Supervivencia de Isa en la Selva
Supervivencia de Isa en la Selva
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Alberto Manzi
Orzowei
ePub r1.0
Titivillus 25.06.2018
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Título original: Orzowei
Alberto Manzi, 1963
Traductor: Adriana Matons de Malagrida
Ilustrador: Mª Luisa Giogia
Diseñador de la cubierta: R. Riera Rojas
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Falta un puente entre las almas…
Si ese puente existiese
los hombres se comunicarían sus secretos,
los pensamientos alegres,
la sonrisa y el perdón…
… muchacho.
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CAPÍTULO PRIMERO
¡V A, cogedle!… ¡cogedle!…
En el ímpetu de la carrera volcaron un caldero, y Amebais, la vieja
borracha, salió de la choza lanzando maldiciones contra aquellos diablos que lo
tiraban todo al aire.
—¡Ya no hay tranquilidad, no! ¡Pero como os coja, haré que os den de latigazos a
todos! —chilló dirigiéndose al grupo de muchachos que corrían hacia la selva.
Pero éstos no le hacían caso.
Un poco porque Amebais había sido siempre una loca gruñona; pero sobre todo
porque su caza era muy interesante.
La pieza era esta vez Isa, el muchacho que Amûnai había traído de la selva.
Amûnai, el Ring-kop (que significa «el gran guerrero»), lo encontró, hacía ya
unos diez años, envuelto en una faja roja, dentro de una cesta colgada de una rama
muy grande. La cesta estaba atada de forma que ni las serpientes ni las fieras la
podían alcanzar.
Lo cogió y se lo llevó al poblado.
La vieja Amebais le hizo de madre y cumplió su misión hasta que el muchacho
fue capaz de buscarse por sí solo, entre los desperdicios del poblado, algo para comer.
Su avaricia no le permitía más.
Y mientras Amûnai fue el jefe, Isa —éste era el nombre que le habían puesto—,
pues, tuvo con qué saciar su apetito y fue respetado.
Pero cuando el Ring-kop perdió el mando, Isa se las tuvo que arreglar sólo para
vivir.
Le trataban así sólo por un motivo: porque era blanco; si blanca se podía llamar
su piel quemada por el sol y por el viento.
Isa tenía once años, edad en la que nuestros muchachos sólo saben ir con su
cartera al colegio y aprender algunas lecciones de memoria.
Pero para Isa la vida había sido muy dura y aunque no sabía leer ni escribir,
conocía en cambio muchas otras cosas que le permitían vivir, aunque con
dificultades, en medio del desprecio de todo el poblado y rodeado de la «gran
señora»: la selva.
Además los otros muchachos se burlaban de Isa y le perseguían. Se tenía que
defender de sus crueldades y muchas veces le pegaban haciéndole sangrar, hasta que
llegaba algún hombre del poblado y le salvaba. Sólo entonces la pandilla le dejaba,
magullado y sangrando, sobre la tierra.
O, si podía, huía.
Y mientras los demás le buscaban, él permanecía inmóvil, escondido en algún
matorral, casi sin respirar.
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Debido a todo esto, Isa era un rebelde.
Sólo había temido al látigo. Pero ahora ya se había acostumbrado a él.
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Isa debió de haber dado contra alguna piedra.
Sentía un fuerte dolor en la espalda.
Se levantó muy despacio, pero su adversario le ganó en rapidez y le golpeó con el
puño. Se tambaleó, pero aunque Mései le volvió a golpear consiguió cogerle.
Rodaron los dos por el suelo, abrazados.
Y cuando uno conseguía que el otro diera con la espalda en el suelo, golpeaba,
con los puños apretados, en los ojos, en la nariz, en todas partes.
Cuando Isa logró mantenerse un buen rato sobre Mései, alguien cogiendo un
puñado de arena se la tiró a los ojos.
Abandonó su presa y Mései se aprovechó de ello.
Le golpeó repetidamente con una piedra hasta que lo vio exánime con un hilillo
de sangre que le salía por las heridas.
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Isa no había estado nunca allí, lo mismo que los demás muchachos del poblado.
La «Gran Casa» era «tabú» para ellos y para las mujeres.
Sólo los guerreros podían cruzar el umbral.
Isa se detuvo ante la entrada. Estaba temblando.
El Consejo debía de haber tomado alguna decisión muy seria respecto a él cuando
le mandaba a llamar.
Ayer no había hecho nada malo; estaba seguro.
Había estado en el campo de Uf-nain, pero no había robado maíz. ¡Ah, claro! la
pelea. Sí, había peleado, lo recordaba bien, pero el que más daño había recibido era
él. Llevaba todavía la cabeza vendada. Además el Consejo nunca se había
preocupado por las peleas de los chicos.
Bien, lo mejor era entrar.
Apartó la piel de búfalo y permaneció inmóvil. En el centro de la gran choza,
adornada con pieles y trofeos de caza, estaba el brujo del poblado, revestido de las
vestiduras sagradas.
Una máscara grotesca y de aspecto terrible le cubría la cara.
Sentados en círculo, sobre pieles de búfalo, estaban todos los guerreros y los
varios Ring-kop, con la cabeza adornada de plumas.
Los viejos, audaces «lobos» (los mejores entre todos los guerreros), se sentaban
en el fondo de la choza y en medio de ellos estaba el Gran Jefe.
La piel estriada de un tigre le colgaba desde los hombros hasta la cadera. Un aro
de oro sobre el que ondeaban muchas plumas de avestruz, coronaba su cabeza.
A sus pies estaban la larga lanza y el escudo.
El brujo se acercó al muchacho bailando y vociferando.
Isa no se movió. A pesar de su aspecto terrible sabía que detrás de aquella
máscara se escondía Ao-sam, un viejo tembloroso que un día se había asustado al ver
al pequeño Chi-chiá, el puercoespín.
Nadie lo sabía, pero Isa lo había visto y desde entonces dejó de sentir estima y
respeto hacia el brujo.
Éste bailó a su alrededor durante diez minutos; luego, deteniéndose delante de él,
le tocó con el bastón sagrado y volvió a su sitio.
Entonces se levantó el Gran Jefe.
En la choza todos enmudecieron.
—Acércate —le ordenó.
Isa avanzó lentamente hasta que su pecho tocó la punta de la lanza que el Gran
Jefe mantenía inclinada en dirección a él.
—Mohamed Isa, pues éste es tu nombre —dijo—, el Consejo ha decidido. Te
someterás a la gran prueba. El viejo Ring-kop que te encontró en la selva ha hablado
en tu favor. Partirás esta noche. Y hasta que el tinte blanco que cubrirá tu cuerpo
desaparezca, el poblado será «tabú» para ti. Los cazadores te perseguirán, te cazarán.
No deberás dejar que te cojan. Si lo consigues, tu puesto estará aquí entre los
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guerreros. Entonces tendrás tu lanza y tu tucul.
—Vuelvo a insistir —gritó Unguasci, uno de los guerreros más fuertes—, no debe
someterse a la prueba. El «orzowei» no pertenece a nuestro poblado.
—¿Qué importa eso? —le interrumpió otro, sonriendo con malicia—. Como
morirá en la prueba…
—Así será. Pero aunque triunfe —prosiguió Unguasci— no debemos admitirle
entre los guerreros. ¡Recordadlo, es un «orzowei», un «guacho»!
—He hablado —el Gran Jefe le interrumpió—, y he decidido. Isa se someterá a la
prueba. Si consigue salir de ella será un guerrero de nuestro poblado.
Nadie replicó.
Se levantaron en silencio mientras el brujo gritaba algo. Un canto triste, solemne,
resonó en la choza; fue creciendo poco a poco de intensidad hasta convertirse en un
potente coro.
Era el canto de caza; el canto de la victoria del hombre sobre la jungla.
Isa seguía inmóvil en el centro de la choza.
Todavía no podía creer en lo que le estaba sucediendo.
Era aquél el día que había esperado con ansiedad, que había temido que no llegara
nunca.
Le daban la ocasión de demostrar su fuerza, su habilidad. Le ofrecían, por encima
de todo, el reconocimiento de pertenecer al poblado, de no ser ya un «guacho».
Cuando el canto acabó, el Gran Jefe le entregó el escudo y el «assegai», un
pequeño estoque que había de ser su única arma durante la gran prueba.
—Esta noche, cuando la luna haya alcanzado lo más alto de la copa del árbol
sagrado, partirás. ¡Buena caza!
El Gran Jefe salió. Con él, muchos guerreros.
Pero la ceremonia no había terminado todavía.
El brujo pisoteó las raíces que le habían entregado los hombres; echó sobre ellas
un poco de coco y un líquido resinoso, lo metió todo dentro de un gran caldero y lo
puso a hervir.
De vez en cuando, pronunciando palabras misteriosas, echaba en el caldero polvo
de incienso.
Más tarde desnudaron a Isa y lo metieron en el gran recipiente. Salió de él con
todo el cuerpo teñido de blanco, de un blanco marfileño.
Sabía que el tinte no desaparecería en seguida y que ni el agua ni el sol lo podrían
borrar.
Era la gran prueba.
Todos debían superarla. Ésa era la ley.
Cuando un muchacho era ya lo bastante mayor para ser admitido entre los
guerreros, le cogían, le desnudaban, le teñían y le dejaban en libertad en la selva.
Cualquiera que le descubriera podía cazarlo y matarlo.
Nadie le podía ayudar, pues el castigo era la muerte.
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Tenía que vivir solo hasta que el tiempo hubiese borrado la pintura blanca; si
lograba volver le nombrarían guerrero.
Si no volvía, el poblado sabía que había perdido a un muchacho que nunca
hubiese podido ser un buen cazador, y nadie le lloraría.
Cuando el brujo le hizo arrodillar delante de él para bendecirlo Isa sonrió.
Sentía una felicidad que no había sentido nunca hasta entonces.
Afuera, todos los muchachos le miraron en silencio, envidiándole.
—Reventarás —susurró Mései—, la selva te matará y los cuervos se alimentarán
en tu inmundo cuerpo.
Isa no se dignó dirigirle ni siquiera una mirada.
Tal como lo mandaba la ley, fue a saludar a todos los del poblado a sus chozas.
Pero sólo la vieja Amebais le estrechó la mano.
El padre de Mései le miró con una extraña luz en los ojos; luego dijo:
—Has ocupado el lugar de mi hijo. La gran prueba le tocaba a él. Es ésta una
afrenta que nos humilla ante los del poblado. Ten cuidado, «orzowei». Lo blanco, en
medio del verde de la selva, se descubre inmediatamente. Y cualquier cazador tiene
derecho a matarte.
Isa, por toda contestación, sonrió.
Se dirigió hacia el pie del árbol sagrado que se erguía solitario a poca distancia
del poblado y esperó a que llegara la noche.
No consiguió dormir.
Entornó los ojos y contempló el movimiento circular del sol; el breve crepúsculo;
la noche.
Cuando la luna empezó a platear las copas negras de los árboles, se le acercó un
hombre.
—La hora se acerca, hijo.
—Lo veo, Amûnai.
Se miraron sin hablar. Luego Isa dijo:
—Te agradezco que hayas venido.
—Sé —murmuró el viejo Ring-kop— que no te he criado como a un hijo ni he
hecho nunca nada que te pudiese ayudar.
—Me salvaste la vida.
—Sí, cuando eras pequeño. Pero luego dejé que vivieras peor que los perros del
poblado.
—No importa, Amûnai.
—He venido a saludarte. Y recuerda: lo blanco resalta y tu tinte es nuevo. Hay
alguien a quien le gustaría pincharte con su lanza. ¡Sé prudente! Recuerda que el sol
es tu enemigo. Muévete sólo cuando las sombras lo ocultan todo. Sé rápido como un
gamo y audaz como un leopardo. ¡Que tu caza sea afortunada, hijo!
—Gracias, padre.
El viejo guerrero carraspeó. Quería disimular su emoción.
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—Vuelve pronto al poblado. Te esperaré aquí cuando nazca la nueva luna. Y… no
me hagas esperar en balde.
—No esperarás mucho, si puedo.
Permanecieron en silencio, el uno junto al otro, hasta que les pareció que la punta
del árbol sagrado, que se balanceaba por el viento, tocaba a la luna.
Entonces Isa se puso en pie. Recogió el escudo y el «assegai», saludó con un
gesto a Ring-kop y se adentró en la selva.
En aquel mismo momento se oyó el redoble de un tambor.
Al principio con un ritmo lento; luego los golpes se hicieron más seguidos,
ensordecedores.
Era la señal para la caza del hombre.
El comienzo de una larga batida tras las huellas de un muchacho pintado de
blanco.
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CAPÍTULO II
A VANZABA con un trote ligero, infatigable, que había aprendido observando a las
gacelas en los largos días de verano, cuando llevaba los búfalos a pastar y los
abandonaba para adentrarse en la selva.
Un trote que no fatigaba y que muchas veces le había salvado de los ataques de
sus compañeros.
Aquellos juegos, aquellas fugas, le habían enseñado muchas cosas; sabía por
experiencia que lo mejor era poner mucha distancia entre él y sus perseguidores.
El eco del tam-tam se extendía a su alrededor.
Sabía que lo oiría todavía durante muchas millas y que al igual que él lo oirían los
cazadores que seguían su pista y los poblados al otro lado del río.
Sabía que se enteraría toda la gran tribu de los Swazi y que los exploradores lo
buscarían.
Se detuvo en lo más espeso.
Algo más lejos, el rugido de caza del león había despertado a la selva.
Tenía que abandonar el sendero. No era prudente continuar por aquel camino.
La lluvia del día anterior había ablandado el terreno y sobre él destacaban, muy
claras, sus huellas.
Anduvo alrededor de ellas para confundir el rastro; luego se echó junto a un
matorral.
Era inútil seguir así, sin meta.
Más allá del río, en el corazón de la selva, en un gran claro, había los restos de un
gran poblado, viejo como el sol, con chozas de piedra.
Se lo había contado Amûnai. Y cuando hablaba de la «ciudad muerta», hacía
todos los exorcismos posibles, porque el lugar estaba habitado por los espíritus del
mal.
Si quería escapar a sus perseguidores, tenia que alcanzar aquel lugar. Allí nadie le
buscaría. Conociendo el camino se necesitaban tres o cuatro días para llegar.
Con la rapidez de una ardilla se encaramó a un árbol. Desde allí, a horcajadas
sobre la rama más alta, observó el cielo.
La gran estrella estaba a su derecha.
Para alcanzar la «ciudad muerta» tenía que seguir siempre a su derecha.
Estaba a punto de bajar cuando un ligero ruido le inmovilizó y el corazón le
empezó a latir con violencia.
Un crujido; una rama partida.
Conteniendo la respiración, aguzó la mirada. Por entre las ramas del árbol
divisaba el sendero.
Descendió un poco y esperó. Ningún ruido extraño a la vida de la selva.
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El leopardo cazaba a una milla de distancia. Poco antes su grito desesperado —de
animal hambriento que no encuentra alimento— había resonado en la jungla y le
había helado la sangre en las venas.
Un gamo había atravesado de carrera el sendero y un mono le chillaba
maliciosamente. Más lejos, un grupo de hienas reía.
Una risa burlona, cruel.
Luego Isa oyó un ruido que no supo definir.
Parecía como si alguien diera ligeras palmadas.
Esperó. Y aparecieron Sem-husci y dos jóvenes guerreros del poblado.
—Ha pasado por aquí. Las huellas son claras —decía Sem.
—Una vaca y tres corderos para cada uno si conseguimos cogerle. ¡Será muy
sencillo!
Caminaban satisfechos, cuando Sem-husci hizo una seña.
Los otros se le acercaron y se inclinaron para mirar el terreno.
Empezaron a discutir.
—Debe de estar por estos alrededores —dijo luego Sem.
—Apostaría a que está durmiendo aquí cerca.
—Sí, las huellas se confunden… Mirad —dijo uno de los más jóvenes.
Era él el que hacía aquel extraño ruido. La pequeña daga colgada del cinturón le
golpeaba el muslo a cada paso.
—Escuchad —dijo Sem-husci—, seguiré a lo largo del sendero. Tú —y se dirigió
al hombre de la daga— busca entre estas matas, mientras Solimán rastrea la zona más
adelante. ¿Os parece bien?
—Bien —contestó Solimán—. Vamos.
Había dado unos pasos cuando Sem-husci gritó:
—¡Eh, Mur! ¡La daga da en tu muslo y hace ruido!
Mur se la quitó y ya no se oyó nada.
Cada uno tomó su camino y desaparecieron.
Isa esperó; luego se deslizó lentamente por el tronco.
Había empezado la caza.
Si quería volver un día al poblado tenía que mantener bien abiertos los ojos y los
oídos.
En lugar de seguir adelante volvió sobre sus pasos.
Y cuando vio, muy lejanas todavía, las higueras de la tribu, se encaramó a un
árbol y a horcajadas en la bifurcación de unas ramas se durmió.
Las dos primeras semanas fueron terribles para Isa. Su pequeño estoque no servía
para cazar a distancia. Se tenía que arrastrar hasta muy cerca del animal si quería
acertarlo; pero éste siempre se daba cuenta a tiempo de su presencia y huía asustado.
Así, se tenía que conformar con roer alguna raíz o mascar algún poco de hierba.
Pero también estos alimentos había que saber encontrarlos.
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Uno de los primeros días había comido una plantita de sabor al principio
agradable; luego había tenido unos dolores terribles y había pensado que los espíritus
del mal habían acudido para llevárselo, para castigarle por las muchas veces que se
había burlado de ellos.
Fue así como aprendió a conocer qué plantas eran comestibles y cuáles eran
venenosas.
También para coger la fruta tuvo que ejercitarse mucho y arañarse todo el cuerpo
antes de haber aprendido a moverse diestramente de rama en rama hasta alcanzar la
más delgada, donde estaba siempre la fruta más sabrosa.
Varias volteretas desde lo alto, afortunadamente sin consecuencias graves, le
enseñaron a distinguir una rama buena de una carcomida y los monos fueron para él
unos maestros estupendos enseñándole cómo se podía saltar de una rama a otra sin
romperse la crisma.
Pero lo más difícil fue encender fuego.
No tenía pedernales y, recordando lo que había visto hacer muchas veces en el
poblado, intentó encenderlo frotando dos pedazos de madera. En aquellos días se
arrepintió amargamente de no haberse fijado en cómo se hacía.
Las dos maderas se calentaban, la frente se le cubría de sudor, le dolían los
brazos, pero el fuego no aparecía.
Entonces invocaba a todos los dioses y a los espíritus buenos y malos. Luego los
maldecía a todos a la vez. Mas el fuego seguía sin aparecer.
—¡Oh dios del rayo —gritaba—, encolerízate con este indigno siervo tuyo y
lanza sobre él tus saetas encendidas!
Pero su oración era inútil.
Posiblemente porque el dios que invocaba sabía que sus saetas serían una
bendición para aquel chiquillo de pelo rizado que se afanaba tanto.
Pero un día lo consiguió y entonces surgió un segundo problema.
Acababa de encender su primer fuego cuando, a poca distancia, oyó el sonido de
un cuerno.
Alguien que había visto el humo se dirigía hacia él.
La modulación del sonido había hecho comprender a Isa que algún cazador creía
haber encontrado a sus compañeros.
Huyó. Así fue como no pudo gozar del primer fruto de tantas fatigas.
Desde entonces buscó con cuidado la leña apropiada para arder con llama sólo,
para que el humo no denunciase su presencia.
Observó cómo el león acechaba a los antílopes; cómo se deslizaba por el suelo,
cómo saltaba de repente. E intentó hacerlo.
Repetía los movimientos del animal salvaje: su ímpetu, su deslizamiento
silencioso, sus largos saltos.
Fueron unos días duros, de ejercicio continuo.
Por fin mató a su primer gamo.
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Nunca hubiese creído que desollar a un animal fuese tan fatigoso y difícil.
En los días que siguieron aprendió a hacerlo más rápidamente y con menos fatiga.
Durante ese tiempo, Isa, dando un gran rodeo por la selva, alcanzó el río que la
atravesaba.
Más allá del río, a dos o tres días de marcha, estaba la «ciudad muerta». Allí se
refugiaría.
Se zambulló.
Con brazadas lentas alcanzó el centro del río y lo remontó unos cien pasos.
El río se deslizaba, tranquilo, solemne, por su amplio cauce.
Aquí y allá, a lo largo de las orillas cubiertas por una espesa vegetación, algún
árbol se inclinaba sobre el agua rozándola suavemente con sus ramas frondosas.
Luego el muchacho se dejó llevar por la corriente hasta que vio surgir en el centro
del río una roca blanca. El agua burbujeaba alrededor de ella formando espuma.
Subió a la peña y antes de tumbarse sobre su centro liso contempló su cuerpo. El
tinte blanquecino no se atenuaba.
Se echó al sol. Bajo el agradable calorcillo (no había llegado todavía el período de
los fuertes calores) entornó los ojos y pensó en el poblado, en Mései, en el viejo
Ring-kop, en el Gran Jefe.
Volvió a ver el árbol sagrado, los campos cultivados, las manadas de búfalos en
los pastos; y por un momento sintió una ligera sensación de melancolía y de
nostalgia.
Aunque era cierto que aquél no era su poblado, como le decían todos; aunque era
cierto que aquél no era su pueblo, como lo juraban todos, allí había vivido y sufrido,
con ellos se había sentido feliz, había llorado y amado. Y además, ¿por qué no podía
ser su pueblo?
¿No era él como los demás? ¿No hacía lo mismo que hacían ellos? ¿No vivía
como ellos vivían?
—Es tu piel, tu cara —decían.
¿Qué podía hacer él si era un poquito más claro?
¡Cuántas veces se había expuesto al sol, completamente desnudo, durante
muchísimo rato, cuando los grandes calores, para hacer que su piel se volviese más
oscura, parecida a la de sus compañeros!
Sin embargo, había en él algo de brujería.
Su piel no quería volverse brillante, de aquel hermoso color de ébano que era el
orgullo de los habitantes del poblado.
¿Qué pensamientos eran ésos?
Bostezó mientras se desperezaba.
Él era un Swazi. Se sometía a la gran prueba. Era ésta una señal de
reconocimiento de que pertenecía a la tribu. Podía darse por satisfecho.
Se levantó.
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Permaneció así, inmóvil, de modo que parecía formar parte de la roca. Su esbelta
figura se destacaba claramente sobre el verde oscuro de la selva.
