Sí.
—¿Y Él te contesta?
—No, abiertamente no. Pero da fuerza y sabiduría. Basta con tener confianza.
—Cuando lo necesite, yo también hablaré con él.
—¿Por qué sólo cuando lo necesites?
—¿Pero es que hay que hablarle también cuando no necesitamos Su ayuda?
—¿La raíz del gran árbol se agarra con fuerza a la tierra sólo cuando el viento
sopla con violencia, o bien siempre, para que nunca le coja por sorpresa la
tempestad? La fuerza y la sabiduría no se adquieren en un momento. Cuando
aprendías a disparar el arco tardaste mucho tiempo antes de dar en el blanco con la
primera flecha. Para conquistar la sabiduría se necesita mucho mucho más tiempo
que aprender a manejar el arco.

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—¿Entonces tengo que hablar siempre con Él?
—Cuando puedas.
—Tendré que buscar el lugar para hacerlo.
—No es necesario. Puedes hablar con Él en cualquier sitio. En la selva, en el
poblado, en cualquier sitio.
El fuego se estaba apagando. Pao lo reavivó con una brazada de leña.
—Ahora —dijo— háblame de ti. ¿Has estado con el hombre de la barca?
—Sí. Se llama «Flor de maíz». Vivo en su poblado de piedras.
—¿Dónde?
—Junto al río.
—¿Te encuentras bien allí?
—«Flor de maíz» es valiente. Es fuerte. Estoy seguro de que te gustaría
conocerle.
—Le conoceré.
Isa estuvo hablando durante mucho rato de Paul. El «bushman», el pigmeo
hombre de los arbustos, le escuchó en silencio.
—Quisiera —terminó Isa— que «Flor de maíz» viniera a vivir contigo. Entonces
me sentiría feliz.
—Has hablado de «Flor de maíz», sólo de «Flor de maíz» —dijo Pao—, pero me
has dicho que vivías en el poblado de los blancos. ¿Qué es lo que me ocultas, Isa?
¿Por qué no me hablas de los demás?
—Repetiría siempre las mismas cosas, las mismas palabras. Los otros son como
los Swazi. Me desprecian.
—¿No eres blanco como ellos?
—Sí, pero ellos me llaman negro, cafre. Todas sus acciones, todas sus palabras
van dirigidas contra mi. Para ellos soy un Swazi. Para los Swazi un blanco. Pero para
unos y otros no soy nada. Soy un «orzowei», un «guacho».
—Lo que me cuentas es grave. ¿No hay nadie que te quiera en el poblado?
—Sólo «Flor de maíz».
—¿Quién te cuida?
—Él.
—Me has dicho que se ha ido.
—Anna.
—Háblame de ella.
—Me da de comer, me prepara el jergón, que ellos llaman cama, y me…
—¡Sigue!
Isa bajó la cabeza. Le daba vergüenza decir que se había tenido que quitar la piel
de la gran pantera.
—Me arregla los vestidos y me los lava. Me los he tenido que poner, Pao. «Flor
de maíz» lo ha querido.
—No debes avergonzarte de ello. Son costumbres de los de tu raza. ¿Dónde te

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hace dormir la mujer?
—Con sus hijos.
—¿Y me dices que te desprecia?
—Te he dicho que me lo hace todo. Pero no me habla como tú y no me acaricia
como lo hace con sus hijos. Pao, no quiero volver con los blancos. No me quieren.
Para ellos soy un «orzowei». Déjame quedar con el pequeño pueblo.
—¿Y quién te dice que el pequeño pueblo no te trataría también como a un
«orzowei»?
—Tú me lo has demostrado, y tus amigos.
—Tú crees en nosotros y por eso eres o crees ser feliz. ¿Has intentado creer en los
blancos? ¿Qué has hecho para que nadie te llame ya «orzowei»?
—He hecho todo lo que me han dicho.
—No es suficiente, Isa. Eres tú el que tiene que empezar a amar. El amor llama al
amor.
—¿Qué tengo que hacer entonces?
—Vuelve con los tuyos y ámalos.
—¿Me echas?
—No, tú lo sabes.
—¿Cuándo podré volver?
—Iré yo a verte.
—¿Tú?
—Sí, y quiero verte feliz.

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CAPÍTULO IX

¿D ONDE has estado? Isa se volvió.


Había esperado a la noche para que no le descubrieran y había entrado en
la casa de Anna sin hacer ruido, y en cambio…
—Ven aquí —dijo la mujer.
Isa se le acercó.
—No te has puesto la camisa ni los pantalones. Así te enfriarás.
La mujer se quitó el chal de lana, un chal grande, marrón, que se ponía siempre
por la noche, y lo echó con cuidado sobre los hombros del muchacho.
—No te debes volver a marchar sin decírmelo. Hace dos días que te estoy
esperando. Ahora vete a dormir, debes de estar muy cansado.
Isa estaba asombrado.
No sabía qué decir. Amebais, la nodriza, ante una escapada como aquélla le
hubiese dado unos latigazos. Si se hubiese enterado y preocupado por ello.
Sintió que algo vibraba en su corazón y estuvo a punto de abrazar a Anna.
Pero la mujer señaló con la mano.
—Vete, es tarde —dijo.
Le cortó el impulso. Murmuró un «buenas noches» y fue a echarse.
Pero no pudo dormir.
¿Por qué le había esperado Anna? ¿Por qué le había puesto su chal sobre los
hombros? ¿Quizá porque le quería? ¿Pero entonces por qué no había querido
abrazarle? No sabía qué responderse.
Dio muchas vueltas en la cama y en cuanto se hizo de día salió.
—Si quieres —le dijo Anna, que ya estaba levantada y preparaba el desayuno—,
si quieres puedes ayudar a los hombres a descargar los carros. Llegaron ayer.
Isa los había visto ya, pero no dijo nada.
—¿Han vuelto a ver al leopardo? —preguntó.
—No, pero siguen montando guardia.
—No lo cogerán.
—¿Por qué?
—Sólo «Flor de maíz» conseguiría cogerle.
—¿Quién?
—«Flor de maíz», mi amigo.
La mujer rió.
—No sabia que Paul tuviese también otro nombre: ¡«Flor de maíz»!…
—No debes burlarte. Es el mejor de todos vosotros. Si fuese un Swazi sería ya un
Ring-kop.
—¡No consigues olvidarles! —suspiró Anna.

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Isa no contestó. Salió y se acercó a los carros.
—¡Ha vuelto el cafre! —gritó Heinrich, un jovenzuelo rubio.
George se asomó desde lo alto de un carro.
—¡Eh, tú! —llamó, dirigiéndose a Isa—. ¿Dónde has estado? ¿Sabes que no te
puedes ir sin decírmelo?
—Sí, lo sé.
—Como lo vuelvas a hacer te daré con el látigo.
—Sí, lo sé.
—¡Alma negra! Sólo Dios sabe lo que se propone Paul. ¡Mira que traernos a un
salvaje!…
George volvió a meterse en el carro, rezongando. Isa se fue hacia el final de la
fila.
Allí encontró a Filips.
Echado en el suelo miraba, inmóvil, ante sí.
Isa se detuvo delante de él.
De aquella cara marcada por la viruela, con la nariz aplastada y el cabello rojo
que le caía en bucles hasta la espalda, lo que le impresionaba eran los ojos.
Ojos celestes, luminosos, que parecían reflejar el cielo. Le miró largo rato, sin que
el muchacho se moviese o apartara la mirada de aquel punto indefinido en que estaba
fijada.
—¿Eres macho o hembra? —preguntó de pronto.
Sólo entonces el otro le miró.
—¿Y tú quién eres?
—Isa.
—¿Macho o hembra?
—¡Yo soy un guerrero! —dijo Isa, hinchando el pecho.
—¿Eres blanco?
Antes de contestar vaciló un instante; luego dijo;
—Mi piel es blanca, pero soy un Swazi.
Le gustaba creerse Swazi entre los blancos. Éstos temían a los Swazi aunque les
despreciaran. E igual que después de la gran prueba, les había gritado a los de su tribu
que él era un blanco y ellos unos chacales pintados de negro, así ahora se sentía feliz
al llamarse negro.
¿Los blancos le llamaban cafre?
Bien, pues sería un cafre.
—Yo soy Filips —dijo el otro— y me gustaría ser un guerrero Swazi.
Esto desconcertó a Isa. Era el primer muchacho a quien le oía decir que le
gustaría ser como él. El primero que decía que le gustaría ser Swazi.
—¿Tú… un guerrero, tú?
No pudo decir más; y la misma extrañeza le dio ganas de reír.
El otro le miró con sus grandes ojos celestes e Isa se puso serio.

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—Quería decir…
—Si eres Swazi, ¿por qué estás con los blancos?
—Ha sido por «Flor de maíz» y… por Pao.
—¿Quiénes son?
—¿No conoces a «Flor de maíz», Paul, el cazador?
—¡Ah, Paul! Sí, es amigo mío. Ha sido él el que me ha regalado esto.
Levantó una esquina de un trapo que cubría una cesta y el hocico en punta de un
«dix-dix» se asomó dando balidos.
—Es muy pequeño —dijo Isa.
—Paul dice que no tiene ni ocho días. Le doy leche con una cucharilla. ¿Ves que
tiene una estrellita negra en la frente? ¿Te gusta?
—Sí, es hermoso. ¿Cuándo te lo trajo «Flor de maíz»?
—Hace seis días.
—¡Entonces ha vuelto!
—No. Yo estaba en mi granja. A cinco días de camino de aquí.
—¿Y «Flor de maíz»?
—Se marchó. Se dirigía al poblado de los Monrei.
—¿Qué iba a hacer?
—No lo sé.
—¿Y tú por qué has venido?
—Paul habló con mi padre y con los otros de la granja. Al día siguiente nos
pusimos en camino. Pero antes Paul me dio el cachorro.
—¿Por qué te dio el «dix-dix»?
—Porque es amigo mío. Me quiere. Cuando no tiene nada que hacer, siempre
viene a verme. Y siempre me da algo.
Isa estaba desconsolado. Su único amigo blanco no le quería sólo a él. Temblaba:
sentía celos.
Filips volvió a tapar al cachorro; luego dijo:
—Me gusta el nombre que le has puesto.
—¿Qué? —preguntó Isa, que estaba ensimismado en sus pensamientos.
—Decía que me gusta el nombre que le has puesto a Paul: «Flor de maíz». Un
nombre bonito. ¿Le quieres?
—No lo sé. Me gusta estar con él.
—¿Quién es Pao?
—Un gran guerrero.
—¿Es un Swazi?
—No; un hombre de los arbustos.
—¡Uno de los del pequeño pueblo! ¡Oh, cómo me gustaría conocerlo!
—¿Qué sabes tú del pequeño pueblo?
—Me lo ha contado Paul.
—¡Ah! Si no tienes miedo, un día te llevaré a conocerle.

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—No tengo miedo.
—Ayer estuve con él. Y me dijo que vendrá. Mira, éste es el arco que me regaló.
Filips lo cogió y lo contempló con curiosidad.
—¿Sabes dispararlo?
Isa sonrió. Cogió una flecha, la puso en el arco; luego dijo:
—¿Dónde quieres que dé?
Filips señaló una rama delgada de una encina.
—¡Allí!
La flecha silbó en el aire y se clavó en la rama.
—¡Tiras bien!
Sólo dijo estas palabras.
Pero sus ojos expresaban una admiración muy grande.
Era la primera vez que alguien miraba así a Isa. Se sintió feliz.
—Si quieres —exclamó alegremente— te puedo enseñar a hacerlo. ¡Levántate!
—Otro día, Isa.
—Ahora. ¡Levántate!
—Yo…
Levántate o les gritaré a todos que eres una mujer y que te da miedo tocar un
arco. ¡Anda, levántate!
El muchacho no se movió.
—¿O no quieres porque el arco es mío, de un «guacho»?
—No, no es por eso. Es que yo…
—Levántate entonces.
Isa se inclinó y cogió a Filips intentando levantarlo.
En aquel momento el látigo silbó sobre su cabeza y cayó sobre su espalda dejando
una larga señal llena de sangre. Se levantó de un salto. Y el látigo le volvió a dar. Esta
vez en plena cara. El muchacho se tambaleó; los ojos se le llenaron de lágrimas, pero
apretó los dientes y preparó el arco.
—¡No, Isa, no!
Una mujer se abalanzó hacia él y se colocó delante del hombre que le había
golpeado.
—Ahora tira, si quieres —dijo.
Era Anna. Isa se quedó inmóvil, temblando de cólera, con el arco preparado.
Luego, lentamente, quitó la flecha y se alejó.
El hombre que le había pegado le gritó:
—¡Si te atreves a tocar otra vez a mi hijo, te mato, bastardo!

Anduvo todo el día por la orilla del río rumiando tétricos pensamientos de
venganza.
Varias veces estuvo a punto de volver al poblado para disparar contra el hombre
que le había dado los latigazos.

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¿Qué había hecho para merecerlos?
Hablaba con Filips. Quería enseñarle a tirar con el arco. Y se lo agradecían de
aquella forma.
¡Y Pao decía que tenía que empezar a querer!
¿Pero cómo, si había sido amable y le habían dado latigazos?
Sus dedos rozaban ligeramente la herida que el delgado cuero había abierto en su
cara. Cogió unas hierbas y las puso en ella para calmar el ardor.
Pero no había ninguna hierba que pudiese calmar el ardor que sentía en el pecho.
La culpa era de Filips. Sólo de Filips. Porque no había querido levantarse.
—Nos tiene miedo al arco y a mí. Bien, les daré miedo a todos. Les enseñaré a
todos que soy un «orzowei» y un guerrero. ¡Sí! Volveré al poblado y lo verán. Iré a
ver a Amûnai y se lo demostraré a ellos también.
¡Bastardo!
No comprendía el significado de la palabra, pero por el tono con que la habían
pronunciado, debía de significar lo mismo que «orzowei». Los Swazi la pronunciaban
con el mismo desprecio.
No, no se quedaría con los blancos. Eran como los Swazi. Sólo querían a los de su
tribu, no a los «guachos».
—Cogeré mis cosas y volveré a la selva.
Se lo repitió mil y mil veces. Y cuando la decisión era ya firme volvió al poblado.
Entró en la casa donde había estado con «Flor de maíz», se arrancó la ropa que
llevaba y se volvió a poner la piel de leopardo. Aquella misma mañana la había
llevado allí para que Anna estuviese contenta.
Ahora ya no volvería a ponerse la ropa de los blancos.
Se iba. Volvería con los hombres de los arbustos. Eran pequeños, si, pero tenían el
corazón grande.
—¡Isa!
Anna había aparecido en el umbral.
—Isa, la cena está preparada.
—No comeré tu comida. Ni comeré nada que sea vuestro. ¡Vete! —dijo.
—Te estamos esperando, Isa. Es tarde y los chiquillos tienen hambre —murmuró
con dulzura la mujer.
—Vete. Ya no quiero estar contigo.
—¿Te duele mucho la herida?
—No siento nada. Vete y déjame pasar.
—Como quieras, Isa.
Anna le dejó libre el paso.
—Cuando quieras volver, mi casa estará siempre abierta para ti.
—No volveré.
—Como quieras.
La mujer se acercó lentamente a la ventana.

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—¡Eh, Isa, mira!
En la plaza estaba Filips.
Isa le había oído llamar a alguien poco antes.
Estaba echado en el suelo. El sol, a punto de desaparecer en la selva, daba reflejos
de fuego a sus largos cabellos.
Tenía entre los brazos algo que pataleaba. El «dix-dix». Filips volvió a llamar y
un hombre salió corriendo de la casa cercana. Se hablaron y luego el hombre,
inclinándose, lo levantó en brazos. En aquel momento cayó la manta que cubría las
piernas del muchacho.
Isa se quedó paralizado por el asombro.
Filips sólo tenía una pierna.
—Por esto esta mañana no se levantó —murmuró Anna, como hablando consigo
misma—. Le hubiera gustado poderlo hacer. Me lo contó todo cuando tú te fuiste. Y
lloró mucho. Pero su padre creía que le estabas insultando
—¿Cuándo le sucedió?
—¿La pierna? Hace muchos meses. Diez o doce. Llevaba la comida a su padre y
a los hombres de los campos cuando le mordió una serpiente. El médico consiguió
salvarle la vida, pero tuvieron que amputarle la pierna.
—¿Por qué no me lo dijo?
—No se lo dice a nadie. Pero hoy, cuando hablaba contigo, sonreía. Desde que le
pasó eso tan terrible no habla con nadie, más que con Paul y con sus padres. Tiene
miedo de que los chiquillos se burlen de él y que los mayores le compadezcan.
—¡Pero su padre me ha dado latigazos!
—Pero Filips no quería. Y ha llorado.
—¿Le… le puedo saludar? Le regalaré una flecha. ¿Estará contento?
—Creo que sí. Mañana por la mañana le iremos a ver.
Anna le tendió su mano. Isa la cogió en la suya, temeroso. Por primera vez en su
vida salió cogido de la mano, como un niño acompañado por su madre.
Por primera vez sintió la sensación más dulce que un chiquillo puede sentir.

—¡Eh, vosotros! ¿Qué ocurre?


Al oír el grito, Isa saltó de la cama.
Se oyeron gritos y pasos precipitados. Luego, dos tiros de fusil.
El muchacho se acercó a un hombre apostado detrás de una pared.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—El ladrón está en la cuadra de Hangens, en aquella del fondo.
El leopardo había vuelto.
Isa se acercó furtivamente a la cuadra, como sólo él entre todos aquellos hombres
era capaz de hacerlo, y observó.
La única yegua que quedaba yacía degollada y destrozada sobre la paja, pero el
leopardo no estaba.

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Isa olfateó el aire.
La fiera debía de haberse ocultado en algún rincón. Sentía su olor.
Había que esperar.
Junto a la cuadra había una encina que se erguía majestuosa.
Isa trepó y esperó.
Pasaron muchas horas. Largas, enervantes.
Los hombres habían rodeado el bajo edificio y habían encendido hogueras.
No, no eran unos buenos cazadores. No sabían esperar. Isa seguía inmóvil con el
arco preparado. Si fuera necesario, podría seguir así durante un día entero.
La selva le había enseñado que la mejor arma es la paciencia. Sólo el que es
paciente vive.
Los hombres se cansaron.
Uno de ellos gritó algo. El leopardo rugió.
Volvieron a gritar y apagaron las hogueras.
Isa miró.
Vio que los hombres se escondían detrás de las matas que bordeaban el camino y
que dos de ellos se acercaban a su árbol. Después de haber sacado de un saco a un
pequeño animal que lloraba desesperadamente lo ataron al tronco con una cuerda.
«El “dix-dix” de Filips», murmuró Isa.
—¡Vamos, rápido! —dijo uno.
—¿No se desatará?
—Lo he atado bien. ¡Vayámonos!
«Una trampa —pensó Isa—. Una trampa para el gran leopardo».
Los balidos del cachorro se volvían cada vez más insistentes y lastimeros.
Sentía el peligro e intentaba romper la cuerda que lo mantenía prisionero y
llamaba, llamaba para que le ayudaran y le defendieran.
Por primera vez, Isa pensó en un animal como en un ser viviente. El cachorro
estaba allí, solo. Iba a enfrentarse con un enemigo que con un solo zarpazo lo
desharía.
Si hubiese estado con su padre o con su madre hubiese podido salvarse. Hubieran
hecho cualquier cosa para defenderlo. Se habrían dejado destrozar para salvarle la
vida. Hubiera seguido viviendo tranquilo, retozando en la hierba alta, jugando con los
otros cachorros.
En cambio… Era como él. Estaba solo sin nadie que le ayudara.
Pero él, Isa, habla vencido.
Sí; sin embargo, a él no le habían atado nunca a un tronco ante un enemigo
dispuesto a matarle.
Pero el cachorro podía estar tranquilo. Allí estaba Isa. Y no dejaría que el gran
leopardo lo tocase. Se deslizó silenciosamente por el tronco y se echó al suelo.
El «dix-dix», temblando, se le acercó.
—¡Quieto! —susurró Isa.

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Como si el animalito hubiese comprendido, se apretó contra el muchacho y dejó
de balar.
En aquel mismo instante el leopardo saltó desde la oscura ventana y se acurrucó
en el suelo.
Isa preparó la flecha y esperó.
Tenía que estar atento.
El gran leopardo les podía alcanzar con un solo salto a pesar de que desde el árbol
a la cuadra había más de doce pasos de distancia.
Había que acertar al primer disparo.
El «dix-dix» se movió y baló.
Algo cruzó el aire.
Rápido como un rayo, el muchacho se echó hacia un lado, mientras el leopardo
llegaba suavemente al suelo.
—¡No tiréis! ¡No tiréis! —gritó alguien—. ¡Hay un muchacho!
La fiera rugió y salió huyendo.
Todo había sucedido con tanta rapidez que sólo entonces Isa pudo disparar. Por el
rugido de cólera y de dolor de la fiera comprendió que le había dado.
Al mismo tiempo sonaron unos disparos.
Pero la fiera estaba ya lejos.
—¡Ha sido por tu culpa! —gritó Hartje, acercándose.
—Ya lo decía yo —exclamó un hombre que se acercaba.
—¿Pero quién era el muchacho? —preguntó otro.
—¡El cafre!
Todos le rodearon.
Isa desataba tranquilamente al cachorro.

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—Nos querías demostrar tu destreza, ¿verdad? ¿Has visto el resultado? El ladrón
vuelve a estar libre.
—¡Cuándo pienso que lo tenía a tiro!
—Si no hubiese sido por él, ahora…
—Por tu culpa tendremos que seguir montando guardia, cara negra.
—¡Acabad ya! —dijo una voz—. Después de todo no es más que un bastardo. Isa
levantó la mirada.
El hombre que había hablado era el mismo que le había dado los latigazos por la
mañana. Cogió al cachorro entre sus brazos y se levantó.
—Tómalo —dijo—, es de Filips y tenía miedo.
Se abrió paso entre los hombres y se alejó corriendo en la misma dirección que el
leopardo.
—¡Eh, tú! ¡Detente, detente!

Volvió al día siguiente por la noche. Llamó a la puerta del viejo Hartje.

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—¿Qué quieres? —le preguntó éste al abrir.
—Toma. Levantó la mano enseñando lo que llevaba en ella.
—Es la cabeza del ladrón. La suya. Estaba ciego de un ojo.
El viejo la cogió. Había sangre coagulada junto a otra más reciente.
—¿Cómo lo has hecho?
—El veneno del pequeño pueblo es lento, pero mata. El gran leopardo ya no
volverá. ¡Adiós!
—¡Eh, muchacho, escucha!
Pero Isa estaba ya en la puerta de Anna y entró sin volverse.

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CAPÍTULO X

¡I SA, te buscan!
El muchacho saltó de la cama y entró en la gran cocina.
—Están afuera —dijo Anna—, pero antes vístete.
—Yo…
—Ponte los pantalones y la camisa. Si no, no saldrás.
El muchacho se vistió con rapidez.
Sentado en el escalón del pequeño porche estaba Filips. Junto a él saltaba el «dix-
dix».
—¿No has traído el arco?
—No, pero si quieres lo voy a buscar.
—Me gusta verlo. Y… ¿se puede tirar estando sentado?
—Es más difícil, pero se puede.
—¿Me dejas probar?
Isa asintió con un gesto. No podía hablar.
Cuando Filips tuvo el arco entre las manos lo miró con atención y le pidió muchas
explicaciones. Isa contestaba a todo lo que sabía.
Luego empezó a explicarle cómo se usaba, y cómo tenía que ser la flecha, cómo
se hacía para acertar un objeto que se mueve y cómo se aprovecha el viento.
Pero como no siempre acertaba en el uso de las palabras en el nuevo idioma, se
levantó diciendo:
—Ven. Te enseñaré.
—Isa, yo… yo no puedo andar —murmuró Filips.
El muchacho inclinó la cabeza.
Lo había olvidado.
Iba a decir algo cuando se le ocurrió una idea.
—Te llevaré yo. Iremos al río.
—¡Oh, sí!
Se le notaba en los ojos la alegría. Pero de pronto se puso serio y exclamó:
—Me gustaría ir, pero mi padre no me deja.
—¿Por qué? —preguntó Isa, poniéndose serio—. ¿Por qué soy un «orzowei»?
—No, no me deja ir con nadie.
—Puedes llevarle contigo —dijo entonces una voz.
Los muchachos se volvieron.
Anna estaba en el umbral.
—Yo se lo diré a su padre. Más tarde os mandaré a llamar por Stefan. Pero
recuerda, Isa, que es como tu arco. Nadie debe hacerle daño.
Isa asintió sonriendo. Se inclinó y cogió delicadamente a su compañero en brazos.

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—¿Estás bien? —preguntó.
—Muy bien.
Sonrieron a Anna y se alejaron hacia el río.
—¿Peso mucho? —preguntó más tarde Filips.
—No, eres ligero.
—Tú eres fuerte. Cuando estoy contigo no siento miedo.
Isa gruñó.
Estaba contento. Tenía ganas de cantar de alegría.
—¿Sabes? —dijo Filips—. Papá me ha contado lo del cachorro, y me ha dicho
también que fuiste tú el que no dejó que le mataran.
—Era pequeño, me daba…
No encontraba palabras apropiadas para expresar lo que sintió aquella noche.
—Mira, me dolía verlo como estaba.
—Cuando papá te pegó, yo…
—No recuerdo que nadie me pegara.
—Gracias, Isa. Estoy contento de ser tu amigo.
—Yo también. ¿Nos quedamos aquí?
—Sí.
A unos treinta pasos del sendero un pequeño claro interrumpía la sucesión de
grandes plantas y de arbustos que bordeaban el río.
Los silbidos, los gorjeos, los piídos, los trinos, los cantos, los chillidos, los
sonidos agudos y profundos de toda clase de pájaros se mezclaban con los gritos
desordenados de los monos y el croar de las ranas, el chirrido de las cigarras y el
zumbido de los innumerables insectos.
Pero los muchachos, sentados en el suelo afelpado por el musgo, absortos tirando
el arco, no oían nada.

