Delito de Invasión: Naturaleza Permanente
Delito de Invasión: Naturaleza Permanente
“Quien con el propósito de obtener para sí o para un tercero provecho ilícito, invada terreno, inmueble o
bienhechuría, ajenos, incurrirá en prisión de cinco a diez años y multa de cincuenta unidades tributarias (50
U.T) a doscientas unidades tributarias (200 U.T). El sólo hecho de invadir, sin que se obtenga provecho,
acarreará la pena anterior rebajada a criterio del juez hasta en una sexta parte.
La pena establecida en el inciso anterior se aplicará aumentada hasta la mitad para el promotor, organizador o
director de la invasión.
Se incrementará la pena a la mitad de la pena aplicable cuando la invasión se produzca sobre terrenos
ubicados en zona rural.
Las penas señaladas en los incisos precedentes se rebajarán hasta en las dos terceras partes, cuando antes
de pronunciarse sentencia en primera instancia o única instancia, cesen los actos de invasión y se produzca el
desalojo total de los terrenos y edificaciones que hubieren sido invadidos. Será eximente de responsabilidad
penal, además de haber desalojado el inmueble, que el invasor o invasores comprueben haber indemnizado
los daños causados a entera satisfacción de la víctima.” (Resaltados añadidos)
Lamentablemente la práctica forense venezolana no ha sabido (o no ha querido) explotar las bondades
derivadas del alcance del referido tipo penal, que podrían llevar a contrarrestar la impunidad de tales delitos,
o, cuando menos, ayudarían a restablecer los derechos de propiedad pertenecientes al sujeto pasivo,
restituyéndosele la posesión de su inmueble, terreno o bienhechuría, lamentablemente invadidos ante la
mirada cómplice de las autoridades encargadas de la persecución penal, quienes muchas veces alegan la
imposibilidad de materializar dicha restitución, ante: i) la supuesta inexistencia de delito flagrante legitimador
de la inmediata aprehensión de los autores o partícipes del delito de invasión, quedándose la víctima a
expensas de una larga investigación penal que no le garantiza ni la sanción definitiva ni la posibilidad de
recuperar el inmueble, terreno o bienhechuría invadido; y/o, ii) se le dice a la víctima que para el momento de
la ocurrencia de los hechos que dieron inicio a la invasión, el tipo penal invocado no se encontraba vigente,
por lo cual se debe respetar el principio de legalidad sustantiva dispuesto en el numeral 6 del artículo 49 de la
Constitución Nacional y en el artículo 1 del Código Penal y sobreseer el proceso por una supuesta atipicidad
penal[3].
Si le damos una mirada un poco más acuciosa al tipo penal de invasión podríamos observar que tales
conclusiones no son del todo ciertas y en ambos casos la prosecución activa de la investigación penal no
encuentra impedimento alguno en la legislación nacional, tanto sustantiva como adjetiva.
Así las cosas debemos precisar la categoría jurídica del delito previsto en el artículo 471-A del Código Penal
vigente, dentro de aquellas establecidas por la Doctrina Penal Dominante dándole un vistazo a su estructura
típica.
El artículo 471-A del Código Penal, sanciona la conducta de la persona que para obtener un provecho ilícito
invada terreno, inmueble o bienhechurías, ajeno.
El verbo “invadir” supone tanto la irrupción forzada en un lugar, como también la posterior ocupación irregular
de ese espacio, específicamente delimitado en el tipo penal arriba copiado como terreno, inmueble o
bienhechuría. Así lo encontramos en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española[4][5], cuando
indica como principales significados de este verbo, las siguientes acepciones:
“Invadir.
(Del lat. invadĕre).
1
1. tr. Irrumpir, entrar por la fuerza.
2. tr. Ocupar anormal o irregularmente un lugar.” (Resaltados añadidos)
Siendo así, la acción de “invadir” evidentemente significa, tanto el irrumpir forzadamente en un inmueble,
terreno o bienhechuría, con o sin el uso de medios violentos contra los bienes o las personas, resultando
punible la posterior ocupación irregular de un terreno, inmueble o bienhechuría pues esa circunstancia
también se encuentra dentro del ámbito de protección de la norma integrando el tipo objetivo.
Así las cosas, la consumación del delito y la lesión antijurídica del derecho de propiedad NO CESARÁ
mientras el inmueble, terreno o bienhechuría se mantengan en posesión de quienes hayan irrumpido y
posteriormente ocupen irregularmente dichos bienes, y esa constante consumación del delito (ocupación
irregular de bien inmueble ajeno como acepción aceptada del verbo invadir) supone su permanencia
antijurídica a la sola voluntad del autor, y en consecuencia debe reputarse el delito de invasión como un
DELITO PERMANENTE, lo cual posee unas notables implicaciones en la práctica que legitimaría:
A) La inmediata aprehensión de los sujetos activos invasores (autores y partícipes), incluso por “cualquier
persona” pues mientras no haya cesado la permanencia de delito la flagrancia será procedente, acorde con el
numeral 1 del artículo 44 de la Constitución Nacional y el artículo 248 del Código Orgánico Procesal Penal.
B) La exigencia de responsabilidad penal por la ocupación irregular de tales bienes desde la entrada en
vigencia del Código Penal del año 2005 y por todo el tiempo que dure, a pesar que la irrupción forzada en el
inmueble, terreno o bienhechuría haya ocurrido antes de la publicación en Gaceta Oficial del nuevo tipo penal
descrito; la irrupción lógicamente quedaría impune respetando el principio de legalidad sustantiva, pero no así
la ocupación irregular del objeto pasivo del delito cuando no haya cesado para el momento en que fue puesto
en vigencia el referido tipo penal.
C) Esta concepción también tiene una notable implicación en el lapso de la prescripción de la acción penal,
que no empezará a correr hasta que cese “la continuación o permanencia del hecho” al amparo del artículo
109 del Código Penal.
Las conclusiones expuestas no sólo podemos extraerlas del verbo rector del delito de invasión, sino además,
dentro del propio artículo bajo comentarios, se denota el reconocimiento del legislador histórico sobre el
carácter permanente del nuevo tipo penal, pues de qué otra manera se puede interpretar la atenuante
específica de la pena expresamente prevista en la norma cuando las penas señaladas en sus incisos se
rebajarán hasta las dos terceras partes, en el caso que antes de pronunciarse sentencia de primera o única
instancia, “CESEN LOS ACTOS DE INVASIÓN Y SE PRODUZCA EL DESALOJO TOTAL DE LOS
TERRENOS Y EDIFICACIONES DE LOS TERRENOS QUE HUBIEREN SIDO INVADIDOS”.