Luego, con lentas brazadas, alcanzó la orilla.
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El jefe empezó a moverse y todos se pusieron en fila detrás de él.
Había llegado para Isa el momento de actuar; bajó resbalando a lo largo del
tronco y se acercó con cautela a un ñu joven que retozaba todavía por allí. Cuando
estuvo a menos de un paso de distancia, se le echó encima gritando. La manada salió
huyendo alarmada. El pequeño, inmovilizado por el terror, se dejó coger fácilmente.
Cayó al suelo dando un largo y quejumbroso balido.
Pero la madre, que ya estaba lejos, no le oyó.
Isa arrastró a su presa lejos del sendero de la sed; cortó un cuarto del animal y lo
asó.
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Entonces, una masa de color leonado se lanzó sobre él y sobre el búfalo con la
fuerza de un bólido.
El muchacho cayó de bruces al suelo. No se movió.
La gran pantera le había robado la presa, lanzándose con un salto formidable
desde un matorral que distaba diez pasos del sendero.
Escondida entre la hierba alta, había estado esperando pacientemente. El búfalo,
enloquecido por el dolor, no la había olido. Ahora luchaba contra la feroz enemiga
que, agarrada a él, intentaba alcanzar la gran vena para desgarrarla.
De pronto, empinándose súbitamente, el búfalo consiguió derribar a la fiera y la
corneó con sus poderosas defensas.
La pantera pudo esquivar en parte la embestida y saltó a su vez sobre la cabeza de
su víctima, desgarrándola con sus formidables garras.
El búfalo pateó, mugió e intentó aplastar a la enemiga contra el suelo.
Estaba a punto de rendirse, exhausto, cuando la pantera, contorciéndose,
abandonó la presa dando unos gritos roncos, terribles.
El «assegai» le había penetrado en las fauces, destrozándoselas. El búfalo, en
cuanto vio al enemigo en el suelo, volvió a atacar. Un grito terrible.
De pronto, la pantera se enderezó, hirió, desgarró y el búfalo se desplomó entre
estertores.
Sólo entonces Isa se movió.
Vio como el felino abandonaba su presa, que palpitaba todavía y se dirigía hacia
el río.
La observó con atención. La gran pantera debía de tener las patas anteriores rotas
porque se arrastraba resbalando sobre el pecho, ayudándose sólo con las traseras. El
búfalo la debía de haber herido en el último ataque.
Pero aún avanzando así, lo hacía con tanta rapidez que muy pronto llegó al agua.
La vista de la fiera carnívora, la más poderosa de toda la selva, en aquel estado,
sugirió a Isa una idea.
¿Quién se atrevería a poner en duda su valor si volvía al poblado con el cuerpo
cubierto con el manto leonado del animal?
Se acercó al búfalo. Unas diez hienas se retiraron ladrando. El «assegai» estaba en
el suelo, cubierto de sangre.
Lo cogió y lo limpió en la hierba húmeda y se dirigió hacia el río. La pantera
había metido el hocico en el agua para apagar el ardor de la herida. Gemía.
Los escalofríos sacudían su largo cuerpo. La cola ondeaba de un lado hacia otro,
inquieta.
Isa, temblando, se detuvo a mirar la fiera.
El miedo estaba luchando contra la ambición. Apretó los dientes. Tenía que
arriesgarse. Sólo la muerte de la gran pantera podría hacer olvidar, así lo creía, a los
habitantes del poblado, que él era un «orzowei», un «guacho», un chacal de hombre.
Todavía recordaba —tendría entonces seis o siete años— el magnífico
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recibimiento, el regocijo con que acogieron a Umbelai el día en que volvió al poblado
con la piel de un leopardo.
Adelante, pues.
«Después de todo —se dijo— tiene las patas rotas y está herida y cansada».
Se arrastró hasta llegar a pocos pasos del animal.
Le parecía como si en la selva resonara el «tam-tam» con el mismo ritmo
frenético con que le latía la sangre en las sienes.
Apretó con fuerza el «assegai» y se lanzó.
En aquel mismo instante la pantera se volvió; abrió la boca con un rugido
poderoso y, apoyándose sobre las patas posteriores, saltó.
Isa esquivó el tremendo golpe, pero no con tanta rapidez como para salir
indemne.
Las zarpas de la fiera le abrieron el pecho, mientras los colmillos se cerraban con
violencia a pocos centímetros de su muslo.
Los dos, por un instante que al muchacho le pareció un siglo, se miraron
inmóviles.
Luego se movieron a la vez.
La pantera saltó. Isa aprovechó el momento en que la fiera dejaba al descubierto
la parte inferior del cuerpo para clavarle su «assegai».
Un rugido de rabia le hizo comprender que el golpe había sido certero y la pantera
se le desplomó encima, derribándole. Las garras se le clavaron una vez más en el
cuerpo.
Sintió un fuerte dolor en la pierna y se desmayó.
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más difícil la tarea, sonrió satisfecho de sí mismo.
Le parecía ser, pintado de blanco y con estrías rojas, un bravo guerrero preparado
para una gran batalla. No era aquél un sencillo tatuaje: era un color que proclamaba
su audacia.
No terminó su trabajo hasta las primeras luces del amanecer.
Cogió la piel manchada del animal y la extendió sobre unas matas, al sol.
Agotado, se echó debajo de ella.
Nadie se acercaría.
Seguía siendo la piel del cazador más fuerte de la jungla.
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CAPÍTULO III
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—Debe de haber estado muchos días por aquí. Mirad, hay señales viejas y huellas
frescas todavía.
Sem-husci observó el tronco.
—Aquí dormía —dijo.
¡Cómo odiaba ahora Isa a aquel hocico negro gruñón!
—Está aquí todavía —dijo Mur—. Sus armas hablan por él.
—Mira entre las ramas —ordenó Sem-husci—. Puede estar escondido allá arriba.
Con la agilidad de un mono, al que incluso había llegado a parecerse, Solimán se
agarró al tronco y trepó.
Entretanto, Mur se había alejado y Sem-husci esperaba al pie del árbol.
Isa meditó.
Volver al poblado sin armas significaría falta de energía. Todos se darían cuenta
de ello. Dejar las armas en manos del enemigo no era digno de un gran cazador.
Y además, ¿qué pensaría de él el Gran Jefe? Que había huido aterrorizado,
temblando como un cervatillo ante un pitón, al ver a los cazadores que le buscaban.
Demostraría, pues, que era realmente un chacal de hombre.
Recogió una piedra, la sopesó y cuando Sem-husci se puso de pie dándole la
espalda, la lanzó.
Y mientras el negro caía al suelo gritando, Isa dio un salto, recogió sus armas y
salió corriendo hacia el río.
Solimán, ignorando lo que hacía sucedido, al oír el grito se deslizó rápidamente
por el tronco y levantó a su compañero. Mur corría hacia ellos.
Y fue precisamente Mur el que primero le vio y dio la alarma.
—¡El muchacho va hacia el río! ¡El muchacho va hacia el río! ¡Sem, Sem…!
Isa se zambulló.
Les oyó gritar y luego la voz de Sem-husci —el golpe debía de haberle aturdido
solamente— ordenó:
—Tú, Mur, quédate aquí. Te reunirás con nosotros cuando estemos en la otra
orilla.
Isa nadó con desespero, sujetando con fuerza el «assegai» entre los dientes. El
escudo le colgaba de los hombros.
No podía más.
El dolor de la pierna era tan fuerte que no podía apoyar el pie en el suelo. Los
oídos le zumbaban y ante sus ojos bailaban infinidad de puntitos luminosos.
Necesitaba encontrar un lugar donde echarse, aunque sólo fuese un rato; pero
antes tenía que hacer perder sus huellas.
Los perseguidores no estaban lejos. Había conseguido hacerles perder tiempo
saltando de rama en rama por un buen trecho de camino. Pero Sem había vuelto a
encontrar su rastro. Volvía a estar muy cerca.
«¡Valor! —se decía—. ¡Valor, Isa! Como te cojan te matan… ¡Valor! no debes
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detenerte… Si te detienes todo estará perdido. ¡Valor!… ¿Cuántos días durará todavía
el tinte?… ¡Valor, valor! ¡No te detengas!».
Si, quería huir, pero el dolor era demasiado fuerte.
A pesar de todo, siguió arrastrándose.
Ante él se extendía un terreno pantanoso.
En unos pequeños islotes había grupos de cañas altas. Era un buen terreno para
que su rastro se perdiera; además, a unos cien metros, la selva tenía un aspecto más
impenetrable, más acogedor que nunca para él.
«¡Hasta allá! —murmuró—, ¡hasta allá y podré descansar!».
El último trecho lo recorrió saltando sobre un pie. Agotado, se echó sobre las
raíces de un árbol.
Bien, si los dioses habían decidido que había llegado su hora, lo mejor sería morir
descansado.
Esta broma se la debía de haber gastado el dios que, según aseguraba el brujo,
vivía en el gran baobab y del que él se había burlado siempre.
«De todas formas —murmuró— si el dios tiene intención de ayudarme, no me
reiré nunca más en su presencia y a mi regreso le ofreceré el sacrificio de un gran
ciervo».
Estaba cansado; era agradable poder descansar, pero el pensamiento de que la
larga lanza de Sem-husci le podía atravesar en cualquier momento de parte a parte, le
daba escalofríos.
Intentaba percibir el más pequeño ruido. El más ligero susurro hacía que le diera
un vuelco el corazón, mientras apretaba nerviosamente el «assegai».
En una de estas ocasiones fue cuando oyó a su derecha una voz que decía:
—¡Atención! la pequeña lanza puede herirte.
Isa se puso rápidamente en pie.
—¿Quién es? —intentó decir.
Pero sus labios sólo emitieron un sonido ronco.
De un matorral salió un hombre de piel oscura, más amarilla que negra, de cara
enjuta, con los pómulos muy salidos y los ojos en forma de almendra.
Iba desnudo y llevaba unos adornos hechos con dientes de fieras, formando un
collar de tres vueltas alrededor de su cuello. En la espalda, una aljaba repleta; las
manos sujetaban un arco con una flecha apuntada hacia el muchacho.
—¡Pequeño pueblo! —murmuró Isa—. ¡Pequeño pueblo!…
Y en su voz había, a la vez, desprecio y terror.
—Pequeño pueblo, sí —dijo el hombre, sonriendo. Tenia una barba pequeña en
forma de punta—. Soy uno del pequeño pueblo.
—No sabía que éstas fueran tierras de los hombres de los arbustos.
—Éste no es «nuestro» territorio. Pero los pigmeos de la selva —contestó
sonriendo irónicamente el «bushman», pues se trataba de uno de ellos— van por
donde quieren. Son libres.
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—Los pequeños hombres —añadió Isa sintiéndose más valiente, repitiendo lo que
había oído miles de veces— deben mantenerse alejados de los Swazi. Los Swazi
pertenecen a la gran raza Bantú y los Bantú son los dueños de la selva. Por eso los
pequeños hombres se tienen que conformar y vivir entre los arbustos sin cruzarse en
nuestro camino.
La flecha se clavó en el tronco, precisamente encima de su cabeza.
—No hables más, gusano negro pintado de blanco. La selva nos pertenece a todos
y nosotros vamos adonde nos place. Y si los fuertes Bantú quieren vivir muchos años,
que no nos molesten.
Los ojos del hombre, que casi no llegaba a los hombros de Isa, tenían una mirada
fría, dura.
El muchacho conocía, por lo que contaban los cazadores, la fuerza y la habilidad
de los «bushmen».
Pequeños pero terribles.
Sus flechas no perdonaban. Las puntas estaban impregnadas del veneno mortal de
algunas plantas.
Y aunque los de la raza Bantú a la que pertenecían los Swazi, los Zulú, los Pondo,
los Tembú, los Xosas, los Shangaans, los Mascona, habían conseguido expulsarlos de
su territorio, los «bushmen», «hombres de los arbustos», pigmeos, no se habían
dejado someter; por ello seguían representando un peligro, y su odio, unido a su
valor, constituían una amenaza.
El muchacho permaneció inmóvil; pero cuando vio que el «bushmen» avanzaba
hacia él, lanzó rápidamente el «assegai».
El hombre, inclinándose, esquivó el golpe y antes de que Isa tuviese tiempo de
echársele encima tenia una nueva flecha preparada en el arco.
Isa se detuvo.
—El muchacho pintado tiene valor, pero no prudencia. Y necesita tenerla si
quiere volver al poblado cuando desaparezca el tinte blanco.
—¿Qué es lo que quieres?
—Nada —contestó el «bushman»—. He visto cómo luchabas con la gran pantera.
Te he visto huir de los cazadores. Eres mi enemigo, un enemigo de los de mi raza.
Cuando seas más alto, si consigues ser tan rápido como para esquivar nuestras
flechas, es posible que tu lanza alcance a alguno de los míos. Pero Pao, éste es mi
nombre, admira y respeta el valor. Y tú has demostrado ser valiente. Mira: tus
hermanos te buscan para matarte. Yo te ayudaré.
Isa no contestó. Estaba lleno de terror y no sabía cómo reaccionar.
—Tus ojos —siguió diciendo Pao— me dicen que me temes. Pero a Pao no le
gusta matar. Si hubiese querido, lo hubiese podido hacer hace muchos días, cuando
mataste el cervatillo que yo quería cazar. Lo hubiese podido hacer la noche de la
lucha con la gran pantera. Lo pude hacer ayer y hoy, en el río. Pero eres un chiquillo
y estás herido. Te ayudaré.
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Volvió a poner la flecha en la aljaba y se acercó al muchacho.
—Toma tu pequeña lanza —dijo.
Isa la aceptó sin hablar.
El hombre se alejó para recoger unas hierbas.
El momento era propicio. Si quería darle, ahora lo podía hacer. El «bushman»
estaba de espaldas. Isa empuñó el «assegai», pero se detuvo, pensativo.
El hombre había demostrado tener confianza en él. Le había devuelto el arma.
¿Cómo le podía traicionar?
El «bushman» volvió, destapó su herida y puso sobre ella las hojas que había
cogido.
El muchacho experimentó una sensación muy dulce de alivio.
—Ya la primera noche hubieras tenido que ponerte estas plantas y no aquellos
helechos roñosos. No curan las heridas de las garras de pantera.
Isa inclinó la cabeza mientras murmuraba:
—Gracias.
—Me gustas —prosiguió Pao—; me hubiese gustado tener un hijo como tú. Pero
la gran pantera lo mató antes de que conociese la estación de las grandes lluvias. Y a
su madre con él… ¿Cómo te encuentras ahora?
—Parece como si el rocío hubiese caído sobre el fuego de mis heridas. Estoy
bien.
—Vamos pues.
—¡Oh, no! No puedo. ¡La pierna no me sostiene!
—Aprieta los dientes y camina. Debes alejarte de aquí lo antes posible.
—No puedo.
—¡Debes hacerlo!
—Pero yo…
—¡Debes hacerlo! Basta un instante para que te cojan. ¡Muévete!
Isa, con una mueca de dolor, intentó dar unos pasos.
—Adelante, por el sendero.
—¿Hacia dónde vamos?
—Hacia las chozas de piedra.
—¿Vamos a la «ciudad muerta»?
—Si, sólo allí podrás descansar con tranquilidad.
—Me dirigía hacia allá. ¿Está muy lejos?
—Cuando la luna esté muy alta en el cielo, veremos las primeras piedras.
—No podré llegar. Está demasiado lejos.
—Por la noche estaremos en el poblado.
—Yo…
—Pao va contigo. Sigue andando tranquilo.
Anduvieron durante mucho rato.
Isa avanzaba lentamente, mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar, para no
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gritar por el dolor.
Pao le seguía, borrando las huellas que dejaban sobre la tierra. De vez en cuando
se detenían.
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Entonces el «bushman» ponía hojas frescas sobre la herida del muchacho.
Más tarde abandonaron el sendero —si se podía llamar sendero a aquella
alfombra de musgo y hojas que se extendía por entre los arbustos y la maraña de los
juncos— se adentraron en el corazón de la selva, donde, para adelantar, tenían que
dar muchos rodeos inútiles.
Pao le enseñaba las estrechas rendijas, los agujeros entre las matas, el paso entre
los bejucos.
De vez en cuando se detenía para observar un tronco, un arbusto; luego seguía
andando.
Conocía la selva tan bien como a su arco.
Por la noche, tarde, bajo el fulgor estático de la luna que la iluminaba haciéndole
adquirir, con un juego de sombras, aspectos fantásticos, llegaron a la «ciudad
muerta».
Era el centro antiquísimo de una civilización desconocida. Se ignora por qué
había sido abandonada por sus habitantes. Y la selva había vuelto a conquistar lo que
un día le habían robado los hombres.
Junto a los bloques de piedra, se erguían ahora los gigantes de la jungla. Las
infinitas variedades de enredaderas habían cerrado con sus garras de hierro, vetustos
palacios y finas columnas que se erguían hacia el cielo.
Aquí y allá, en el pavimento hendido, grandes matorrales ocultaban enormes losas
que habían conocido el paso de un pueblo antiquísimo.
En el centro de las casas muertas, en una plaza donde se veía de vez en cuando el
pavimento de mármol, sobre los lomos de elefantes ciclópeos, se alzaban dieciocho
columnas. Alguna de éstas conservaba todavía en su extremo una gran cabeza de
mujer.
Al final de la columnata, una gran escalinata, que antiguamente debía de haber
sido el acceso a un templo, se interrumpía entre las ramas de una gran higuera.
Isa, con los ojos muy abiertos, emocionado, lo miraba todo sin poder hablar. Era
la primera vez en su vida que veía una construcción gigantesca, que parecía más
grande y más fabulosa por los juegos de luz y de sombras que la luna se divertía en
crear.
—Mira las chozas de piedra —murmuró Pao.
—Son más hermosas que toda la selva.
—Sí, pero las habitan los espíritus del mal y las cobras son sus guardianes. Aquí
estarás a salvo, muchacho. Nadie se atreverá a penetrar entre estas piedras.
—No te vayas —suplicó Isa.
—¿Por qué?
—Tengo… yo… siento dentro de mí algo que late con fuerza y me hace temblar.
—El hombre teñido no debe temblar. La pintura blanca oculta su palidez. Has de
ser como los troncos, que esconden sus emociones detrás de la profunda corteza y
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desafían, aparentemente inmóviles, cualquier tempestad.
—Haré lo que tú digas, pequeño hombre.
—No temas. Busca un buen sitio y descansa. Volveré mañana.
—Gracias. Te debo la vida.
—Son palabras demasiado serias para un chiquillo. Dispondrás de mucho tiempo
para volvérmela a ofrecer, si quieres. Adiós.
—Adiós.
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CAPÍTULO IV
Su encuentro había sido muy extraño y para Isa era más extraño todavía el placer
que sentía estando junto al «bushman».
Pao no le había dicho nunca que se quedara, pero tampoco le había echado.
En la mañana siguiente a la llegada a la «ciudad muerta» habían estado cazando y
desde entonces se habían vuelto a encontrar cada día, como si se hubiesen dado cita,
en el límite de las cabañas de piedra.
Isa volvió muchas veces al poblado de los «bushmen» e incluso durmió allí una
noche.
Nadie le habla dicho nunca nada, pero un día en que quiso ir a llamar a Pao, tres
flechas se clavaron en el terreno a un paso de distancia, haciéndole comprender que
no debía seguir. Desde entonces tuvo que aprender la llamada de los pobladores de
los arbustos.
Tres veces el aullido del chacal interrumpido por la risa horrible de la hiena.
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Pao se reía mientras Isa ensayaba y volvía a ensayar.
—Si te quieres librar de los pinchazos de nuestras flechas —decía— lo tienes que
aprender bien.
El tinte iba desapareciendo. La piel morena del muchacho asomaba aquí y allá y
con el contraste de la pintura blanca, parecía mucho más oscura.
—Pronto tendrás que volver con tu gente —dijo un día Pao, observándole.
Estaban echados al pie de un gran tronco.
—Claro —contestó Isa.
Y pensaba en aquel día.
—Cuando estés allí olvidarás al viejo e insignificante Pao. Pero yo no te olvidaré.
Me has proporcionado la ilusión de tener todavía a mi hijo. Te lo agradezco, Isa.
El muchacho no contestó en seguida. Hubiera querido decir muchas cosas pero no
podía.
—Mira —dijo—. Tú me has salvado de mis enemigos y me has enseñado cosas
que no olvidaré. Has hecho por mi lo que nunca hizo nadie. Yo… yo no olvidaré
nunca que me has tratado como a un hijo. Porque lo has hecho. Y yo he aprendido lo
que significa tener un padre.
Diciendo esto cogió la mano del hombre y la besó.
—Tus palabras —dijo Pao— son para mí como la lluvia después de una gran
sequía. Dan vida. Pero dime: has dicho que no has tenido padre. ¿Cómo es posible?
—El viejo Amûnai dice que la historia es larga y yo no la conozco. Olvídalo, Pao.
No quería explicar que todo el poblado le echaba en cara ser blanco. Y además,
¿por qué decirlo si él se sentía Swazi, un negro de la gran tribu?
—¿Cuándo piensas marcharte? —preguntó Pao.
—A la segunda aurora. El viaje es largo y los restos de pintura irán
desapareciendo a lo largo de los senderos. El viejo Amûnai me esperará al pie del
árbol sagrado. Tengo que ser puntual.
—Te acompañaré hasta el río. Y en la precipitación del regreso no olvides la
prudencia. Los exploradores están deseando matarte.
—Lo sé.
Pero al día siguiente sucedió algo que retrasó la partida de Isa.
Había ido a la «ciudad muerta» para recoger el «assegai» y el escudo. Dio la
vuelta alrededor de una columnata, penetró entre dos enormes piedras y se inclinó
para recoger las armas que estaban escondidas en un rincón. Pero su mano cogió algo
viscoso.
Se retiró de un salto, con repugnancia, ahogando con dificultad un grito de horror.
Enroscado en el estoque había un áspid de piel verdosa con manchas oscuras. Al
contacto de la mano se había enderezado rápidamente hinchando el cuello y, rígido
como una barra de hierro, fijaba sus ojos fríos en el que le había molestado.
Al ver el capuchón que formaba la hinchazón del cuello, Isa retrocedió dando un
grito.
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El comportamiento del hombre excitó a la cobra. Como una saeta saltó hacia
delante y sus dientes, llenos de un poderoso veneno, se clavaron en la pantorrilla de
Isa.