Durante muchos días, el pequeño claro fue la meta de sus paseos.


Y en aquel lugar fue donde se consolidó entre los dos muchachos de educación
distinta y de distintas costumbres, la amistad. E Isa comenzó a comprender a los
blancos precisamente gracias a Filips, mientras Filips aprendió a no despreciar a los
hombres de la selva.
—Me gustaría poderte seguir por la selva y recorrer contigo todos los senderos —
dijo un día Filips.
—El gran árbol —contestó Isa, usando el lenguaje figurado de los «bushmen»—
está siempre en el mismo lugar. A pesar de ello, lo conoce todo y ayuda a vivir a
muchos animales; y ni el viento ni el huracán pueden derribarlo.
—No te comprendo, Isa.
—Mira, en el poblado de Amaora, mi poblado, había un viejo Ring-kop que ya no
podía cazar. Le pasaba lo que a ti. Las lanzas de los enemigos le habían dejado así.
Sin embargo, su arco seguía hablando y el cervatillo caía. Tú puedes ser igualmente

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un gran guerrero.
—¿Lo crees así?
—Si.
—Entonces lo seré.
Eran aquéllos unos días felices.
A Isa ya no le llamaban para trabajar y nadie le atormentaba. Le dejaban en
libertad para ir, cuando quisiera, con Filips.
Habían transcurrido así unos veinte días, cuando Filips notó un cambio en la
actitud de su compañero. En cuanto llegaban al claro, Isa le daba su arco y se sentaba,
absorto, junto a él. Ya no le gritaba cuando fallaba un tiro, ni se ponía contento
cuando daba en el blanco.
Estaba allí, indiferente.
Filips le miraba sin atreverse a hablarle.
—Isa —le preguntó una mañana—, ¿no te gusta venir conmigo?
—¿Quién dice eso?
—Tus ojos lo dicen.
—Mis ojos no dicen lo que siente mi corazón.
—Entonces, ¿qué es lo que sucede?
—No lo sé.
—Yo sí.
—Dímelo.
—Tus ojos miran siempre a lo lejos.
—¿Y con eso?
—Quieres volver a la selva.
—Quizás.
—Entonces ¿a qué esperas?
—No quiero dejarte.
—Volverás, ¿no?
—No lo sé.
—Yo no quisiera echarte —dijo Filips, bajando los ojos—. Quisiera que
estuvieras siempre conmigo.
—Yo no me voy.
—Ya te has marchado. Ya estás solo.
—Eso no es cierto.
—Sí, Isa. Estás conmigo, pero ya no te ríes conmigo, ya no juegas conmigo, ya
no me dices gritando que soy una mujer cuando fallo el disparo con el arco. Por esto
ya no estás conmigo.
—No quería hacerte daño.
—Así es que —siguió diciendo Filips sin darse cuenta de la interrupción— es
mejor que te vayas donde quieres ir. Pero…
Se inclinó hacia el compañero y le susurró al oído:

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—… pero tenemos que jurar que siempre seremos amigos. Volverás a verme de
vez en cuando y así hablaremos y jugaremos juntos.
—¿Qué es un juramento? —preguntó Isa.
—Cuando alguien jura y luego no cumple lo que ha jurado, se muere.
—Entonces es dar una palabra. Una promesa que se hace a los espíritus buenos.
—Sí. Dame la mano.
Isa se la tendió. Filips, apretándola con fuerza, dijo:
—Isa es mi gran amigo. Lo juro por el cielo. No lo abandonaré jamás, ni siquiera
cuando me case. Bien, ahora te toca a ti.
—¿Qué tengo que decir? ¿Repetir tus palabras?
—No. Tienen que ser palabras tuyas.
—Bien. —Isa estrechó la mano del compañero y murmuró lentamente:
—El río se secará y la selva se convertirá en un desierto antes de que Isa olvide.
Por mis venas corre su sangre y Filips es mi hermano. El Gran Padre lo sabe.
—¡Pero esto no es un juramento! —exclamó Filips—. Tienes que decir: lo juro.
—¿Por qué? Si el Gran Padre lo sabe, es suficiente. Isa no abandonará al
hermano. Pao ha dicho que basta con decírselo al Gran Padre. Y cuando Pao dice que
el río se secará y la selva se convertirá en un desierto antes de que él olvide, puedes
estar tranquilo, porque no lo olvidará.
—Si lo ha dicho Pao, está bien. Ahora llévame a casa; luego te podrás marchar.
—Volveré con Pao. Y tú espérame.
—Sí, pero vuelve pronto.

Isa vagó dos días por la selva.


Se sentía libre, feliz.
Al tercer día se dirigió hacia la «ciudad muerta» para encontrarse con Pao. En el
límite del claro, allí donde se levantaba el poblado del pequeño pueblo, dio la llamada
convenida.
Pero nadie contestó.
Volvió a hacer la llamada mientras avanzaba lentamente.
Los «bushmen» no podían estar lejos.
¿Era posible que nadie le oyera?
Se apoyó en un tronco y escuchó.
Pero, aparte de los miles y miles de ruidos de la selva, no se oía ninguna otra
señal de vida.
Por ello Isa no se movió.
La cosa no era normal. Apenas a treinta pasos, justo detrás de los grandes árboles
que lo ocultaban, estaba el poblado de Pao. ¿Por qué nadie contestaba a su llamada?
¿Era posible que nadie le oyera?
De pronto el ladrido de un chacal y el viento que cambió de dirección, le hicieron
comprender claramente lo que había sucedido.

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Saltó hacia delante, corriendo sin hacer ruido.
Antes de entrar en el poblado se detuvo.
Estaba tan inmóvil que su cuerpo parecía el de una estatua. Pero las narices
dilatadas, temblorosas y los ojos que lo escudriñaban todo, indicaban la atención con
que observaba las cosas.
Los arbustos partidos, las chozas sin techo, los objetos de los «bushmen»
abandonados en desorden, mostraban que allí se había combatido duramente. Aquí y
allá se veían flechas clavadas en el suelo.
Pasado el primer arbusto, descubrió al primer muerto.
Lo miró bien.
Debía de ser uno de los más jóvenes guerreros de Pao. Doce lanzadas le habían
destrozado el pecho. Su mano retenía todavía el arco.
Pero le habían separado la cabeza del cuerpo con un tajo seco.
Isa contempló el corte.
Un blanco no hubiese descubierto nada en él.
En cambio él leyó allí el nombre de la tribu que lo había arrasado todo.
—¡Los guerreros del Gran Rey! —exclamó.

Eran éstos los zulús, el grupo más numeroso y más fuerte de la gran raza Bantú a
la que pertenecían también los Swazi, los Pondo, los Tembú, los Mascona, los
Shangaans, los Matabele y los Barotse.
Los blancos se equivocaban al llamar también zulús a las otras tribus Bantú.
Pero para Isa eran zulús sólo aquellos hombres pertenecientes a la numerosa tribu
que llevaba aquel nombre y que tenía un solo jefe: el Gran Rey. Físicamente los zulús
también eran distintos de los otros hombres de la selva: nariz aguileña, ojos oblicuos
y mucho mucho más altos.
Pero todos, Swazi, Pondo y los demás, eran enemigos acérrimos de los zulús.
Mejor dicho, lo habían sido hasta que Ciaka, el Gran Rey, arrasando todos los
poblados de las distintas tribus Bantú, les habla obligado a someterse.
Esto había sucedido hacía muchos años.
Isa recordaba que los viejos contaban las hazañas legendarias de los terribles
guerreros. Recordaba que terminaban invariablemente sus relatos diciendo:
—Si ellos son los guerreros del Gran Rey, nosotros somos los «antílopes» de la
selva. En la batalla nadie puede competir con un Swazi; nadie es capaz de detenerlo.
Es tan ágil y tan rápido que las lanzas enemigas no le pueden alcanzar.
Eso decían.
Pero recordaba que un día sus poblados también fueron arrasados; recordaba la
entrada de Ciaka en su poblado, de Ciaka que con su poder y con su crueldad se había
convertido verdaderamente en «el Gran Rey».
Había sucedido muchos años antes, cuando él no había cumplido todavía nueve
primaveras. Pero siempre recordaba a los veinte guerreros asesinados con un golpe en

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la nuca y al jefe del poblado al que habían dejado devorar por las hormigas, sólo
porque se había atrevido a declarar que los «antílopes de la selva» podían hacer
siempre lo que querían. Aunque Ciaka no lo permitiera.
A pesar de todo, Isa admiraba a los guerreros del rey. Había soñado con
pertenecer algún día a aquellas huestes. Al igual que todos los seres de la jungla,
admiraba la fuerza y el valor.
Y aquellos guerreros las poseían en medida tal, que habían derrotado muchas
veces a los blancos, a pesar de sus armas poderosas. Y los tambores del Gran Rey
habían pregonado por toda la jungla y por todos los poblados, la fama de estas
empresas.

Isa saltó por encima del muerto y miró a su alrededor.


Aquí y allá yacían pequeños hombres. Sus miembros habían sufrido ya las
dentelladas de los chacales.
Los observó uno a uno.
Buscaba en ellos alguna señal que le permitiera reconocer a su amigo.
En un rincón se hallaban las mujeres y los niños.
Una masa informe brutalmente amontonada.
«No tiene que quedar rastro del enemigo». Éste era el lema de Ciaka. Y se
cumplía rigurosamente.
Cuando hubo buscado por todos lados, entró en la gruta.
Allí yacían cuatro guerreros del pequeño pueblo. Sus cuerpos estaban acribillados
de cuchilladas.
En aquel pequeño espacio debieron de haber luchado como leones.
Los miró.
No, Pao no estaba entre ellos.
Se sentó afuera.
Estaba trastornado por lo que veían sus ojos. Hubiese querido gritar, huir. Hubiese
querido encontrar a los guerreros del Gran Rey y vengar a sus amigos.
Pero había vivido muchos años con Pao y con su pueblo.
Había crecido y había nacido en la selva.
Y no inútilmente.
La selva, su tribu y Pao le habían enseñado que la prudencia es la mejor arma.
Si quería vengarse, tenía que esperar el momento apropiado.
Siguió sentado.
Pero aunque, por la rigidez de sus miembros, su cuerpo podía parecer el de un
muerto, su cerebro trabajaba rápidamente.
Se había dado cuenta de que los muertos del pequeño pueblo, sin contar a las
mujeres y a los niños, no eran muy numerosos. En el poblado había visto al menos el
triple de hombres capaces de tirar el arco.
Podían haber huido. Impulsivamente volvió la cabeza hacia el lugar de la

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matanza.
No, un «bushman», como cualquier otro ser de la selva, se hubiese dejado matar
tres veces, antes de dejar matar a los suyos.
Pao y sus hombres no debieron de estar en el poblado cuando los zulús atacaron.
Los hombres del Gran Rey no hacían prisioneros. Tenia que haber sucedido así: Pao y
los otros debieron de haber ido a cazar y el poblado había sido asaltado durante su
ausencia.
No pensó siquiera en buscar el lugar donde los enemigos habían quemado a sus
muertos ni tampoco se preguntó el porqué no había ni una lanza de los asaltantes.
Esto era algo que hasta Amebais, la tonta, sabía de memoria.
Los zulús mataban a los compañeros que perdían la lanza en la lucha.
Ciaka lo había impuesto así.
Y todos lo habían aprendido en seguida.
Había bastado un solo ejemplo.
Ciaka hizo matar, en una sola mañana, a más de mil guerreros que habían perdido
sus armas.
¿Pero, por qué se habían movido los guerreros del Gran Rey?
Isa no sabía contestar. Mucho tiempo antes había habido grandes luchas. Los
viejos decían que Ciaka quería aniquilar a todas las ramas de la gran familia Bantú.
Entonces no era difícil encontrar un poblado completamente arrasado. Pero se sabía
el porqué.
Luego todos se sometieron a Ciaka y los Bantú tuvieron un único jefe.
Las luchas más recientes habían sido dirigidas contra grupos de rebeldes y contra
los poblados de los hotentotes.
Pero no en aquellos territorios sino en otros más hacia el sur.
«La selva habla y el sol sigue alumbrando —se dijo Isa— y se sabrá por qué el
Gran Rey ha hecho hablar a sus lanzas».
Se levantó.
Había decidido lo que iba a hacer.
Iba en busca de Pao. Y se quedaría con él.
El pequeño pueblo le había ayudado y le había salvado. Ahora él daría su lanza y
su brazo por ellos.

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CAPÍTULO XI

H ACÍA muchos días que iba errante por la selva buscando un rastro que le llevara
hacia Pao, repitiendo insistentemente el grito de llamada del pequeño pueblo,
cuando los tam-tam hablaron.
«¡Ciaka ha muerto!… ¡Ciaka ha muerto…!» decían.
Había muerto el Gran Rey.
Isa se puso a chillar de alegría y se entregó a una danza salvaje. Ciaka había
muerto. E Isa chillaba como si hubiesen muerto todos sus guerreros; como si él los
hubiese matado con los pensamientos de venganza que había alimentado.
Le detuvo el silbido de una serpiente.
El silbido se repitió.
No era una serpiente, sino un hombre. El oído extremadamente sensible de Isa
había descubierto el engaño.
Trepó hasta una rama muy alta y escuchó.
Los tambores seguían repitiendo su fúnebre mensaje.
Luego resonó el grito siniestro de un mono que había descubierto a su implacable
enemigo, la gran serpiente pitón, que permanecía inmóvil, tan inmóvil que era difícil
descubrirla, sobre una rama poco distante.
Mientras observaba al gran reptil oyó unos pasos ligeros.
Un joven negro avanzaba cauteloso. Debía de estar siguiendo algún rastro puesto
que observaba con atención el terreno y olfateaba constantemente el aire.
Era un guerrero. El aro de oro que le rodeaba la cabeza de cabello untado y en
parte afeitado, lo indicaba así.
Por los adornos Isa reconoció en él a un Swazi.
El guerrero había dado pocos pasos cuando la serpiente pitón se movió.
Sujetándose con la cola a la rama, se deslizó silenciosamente y cayó de improviso
sobre el negro enroscándose en un instante alrededor de su cuerpo.
El hombre no gritó. Intentó coger el puñal que le colgaba de la cintura, pero antes
de que lograra su intento sus brazos quedaron inmovilizados por el poderoso apretón.
Intentó liberarse volviéndose sobre sí mismo.
Pero el gran reptil sólo se movió para soltarse de la rama a la que todavía estaba
sujeto. El hombre, al volverse, enseñó su cara a Isa.
Era Mései, el nieto del viejo brujo, el compañero que tantas veces le había
golpeado hasta hacerle sangrar y que siempre se había burlado de él.
Pero, en aquel momento, Isa no se alegró por lo que le estaba sucediendo a su
antiguo rival.
No pensó en el daño que Mései le había ocasionado.
Sólo vio en él a un hombre que se enfrentaba con un animal de la selva. Y esta

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vez era el animal el que salía vencedor.
Colocó la flecha en el arco y esperó el momento propicio. La lucha entre la bestia
y el hombre proseguía silenciosa, terrible. Y cuando la serpiente pitón levantó su
cabeza triangular sobre la de Mései, preparándose para dar el último apretón, Isa
actuó.
Tenía que disparar en seguida y herir mortalmente.
No podía llamar; el hombre, distraído por su voz, hubiese perdido la vida en aquel
instante de relajamiento.
La flecha atravesó un mechón de pelo de Mései y penetró en la gran cabeza de la
serpiente que, con un silbido parecido al latigazo de una fusta, levantó todavía más la
cabeza para descubrir a su asaltante.
Otras dos flechas le volvieron a acertar. Con un temblor convulsivo la serpiente
pitón se aflojó y se derrumbó, quedando rígida en el suelo.
Mései recogió la lanza y golpeó repetidamente el cuerpo del reptil. Luego se
apoyó en un tronco y esperó.
Las flechas habían hablado en favor suyo, pero ahora le podían matar.
Eran del pequeño pueblo, y el pequeño pueblo era su enemigo.
No intentó huir porque la lucha le había agotado. Con el escudo en alto para
protegerse la cara y la lanza preparada miró ante si. Vio que una sombra bajaba del
gran árbol que estaba frente a él y se le acercaba.
—Puedes dejar la lanza, Mései.
—¿Tú, el «orzowei»?
—¿Te sorprende que viva todavía? Agradéceselo a la selva que me ha protegido
para que hoy pudiera salvarte de la serpiente pitón.
Mései inclinó la cabeza.
—No es digno de un guerrero —dijo— dejarse salvar por alguien que no es
siquiera un porteador. Pero yo estoy agradecido al «orzowei» por haberme salvado.
—El «orzowei» tiene un nombre —contestó Isa con dureza.
—Su nombre es igual que cualquier otro y la gente le llama como quiere.
—Tengo un nombre. Mi tribu me lo ha dado.
—La mía, querrás decir.
—También fue la mía.
—¡Los chacales también tienen una casa, algunas veces!
—¡Basta, Mései o mi arco volverá a hablar!
—Veo que el «orzowei» ha encontrado una choza junto a los del pequeño pueblo.
Si se encuentra bien allí… Claro, él es un héroe. Aunque sólo sea por la altura, los
supera a todos…
—Isa vive entre los de su raza. En las grandes casas de piedra. Y no se quiere
ensuciar mirando a un Swazi. Si ha salvado a uno de ellos ha sido por amor a los
chacales. Su carne los hubiese envenenado.
—No sabía que los blancos fueran vestidos como los Swazi y cazaran con el arco

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de los pequeños hombres. ¿No será que los blancos también han echado al «orzowei»
porque no es de su sangre?
—Si tu lanza consiguiera acertar como tus palabras, serías un gran guerrero. Pero
toda tu fuerza está en la lengua y entonces… Cuidado, Mései, mi flecha es más
rápida… y has visto que no fallo el tiro. Suelta tu lanza.
Mései, que al oír las palabras de Isa, había hecho ademán de lanzarla, bajó el
brazo diciendo:
—No la lanzo porque entre tú y yo está el cuerpo de una serpiente pitón. Pero no
excites la cólera de un gran guerrero.
—Si los guerreros Swazi te han admitido en sus filas quiere decir que deben de
haberse vuelto mujeres… Vete, Mései, vuelve al poblado. Los senderos de la selva
ocultan muchas insidias. Podrías acabar mal…
—Nos volveremos a encontrar. Y entonces ninguna serpiente podrá detener mí
lanza.
Había dado ya unos pasos cuando Isa le volvió a llamar:
—¡Un momento, Mései! Quería preguntarte por Amûnai. ¿Vive todavía?
—¿Por qué no vas a verlo tú mismo?
Isa leyó, en la sonrisa con que Mései acompañó estas palabras, el diabólico placer
que hubiese sentido el poblado al verle volver y el fin que le esperaba si algún día se
atrevía a poner los pies en él.
—Es lo que estaba pensando. Hace mucho tiempo que quiero ver al Ring-kop.
—Te esperamos.
—Iré.

El enorme baobab, el árbol sagrado del poblado al pie del cual el brujo rezaba a
los espíritus.
Isa contempló mucho rato el poblado dormido. Cada cosa que veía le recordaba
un detalle de su vida.
Cuando parecía que la luna tocaba la punta del baobab, se deslizó silenciosamente
por el campo.
Saltó por encima de la barrera de espinos y se dirigió, sombra entre sombras,
hacia la choza del viejo Ring-kop que le había criado.
—Soy yo —susurró al entrar.
—¿Quién, yo?
El viejo Amûnai se incorporó en el jergón.
—Isa, Mohamed Isa.
—¿Tú? Ven, ven en seguida.
—Ya estoy aquí.
—Deja que te vea, muchacho. Oh, no te hubiera reconocido si te hubiera
encontrado en los senderos. Tus músculos son muy duros. Veo nuevas cicatrices en tu
cuerpo. Ellas hablan por ti; ahora eres un guerrero. No… no me interrumpas. Te

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quiero ver bien. Han transcurrido muchas estaciones desde que comimos juntos la
última vez… Ahora habla. ¿Sigues viviendo con los hombres del pequeño pueblo?
—No. Hace ya muchas lunas que no vivo con los hombres de los arbustos. Vivo
en las chozas de piedra, con los hombres de mi raza.
—¿Y los blancos te dejan vestir como un Swazi?
—No, Amûnai. Estaba cansado y quería volver a correr por los senderos de la
selva.
—Estos tiempos no son buenos.
—¿Por qué?
—Los guerreros del Gran Rey se han movido. Y les gustaría mucho encontrar a
un blanco. Aunque el blanco parezca un Swazi.
—Gracias, Amûnai. Tu consejo es sabio, pero un blanco no tiembla.
—¡Antes estabas orgulloso de ser un Swazi!
—Todavía me siento Swazi, Amûnai. Sigo amando a mi tribu.
—Veo que no has olvidado a los que te criaron.
—No, pero tampoco los que me echaron han podido olvidar.
—Lo sé. Y por esto el joven Isa no puede quedarse con el viejo Amûnai.
—Ya lo sabía. Mései me lo dijo.
—¿Cuándo lo viste?
—Esta mañana. Cuando los tambores daban la buena noticia.
—¡Pero tú no estás herido!
—No.
—¿Y… Mései?
—Creo que está en el poblado.
—Cuando dos panteras se encuentran en el mismo sendero, sólo una de ellas
vuelve a su guarida. ¿Qué ha sucedido?
—No era el momento oportuno.
Isa no dijo que no podía matar a un hombre fríamente. Le repugnaba hacerlo.
Y en esto, lo sabía bien, no se parecía a los feroces guerreros de la tribu.
—Ciaka ha muerto —dijo para cambiar de conversación.
—Que los espíritus del mal no le abandonen jamás —maldijo el Ring-kop.
—¿Por qué se han movido sus guerreros?
—Sólo se ha movido un «kraal», para ejercitarse.
—Han destruido el poblado de Pao.
El viejo permaneció un rato en silencio; luego dijo:
—¿Cuándo?
—Hoy es la décima vez que el sol, al levantarse, ilumina a los muertos. Has
dicho: ¿para ejercitarse?
—Sí. Un guerrero no puede conocer sus fuerzas si no las prueba antes. Se trata
del «kraal» de los «Panteras rojas».
—Comprendo.

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—Se dirigen hacia el río.
—Comprendo.
—¿En qué piensas?
—Pao no ha muerto. Estaba fuera, cazando. Lo estoy buscando. Pero muchos
amigos míos del pequeño pueblo han muerto. Los «Panteras rojas» conocerán mi
lanza.
—Son muchos, Isa. Un «kraal» entero es demasiado incluso para un poblado
como el nuestro.
—Lo sé.
—Han atacado a los hombres de los arbustos. ¿Qué te importa? No son de tu
misma sangre. Son inferiores a nosotros.
—Si hubiesen atacado a mi Amûnai, ¿no tendría que vengarle?
—¡Eso es otra cosa!
—Es lo mismo. Tampoco él es de mi misma sangre y los suyos son inferiores a
nosotros. Así lo dicen los blancos.
—No podrás hacer nada.
—Lo sé. ¡Pero después ya no buscarán a los del pequeño pueblo para ejercitarse!
¡Los temerán!
—Ten cuidado, muchacho. Merecen el nombre que se han dado. Eran el orgullo
de Ciaka.
—Panteras contra panteras. La lucha será hermosa. Dime, Amûnai, ¿atacarán
también al poblado blanco?
—Ciaka no quería hacerlo. Las cañas largas hablan muy fuerte. Y además los
blancos están lejos del río.
—Desde la orilla, un leopardo puede llegar hasta ellos en pocos saltos —dijo Isa
en lengua bóer.
—¿Qué estás diciendo?
—Digo que un ñu puede llegar desde el río a las chozas de piedra en tan poco
tiempo que un cazador hábil no tendría tiempo de colocar las flechas en el arco.
—¿Por qué los blancos se acercan siempre más?
—No lo sé. Estaban ya allí cuando yo llegué. Los «Panteras rojas» no les tocarán,
¿verdad?
—No, Ciaka lo había dicho.
—¿Cómo son sus señales?
—El gran escudo está pintado como la piel de la gran pantera. Sólo que las
manchas son rojas.
—¿Qué más?
—Hay trece líneas negras en una esquina.
—El decimotercer «kraal», ¿verdad?
—Sí. En el centro hay pintada una pantera en el momento de saltar. Es el mismo
símbolo que tienen los otros tres «kraals» con los que están unidos: «negras»,

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«silenciosas», «astutas». Éstas, con las «rojas», forman el mejor grupo de los
guerreros del Gran Rey.
—Me quedo contigo esta noche. ¿Quieres?
—¿Has visto nunca a un padre que eche a su hijo?
—Gracias, Amûnai.
Hacía poco que reinaba el silencio en la pequeña choza cuando volvió a oírse el
redoble de los tam-tam.
Isa se sentó de un salto.
—Era inevitable —comentó Amûnai después de haber escuchado atentamente—.
Pero no tan pronto.
—¿Por qué?
—No se nombra a un Gran Jefe antes de la «gran danza».
—A lo mejor ya la han celebrado.
—Los guerreros bailan durante tres noches para acompañar al espíritu del rey.
Pero no ha pasado ni un día desde la muerte de Ciaka.
Los tam-tam seguían transmitiendo.
«El gran Dingaan y su hermano Umhlangana —decían ahora— han liberado al
invencible pueblo de los zulús…».
—Ya me parecía —dijo Amûnai—. No estaba muy claro. Primero la gran voz
habla del rey muerto con…
—Calla. No han terminado.
«… Dingaan es el nuevo rey de los zulús. Su hermano, su ayudante. Que lo sepan
todos los pueblos de la selva. Dingaan es el nuevo rey… Dingaan es el nuevo rey…».
—Ahora lo repetirán hasta que lo hayan aprendido hasta los monos —murmuró
Amûnai.
—Ya —dijo Isa.
—Para nosotros todo seguirá igual. Será siempre el Gran Rey.
Callaron.
Y mientras los tam-tam le repetían a toda la selva el nombre del nuevo rey y los
chacales aullaban fuera del poblado, el sueño se apoderó de los dos.