Sólo puede cesar la permanencia de la ocupación irregular, y esa ocupación irregular nuestro Código Penal,
tomando las acepciones de la definición del verbo “invadir”, la equipara a uno de los ACTOS DE INVASIÓN,
cuya antijuridicidad por la lesión del derecho de propiedad perdurará hasta el TOTAL DESALOJO o
DESOCUPACIÓN de los terrenos o edificaciones invadidos. Es decir, que la ocupación irregular constituye
una conducta susceptible de encuadrar dentro del ámbito de aplicación de la norma penal, capaz de crear un
riesgo jurídicamente desaprobado por el tipo objetivo de delito de invasión.
Delito permanente es aquel “cuya misma consumación se prolonga en el tiempo de forma estable[6]”, y ese
estado de permanencia del delito según la Doctrina Patria, se distingue entre la eventualmente permanente y
la necesariamente permanente. En la primera, el tipo penal admite que la prolongación del delito en el tiempo,
sin que la ley lo exija, queda a la voluntad del delincuente, tomando como ejemplo el delito de secuestro, en
donde la privación de la libertad de la persona se mantendrá y perdurará en el tiempo a voluntad del sujeto
activo, mientras que, en la segunda, el propio tipo penal exige la permanencia como un elemento del tipo
objetivo.
Mutatis mutandis, el delito de invasión es un delito eventualmente permanente (siguiendo la tesis del Dr. Sosa
Chacín) pues el mantenimiento en el tiempo del estado antijurídico consistente en la irrupción y ocupación de
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un terreno, inmueble o bienhechuría ajena, perdurará por la voluntad unilateral del o de los sujetos activos, lo
que debe ser ponderado caso por caso.
Por su parte Claus Roxin, define los delitos permanentes como “aquellos hechos en los que el delito no está
concluido con la realización del tipo, sino que se mantiene por la voluntad del autor, tanto tiempo como
subsiste el estado antijurídico creado por el mismo" (Roxin, 1997)
En relación al delito permanente, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, ha señalado:
“Así, de acuerdo a la doctrina penal, los delitos de conducta permanente “son aquellos tipos en los que la
conducta del sujeto activo se prolonga en el tiempo, de tal manera que su proceso consumativo perdura
mientras no se le ponga fin por propia determinación del agente, como resultado de maniobra de la víctima o
en razón de las circunstancias ajenas a los protagonistas de la acción” (Reyes Echandía, Alfonso. “Tipicidad”.
Editorial Temis S.A. Bogotá, Colombia. 1999. página 140)”.
El delito permanente “supone el mantenimiento de una situación antijurídica de cierta duración por la voluntad
del autor (…); dicho mantenimiento sigue realizando el tipo, por lo que el delito se sigue consumando hasta
que se abandona la situación antijurídica” (Mir Puig, Santiago. “Derecho Penal. Parte General”. Editorial PPU.
Barcelona, España. 1990. página 216)[7].”
Pues bien, sólo queda concluir que al categorizar al delito de invasión como un delito permanente,
fundamentados en el alcance del tipo penal del artículo 471-A del Código Penal, la doctrina y la jurisprudencia,
tanto el Poder Judicial como el Ministerio Público y los órganos de investigación penal, actuarían no sólo
ajustados a la legalidad penal sustantiva y adjetiva, sino que la víctima tendría mayores posibilidades de ver
restituida la lesión patrimonial padecida y el Derecho efectivamente sería utilizado como instrumento de la Paz
Social al no dejar impune una conducta altamente lesiva, no sólo a los intereses personales de los afectados,
sino a los intereses de toda la colectividad.
[1] Abogado (USM) Especializaciones en Derecho Penal (USM), Derecho Procesal, mención Derecho
Procesal Penal (UCV) y Criminalística (IUPOLC). Cursante de la Especialización en Derecho Constitucional
(UCV). Socio de PS&A Despacho de Abogados.
[2] Cabe destacar que la estructura típica de este nuevo delito resulta casi idéntica a la establecida en el
Código Penal de Colombia (Ley 599 del año 2000), donde se reguló en el artículo 263 de la siguiente manera:
“El que con el propósito de obtener para sí o para un tercero provecho ilícito, invada terreno o edificación
ajenos, incurrirá en prisión de dos (2) a cinco (5) años y multa de cincuenta (50) a doscientos (200) salarios
mínimos legales mensuales vigentes. La pena establecida en el inciso anterior se aumentará hasta en la mitad
para el promotor, organizador o director de la invasión. El mismo incremento de la pena se aplicará cuando la
invasión se produzca sobre terrenos ubicados en zona rural. Parágrafo.- Las penas señaladas en los incisos
precedentes se rebajarán hasta en las dos terceras partes, cuando antes de pronunciarse sentencia de
primera o única instancia, cesen los actos de invasión y se produzca el desalojo total de los terrenos y
edificaciones que hubieren sido invadidos.”
[3] Al respecto véase las siguientes decisiones: [Link]
[Link], En sentido contrario: [Link]
[Link], [Link]
[Link]
[Link]
[5] Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Vigésima Segunda Edición. Tomado de la página
web [Link] .
[6] Sosa Chacín, Jorge. Teoría General de la Ley Penal. Segunda Edición Corregida. Editorial Venezolana, p.
248. 2000.
[7] Sentencia número 1747 del 10 de agosto del 2007. Ponencia de la Magistrada Dra. Carmen Zuleta de
Merchán
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PENSAMIENTO INICUO CONTRARIO A LA EQUIDAD, PARCIAL, INJUSTO ARBITRARIO
CASACION INVASION Sala: Penal Tipo de Recurso: Casación Nº Exp: C22-49 Nº Sent: 0067
Ponente: Juan Luis Ibarra Venezuela Fecha: 04/03/2022
Caso: “El 10 de febrero de 2022, en la Secretaría de esta Sala de Casación Penal del Tribunal Supremo de
Justicia, se recibió el expediente signado con el alfanumérico 1-LP01-R-2021-000046 (de la nomenclatura de
la Corte de Apelaciones del Circuito Judicial Penal del estado Mérida), contentivo del proceso relativo a la
demanda civil para la reparación de los daños y la indemnización de perjuicios interpuesta por los ciudadanos
Alexis Ramón Ferrer Wilhelm y Rosa Ana Fernández de Ferrer, titulares de las cédulas de identidad números
V-13.803.582 y V-13.447.453, respectivamente, contra el ciudadano ROMÁN ALBERTO CÁRDENAS
BERMÚDEZ, titular de la cédula de identidad N° V-8.013.967, por haber sido declarado penalmente
responsable de la comisión del delito de estafa, previsto y sancionado en el artículo 462 del Código Penal.