El muchacho se liberó de la presa con un estirón y preparó el arco.
La flecha cortó en seco el segundo salto del reptil, clavándolo en el suelo.
Entonces, recogiendo el «assegai» y apretando los dientes, Isa abrió con él los
pequeños agujeritos rojos. Salió un chorro de sangre.
Se alejó corriendo hacia el poblado de los «bushmen».
—¿Qué le sucede a mi pequeño cazador? —preguntó Pao saliendo de un arbusto
—. Con su loca carrera ha asustado a mi presa. ¡Toda la selva le ha oído!
—¡Pao, un «ajé»!… ¡un «ajé» en la «ciudad muerta»!… ¡me ha mordido! ¡Aquí!
Pao se puso inmediatamente serio.
—Apóyate en el tronco —ordenó.
Con un bejuco ató fuertemente la pantorrilla por encima de la herida y con el
«assegai» ensanchó la primera incisión, hasta separar la carne del hueso.
Luego se arrodilló y chupó la sangre de la herida. Dejó de hacerlo cuando, ya
agotado, no pudo más.
—Adelante ahora, ¡camina! —ordenó—. No debes abandonarte.
En la gruta le preparó un jergón con hierbas frescas; Isa se echó en él.
Lo veía todo borroso, como si las cosas estuvieran envueltas en un velo de niebla.
Oyó confusamente la voz de Pao que llamaba a los hombres; vio algunas sombras a
su alrededor. Luego las sombras se hicieron cada vez más borrosas mientras las
palabras de Pao se hundían en aquella espesa niebla que le envolvía. Sintió que su
cuerpo vibraba, se agitaba, y ya no se enteró de nada más.
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corazones. Y sus corazones, calientes todavía, han chupado tu sangre. Luego las
pequeñas plantas con su jugo te han ayudado a liberarte del veneno. Yo no he hecho
más que mirarte.
Sonrió.
—¿Estoy curado ahora?
—Hablas. Y cuando la lengua se mueve y los ojos ríen, aunque el cuerpo esté
como un arbusto quemado por el sol, se vive, Isa.
—Quisiera levantarme.
—Inténtalo. Pero antes bebe.
La leche ácida de la cabra salvaje le pareció más ácida que otras veces.
Luego se sentó.
—El tinte está desapareciendo, Isa.
El muchacho contempló su piel. Había desaparecido el tinte blanco.
—Te ha quedado sólo una sombra ligera, ligerísima. Parece que tu piel esté
cubierta por un polvo finísimo. Te pareces más a nosotros que a los Swazi.
Isa no contestó.
Aquélla era su piel. Piel de blanco, decían en el poblado. No era polvo ni resto de
pintura. Era su piel y nada más.
¿Pero por qué era blanco, si todos los que le rodeaban eran negros o amarillentos
como Pao y su gente?
Tuvo que estar todavía una semana tumbado en el jergón. Luego recobró poco a
poco las fuerzas y finalmente volvió a coger el arco para cazar.
Volvió tarde, cuando anochecía, arrastrándose detrás de un cervatillo. Lo había
tenido que perseguir unas dos millas antes de poderlo coger, porque el veneno de las
flechas actúa lentamente. Pero estaba orgulloso.
Se sentía ya lo bastante fuerte para emprender la marcha por el sendero, hacia su
tribu.
Pao le esperaba en el centro del pequeño claro que formaba la plaza del poblado.
A su alrededor cuatro hombres se sentaban junto a unas cestas.
—Siéntate —le ordenó.
—¿Qué quieres?
—La serpiente te ha mordido una vez y te volverá a morder si no sabes
enfrentarte con ella. ¿Le tienes miedo, verdad?
—No lo sé. Nunca me había estremecido ante un ligero ruido. Hoy ha sucedido.
¿Crees que eso es miedo?
—Si, eso es miedo. Y el que tiene miedo muere. Porque el miedo nos lleva a
hacer cosas tontas y sin sentido que nos pierden. Siéntate. Te enseñaré cómo vencer
al miedo.
Se acercó una mujer con una jarra llena de agua. Pao echó en ella unas gotas de
aceite. En aquel momento los cuatro hombres, puestos en círculo, entonaron un canto
ligero, casi susurrándolo y, arrastrándose por el suelo, danzaron alrededor del jarro.
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—La canción del «ajé», la cobra —murmuró Pao mientras Isa miraba fijamente a
los bailarines, subyugado por sus movimientos sinuosos.
—Ahora el aceite de la bendición penetra en el agua y ¡se mezcla… se mezcla…
se mezcla!
Pao chillaba mientras removía el líquido. Su mirada estaba fija en el cielo.
—Bebe —dijo por fin.
Isa bebió la poción de un trago.
Cuando dejó el vaso, los hombres cesaron de bailar, recogieron las cestas y se
acercaron a él.
Bajo las tapas levantadas, cuatro serpientes irguieron la cabeza y miraban
fijamente al muchacho.
—¡Noooo!
El grito de Isa era casi inhumano.
—Quieto. La bebida te ha hecho inmune. Las serpientes ya no te pueden hacer
daño. ¡Acércate!
Isa se acercó. Tenia confianza en Pao, que le había salvado y curado.
El «bushman» acercó a las orejas del muchacho dos reptiles que se agarraron a
ellas con los dientes y estuvieron así más de un cuarto de hora.
Luego le pusieron otros dos mientras los primeros se enroscaban a su cuello.
Isa ya no temblaba. La poción había sido eficaz. El miedo había desaparecido.
Cuando terminó la ceremonia, Pao le dijo:
—Ahora estás a salvo. Las serpientes podrán acercarse a ti y tú las tratarás
tranquilamente. Ya no te atacarán porque comprenderán que no les tienes miedo ni les
quieres hacer daño.
Unas noches más tarde los «bushmen» estaban reunidos en la gran plaza para la
cena de despedida. Isa partiría cuando la luna iluminara la selva.
Pao habló poco y cuando todos volvieron a sus chozas, con un gesto le indicó a
Isa que le siguiera.
En la gruta cogió un arco y una aljaba artísticamente decorada.
—Toma —dijo—, es mi regalo.
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—Has sido bueno conmigo, Pao, como un padre. Conservaré el arco con el
mismo cuidado con que cuido mi cuerpo. Vendré a verte a menudo, si quieres.
—Para mí será como si viniera mi hijo. Te esperaré. Otra cosa todavía. Un
amuleto. Llévalo siempre contigo. Era de mi pequeño. Lo había preparado para él. No
lo pudo llevar nunca.
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Isa se arrodilló. El «bushman» ató a su cuello un diente de leopardo sobre el que
bahía grabados cuatro círculos concéntricos de los que salían ocho rayos triples. En el
centro de la incisión, dos pequeños dedos cruzados recordaban una espada.
—Que los espíritus buenos te acompañen, Isa. Vete, la luna ha nacido ya.
—Adiós, Pao. No te olvidaré.
Después de besarle las palmas de las manos, Isa se dirigió al sendero que había de
conducirle de nuevo entre su gente.
Cuando llegó al límite del poblado se detuvo. Pao seguía junto a la puerta de la
gruta.
En aquel momento Isa comprendió lo difícil que es separarse de aquéllos a quien
se ama. Por primera vez en su vida el corazón le dio un vuelco en el pecho como si se
fuera a romper y las lágrimas le bañaron la cara. Era la primera vez que lloraba sin
que le hubiesen pegado.
Entonces huyó hacia la selva oscura, llena de susurros y de vida.
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CAPÍTULO V
E L árbol sagrado del poblado, el viejo y colosal baobab, brillaba bajo la caricia
del sol que nacía.
Isa volvió a contemplar con cierta emoción el poblado; la gran plaza, la choza del
Consejo. Su mirada lo recorrió todo hasta el fondo donde, aislada de las demás,
estaba la choza de Amebais, su nodriza. Arregló sobre su espalda la piel del leopardo
y se acercó corriendo al seto que cercaba el poblado.
Llegó al tucul. Entró.
—¡Isa!… ¡Sabía que volverías!
El anciano Ring-kop lo apretó con fuerza sobre su pecho; luego dijo:
—Deja que te vea. Te has convertido en un hermoso muchacho. ¿Y… esta piel?
¿Las heridas? Cuéntame, anda, habla… He estado muy preocupado por ti.
El muchacho explicó, exagerando, los peligros que había corrido.
Se sentía orgulloso, estaba claro.
Pero no habló de Pao ni de los hombres de los arbustos. Sabía que estaba
prohibido acercarse a los «bushmen».
—Tienes que presentarte ante el Gran Jefe —dijo Amûnai—. Pero no lleves la
aljaba ni el arco. Son del pequeño poblado.
—¿Quién te lo ha dicho?
—¿Quién no conoce sus flechas?
—¿Qué tengo que hacer, Amûnai?
—Deja el arco en la choza.
—¡Pero si es mío!
—Te darán tu lanza y tu tucul, pero no podrás conservar el arco de los hombres de
los arbustos. Es la ley.
Más tarde Isa entró en la «Gran Casa». Y, al igual que la primera vez, el brujo le
salió al encuentro.
Ninguno de los guerreros que llenaban la sala se levantó. Sólo Amûnai. Y sólo él
entonó el canto de la victoria del hombre sobre la selva. Nadie se unió a su canto.
Isa, inmóvil en el centro de la choza, miraba fijamente un punto indefinido.
Recordaba que cuando otros volvían de la gran prueba, el canto de los guerreros
se oía hasta lo más profundo de la selva y que el viento llevaba su eco hasta el
desierto llameante.
¿Por qué a él no le concedían el mismo honor?
¿Por qué el Gran Jefe no se había levantado para abrazarle?
¿Por qué, por qué eso?
—Gracias, Amûnai —dijo—, pero no termines el canto. Los valientes Swazi no
me han visto entrar.
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Hubiera llorado de rabia y de dolor. Sentía un fuerte deseo de huir, de estar solo.
Pero con voz firme, cortante, prosiguió:
—Entonces lo diré yo en voz alta: ha vuelto Mohamed Isa, «el orzowei». Él sólo
se ha ganado su puesto. La jungla le ha visto salir victorioso de sus insidias y la gran
pantera ha pagado su tributo al joven guerrero. Que los cazadores, si se os puede
llamar cazadores, se levanten.
Sólo se movió el Gran Jefe.
—La selva te ha devuelto y has pagado con tu sangre el tributo. Todos los Swazi
y yo admiramos tu valor. Pero tú has faltado.
—¿Qué he hecho?
—Que hable Sem-husci.
—Lo he dicho ya. El muchacho es amigo del pequeño pueblo. Le he seguido. He
visto cómo comía con ellos. Le he visto cazar con ellos. Por esto se ha librado de mi
lanza. Estaba bien guardado.
—Nunca nadie ha estado a mi alrededor. ¡Sem-husci miente! Le da vergüenza
decir que ha encontrado al pequeño pueblo en su camino y ha tenido miedo de sus
flechas y se ha retirado.
—Pero tú —preguntó el Gran Jefe— ¿has visto a los hombres de los arbustos?
—Los he visto. Uno de ellos me ha curado. He comido y he cazado con él. Es un
guerrero muy bravo.
—¿Conoces la ley?
—¿Quién no conoce la ley? Hasta las piedras la conocen. Pero ellos han sido
buenos conmigo. ¿Por qué tenía que matar?
—Porque ésta es la ley. Un Swazi no puede vivir con los pequeños hombres.
Nosotros y ellos somos enemigos. ¡Pero, claro, tú no eres un Swazi!…
—Uno de ellos ha demostrado ser mi amigo. Yo no podía matar.
—Has actuado así sólo porque eres un «orzowei», un «guacho». Y puesto que te
encontraron en la selva tendrás que volver a la selva.
—¿Por qué? ¿Tengo yo la culpa de que mi piel sea clara, de que me llaméis
«guacho»? Quiero al poblado, os quiero a vosotros. He superado la gran prueba. ¿Por
qué me queréis echar? ¿Por qué?
Isa gritaba, lloraba al dirigirse a todos los guerreros.
Pero nadie contestó. Era como si no estuviesen allí.
—¡Vete! —ordenó el Gran Jefe señalando la puerta.
Entonces fue cuando despertó en Isa por primera vez el hombre blanco con toda
su violencia, su orgullo y su desprecio hacia los hombres de color. Retrocedió hasta el
umbral, plantó firmemente los pies en el suelo, preparó el arco y miró al Gran Jefe y a
los demás guerreros.
—Tenéis razón —dijo—. Soy un blanco. Y un blanco no puede vivir entre
chacales negros. Pero os acordaréis de Isa. Un día volveré para haceros pagar la
afrenta… No, no os mováis. Las flechas de mi arco están impregnadas en veneno de
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«ajé»… He querido ser uno de vosotros porque creí ser vuestro hermano. Me he
equivocado. Soy un blanco. Y aunque no les he visto nunca sé que les teméis. Pienso
volver entre los blancos. No sois vosotros los que me echáis, soy yo el que me voy.
No os mováis hasta que yo haya salido. Tú, Amûnai, que me has protegido y salvado,
ven conmigo, si quieres. A vosotros, chacales miedosos, hienas asquerosas, ¡adiós!
Escupió con desprecio a los pies del Gran Jefe y salió de un salto.
Huyó hacia la selva, mientras las lanzas silbaban a su alrededor.
Tres veces el aullido del chacal interrumpido por la risa terrible de la hiena.
Era la señal.
Como si saliera de la tierra, apareció un hombre, a pocos pasos de distancia.
—Pao —susurró Isa—, quiero ver a Pao.
—Te he reconocido. Eres el muchacho del «ajé». Ven conmigo.
—¿Ya has vuelto? —preguntó Pao en cuanto Isa hubo cruzado el umbral de la
gruta.
—Me han echado del poblado.
El «bushman» le contempló en silencio; luego dijo:
—Cuéntame.
—He caminado mucho por la selva. He llegado hasta el gran desierto. Pero no
puedo vivir solo, Pao. No puedo, ¡tengo miedo!
—¿Miedo de qué? ¡Ya eres un cazador!
—No, no es eso. Tengo miedo del silencio. De no hablar, de no ver a otros
hombres, de no…
—El silencio te da miedo, te comprendo. Eso te ocurre porque eres un muchacho.
A mi me gusta vivir solo… ¿Pero por qué te han echado del poblado? ¿Qué has
hecho?
—Han disparado sus lanzas contra mí. Nadie, excepto Amûnai, ha cantado en mi
honor el canto de la victoria del hombre sobre la selva. Me han tratado peor que a un
perro. Pero un día les enseñaré quién es Isa.
—Si te han tirado barro, no importa, hijo. Sécate y sonríe. El tiempo hablará en tu
favor.
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—No puedo esperar el tiempo. Además, ¿por qué me tengo que secar? ¡No quiero
olvidar!
—Habrás olvidado antes de que la luna empiece otra vez su camino. Pero no me
has dicho todavía por qué te han echado.
—Porque… —el muchacho inclinó la cabeza avergonzado—, porque… bueno:
porque soy un blanco. Y ahora échame también tú. Sí, lo sé, tú también me echarás.
¿Pero qué culpa tengo yo si soy blanco? ¿Qué culpa tengo?
—No he hablado, Isa.
—Pero yo sé lo que dirás; lo sé. También tú odias a los blancos; también tú me
desprecias. ¡Dilo, anda! ¡Dilo! Llámame tú también «orzowei»… Sí, todos odiáis a
los blancos porque os da rabia no ser como ellos. Los Swazi porque son negros,
vosotros porque sois pequeños y amarillos.
—No sabes nada. Crees que eres mayor y que lo sabes todo; en cambio no eres
más que un hombre pequeño que llora por el color de su piel; un hombre pequeño que
todavía no se conoce a sí mismo. ¡Debía darte vergüenza! Sí, eres un blanco y yo lo
sabía. Me di cuenta cuando te curaba las heridas del veneno del «ajé». ¿Pero qué
importancia tiene el color de la piel si debajo de ella late un corazón generoso al que
da vida el valor? Eres más miedoso que una tímida gacela. Tú no tienes sangre en las
venas. Eres como el chacal que chilla y alborota cuando está solo, pero chilla y
alborota sólo para infundirse valor. Sí, eres un chacal, un pobre chacal roñoso. ¿Te
han echado? Sigue tu camino. Y si crees que también yo te puedo echar por el color
de tu piel, ¡vete!
Isa escuchó el reproche sin respirar.
Luego, cuando el hombre, inmóvil con el brazo extendido, le indicó la salida,
recogió el arco y contestó:
—Aquí tienes mi arma. Pao; tú me la diste, pero no soy digno de llevarla. Volveré
solamente cuando haya demostrado que soy capaz de vivir aunque mi piel no sea la
de un Swazi o de un «bushman», un «hombre de los arbustos».
—No es necesario —dijo Pao—. Quédate. Mi choza es tu choza. Y cuando
decidas volver a tu gente, podrás hacerlo libremente.
—¿Pero, y tus compañeros?
—Ellos no se preocupan por el color de un hombre, pero se fijan en las acciones
de ese hombre.
—Ya no te dejaré nunca, Pao.
—Un día te verás obligado a hacerlo. Tu lugar está entre tu gente. Hablaré con el
viejo que te encontró. ¿Cómo se llama?
—Amûnai.
—Sí, con Amûnai. Tú me acompañarás. Quiero saber. Y ahora ven a mi lado,
hijo.
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CAPÍTULO VI
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un fusil.
—¡La caña detonante! —murmuró Isa.
Pao se la había descrito. No había olvidado ni un detalle. Tenía que guardarse de
aquel extraño tubo que mataba.
Desde la orilla del río, un ancho sendero penetraba en la selva; luego ésta poco a
poco se volvía más clara; después se extendía a un campo vastísimo que se perdía en
el horizonte.
A unas dos o tres millas de distancia, se levantaban unos edificios que tenían para
Isa un aspecto nuevo y grandioso. Eran las casas de los colonos holandeses,
guarecidas por grandes tejados en punta.
Árboles desconocidos para él las rodeaban y les daban sombra. Árboles extraños:
encinas.
Aquí y allá crecían con dificultad grupos de acacias y anchos senderos separaban
una casa de otra.
Arrastrándose por los campos, Isa, maravillado, lo contempló todo.
Al cabo de un rato un ruido extraño le hizo volver la cabeza hacia el lado opuesto
a las casas.
Tres yuntas de bueyes arrastraban un carro vacilante que crujía en el sendero
apenas esbozado.
Desde lo alto de su caballo, un hombre, con la carabina a la espalda, instigaba a
los lentos animales.
Sus gritos, unas veces estridentes y otras guturales, llegaban muy claros hasta él.
Vio cómo el caballo se detenía delante de una de aquellas grandes chozas y cómo
una mujer gruesa se acercaba al recién llegado. Tres chiquillos, salidos de la casa, se
habían encaramado al carro chillando y riendo. Era extraña la forma de vestir de
aquella gente y todavía más extrañas las palabras que, llevadas por el viento, llegaban
hasta él.
Ésos eran los blancos, su pueblo.
Se acercó al sendero.
Precisamente en aquel momento el hombre que había estado siguiendo se acercó
al grupo y se quitó el sombrero.
Su cabello era rubio. Isa no había visto nunca cabello de aquel color.
Los últimos rayos del sol que iba a esconderse en la selva daban a aquella extraña
cabellera unos reflejos cobrizos.
«Como una flor de maíz»… —se dijo Isa, y la contempló fascinado.
Por la noche, cauteloso como un leopardo, se acercó a las casas. Las rozó con los
dedos, ligeramente.
Luego, algo hizo que se detuviera, inmóvil.
Ya había visto aquel jardín.
Sí, tenía que haberlo visto en algún sitio. Claro que no en el poblado de los Swazi
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y ni tampoco en el de Pao. ¿Dónde lo había visto?
Quizá lo había soñado. Le parecía algo muy lejano, como desvanecido. Sin
embargo…
Claro. Detrás de aquellos árboles había un pozo; lo recordaba. Un pozo con un
pequeño parapeto de ladrillos rojos.
Se acercó.
El pozo estaba allí con su pequeño parapeto de ladrillos quemados por el sol.
—Es raro —pensó Isa—, todo esto es muy raro. Esto es una broma del dios del
mal. ¡Se está burlando de mí!
Dio vueltas por el poblado, pero volvía siempre al jardín.
Cuando el sol alumbró de nuevo la tierra, se durmió sobre las ramas de aquellos
árboles que lo hacían tan hermoso.
Los gritos de los chiquillos le despertaron. No dudó ni un instante. Sabia ya
dónde estaba y lo que sucedía.
Su instinto de hombre acostumbrado a vivir en todo momento entre peligros,
hacía que estuviese siempre preparado.
El mérito no era suyo. La selva le había enseñado.
Se dejó resbalar por el tronco y se quedó mirando a los chicos.
Cuando éstos se alejaron por el amplio sendero, los siguió. Le interesaban.
Esperaba que le guiaran hasta los guerreros.
—Saben mucho —le había dicho Pao— y llevan muchas cosas que brillan.
Hasta entonces no había visto ninguno. ¿Irían hacía allí los chiquillos?
Si eran como los pequeños Swazi se meterían en seguida por entre las chozas de
los guerreros. Ellos lo hacían siempre.
Pero los «pequeños blancos» se detuvieron, junto a una casa sin techo, subieron a
unos montones de piedras y jugaron. Unos se escondían y otros les tenían que buscar.
Isa sonrió. Él también había jugado a ese juego en el poblado. Pero sus
compañeros se escondían mejor que los muchachos blancos.
Se disponía a alejarse cuando un grito le sobresaltó.
Había gritado una chiquilla. Y en aquel grito Isa había sentido aletear el miedo.
Los muchachos también chillaban, pero no se movían, paralizados por el terror.
La chiquilla temblaba. Miraba aterrorizada algo que estaba cerca de sus pies.
Isa, dando unos saltos, se colocó a su lado.
—¡No te muevas! —ordenó.
Una gran cobra se balanceaba moviéndose hacia delante y hacia atrás, con su
cabeza aplanada y el cuello hinchado.
—¡No te muevas! —repitió.
Hubiera bastado en efecto el más pequeño movimiento para que el reptil atacara
con la rapidez propia de su especie. La muchacha miraba con espanto aquellos ojos
fríos, inmóviles.
—Ahora vete despacio, sin correr —ordenó Isa.
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Sólo entonces la muchacha le vio. Ante la aparición repentina abrió todavía más
los ojos.