—Amanece, Isa, y los otros están fuera esperándote. Mései está con ellos. He
oído su voz.
Isa saltó de su jergón.
—¿Cuántos son?
—No los he visto. He oído sus pasos. Luego alguien ha espiado en la cabaña.
—He caído en una trampa.
—Sí.
Isa paseó nervioso de arriba abajo por la choza.
Sabía que no podía esperar ayuda de nadie y que nadie intercedería por un acto de
gracia en su favor. Tenía que luchar sólo contra todos y además en una situación

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desfavorable.
El pensamiento de la muerte no le asustaba. Pero le dolía haber caído en una
trampa, como un cachorro, y acabar en el suplicio entre las burlas y las risas de todo
el poblado.
Para él era un misterio cómo le habían descubierto, pero no intentó explicárselo.
Había sucedido y tenía que enfrentarse con la situación.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Amûnai.
—Lucharé. Si me quieren coger tendrán que pagar su precio.
El muchacho puso una flecha en el arco y salió.
Un grito acogió su presencia.
A unos quince pasos de la choza, en semicírculo, había unos treinta guerreros.
—¿El «orzowei» quiere luchar? —gritó uno—. ¡Qué raro!
—¿Eres capaz de hacerlo?
—¿Quién te ha enseñado a tirar con el arco?
Isa escuchó impasible todas las injurias que le dirigieron. Entretanto, intentaba
descubrir cuál era el punto débil del cerco.
Luego llegó Mései. Los guerreros callaron.
—¡No podrás huir, «orzowei»! —dijo—. Mis amigos vigilan tus movimientos y
el paso está cerrado. Te conviene dejar el arco: seré clemente. Pero si intentas
disparar una sola flecha, tu cuerpo servirá de sostén a treinta lanzas.
—¿Es que mi mano tiembla? —contestó Isa.
—¿Quién le ha dado valor al «orzowei»? —gritó un guerrero—. Es posible que
su madre haya amado durante una noche a un león y esto le ha dado la fuerza de la
desesperación.
—¡No! —rió otro, con malicia— es el valor del chacal. Su madre no podía tener
más que un anim…
La flecha le cortó la injuria en la garganta.
El hombre cayó sin dar un grito.
Inmediatamente diez lanzas se clavaron en el lugar donde un instante antes estaba
Isa.
Éste, de un salto, había vuelto a entrar en el tucul.
Un segundo después un guerrero irrumpía en el interior. Levantó el brazo armado
con una daga, pero la flecha cortó su ímpetu.
Pero detrás del primero llegaron otros e Isa se tuvo que enfrentar con diez
hombres. Dejando el arco se defendió valientemente con el largo cuchillo de caza.
Por tres veces las dagas de sus adversarios le abrieron en el pecho profundas
heridas. Pero no cedió.
Con tenacidad, saltando de aquí para allá en el pequeño espacio, intentaba abrirse
paso hacia la puerta. Pero, por cada hombre que conseguía derribar, dos más se le
ponían delante.
Amûnai permanecía inmóvil en un rincón.

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Pero cuando vio que Isa, acorralado contra una pared, reprimía con esfuerzo un
gemido por una larga herida en el tórax, levantó la daga y asestó un golpe.
No en balde era un Ring-kop, un gran guerrero.
A pesar de la edad, en poco tiempo logró vaciar el tucul.
—¡Haz que tus flechas hablen! ¡Rápido! —ordenó.
Isa recogió el arco y tiró contra el primer hombre que intentaba entrar. Y sobre el
cuerpo del primero cayeron, chillando, otro y otro.
Una nube de lanzas penetró en la cabaña clavándose a pocos palmos de los dos
hombres.
Hubo un momento de tregua.
Afuera los guerreros se habían reunido alrededor de Mései.
—¿Cómo te encuentras, Isa? —preguntó Amûnai.
—Bien. Un león no sería más fuerte que yo en este momento.
—¿Tus heridas?
—Son arañazos.
—Si, pero profundos.
—También tú, Amûnai, tienes algunos.
—Mi piel es dura.
—Gracias por tu intervención.
—Era mi deber. Uno contra diez no es leal. Ninguna fiera de la jungla lo haría,
excepto los chacales.
—Ya.
—Dentro de poco volverán. ¿Oyes cómo gritan?
—Me defenderé.
—Estoy preparado.
—Amûnai, si quieres puedes marcharte.
—Mi daga está afilada y mi brazo no está cansado.
—¡Gracias… gracias, padre!
Esperaron en silencio el nuevo ataque.
Los guerreros, afuera, gritaban y, por encima de todas, se oía la voz de Mései.
Luego, de repente, enmudecieron.
—Ya estamos —murmuró Amûnai.
Pasaron unos segundos que parecieron una eternidad. Luego en el aire resonó el
terrorífico grito de guerra. Y en seguida aparecieron en la puerta algunos hombres. La
lucha volvió a empezar, furiosa, pero los guerreros no conseguían entrar.
De pronto, algo crujió detrás de Isa y éste, al volverse, vio que Sem-husci entraba
por un hueco abierto en la pared.
Se le echó encima y le golpeó varias veces, pero alguien que había seguido a
Sem-husci, le saltó a la espalda.
Sintió una punzada de fuego y arqueando el cuerpo saltó hacia delante y derribó
al atacante.

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Entretanto, Amûnai, a pesar de que cerraba eficazmente el paso a sus adversarios,
perdía terreno.
Le salía mucha sangre de una herida en la cara.
Mései estaba ahora frente a él, mientras los demás a su alrededor le incitaban.
Isa, después de haber liquidado a sus adversarios, se acercó al Ring-kop para
ayudarle.
Pero en el momento en que levantaba el cuchillo para asestar un golpe, oyó que
gritaban:
—¡Atención a tu espalda, «orzowei»!
Se volvió rápidamente, con el tiempo justo para evitar la gran asta que un
guerrero le había lanzado desde el hueco de la pared. La pesada arma le rozó un brazo
arañándole, y se clavó en el costado de Amûnai.
—¡Huye, Isa, huye! —le gritó éste al caer.
Mientras corría hacia el seto que cercaba el poblado, observó que un guerrero le
perseguía. Pero alguien hirió al hombre que cayó pesadamente al suelo.
—¡Huye, pequeño «orzowei»! —oyó gritar de nuevo.
Sólo entonces reconoció la voz.
Era Amebais, la vieja borracha, la nodriza, que enfrentándose con el numeroso
grupo de guerreros, protegía su fuga.
Saltó el seto y corrió hacia la selva.
Antes de adentrarse en ella se volvió. Vio que Amebais, alcanzada en la espalda
por la lanza de Mései, caía sin dar un grito.
Entonces se refugió entre los árboles frondosos, mientras los guerreros le
perseguían gritando.

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CAPÍTULO XII

¡A GUA!… ¡agua!… ¡tengo sed!… ¡sed!… ¡Pao, Pao!


Isa se tambaleaba por el ancho sendero de los elefantes; avanzaba
agarrándose a los matorrales, a los bejucos, arrastrándose por el suelo. Y le parecía
que la selva silbaba, gritaba, voceaba tan fuerte, tan fuerte que transformaba el más
ligero gorjeo en un golpe sordo que resonaba, centuplicado, en su cerebro.
Isa no recordaba cuántos días habían transcurrido desde el momento en que,
gracias a la inesperada intervención de Amebais, había logrado salir del poblado.
Le parecía que había pasado una eternidad desde que vagaba por la selva en busca
del río y del sendero que había de permitirle llegar hasta los blancos. Muchas veces,
agotado, se había dejado caer al suelo, sin fuerzas para seguir, debido a las heridas y a
la sangre que había perdido. Pero un rugido o un silbido o el aliento caliente de los
chacales que se acercaban impávidos, como si se dieran cuenta de su debilidad, le
habían dado siempre fuerzas para levantarse y reemprender la marcha.
Ahora había llegado al río. Lo veía correr, a lo lejos, lento, tranquilo.
Pero la fiebre había aumentado.
Había empezado a delirar.
Se arrastraba sin enterarse de nada, sin ver hacia dónde se dirigía; se lanzaba
contra enemigos inexistentes, gritando y gimiendo.
Cayó muchas veces.
Luego, llevado por la misma fiebre y por las pesadillas, se levantaba haciendo
muecas, riendo; gesticulaba, se tambaleaba, daba unos pasos para volver a caer.
De nuevo en pie; luego, de nuevo tendido sobre el suelo afelpado por el musgo o
entre los espinos de un matorral bajo.
Dos hienas lo seguían pacientemente, esperando el momento propicio para hacer
presa en aquel cuerpo extenuado por la fiebre.
Y sus carcajadas comentaban su proceder de loco.
Por fin el río.
Se arrastró hacia él hasta meter la cabeza en el agua. Ésta le devolvió la lucidez.
No debía de estar muy lejos del poblado de los blancos. No creía equivocarse.
Pero estaba seguro de que tenia que cruzar el río.
Se deslizó lentamente, con dificultad, en el agua. Al tocarla sus piernas, sintió un
largo escalofrío y quiso retirarse.
En aquel momento una lanza le rozó un hombro.
Se volvió y vio a Mései que corría hacia él. Le seguían tres guerreros.
—¡Está allí! ¡Está allí! —vociferaba Mései.
Reuniendo, con un esfuerzo desesperado, todas sus energías, empezó a nadar
siguiendo la corriente. No sabia hacia dónde iba ni le importaba.

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Sólo veía a Mései riendo a carcajadas. Mései, que estaba a punto de alcanzarle.
En efecto, el joven guerrero nadaba velozmente hacia él, seguido por sus
compañeros.
Pero Isa a los otros no los veía. Para él sólo existía Mései.
Sentía mucho frío. Le invadió un temblor convulso.
Pero sus manos hendían con fuerza el agua, al mismo tiempo que sus pies,
rítmicamente, le daban velocidad.
Pero él no se daba cuenta.
Luego oyó unos gritos de Mései, pero no oyó sus palabras.
Intentó ir más aprisa.
Si hubiera mirado hacia atrás hubiese visto que sus enemigos alcanzaban la orilla
y desaparecían entre los árboles.
Algo se movió cerca de él y oyó el golpe seco, característico, de unas mandíbulas
que se cierran en vacío.
Pero no sintió escalofríos.
—Prefiero los cocodrilos —pensó— a Mései.
Pero cuando oyó por segunda vez las poderosas mandíbulas de los habitantes del
río, tan cerca de su cuerpo que por un momento creyó que le habían cogido, entonces
intentó desesperadamente llegar a la orilla.
Los cocodrilos le cortaron el camino. Estaban en todas partes. En el centro del río,
detrás suyo, o dormitando al sol en la orilla, pero preparados para zambullirse en el
agua al descubrirle.
Si la fiebre no le hubiese engañado, nunca hubiera nadado en aquel lugar.
No por nada aquel trozo del río era llamado «el foso de la muerte».
Nadie había conseguido cruzarlo en aquel punto donde los cocodrilos reinaban sin
que nadie los molestara.
El peligro le había dado nuevas energías.
Pero no podría resistir mucho rato.
Lo sentía.
Sus brazos, a cada impulso hacia delante se hacían más pesados y obedecían con
fatiga a sus ansias de fuga.
El cerco se estrechaba cada vez más.
Dentro de poco aquella horda hambrienta se disputaría su cuerpo.
Él ya no contaría para nada.
Entonces oyó, muy cercano, un tiro de fusil.
Luego dos, tres, cuatro tiros.
Vio que algunos cocodrilos se retorcían en los espasmos de la muerte, dando, con
la cola, golpes furiosos en el agua.
Pero otros seguían acercándose. Gritó.
Y le pareció que el que gritaba no era él.
Los disparos eran cada vez más frecuentes, más cercanos.

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Levantó la cabeza y vio una barca. De pie sobre ella, dos hombres disparaban.
Alguien le cogió por los brazos. Sintió que le sacaban del agua mientras una gran
descarga de fusilería caía sobre el reptil más atrevido, sobre el que había intentado
cazarlo para si.

Cuando abrió los ojos no adivinó en seguida dónde se encontraba, luego


reconoció la lámpara colgada en la pared de enfrente.
Estaba en casa de Anna.
Llamó.
—¿Tienes sed? —preguntó Irghin acercándose.
—No. Ahora quiero ver a Anna.
—Ahora la llamaré. ¡Mamá, mamá!… Isa se ha despertado. ¡Corre, ven!
La mujer acudió al momento a su lado.
—¿Cómo te encuentras, hijo mío?
Isa la miró a los ojos. Alargó una mano como si fuera a acariciarla, pero se
detuvo.
Anna se la cogió con delicadeza y la estrechó entre las suyas.
—Descansa —dijo—, has estado muy enfermo.
—Los cocodrilos ya no están, ¿verdad?
—No. Y tampoco aquel Mései que te ha asustado tanto.
Isa sonrió.
—Debía de estar yo muy enfermo si consiguió asustarme. ¿Quién me salvó con la
barca?
—Personas que no conoces. Pero ahora descansa. Te prepararé algo caliente y
luego me contarás.
—¿Y Filips?
—Le llamaré en seguida. Ahora descansa.
—No dejes mi mano. Me gusta dormirme así.
Se despertó más tarde.
Anna ya no estaba junto a él.
No se oía ningún ruido en la casa.
A los pies de la cama estaban su arco y la piel de leopardo, manchada todavía por
su sangre y por la de sus enemigos. Se sentó.
Las vendas que le cubrían el pecho y los hombros le producían una sensación
desagradable. Le parecían cuerdas puestas allí para aprisionarle.
Apartó las mantas e intentó levantarse.
Le temblaban las piernas y vacilaban bajo su peso; se le nublaba la vista y sentía
náuseas.
Se arrastró hasta la ventana. Abrió los postigos y miró hacia fuera.
No se veía a nadie en la gran plaza.
Había un carro delante de la casa de Hartje, pero habían desenganchado los

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bueyes.
Sólo el sol, que brillaba con violencia, animaba el espacio. Parecía que hubiesen
abandonado el poblado a toda prisa.
Sobre alguna silla tosca, a la sombra de un porche, había una labor, una cuchara,
un chal, abandonados.
Algo sucedía.
Pero ningún ruido llegaba hasta él, exceptuando un sonido muy lejano, parecido a
un trueno remoto, a un arrastrar de bidones.
Debían de haber pasado pocas horas desde el amanecer.
Más tarde el ruido aumentó en intensidad. Parecía el lamento de la selva
producido por las ráfagas violentas del viento.
Ahora se oía, cada vez con mayor claridad, el rumor de muchos carros en
movimiento y las voces de los hombres que incitaban a los animales. Y los gritos, las
llamadas, las risas, los cantos de una muchedumbre que se acercaba.
Poco después el suelo retumbó bajo los cascos de los caballos y en la plaza
resonaron las voces de los hombres.
Al primer pelotón, compuesto por unos cincuenta hombres, que al llegar
empezaron a quitar las sillas de los caballos, se le unieron en seguida otro y otro más.
Algunos hombres, entre los que Isa reconoció gente del poblado, llevaron los
caballos hacia un gran campo que otros estaban ya cercando.
Isa los observaba con atención.
Era la primera vez que veía a tantos jinetes. Todos estaban armados. Las largas
carabinas brillaban bajo los rayos del sol.
Se sentaron en grupos, en el suelo, a la sombra de las encinas o de las casas, para
esperar la llegada del resto del convoy.
«Han venido para defender al poblado del “kraal” de los “Panteras rojas”», pensó
Isa.
Durante su ausencia los «Panteras rojas» podían haber hecho algo que había
obligado a los blancos a pedir refuerzos.
Pero no sabia si era así.
Y, si no era así, ¿por qué todos aquellos hombres armados?
Entonces, ¿por qué no habían llamado a los soldados?
Cuando llegó el primer carro comprendió que se había equivocado.
Los hombres venían con sus familias.
En poco rato la plaza se llenó de mujeres.
Viejas, jóvenes, muchachas; con niños en los brazos o cogidos a sus faldas, tan
pegados a ellas que les impedían andar.
Y todas hablaban.
Todas a la vez.
Reían, suspiraban, gritaban.
Parecía que todos los habitantes del aire se hubiesen dado cita en la plaza.

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Chillidos agudos, suaves, sordos, parecidos a gorjeos, a trinos; profundos, dulces,
tiernos, roncos, se mezclaban con los gritos de los chillidos, con el llanto de los
pequeños, con el mugido de los bueyes, con las voces de los hombres.
Isa vio a Anna que hablaba acaloradamente, riendo, bromeando, con unas diez
mujeres forasteras, mientras Irghin gesticulaba entre un grupo de muchachas y Stefan
corría como un loco con sus compañeros.
Llegaron otros carros. Bajaron otras mujeres.
La plaza estaba abarrotada de gente, a pesar de que muchos de los recién llegados
habían entrado ya en las casas.
Isa no veía más que cabezas, cabezas y cabezas.
—Habrán venido para construir un poblado nuevo —pensó.
Y miró con ansiedad hacia los campos cercanos, pero vio que sólo plantaban
tiendas: amarillas, marrones, rojas; hechas con pieles, con mantas, con ramas; pero
tiendas, tiendas, sólo tiendas.
El desorden reinó en la plaza durante mucho rato.
Luego los hombres se llevaron los carros; los muchachos fueron detrás de los
hombres y las mujeres quedaron dueñas del campo.
Isa estaba tan absorto con todo lo que veía que no se había dado cuenta de que la
casa se había ido animando. Se movió sólo cuando oyó unos pasos ligeros que se le
acercaban.
Se volvió y vio a Anna con aspecto radiante.
—¿Qué sucede? —preguntó.
La mujer intentó ponerse seria e hizo ver que gruñía:
—¿Por qué te has levantado? ¿No sabes que no te puedes mover?
Pero lo dijo tan de prisa que Isa no entendió nada.
—¡A la cama! —ordenó en cuanto consiguió calmarse.
Cogió al muchacho por debajo del brazo y lo acompañó.
—No debes levantarte, Isa. Todavía no estás curado.
—¿Qué sucede? —repitió el muchacho—. ¿Quién es toda esta gente?
—Compatriotas míos —contestó la mujer.
—¡Qué!
—Personas como yo. Bóers.
Tuvo una idea y añadió riendo:
—Son de mi tribu, ¿comprendes?
Isa, con un gesto, dio a entender que sí.
—¿Adónde se dirigen?
—Permanecerán aquí algún tiempo. Luego seguiremos.
—¿Tú también?
—Sí, todos.
—¿Por qué?
—¿Cómo quieres que lo sepa? Ni por qué, ni adónde iremos. Y los hombres

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tampoco lo saben, al menos eso es lo que dicen.
—¿Por qué?
—Ahora tranquilízate y descansa.
—Estoy bien. Me quiero levantar.
—¿Estás loco? ¿Quieres que coja el látigo?
Isa sonrió.
—Anna, me he curado gracias a ti. Pero ahora ya me puedo mover.
—¡Pero si tus heridas están todavía abiertas!
—Cuando un leopardo caza, le hieren siempre. Pero no espera a que sus heridas
se cierren para volver a cazar.
—No te entiendo. De todas maneras no te moverás.

Isa se vio obligado a guardar cama tres días más.


Le fue imposible fugarse.
La habitación estaba siempre llena de gente que no había visto nunca. Casi todo
eran mujeres.
Se ponían a charlar con Anna y al mismo tiempo le miraban de reojo, con
disimulo.
Nunca, ninguna de ellas se acercó a él.
Sólo Anna.
De vez en cuando entraba algún muchacho y se le quedaba mirando, con una
expresión de asombro tan grande que a Isa le entraban deseos de reír.
Nunca, ninguno de ellos se acercó a él.
Sólo Anna.
Luego llegó el doctor.
Lo visitó con detenimiento y: —Puedes levantarte —le dijo, dándole una palmada
en la espalda.

Irghin iba con él.


En los campos, cientos de carros formaban un círculo triple. Dentro del círculo
más pequeño estaban las tiendas y las chozas. Un poblado importante.
—¿Cuántos son? —preguntó Isa.
—Más de mil personas. Me lo dijo ayer Hartje, que los ha tenido que contar —
contestó Irghin.
—¿Por qué no construyen sus chozas con piedras?
—Se tienen que marchar. Todos nos tendremos que ir al otro lado del río.
—¿Por qué?
—No lo sé. La señora Grimsk dice que es por culpa de los ingleses. Pero yo no
creo lo que dice la señora Grimsk. ¿Sabes quién es? Esa mujer más bien gorda que
tiene un hijo con una cicatriz en la mano…
Isa ya no le escuchaba.

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Irghin charló durante una hora contando todos los chismes del poblado.
Luego volvieron a casa.
Al amanecer del noveno día después de la llegada de la gran caravana, vieron
acercarse, aunque muy lejos todavía, un grupo numeroso de jinetes seguidos por unos
sesenta carros.
Todos les esperaban.
El día anterior un correo había anunciado su llegada.
Muchos fueron a su encuentro; otros les esperaron a lo largo del camino.
Isa dormitaba al sol en un lugar apartado.
En los días anteriores había buscado a Filips, pero sin atreverse a entrar en su
casa. Afuera no le había visto. Dos veces estuvo en el río, pero había tenido que
volver sin conseguir dar con él.
Una pandilla de chiquillos le había seguido mirándole como se mira a un bicho
raro. Y se burlaban de él por las heridas, todavía recientes, que le cubrían todo el
cuerpo.
Sus salvadores contaban cómo le habían encontrado. Y la voz corría entre los
recién llegados y se volvía a hablar del asunto del leopardo. Al «cafre» le pintaron
como a un salvaje peligroso, amigo de la selva y de sus habitantes.
Muchos opinaron que era un brujo poseído por el demonio.
Estas razones, más que suficientes para mantenerlo apartado de ellos, eran buenas
para despertar la curiosidad de los muchachos.
Al «cafre» le trataban como a un animal raro.
Pero Isa no les hacía caso. Estaba acostumbrado a esas cosas.
Los Swazi lo habían tratado siempre así.
Ahora, echado sobre el musgo, sin preocuparse por la llegada de gente nueva,
pensaba en Pao. Tenía que reemprender la búsqueda de su amigo. Pero estaba todavía
débil para ponerse en camino. Los «Panteras rojas» se estaban ejercitando en la selva;
un nuevo rey conducía a la gran tribu. Y los tambores no habían vuelto a hablar. ¿Era
señal de paz, o de guerra?
Absorto en sus reflexiones, no oyó los gritos de alegría de los recién llegados y el
jaleo que reinaba en todas partes.
Si solamente hubiese levantado la cabeza habría visto a la gente abrazarse
(¿cuántos años habían transcurrido desde que se vieran por última vez?) y llorar de
alegría y darse noticias.
Hubiese visto a un hombre bajar de su caballo y saludar con un gesto a los viejos
habitantes del poblado.
Hubiese visto cómo se dirigía, con paso rápido, a la casa de Anna, cómo salía de
ella al cabo de un rato mirando a su alrededor y cómo preguntaba algo a todos los que
encontraba.
Le hubiese visto recorrer el ancho sendero que conducía al río y meterse por las
sendas de la selva gritando en voz alta su nombre.

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Luego el hombre volvió al poblado. Entró en la casa de «Flor de maíz», se asomó
a la gran ventana del centro y dio un grito bestial, capaz de hacer estremecer.
Entre la muchedumbre se hizo un silencio profundo.
Los que no podían ver quién había gritado en aquella forma, cogieron la escopeta,
dispuestos a disparar. Las mujeres, angustiadas, habían cogido y estrechado a sus
hijos entre los brazos.
El grito, el rugido de una fiera herida que se lanza al asalto, volvió a romper el
silencio; luego se cortó transformándose en seguida en un lamento largo y suave.
Isa se había levantado con el arco preparado; pero cuando oyó el lamento de
gacela moribunda, corrió hacia el lugar de la llamada, contestando con el chirrido
agudo y desagradable de la lechuza.
El que llamaba era «Flor de maíz».
Había reconocido la forma imperfecta de imitar el lamento de la gacela. Paul
nunca había conseguido darle la inflexión justa.
Se encontraron en la plaza.
Sus miradas se cruzaron; permanecieron inmóviles mirándose.
Luego Paul le tendió la mano e Isa se la estrechó y la retuvo mucho rato entre las
suyas.
Entonces el hombre le abrazó lleno de cariño.
—Háblame, pequeño salvaje —dijo, revolviéndole el cabello con la mano—. Te
has convertido en un hombre. Eh, ¿qué son estas cicatrices recientes?… No, no me
contestes. Quiero adivinarlo. Huiste y volviste a la selva, ¿no fue así?
Isa bajó la cabeza.
—Es cierto, ¿no?
—Sí, volví al poblado.
—No debiste hacerlo. Si te hubiese ocurrido algo te hubiese echado de menos…
Tenía muchas ganas de volver a estar contigo.
Isa miró al hombre en los ojos.
No mentía.
Se abrazó a él, y se sentía feliz.
—Ven conmigo a casa. Allí hablaremos mejor —dijo Paul.
Un grupo de curiosos estaba a su alrededor. Pero Isa no veía a nadie.
Su alegría era tan grande que todo le parecía esplendoroso, más hermoso que
nunca.
¿Los demás? Él estaba solo en aquel momento. Sólo con Paul. Él y Paul, nadie
más.
En la habitación hablaron mucho rato.
De Pao, de Filips, de los blancos.
—No —le interrumpió en una ocasión Paul—, no te desprecian. No te han
comprendido todavía; eso es todo. Para ellos sigues siendo un salvaje. Verás que
cuando te conozcan mejor, te querrán.