Extracto: “NULIDAD DE OFICIO Cumplidos como han sido los trámites procedimentales del caso, esta Sala
de Casación Penal, en atención a lo dispuesto en el artículo 257 de la Constitución de la República
Bolivariana de Venezuela, y previo al pronunciamiento sobre la admisibilidad o desestimación del recurso de
casación interpuesto (…) en el presente expediente constatando la existencia de un vicio de orden público que
infringe las garantías del debido proceso y de la tutela judicial efectiva, y quebranta los derechos
fundamentales de las partes; y, por ende, acarrea la nulidad absoluta de las actuaciones cumplidas en
contravención con la ley.
En efecto, consta en las actas del expediente que, el 10 de mayo de 2021, la abogada Virginia Del Carmen
Zerpa Díaz, con el carácter de “defensora privada” (…), interpuso recurso de apelación contra el fallo del 13
de abril de 2021, mediante el cual el Juzgado Quinto (…) de Juicio (…), declaró “(…) PRIMERO: Admite la
Demanda de REPARACIÓN DE DAÑO Y LA INDEMNIZACIÓN DE PERJUICIOS interpuesta (…) SEGUNDO:
De oficio procede a indexar el monto de la unidad tributaria la cual debe cancelarse al precio actual (…)
En razón de ello, el 11 de agosto de 2021, la Corte de Apelaciones del Circuito Judicial Penal del estado
Mérida, admitió el recurso de apelación interpuesto, y el 26 de septiembre de ese mismo año, celebró la
audiencia oral prevista en el artículo 448 del Código Orgánico Procesal Penal.
Posteriormente, el 13 de octubre de 2021, la referida Corte de Apelaciones del Circuito Judicial Penal del
estado Mérida, publicó la decisión en la cual declaró sin lugar el recurso de apelación (…)
De las actuaciones reseñadas, se evidencia que tanto el Juzgado Quinto de Primera Instancia en Funciones
de Juicio del Circuito Judicial Penal del estado Mérida, como la Corte de Apelaciones del señalado Circuito
Judicial Penal, incurrieron en una subversión del orden procesal que se traduce en una violación del derecho
al debido proceso y a la tutela judicial efectiva consagrados en los artículos 26 y 49 de la Constitución de la
República Bolivariana de Venezuela, toda vez que erraron en la aplicación de las normas del procedimiento
correspondientes al caso, infringiendo así las formas procesales establecidas en el proceso, esto es,
incurrieron en un “error in procedendo”.
(…).
Los errores in procedendo se dan básicamente en la aplicación de la ley procesal, la cual impone una
conducta al juez y a las partes en el desenvolvimiento del proceso. Los errores de procedimiento producen la
nulidad del proceso y se pueden dar en la constitución del proceso (presupuestos procesales), en su
desenvolvimiento, en la sentencia y en su ejecución.
De acuerdo con lo expuesto, esta Sala de Casación Penal para precisar los vicios cometidos por el Juzgado
Quinto (…) de Juicio (…), como por la Corte de Apelaciones (…), estima oportuno hacer referencia a la
sentencia N° 311, del 4 de agosto de 2017, en la cual esta Máxima Instancia penal estableció con efectos “ex
nunc”, el trámite relativo a los medios de impugnación contra la sentencia definitiva dictada con ocasión de la
demanda civil ejercida para hacer efectiva la reparación de dichos daños y la indemnización de perjuicios.
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En este orden de ideas, tal como se indicó en el aludido fallo, la acción civil nace de la obligación del autor del
delito de responder por el daño ocasionado a un tercero, perteneciendo la regulación material de esta acción
enteramente al derecho privado, ya que la razón de ser de la misma reside en la necesidad de atender un
interés privado de orden patrimonial, el cual se satisface con la reparación de dicho daño.
La naturaleza privada de la acción civil que emerge del hecho criminal, es lo que hace que no se le someta al
mismo régimen legal que al de la acción penal, ya que si bien ambas nacen del delito y tienden a hacer
efectiva las responsabilidades derivadas del mismo; sin embargo, la finalidad de ambas acciones es
totalmente diferente, ya que esta inserción de la acción civil en el proceso penal no le quita el carácter privado
a la pretensión que por medio de ella se hace valer, como tampoco el interés que se pretende tutelar. De ahí,
que a la acción civil le sean perfectamente aplicables los principios que permiten la condena civil únicamente
cuando el particular perjudicado haya demandado ello.
Así, la denominada “acción civil resarcitoria” no forma parte del sistema punitivo, toda vez que si bien la
restitución, reparación e indemnización de los daños constituyen consecuencias jurídicas del delito; sin
embargo, no pueden ser vistos ni considerados como sanciones penales.
Ahora bien, tal como quedó precisado en la citada sentencia N° 311, del 4 de agosto de 2017, la exposición
de motivos del Código Orgánico Procesal Penal, respecto a la naturaleza del procedimiento para la reparación
de los daños y la indemnización de perjuicios, señala que “la sentencia penal operará como título ejecutivo, es
decir, se establece procedimiento de carácter monitorio que simplifica la tramitación del procedimiento común,
sin menoscabo de los principios de defensa e igualdad de las partes en el proceso”, es decir, lo califica
ciertamente como un juicio monitorio, por su carácter breve, que finaliza con una sentencia definitiva sobre el
punto planteado [Vid. Exposición de Motivos del Código Orgánico Procesal Penal, publicado en la Gaceta
Oficial N° 5.208, Extraordinario, del 23 de enero de 1998].
Con base en ello, el mencionado procedimiento se caracteriza por poseer elementos distintivos propios de los
procedimientos monitorios contemplados en materia procesal civil; no obstante, en virtud de la competencia
de carácter funcional atribuida al órgano jurisdiccional que dicta la sentencia penal que opera como título
ejecutivo, el juicio se desarrolla en sede penal y, por ende, el fallo decisorio es proferido por un juez con
competencia penal, pero tal sentencia, por esencia, conserva su naturaleza civil.
En razón de lo antes referido, esta Sala de Casación Penal en el aludido fallo N° 311, del 4 de agosto de
2017, señaló que si bien el legislador otorgó al juez penal, excepcionalmente, la competencia para determinar
la responsabilidad civil proveniente del delito y, en consecuencia, ordenar la reparación de los daños y la
indemnización de los perjuicios causados, dichas acciones (civil y penal) gozan de independencia en cuanto a
la sujeción de sus reglas, tal como lo dispone el artículo 113 del Código Penal, en los términos siguientes:
“Toda persona responsable criminalmente de algún delito o falta, lo es también civilmente. La responsabilidad
civil nacida de la penal no cesa porque se extingan ésta o la pena, sino que durará como las obligaciones
civiles con sujeción a las reglas del derecho civil (…)” [Destacado agregado].