Pero el miedo hacia la serpiente era mayor del que le podía inspirar aquel salvaje.
Entonces, chillando, se apretó con fuerza contra él.
—¡Suéltame! —gritó el muchacho.
Dándole un empujón la tiró al suelo.
La cobra saltó, pero la flecha cortó su impulso. Un instante después otra flecha la
clavó en el suelo.
Entonces todos huyeron.
Isa se quedó solo delante del «ajé» que se agitaba.
—Es mi venganza —murmuró mientras sus dedos acariciaban las cicatrices que
otro «ajé» le había dejado en la pierna.
Oyó un vocerío confuso y el ruido de pasos que se acercaban; se metió en un
matorral y esperó.
Un muchacho indicaba a unos diez hombres el lugar de la lucha.
Entre ellos Isa reconoció al hombre de la barca, «Flor de maíz».
Él fue el que se acercó a la serpiente y le dio, sin vacilar, el golpe de gracia.
—No tiene miedo —murmuró Isa. Y se sintió contento. Aquel hombre le gustaba.
Entretanto, éste recogía las flechas y observaba las señales que los «bushmen»
graban en su extremidad. Luego se dirigió a los demás.
Durante diez minutos no hicieron más que discutir; luego uno de ellos preguntó a
un muchacho y éste señaló el lugar por donde había aparecido Isa. Un grupo se
dirigió hacia allí, otros se alejaron en distintas direcciones.
«Flor de maíz» se acercó a las matas donde estaba Isa; pasó muy cerca de él y se
alejó hacia el río.
Isa se había divertido tocando la bota de cuero que encerraba el pie del hombre;
luego le siguió.
Iba a jugar a la caza con los hombres blancos.
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terreno que les rodeaba. Pero Isa estaba ya escondido entre las ramas de una gran
acacia.
Y así, saltando de rama en rama, los siguió en su larga e infructuosa caza.
Los siguió hasta la noche, cuando volvieron a sus casas y se encerraron en ellas.
Aquella noche no se entretuvieron fumando, sentados en extraños taburetes
delante de la puerta de sus casas, como lo habían hecho la noche anterior.
«Flor de maíz» dio unas vueltas más y luego entró en la casa del pozo de ladrillos
rojos. Un débil destello de luz le indicó a Isa en qué habitación estaba el hombre.
Para Isa, que era ágil como un mono, fue un juego de niños encaramarse por la reja
de la ventana, agarrarse a la cornisa y subir hasta la ventana superior.
Llamó ligeramente en los postigos.
Al poco rato se abrió la ventana e Isa, agarrado bruscamente por el cuello se vio
arrastrado al interior.
Sólo la luna iluminaba la habitación.
El hombre blanco había apagado el fuego.
De un estirón Isa logró desasirse, pero no tocó el arco.
El hombre tenía en la mano el pequeño fusil y le apuntaba.
—Deja la caña detonante —dijo Isa.
Sorprendido oyó que le contestaban en su idioma:
—¿Qué quieres? ¿Por qué has venido?
El hombre blanco sabía hablar como él. Isa se sintió contento.
Se agachó, dejó el arco y las flechas en el suelo, a los pies del hombre, y luego
contestó:
—Quería conocerte.
Si «Flor de maíz» era un ser despreciable o un miedoso, aquél era el momento
para averiguarlo. Pero cerrando la ventana se sentó frente a él.
Dejó la pistola junto al arco y preguntó:
—¿Eres tú el que ha salvado a la muchacha?
—Yo he matado al «ajé».
—Gracias. Eres un guerrero generoso. Ahora dime: ¿por qué los «bushmen» se
hallan en nuestro camino? ¿Qué quieren?
—Los pequeños hombres no se hallan en vuestro camino.
—Pero sus flechas han hablado.
—Mis flechas.
—Entonces tú se las has cogido a los pequeños hombres. Eres Swazi, ¿no es
cierto?
—Sí, soy Swazi.
Y se echó a reír a carcajadas.
El hombre le miró asombrado.
—Soy Swazi y al mismo tiempo «bushman», como tú dices.
—No te comprendo. De todos modos dime quién rodea nuestras casas y por qué.
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—Los Swazi están en sus poblados y los pequeños hombres están cazando muy
lejos de aquí. Nadie os rodea.
—¿Y entonces tú?
—Yo te seguí a lo largo del río. Quería conocerte.
—¿Por qué?
—No sé.
Isa no dijo: «Porque soy de tu raza». No sabía si debía decirlo. «Flor de maíz» le
gustaba, estaba a gusto con él; ¿pero los otros blancos eran como él?
Además quería volver con Pao.
—¡No sé! —repitió—. Me han contado tantas cosas de los blancos que he querido
conocerlos.
—¿Por qué has venido a verme a mí?
—Porque estás solo y no tienes miedo.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Tú mismo. No has temblado nunca. Ni cuando te disparé la flecha, ni ahora que
he venido.
—Bien; me alegro de saber que te has dado cuenta de ello. De todos modos he
tenido miedo, pero no lo he demostrado.
Bueno, eso le gustaba a Isa. El hombre no tenía dos caras.
—Ahora —dijo el blanco— déjame encender la vela… sí, el fuego. Quiero verte.
—Si enciendes el fuego me iré.
—¿Por qué?
—Por nada, pero si enciendes me iré.
—La ventana está cerrada.
—Pero mi arco está cerca.
—Muy bien. ¿Cómo te llamas?
—Mohamed Isa.
—¿Musulmán?
—¿Qué?
—¿Eres musulmán?
—No; yo soy Swazi.
—El nombre dice que tú eres musulmán.
—Mi nombre dice cosas que no son ciertas. Y tú, ¿cómo te llamas?
—Paul van Hunks.
—Pa… Paul van… van… Es un nombre difícil. Para mi eres «Flor de maíz».
El hombre se echó a reír.
—Bien —dijo «Flor de maíz»—. Ahora, Mohamed Isa, dime qué quieres.
El muchacho no contestó. Fue él quien preguntó:
—¿Es ésta tu casa?
—No; pertenecía a unas personas que mataron en la selva.
—¿Dónde está, pues, tu casa?
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—Mi casa está muy lejos. Pero cuando vengo a este poblado vivo en esta casa.
—¿Vienes a menudo?
—A veces sí. En otras ocasiones pasan muchas lunas.
—¿Qué haces?
—¡Vaya! Esto es un verdadero interrogatorio —dijo riendo.
La conversación le divertía.
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—Como algún día tendré que vivir contigo, quiero saber quién eres.
—¿Quién te ha dicho que yo estaré conforme?
—Yo. Si quiero vivir contigo, viviré contigo. ¿Qué haces?
—Eres descarado. Yo no hago nada. Ando de aquí para allá: cazo, vendo cosas y
procuro vivir lo mejor que puedo.
—Esa vida me gusta
—A mí también.
—Me quedaré para probar.
—¡Cómo!
—Me quedaré.
—Oye, entendámonos en seguida. Si quieres, puedes quedarte; pero sólo aquí en
este poblado. Luego no.
—¿Por qué?
—Porque no. No puedes ir adonde yo voy.
—¿Por qué? —volvió a preguntar Isa.
—Adonde yo voy no puede ir ningún Swazi.
—¿Por qué?
El hombre no contestó en seguida. No quería contestar, pero Isa insistió y él dijo:
—A los blancos no les gusta estar con gente de tu raza.
Isa murmuró:
—No comprendo por qué los blancos no pueden estar con los Swazi; de todas
maneras no importa. Iré contigo. Buenas noches.
—Buenas noches. ¿Te quedas aquí?
—Aquí.
—¿Quieres dormir en una cama?
—¿Cómo? No, aquí estaré bien.
Se echó sobre la piel de la pantera y rápidamente, como todo ser de la jungla, se
durmió.
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CAPÍTULO VII
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A pesar de la hora temprana, en el pequeño poblado todo estaba en actividad.
Los hombres se ajetreaban alrededor de los carros, ya preparados para marchar a
los lejanos campos. El aire estaba saturado de un agradable olor a carne asada.
Todos se asombraron al ver a Paul en compañía del salvaje y le rodearon.
—Éste —dijo Paul— es el muchacho que ayer salvó a Irghin de la cobra. Es un
blanco —añadió— que ha vivido con los Swazi y los «bushmen»… Se quiere quedar
conmigo. Pero vosotros sabéis que es imposible.
Los hombres asintieron.
Las mujeres se acercaron y los niños asomaron sus cabecitas por entre sus faldas.
—Por lo tanto os ruego que le dejéis quedarse con vosotros. Cuando haya
aprendido a vivir como una persona civilizada me lo llevaré.
Se miraron los unos a los otros.
Luego uno preguntó:
—¿Nos podemos fiar de él, Paul?
Isa no comprendía el idioma de los bóers, pero por la expresión de la cara del que
había hablado, comprendió lo que había preguntado.
Cogió una flecha y se la entregó al hombre.
—George —dijo Paul sonriendo—, el muchacho te ha contestado. Os podéis fiar.
Claro que al principio será algo difícil frenarlo. Pero parece un chico estupendo.
—¿No le habrán mandado aquí para espiarnos? —preguntó un viejo.
—Es posible —contestó Paul—. No lo sabemos. Pero unas personas cuerdas
como nosotros no tardarán en saber si es un espía o no. De todas maneras es un
blanco…
—¡Un salvaje! —interrumpió uno de ellos.
—Sí, un salvaje. Por eso tenemos que ponerle en cintura.
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—¡Pero si la pantera es mía! ¡La he matado yo!
—Te he mandado hacer un par de pantalones.
—La piel de la gran pantera me cubre mejor.
—Ahora llevarás pantalones.
—¿Por qué, «Flor de maíz»? Me dijiste que comiera con estas herramientas y yo
lo he hecho; me…
—¡Sí! —Paul se rió con la gracia de un mono.
—Me dijiste que tenía que dormir en una cama y he dormido. Pero ahora me
quieres quitar «mi» piel…
—¡Isa!
El muchacho calló. Miró a Paul a los ojos; vio en ellos una sombra de pena y se
levantó.
—¿Dónde están los pantalones? —preguntó, sumiso.
—Allá.
Volvió poco después con la cabeza baja.
Los pantalones le llegaban a media pierna. Y eran algo estrechos.
Se detuvo delante de Paul sin decir nada y sin mirarle a la cara.
—Había una camisa junto a los pantalones —dijo Paul—. ¿No la has visto?
La ausencia fue más larga; pero Isa volvió riéndose, satisfecho de sí mismo.
—Me he puesto la camisa —dijo, y miró a Paul en los ojos.
La camisa le salía de los pantalones y la piel de la pantera le cubría.
—¡Isa! —suspiró el hombre.
—¿Hay algo que no está bien?
Isa era sincero. Había obedecido a Paul y al mismo tiempo se había puesto su
piel.
—Isa, no puedes ponerte la piel encima del traje.
—Me he vestido como quieres y como quiero yo. ¿Hay mal en ello?
—No, Isa. Si quieres quedarte aquí conmigo, tienes que quitártela.
La piel cayó a sus pies.
Una mañana, al amanecer, «Flor de maíz» salió de la habitación sin hacer ruido.
Se cargó un gran fardo a la espalda, se caló un sombrero de ala ancha y cogió la
carabina.
Pero al acercarse a la casa de Hartje, el anciano, un pensamiento súbito le hizo
retroceder.
En el suelo de la entrada, con un pedazo de carbón, dibujó unas extrañas figuras.
Un círculo, en el círculo una piel de pantera y un sombrero parecido al que
llevaba. Luego, sonriendo, salió.
Le esperaban unos hombres. Le entregaron unas cartas y Paul se alejó con paso
ligero por el sendero de los carros.
Habría recorrido unas cinco millas, cuando una flecha silbó sobre su cabeza. Se
echó al suelo, preparado para disparar.
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Un silbido, y otra flecha se clavó en el suelo a pocos dedos de su cabeza.
Entonces rió y se levantó.
—¡Me has asustado, Isa! —gritó.
El muchacho salió de los arbustos que le ocultaban.
—«Flor de maíz» no es honrado —dijo, enfadado.
—No, Isa. Yo…
—Y tampoco es lo suficientemente astuto —siguió diciendo el muchacho—. Sus
pies parecen montañas y su paso es más pesado que el de un elefante enfurecido.
Despertarías incluso a aquella loca Amebais después del baile de «las grandes
flores».
—Pero yo…
—¿No querías despedirte de mí? ¿Por qué?
Isa se acercó al hombre y le tocó tímidamente un brazo.
—Mi pequeño salvaje —contestó Paul, acariciándole con un gesto cariñoso el
pelo—, no quería decirte adiós porque me duele tener que marcharme. Pero tú eres
igual que los animales de la selva. Duermes, pero tus oídos siguen oyendo y tus ojos
ven.
—¿Iré contigo?
—Volveré a la tercera luna nueva. Y recuerda esto: sentiría una gran pena si a mi
vuelta no te encontrara. Y quiero que entonces tú seas como deseo que seas.
—¿Te sentirías feliz si así fuera?
—Me sentiría feliz y orgulloso.
—Procuraré ser como tú quieres que sea. Pero vuelve pronto.
El hombre le abrazó.
—¡Adiós! —dijo.
—Vuelve pronto.
En casa, Isa estuvo mucho rato contemplando el dibujo de Paul. Cuando Hartje
fue a buscarle le encontró sentado en el suelo, mirando, inmóvil, el suelo.
—¡Eh! —le llamó.
Isa no oyó nada.
—¡Eh, cafre!
Siguió la mirada del muchacho y vio el extraño dibujo.
—¿Lo ha hecho Paul?
Esperó una contestación y luego murmuró:
—A veces ese hombre se porta como un loco. ¡Vamos, hay que trabajar!
Descifrarás el misterio de esos signos luego, cuando no tengas nada que hacer.
Pero para Isa no habla ningún misterio.
El sombrero representaba a «Flor de maíz»; la piel de pantera era él, Isa. Y el
circulo que los encerraba a los dos decía con claridad que el uno estaba cerca del otro
para siempre.
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CAPÍTULO VIII
N O queremos jugar contigo. Vuelve con tus negros, por que apestas como ellos.
—¡Eres un salvaje! No sirves para nada.
—¡Mirad cómo come!
—¡Espía, espía!
—Apártate; estás sucio.
—¡Vete, vete!
Con éstas y con otras expresiones peores, los muchachos alejaban a Isa de sus
juegos, de su vida de cada día.
Habían transcurrido dos semanas desde la partida de Paul. En el poblado
soportaban a Isa a disgusto. Para todos era un salvaje y, por lo tanto, un ser inferior
indigno de estar con ellos.
—¿Blanco?… Un blanco no hubiese podido vivir ni un día entre los zulús.
Si no le habían matado todavía se debía sólo a que matar era un pecado mortal.
Si no le habían echado se debía sólo a que Paul les había pedido que le dejasen
vivir allí.
Y a Paul había que obedecerle.
Pero le encargaban, sin remordimientos, cualquier trabajo, el más duro, el más
fatigoso, el más nauseabundo.
—¡Eh, cafre, hay que limpiar las cuadras!
—¡Eh, cafre, hay que partir la leña!
Si, cafre.
O sea, el infiel. Y pronunciaban la palabra con tanto desprecio que sonaba a algo
más que a una injuria.
—Cafre, ¿sabes llevar los bueyes al pasto?
¿Cuántas veces lo había hecho en el poblado de los Swazi?
—¡Ánimo, pues! Cuida de que no se te escapen delante de tus narices.
En aquellos momentos la sangre le latía con fuerza en las venas. Muchas veces la
mano se acercó veloz al arco. Sólo le detenía pensar en Paul.
Tenia que aprender a vivir como un blanco.
¿No se lo había dicho así Paul?
Entonces inclinaba la cabeza y obedecía.
La que cuidaba de Paul era Anna, la madre de Irghin, la chiquilla que Isa había
salvado de la cobra.
Pero Anna no era Paul. Le quería a su manera. Le cuidaba, le preparaba la
comida, mantenía su cama limpia, en orden; pero nunca tenía para él un gesto
cariñoso, no le decía nunca una palabra más de las necesarias.
Esteban, el mayor de sus hijos, cuando Isa entró por primera vez en su casa, dijo:
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—Madre, si este salvaje tiene que comer en nuestra mesa, yo me voy.
—Este muchacho dormirá aquí, en vuestra habitación.
—¡Pero, madre, es un salvaje!
—Es un muchacho como vosotros. Que sea blanco o negro no importa. Siéntate
con nosotros. Isa, sé bien venido.
—¡Si papá estuviese aquí…!
—Si vuestro padre, que en paz descanse, estuviese todavía entre nosotros,
aprobaría lo que hago. ¡Él —y señaló a Isa— es un muchacho!
Ésta era la vida de Isa entre la gente de su raza.
—No me quieren, no me quieren. Me tratan como a un extraño. Sienten hacia mí
repugnancia, asco, odio. ¿Qué les he hecho? —le gritaba al viento mientras sus
bueyes pacían tranquilamente.
Y esperaba que el viento le contestase o que al menos le trajese la contestación de
Paul.
Más tarde ocurrió algo que le hizo alimentar la esperanza de poder demostrar a
los blancos que era digno de ser admitido entre ellos.
Durante dos noches, un gran carnívoro visitó las cuadras de los bueyes. La
primera noche destrozó a los cuatro bueyes de Hermán. La segunda fue la vez de las
yeguas de Emmanuel.
—Habrá que montar una guardia —dijo Hartje, el anciano—. Como sigamos así
nos quedaremos sin animales.
Todos aprobaron.
Los tres que salieron a explorar los alrededores volvieron descorazonados. No
encontraron rastro de la fiera.
—De todos modos —decidió Filips, el cazador más hábil del poblado— daremos
con ella. Es una fiera muy grande: creo que un leopardo.
Isa, sentado en el suelo, en un rincón, jugaba con el arco.
Había intentado hablar, pero Hartje le había dicho con brusquedad:
—Nosotros también sabemos cazar y no necesitamos la ayuda de un cafre.
Dos hombres montaron la guardia.
Isa los observaba mientras se paseaban arriba y abajo hablando en voz baja.
Agazapado entre las ramas de una encina, el muchacho sonreía.
—Ni siquiera Amebais, la loca del poblado, montaría la guardia de ese modo.
Se acomodó sobre dos ramas cruzadas y se durmió.
El leopardo no acudiría.
Sí, porque era un leopardo. Las huellas hablaban con claridad. Y era grande y
estaba ciego de un ojo.
Lo había adivinado por la forma en que había atacado a los animales. Debía de
ser muy malo cuando se atrevía a aventurarse entre los hombres.
«¡No vendrá!», se repitió mientras se dormía.
Durante una semana los hombres rastrearon la zona y montaron guardia por las
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noches.
Hubo falsas alarmas, pero el leopardo no volvió y todos le olvidaron.
Una noche, Isa, contemplando el cielo, vio la luna llena. Muy grande, iluminaba
con su luz plateada los inmensos campos.
Subió a la casa de Paul, se arrancó la ropa que llevaba y se volvió a poner la piel
de pantera.
Luego, ligero como una sombra, se alejó hacia la selva.
Tres veces se oyó el aullido del chacal, interrumpido por la risa horrible de la
hiena.
Desde un arbusto cercano contestaron a la señal.
Vio una sombra que se movía silenciosa y se acercaba a él.
—¿Quién eres? —le preguntaron.
—Isa. Mohamed Isa.
—No te conozco. ¿Qué quieres?
—Ver a Pao.
—¿Pao? ¿Por qué?
—Soy su amigo.
—Sigue adelante.
Isa empezó a andar. Sus oídos percibieron el leve ruido de una flecha colocada en
el arco.
—Hombre de los arbustos —dijo sin volver la cabeza—, mis flechas hablan el
mismo idioma que las tuyas. Y llevan los mismos signos.
—Detente —ordenó el hombre— y habla sin doble sentido. Tú eres Swazi. ¿Qué
quieres del pequeño pueblo?
—Sólo ha transcurrido una luna desde que dejé el pequeño pueblo. Pao es mi
amigo y tú deberías conocerme.
—Yo conozco a Pao, pero no te he visto nunca con él. Vengo de la tierra del
fuego.
—Entonces coge mi arco. Me lo dio Pao. Obsérvalo.
Tiró el arco a los pies del hombre y éste lo examinó detenidamente.
—Ven —dijo—, pero si has mentido no tendrás tiempo para arrepentirte de ello.
Llegaron a la gran plaza. Dos hombres les salieron al encuentro.
—¿Has vuelto, Isa? —preguntó el más viejo de los dos.
—¿Le conoces? —exclamó el que le acompañaba.
—Isa es uno de los nuestros. Pao lo ha dicho.
El otro le ofreció el arco.
—Vuelve a cogerlo —dijo—. Yo soy Cim-ao. No sabia que eras de mi sangre.
Nos volveremos a ver, hermano.
—Gracias. ¿Y Pao? —preguntó a los otros.
—Le hallarás en la gruta.
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Isa entró sin hacer ruido.
Quería darle una sorpresa a su amigo, pero fue él el sorprendido.
Pao estaba de espaldas a la entrada, delante de las piedras piramidales que tenían
grabados los extraños jeroglíficos.
Por la gruta se extendía una nube ligerísima de incienso y daba a todos los
cuerpos una forma irreal. Las pinturas de las paredes semejaban cosas vivas.
Parecía que la gran pantera se moviera lo mismo que el niño que tenía en su boca.
Las llamas, que salían crepitando de un gran brasero colocado entre las dos
piedras, contribuían a aumentar esa sensación, bajando y subiendo como si intentaran
alcanzar el techo.
E iluminaban completamente la figura inmóvil de Pao.
Su cuerpo parecía estar en el fuego y dominarlo.
Isa, agachado en un rincón, esperó.
Contemplaba las llamas.
Y las dos piedras.
Y a Pao.
El fuego le recordaba las danzas de su tribu; las luchas, las fiestas, el brujo.
Pao también estaba rezando; lo sentía.
Pero era una cosa tan silenciosa que le producía escalofríos en la espalda.
Como el que sentía en ese momento.
Si, porque parecía que Pao se separara cada vez más de la tierra, como si
estuviese en el fuego y con él se elevase hacia el techo.
Y seguía inmóvil.
Era aquella inmovilidad la que le daba escalofríos. El hombre de los arbustos
parecía de piedra. En algunos momentos, por efecto de los juegos de luz, semejaba
que su sombra se balanceara ligeramente, se alargara, se retorciera. Y a la vez que la
sombra, también el cuerpo, delimitado por el reflejo de las llamas.