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Luego Isa habló de Mései, de Amûnai, del sacrificio de la vieja Amebais, de los
«Panteras rojas» y de lo que habían dicho los tam-tam.
Paul le preguntó detalles acerca de los guerreros del Gran Rey; sus costumbres,
sus cacerías.
—No, no nos atacarán —le contestó a Isa, que había preguntado algo—; Ciaka
era amigo de los blancos. Existía un pacto entre él y nosotros. Lo mismo ocurrirá con
el nuevo rey.
—¿Te volverás a ir?
—Esta vez me acompañarás. Pero no con esa piel, ¡bandido! Irás vestido como
los blancos —y sonrió.

Al día siguiente Isa y Paul cruzaron juntos el río para ir de caza.


Les acompañaban unos veinte hombres.
Necesitaban mucha carne para alimentar al millar de personas reunidas en el
poblado.
A Isa le permitieron que se pusiera, encima de los pantalones cortos, la piel de
pantera y que dejara en casa la camisa estrecha que, según decía, le reducía la libertad
de movimientos.
Guiaba a los cazadores hacia el grupo de los ñu a los que estaba siguiendo la
pista.
Paul iba detrás de él.
Los demás les seguían a unos cien pasos de distancia.
Cuando atravesaban un pequeño claro, Isa, de pronto, se detuvo.
Paul le imitó, aunque sin comprender el motivo. Tenía confianza en el muchacho
y con un gesto indicó a los demás que se detuvieran también.
Pasaron unos momentos; luego Isa, con un salto de felino, se lanzó hacia delante,
desapareciendo entre los matorrales bajos.
Si Paul no le hubiese visto saltar, hubiera jurado que el muchacho seguía a su
lado. No se había oído ni el más pequeño ruido.
Al cabo de una media hora, Isa volvió a aparecer tan silenciosamente como se
había ido.
—¿Qué pasa? —susurró Paul.
—«Bushmen».
—¿Dónde están?
—Aquí. Por todos sitios.
—¿Qué hacemos?
—Diles a tus amigos que no disparen.
—¿Hay peligro, Isa?
El muchacho sonrió.
—No. Los del pequeño pueblo son mis amigos. Pero que tus hombres no disparen
si no quieren morir.

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—Se lo diré.
—Rápido. Los pequeños hombres están en pie de guerra. Deben de haber sabido
lo que ha sucedido con el poblado de Pao. He visto a uno de ellos; lleva las señales de
la gran lucha. Están dispuestos a matar. Ve, di las cosas con calma y procura que los
demás no se pongan nerviosos. Que mantengan las armas bajas. Un solo movimiento
y las flechas hablarán.
Paul se acercó a los hombres.
Habló en voz baja.
Isa vio como se reunían en círculo y observaban con atención los árboles.
Sonrió.
Los «bushmen» estaban muy cerca de ellos, pero escondidos entre los arbustos.
—«Flor de maíz» —dijo—, ahora daré la llamada de la amistad. Ocurra lo que
ocurra, permanece inmóvil.
Poco después, bajo la bóveda oscura de los árboles de la selva, resonó, repetido
tres veces, el ladrido del chacal y la risa terrible de la hiena.
Dos flechas se clavaron en el suelo a un palmo del muchacho; un arbusto se agitó
ligeramente y de él salió un hombre.
Su pequeño cuerpo estaba lleno de rayas negras.
Se acercó a Isa.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Hermano de tu pueblo.
—¿Quién eres? —repitió el otro.
—Isa, hijo de Pao.
—Y éstos, ¿quiénes son?
—Mis hermanos.
—¿Qué quieren?
—Siguen la pista del ñu. Sus hijos tienen hambre.
—Dentro de poco los ñu estarán muy lejos. En cuanto oigan los lamentos de los
«Panteras» huirán como las nubes empujadas por el viento.
—¿Están aquí los «Panteras rojas»?
—¿Qué sabes tú de los «Panteras rojas»?
—He prometido al Gran Padre que mis flechas se teñirán con la sangre de los
guerreros del Gran Rey hasta que no se borren las manchas de sangre de los hombres
del poblado de Pao.
—Tú sabes muchas cosas. ¿Quién eres?
—Tu hermano, ya te lo he dicho,
—Yo nunca he bebido en tu taza ni me he repartido contigo el antílope. Pero si tú
lo dices, lo eres.
—Mira —dijo Isa, sacando el amuleto que Pao le había dado—. Esto habla por
mí.
El «bushman» se arrodilló a sus pies.

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—Mi hermano tiene sangre noble. Que vuelva hacia atrás con sus amigos. Dentro
de poco las flechas oscurecerán el sol y le podrían alcanzar.
—Levántate. ¿Por qué te arrodillas?
—No puedo obligarte a que te vayas —contestó el «bushman», permaneciendo
arrodillado—, pero escucha. A Pao no le gustaría que la sangre de su hijo manchara el
musgo.
—Quisiera ver a Pao.
—Hace muchos días que sigue la pista. Su corazón está destrozado. Cuando
hable, las flechas darán en el blanco. Ahora vete.
—Mi arco es tuyo. Deja que me quede.
—Yo no puedo mandar al que es mi jefe. Pero te ruego que te vayas y que te
lleves contigo a tus amigos. Mis hermanos se pueden cansar.
—Entonces te deseo una buena caza. Nos volveremos a ver.
—Tú lo has dicho. A ti también, buena caza.
El «bushman» volvió sobre sus pasos y desapareció.
—¿Qué ha dicho, Isa? —preguntó Paul.
—La pista no nos llevará hasta los ñu. Tenemos que volvernos.
—Pero si hasta ahora hemos estado siguiendo…
—Hay que ir a otro lugar. Dentro de poco aquí habrá otra clase de cacería.
—¿No podemos seguir?
—No. Díselo así a los demás.
Volvieron muy tarde al poblado, con sólo cuatro «dix-dix», pero con muchas
cosas que contar.
Sentados alrededor del fuego, hablaron del muchacho, que veía cosas que ellos no
veían y que era amigo del pequeño pueblo.
Y que «presentía» a los animales cuando ellos todavía no habían descubierto el
rastro, y les disparaba, alcanzándoles, cuando ellos todavía no los habían visto.
De esta forma aumentó entre los blancos la certidumbre de que Isa era realmente
un salvaje y de que Paul se había equivocado al creerle blanco.

—¿En qué estás pensando?


—En nada. Espero.
Paul se acercó a la ventana en que se apoyaba Isa.
—¿Crees que los «bushmen» habrán encontrado a los zulús? —preguntó.
—No lo sé.
—Desde que hemos vuelto estás ahí, inmóvil. ¡Siéntate y come!
—No tengo hambre.
Paul miró al muchacho.
—¡Vamos! —dijo.
—¿Adónde?
—Hacia el río.

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—Pero… ¿no estabas cansado?
—Tengo ganas de andar.
—Gracias, «Flor de maíz».
—No lo hago para hacerte un favor, sino porque necesito moverme.
Isa sonrió. Poco antes, Paul se había echado en la cama dando un suspiro de
satisfacción.
Salieron.
Había todavía mucha gente hablando alrededor de las hogueras. Más adelante, en
los límites del poblado, algunos hombres montaban guardia.
Cuando estuvieron cerca del río, Isa se detuvo.
—¡Paul!
—No, no te dejaré ir. Aunque me hayas llamado por primera vez por mi nombre.
Isa inclinó la cabeza.
—¿Qué esperas ahora? —exclamó Paul.
—Pero me dijiste que…
—Que no te dejaré ir solo. Pero no me quiero quedar aquí siempre. Vamos.
Siguieron el curso del río hasta que llegaron al vado y, volviendo a recorrer el
camino por el que habían pasado por la mañana, se adentraron en la selva. De vez en
cuando el rugido de algún animal salvaje rompía el silencio; o los gritos de los
pájaros que se despertaban de repente al oír ruidos extraños, o los aullidos lejanos de
los chacales.
—Hemos llegado —dijo Isa, deteniéndose junto a un árbol muy grande.
—No entiendo nada —contestó Paul—, pero si tú lo dices, así será. No veo
señales de lucha por aquí.
—Aquí no ha luchado nadie.
—¿Entonces?
—No sé. Sigamos.
—¿Será prudente hacerlo?
—La selva es grande y sus peligros son muchos. Pero «Flor de maíz» es un gran
guerrero.
—He comprendido. Si digo que quiero volverme, ya no seré un guerrero.
Sigamos, pues.

Al amanecer volvieron al poblado.


—Buenos días, Paul —saludó el hombre que estaba de guardia—. ¿A estas horas
ya de paseo?
Paul le miró muy serio.
—Estoy de vuelta —gruñó.
—Ésta ha sido una noche de perros. Las hienas y los chacales han estado
rondando el poblado. ¡Han estado aullando todo el tiempo! —dijo el hombre.
—Haberles tirado alguna rama encendida.

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—¡Qué va! No se han acercado. Juraría que estaban muy cerca, pero no he podido
ver a ninguno.
—Isa, ¿lo has oído?
—Sí.
—¿Qué opinas? Yo creo que…
—Yo también —contestó Isa. Le brillaban los ojos—, Nosotros íbamos en su
busca y ellos venían en busca nuestra.
—Entonces hemos caminado inútilmente toda la noche,
—Pero ¿de qué estáis hablando? ¿Os habéis vuelto locos? —preguntó el hombre
que estaba de guardia mirándoles con atención.
—No hemos dormido —Paul se rió— y el sueño se nos ha subido a la cabeza.
¿Qué piensas hacer, Isa?
El muchacho no contestó. Se llevó las manos a la boca y ladró tres veces.
—Si no lo estuviese viendo —le dijo el hombre a Paul— creería que tengo a un
chacal metido dentro de los pantalones.
Isa había terminado apenas, cuando otro ladrido contestó a su llamada.
La señal venía del río.
—Espérame, «Flor de maíz» —gritó, corriendo hacia el bosque.
—¿Adónde va? —preguntó el hombre.
—A buscar a sus amigos, los chacales —dijo Paul—. Y presta atención porque en
un segundo te los podrías encontrar delante.
Entretanto, Isa se había metido entre los espesos matorrales que costeaban el río.
La llamada había partido de allí. Ahora tenía que prestar atención. Los pequeños
hombres se burlarían de él si no lograba descubrirles.
Avanzó durante un rato con paso poco seguro y luego echó a correr.
Se detuvo cerca de un gran arbusto.
—¡Pao! —llamó.
Apareció el «bushman». Su cuerpo estaba pintado de negro, con rayas
horizontales rojas.
—Me han dicho que me buscabas.
—Estaba preocupado por ti, Pao.
—El árbol viejo no teme al rayo.
—Pero si el rayo lo alcanza, ¿qué hará el pájaro que se cobija entre sus ramas
durante las tempestades o descansa en ellas en las noches estrelladas?
—¡Eres un buen hijo, Isa!
—No podría vivir sin ti.
Se sentaron uno enfrente del otro.
Estuvieron largo rato absortos en sus pensamientos. Isa había aprendido de Pao la
inmovilidad y la lentitud en el hablar.
—Es inútil malgastar palabras cuando el pensamiento no es claro —había dicho
en una ocasión Pao—. En la selva, pocos son los que charlan, muchos los que actúan.

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Un leopardo que pasara la noche rugiendo no encontraría a ningún cervatillo en
muchas millas a la redonda. Sólo ruge cuando lo ha encontrado y ya no puede
escapar. Eso es lo que tienes que hacer tú. Hablar sólo cuando la idea esté muy clara
en tu cerebro y cuando sea necesario que los demás conozcan tu pensamiento.
—He visto el poblado —dijo Isa, rompiendo su silencio—. Te busqué y me alegré
al ver que no habías muerto.
—Yo no —contestó Pao—; hubiese querido estar allí.
—Me han dicho que sigues el rastro.
—Ya.
—Pero tu cuerpo está pintado todavía. ¿Por qué no hablan tus flechas para vengar
a las mujeres y a los niños?
—Los «Panteras rojas» se han desviado de su camino y no hemos podido
estrechar el lazo.
—¿Hacia dónde se dirigen?
—Si las señales no me han engañado, se han unido a otros «Panteras», «negras»,
«silenciosas», «astutas».
—No, no te han engañado. Forman el mejor regimiento del Gran Rey.
—Sí, lo sabemos. Los «Panteras negras» han capturado a las mujeres del grupo de
Hoomai. Más de trescientos hombres han vuelto con el Gran Padre. El grupo de
Muser ha corrido la misma suerte con las «astutas». Lo que han hecho las «rojas»…
¡ya lo sabes!
—Mis flechas son tuyas, mi arco es tuyo, tuya es mi vida. Si me juzgas digno de
ello, déjame luchar a tu lado.
—Te has de hacer hombre entre los de tu raza.
—¿Quién fue el que me salvó del «ajé»? ¿Quién me salvó de la selva
enseñándome sus insidias y la manera de vencerlas? Tengo contigo una deuda de
sangre. Y voy a pagar mi deuda. Pero tengo, sobre todo, una deuda de amor. Yo
también tengo algo que decirles a los guerreros del Gran Rey.
—Gracias, hijo. El pequeño pueblo estará contento de que estés con él. Y yo me
alegro.
—¿Cuándo volverás a buscar el rastro?
—Los «Panteras» son muchos y muy fuertes. Muchos hombres de mi pueblo han
vuelto junto al Gran Padre. Nos tenemos que reunir todos… Los poblados son
muchos y están lejos. Necesitaremos días y días para avisarlos. Y el sol tendrá que
salir muchas veces antes de que lleguen todos.
—¿Cuándo crees que podremos movernos?
—Creo que en la próxima luna.
—Mucho tiempo, entonces. ¿Qué hacen ahora tus hombres? ¿Qué ha decidido tu
jefe?
—Que esperemos. Hay algunos que están siguiendo la pista sin hacer ruido. Los
otros, y son los más, esperan en la «ciudad muerta».

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—¿Aquí cuántos sois?
—Tantos como los dedos de tu mano.
—¿Qué vas a hacer?
—Rastrear los senderos.
—¿Puedo ir contigo?
—Puedes.
Permanecieron un rato en silencio; luego, Isa dijo:
—«Flor de maíz» me está esperando. ¿Lo quieres conocer?
—Estaba esperando tus palabras. Por eso he venido.
Isa encontró a Paul dormido junto al hombre qué hacia guardia.
—¡«Flor de maíz»!
—¿Qué sucede? —bostezó Paul.
—Pao te espera.
—¿No puede venir él? —refunfuñó, levantándose.
El «bushman» seguía inmóvil en el lugar en que le había dejado Isa.
—Pao —dijo el muchacho—, éste es «Flor de maíz», mi amigo.
Pao contempló al hombre blanco; luego dijo:
—Sé que eres valiente y audaz.
—No tanto como Pao —contestó Paul, mirando a los ojos al hombre que le estaba
hablando—. La fama de tu valor ha cruzado la selva y ha llegado hasta las chozas de
piedra.
—Las primeras casas conocieron mi paso cuando yo era joven.
—Y muchos blancos conocieron las flechas de tu pueblo.
—Así es la historia de todos los pueblos que tienen que ceder sus tierras a los que
llegan.
—Sí, muchos creyeron ser dueños despóticos y trataron a los de tu raza como si
fuesen fieras. Entonces yo era un chiquillo, pero recuerdo que muchos «bushmen»
murieron así, sin ningún motivo, sólo porque no eran blancos.
—Al admitirlo demuestras ser leal.
—Es la realidad y no se puede disfrazar.
—¿Qué piensan ahora de mi pueblo los blancos?
Paul, pensativo, tardó algo en contestar; luego dijo:
—Quizá no debiera decírtelo, pero me lo has preguntado. Dicen que sois un
pueblo que sólo sabe tumbarse a tomar el sol después de haber comido hasta que se le
hincha el vientre. Eso siempre que consigáis encontrar con qué alimentaros.
—¿Algo más?
—Sí. Que en vuestras cabezas no puede haber pensamientos porque vuestros
cerebros se detuvieron en el principio de los tiempos. En resumen, sois una raza
inferior.
Isa saltó:
—El pueblo blanco no conoce al pequeño pueblo, por eso habla de esa forma.

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Son mejores que los blancos, que los Swazi, que todos. «Flor de maíz», no quiero que
sigas. Di otra palabra y olvidaré que eres mi amigo.
—No —dijo Pao sonriendo—. Que hable el hombre blanco.
—No quería ofenderte, Pao. Si mis palabras te han molestado, te ruego que me
perdones. Pero tú querías saber la verdad, ¿no es cierto?
—Conocía ya tus palabras. Sólo me duelen por un motivo: porque sé que en parte
son ciertas. Isa, yo sabía ya lo que dicen los blancos.
—¿Por qué entonces quisiste que fuese a vivir con ellos? —preguntó el
muchacho.
—Porque son de tu raza. Y me alegro de que seas amigo de este hombre que no
miente. Viviendo con los tuyos podrás hacer algo por nosotros. Y será una batalla
grande y noble, Isa. Podrás hacerle comprender a tu pueblo que somos todos iguales,
para que no exista ni desprecio ni odio. Porque aunque el color de la piel y el corte de
los ojos y la estatura sean diferentes, tenemos un corazón que es igual. Nosotros no
somos ni inferiores ni mejores que los demás, blancos o negros que sean. Lo mismo
que los demás no son ni inferiores ni mejores que nosotros. Unos han sabido
adelantar más, otros menos. Unos luchan con el fusil, otros con el arco; unos viven en
chozas de piedra, otros entre los arbustos. Pero para el Gran Padre todos somos
iguales.
—Ahora comprendo —dijo Paul— por qué tu pueblo te ha elegido como jefe. Ni
siquiera entre los blancos hubiese podido encontrar a un sabio como tú.
—Eres muy amable al decir esto.
—No soy amable, soy justo. Ésta es la verdad.
Isa, emocionado por las palabras de «Flor de maíz», miraba atónito a Pao.
—Yo —dijo cuando consiguió hablar—, yo no sabía. Perdóname, Pao, por todas
las veces que me he atrevido a acercarme a ti sin respeto. Pero, créeme, nadie me
había dicho nunca que tú eras el Gran Rey del pequeño pueblo.
Mientras hablaba se arrodilló. Había estado mucho tiempo al lado de un Gray Rey
sin saberlo. Estaba temblando.
—¡Que tu venganza sea moderada! —suplicó.
—¡Levántate! El amuleto que llevas te ha convertido en hijo del rey. El pequeño
pueblo conoce los signos. El hombre que se arrodilló ante ti había leído bien en el
diente de leopardo. Pero el hijo no debe sentir temor ante el padre; debe solamente
sentir respeto. Y tú eres un hijo muy bueno. Tú, «Flor de maíz», cuida de él cuando
yo le deje para siempre. Porque es un blanco, pero sobre todo porque tiene un
corazón noble y generoso.
—Así lo haré —contestó Paul—. Pero pocas cosas le podré enseñar. Tu escuela
ha sido la mejor. Has hecho de él un muchacho que se convertirá en un hombre sabio
y valiente. Un hombre «de verdad», como decimos nosotros.

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CAPÍTULO XIII

¡F ILIPS! ¡Eh, Filips!


Isa corrió hacia su amigo, que estaba sentado cerca de un carro.
Había dejado a «Flor de maíz» dormido, cansado después de la larga caminata
nocturna por la selva y por los sucesos de la vuelta.
Tras haber saludado a Pao y de prometerle que al cabo de dos días se encontrarían
de nuevo, Paul había ido a hablar con un hombre que acababa de llegar y que todos
llamaban amistosamente «Andries». Había hablado mucho rato con él; luego había
vuelto a su casa y se había echado en la cama. Y seguía durmiendo.
Filips sonrió.
—Sabía que habías vuelto —dijo.
—He mirado por todas partes con la esperanza de encontrarte, pero…
—Podías haber ido a mi casa.
—A mí… no me lo permiten.
—Mi padre no hubiese dicho nada. ¿Sabes que ha vuelto Paul?
—Le he visto. Vivo con él. ¿Y el «dix-dix»?
—Lo tengo atado en la huerta. Ha crecido mucho y se quiere escapar.
—Ya.
—¿Vamos al río?
—Como quieras.
—¿Me dejarás volver a tirar con el arco?
Isa sonrió.
—¿Sigues queriendo que sea amigo tuyo? —preguntó a su vez.
—Eres el único amigo que tengo. Paul es amigo mío, pero es mayor. Los otros
chicos no quieren ir conmigo porque… —bajó la cabeza y murmuró— porque no
puedo correr como ellos.
—Pero tú vales cien veces más que ellos. Sabes disparar flechas y dar en el
blanco. Conoces la llamada y el idioma del pequeño pueblo. Ahora aprenderás
muchas cosas más. Y yo estaré contigo.
—¿Siempre?
—Siempre. Así lo ha dicho «Flor de maíz». Viviré con él y por lo tanto estaré
contigo. Ahora tengo que seguir una pista, pero no tardaré en volver.
—¿Te volverás a marchar?
—No, ahora no.
—¿Puedo ir contigo?
—Me parece que no. Esa lucha no tiene nada que ver contigo. Tú eres un blanco.
—Tú también.
—Yo no sé lo que soy. Soy Swazi, soy «bushman», soy blanco. Y es posible que

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no sea ninguna de las tres cosas o que sea las tres a la vez. Mira, soy como la gran
pantera. Ella también es una, pero su manto es de tres colores. Sí, me llamaré
«Pantera», «Ágil pantera». ¿Te gusta?
—Sí. «Ágil pantera»… un hermoso nombre. ¿Y yo?
—Tú…
—¡Lobo! «Gran lobo». ¿Te gusta?
—Los mejores guerreros Swazi se llaman «lobo». No, no me parece bien. Le diré
a Pao que te busque un nombre. ¿Sabías qué es el Gran Rey del pequeño pueblo?
—No. ¿Y tú?
—Me lo ha dicho «Flor de maíz».
—¿Y él cómo lo ha sabido?
—Lo sabía.
—Entonces Pao ya no será amigo tuyo.
—Él será siempre amigo mió. Es más que eso. Es mi padre.
—Pero tú eres blanco; no eres un «bushman».
—Él me ha elegido como hijo. El diente de leopardo habla. Mira.
Filips contempló el diente de leopardo con sus extrañas inscripciones.
—¿Y es tu padre siendo el Gran Rey?
—Aunque sea el Gran Rey.
—¿Lo podré conocer?
—Mañana le veré y te llevaré conmigo.
—Estoy contento, Isa.
—Ahora vayamos hacia el río. Cógete a mi cuello.
Isa le volvió la espalda y oyó que Filips se levantaba agarrándose al carro.
—¿Preparado?
—¡Adelante! ¡Vamos!
—Pero…
Isa se volvió y vio a su compañero de pie delante de él; se apoyaba en dos gruesos
bastones en forma de horquilla.
—¿Qué son? —preguntó, asombrado.
—Muletas. Muletas que ayudan a andar al que tiene una sola pierna, como si
tuviese las dos.
—¿Mu… letas? —Isa miraba maravillado—. ¿Andas con ellas?
—¡Vamos! —dijo Filips riendo.
Avanzaba rápidamente.
Había estado ensayando en su casa durante días y días. La primera vez le había
parecido que todo daba vueltas a su alrededor, y si su padre no hubiera estado allí
para sujetarlo se hubiera caído.
Más tarde había dado la vuelta a la habitación y había intentado andar por el
huerto cuando nadie le veía.
Isa estaba asombrado.

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Cuando se serenó aplaudió y gritó:
—¡Eres estupendo, estupendo, estupendo!
Y se colocó al lado de su compañero, que caminaba dando grandes zancadas.
—¿No te parece también un invento maravilloso? —preguntó Filips.
—¿Invento?
—Si. Una cosa bien hecha.
—Muy bien hecha.
—¿Sabes quién me las ha regalado?
—¿Quién?
—Lee esto.
En un lado de una muleta había unas letras grabadas. Isa las miró; luego dijo:
—No sé leer esas señales.
—Pone: A mi amigo, para que pueda ir siempre hacia delante. —PAUL.
—¿«Flor de maíz»?
—Sí. Él me las regaló.
—¡Es un mago!
—Las vio en la ciudad y me las trajo.
—¿Es difícil andar con ellas?
—No. Cuando lleguemos a nuestro sitio te las dejaré probar.
—¡0h, si!
Isa se sentía realmente muy feliz.
Ahora su amigo podría ir siempre con él. Le llevaría a la selva para enseñarle
cosas que no había visto nunca.
Y además cazarían.
Vagaron toda la mañana por la selva. Isa intentó andar con las muletas, pero se
cayó varias veces. Su compañero se reía.
Aquel día Isa comió en casa de Filips, con mucha vergüenza al principio, por
estar sentado a la mesa con gente desconocida. Pero la presencia del amigo le ayudó a
vencer la timidez y, quizás por primera vez en su vida, rió y bromeó largo rato y se
sintió contento de sí mismo y de los demás.
Paul les fue a ver más tarde.
Hablaba con los padres de Filips y de vez en cuando tomaba parte en los juegos
de los muchachos, riendo y bromeando con ellos.
—¡Vamos, ahora, ranita! —dijo, golpeando amistosamente la espalda de Isa—.
Filips tiene que descansar y nosotros tenemos trabajo.
—¿Nos veremos mañana? —preguntó Filips.
Isa miró a Paul y éste contestó:
—Sí, vendrá si lo quiere tu padre.
—¿Si lo quiere? Es la primera vez que veo a mi hijo reír desde que sucedió… lo
que sucedió. Y todo el mérito es del…
Estuvo a punto de decir «cafre», pero no pudo pronunciar la palabra.