Por otra parte, en cuanto a la recurribilidad de la sentencia dictada en este procedimiento, inicialmente, la Sala
Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, a tenor de lo establecido en los artículos 29 y 49, numeral 1,
de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, y en las previsiones contenidas en el Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en la
Declaración Americana sobre Derechos Humanos, estableció lo siguiente:
“(…) El derecho a recurrir del fallo se configura cuando una persona es declarada culpable, pues ese derecho
se recoge a plenitud en los casos en que dicte sentencia definitiva, lo que interpretándose de manera
sistemática y teleológica es extensible, al proceso de acción civil derivada de delito, previsto en los artículos
422 y siguientes del Código Orgánico Procesal Penal, puesto que el principio de la doble instancia se sustenta
en el derecho de acceso a los órganos de administración de justicia, previsto en el artículo 26 Constitucional,
precisamente de acceso a una justicia imparcial, idónea, transparente y autónoma, y al carácter irrenunciable
de los derechos fundamentales del justiciable desde el momento en que se incoa un procedimiento para la
reparación del daño y la indemnización de perjuicios.
Tratándose en el caso de un recurso penal, su garantía adquiere una específica protección constitucional
como derecho a someter la sentencia definitiva a un Juzgado Superior derivado del propio derecho a la tutela
judicial efectiva, cuyos requisitos procesales ha dicho el Tribunal Constitucional Español, en sentencia n°
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176/90, del 12.11, deben interpretarse en el sentido más favorable a su efectividad y con proscripción de
formalismos enervantes o rigorismos desproporcionados que conviertan los requisitos procesales en
obstáculos para que la tutela judicial sea efectiva, permitiéndose la subsanación siempre que no dañe la
regularidad del procedimiento. En suma, el derecho a los recursos es un derecho fundamental que se
encuadra en el más amplio derecho a la tutela judicial efectiva.
En observancia a lo expresado, la Sala juzga que la sentencia definitiva pronunciada por el Juez de Primera
Instancia de Juicio que admita o rechace la demanda y, en su caso, ordene la reparación o indemnización
adecuada e imponga costas, deba revisarse por el Tribunal de Alzada, en este caso, Corte de Apelaciones, a
fin de verificar si se ajusta a derecho en el caso concreto, minimizándose así los posibles errores u omisiones
en el juzgamiento, y depurándose, en parte, la subjetividad del juez, a fin de coadyuvar directa e
inmediatamente a que se garantice una mayor legitimidad y certeza en las decisiones judiciales.
Siendo ello así, en ejercicio de la potestad atribuida a todos los jueces por el artículo 334 de la Norma
Fundamental, es menester la desaplicación por control difuso de la constitucionalidad del último aparte del
artículo 430 del Código Orgánico Procesal Penal, que contempla la no recurribilidad de la sentencia dictada en
el procedimiento de acción civil derivada de delito, en sede penal, en virtud de que tal previsión es contraria a
los artículos 26, 49, numeral 1 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela; 2.3.a) y 14.5 del
Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; 8 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos;
y, 25.1 y 8.2.h de la Declaración Americana sobre Derechos Humanos.
En consecuencia, como la ley adjetiva penal no establece procedimiento para el trámite en alzada de las
decisiones civiles definitivas dictadas en sede penal, la Sala en ejercicio de la interpretación integradora entre
el derecho a la tutela judicial efectiva, el debido proceso y el derecho a la doble instancia impone que el
proceso de acción civil derivada de delito, constituye un juicio autónomo, por intimación en virtud de los daños
y perjuicios causados por el hecho punible. Dicho procedimiento ejecutivo finaliza con sentencia definitiva
sobre el punto planteado, y como bien lo ha señalado, en reiterada oportunidades, este Tribunal Supremo de
Justicia en Sala de Casación Penal (vid. Sent. núms. 459/2000, del 12.04 y 137/2003, del 10.04), la misma es
susceptible del recurso ordinario de apelación y hasta del extraordinario de casación, por cuanto la sentencia
pone fin al juicio (…)” [Vid. Sentencia N° 607, del 21 de abril de 2004].
Ello se dispuso así, para garantizar el derecho a recurrir de aquellas sentencias que admitían o rechazaban la
acción civil, como también las que ordenaban la reparación o indemnización de los daños y perjuicios e
impusieran costas, todo ello en aras de coadyuvar directa e inminentemente en la garantía de una mayor
legitimidad y certeza en las decisiones judiciales.
Por tanto, no siendo posible escindir de forma absoluta del recurso de apelación ni el de casación en el
procedimiento previsto en la norma adjetiva penal en los artículos 413 y siguientes, puesto que, el
procedimiento en estudio reúne elementos propios del juicio monitorio previsto en el Código de Procedimiento
Civil, específicamente, hay una intimación al pago, la fase de cognición es sumaria y existe un adelanto del
título ejecutivo, que, en sede penal, es posible sí el demandado se muestra contumaz en la audiencia
conciliatoria, haciendo posible la ejecución del fallo, ello fue la razón por la cual esta Sala de Casación Penal,
en la decisión N° 311, del 4 de agosto de 2017, señaló que la sustanciación del procedimiento para la
reparación del daño y la indemnización de perjuicios, no acarreaba mayores dudas al juez penal, toda vez
que, tal como precedentemente se indicó, dicho procedimiento se encuentra expresamente establecido en el
Código Orgánico Procesal Penal, en sus artículos 413 y siguientes; sino que, por el contrario, las dudas
surgían respecto a cuál debía ser el texto legal para tramitar lo relativo a los medios de impugnación contra la
sentencia que admitiera o rechazara la demanda y, en su caso, ordenara la reparación o indemnización
adecuada e impusiera las costas, puesto que en el referido fallo N° 607, del 21 de abril de 2004, si bien la
Sala Constitucional de este Máximo Tribunal reconoció que dicha sentencia debe “(…) revisarse por el
Tribunal de Alzada, en este caso, Corte de Apelaciones (…)”, no indicó las normas con arreglo a las cuales
debía cumplirse el procedimiento para hacer efectivo dichos medios de impugnación, aunado a la
irrecuribilidad que contra dicha decisión dejó establecido el Código Orgánico Procesal Penal, en el artículo
421, último aparte, al disponer que “(…) Contra esta sentencia no cabe recurso alguno (…)”.
En virtud de todo lo anteriormente señalado, esta Sala de Casación Penal estableció con efectos “ex nunc”
que, dada la naturaleza de la “acción civil resarcitoria”, su regulación material correspondía totalmente al
derecho privado, por cuanto la misma se basaba en la necesidad de atender un interés privado de orden
patrimonial; por ende, el trámite relativo a los medios de impugnación contra la sentencia definitiva dictada con
ocasión de la demanda civil ejercida para hacer efectiva la reparación de los daños y la indemnización de
perjuicios, debía hacerse con estricto apego a las normas previstas en el Código de Procedimiento Civil.