Las dos piedras llamaron su atención. Más bien las señales que había en ellas. Las
miró con atención.
En cada una había cuatro círculos concéntricos de los que salían ocho rayos
triples.
¿Dónde había visto aquellos signos?
Pero…
Instintivamente tocó el diente de leopardo, el amuleto de Pao que colgaba en su
pecho.
Los mismos signos de las piedras estaban grabados en el diente. Con una sola
diferencia: que en el centro de los círculos, en el diente, había dos dedos
entrecruzados.
—¡Lo había preparado para mi hijo! —le había dicho Pao—. ¡Llévatelo!
En cuanto Pao terminara de rezar le preguntaría el significado de aquellos signos.
¡Pao! ¡Cuánto deseaba que fuera su padre!
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Pero su padre debía de haber sido como él. O si no, ¿era él acaso un blanco como
«Flor de maíz»?
Si le hubiesen dicho que podía escoger un padre no hubiera sabido hacerlo.
¿Pao o «Flor de maíz»?
Los dos eran fuertes, astutos, leales.
Pero Isa sentía que en Pao había algo que «Flor de maíz» no tenía. Quizá
precisamente ese estar inmóvil como Pao ahora.
Y «Flor de maíz» tenía a su vez algo que le faltaba a Pao. Algo que era más que la
caña detonante; algo a lo que Isa ahora no sabía cómo llamar, que no conseguía
siquiera descifrar.
Era una cosa difícil para él. En el hombre blanco había que descifrar los signos
que habían impreso en él siglos de civilización.
¡Pero qué ideas tan raras se le ocurrían!
Alguien entró en la gruta y se sentó junto a él: Cim-ao.
No pronunció ni una palabra, no hizo ni un gesto.
Permaneció inmóvil junto al muchacho.
Luego entraron un segundo, un tercer, un cuarto «bushman»; unos quince en total.
Todos inmóviles, silenciosos.
—¿Qué sucede? —preguntó Isa a su vecino.
Cim-ao no contestó.
Isa esperó un poco, luego repitió la pregunta.
—¿Qué estáis haciendo?
—¿Ha olvidado mi amigo que una de las fuerzas del pequeño pueblo es la
paciencia?
Isa se puso en pie de un salto. Era Pao el que habla hablado. Pao, que, por fin, se
había vuelto hacia él.
Se echó en sus brazos.
—¡Estoy contento de estar de nuevo contigo!
—¿Quién es más feliz, mi pequeño amigo, el gran árbol que ofrece refugio a los
pájaros o los pájaros que se refugian en él? Mi corazón se siente feliz cuando puede
oír los latidos del tuyo. Temía por encima de todo no volverte a ver.
—¿Yo? Pero si…
—Espera. Tengo que hablar con mis hombres. Luego me contarás.
—¿Me tengo que ir?
—No —sonrió Pao—, entre padre e hijo no hay secretos. ¿Les conoces?
Señaló a los presentes con un amplio gesto de los brazos.
—Al primero, sí. Y poco me ha faltado para trabar amistad con sus flechas —
contestó Isa, sonriendo.
—Es Cim-ao, el jefe del grupo que vive en el desierto. El otro es Hoomai. Su
grupo vive a lo largo del gran río. Y los demás son los jefes de los grupos que viven
en la selva. Éste —dijo dirigiéndose a los hombres— es Mohamed Isa. Miradle bien.
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Conoce nuestras palabras. Es mi hijo.
—El hijo de Pao es nuestro hermano —dijo Hoomai en nombre de todos.
—¿Aunque sea Swazi o blanco? —preguntó Isa con un asomo de aprensión en la
voz.
—No te hemos preguntado quién eres, ni hemos mirado tu piel. Eres nuestro
amigo. Con eso tenemos bastante.
—¿Ves? El pequeño pueblo mira al corazón, no al color del corazón.
—¡Pao! —murmuró Isa, abrazándole.
No pudo decir más. Los pequeños hombres eran mejores que los blancos y que
los Swazi. Sólo «Flor de maíz» era como ellos.
Pao se sentó con los demás.
Discutieron largo rato.
Isa esperó junto al fuego.
Cuando todos hubieron salido y se quedó sólo con Pao, preguntó:
—¿Qué sucede? Tus hombres hablan de carros de bueyes, de hombres blancos, de
Swazi y de todas las otras tribus Bantú. ¿Por qué?
—Muchos hombres blancos se acercan al río. Y muchos Bantú asaltan los
poblados de los hotentotes, matando y apresando a la gente. El pequeño pueblo
observa.
—¿Qué ocurre exactamente?
—Nada.
—¿Qué es lo que teméis entonces?
—La prudencia es sabiduría. Si el pequeño pueblo quiere seguir viviendo tiene
que ser prudente.
—Pao, nunca me has hablado de ti, ni de tu gente.
—La historia de mi pueblo se pierde en la noche de los tiempos. Mi historia no
tiene importancia. Por ello se necesita mucho tiempo para contar la primera; la
segunda no merece palabras.
—¿Por qué han venido entonces los jefes de los distintos poblados a hablar
contigo? ¿Quién eres tú?
—Yo soy Pao. Un pequeño hombre, según dices, un hombre de los arbustos. Sí,
los jefes han venido a verme, me han honrado con su presencia.
—¿Por qué han venido a verte precisamente a ti, y por qué estabas antes inmóvil
delante del fuego?
—Cuando un joven elefante brama porque ha visto un peligro, toda la manada
mira al más viejo y espera su consejo. Lo mismo ha sucedido con el pequeño pueblo.
Yo no soy más que un viejo elefante.
—Tú no eres viejo, Pao. Pero si los otros han recurrido a ti, significa que eres un
sabio. ¿Eres un brujo, Pao?
—Llámame como quieras. Yo soy Pao y nada más.
—Pao, ¿sabes lo que significan estos signos? —y señaló las incisiones sobre las
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piedras.
—Son el símbolo del Gran Padre.
—El Gran Padre ¿quién es?
—¿Quién es, joven Isa, el que da vida a la gran pantera y al elefante y al león y a
todos los pueblos de la selva? ¿Y el veneno a la cobra y el apretón mortal a la
serpiente pitón? ¿Y las alas a los pobladores del aire? ¿Y al relámpago y al agua y al
trueno y al viento? ¿Quién les da vida?
—Los espíritus del bien y del mal. También lo decía Ao-sam, el brujo.
—¿Y a los espíritus quién les impone una ley y les da vida? Uno solo, Isa: el Gran
Padre.
—¿Y dónde está?
—Yo también le busqué hace mucho tiempo. Pero no conseguí verle. Pero sé que
existe. Está en el trueno, en el relámpago, en el viento, en la lluvia, en el sol, en la
luna; está en la selva, en el desierto. Está en todas las cosas, porque todas las cosas
son Suyas. Es el Gran Padre. Mira, mira los signos. Cuando tú tiras tu lanza al agua
se forman muchos círculos que se ensanchan hacia todas partes. Así es Él. El Gran
Padre está en el centro y lo mueve todo como tu lanza en el agua. Los cuatro círculos
son el símbolo del movimiento. Los ocho rayos, en grupos de tres, dicen que no sólo
hay movimiento sino orden, fuerza, justicia. Estos signos tienen además otro
significado. Los cuatro círculos representan los cuatro tiempos del año: la gran lluvia,
el gran calor y las dos épocas de transición. Cada rayo representa un día y si unes los
cuatro círculos y todos los rayos tienes el tiempo que transcurre desde una luna nueva
a otra. Esto también nos habla del Gran Padre. Indica el tiempo, que Él hace pasar
bajo la misma ley.
Isa meditó las palabras de Pao y luego dijo:
—Eres realmente sabio, Pao. ¿Cómo hablas tú con el Gran Padre?
—El Gran Padre no necesita palabras. Nos comprende aunque no hablemos.
—¿Entonces no es necesario que el brujo le hable por mí? ¿Puedo hablar yo con
Él?
—Sí.
—¿Y Él te contesta?
—No, abiertamente no. Pero da fuerza y sabiduría. Basta con tener confianza.
—Cuando lo necesite, yo también hablaré con él.
—¿Por qué sólo cuando lo necesites?
—¿Pero es que hay que hablarle también cuando no necesitamos Su ayuda?
—¿La raíz del gran árbol se agarra con fuerza a la tierra sólo cuando el viento
sopla con violencia, o bien siempre, para que nunca le coja por sorpresa la
tempestad? La fuerza y la sabiduría no se adquieren en un momento. Cuando
aprendías a disparar el arco tardaste mucho tiempo antes de dar en el blanco con la
primera flecha. Para conquistar la sabiduría se necesita mucho mucho más tiempo
que aprender a manejar el arco.
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—¿Entonces tengo que hablar siempre con Él?
—Cuando puedas.
—Tendré que buscar el lugar para hacerlo.
—No es necesario. Puedes hablar con Él en cualquier sitio. En la selva, en el
poblado, en cualquier sitio.
El fuego se estaba apagando. Pao lo reavivó con una brazada de leña.
—Ahora —dijo— háblame de ti. ¿Has estado con el hombre de la barca?
—Sí. Se llama «Flor de maíz». Vivo en su poblado de piedras.
—¿Dónde?
—Junto al río.
—¿Te encuentras bien allí?
—«Flor de maíz» es valiente. Es fuerte. Estoy seguro de que te gustaría
conocerle.
—Le conoceré.
Isa estuvo hablando durante mucho rato de Paul. El «bushman», el pigmeo
hombre de los arbustos, le escuchó en silencio.
—Quisiera —terminó Isa— que «Flor de maíz» viniera a vivir contigo. Entonces
me sentiría feliz.
—Has hablado de «Flor de maíz», sólo de «Flor de maíz» —dijo Pao—, pero me
has dicho que vivías en el poblado de los blancos. ¿Qué es lo que me ocultas, Isa?
¿Por qué no me hablas de los demás?
—Repetiría siempre las mismas cosas, las mismas palabras. Los otros son como
los Swazi. Me desprecian.
—¿No eres blanco como ellos?
—Sí, pero ellos me llaman negro, cafre. Todas sus acciones, todas sus palabras
van dirigidas contra mi. Para ellos soy un Swazi. Para los Swazi un blanco. Pero para
unos y otros no soy nada. Soy un «orzowei», un «guacho».
—Lo que me cuentas es grave. ¿No hay nadie que te quiera en el poblado?
—Sólo «Flor de maíz».
—¿Quién te cuida?
—Él.
—Me has dicho que se ha ido.
—Anna.
—Háblame de ella.
—Me da de comer, me prepara el jergón, que ellos llaman cama, y me…
—¡Sigue!
Isa bajó la cabeza. Le daba vergüenza decir que se había tenido que quitar la piel
de la gran pantera.
—Me arregla los vestidos y me los lava. Me los he tenido que poner, Pao. «Flor
de maíz» lo ha querido.
—No debes avergonzarte de ello. Son costumbres de los de tu raza. ¿Dónde te
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hace dormir la mujer?
—Con sus hijos.
—¿Y me dices que te desprecia?
—Te he dicho que me lo hace todo. Pero no me habla como tú y no me acaricia
como lo hace con sus hijos. Pao, no quiero volver con los blancos. No me quieren.
Para ellos soy un «orzowei». Déjame quedar con el pequeño pueblo.
—¿Y quién te dice que el pequeño pueblo no te trataría también como a un
«orzowei»?
—Tú me lo has demostrado, y tus amigos.
—Tú crees en nosotros y por eso eres o crees ser feliz. ¿Has intentado creer en los
blancos? ¿Qué has hecho para que nadie te llame ya «orzowei»?
—He hecho todo lo que me han dicho.
—No es suficiente, Isa. Eres tú el que tiene que empezar a amar. El amor llama al
amor.
—¿Qué tengo que hacer entonces?
—Vuelve con los tuyos y ámalos.
—¿Me echas?
—No, tú lo sabes.
—¿Cuándo podré volver?
—Iré yo a verte.
—¿Tú?
—Sí, y quiero verte feliz.
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CAPÍTULO IX
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Isa no contestó. Salió y se acercó a los carros.
—¡Ha vuelto el cafre! —gritó Heinrich, un jovenzuelo rubio.
George se asomó desde lo alto de un carro.
—¡Eh, tú! —llamó, dirigiéndose a Isa—. ¿Dónde has estado? ¿Sabes que no te
puedes ir sin decírmelo?
—Sí, lo sé.
—Como lo vuelvas a hacer te daré con el látigo.
—Sí, lo sé.
—¡Alma negra! Sólo Dios sabe lo que se propone Paul. ¡Mira que traernos a un
salvaje!…
George volvió a meterse en el carro, rezongando. Isa se fue hacia el final de la
fila.
Allí encontró a Filips.
Echado en el suelo miraba, inmóvil, ante sí.
Isa se detuvo delante de él.
De aquella cara marcada por la viruela, con la nariz aplastada y el cabello rojo
que le caía en bucles hasta la espalda, lo que le impresionaba eran los ojos.
Ojos celestes, luminosos, que parecían reflejar el cielo. Le miró largo rato, sin que
el muchacho se moviese o apartara la mirada de aquel punto indefinido en que estaba
fijada.
—¿Eres macho o hembra? —preguntó de pronto.
Sólo entonces el otro le miró.
—¿Y tú quién eres?
—Isa.
—¿Macho o hembra?
—¡Yo soy un guerrero! —dijo Isa, hinchando el pecho.
—¿Eres blanco?
Antes de contestar vaciló un instante; luego dijo;
—Mi piel es blanca, pero soy un Swazi.
Le gustaba creerse Swazi entre los blancos. Éstos temían a los Swazi aunque les
despreciaran. E igual que después de la gran prueba, les había gritado a los de su tribu
que él era un blanco y ellos unos chacales pintados de negro, así ahora se sentía feliz
al llamarse negro.
¿Los blancos le llamaban cafre?
Bien, pues sería un cafre.
—Yo soy Filips —dijo el otro— y me gustaría ser un guerrero Swazi.
Esto desconcertó a Isa. Era el primer muchacho a quien le oía decir que le
gustaría ser como él. El primero que decía que le gustaría ser Swazi.
—¿Tú… un guerrero, tú?
No pudo decir más; y la misma extrañeza le dio ganas de reír.
El otro le miró con sus grandes ojos celestes e Isa se puso serio.
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—Quería decir…
—Si eres Swazi, ¿por qué estás con los blancos?
—Ha sido por «Flor de maíz» y… por Pao.
—¿Quiénes son?
—¿No conoces a «Flor de maíz», Paul, el cazador?
—¡Ah, Paul! Sí, es amigo mío. Ha sido él el que me ha regalado esto.
Levantó una esquina de un trapo que cubría una cesta y el hocico en punta de un
«dix-dix» se asomó dando balidos.
—Es muy pequeño —dijo Isa.
—Paul dice que no tiene ni ocho días. Le doy leche con una cucharilla. ¿Ves que
tiene una estrellita negra en la frente? ¿Te gusta?
—Sí, es hermoso. ¿Cuándo te lo trajo «Flor de maíz»?
—Hace seis días.
—¡Entonces ha vuelto!
—No. Yo estaba en mi granja. A cinco días de camino de aquí.
—¿Y «Flor de maíz»?
—Se marchó. Se dirigía al poblado de los Monrei.
—¿Qué iba a hacer?
—No lo sé.
—¿Y tú por qué has venido?
—Paul habló con mi padre y con los otros de la granja. Al día siguiente nos
pusimos en camino. Pero antes Paul me dio el cachorro.
—¿Por qué te dio el «dix-dix»?
—Porque es amigo mío. Me quiere. Cuando no tiene nada que hacer, siempre
viene a verme. Y siempre me da algo.
Isa estaba desconsolado. Su único amigo blanco no le quería sólo a él. Temblaba:
sentía celos.
Filips volvió a tapar al cachorro; luego dijo:
—Me gusta el nombre que le has puesto.
—¿Qué? —preguntó Isa, que estaba ensimismado en sus pensamientos.
—Decía que me gusta el nombre que le has puesto a Paul: «Flor de maíz». Un
nombre bonito. ¿Le quieres?
—No lo sé. Me gusta estar con él.
—¿Quién es Pao?
—Un gran guerrero.
—¿Es un Swazi?
—No; un hombre de los arbustos.
—¡Uno de los del pequeño pueblo! ¡Oh, cómo me gustaría conocerlo!
—¿Qué sabes tú del pequeño pueblo?
—Me lo ha contado Paul.
—¡Ah! Si no tienes miedo, un día te llevaré a conocerle.
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—No tengo miedo.
—Ayer estuve con él. Y me dijo que vendrá. Mira, éste es el arco que me regaló.
Filips lo cogió y lo contempló con curiosidad.
—¿Sabes dispararlo?
Isa sonrió. Cogió una flecha, la puso en el arco; luego dijo:
—¿Dónde quieres que dé?
Filips señaló una rama delgada de una encina.
—¡Allí!
La flecha silbó en el aire y se clavó en la rama.
—¡Tiras bien!
Sólo dijo estas palabras.
Pero sus ojos expresaban una admiración muy grande.
Era la primera vez que alguien miraba así a Isa. Se sintió feliz.
—Si quieres —exclamó alegremente— te puedo enseñar a hacerlo. ¡Levántate!
—Otro día, Isa.
—Ahora. ¡Levántate!
—Yo…
Levántate o les gritaré a todos que eres una mujer y que te da miedo tocar un
arco. ¡Anda, levántate!
El muchacho no se movió.
—¿O no quieres porque el arco es mío, de un «guacho»?
—No, no es por eso. Es que yo…
—Levántate entonces.
Isa se inclinó y cogió a Filips intentando levantarlo.
En aquel momento el látigo silbó sobre su cabeza y cayó sobre su espalda dejando
una larga señal llena de sangre. Se levantó de un salto. Y el látigo le volvió a dar. Esta
vez en plena cara. El muchacho se tambaleó; los ojos se le llenaron de lágrimas, pero
apretó los dientes y preparó el arco.
—¡No, Isa, no!
Una mujer se abalanzó hacia él y se colocó delante del hombre que le había
golpeado.
—Ahora tira, si quieres —dijo.
Era Anna. Isa se quedó inmóvil, temblando de cólera, con el arco preparado.
Luego, lentamente, quitó la flecha y se alejó.
El hombre que le había pegado le gritó:
—¡Si te atreves a tocar otra vez a mi hijo, te mato, bastardo!
Anduvo todo el día por la orilla del río rumiando tétricos pensamientos de
venganza.
Varias veces estuvo a punto de volver al poblado para disparar contra el hombre
que le había dado los latigazos.
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¿Qué había hecho para merecerlos?
Hablaba con Filips. Quería enseñarle a tirar con el arco. Y se lo agradecían de
aquella forma.
¡Y Pao decía que tenía que empezar a querer!
¿Pero cómo, si había sido amable y le habían dado latigazos?
Sus dedos rozaban ligeramente la herida que el delgado cuero había abierto en su
cara. Cogió unas hierbas y las puso en ella para calmar el ardor.
Pero no había ninguna hierba que pudiese calmar el ardor que sentía en el pecho.
La culpa era de Filips. Sólo de Filips. Porque no había querido levantarse.
—Nos tiene miedo al arco y a mí. Bien, les daré miedo a todos. Les enseñaré a
todos que soy un «orzowei» y un guerrero. ¡Sí! Volveré al poblado y lo verán. Iré a
ver a Amûnai y se lo demostraré a ellos también.
¡Bastardo!
No comprendía el significado de la palabra, pero por el tono con que la habían
pronunciado, debía de significar lo mismo que «orzowei». Los Swazi la pronunciaban
con el mismo desprecio.
No, no se quedaría con los blancos. Eran como los Swazi. Sólo querían a los de su
tribu, no a los «guachos».
—Cogeré mis cosas y volveré a la selva.
Se lo repitió mil y mil veces. Y cuando la decisión era ya firme volvió al poblado.
Entró en la casa donde había estado con «Flor de maíz», se arrancó la ropa que
llevaba y se volvió a poner la piel de leopardo. Aquella misma mañana la había
llevado allí para que Anna estuviese contenta.
Ahora ya no volvería a ponerse la ropa de los blancos.
Se iba. Volvería con los hombres de los arbustos. Eran pequeños, si, pero tenían el
corazón grande.
—¡Isa!
Anna había aparecido en el umbral.
—Isa, la cena está preparada.
—No comeré tu comida. Ni comeré nada que sea vuestro. ¡Vete! —dijo.
—Te estamos esperando, Isa. Es tarde y los chiquillos tienen hambre —murmuró
con dulzura la mujer.
—Vete. Ya no quiero estar contigo.
—¿Te duele mucho la herida?
—No siento nada. Vete y déjame pasar.
—Como quieras, Isa.
Anna le dejó libre el paso.
—Cuando quieras volver, mi casa estará siempre abierta para ti.
—No volveré.
—Como quieras.
La mujer se acercó lentamente a la ventana.
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—¡Eh, Isa, mira!
En la plaza estaba Filips.
Isa le había oído llamar a alguien poco antes.
Estaba echado en el suelo. El sol, a punto de desaparecer en la selva, daba reflejos
de fuego a sus largos cabellos.
Tenía entre los brazos algo que pataleaba. El «dix-dix». Filips volvió a llamar y
un hombre salió corriendo de la casa cercana. Se hablaron y luego el hombre,
inclinándose, lo levantó en brazos. En aquel momento cayó la manta que cubría las
piernas del muchacho.
Isa se quedó paralizado por el asombro.
Filips sólo tenía una pierna.
—Por esto esta mañana no se levantó —murmuró Anna, como hablando consigo
misma—. Le hubiera gustado poderlo hacer. Me lo contó todo cuando tú te fuiste. Y
lloró mucho. Pero su padre creía que le estabas insultando
—¿Cuándo le sucedió?
—¿La pierna? Hace muchos meses. Diez o doce. Llevaba la comida a su padre y
a los hombres de los campos cuando le mordió una serpiente. El médico consiguió
salvarle la vida, pero tuvieron que amputarle la pierna.
—¿Por qué no me lo dijo?
—No se lo dice a nadie. Pero hoy, cuando hablaba contigo, sonreía. Desde que le
pasó eso tan terrible no habla con nadie, más que con Paul y con sus padres. Tiene
miedo de que los chiquillos se burlen de él y que los mayores le compadezcan.