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—… de este buen muchacho. Desde que le conoce ha vuelto a comer con apetito
y a preguntarme si hay algo que pueda permitirle caminar. Por eso te pedí que le
compraras las muletas. Antes no quería ni oír hablar de ellas. ¿Lo recuerdas?
—Sí, había perdido la confianza en si mismo.
—Bueno, pues este muchacho —y señaló a Isa— se la ha devuelto. ¡Que Dios le
bendiga! ¡Y pensar que un día le di unos latigazos…! Cada vez que quieras venir a
ver a Filips —dijo dirigiéndose a Isa—, ven tranquilamente. Esta casa es tuya.
Isa inclinó la cabeza turbado.
Entonces se le acercó la madre de Filips.
—Me gustaría decirte que vinieras a vivir aquí con nosotros. Pero sé que quieres
estar con Paul. Mi marido te ha dicho que nuestra casa es tuya. Yo añado que en esta
casa eres como un hijo. ¡Gracias, querido muchacho, gracias!
Y, abrazándole, le besó.
Entonces Isa no pudo más y se alejó corriendo.
Paul lo encontró llorando.
—Ven —dijo—, nos tenemos que ir. No, no te seques las lágrimas. Llora. Muchas
veces es necesario hacerlo. El beso de la madre de Filips era el beso de tu madre.

Pao les estaba esperando.


—¡Éste es Filips! —dijo Isa, señalando a su amigo.
El «bushman» le miró.
—Una pequeña flor blanca que salta como el topo del desierto.
—¡Le gusta estar conmigo!
—Porque a ti te gusta estar con él. La flor que abre su corola invita a la mariposa.
Tú le has recibido y él ha venido.
—Quiere conocerte. Conoce nuestras palabras.
—Has sido un buen maestro. Ven, muchacho. Acércate.
Filips avanzó con temor.
Aunque delante de él había un hombre pequeño, medio desnudo, pintado de rojo
y de negro, Filips no podía olvidar que era un rey.
Y un rey, para un muchacho, aunque sea de raza distinta, aunque no lleve capa de
armiño, sino sólo un tinte sobre la piel desnuda; aunque, en lugar de sentarse en un
trono en un salón lujoso, se encuentre en medio de una vegetación exuberante donde
en lugar de columnas de blanco granito haya solamente troncos oscuros que se elevan
hacia el cielo, un rey, para un muchacho, es siempre un rey.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Pao.
—Filips.
—Sabe tirar con el arco y ahora aprenderá a cazar —dijo Isa—. Ha aprendido a
caminar con esos dos palos y se convertirá en un buen guerrero. ¿Tú qué opinas, Pao?
—Claro —afirmó el hombre—, puede aprender igual que los demás. Sentaos.
Filips se sentó en el suelo junto a Isa.

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—Ahora que vuelves a andar —dijo Pao, después de un largo silencio—, ¿sigues
deseando estar con Isa? ¿No preferirías jugar con tus compañeros?
—Isa es el mejor de todos.
—Ahora, en la selva. Pero ¿y cuando viváis en las nuevas casas de piedra?
—Seguirá siendo el mejor.
Pasaron otros minutos en medio del más completo silencio.
Luego Pao gritó y en seguida salieron de los arbustos, chillando, unos diez
«bushmen». A una nueva orden de Pao apuntaron a Filips con sus arcos.
Éste se había puesto pálido y miraba, temblando, a Isa. Pero no gritó.
Se quedó sentado a su lado, confiado, aunque temblando seguía los movimientos
de los pequeños hombres.
Pao levantó una mano y los guerreros desaparecieron.
—¿Por qué no has gritado? —le preguntó al muchacho.
—Estaba seguro de que no me iban a hacer daño —contestó Filips—. Si no, Isa
me hubiese defendido.
—Tienes confianza en él y esto es importante. Sabes tirar con el arco, ¿verdad?
—Sí; Isa me ha enseñado a hacerlo.
—Fíjate en el pájaro de aquella rama. Toma mi arco.
Filips cogió el arma y se levantó, apoyándose en las muletas.
—La flecha tiene que pasar entre las patas del animal sin herirle.
La flecha pasó entre las patas del animal, que desapareció volando.
—Bien. Un león, aunque esté cojo, sigue siendo un león. Estoy satisfecho de tu
amigo, Isa. —Y dirigiéndose otra vez a Filips, dijo: —El arco es para ti. Pao te lo
regala.
Filips se sonrojó por la alegría y apretó contra su pecho el arco como si temiese
que alguien se lo quitara.
En aquel momento llegó Paul.
—¡Mi caballo es tuyo, así como es tuya mi casa, oh Pao!
—Mi corazón es tuyo —contestó el «bushman». Háblame según te dicte el
corazón, pues tus palabras me dan a entender que me quieres pedir muchas cosas.
—Así es. Pero les diré a los muchachos que se vayan.
—¿Serán siempre muchachos? —preguntó Pao.
Paul le miró asombrado.
Pero no consiguió leer nada en aquella cara impasible que parecía tallada en
madera.
—¿Por qué? —preguntó a su vez.
—¿Serán siempre muchachos? —repitió Pao.
—No. Dentro de pocos años serán hombres.
—Cuando el leopardo va de caza no aleja a sus pequeños. Enséñales lo que tienen
que hacer.
—Pero no les puedo revelar cosas que tienen que permanecer en secreto.

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—¿Qué clase de hombres serán si no les demostramos confianza? Serán como los
perros de los poblados que sólo saben hacer lo que se les ordena. Cuando se les deja
en libertad en la selva se mueren.
—Si trascendiera una sola palabra, oh Pao, alarmaría a cientos de personas y
provocaría quizá desórdenes y daños.
—Ellos no hablarán.
—La responsabilidad será tuya, Pao.
—La responsabilidad será de ellos. Si creen que sabrán guardar en sus corazones
lo que van a oír, que se queden. Si no es así, que se vayan.
Paul miró a los muchachos.
Éstos no se movieron.
—Habla entonces —dijo Pao.
—Antes tengo que contarte algunos hechos para que comprendas el porqué de
muchas cosas. Hace mucho tiempo, no puedo decirte cuánto, pero creo que hará un
centenar de años, los blancos desembarcaron en estas tierras. Eran nuestros
antepasados. Bóers. Se hicieron amigos de las tribus de los hotentotes, se
establecieron en todas partes, hasta los campos más lejanos, y construyeron sus casas.
La vida era dura y los peligros muy grandes. Sequía, inundaciones, ataques de
animales, lucha contra los salvajes. Pero vencieron estas dificultades. Luego llegaron
los ingleses y actuaron como dueños y señores. Ahora, su orgullo, el desprecio que
sienten hacia nosotros, nos obliga a abandonar las tierras que cultivaron nuestros
abuelos. Tenemos que buscar nuevos pastos, nuevas tierras. Dentro de cinco meses
empezarán las grandes lluvias. Para entonces, el grupo que acampa junto a este
poblado tendrá que haber ocupado las tierras nuevas. Andries, el jefe de ese grupo, ha
hablado conmigo, para que busque el lugar.
—¿Qué quiere de mí tu jefe? —preguntó el «bushman».
—Mira, los cafres…
—¿Quiénes son?
—Los zulús. Hasta ahora fueron amigos nuestros. Ciaka había pactado con
nosotros. Pero Isa me dice que Ciaka ha muerto y Dingaan no ha hablado todavía.
Andries ha visto cosas que no le han gustado. Hay poblados indígenas abandonados.
¿Por qué? ¿Es que hay guerra? ¿Qué prepara Dingaan? Lo que mi jefe quiere es saber
de ti el porqué de estas cosas. Yo le he dicho que tu pueblo está en el sendero de
guerra y que vuestros cuerpos están pintados para atemorizar a los enemigos. He
hablado de los «Panteras rojas». Pero Andries piensa que a lo mejor se trata sólo de
una guerra entre vosotros. Dingaan no atacará a los blancos.
—Dingaan piensa y ordena. Pero Pao no es Dingaan y no puede saber lo que
piensa y ordena el Gran Rey. Dile a tu jefe que yo sé solamente que los guerreros del
Gran Rey han atacado mis poblados y que tengo que luchar para que no aniquilen a
mi pueblo. Tú tienes que buscar tierras para los tuyos. Búscalas. Pao te desea que
encuentres un lugar bueno; no puedo hacer nada más.

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—Tus hombres están en la selva. Ven y oyen cosas que nosotros no vemos ni
oímos. Tú nos las podrías dar a conocer.
—¿Pides algo más?
—La selva es tu reino. Conoces como la palma de tu mano los senderos que la
cruzan. ¿Qué camino deberán seguir los carros? ¿Adónde podemos ir?
—Más allá del río, hacia las grandes colinas.
—¿El camino?
—El sendero de la sed, cerca del vado, es ancho. Los carros pueden pasar por allí.
—Otra cosa, Pao. No hace muchos días, algunos poblados nuestros han sido
atacados. ¿Es cierto?
—Por todos sitios se veía el humo de los incendios y los lamentos de los heridos
se perdían en el aire. Algunos amigos tuyos han sido asesinados.
—¿Por quién?
—Creo que eran grupos aislados. Mis hombres no vieron regimientos.
—Estas noticias —dijo Paul, dirigiéndose a los muchachos— no deben ser
conocidas en el poblado. Gracias, Pao. No tengo que preguntar nada más.
—«Flor de maíz» —preguntó Isa—, ¿por qué huís ante los que vosotros llamáis
ingleses? ¿Son de otro color?
—Son blancos —contestó Paul—. Blancos como tú y yo. Pero hablan otro
idioma, son de otro pueblo.
—Si son blancos, no son de otro pueblo.
—Bueno, los Swazi son negros, ¿no?
—Si.
—Los zulús son negros, ¿no?
—Si.
—Pero los zulús no son Swazi, ¿verdad?
—No, pero pertenecen al mismo pueblo. Otras tribus, pero el mismo pueblo.
—Entonces es lo mismo que los ingleses. Otra tribu, pero el mismo pueblo.
Paul intentó explicar lo mejor que supo el espinoso asunto. Dijo también que los
zulús habían luchado contra los Swazi a pesar de pertenecer al mismo pueblo. Pero
Isa no se convencía.
Entonces Pao intervino:
—Escucha, Isa. ¿Pueden pacer cien búfalos en el pequeño espacio que puede
cubrir la sombra de un árbol? No; por eso buscan más pastos. Mas en éstos, que no
puede cubrir la sombra de mil árboles, sólo hay un búfalo. Pero tiene mil cuernos y
mil patas. Todos los búfalos que se le acercan son derrotados y expulsados. Entonces
la manada debe ir en busca de nuevos pastos. Eso es lo que les sucede a «Flor de
maíz» y a los suyos. Mira, el hombre blanco hace muchas cosas, ha sabido hacer y
seguirá haciendo muchas cosas. Pero ya no tiene corazón. Ya no sabe amar. Fíjate en
nosotros, los hombres de los arbustos. No hemos hecho muchas cosas. Vivimos así,
desnudos como los padres de nuestros padres. Nuestra única riqueza es el arco. En

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comparación con el hombre blanco nos falta todo. Muchas veces incluso la carne.
Tendríamos que aprender del hombre blanco. Pero no queremos, porque no queremos
perder el corazón. Somos más felices que ellos. Nosotros miramos hacia el Gran
Padre y Él nos ayuda. Ninguno de nosotros dejaría morir de hambre a un hermano
mientras le quedara una sola raíz para repartir con él. Nadie lo expulsaría. Si hay un
lugar, un solo lugar libre, el hermano llama al hermano. El hombre blanco ya no hace
eso. Ha perdido su alma. Y en su lugar ha puesto piedras que brillan y fusiles que
matan. Y paga con piedras a sus hermanos para convertirlos en esclavos y con los
fusiles mata a los que no se quieren dejar comprar. El hombre blanco tendría que
acercarse a nosotros y nosotros deberíamos acercarnos a él. Sólo así, quizás, ambos
podríamos mejorar.
«Flor de maíz» inclinó la cabeza.
—Así es —dijo—; eres realmente un sabio, Pao. Nuestro pueblo necesita
personas como tú.
—No; tu pueblo sólo necesita una cosa. Necesita volver a tener confianza en su
hermano y a amarle; necesita volver a encontrar su alma.
En aquel momento apareció un hombre en el sendero y se detuvo jadeando
delante de Pao.
Isa se levantó de un salto. «Flor de maíz» también se había vuelto y le miraba.
El cuerpo del «bushman» brillaba por el sudor abundante que le cubría y que
había disuelto la pintura mezclándola con el polvo del camino y daba a su cara enjuta
y doliente un aspecto diabólico.
Filips, asustado, había cerrado los ojos.
El costado derecho del hombre estaba desgarrado; sólo una lanzada lo podía
haber abierto de aquella manera. A pesar del vendaje primitivo, hecho con grandes
hojas, la sangre bañaba su cuerpo.
Isa tardó en reconocer en él a Hoomai, el jefe del grupo que vivía a lo largo del
río.
Los guerreros que acompañaban a Pao se habían acercado y esperaban en
silencio.
—Descansa —dijo Pao—; miraré tu herida.
—Han sucedido muchas cosas —contestó Hoomai, con fatiga—. Escúchame.
—Antes miraremos tu cuerpo; luego escucharemos —repitió Pao—. Échate.
—¡Pero antes escúchame!
—¡Échate!
Hoomai obedeció.
Pao arrancó las hojas y contempló la herida.
Dio en voz baja unas órdenes a sus hombres y en seguida le llevaron hojas y agua.
Pao bañó los bordes del largo corte con el jugo que sacó de las hojas machacadas;
luego puso otras encima, las ató fuertemente con la camisa que Paul le ofreció, le
hizo beber al herido una infusión de hierbas que llevaba siempre consigo y,

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sentándose, dijo:
—Ahora puedes hablar, Hoomai. Te escuchamos.
—El sol ha salido seis veces desde que sucedió lo que te cuento. Yo, con quince
de los mios, seguía la pista, como tú nos ordenaste que hiciéramos. Todo el «kraal»
de los «Panteras» caminó muchas horas hasta alcanzar el pie de las montañas por el
lado del «gran valle». A la puesta del sol se les unió otro «kraal».
—¿Qué señales llevaba?
—Un león sobre fondo negro y cuatro líneas blancas en un lado.
—¡El cuarto regimiento!
—Por la noche llegó otro grupo. El gran escudo llevaba un «ajé» en el centro y
ocho rayas negras. Y al amanecer se les unió el grupo de los «Ñu», con siete rayas
negras. Dejé a los otros en la pista y subí a la montaña. Ahajo, a lo lejos, en el fondo
del valle vi una nube blanca. Cuando bajé, los guerreros del Gran Rey habían
desaparecido. Leincio me señaló la selva; estaban escondidos. Mandé a Leincio a ver
qué era la gran nube. Volvió por la noche. Al día siguiente, veinte guerreros zulús
fueron al encuentro de una columna que avanzaba. Pero sus cuerpos no llevaban las
señales y sus escudos eran blancos.
—La señal de la amistad —le interrumpió Isa.
—Sí. El grupo llegó hasta los carros. Los hombres blancos hablaron con ellos. Y
cuando, por la noche, llegaron cerca de donde estábamos, los blancos encendieron las
hogueras, y comieron y cantaron. El grupo lo hizo con ellos. Luego, las mujeres y los
niños entraron en los carros. Más tarde les siguieron los hombres. Sólo unos pocos se
quedaron junto al fuego. El grupo se quedó también. Cuando salió el sol, los carros
empezaron a moverse. El grupo de los guerreros del Gran Rey iba a la cabeza. Los
hombres blancos les seguían a caballo. De pronto un grito terrible. Los carros se
detuvieron; por el lado opuesto al que estábamos nosotros atacaron los zulús. Los
blancos disparaban. Unidos en grupo rechazaron el primer asalto. Entonces descubrí
que los que habían atacado no eran los «kraals» que seguíamos nosotros, sino otros.
El gran valle estaba lleno de guerreros del Gran Rey. La batalla duró muchas horas.
Los blancos hicieron retroceder sus carros y se defendieron bien. Ellos también eran
muchos. Con ellos estaban los guerreros de «casacas rojas». Los «Leones» se
lanzaron al ataque; después lo hicieron los «Ñu» y los «Ajé». Muchos blancos
cayeron. Los «Leones», los «Ñu» y los «Ajé» los atacaron por un flanco y los blancos
retrocedieron aún más. Pero los tres «kraals» eran terribles. Destruían. Sólo entonces
se movieron los «Panteras negras». Se lanzaron chillando sobre los carros y mataron
a las mujeres y a los niños. Los mataron a todos. Cuando vi a los pequeños
atravesados por las dagas o tirados con violencia al suelo y pisoteados, cuando vi eso
olvidé que sólo tenía que seguir la pista. Los otros también. Olvidamos que éramos
pocos y nuestras flechas hablaron. Cayeron muchos «Panteras», sobre todo «rojas».
Luego algo me hirió y perdí el conocimiento. Me despertaron más tarde los aullidos
de los chacales y los gritos de los buitres. El valle estaba lleno de muertos. Mis

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compañeros han vuelto con el Gran Padre. Ahora serán felices.
Pao no había pestañeado. Parecía que mirara un punto indefinido por encima de
los árboles.
Pero «Flor de maíz» no había podido disimular sus sentimientos y había estado
maldiciendo todo el rato a los bárbaros asesinos. Filips tenía lágrimas en los ojos.

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—Puedes descansar, Hoomai —dijo Pao. Seguía impasible—. Pero antes dime:
¿quién mandaba a los chacales?
Todo su odio se reveló al pronunciar la palabra «chacales», dicha en tono tan
despectivo que Isa le miró.
Nunca le había oído hablar de aquella manera.
—Los mandaba Dingaan, el Gran Rey —contestó Hoomai—. El gran valle ha
presenciado su primera victoria.
—No verá otras —dijo Paul.
—Los guerreros del Gran Rey son luchadores muy fuertes. Y Dingaan sabe lo que
quiere. La lucha será dura y larga.
Pao hablaba lentamente, absorto.
—Dingaan triunfará. Destruirá a los blancos y a cualquiera que se oponga a sus
deseos. Su plan es astuto. Preparar trampas organizadas para los distintos grupos y
destruirlos… Escucha, «Flor de maíz». Han ocurrido hechos nuevos que han turbado
tu corazón, como han desgarrado el mío. ¿Crees que tu jefe, cuando los conozca,
querrá todavía ponerse en camino?
—Creo que sí. Tenemos que buscar nuevos pastos.
—Te he indicado el sendero. Si me entero de algo nuevo te lo diré.
—¿Es una despedida?
—Si os queréis ir, éste es el momento para hacerlo. Más tarde Dingaan os cortará
el camino.
—No nos podremos mover antes de diez días, preparándolo todo muy aprisa.
Esperamos a un nuevo grupo.
Pao meditó. Luego llamó a sus hombres.
—Al salir el sol estaréis en la «ciudad muerta». Hoomai y yo nos quedaremos con
el hombre del cabello dorado.
—Pero yo… —murmuró Hoomai.
—Lo sé. Nuestras flechas no permanecerán inmóviles. Creo que seremos nosotros
los que daremos la orden de ataque. Ya no encontraremos a los «Panteras rojas»
aislados de las demás. Dingaan se ha movido y con él sus guerreros. Atacarán. Pero
¿a quién si no a los blancos? Nuestros poblados están destruidos o abandonados. Lo§
Swazi, los Pondo, los Tembú, los Mascona y todos los demás Bantú están bajo el
dominio del Gran Rey. Éste atacará a los blancos. Están aquí, son muchos y se
disponen a partir. ¿Ves, «Flor de maíz»?, haremos algo más de lo que nos has pedido:
¡iremos contigo!
Sonrió.
Luego, dirigiéndose a sus hombres, siguió diciendo:
—Amoe, Kroíir, Simai, volved a seguir la pista. Otros se os reunirán mañana.
Ahora os podéis ir todos.
Se alejaron, unos para seguir a los guerreros del Gran Rey, otros para dirigirse a la
«ciudad muerta».

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Cuando se perdieron de vista, Paul preguntó:
—¿Quiere Pao venir a nuestras casas?
—Las casas de piedra —fue su contestación— cierran los oídos. Gracias, pero no
iré. Habla con tu jefe y comunícame lo que decida. Es importante.
—Así lo haré. Adiós. Nos volveremos a ver cuando salga el sol.
—Cuando salga el sol.

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CAPÍTULO XIV

F ILIPS fue a cazar por primera vez en su vida.


Y quizá la selva vio por primera vez a un muchacho cojo tirando con su arco
a las gacelas.
El muchacho se sentía feliz. Pero más feliz que él se sentía Isa, que no cabía en sí
de alegría. También «Flor de maíz» y Pao, que habían seguido a los muchachos en su
excursión, estaban contentos.
Habían transcurrido cuatro días desde que habían oído juntos lo que contara
Hoomai. Estaban esperando al último grupo para ponerse en camino.
Andries Pretorius, el jefe de la expedición, había dado ya las órdenes para una
salida inmediata.
Quiso ver a Pao y estuvo mucho rato hablando con él. Nadie supo nunca de qué
hablaron, pero desde aquel día se vio entrar muchas veces a Pao en el carro de
Pretorius y permanecer largo rato en él.
Mientras los muchachos cazaban y los dos hombres hablaban sentados sobre un
montículo cubierto de hierba, un silbido agudo, acompañado por el aullido del chacal
y la risa de la hiena, dominó todos los ruidos de la selva.
Pao se quedó inmóvil como si no hubiese sucedido nada, pero «Flor de maíz» se
puso en pie de un salto.
—Es uno de los de tu pueblo, ¿verdad? —preguntó.
—Sí. Y le persiguen. El silbido lo dice. No te muevas. Isa se está arrastrando
hacia el mensajero.
—¡Pero va en dirección opuesta a la llamada!
—No te preocupes, encontrará al que ha dado la señal. Ahora acércate al
muchacho que da saltos y quédate con él. Yo me voy con Isa.
Paul obedeció.
—¿Qué sucede? —preguntó Filips.
—Nada.
—¿Por qué se ha ido Isa? ¿Quién era el que silbaba?
—Es una señal. Esperemos.
Pasaron muchos minutos. Les parecieron horas.
Alrededor de los dos, inmóviles como estatuas, la selva sólo parecía viva por el
alboroto infernal de los pájaros y los gritos de los monos.
De pronto Pao e Isa aparecieron junto a ellos. Se sentaron en silencio; Isa estaba
nervioso. Por la expresión de su rostro se veía claramente que quería hablar.
Pero esperaba que Pao se lo ordenara. Al fin, éste le preguntó:
—¿Qué?
—Era Komien, del grupo de Hoomai. Nadie ha avisado a Cim-ao, ni a los grupos

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que le siguen. Los hombres que mandaste encontraron a los «Panteras astutas».
Komien les vio cuando seguía la pista. Los «Panteras» les habían cortado la cabeza.
—¿Quién era el que cazaba a Komien?
—Un grupo de «chacales». Ahora los está haciendo retroceder. Si consigue
hacerles perder su rastro, volverá más tarde.
—¿Quiénes son los guerreros que le persiguen?
—Ya te lo he dicho, «chacales».
—¿Quiénes son? —repitió Pao.
Isa bajó la cabeza.
—Me han dicho que eran Swazi. No está muy seguro, pero dice que sus ojos
tienen una mirada buena.
—¿Swazi? —exclamó «Flor de maíz», que había seguido con atención la
conversación.
—Sí —repitió Isa—. Komien dice que llevan el escudo del Gran Rey con un
antílope pintado.
—Komien se puede equivocar —dijo Pao.
Pero no estaba convencido de ello. Lo decía sólo porque adivinaba lo que estaba
pasando el muchacho.
—No, padre —murmuró Isa—. Sólo algunas tribus llevan en su escudo de guerra
el antílope. Esas tribus son Swazi.
—Esto quiere decir —comentó Paul— que los Swazi se han unido a los guerreros
del Gran Rey.
—¡Son «chacales», no Swazi! —exclamó Isa con vehemencia—. Mi tribu no
quiere al Gran Rey ni a sus guerreros. Los «antílopes» de la selva han luchado
siempre contra ellos. Sólo unos «chacales» se han podido unir a ellos. ¡Los otros no!
—Tú perteneces a otro pueblo —dijo Pao— y podrías odiar a los que te echaron
del poblada y te trataron siempre como un «orzowei». Pero tu corazón es generoso.
Has vivido muchos años con ellos y no puedes despreciarlos porque has aprendido a
conocerlos. Los amas, como amas al pequeño pueblo y a los de tu raza. Esto llena de
alegría mi corazón. Estoy orgulloso de ti.
—Tú no crees que todos los Swazi estén con el Gran Rey, ¿verdad?
—Aunque estuvieran, eso no puede hacer cambiar una opinión. ¿Quién es el que
no se equivoca alguna vez? Así —continuó, dirigiéndose a «Flor de maíz»— los
peligros aumentan. Dingaan ha conseguido que todos los negros se rebelen contra
vosotros.
—Si, me parece que es así, como tú dices —contestó Paul.
—Los hombres del antílope han seguido a Komien. Quieren saber dónde se
esconde mi pueblo. Ésta es una deuda vieja y la quieren saldar. ¡Pero verán
demasiado pronto a los pequeños hombres!
—¿Qué piensas hacer?
—Hacer funcionar la trampa. Pero necesito a los hombres del desierto. Somos

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todavía demasiado pocos.
—¿Quieres que vaya a llamarles? —preguntó Isa.
Pao le miró.
—¿Has oído? —dijo—. Los que yo mandé son ahora pasto de los grandes
pájaros. ¿Por qué tendría que mandarte a ti, que no eres de mi pueblo?
—Tú mismo has dicho que soy tu hijo. Y me has tratado siempre como a un hijo.
He cazado contigo y he comido la misma carne. Mi arco y mi corazón son tuyos.
—¿Qué dice «Flor de maíz»? —preguntó Pao.
—Me enviaste al muchacho para que yo lo educara como a un blanco, puesto que
es blanco. Pero un hombre blanco es siempre leal, no traiciona a los amigos. Sabe
mantener su palabra. E Isa ha hecho una promesa. Esta caza, como él la llama, tiene
que hacerla contigo. Me ha pedido permiso y se lo he dado. Ésta será su última
batalla como hombre de la selva. Luego vivirá en las casas de piedra y hará todo lo
que hacen los hombres blancos. Pero ahora está contigo.
—¿Conoces el sendero? —le preguntó Pao a Isa.
—Hasta la tierra del fuego. Después, no.
—Tienes que andar durante tres días por la tierra que quema, hacia las montañas
de la sed. En esas montañas está Cim-ao.
—¿Qué debo decirle?
—Hablarle de los «Panteras rojas».
—¿Algo más?
—Que Pao sigue el rastro y le espera. Buena caza, hijo.
—Buena caza, a ti también.