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En tal sentido, el procedimiento que debe cumplirse para la tramitación del recurso de apelación contra las
sentencias definitivas dictadas en primera instancia, y el de casación contra aquellas decisiones recurribles
establecidas taxativamente en el citado texto adjetivo civil, es el siguiente:
En primer término tenemos la legitimación para interponer el recurso de apelación que la tiene la parte
agraviada por la sentencia y, en general, todo aquel que por tener intereses inmediato en lo que sea objeto o
materia del juicio, resulte perjudicado por la decisión “bien porque pueda hacerse ejecutoria contra él mismo,
bien porque haga nugatorio su derecho, lo menoscabe o desmejore” [Cfr. artículo 297 del Código de
Procedimiento Civil].
En tal sentido, la legitimidad del recurrente no se verifica solo por ser parte en la instancia, sino que es
indispensable que el fallo recurrido le haya producido un agravio. En síntesis, “para ser recurrente se requiere
legitimación activa en el perdidoso y, para ser recurrido, legitimación pasiva en el triunfador…” [Cuenca,
Humberto; Curso de Casación Civil, Ediciones de la Biblioteca, Caracas, 1980, pp. 433 y 434].
En este orden de ideas, se tiene que el recurso de apelación se interpondrá ante el tribunal que pronunció la
sentencia [Tribunal de Primera Instancia], a tenor de lo previsto en el artículo 292 del Código de
Procedimiento Civil, y la forma para interponerlo es la establecida en el artículo 187 eiusdem, esto es,
mediante diligencia o a través de escrito, como expresa la referida disposición.
En cuanto a la tempestividad del recurso, el artículo 298 del Código de Procedimiento Civil expresamente
señala que: “El término para intentar la apelación es de cinco días, salvo disposición especial”, los cuales
comienzan a computarse desde el día siguiente de la publicación de la sentencia según lo establecido en el
artículo 198 del mencionado Código; por ello, una vez cumplido dicho término se produce un preclusión
absoluta, es decir, la pérdida de la facultad para realizar el acto por haber dejado pasar la oportunidad para
ejecutarlo.
Interpuesto el recurso de apelación en el término legal, el Tribunal de Primera Instancia lo admitirá o negará
en el día siguiente al vencimiento del término de cinco (5) días de despacho ya referido. La decisión de
admitirlo comportará la remisión al Tribunal de Alzada dentro del tercer día [Cfr. artículos 293 y 294 del Código
de Procedimiento Civil].
Ahora bien, cuando un Juez se niega a admitir el recurso de apelación, o lo oye en un solo efecto, procede lo
que en el derecho positivo venezolano se denomina recurso de hecho, el cual, en otras legislaciones, se
conoce como recurso de queja. Dicho medio de impugnación procede cuando un órgano jurisdiccional dicta
una decisión que impide la revisión de la resolución recurrida, haciendo que el superior inmediato jerárquico
revise tal denegatoria.
El Código de Procedimiento Civil en su Libro Primero, Título VII, Capítulo III, bajo la denominación «Del
Recurso de Hecho y de la Revocatoria«, establece las normas generales que regulan el recurso en referencia.
Finalmente, la sustanciación del procedimiento en segunda instancia al cual se refiere el Capítulo II del Libro
Segundo del Código de Procedimiento Civil, aplicable a los juicios civiles como el caso de estudio, se inicia
cuando el tribunal de alzada da por recibido el expediente y fija el plazo para que las partes presenten el
escrito de informes y concluye al vencimiento del lapso de ocho (8) días de despacho para la presentación de
las observaciones a los informes, a los fines que el Tribunal de Alzada dicte la decisión correspondiente
dentro de los sesenta (60) días siguientes, de conformidad con el artículo 521 del Código de Procedimiento
Civil.
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La actividad impugnativa en casación comienza mediante una fase que legal o doctrinalmente se denomina
anuncio del recurso. Esta etapa no está destinada a la interposición de la pretensión procesal que proporciona
el objeto de la casación, sino simplemente anunciar la futura deducción de dicho objeto. El anuncio del
recurso de casación consiste, pues, en una manifestación de voluntad que hace la parte interesada
expresando su propósito de intentar el recurso de casación contra la sentencia del juez a quo.
Según el artículo 314 del Código de Procedimiento Civil, el anuncio del recurso comprende los trámites
siguientes:
El recurso de casación se anunciará ante el Tribunal que dictó la sentencia contra la cual se recurre, y para
ello el recurrente deberá cumplir con el requisito de la temporalidad del ejercicio del recurso, que constituye la
vía ordinaria establecida en el citado artículo 314 del texto adjetivo civil. Excepcionalmente, en el caso de que
haya imposibilidad material, debidamente comprobada, de anunciar el recurso ante el Juzgado que dictó la
sentencia podrá anunciarse ante los funcionarios referidos en la citada norma.
Respecto al plazo y forma para el anuncio, se tiene que debe hacerse dentro de los diez (10) días siguientes
al vencimiento de los lapsos para dictar sentencia definitiva indicados en el artículo 521 eiusdem, o, en su
caso, del vencimiento del lapso de diferimiento de publicación de la sentencia previsto en el artículo 251 del
mismo Código, según sea el caso.
La forma del anuncio es la prevista en el artículo 187 del Código de Procedimiento Civil, esto es, mediante
diligencia o a través de escrito, como se expresa en la referida disposición.
Por su parte, el trámite de admisión del recurso comprende, según la disposición contenida en el artículo 315
del citado instrumento legal, tres fases, la primera, que es la de la oportunidad para admitir o negar el recurso:
el Tribunal a quo, que es el competente para oír el recurso, lo admitirá o lo negará en el primer día inmediato
siguiente al vencimiento de los diez (10) días que se conceden para el anuncio. La decisión, de admitirlo o
negarlo, puede ser revocado por el Tribunal Supremo de Justicia al considerar: i) la admisión cuando no se
cumplan los requisitos para su admisibilidad, es decir, por encontrarlo inadmisible; ii) la negativa del anuncio
del recurso de casación podrá ser revocada cuando el impugnante ha recurrido de hecho (Recurso de Hecho)
y esta Máxima Instancia al conocer dicho medio impugnatorio considere inexactos o ilegales los fundamentos
de la inadmisión.
Ahora bien, si el recurso no se anuncia dentro del plazo de los diez (10) días, se remitirá el expediente al
Tribunal al cual corresponda la ejecución de la sentencia que ha quedado firme.
En este mismo orden, la citada disposición señala que, en caso de que el Tribunal niegue el recurso de
casación, conservará el expediente durante los cinco (5) días siguientes a la negativa, para que en ese plazo
el interesado pueda ocurrir de hecho ante el Tribunal Supremo de Justicia. En este último caso, el recurso de
hecho se propondrá ante el Tribunal que negó el recurso, en el propio expediente del asunto, quien lo remitirá
a esta Máxima Instancia para que esta decida dentro del plazo de cinco (5) días.