—¡Pero su padre me ha dado latigazos!
—Pero Filips no quería. Y ha llorado.
—¿Le… le puedo saludar? Le regalaré una flecha. ¿Estará contento?
—Creo que sí. Mañana por la mañana le iremos a ver.
Anna le tendió su mano. Isa la cogió en la suya, temeroso. Por primera vez en su
vida salió cogido de la mano, como un niño acompañado por su madre.
Por primera vez sintió la sensación más dulce que un chiquillo puede sentir.
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Isa olfateó el aire.
La fiera debía de haberse ocultado en algún rincón. Sentía su olor.
Había que esperar.
Junto a la cuadra había una encina que se erguía majestuosa.
Isa trepó y esperó.
Pasaron muchas horas. Largas, enervantes.
Los hombres habían rodeado el bajo edificio y habían encendido hogueras.
No, no eran unos buenos cazadores. No sabían esperar. Isa seguía inmóvil con el
arco preparado. Si fuera necesario, podría seguir así durante un día entero.
La selva le había enseñado que la mejor arma es la paciencia. Sólo el que es
paciente vive.
Los hombres se cansaron.
Uno de ellos gritó algo. El leopardo rugió.
Volvieron a gritar y apagaron las hogueras.
Isa miró.
Vio que los hombres se escondían detrás de las matas que bordeaban el camino y
que dos de ellos se acercaban a su árbol. Después de haber sacado de un saco a un
pequeño animal que lloraba desesperadamente lo ataron al tronco con una cuerda.
«El “dix-dix” de Filips», murmuró Isa.
—¡Vamos, rápido! —dijo uno.
—¿No se desatará?
—Lo he atado bien. ¡Vayámonos!
«Una trampa —pensó Isa—. Una trampa para el gran leopardo».
Los balidos del cachorro se volvían cada vez más insistentes y lastimeros.
Sentía el peligro e intentaba romper la cuerda que lo mantenía prisionero y
llamaba, llamaba para que le ayudaran y le defendieran.
Por primera vez, Isa pensó en un animal como en un ser viviente. El cachorro
estaba allí, solo. Iba a enfrentarse con un enemigo que con un solo zarpazo lo
desharía.
Si hubiese estado con su padre o con su madre hubiese podido salvarse. Hubieran
hecho cualquier cosa para defenderlo. Se habrían dejado destrozar para salvarle la
vida. Hubiera seguido viviendo tranquilo, retozando en la hierba alta, jugando con los
otros cachorros.
En cambio… Era como él. Estaba solo sin nadie que le ayudara.
Pero él, Isa, habla vencido.
Sí; sin embargo, a él no le habían atado nunca a un tronco ante un enemigo
dispuesto a matarle.
Pero el cachorro podía estar tranquilo. Allí estaba Isa. Y no dejaría que el gran
leopardo lo tocase. Se deslizó silenciosamente por el tronco y se echó al suelo.
El «dix-dix», temblando, se le acercó.
—¡Quieto! —susurró Isa.
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Como si el animalito hubiese comprendido, se apretó contra el muchacho y dejó
de balar.
En aquel mismo instante el leopardo saltó desde la oscura ventana y se acurrucó
en el suelo.
Isa preparó la flecha y esperó.
Tenía que estar atento.
El gran leopardo les podía alcanzar con un solo salto a pesar de que desde el árbol
a la cuadra había más de doce pasos de distancia.
Había que acertar al primer disparo.
El «dix-dix» se movió y baló.
Algo cruzó el aire.
Rápido como un rayo, el muchacho se echó hacia un lado, mientras el leopardo
llegaba suavemente al suelo.
—¡No tiréis! ¡No tiréis! —gritó alguien—. ¡Hay un muchacho!
La fiera rugió y salió huyendo.
Todo había sucedido con tanta rapidez que sólo entonces Isa pudo disparar. Por el
rugido de cólera y de dolor de la fiera comprendió que le había dado.
Al mismo tiempo sonaron unos disparos.
Pero la fiera estaba ya lejos.
—¡Ha sido por tu culpa! —gritó Hartje, acercándose.
—Ya lo decía yo —exclamó un hombre que se acercaba.
—¿Pero quién era el muchacho? —preguntó otro.
—¡El cafre!
Todos le rodearon.
Isa desataba tranquilamente al cachorro.
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—Nos querías demostrar tu destreza, ¿verdad? ¿Has visto el resultado? El ladrón
vuelve a estar libre.
—¡Cuándo pienso que lo tenía a tiro!
—Si no hubiese sido por él, ahora…
—Por tu culpa tendremos que seguir montando guardia, cara negra.
—¡Acabad ya! —dijo una voz—. Después de todo no es más que un bastardo. Isa
levantó la mirada.
El hombre que había hablado era el mismo que le había dado los latigazos por la
mañana. Cogió al cachorro entre sus brazos y se levantó.
—Tómalo —dijo—, es de Filips y tenía miedo.
Se abrió paso entre los hombres y se alejó corriendo en la misma dirección que el
leopardo.
—¡Eh, tú! ¡Detente, detente!
Volvió al día siguiente por la noche. Llamó a la puerta del viejo Hartje.
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—¿Qué quieres? —le preguntó éste al abrir.
—Toma. Levantó la mano enseñando lo que llevaba en ella.
—Es la cabeza del ladrón. La suya. Estaba ciego de un ojo.
El viejo la cogió. Había sangre coagulada junto a otra más reciente.
—¿Cómo lo has hecho?
—El veneno del pequeño pueblo es lento, pero mata. El gran leopardo ya no
volverá. ¡Adiós!
—¡Eh, muchacho, escucha!
Pero Isa estaba ya en la puerta de Anna y entró sin volverse.
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CAPÍTULO X
¡I SA, te buscan!
El muchacho saltó de la cama y entró en la gran cocina.
—Están afuera —dijo Anna—, pero antes vístete.
—Yo…
—Ponte los pantalones y la camisa. Si no, no saldrás.
El muchacho se vistió con rapidez.
Sentado en el escalón del pequeño porche estaba Filips. Junto a él saltaba el «dix-
dix».
—¿No has traído el arco?
—No, pero si quieres lo voy a buscar.
—Me gusta verlo. Y… ¿se puede tirar estando sentado?
—Es más difícil, pero se puede.
—¿Me dejas probar?
Isa asintió con un gesto. No podía hablar.
Cuando Filips tuvo el arco entre las manos lo miró con atención y le pidió muchas
explicaciones. Isa contestaba a todo lo que sabía.
Luego empezó a explicarle cómo se usaba, y cómo tenía que ser la flecha, cómo
se hacía para acertar un objeto que se mueve y cómo se aprovecha el viento.
Pero como no siempre acertaba en el uso de las palabras en el nuevo idioma, se
levantó diciendo:
—Ven. Te enseñaré.
—Isa, yo… yo no puedo andar —murmuró Filips.
El muchacho inclinó la cabeza.
Lo había olvidado.
Iba a decir algo cuando se le ocurrió una idea.
—Te llevaré yo. Iremos al río.
—¡Oh, sí!
Se le notaba en los ojos la alegría. Pero de pronto se puso serio y exclamó:
—Me gustaría ir, pero mi padre no me deja.
—¿Por qué? —preguntó Isa, poniéndose serio—. ¿Por qué soy un «orzowei»?
—No, no me deja ir con nadie.
—Puedes llevarle contigo —dijo entonces una voz.
Los muchachos se volvieron.
Anna estaba en el umbral.
—Yo se lo diré a su padre. Más tarde os mandaré a llamar por Stefan. Pero
recuerda, Isa, que es como tu arco. Nadie debe hacerle daño.
Isa asintió sonriendo. Se inclinó y cogió delicadamente a su compañero en brazos.
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—¿Estás bien? —preguntó.
—Muy bien.
Sonrieron a Anna y se alejaron hacia el río.
—¿Peso mucho? —preguntó más tarde Filips.
—No, eres ligero.
—Tú eres fuerte. Cuando estoy contigo no siento miedo.
Isa gruñó.
Estaba contento. Tenía ganas de cantar de alegría.
—¿Sabes? —dijo Filips—. Papá me ha contado lo del cachorro, y me ha dicho
también que fuiste tú el que no dejó que le mataran.
—Era pequeño, me daba…
No encontraba palabras apropiadas para expresar lo que sintió aquella noche.
—Mira, me dolía verlo como estaba.
—Cuando papá te pegó, yo…
—No recuerdo que nadie me pegara.
—Gracias, Isa. Estoy contento de ser tu amigo.
—Yo también. ¿Nos quedamos aquí?
—Sí.
A unos treinta pasos del sendero un pequeño claro interrumpía la sucesión de
grandes plantas y de arbustos que bordeaban el río.
Los silbidos, los gorjeos, los piídos, los trinos, los cantos, los chillidos, los
sonidos agudos y profundos de toda clase de pájaros se mezclaban con los gritos
desordenados de los monos y el croar de las ranas, el chirrido de las cigarras y el
zumbido de los innumerables insectos.
Pero los muchachos, sentados en el suelo afelpado por el musgo, absortos tirando
el arco, no oían nada.
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un gran guerrero.
—¿Lo crees así?
—Si.
—Entonces lo seré.
Eran aquéllos unos días felices.
A Isa ya no le llamaban para trabajar y nadie le atormentaba. Le dejaban en
libertad para ir, cuando quisiera, con Filips.
Habían transcurrido así unos veinte días, cuando Filips notó un cambio en la
actitud de su compañero. En cuanto llegaban al claro, Isa le daba su arco y se sentaba,
absorto, junto a él. Ya no le gritaba cuando fallaba un tiro, ni se ponía contento
cuando daba en el blanco.
Estaba allí, indiferente.
Filips le miraba sin atreverse a hablarle.
—Isa —le preguntó una mañana—, ¿no te gusta venir conmigo?
—¿Quién dice eso?
—Tus ojos lo dicen.
—Mis ojos no dicen lo que siente mi corazón.
—Entonces, ¿qué es lo que sucede?
—No lo sé.
—Yo sí.
—Dímelo.
—Tus ojos miran siempre a lo lejos.
—¿Y con eso?
—Quieres volver a la selva.
—Quizás.
—Entonces ¿a qué esperas?
—No quiero dejarte.
—Volverás, ¿no?
—No lo sé.
—Yo no quisiera echarte —dijo Filips, bajando los ojos—. Quisiera que
estuvieras siempre conmigo.
—Yo no me voy.
—Ya te has marchado. Ya estás solo.
—Eso no es cierto.
—Sí, Isa. Estás conmigo, pero ya no te ríes conmigo, ya no juegas conmigo, ya
no me dices gritando que soy una mujer cuando fallo el disparo con el arco. Por esto
ya no estás conmigo.
—No quería hacerte daño.
—Así es que —siguió diciendo Filips sin darse cuenta de la interrupción— es
mejor que te vayas donde quieres ir. Pero…
Se inclinó hacia el compañero y le susurró al oído:
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—… pero tenemos que jurar que siempre seremos amigos. Volverás a verme de
vez en cuando y así hablaremos y jugaremos juntos.
—¿Qué es un juramento? —preguntó Isa.
—Cuando alguien jura y luego no cumple lo que ha jurado, se muere.
—Entonces es dar una palabra. Una promesa que se hace a los espíritus buenos.
—Sí. Dame la mano.
Isa se la tendió. Filips, apretándola con fuerza, dijo:
—Isa es mi gran amigo. Lo juro por el cielo. No lo abandonaré jamás, ni siquiera
cuando me case. Bien, ahora te toca a ti.
—¿Qué tengo que decir? ¿Repetir tus palabras?
—No. Tienen que ser palabras tuyas.
—Bien. —Isa estrechó la mano del compañero y murmuró lentamente:
—El río se secará y la selva se convertirá en un desierto antes de que Isa olvide.
Por mis venas corre su sangre y Filips es mi hermano. El Gran Padre lo sabe.
—¡Pero esto no es un juramento! —exclamó Filips—. Tienes que decir: lo juro.
—¿Por qué? Si el Gran Padre lo sabe, es suficiente. Isa no abandonará al
hermano. Pao ha dicho que basta con decírselo al Gran Padre. Y cuando Pao dice que
el río se secará y la selva se convertirá en un desierto antes de que él olvide, puedes
estar tranquilo, porque no lo olvidará.
—Si lo ha dicho Pao, está bien. Ahora llévame a casa; luego te podrás marchar.
—Volveré con Pao. Y tú espérame.
—Sí, pero vuelve pronto.
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Saltó hacia delante, corriendo sin hacer ruido.
Antes de entrar en el poblado se detuvo.
Estaba tan inmóvil que su cuerpo parecía el de una estatua. Pero las narices
dilatadas, temblorosas y los ojos que lo escudriñaban todo, indicaban la atención con
que observaba las cosas.
Los arbustos partidos, las chozas sin techo, los objetos de los «bushmen»
abandonados en desorden, mostraban que allí se había combatido duramente. Aquí y
allá se veían flechas clavadas en el suelo.
Pasado el primer arbusto, descubrió al primer muerto.
Lo miró bien.
Debía de ser uno de los más jóvenes guerreros de Pao. Doce lanzadas le habían
destrozado el pecho. Su mano retenía todavía el arco.
Pero le habían separado la cabeza del cuerpo con un tajo seco.
Isa contempló el corte.
Un blanco no hubiese descubierto nada en él.
En cambio él leyó allí el nombre de la tribu que lo había arrasado todo.
—¡Los guerreros del Gran Rey! —exclamó.
Eran éstos los zulús, el grupo más numeroso y más fuerte de la gran raza Bantú a
la que pertenecían también los Swazi, los Pondo, los Tembú, los Mascona, los
Shangaans, los Matabele y los Barotse.
Los blancos se equivocaban al llamar también zulús a las otras tribus Bantú.
Pero para Isa eran zulús sólo aquellos hombres pertenecientes a la numerosa tribu
que llevaba aquel nombre y que tenía un solo jefe: el Gran Rey. Físicamente los zulús
también eran distintos de los otros hombres de la selva: nariz aguileña, ojos oblicuos
y mucho mucho más altos.
Pero todos, Swazi, Pondo y los demás, eran enemigos acérrimos de los zulús.
Mejor dicho, lo habían sido hasta que Ciaka, el Gran Rey, arrasando todos los
poblados de las distintas tribus Bantú, les habla obligado a someterse.
Esto había sucedido hacía muchos años.
Isa recordaba que los viejos contaban las hazañas legendarias de los terribles
guerreros. Recordaba que terminaban invariablemente sus relatos diciendo:
—Si ellos son los guerreros del Gran Rey, nosotros somos los «antílopes» de la
selva. En la batalla nadie puede competir con un Swazi; nadie es capaz de detenerlo.
Es tan ágil y tan rápido que las lanzas enemigas no le pueden alcanzar.
Eso decían.
Pero recordaba que un día sus poblados también fueron arrasados; recordaba la
entrada de Ciaka en su poblado, de Ciaka que con su poder y con su crueldad se había
convertido verdaderamente en «el Gran Rey».
Había sucedido muchos años antes, cuando él no había cumplido todavía nueve
primaveras. Pero siempre recordaba a los veinte guerreros asesinados con un golpe en
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la nuca y al jefe del poblado al que habían dejado devorar por las hormigas, sólo
porque se había atrevido a declarar que los «antílopes de la selva» podían hacer
siempre lo que querían. Aunque Ciaka no lo permitiera.
A pesar de todo, Isa admiraba a los guerreros del rey. Había soñado con
pertenecer algún día a aquellas huestes. Al igual que todos los seres de la jungla,
admiraba la fuerza y el valor.
Y aquellos guerreros las poseían en medida tal, que habían derrotado muchas
veces a los blancos, a pesar de sus armas poderosas. Y los tambores del Gran Rey
habían pregonado por toda la jungla y por todos los poblados, la fama de estas
empresas.
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matanza.
No, un «bushman», como cualquier otro ser de la selva, se hubiese dejado matar
tres veces, antes de dejar matar a los suyos.
Pao y sus hombres no debieron de estar en el poblado cuando los zulús atacaron.
Los hombres del Gran Rey no hacían prisioneros. Tenia que haber sucedido así: Pao y
los otros debieron de haber ido a cazar y el poblado había sido asaltado durante su
ausencia.
No pensó siquiera en buscar el lugar donde los enemigos habían quemado a sus
muertos ni tampoco se preguntó el porqué no había ni una lanza de los asaltantes.
Esto era algo que hasta Amebais, la tonta, sabía de memoria.
Los zulús mataban a los compañeros que perdían la lanza en la lucha.
Ciaka lo había impuesto así.
Y todos lo habían aprendido en seguida.
Había bastado un solo ejemplo.
Ciaka hizo matar, en una sola mañana, a más de mil guerreros que habían perdido
sus armas.
¿Pero, por qué se habían movido los guerreros del Gran Rey?
Isa no sabía contestar. Mucho tiempo antes había habido grandes luchas. Los
viejos decían que Ciaka quería aniquilar a todas las ramas de la gran familia Bantú.
Entonces no era difícil encontrar un poblado completamente arrasado. Pero se sabía
el porqué.
Luego todos se sometieron a Ciaka y los Bantú tuvieron un único jefe.
Las luchas más recientes habían sido dirigidas contra grupos de rebeldes y contra
los poblados de los hotentotes.
Pero no en aquellos territorios sino en otros más hacia el sur.
«La selva habla y el sol sigue alumbrando —se dijo Isa— y se sabrá por qué el
Gran Rey ha hecho hablar a sus lanzas».
Se levantó.
Había decidido lo que iba a hacer.
Iba en busca de Pao. Y se quedaría con él.
El pequeño pueblo le había ayudado y le había salvado. Ahora él daría su lanza y
su brazo por ellos.
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CAPÍTULO XI
H ACÍA muchos días que iba errante por la selva buscando un rastro que le llevara
hacia Pao, repitiendo insistentemente el grito de llamada del pequeño pueblo,
cuando los tam-tam hablaron.
«¡Ciaka ha muerto!… ¡Ciaka ha muerto…!» decían.
Había muerto el Gran Rey.
Isa se puso a chillar de alegría y se entregó a una danza salvaje. Ciaka había
muerto. E Isa chillaba como si hubiesen muerto todos sus guerreros; como si él los
hubiese matado con los pensamientos de venganza que había alimentado.
Le detuvo el silbido de una serpiente.
El silbido se repitió.
No era una serpiente, sino un hombre. El oído extremadamente sensible de Isa
había descubierto el engaño.
Trepó hasta una rama muy alta y escuchó.
Los tambores seguían repitiendo su fúnebre mensaje.
Luego resonó el grito siniestro de un mono que había descubierto a su implacable
enemigo, la gran serpiente pitón, que permanecía inmóvil, tan inmóvil que era difícil
descubrirla, sobre una rama poco distante.
Mientras observaba al gran reptil oyó unos pasos ligeros.
Un joven negro avanzaba cauteloso. Debía de estar siguiendo algún rastro puesto
que observaba con atención el terreno y olfateaba constantemente el aire.
Era un guerrero. El aro de oro que le rodeaba la cabeza de cabello untado y en
parte afeitado, lo indicaba así.
Por los adornos Isa reconoció en él a un Swazi.
El guerrero había dado pocos pasos cuando la serpiente pitón se movió.
Sujetándose con la cola a la rama, se deslizó silenciosamente y cayó de improviso
sobre el negro enroscándose en un instante alrededor de su cuerpo.
El hombre no gritó. Intentó coger el puñal que le colgaba de la cintura, pero antes
de que lograra su intento sus brazos quedaron inmovilizados por el poderoso apretón.
Intentó liberarse volviéndose sobre sí mismo.
Pero el gran reptil sólo se movió para soltarse de la rama a la que todavía estaba
sujeto. El hombre, al volverse, enseñó su cara a Isa.
Era Mései, el nieto del viejo brujo, el compañero que tantas veces le había
golpeado hasta hacerle sangrar y que siempre se había burlado de él.
Pero, en aquel momento, Isa no se alegró por lo que le estaba sucediendo a su
antiguo rival.
No pensó en el daño que Mései le había ocasionado.
Sólo vio en él a un hombre que se enfrentaba con un animal de la selva. Y esta
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vez era el animal el que salía vencedor.
Colocó la flecha en el arco y esperó el momento propicio. La lucha entre la bestia
y el hombre proseguía silenciosa, terrible. Y cuando la serpiente pitón levantó su
cabeza triangular sobre la de Mései, preparándose para dar el último apretón, Isa
actuó.
Tenía que disparar en seguida y herir mortalmente.
No podía llamar; el hombre, distraído por su voz, hubiese perdido la vida en aquel
instante de relajamiento.
La flecha atravesó un mechón de pelo de Mései y penetró en la gran cabeza de la
serpiente que, con un silbido parecido al latigazo de una fusta, levantó todavía más la
cabeza para descubrir a su asaltante.
Otras dos flechas le volvieron a acertar. Con un temblor convulsivo la serpiente
pitón se aflojó y se derrumbó, quedando rígida en el suelo.
Mései recogió la lanza y golpeó repetidamente el cuerpo del reptil. Luego se
apoyó en un tronco y esperó.
Las flechas habían hablado en favor suyo, pero ahora le podían matar.
Eran del pequeño pueblo, y el pequeño pueblo era su enemigo.
No intentó huir porque la lucha le había agotado. Con el escudo en alto para
protegerse la cara y la lanza preparada miró ante si. Vio que una sombra bajaba del
gran árbol que estaba frente a él y se le acercaba.
—Puedes dejar la lanza, Mései.
—¿Tú, el «orzowei»?
—¿Te sorprende que viva todavía? Agradéceselo a la selva que me ha protegido
para que hoy pudiera salvarte de la serpiente pitón.
Mései inclinó la cabeza.
—No es digno de un guerrero —dijo— dejarse salvar por alguien que no es
siquiera un porteador. Pero yo estoy agradecido al «orzowei» por haberme salvado.
—El «orzowei» tiene un nombre —contestó Isa con dureza.
—Su nombre es igual que cualquier otro y la gente le llama como quiere.
—Tengo un nombre. Mi tribu me lo ha dado.
—La mía, querrás decir.
—También fue la mía.
—¡Los chacales también tienen una casa, algunas veces!
—¡Basta, Mései o mi arco volverá a hablar!
—Veo que el «orzowei» ha encontrado una choza junto a los del pequeño pueblo.