Al amanecer del sexto día, Isa dejó detrás la ardiente sabana y se adentró por el
terreno pedregoso del desierto.
El sol nacía entonces en el horizonte.
Apareció de repente y parecía una bola de fuego a punto de estallar.
Isa lo miró maravillado.
Pero luego la luz deslumbrante le obligó a caminar con los ojos medio cerrados.
El calor era ya fuerte.
Se metió por una garganta de paredes cortadas a pico y crestas de ángulos agudos.
El terreno estaba lleno de grandes guijarros y piedras. Más adelante, unos
guijarritos pequeños como granos de maíz, crepitaban de una manera extraña al soplo
ligero del viento.
Siguió durante más de una hora por el desfiladero; luego subió por una pequeña
cuesta y hundió los pies en la arena finísima de color de oro.
Le acompañaba un zumbido continuo. Parecía como si le siguieran miles de
insectos.
Durante las horas más calurosas se detuvo al pie de un grupo de acacias que
extendían sus ramas resecas en forma de sombrilla.

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Depositó la piel de leopardo sobre aquellas ramas y buscó alivio en la sombra.
Pero la arena sobre la que se echó ardía tanto como el aire que respiraba.
Deslumbrado por la luz tan fuerte intentó dormir, pero el calor y la sed se lo
impidieron.
Hacia la puesta del sol, la lucha repentina entre un serpentario y una víbora
cornuda le detuvo, lleno de curiosidad.
El pájaro había caído, de improviso, frente al reptil que se arrastraba hacia un
arbusto bajo.
La víbora se enderezó frente a su enemigo, hinchando el cuello. Pero el ave no se
atemorizó.
Desplegando un ala, corta y llena de protuberancias óseas que hacían de ella una
formidable arma ofensiva, la colocó frente a sí como escudo para sus piernas y la
parte inferior de su cuerpo.
La serpiente silbó más fuerte. El pájaro siguió inmóvil.
Enhiesto sobre sus patas parecía una estatua. Sólo el penacho, encima de su
cabeza, oscilaba ligeramente.
En aquel momento, con el pico curvado y fortísimo, dispuesto al ataque y la
mirada fija en el reptil, era la imagen magníficamente demostrativa de la fuerza del
pueblo alado.
De pronto el reptil se lanzó.
Un salto, un golpe de un ala, una sacudida.
El pájaro volvía a estar inmóvil en su sitio dispuesto a la lucha.
La serpiente silbaba con rabia.
Volvió a saltar con tanta rapidez que Isa casi no se dio cuenta.
Pero el pájaro, con la misma rapidez brincó hacia un lado, hacia el otro; saltó,
volvió a permanecer inmóvil, con el penacho tieso, frente al enemigo.
Si Isa no hubiese estado siguiendo con atención sus movimientos habría
asegurado que los dos animales no se habían movido de sus posturas primitivas.
El ataque se repitió dos veces más. Luego el serpentario pasó a la ofensiva.
Saltó, retrocedió, atacó. Se echó hacia un lado, hacia el otro. Saltó hacia todos
lados. Sus movimientos eran tan rápidos que parecía que no tocara el suelo.
Con un ala golpeaba fuertemente, repetidamente, mientras ofrecía al diente
venenoso de su adversario el extremo de su otra ala que le servía de escudo.
Así, mientras el reptil agotaba inútilmente su veneno, mordiendo las plumas
insensibles, el pájaro seguía atacando.
La serpiente, aturdida, vaciló y cayó.
El ave la cogió y la lanzó repetidamente al aire. Cuando no tuvo ya fuerza para
moverse, el pájaro, con un picotazo, le partió el cráneo.
Poco después, sujeta con delicadeza por la cola, desaparecía en el estómago voraz
de su adversario.

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Sólo cuando el sol desapareció de repente detrás de las bajas colinas de arena, Isa
sintió un poco de alivio. El aire y la tierra se refrescaron rápidamente y el muchacho
se envolvió con placer en la piel del leopardo.
Hizo un pequeño hoyo en el suelo y se echó en él. Podía respirar a pleno pulmón.
A su alrededor, ninguna voz, ningún ruido, ningún zumbido de insectos. Entonces
Isa comprendió la grandeza, la majestad y la calma del desierto.
Por sus ojos, llenos todavía de destellos del sol, pasaron visiones fascinantes,
luminosas, fantásticas. Poco a poco se nublaron, se hicieron confusas y terminaron en
un profundo sueño restaurador.

Después de tres días de marcha por el desierto llegó a las «Montañas de la sed».
En su camino las había visto ya, lejanas, azuladas.
Las había visto al amanecer y al atardecer, cuando se teñían de púrpura bajo los
rayos del sol.
Ahora le ofrecían una visión grandiosa.
Se recortaban claras sobre el cielo limpio, deslumbrante. Según la profundidad de
las grietas, el negro de las rocas adquiría tonalidades distintas.
Isa buscó un sendero y se encaminó por él.
Durante dos días subió y bajó por cuestas empinadas, dando el grito de llamada.
Una noche le atacó una manada de perros salvajes hambrientos. Buscó refugio en
una roca y aceptó la batalla.
Los perros ladraban continuamente a sus pies mientras intentaban alcanzarle. Sólo
se detenían para devorar los cuerpos de los compañeros muertos; luego, aullando
tétricamente, procuraban alcanzar la roca saltando. Isa tuvo que expulsar a
cuchilladas a los más atrevidos y luchó cuerpo a cuerpo con más de uno. Sólo al
amanecer la manada se alejó. En el suelo no quedaron más que los huesos
descarnados de los que habían muerto.
Isa estaba agotado.
Tenía que encontrar en seguida a Cim-ao. Sobre todo para poder apagar la sed que
le atormentaba.
Llevaba dos días sin beber.
Se dirigió hacia el oeste. Pero si durante la noche había tenido que luchar contra
una manada hambrienta, durante el día tuvo que enfrentarse con algo más tremendo
todavía que una bandada de perros aulladores.
Sobre el desierto se desató una tormenta.
El viento que soplaba con violencia desde hacía unas horas, después de unos
momentos de tregua había vuelto a silbar con enorme fuerza, levantando en el aire
grandes columnas de arena que se arremolinaban sobre el llano, arrastrando y
destrozando todo lo que encontraba a su paso.
El sol, al iluminarlas, las hacía parecidas a columnas de fuego que, de repente, se

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volvían de un horrible color negro.
Y el viento las separaba y las reunía en un solo remolino y las levantaba hasta las
nubes. Refugiado detrás de una peña, Isa miraba con terror la furia desencadenada de
los elementos.
Luego, el viento disminuyó y acabó por cesar del todo. Pero el aire se hizo
sofocante: un vapor ligero, rojizo, ofuscó el cielo; la niebla se hizo más espesa, le
rodeó y sumió al desierto en la oscuridad.
Isa sintió que la sangre le latía con fuerza en las venas y, sin darse cuenta, empezó
a gemir.
A mediodía se levantó un viento suave pero ardiente, que le dio un dolor de
cabeza sordo, somnolencia y dificultad al respirar.
Las ráfagas de viento se hicieron cada vez más frecuentes y el ciclón avanzó,
tronando, silbando, aullando.
Levantaba la arena en tremendos torbellinos. El bochorno aumentaba y parecía
que todo quemara.
Isa, con la lengua seca y pesada, observaba atontado los remolinos que
bailoteaban delante de él, mientras el aullido del viento le penetraba en el cerebro.
Permaneció inmóvil durante unas horas.
Luego le pareció que un monstruo, un enorme monstruo de fuego, con las fauces
completamente abiertas, se le echaba encima.
Se levantó de un salto, gritando.
El monstruo alargó unas patas finas, vaporosas, para rozarle.
Dando un chillido, Isa dio un salto hacia atrás. El monstruo retrocedió, pero
volvió en seguida al ataque.
Esta vez le dio de lleno a Isa.
Y sintió como lo levantaban en el aire y vio que la montaña se acercaba cada vez
más. Pensó que el monstruo le tiraría, le golpearía, le haría pedazos contra las rocas.
Gritó, con más fuerza que el viento, con más fuerza que el trueno.
Luego, cuando ya la montaña parecía estar a pocos pasos de distancia —sentía
que las rocas rozaban su piel—, el monstruo le abandonó. Así, sin motivo alguno.
Se desvaneció en el aire, dejándole en el suelo sangrando por la boca y por la
nariz.
Pero otro monstruo llegó a toda velocidad. Isa lo vio, pero no tuvo fuerzas para
gritar.
El monstruo se reía y sacaba fuego por la boca. Se reía con ironía y crueldad.
Quería devorarle. Luego Isa le vio la cara.
Era la de Mései. Un Mései malicioso, triunfante. Pero ¡oh!, el monstruo tenía otra
cabeza. La cabeza de una serpiente cobra; pero no…, era el brujo; o no, un
leopardo… Sem-husci. ¿Pero cuántas, cuántas caras tenía el monstruo?
Todos reían, reían, reían.
El monstruo le quería matar y ellos se reían. Si tenia que morir, lo mejor era

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hacerlo luchando. Se puso en pie. Lanzó con desesperación la llamada del pequeño
pueblo y se abalanzó contra el monstruo diabólico.
Pero algo le golpeó.
Sintió un fuerte dolor en la nuca y cayó pesadamente sobre la arena ardiente.

—Soy Cim-ao… Soy Cim-ao.


La voz era dulce, suave.
Isa no lograba comprender cómo se encontraba entre los hombres que había
buscado tanto.
Sólo sentía un fuerte dolor en la cabeza y una gran languidez por todo el cuerpo.
—¿Cómo es que estoy aquí? —dijo.
—Te recogimos en el desierto. El viento de fuego se había apoderado de ti.
—La cabeza… ¿quién me ha golpeado?
—Recuerda —murmuró Cim-ao, dirigiéndose a los hombres que estaban con él.
—Mira —dijo—, te hemos visto luchar contra las grandes columnas de arena. Ésa
es la primera manifestación de locura. Si hubieses permanecido otro poco allí, tu
cuerpo estaría ahora sepultado bajo el manto ardiente del desierto. Uno de los
nuestros te golpeó. Lo sentimos. Que el hijo del Gran Pao nos perdone. Pero es mejor
el golpe de nuestro bastón que estar a merced del simún.
—¿Simún?
—El gran viento. El viento de la muerte. ¿Sabes quién soy?
—Cim-ao. Te reconozco. El jefe de los poblados del desierto.
—Bien, ¿y tú quién eres?
—¿Por qué me lo preguntas?
—Responde: ¿quién eres?
—Isa. Mohamed Isa.
—Bien, ahora estoy seguro. El viento de fuego no te ha enloquecido. Ahora
habla. ¿Por qué el hijo de Pao, nuestro hermano predilecto, ha venido solo a la tierra
de fuego?
—Pao me envía.
—¿Qué quiere el sabio?
—Está siguiendo el rastro y te espera con los grupos que dependen de ti.
—¿Dónde espera?
—Yo te guiaré sobre sus huellas.
—Bien. Mañana partiremos.

Al amanecer del día siguiente volvieron los mensajeros de Cim-ao con los grupos
que habían ido a buscar. Las mujeres y los niños seguían a los guerreros.
Nadie preguntó nada. Sólo Cim-ao había preguntado con quién se tenían que
enfrentar.
—Los guerreros del Gran Rey —fue la contestación.

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Se pusieron en camino formando una Fila muy larga y sólo se detuvieron muy
tarde por la noche. Así lo hicieron durante dos días.
Cim-ao enseñó a Isa cómo apagar la sed. Le mostró en algunos terrenos más bajos
(entre enormes extensiones de esparto) una fruta grande como un globo. Cogió
algunas y las partió. En su interior había un liquido espeso, amarillento.
—Bebe —dijo—. Es el agua del «tsama».
Era buena, dulzona; apagaba la sed.
—Si vuelves al desierto, recuérdalo. El «tsama» es la vida.

—Reconozco los lugares —dijo Cim-ao.


—Estamos cerca de la «ciudad muerta». A la derecha estuvo el poblado de Pao —
contestó Isa.
—¿Estuvo?
—Sí; luego pasaron los «Panteras rojas».
—¿Es con ellos con quienes nos enfrentaremos?
—Con ellos y con todos los guerreros del Gran Rey.
—El sol del desierto ha secado la punta de mis flechas. Tienen sed. ¡Beberán
sangre zulú!
—Calla —susurró Isa—. ¿No oyes nada?
El «bushman» se detuvo, escuchando.
Luego, volviéndose hacia sus hombres, dio un largo silbido y todos se
escondieron entre los arbustos.
—Muchos hombres —dijo Cim-ao.
—¡Ya están aquí!
Vieron avanzar unos guerreros zulús por entre los matorrales en los que se habían
refugiado.
Isa apretó con fuerza su arco.
Sobre el escudo de los hombres campeaba la pantera roja.
Pasaron muy cerca de ellos.
Caminaron un buen trecho por entre los hombres del pequeño pueblo. Pero la
inmovilidad de los «bushmen» era tal que no advirtieron su presencia.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó Isa—. Los hombres de Pao deberían haberles
visto.
—Mira —susurró Cim-ao.
En el centro de la fila de guerreros caminaban dos hombres blancos. Sus casacas
rojas estaban hechas jirones; no tenían armas. Les habían atado los brazos detrás de la
espalda.
—¡Prisioneros!
—¿Son de tu grupo? —preguntó Cim-ao.
—No les conozco. Hay muchos blancos que yo no conozco. Pero es muy extraño
que los guerreros del Gran Rey hayan hecho prisioneros.

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—Sí, es raro.
—¿Qué haremos, Cim-ao?
—Tenemos que alcanzar a Pao.
—¡Han pasado los «Panteras rojas»!
—Pao nos espera.
—Hubiese sido un buen golpe.
—Es un buen golpe.
—¿Qué quieres decir?
—¿Cuánto falta todavía para llegar a la «ciudad muerta»? —preguntó Cim-ao a
su vez.
—Medio día de camino.
—Bien.
El «bushman» dejó pasar un rato y luego ladró como un perro del desierto.
En seguida, de los lados del sendero salieron sus hombres.
Llamó a seis o siete y les mandó acercarse a él.
—Los «Panteras rojas» no deben perderse en el desierto —les dijo sonriendo.
Los hombres asintieron y se alejaron.
—Ahora rápido —les dijo a los demás. Y volvió a andar con paso veloz por el
sendero.

En la «ciudad muerta» se unieron a otros grupos.


Pao no estaba allí.
Su último mensaje (de tres días antes) les ordenaba que esperasen.
Cim-ao no descansó.
Confió su grupo a Ramo, uno de los ancianos; llamó a unos diez guerreros y con
ellos volvió por el mismo camino que habían recorrido.
Isa les siguió corriendo.
Cuarenta millas de carrera son una cosa normal para un «bushman». El veneno de
sus flechas actúa lentamente y por lo tanto tienen que perseguir durante muchas horas
a los animales heridos.
Y cuando el animal, como sucede a menudo, es un corredor ágil, lo tienen que
perseguir manteniendo su misma velocidad.
Es cosa de ejercicio, y de fuerza y de resistencia.
Isa estaba acostumbrado a ello. Desde pequeño, para huir de los compañeros;
luego, en los años en que había sido «bushman», para cazar.
Corrieron durante cinco horas; por último, un silbido les hizo detener. Era
Karkum.
—Los «Panteras rojas» están cerca. Ahora han reemprendido la marcha —dijo.
—¿Y los hombres blancos?
—Siguen en el centro de la fila.
—Hay que conseguir que vivan.

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—Bien.
Cim-ao, después de haber meditado un plan de acción, habló lentamente durante
largo rato.
Cuando el grupo se volvió a poner en marcha, cada hombre sabia lo que tenía que
hacer.
Más tarde encontraron a los demás exploradores. Habían alcanzado a los
«Panteras rojas».
Los siguieron hasta muy tarde por la noche y cuando aquéllos se detuvieron, cada
hombre desapareció por su cuenta.
Isa se acercó al lugar donde estaban los prisioneros.
Su misión consistía en protegerlos durante el ataque y, si era posible, liberarlos.
Había pedido un puesto en la batalla, un puesto desde el que sus flechas pudiesen
hablar mucho.
Pero Cim-ao se había negado.
—Lo que tú tienes que hacer es tan importante como cualquier otra cosa para que
nuestro ataque tenga éxito. Tú eres el único que puede hablar con los blancos. Yo no
puedo hacerlo.
Cuando los zulús se reunieron alrededor del fuego para comer, el aullido del
chacal resonó en el aire.
Un aullido extraño; un aullido lleno de alegría mal contenida. Los guerreros
negros se pusieron en pie y en el mismo momento salieron disparadas las flechas.
Pasado el primer momento de confusión, los «Panteras rojas» se dividieron en
pequeños grupos.
Las flechas volvieron a silbar, pero esta vez las lanzas respondieron.
Pronto los gritos de guerra y de dolor se mezclaron bajo la bóveda oscura de la
selva.
Los prisioneros se habían puesto en pie de un salto, pero no se movían. Cuatro
hombres les vigilaban desde cerca.
El lugar de la lucha se estaba desplazando. Tal como lo había dispuesto, Cim-ao
atrajo a sus adversarios para que Isa tuviera libertad de actuar con los prisioneros.
Pero los hombres que montaban la guardia no se movieron.
Entonces el muchacho entró en acción. Desplazándose ligeramente, se colocó
delante de los guerreros y apuntó al primero de ellos, que cayó sin dar ni un grito; los
demás se adelantaron.
Isa se corrió hacia la derecha y volvió a tirar.
Así lo hizo cuatro, cinco veces más. Los guerreros creyeron que estaban
rodeados.
Isa llegó muy cerca de los prisioneros y les susurró en lenguaje bóer:
—Escuchadme bien.
No se movieron.
—Retroceded lentamente y huid por el sendero. ¿Comprendéis?

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Afirmaron con un gesto.
Isa reemprendió sus movimientos tirando flechas contra los adversarios. Cuando
ya no vio a los blancos, volvió a tirar dos veces más y se alejó.
Habían burlado a los «Panteras rojas».

Encontró a los blancos, que huían excitados.


Les cortó el camino de repente.
Los dos hombres se detuvieron jadeando. Le miraron y miraron a los arbustos
cercanos, luego uno de ellos dijo algo en un idioma desconocido para Isa y de pronto
se lanzaron sobre él como catapultas.
Pero sus brazos abrazaron el vacío y cayeron pesadamente al suelo.
Isa había esperado, muy quieto, hasta que llegaron a un palmo de su cuerpo;
luego saltó a un lado.
—Seguidme —dijo en bóer.
—¿Quién eres?
—Un amigo.
—¿Qué quieres?
—Seguidme.
Dejó el sendero y se metió entre la espesa vegetación, seguido por los dos
hombres.

Cim-ao se reunió con ellos en la «ciudad muerta».


Traía las lanzas de los vencidos. Pero la lucha había sido dura. Sólo le seguían
cuatro hombres. Los otros cazaban ya para siempre en las selvas del Gran Padre.

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CAPÍTULO XV

D OS días después de estos sucesos (Isa había acompañado a los prisioneros de los
zulús, que resultaron ser dos oficiales ingleses, al lugar donde se encontraba
«Flor de maíz»), los bóers se pusieron en marcha.
Andries Willem Pretorius, seguido de veinte jinetes, cabalgaba a la cabeza de la
columna.
Detrás de ellos seguía el primer carro tirado por unos bueyes lentos, pero fuertes.
Y detrás de éste otro y otro más. Una fila larguísima. Más de cuatrocientos carros que
se balanceaban crujiendo sobre el camino recién abierto.
Comenzaba el gran éxodo. Mil quinientas personas obedientes a las órdenes del
osado Pretorius, que se había puesto a la cabeza de aquel pueblo fuerte para liberarlo
del yugo de los ingleses.
Pasó un día entero antes de que todos los carros vadeasen el río.
«Flor de maíz» y Pao con veinte hombres más precedían de una jornada al grupo;
tenían la misión de buscar los vados mejores y de señalar cualquier novedad.
Isa iba con Filips. Sentado junto a su amigo cantaba y bromeaba, mientras en el
aire resonaban los gritos guturales de los hombres que incitaban a los bueyes.
Así fue como empezaron a avanzar, en busca de nuevas tierras, de nuevos pastos.
Un poco cada día, lentamente.
Y las ruedas crujían, chirriaban, saltaban dejando atrás una nube gris que se
perdía en el aire, como si quisiera esconder los lugares donde habían vivido hasta
entonces aquellos hombres.
Adelante, siempre adelante.
Los bueyes empezaron a dar señales de fatiga y las paradas se fueron haciendo
más frecuentes y más largas.
Muchos murmuraban.
Sólo Pretorius cabalgaba impertérrito a la cabeza, bromeando, riendo; sin
cansarse nunca de nada, siempre vigilante, sereno.
Era el alma del grupo. Bastaba su presencia para dar ánimos a los hombres.
Avanzaban. Lentamente, pero avanzaban. Pasaron días y días y días.
A veces las ruedas se hundían en la arena, otras en la maleza reseca, otras en el
musgo suave.
Unas veces faltaba el agua, otras la carne, otras todo.
Pero la larga caravana de carros seguía avanzando.
Nada nuevo, sólo el paisaje. Pero ante sus ojos cansados todo aparecía igual.
¡Adelante, adelante!
Y llegó el verano ardiente que lo quemó todo. Parecía que el sol golpeara con
grandes mazos las cabezas de los hombres. Sólo las mujeres parecían no darse cuenta

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de ello. Hablaban de tortas, de dulces.
La Navidad se acercaba. Una Navidad llena de verano, con un sol que derretía los
cerebros de las personas.
Pero ya estaban acostumbrados. La Navidad con nieve era sólo un recuerdo lejano
de los más viejos.
—Faltan veinticinco días…
—Faltan veintidós días…
—Faltan diecinueve días…
Los muchachos sentían la misma inquietud. Filips no hablaba de otra cosa. Isa no
lo comprendía.
No lo comprendía, sobre todo porque no lograba explicarse que gente que amaba
tanto a aquel Dios que, según decían, había nacido para morir de amor, para hacernos
comprender que somos todos hermanos, que esa gente que le amaba tanto, no hacía lo
que Él había hecho: amar a los demás.
No lo hacían; de eso estaba seguro.
Por ejemplo, a él ¿quién le amaba?
Aparte de Filips y de «Flor de maíz», ¿quién le amaba? Le soportaban, porque era
amigo de alguno de ellos. Le soportaban como soportaban a Pao, porque les era útil.
Pero en sus ojos y por sus gestos comprendía que no les amaban.
—Faltan dieciocho días…
¿Para celebrar qué? ¿El desamor?
Los muchachos soñaban con los ojos abiertos. Los días les parecían lentos,
lentísimos; casi interminables.

Las lanzas hablaron. Repentinamente. Nadie se había dado cuenta de nada.


Los carros se estaban reuniendo en círculo cuando un hombre gritó. Cayó boca
abajo, mientras su caballo huía asustado.
Luego cayeron otros hombres, mujeres y muchachos.
Entonces contestaron los fusiles.
Pero nadie comprendía lo que sucedía. Era un infierno. Todos gritaban, chillaban,
lloraban, corrían de un lado para otro sin saber adónde iban, con los brazos
levantados y el rostro desencajado. Y nadie sabía de quién huían o contra quién
disparaban.
En medio de aquellos gritos se alzó la voz poderosa y metálica de Pretorius.
Las mujeres, abrazadas a sus hijos, se acurrucaron en los carros del centro. Los
hombres se colocaron alrededor de los que formaban el círculo exterior.
Otro grito de Pretorius y reinó el silencio. Un silencio lleno de ansiedad, de
miedo.
Sólo se oyó el aullido del chacal interrumpido por la risa horrible de la hiena. Y a
muchos el grito les puso piel de gallina.
El chacal aulló durante toda la noche. Sólo enmudeció al amanecer.