Al conocer la Sala de un recurso de hecho, su actividad se limita al examen de la juridicidad del auto que ha
negado la admisibilidad del recurso de casación anunciado, a establecer si esa negativa es correcta por estar
ajustada a las normas que regulan la admisibilidad, o si, por el contrario, la negativa del Juez de alzada ha
violentado dicha regulación.
8
Si el recurso es declarado con lugar, comenzará a correr, desde el día siguiente de esa declaratoria, el
término de distancia, si lo hubiere; y, a continuación, el plazo de cuarenta (40) días para la formalización. En
caso contrario, se remitirá el expediente al Juez que deba conocer de la ejecución de la sentencia firme.
Tal como se indicó precedentemente, la formalización del recurso de casación debe hacerse en escrito
razonado, siguiendo los plazos y requisitos señalados en el artículo 317 del Código de Procedimiento Civil,
siendo que, una vez cumplido los plazos establecidos, el artículo 318 eiusdem, concede a la contraparte,
dentro de los veinte (20) días siguientes, aportar por escrito los argumentos que a su juicio contradigan los
alegatos del formalizante, citando en su escrito las normas que considere aplicables para resolver la
controversia, y las razones que demuestren dicha aplicación.
En este punto es oportuno señalar que si bien la parte in fine del citado 318 contempla las figuras de réplica y
contrarréplica en el recurso de casación; sin embargo, mediante sentencia N° 883, del 13 de diciembre de
2018, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia declaró la “NULIDAD POR
INCONSTITUCIONALIDAD PARCIAL del artículo 318 del Código de Procedimiento Civil, sólo en su parte in
fine,” por ser contrario a los principios de celeridad y economía procesal contenidos en los artículos 26 y 257
de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, (…)
(…)
Finalmente, conforme al artículo 319 del Código de Procedimiento Civil, concluida la sustanciación del
recurso, el Tribunal Supremo de Justicia tendrá un plazo de sesenta (60) días para dictar el fallo.
Bajo estas premisas, esta Sala de Casación Penal pasa ahora a señalar cuál fue el trámite dado al recurso de
apelación (…), y, al respecto, observa que tal como se señaló precedentemente, el 12 de abril de 2021, el
Juzgado Quinto (…) de Juicio (…), dictó decisión mediante la cual declaró: “(…) PRIMERO: Admite la
Demanda de REPARACIÓN DE DAÑO Y LA INDEMNIZACIÓN DE PERJUICIOS interpuesta (…) SEGUNDO:
De oficio procede a indexar el monto de la unidad tributaria (…)”.
Dicha decisión fue fundamentada por el referido Juzgado (…) mediante auto del 13 de abril de 2021.
Ahora bien, el 29 de abril de 2021, el Juzgado Quinto (…)de Juicio (…), dictó auto mediante el cual señaló lo
siguiente: “visto que no hay más diligencias que practicar es por lo que acuerda su remisión al Tribunal de
Ejecución por distribución, de esta sede a los fines legales consiguientes”.
En este mismo orden, se observa que el 10 de mayo de 2021, la abogada (…) interpuso recurso de apelación
contra el fallo dictado el 13 de abril de 2021, por el Juzgado Quinto de Primera Instancia en Funciones de
Juicio del Circuito Judicial Penal del estado Mérida, asimismo, en dicho recurso solicitó “se aplique el control
de la constitucionalidad y se desaplique el último aparte del artículo 421 del Decreto con Rango, Valor y
Fuerza de Ley del Código Orgánico Procesal Penal”.
Por su parte, mediante “AUTO DE ADMISIÓN” del 11 de agosto de 2021, la mencionada Corte de
Apelaciones (…), respecto a la admisibilidad del recurso de apelación (…) entró “(…) a revisar los requisitos
de procedibilidad, a los efectos de verificar la admisibilidad o no del mencionado recurso de apelación de
autos, todo ello de conformidad con lo establecido en los artículos 428 y 442 del Código Orgánico Procesal
Penal” (…)
(…)
Admitido el recurso ejercido, el 26 de septiembre de ese mismo año, la mencionada Corte de Apelaciones
(…), celebró la audiencia oral prevista en el artículo 448 del Código Orgánico Procesal Penal, oportunidad en
la cual las partes presentaron sus correspondientes alegatos.
Por su parte, el abogado (…), actuando con el carácter de apoderado judicial (…), presentó el 25 de
noviembre de 2021, escrito en el cual solicitó se “declare inadmisible el recurso de casación interpuesto”.
Finalmente, el 26 de noviembre de 2021, la Corte de Apelaciones (…), remitió las actuaciones a esta Sala de
Casación Penal del Tribunal Supremo de Justicia.
Como se aprecia, en el presente caso, el Juzgado Quinto (…)de Juicio (…), y la Corte de Apelaciones (…),
inobservaron los trámites esenciales del procedimiento con ocasión de una demanda civil ejercida para hacer
efectiva la reparación de daños y la indemnización de perjuicios,desatendiendo el principio de legalidad de las
formas procesales, en virtud de que no es potestativo de los tribunales subvertir las reglas legales con las que
el legislador ha revestido la tramitación de los juicios, toda vez que su estricta observancia es materia
íntimamente ligada al orden público y a la garantía constitucional del debido proceso.
Al respecto, la Sala Constitucional de este Tribunal Supremo de Justicia, en sentencia N° 2821, del 28 de
octubre de 2003, dejó establecido que “(…) En sentido estricto el desorden procesal, consiste en la
subversión de los actos procesales, lo que produce la nulidad de las actuaciones, al desestabilizar el proceso,
y que en sentido amplio es un tipo de anarquía procesal, que se subsume en la teoría de las nulidades
procesales (…)”.
(…)
Comentario de Acceso a la Justicia: El caso versa sobre una acción civil derivada de una causa penal por ante
los tribunales penales, en el que un tribunal de juicio condena al imputado a pagar una suma de dinero. Tal
decisión fue confirmada por la Corte de Apelaciones y la defensa recurre por ante la Sala de Casación Penal.
Cabe mencionar que el Código Orgánico Procesal Penal prevé tal acción civil en los artículos 50 al 54, y el
procedimiento para la reparación del daño e indemnización en los artículos 413 al 422, lo que es de suma
importancia para dilucidar la presente sentencia.
Ahora bien, la interposición del recurso de apelación y de casación, fueron efectuados conforme a los lapsos
establecidos en la norma penal adjetiva (artículo 52 ejusdem del Código Orgánico Procesal Penal).
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Es así como el Juez con la valoración de la prueba determina el resultado que infiere de la práctica de un
determinado medio de prueba, es decir, el grado de convicción o persuasión que alcanza con la prueba
practicada, el cual puede ser positivo, en cuyo caso se habrá logrado el fin de la prueba, o negativo, al no
alcanzarse dicho fin o convencimiento.