Si se encuentra bien allí… Claro, él es un héroe. Aunque sólo sea por la altura, los
supera a todos…
—Isa vive entre los de su raza. En las grandes casas de piedra. Y no se quiere
ensuciar mirando a un Swazi. Si ha salvado a uno de ellos ha sido por amor a los
chacales. Su carne los hubiese envenenado.
—No sabía que los blancos fueran vestidos como los Swazi y cazaran con el arco
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de los pequeños hombres. ¿No será que los blancos también han echado al «orzowei»
porque no es de su sangre?
—Si tu lanza consiguiera acertar como tus palabras, serías un gran guerrero. Pero
toda tu fuerza está en la lengua y entonces… Cuidado, Mései, mi flecha es más
rápida… y has visto que no fallo el tiro. Suelta tu lanza.
Mései, que al oír las palabras de Isa, había hecho ademán de lanzarla, bajó el
brazo diciendo:
—No la lanzo porque entre tú y yo está el cuerpo de una serpiente pitón. Pero no
excites la cólera de un gran guerrero.
—Si los guerreros Swazi te han admitido en sus filas quiere decir que deben de
haberse vuelto mujeres… Vete, Mései, vuelve al poblado. Los senderos de la selva
ocultan muchas insidias. Podrías acabar mal…
—Nos volveremos a encontrar. Y entonces ninguna serpiente podrá detener mí
lanza.
Había dado ya unos pasos cuando Isa le volvió a llamar:
—¡Un momento, Mései! Quería preguntarte por Amûnai. ¿Vive todavía?
—¿Por qué no vas a verlo tú mismo?
Isa leyó, en la sonrisa con que Mései acompañó estas palabras, el diabólico placer
que hubiese sentido el poblado al verle volver y el fin que le esperaba si algún día se
atrevía a poner los pies en él.
—Es lo que estaba pensando. Hace mucho tiempo que quiero ver al Ring-kop.
—Te esperamos.
—Iré.
El enorme baobab, el árbol sagrado del poblado al pie del cual el brujo rezaba a
los espíritus.
Isa contempló mucho rato el poblado dormido. Cada cosa que veía le recordaba
un detalle de su vida.
Cuando parecía que la luna tocaba la punta del baobab, se deslizó silenciosamente
por el campo.
Saltó por encima de la barrera de espinos y se dirigió, sombra entre sombras,
hacia la choza del viejo Ring-kop que le había criado.
—Soy yo —susurró al entrar.
—¿Quién, yo?
El viejo Amûnai se incorporó en el jergón.
—Isa, Mohamed Isa.
—¿Tú? Ven, ven en seguida.
—Ya estoy aquí.
—Deja que te vea, muchacho. Oh, no te hubiera reconocido si te hubiera
encontrado en los senderos. Tus músculos son muy duros. Veo nuevas cicatrices en tu
cuerpo. Ellas hablan por ti; ahora eres un guerrero. No… no me interrumpas. Te
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quiero ver bien. Han transcurrido muchas estaciones desde que comimos juntos la
última vez… Ahora habla. ¿Sigues viviendo con los hombres del pequeño pueblo?
—No. Hace ya muchas lunas que no vivo con los hombres de los arbustos. Vivo
en las chozas de piedra, con los hombres de mi raza.
—¿Y los blancos te dejan vestir como un Swazi?
—No, Amûnai. Estaba cansado y quería volver a correr por los senderos de la
selva.
—Estos tiempos no son buenos.
—¿Por qué?
—Los guerreros del Gran Rey se han movido. Y les gustaría mucho encontrar a
un blanco. Aunque el blanco parezca un Swazi.
—Gracias, Amûnai. Tu consejo es sabio, pero un blanco no tiembla.
—¡Antes estabas orgulloso de ser un Swazi!
—Todavía me siento Swazi, Amûnai. Sigo amando a mi tribu.
—Veo que no has olvidado a los que te criaron.
—No, pero tampoco los que me echaron han podido olvidar.
—Lo sé. Y por esto el joven Isa no puede quedarse con el viejo Amûnai.
—Ya lo sabía. Mései me lo dijo.
—¿Cuándo lo viste?
—Esta mañana. Cuando los tambores daban la buena noticia.
—¡Pero tú no estás herido!
—No.
—¿Y… Mései?
—Creo que está en el poblado.
—Cuando dos panteras se encuentran en el mismo sendero, sólo una de ellas
vuelve a su guarida. ¿Qué ha sucedido?
—No era el momento oportuno.
Isa no dijo que no podía matar a un hombre fríamente. Le repugnaba hacerlo.
Y en esto, lo sabía bien, no se parecía a los feroces guerreros de la tribu.
—Ciaka ha muerto —dijo para cambiar de conversación.
—Que los espíritus del mal no le abandonen jamás —maldijo el Ring-kop.
—¿Por qué se han movido sus guerreros?
—Sólo se ha movido un «kraal», para ejercitarse.
—Han destruido el poblado de Pao.
El viejo permaneció un rato en silencio; luego dijo:
—¿Cuándo?
—Hoy es la décima vez que el sol, al levantarse, ilumina a los muertos. Has
dicho: ¿para ejercitarse?
—Sí. Un guerrero no puede conocer sus fuerzas si no las prueba antes. Se trata
del «kraal» de los «Panteras rojas».
—Comprendo.
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—Se dirigen hacia el río.
—Comprendo.
—¿En qué piensas?
—Pao no ha muerto. Estaba fuera, cazando. Lo estoy buscando. Pero muchos
amigos míos del pequeño pueblo han muerto. Los «Panteras rojas» conocerán mi
lanza.
—Son muchos, Isa. Un «kraal» entero es demasiado incluso para un poblado
como el nuestro.
—Lo sé.
—Han atacado a los hombres de los arbustos. ¿Qué te importa? No son de tu
misma sangre. Son inferiores a nosotros.
—Si hubiesen atacado a mi Amûnai, ¿no tendría que vengarle?
—¡Eso es otra cosa!
—Es lo mismo. Tampoco él es de mi misma sangre y los suyos son inferiores a
nosotros. Así lo dicen los blancos.
—No podrás hacer nada.
—Lo sé. ¡Pero después ya no buscarán a los del pequeño pueblo para ejercitarse!
¡Los temerán!
—Ten cuidado, muchacho. Merecen el nombre que se han dado. Eran el orgullo
de Ciaka.
—Panteras contra panteras. La lucha será hermosa. Dime, Amûnai, ¿atacarán
también al poblado blanco?
—Ciaka no quería hacerlo. Las cañas largas hablan muy fuerte. Y además los
blancos están lejos del río.
—Desde la orilla, un leopardo puede llegar hasta ellos en pocos saltos —dijo Isa
en lengua bóer.
—¿Qué estás diciendo?
—Digo que un ñu puede llegar desde el río a las chozas de piedra en tan poco
tiempo que un cazador hábil no tendría tiempo de colocar las flechas en el arco.
—¿Por qué los blancos se acercan siempre más?
—No lo sé. Estaban ya allí cuando yo llegué. Los «Panteras rojas» no les tocarán,
¿verdad?
—No, Ciaka lo había dicho.
—¿Cómo son sus señales?
—El gran escudo está pintado como la piel de la gran pantera. Sólo que las
manchas son rojas.
—¿Qué más?
—Hay trece líneas negras en una esquina.
—El decimotercer «kraal», ¿verdad?
—Sí. En el centro hay pintada una pantera en el momento de saltar. Es el mismo
símbolo que tienen los otros tres «kraals» con los que están unidos: «negras»,
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«silenciosas», «astutas». Éstas, con las «rojas», forman el mejor grupo de los
guerreros del Gran Rey.
—Me quedo contigo esta noche. ¿Quieres?
—¿Has visto nunca a un padre que eche a su hijo?
—Gracias, Amûnai.
Hacía poco que reinaba el silencio en la pequeña choza cuando volvió a oírse el
redoble de los tam-tam.
Isa se sentó de un salto.
—Era inevitable —comentó Amûnai después de haber escuchado atentamente—.
Pero no tan pronto.
—¿Por qué?
—No se nombra a un Gran Jefe antes de la «gran danza».
—A lo mejor ya la han celebrado.
—Los guerreros bailan durante tres noches para acompañar al espíritu del rey.
Pero no ha pasado ni un día desde la muerte de Ciaka.
Los tam-tam seguían transmitiendo.
«El gran Dingaan y su hermano Umhlangana —decían ahora— han liberado al
invencible pueblo de los zulús…».
—Ya me parecía —dijo Amûnai—. No estaba muy claro. Primero la gran voz
habla del rey muerto con…
—Calla. No han terminado.
«… Dingaan es el nuevo rey de los zulús. Su hermano, su ayudante. Que lo sepan
todos los pueblos de la selva. Dingaan es el nuevo rey… Dingaan es el nuevo rey…».
—Ahora lo repetirán hasta que lo hayan aprendido hasta los monos —murmuró
Amûnai.
—Ya —dijo Isa.
—Para nosotros todo seguirá igual. Será siempre el Gran Rey.
Callaron.
Y mientras los tam-tam le repetían a toda la selva el nombre del nuevo rey y los
chacales aullaban fuera del poblado, el sueño se apoderó de los dos.
—Amanece, Isa, y los otros están fuera esperándote. Mései está con ellos. He
oído su voz.
Isa saltó de su jergón.
—¿Cuántos son?
—No los he visto. He oído sus pasos. Luego alguien ha espiado en la cabaña.
—He caído en una trampa.
—Sí.
Isa paseó nervioso de arriba abajo por la choza.
Sabía que no podía esperar ayuda de nadie y que nadie intercedería por un acto de
gracia en su favor. Tenía que luchar sólo contra todos y además en una situación
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desfavorable.
El pensamiento de la muerte no le asustaba. Pero le dolía haber caído en una
trampa, como un cachorro, y acabar en el suplicio entre las burlas y las risas de todo
el poblado.
Para él era un misterio cómo le habían descubierto, pero no intentó explicárselo.
Había sucedido y tenía que enfrentarse con la situación.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Amûnai.
—Lucharé. Si me quieren coger tendrán que pagar su precio.
El muchacho puso una flecha en el arco y salió.
Un grito acogió su presencia.
A unos quince pasos de la choza, en semicírculo, había unos treinta guerreros.
—¿El «orzowei» quiere luchar? —gritó uno—. ¡Qué raro!
—¿Eres capaz de hacerlo?
—¿Quién te ha enseñado a tirar con el arco?
Isa escuchó impasible todas las injurias que le dirigieron. Entretanto, intentaba
descubrir cuál era el punto débil del cerco.
Luego llegó Mései. Los guerreros callaron.
—¡No podrás huir, «orzowei»! —dijo—. Mis amigos vigilan tus movimientos y
el paso está cerrado. Te conviene dejar el arco: seré clemente. Pero si intentas
disparar una sola flecha, tu cuerpo servirá de sostén a treinta lanzas.
—¿Es que mi mano tiembla? —contestó Isa.
—¿Quién le ha dado valor al «orzowei»? —gritó un guerrero—. Es posible que
su madre haya amado durante una noche a un león y esto le ha dado la fuerza de la
desesperación.
—¡No! —rió otro, con malicia— es el valor del chacal. Su madre no podía tener
más que un anim…
La flecha le cortó la injuria en la garganta.
El hombre cayó sin dar un grito.
Inmediatamente diez lanzas se clavaron en el lugar donde un instante antes estaba
Isa.
Éste, de un salto, había vuelto a entrar en el tucul.
Un segundo después un guerrero irrumpía en el interior. Levantó el brazo armado
con una daga, pero la flecha cortó su ímpetu.
Pero detrás del primero llegaron otros e Isa se tuvo que enfrentar con diez
hombres. Dejando el arco se defendió valientemente con el largo cuchillo de caza.
Por tres veces las dagas de sus adversarios le abrieron en el pecho profundas
heridas. Pero no cedió.
Con tenacidad, saltando de aquí para allá en el pequeño espacio, intentaba abrirse
paso hacia la puerta. Pero, por cada hombre que conseguía derribar, dos más se le
ponían delante.
Amûnai permanecía inmóvil en un rincón.
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Pero cuando vio que Isa, acorralado contra una pared, reprimía con esfuerzo un
gemido por una larga herida en el tórax, levantó la daga y asestó un golpe.
No en balde era un Ring-kop, un gran guerrero.
A pesar de la edad, en poco tiempo logró vaciar el tucul.
—¡Haz que tus flechas hablen! ¡Rápido! —ordenó.
Isa recogió el arco y tiró contra el primer hombre que intentaba entrar. Y sobre el
cuerpo del primero cayeron, chillando, otro y otro.
Una nube de lanzas penetró en la cabaña clavándose a pocos palmos de los dos
hombres.
Hubo un momento de tregua.
Afuera los guerreros se habían reunido alrededor de Mései.
—¿Cómo te encuentras, Isa? —preguntó Amûnai.
—Bien. Un león no sería más fuerte que yo en este momento.
—¿Tus heridas?
—Son arañazos.
—Si, pero profundos.
—También tú, Amûnai, tienes algunos.
—Mi piel es dura.
—Gracias por tu intervención.
—Era mi deber. Uno contra diez no es leal. Ninguna fiera de la jungla lo haría,
excepto los chacales.
—Ya.
—Dentro de poco volverán. ¿Oyes cómo gritan?
—Me defenderé.
—Estoy preparado.
—Amûnai, si quieres puedes marcharte.
—Mi daga está afilada y mi brazo no está cansado.
—¡Gracias… gracias, padre!
Esperaron en silencio el nuevo ataque.
Los guerreros, afuera, gritaban y, por encima de todas, se oía la voz de Mései.
Luego, de repente, enmudecieron.
—Ya estamos —murmuró Amûnai.
Pasaron unos segundos que parecieron una eternidad. Luego en el aire resonó el
terrorífico grito de guerra. Y en seguida aparecieron en la puerta algunos hombres. La
lucha volvió a empezar, furiosa, pero los guerreros no conseguían entrar.
De pronto, algo crujió detrás de Isa y éste, al volverse, vio que Sem-husci entraba
por un hueco abierto en la pared.
Se le echó encima y le golpeó varias veces, pero alguien que había seguido a
Sem-husci, le saltó a la espalda.
Sintió una punzada de fuego y arqueando el cuerpo saltó hacia delante y derribó
al atacante.
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Entretanto, Amûnai, a pesar de que cerraba eficazmente el paso a sus adversarios,
perdía terreno.
Le salía mucha sangre de una herida en la cara.
Mései estaba ahora frente a él, mientras los demás a su alrededor le incitaban.
Isa, después de haber liquidado a sus adversarios, se acercó al Ring-kop para
ayudarle.
Pero en el momento en que levantaba el cuchillo para asestar un golpe, oyó que
gritaban:
—¡Atención a tu espalda, «orzowei»!
Se volvió rápidamente, con el tiempo justo para evitar la gran asta que un
guerrero le había lanzado desde el hueco de la pared. La pesada arma le rozó un brazo
arañándole, y se clavó en el costado de Amûnai.
—¡Huye, Isa, huye! —le gritó éste al caer.
Mientras corría hacia el seto que cercaba el poblado, observó que un guerrero le
perseguía. Pero alguien hirió al hombre que cayó pesadamente al suelo.
—¡Huye, pequeño «orzowei»! —oyó gritar de nuevo.
Sólo entonces reconoció la voz.
Era Amebais, la vieja borracha, la nodriza, que enfrentándose con el numeroso
grupo de guerreros, protegía su fuga.
Saltó el seto y corrió hacia la selva.
Antes de adentrarse en ella se volvió. Vio que Amebais, alcanzada en la espalda
por la lanza de Mései, caía sin dar un grito.
Entonces se refugió entre los árboles frondosos, mientras los guerreros le
perseguían gritando.
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CAPÍTULO XII
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Sólo veía a Mései riendo a carcajadas. Mései, que estaba a punto de alcanzarle.
En efecto, el joven guerrero nadaba velozmente hacia él, seguido por sus
compañeros.
Pero Isa a los otros no los veía. Para él sólo existía Mései.
Sentía mucho frío. Le invadió un temblor convulso.
Pero sus manos hendían con fuerza el agua, al mismo tiempo que sus pies,
rítmicamente, le daban velocidad.
Pero él no se daba cuenta.
Luego oyó unos gritos de Mései, pero no oyó sus palabras.
Intentó ir más aprisa.
Si hubiera mirado hacia atrás hubiese visto que sus enemigos alcanzaban la orilla
y desaparecían entre los árboles.
Algo se movió cerca de él y oyó el golpe seco, característico, de unas mandíbulas
que se cierran en vacío.
Pero no sintió escalofríos.
—Prefiero los cocodrilos —pensó— a Mései.
Pero cuando oyó por segunda vez las poderosas mandíbulas de los habitantes del
río, tan cerca de su cuerpo que por un momento creyó que le habían cogido, entonces
intentó desesperadamente llegar a la orilla.
Los cocodrilos le cortaron el camino. Estaban en todas partes. En el centro del río,
detrás suyo, o dormitando al sol en la orilla, pero preparados para zambullirse en el
agua al descubrirle.
Si la fiebre no le hubiese engañado, nunca hubiera nadado en aquel lugar.
No por nada aquel trozo del río era llamado «el foso de la muerte».
Nadie había conseguido cruzarlo en aquel punto donde los cocodrilos reinaban sin
que nadie los molestara.
El peligro le había dado nuevas energías.
Pero no podría resistir mucho rato.
Lo sentía.
Sus brazos, a cada impulso hacia delante se hacían más pesados y obedecían con
fatiga a sus ansias de fuga.
El cerco se estrechaba cada vez más.
Dentro de poco aquella horda hambrienta se disputaría su cuerpo.
Él ya no contaría para nada.
Entonces oyó, muy cercano, un tiro de fusil.
Luego dos, tres, cuatro tiros.
Vio que algunos cocodrilos se retorcían en los espasmos de la muerte, dando, con
la cola, golpes furiosos en el agua.
Pero otros seguían acercándose. Gritó.
Y le pareció que el que gritaba no era él.
Los disparos eran cada vez más frecuentes, más cercanos.
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Levantó la cabeza y vio una barca. De pie sobre ella, dos hombres disparaban.
Alguien le cogió por los brazos. Sintió que le sacaban del agua mientras una gran
descarga de fusilería caía sobre el reptil más atrevido, sobre el que había intentado
cazarlo para si.
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bueyes.
Sólo el sol, que brillaba con violencia, animaba el espacio. Parecía que hubiesen
abandonado el poblado a toda prisa.
Sobre alguna silla tosca, a la sombra de un porche, había una labor, una cuchara,
un chal, abandonados.
Algo sucedía.
Pero ningún ruido llegaba hasta él, exceptuando un sonido muy lejano, parecido a
un trueno remoto, a un arrastrar de bidones.
Debían de haber pasado pocas horas desde el amanecer.
Más tarde el ruido aumentó en intensidad. Parecía el lamento de la selva
producido por las ráfagas violentas del viento.
Ahora se oía, cada vez con mayor claridad, el rumor de muchos carros en
movimiento y las voces de los hombres que incitaban a los animales. Y los gritos, las
llamadas, las risas, los cantos de una muchedumbre que se acercaba.
Poco después el suelo retumbó bajo los cascos de los caballos y en la plaza
resonaron las voces de los hombres.
Al primer pelotón, compuesto por unos cincuenta hombres, que al llegar
empezaron a quitar las sillas de los caballos, se le unieron en seguida otro y otro más.
Algunos hombres, entre los que Isa reconoció gente del poblado, llevaron los
caballos hacia un gran campo que otros estaban ya cercando.
Isa los observaba con atención.
Era la primera vez que veía a tantos jinetes. Todos estaban armados. Las largas
carabinas brillaban bajo los rayos del sol.
Se sentaron en grupos, en el suelo, a la sombra de las encinas o de las casas, para
esperar la llegada del resto del convoy.
«Han venido para defender al poblado del “kraal” de los “Panteras rojas”», pensó
Isa.
Durante su ausencia los «Panteras rojas» podían haber hecho algo que había
obligado a los blancos a pedir refuerzos.
Pero no sabia si era así.
Y, si no era así, ¿por qué todos aquellos hombres armados?
Entonces, ¿por qué no habían llamado a los soldados?
Cuando llegó el primer carro comprendió que se había equivocado.
Los hombres venían con sus familias.
En poco rato la plaza se llenó de mujeres.
Viejas, jóvenes, muchachas; con niños en los brazos o cogidos a sus faldas, tan
pegados a ellas que les impedían andar.
Y todas hablaban.
Todas a la vez.
Reían, suspiraban, gritaban.
Parecía que todos los habitantes del aire se hubiesen dado cita en la plaza.
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Chillidos agudos, suaves, sordos, parecidos a gorjeos, a trinos; profundos, dulces,
tiernos, roncos, se mezclaban con los gritos de los chillidos, con el llanto de los
pequeños, con el mugido de los bueyes, con las voces de los hombres.
Isa vio a Anna que hablaba acaloradamente, riendo, bromeando, con unas diez
mujeres forasteras, mientras Irghin gesticulaba entre un grupo de muchachas y Stefan
corría como un loco con sus compañeros.
Llegaron otros carros. Bajaron otras mujeres.
La plaza estaba abarrotada de gente, a pesar de que muchos de los recién llegados
habían entrado ya en las casas.
Isa no veía más que cabezas, cabezas y cabezas.
—Habrán venido para construir un poblado nuevo —pensó.
Y miró con ansiedad hacia los campos cercanos, pero vio que sólo plantaban
tiendas: amarillas, marrones, rojas; hechas con pieles, con mantas, con ramas; pero
tiendas, tiendas, sólo tiendas.
El desorden reinó en la plaza durante mucho rato.
Luego los hombres se llevaron los carros; los muchachos fueron detrás de los
hombres y las mujeres quedaron dueñas del campo.
Isa estaba tan absorto con todo lo que veía que no se había dado cuenta de que la
casa se había ido animando. Se movió sólo cuando oyó unos pasos ligeros que se le
acercaban.
Se volvió y vio a Anna con aspecto radiante.
—¿Qué sucede? —preguntó.
La mujer intentó ponerse seria e hizo ver que gruñía:
—¿Por qué te has levantado? ¿No sabes que no te puedes mover?
Pero lo dijo tan de prisa que Isa no entendió nada.
—¡A la cama! —ordenó en cuanto consiguió calmarse.
Cogió al muchacho por debajo del brazo y lo acompañó.
—No debes levantarte, Isa. Todavía no estás curado.