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Pero otro aullido contestó a la llamada.
—Es Pao —dijo Isa dirigiéndose a Pretorius.
Estaba cansado. Había estado lanzando durante toda la noche la llamada del
pequeño pueblo.
—Gracias —dijo Pretorius—. Eres un muchacho estupendo.
Isa no contestó.
—¿Dentro de cuánto tiempo llegará el jefe de los «bushmen»?
—Ya está aquí.
En efecto, al poco rato se le acercaron Pao y «Flor de maíz».
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Paul.
—Ayer noche nos atacaron.
—¿Quién?
—No lo sabemos. Todo sucedió tan de repente… ¿No habéis visto nada?
—Nada.
—Si no averiguamos quién nos ataca y cuántos son, no nos podremos mover de
aquí. Y éste no es un lugar a propósito para defenderse.
—Ahora sabrás lo que quieres —dijo Pao.
—No —protestó Paul—, déjame ir a mí. Es mi gente la que está en peligro.
—Las flechas son más silenciosas que tu largo tubo y los pasos del pequeño
hombre más ligeros que tus botas de clavos. Ven, Isa —dijo Pao.

Volvieron al cabo de dos horas.


—Los pájaros gritan y saltan entre las ramas y los monos chillan.
—¿Nadie? —preguntó Paul, asombrado.
—Nadie. Sólo sus huellas.
—¿Cuántos eran? —preguntó Pretorius.
—Pocos. No más de veinte —contestó Isa.
—¿Por qué nos han atacado entonces?
—Seguramente para atemorizarnos —murmuró Pretorius pensativo—. Tenemos
que marcharnos en seguida.
La larga columna reemprendió la marcha.
—Swazi —le decía Isa a «Flor de maíz»—, eran Swazi. Sus lanzas nos lo han
revelado.
Los dos cerraban la marcha del grupo.
Pao se había ido.
—Volverán y entonces serán muchos —había dicho— y los «Panteras rojas»
estarán con ellos. Mi pueblo lo tiene que saber.
A la cabeza, caminaba Hoomai. Pao no había querido llevárselo.
—Debes tener los ojos muy abiertos. Dentro de poco llegarán los guerreros del
Gran Rey. Isa marcha a tu espalda. Si es necesario, da la llamada.
Hoomai había obedecido a desgana. No quería que su jefe recorriera sólo los

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senderos.
Anduvieron todo el día sin descansar. Pretorius quería poner mucha distancia
entre su grupo y el enemigo.
Se detuvieron cuando el sol empezó a esconderse entre los árboles. Estaban
colocando los carros en círculo cuando el aullido del chacal resonó, siniestro, por el
estrecho claro.
El grito se repitió tres veces, precedido siempre por el silbido de la serpiente.
Pretorius se acercó al pequeño grupo donde estaban Isa y Hoomai.
—Es Simmú —dijo Hoomai después de haber escuchado con atención la llamada
—. Uno de los hombres que siguen la pista.
—Sigue a los guerreros del Gran Rey —le aclaró Isa a Pretorius.
Hoomai se alejó silenciosamente.
—¿Qué sucede? —le preguntó Paul cuando volvió.
—Son muchos los guerreros del Gran Rey.
—¿Cuántos?
—Numerosos como las langostas en un campo de maíz. Sus lanzas, disparadas a
la vez, oscurecerían el sol.
—¿Cuántos? —repitió Paul.
—Simmú ha visto más de veinte signos diferentes en los grandes escudos. Y sus
compañeros también.
—¿Qué significan esos signos? —preguntó Pretorius.
—Las insignias de las distintas tribus zulús —explicó Paul—. Por lo que cuentan
me parece que tenemos contra nosotros a unos cuarenta batallones.
—¿Dónde están?
—A un día de distancia —contestó Hoomai— y se dirigen hacia aquí.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé —fue la contestación del «bushman».
—¿Le podemos creer? —preguntó Pretorius.
—Sí —contestó Paul—; sus noticias siempre han sido exactas.
—Tenemos un día de ventaja —dijo Pretorius, pensativo. Una arruga profunda le
cruzaba la frente.
—Los guerreros del Gran Rey marchan de noche también —dijo Isa.
—El peligro es grave.
—Dame un puñado de hombres, Pretorius —exclamó Paul—; intentaré entretener
a los diablos negros.
—Seria un sacrificio inútil. Tenemos que permanecer todos juntos. Avisad al jefe
que dentro de una hora nos pondremos en marcha.
Reemprendieron la marcha dominados por el terror de un ataque por sorpresa.
En los carros las mujeres rezaban en voz baja. Los hombres no gritaban.
Las aguijadas se clavaban en la piel de los bueyes hasta hacerles sangre, para que
avanzaran con más rapidez. Los nervios estaban en tensión, preparados para captar el

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menor ruido.
Marcharon durante tres días y tres noches sin detenerse un instante.
—¡Tenemos que llegar a las colinas! —Pretorius las señalaba. Estaban todavía
lejos, envueltas en una niebla azul—. ¡Sólo allí nos podremos defender!
Ya no tuvieron tiempo para buscar agua. Y la sed empezó a torturar a los hombres
y a los animales.
Muchos bueyes no pudieron soportar la tremenda fatiga y cayeron bajo el yugo.
Pero la caravana seguía.
Sólo se detuvieron una vez junto a un pequeño riachuelo.
Todos corrieron hacia él para beber largos tragos. Luego avanzaron de nuevo.
Escaparon durante cuatro días a los guerreros del Gran Rey. Al quinto día
aceleraron el ritmo ya rápido de la marcha. Unos cincuenta, entre hombres y mujeres,
cayeron agotados a lo largo del camino.
Alguno ya no se volvió a levantar. Su cuerpo fue asaltado por los buitres y sus
huesos quedaron allí indicando el camino que había seguido el grupo.
No se podían detener para enterrarlos.
A otros, los parientes que no tenían ni fuerza para llorar, los habían tendido en sus
carros.
Pero Pretorius ordenó que los sacaran.
Les amenazaba el peligro de una epidemia.
Las lanzas volvieron a aparecer al amanecer del séptimo día de la huida. Y eran
mucho más numerosas que la primera vez.
—¡Rápido, Pretorius! —gritó Paul—. Lleva al grupo a las colinas. Nos
reuniremos con vosotros dentro de poco.
Se quedaron con él unos cien hombres. Hoomai e Isa estaban a su lado.
Y mientras el grueso de la caravana se alejaba, los hombres se apostaron entre las
rocas, los troncos, los matorrales de la abrupta pendiente.
Los zulús estaban cerca.
Se deslizaban silenciosamente por el terreno para situarse en lugares favorables al
ataque.
—«Ciervos blancos» —dijo Hoomai.
—Y «Panteras rojas» —añadió Isa, señalando a un guerrero que corría hacia un
matorral.
La flecha de Hoomai cortó su carrera.
Un grito y más de veinte guerreros se lanzaron al ataque. Los fusiles dispararon:
no falló ningún tiro y ya nadie se movió.
Durante más de media hora sólo se oyó a lo lejos el grito de los pájaros.
De pronto, Paul y sus compañeros vieron aparecer ante ellos a los zulús.
La lucha se hizo violenta, pero no duró más de veinte minutos. Los negros se
retiraron.
Quedaron muchos en el suelo. Pero los blancos también pagaron su tributo.

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—¡Adelante! —ordenó Hoomai—. Tenemos que hacerles retroceder mucho si
queremos que nuestros amigos se puedan alejar sin que les ataquen de nuevo.
Los persiguieron durante todo el día y varias veces tuvieron que retroceder ante
sus violentos ataques. Sólo se volvieron cuando vieron que el número de sus
enemigos seguía aumentando. Al día siguiente alcanzaron los carros.
Pretorius, al verles, comprendió lo mucho que les había costado detener a los
guerreros del Gran Rey.
Ante él sólo tenía a veinte hombres, contando a Isa y a Hoomai. Más de ochenta
habían pagado con la vida un día de marcha del grupo hacia las colinas.

—¡Dentro de nueve días será Navidad! —murmuró Filips—. Pero me parece que
no será una Navidad agradable.
—Aunque sea en plena gran caza, será una Navidad agradable —contestó Isa—.
¡Mientras estemos juntos, todos los días serán hermosos!
Pero se tuvieron que separar.
Los carros se habían detenido en una estrecha garganta. Pretorius había ordenado
que bajaran todos los hombres y hablaba con los más viejos.
Poco después Filips tuvo que seguir a las mujeres y a los otros muchachos. Un
centenar de hombres los escoltaban por las colinas, mientras los demás disponían los
carros en un gran cuadrado.
Un riachuelo pequeño canturreaba muy quedo entre las rocas.
—Aquí —les dijo Pretorius a los hombres (unos quinientos) cuando se reunieron
a su alrededor—, aquí resistiremos el ataque de los zulús. Si logran pasar habrá
sonado la última hora para nuestras mujeres y nuestros hijos.
—¡No pasarán! —gritaron todos.
Isa se acercó a Paul.
—«Flor de maíz» —dijo—, ha llegado el momento.
—Si —sonrió el hombre.
Hoomai miraba inmóvil ante si. Echado junto al carro, esperaba.
—Es posible que más tarde conozcamos al Gran Padre —dijo Isa.
—Es posible —repitió Paul.
—Si vamos allí, cazaremos siempre juntos en sus selvas. ¿Me dejas ir contigo?
—Si vamos, estaremos siempre juntos.
—Aunque tenga que morir, me siento feliz.
—El hijo del corazón de Pao —interrumpió Hoomai— ¿no oye nada?
Isa escuchó.
—Sí —dijo luego—, muchos gritos.
—Mi pueblo ha encontrado a los «Panteras rojas». ¿Oyes?
—Sí.
El grito de batalla de los «bushmen» se oía claro, preciso.
Luego un grito terrible, salvaje, lo dominó.

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Las hordas de los zulús atacaban el cuadro de los blancos.
Pretorius había organizado las cosas con el tiempo justo. De tardar media hora
más, las mujeres se hubiesen encontrado en el centro de la batalla.
De todos lados llegaban grupos de zulús, siguiendo una táctica precisa.
No había necesidad de apuntar para dar en el blanco.
Bastaba con tirar; tirar sobre los guerreros del Gran Rey que avanzaban chillando.
—No hay «Panteras rojas» —dijo Hoomai.
—No —confirmó Isa después de haber mirado bien a los guerreros que
avanzaban—. No los veo.
—El pequeño pueblo está apagando la sed de sus flechas —y Hoomai sonrió.
Las lanzas silbaban en el aire; las hordas enemigas se hacían cada vez más
numerosas. Dingaan lanzaba un batallón tras otro, reservando para cuando los
blancos hubiesen empezado a agotar las municiones, un ataque con todas las fuerzas
reunidas.
—El «kraal» de los «Ñu» —contaba Isa.
—Y el de los «Búfalos» —añadía Hoomai.
Sonreía satisfecho mientras apuntaba a los que estaban más cerca.
—Ahora son los «Leones»… y los «Cobras»… y los «Gacelas»…
—Mira, los «Pitones»…
Los guerreros del Gran Rey seguían avanzando, cada vez más.
El terreno estaba cubierto por los cuerpos de los compañeros que habían caído.
Pero no les importaba. Tenían que llegar a los carros.
—No podremos resistir mucho más —dijo el viejo Hartje, deslizándose junto a
Paul—. Dentro de poco caerán todos encima de nosotros y no tendremos tiempo ni
para volver a cargar las armas.
—Sí —contestó Paul—; pero nos quedan cuchillos y espadas.
—¡Si! ¡Quinientos contra diez mil! Bah… sólo al pensarlo se me pone la piel de
gallina.
De pronto los negros se detuvieron.
—Ya está —dijo George—. Se preparan para atacarnos todos a la vez.
En efecto, de improviso resonó un grito y los batallones se lanzaron al ataque.
Entonces Pretorius dio una orden que les sorprendió a todos.
—¡A caballo! —gritó—. ¡A caballo! Que los más viejos permanezcan junto a los
carros y sigan tirando; los demás que me sigan, ¡vamos!
Le siguieron unos cuatrocientos jinetes.
Abrieron un paso entre los carros y se lanzaron contra las hordas de los zulús.
Éstos, ante la carga repentina, huyeron a la desbandada.
Los jinetes parecían centauros invulnerables.
Entretanto, los hombres que estaban en los carros disparaban sin parar.
Los cañones de los fusiles se habían puesto al rojo y quemaban las manos. Los
zulús caían por decenas.

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Luego, a espaldas de los hombres de Dingaan resonó un grito terrible y las flechas
de los «bushmen» surcaron el aire. Nadie supo decir luego cuánto rato habla durado
la terrible carnicería.
El pequeño riachuelo se había convertido en un río de sangre.
Las hordas zulús, aterrorizadas y diezmadas, se retiraron a la selva y
desaparecieron.
Un puñado de hombres valientes y las flechas del pequeño pueblo habían
derrotado a Dingaan el Gran Rey.

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CAPÍTULO XVI

I SA abrazó a Pao, contento de verlo sano y salvo.


—Los «Panteras rojas» ya no existen, ¡hijo! —exclamó el «bushman»—. Pero
ya no volverás a ver a Cim-ao ni a muchos otros. Están cazando en las selvas eternas,
donde la caza es fácil y abundante.
—Que su caza sea serena. Eran unos buenos guerreros —murmuró Isa.
Iban por el sendero de las colinas.
Algunos hombres se habían adelantado para llevar la buena noticia a los amigos y
a las mujeres que se divisaban como una masa confusa y llena de color, en la meseta
donde habían acampado y donde esperaban con ansiedad. De vez en cuando, llevados
por el viento, llegaban sus gritos de alegría.
Se dirigían hacia ellos en grupos, impacientes por abrazar al padre, al esposo, al
hijo.
Pao y los suyos marchaban detrás de los carros.
—Acamparemos con vosotros —le dijo Pao a Pretorius— hasta que los heridos
estén en condiciones de reemprender el camino.
—¿Por qué no os quedáis con nosotros? —propuso Andries—. Podríais construir
vuestro poblado junto al nuestro.
—Nuestra vida es la selva.
—No sé cómo darte las gracias, Pao, ni cómo pagar la deuda que he contraído con
tus hombres. Vuestra ayuda nos ha salvado. Lo recordaremos siempre.
—No nos debéis ningún agradecimiento. Hemos hecho lo que cualquiera hubiese
hecho.
—¡Pero nosotros somos de otra raza!
—De otra raza, es cierto. Pero un día cazaremos todos juntos en las tierras del
Gran Padre: sois hermanos nuestros.
—De todos modos no teníais obligación de protegernos.
—Cuando el Gran Padre nos pregunte: ¿por qué no has ayudado a tu hermano? no
podremos contestarle: porque era blanco o negro o amarillo. Porque el Gran Padre no
se fija en la piel sino en el corazón, y todos los corazones son iguales.
—Gracias, Pao.
Caminaban en silencio.
Se sentían felices, pero estaban cansados. Isa estaba al lado de «Flor de maíz».
—Ahora —dijo Paul— la gran caza ha terminado. Desde hoy tienes que volver
con los tuyos. Vivirás conmigo, siempre.
Isa iba a contestar, cuando un grito inhumano, salvaje, resonó por la colina.
—¡Paul!… ¡Paul!… ¡Paul!…
«Flor de maíz» echó a correr seguido de sus amigos.

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Una mujer venía gritando su nombre.
Despeinada, con el vestido hecho jirones, corría con tanta desesperación que
parecía que sus pies no tocaran al suelo.
Los conductores habían detenido los carros. Todos la miraban sin poderla detener
ni ayudar. Su cara era la encarnación del terror.
—Es la madre de Filips —dijo Isa mientras corrían hacia ella.
En cuanto vio a Paul, la mujer se le echó a los brazos apretándole
convulsivamente; luego se dejó caer al suelo, agotada.
—¡Paul!… ¡Paul!… —jadeó. No podía decir más.
—Cálmate. Recobra el aliento. Siéntate, siéntate aquí.
—¡No, no!… Rápido, rápido… Sí, si, tú también; tú, cafre…
—¿Qué ha sucedido?
—¡Filips…! le han cogido… Los demonios, si, ellos.
—Cálmate —dijo Paul—; cuéntame lo que ha ocurrido.
Pero la mujer no conseguía tranquilizarse.
Pao hizo una seña y Hoomai e Isa la inmovilizaron; el «bushman» la obligó a
beber un gran trago de unas hierbas en infusión.
—Mujer —dijo después— escucha: nosotros iremos a buscar al muchacho que
anda dando saltos. Es amigo de mi hijo. Le encontraremos aunque para ello tengamos
que registrar toda la selva. Pero nos tienes que ayudar. Los caminos son muchos y son
muchos los guerreros que los recorren. Dime: ¿cómo era el que ha raptado a tu hijo?
—Yo… yo…
La mujer miraba atónita a Pao, a «Flor de maíz», a Pretorius, a los demás que se
habían acercado. Pero no podía hablar.
—Ánimo —dijo Pretorius— te queremos ayudar. Pero nos tienes que decir lo que
ha ocurrido.
—¡A esta hora ya le deben de haber matado! ¡Le habrán matado!
—Si hubieran querido matarle lo hubiesen hecho en seguida —interrumpió Paul
—. Escucha, Tina, vamos al lugar donde le han raptado. Es posible que descubramos
algo.
—Sí, sí, tienes razón. Es allá, en la colina… Estábamos allí con su padre cuando
cayeron sobre nosotros.
—¿Cuántos eran?
—No lo sé. Me dieron con algo. Lo mismo hicieron con mi marido. Cuando
recobré el conocimiento ya no estaban. Filips tampoco. A mi lado sólo estaba mi
marido. Muerto… Encontrarás a Filips, ¿no? Tú le querías, ¿verdad?
—Le encontraré.
El padre de Filips estaba en el suelo, traspasado por doce lanzadas.
—Swazi —murmuró Isa después de haber observado las heridas—, Swazi.
—¡Perros infieles! —rugió Paul.
—¡Son los tuyos, cafre! —silbó Hartje.

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Isa bajó la cabeza. La gente murmuraba a su alrededor y todos le señalaban como
si fuese el culpable.
—Muchos hombres —le dijo Pao a Isa.
—Si, muchos han sido los que han atacado a mi amigo.
Había en su voz una nota de profundo dolor.
—En todo pueblo, en todo poblado —dijo Pao, que adivinaba su sufrimiento—
existen hombres buenos y hombres malos. Lo mismo ocurre con los Swazi.
Encontraremos a los malos. Ven conmigo.
Dirigiéndose a Hoomai, ordenó:
—Llama a los hombres válidos de tu grupo, rastrearemos los senderos. ¡Han
ofendido a mi hijo!
—Gracias, Pao —dijo «Flor de maíz»— contaba con tu ayuda valiosa. ¿Quién
quiere venir? —gritó dirigiéndose a sus compañeros.
Se adelantaron un centenar de hombres.
—Hartje —llamó Pretorius— acampa en uno de estos valles. Si dentro de seis
días no hemos vuelto, sigue adelante hasta encontrar un lugar a propósito para
construir un nuevo poblado.
—Aquellos de vosotros —dijo dirigiéndose a los hombres que le rodeaban— que
tengan familia, que se vuelvan. Los demás ¡adelante!

—Las huellas son muy claras —le dijo Pao a Pretorius—. Mira las de Isa. Han
pasado por aquí al amanecer.
Pretorius sentía una gran admiración por aquellos pequeños hombres que sabían
leer en los troncos, en los arbustos y en el musgo, como en un libro. Hacia dos días
que seguían a los raptores de Filips y todavía no habían tenido que retroceder ni una
sola vez. Los «bushmen», cuando seguían una pista no se equivocaban nunca.
Isa y Paul se habían adelantado. Querían acercarse solos al grupo de los raptores
para liberar, si podían, a su amigo antes de que los Swazi descubrieran la presencia de
sus compañeros.

—Míralos —susurró Isa.


—¿Dónde? —preguntó Paul.
—Allá, en el claro.
—¿Ves a Filips?
—No.
Se acercaron con cautela.
Había unos cuarenta guerreros sentados, silenciosos, en círculo.
—¡Estamos cerca del poblado! —murmuró Isa—. ¿Por qué se han detenido?
—¿Les conoces?
—Sí, casi todos han sido compañeros míos de juegos. Pero no comprendo por qué
se han detenido.

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—¿Está Mései entre ellos?
—No lo veo.
—Yo aseguraría que el ataque lo ha planeado él.
—Ha sido él. Nadie más podía tener interés en raptar a Filips.
—¿Sabía que era tu amigo?
Isa no pudo contestar.
Una lanza se clavó, vibrando, en un tronco a un palmo de su cabeza.
Se volvió de golpe.
Un guerrero estaba a unos diez pasos de distancia.
Con la rapidez de un rayo colocó una flecha en el arco y disparó.
El hombre cayó dando un grito.
—Huye, «Flor de maíz».
—¿Estás loco? No te dejaré.
—Te digo que huyas. Esto es una trampa. Avisa a los demás. El poblado está allá
abajo. Pao lo sabe. ¡Rápido!
Los guerreros se acercaban vociferando.
Paul dispuso del tiempo justo para desaparecer entre los arbustos cercanos,
cuando un hombre gritó:
—¡El «orzowei»!
La flecha cortó su grito.
Los otros que le acompañaban se dispersaron; Isa disparó cinco veces más y cinco
hombres cayeron.
Pero el cerco se estrechaba.
Isa volvió a disparar; los Swazi, gritando, cayeron sobre él.
Se defendió con los puños, con los dientes, a puntapiés, pero acabó atado,
magullado y sangrando.
—El «orzowei» ha vuelto —exclamó uno.
—Y su corte de honor le acompaña —se burló otro.
Le empujaron obligándole a caminar.
Volvió al poblado rodeado por los guerreros, que lanzaban gritos de júbilo,
acogido por las burlas y los insultos de los que esperaban.
Le llevaron a rastras hasta el pie del árbol sagrado.
Habían plantado un palo junto al inmenso baobab. En su extremo, de forma tosca,
habían tallado la cabeza de una enorme serpiente pitón. Filips estaba atado al palo. A
Isa le ataron con la espalda pegada a la de su amigo.
—Hola —dijo.
—¡Oh, Isa! ¿Qué nos van a hacer?
—Nada. No te preocupes. ¿Cómo te encuentras?
—Estando a tu lado ya no tengo miedo.
—Bien. No olvides que eres un guerrero y que los guerreros no se quejan.
—¿Y mi madre?

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—Te está esperando. «Flor de maíz» y Pao están cerca de aquí.
Filips se sintió más tranquilo.
Las mujeres y los chiquillos se acercaron y empezaron a burlarse de ellos. Los
guerreros se sentaron en circulo.
—¿Qué es lo que hacen?
—Esperan.
De pronto todos enmudecieron y se apartaron para dejar un ancho paso.
Mései avanzaba.
Sobre su cabeza ondeaban las plumas de avestruz sujetas a un aro muy ancho de
oro. Era el distintivo del mando. Era el jefe.
Se detuvo delante de Isa.
—Ahora no hay ningún cuerpo de pitón entre nosotros —dijo con rabia— y el
«orzowei» ha vuelto al poblado. ¿Me equivoco o se le había advertido que como
volviera al poblado moriría?
Isa no contestó. Ni le miró siquiera.
—Mis hombres te capturaron cuando recorrías nuestro camino. ¿Por qué
venías…? ¿Se ha vuelto mudo el «orzowei», que no contesta? ¿No será que tiene
tanto miedo que no puede hablar?… Has luchado con los guerreros blancos contra
Dingaan, ¿no es cierto?… ¿No sabías que eso es una traición?… Pero, claro, olvidaba
que eres un pobre «orzowei» y que por eso no tienes ni tribu ni honor. ¿Quién puede
acusarle de traición? Antes tendríamos que saber quiénes fueron tus padres. Al fin y
al cabo, ¿quién eres?
Isa miraba hacia delante por encima de las plumas de Mései.
—Contesta. ¿Por qué has vuelto?
Un guerrero se levantó y apoyó la punta de una lanza contra su pecho.
—Contesta al gran jefe —ordenó.
Isa, por toda contestación, escupió a los pies de Mései.
La punta de la lanza penetró en su costado.
De sus labios no salió ni un gemido. Sólo sonrió con desprecio.
Entre el grupo de guerreros se oyó un murmullo de admiración. Mései
comprendió que no le convenía seguir por aquel camino. El resultado no sería
favorable para él.
—Detente —ordenó— no debemos matarle todavía. Antes tenemos que hacer
hablar al muchacho blanco. Hazle cosquillas con tu lanza y pregúntale por qué su
gente quiere apoderarse de las tierras de los Bantú.
El hombre sonrió con malicia y se dirigió hacia Filips.
Isa sintió cómo su amigo, haciendo un gran esfuerzo, sofocaba el grito de dolor
que pugnaba por salir de sus labios.
—¡Basta, Mései! —gritó—. Deja en libertad al muchacho blanco y yo hablaré.
—¿Qué quieres decir?
—Deja en libertad al muchacho.