Es por tanto una actividad psicológica e intelectual que corresponde única y exclusivamente al órgano judicial,
la apreciación probatoria se inicia, desde el mismo momento en que el Juez en el juicio, entra en contacto con
el medio de prueba, salvo los supuestos legalmente admitidos y la prueba anticipada. Desde este momento, y
en virtud del principio de inmediación, el juzgador irá formando su juicio acerca de la credibilidad y la eficacia
de la prueba.
Mediante la valoración de la prueba el juez depura los resultados obtenidos con la práctica de los diferentes
medios de prueba, interrelacionados unos con otros para llegar finalmente a formar su convencimiento. La
valoración de la prueba y convicción o el convencimiento judicial no son conceptos equivalentes sino distintos.
La primera, comprende la actividad intelectual e interacción del órgano jurisdiccional en el proceso, durante la
práctica de la prueba y precede siempre a la segunda, que no es más que el resultado interior de la valoración
psicológica que se alcanza en la mente del juez con la apreciación integral y sistemática efectuada a la
prueba.
En relación a la valoración de la prueba, la doctrina ha venido distinguiendo tres tipos de sistemas: el sistema
de la prueba legal o tarifada, denominado también, de tarifa legal, el sistema de la íntima convicción o de la
libre convicción y el sistema de la libre convicción razonada o sana crítica.
1. La Prueba Tarifada: El sistema de la prueba legal, tasada o tarifada, implica que en la ley, el legislador de
antemano determinó el valor que corresponde atribuir a la apreciación judicial de la prueba, o bien excluye o
impone la consideración probatoria que debe atribuírsele para la demostración de los hechos. Es así como la
ley, le otorga a las pruebas una eficacia total, parcial o determina su ineficacia en el establecimiento de la
verdad durante el proceso. Para el juez su papel se reduce al de aplicador de la ley ya que, a cada prueba, le
establece un valor determinado.
Los defensores del sistema arguyen que su aplicación evita la arbitrariedad del juez, se anula su
subjetividad y se le otorgan garantías reales a las partes, ya que pueden conocer el valor probatorio otorgado
a cada prueba en el proceso.
Los detractores de este sistema, afirman que conduce a la mecanización de la función del juez, que se
impone la verdad procesal sobre la verdad de los hechos, que no importa el contexto de los hechos ya que se
uniformiza el proceso y por lo tanto la justicia y la sentencia pudieran no significar lo mismo.
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El sistema de la prueba legal se puede traducir en dos formas fundamentales:
Teoría de la prueba legal positiva: en esta hipótesis la ley prescribe que, una vez verificados ciertos
presupuestos, en determinados hechos debe considerarse como cierto, aunque este no esté convencido de
ello; y
Teoría de la prueba legal negativa, cuando la ley le prohíbe al juez considerar como verdadero, si no tiene
cierta prueba mínima, que ella misma establece.
La ley deduce la eficacia de la prueba de elementos extrínsecos, como el modo, la constitución y la
manifestación de cada uno de los medios de pruebas.
En suma, ante el tribunal, según este método, no podía presentarse como eficaz sino el contenido material de
la prueba.
2. La libre convicción: En este sistema el convencimiento del juez se elabora libremente, según su propio
criterio, “la credibilidad de la prueba reside por completo en la fuerza privada e interna del juez, es el método
que corresponde a una estructura del proceso que, con el auxilio de garantías para las partes, repudia la
desconfianza y las limitaciones propias de la ley, es propio del sistema de justicia que emplea jurados y
escabinos. Este método se encuentra vinculado históricamente al proceso acusatorio, que se caracteriza por
los principios de oralidad, publicidad y contradicción.
Los derechos procesales atribuidos a las partes, y, en general, el método del debate contradictorio, hacían
que decayera, por la fuerza de los hechos, la intervención de la ley, despojándola en algunos casos de toda
función.
Con arreglo al método del libre convencimiento o íntima convicción, el juez debe examinar y apreciar las
pruebas de conformidad con su raciocinio y su conciencia; los medios de prueba tienen un contenido material,
que representa en este sistema diferencias fundamentales respecto al método legislativo, el cual establece el
valor conviccional de la prueba y que en el sistema de la libre convicción el tasado fue suprimido, dejando a
libre criterio del juzgador su valoración. La formación del convencimiento del juez sobre el material de las
pruebas, sin que la ley ponga trabas y determinaciones a priori, constituye un método natural y humano.
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El sistema de la libre apreciación lleva implícito el sistema de la libertad de pruebas. Es suficiente que al juez
le parezca, razonablemente, que un elemento allegado al proceso en debida forma tiene cierta fuerza
probatoria, para que pueda considerarlo como fundamento de su decisión.
3. La Sana Crítica: Couture define las reglas de la sana critica como "las reglas del correcto entendimiento
humano; contingentes y variables con relación a la experiencia del tiempo y del lugar; pero estables y
permanentes en cuanto a los principios lógicos en que debe apoyarse la sentencia".
Del mismo modo, el antes referido autor señala, que las reglas de la sana crítica configuran una categoría
intermedia entre la prueba legal y la libre convicción. Sin la excesiva rigidez de la primera y sin la excesiva
incertidumbre de la última, configura una fórmula para regular la actividad intelectual del juez frente a la
prueba, constituida en la motivación de la sentencia.
El juez que decide con arreglo a la sana crítica, no es libre de razonar a su entera voluntad, discrecionalidad o
arbitrariedad. Su decisión está sujeta a las reglas de la lógica, el conocimiento científico y la razón ya que de
lo contrario no sería sana crítica, sino libre convicción. La sana crítica es la unión de la lógica y la experiencia
sin excesivas abstracciones de orden intelectual, pero también sin olvidar esos preceptos que los filósofos
llaman de higiene mental, tendientes a asegurar el más certero y eficaz razonamiento.
Couture destaca la diferencia entre la sana crítica y la libre convicción pues este último es "aquel modo de
razonar que no se apoya necesariamente en la prueba que el proceso exhibe al juez, ni en medios de
información que pueden ser fiscalizado por las partes. Dentro de este método el magistrado adquiere el
convencimiento de la verdad con la prueba de autos, fuera de la prueba de autos y aun contra la prueba de
autos".
Respecto de la relación entre la sana crítica y la lógica, Couture hace ver que las reglas de la sana crítica
consisten en su sentido formal en una operación lógica. Existen algunos principios de lógica que no podrán
ser nunca desoídos por el juez.
Así, dice, nadie dudaría del error lógico de una sentencia en la cual se razonara de la siguiente manera: los
testigos declaran que presenciaron un préstamo en monedas de oro; como las monedas de oro son iguales a
las monedas de plata, condeno a devolver monedas de plata.