—¿Qué sucede? —repitió el muchacho—. ¿Quién es toda esta gente?
—Compatriotas míos —contestó la mujer.
—¡Qué!
—Personas como yo. Bóers.
Tuvo una idea y añadió riendo:
—Son de mi tribu, ¿comprendes?
Isa, con un gesto, dio a entender que sí.
—¿Adónde se dirigen?
—Permanecerán aquí algún tiempo. Luego seguiremos.
—¿Tú también?
—Sí, todos.
—¿Por qué?
—¿Cómo quieres que lo sepa? Ni por qué, ni adónde iremos. Y los hombres
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tampoco lo saben, al menos eso es lo que dicen.
—¿Por qué?
—Ahora tranquilízate y descansa.
—Estoy bien. Me quiero levantar.
—¿Estás loco? ¿Quieres que coja el látigo?
Isa sonrió.
—Anna, me he curado gracias a ti. Pero ahora ya me puedo mover.
—¡Pero si tus heridas están todavía abiertas!
—Cuando un leopardo caza, le hieren siempre. Pero no espera a que sus heridas
se cierren para volver a cazar.
—No te entiendo. De todas maneras no te moverás.
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Irghin charló durante una hora contando todos los chismes del poblado.
Luego volvieron a casa.
Al amanecer del noveno día después de la llegada de la gran caravana, vieron
acercarse, aunque muy lejos todavía, un grupo numeroso de jinetes seguidos por unos
sesenta carros.
Todos les esperaban.
El día anterior un correo había anunciado su llegada.
Muchos fueron a su encuentro; otros les esperaron a lo largo del camino.
Isa dormitaba al sol en un lugar apartado.
En los días anteriores había buscado a Filips, pero sin atreverse a entrar en su
casa. Afuera no le había visto. Dos veces estuvo en el río, pero había tenido que
volver sin conseguir dar con él.
Una pandilla de chiquillos le había seguido mirándole como se mira a un bicho
raro. Y se burlaban de él por las heridas, todavía recientes, que le cubrían todo el
cuerpo.
Sus salvadores contaban cómo le habían encontrado. Y la voz corría entre los
recién llegados y se volvía a hablar del asunto del leopardo. Al «cafre» le pintaron
como a un salvaje peligroso, amigo de la selva y de sus habitantes.
Muchos opinaron que era un brujo poseído por el demonio.
Estas razones, más que suficientes para mantenerlo apartado de ellos, eran buenas
para despertar la curiosidad de los muchachos.
Al «cafre» le trataban como a un animal raro.
Pero Isa no les hacía caso. Estaba acostumbrado a esas cosas.
Los Swazi lo habían tratado siempre así.
Ahora, echado sobre el musgo, sin preocuparse por la llegada de gente nueva,
pensaba en Pao. Tenía que reemprender la búsqueda de su amigo. Pero estaba todavía
débil para ponerse en camino. Los «Panteras rojas» se estaban ejercitando en la selva;
un nuevo rey conducía a la gran tribu. Y los tambores no habían vuelto a hablar. ¿Era
señal de paz, o de guerra?
Absorto en sus reflexiones, no oyó los gritos de alegría de los recién llegados y el
jaleo que reinaba en todas partes.
Si solamente hubiese levantado la cabeza habría visto a la gente abrazarse
(¿cuántos años habían transcurrido desde que se vieran por última vez?) y llorar de
alegría y darse noticias.
Hubiese visto a un hombre bajar de su caballo y saludar con un gesto a los viejos
habitantes del poblado.
Hubiese visto cómo se dirigía, con paso rápido, a la casa de Anna, cómo salía de
ella al cabo de un rato mirando a su alrededor y cómo preguntaba algo a todos los que
encontraba.
Le hubiese visto recorrer el ancho sendero que conducía al río y meterse por las
sendas de la selva gritando en voz alta su nombre.
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Luego el hombre volvió al poblado. Entró en la casa de «Flor de maíz», se asomó
a la gran ventana del centro y dio un grito bestial, capaz de hacer estremecer.
Entre la muchedumbre se hizo un silencio profundo.
Los que no podían ver quién había gritado en aquella forma, cogieron la escopeta,
dispuestos a disparar. Las mujeres, angustiadas, habían cogido y estrechado a sus
hijos entre los brazos.
El grito, el rugido de una fiera herida que se lanza al asalto, volvió a romper el
silencio; luego se cortó transformándose en seguida en un lamento largo y suave.
Isa se había levantado con el arco preparado; pero cuando oyó el lamento de
gacela moribunda, corrió hacia el lugar de la llamada, contestando con el chirrido
agudo y desagradable de la lechuza.
El que llamaba era «Flor de maíz».
Había reconocido la forma imperfecta de imitar el lamento de la gacela. Paul
nunca había conseguido darle la inflexión justa.
Se encontraron en la plaza.
Sus miradas se cruzaron; permanecieron inmóviles mirándose.
Luego Paul le tendió la mano e Isa se la estrechó y la retuvo mucho rato entre las
suyas.
Entonces el hombre le abrazó lleno de cariño.
—Háblame, pequeño salvaje —dijo, revolviéndole el cabello con la mano—. Te
has convertido en un hombre. Eh, ¿qué son estas cicatrices recientes?… No, no me
contestes. Quiero adivinarlo. Huiste y volviste a la selva, ¿no fue así?
Isa bajó la cabeza.
—Es cierto, ¿no?
—Sí, volví al poblado.
—No debiste hacerlo. Si te hubiese ocurrido algo te hubiese echado de menos…
Tenía muchas ganas de volver a estar contigo.
Isa miró al hombre en los ojos.
No mentía.
Se abrazó a él, y se sentía feliz.
—Ven conmigo a casa. Allí hablaremos mejor —dijo Paul.
Un grupo de curiosos estaba a su alrededor. Pero Isa no veía a nadie.
Su alegría era tan grande que todo le parecía esplendoroso, más hermoso que
nunca.
¿Los demás? Él estaba solo en aquel momento. Sólo con Paul. Él y Paul, nadie
más.
En la habitación hablaron mucho rato.
De Pao, de Filips, de los blancos.
—No —le interrumpió en una ocasión Paul—, no te desprecian. No te han
comprendido todavía; eso es todo. Para ellos sigues siendo un salvaje. Verás que
cuando te conozcan mejor, te querrán.
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Luego Isa habló de Mései, de Amûnai, del sacrificio de la vieja Amebais, de los
«Panteras rojas» y de lo que habían dicho los tam-tam.
Paul le preguntó detalles acerca de los guerreros del Gran Rey; sus costumbres,
sus cacerías.
—No, no nos atacarán —le contestó a Isa, que había preguntado algo—; Ciaka
era amigo de los blancos. Existía un pacto entre él y nosotros. Lo mismo ocurrirá con
el nuevo rey.
—¿Te volverás a ir?
—Esta vez me acompañarás. Pero no con esa piel, ¡bandido! Irás vestido como
los blancos —y sonrió.
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—Se lo diré.
—Rápido. Los pequeños hombres están en pie de guerra. Deben de haber sabido
lo que ha sucedido con el poblado de Pao. He visto a uno de ellos; lleva las señales de
la gran lucha. Están dispuestos a matar. Ve, di las cosas con calma y procura que los
demás no se pongan nerviosos. Que mantengan las armas bajas. Un solo movimiento
y las flechas hablarán.
Paul se acercó a los hombres.
Habló en voz baja.
Isa vio como se reunían en círculo y observaban con atención los árboles.
Sonrió.
Los «bushmen» estaban muy cerca de ellos, pero escondidos entre los arbustos.
—«Flor de maíz» —dijo—, ahora daré la llamada de la amistad. Ocurra lo que
ocurra, permanece inmóvil.
Poco después, bajo la bóveda oscura de los árboles de la selva, resonó, repetido
tres veces, el ladrido del chacal y la risa terrible de la hiena.
Dos flechas se clavaron en el suelo a un palmo del muchacho; un arbusto se agitó
ligeramente y de él salió un hombre.
Su pequeño cuerpo estaba lleno de rayas negras.
Se acercó a Isa.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Hermano de tu pueblo.
—¿Quién eres? —repitió el otro.
—Isa, hijo de Pao.
—Y éstos, ¿quiénes son?
—Mis hermanos.
—¿Qué quieren?
—Siguen la pista del ñu. Sus hijos tienen hambre.
—Dentro de poco los ñu estarán muy lejos. En cuanto oigan los lamentos de los
«Panteras» huirán como las nubes empujadas por el viento.
—¿Están aquí los «Panteras rojas»?
—¿Qué sabes tú de los «Panteras rojas»?
—He prometido al Gran Padre que mis flechas se teñirán con la sangre de los
guerreros del Gran Rey hasta que no se borren las manchas de sangre de los hombres
del poblado de Pao.
—Tú sabes muchas cosas. ¿Quién eres?
—Tu hermano, ya te lo he dicho,
—Yo nunca he bebido en tu taza ni me he repartido contigo el antílope. Pero si tú
lo dices, lo eres.
—Mira —dijo Isa, sacando el amuleto que Pao le había dado—. Esto habla por
mí.
El «bushman» se arrodilló a sus pies.
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—Mi hermano tiene sangre noble. Que vuelva hacia atrás con sus amigos. Dentro
de poco las flechas oscurecerán el sol y le podrían alcanzar.
—Levántate. ¿Por qué te arrodillas?
—No puedo obligarte a que te vayas —contestó el «bushman», permaneciendo
arrodillado—, pero escucha. A Pao no le gustaría que la sangre de su hijo manchara el
musgo.
—Quisiera ver a Pao.
—Hace muchos días que sigue la pista. Su corazón está destrozado. Cuando
hable, las flechas darán en el blanco. Ahora vete.
—Mi arco es tuyo. Deja que me quede.
—Yo no puedo mandar al que es mi jefe. Pero te ruego que te vayas y que te
lleves contigo a tus amigos. Mis hermanos se pueden cansar.
—Entonces te deseo una buena caza. Nos volveremos a ver.
—Tú lo has dicho. A ti también, buena caza.
El «bushman» volvió sobre sus pasos y desapareció.
—¿Qué ha dicho, Isa? —preguntó Paul.
—La pista no nos llevará hasta los ñu. Tenemos que volvernos.
—Pero si hasta ahora hemos estado siguiendo…
—Hay que ir a otro lugar. Dentro de poco aquí habrá otra clase de cacería.
—¿No podemos seguir?
—No. Díselo así a los demás.
Volvieron muy tarde al poblado, con sólo cuatro «dix-dix», pero con muchas
cosas que contar.
Sentados alrededor del fuego, hablaron del muchacho, que veía cosas que ellos no
veían y que era amigo del pequeño pueblo.
Y que «presentía» a los animales cuando ellos todavía no habían descubierto el
rastro, y les disparaba, alcanzándoles, cuando ellos todavía no los habían visto.
De esta forma aumentó entre los blancos la certidumbre de que Isa era realmente
un salvaje y de que Paul se había equivocado al creerle blanco.
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—Pero… ¿no estabas cansado?
—Tengo ganas de andar.
—Gracias, «Flor de maíz».
—No lo hago para hacerte un favor, sino porque necesito moverme.
Isa sonrió. Poco antes, Paul se había echado en la cama dando un suspiro de
satisfacción.
Salieron.
Había todavía mucha gente hablando alrededor de las hogueras. Más adelante, en
los límites del poblado, algunos hombres montaban guardia.
Cuando estuvieron cerca del río, Isa se detuvo.
—¡Paul!
—No, no te dejaré ir. Aunque me hayas llamado por primera vez por mi nombre.
Isa inclinó la cabeza.
—¿Qué esperas ahora? —exclamó Paul.
—Pero me dijiste que…
—Que no te dejaré ir solo. Pero no me quiero quedar aquí siempre. Vamos.
Siguieron el curso del río hasta que llegaron al vado y, volviendo a recorrer el
camino por el que habían pasado por la mañana, se adentraron en la selva. De vez en
cuando el rugido de algún animal salvaje rompía el silencio; o los gritos de los
pájaros que se despertaban de repente al oír ruidos extraños, o los aullidos lejanos de
los chacales.
—Hemos llegado —dijo Isa, deteniéndose junto a un árbol muy grande.
—No entiendo nada —contestó Paul—, pero si tú lo dices, así será. No veo
señales de lucha por aquí.
—Aquí no ha luchado nadie.
—¿Entonces?
—No sé. Sigamos.
—¿Será prudente hacerlo?
—La selva es grande y sus peligros son muchos. Pero «Flor de maíz» es un gran
guerrero.
—He comprendido. Si digo que quiero volverme, ya no seré un guerrero.
Sigamos, pues.
Al amanecer del sexto día, Isa dejó detrás la ardiente sabana y se adentró por el
terreno pedregoso del desierto.
El sol nacía entonces en el horizonte.
Apareció de repente y parecía una bola de fuego a punto de estallar.
Isa lo miró maravillado.
Pero luego la luz deslumbrante le obligó a caminar con los ojos medio cerrados.
El calor era ya fuerte.
Se metió por una garganta de paredes cortadas a pico y crestas de ángulos agudos.
El terreno estaba lleno de grandes guijarros y piedras. Más adelante, unos
guijarritos pequeños como granos de maíz, crepitaban de una manera extraña al soplo
ligero del viento.
Siguió durante más de una hora por el desfiladero; luego subió por una pequeña
cuesta y hundió los pies en la arena finísima de color de oro.
Le acompañaba un zumbido continuo. Parecía como si le siguieran miles de
insectos.
Durante las horas más calurosas se detuvo al pie de un grupo de acacias que
extendían sus ramas resecas en forma de sombrilla.
Después de tres días de marcha por el desierto llegó a las «Montañas de la sed».
En su camino las había visto ya, lejanas, azuladas.
Las había visto al amanecer y al atardecer, cuando se teñían de púrpura bajo los
rayos del sol.
Ahora le ofrecían una visión grandiosa.
Se recortaban claras sobre el cielo limpio, deslumbrante. Según la profundidad de
las grietas, el negro de las rocas adquiría tonalidades distintas.
Isa buscó un sendero y se encaminó por él.
Durante dos días subió y bajó por cuestas empinadas, dando el grito de llamada.
Una noche le atacó una manada de perros salvajes hambrientos. Buscó refugio en
una roca y aceptó la batalla.
Los perros ladraban continuamente a sus pies mientras intentaban alcanzarle. Sólo
se detenían para devorar los cuerpos de los compañeros muertos; luego, aullando
tétricamente, procuraban alcanzar la roca saltando. Isa tuvo que expulsar a
cuchilladas a los más atrevidos y luchó cuerpo a cuerpo con más de uno. Sólo al
amanecer la manada se alejó. En el suelo no quedaron más que los huesos
descarnados de los que habían muerto.
Isa estaba agotado.
Tenía que encontrar en seguida a Cim-ao. Sobre todo para poder apagar la sed que
le atormentaba.
Llevaba dos días sin beber.
Se dirigió hacia el oeste. Pero si durante la noche había tenido que luchar contra
una manada hambrienta, durante el día tuvo que enfrentarse con algo más tremendo
todavía que una bandada de perros aulladores.
Sobre el desierto se desató una tormenta.
El viento que soplaba con violencia desde hacía unas horas, después de unos
momentos de tregua había vuelto a silbar con enorme fuerza, levantando en el aire
grandes columnas de arena que se arremolinaban sobre el llano, arrastrando y
destrozando todo lo que encontraba a su paso.
El sol, al iluminarlas, las hacía parecidas a columnas de fuego que, de repente, se
Al amanecer del día siguiente volvieron los mensajeros de Cim-ao con los grupos
que habían ido a buscar. Las mujeres y los niños seguían a los guerreros.
Nadie preguntó nada. Sólo Cim-ao había preguntado con quién se tenían que
enfrentar.
—Los guerreros del Gran Rey —fue la contestación.
D OS días después de estos sucesos (Isa había acompañado a los prisioneros de los
zulús, que resultaron ser dos oficiales ingleses, al lugar donde se encontraba
«Flor de maíz»), los bóers se pusieron en marcha.
Andries Willem Pretorius, seguido de veinte jinetes, cabalgaba a la cabeza de la
columna.
Detrás de ellos seguía el primer carro tirado por unos bueyes lentos, pero fuertes.
Y detrás de éste otro y otro más. Una fila larguísima. Más de cuatrocientos carros que
se balanceaban crujiendo sobre el camino recién abierto.
Comenzaba el gran éxodo. Mil quinientas personas obedientes a las órdenes del
osado Pretorius, que se había puesto a la cabeza de aquel pueblo fuerte para liberarlo
del yugo de los ingleses.
Pasó un día entero antes de que todos los carros vadeasen el río.
«Flor de maíz» y Pao con veinte hombres más precedían de una jornada al grupo;
tenían la misión de buscar los vados mejores y de señalar cualquier novedad.
Isa iba con Filips. Sentado junto a su amigo cantaba y bromeaba, mientras en el
aire resonaban los gritos guturales de los hombres que incitaban a los bueyes.
Así fue como empezaron a avanzar, en busca de nuevas tierras, de nuevos pastos.
Un poco cada día, lentamente.
Y las ruedas crujían, chirriaban, saltaban dejando atrás una nube gris que se
perdía en el aire, como si quisiera esconder los lugares donde habían vivido hasta
entonces aquellos hombres.
Adelante, siempre adelante.
Los bueyes empezaron a dar señales de fatiga y las paradas se fueron haciendo
más frecuentes y más largas.
Muchos murmuraban.
Sólo Pretorius cabalgaba impertérrito a la cabeza, bromeando, riendo; sin
cansarse nunca de nada, siempre vigilante, sereno.
Era el alma del grupo. Bastaba su presencia para dar ánimos a los hombres.
Avanzaban. Lentamente, pero avanzaban. Pasaron días y días y días.
A veces las ruedas se hundían en la arena, otras en la maleza reseca, otras en el
musgo suave.
Unas veces faltaba el agua, otras la carne, otras todo.
Pero la larga caravana de carros seguía avanzando.
Nada nuevo, sólo el paisaje. Pero ante sus ojos cansados todo aparecía igual.
¡Adelante, adelante!
Y llegó el verano ardiente que lo quemó todo. Parecía que el sol golpeara con
grandes mazos las cabezas de los hombres. Sólo las mujeres parecían no darse cuenta
—¡Dentro de nueve días será Navidad! —murmuró Filips—. Pero me parece que
no será una Navidad agradable.
—Aunque sea en plena gran caza, será una Navidad agradable —contestó Isa—.
¡Mientras estemos juntos, todos los días serán hermosos!
Pero se tuvieron que separar.
Los carros se habían detenido en una estrecha garganta. Pretorius había ordenado
que bajaran todos los hombres y hablaba con los más viejos.
Poco después Filips tuvo que seguir a las mujeres y a los otros muchachos. Un
centenar de hombres los escoltaban por las colinas, mientras los demás disponían los
carros en un gran cuadrado.
Un riachuelo pequeño canturreaba muy quedo entre las rocas.
—Aquí —les dijo Pretorius a los hombres (unos quinientos) cuando se reunieron
a su alrededor—, aquí resistiremos el ataque de los zulús. Si logran pasar habrá
sonado la última hora para nuestras mujeres y nuestros hijos.
—¡No pasarán! —gritaron todos.
Isa se acercó a Paul.
—«Flor de maíz» —dijo—, ha llegado el momento.
—Si —sonrió el hombre.
Hoomai miraba inmóvil ante si. Echado junto al carro, esperaba.
—Es posible que más tarde conozcamos al Gran Padre —dijo Isa.
—Es posible —repitió Paul.
—Si vamos allí, cazaremos siempre juntos en sus selvas. ¿Me dejas ir contigo?
—Si vamos, estaremos siempre juntos.
—Aunque tenga que morir, me siento feliz.
—El hijo del corazón de Pao —interrumpió Hoomai— ¿no oye nada?
Isa escuchó.
—Sí —dijo luego—, muchos gritos.
—Mi pueblo ha encontrado a los «Panteras rojas». ¿Oyes?
—Sí.
El grito de batalla de los «bushmen» se oía claro, preciso.
Luego un grito terrible, salvaje, lo dominó.
—Las huellas son muy claras —le dijo Pao a Pretorius—. Mira las de Isa. Han
pasado por aquí al amanecer.
Pretorius sentía una gran admiración por aquellos pequeños hombres que sabían
leer en los troncos, en los arbustos y en el musgo, como en un libro. Hacia dos días
que seguían a los raptores de Filips y todavía no habían tenido que retroceder ni una
sola vez. Los «bushmen», cuando seguían una pista no se equivocaban nunca.
Isa y Paul se habían adelantado. Querían acercarse solos al grupo de los raptores
para liberar, si podían, a su amigo antes de que los Swazi descubrieran la presencia de
sus compañeros.
La batalla terminó.
—¿Quién acaudilla a los blancos? —gritó entonces un Swazi, separándose del
Isa volvió a abrir los ojos cuando Pao le estaba curando todavía.
—¿Filips? —preguntó.
—Estoy aquí. —El muchacho casi no podía hablar debido a la emoción que le
embargaba.
—Dame la mano.
Se la estrechó.
—Gracias, Pao —murmuró Isa, dirigiéndose al «bushman»—; te debo la vida por
A los pies de las verdes colinas había surgido un nuevo poblado. Un poblado de
piedra: el embrión de una nueva ciudad.
Una mañana, al amanecer, tres hombres llegaron a él. De pronto, un muchachito
les cortó el paso. Les daba la espalda; pero el más joven de los tres hombres gritó un
nombre.
—¡Filips!
—¡Isa!
Se dieron un fuerte abrazo.
—¡Ésta! —dijo luego, señalando una pequeña casa muy blanca.
—Nuestra casa —dijo Isa, abrazando a los dos hombres que estaban junto a él.
—¡Claro, nuestra casa! —repitió “Flor de maíz”.
—Mira bien. ¿No ves nada? —le preguntó a Isa el tercer hombre.
—Nada, Pao.
—Observa: hay dos hombres en el umbral.
—Sí, es cierto.
—¿Les conoces?
—Sí. Son Amebais y el viejo Ring-kop.
—¿Sabes por qué han venido?
—Si, lo sé. Porque ellos también vivirán con nosotros para siempre.
—Entremos entonces. Nuestra casa es pequeña, pero… —… ¡sus habitantes son
hombres estupendos! —añadió Paul sonriendo.
Entraron los cuatro, dándose la mano, en la gran choza de piedra, templo de su
amor.