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—Es mi prisionero, como tú. He reprimido durante demasiado tiempo mis ansias
de venganza. Durante demasiado tiempo para que ahora me pueda conformar con
poca cosa. Matarte no sería nada. Antes de que mueras quiero verte sufrir. Para ello
sólo dispongo de un medio: tu amigo. Me miras, ¿no? Comprendes hasta dónde
quiero llegar, ¿verdad? Sí, así es. Me serviré de él para destrozar tu corazón antes de
que la lanza lo detenga para siempre. El gran jefe mató a mi padre por tu culpa. Por tu
culpa tuve que retrasar mi gran prueba. El espíritu de mi padre clama venganza. Si
hubieras tenido una familia yo la hubiese aniquilado. ¡Pero eres un «orzowei»!
¿Cómo podría hacerte sufrir? Has encontrado a un amigo. Un cojo… No te puedes
imaginar la alegría con que he estado contemplando cómo le enseñabas a tirar con el
arco. Bien, primero él, luego tú. Cuando tu corazón esté sangrando por el sufrimiento.
—En una ocasión salvé tu vida. Deja en libertad al muchacho en recuerdo de
aquel día.
—No. Mi venganza no sería completa y el espíritu de mi padre seguiría
desconsolado por toda la eternidad.
—¿Dónde está tu honor, Mései? ¿Dónde está la ley?
—La ley soy yo y el nombre de Mései es puro. Sois prisioneros y tú sabes que los
prisioneros me pertenecen.
—Pero el que decide es el Consejo.
—El Consejo ha decidido ya.
Isa miró a los hombres que le rodeaban. Los miró uno a uno a los ojos. Sabía que
si pedía clemencia le considerarían un cobarde. Pero tenía que salvar a su amigo.
—He vivido con vosotros, os conozco a todos —dijo lentamente— y todos me
conocéis a mí, el «orzowei». Sabéis que mi mano no tiembla y que mi corazón no
conoce el miedo. Sabéis también que hubo un tiempo en que me sentía orgulloso de
ser un Swazi. Seguiría sintiendo ese orgullo si entre los «Antílopes de la selva» no
hubiese chacales vendidos al Gran Rey. A vosotros, guerreros, os pregunto: ¿es justo
matar a un muchacho? ¿Es justo matar a quien no nos ha hecho ningún daño? Y sobre
todo, ¿es justo matar? Un muchacho cojo es como una mujer. ¿Seriáis capaces de
matar a una mujer? Yo estoy aquí, sé que muchos de vosotros están contentos de
verme atado al palo. Bien, estoy dispuesto. Pero dejad en libertad al cojo.
Esperó. Pero nadie contestó a su llamamiento.
—¿Y si yo os diese, a cambio de su vida, la certeza de salvar la vuestra,
aceptaríais el cambio?
—¿Por qué? —preguntó un anciano levantándose— ¿quién nos amenaza?
—Dejad en libertad al muchacho y os lo diré.
—Tu lengua dice cosas que no son ciertas. Es una trampa.
—¡Dentro de poco veréis si lo es!
—Sabemos que tus amigos están por aquí —dijo Mései— pero estamos
vigilando. No les tememos.
Isa no habló.

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Había hecho todo lo posible para salvar a su amigo. ¡Ahora le tocaba actuar a
«Flor de maíz»!
Lo malo era que Mései sabía que sus compañeros estaban cerca, y si conocía
exactamente sus fuerzas no quedaba ninguna esperanza de salvación.
Las mujeres se pusieron en pie. Se acercaron al palo y empezaron a bailar la
danza de la flor cortada.
Cuando se cansaran, los guerreros ocuparían su lugar y entonces llegaría el fin.
—Filips —murmuró Isa—. ¿Crees que en las selvas del Gran Padre se pueden
utilizar las muletas?
—¿Por qué me lo preguntas?
—No sé.
—Me parece que no se necesitarán muletas.
—¿Por qué?
—Porque la que va al cielo es el alma y el alma no es coja.
—¿Estás seguro?
—Así lo decía el padre Agustín.
—¿El padre Agustín?
—Si, el sacerdote.
—Entonces estoy contento. Cazaremos juntos.
Las mujeres se marcharon.
Grupos de guerreros armados con lanzas y escudos seguían al jefe que,
caminando hacia atrás, tocaba una tonada guerrera en una flauta y golpeaba dos
pequeños tambores que colgaban de su cintura. Giraron lentamente alrededor del
palo. Poco a poco el canto se fue transformando en un griterío. Los guerreros agitaron
las armas al tiempo que daban saltos prodigiosos que parodiaban una emboscada, un
ataque contra un enemigo odiado, una lucha furiosa cuerpo a cuerpo.
La danza de la muerte alcanzaba su paroxismo.
Pronto llegaría para los dos amigos el fin. Pero un grito interrumpió el baile.
El rugido de la fiera herida que se lanza al asalto dominó a todos los demás
sonidos. Todos miraron a Mései.
El grito volvió a resonar y un hombre que llegó corriendo se acercó al jefe.
—Los blancos avanzan en dirección al poblado —dijo jadeando.
—¿Dónde están?
—En las «peñas».
—Rápido —ordenó Mései—. Tú, Mungoi, ponte a la cabeza de tu grupo. Los
tienes que detener. Y tú, Carantum, rodea a los blancos por el lado de la colina.
Reflexionó un momento y luego dijo:
—Que el grupo de Hangunei se sitúe a espaldas del poblado; los demás que
vengan conmigo.
—¿Los prisioneros?
—Más tarde nos ocuparemos de ellos. Vosotros —dijo, dirigiéndose a unos pocos

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guerreros— vigiladlos de cerca.
Se alejó seguido por sus hombres. Los otros grupos habían desaparecido ya,
silenciosamente, en dirección a la selva.
—¿Qué es lo que sucede, Isa? —preguntó Filips.
—Ha llegado «Flor de maíz». Vas a oír su fusil.
—¿Triunfarán?
—No lo sé. Mései es un buen guerrero y conoce palmo a palmo estos lugares.
—Pao está aquí, ¿verdad?
—Sí, Pao también está.
—Entonces triunfarán.
—Es posible.
Durante mucho rato no se oyó ni el más pequeño ruido. Parecía como si la selva
estuviese deshabitada.
—¿Qué es lo que esperan? ¿Por qué no ataca Paul? —preguntó Filips.
—«Flor de maíz» todavía no ha descubierto a sus enemigos. Por eso no ataca,
pero cuando los vea será demasiado tarde.
Por el lado de las peñas se oyó un grito poderoso, terrible. Los Swazi atacaban.
Una descarga de fusilería, luego otra, y otra más, contestaron al grito.
Pero el grito de guerra de los «Antílopes de la selva» resonaba siempre y cada vez
con más fuerza.
Hubo algunas pausas y tras ellas el fuego volvía a empezar, cada vez más lejos.
—Retroceden —murmuró Isa.
El griterío se hizo más confuso y más lejano. Un nuevo grito de batalla y otro
grupo de Swazi atacó a los blancos. En aquel momento se oyeron las voces de los
hombres de Pretorius que, al galope, se lanzaban sobre la horda.
Los blancos recuperaban el terreno perdido. La lucha se acercaba al poblado.
Luego algo debió de suceder, porque Isa volvió a oír el grito de los Swazi y los
disparos se alejaron hasta más allá de las peñas. Mései les debía de haber cercado. El
fuego era continuo, violento. La batalla siguió, con suerte alterna, durante más de una
hora. Tan pronto se desplazaba hacia el poblado como hacia las peñas, indicando con
ello la ventaja momentánea de los blancos o de los negros.
Los guerreros que montaban guardia ante los muchachos habían seguido con
ansiedad, al principio, los gritos de guerra; luego se habían echado tranquilamente al
suelo y charlaban de maíz y de trigo, de yeguas y de búfalos.
La risa terrible de la hiena interrumpió su tranquila conversación.
Isa hizo un gran esfuerzo para liberarse de las cuerdas que le mantenían sujeto.
Pao atacaba el flanco izquierdo del poblado, que estaba poco protegido.
Isa contestó a la llamada y en seguida el grito peculiar de Pao se unió al suyo. Le
había oído.
Un guerrero, acercándose a Isa, le golpeó con el puño.
—¡Aprende a mantener cerrada la boca, «orzowei»!

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Luego, acompañado por sus compañeros, se dirigió al lugar por donde avanzaban
los «bushmen».
El grupo de Hangunei también fue corriendo hacia ellos para detenerlos. Pero los
«bushmen» salían, como por arte de encantamiento, de todos los rincones y
avanzaban.
Un Swazi se alejó corriendo en dirección opuesta. Las flechas de los pequeños
hombres intentaron detenerle, pero tenía bien merecido el título de «ágil gacela».
Desapareció en dirección al lugar donde sus compañeros luchaban contra los blancos.
Poco después, Mései, seguido por la mayor parte de sus hombres, se lanzó
furioso, vociferando, sobre los «bushmen».
Pero «Flor de maíz» no avanzaba; el fuego se había hecho más intenso en el lugar
donde luchaba, como si tuviera lugar una gran batalla.
Mései había dejado a unos veinte guerreros encargándoles que entretuvieran a los
blancos y les engañaran sobre el número de adversarios que tenían enfrente.
El engaño empezaba a tener éxito. Los blancos no se movían y Pao, ante su
número, se vio obligado a retroceder.
Pero «Flor de maíz» salvó la situación.
Al ver que los Swazi, aunque numerosos —así lo creía— no pasaban al
contraataque, saltó de su caballo y seguido por sus compañeros cargó contra ellos.
Él gritó llegó inesperado a los oídos de Mései y le reveló que la situación había
cambiado. Al poco rato le rodearían y no podría hacer frente a los blancos y a los
«bushmen» al mismo tiempo. Entonces ordenó la retirada. Dejó un grupo para que
mantuviera a raya a Pao y mandó a otro a que se enfrentara con los blancos.
Él pensaba retirarse hasta la selva y presentar batalla allí. Se llevaría a los
prisioneros y en el momento oportuno los sacrificaría al espíritu de su padre. Al pasar
por delante de ellos mandó que los desataran y le siguieran arrastrándolos.
Estaba ya a punto de esconderse en la vegetación baja y oscura con el grupo más
numeroso de sus guerreros, cuando una descarga dé fusilería les detuvo.
Los blancos les habían cerrado el paso.
—¡Hacedles frente! —gritó—. No deben pasar.
Pretorius había tenido la idea de ocupar con pocos hombres los lugares
estratégicos que dominaban el poblado.
—¡Hay que abrirse paso, cueste lo que cueste! —ordenó Mései.
—Tenemos a los prisioneros —dijo un viejo Ring-kop.
—Tienes razón. —Mései sonrió con sarcasmo—. Llama también a los demás.
¡Qué se reúnan todos junto al árbol sagrado!
Arrastraron a Isa y a Filips hasta el pie del colosal baobab. Todo el poblado se
reunió allí.

La batalla terminó.
—¿Quién acaudilla a los blancos? —gritó entonces un Swazi, separándose del

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grupo.
Paul se adelantó. Apareció en el límite del claro. Detrás de él había unos
cincuenta jinetes dispuestos a atacar.
Por el lado opuesto apareció Pretorius con los suyos. Pao había llegado ya a las
chozas del poblado.
—Bien —dijo el guerrero—, mi jefe ha decidido: dejará en libertad al muchacho
que salta, a condición de que os marchéis.
—También tiene que libertar a Isa —contestó «Flor de maíz».
El guerrero miró a Mései. Éste se adelantó.
—Los guerreros blancos han venido a luchar contra nuestro poblado para liberar
al muchacho sin pierna. Si prometen irse sin luchar, lo dejaremos en libertad.
—Queremos también a Isa —repitió «Flor de maíz».
—Él —Mései sonrió— pertenece a nuestro poblado. ¿Por qué os lo queréis
llevar?
—No bromees, Mései. Deja en libertad a los muchachos y nos iremos.
—Sólo dejaré en libertad al muchacho cojo. Al «orzowei» no.
—Acepta el pacto, «Flor de maíz» —gritó Isa—. Acepta, salva a Filips.
—Mései, repito lo que he dicho. Entréganos a los dos muchachos o atacaremos.
—Sólo un movimiento, hombre blanco, y las lanzas atravesarán a tus amigos.
—Mései —dijo un Ring-kop acercándosele—, dejemos en libertad a los
prisioneros. No podremos resistir un nuevo ataque. Has visto que hemos estado a
punto de ser derrotados.
—Nadie ha pedido tu opinión, anciano.
—Podemos salvar el poblado.
—No quiero perder mi presa…
—Pero nosotros no queremos que nadie destruya nuestros tucul —exclamó otro
guerrero—. ¿Qué nos importa si el «orzowei» se salva o muere?
—¿Os rebeláis a vuestro jefe? —preguntó Mései con aire amenazador.
—Nosotros no nos rebelamos. Sólo queremos que se nos escuche. ¡Es nuestro
derecho!
La pesada lanza de Mései penetró en el pecho del hombre que acababa de hablar.
—Éste será el fin de todos los hombres que no respeten mis órdenes —gritó,
dirigiéndose a los demás.
Los guerreros asintieron.
—Entonces, ¿qué has decidido, Mései? —preguntó Paul.
—¿Has cambiado de opinión?
—No.
—Nuestras lanzas aniquilarán a tus amigos.
—Mira a tu alrededor, gran jefe —dijo Pao, señalando los árboles cercanos—.
Sobre cada una de las ramas hay un guerrero dispuesto a disparar. Hay otros
guerreros que están preparados para incendiar tus chozas. Y además los caballos de

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los hombres blancos os patearán bajo sus cascos. Ningún hombre se salvará de esta
batalla. Piénsalo.
Los Swazi murmuraron.
Conocían bien al pequeño pueblo. Y también hablan aprendido a conocer el
plomo de los fusiles.
Mései se dio cuenta de que sus hombres no le seguirían en una acción
desesperada.
Entonces empleó la astucia.
—Bien —dijo dirigiéndose a Paul—, dejaré en libertad a los prisioneros, con dos
condiciones: que os alejéis a mil pasos de distancia y que el «orzowei» se enfrente
conmigo en un duelo.
—¿Y quién nos dará la seguridad de que se cumplirá el pacto? —preguntó
Pretorius.
—Tú te puedes quedar aquí —contestó Mései—, tú y alguno de tus hombres.
—¿Y por qué tendría que medir Isa sus fuerzas contigo? —preguntó Paul.
—Entre el «orzowei» y yo hay una cuenta vieja. Si aprecias a tu amigo hasta el
punto de arriesgar tu vida para liberarlo, ¿por qué dudas de que sea capaz de luchar?
—Acepto el desafío, «Flor de maíz» —gritó Isa.
—¡Pero si estás herido!
—No importa. Acepta o los Swazi creerán que somos unos cobardes.
—Entonces, ¿estás de acuerdo? —preguntó Mései.
—Estoy de acuerdo.
—Retroceded hasta los grandes árboles.
—¡Pero si hay más de mil pasos!
—He dicho hasta los grandes árboles.
Los jinetes retrocedieron. Paul, Pretorius y diez hombres se quedaron, además de
Pao y Hoomai.
—Desatad a los prisioneros.
Había llegado la hora de su venganza.
Había imaginado un plan perfecto. Los blancos habían caído en la trampa. Y
también sus guerreros. Los Swazi formaron un gran círculo. A Filips lo colocaron
entre dos hombres junto al baobab.
Pretorius y los suyos estaban en el límite del claro.
Cuando volvieron los guerreros, que habían ido a comprobar si las condiciones
del pacto eran respetadas, Mései le entregó a Isa una lanza y le devolvió su cuchillo.
—¡Adelante, «orzowei»! —murmuró—. Ha llegado nuestra hora.
—Sí —repitió Isa—, ha llegado la hora.
Se alejaron hasta la distancia necesaria para arrojar la lanza y atacaron. Las dos
armas silbaron muy cerca de sus cuerpos y todavía no habían tocado el suelo cuando
los dos se habían lanzado ya el uno contra el otro.
El encuentro fue violento. Los dos eran unos guerreros muy diestros.

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Saltaban de un lado a otro rápidamente, esquivando los golpes e intentando
darlos.
De vez en cuando un cuerpo se teñía de rojo, pero no por esto perdía la lucha su
viveza, ni su violencia.
Mései se iba acercando al árbol sagrado, mientras Isa lo acosaba con ardor.
Cuando estuvo a pocos pasos del árbol le dio a Isa un golpe inesperado en la cara.
La fuerza del impacto hizo tambalear al muchacho.
Pero el negro no se le echó encima. Retrocediendo, sin dar la espalda a su
adversario, se acercó a Filips. Isa comprendió su intención.
Inmediatamente advirtió la intención de Mései: atacar a Filips y luego a él. Los
blancos dispararían y toda la tribu se lanzaría contra ellos. Y los demás estaban
demasiado lejos para llegar a tiempo y al llegar encontrarían a los negros, animados
por la victoria y dispuestos a aniquilarlos.
¡El plan era astuto! Mései no había conseguido imponer sus deseos a la tribu;
pero había actuado de forma que fuera la misma tribu la que actuara, por necesidad,
según sus deseos.
Isa dio un salto hacia delante. Se abrazó a Mései y lo arrastró en su caída.
La hoja del cuchillo de su adversario se clavó en su cadera. Cayó al suelo
lanzando un gemido. Una flecha detuvo a Mései cuando éste le iba a apuñalar de
nuevo.
Se tambaleó, gesticuló mientras todavía sonreía satisfecho.
Los Swazi se levantaron gritando.
La descarga de fusilería se cruzó con sus lanzas. La batalla se volvió a encender
con violencia y los negros estaban ya a punto de vencer cuando los gritos de los
jinetes, lanzados a toda velocidad, les dispersó. Buscaron refugio en las chozas, pero
los blancos les persiguieron por todos sitios.
Lucha dura, salvaje, desesperada.
Pao se acercó a Isa y se inclinó sobre él. La herida no era muy grave. El
muchacho había recibido otras peores.
—Rápido, Hoomai. Las hierbas.
Filips estaba junto a él. Miraba a Isa y lloraba.
Entretanto, la lucha proseguía terrible. «Flor de maíz» llevaba los hombres al
asalto. Creía que Isa había muerto y la sed de venganza le hacía olvidar la piedad.

Isa volvió a abrir los ojos cuando Pao le estaba curando todavía.
—¿Filips? —preguntó.
—Estoy aquí. —El muchacho casi no podía hablar debido a la emoción que le
embargaba.
—Dame la mano.
Se la estrechó.
—Gracias, Pao —murmuró Isa, dirigiéndose al «bushman»—; te debo la vida por

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segunda vez.
—Cuando quieras me la volverás a ofrecer —sonrió Pao—, pero ahora tienes que
estar tranquilo.
—¿Y «Flor de maíz»?
—Está allá luchando.
—¿Todavía? ¿Pero no ha muerto Mései?
—Mései ha muerto, pero la lucha continúa.
—¿Por qué? —preguntó Isa levantándose—. ¿Por qué? Han dejado en libertad a
Filips; el que los guiaba ha muerto: ¿por qué seguir combatiendo?
—Los hombres blancos tienen sed de venganza. Luchan por ti, para vengarte.
—¿Por mí?
—Sí, por ti. Eres de los suyos, Isa. Y no toleran que nadie mate a uno de los
suyos. Creen que has muerto.
Isa contempló a los que luchaban.
Los Swazi se defendían desesperadamente de la furia bestial de los blancos.
No respetaban a nadie. Las mujeres, abrazando con fuerza a sus hijos sobre el
pecho, chillaban desesperadas en las chozas.
Más tarde, un blanco encendió una antorcha y el primer tucul empezó a arder.
Unas mujeres salieron de él como locas, pero los jinetes las arrollaron. Y a sus
hijos con ellas.
—¡Deténlos, Pao; deténlos! —gritó Isa.
—¿Quién puede detener a unos hombres arrastrados por el odio? No hay fuerza
humana que lo pueda conseguir, Isa.
Pero Isa ya no le oía. Se dirigió corriendo al centro de la lucha. Le dieron, cayó;
se volvió a levantar. Gritó.
Cuando los que luchaban le vieron, sangrando, de pie, con los brazos levantados
hacia el cielo, se detuvieron súbitamente.
—¡Basta! —exclamó el «orzowei»—. ¡Basta! ¿Para qué continuar?
El llanto cortó sus palabras.
Quería gritar, decirles a todos lo que sentía. Pero no podía.
—¡Comprendeos! —gritó con un sollozo—. ¡Comprendeos!
Cayó cara al suelo. Nadie se movió.
Sólo Paul se inclinó sobre él.
—Bajad las armas —ordenó Pretorius, dirigiéndose a sus hombres—; el
muchacho tiene razón. El que guiaba a sus hombres, para satisfacer su sed de
venganza, ha muerto. Respetemos a los demás. No tienen culpa.
—Así es —dijo Pao.
Había aparecido repentinamente. Nadie le había visto llegar.
Estaba de pie. Su figura se recortaba claramente sobre el fondo del fuego que
detrás de él consumía las cabañas y parecía estar separado de la tierra.
A todos les producía la misma impresión que le había producido a Isa la primera

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vez que le había visto rezar. También entonces las llamas y el humo daban la
impresión de que estuviera suspendido en el aire, alto, altísimo, dominante.
—Tiene razón —dijo lentamente—. Le llamaron «orzowei», un abandonado. Es
posible que sea un Swazi, o un blanco del pequeño pueblo. Pertenece a los tres o
quizás a ninguno de los tres. Pero yo he podido comprobar que tanto los «bushmen»
como los negros o los blancos le han amado y han sido capaces de sacrificarse por él
en cuanto le han conocido. Y él los ha amado a todos. Ya lo veis: en cuanto nos
conocemos, aunque nuestra piel sea de distinto color, nos amamos. Os ha pedido que
os comprendáis. Sí, comprendámonos. El Gran Padre ha hablado por él. El muchacho
no ha sabido deciros nada más. Pero os lo ha dicho todo. Sólo si procuramos
comprendernos los unos a los otros, sólo si miramos a nuestros corazones y no al
color, de la piel que cubre al corazón, sólo entonces podremos vivir juntos, felices. Si
no es así… si no es así, será el fin de todos nosotros.

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CAPÍTULO XVII

A los pies de las verdes colinas había surgido un nuevo poblado. Un poblado de
piedra: el embrión de una nueva ciudad.
Una mañana, al amanecer, tres hombres llegaron a él. De pronto, un muchachito
les cortó el paso. Les daba la espalda; pero el más joven de los tres hombres gritó un
nombre.
—¡Filips!
—¡Isa!
Se dieron un fuerte abrazo.
—¡Ésta! —dijo luego, señalando una pequeña casa muy blanca.
—Nuestra casa —dijo Isa, abrazando a los dos hombres que estaban junto a él.
—¡Claro, nuestra casa! —repitió “Flor de maíz”.
—Mira bien. ¿No ves nada? —le preguntó a Isa el tercer hombre.
—Nada, Pao.
—Observa: hay dos hombres en el umbral.
—Sí, es cierto.
—¿Les conoces?
—Sí. Son Amebais y el viejo Ring-kop.
—¿Sabes por qué han venido?
—Si, lo sé. Porque ellos también vivirán con nosotros para siempre.
—Entremos entonces. Nuestra casa es pequeña, pero… —… ¡sus habitantes son
hombres estupendos! —añadió Paul sonriendo.
Entraron los cuatro, dándose la mano, en la gran choza de piedra, templo de su
amor.

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Alberto Manzi (Roma, 3 de noviembre de 1924 - Pitigliano, 4 de diciembre de 1997),
fue profesor de escuela, escritor y presentador de televisión italiana.
Realizó estudios de marina antes de terminar sus estudios primarios en la universidad
y llegó a cruzar simultáneamente tres carreras, biología, pedagogía y filosofía.
Trabajó como educador en una prisión de adolescentes de Roma antes de ejercer
como profesor de escuela.
Fue escogido para presentar el programa televisivo “Non è mai troppo tardi”, que lo
convirtió en una celebridad y que le llevó a ser reconocido como una gran ayuda en la
lucha social en contra de analfabetismo.
El programa televisivo retransmitía lecciones de la vida real en un aula de escuela
primaria, con conceptos revolucionarios en los métodos didácticos en esos momentos
(Manzi rompía los guiones que le eran entregados e improvisaba las lecciones).
Retransmitido durante casi una década, causó gran interés y relevancia social: se
estima que casi millón y medio de espectadores fueron capaces de conseguir
conocimientos similares a los adquiridos en la enseñanza primaria con estas
innovadoras clases de aprendizaje a distancia, de hecho, llevó a cabo un segundo
curso, siendo realizado éste por las tardes, teniendo lugar antes de la cena. Manzi
utilizaba grandes lienzos de papel colocados sobre un trípode donde escribía, con la
ayuda de un bastón de carbón, simples letras o palabras, siendo siempre acompañado
de un dibujo poco atractivo como referencia. En otros casos utilizaba un proyector

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(algo muy impresionante para esos tiempos). La ERI (editorial de la RAI) publicaba
los materiales auxiliares para las lecciones, como cuadernos o facsímiles.
Una vez finalizado el programa y tras algunas breves y esporádicas apariciones en
radio y televisión con temas relacionados con la educación, Manzi se dedica a la
enseñanza a tiempo completo, apareciendo de vez en cuando en campañas de
alfabetización para extranjeros del italiano.
En Roma y otras ciudades italianas se fundaron varias escuelas con el nombre de
Alberto Manzi, dedicadas en su honor.
Fue alcalde de Pitigliano del partido Izquierda Democrática entre los años 1995 y
1997.
También publicó varias novelas, de las cuales la más famosa de es Orzowei (1955),
de la que se extrajo una serie televisiva para la “Tv dei ragazzi” (una cadena
especialmente para niños ya desaparecida).

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