Evidentemente, está infringido el principio lógico de identidad, según el cual una cosa solo es igual a sí
misma. Las monedas de oro solo son iguales a las monedas de oro, y no a las monedas de plata.
De la misma manera, habría error lógico en la sentencia que quebrantara el principio del tercero excluido, de
falta de razón suficiente o el de contradicción.
Es evidente que la corrección lógica no basta para convalidar la sentencia. La elaboración del juez puede ser
correcta en su sentido lógico formal y la sentencia ser errónea. Por ejemplo, un fallo razona de la siguiente
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manera: todos los testigos de este pueblo son mentirosos; este testigo es de este pueblo; en consecuencia,
ha dicho la verdad.
El error lógico es manifiesto, pero desde el punto de vista jurídico la solución puede ser justa si el testigo
realmente ha dicho la verdad.
Así mismo, puede ocurrir otra suposición inversa. Dice el juez: todos los testigos de este pueblo son
mentirosos; este testigo es de este pueblo; en consecuencia es mentiroso. En este último supuesto los
principios lógicos han sido respetados ya que el desenvolvimiento del silogismo ha sido correcto. Pero la
sentencia sería injusta si hubiera fallado una de las premisas: si todos los hombres del pueblo no fueran
mentirosos, o si el testigo no fuera hombre de ese pueblo.
La sana critica, le otorga igual importancia a los principios de la lógica y a las reglas de la experiencia en la
tarea de valoración de la prueba ya que el juez no es una máquina de razonar, sino, esencialmente, un
hombre que toma conocimiento del mundo que le rodea y le conoce a través de sus procesos sensibles e
intelectuales.
La sana crítica es, además de lógica, la correcta apreciación de ciertas proposiciones de experiencia de que
todo hombre se sirve en la vida. Esas conclusiones no tienen la estrictez de los principios lógicos
tradicionales, sino que son contingentes y variables con relación al tiempo y al lugar.
El progreso de la ciencia está hecho de una serie de máximas de experiencia derogadas por otras más
exactas; y aun frente a los principios de la lógica tradicional, la lógica moderna muestra cómo el pensamiento
humano se halla en constante progreso en la manera de razonar.
Las llamadas máximas de experiencia Couture las define como: "normas de valor general, independientes del
caso específico, pero como se extraen de la observación de lo que generalmente ocurre en numerosos casos,
son susceptibles de aplicación en todos los otros casos de la misma especie".
Para Friedrich Stein, a quien se debe la introducción en el derecho procesal del concepto máximas de
experiencia, estas "son definiciones o juicios hipotéticos de contenido general, desligados de los hechos
concretos que se juzgan en el proceso, procedentes de la experiencia, pero independientes de los casos
particulares de cuya observación se han inducido y que, por encima de esos casos, pretenden tener validez
para otros nuevos”.
Calamendrei, por su parte, las define como aquellas "...extraídas de su patrimonio intelectual (del juez) y de la
conciencia pública..." y destaca su utilidad pues "las máximas de experiencia poseídas por él, por lo general,
le servirán de premisa mayor para sus silogismos (por ejemplo, la máxima de que la edad avanzada produce
en general un debilitamiento de la memoria, le hará considerar en concreto la deposición de un testigo viejo
menos digna de crédito que la de un testigo todavía joven).../…".
En todo caso, cualquiera que sea el concepto que se dé sobre las máximas de la experiencia, es posible
encontrar ciertos elementos que les son comunes y tales son, según un autor los siguientes:
1. Son juicios, esto es, valoraciones que no están referidas a los hechos que son materia del proceso, sino
que poseen un contenido general. Tienen un valor propio e independiente, lo que permite darle a la valoración
un carácter lógico;
2. Estos juicios tienen vida propia, se generan de hechos particulares y reiterativos, se nutren de la vida en
sociedad, aflorando por el proceso inductivo del juez que los aplica;
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3. No nacen ni fenecen con los hechos, sino que se prolongan más allá de los mismos, y van a tener validez
para otros nuevos;
4. Son razones inductivas acreditadas en la regularidad o normalidad de la vida, y, por lo mismo, implican
una regla, susceptible de ser utilizada por el juez para un hecho similar;
5. Las máximas carecen de universalidad. Están restringidas al medio físico en que actúa el juez, puesto
que ellas nacen de las relaciones de la vida y comprenden todo lo que el juez tenga como experiencia propia.
Digamos, finalmente, que por sus propias características a las máximas de experiencia no les rige la
prohibición común de no admitir otros hechos que los probados en el juicio.
La máxima, “quod non est in actis non est in mundo”, no es aplicable totalmente a ellas ya que implicaría
rechazar juicios o razones que por su generalidad, notoriedad, reiteración y permanencia en el tiempo se
tienen generalmente por aceptados por la sociedad.
El conocimiento personal o privado del juez sobre los hechos: Se refiere este principio a la necesidad de que
los hechos sobre los cuales debe fundarse la decisión del juez, estén demostrados en pruebas aportadas al
proceso por cualquiera de los interesados o por el juez, si éste tiene facultades, sin que este funcionario
pueda suplirla con el conocimiento personal o privado que tenga sobre ellos, porque sería violar, la oralidad, la
publicidad y contradicción, indispensables para la validez de todo medio de prueba.
La libertad de apreciación induce a la libertad de los medios de pruebas pero no implica que los hechos
puedan fijarse en el proceso por el conocimiento personal del Juez, sin que exista medio alguno de prueba
que lo demuestre.
Este principio representa una inapreciable garantía para la libertad y los derechos del individuo, que de otra
manera estarían en manos de jueces parciales y a merced de decisiones que no podrían ser verificadas por
los jueces superiores.
Desconocer este principio sería dejar que se confundieran los oficios del juez y testigo.
El jurista italiano Florian, en su obra La Prueba Penal, reclama la necesidad de la prueba aportada con las
formalidades procesales que garanticen la seriedad y eficacia de su contenido.
Existe un principio según el cual el Juez debe juzgar de acuerdo a lo alegado y probado por las partes, porque
para el juez, lo que no consta en el proceso, no existe en este mundo.
A causa de esto se admite que debe ser anulada toda sentencia basada en el conocimiento personal de los
hechos por el juez, por lo que debe inhibirse cuando posee conocimiento personal de la infracción, ya que
esta circunstancia equivaldría a que, esta persona, podría ser citado como testigo del proceso y oído como tal,
según las reglas establecidas para alcanzar la verdad de los hechos en el proceso penal.
El conocimiento privado representa entonces, la información precisa y circunstanciada que está fijada en la
conciencia de una persona sobre un hecho en particular, cuando es el juez quien lo posee, impedirá u
obstruirá el cabal ejercicio de la imparcialidad en su tarea de aplicar la justicia que impone el Estado.
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